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Etiqueta: DEI

Una declaración honesta sobre la diversidad

Por James Hankins. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Desde hace varios años, varias mujeres agradables y jóvenes (o personas que se identifican como mujeres, o con nombres que suenan a mujer) se han puesto en contacto conmigo desde la oficina de diversidad de la universidad, invitándome a asistir a sesiones para hablar de nuestras políticas de DEI. Harvard tiene que ser diferente, así que utilizamos el acrónimo EDIB, por Equity, Diversity, Inclusion, and Belonging (Equidad, Diversidad, Inclusión y Pertenencia). Nuestra anterior presidenta, Drew Faust, como contribución a la sabiduría colectiva, añadió el “Belonging”.

Estas sesiones nunca se describen como obligatorias, pero las agradables jóvenes no aceptan un “no” por respuesta. En otros tiempos, podía evitar estas sesiones alegando que tenía un compromiso posterior. Durante la pandemia, sin embargo, no había escapatoria. No había forma obvia de eludir una sesión de “formación” de Zoom EDIB a la que uno podía asistir cuando quisiera. Así que tomé la “formación”. Temía que los vídeos interactivos exigieran que estuviera de acuerdo con las políticas, en cuyo caso no podría marcar las casillas correspondientes; no sabía qué tediosas consecuencias que consumirían mi tiempo podrían tener. Pero, afortunadamente, eso no ocurrió. Los profesores, pues, seguían estando exentos de prestar juramento de lealtad.

El activismo de los estudiantes

Recientemente, sin embargo, se ha desatado una actividad volcánica más abajo en el Olimpo, al parecer surgida de los estudiantes graduados, que quieren aumentar la presión sobre nosotros. Se preguntan por qué, si ellos tienen que redactar declaraciones de diversidad, nosotros, los profesores superiores, no deberíamos estar sujetos a los mismos requisitos. (¡Hagamos salir a esos supremacistas blancos!) En tiempos pasados habría confiado en que el Olimpo podría resistir fácilmente el ataque de todos y cada uno de los cultos inferiores. Ahora no estoy tan seguro. Pensé que tal vez debería preparar una declaración, por si acaso.

Consulté a la inteligencia artificial, pidiéndole que redactara una declaración de 500 palabras que, siguiendo el formato habitual, explicara “mi forma de pensar sobre la diversidad, la equidad y la inclusión; los esfuerzos que he realizado para promover estos valores; y los pasos que espero dar en el futuro para difundirlos”. En la primera rúbrica, AI ofreció lo siguiente:

En el panorama en constante evolución de la educación, creo firmemente que las piedras angulares de la excelencia son la diversidad, la equidad y la inclusión. Estos principios no son meros conceptos teóricos, sino ingredientes esenciales en la creación de un entorno de aprendizaje vibrante y eficaz. Como educador en [Su facultad], me comprometo a fomentar estos valores en mi docencia, investigación y servicio.

Bueno, eso fue fácil (tardé menos de 30 segundos en generar las 500 palabras requeridas), pero el lenguaje sugerido tenía algunos inconvenientes. Sería vergonzoso poner mi nombre a semejante tontería, pero lo más importante es que no me creía ni una palabra, al menos si se atribuían los significados habituales a los términos de culto “diversidad, equidad e inclusión”. Tendría que escribir mi propia declaración.

Así que aquí va.

Carta a los burócratas sin rostro de Harvard

Estimados miembros de la burocracia sin rostro de Harvard:

Me piden que explique mi forma de pensar sobre la DEI. El hecho es que no pienso en ello (¿o en ellos?) en absoluto si puedo evitarlo. Sherlock Holmes le dijo una vez a Watson que no se molestaba en conocer la teoría del heliocentrismo de Copérnico porque ocupaba un valioso espacio en su cerebro que necesitaba para su trabajo como detective. “¡Pero el Sistema Solar!” protesté. -“¿Y a mí qué me importa?”, interrumpió impaciente. “Dices que giramos alrededor del Sol. Si diéramos la vuelta a la Luna, no habría ninguna diferencia ni para mí ni para mi trabajo”. Soy un historiador en activo y no quiero malgastar el espacio de mi cerebro en cosas sin importancia.

Sin embargo, ya que me exigen, como condición para seguir trabajando, que declare mi actitud hacia estos “valores” que la universidad dice compartir (aunque no recuerdo que una votación de la facultad los haya respaldado), permítanme decir que, en general, la declaración de creencias de la EDIB que se ofrece en su sitio web es demasiado insípida como para ofrecer ninguna compra para un análisis ético serio.

La universidad, según usted, defiende un compromiso absoluto con un conjunto de palabras que parece generar sentimientos positivos en su oficina, y quizás entre los administradores en general. Pero no es mi práctica hacer juicios basados en sentimientos. De hecho, mi formación como historiador me lleva a desconfiar de tales sentimientos como obstáculo potencial para un pensamiento claro. No creo que sea útil describir los sentimientos que experimento cuando se invocan determinadas palabras y eslóganes y cómo afectan a mis motivaciones profesionales. Podría ser útil en el diván de un psicoanalista o en un culto religioso, pero no en una universidad.

