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Etiqueta: Decrecimiento

¿Es el crecimiento económico finito? El pesimismo entrópico de Georgescu-Roegen

Artículo publicado originalmente en la Revista Ágora Perene

La teoría del decrecimiento, defendida por los partidarios del ecologismo radical de la Deep Ecology, presenta una crítica contundente a las tesis de la economía tradicional de crecimiento económico ilimitado y lineal, una crítica que resuena en la sociedad en general. ¿Tienen razón sobre la naturaleza finita del crecimiento? ¿Nos dirigiremos, en el futuro, a un agotamiento catastrófico de las capacidades productivas? La ley físico-termodinámica de la entropía, con su paradigma de declive energético gradual de la naturaleza, constituye un serio desafío al optimismo económico liberal y a su ideal de prosperidad material humana. Esta idea sería incorporada por primera vez a la ciencia económica en la década de 1970, con el advenimiento de la bioeconomía del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, el principal inspirador del movimiento del decrecimiento.

Introducción

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche describió al hombre con la imagen metafórica de un ser creador y destructor, semejante a una llama:
“¡Sí! Sé de dónde vengo,
Nunca saciado, como un fuego, resplandeciente, yo mismo consumo.
Todo lo que agarro y toco hace luz,
Todo lo que dejo atrás son cenizas,
Ciertamente, llama es lo que soy.”

Esta imagen del hombre como productor de luz y muerte por el toque refleja claramente la idea prometeica de un ser explorador y dominador de la naturaleza. En contraposición a esta imagen prometeica, un filósofo alemán posterior, Martin Heidegger, instó al hombre a ser el “pastor de la tierra”, a aceptar su humilde papel como parte del mundo, evitando la tecnología, la dominación y el papel de explorador (Bramwell, 1989).

La metáfora del Hombre Prometeico y del Hombre Pastor, presentes en Nietzsche y Heidegger, respectivamente, refleja dos concepciones antagónicas del hombre y su relación con el mundo, con importantes manifestaciones en el pensamiento humano, literario y científico, a lo largo de la historia.

El hombre pastor

La idea del Hombre Pastor comparte muchas similitudes con el ideal estético y ético de la vida tradicional defendida por muchos poetas y escritores ligados a un romanticismo nostálgico, aristocrático y conservador. Esta visión, a diferencia de lo que se afirma con frecuencia en el sentido común, de ninguna manera contradice el liberalismo económico, siendo fácilmente aceptada por economistas de línea ordoliberal, como el alemán Wilhelm Röpke.

Esta visión orgánica de la economía, que une las necesidades del hombre y de la naturaleza, pone de relieve un tema importante que no debe ser condenado ni negado per se, bajo el riesgo de incurrir en una epistemología autista y alienante de la realidad.

Sin embargo, debe notarse que esta visión bucólica y nostálgica del Hombre Pastor, de base cultural, se convertiría en blanco de fuertes manipulaciones y apropiaciones políticas en las últimas décadas por ciertos grupos con ideologías marcadas por el extremo zelotismo ambiental y sectario.

Ecologismo profundo

Un ejemplo claro de este tipo de ideología es la tesis del decrecimiento económico, que ha ido ganando terreno entre los partidarios del ecologismo radical en las últimas décadas, sobre todo en la corriente conocida como Deep Ecology, especialmente en los países desarrollados. Esta tesis aboga por el decrecimiento y políticas activas de desindustrialización, desinversiones y reducción drástica del consumo. Argumenta basándose en la finitud de los recursos energéticos y pone en cuestión importantes avances de la civilización proporcionados por la Revolución Industrial, así como las mejoras en el estándar de vida material de las masas en los últimos siglos.

La teoría del decrecimiento presenta una crítica contundente a las tesis de la economía tradicional de crecimiento económico ilimitado y lineal, una crítica que no se limita a su círculo inmediato de defensores, sino que resuena en la sociedad en general, haciéndose muy presente en los discursos de importantes liderazgos ambientalistas globales, como Greta Thunberg.

