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Etiqueta: Deidre McCloskey

Ya no se puede ser europeo en Europa

McCloskey nos cuenta que Europa experimentó un gran enriquecimiento sin precedentes que tuvo su inicio alrededor del siglo XVIII. Este aumento sustancial de la cantidad y calidad de los bienes y servicios no se explica por la acumulación de capital, el comercio, los recursos naturales o tecnológicos, sino por un cambio ideológico y retórico muy particular que modificó la estructura social y moral de Occidente.

Las ideas que dan lugar al gran enriquecimiento tienen que ver con el surgimiento de una cultura de la innovación y la apertura como el motor del progreso humano y del reconocimiento de la dignidad y la libertad como el combustible de ese motor. En la Europa que describe McCloskey, los individuos comunes, libres, esperanzados y creativos buscaban respeto, dignidad y progreso a través de la prudencia, la honestidad y el buen nombre, pero también mediante la audacia, la valentía y la responsabilidad personal.

Leer a McCloskey nos deja con una pregunta inevitable: ¿qué pasó con esa Europa? ¿Cómo la cuna de la libertad, la sociedad abierta, el comercio, la diversidad, la creatividad, el arte y la innovación pasó a ser una de las regiones más estancadas y estériles del mundo? Esa Europa que, como dice Bastos, nunca estuvo unida y de ahí su grandeza, hoy casi no se encuentra en el continente y está prácticamente desaparecida bajo el paraguas de la Unión Europea.

La retroalimentación

Las ideas y la cultura se retroalimentan con el mundo material y el entorno, al igual que las instituciones formales e informales que surgen en una comunidad política. Por eso los cambios son tan difíciles de inducir, los rumbos tan difíciles de frenar y aún más de girar. La retroalimentación positiva dio paso al gran enriquecimiento; la retroalimentación negativa está dando paso al gran estancamiento europeo actual. Un estancamiento que no solo es económico, sino también cultural y moral.

El jacobinismo homogeneizador europeo no deja que nadie se salga del carril

En este artículo no pretendo repetir lo que ya todos los liberales sabemos: que Europa —y en particular la Unión Europea— se ha convertido en un territorio hostil al capitalismo, la innovación y el emprendimiento. Lo que quiero subrayar es algo aún más preocupante: Europa no es solo un lugar difícil para empresarios o inversores, sino también para cualquiera que intente salirse del molde, que quiera escapar de la carrera de la rata, adoptar un estilo de vida alternativo o, simplemente, hacer las cosas a su manera. En Europa no solo se obstaculiza la riqueza y la creatividad; se persigue cualquier forma de diferencia.

Las viviendas procustianas (el caso español)

En mi opinión, España hoy se divide entre quienes compraron vivienda antes de la pandemia y quienes lo hicieron después —o aún no han podido hacerlo. Las condiciones hipotecarias, las cuotas mensuales y el tipo de vivienda que pudo adquirir alguien en 2019 son incomparablemente mejores que las de quien compró en 2024. Esto, por supuesto, agrava la desigualdad patrimonial. Y en muchos casos esa desigualdad no se debe a que quienes compraron en 2019 sean mucho mejores especuladores que quienes compraron 5 años después, sino por factores externos: la vivienda se ha encarecido por restricciones a la construcción y, sobre todo, por la lluvia de estímulos mal canalizados tras 2020, que alimentaron la inflación inmobiliaria.

Pero lo que más me sorprende es cómo la maraña regulatoria hace imposible resolver el problema de la vivienda de manera creativa. El mercado inmobiliario español funciona con una lógica procustiana: todo debe encajar en una estructura rígida y limitada. Por ejemplo, es prácticamente imposible aumentar la oferta verticalmente, y tampoco se permite cerrar áticos o balcones para ganar habitabilidad, aunque sea tu propiedad y eso suponga perder un espacio exterior

Tampoco hay margen para soluciones de bajo coste: ni casas rodantes, ni pequeñas cabañas prefabricadas en terrenos familiares, ni ampliaciones discretas. La Agencia Tributaria y los ayuntamientos vigilan cada año mediante imágenes aéreas y satelitales, penalizando cualquier edificación no registrada.