La ignorancia diversidad es nuestra fuerza

Permítanme tomar como ejemplo el popular eslogan de la DEI “La diversidad es nuestra fuerza”. Esto afirma como verdad absoluta una creencia que, en el mejor de los casos, sólo puede ser condicional. Cuando George Washington decidió no exigir, como parte del juramento militar del Ejército Continental, la negación de la transubstanciación (como había sido práctica anterior), pudo reclutar soldados católicos de Maryland para luchar contra los británicos. La diversidad era nuestra fuerza. En cambio, cuando las fuerzas combinadas del Islam, bajo el mando de Maslama ibn Abd al-Malik, asediaron Constantinopla en 717, la diversidad no era su punto fuerte. En la crisis del asedio, los marineros cristianos que remaban en la armada musulmana se sublevaron y el asalto anfibio se vino abajo.

Dado que la mayoría de las sociedades han estado normalmente en guerra o bajo amenaza de guerra durante la mayor parte de la historia, el sentimiento público ha preferido ordinariamente la unidad a la diversidad. Los gobiernos prudentes y humanos han tolerado normalmente cierto grado de pluralismo para reducir la discordia social, pero el pluralismo como tal no se ha celebrado como una característica positiva de la sociedad hasta hace bien poco. De hecho, la diversidad es un bien de lujo que sólo puede disfrutarse en sociedades seguras y pacíficas. Incluso en tales sociedades, tiene que sopesarse con otros bienes (como la meritocracia) que tendrán que sacrificarse si se persigue como un bien absoluto. Un compromiso indiscriminado con la “diversidad”, desprovisto de cualquier lealtad a los principios unificadores, es la marca de una sociedad débil o en colapso.

Unidad y diversidad en la historia

No sólo los gobiernos y los ejércitos prefieren la unidad a la diversidad. La mayoría de las religiones del último milenio han hecho hincapié en preservar la visión original de sus fundadores. Han tenido que resistir las presiones para socavar (o diversificar) esa visión y ajustarse a los valores del mundo que las rodea. Han tenido que luchar contra empresarios espirituales, a los que desobligadamente etiquetan de herejes, que se han mostrado ansiosos por diversificar sus doctrinas. Para esas religiones, entre las que se incluyen el cristianismo ortodoxo, el islam y el budismo, la diversidad no sólo no ha sido una fortaleza, sino que ha sido peligrosa, incluso condenable. Cuando las religiones dejan de preocuparse por sus creencias unificadoras, dejan de existir.

Por otro lado, cuando uno de los generales de Alejandro Magno, el rey Ptolomeo I, se hizo con el control de Egipto en el siglo III a.C., decidió no repetir el error que habían cometido los persas al saquear los templos tradicionales egipcios, alienando a los lugareños. En su lugar, Ptolomeo promovió profusamente una nueva deidad sincrética, Serapis, que podía ser adorada tanto por la élite griega de la conquista como por sus súbditos egipcios. La diversidad era su punto fuerte.

Una nueva equidad

Todo esto debería ser cegadoramente obvio para cualquiera con un conocimiento superficial del pasado. Quizá sea menos obvio por qué la equidad no es un valor que todos puedan abrazar de buen grado. La palabra tiene un significado legítimo en el Derecho romano, referido a la necesidad de corregir la justicia estricta a la luz de un sentido más amplio de la equidad. Summum ius, summa iniuria. La ley no puede aplicarse estrictamente en los casos en que pueda resultar un perjuicio mayor.

Sin embargo, esta no es la forma en que a su oficina le gusta entender el término Equidad. En lenguaje EDIB, significa “igualdad de resultados”. Cualquier política que produzca resultados desiguales -por ejemplo, una política de admisiones que produzca un alumnado que no refleje las proporciones exactas de algunas (no todas) las minorías del país- carece de Equidad.

Veritas

En este sentido, un compromiso absoluto con la equidad no puede sino socavar el compromiso de la universidad con su objetivo primordial, que es la búsqueda de la verdad. En latín, eso es veritas, el lema del escudo de Harvard que adorna su pared. Estar a la altura de ese lema no es tarea fácil. No estamos hablando de decir la verdad o ser sincero. En una universidad de investigación, nos dedicamos a descubrir nuevas verdades. Eso puede ser cualquier cosa, desde descubrir nuevas galaxias hasta desenterrar los restos de civilizaciones hasta ahora desconocidas.

El número de personas en el mundo realmente capaces de ampliar el corpus de verdades conocidas es bastante reducido. He formado parte de muchos comités de búsqueda en Harvard en los últimos 38 años y puedo dar fe de lo reducido que es el número de candidatos verdaderamente excepcionales. Si una universidad de investigación realmente quiere lo mejor, si realmente quiere descubrir nuevas verdades, no puede permitir que administradores no expertos pasen por encima de los comités de búsqueda y descarten candidatos sólo porque no ayudan a la oficina EDIB a alcanzar sus objetivos de diversidad.

Inclusión y pertenencia

La inclusión y la pertenencia (no tengo clara la diferencia) son ideales que puedo apoyar siempre que se apliquen a todo el mundo, incluso a las personas con las que no estamos de acuerdo. Muchas personas que han venido a este país en los últimos cuatrocientos años lo hicieron precisamente porque en Estados Unidos podían escapar de los prejuicios racistas o de clase y ser tratados como iguales. Podría llevar un tiempo, pero ellos o sus hijos acabarían encajando. Mientras tanto, podían abrir un negocio, practicar su religión y educar a sus hijos sin que nadie les exigiera tener unas creencias políticas determinadas.

Creo que nuestra universidad debería imitar las mejores tradiciones de Estados Unidos en este sentido y hacer también que todo el mundo sea bienvenido. Pero fracasamos cuando imponemos a nuestros estudiantes pequeñas ortodoxias malolientes. Por ejemplo, con la forma de unas declaraciones sobre la diversidad que exigen un determinado tipo de respuesta.

