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Etiqueta: Crecimiento económico

¿Puede ser buena una población decreciente?

Por James Forder. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

David Miles, del Imperial College y -horror- de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, ha recibido cierta atención por un artículo académico bastante áspero en el que sugiere que el descenso de la población podría ser beneficioso. Todo lo contrario de la opinión más común de que necesitamos desesperadamente más gente o, en cualquier caso, de que necesitamos que el número de personas crezca siempre.

Este tipo de argumentos se suele esgrimir en términos de los beneficios de maximizar el número de “ideas”: cuanta más gente haya, más Einsteins. Eso, sin duda, debe ser un beneficio, se nos dice. Bueno, un puñado más de Mozart no vendría mal, pero no estoy tan seguro de que queramos que demasiada inteligencia trabaje para que la IA sea aún más inteligente.

Otro problema es que estas historias no parecen dar mucha importancia a la obviedad de que también acabaríamos teniendo más gente mala. Para mí, un Calígula en toda la historia de la humanidad es suficiente, y ¿realmente quieren estas personas maximizar el número de Lucy Letby? ¿Y qué hay de los genios malvados que inventan los esquemas ULEZ (zonas de emisiones ultrabajas), y lo que venga después?

Cortoplacismo a muy largo plazo

Pero las partes clave del documento de Miles tratan de algo diferente. Se refieren a los efectos del cambio demográfico. En efecto, se nos alimenta constantemente con la terrible historia de que simplemente debemos mantener la tasa de natalidad (o la tasa de inmigración) alta, para que los impuestos de la futura mano de obra sean suficientes para pagar la deuda pública que estamos acumulando.

Es un extraño tipo de cortoplacismo a muy largo plazo. Por supuesto, si llenamos el país de inmigrantes (que a menudo son muy trabajadores y emprendedores) durante las próximas décadas, podremos mantener el gobierno a flote. Pero, ¿quién va a pagar la deuda que sin duda se acumulará a un ritmo igual de rápido, o tal vez más rápido, en esos años? Necesitaríamos una población aún mayor, y en algún punto de ese camino el lugar se va a llenar demasiado.

El estancamiento secular de Alvin Hansen

La idea de Miles también es diferente, y tiene una relación interesante con la idea de Alvin Hansen del “estancamiento secular” de los años treinta y cuarenta. Hace unos años, Larry Summers y otros revivieron esta idea de forma bastarda. En el original, la opinión de Hansen de que el crecimiento de la población iba a ralentizarse era esencial. Significaba que en el futuro habría menos trabajadores y, por tanto, menos necesidad de bienes de equipo y similares.

Esto era una mala noticia porque, supuestamente, la necesidad de reponer y ampliar las existencias de capital era lo que proporcionaba un uso para todo el ahorro que él esperaba que los hogares estadounidenses quisieran realizar. Sin esta inversión, pensaba, el consumo de los hogares sería demasiado bajo para que todos los trabajadores dispuestos encontraran trabajo para abastecerlo.

En otras palabras, necesitábamos una población creciente para que las necesidades futuras de los trabajadores del futuro mantuvieran empleados a los trabajadores actuales en la fabricación de bienes de equipo para ellos. Pero el descenso de la población, junto con el fin del gran auge inversor de épocas algo anteriores -la construcción de los ferrocarriles, por ejemplo- y luego el fin de la Guerra, iba a privar a los trabajadores de esta oportunidad, y amenazaba un estado perpetuo de desempleo.

Miles: La conclusión contraria

Pocos pronósticos económicos de este tipo salen realmente bien a sus profetas, pero el de Hansen salió peor parado que la mayoría. El crecimiento demográfico no se ralentizó; resultó que había muchas oportunidades de inversión para sustituir a los ferrocarriles y, por supuesto, el apetito de los hogares estadounidenses por el consumo demostró ser muy fuerte. Lo que siguió fue la era del consumo conspicuo, no la del estancamiento secular.

