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Etiqueta: Discriminación

Defensa de la no asociación para reducir los conflictos

En mi artículo anterior elaboré una defensa de la libre asociación, su relevancia política y económica. No obstante, en aras de profundizar, llevaré a cabo en las líneas siguientes algunas reflexiones sobre la defensa moral y utilitaria de la no asociación, discriminación y exclusión.

En primera instancia, debemos reconocer que en el mundo de las decisiones humanas basadas en análisis costo-beneficio es relevante poder poner fin a bajo costo a una acción, contrato, trabajo o a una relación. Si la ley nos dificulta o prohíbe despedir a los que contratamos, renunciar a nuestro empleo, discriminar con quienes socializamos, prever nuestros riesgos, incluso retirarnos de una asociación; para la toma de todas estas decisiones seremos extremadamente cautelosos. Por ello, es posible elaborar una defensa consecuencialista de la desvinculación como ingrediente indispensable para la asociación, viabilidad de los seguros, así como el buen funcionamiento del mercado laboral y de vivienda.

De igual forma, podemos defender que, en su pleno uso, la propiedad implica el derecho de acceso, usufructo, administración, exclusión y venta. Es decir, prohibir la exclusión implica atentar contra el derecho de propiedad. Sin embargo, no se deben menospreciar las controversias que surgen del ejercicio de la exclusión de la propiedad, sobre todo porque los motivos que subyacen en ciertas exclusiones pueden ser creencias prejuiciosas o injustificadas de un grupo hacia otro, o de individuos de ciertas culturas, religiones o sistemas de creencias hacia otros diferentes.

Frente a una defensa plena del derecho de propiedad y exclusión, es probable que a algunos sujetos les surja la pregunta: reconocer la libertad de asociación, desasociación, discriminación y exclusión por parte del individuo y limitar dicho ejercicio por parte del Estado, ¿tendrá como consecuencia menor integración entre personas y mayor conflictividad interpersonal?

Quienes defendemos la libertad, hemos argumentado que, a pesar de abogar abiertamente por la exclusión y la discriminación[1], los sistemas mercado no son los que tienen mayor probabilidad de exclusión intergrupal debido a los costos derivados de sus acciones (Block, 2010; Hoppe 2004, Sowell, 2019). En concreto, el riesgo más alto se encuentra en la acción estatal dada la ausencia de costos que internalizar. De igual forma, toda distribución de riqueza o toda política económica proteccionista parte de discriminar, asignar ganancias y pérdidas netas entre grupos e individuos como es el caso de la “protección del mercado laboral nacional” por medio de leyes migratorias, favoreciendo así al trabajador local a expensas de protegerlo de la competencia extranjera[2].

En la actualidad, los Estados detienen a los inmigrantes en las fronteras, les prohíben invertir y trabajar en el país o les exigen requisitos migratorios inaccesibles. Todo ello supone el uso de un supuesto derecho de exclusión sobre todo el territorio nacional y de sus recursos. Paralelamente, si el Estado determina que ciertos inmigrantes pueden entrar y residir en el territorio, quienes aplican las leyes iniciarán un movimiento de inclusión forzosa al prohibir a los ciudadanos ejercer su derecho de exclusión y discriminación, tal y como lo hace el Estado mediante leyes y regulaciones. Esta dinámica resulta en diferentes grupos de presión que tratan de influir en las decisiones del Estado sobre quienes pueden o no entrar y residir en el territorio nacional. Se trata de una batalla que se torna hostil porque una vez dentro los nuevos vecinos alcanzan la categoría de in-excluibles.

De hecho, si consideramos la acción de los Estados, resultaría absurdo afirmar que ha habido un avance en el último siglo en materia de discriminación. En efecto, en la actualidad las nacionalidades se han convertido en el nuevo sistema global de castas. Esto es, un estatus que se protege y afirma continuamente con la aplicación de las regulaciones migratorias que, me atrevería a afirmar, han alcanzado su mayor nivel histórico global de complejidad y restrictividad en estos tiempos.

Por otro lado, una consecuencia de haber ´´cedido´´ el derecho de exclusión al Estado puede apreciarse entre los grupos nacionalistas que defienden la homogeneidad cultural y étnico-racial de su país, preocupándose más por quienes habitan territorios de los que no son propietarios, por ejemplo, les perturba más el gueto de inmigrantes que se ha formado a las afueras de su ciudad, que el hecho de no contar con el pleno del derecho de propiedad y exclusión sobre sus espacios. Muchos nacionalistas están convencidos de que sus Estados discriminan y excluyen en defensa de sus intereses, pero únicamente les han quitado ese derecho, usándolo políticamente a su conveniencia. 