Y el terreno rústico, que podría ser una vía de escape, está bloqueado. Terrenos en ubicaciones muy demandadas se mantienen en esa categoría porque el ayuntamiento no los incluye en su plan general, no les provee de los servicios básicos o los protege para usos agrícolas o por razones medioambientales. Este terreno no urbanizable está muchas veces cerca de las principales ciudades, si buscamos en idealista terrenos de este tipo en ciudades como Valencia, encontramos que algunos están a menos de una hora caminando desde el centro de la ciudad y se conservan así, en algunos casos, para mantener «identidad agrícola tradicional de la zona».

Así funciona este mercado: ni quienes tienen dinero pueden presionar para construir más, ni quienes tienen poco pueden solucionarlo con alternativas modestas a las afueras. Todo está amarrado a un corsé legal e institucional que a diferentes escalas impide que la vivienda responda a la necesidad real de las personas.

Llevar un estilo de vida autosustentable u off-grid

Ser hippie o nómada en Europa es más difícil que en EE. UU., no solo porque no es fácil —ni legal— vivir en viviendas móviles o prefabricadas, sino porque ser autosustentable, alimentarte de tu propia comida y vivir al margen financieramente implica asumir enormes riesgos legales y fiscales.

Irte a la montaña, montar algunas tiny houses o casas alternativas como domos y rentarlas por Airbnb es un negocio complicado de consolidar en países como Francia, Alemania o España, donde te arriesgas a sanciones, demoliciones o problemas legales por no cumplir las mismas normativas que una vivienda convencional en términos de códigos técnicos, aislamientos o normativa energética. Si quisieras cumplir todos esos requisitos, el coste burocrático encarecería un proyecto que, justamente, buscaba ser sencillo y autosuficiente.

De igual forma, una actividad tan típicamente europea como viajar en autocaravana es cada vez más complicada. En las redes sociales de este tipo de viajeros abundan las denuncias sobre las restricciones al aparcamiento y la presión de los ayuntamientos, que parecen más interesados en echarlos que en facilitarles la estancia. Además, las regulaciones medioambientales hacia los vehículos limitan la circulación de autocaravanas y encarecen cada vez más los modelos nuevos.

Vivir completamente fuera de la red —algo tan presente en la historia europea— hoy implica rayar la ilegalidad. En países como Alemania o los Países Bajos existe la obligación de conectarte a las redes oficiales de agua, alcantarillado y electricidad. Está permitido consumir los alimentos que has cultivado, pero necesitas licencia para venderlos; tus animales deben estar debidamente registrados y, en algunos casos, incluso necesitarás un permiso para recolectar agua de lluvia. 

El parque automotor europeo cada vez más homogéneo

A pesar de que la Unión Europea haya cavado su propia tumba y enterrado a su mercado automovilístico, hubo una época en la que los coches europeos se caracterizaban por su competitividad, innovación y diversidad, atendiendo tanto al mercado que buscaba lo económico y práctico como al que aspiraba al lujo y la exclusividad.

Hoy, la oferta automovilística en Europa es mucho más limitada que la que vemos en países como Dubai, Estados Unidos, Asia o incluso Hispanoamérica. Los coches antiguos han sido prácticamente expulsados del mercado, mientras que en Estados Unidos muchos de esos vehículos son restaurados y vuelven a circular. Y permiten una auténtica convivencia de tecnologías y estéticas distintas.

La razón por la que ni la clase media ni la clase alta podrán comprar el coche de sus sueños en Europa está en las regulaciones: las normas de seguridad, emisiones, eficiencia energética y compatibilidad técnica son extremas. Las restricciones sobre materiales, altura, peso y consumo hacen que modelos comunes en otros países no puedan venderse aquí o resulten prohibitivos de adaptar. Al final, el parque automovilístico europeo acaba siendo una fila interminable de vehículos casi idénticos: compactos, híbridos o eléctricos, de poca cilindrada, con diseños parecidos y cada vez menos espacio para modelos raros, potentes o excéntricos.      

Los pequeños pueblos no se salvan, y no se salvarán

Cada pueblo europeo tiene su historia, su arquitectura y sus particularidades. A diferencia de las grandes ciudades, los pueblos siempre han representado la oportunidad de establecer lazos más cercanos con los vecinos, desarrollar una cultura local y construir y mantener órdenes institucionales de abajo hacia arriba. Sin embargo, esa ventaja de los pueblos frente a las ciudades ha sido arrebatada.