Miles no se preocupa por la desaparición de las oportunidades de inversión, pero por lo demás sigue prácticamente la misma línea. Sin embargo, llega a la conclusión opuesta. Para él, la disminución de la población tiene la misma implicación de que necesitamos realizar menos inversiones. Podemos, si se quiere, mantener la relación capital/trabajo actual reduciendo al mismo tiempo el stock global de capital. Esto significa que se puede permitir que parte del capital existente se deprecie sin ser sustituido. Por consiguiente, como dice Miles, hay margen para el consumo adicional, y bastante. Sus estimaciones sugieren, dependiendo de los supuestos exactos, que todos podríamos estar en mejor situación en miles de libras al año, en términos de consumo, como resultado.

El problema no es la demanda, sino la oferta

Resulta extraño que Hansen y Miles partan de una posición aparentemente idéntica y lleguen a conclusiones opuestas. La diferencia no radica en su comprensión de la dinámica de la población o de las conexiones entre la inversión actual, el stock de capital, el empleo y la producción. Tampoco tiene nada que ver con la relación entre renta, consumo e inversión. Más bien está en sus presunciones sobre la determinación del empleo. Hansen argumentaba completamente al modo de Keynes, y suponía que sólo se podía entender el empleo entendiendo la demanda. Consideraba que los determinantes del consumo y la inversión fijaban el empleo. Miles, unos ochenta años y, al menos, una contrarrevolución antikeynesiana después, lo ve de otra manera.

El empleo viene determinado por la oferta de mano de obra. Aquellos que deseen trabajar por el salario vigente encontrarán un empleo. Lo que significa el “salario vigente” es el salario que permite encontrar un empleo a las personas que desean trabajar por él. Por lo tanto, no se plantea la preocupación de Hansen de que “no haya suficientes puestos de trabajo”. Seguramente, pero para el tipo de ciclo económico más severo, aunque todavía temporal, Miles está en lo cierto. En consecuencia, la cuestión de si nosotros y las próximas generaciones estaríamos mejor si la población disminuyera es real, y el análisis de Miles es para reflexionar detenidamente.

Ver más

El gran salto de Julian Simon. (José Carlos Rodríguez).

El gran nivelador: los cuatro jinetes del igualitarismo. (Ignacio Moncada).

Malthusianos. (Juan José Mora Villalón).

‘The west and the rest’ (I)

Decir “Occidente y el resto” no tiene el carácter eufónico que sí le proporciona el inglés, West and the rest. Muchos podrán intuir que no es inventiva propia, sino que, esta frase la saqué al inmiscuirme en la obra de uno de mis filósofos de cabecera, el señor Roger Scruton. En su libro (2003) planteaba la cuestión desde una perspectiva de coche de civilizaciones (me recordó al célebre libro del politólogo Huntington) entre los valores occidentales y los islámicos, poniendo énfasis en la crisis moral que estamos viviendo en nuestros países.

Pero, más allá de cuestiones filosóficas, quien ha hecho una de las aportaciones más interesantes al tema que se desarrollará aquí es Niall Ferguson (2011) el cual no tuvo problema alguno en copiarle el título a Scruton. De hecho, es sorprendente que, a lo largo del libro, solo lo cite en dos ocasiones (la primera en una nota a pie de página, y segunda en la bibliografía). Sea como fuere, resolver porqué Occidente creció más que el resto es uno de los debates que más tinta ha derramado y, parece mentira a estas alturas, pero siguen floreciendo disquisiciones sobre la temática.  

Una de las cuestiones más obviadas en el debate político hodierno es la problemática de la desigualdad. Curiosamente, los precursores de la ciencia económica intentaban discernir cómo se había generado la riqueza. No es para nada extraño, dado que, la condición del ser humano a lo largo de la historia se ha caracterizado, para el 99,99% de la población, por la miseria, la agonía y un modus vivendi paupérrimo. Ergo, la riqueza es un hecho insólito, que merece, a mi juicio, mayor atención. En la Figura 1 se muestra el PIB per cápita mundial a lo largo de dos mil años, el llamado “Hockey Stick Growth”

