Ir al contenido principal

Etiqueta: Daniel Kahneman

Que viene el lobo

Llevamos años viendo cómo, en las redes sociales, analistas e inversores famosos llevan prediciendo la “gran crisis de nuestra vida”; desde Ray Dalio a Jim Rogers pasando por Robert Kiyosaki o Harry S. Dent, entre otros. La quiebra de la china Evergrande, la adquisición de Credit Suisse por UBS, o los problemas con los bancos regionales americanos, personificada en el Silicon Valley Bank, no fueron sino “pruebas” de lo que estaba por ocurrir, pero que todavía no ha ocurrido.

La deuda

Los problemas de deuda de los gobiernos occidentales (y las tesis de Rogoff y Reinhart en Esta vez es distinto: Ocho siglos de necesidad financiera), pandemias, guerras, tensiones y amenazas geoestratégicas, los cambios de paradigma económicos, las decisiones de nuestros políticos -con apuestas por tecnologías y formas de vida antieconómicas-… Todo ha llevado a que muchos cenizos lleven/llevemos años asustados, agarrotados casi, temiendo la llegada de un “Godot” al que seguimos esperando.

Y, mientras, las principales bolsas occidentales no han hecho sino subir: de los 3.300 puntos del S&P 500 de justo antes de la pandemia (febrero de 2020), a los 5.600 de la actualidad (por no hablar de la subida de 9.700 a 17.500 del Nasdaq Composite en el mismo período -con picos de 18.600 hace sólo un par de meses-); casi nada. La subida ha sido tan “loca” que los gestores value se las ven y se las desean para batir a los índices. Y es que todo parece subir, y subir, como si no hubiese un mañana.

Los últimos sustos de agosto han vuelto a poner a mucha gente nerviosa: “ahora ya sí”, gritan, aunque parece -quizás sea un error mío de apreciación- que no con tanta convicción, quizás por miedo a volver a estar viendo visiones. Y puede sea verdad, puede que ahora “sí que sí”. Pero debemos ser prudentes.

Políticos y burócratas

No voy a entrar a analizar sesudas cuestiones de económicas, pero sí quiero poner el acento en un par de factores que no siempre se recuerdan, pero que son fundamentales:

En primer lugar, están los políticos y burócratas, con el inmenso poder que tienen, al controlar los boletines oficiales de los estados y los bancos centrales. Evidentemente, no disponen de la piedra filosofal, pero sí de unas herramientas, sobre todo las monetarias, que les permiten, si así lo consideran, estirar el chicle mucho más de lo que uno se podría esperar. Y con políticos y burócratas no podemos olvidar tampoco a los grandes jugadores del mercado, quienes a lo mejor no pueden imponer decisiones políticas y/o monetarias -al menos directamente-, pero sí pueden intervenir en el mercado con un fuerte patrimonio -suyo o gestionando el de otros-,  respaldando su actuar.

En segundo lugar, está el comportamiento de la gente, de por sí impredecible (al menos con certeza absoluta). Tendemos a considerarnos racionales. Si lo fuésemos, anticipar nuestras acciones sería pan comido. Pero la Ciencia y el sentido común nos repiten, machaconamente, que no lo somos tanto. La Economía Conductual lleva ya décadas hablándonos de los sesgos. Y no es, ya que el consumidor no sea tan racional como nos habían vendido, es que, según Daniel Kahneman (en su Pensar rápido, pensar despacio) tampoco lo es el empresario.

Daniel Khaneman, George Soros

No muchos tenemos presente, por ejemplo, el artículo con el que el citado Premio Nobel, junto con su colega Amos Tversky, destacaba sus hallazgos sobre la perspectiva del emprendedor (Teoría de la perspectiva. Un análisis de la decisión bajo riesgo). Halla este trabajo que los empresarios actúan a partir de sus “percepciones” -con los sesgos sistemáticos que correspondan-, no necesariamente a partir de la realidad. Se basan en sus propios modelos subjetivos, llenos de errores, puras creencias. Recordemos lo que decía Platón de las opiniones y creencias, que para él no eran conocimiento. Y es verdad que los autores citados nos hablan de los sesgos negativos, de los sesgos pesimistas adaptativos; pero también recuerdan los sesgos positivos, de los que sufren los amantes del juego cuando “están en racha”.

