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Etiqueta: Cristianismo

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (XCVI): sobre ‘La opción benedictina’ de Rod Dreher

Alasdair MacIntyre al final de su más celebrado libro, Tras la virtud, reclama la necesidad de un nuevo San Benito para que los cristianos puedan afrontar los desafíos que la modernidad y sobre todo la posmodernidad tienen que afrontar los cristianos de hoy en día. La vieja Ciudad Católica, tan querida por tradicionalistas como Rubén Calderón Bouchet, que consiste en un orden social y político que refuerce a través de leyes e instituciones la visión cristiana del mundo, hace ya algunos años que ha dejado de existir.

El poder político y las costumbres sociales de hoy no sólo no corroboran los valores cristianos, sino que en buena medida se le oponen. Es muy difícil en los tiempos que corren cumplir sus principios sin ser confrontado de una forma u otra por poderes políticos que implantan por la fuerza los suyos o por una opinión pública que a veces los ve con agresividad otras tras con desprecio y las más de las veces veces indiferente. Vivir de forma cristiana requeriría de espacios propios en los que poder cultivar esos valores.

‘La opción benedictina’

Rod Dreher en su libro La opción benedictina, y también John Senior en su La restauración de la cultura cristiana afrontan el reto e intentan ofrecernos soluciones para poder vivir de forma coherente en un mundo poscristiano. Pero, como analizaremos a continuación, sus propuestas también pueden inspirar a quienes estuviesen inspirados a construir una hipotética sociedad sin estado. Pues bien adaptadas podrían servir también para una hipotética comunidad inspirada en los valores del anarcocapitalismo, sean estos o no cristianos.

Aunque, de serlo, su adaptación sería, en mi opinión mucho más fácil. El motivo es que compartirían al compartir valores morales comunes ya de inicio muy compatibles con este ideario. Incido en el aspecto de la comunidad, pues sin entrar en discutir en profundidad el comunitarismo filosófico que impregna a estos autores, creo que la configuración inicial de una sociedad de estas características requiere de cierto compromiso con la causa y de un conocimiento previo,  algo más que superficial, de los valores que lo impregnan, para que los pioneros superen las dificultades, que serían muchas. Las soluciones propuestas por Dreher serían esencialmente dos, que no son incompatibles entre sí, aunque podrían funcionar de forma autónoma dependiendo de las circunstancias.

La creación de comunidades cristianas apartadas del mundo

La primera es la creación de comunidades cristinas apartadas del mundo en las que vivir voluntariamente de acuerdo con los principios cristianos. Dreher no lo afirma explícitamente pero cabe deducir que serían comunidades privadas, esto es partiendo de un territorio comprado o cedido configurar una sociedad regida por normas libremente aceptadas por sus habitantes, en este caso inspiradas en los valores cristianos.

El modelo es el de las comunidades monásticas organizadas por San Benito de Nursia en el siglo V en plana descomposición del Imperio Romano. San Benito, para poder llevar a la plenitud sus principios, decidió crear comunidades de frailes, masculinas y femeninas, regidas por una regla que deberían aceptar los que en ellas quisiesen vivir. Establecía esta cierto compromiso con la orden  en el sentido de aceptar la autoridad (no el poder) de abades y abadesas, la división del tiempo entre trabajo y oración y liturgias en común a las horas marcadas.

Normas que superan a las romanas, y las desplazan

Se establecieron en tierras cedidas por nobles, heredadas o compradas y que incluían además de los edificios para el culto y la vida común, tierras de trabajo en las que podían obtener bienes para la vida material o incluso para el intercambio con aldeas y ciudades vecinas. No me resisto a recordar, como lo hace Rodney Stark en su libro sobre el triunfo de occidente (How the west won, no traducido al castellano) que de estas comunidades surgieron los primeros gérmenes del moderno capitalismo industrial, al organizarse estos  de forma adecuada para la producción a escala y con la aparición de gerentes profesionales, cálculo económico e incipientes sistemas de crédito.

La consecuencia fue que al final, con el paso de los siglos, fueron los valores impulsados por el monacato los que acabaron impoiniendose en la vida social. Y los que desaparecieron fueron las modas y formas de vida propias del fin de la civilización romana. Dreher se ha inspirado en las nuevas comunidades monacales, como la de Nursia, que han atraído a muchos jóvenes, desencantados del mundo moderno, a comunidades religiosas organizadas. Y propone la creación de comunidades de este tipo para por lo menos mantener en algún lugar los viejos valores.

Comunidades en barrios convencionales

Una variante de esta propuesta es crear comunidades en ciudades y barrios convencionales, pero próximos a algún templo. La proximidad física es esencial, para que sirva de tal forma que sus valores pueden ser vividos en comunidades densas, no apartadas de todo del mundo, pero que tampoco estén inmersas del todo en él. También creación de escuelas con valores acordes al cristianismo. Pero sobre todo el hecho de desenvolver de forma continuada (la permanencia y fidelidad al proyecto es también clave) muchos aspectos de la vida cotidiana en una comunidad que respalde y refuerce los principios contribuye a su viabilidad. Principios que pueden ser un refugio en un mundo despiadado para los que quieren vivir su fe de forma coherente.

