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Etiqueta: Desigualdad

‘El Pingüino’ y Pedro Sánchez: el populismo y el resentimiento social, en Gotham y en España

La miniserie El Pingüino, concebida como un spin off de la última entrega cinematográfica de la saga Batman, se ha ganado el aplauso del público y de la crítica. La producción de Warner Brothers para su plataforma de streaming HBO ha sido uno de los estrenos más populares del otoño y se ha ganado tres nominaciones en los próximos Globos de Oro.

Como ya es tradición en sus distintas encarnaciones, esta nueva versión de El Pingüino nos presenta a Oswald Cobblepot como un personaje clave en los bajos fondos de Gotham City. Al mismo tiempo, la ficción nos dibuja al protagonista como alguien que siempre se queda fuera de los círculos de poder, en los que se valora su destreza para el crimen pero se percibe asimismo un profundo desprecio y una innegable desconfianza hacia su figura. Todo esto ha llevado al Pingüino a desarrollar un profundo resentimiento social, que de hecho es una de las bases narrativas en las que se apoya la trama de la serie.

Es interesante anteponer la figura del Pingüino a la de Bruce Wayne. Ausente en la miniserie, Batman no deja de ser un tipo acaudalado que, en vez de dejar en pie el agotado sistema de gobernanza de Gotham City, se anima a intervenir en el mismo para evitar que la capital caiga víctima de una clase política corrupta que se apoya en una compleja red de alianzas criminales. El papel del hombre murciélago como un filántropo privado también sería prueba de su búsqueda de un modelo diferente, alejado de las malas prácticas que exhiben sus antagonistas.

En El Pingüino vemos como el protagonista, interpretado por un magistral e irreconocible Colin Farrell, soborna a la policía local y llega a acuerdos con sucios políticos municipales carentes de escrúpulos. Su ciudad está indudablemente arruinada, pero lo que mueve a Oswald Cobblepot no es mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Al fin y al cabo, nuestro hombre es un criminal sin escrúpulos que no duda en acabar con la vida de socios, amigos o familiares si ello le ayuda a avanzar su posición.

Resulta especialmente perturbador que El Pingüino ensalce una y otra vez la figura de Rex Calabrese, un viejo mafioso local al que trató de niño. Sabe que las familias tradicionales que manejan el crimen en la ciudad solamente aceptan su participación en sus negocios de forma limitada, de modo que su hambre de poder es coherente con sus circunstancias. El problema, claro está, es que en el mundo del crimen, al contrario que en el mercado, no abundan las situaciones de ganancia mutua, sino que el avance de unos se suele dar a costa de otros. Por tanto, sus avances traen innecesariamente más violencia y decadencia para una ciudad que no pretende mejorar, sino simplemente poner bajo su control.

Por descontado, en la cima de la corrupta ciudad de Gotham se sientan círculos corruptos que son merecedores del más absoluto rechazo desde el punto de vista moral. Con todo, nuestro protagonista solamente busca colmar su sed de venganza y, en vez de reformar el sistema, simplemente aspira a conquistarlo desde las sombras, apoyándose en todo tipo de tretas y maniobras en las que se muestra tan hábil como desleal y tan contundente como cruel.

En España, el auge de la extrema izquierda ha coincidido con el liderazgo político de Pedro Sánchez en las filas del PSOE. Desde que el político madrileño llegó a la cabeza de su formación, Ferraz no solamente no ha combatido el auge de formaciones comunistas como Podemos y Sumar, sino que ha gobernado con ellas en el plano local, regional y nacional.

El discurso económico del sanchismo parte de esa legitimación de la extrema izquierda que le permite aferrarse al poder aún perdiendo elecciones. Por eso, se apoya sin disimulo en el resentimiento social y el odio de clases, como puso de manifiesto el propio presidente cuando defendió que nuestro país necesita “más transporte público y menos Lamborghinis”.

Tristemente, cultivar ese tipo de discurso demagógico, simplista y tramposo puede resultar útil desde el punto de vista electoral: el 64% de los españoles cree que los ricos “no son personas decentes” y nuestro país destaca en los rankings de envidia social, así como en los estudios que miden las actitudes proclives al intervencionismo y reacias a la libertad individual y el mercado.

Estas tensiones se ven exacerbadas por los discursos del gobierno y de sus socios, pero también por el hecho de que la economía española esté estancada en términos de renta y cada vez se aleje más de los niveles de ingresos observados en Europa o en Estados Unidos. No obstante, un liderazgo constructivo y transformador como el que ejerce Javier Milei en Argentina podría ayudar a abandonar las peligrosas tendencias populistas que cultiva el gobierno español.

No es esa la intención de Sánchez, que sigue volcado en machacar a los ricos, culparles de todos nuestros males y socavar el libre mercado bajo decenas de subidas impositivas y miles de páginas de nuevas regulaciones. Su liderazgo, pues, se asemeja al de El Pingüino. Y el problema es que, en vez de una obra de ficción, este peligroso experimento se desarrolla en la vida real.

El paralelismo entre El Pingüino y Pedro Sánchez radica en cómo ambos encarnan una visión del poder que no busca mejorar las condiciones generales, sino consolidar su propia influencia a expensas de corromper la gobernanza sobre las que se apoya su poder. En Gotham, El Pingüino se aprovecha del resentimiento social para alimentar su ascenso en el mundo criminal, pero su dominio no trae progreso, sino más violencia y decadencia. En España, Sánchez y su gobierno han instrumentalizado el odio de clases y la envidia social para dividir a la población y fortalecer los tentáculos de un Estado mastodóntico que cada vez se arroga más poder.

El liderazgo de Sánchez sigue una senda más cercana a la del Pingüino: utilizar las emociones más destructivas, como el resentimiento y la envidia, para erosionar las bases de un sistema de gobernanza ya debilitado. En lugar de fomentar un entorno donde el crecimiento económico y las oportunidades sean accesibles para todos, nuestros gobernantes priorizan la redistribución forzada y el señalamiento de culpables como herramienta de control político.

El problema es que este modelo, tanto en Gotham como en España, resulta insostenible. En una economía global cada vez más competitiva, el ataque constante al mercado y la penalización de los motores del crecimiento no sólo generan descontento social, sino que perpetúan la mediocridad económica. Al igual que Gotham cae en una espiral de decadencia bajo el control del Pingüino, España corre el riesgo de ahondar en su estancamiento si no se corrigen las tendencias populistas que dominan y dan forma al liderazgo político en la Era Sánchez.

Daniel Waldenström: “En Occidente no va más la desigualdad, de hecho somos más ricos y más iguales”

El destacado académico sueco, Daniel Waldenström, ha visitado Madrid para presentar sus investigaciones sobre la evolución de la riqueza y la desigualdad en Occidente. Reconocido por sus trabajos innovadores, el escandinavo es conocido a nivel internacional por su capacidad de abordar el debate de las diferencias económicas desde un prisma alejado del socialismo que impregna muchos de los debates académicos sobre la materia.

Miembro del Instituto de Investigación de Economía Industrial IFN de Estocolmo, ha visitado Madrid para impartir una charla en la Fundación Ramón Areces y, coincidiendo con esta ocasión, se ha entrevistado con Libre Mercado y el Instituto Juan de Mariana, en una entrevista con Diego Sánchez de la Cruz que ha servido para desgranar los mensajes más destacados de su última obra, Richer and more equal (Polity, 2024).

Más ricos y más iguales

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Ha ido a más la desigualdad, como defienden autores como Piketty?

Daniel Waldenström: En el ámbito académico y, por extensión, en el debate económico que luego llega a la sociedad y a los medios, a menudo prevalece una mirada pesimista sobre la manera en que ha evolucionado la desigualdad. La idea central, recogida en la obra de autores como Thomas Piketty, es que los ricos son cada vez más ricos y que el resto de la ciudadanía se va empobreciendo. Yo he estudiado esta cuestión extensivamente y creo que ese discurso es equivocado.