Toda ideología, por más caricaturesca que sea al representar la realidad, necesita estar anclada, aunque sea parcialmente, en alguna verdad para existir socialmente. Detrás de la tesis del decrecimiento, hay una verdad profundamente incómoda, cuya negación por parte de los críticos puede llevar a la apología de un extremo opuesto igualmente distorsionado y parcial.

Esta verdad tiene que ver con la creencia en el crecimiento infinito y en la disponibilidad ilimitada de recursos para sustentar el proceso económico. Surge entonces una reflexión inevitable: ¿la producción humana tendrá realmente un límite? ¿Nos dirigiremos, en el futuro, a un agotamiento catastrófico de las capacidades productivas? ¿O la tecnología será capaz de superar la escasez de recursos energéticos y físicos?

Las limitaciones epistemológicas de la economía neoclásica

Es precisamente aquí donde se encuentra la mayor debilidad argumentativa de los críticos a la tesis del decrecimiento. Hay que reconocer que la economía mainstream, con todo su aparato positivista y jerga técnica especializada, aún no ha logrado presentar una respuesta teórica satisfactoria al problema de la finitud de los recursos. Desde 1870, con el surgimiento de la ciencia económica neoclásica, los economistas (con algunas excepciones notables) parecían creer que el crecimiento económico era sostenible indefinidamente y que los recursos naturales eran inagotables, sustentados por una epistemología newtoniana y mecanicista de la realidad natural, que no concuerda con los avances teóricos posteriores de la física.

En este sentido, la mayor limitación de la ciencia económica neoclásica fue su incapacidad para conciliar su optimismo con los nuevos descubrimientos ocurridos en el campo de las ciencias biológicas y físicas en el siglo XIX, como la ley de la entropía de la termodinámica, cada vez más pesimistas respecto a la posibilidad de generación infinita de energía y la continuidad de la vida natural en el futuro.

Este desajuste entre el optimismo económico y el pesimismo de las ciencias biofísicas se manifestaría de manera más clara a lo largo del siglo XX. Desde la década de 1970, y con el objetivo de llenar este vacío, comenzaría a establecerse una serie de nuevos paradigmas vinculados al medio ambiente en la economía mainstream, cuestionando la idea de crecimiento indefinido y lineal y utilizando el aparato teórico de las ciencias naturales.

Bioeconomía

Estos nuevos paradigmas, impulsados por el avance de las ideas ecologistas entre las décadas de 1960 y 1970, variaban desde posiciones moderadas a favor de la conservación y el crecimiento gestionado de los recursos —como los defensores de la tesis del “desarrollo sostenible”— hasta posiciones radicales de la Deep Ecology, que rechazan explícitamente el crecimiento económico y se muestran contrarias a la posibilidad de cualquier sistema económico autosostenible (Pearce y Turner, 1989).

La teoría de la bioeconomía, formulada por el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, fue claramente una fuente de inspiración para la mayoría de los partidarios del decrecimiento, aunque el autor no fue, él mismo, un defensor directo del movimiento (Missemer, 2017). Su principal obra, expuesta en The Entropy Law and the Economic Process (1971), presenta la economía como un subsistema integrado a un sistema bioeconómico global.

Esto lleva a la idea de que la economía está regida por un proceso dinámico de producción, circulación y distribución de bienes y residuos, semejante al existente en el subsistema biológico evolutivo —un sistema limitado en términos energéticos y materiales y en continuo decaimiento a largo plazo, regido por la Ley de la Entropía.

La bioeconomía entrópica de Nicholas Georgescu-Roegen

El modelo entrópico del economista rumano Georgescu-Roegen fue profundamente influenciado por las teorías alemanas de la energética social del siglo XIX, que integrarían la biofísica en la explicación de los procesos económicos de producción, trabajo y consumo. También fue fuertemente influenciado por el institucionalismo y la economía evolutiva del austriaco Schumpeter, a través de la visión de cambios dinámicos cualitativos en los métodos de producción económica. Sus ideas de una economía evolutiva, sin equilibrio estático y antimecanicista, encuentran paralelismos con la concepción dinámica del proceso económico de la Escuela Austriaca de Economía de Carl Menger, Bohm-Bawerk y Ludwig von Mises.