Como vemos, muchos de estos principios pueden ser perfectamente válidos para una comunidad sin estado, sea del tipo que sea. Recordemos que para los defensores de la opción de vida benedictina, el estado ya no es un aliado sino uno de los principales enemigos de su forma de vida. Se trataría de no confrontar directamente las normas estatales, sino de vivir en los intersticios del sistema, al margen de las mismas. Vivir aprovechando los restos de propiedad privada que el actual sistema estatal aún permite. De funcionar como los antiguos monasterios, bien podrían convertirse en un punto focal que sirva de inspiración al resto de la sociedad, por lo menos a los más descontentos con ella.

Segunda opción: una sociedad en paralelo

La segunda opción es más ambiciosa. Dreher muestra la posibilidad de crear una sociedad en paralelo a la mayoritaria, que comparta los valores cristianos. Esto es, no adopta necesariamente la forma de una comunidad cerrada, sino de una red más o menos organizada de relaciones en las que se puedan compartir principios, y compartir experiencias. Una vez más el modelo son los primeros cristianos en los tiempos en los que el cristianismo no sólo no gozaba de consideración oficial alguna sino que eran perseguidos de forma generalizada en el territorio del imperio romano, como en los tiempos de Galerio y Diocleciano.

Dreher encuentra en aquellos tiempos un modelo de organización, en el que los primitivos cristianos contaban con lugares donde ocultarse y practicar el culto: las famosas catacumbas. De ellas, los jóvenes libertarios de los tiempos actuales parece que no han oido hablar nunca (el desconocimiento de la cultura religiosa entre los jóvenes de hoy es a veces  abrumador). También creaban redes comerciales y lugares de culto bien conectados entre sí. De tal forma que aún viviendo al margen de la sociedad oficial, los cristianos de la época contaban con una red de apoyo.

Vivimos el siglo católico

El diseño original de la Iglesia clandestina se ha revelado muy útil en tiempos de persecución, que fueron varias a lo largo de la historia. En ellos, los cristianos recuperaron las viejas estructuras y fueron capaces no sólo de sobrevivir sino también de mantener de una forma u otra el culto y la organización. Lograron volver a florecer después de pasados los momentos de tribulación. Recordemos que los primeros cristianos tuvieron que vivir en ambientes en los que la moral social, con su esclavitud o espectáculos sangrientos de gladiadores por poner un par de ejemplos, eran no sólo muy diferentes a los cristianos sino radicalmente opuestos. No sólo el estado les era adverso sino también buena parte de la sociedad civil, que gustaba de sus juegos en el anfiteatro de sus bacanales. Y veían  mal que se les quitasen sus diversiones tradicionales.

La Iglesia, de hecho, es una organización pensada desde sus orígenes para vivir al margen del estado. Una lectura al libro de Manlio Graziano, El siglo católico, nos muestra cómo a pesar de la opinión común, que piensa que lo que pasa en Occidente se da también en le resto del mundo, el número de católicos, y de cristianos, en general, no ha dejado de aumentar en el mundo en los últimos decenios. Su descenso se circunscribe a Europa occidental y en menor proporción a los Estados Unidos.

Protección del Estado, y muerte

Los católicos aumentan especialmente en países asiáticos y africanos donde la religión católica no tiene una especial consideración por parte de los estados. Funciona mejor donde opera al margen del estado que donde tiene o tuvo algún tipo de reconocimiento oficial. Parece que su espíritu evangélico se despierta cuando tiene que competir en un terreno no propicio, o incluso hostil. El caso de la Iglesia en la Polonia comunista es otro buen ejemplo de creación de una red social de apoyo en entornos adversos. Allí la Iglesia mantuvo su influencia. Llegó incluso a ser capaz de crear sindicatos o organizaciones clandestinas que desafiaron al poder estatal. Donde languidece es en entornos como el nuestro, donde la Iglesia acostumbrada a la protección, tácita o explícita del poder, y donde muchos de sus valores se convirtieron en la base  de la legislación, no es capaz de adaptarse a vivir sin ella.

Esta forma de organización al margen del poder podría inspirar nuevas formas sociales, para los cristianos de hoy, pero también para los que buscan nuevas formas de organización económica, religiosa o cultural como pueden ser grupos libertarios. También comunistas o utopistas que deseen practicar de forma pacífica sus creencias. No necesariamente contra el estado sino en buena medida al margen de él. Rod Dreher es un paleoconservador. Escribe habitualmente en The American Conservative. No es excesivamente partidario del anarcocapitalismo, pero quizás sin saberlo ha escrito un magnífico libro lleno de ideas para la construcción de una nueva sociedad.

Ver también

Ética y finanzas. (León Gómez Rivas).

La fundamentación del liberalismo desde el derecho natural. (Jaime Juárez)

El mito de las raíces socialistas del cristianismo

Hace casi dos milenios, algunos de los primeros cristianos en Jerusalén organizaron sus asuntos de un modo que aún suscita la afirmación de que las raíces del cristianismo son socialistas, comunales o incluso “comunistas”. Cuando celebramos el nacimiento de Jesús, debemos entender que esta afirmación es espuria, si no blasfema.