Me doy cuenta de que no le estoy dando el tipo de declaración que deseaba obtener de mí. Y que ni siquiera he respondido a todas sus preguntas sobre cómo espero poner en práctica los valores de EDIB en mi futura docencia e investigación. Pero creo que me pueden leer entre líneas.

Ver también

La filosofía subyacente a la DEI. (Allen Porter).

Cómo las leyes DEI atentan contra la libertad académica. (Madeleine Armstrong).

Atendiendo la podredumbre de nuestras universidades

Por John O. McGinnis. Este artículo se ha publicado originalmente en Law & Liberty.

Las reacciones en las universidades a la masacre de Hamás del 7 de octubre han despertado por fin a muchos antiguos alumnos, obligándoles a reconocer la toma de poder woke de sus alma mater. Muchos rectores de universidades que habían emitido declaraciones deplorando los incidentes raciales en Estados Unidos y los sucesos en todo el mundo guardaron silencio inicialmente sobre la mayor matanza de judíos desde el Holocausto. Otros emitieron vagos tópicos de preocupación por la violencia. Algunos estudiantes universitarios de élite, que durante los disturbios de George Floyd gritaron que el silencio era violencia, dieron la bienvenida a la violencia real, celebrando la masacre como parte de la resistencia palestina. 

No es de extrañar que se produjera una reacción violenta por parte de muchos donantes, que sugirieron que retendrían sus donaciones. Como consecuencia de la amenaza a su cuenta de resultados, las universidades hicieron declaraciones más contundentes condenando a Hamás. Crearon grupos de trabajo contra el antisemitismo en los campus. Algunas expresaron su preocupación por los eslóganes estudiantiles que favorecían una Palestina Libre que abarcara desde el Mar Rojo hasta el río Jordán, sin dejar espacio para Israel y los judíos que vivían allí. 

Oficinas de Diversidad, Equidad e Inclusión

Lamentablemente, estas acciones tratan los síntomas y no las causas del miasma ideológico que ha envuelto a nuestras universidades. De hecho, al creer en el paradigma de la universidad políticamente activa y darle más poder, las declaraciones políticas de las universidades y su nombramiento de grupos de trabajo basados en la identidad empeorarán las cosas a largo plazo.

Los ingenuos podrían preguntarse por qué las universidades necesitan crear grupos de trabajo especiales sobre antisemitismo, cuando todas ellas han establecido Oficinas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), supuestamente dedicadas a proteger a las minorías. ¿No disponen estas oficinas de personal suficiente para ocuparse de los nuevos problemas del momento? La respuesta es que no se puede confiar en que la mayoría de las oficinas de la DEI se centren en el antisemitismo, especialmente cuando está relacionado de algún modo con Israel.

Muchas oficinas de la DEI dan prioridad a una ideología particular -la de la interseccionalidad- que analiza cómo las diversas identidades contribuyen a la construcción del oprimido y el opresor. A través de ese prisma, los judíos no encajan en la clase oprimida, sino que se les sitúa en la clase opresora privilegiada. De hecho, los judíos son vistos (correctamente) como uno de los grupos que construyeron la civilización occidental. Y desde la perspectiva identitaria, la civilización occidental es, en el mejor de los casos, cómplice de los daños causados a diversos grupos: mujeres, negros y homosexuales, entre otros.

Las oficinas DEI no pueden luchar contra el antisemitismo

El hecho de que un acontecimiento en Israel proporcione el contexto para el aumento del antisemitismo hace que sea mucho más difícil que las oficinas de la DEI se conviertan en el centro de una respuesta. Parte de la perspectiva de la DEI es anticolonialista, e Israel es visto por la izquierda como una potencia colonial en la que los judíos se apropian de las tierras de los palestinos.

En resumen, las oficinas de la DEI suelen tener una ideología que no puede dar prioridad al antisemitismo. Como me dijo un colega, según su experiencia, las oficinas de la DEI siempre darán la peor interpretación a cualquier comentario que pueda ofender a una minoría, a menos que el comentario se refiera a los judíos, y especialmente a los israelíes. En ese caso, darán una interpretación inocente incluso al comentario más ofensivo.

Burocracias contra el antisemitismo

Sin embargo, es un error que las universidades creen nuevos grupos de trabajo y burocracias centradas en el antisemitismo porque aceptan las premisas identarias de la vida universitaria moderna. La violencia, las amenazas de violencia, la obstrucción de la expresión de otros o la perturbación de la administración de una universidad no tienen cabida en la vida universitaria y deben castigarse con penas rápidas y severas, sea cual sea el objetivo. Por el contrario, la expresión, aunque hiera los sentimientos de los demás, debe protegerse. No se puede confiar a ningún gobierno la toma de decisiones sobre el contenido de la expresión, como tampoco puede hacerlo la universidad moderna. Al igual que los gobiernos, están sujetas a las presiones de los grupos de interés que distorsionan la aplicación de los principios.

Por razones similares, es un error pedir a las universidades que hagan declaraciones sobre acontecimientos ajenos. Sin duda, la decisión de no hacer una declaración sobre la masacre de judíos después de haber hecho tantas otras declaraciones sobre acontecimientos anteriores fue incoherente y debería haber sido señalada. Pero lo mejor es evitar cualquier declaración sobre la actualidad y adoptar los principios de Kalven de la Universidad de Chicago, que limitan las declaraciones a asuntos que afectan directamente al funcionamiento de la universidad. Las declaraciones políticas de las universidades obligan a los administradores a trazar líneas que no parecen tener principios.