Los pueblos europeos, que hoy se vacían de forma alarmante, no logran ofrecer nada distinto o mejor a sus jóvenes para que se queden, ni a nuevos jóvenes para que emigren. Los ayuntamientos, en muchos casos, implementan programas de incentivos económicos en forma de subsidios y ayudas para atraer nuevos pobladores. Pero estos programas fracasan porque no permiten que surjan sinergias ni órdenes espontáneos: el pueblo termina siendo solo un lugar un poco más barato y tranquilo que la ciudad, pero sin identidad propia ni oportunidades reales.

Para repoblar estos pueblos habría que permitirles ser y ofrecer algo genuinamente diferente al resto del país; hacer una propuesta al estilo de lo que Europa una vez fue. Andorra es un buen ejemplo de lo que podrían ser otros pueblos catalanes si tuvieran la libertad de modificar radicalmente su fiscalidad, sus políticas sociales, laborales y migratorias.

Conclusión

Muchas veces ponemos el foco en lo difícil que es emprender, ser empresario, pionero en sectores como la inteligencia artificial o convertirse en un gran inversor en Europa. Pero creo que pasamos por alto algo más profundo y cotidiano: hoy, la Unión Europea es un entorno cada vez más adverso para los jóvenes de clase media. No solo para quienes aspiran a grandes logros, sino para quienes quieren salir, aunque sea un poco, de la carrera de la rata; vivir de forma alternativa, complementar su trabajo con un pequeño negocio, construir una modesta cartera de inversión o reconectar con la naturaleza sin que todo se convierta en una cadena de obstáculos legales y fiscales.

El problema no es sólo económico, sino cultural e institucional: el jacobinismo homogeneizador europeo impone normas rígidas que aplastan la creatividad local, limitan la libertad de elección y bloquean cualquier intento de autonomía. Ese es el gran drama: no es solo difícil ser un innovador o ser un gran empresario en Europa; es difícil, y cada vez más, ser libre a pequeña escala.

Capitalistas de confianza

Por Walter Wright. El artículo Capitalistas de confianza fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Incluso entre quienes aprueban en gran medida el sistema de libre mercado, a menudo se asume que existen algunas contrapartidas sombrías. A cambio de la eficiencia económica, permitimos la pérdida de determinadas industrias (como la manufacturera) y la pérdida de puestos de trabajo que ello conlleva. Pero, lo que quizá sea más acuciante, a muchos les preocupa la fractura de nuestro tejido social y el deterioro del capital social. Y no es difícil ver cómo se puede llegar a esta conclusión. Las sociedades de mercado implican competencia de mercado. Y, sin duda, la competencia despiadada, en la que el ganador se lo lleva todo, genera escepticismo y desconfianza en quienes participan en ella.

La competencia alimenta la codicia, lo que lleva a recortar gastos y a prácticas comerciales turbias para salir adelante. Parece natural que éste sea el resultado de un sistema basado en el afán de lucro. Cuando lo único que importa es la cuenta de resultados, la confianza se esfuma. La confianza social se desmorona bajo el peso de estos incentivos perversos. ¿No es cierto?

Pero estas suposiciones, como muchas otras que se hacen sobre el mercado, son erróneas. Y son erróneas porque malinterpretan la naturaleza de la competencia en el mercado. El factor que permite a un empresario o a una empresa ser competitivo en una economía de mercado no es la fuerza hace el bien. No se trata en primer lugar del genio solitario de innovadores excéntricos (aunque eso puede desempeñar un papel). Y aunque la eficiencia es importante, la reducción deshonesta de costes tampoco es el camino hacia el éxito en el mercado.

Perspicacia y persuasión

Lo que hace competitivo a un agente del mercado es la capacidad de identificar y satisfacer los deseos y necesidades de la sociedad mediante la persuasión. La perspicacia del empresario, según el difunto economista Don Lavoie, no es atribuible a «su separación de los demás sino, de hecho, a su mayor grado de sensibilidad hacia lo que buscan los demás». Los empresarios de éxito «están especialmente bien enchufados a la cultura». Lavoie llamó a esto la «capacidad de leer las conversaciones de la humanidad. … Lo que hace que los empresarios tengan éxito es su capacidad para unirse a los procesos conversacionales e impulsarlos en nuevas direcciones».