Diego Sánchez de la Cruz: En su opinión, el problema no está solamente en cómo se mide la desigualdad, sino también en cómo se interpreta la riqueza.

Daniel Waldenström: Además de los errores en los que han incurrido muchos de quienes han evaluado la cuestión de la desigualdad, creo efectivamente que en este debate hay otro problema de fondo, en la medida en que predomina una mirada pesimista de la riqueza. Yo creo que esto es negativo, porque el hecho de que alguien pueda enriquecerse a base de crear más crecimiento, más empleo y más innovación no solamente no es algo malo, sino que es bueno.

Guerra y desigualdad

Diego Sánchez de la Cruz: Algunos académicos de cabecera en la conversación sobre la desigualdad defienden que las guerras tuvieron un efecto positivo al reducir la concentración de riqueza o favorecer impuestos muy altos.

Daniel Waldenström: En efecto, en algunos de los escritos que han marcado el debate sobre la desigualdad, se defiende por ejemplo que solamente las guerras y la tributación confiscatoria han erosionado significativamente la riqueza de las élites. Esa mirada es conflictiva, porque ignora que la guerra no enriquece a nadie, nos empobrece a todos, y la tributación confiscatoria no es inocua desde el punto de vista de la eficiencia económica, puesto que conduce a menos ahorro, menos inversión y menos crecimiento y generación de empleo.

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Qué ideas centrales ha formado a partir de su estudio de estas cuestiones, a las que ha dedicado tantos años de investigación?

Daniel Waldenström: A raíz de mis investigaciones he constatado que la igualdad ha ido a más esencialmente por la parte de abajo, porque más y más gente ha tenido acceso a distintas formas de riqueza que, a comienzos del siglo XX, no estaban al alcance de cualquiera. Esto no es algo malo, es algo bueno. Es el resultado de un mundo en el hay que más democracia y mejores instituciones, más innovación y más economía de mercado, más oportunidades en materia de educación y salud, etc. Gracias a todo eso, la gente ha mejorado su nivel de vida y, al mismo tiempo, las diferencias entre las élites y el resto han ido a menos.

Riqueza inmobiliaria y financiera

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Cuáles son las cifras más relevantes para entender mejor ese escenario de mayor igualdad que plantea en su obra?

Daniel Waldenström: Hace ahora cien años, la riqueza neta de las principales sociedades de Occidente estaba, en un 75%, en manos del 10% de mayor patrimonio. Desde entonces, la riqueza media se ha multiplicado por siete, pero el reparto de esa tarta creciente se ha alterado notablemente y, hoy en día, en torno al 25% de la riqueza está en manos del 10% de mayor patrimonio. En cambio, el 90% de la población ha pasado de amasar apenas un 25% de la riqueza total a comienzos del siglo XX a aproximadamente un 75% en la actualidad. Así pues, nuestras sociedades son siete veces más ricas – y el peso relativo de la riqueza acumulada por el 90% de la ciudadanía se ha multiplicado por tres.

Diego Sánchez de la Cruz: Somos más ricos, pero ¿a través de qué tipo de activos?

Daniel Waldenström: Esa riqueza popular se expresa esencialmente por dos vías: la propiedad inmobiliaria y la tenencia de productos financieros de ahorro. El ser dueños de una casa y el tener dinero en el banco o invertido en los mercados han hecho que, en el agregado, los niveles de riqueza se eleven para el grueso de la ciudadanía.

El caso de Suecia

Diego Sánchez de la Cruz: La experiencia de su país, Suecia, es ilustrativa sobre la evolución de la riqueza bajo distintos modelos de política económica.

Daniel Waldenström: Sin duda. Mi país, Suecia, aplicó políticas muy intervencionistas en los años 50, 60, 70… Se veía con desconfianza a los ricos y se promovía un modelo igualitarista que, siendo justos, funcionó cada vez peor, hasta hundir los niveles de crecimiento y disparar las cotas de inflación. Desde los años 80 y, sobre todo, los 90, Suecia adoptó reformas de mercado que trajeron consigo más propiedad de activos inmobiliarios y financieros entre la ciudadanía, de modo que esa desregulación elevó la igualdad de riqueza, que no la desigualdad.

Diego Sánchez de la Cruz: En sus trabajos plantea también que ese paradigma de más igualdad y más riqueza es coherente con la convergencia a mejor que han arrojado distintos indicadores de desarrollo.

Daniel Waldenström: Creo que no es correcto dar por bueno que el progreso en materia de igualdad se mide solamente con referencia a estos datos. Si nos fijamos en los datos, vemos que la esperanza de vida, el acceso a bienes básicos como la educación y la salud, la capacidad de comprar bienes y servicios de consumo que hacen nuestra vida más fácil… En todas esas métricas, hoy vivimos en sociedades con mayor prosperidad y abundancia.

El papel de los empresarios innovadores

Diego Sánchez de la Cruz: Muchos de los debates sobre la desigualdad dan por buenos los datos de las listas mediáticas que nos hablan de los ciudadanos más ricos del país, pero su perspectiva es más escéptica.

Daniel Waldenström: Yo creo que hay que ser cautelosos. El caso de Robert Maxwell fue muy llamativo. Era descrito a menudo como un magnate de la prensa y la comunicación que amasaba una de las mayores fortunas del mundo, pero a su muerte salieron a la luz muchas deudas que no eran de dominio público y que, en la práctica, anulaban buena parte del patrimonio que se le imputaba. Por lo tanto, no hay que dar por buenas esas publicaciones, sin más. La realidad es más compleja y no debemos guiar el debate sobre la desigualdad en base a tales rankings.

Diego Sánchez de la Cruz: Antes me decía que se habla de “los ricos” de forma acrítica, sin pararse a pensar en las muchas aportaciones positivas que pueden hacer esas élites económicas a nuestra sociedad.

Daniel Waldenström: Cuando se habla de los “ricos”, a menudo se hace demonizando sin más a personas de gran patrimonio, ignorando que, en muchos casos, parte importante de los bienes y servicios que disfrutamos se deben a innovaciones que han creado empresarios muy innovadores que han sido capaces de brindar bienes y servicios compitiendo en el mercado, generando valor y aportando riqueza. Ir contra quienes han liderado ese proceso es un grave error.

Ricos hoy, pobres mañana

Diego Sánchez de la Cruz: Además, los ricos de hoy… pueden no ser ricos mañana.

Daniel Waldenström: La economía es algo dinámico. En 2022, el stock de Tesla se redujo un 65%. ¿Debíamos alegrarnos, pues, de que Elon Musk experimentase esa caída en su patrimonio? ¿En qué medida hizo que los demás estuviésemos en una situación más favorable? Creo que tenemos que pensar de forma más serena sobre el papel positivo que a menudo juega la riqueza en la economía y la sociedad.

Diego Sánchez de la Cruz: Sin embargo, los estudiosos de la desigualdad suelen comparar a las élites de hoy con las de ayer como si fuesen un grupo homogéneo de personas que siempre son las mismas y se colocan en cabeza de un modelo inmovilista.

Daniel Waldenström: La competencia en el mercado es una realidad innegable. Los ricos de hoy no son necesariamente los mismos de hace 100 o 50 años. Por eso, comparar al 10% más rico de 2024 con las élites económicas de 1924 o de 1974 no tiene tanto sentido como a veces tendemos a pensar, principalmente por dos razones: por un lado, porque la economía ha cambiado y, por ejemplo, hoy podemos vender bienes y servicios a nivel global con muchas más facilidades que antaño; por otro lado, porque las personas que figuran entre el 10% más acaudalado no son las mismas, sino que han sido relevadas, en muchos casos, por otros individuos que han superado sus niveles de patrimonio.

La clave de la desigualdad está en los más pobres

Diego Sánchez de la Cruz: Vd. argumenta que una sociedad con más oportunidad no se consigue quitando patrimonio a los ricos a golpe de impuestos, sino facilitando el enriquecimiento de todos.