Las ideas fundamentales de su teoría fueron presentadas entre las décadas de 1930 y 1940, a partir de sus trabajos en la economía agraria y en la crítica a la teoría del consumidor y a la función de producción neoclásica (Heinzel, 2013). Georgescu, durante los años 1930, tuvo contacto con economistas de Harvard, donde se convirtió en discípulo de Schumpeter, y desarrolló estudios sobre la temática de la economía neoclásica. Su teoría de la bioeconomía tuvo sus primeras ideas formuladas en ese período, influenciada por sus experiencias con la vida económica campesina al regresar a Rumanía, en los años 1940 (Goudy y Mesner, 1998).

The entropy law and the economic process

En The Entropy Law and the Economic Process (1971), Georgescu-Roegen contribuyó con la incorporación del modelo teórico de la termodinámica física en el análisis económico, siendo más conocido por el uso de la Ley de la Entropía, la Segunda Ley de la Termodinámica. Esta ley es descrita por Georgescu como “la más económica de todas las leyes naturales” y “la raíz principal de la escasez económica”.

Georgescu, basándose en la ley termodinámica de la entropía y crítico del modelo económico neoclásico heredado del mecanicismo de la física clásica, estableció el modelo de la bioeconomía. Este modelo consiste en un marco teórico dinámico para la economía, que propone que la energía física contiene un stock natural finito, lo que impone restricciones al crecimiento económico.

La bioeconomía de Georgescu-Roegen, al enfatizar la finitud física no solo de la materia, sino también de la energía, marca una ruptura categórica con el modelo estándar y mecánico de la economía de autorreproducción (Miernyk, 1990). El modelo tradicional de flujo circular, promovido desde el siglo XVIII por los fisiócratas franceses y en los siglos XIX y XX por los modelos teóricos neoclásicos de Leon Walras y Gustav Cassel, se caracteriza por un movimiento perpetuo, en el que el consumo va en una dirección y la producción en otra, alcanzando un punto de equilibrio.

El aumento de la entropía

Según la teoría bioeconómica, las actividades económicas degradan acumulativamente el medio ambiente con el tiempo (aumentando la entropía, de acuerdo con las leyes de la termodinámica) y los cambios ambientales alteran, a su vez, el proceso económico. La economía de la biosfera es un sistema cerrado en el cual la entropía aumenta continuamente (e irrevocablemente) hasta un máximo: la energía disponible se transforma continuamente en energía no disponible, hasta que desaparezca por completo.

El proceso económico es la producción de entropía y se opone al movimiento perpetuo de la teoría estándar. La materia está sujeta a la misma degradación que la energía, a través de un fenómeno acumulativo. La conclusión ineludible de estos postulados es que el sistema económico global tiene un ciclo de vida similar al de un organismo vivo (Bobulescu, 2012).

Cuerpos endosomáticos vs exosomáticos

La bioeconomía también establece que el sistema económico está regido por una dinámica evolutiva similar a la existente en el sistema biológico. Georgescu-Roegen postuló que el proceso económico es una extensión de la evolución biológica, al distinguir entre cuerpos endosomáticos y exosomáticos. El cuerpo somático de todo ser biológico está dotado de órganos endosomáticos naturales. La especie humana agrega y complementa los cuerpos endosomáticos de la biología al crear herramientas, máquinas e instrumentos externos, que se convierten en órganos exosomáticos.

Los cambios evolutivos, incluidos los exosomáticos, son de naturaleza cualitativa, y todas las entidades afectadas por un cambio cualitativo son necesariamente dialécticas.

Conceptos aritmórficos vs dialécticos

Georgescu distinguió entre conceptos matemáticos (aritmórficos) y lingüísticos (dialécticos), lo que le permitió abordar importantes construcciones teóricas. Los conceptos aritmórficos se definen por su distinción discreta entre números individuales en un continuo aritmético, que, por lo tanto, nunca se sobreponen. En contraste, en los conceptos dialécticos no hay separación discreta entre ellos. Están separados de sus opuestos por una “penumbra dialéctica”. Por ejemplo, viejo y joven son conceptos dialécticos. Un niño será un anciano cuando tenga 90 años, pero nadie puede decir con certeza cuándo envejecerá (Bobulescu, 2012).