Una empresa compite con otras empresas diciendo a los consumidores: «Puedo servirle mejor». Una empresa compite intentando superar a sus competidores. Y si no quiere perder la confianza de los consumidores, la empresa tiene que cumplir sus promesas. Veamos la historia de un perito de seguros reconvertido en profesor. El primer día de trabajo, el Vicepresidente regional se dirigió a los nuevos empleados. Reconociendo que se podían obtener «beneficios algo mayores» vendiendo a los clientes más seguros de los que realmente necesitaban o pagando a los reclamantes un poco menos de lo que se les debía, el Vicepresidente regional afirmó: «Pero vuestro trabajo no es conseguir beneficios. Vuestro trabajo es cumplir nuestra palabra». Y cumplieron su palabra suministrando los bienes y servicios que prometieron suministrar con la calidad que prometieron. Los beneficios vendrán a través de la confianza en la marca.

Peter Drucker

Por eso el experto en gestión Peter Drucker pensaba que el «afán de lucro» era una explicación tan empobrecida de la actividad empresarial:

El beneficio no es la explicación, la causa o el fundamento del comportamiento y las decisiones empresariales, sino la prueba de su validez. Si los arcángeles, en lugar de los hombres de negocios, se sentaran en las sillas de los directores, aún tendrían que preocuparse por la rentabilidad, a pesar de su total falta de interés personal en obtener beneficios.

Así pues, el beneficio es una señal necesaria del éxito de la actividad empresarial. Pero no es el fin último de la actividad empresarial. La «única definición válida del propósito empresarial», según Drucker, es «crear un cliente». Los consumidores «exigen que las empresas partan de las necesidades, las realidades [y] los valores de los clientes» y «que las empresas definan su objetivo como la satisfacción de las necesidades de los clientes». Crear un cliente es el resultado de crear valor y participar en un intercambio mutuamente beneficioso.

O, como dice un grupo de éticos empresariales: «El negocio del negocio es el negocio». Todo el proceso de la competencia en el mercado consiste en descubrir formas de servir a la sociedad, persuadir a los demás para que confíen en que puedes prestarles un buen servicio, administrar los recursos con prudencia en nombre de ese servicio y, a continuación, ofrecer resultados satisfactorios. Ser competitivo en el mercado es ser digno de confianza. Todo el proceso es un ejercicio de creación de confianza. Y hay bastantes datos que lo demuestran.

La competencia genera confianza

Varios estudios han constatado que una mayor libertad económica está asociada a una mayor confianza. Pero, ¿qué ocurre específicamente con la competencia? Utilizando los ingresos como indicador de la integración del mercado, un estudio analizó los datos de la Encuesta Mundial de Valores entre 1997 y 2001, que abarcaba a unas 80.000 personas de 60 países. Descubrió que una mayor integración del mercado (mayores ingresos) está asociada a una mayor confianza generalizada.

A continuación, se introdujo en la mezcla una medida de la competencia: la relación entre el precio de inversión nacional ajustado y el índice de precios total. En lugar de reducir la confianza, la competencia parece reforzar el mecanismo de producción de confianza para quienes están bien integrados en el mercado. En otras palabras, los que participan y ganan dinero en el mercado confían más en la competencia. Para los menos integrados (ingresos más bajos), sin embargo, la competencia no tiene ningún impacto real en sus niveles de confianza (lo que, hay que señalar, es muy diferente de que tenga un impacto negativo).

La competencia mejora la confianza

Del mismo modo, la investigación ha demostrado que la competencia en el mercado de productos aumenta tanto la productividad como la confianza de los empleados en los directivos. Los autores argumentan que esto se debe probablemente a que las presiones de la competencia obligan a las empresas a ser más productivas, lo que a su vez requiere que la dirección confíe en los conocimientos y habilidades de los empleados. Para aprovechar el potencial de productividad de sus empleados, los directivos tienen que ganarse su confianza. Esto pasa por que los directivos sean más dignos de confianza y honestos y se ganen una buena reputación entre los empleados. Y todo esto tiene sentido. Las empresas competitivas y de alta calidad suelen tener directivos competitivos y de alta calidad. La gestión es importante para el rendimiento de la empresa y gestionar bien incluye la confianza.