Sus fuentes son dos pasajes del Libro de los Hechos del Nuevo Testamento, capítulo 2, versículos 44-45, que dice: “Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común. Vendían propiedades y posesiones para dar a quien tuviera necesidad”. Hechos 4:32 declara: “Todos los creyentes eran uno en corazón y mente. Nadie afirmaba que alguna de sus posesiones fuera suya, sino que compartían todo lo que tenían.”

Muchos en la izquierda argumentan que la enseñanza cristiana debería desdeñar la propiedad privada y respaldar un sistema socialista de redistribución de la riqueza. Después de todo, ¿no era eso lo que hacían los primeros cristianos? Fíjense bien en esos pasajes de los Hechos. El acuerdo “comunal” era voluntario. No hay coacción y no se menciona la única institución de la sociedad que puede emplear la coacción legalmente, es decir, el Estado.

Hechos 2:46 señala que este grupo de primeros cristianos “partían el pan en sus casas y comían juntos con alegría y sinceridad de corazón” [énfasis añadido]. Si todavía poseían casas, algunos, al menos, claramente no lo vendieron todo. Los que lo hicieron entregaron el dinero de sus ventas a los apóstoles, no a ningún gobierno -romano o judío, secular o religioso.

Administradores

Los cristianos ven a Dios como el creador de todas las cosas y, por tanto, como el dueño de todas las cosas. Los humanos somos administradores de la Creación, y las Escrituras nos llaman a hacer un buen uso de ella. Es probable que, en este sentido trascendente, algunos de los primeros cristianos pensaran que su riqueza material no les pertenecía en última instancia.

En cualquier caso, el socialismo no consiste en compartir voluntariamente las propias posesiones. Cualquiera puede elegir hacerlo bajo la antítesis del socialismo, el capitalismo. De hecho, hay más filantropía en las sociedades capitalistas que en las socialistas, y los gobiernos de los países capitalistas envían constantemente “ayuda exterior” a los regímenes más socialistas, y no al revés.

El socialismo se entiende más bien como la concentración del poder político con el fin -por la fuerza- de redistribuir la riqueza o planificar una economía. Además, su lamentable historial comienza con los primeros cristianos que optaron por practicarlo.

El apóstol Pablo alude por primera vez a los problemas financieros del grupo de Jerusalén cuando describe una conversación que mantuvo con sus líderes: Pedro, Santiago y Juan. Pablo dice: “Lo único que nos pidieron fue que siguiéramos acordándonos de los pobres”, cosa que Pablo estaba “deseoso de hacer” (Gálatas 2:9-10).

“Daban cuanto podían, e incluso más”

Aparentemente, la iglesia de Jerusalén encabezaba la lista de “pobres”, porque Pablo siguió la petición de Pedro, Santiago y Juan recogiendo dinero de las iglesias cristianas más recientes de Antioquía, Macedonia y Corinto para enviarlo a “los pobres de entre los santos de Jerusalén” (Romanos 15:26).

En otras palabras, las subvenciones de los cristianos de Antioquía, Macedonia y Corinto ayudaban a sostener a la empobrecida iglesia de Jerusalén. Y algunos de estos cristianos dadivosos no tenían casi nada para vivir, y mucho menos para dar. Por ejemplo, Pablo describe cómo los cristianos macedonios estaban en “extrema pobreza” y, sin embargo, “daban cuanto podían, e incluso más de lo que podían”. (2 Corintios 8:2-3). ¿Cuán desesperados debían de estar los cristianos de Jerusalén para depender de hermanos cristianos que vivían en tal “extrema pobreza”? No se puede dudar de la sinceridad de los comuneros, pero sí cabe preguntarse hasta qué punto entendían bien algunas de las enseñanzas de Cristo.

Véndelo todo y sígueme

Sólo una vez ordenó Jesús a alguien que lo vendiera todo, y fue cuando un rico gobernante preguntó cómo podía asegurarse la vida eterna. Para demostrar dónde estaba realmente el corazón del hombre (que Jesús seguramente conocía), Jesús le dijo que lo vendiera todo. El hombre se negó y se marchó. Jesús nunca sugirió que todo el mundo lo vendiera todo, y desde luego nunca apoyó la coacción socialista dirigida por el Estado para conseguirlo.

De hecho, en su parábola de los talentos, Jesús reserva los mayores elogios para el hombre cuya iniciativa aumentó la riqueza material, y ningún elogio para el hombre que no hizo nada para crear valor. Su parábola de los trabajadores de la viña ofrece una poderosa defensa del contrato voluntario y la propiedad privada, y su parábola del buen samaritano ennoblece al hombre que ayuda a otro con sus propios recursos y su propia voluntad. Si ese samaritano le hubiera dicho a la víctima desesperada al borde del camino: “Espera a que aparezca el gobierno y te ayude”, probablemente hoy lo conoceríamos como el “samaritano bueno para nada”.