Por ejemplo, si es correcto que una universidad emita una declaración sobre la masacre de israelíes, ¿es correcto guardar silencio sobre el desplazamiento de cien mil armenios en la toma de Nagorno Karabaj? Peor aún, el número relativo y el poder de los grupos en el campus influirán inevitablemente en los zigzags de la intervención y la inacción universitarias. El silencio es sólo la postura de principio.

No tomar una posición

De hecho, la universidad cumple su función principal precisamente no tomando posiciones. Su ventaja comparativa reside en la capacidad de difundir conocimientos, no de trazar líneas políticas. Sin duda, con el tiempo, cabe esperar que un mayor conocimiento ayude a otros a trazar mejores líneas morales y políticas.

Para facilitar esa difusión, las facultades de letras y ciencias pueden ofrecer más cursos sobre el conflicto palestino-israelí. Las facultades de Derecho pueden contar con paneles que investiguen las normas de derecho internacional relacionadas con las batallas actuales. Luego se deja que cada cual saque sus propias conclusiones descriptivas, pragmáticas y morales. Este enfoque acentúa la apertura epistémica que debe caracterizar a la universidad y su papel único a la hora de trascender las diferencias partidistas e ideológicas en la búsqueda de la verdad y el entendimiento.

Pero adoptar los principios de Kalven no basta para reformar la universidad moderna, porque su burocracia y su profesorado no facilitan la apertura epistémica. Los departamentos de DEI deben disolverse. Socavan la apertura epistémica de la universidad moderna al importar a ella una ideología preferida: una interseccionalidad hostil a la civilización occidental.

Así pues, la incapacidad de estas oficinas para abordar el antisemitismo debería impulsar un esfuerzo renovado para poner fin a su papel en la vida universitaria. De hecho, cualquier administrador que se haya horrorizado por la reacción a las masacres de Hamás debería tomar ejemplo de la historia romana. El anciano Catón terminaba cada discurso con la conclusión de que Cartago debía ser destruida para salvaguardar la república, el administrador debería terminar cada discurso con la conclusión de que el DEI debe ser disuelto administrativamente para salvaguardar la universidad moderna.

Burocracia DEI

La burocracia de la DEI es especialmente vulnerable tras la decisión de discriminación positiva en el caso SFFA contra Harvard. Una de las razones de su auge ha sido la inevitable tensión creada cuando algunos grupos identificables son admitidos sobre la base de credenciales inferiores a las de otros. Como es de esperar, los grupos con menos credenciales no obtienen tan buenos resultados por término medio y se muestran comprensiblemente descontentos y sensibles a los desaires que perciben en el campus por parte de otros grupos. Las oficinas DEI están diseñadas, entre otras cosas, para gestionar este conflicto. Pero en un mundo en el que la admisión de todos sea con arreglo a normas más similares, estos conflictos creados por la universidad entre distintos grupos deberían remitir.

Sin embargo, ni siquiera la eliminación de las DEI bastará para mantener la apertura epistémica en la mayoría de las universidades. Muchos departamentos de artes y ciencias sociales también se han convertido en defensores intelectualmente ortodoxos de la interseccionalidad y la ideología antioccidental. Los departamentos suelen afirmar que no preguntan por las opiniones políticas de los solicitantes. Pero no tienen por qué interrogar las opiniones políticas partidistas para descartar a los conservadores. El lugar de las conversaciones académicas dominantes hace la criba por ellos.

Historia, pero con enfoques de “género y sexualidad”

Por ejemplo, en el Departamento de Historia de mi universidad, 22 de sus miembros están especializados en enfoques de “género y sexualidad” de la historia. Los candidatos que quieran centrarse en métodos y áreas de investigación más tradicionales estarán en una desventaja decisiva. No es de extrañar que un famoso historiador estadounidense me dijera una vez que este departamento ya no tiene a nadie que él considere capaz de enseñar una historia intensiva de la Revolución Americana y los primeros años de la república, los cimientos de nuestro orden político.

La mayoría de los departamentos universitarios, por tanto, están ahora bajo el control de profesores que es muy poco probable que contraten a académicos interesados en perspectivas no radicales de sus disciplinas (por no hablar de conservadores). La solución para los donantes, sin embargo, no es retener todas las donaciones, sino utilizar su dinero para crear nuevas facultades o unidades dentro de las universidades que contraten a profesores sin prejuicios.

Los rectores y presidentes tienen autoridad para crear nuevos centros o facultades dentro de una universidad y nombrar a personas académicamente cualificadas que no discriminen. Tenemos excelentes ejemplos de estos centros y facultades: el Programa James Madison de Princeton, el Centro Hamilton de la Universidad de Florida y la Escuela de Pensamiento y Liderazgo Cívico y Económico del Estado de Arizona.

No es necesario discriminar

No será necesaria ninguna discriminación a favor de los conservadores para que estos centros se conviertan en lugares de aprendizaje mucho más equilibrados y epistémicamente abiertos que nuestras universidades actuales. Muchos de los solicitantes más cualificados serán aquellos que han sido expulsados de la vida académica o relegados a instituciones marginales por la discriminación previa contra sus puntos de vista, intereses o metodologías.

Las universidades se encuentran hoy en una encrucijada. Externamente, están perdiendo el apoyo del público. Internamente, no pueden desempeñar su función primordial de cribar y difundir el conocimiento debido a las ortodoxias intelectuales que se han apoderado del control de las administraciones e inspiran al profesorado. Las masacres en Israel y la respuesta en nuestros campus podrían desencadenar la reforma de estas instituciones esenciales, pero sólo si rompen decididamente con las políticas identitarias y las burocracias que las han llevado a su estado actual.