Sin embargo, una de las críticas a la literatura sobre la confianza -uno de los «pecados capitales»- es que los datos de las encuestas y el comportamiento en el mundo real no siempre coinciden. Contrariamente a lo que podríamos sospechar, las personas tienden a ser más confiadas y dignas de confianza en los experimentos de lo que dejan entrever en sus respuestas a las encuestas. Esto sugiere que los datos experimentales pueden ser una forma más precisa de medir la influencia de la competencia en la confianza.

Un experimento

Un experimento de laboratorio colocó a los participantes en dos redes diferentes: redes de socios -en las que se construye una relación de confianza a través de transacciones repetidas- y redes de extraños -transacciones puntuales basadas en terceros-. Como era de esperar, los compradores discriminaban mucho en función de la reputación del vendedor. Se necesitaba una diferencia de precio significativa para convencer a los compradores de que se decantaran por un vendedor con menos reputación. Los experimentadores añadieron competencia a la mezcla, ya fuera mediante precios competitivos o permitiendo que los compradores se emparejaran con los vendedores en función de su reputación.

La introducción de cualquiera de las dos formas de competencia en las redes de desconocidos aumentó las ganancias del comercio al fomentar la confianza y la fiabilidad. La competencia acabó borrando las ventajas de las redes de socios sobre las de extraños. Ha leído bien: la competencia borró la brecha de confianza entre comerciantes conocidos y desconocidos; entre conocidos y extraños. Los experimentadores concluyeron «que la competencia es una poderosa herramienta para fomentar la confianza y la fiabilidad en entornos de desconocidos. … Con competencia, el rendimiento de las redes de desconocidos comunes a los mercados de Internet es similar al de las redes de socios más frecuentes en los mercados de ladrillo y mortero».

Los efectos de la desregulación bancaria

Un experimento de laboratorio similar descubrió que tanto la competencia como la información sobre la reputación son importantes para la confianza y la fiabilidad. Cuando los fideicomisarios carecían tanto de información sobre la reputación como de opciones competitivas, la confianza, la fiabilidad y la eficacia dentro del experimento eran bajas. Después de introducir la competencia y la información privada sobre la reputación de los fideicomisarios, los investigadores descubrieron que los índices de confianza y fiabilidad se triplicaban con creces y la eficiencia se multiplicaba por diez. La mitad de los efectos se atribuyeron a la información privada sobre la reputación de los administradores, mientras que la otra mitad se atribuyó a la competencia. Cuando tienes que competir por los clientes, mantener tu reputación intacta es importante. Y una buena reputación mejora la confianza.

Los datos transversales de empresas de Estados Unidos muestran una relación positiva entre la competitividad del sector y la confianza generalizada entre los empleados. Sin embargo, para establecer mejor una relación causal, un grupo de investigadores analizó los efectos de la desregulación bancaria. Como cabía esperar, la desregulación aumentó la competitividad de las empresas. Quizás menos esperado, los niveles de confianza estatal empezaron a subir tras la desregulación, incluso después de controlar una serie de variables.

Alemania

Basándose en el Panel Socioeconómico Alemán, los investigadores hicieron un seguimiento de la confianza generalizada de los individuos que cambiaban de sector. Resultó que los que trabajaban en sectores más competitivos tenían niveles de confianza más elevados. Pero lo más importante es que las personas que cambiaron a sectores más competitivos tenían más probabilidades de aumentar sus niveles de confianza. En lugar de perder la fe en la humanidad en medio de la alta competencia, estos individuos la ganaron.

Estos mismos investigadores también llevaron a cabo una serie de experimentos de laboratorio utilizando un juego de bienes públicos en el que los jugadores contribuían a un fondo público que luego se repartía entre los participantes. Los juegos se jugaron en condiciones competitivas y no competitivas. En los juegos en los que había competición, la cantidad que un participante recibía del fondo público se basaba no sólo en las contribuciones combinadas personales y de su pareja, sino también en la contribución conjunta de un grupo asignado al azar. «Si, y sólo si, su contribución conjunta igualaba o superaba la de su grupo de comparación, recibían su parte de la cuenta colectiva».

La competencia no sólo aumentaba las contribuciones, sino que también incrementaba la confianza generalizada declarada: quienes se enfrentaban a altos niveles de contribuciones de socios y competidores (mayor competencia) tenían más probabilidades de responder afirmativamente a las preguntas de confianza generalizada.