Yo voté a los políticos para ayudar a los pobres

El hecho es que, aunque algunos de los primeros cristianos organizaron sus asuntos de forma “comunal”, la mayoría no lo hizo. En los 20 siglos transcurridos desde entonces, pocos cristianos han elegido el camino comunal, y la mayoría de los que lo hicieron lo rechazaron cuando inevitablemente fracasó. Los peregrinos de Plymouth, por ejemplo, pasaron hambre hasta que el gobernador William Bradford adoptó la propiedad privada. Los experimentos socialistas utópicos en la América del siglo XIX, que sumaron más de 100 y a menudo se inspiraron en visiones erróneas de la ética cristiana, expiraron todos en pocos años.

Imaginemos que Jesús regresara hoy y hablara ante un auditorio abarrotado en el Carnegie Hall, preguntando: “¿Qué habéis hecho para ayudar a los pobres?”. Sólo los superficiales o los descarriados podrían decir que le impresionaría que alguien levantara la mano y declarara: “Voté a los políticos que dijeron que se ocuparían de eso”.

En lugar de seguir el ejemplo de Bernie Sanders, Karl Marx o incluso de aquellos primeros comunalistas de Jerusalén, los cristianos y los no cristianos deberían recordar lo que dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 9:7 “Cada uno de vosotros debe dar lo que ha decidido en su corazón dar, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre”.

Ver también

El antitotalitarismo en la Biblia. (Pablo Molina).

Capitalismo y religión Cristiana. (Jaime Juárez).

Lo que los libertarios podemos aprender del carlismo

Un libertario, según se ha entendido las últimas décadas de la política estadounidense, es aquel que va a defender la sociedad libre (fundamentada en la ley natural) y va a luchar contra el poder del Estado, al igual que hicieron ciertos liberales clásicos, como Lord Acton o De Tocqueville (contra el absolutismo), o anarquistas individualistas, como Lysander Spooner (contra la institución de la esclavitud). Pero la libertad no es suficiente para una sociedad libre, como decía uno de los fundadores del movimiento libertario estadounidense, Lew Rockwell:

Los conservadores siempre han argumentado que la libertad política es necesaria pero no suficiente para una buena sociedad, y están en lo cierto. Tampoco lo es para una sociedad libre. Necesitamos instituciones sociales y estándares que fomenten la virtud, y protejan al individuo del Estado.

Lew Rockwell.

Reaccionario

Como el término conservador ha quedado en parte indefinido (se llama conservador al socialdemócrata menos progresista que el oponente), es importante acercarse hacia algo más consistente y fundamentado, el tradicionalismo. Un buen defensor de la libertad no debe rendir culto a lo “nuevo”, sino ser prudente y defender las instituciones que se han desarrollado orgánicamente a lo largo de los siglos, como la Iglesia, la familia o la patria. Es evidente que el Estado surge y crece con las revoluciones.

También es evidente que el Estado intenta destruir los cuerpos sociales y las tradiciones, apropiándose de las religiones para perpetuarse: los matrimonios civiles, las procesiones a la libertad en la Francia jacobina o la insistencia en que los hijos denunciasen a sus propios padres en la URSS. Erik von Kuehnelt-Leddihn explicaba qué era para él ser reaccionario (no es el mejor término, pero quiere expresar lo mismo que los tradicionalistas), y no creo que ningún liberal clásico o libertario le pueda replicar nada:

(…) rechazo en esencia el nazismo, el fascismo, el comunismo y todas las demás ideologías relacionadas que son, en verdad, la «reductio ad absurdum» de las denominadas democracia y poder de la multitud. Me aparto de disparatadas suposiciones como el gobierno de la mayoría y el «hocus pocus» parlamentario; del falso liberalismo materialista de la Escuela de Manchester y del también falso conservadurismo de los grandes banqueros e industriales.

La importancia del cristianismo

Y el factor más importante para defender la libertad es el cristianismo. No es necesario explicar las ideas cristianas sobre la dignidad humana, que vienen de que somos todos hijos de Dios, o sobre el poder político, que dejaba de ser legítimo si se alejaba de la ley natural. Liberales clásicos como Lord Acton reconocían que la libertad no existía fuera de la Cristiandad y que ningún país (en sentido orgánico) podía ser libre sin religión. El propio fundador del libertarismo, Murray Rothbard, dijo:

Todo lo bueno de la civilización Occidental, desde la libertad individual hasta las artes, es debido a la Cristiandad.

Murray N. Rothbard.

Anarcosindicalismo y carlismo

Trasladándonos a nuestra patria hispana, hay bastantes pensadores tradicionalistas, y todos ellos defienden una fuerte descentralización de la administración pública, cuya justificación histórica se debe al principio de subsidiariedad católico. No hay que confundir tradicionalismo con carlismo; el carlismo se puede definir como un tradicionalismo político que sirvió como reacción contra las élites liberales de 1812.

El carlismo como movimiento político siempre se ha definido como el partido católico, yendo muy ligado al integrismo católico, aunque ha sufrido bastantes escisiones y disputas internas. Sus intelectuales, todos ellos tradicionalistas, han sido casi siempre teólogos. Pero no todos los tradicionalistas estuvieron ligados al carlismo. Los principales autores tradicionalistas por destacar son Jaime Balmes, Donoso Cortés, Antonio Aparisi y Guijarro y Vázquez de Mella. Se puede decir que Balmes estuvo un tiempo alejado de la cuestión dinástica, Vázquez de Mella fundó el “mellismo” en disputa con los carlistas y Donoso Cortés pasó de ser un liberal conservador a un tradicionalista, sin entrar nunca en círculos carlistas.