Al enfatizar la naturaleza dialéctica de los conceptos económicos, Georgescu consideró que el proceso económico está caracterizado por una discontinuidad lógica, por cambios y desequilibrios históricos que requieren un enfoque diferente al cálculo marginal cuantitativo neoclásico (Heinzel, 2013).

Crítica a la matematización de la economía

Las críticas de Georgescu al supuesto de integrabilidad matemática en la economía lo llevaron a establecer objeciones a la teoría de decisión racional microeconómica, señalando una limitación intrínseca de la teoría del consumidor (Zamagni, 1999). Demostró que las curvas integrales de la ecuación diferencial que representan la condición de equilibrio del consumidor no corresponden necesariamente al mapa de indiferencia del consumidor. Por lo tanto, la realidad observable de las elecciones y preferencias de los consumidores no sigue obligatoriamente los axiomas del comportamiento del consumidor, como la utilidad marginal decreciente.

A partir de sus experiencias con la economía agrícola en Rumanía, Georgescu concluyó que el modelo económico estándar, en el que el consumidor o productor funciona como en el equilibrio walrasiano, no puede coincidir con la economía agraria. La inercia social y el principio de subsistencia en las zonas rurales superpobladas se oponen al modelo hedonista de consumo en las ciudades. Las instituciones agrícolas no se ajustaban al principio cuantitativo de maximización de beneficios (Heinzel, 2013).

Su ataque contundente contra las funciones de producción neoclásicas (como la de Cobb-Douglas) afirma que estas funciones son construcciones matemáticas que contradicen las leyes físicas. Georgescu-Roegen se apartó radicalmente del análisis convencional y construyó un modelo de flujo de fondos del proceso de producción basado en los recursos naturales, en el cual la “producción” corresponde a un proceso de transformación. Los recursos (flujos) se transforman en productos y residuos. El trabajo y el capital son agentes de transformación (fondos) que permiten esta transformación. Durante este proceso de producción-transformación, la entropía aumenta (Georgescu-Roegen, 1971).

Continuidad con Schumpeter

En resumen, Georgescu-Roegen llenó importantes lagunas dejadas por la economía neoclásica al incorporar las ciencias biológicas en el análisis de la dinámica económica. Georgescu considera que la economía sigue un proceso evolutivo regido por las leyes de la termodinámica. Este proceso tiene una importante dimensión cualitativa, que no puede ser capturada por el instrumental económico tradicional, centrado en variaciones “marginales” numéricas.

Especialmente al demostrar la necesaria interrelación entre la actividad económica y el medio ambiente natural, Georgescu destacó la omnipresencia e inevitabilidad de los problemas y limitaciones ambientales asociados a cualquier actividad económica. En varios trabajos importantes, se percibe una continuidad con la teoría institucionalista y evolucionista de Schumpeter, siguiendo particularmente la preocupación central de su maestro con el tema de la evolución y con la metodología (Heinzel, 2013).

Aunque Georgescu-Roegen no lo defendió, la introducción de la ley de la entropía en el análisis económico influiría en el surgimiento del movimiento de decrecimiento económico a partir de los años 70. Este movimiento ecológico adoptaría una postura radical respecto al proceso productivo actual, yendo más allá de las tesis habituales de estacionariedad económica y limitación del consumo, al abogar por una política de continua desindustrialización, desinversiones y reducción del PIB, con el objetivo de retardar el proceso de decaimiento energético natural provocado por el crecimiento entrópico.