Ya es mala suerte, para los detractores de la economía de mercado, que el crecimiento se diere en aquellos momentos en los que la Revolución industrial comenzó (mediados del s.XVIII), llegando a consolidarse un siglo después. De hecho, antes de 1800, el nivel de renta de las economías preindustriales (es decir, agrarias) aumentaba de forma muy tenue, y en caso de darse un crecimiento económico, no era ni acumulativo ni estable en el tiempo. Fue durante el s.XIX cuando el proceso de industrialización, las economías de escala y la producción en masa se fue difundiendo desde Gran Bretaña al resto de los países occidentales, para acabar desembocando en Norteamérica y Japón. Llegando así al punto donde, a mitad del s.XX, los tigres asiáticos, China, India o Brasil, se sumaron al crecimiento económico postindustrial hasta consolidarse, como los conocemos hoy, en economías emergentes.

Los agoreros del progreso tienden a focalizarse única y exclusivamente en el problema de la desigualdad, cuando esta es, simple y llanamente, la superación de la pauperización de la gran mayoría de personas. Puede haber desigualdad económica en tanto en cuanto haya una generación de riqueza. Como se muestra en la Figura 2, a través del cálculo de la distribución del coeficiente de Gini, la muestra engloba desde las sociedades del 10000 aC hasta el presente.

Los valores que usa el Gini son desde 0 (siendo esto la perfección en términos de igualdad), hasta 1 (siendo esto el grado superlativo de desigualdad). A veces viene representado como un múltiplo de 100, así el coeficiente de 0.5 es el equivalente del 50. El caso es que, donde había una perfección en cuanto a igualdad se refiere era en las sociedades cazadoras recolectoras (teniendo en cuenta que, de media, vivían aproximadamente 30 años). El máximo de desigualdad posible para que una sociedad sea viable desde un punto de vista puramente nutricional debería proporcionar a su población, el ingreso mínimo para subsistir, de ahí que en el Imperio Romano, el Gini fuere de alrededor del 0.55, y que, en las economías modernas de Europa o América del Norte, este esté entre el 0.97-0.98.

El principio detrás del coeficiente de Gini queda ilustrado gráficamente en la Figura 2, en su eje horizontal, el cual mide el porcentaje de economía doméstica en la población clasificada de acuerdo con sus ingresos (de menos a más) y en el eje vertical, la acumulación total, en términos porcentuales, de los ingresos. La línea recta representa el caso de la igualdad perfecta, en la cual, 10 unidades familiares adquieren el 10% de los ingresos (y así sucesivamente). Estas sociedades que se encuentran en los percentiles de igualdad absoluta serían sociedades sin estratificación social (o al menos, poco pronunciada), y con un acceso común al uso de recursos. Ergo, son aquellas sociedades donde la economía es de subsistencia donde puede darse el paraíso igualitario que algunos propugnan, desean los fines sin entender los medios (Persson, 2010, págs. 208-209).

Así pues, volvamos al s.XIX. Ya en 1820, existían diferencias de ingresos per cápita entre Europa y otras partes del mundo, pero ¿cuándo se distanció el Viejo Mundo de otros continentes, como Asia? Los economistas clásicos, especialmente Smith, habían defendido que, antes de la Revolución industrial, Europa ya había conseguido unos niveles de renta superiores a los que existían en Asia, una visión generalmente compartida por los historiadores económicos actuales.

La célebre escuela de California ha cuestionado este planteamiento, según el cual, a principios del siglo XIX, Europa ya disfrutaba de unos niveles de vida más altos que los logrados en Asia. De acuerdo con estos autores, hacia 1800 los ingresos y la productividad eran similares en las zonas más desarrolladas de Europa y Asia, y los mercados y las instituciones mostraban un nivel de desarrollo comparable en estas dos partes del mundo. En otras palabras, antes del siglo XIX el crecimiento europeo y el asiático habrían sido similares, y estas concomitancias se mantuvieron hasta la víspera de la revolución industrial. Sería después de 1800 cuando se produjo el sorpaso europeo que daría lugar a la “Gran Divergencia” entre Europa y el resto, cosa que habría dado pie a la desigualdad en los niveles de renta observada en la actualidad.