Ver también

La filosofía subyacente a la DEI. (Allen Porter).

Cómo las leyes DEI atentan contra la libertad académica. (Madeleinde Armstrong).

Herencias de izquierdas. (Cristóbal Matarán).

‘Get woke, go broke’? James E. Hartley.

Cómo las leyes DEI atentan contra la libertad académica

Por Madeleine Armstrong. Este artículo ha sido publicado originalmente por CapX.

Existe una tendencia orwelliana en la izquierda a ocultar medidas antiliberales tras tópicos morales. Las estrategias de Igualdad, Diversidad e Inclusión (DEI), ahora omnipresentes en las empresas e instituciones públicas, son un claro ejemplo. Al amparo de estos objetivos aparentemente benignos, una burocracia en expansión ha socavado la meritocracia y minado la productividad en el Reino Unido.

La Ley de Igualdad de 2010, aprobada bajo un Gobierno laborista, apoya un enfoque muy intervencionista de la diversidad en la mano de obra. No basta con que una institución pública no sea discriminatoria. También debe promover activamente a las personas que comparten una característica protegida en sectores donde su participación es desproporcionadamente baja.

En última instancia, esto requiere una discriminación inversa en las prácticas de contratación. Los solicitantes de un mismo puesto o beca ya no compiten con los mismos criterios, sino con otras personas de la misma categoría en función de su raza, sexo u orientación sexual. Sus posibilidades también dependen de la cuota que haya que cubrir para cumplir los objetivos de la DEI.

Diversidad en todo… menos en el pensamiento

La ironía es que suele haber muy poca diversidad de opiniones entre los grupos de expertos que ahora se nombran habitualmente para asesorar sobre las estrategias de DEI. De hecho, estos expertos tienden a alinearse con los puntos de vista políticos más extremos. Esto es problemático para el UK Research and Innovation (UKRI). Está ahora consumido por una tormenta mediática sobre el extremismo de uno de sus grupos asesores en materia de DEI.

Sólo cinco días después de que Research England nombrara a su nuevo grupo asesor de expertos sobre Igualdad, Diversidad e Inclusión (DEI), el fondo de investigación se vio obligado a suspender el grupo porque sus miembros simpatizaban públicamente con los partidarios de Hamás en el Reino Unido. La Secretaria de Estado de Ciencia, Michelle Donelan, escribió una carta abierta al director del UKRI, que supervisa Research England, para expresar su indignación por las “opiniones extremistas” publicadas en Twitter (X) por sus asesores en materia de DEI.

Según la carta de Donelan, el presidente del grupo asesor de DEI “amplificó” una declaración en Twitter (X) que sugería que los ataques de Hamás eran una respuesta al “genocidio y apartheid” de Israel. Mientras, otro miembro calificó de “inquietantes” los planes del Gobierno de tomar medidas enérgicas contra el apoyo a Hamás en el Reino Unido. La directora del UKRI, la profesora Dame Ottoline Leyser, pidió inmediatamente a Research England que suspendiera al grupo a la espera de nuevas investigaciones.

Expertos en distinguir personas en función de la raza

El objetivo del grupo consultivo sobre DEI de Research England, junto con otros grupos consultivos similares de expertos de los consejos de investigación científica y artística, es actuar como “amigo crítico”, abogando por la DEI en el sector de la enseñanza superior en Inglaterra y garantizando que las actividades de Research England apoyen una “cartera equilibrada”.

Sin embargo, existe un claro desequilibrio en la propia composición de estos grupos asesores en materia de DEI. La mayoría de los asesores son esencialmente consultores profesionales de DEI cuyas investigaciones y/o carreras se han centrado en cuestiones de raza e identidad de género en el empleo. Y lo que es más importante, suelen compartir opiniones radicales. Por ejemplo, tanto el presidente como el vicepresidente del grupo consultivo Research England han dirigido proyectos para “descolonizar la enseñanza superior“.

Incidencia en el trabajo académico

La decisión de Leyser de suspender el grupo ha sido recibida con indignación por University College Union (UCU), el sindicato de académicos e investigadores del Reino Unido, que argumenta que se trata de una “capitulación” ante un ataque a la libertad académica. En represalia, el sindicato ha pedido a sus miembros que renuncien a todos los puestos en los consejos consultivos relacionados con UKRI.

Atendiendo al llamamiento de la UCU, muchos académicos han dimitido públicamente de los Peer Review Colleges. El trabajo que se les asigna tiene que ser reasignado, lo que inevitablemente causa graves retrasos en las publicaciones de investigación. Retrasos que serán especialmente perjudiciales para los académicos al principio de sus carreras, que necesitan publicar para conseguir empleo.

Una sanguijuela en el presupuesto nacional

El EDI se ha convertido en una importante sangría de tiempo y recursos para los investigadores del Reino Unido, sobre todo porque ha desviado mucha atención hacia las controversias políticas en detrimento de la propia investigación. Como escribió Karl Williams para CapX, el UKRI, que es la organización que agrupa a los consejos de investigación del Reino Unido, es la responsable de alrededor del 80% del gasto público en investigación en el Reino Unido. Unos 8.000 millones de libras, financiados por los contribuyentes. Gran parte de estos recursos se desvían hacia largos informes sobre estrategia y recogida de datos en materia de DEI.