Incluso la competencia global genera confianza

Algunas investigaciones sugieren que la competencia global tiene una relación complicada con la confianza generalizada. En un estudio de la socióloga Simone Polillo, el comercio internacional por sí solo no tuvo un efecto estadísticamente significativo en la confianza. Pero a medida que más países producen los mismos bienes, el comercio internacional aumenta la competitividad de los productores. Por consiguiente, Polillo descubrió que este tipo de competencia (lo que él denomina «competencia por equivalencia de funciones») disminuye la confianza.

Sin embargo, también descubrió un factor interesante que contribuye a la confianza: la ciencia. Resulta que cuanto más contribuye un país al conocimiento científico mundial, mayor es la confianza. Polillo planteó la hipótesis de que esto se debía a que «la ciencia encarna una visión cultural del progreso social». Y así es, pero la cuestión es la siguiente: no hay ciencia sin un mercado de ideas. Es bastante difícil contribuir al conocimiento científico global sin el intercambio de ideas o el apoyo institucional.

Comercio y confianza

Como ha escrito Johan Norberg, del Cato Institute, «el intercambio de conocimientos y bienes… dio lugar a la ciencia, que se basa en el intercambio, la crítica, la comparación y la acumulación de conocimientos, y a la tecnología, que es la aplicación de la ciencia para resolver problemas prácticos». La libre circulación de ideas a través de una serie de redes sociales permitió la difusión de lo que el economista Joel Mokyr ha denominado «conocimiento útil», lo que condujo a un crecimiento económico sin precedentes y a la transformación de la economía mundial. ¿Quieres ciencia? Necesitas mercados.

Pero hay más. Un estudio de 2023 sobre la globalización analizó la confianza social de los inmigrantes de primera y segunda generación en más de 30 países europeos. Para descartar la causalidad inversa de países con un alto nivel de confianza que influyen en los niveles de confianza de los inmigrantes, los economistas Niclas Berggren y Christian Bjornskov analizaron en su lugar los niveles de globalización de los países de origen de los inmigrantes. Descubrieron que las características favorables al libre mercado, como las escasas barreras comerciales y la apertura financiera, tienen una relación positiva con la confianza social. Resulta que ninguna medida de globalización -económica, social o política- influyó negativamente en la confianza. Así que quizá la competencia global no nos esté destrozando como muchos afirman.

Competencia real que mata la confianza

Irónicamente, las sociedades colectivistas generan una cultura mucho más escéptica y desconfiada en la que los individuos compiten constantemente en lo que perciben como un juego de suma cero. Y no sólo con los de fuera. La comparación social dentro del grupo y la jerarquía son increíblemente intensas en las sociedades colectivistas. En estas sociedades, los individuos son más propensos a ocultar información a los demás para obtener una ventaja sobre sus competidores. Ocultar información es más estratégico que mentir directamente, porque permite una negación plausible con los mismos resultados. También existe una competencia encubierta y una preocupación constante por los «enemigos»: amigos o familiares que quieren perjudicarte o socavarte (algo que en las culturas individualistas se considera paranoia). La escalada y las puñaladas por la espalda parecen ser la norma en las sociedades más colectivistas.

Un ejemplo extremo puede verse en Corea del Norte, donde las sesiones de autocrítica son obligatorias para los ciudadanos. Las sesiones implican confesiones ante los compañeros de supuestas culpas personales, así como acusaciones públicas a los colegas por supuestas infracciones contra el Gran Líder. Es «la versión comunista del confesionario católico», salvo que es forzado y exige una vigilancia constante del prójimo. «A nadie se le perdonaba la timidez», escribió una desertora sobre su experiencia. «A nadie se le permitía ser irreprochable».

Colectivismo

Se podría pensar que esto se debe a la corrupción o a la pobreza que producen las instituciones colectivistas. Aunque no cabe duda de que estas cosas agravan el problema, las diferencias regionales en corrupción y riqueza dentro de los países colectivistas demuestran que el propio colectivismo es el culpable de las actitudes desconfiadas. Esto contradice la visión romántica de las sociedades colectivistas que crean comunidades unidas e igualitarias a través de recursos y tradiciones compartidos (léase nacionalizados). Por el contrario, se parece más a estar solo en una habitación abarrotada, mirando constantemente por encima del hombro. Si quieres confianza, la colectivización no es el camino.