Daniel Waldenström: Es crucial entender que la movilidad social y la igualdad de oportunidades son aspectos positivos con los que muchas personas están de acuerdo, porque son algo positivo. Hay sociedades en las que no hay ricos y, francamente, son sociedades muy pobres. Para tener desarrollo, debemos cultivar una economía de mercado combinada con un sistema de instituciones plurales y democráticas. Pues bien, si queremos sociedades con más oportunidad, tenemos que promover una educación de calidad que sea accesible para todos y que contribuya a generar valor, cultivar un mercado laboral que funcione bien y facilite el desarrollo profesional, asegurar un modelo de mercado competitivo y dinámico…

En cambio, a menudo se intenta revertir la desigualdad a base de imponer la igualdad de resultados, lo que suele hacerse aplicando impuestos sobre la riqueza y la propiedad, que apenas generan impacto recaudatorio, pero desincentivan por completo la inversión, la productividad y el crecimiento. Son soluciones que no necesariamente reducen la desigualdad, porque al final este es un debate que abarca muchas cuestiones, pero que sin duda suelen conducirnos a economías menos dinámicas.

Impuesto sobre el patrimonio

Diego Sánchez de la Cruz: España es el segundo país de la OCDE con más gravámenes sobre el patrimonio y la riqueza de sus contribuyentes…

Daniel Waldenström: Históricamente, muchas de las economías de Occidente han tendido a tener impuestos muy elevados sobre el capital y la riqueza, que a priori se justificaban para financiar servicios básicos y una red pública que garantice el acceso a la educación, la sanidad, etc. Eso está bien sobre el papel, pero con el tiempo se fue comprobando que estos gravámenes tienen un impacto negativo sobre el crecimiento, de modo que, al final, su resultado era el de destruir riqueza, golpear el emprendimiento y, al final, generar una reducción en los niveles de recaudación fiscal potencial.

Además, con estos impuestos se complica la captación de inversión, la transferencia de negocios, etc. Es un error aplicar estos tributos y, especialmente, es peligroso hacerlo de una manera que introduzca escenarios de doble o triple tributación o, peor aún, con gravámenes sobre ganancias del capital teóricas y no realizadas, como se propuso recientemente en Estados Unidos por parte de la izquierda. Con el tiempo, hemos descubierto que estos impuestos son muy contraproducentes. España se está equivocando.

Thomas Piketty

Diego Sánchez de la Cruz: Fue compañero de Thomas Piketty. ¿Qué opina de la fama que cobró con El capital en el siglo XXI y de las ideas que ha defendido a raíz de su exitoso best seller?

Daniel Waldenström: Académicamente, creo que Piketty ha planteado algunas preguntas interesantes, ha recabado datos de largo trazo que ayudan a discutir sobre estos temas con datos duros, ha lanzado algunas teorías llamativos. Creo que le preocupa genuinamente que la desigualdad vaya a más y se ha esforzado por animar ese debate. Como dices, fuimos compañeros de trabajo en París y mi trato con él siempre fue bueno en lo personal. Con todo, he de decir que, al igual que con muchas personas cuya ideología es más de izquierdas, Piketty parece estar cerrado a aceptar datos e interpretaciones que cuestionen su relato sobre la desigualdad.

Es algo habitual entre muchos académicos de este tema con un prisma más socialista: a menudo, se resienten a aceptar los argumentos que ponen en tela de juicio su discurso. Pero también la derecha tiene parte de culpa en todo esto, porque no ha querido entrar en este debate y ha permitido que Piketty y sus seguidores dominen por completo la conversación, asentando en ella afirmaciones y propuestas que, en mi opinión, no son correctas. Creo que ha habido poca contestación, que se ha posicionado un debate muy unilateral y que ahora debemos ampliar la conversación y hacerla más rica y plural.

Hacia un sistema privado de pensiones, vía Piketty

Diego Sánchez de la Cruz: Siempre he dicho que, si Piketty cree que el capital ganará peso al trabajo, entonces tenemos razones de sobra para avanzar hacia modelos de capitalización de las pensiones. En su país han dado algunos pasos importantes en ese sentido…

Daniel Waldenström: En el sistema de pensiones sueco hemos incorporado desde hace ya dos décadas las aportaciones a planes privados, facilitando un modelo de capitalización y ahorro que invierte el ahorro privado de los trabajadores, de forma profesional y con carteras diversificadas. En base a los resultados de rentabilidad, es evidente que el modelo arroja buenos resultados. Creo que esto genera un sistema más transparente, que ayuda a gestionar la transición demográfica, que facilita el acceso a la riqueza para las masas y que democratiza las finanzas de una manera que contribuye también a reducir la desigualdad.

Es inteligente apostar por esos modelos de ahorro, que son una forma fantástica de innovar para promover el ahorro, reducir el riesgo y despolitizar la cuestión de los ahorros para la jubilación. Además, creo que generar más riqueza privada es porque nos ayuda a financiar préstamos, financiar inversiones, financiar una vida mejor.

La propiedad de la vivienda en España

Diego Sánchez de la Cruz: En España se ha demonizado el modelo de vivienda en propiedad, pero ahora que los precios suben muchas familias respiran aliviadas porque son dueñas de la casa en la que residen. Eso reduce sus problemas económicos y genera riqueza entre las clases medias.

Daniel Waldenström: Tener casa en propiedad no es algo malo. Los países con mayor stock de vivienda en propiedad tienden a tener menos desigualdad de riqueza entre sus ciudadanos, como vemos por ejemplo si comparamos los resultados de Alemania, donde el porcentaje de vivienda en propiedad ronda el 45%, con España, donde ese indicador es aproximadamente 30 puntos mayor.

Pues bien, la desigualdad de riqueza es menor en España. Y, en gran medida, favorecer una sociedad de propietarios ha sido clave para provocar esta circunstancia de mayor equidad patrimonial. De modo que las políticas fiscales o regulatorias que facilitan el acceso a la vivienda deben tomarse en cuenta como aspectos positivos que ayudan a enriquecer a las masas sin empobrecer a las élites. Traen como resultado último una sociedad más igual en términos de riqueza y desarrollo.

Ver también

No podemos mejorar la movilidad social sin libertad económica

Por Vincent Geloso. No podemos mejorar la movilidad social sin libertad económica fue publicado originalmente en CapX.

La movilidad social en el Reino Unido viene experimentando un declive desde los años setenta. Esto, unido al estancamiento del nivel de vida en los últimos años, ha reavivado la preocupación por la desigualdad y la equidad. ¿Cómo puede la sociedad justificar una riqueza extrema mientras se niegan oportunidades económicas a los menos favorecidos?

Una sociedad desigual corre el riesgo de desarrollar diferencias sostenidas en los resultados de una generación a otra. Esto se debe, se argumenta, a las disparidades en el acceso a las oportunidades. Las familias más ricas pueden permitirse una mejor escolarización de sus hijos que las más pobres. Estos niños también tienen conexiones sociales mayores y más influyentes, lo que conduce a una desigualdad persistente en el estatus socioeconómico. Por consiguiente, aunque la sociedad se haya enriquecido, la posición relativa de todos puede seguir siendo la misma. Los que nacen en la cima se quedan allí. Los que nacen en la parte baja, trágicamente, a menudo se quedan encerrados.

Impuestos y regulación contra la movilidad

El remedio más citado contra la desigualdad es la subida de impuestos y una mayor redistribución a través del bienestar y los servicios públicos. Estas políticas bienintencionadas pretenden crear más oportunidades de movilidad socioeconómica ascendente.

Pero si queremos impulsar eficazmente la movilidad, como analizo en un artículo reciente, debemos reconsiderar esta estrategia. Aunque unos impuestos elevados pueden financiar programas que ayuden a las personas de rentas más bajas a acceder a nuevas oportunidades, crean incentivos débiles para la creación de riqueza y un menor crecimiento económico; dos factores que repelen activamente la movilidad.

Los llamamientos a una mayor intervención estatal tampoco tienen en cuenta cómo las normativas existentes empeoran la movilidad social. Tomemos el ejemplo de nuestro sistema de planificación, que inhibe la oferta de viviendas y, a su vez, aumenta los precios de la vivienda. Éstos han sido la principal causa de la crisis inmobiliaria británica, que ha hecho que las ciudades sean inaccesibles para las personas con bajos ingresos.