En su sentido más amplio, la discriminación y exclusión no son necesariamente nocivas. Aunque en la práctica son inevitables, lo que si resulta perjudicial será negarlas, prohibirlas y monopolizarlas. La discriminación, tanto positiva como negativa, es un ejercicio empresarial y de mercado. Cuando un bar excluye a una pareja homosexual, toma un riesgo muy alto, poniendo en juego su reputación y su clientela. De igual forma, cuando una empresa de entretenimiento hace inclusión forzada en sus producciones, debemos entender que lo hace porque tiene en cuenta pérdidas y ganancias de asumir una postura política e identitaria determinada. Lo contraintuitivo es que no debemos responsabilizar de la discriminación únicamente a los empresarios formales, ya que en realidad son los clientes quienes la exigen y financian. Por tanto, dentro del mercado, quienes no quieran pagar por su discriminación no podrán imponerla ni exigirla.

Hasta este punto podríamos resumir los argumentos expuestos de la siguiente manera: discriminar y excluir es un derecho y una herramienta social necesaria para poder establecer buenas asociaciones. Si nuestra discriminación es empresarialmente mala (seamos individuos u empresas grandes) nos perjudicará económicamente. Por su parte, el Estado puede discriminar sin costos directos para sí mismo, y debido a su naturaleza, escala y poder puede llevar a cabo integraciones o exclusiones masivas y forzosas a pesar de las preferencias de los demás.[3]

Sin embargo, considero que podemos esbozar otros argumentos económicos y psicológicos en favor de la libre discriminación y exclusión:

1. A pesar de que el capitalismo o libre mercado puedan considerarse amorales, tienen soluciones para todos los gustos en materia de integración o diversidad cultural. En sus productos turísticos, de entretenimiento y en su mercadeo, las empresas promocionan la idea de culturas radicalmente distintas para captar clientes atraídos por la novedad, a la vez que buscan puentes entre éstas para poder abarcar un mayor número de clientes. Para el mercado no será problemático vender dos tipos de café distintos para la comunidad hispana y anglosajona, o vender un solo tipo de café anunciándolo como ´´El Café de todos los floridanos´´.[4]

2. Los guetos o comunidades herméticas de inmigrantes suelen considerarse problemáticas porque se asocian a sistemas paralelos de gobierno, menor aculturación del grupo migrante, mafias y mayor hostilidad intergrupal. Los guetos pueden tener un origen no estatal, como los Amish, pero en la mayoría de los casos este fenómeno se debe al apoyo entre inmigrantes para hacer frente los requisitos migratorios, como no poder trabajar durante los primeros meses o años de residencia o no poder alquilar o hacer uso de los bancos debido a las regulaciones vigentes. De igual forma, los planes y ayudas sociales para inmigrantes, combinados con regulaciones limitantes de su libertad, provocan la segregación. Son, de hecho, el caldo de cultivo para la formación de comunidades delictivas y parasitarias de inmigrantes. 

En una lógica de mercado, los guetos no resultan convenientes a largo plazo. El beneficio inicial sería la confianza y el apoyo entre vecinos de la misma cultura, pero con el tiempo los incentivos económicos para salir del gueto y aculturizarse irían aumentando. Por ejemplo, en un principio el capital humano del gueto estaría muy bien complementado y las habilidades particulares de los inmigrantes serían bien valoradas dentro de su comunidad, pero con el paso del tiempo sus particularidades culturales podrían pasar a valer más fuera del gueto que dentro del mismo.

3. A partir de teorías y hallazgos de la psicología social (Morales, et al. 2011), sabemos que la raíz de algunos conflictos intergrupales se encuentra en la incompatibilidad de metas entre grupos, como podría serlo la competencia por recursos escasos y los deseos de preservar los valores y tradiciones de un grupo mientras interactúa con otro.

Las personas tendemos a categorizarnos en endogrupos y exogrupos. Buscamos favorecer muestro endogrupo y lo percibimos como superior e incluso más diverso que el exogrupo. Esta categorización es dinámica y el contacto con el exogrupo modifica las atribuciones y el comportamiento, lo cual favorece la cooperación. Sin embargo, el encuentro asertivo entre personas y grupos puede verse importantemente afectado por una lucha debida a recursos escasos. Tomemos como ejemplo la que se da en torno el gasto público entre grupos de presión en el Estado de Bienestar o por la amenaza simbólica sobre los valores que representa la interacción obligatoria con un grupo percibido (justificada o injustificadamente) como extremadamente diferente al endogrupo.