Ya en la década de 1980, el senador Bernie Sanders definió el socialismo como «una visión de la sociedad en la que la pobreza es absolutamente innecesaria» y «en la que las relaciones internacionales no se basan en la codicia… sino en la cooperación». Aunque la pobreza pueda ser «innecesaria» en las sociedades socialistas, lo cierto es que prevalece. Y en parte se debe a que la cooperación se ve socavada por la falta de competencia en el mercado.

Una mayor competencia en el mercado indica que un mayor número de empresas buscan formas de proporcionar bienes y servicios a la sociedad. Se mantienen más conversaciones (en palabras de Lavoie) y hay más reputaciones en juego. Cada vez son más las que se dan cuenta de que tienen que cumplir sus promesas. Cuando hay más competencia, las empresas tienen que aprender a servir mejor a la gente. Y esto implica ganarse la confianza del público mediante acciones dignas de confianza.

Ver también

Marcas, reputación y fraude. (Albert Esplugas).

Confianza que genera desconfianza. (Juan Ramón Rallo).

Reputación corporativa en el ámbito del marco instituciona. (Ángel Fernández).

El mito del Gran Enriquecimiento

Recientemente he tenido oportunidad de leer un par de libros en que se habla de un concepto con él que no me había tropezado anteriormente. Me refiero al llamado Gran Enriquecimiento (“Great Enrichment”), que parece deberse a Deirdre McCloskey, coautor de una de las obras[1], y bastante citado en la otra[2].

Este Gran Enriquecimiento es el término usado para describir la multiplicación de la renta per cápita en los últimos 200 años, en el que habría pasado de ser 3 USD diarios a unos 130 USD. Como se puede apreciar, el periodo histórico viene a ser el transcurrido desde lo que la gente conoce como Revolución Industrial hasta la actualidad. O sea, sería algo iniciado en los países del norte de Europa, principalmente Holanda e Inglaterra. ¿Y por qué aquí de entre todos los países? Pues porque habría sido aquí donde surgió una nueva actitud respecto a cómo progresar o mejorar en la vida, gracias sobre todo al espíritu de la Reforma protestante. Vamos, que el Gran Enriquecimiento se produjo en estos países precisamente por la actitud ante la vida del protestantismo y el calvinismo, en comparación con la de los católicos.

Lo primero que llama la atención, y fue por lo que me puse a dar vueltas al tema, es el reconocimiento de una singularidad de este calado por un autor como Ridley. En efecto, uno de los temas dominantes en su maravillosa obra citada es que el proceso de innovación no es algo puntual, basado en genialidades de determinados individuos (aunque pueda haber alguna), sino que es continúo siendo normalmente difícil identificar dónde empieza una aportación y comienza otra. De hecho, los grandes inventores que conocemos son muchas veces aquellos que obtuvieron la patente del invento (con independencia de que fueran sus verdaderos inventores o no). En suma, que estos nombres afloran únicamente como consecuencia de un hecho singular, la concesión de la patente, que es algo meramente administrativo. En lugares sin sistemas de patentes resulta prácticamente imposible identificar inventores. ¿Es quizá por esto que la mayor parte de los inventores son anglosajones, no fueron ellos los primeros en tener un sistema de patentes?

Si aceptamos que la innovación es un proceso más o menos continuo, y puesto que la innovación es la principal, si no la única, forma en que se puede generar riqueza[3], ¿cómo es posible que surja una singularidad en el proceso económico de enriquecimiento? ¿Puede algo gradual dar lugar a algo singular? El sentido común te dice que no.

Cosa distinta es que se definan umbrales más o menos arbitrarios en ese proceso continuo, como pueda ser la concesión de una patente, o que se supere el umbral de que se genera una riqueza suficiente para el ahorro. Por ejemplo, se podría decir que hay un antes y un después una vez de alcanza un ritmo de generación de riqueza tal que la riqueza generada per cápita es superior a las necesidades mínimas per cápita, para todas las personas del mundo. Quizá fue este el umbral que se superó con el Gran Enriquecimiento. Pero en ningún caso se podría atribuir a singularidades de determinados países, pues ese umbral se iba a superar tarde o temprano dada la naturaleza continua del proceso de acumulación de riqueza que comenzó hace muchos milenios, cuando a alguien se le ocurrió llevar a cabo un intercambio directo con otra persona.