Y en tercer lugar, quiero mencionar la Teoría de la reflexividad de George Soros (en la que se centra, entre otros, en su libro La alquimia de las finanzas o en El nuevo paradigma de los mercados financieros). Los mercados no tienden necesariamente a ningún equilibrio, como nos han querido enseñar; las personas, según el autor húngaro, basan sus decisiones -como ya adelantábamos más arriba- en sus percepciones y no en la realidad; pero no sólo eso: sus propias elecciones influyen en la situación, de forma que “ideologías” basadas en premisas falsas puedan transformar la realidad. Una suerte de la “paradoja del observador” de la Física, aplicado a las ciencias sociales.

El peso de la realidad

Por todo ello es por lo que no siempre ser un inversor “contrarian” es tan rentable, por muy bien captada que se tenga la realidad. Muchas veces dedicarle más horas que nadie a ver variables o situaciones “reales” que los demás no ven, no garantiza el éxito en la inversión. El mercado es creado por las personas con sus decisiones diarias. Analizar el volumen de deuda, o la inflación real, las malas decisiones políticas o los cisnes negros que se adivinan en el horizonte, como bombas hipersónicas contra las que no parece haber escudo ni defensa posibles, abstrayéndonos del “sentir general”… no es suficiente si olvidamos lo más importante: a quienes fijan los precios con sus decisiones diarias.

La realidad es tozuda, y se acaba imponiendo, porque de donde no hay suficiente, no se puede sacar, al menos eternamente. El problema es que, si el chicle se estira más de lo esperado, pueden habernos salido canas antes de que se rompa de tanto estirar. Y el inversor tampoco es inmune al sesgo. Sólo faltaría que de tanto gritar advirtiendo que viene el lobo, sin que aparezca -aunque seguramente esté agazapado a las puertas-, nos cansemos y vayamos a dormir, inconscientes, justo antes de que venga.

Ver también

Una teoría alternativa del ciclo económico. (Álvaro Martín).

Lo que Kahneman nos enseñó

Daniel Kahneman, psicólogo y padre de la economía conductual, falleció el pasado 27 de marzo a los 90 años. Junto con su compañero Amos Tversky, fue pionero en analizar la ciencia económica desde el prisma de la psicología moderna, mostrándonos cómo los seres humanos tomamos decisiones y actuamos en entornos de incertidumbre. En 2002, su inmensa obra le convirtió en el primer no economista en obtener el Premio Nobel de Economía, merecido reconocimiento a lo mucho que Kahneman nos enseñó sobre nosotros mismos.

La economía convencional venía asumiendo que los seres humanos somos como Mr. Spock de Star Trek: seres ultrarracionales, máquinas de tomar decisiones que reunimos y procesamos toda la información disponible y generamos decisiones óptimas tras procesarla de manera fría y sistemática.

Pero Kahneman nos enseñó que no somos realmente como Mr. Spock, sino que a menudo nos comportamos más bien como Homer Simpson: somos perezosos, impulsivos y falibles; recopilamos información limitada, la procesamos mediante atajos mentales y caemos en sesgos sistemáticos al tomar decisiones, condicionados por nuestras propias limitaciones cognitivas o al dejarnos llevar por nuestras emociones.

Pensar rápido, pensar despacio

Kahneman nos enseñó que el funcionamiento de nuestra mente se puede entender como el de dos sistemas: uno que piensa rápido y otro que piensa despacio. El sistema 1 es rápido, intuitivo, funciona de manera automática, inconsciente y sin aparente esfuerzo, y es especialmente eficiente generando respuestas inmediatas ante problemas simples. Por ejemplo, cuando nos preguntan cuánto es 2 x 2, o buscamos reconocer un rostro conocido, el sistema 1 nos da la respuesta de forma automática.

Pero cuando el problema no es simple, el sistema 1 pide ayuda al sistema 2. El sistema 2, sin embargo, funciona de manera lenta, consciente, deliberativa, razona por pasos y consume mucho esfuerzo y memoria. Es un sistema más apto para resolver problemas más complejos, como cuando nos preguntan cuánto es 637 x 918.

El problema es que el sistema 2 es un sistema perezoso y, al mínimo descuido, permite que el sistema 1 le cuele respuestas intuitivas, pero erróneas. Kahneman y Tversky descubrieron que estos errores de razonamiento a menudo no son aleatorios, sino que tienden a equivocarse en una dirección predecible. Al iluminar estos errores sistemáticos que cometemos al razonar, estos sesgos cognitivos, Kahneman nos ayudó a entender mejor la naturaleza humana.

Autoconfianza y autoconvencimiento

Kahneman nos enseñó que funcionamos con exceso de confianza. Casi todos pensamos que conducimos mejor que la media. Creemos que nuestras habilidades, capacidades y conocimientos son superiores que las de los demás, que tenemos más probabilidades de tener éxito en nuestros proyectos y que nuestras predicciones son mucho más precisas de lo que realmente son. Esto hace que asumamos riesgos excesivos y de manera inconsciente, en ocasiones con graves consecuencias para nosotros mismos.