En el siglo pasado destacaron Álvaro D’Ors y Elías de Tejada, entre otros, y actualmente quedan algunos como Miguel Ayuso o Javier Barraycoa. Los cuatro primeros construyeron los cimientos del corpus teórico tradicionalista, y los posteriores lo fueron completando con críticas al Estado, a la democracia, al relativismo o sus defensas de los fueros, de la aristocracia, de la ley natural o del tiranicidio

Teología aplicada a la política

Para justificar su doctrina no partían desde el racionalismo, sino desde la teología. Vázquez de Mella buscaría la definición teleológica del hombre, el hombre es el efecto final de una causa creadora, asimismo dividiéndose en dos dependencias, la causa eficiente y la final. De ahí se puede trazar un triángulo que parte de Dios, el motor creador de todas las causas en donde causalidad y finalidad se identifican, que se unen al hombre mediante una escala de derechos y deberes, con una base igual de justicia. De ahí, redundantemente se extraen todos los derechos y deberes del ser humano, siendo el fundamento de aquel sistema de principios que para Vázquez de Mella exigiría todo orden social en su principio.

Todas estas relaciones corresponden al plan preexistente de la mente divina. De esa ley divina nace la ley natural, que es la parte del plan que le corresponde realizar al hombre. Vázquez de Mella seguía explicando las diferentes relaciones: de la relación de dependencia nacen los deberes teológicos de culto a la vez que el derecho de conciencia, de la relación de finalidad nacen los deberes de perfección y conservación a la vez que los derechos de propiedad y dignidad, de la relación de igualdad nacen los deberes de cooperación y mutuo auxilio a la vez que los derechos de independencia, pacto y asociación y de la relación de superioridad los fundamentos objetivos de la propiedad. Aparisi añadía

(…) de los deberes con Dios nacen sus derechos respecto del hombre… Autoridad, familia, propiedad, justicia y libertad son los elementos constitutivos del orden social.

Este esquema de derechos y obligaciones no es que sea compatible con la posición libertaria que fundamentó Murray Rothbard basándose en la ley natural, sino que es deseable.

Individualismo y cuerpos intermedios

Pero Vázquez de Mella no era individualista, el individualismo es una idea de origen protestante, él explicaba que la persona humana es el arquetipo de las personas colectivas. Las personas colectivas son los diferentes colectivos en los que se engloba el individuo: Iglesia, familia, municipio, región y nación. La Iglesia es una sociedad divina y su fin es sobrenatural, pero como no es un ensayo teológico solo hace falta mencionar lo escrito por Vázquez de Mella: que es una sociedad independiente que debe limitar al Estado y, por tanto, en sus relaciones tener total independencia económica, postura una vez más defendida por los libertarios.

Se puede decir que más que individualista era “familiarista”, declarando que el matrimonio es un vínculo de amor racional frente a los instintos zoológicos y que es la célula de toda sociedad en donde el individuo empieza a ejercer su personalidad, derivándose las demás sociedades civiles e infrasoberanas: universidades, empresas, escuelas, corporaciones, municipios… Puede ser discutible el aspecto jurídico, pero lo que no es discutible es que sea el matrimonio sea la célula principal de la sociedad, necesario para un funcionamiento ordenado, creando vínculos que debilitan al Estado y que aumentan la solidaridad, ese concepto defendido por Donoso Cortés, y disminuyen la preferencia temporal.

Principio de no agresión

También añadía que todas aquellas personas colectivas tienen el derecho de realizar su fin natural, por lo que el resto tienen la obligación de no interferir, de lo que se deduce algo similar al principio de no agresión.  El principio de no agresión únicamente consiste en que ningún individuo puede iniciar una agresión contra otro sin haber sido agredido antes, solo que los tradicionalistas lo defienden en principio en diferentes órdenes, no solo el individual como Rothbard. Aun así, esto no queda lejos de la idea de la persona jurídica, solo que extrapolado a otros niveles.

Pero es que tampoco es contrario al libertarismo la idea de que un grupo de individuos se asocien y formen un nuevo sujeto de derecho que interaccione con otros tipos de unidades jurídicas. Muchos libertarios estadounidenses defienden la idea de los “states rights” frente al gobierno federal, o se podría también plantear de manera temporal limitar el derecho a voto a las unidades familiares constituidas para eliminar el voto de hedonistas y cortoplacistas en las democracias actuales.

Fueros

A un mayor nivel se encuentra la región, que no deja de ser una ampliación de la familia y del municipio. Los tradicionalistas defendían la descentralización administrativa de los Austrias y se oponían a la centralización de los Borbones, fundamentándolo en el principio de subsidiariedad católico, que dice que cada región conoce mejor sus problemas y tiene más interés por resolverlos. La ley debe ajustarse al carácter del pueblo, oponiéndose claramente, por ejemplo, a que un vasco imponga su costumbre a un valenciano, o viceversa, defendiendo así la descentralización legal a un nivel superior al de los cantones suizos.