Un modelo dinámico y cualitativo frente al mecanicismo neoclásico

Algunos autores consideran que el propio movimiento de decrecimiento distorsionó la teoría bioeconómica de Georgescu, al asumir una epistemología que no la representa exactamente. Esto ocurre al defender una postura de reducción cuantitativa del nivel de actividad y de control “mecanicista” de la economía, una posición incompatible con el modelo dinámico evolucionista y cualitativo de la bioeconomía (Missemer, 2017). Más correcto sería hablar de una postura de “acrecimiento” de la bioeconomía que de un “decrecimiento” inducido por planes de control estatal sobre la actividad. Esta visión de acrecimiento sería más coherente con una teoría que guarda similitudes con la epistemología antimecanicista de la Escuela Austríaca de Economía, que influiría en Schumpeter y Georgescu.

Aún así, debe considerarse, por último, que la bioeconomía entrópica de Georgescu y su paradigma del declive energético gradual de la naturaleza constituyen un gran obstáculo para la teoría económica neoclásica convencional y su modelo estático mecanicista, además de exponer serios desafíos al optimismo económico liberal y su ideal de prosperidad material humana.

Bibliografía

Bobulescu, R. (2012). The making of a schumpeterian economist: Nicholas georgescu-roegen. The European Journal of the History of Economic Thought, 19(4), 625-651.

Bramwell, A. (1990). Ecology in the twentieth century: A history. Journal of the History of Biology, 23(3)

Georgescu-Roegen, N. (1971). The entropy law and the economic process Harvard university press.

Gowdy, J., & Mesner, S. (1998). The evolution of Georgescu-Roegen’s bioeconomics. Review of Social Economy, 56(2), 136-156.

Heinzel, C. (2013). Schumpeter and georgescu-roegen on the foundations of an evolutionary analysis. Cambridge Journal of Economics, 37(2), 251-271.

Miernyk, W.H. (1990). A mind ahead of its time. Libertas Mathematica, 10: 5–20. Reprinted in Georgescu-Roegen (1996: 183–93).

Missemer, A. (2017). Nicholas Georgescu-Roegen and degrowth. The European Journal of the History of Economic Thought24(3), 493-506.

Pearce, D. W., & Turner, R. K. (1989). Economics of natural resources and the environment Johns Hopkins University Press.

Zamagni, S. (1999). Georgescu-roegen on consumer theory: An assessment. Bioeconomics and Sustainability: Essays in Honor of Nicholas Georgescu-Roegen, 103-124.

El lenguaje económico (XXXIX): ¿Tiene Canarias un límite?

El pasado 20 de abril, bajo el lema «Canarias tiene un límite», una masa heterogénea de manifestantes protestaba por diversos motivos. Los ecologistas se oponían a un «excesivo» crecimiento turístico y pedían al gobierno que lo paralizara con una moratoria (prohibir la construcción de nuevos hoteles) y lo gravara con nuevas tasas (pernoctaciones, visitas a sitios de interés).

Los anticapitalistas e igualitaristas —defensores de la «clase trabajadora»— afirmaban que el turismo solo beneficiaba a unos pocos y que era preciso mejorar el «reparto de la tarta». Los neomaltusianos declaraban que la actual «saturación poblacional» era incompatible con los recursos disponibles (agua potable, carreteras, hospitales, alimentos, etc.).

Algunos residentes se quejaban del elevado precio del alquiler o que los extranjeros (con mayor capacidad adquisitiva) se hicieran con las pocas viviendas disponibles. Unos y otros formulaban sus respectivas emergencias: ambiental, económica, habitacional, demográfica, etc. y pedían al gobierno la creación de un «nuevo modelo» turístico. Analicemos estos eslóganes entrecomillados.

Canarias tiene un límite

Una de las falacias informales es el empleo de términos equívocos o imprecisos (Vega, 2007: 196). Los promotores de la manifestación deberían clarificar los (supuestos) límites —residentes, turistas, hoteles, vehículos— del territorio, especificando las cantidades para cada uno de ellos y, sobre todo: ¿cómo han llegado a tales conclusiones? Un error frecuente en las ciencias sociales es analizar los fenómenos en clave física o mecánica; por ejemplo, quienes se oponen al crecimiento poblacional o al desarrollo turístico emplean la metáfora «capacidad de carga» del territorio; como si este tuviera un «aforo» determinado o soportara una específica «carga útil».