Por otro lado, los encuentros intergrupales inicialmente hostiles, que se resuelven con una separación radical (por ejercicio de la libre exclusión), podrán tener con el paso del tiempo una nueva resolución positiva y pacífica. Se puede afirmar que eventualmente nuevos encuentros intergrupales se harán más atractivos para ambos grupos. Como han mostrado grandes aventureros a lo largo de la historia, algunos seres humanos tendemos a agotarnos de nuestro entorno originario y manifestamos una curiosidad por lo novedoso y desconocido de otros contextos, lo que nos hace aventurarnos a buscar nuevas oportunidades y bienes materiales, al igual que nociones artísticas, éticas y morales alternativas.

4. Los seres humanos somos capaces de velar genuinamente por el bienestar de los demás, no obstante, esta conducta se verá favorecida por la sensación de parentesco (no necesariamente genético) que tengamos con los demás. Este proceso de selección por parentesco no es completamente incompatible con mundo cosmopolitita moderno donde muchas veces no compartimos raíces comunes con nuestros vecinos, pero si implica que necesitamos tiempo y múltiples interacciones positivas para tratar como parientes a individuos con quienes frecuentamos o compartimos nuestra comunidad.

Por consiguiente, para lograr relaciones consolidadas y duraderas entre grupos e individuos, es esencial que los encuentros e intercambios entre ellos sean de beneficio mutuo (no juegos de suma cero), con un carácter de mercado en el que haya gratitud, reciprocidad y confianza progresiva, evitando la presión emocional, la hostilidad y la imposición de la discriminación o la integración impuesta por el Estado.

Bibliografía:

Block, W. (2010). Case for Discrimination, The. Ludwig von Mises Institute.

Hoppe, H. H. (2004). Monarquía, democracia y orden natural. Una visión austriaca de la era americana. Tercera Edición. Unión Editorial. Madrid, España.

Sowell, T. (2019). Discrimination and disparities. Hachette UK.

Morales, F.; Moya, M.; Gaviria, E.; Cuadrado, I. (2011) Psicología Social. Tercera Edición. McGraw Hill. España


[1] Sowell (2019) aclara que se puede diferenciar entre la discriminación basada en evidencia y la discriminación basada en arbitrariedades, pero lo importante serán los costos de la decisión y no el criterio ni las intenciones subyacentes.

[2] Aunque curiosamente muchas veces se argumenta que se protege al trabajador extranjero de la ´´explotación´´ laboral que sufriría en el país donde pretende inmigrar, sometiéndolo a las condiciones del país de origen (subjetivamente evaluadas como peores que las de trabajar en otro país por un salario menor al mínimo legal)

[3] Algo tristemente invisible, puesto que el foco actual sobre la mayor integración y aceptación social y política de la diversidad sexual y racial en algunos países está cegando a la mayoría de los progresistas, no dejándoles ver el aumento en otras formas de discriminación, ni el poder, rango y hostilidad con que discrimina el perpetrador.

[4] A pesar de sus diferencias, desde el mercado como desde el Estado se estiman, refuerzan y manipulan las preferencias intergrupales de la población por el beneficio político o comercial.

Lo que se ve (y lo que no se ve) de las políticas de identidad

En la actualidad se ha impuesto un concepto de la identidad vinculado con las ideas de pluralidad, flexibilidad, cambio, restitución y reconocimiento. Hablamos de identidad cuando tratamos cuestiones vinculadas con la cultura, el género, la orientación sexual, la religión, etc.

Es en el contexto de Mayo del 68 en el que esta forma de entender la identidad se populariza. Los llamados filósofos de la diferencia (Derrida, Deleuze o Foucault, entre otros), criticaban que el concepto de identidad que había predominado hasta entonces era un concepto estático, que delimitaba lo que podía ser a partir de un modelo hegemónico que empujaba las diferencias en la marginalidad.

La identidad, como propone Manuel Castells (sí, el ministro) en La era de la información, es un producto de construcción de sentido que realiza una persona “atendiendo a un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, al que se da prioridad sobre el resto de las fuentes de sentido “[1]. Al fin y al cabo, la identidad sirve como punto de arraigo, y da sentido personal a la posición como se ocupa en el mundo. Esta no sólo es útil para los individuos, también lo es por los grupos, pues genera personas “ordenadas” que se alinean con los intereses del grupo y contribuyen a su mantenimiento.

Los seres humanos somos seres complejos y nos definimos en base a multitud de etiquetas diferentes. Es por este motivo que en el seno de una misma persona pueden coexistir una pluralidad de identidades. Además, el proceso de construcción y revisión de estas está en constante cambio.