Los tradicionalistas eran conscientes de la existencia del Estado-nación, por lo que explicaban que las regiones debían estar totalmente descentralizadas para evitar el crecimiento de ese poder central mediante derechos y privilegios históricos, originándose su férrea defensa de los “fueros”. Los fueros eran normas jurídicas que contenían las costumbres, los usos y otros privilegios otorgados por el rey o por el señor feudal para un determinado territorio o lugar. Aportaban autonomía legislativa, de gobierno y el reconocimiento a los habitantes de sus propias instituciones histórico-culturales.

Uno de los más interesantes para los libertarios fue el del Coto Mixto, que se puede llegar a considerar que fue anárquico. Los liberales fueron los que eliminaron en la Constitución de Cádiz en 1812 los fueros, para favorecer la igualdad de los españoles. El libertario Hans-Hermann Hoppe recordó que el igualitarismo, en toda forma y tamaño, era incompatible con la propiedad privada. Por tanto, en España han sido mayoritariamente los liberales influenciados por el jacobinismo francés los liberticidas, y los tradicionalistas los defensores de la libertad. Respecto a los fueros, Jesús Huerta de Soto dijo sobre Rothbard

(Murray Rothbard) tenía un amplio conocimiento de la historia de España y el papel que jugaron los fueros y todo lo asociado en la formación de nuestra ley y en nuestra historia política.

Jesús Huerta de Soto

Una teoría de la secesión

Lo que no llegaron a formular los tradicionalistas fue una teoría sobre la secesión ya que pensaban que no tendría lugar en un sistema totalmente descentralizado. Por último, hablaban de la nación, que sería la unión política y cultural de las diferentes regiones, y de un Estado, pero no en el sentido liberal, sino como lo que Vázquez de Mella entendía como la representación de la nación sobre los intereses internacionales que mantiene el orden frente a injerencias externas. Aun así, defendían un gobierno orgánico encabezado por un monarca, mucho menos dañino que el concepto actual de Estado democrático. Erik von Kuehnelt-Leddihn citó explícitamente esa idea mientras defendía en 30 puntos la monarquía frente a la democracia:

Solo debido a que la monarquía enfatiza los elementos de continuidad, solidaridad y religión, es más fácil otorgar a la monarquía un estatus “orgánico” más que a cualquier otra variedad de gobierno.

Pilares: monarquía, aristocracia y catolicismo

Según los tradicionalistas, la cultura española se basaba en tres pilares: monarquía, aristocracia y catolicismo. Para explicarlo, Balmes empezaba diciendo que la base de la doctrina tradicionalista era la preponderancia de lo social sobre lo político, ya que la doctrina tenía que ir de abajo a arriba, siendo lo social lo esencial y lo político lo accidental. Para él lo social contemplaba esos tres pilares. Respecto al catolicismo, le atribuye los valores positivos de la civilización europea.

En referencia a la aristocracia, ponía de ejemplo sus beneficios como élite natural, ya que no disfrutaban de ningún privilegio ni había barreras sociales o políticas que les separasen del pueblo, además de haberse caracterizado siempre por su moralidad y alto nivel social y cultural. Respecto a la monarquía, explicaba que era el gobierno del pueblo, ya que las sociedades que primaban lo político sobre lo social, es decir, repúblicas y democracias, siempre tenían los ojos en el gobierno, igual sería que un empresario se dedicase únicamente a retocar la maquinaria en vez de cuidar las manufacturas.

Aparisi añadía que era la monarquía la única forma natural de gobierno, mediante la cual el pueblo había desplegado todas sus virtudes y desenvuelto todas sus grandezas. Lo único importante era sanear la institución, buscando a la persona adecuada, problema presente en nuestros tiempos. Seguía explicando cuál era la ventaja práctica:

(…) en una monarquía tengo un rey, en un gobierno parlamentario, siete, en una república, setecientos.

Ministerio real subordinado al pueblo

Y seguía añadiendo que el rey sabía que la realeza no era beneficio, sino ministerio, esa condición le imponía la obligación de respetar las leyes fundamentales del pueblo, que eran anteriores a él precisamente porque eran obra mixta de Dios y de los hombres. Aquí encaja todo lo desarrollado por Álvaro D’Ors sobre el tiranicidio. Cabe añadir que Aparisi, como todos los tradicionalistas, se oponía al absolutismo monárquico al igual que a la monarquía parlamentaria, ya que servir no era obrar por capricho, por eso defendía el Consejo castellano diciendo que un rey sin Consejo no era rey. Vázquez de Mella explicaba que la monarquía absoluta nacida con la reforma luterana era un error, y que ellos propugnaban la monarquía socialmente responsable:

Yo pido que el poder armónico se ejerza sin responsabilidad legal, pero con responsabilidad social… Es verdad que entre los reyes también se han dado monstruos… A los cuales la sociedad concluye por llamar al orden por medio de una revolución.

Por último, Vázquez de Mella mencionaba la democracia cristiana como algo positivo, que para él significaba únicamente la igualdad de nivel y la soberanía social de todos sus órganos. Esta democracia jerárquica era la antítesis de la democracia igualitaria, que no podía ni puede existir por las diferencias entre los individuos. No es que la monarquía sea ideal para un libertario, sigue siendo una forma de dominio, pero autores de esta escuela como Hans-Hermann Hoppe han recordado que se asemeja mucho más al orden natural que la democracia. Por norma general, el monarca va a ser más responsable y pensar más a largo plazo ya que responde con su patrimonio de la mal gestión política de la nación, al ser esencialmente un gobierno de propiedad privada.