En cuestiones sociales no existen óptimos cuantitativos (habitantes, turistas, vehículos, hoteles) y cualquier cifra apuntada por los «expertos» es necesariamente arbitraria. El único óptimo social —de haberlo— sería aquél generado de forma espontánea y descentralizada en el seno del libre mercado, donde los consumidores determinan (indirectamente) la cantidad y calidad de todo lo que se produce.

El reparto de la tarta

También se acusa injustamente al turismo de generar externalidades negativas o perjuicios para la población local. Los turistas son vistos como gorrones o free riders porque no pagan (supuestamente) todos los servicios públicos que consumen. Los igualitaristas, por su parte, afirman que los beneficios del turismo no llegan a la población y que es preciso «repartir mejor la tarta».

Todo lo anterior es falso. Primero, los turistas pagan absolutamente todo aquello que consumen: pagan la compra de bienes privados a sus proveedores —transporte, alojamiento, alimentación, restauración, alquiler de vehículos, ocio, etc.— y pagan (indirectamente) los servicios públicos con los impuestos: ¿de dónde sale el dinero con que los hoteles pagan IBI, tasas (basura, vado), impuesto de sociedades e incluso las cotizaciones e IRPF de sus empleados? Añadir una tasa turística, subir el IVA o incrementar coactivamente el salario de los empleados turísticos —como proponen algunos— es un robo inadmisible. Segundo, el turismo enriquece a la población local, siempre y cuando las inversiones aumenten en mayor proporción que aquella; en tal caso, crece la tasa de capitalización y los salarios en términos reales.

Por último, la economía no es una metafórica «tarta» que haya que repartir, sino que cada cual ingresa lo que produce. «Redistribuir» la riqueza es un eufemismo porque implica robar la propiedad a sus legítimos dueños para luego repartir el botín. «Repartir la tarta» no solo es inmoral, sino que generaliza la pobreza: «Todos los planes para redistribuir o igualar rentas o riqueza deben socavar o destruir incentivos en ambos extremos de la escala económica» (Hazlitt, 2018). En otras palabras, el igualitarismo incentiva la pereza y el parasitismo, y desincentiva el esfuerzo productivo. 

La saturación poblacional

La «saturación» demográfica es otra mala metáfora procedente de la química. El territorio no es ninguna «solución», ni los habitantes el «soluto», ni sobra población en forma de «precipitado». Afirmar que un territorio está infrapoblado, correctamente poblado o superpoblado es un juicio de valor. Por ejemplo, la isla canaria de La Palma (708 km2) y Singapur (734 km2) tienen superficies parecidas, pero densidades de población muy dispares: 118 habitantes/km2 y 7.720 habitantes/km2, respectivamente. No sería exagerado afirmar que la primera está «desierta» en comparación con la segunda. En la última década, la población canaria ha crecido a un ritmo de 0,39 % anual.[1]

Otro error frecuente es tratar los problemas de forma holística porque los territorios presentan específicas problemáticas; por ejemplo, entre 2013 y 2023, la isla de Tenerife creció el doble (0,79 % anual) que la media de la región, mientras que La Palma decreció el 0,15% anual. Estas cifras no son precisamente «alarmantes» y no justifican, por sí mismas, las alarmas maltusianas. La llegada de inmigrantes procedentes de Hispanoamérica —Venezuela, Cuba, Bolivia, Colombia, etc.— es una bendición para Canarias, pues compensa nuestra baja tasa de natalidad. Los inmigrantes ilegales (africanos), por su parte, suponen un problema transitorio porque su intención no es permanecer en Canarias, sino dar el salto al continente europeo.