Esto es obviamente problemático por muchas razones, pero lo es especialmente porque las ciudades han sido durante mucho tiempo grandes centros de oportunidades. Su densidad, dinamismo y diversidad las hacen altamente productivas, lo que se traduce en salarios e ingresos más elevados para los trabajadores. Los elevados precios de la vivienda dificultan el acceso a los empleos urbanos. Las familias con rentas más bajas, al estar geográficamente excluidas de estas oportunidades, también se ven atrapadas en sus clases sociales.

Licencias y planificación

Otro ejemplo son las licencias profesionales. A menudo pensamos que los empleos altamente cualificados, como médicos y abogados, son los más afectados por estas normativas. Esto es incorrecto. En los países occidentales, sobre todo en Gran Bretaña y Estados Unidos, la concesión de licencias ocupacionales ha crecido en alcance y escala hasta afectar a numerosas ocupaciones de ingresos bajos y medios.

Por ejemplo, trabajar en la construcción o la seguridad y, en algunos lugares, incluso pasear perros. En algunos sectores en los que la concesión de licencias tiene más sentido, como la abogacía y la medicina, los regímenes reguladores son extremadamente estrictos, y a menudo se limita el número de personas que pueden obtener las cualificaciones necesarias. El resultado es que una serie de ocupaciones que podrían permitir a la gente ascender en la escala social son inaccesibles para todos, salvo para unos pocos.

Estos son sólo dos ejemplos, aunque de gran envergadura. En ambos casos, un planteamiento de “primero, no hacer daño” mejoraría las cosas. La liberalización del sistema de planificación y concesión de licencias profesionales fomentaría la movilidad social al ampliar el abanico de oportunidades económicas a las que puede aspirar la gente.

Finalmente, la libertad

Podemos ampliar estos ejemplos examinando los datos internacionales sobre la movilidad intergeneracional de los ingresos de las personas nacidas en las décadas de 1970 y 1980 en más de 100 países. Cuando se combinan con datos relativos a los niveles de libertades económicas (libertad para comerciar, regulación limitada, derechos de propiedad, seguros, etc.), podemos ver que estos últimos están fuertemente asociados con los primeros. Incluso dentro del grupo de las democracias liberales, los países con mayores niveles de libertad económica disfrutan de una mayor movilidad social.

Tipos de datos similares muestran lo mismo a nivel local. Por ejemplo, en Estados Unidos, alguien nacido en el cuartil económicamente más libre de todas las áreas metropolitanas experimentará entre un 5 y un 12% más de movilidad de ingresos (en relación con sus padres) que alguien nacido en el cuartil económicamente menos libre.

De manera crucial, en toda la literatura sobre libertad económica y movilidad social, encontramos que la libertad económica mitiga los efectos de la desigualdad. De hecho, en los lugares económicamente más libres, los efectos adversos de la desigualdad de ingresos sobre la movilidad social se anulan.

Estos resultados son cruciales para informarnos sobre las formas más eficaces de impulsar la movilidad social. A veces, menos es más. En este caso, más libertad económica es mejor que menos. Antes de plantearse nuevos injertos en el disfuncional Estado del bienestar británico, quizá sea hora de considerar el planteamiento de “primero, no hacer daño”.

Ver también

Desigualdad a largo plazo. (Carlos Rodríguez Braun).

Mitos y realidades de la desigualdad en España. (Informe).

¿Qué fue antes, la desigualdad o la pobreza?

Lo importante no es que no haya ricos, lo importante es que no haya pobres.

Mijaíl Gorbachov

La desigualdad es un fenómeno que ha acompañado a la evolución humana desde sus orígenes.

Como es generalmente sabido, la pobreza entendida como la ausencia de riqueza, es el estado natural del hombre. Hasta el desarrollo de la civilización moderna, la pobreza era la norma general entre los seres humanos y continuó siéndolo hasta la llegada del capitalismo hace menos de doscientos años. La imparable creación de riqueza, y la consecuente gran disminución de pobreza dieron lugar a un efecto colateral: la desigualdad.

Actualmente, el fenómeno de la desigualdad se encuentra en el punto de mira de la sociedad, a causa de su presencia en el repetitivo discurso político e ideológico, que achaca a este fenómeno la existencia de pobreza en las economías del mundo. En el presente escrito desmontaremos el dogma de la desigualdad como causante de la pobreza.

Para ello, es fundamental conocer los conceptos que forman el núcleo de este artículo: pobreza, crecimiento económico y desigualdad. Entendemos pobreza como la ausencia de riqueza, si bien es cierto, que en la actualidad este término ha adquirido multitud de “segundos nombres” ridículamente atribuidos por los ideólogos y políticos: pobreza material, pobreza rural, pobreza social, pobreza energética, pobreza menstrual, y un absurdamente extenso etcétera que no pretende más que distraer la atención del auténtico problema y de su indiscutible solución.

Por otro lado, el concepto de crecimiento económico ha sido modificado y moldeado a gusto de nuestros dirigentes y otros personajes de gran influencia, por lo que, yendo a la raíz y origen del término lo definiremos sencillamente como el aumento del PIB, PIB per cápita o la Renta nacional de un país durante un periodo de tiempo (generalmente un año).

Respecto a la idea de desigualdad, lo primero que debemos aclarar es que se trata de un concepto matemático. Existe igualdad cuando dos expresiones algebráicas tienen un mismo resultado (relacionadas por el signo =), y desigualdad cuando estas no resultan tener el mismo valor. Partiendo de esta premisa, podemos afirmar que los progresistas secuestraron este concepto, dándole un significado social. Todo ello sin sentido alguno, pues es completamente inútil intentar extender un concepto matemático exacto a la acción humana.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo, podemos establecer que hay “desigualdad social” cuando hay una falta de identidad o similitud entre dos o más individuos, es decir, que se encuentran en la condición o circunstancia de no tener una misma raza, propiedades o renta. En definitiva, este término no hace más que enunciar algo que forma parte de la esencia de la raza humana, que somos diferentes unos de otros.

En la actualidad existe gran tendencia, por un lado, a asimilar los conceptos de desigualdad y de pobreza, en tanto que ambas son, en teoría, fenómenos negativos que deben ser erradicados, y por otro, asegurar que existe una relación entre estos términos: que la desigualdad es causante de la pobreza que asola el mundo en nuestros días y que aquellos que se enriquecen son los culpables de que aún exista población en situación de pobreza. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, los conceptos de desigualdad y pobreza son completamente disímiles. La desigualdad social (retomando la definición dada anteriormente) es la «Condición o circunstancia de un ser humano de no tener una misma naturaleza, cantidad, calidad, valor o forma que otro, o de diferenciarse de él en uno o más aspectos» según Oxford Languages. Atendiendo a esta definición podemos afirmar que simplemente recuerda una condición primigenia y natural entre los individuos: que somos diferentes unos de otros. Con diferentes capacidades, debilidades y fortalezas, que llevan inevitablemente a resultados y expectativas diferentes. Y eso es lo que justamente da lugar a esa diversidad tan valorada y tan a la orden del día. Por lo tanto, es incomprensible la connotación negativa que se le ha atribuido a este concepto en la sociedad actual.

Respecto a la pobreza, como ya hemos explicado, su definición ha experimentado numerosísimas modificaciones según el interés de unos y otros a lo largo de la historia, por lo que nos limitaremos a una definición simple (a partir de la RAE): se trata de la circunstancia de carencia o escasez de lo necesario para cubrir las necesidades básicas. Como adelantamos en la introducción, la pobreza es la condición en la que surgió la humanidad, la pobreza más plena y absoluta. Sólo el avance y prosperidad de los más astutos, y posteriormente, de una gran parte de la población mundial (cada vez mayor) rompió con esta condición, gracias a la acumulación de riqueza.