Kahneman nos enseñó que tenemos una arrolladora tendencia a confirmar nuestras ideas preconcebidas. Inventamos historias que nos dejen en paz con nosotros mismos, elaboradas a partir de datos sueltos que confirmen nuestra tesis, la interpretamos como nos conviene y desestimamos e ignoramos todo aquello que nos lleve la contraria. Tendemos a generar nuestra propia cámara de resonancia evitando exponernos a ideas ajenas, a críticas contrarias que pongan en riesgo el relato interno que nos hemos construido. Por ello, transitamos esta vida con unas gafas que solo nos muestran una parte, y a menudo distorsionada, de la realidad.

Números y probabilidades

Kahneman nos enseñó que nos manejamos mal con las probabilidades. En su lugar, asumimos que aquello que recordamos con más facilidad es más probable o frecuente: tendemos a sobreestimar la probabilidad de ocurrencia de aquellos eventos que estén más disponibles en nuestra memoria, de aquellos de los que tengamos recuerdos más recientes, emocionales o intensos. Así, ignoramos las probabilidades reales de ocurrencia, o las malinterpretamos siguiendo nuestras erróneas intuiciones. En un mundo en el que tienen mucho premio acertar nuestras predicciones sobre el futuro, actuamos con una brújula averiada.

Kahneman nos enseñó que también nos manejamos mal con los números. Ante un problema numérico, a menudo nos dejamos influir de manera exagerada por cifras arbitrarias: tomamos inconscientemente un valor que nos sirva de ancla, a menudo el primero que tengamos a mano aunque no tenga relación ninguna con el problema a resolver, y usándolo como referencia ajustamos de manera casi siempre insuficiente. Este pernicioso efecto anclaje suele estar presente siempre que razonamos sobre números, y no suele faltar cuando pensamos sobre precios, costes o valoraciones, ni cuando estamos negociando. Puede costarnos mucho dinero a lo largo de nuestras vidas si lo ignoramos, pero quienes saben explotar el efecto anclaje de los demás también pueden sacarle un buen provecho.

Pérdidas y ganancias

Kahneman nos enseñó que tampoco se nos da bien pensar sobre pérdidas y ganancias. A menudo no tomamos decisiones económicas buscando el mayor beneficio esperado, como dictaban los modelos económicos, sino que tratamos de minimizar nuestro sufrimiento psicológico. Tenemos tal aversión a las pérdidas que renunciamos a obtener altas ganancias esperadas con tal de aferrarnos a lo seguro, aunque en promedio nos deje en peor situación. De hecho, cuando no se trata de perseguir beneficios sino de recuperar pérdidas, abandonamos nuestra aversión al riesgo y nos volvemos propensos al mismo: en un último intento por recuperar pérdidas, somos capaces de aumentar nuestras probabilidades de incrementarlas.

Su legado

El legado que nos deja Kahneman no se limita a estas enseñanzas sobre la naturaleza humana, ni a tantas otras que fue demostrando y explicando a lo largo de su fructífera carrera. También nos lega un campo fértil sobre el que otros investigadores han seguido y seguirán trabajando, ampliando los horizontes del conocimiento humano. Así, las semillas plantadas por Kahneman y Tversky han ido germinando en diversos campos: desde la economía teórica, los mercados financieros, las políticas públicas o su aplicación sobre las pequeñas cosas de nuestras vidas. Y, por supuesto, no puede faltar su rentable aplicación al ámbito de las inversiones, donde conocernos a nosotros mismos y entender nuestros errores puede convertirnos en mucho mejor inversores.

En una ocasión preguntaron a Kahneman si, después de toda una vida dedicada al estudio de los sesgos humanos, obteniendo incluso un premio Nobel por ello, había logrado evitarlos. Su respuesta fue un rotundo no. Kahneman también nos enseñó que nuestros sesgos cognitivos, aunque podamos conocerlos, minimizarlos y mitigar sus peores consecuencias, son inherentes a la naturaleza humana. Hay que conocerlos, también, para aprender a convivir con ellos.

Y es que los seres humanos siempre vamos a seguir siendo eso: «humanos».

Ver también

La acción humana y la psicología frente al socialismo. (Santiago Calvo).

El efecto endowment explicado por la economía austríaca. (Fernando Herrera).

Conciliando la teoría de las perspectivas de Kahneman con la economía austríaca. (Fernando Herrera).

El Nobel Kahneman, Warren Buffett y los mercados eficientes. (Pablo Martínez Bernal).