La escasez de vivienda

Si la saturación poblacional es un mito, la subida del precio del alquiler debe tener otras causas. El mes pasado (zonas tensionadas) apuntamos que la inseguridad jurídica que sufren los propietarios, unida a la mayor rentabilidad del alquiler vacacional, reducía la oferta de vivienda residencial. Imponer una moratoria turística, como proponen algunos, sería «pegarse un tiro en el pie» porque una mayor afluencia de turismo agravaría la situación. No debemos olvidar que la inflación también afecta al precio de los alquileres. Entre 2021 y 2024, el IPC en Canarias subió un 16,6% (5,5% anual).[2] Resulta extraño que nadie repare en este impuesto oculto, ni pida la abolición del Banco Central Europeo y de la banca con reserva fraccionaria, únicos causantes de la inflación.

Por último, está la cuestión de los extranjeros que compran viviendas en Canarias. Una mayor demanda, ceteris paribus, incrementa el precio de la vivienda, beneficiando a vendedores y perjudicando a compradores. En cualquier caso, los controles de precios u otra interferencia gubernamental en el mercado inmobiliario no aumentará la oferta de vivienda, única solución genuina ante su escasez.

El cambio de modelo

La variedad de lamentos expuestos se resume en otra quimera: el cambio de «modelo» económico y turístico. La sociedad es un orden muy complejo y no puede modelarse como si de un prototipo se tratara. El diseño social coactivo se denomina «constructivismo». Según Mises (2011: 234): «Existen dos diferentes formas de cooperación social: la cooperación en virtud de contrato y la coordinación voluntaria, y la cooperación en virtud de mando y subordinación, es decir, hegemónica». En la primera, cada persona es libre de elegir su propio modelo de vida y en la segunda, el tirano —autócrata o demócrata— impone a todos un único modelo.

Bibliografía

Hazlitt, H. (2018). «¿Puede el Estado reducir la pobreza?». Mises Institute.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Vega, L. (2007). Si de argumentar se trata. España: Montesinos.


[1] Fuente: Instituto Canario de Estadística (ISTAC).

[2] Fuente: Instituto Canario de Estadística (ISTAC).

Serie ‘El lenguaje económico’

Contra la teoría del decrecimiento

Unas recientes declaraciones de Ursula von der Leyen sobre la supuesta necesidad de adoptar en la UE unas políticas industriales y económicas parcialmente en línea con la Teoría del Decrecimiento me impulsaron definitivamente a escribir este artículo, que llevaba varios meses pensando publicar. Considero que la Teoría del Decrecimiento no necesita excesiva presentación ni explicación para el lector promedio de este tipo de columnas, ya que el decrecimiento es una de las boutades económicas más conocidas de las últimas décadas. Aún así, conviene remarcar en pocas líneas algunos de sus postulados principales.

Teoría del decrecimiento

El núcleo de la Teoría del Decrecimiento se halla en la asunción no probada de que la sostenibilidad medioambiental es incompatible con el crecimiento económico y que, por ende, para maximizar la preservación de los recursos naturales es necesario reducir drásticamente el consumo de bienes y energía lo cual, según los decrecentistas, solo puede lograrse a través de una contracción de la actividad económica a nivel global.

Tan solo escuchando o leyendo brevemente las principales premisas del decrecimiento, nos percatamos no únicamente de que la conclusión o soluciones propuestas por dicha teoría sean innecesarias y contraproducentes, sino que, además, el núcleo de la propia teoría es radicalmente falso. La idea de que el crecimiento económico requiere un incremento de la utilización de recursos naturales es sencillamente contraria a la evidencia. Para hundir dicha premisa basta con observar brevemente como los países desarrollados llevan décadas creciendo mientras su intensidad energética, emisiones de dióxido de carbono y explotación de los principales recursos naturales (como agua o metales) ha caído casi en picado.

Hacerse trampas al solitario

Aunque esta réplica al decrecimiento pueda parecer nítida, me he encontrado muchas ocasiones -sobre todo cuando estaba en la universidad- en las que los defensores del decrecimiento me mostraban un simple gráfico que trataba de demostrar como el PIB nominal a escala global presenta un elevado índice de correlación con la tasa de explotación de recursos naturales para el conjunto del planeta. Pues bien, esto es simplemente hacerse trampas al solitario.