No hay datos sistemáticos en ninguno de estos informes sobre el número de empleados implicados en la estrategia de DEI o cuánto cuesta. Pero, a título comparativo, el salario de un Gestor de Cartera de Investigación para el DEI equivale aproximadamente a lo que costaría financiar un doctorado en Oncología en la Universidad de Cambridge. También son indicativas las becas DEI Engagement Fellowships que ofrece el Arts and Humanities Research Council. Se ha destinado casi un millón de libras a estas becas, concedidas para investigar temas como “la relación olvidada entre la ciudad de Bath y la cultura etíope”.

Lo que se dice y lo que no se dice

En protesta por la decisión de suspender el consejo asesor de Research England en materia de DEI, muchos investigadores han señalado estudios que muestran una correlación entre las políticas de DEI y la productividad. Un informe de Deloitte, citado con frecuencia, sugiere que el “rendimiento percibido del equipo” aumentó un 17% en correspondencia con un “aumento de los sentimientos de inclusión”.

Estas pequeñas mejoras -que, en cualquier caso, pueden lograrse sin intervención burocrática- se verían sin duda superadas por el tiempo y los recursos asignados a las estrategias de DEI. Y, por supuesto, por el número de investigadores que dimiten a causa de las controversias suscitadas por grupos consultivos sobre DEI políticamente divisivos.

Fomentar la diversidad desde la base

Las estrategias DEI tienden a ocuparse de cómo se ven las cosas desde arriba, en lugar de fomentar la diversidad desde la base. La diversidad en la investigación y la innovación británicas se vería favorecida por la inversión en educación. Un reciente informe del Ministerio de Educación subraya la necesidad de aumentar la financiación de las asignaturas STEM en las escuelas de todo el Reino Unido y de conceder más becas y ayudas, sobre todo a los estudiantes con discapacidades o de zonas desfavorecidas.

El consejo asesor de Research England EDI ilustra claramente el problema que plantea un planteamiento descendente de la diversidad. La financiación de la investigación y la innovación en el Reino Unido se ha vinculado a los “expertos” de DEI, que coinciden ampliamente en cuestiones políticas controvertidas, y que pretenden imponer la diversidad en sus propios términos. La diversidad debe protegerse, no imponerse; de lo contrario, una forma de discriminación será simplemente sustituida por otra, socavando el objetivo de una verdadera meritocracia que promoviera el talento con independencia de la identidad.

Ver también

Fabricar mitos y demonizar la disidencia. (Mark Pulliam).

La filosofía subyacente a la DEI. (Allen Porter).

La filosofía subyacente a la DEI

Allen Porter. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Neetu Arnold escribió recientemente un artículo sobre las formas en que los colegios y universidades se están preparando para una “era post-acción afirmativa” mediante el desarrollo de “estrategias para que las universidades continúen con la discriminación racial a través de enfoques neutrales desde el punto de vista racial en las admisiones y más allá”, con el objetivo de “lograr objetivos relacionados con la diversidad sin desencadenar el escrutinio legal”. Se trata de un trabajo periodístico muy importante.

Pero yo no soy periodista, sino filósofo académico. Así que quiero abordar una cuestión diferente: ¿por qué debemos esperar que los colegios y universidades sigan comprometidos con la discriminación identitaria, del tipo racionalizado e implementado hoy en día bajo la égida de “DEI” (Diversidad, Equidad e Inclusión)? Suponiendo que así sea, que las instituciones de enseñanza superior estén tan comprometidas, es importante entender cómo están llevando y llevarán a cabo este compromiso. Pero, en primer lugar, ¿por qué es así?

Esta es una pregunta que puedo responder, habiendo estudiado ampliamente la filosofía y la teoría que subyacen a la política que impulsa estas políticas. Hay dos razones, la primera filosófica y la segunda sociológica:

La DEI es filosófica e ideológicamente fundamental para el izquierdismo identitario posmodernista (PIL) que es hegemónico en el mundo académico y cada vez más en la cultura en general, y que impulsa la discriminación positiva gubernamental, académica y empresarial, así como todo lo demás asociado con el “wokeismo” o el “izquierdismo woke”.

DEI es ahora una industria burocrática, desde los campus universitarios a los departamentos de RRHH de las empresas y desde el entretenimiento al gobierno, y las burocracias crecen de forma natural en lugar de reducirse en ausencia de intervención externa, especialmente cuando la financiación está ahí, y el dinero se ha volcado absolutamente en DEI desde todos los frentes, desde multimillonarios como McKenzie Scott a la administración Biden.

La cuestión sociológica es menos interesante y puede plantearse más rápidamente, así que empezaré por ahí. Según Forbes, “el gasto empresarial en iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) se ha disparado en la última década. Se calcula que el mercado mundial de DEI alcanzó los 7.500 millones de dólares en 2020 y se espera que se duplique para 2026”. Según un informe de 2021, “[o]rganizaciones de todas las industrias están haciendo de la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI) una prioridad, con un 79% que planea asignar más presupuesto y recursos en 2022.” En 2020, los Institutos Nacionales de Salud lanzaron un programa que “dará a 12 instituciones un total de 241 millones de dólares en nueve años para la contratación de profesores centrados en la diversidad”, mientras que la Fundación Nacional de Ciencias “la financiación de los llamados temas ‘antirracistas’ se triplicó con creces de 2020 a 2021.”