Ello nos lleva a otro punto importante: la cualificación de las innovaciones. No voy a negar la importancia de las que se produjeron en Inglaterra u Holanda durante la Revolución Industrial. Sin embargo, ¿son acaso más importantes que la invención del intercambio directo, del dinero o de la agricultura, por poner algunos ejemplos? Y eso por no hablar del ámbito institucional: ¿qué pasa con el invento de la propiedad privada?

Debate que podríamos trasladar fácilmente a la actualidad, donde acumulamos revoluciones a diario, la última la de los datos. ¿Alguien puede defender seriamente que todos los inventos de Internet han generado más riqueza que la creación del dinero? Si el inventor de dinero hubiera podido cobrar royalties por su invención, ¿cuánto se estaría llevando del negocio de Amazon? Sí, ya sé que es absurdo, pero no soy yo el que se empeña en ver las invenciones del momento como las más revolucionarias de la historia.

De nuevo nos tropezamos con que el proceso de enriquecimiento de la humanidad tiene las suficientes componentes de continuidad como para hacernos dudar de posibles singularidades ocurridas en un sitio u otro, y debidas a un cambio cultural traído por una religión.

Y ya que hablamos de historia, resulta un poco sorprendente que un autor como McCloskey pase de largo sobre uno de los eventos de emprendimiento más épicos de la historia de la humanidad. Me refiero, no puedo evitarlo siendo español, al descubrimiento y conquista de América. ¿O es que no considera emprendedores a los cristianos católicos que mayormente llevaron el peso de estas empresas? Nadie ha medido qué multiplicación de la renta se produjo en el mundo como consecuencia de que, de repente, se pudiera comerciar con un tercio de la Tierra hasta ahora desconocida. Quizá, si lo hiciéramos, nos llevaríamos la sorpresa de que ahí fue dónde ocurrió el verdadero Gran Enriquecimiento. A lo mejor la renta per cápita se multiplicó por mil en vez de por 40. Y cómo vemos, llevado a cabo por gente que no tenía ideales de “mejora” (según McCloskey, claro) pues eso solo pudo ocurrir tras el protestantismo.

Como no quiero incurrir en el chauvinismo de McCloskey y Mingardi, me apresuraré a reconocer que la expansión de la República romana pudo tener un efecto similar en su momento, o más atrás el imperio persa de Ciro. O tantos otros innovadores anónimos que sea por la vía tecnológica o institucional posibilitaron la generación de riqueza como nunca se había visto hasta ese momento.

El último punto que quiero resaltar es el de la acumulación de capital producida durante toda la historia de la humanidad desde el momento en que algunos de los individuos fueron capaces de ahorrar parte de su renta porque no precisaban su consumo para sobrevivir. Como es bien sabido, el capital acumulado tiende a incrementar la productividad, con cuyo incremento se acelera la acumulación de capital y así sucesivamente. Esto quiere decir que no es lo mismo partir de 0 que de 100, y que es mucho más fácil crear riqueza y multiplicarla cuando partes de mayor capital acumulado que si lo haces de menos. Que se lo digan a Robinson Crusoe cuando llega a la isla desierta: lo que sufre hasta conseguir la primera vara. Sin embargo, una vez la consigue, el exceso de producción de frutas del bosque que tal vara permite le posibilitará abordar proyectos inviables antes, como por ejemplo una choza. Esta choza parecerán aporta más riqueza que la vara, pero solo si se mide la creación de riqueza en términos absolutos en vez de relativos al capital previamente disponible, que es lo relevante a estos efectos.

En resumen, podemos constatar qué también en el ámbito de la economía austriaca existe la mitología. Espero que las líneas anteriores hayan contribuido a poner en duda este mito del Gran Enriquecimiento, cuya autoría, casualmente, se puede trazar al mismo origen que la leyenda negra española[4].


[1] McCloskey D. y Mingardi A. (2020). The Myth of the Entrepreneurial State.

[2] Ridley M. (2020). How innovation works.

[3] Puesto que la riqueza únicamente se crea mediante transacciones voluntarias y cada una de éstas en un acto de emprendimiento o de innovación.

[4] Véase, por ejemplo, Roca Barea M.E (2016). Imperiofobia y Leyenda Negra