Esta polémica historiográfica ha dado lugar en la última década a una serie de investigaciones que apuntan en una dirección contraria, es decir, a favor de la idea previamente descrita por Adam Smith, según la cual las diferencias en los niveles de vida entre Europa y Asia ya eran sustanciales a finales del siglo XVIII (Broadberry y Gupta, 2006; Allen y otros, 2011). Según esta visión, la gran divergencia ya estaba en marcha antes de 1800. Aun así, el recurso a las cifras del PIB per cápita con objeto de evaluar los niveles de vida anteriores a 1800 resulta bastante problemático. Por un lado, la fiabilidad de las estimaciones para el período anterior al siglo XIX se reduce considerablemente (incluso hay disputas sobre los datos de 1820). Además, puede resultar arriesgado tomar como referencia el ingreso medio en el contexto de unas sociedades preindustriales que en muchos casos eran fuertemente desiguales

El mito del Gran Enriquecimiento

Recientemente he tenido oportunidad de leer un par de libros en que se habla de un concepto con él que no me había tropezado anteriormente. Me refiero al llamado Gran Enriquecimiento (“Great Enrichment”), que parece deberse a Deirdre McCloskey, coautor de una de las obras[1], y bastante citado en la otra[2].

Este Gran Enriquecimiento es el término usado para describir la multiplicación de la renta per cápita en los últimos 200 años, en el que habría pasado de ser 3 USD diarios a unos 130 USD. Como se puede apreciar, el periodo histórico viene a ser el transcurrido desde lo que la gente conoce como Revolución Industrial hasta la actualidad. O sea, sería algo iniciado en los países del norte de Europa, principalmente Holanda e Inglaterra. ¿Y por qué aquí de entre todos los países? Pues porque habría sido aquí donde surgió una nueva actitud respecto a cómo progresar o mejorar en la vida, gracias sobre todo al espíritu de la Reforma protestante. Vamos, que el Gran Enriquecimiento se produjo en estos países precisamente por la actitud ante la vida del protestantismo y el calvinismo, en comparación con la de los católicos.

Lo primero que llama la atención, y fue por lo que me puse a dar vueltas al tema, es el reconocimiento de una singularidad de este calado por un autor como Ridley. En efecto, uno de los temas dominantes en su maravillosa obra citada es que el proceso de innovación no es algo puntual, basado en genialidades de determinados individuos (aunque pueda haber alguna), sino que es continúo siendo normalmente difícil identificar dónde empieza una aportación y comienza otra. De hecho, los grandes inventores que conocemos son muchas veces aquellos que obtuvieron la patente del invento (con independencia de que fueran sus verdaderos inventores o no). En suma, que estos nombres afloran únicamente como consecuencia de un hecho singular, la concesión de la patente, que es algo meramente administrativo. En lugares sin sistemas de patentes resulta prácticamente imposible identificar inventores. ¿Es quizá por esto que la mayor parte de los inventores son anglosajones, no fueron ellos los primeros en tener un sistema de patentes?

Si aceptamos que la innovación es un proceso más o menos continuo, y puesto que la innovación es la principal, si no la única, forma en que se puede generar riqueza[3], ¿cómo es posible que surja una singularidad en el proceso económico de enriquecimiento? ¿Puede algo gradual dar lugar a algo singular? El sentido común te dice que no.

Cosa distinta es que se definan umbrales más o menos arbitrarios en ese proceso continuo, como pueda ser la concesión de una patente, o que se supere el umbral de que se genera una riqueza suficiente para el ahorro. Por ejemplo, se podría decir que hay un antes y un después una vez de alcanza un ritmo de generación de riqueza tal que la riqueza generada per cápita es superior a las necesidades mínimas per cápita, para todas las personas del mundo. Quizá fue este el umbral que se superó con el Gran Enriquecimiento. Pero en ningún caso se podría atribuir a singularidades de determinados países, pues ese umbral se iba a superar tarde o temprano dada la naturaleza continua del proceso de acumulación de riqueza que comenzó hace muchos milenios, cuando a alguien se le ocurrió llevar a cabo un intercambio directo con otra persona.