Críticas hacia el liberalismo y socialismo

Después de introducir la doctrina, toca presentar sus críticas muy adecuadas en el momento histórico hacia el liberalismo (esencialmente se referían al democrático y jacobino, que era el predominante en España), el socialismo, el comunismo, al relativismo y al ateísmo. Balmes empezaba con una crítica demoledora a ese liberalismo explicando qué es el progreso social. Él definía el progreso social como el camino hacia la perfección del individuo, perfeccionando la armonía entre los valores de la inteligencia, del bienestar y de la moralidad.

Si no se desarrolla todo, no se obtiene un individuo perfecto, sino un monstruo. Por tanto, el verdadero progreso social es alcanzar el orden natural, que sería lo más parecido posible al orden divino y nunca podría ser igual por la existencia del pecado original. Lógicamente alcanzar la perfección poco tiene que ver con la democracia, y ese era el primer gran error de los liberales. Y obviamente la perfección se alejaba también de las soluciones represivas para combatir el liberalismo.

Para demostrar que los tres valores deben ir unidos, Balmes explicaba cómo el excesivo desarrollo industrial, es decir, bienestar, sin desarrollo moral e intelectual, acabó provocando la división de clases que mantenemos ahora. Se puede concluir que la ciencia y el libre mercado son beneficiosos, pero tienen que ir unidos al desarrollo moral. Vázquez de Mella anotaba correctamente que el capitalismo excesivo, en nuestro caso conocemos que es el consumismo fomentado directamente desde el Estado, se dirigía al vicio, a la inmoralidad, a la corrupción, al goce personal, con el desprecio de los necesitados, y estaba en oposición con los fundamentos de la propiedad y de la solidaridad.

Negación del pecado original

Para ese desarrollo moral Balmes se apoyaba en el catolicismo, que para él había sido el gran favorecedor de la civilización inoculando en las leyes y en las costumbres sus principios de amor y fraternidad universal.

El segundo error de los liberales es que negaron el pecado original, una herejía, colocando la fuente del mal en la ilegitimidad de los gobiernos y dando lugar al socialismo. Esta crítica se puede extrapolar a todos los liberales clásicos, no solo los demócratas jacobinos, que contribuyeron, de manera ingenua, a justificar la idea del Estado. Donoso Cortés explicaba:

(…) todas las cuestiones relativas al mal o al bien se resuelven en una cuestión de gobierno, y toda cuestión de gobierno en una cuestión de legitimidad.

Su optimismo en la razón hizo que la fe no fuese importante y la razón soberana, desembocando en que los progresos de la verdad dependiesen de los progresos de la razón, llegando a la inviolabilidad y la soberanía real de las asambleas deliberantes, es decir, de los parlamentos y gabinetes. Esas contradicciones hacen que el liberalismo acabe abdicando necesariamente en las escuelas católicas o socialistas, ya que el equilibrio entre socialismo y catolicismo es imposible. Donoso seguía:

(…) el socialismo no es fuerte sino porque es una teología satánica.

El liberalismo desemboca en socialismo

El socialismo llevó a las últimas conclusiones las premisas indecisas del liberalismo en donde Dios dejó de tener autoridad. Mientras que el liberalismo solo negaba el pecado original, el socialismo negaba la posibilidad de cometerlo, negando la libertad humana. Negada la libertad, se negaba la responsabilidad y, por un lado, la pena, llegando a parar en la negación del gobierno divino. Por el otro, la negación de la responsabilidad individual y social negaba la solidaridad en el individuo, en la familia y en la comunidad. Negada la solidaridad, únicamente se acababa en el nihilismo.

Ese nihilismo acababa tratando al hombre como un punto matemático llegando al intento de resolución de un problema que nunca va a tener solución, saber la distribución de la riqueza más equitativa. Como no lo podían ni pueden saber, el sistema socialista va siempre a parar en el monopolio más injusto y cruel posible por medio de la confiscación universal y el depósito de la riqueza pública en manos del Estado. Conocieron a Stalin medio siglo antes desde la teología. Donoso Cortés explicaba que la fatal arrogancia de los socialistas fue, y sigue siendo, buscar la distribución equitativa de la riqueza eliminando la caridad y la limosna cristiana. No eran austríacos, únicamente estaban influenciados por la teología de la Escuela de Salamanca.

Balmes volvía a explicar que el socialismo era la consecuencia lógica del liberalismo, siendo el primero una aberración de la mente humana, que ocurría cuando no estaba iluminada por la fe. Balmes explicaba:

(…) sin las luces de la revelación… No es posible explicar el cuento de verdad y de error, de bien y de mal, de grandeza y de pequeñez, de elevación y de vileza.