Podemos concluir entonces que lo único que tienen en común estos dos conceptos es que ambos son difíciles, por no decir imposibles, de erradicar. En el caso de la desigualdad, siguiendo la definición dada anteriormente, los seres humanos, por naturaleza, somos diferentes unos de otros. Acabar con la desigualdad supondría adulterar la naturaleza humana, pretendiendo igualar las capacidades de cada individuo (lo cual es imposible) o los resultados de los mismos (lo cual es injusto). Sería necesario para ello violentar la propiedad privada de las personas, igualando la riqueza de todas ellas siempre en el nivel más bajo. Porque la igualación de la riqueza de los individuos solo puede producirse de dos maneras: o bien igualando por arriba, para lo cual sería necesaria una aportación de riqueza que no existe. O bien igualando por abajo, lo que significaría, por una parte, sustraer rentas a quienes las han ganado honradamente, y por otra regalar esas rentas a cambio de nada, a quienes no las han obtenido con su propio esfuerzo. Ambas cosas serían igualmente injustas.

Un ejemplo de ello es el sistema educativo español, donde los alumnos sobresalientes son castigados por el sistema y los alumnos más atrasados premiados, condenando a todos por igual (eso sí) a la mediocridad.

En el caso de la pobreza, se trata de un fenómeno que siempre estará presente en el mundo, por tres razones principalmente: 1) los recursos de los que disponemos son limitados. A pesar de que es posible crear riqueza, los medios para ello no son ilimitados. 2) las necesidades a cubrir siempre tienden a aumentar. Es decir, conforme progresa una sociedad y son cubiertas las primeras necesidades, aparecen otras nuevas. Por consiguiente, también aumentan las necesidades que se consideran “básicas”. Ejemplos son: el teléfono móvil, que con el paso de los años se ha convertido en un elemento fundamental para mantenerse comunicado, o el acceso a internet, que la reciente pandemia por el Covid-19 ha convertido en algo imprescindible. Estos dos primeros puntos, quedan resumidos en una simple frase: recursos limitados, necesidades ilimitadas. 3) Alguien puede querer verse en esa situación, vivir sin posesiones materiales ¿y quiénes somos nosotros para obligar a ese individuo abandonar la circunstancia deseada? ¿a decirle cómo debe vivir?

En lo que se refiere a la relación entre la desigualdad y pobreza, pese a que pueda parecer algo obvio, no es la desigualdad la culpable de la pobreza, es la salida masiva de la pobreza la que da lugar a desigualdad. Si hilamos todo lo explicado anteriormente podemos deducir, que la desigualdad es natural, positiva, y permanente. Luchar contra ella sólo resultaría en un panorama peor que el que se pretende “resolver”.

Finalmente, es interesante mencionar la cuestión de la igualdad de oportunidades. Se trata de una garantía/mecanismo muy útil para el aumento de riqueza, y por ende para que la población salga de la pobreza. No obstante, también hay una confusión generalizada en torno a este término. Ya nos hablaba de ello Amartya Sen, con su teoría de la capacidad: la mayoría habla de garantizar la igualdad de oportunidades, refiriéndose en realidad, a la igualdad de resultados. Me explico: se debe tratar de garantizar el mayor número de oportunidades que un mercado libre pueda ofrecer, para que, de esta forma, el individuo tenga más posibilidades de desarrollo académico, futuro profesional y enriquecimiento. No obstante, no debemos inmiscuirnos en los resultados obtenidos, pues cada persona a través de sus deseos, de sus capacidades, pero sobretodo a través del trabajo duro y el esfuerzo, alcanzará un resultado diferente. Intentar igualar esos resultados nos sumiría en el conformismo y la mediocridad, los enemigos del enriquecimiento y el progreso.

Tras todo lo aventurado, nos reafirmamos en tres cuestiones: que la connotación negativa que se le ha atribuido al concepto de desigualdad no tiene sentido, en tanto que se trata de un fenómeno que aparece con la salida masiva de la pobreza de gran parte de la población mundial; que la desigualdad y la pobreza guardan una relación inversa, en contraposición a lo que tiende a creer la sociedad actual; y que lo verdaderamente fundamental es garantizar el número máximo de oportunidades, las que permite el mercado libre. Los errores de comprensión o definición de los términos: desigualdad, pobreza y crecimiento económico pueden llevar a catástrofes de gran magnitud en las economías del mundo, y por consiguiente en del desarrollo de la humanidad.

Desigualdad y Sugarscape

La desigualdad es uno de los grandes temas dentro de la economía. En los últimos años se ha hecho incluso más popular con las famosas obras de Piketty. Destacan en este campo economistas como Branko Milanovic, Anthony Atkinson o Angus Deaton; este último ganador del Premio Nobel de Economía en 2015. Además, la desigualdad es uno de los puntos más analizados cuando se establecen comparaciones entre sistemas económicos, como el clásico capitalismo versus socialismo Muchos economistas consideran la desigualdad como negativa a partir de ciertos niveles, pues provoca inestabilidades en el sistema económico. Otros incluso la consideran moralmente indeseable, y abogan por una mayor igualdad.

En este sentido, una de las grandes preguntas que cabe hacerse es: ¿se debe la desigualdad a factores naturales o es resultado de la configuración de un sistema económico que privilegia a ciertos grupos frente a otros? La respuesta a esta pregunta es de considerable trascendencia para la economía, porque, si la desigualdad resulta de una determinada configuración social conscientemente diseñada, estaría justificado intentar reconfigurar esa estructura social y económica para que siguiera un curso espontáneo con una tendencia no tan desigual. Sin embargo, si se probase que la desigualdad es natural al propio sistema y las interacciones entre sus miembros, quedaría injustificada la intervención para la corrección de ese resultado desigual, al menos, bajo la afirmación de que un sistema económico capitalista o de libre mercado beneficia deliberadamente a ciertos grupos.

Resolver esa pregunta no es algo trivial. De hecho, sería muy complicado intentar responderla basándose en la historia. Es muy compleja y nunca ha permitido las versiones más puras o hipotéticas de sistemas económicos, por lo que cualquier respuesta que se pueda aportar sobre la evidencia empírica o histórica nunca será completa o definitiva; siempre podrá estar sujeta a correcciones o reinterpretaciones.

Aun así, el desarrollo de distintos métodos económicos y de la capacidad de computación nos aporta nuevas herramientas de análisis económico y simulación que nos permiten comprobar o testar estas hipótesis que son muy difícilmente corroborables a la luz de fenómenos tan complejos como la propia historia. Una de estas herramientas son los agent-based models o modelos basados en agentes. Estos son modelos computacionales que permiten la simulación de determinadas interacciones entre agentes heterogéneos a la luz de unas condiciones o de un entorno iniciales. La idea fundamental es que el desarrollador del modelo programa las condiciones iniciales, pero luego deja que el propio modelo se desarrolle y el resultado del mismo sea emergente, es decir, espontáneo. El resultado agregado del modelo no se conoce de antemano. Este se corre en sucesivas veces para ver cuál es el resultado a posteriori, al tiempo que se intenta analizar la influencia final de las variaciones en las condiciones iniciales de los parámetros. Estos modelos aportan mucho más realismo a la economía que otros tradicionales como los ampliamente usados Dynamic Stochastic General Equilibrium models (DSGE), pues permiten introducir más complejidad a través de, por ejemplo, heterogeneidad en el comportamiento de los agentes.

Los modelos basados en agentes permiten realizar simulaciones con mayor grado de realismo. Estas simulaciones son las que sirven a los economistas para testar, de alguna manera, sus posibles hipótesis, puesto que estas serían difícilmente replicables en la propia realidad. Así, uno de los primeros modelos con más repercusión fue el realizado por los profesores Joshua Epstein y Robert Axtell en los años 90. Este era un sistema multi-agente, inspirado en los modelos de segregación de Thomas Schelling y en el “Game of Life”, al que llamaron Sugarscape. Este modelo fue desarrollado en un libro que se tituló Growing Artificial Societies: Social Science from the Bottom-Up (1996). Como el propio título del libro indica, la idea era intentar estudiar cómo las sociedades podían evolucionar de forma espontánea a través de simulaciones computacionales. Para ello, se sirvieron del modelo del Sugarscape.