En muchas facultades y universidades, las declaraciones sobre DEI son una parte obligatoria de las solicitudes de empleo, y se ha convertido en una práctica común “adoptar políticas explícitas de ‘defensor’ o ‘paladín’ de la diversidad” que colocan a “alguien en un comité de búsqueda cuyo único trabajo es destacar las prioridades de DEI”. Por no hablar de que prácticamente todas las instituciones de enseñanza superior cuentan ahora con una oficina de DEI, ni de la proliferación de consultorías de DEI con ánimo de lucro. Según un informe, “el personal de DEI enumerado por las universidades era 4,2 veces superior al personal que ayuda a los estudiantes con discapacidad a recibir adaptaciones razonables, como exige la ley”, siendo la proporción en la UNC de “13,3 veces más personas dedicadas a promover la DEI que a prestar servicios a las personas con discapacidad”, mientras que en “Georgia Tech, había 3,2 veces más personal de DEI que profesores de historia”. Del mismo modo, la oficina de DEI de la Facultad de Medicina de Yale cuenta con dieciséis empleados, lo que la hace más grande que sus departamentos de Historia de la Medicina e Informática Biomédica y Ciencia de Datos, mientras que la Universidad de Michigan tiene 142 empleados de DEI que cuestan 18 millones de dólares anuales.

Teniendo en cuenta el dinero que se vierte en el DEI y la ley de hierro de la expansión burocrática, parece seguro decir que el DEI está aquí para quedarse durante algún tiempo, incluso si el sentimiento popular se volviera en su contra. Sin embargo, la razón más fundamental por la que podemos predecir que el DEI sobrevivirá y crecerá, al menos mientras el PIL siga dominando la izquierda política, es filosófica e ideológica, ya que el DEI no hace más que formalizar la idea central del PIL.

El PIL es el resultado de desarrollos tanto teóricos como empíricos en la década de 1980, especialmente, aunque con raíces en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial (en particular, en la aparición del posmodernismo francés y la teoría crítica alemana y su recepción inicial en el mundo académico anglófono en la década de 1960). Por el lado empírico, los diversos fracasos empíricos del socialismo y el comunismo, que culminaron con la caída del Muro de Berlín, desacreditaron la visión política del “marxismo clásico” a los ojos de muchos miembros de la izquierda. En el plano teórico, se produjo el auge de lo que he denominado filosofía posmodernista “antimetafísica” y teoría crítica.

El posmodernismo es “antimetafísico” por ser antiesencialista, antiuniversalista y antifundacionalista. El esencialismo es la opinión de que las cosas tienen esencias fijas o conjuntos de propiedades esenciales que determinan qué (tipo de cosa) son, en contraste con las propiedades inesenciales que pueden cambiar sin que la cosa sufra un cambio de tipo. El universalismo es la opinión de que algunas entidades teóricas tienen validez universal, o validez en todos los contextos. Y el fundacionalismo postula que algunas verdades son básicas, de modo que las verdades menos básicas dependen de las más básicas para su validez.

Por el contrario, los posmodernos tienden a afirmar que estos fenómenos (esencias, verdades universales y fundamentos teóricos) o no existen o son construcciones sociales contextualmente relativas. Por ejemplo, un posmoderno “relativista cultural” afirmaría que la definición de Aristóteles del ser humano como esencialmente racional -una afirmación sobre una esencia que pretende tener validez universal y sirve de fundamento para otras afirmaciones, por ejemplo, las relativas a la virtud humana- sólo es válida, como mucho, en el contexto de la tradición occidental.

Esto hace que el PIL sea incompatible no sólo con el liberalismo tradicional, que está lleno de afirmaciones “metafísicas”, sino también con el marxismo clásico. Porque el marxismo clásico es esencialista, universalista y fundacionalista en lo que respecta a la economía: postula las relaciones económicas materiales (la “base”) como fundamento de todos los demás fenómenos sociales (la “superestructura”), así como una historia universal en la que el motor esencial del progreso es la lucha político-económica entre la clase económica dominante y la clase económica trabajadora o proletariado.

Ahora, los PIL “deconstruyen” tanto el liberalismo tradicional como el marxismo clásico a través de la filosofía y la teoría posmodernistas -como la filosofía de la voluntad de poder de Nietzsche, el posestructuralismo francés y la teoría crítica alemana- que dominan las humanidades académicas y las ciencias sociales anglófonas. De la tradición liberal, los PIL conservan estratégicamente un compromiso con la “democracia”, sólo que reinterpretada como “democracia radical” en lugar de “democracia liberal”, y del marxismo clásico conservan la filosofía básica de la historia, sólo que despojada de su economicismo.

El resultado es una reinterpretación subversiva del significado de la democracia basada en una generalización de la filosofía marxista de la historia. Ya no se considera que el motor de la historia sea la lucha político-económica entre la “clase dominante” económica opresora y el “proletariado” económico oprimido en particular; más bien, la historia es la historia de la lucha política entre aquellos con identidades “opresoras” y aquellos con identidades “oprimidas” en general, independientemente de que estas identidades se basen en la raza, el género, la etnia, el estatus socioeconómico o cualquier otra cosa. El objetivo de las luchas políticas de la ILP en nombre de todas esas identidades históricamente “oprimidas” es, por tanto, “ampliar la revolución democrática en nuevas direcciones” para incluir el reconocimiento del mayor número posible de “Otros” hasta ahora excluidos del reconocimiento como actores políticos y titulares de derechos. Nótese que los PIL se toman este “al máximo” en serio, como ejemplifican los llamados “posthumanistas críticos”, que insisten en que esta expansión del reconocimiento y la inclusión políticos se extiende no sólo a los animales no humanos, sino incluso a la materia inanimada.