Ello nos lleva a otro punto importante: la cualificación de las innovaciones. No voy a negar la importancia de las que se produjeron en Inglaterra u Holanda durante la Revolución Industrial. Sin embargo, ¿son acaso más importantes que la invención del intercambio directo, del dinero o de la agricultura, por poner algunos ejemplos? Y eso por no hablar del ámbito institucional: ¿qué pasa con el invento de la propiedad privada?

Debate que podríamos trasladar fácilmente a la actualidad, donde acumulamos revoluciones a diario, la última la de los datos. ¿Alguien puede defender seriamente que todos los inventos de Internet han generado más riqueza que la creación del dinero? Si el inventor de dinero hubiera podido cobrar royalties por su invención, ¿cuánto se estaría llevando del negocio de Amazon? Sí, ya sé que es absurdo, pero no soy yo el que se empeña en ver las invenciones del momento como las más revolucionarias de la historia.

De nuevo nos tropezamos con que el proceso de enriquecimiento de la humanidad tiene las suficientes componentes de continuidad como para hacernos dudar de posibles singularidades ocurridas en un sitio u otro, y debidas a un cambio cultural traído por una religión.

Y ya que hablamos de historia, resulta un poco sorprendente que un autor como McCloskey pase de largo sobre uno de los eventos de emprendimiento más épicos de la historia de la humanidad. Me refiero, no puedo evitarlo siendo español, al descubrimiento y conquista de América. ¿O es que no considera emprendedores a los cristianos católicos que mayormente llevaron el peso de estas empresas? Nadie ha medido qué multiplicación de la renta se produjo en el mundo como consecuencia de que, de repente, se pudiera comerciar con un tercio de la Tierra hasta ahora desconocida. Quizá, si lo hiciéramos, nos llevaríamos la sorpresa de que ahí fue dónde ocurrió el verdadero Gran Enriquecimiento. A lo mejor la renta per cápita se multiplicó por mil en vez de por 40. Y cómo vemos, llevado a cabo por gente que no tenía ideales de “mejora” (según McCloskey, claro) pues eso solo pudo ocurrir tras el protestantismo.

Como no quiero incurrir en el chauvinismo de McCloskey y Mingardi, me apresuraré a reconocer que la expansión de la República romana pudo tener un efecto similar en su momento, o más atrás el imperio persa de Ciro. O tantos otros innovadores anónimos que sea por la vía tecnológica o institucional posibilitaron la generación de riqueza como nunca se había visto hasta ese momento.

El último punto que quiero resaltar es el de la acumulación de capital producida durante toda la historia de la humanidad desde el momento en que algunos de los individuos fueron capaces de ahorrar parte de su renta porque no precisaban su consumo para sobrevivir. Como es bien sabido, el capital acumulado tiende a incrementar la productividad, con cuyo incremento se acelera la acumulación de capital y así sucesivamente. Esto quiere decir que no es lo mismo partir de 0 que de 100, y que es mucho más fácil crear riqueza y multiplicarla cuando partes de mayor capital acumulado que si lo haces de menos. Que se lo digan a Robinson Crusoe cuando llega a la isla desierta: lo que sufre hasta conseguir la primera vara. Sin embargo, una vez la consigue, el exceso de producción de frutas del bosque que tal vara permite le posibilitará abordar proyectos inviables antes, como por ejemplo una choza. Esta choza parecerán aporta más riqueza que la vara, pero solo si se mide la creación de riqueza en términos absolutos en vez de relativos al capital previamente disponible, que es lo relevante a estos efectos.

En resumen, podemos constatar qué también en el ámbito de la economía austriaca existe la mitología. Espero que las líneas anteriores hayan contribuido a poner en duda este mito del Gran Enriquecimiento, cuya autoría, casualmente, se puede trazar al mismo origen que la leyenda negra española[4].


[1] McCloskey D. y Mingardi A. (2020). The Myth of the Entrepreneurial State.

[2] Ridley M. (2020). How innovation works.

[3] Puesto que la riqueza únicamente se crea mediante transacciones voluntarias y cada una de éstas en un acto de emprendimiento o de innovación.

[4] Véase, por ejemplo, Roca Barea M.E (2016). Imperiofobia y Leyenda Negra