El Sugarscape original incluía 250 agentes al empezar, un ambiente representado en una cuadrícula de dos dimensiones de 51×51 celdas o casillas y una serie de normas determinando el ambiente y el comportamiento de los agentes. Como ilustración, podemos pensar en un gran tablero de ajedrez como algo similar. En ese tablero, cada celda puede contener una cierta cantidad de azúcar, desde cuatro unidades (máximo) hasta cero unidades (mínimo), siendo este el único recurso económico en ese mundo. La cantidad de azúcar se reparte en el tablero de tal forma que quedan dos grandes montañas de tres y cuatro unidades de azúcar por casilla, una en la esquina noreste y otra en la esquina suroeste del tablero. Entre estas dos montañas hay una zona de casillas con poco azúcar o ninguno.

Cada agente en el modelo ejecuta un programa independiente distinto, que toma información del ambiente, la digiere y luego toma decisiones para actuar. En la versión más básica, los agentes pueden buscar azúcar, moverse y comer. Esto es, cada agente tiene una capacidad de visión de x casillas para encontrar azúcar, luego una x capacidad de movimiento para desplazarse hacia las casillas con azúcar y, por último, también tienen un metabolismo más lento o rápido para digerir ese azúcar y proporcionarse energía para poder seguir buscando azúcar, moverse y consumirlo para no perecer. Estas características individuales se adquieren genéticamente en el modelo, es decir, son asignadas de forma aleatoria a cada agente. El modelo se corre varias rondas, por lo que los agentes pueden ir acumulando energía en función del saldo de azúcar que comen y que consumen, siendo aquellos que entran en déficit “calórico” eliminados del juego como si hubieran muerto.

En este modelo, donde tenemos unos recursos dados, como el azúcar, y una serie de agentes individuales y heterogéneos que tienen cada uno unas capacidades de actuación, la idea era estudiar si una sociedad podía desarrollarse o no, en función de la supervivencia de sus miembros. Por supuesto, tanto la asignación de capacidades como la ocupación en el espacio de los agentes es definida aleatoriamente antes de que se empiecen las simulaciones. Al correrse el modelo, se empezaron a ver, después de unas primeras rondas caóticas, que el orden aparecía, que los agentes eran capaces de aprovechar muy bien el azúcar que había distribuido por el tablero, y que rápidamente tendían a confluir al patrón geográfico de las dos montañas de azúcar, quedando la distribución de agentes concentrada y de acuerdo a la disposición de los dos montones de azúcar.

Además de lo anterior, Epstein y Axtell analizaron una serie de estadísticas que el modelo arrojaba, como era la evolución de la distribución de la riqueza, definida como la cantidad de azúcar acumulada por agente en cada momento del tiempo (simulación). Así, descubrieron un resultado muy interesante. Antes de correr el modelo, la distribución de la riqueza era bastante igualitaria, siguiendo una curva de distribución en forma de campana, con unos pocos agentes extremadamente ricos, otros pocos extremadamente pobres y una amplia “clase media”. Sin embargo, a medida que las simulaciones se repetían, la distribución fue cambiando. La riqueza media aumentaba, pero la distribución cambió drásticamente desde una curva en forma de campana hacia una curva acorde a la conocida distribución de Pareto, donde podemos encontrar unos pocos agentes extremadamente ricos en un extremo, y cada vez un mayor número de agentes en deciles inferiores de riqueza, terminando con una gran concentración de agentes en el rango de pobreza. A esta distribución corresponde la proporción 80-20, es decir, que el 80% de la riqueza es poseída por el 20% de la población, algo que se ha demostrado en muchas distribuciones de riqueza en numerosos países en las últimas décadas.

Como se vio en el Sugarscape, de manera evolutiva y espontánea, con unas asignaciones iniciales aleatorias e igualitarias, la desigualdad aumentaba con el paso del tiempo o las simulaciones. La causa no era la genética de cada individuo. Tampoco su distribución en el espacio, pues ambas de determinaban aleatoriamente, y esto implicaría que la distribución final debiera mantenerse en el tiempo. Según Epstein y Axtell, la causa de esta evolución de la distribución y la desigualdad, en esencia, era “todo”. Es decir, la desigualdad de riqueza como resultado del sistema era una propiedad emergente del propio modelo, que no es predecible de antemano. La combinación del diseño geográfico, la genética de los agentes, su ocupación en el espacio, sus reglas, sus dinámicas, e incluso la suerte, hicieron que la distribución de riqueza resultara y evolucionara de esa manera.

Este modelo se ha ido complementando con el tiempo. El propio Epstein y Atxell lo hacen en su libro añadiendo el factor sexo. Otros muchos modelos posteriores del Sugarscape se han usado para estudiar distribuciones de riqueza, por lo que este primer modelo tampoco puede apoyar de manera completa unas conclusiones definitivas acerca de la desigualdad.

Sin embargo, esta simulación arroja suficiente luz para las habituales discusiones sobre desigualdad en sistemas de libre mercado o capitalista. Se suele decir que el sistema capitalista o de libre mercado genera desigualdad de forma consciente y deliberada. Es decir, la economía está manejada y creada para beneficiar a ciertos grupos. Lo cierto es que, en un sistema completamente capitalista, sin ninguna intervención, dadas unas condiciones iniciales casi perfectamente igualitarias, con una distribución de la riqueza como si se hubiera hecho desde un “velo de ignorancia”, el resultado de las simulaciones con unas normas justas e iguales para todos acaba siendo significativamente desigual. La causa de ello no es única o deliberada, sino que es múltiple y compleja, ocurriendo de forma emergente, por lo que no se puede ni siquiera anticipar.

Esto nos muestra de alguna manera que la creación de desigualdad es intrínseca y natural a la propia evolución, que no es controlable, y que incluso puede aparecer y aparece a partir de condiciones iniciales hipotéticas muy igualitarias. Cabría estudiar ahora, también mediante simulación, las consecuencias para el sistema de una alteración o corrección en la distribución de la riqueza habiéndose generado desigualdad: ¿tendríamos supervivencia y desarrollo o estancamiento? Eso es algo que podríamos desarrollar en próximos artículos.

Repensar la desigualdad

Nos gobierna una “new age” [EB1] que, de repente, solo piensa en la desigualdad. En 20 años nuestros males han pasado de ser la pobreza y el hambre a ser la desigualdad. De repente lo que nos preocupa no es la pobreza, lo que nos preocupa es que Jeff Bezos y Amancio Ortega tienen demasiado comparado con el que no tiene. Tienen demasiado y no se lo podemos quitar, por cierto, ésa realmente es la gran preocupación y el éxito de unos derechos de propiedad definidos.

Así que decimos que tenemos que “repensar el capitalismo”, jamás oí a nadie hablar de “repensar el socialismo” pero, eso sí, los grandes gurús de la quiebra de las economías, con gran valentía, piden repensar el capitalismo. Dos cosas al respecto, el capitalismo se repiensa solo desde el mismo momento que cualquier persona del mundo sale a la calle a comerciar, es el ingenio el que repiensa el libre comercio, las miles de cabezas deseando que el futuro, que su futuro, sea mejor que el presente, que su presente. La segunda cuestión a comentar es que “repensar el capitalismo” no puede consistir en inventarse una manera de expoliar al rico merecido; como máximo y no en todos los casos, podremos expoliar al rico sin merecerlo a través de mecanismos legales pero, como digo, no en todos los casos se puede conseguir porque el mercado, el legal y el ilegal, van siempre por delante de las leyes, las legales y las ilegales.