Combatir este desarrollo antiliberal, divisivo y perjudicial de la posmodernidad occidental requerirá que liberales y conservadores se unan en oposición a su enemigo común.

La formulación “ampliar la revolución democrática” se debe a los teóricos “posmarxistas” Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que expusieron el programa de una política PIL, así como su teoría subyacente, en un influyente libro de 1985 titulado Hegemonía y estrategia socialista: Hacia una política democrática radical. Tres características de su tratamiento son particularmente dignas de mención en este contexto: (1) las únicas bases para la unidad de la izquierda son contingentemente pragmáticas/estratégicas, (2) la panpolitización identitaria como imperativo central del PIL, y (3) una comprensión teórico-discursiva de la política.

En primer lugar, dado que el PIL es antimetafísico, la única base posible para la unidad política de la coalición identitaria de izquierdas es contingente y pragmática: alianza estratégica en oposición a un enemigo común. Por eso la “interseccionalidad” ha cobrado tanta importancia en el discurso del PIL. La idea es que todas las opresiones están conectadas, de modo que no se puede luchar, digamos, contra el cambio climático, sin abordar también el racismo, el sexismo, etc. Puesto que no existen razones metafísicas o ideológicas profundas para la unidad política, y puesto que los diversos grupos de coalición tienen inevitablemente intereses divergentes, mantener la coalición unida requiere la adopción dogmática de un “nuevo ‘sentido común'”, como dicen Laclau y Mouffe. En otras palabras, las ILP no pueden justificar racionalmente por qué la búsqueda de la justicia racial también debe abordar las políticas de sexo y género, pero la coalición amenaza con deshacerse si sus miembros no creen esto, así que simplemente hay que creerlo, como una cuestión de “sentido común”.

En segundo lugar, el imperativo práctico central del PIL es la panpolitización identitaria, es decir, la politización de todas las identidades y relaciones sociales posibles, incluida la proliferación de nuevas identidades con fines de activación política. En otras palabras, todas las identidades deben entenderse como “opresoras” u “oprimidas”, y todas las diferencias sociales entre identidades deben interpretarse como resultado de la opresión política identitaria. ¿Hay más médicos blancos o asiáticos que negros? Debe deberse al racismo. ¿Hay más hombres que mujeres trabajando en la construcción? Debe deberse al sexismo. Y así sucesivamente.

Por último, los PIL son construccionistas sociales que ven todos los significados como resultados de la lucha política discursiva y, por tanto, privilegian lo discursivo como medio de cambio social y político, en contraste con el marxismo clásico, que relegaba el discurso y la cultura a la “superestructura” social. La afirmación de que “la política está aguas abajo de la cultura” suele atribuirse al conservador estadounidense Andrew Breitbart, pero los PIL se apropian de la misma idea de fuentes anteriores de la izquierda, como el socialista Rudi Dutschke (“larga marcha a través de las instituciones”) y el neomarxista Antonio Gramsci (“hegemonía cultural”). La idea es lograr la hegemonía cultural popular para el “nuevo ‘sentido común’ izquierdista” -mediante la colonización de la educación, el entretenimiento, etc.- de modo que los cambios políticos deseados se produzcan automáticamente en un Estado democrático. Por eso gran parte de la política de la ILP se desarrolla hoy en el terreno de lo “puramente performativo”, por ejemplo, la señalización discursiva de virtudes como la enumeración de “pronombres preferidos” o el “reconocimiento de tierras”. Hay mucho que decir sobre esto, pero una cuestión es que las “batallas reales” -por ejemplo, por la reforma legal y los derechos civiles- se han ganado para muchas de las identidades constitutivas de la coalición de izquierdas, por lo que la actuación discursiva es lo único que queda realmente.

Prácticamente todo el discurso académico y popular de la ILP es inteligible desde este punto de vista. La “representación”, desde los castings de Hollywood hasta la contratación en empresas, no significa otra cosa que PIL DEI, es decir, diversificar algo (equipos de rodaje, juntas directivas de empresas, etc.) mediante la inclusión de “Otros” que supuestamente han sido históricamente excluidos de ello, en aras de la “equidad” o la “justicia social”. Por eso el acrónimo “LGBT” está en constante expansión, siendo “LGBTQIA2S+” el estándar actual. Incluso la infame “hora del cuento drag queen” es inteligible desde este punto de vista: como un intento de diversificar nuestras concepciones y marcos tradicionales pertinentes (por ejemplo, las normas sobre lo que es o debería ser un educador, sobre lo que los niños deberían ver en público, sobre los modelos de conducta que deberían tener los niños) mediante la inclusión de personas/identidades/grupos hasta ahora excluidos en aras de la equidad o la justicia social.

En conclusión, podemos esperar que la DEI desaparezca sólo cuando lo haga la PIL, o al menos no hasta que esta última se convierta en una ideología “marginal”. Es alentador ver los esfuerzos de los activistas conservadores y de los Estados por frenar o incluso abolir las burocracias de DEI en las universidades públicas, como con la reciente legislación de Texas o la promesa de la Universidad de Missouri de eliminar las declaraciones de diversidad de su proceso de contratación de profesorado, pero el problema es mucho mayor. Por lo tanto, combatir este desarrollo antiliberal, divisivo y perjudicial de la posmodernidad occidental requerirá que liberales y conservadores se unan en oposición a su enemigo común, y esta oposición sólo puede ser eficaz si se comprenden adecuadamente tanto la teoría subyacente del DEI del PIL como sus implementaciones prácticas.