Existen varias reivindicaciones a la política contemporánea que giran en torno a la demanda de reconocimiento de grupos que han sido tradicionalmente despreciados: las personas LGBTI o las minorías étnicas o culturales son ejemplos. Esta demanda de reconocimiento está ligada sobre todo a la dimensión externa de la identidad, es decir, a cómo nos conciben los otros y en qué medida nos reconocen tal como nos definimos. Nuestra identidad, como defiende Charles Taylor, está modelada, en parte, por el reconocimiento (o su ausencia) de los otros [2]. Tanto es así que el otro día un diputado de VOX en la asamblea de Madrid se dirigía en masculino a una diputada trans del PSOE, provocando un manifiesto un malestar y una protesta en esta dirigida al presidente de la cámara.

Mientras que en las sociedades liberales las diferencias habían acomodado mediante la neutralidad política, es decir, la inacción ante reclamos de reconocimiento o compensación; es precisamente como insatisfacción con esta forma de hacer, que surgen las llamadas “políticas de identidad”. Estas políticas, que exigen algún tipo de acción positiva por parte del Estado, parten de la premisa de que la identidad no es un aspecto únicamente privado. Como la sociedad, a través de las instituciones formales del Estado y las informales generadas bottom-up, ha tenido mucho que ver en el proceso de construcción individual y colectiva de la identidad, tendría el deber de revertir situaciones en las que esta construcción ha sido el resultado de la coacción, la presión o la negación de los recursos necesarios.

Si bien algunas de estas demandas pueden ser justas y legítimas, puede que aquellas personas que apoyan no hayan evaluado debidamente los posibles efectos no deseados que pueden generar. A continuación voy a explicar aquellos que más me preocupan.

En primer lugar, aunque la definición que realizan los grupos sobre cómo son o serán sus miembros y la lealtad que muchas veces les exigen, da seguridad, certeza y homogeneidad identitaria, también es una fuente de posible discriminación y exclusión. Los grupos más “exitosos” (que tienen más probabilidades de sobrevivir como grupo) suelen ser aquellos más cerrados y excluyentes y que exigen mayores “contribuciones” a sus miembros. Estas contribuciones actúan como señales honestas costosas [3], que son difíciles de “falsificar”, para minimizar así la posibilidad de que entren free-riders que se aprovechen los beneficios de la pertenencia al grupo sin contribuir en su generación. Sin embargo, estas cuestiones pueden suponer la anulación de la individualidad de sus miembros y acabar disminuyendo su autonomía. Una prueba de ello es que mientras grupos como los los judíos ultraortodoxos o algunas comunidades indígenas piden autonomía para regular las conductas de sus miembros de forma paralela a la legislación ordinaria mantener, ambos son grupos en los que la opción de salida tiene unos costes muy elevados por sus miembros.

En segundo lugar, este tipo de políticas, que benefician a algunos grupos en detrimento de otros, pueden generar un agravio comparativo entre estos, a través de la institucionalización de privilegios que pueden ser considerados como injustos por una parte de la sociedad Esto, lejos permitir acomodar de forma pacífica las diferencias, puede ser un foco de conflicto. Un ejemplo muy claro es la llamada “discriminación positiva” [4].

Finalmente, en estas políticas suele haber un análisis implícito, a mi juicio erróneo. Por un lado, la asunción de que todas las personas que comparten un atributo determinado (ser mujer, por ejemplo) tienen los mismos intereses y, por otra parte, que los colectivos que de un representar sus intereses son los interlocutores legítimos. Esto no sólo es reduccionista, pues supone reducir la identidad de una persona a una característica concreta y hacer de ella una característica definitoria, sino también muy peligroso. Como comentaba en un inicio, las personas podemos sentirnos identificadas con varias etiquetas, además, tenemos que ser nosotros mismos, y no los otros, los que decidimos a qué damos más importancia. Sin embargo, estos grupos que se atribuyen el derecho a representar intereses ajenos, no tienen forma de demostrar que efectivamente representan una mayoría de las personas que comparten este tributo. Así, la identidad colectiva termina por apoderarse de la identidad individual y la sustituye.

Notas

[1] Castells, M. (2001) La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Volumen II: el poder de la identidad. Siglo veintiuno editores, pp. 28.

[2] Taylor, C .; Appiah, A .; Habermas, J .; Rockefeller, S. C .; Walzer, M. & Wolf, S. (1994). Multiculturalism. Examining the politics of recognition. Princeton University Press.

[3] Dawkins, R. & Krebs, J. R. (1978). Animal signals: information or manipulation? (282-309). En Behavioural Ecology: an evolutionary approach. Blackwell y Zahavi, A. & Zahavi, A. (1997). The Handicap Principle. Oxford University Press.

[4] España. Ley Orgánica 3/2007, de 22 marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Disponible en: https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2007-6115.