Releo con atención estos días a Milanovic y su curva del elefante, matizada y criticada por él mismo en el propio libro. Interesante, sin duda. No podría estar más de acuerdo acerca de llamar a la curva de Kuznets: “el ciclo de Kuznets”, realmente la curva impacta en un periodo de tiempo pero, de acuerdo con Milanovic, si tenemos grandes avances no podemos descartar que haya, como ha ocurrido desde los 80 en varios de los países más ricos, un repunte de la desigualdad. [EB3] «La desigualdad es muchas veces síntoma del éxito de la economía de un país» Angus Deaton, Premio Nobel de Economía. Sospecho que habrá miles de repuntes porque cada día irán mejor las cosas para la mayoría de los países; si miramos estadísticas como el crecimiento del PIB a nivel mundial (gráfico adjunto) y los avances que están por llegar en diferentes tecnologías.

Ahora bien, si cuando un gobierno dice que crea empleo, el partido opositor responde que no es empleo de calidad, si cuando alguien dice que las personas más ricas son estadísticamente más felices el otro le dice que debemos ver cómo se mide la felicidad.

¿Por qué nunca REPENSAMOS LA DESIGUALDAD?

Aquí va mi propuesta, aunque quiero comenzar diciendo que el índice GINI baja cada año y seguirá bajando salvo en momentos donde tengamos grandes avances, por ejemplo, tecnológicos en la humanidad, es decir, buenas noticias para todos[EB5]  (adjunto gráfico).

  1. La desigualdad debería tomar en consideración que, por ejemplo, hace 50 años había productos que eran de lujo y ahora son lo que cualquiera llamaría “básico”. De hecho, el gobierno de España lo llama “privación material severa” (https://www.mscbs.gob.es/ssi/familiasInfancia/inclusionSocial/inclusionSocialEspana/Evolucion_indica_pobreza_09_18.pdf) incluyendo la comida, la lavadora o la calefacción. Cada día tenemos más calefacción, más agua, más comida, etc., todo esto debemos tomarlo en consideración.
  1. El índice debería incluir la diferencia entre un bien complementario y uno sustitutivo porque no es lo mismo ser desigual pero que ambos tengan televisión, teléfono móvil y una casa, a desigual pero que uno pase hambre y otro cene bocadillos de caviar. No me imagino a Elon Musk viendo 5 televisiones a la vez en su casa y solo el infame Maradona alardeaba de llevar 2 Rolex a la vez para no equivocarse de mano al mirar la hora. Generalmente la gente tiene una televisión en el salón, una nevera, un reloj en la muñeca, un ordenador y un teléfono móvil. Dirigiendo MICROWD, que trabaja con 7.000 clientas pobres en latinoamérica, puedo confirmar que el 90% de nuestras clientas, en 5 países diferentes, tienen smartphone.
  1. La desigualdad es difícilmente comprensible sin poder compararla con un nivel de libertad aceptable. Si no tomamos en cuenta una serie de variables fundamentales antes de valorar moralmente la desigualdad caeremos en la falacia de pensar que Corea del Norte es más igualitaria que Corea del Sur[EB6] [LMP7] .

Como indica Milanovic, debemos hacer un análisis más profundo y no elegir la desigualdad como “trending topic” porque si no terminamos admirando los periodos de posguerra o lo que viene detrás de una pandemia. Son periodos de un sufrimiento desmedido y, sin embargo, igualitarios al máximo.

  1. Y, por último, no dejemos que lo peor de nosotros mismos aflore y, como dice mi amigo Ignacio, no confundamo[EB8] s desigualdad con injusticia.

 [EB1]Sugerencia: Existe un pensamiento dominante

 [EB2]Quiebre es solo efecto de romperse algo

 [EB3]Sin algo más de contexto, no se entiende muy bien y/o no guarda un hilo con lo anterior y lo que le sigue.

 [EB4]No queda muy claro a quién hace referencia este pronombre

 [EB5]El gráfico me mola, aunque creo tendrías que explicarlo bien porque no es muy intuitivo. Esto de que salvo en momentos donde tengamos grandes avances, no se entiende, o puede que no esté muy de acuerdo, precisamente el PPP ha crecido mundialmente gracias a los avances.

Igualdad y desigualdad

Los seres humanos son iguales en algunos aspectos genéricos pero diferentes en detalles concretos: tienen distintas capacidades, preferencias, oportunidades y circunstancias. Igualdad o desigualdad son características relativas resultado de comparar diversos atributos de individuos: riqueza, renta, belleza, inteligencia, simpatía, reputación, poder, fuerza física, capacidad de persuasión. Algunos atributos son objetivos y medibles, otros son subjetivos o difícilmente cuantificables.

Igualdad y desigualdad

A los individuos les preocupa su estatus, su posición social, lo que los demás piensen de ellos, cómo los valoren. El valor no es un atributo intrínseco y objetivo de las personas: los individuos valoran subjetivamente a otros (y a sí mismos según su autoestima) y son valorados subjetivamente por otros. Estas valoraciones pueden ser muy diferentes desde ambos puntos de vista (evaluador y evaluado): algunos individuos tienen mucho éxito social y otros muy poco; los favoritos de unos son odiados por otros. Son comunes las afirmaciones de que todo el mundo es valioso, o incluso que todo el mundo es igualmente valioso. Los que las realizan pueden no entender la realidad, o quizás quieren caer bien a los demás con discursos populistas, bien intencionados y políticamente correctos.

La desigualdad implica que unos tienen (o reciben) más y otros menos de algo, unos son mejores y otros peores, unos están más arriba y otros más abajo. La mayor disponibilidad de recursos económicos o la posesión de características que otros valoran es útil para los individuos, ya que les facilita la supervivencia y el desarrollo al disponer de más poder y medios de acción.

Las posiciones relativas entre dos individuos pueden ser resultado de su propia acción aislada, de interacciones entre ambos o de relaciones con más individuos. Es posible triunfar o fracasar de forma independiente, cooperar con otros, competir contra otros, ayudar a los necesitados, robar para uno mismo o robar para otros. La igualdad y la desigualdad pueden suceder o conseguirse de forma pacífica o violenta, y de forma espontánea o mediante intervención externa: unos nacen más atractivos que otros; unos se entrenan, preparan o esfuerzan más; unos tienen más éxito en su profesión, en el comercio, en los negocios; unos reciben mayores herencias (genéticas o de riqueza) o mejor educación (capital intelectual individual) o contactos (capital social) de sus progenitores. Algunas desigualdades sociales se consiguen de forma violenta: los poderosos oprimen, esclavizan o parasitan a los débiles. Algunas igualdades sociales se consiguen de forma violenta: vagos, incompetentes o improductivos parasitan a los más productivos y eficientes.

La desigualdad es muy común en la naturaleza: dentro de una misma especie existe diversidad, y en los grupos sociales animales existen castas especializadas (insectos sociales) o jerarquías y diferencias de rango o estatus entre individuos (escalas de poder, relaciones de dominación y sumisión o subordinación). La competencia por el estatus social es un fenómeno omnipresente, ya que un estatus más alto implica mejor alimentación y más fácil acceso a oportunidades de reproducción: en algunos casos son posibles alianzas entre individuos para dominar a otros o para evitar ser dominados por otros. La naturaleza presenta un espectro de situaciones de desigualdad dentro de los grupos sociales: desde el macho alfa de los gorilas (único macho adulto con acceso a un harén de hembras) hasta el colectivismo promiscuo de los bonobos. Pero siempre existe el estatus, que suele estar asociado con demostraciones de poder físico y relaciones familiares.

Conforme crece la desigualdad dentro de un grupo los miembros de estatus más bajo pueden perder interés por el mantenimiento del mismo, pero quizás permanecen en él y no lo abandonan porque las alternativas son aún peores: la vida solitaria es muy difícil y en otros grupos podrían no ser admitidos o su estatus no mejoraría. El fomento de la igualdad dentro de un colectivo puede producirse para evitar la opresión por individuos muy dominantes (jerarquías de dominación inversa), o para conseguir que más individuos se involucren y participen activamente en las tareas necesarias para la supervivencia del grupo, especialmente en la lucha de ataque y defensa contra otros grupos.