Cristianismo contra democracia

Solo el cristianismo, con su doctrina de la Redención y de la fraternidad de todos los hombres en Cristo, ofrecía una visión coherente de la situación real del hombre. Esa visión escolástica de Balmes le hacía criticar, por ejemplo, la teoría del valor trabajo diciendo que el valor de las cosas no dependía del trabajo, sino de la satisfacción subjetiva de nuestras necesidades. Con ello explicaba que el sentido común era lo que rechazaba toda clase de materialismo. Aparisi criticaba el concepto de libertad de los liberales demócratas, explicando que solo la religión había hecho iguales a todos los hombres, y que las desigualdades físicas e intelectuales eran de derecho natural. Explicaba:

La teoría democrática se estrellará contra este hecho porque lucha contra la naturaleza. Mentira es, por tanto, el sufragio universal como fuente de derecho o de gobierno, mentira la llamada ley de mayorías parlamentarias como criterio de verdad, mentira que la libertad del bien y del mal asegure la paz y favorezca el progreso en sociedades humanas…

Por el contrario, el catolicismo solo defendía la libertad absoluta para el bien, mientras que la libertad de los liberales era licencia, que traería de la mano la impiedad, engendrando brutales tiranías.

Optimismo político liberal

Respecto al optimismo político del liberalismo Vázquez de Mella hizo una crítica demoledora que sigue siendo válida actualmente. La Revolución francesa comenzó suprimiendo las instituciones mediadoras entre el individuo y el Estado, proclamando la emancipación social y religiosa del individuo, pero también la emancipación del Estado sobre la ley natural. Ya existente ese Estado absoluto en diversas partes de Europa, se emancipó del orden superior, convirtiéndose en el definidor supremo del derecho, regulador único de la sociedad y absoluto poder moderador de todas las fuerzas. Afirmando la autonomía del individuo y del Estado toda entidad colectiva solo existiría por concesión, por autorización o por tolerancia, como ocurre en el presente.

Ilegitimidad del Estado democrático

La escuela individualista después sostenía el derecho y la soberanía colectiva, siendo un tránsito que jamás pudo demostrar demócrata alguno. Y aun admitiendo la soberanía colectiva como agrupación de las soberanías individuales, jamás iba a poder justificarse la representación pública, la inventada transustanciación jurídica de los servidores del Estado. Y aunque se admitiese eso, menos iba a poder justificarse la legitimidad de las elecciones por su método de elección, votando confundidos los miembros de todas las clases, como si no existiesen categorías diferentes de intereses o todos pudiesen representarlos indistintamente.

La ilegitimidad de las elecciones suponía la ilegitimidad del parlamento, del gobierno y del Estado. El fallo fue mezclar la soberanía política con la social, juntándolas en una única Constitución y único poder, el Estado. Esa centralización iba a desembocar en la oligarquía de partidos, la corrupción administrativa, la desorientación de vocaciones y la inversión de la pirámide social. Respecto a lo último, el Estado liberal y democrático sacó al individuo de donde le correspondía, de su municipio, para convertirle en un número más de la maquinaria estatal. Finalmente decía Vázquez de Mella:

El municipio, la libre institución en que se deben congregar familias para administrar con independencia relativa, en el círculo de sus funciones, sus propios intereses, se ha convertido en una oficina, en una sucursal más de la administración pública.

Contra el relativismo

En conclusión, los autores tradicionalistas españoles, muchos de ellos carlistas en lo político, han aportado ideas que cualquier defensor de la libertad debe tomar por bandera. Muchos libertarios han entendido que la libertad no es suficiente para un orden pacífico y duradero en el tiempo y, para ello, se deben defender las instituciones sociales y las virtudes que lo hacen posible. Por último, todas las libertades que conocemos parten de una justificación objetiva de la ley natural, y eso no se debe a la Ilustración sino a algo más grande, el cristianismo. Joseph Ratzinger, difunto Papa Benedicto XVI, recordó:

Cuando el relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo.

En honor al profesor Miguel Anxo Bastos, premio Juan de Mariana 2023, que me recomendó leer a estos autores y profundizar en su obra.

Fuentes

Credo of a Reactionary. Erik von Kuehnelt-Leddihn.

https://rothbardrockwellreport.substack.com/p/the-case-for-paleolibertarianism

http://es.globedia.com/dios-patria-rey-fueros-mercados-origenes-autentica-derecha-espana_1

https://mises.org/es/wire/sociedad-civil-y-contrarrevolucion-contra-el-progresismo
https://www.jesushuertadesoto.com/wp-content/uploads/2014/04/18.-In-memoriam-of-Murray-N.-Rothbard.pdf
https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ensayo-sobre-el-catolicismo-el-liberalismo-y-el-socialismo–1/html/fef056ea-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.html

Bastos, Miguel Anxo. 2013. Libertarismo y conservadurismo. Instituto Juan de Mariana.

Hoppe, Hans-Hermann. 2001. Democracy: The God that Failed.

Von Kuehnelt-Leddihn, Erik Ritter. 2007. Liberty or Equality. Mises Institute.

Santamaría, Benjamín y Velasco, Sergio. 2021. Tradicionalismo y libertad, ¿son compatibles? Instituto Juan de Mariana.

Vázquez de Mella, Juan. 1931. Obras Completas.

De Encinas, Joaquín. 1958. La tradición española y la revolución. Rialp.