La primera trampa de dicho argumento es que meten todos los recursos naturales en el mismo saco, cuando la composición del cómputo total de recursos naturales ha cambiado casi por completo desde las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial a hoy en día, por ejemplo. Mientras en los 70 el principal recurso natural empleado para la producción industrial y económica era el petróleo (no reciclable), hoy en día la mayoría de los recursos naturales que se emplean son reciclables, haciendo que la comparativa de explotación neta de recursos naturales sea inválida, ya que la destrucción neta de recursos no es ni similar.

Evolución hacia el sector terciario

La segunda trampa del argumento de correlación de los decrecentistas es el hecho de que las tendencias de crecimiento pasadas no son comparables a las actuales, hilando con el párrafo anterior. Por ejemplo, desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta bien entrada la década de los 70, en EEUU el crecimiento económico mostraba una elevada correlación con la intensidad energética de la economía americana y las emisiones de dióxido de carbono.

Mientras tanto, a partir de la década de los 80, esta correlación se desvaneció por completo e incluso se volvió casi inversa. Se incrementó el crecimiento económico, pero reduciéndose de manera notable la intensidad energética y las emisiones de dióxido de carbono. Ello fue debido principalmente a los avances tecnológicos. Esto, además, no es una cualidad exclusiva de EE.UU., sino de la curva de desarrollo de prácticamente todos los países desarrollados hoy en día. El hecho de que conforme los países se terciarizan desarrollan tecnologías y métodos de producción que desacoplan el crecimiento económico de la explotación de recursos naturales, es un claro argumento a favor de mayor crecimiento en países como China e India, para que así alcancen dicho punto.

Hemos conquistado la tecnología

Ante esto, lo que muchos decrecentistas argumentan es que aunque el punto de desarrollo suficiente para que el ritmo de emisiones decreciese se alcanzase, no sería lo suficientemente rápido. Es decir, cuando China, India o multitud de países africanos lleguen al punto de desarrollo como para generar crecimiento a la vez que reducen emisiones, ya sería demasiado tarde y el daño causado al medioambiente sería supuestamente irreversible.

Como se pueden imaginar, este argumento también es falso. La causa principal es que la tecnología que países como EE.UU. o muchos países europeos tuvieron que crear para lograr un crecimiento no intensivo en explotación de recursos ya se encuentra plenamente disponible en el mercado. Es decir, los países emergentes no tienen que volver a inventar dicha tecnología, sino simplemente adoptarla, lo que hace que el proceso sea mucho más rápido y acelere el desarrollo de estas naciones. De hecho, esto no es simple teoría o cavilaciones, sino que ya está ocurriendo en el caso de los paneles solares que China está desarrollando e implantando basados en tecnología de desarrollo americano.

Las consecuencias

Una vez que las premisas de la teoría del decrecimiento han sido desmentidas, conviene analizar cuáles serían las consecuencias primarias de la aplicación de esta teoría, y plasmarlas en algunos números. Un decrecimiento global, asumiendo que esto significara como mínimo mantener el PIB mundial en sus niveles actuales, haría que el 15% de la población se estancara en ingresos por debajo de $1.90 al día y cerca del 25% de la población mundial por debajo de $2.50 al día.

Además, esto congelaría la media de ingresos per cápita global en $17.000 anuales, significando que la mayoría de la población mundial jamás alcanzaría nada ni similarmente parecido a los estándares de vida de los países desarrollados hoy en día. No conviene olvidar tampoco que todo ello requeriría empobrecer explícitamente a los ciudadanos de países con una renta superior a $17.000 al año… y no parece que los ciudadanos de estos países vayan a estar por la labor -lógicamente-.

Por lo tanto, tal y como hemos visto, la Teoría del Decrecimiento no tienen en absoluto sentido ni lógica económica. Dicha teoría parte de unas premisas que son radicalmente falsas, ya que se basan en una manipulación de los datos y el análisis de tendencias y, además, las conclusiones a las que llegan los decrecentistas y las propuestas de política económica que surgen de estas son absolutamente destructivas e irrealizables.

Ver también

Un Nobel contra la pobreza. (Álvaro Martín).