La dinámica de las relaciones de desigualdad es compleja. La igualdad puede conseguirse si el peor mejora o si el mejor empeora; la desigualdad puede conseguirse si el mejor mejora o el peor empeora. Si se trata de un recurso transferible, como el dinero o diversas formas de riqueza, es posible quitar a uno para dárselo a otro. Sin embargo si se quita riqueza a los productivos se desincentivan la productividad y la generación de esa riqueza; y si se entrega riqueza a los improductivos se incentivan la improductividad y las relaciones de parasitismo y dependencia. En la medida en que se trate a todo el mundo igual independientemente de los resultados, y la obtención de estos resultados implique algún coste o esfuerzo, siendo todo lo demás constante los agentes racionales evitarán esforzarse para obtener mejores logros.

La desigualdad en un grupo puede intentar evitarse redistribuyendo de los ricos a los pobres, pero también es posible fomentar que los pobres dejen de serlo por sí mismos si disponen de suficientes oportunidades de formación y trabajo. Algunos grupos podrían conseguir igualdad expulsando a los pobres, obligándoles a esforzarse para dejar de serlo, o no permitiendo su acceso al colectivo (leyes de inmigración discriminatorias, leyes de salario mínimo).

La redistribución de recursos para fomentar la igualdad suele ser más aceptable cuando el grupo es más pequeño y homogéneo y los individuos lo sienten como una familia extendida (igualdad genética, étnica o cultural). La redistribución puede provocar odios o resentimientos si se percibe como ilegítima, si unos se aprovechan de forma tramposa de otros.

Un individuo puede querer ser más igual a otros en aquellas cosas en las que es peor que ellos, pero también puede querer ser menos igual si es o puede ser mejor que ellos. Cuanto más capaces sean los otros más probable es que puedan ser mejores cooperadores, pero también es posible que sean mejores competidores.

Una mejora puede implicar un incremento de la desigualdad si los que la adoptan no eran inicialmente los más desfavorecidos. La desigualdad podría crecer de forma indefinida si el hecho de ser mejor facilita además la capacidad de mejorar (rendimientos marginales crecientes): esto no es un fenómeno exclusivamente individual sino que tiene una fuerte componente social, incrementándose si existen efectos de red mediante los cuales los individuos quieren e intentan relacionarse con quienes tienen más éxito (afinidades o emparejamientos selectivos, quien más tiene más recibe). La desigualdad puede mitigarse o decrecer si al ser mejor es más difícil mejorar (rendimientos marginales decrecientes).

Desigualdad y pobreza son problemas distintos: es posible ser todos muy iguales y muy pobres y ser todos muy desiguales sin que nadie sea pobre (al menos en términos absolutos). Para resolver la pobreza basta con garantizar algunos mínimos sólo a los auténticamente pobres sin necesidad de realizar redistribuciones masivas de riqueza que afecten a toda la sociedad.

La observación empírica demuestra que en ocasiones los individuos prefieren situaciones peores en valor absoluto para ellos pero mejores en comparación con otros: es posible elegir ser cabeza de ratón antes que cola de león. La insistencia de algunos economistas para que los individuos se fijen solamente en su bienestar absoluto o en su mejora personal en el tiempo y no hagan comparaciones relativas con otras personas es problemática: la economía es una ciencia positiva que describe, explica y predice, y no una actividad moralizante que les dice a las personas lo que deben valorar o no; el que los agentes económicos valoren sus posiciones relativas es un hecho empírico que debe tenerse en cuenta y a ser posible explicarse en una buena teoría económica y psicológica.

El deseo de cierta igualdad o la envidia pueden ser rasgos adaptativos, emociones morales funcionales resultado de la evolución psíquica: la aptitud para la supervivencia y reproducción es un atributo contextual y tanto absoluto como relativo, ya que las diferencias son importantes en la competencia por la vida. Al individuo le importa lo bien que lo está haciendo en múltiples ámbitos (éxito en trabajo, amor, salud, relaciones familiares y sociales), pero esa bondad tiene una importante componente relativa (en comparación con otros), y tal vez el mejor punto de referencia válido para conocerla es el rendimiento o éxito de los otros: uno se compara con los demás para saber qué tal lo está haciendo. Además la felicidad o satisfacción es un sentimiento que se recalibra constantemente ante nuevas situaciones para que el individuo actúe más y mejor: estar mejor que en el pasado no implica necesariamente una mayor sensación de satisfacción que en el pasado.

Los igualitaristas, normalmente colectivistas intervencionistas mal llamados progresistas, insisten en que la igualdad, o al menos más igualdad, es necesariamente mejor y más justa: no expresan que ellos la prefieren a título particular, sino que aseguran que se trata de un hecho objetivo. Para ellos justicia (social o distributiva) es equivalente a igualdad: no ante la ley, sino mediante la ley; promueven la desigualdad ante la ley para fomentar la igualdad de oportunidades, o de resultados, rentas o riqueza. Para esconder su carácter coactivo y liberticida utilizan el término libertad como sinónimo de poder o riqueza y no como ausencia de agresión y respeto al derecho de propiedad. Desprecian la igualdad formal ante la ley y reclaman igualdad material, que todos tengan y puedan lo mismo independientemente de lo que hagan. Algunos pretenden que la ética exige sacrificar algo de eficiencia económica para garantizar más igualdad; otros aseguran que la mayor igualdad obtenida mediante la redistribución inteligente de la renta y la riqueza puede conseguir más eficiencia económica.

El igualitarismo colectivista y estatista puede ser la estrategia política de los peores para hacerse las víctimas, competir violentamente contra los mejores y beneficiarse a su costa. Algunos pensadores defienden políticas redistributivas para garantizar la paz social y el mantenimiento de la democracia: esto parece un eufemismo para recomendar ceder al chantaje de algunos individuos o grupos que amenazan con violencia y desorden, y pagarles a cambio de que no ataquen, roben o maten y acepten el orden establecido; también parece implicar una acusación contra algunos individuos insatisfechos con el sistema, especialmente los más pobres o desfavorecidos, los cuales se convertirán en alborotadores, delincuentes o criminales.

Los igualitaristas protestan porque les parecen injustas las diferencias de partida en la vida, que unos tengan más y mejores oportunidades que otros sin ser responsables por ello: parecen no entender que la vida de las personas no parte de la nada sino que hay una continuidad de padres a hijos. Los responsables del punto de partida no son los hijos sino los progenitores, y quizás sea a ellos a quienes se deba reclamar en lugar de a toda la sociedad. Pretender igualar las oportunidades implica decir a padres y madres que su esfuerzo por sus propios vástagos no sirve para gran cosa.

Con la crisis económica se ha difundido la falacia de que la desigualdad es su causa fundamental. La razón real de los ciclos de auge y depresión es la expansión insostenible del crédito, y esto va a suceder independientemente de por qué se expanda el crédito de forma intervencionista por el Estado, si es para favorecer presuntamente a los pobres, a los ricos o a nadie en particular. Fomentar que los pobres se endeuden para mantener o incrementar su nivel de vida, su renta y su consumo equivale a montar una peligrosa trampa. El crédito en el mercado libre se concede si el prestamista acreedor cree que el prestatario deudor es solvente, que puede devolver el préstamo o pagar lo que debe, y esto depende de su renta futura y de las garantías que pueda proporcionar. Si un individuo tiene pocos ingresos ahora y no va a tener más en el futuro, endeudarse es mala idea. Forzar la concesión de crédito a agentes económicos que no lo merecen (porque no quieren o no pueden devolverlo) tendrá como consecuencia quiebras y bancarrotas que provocan daños económicos importantes a acreedores y a deudores: pérdida de valor de los activos (préstamos de los bancos), pérdida de la propiedad de las garantías de los préstamos (viviendas), asunción de pesadas cargas financieras por largos periodos de tiempo (si las garantías son personales). Además el crédito excesivamente fácil y barato no suele estar sólo al alcance de los desfavorecidos sino que puede extenderse a toda la sociedad: las crisis pueden ser más graves o llamativas para los más pobres, pero los daños que provocan son generalizados.