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Etiqueta: Economía circular

La economía circular o el intervencionismo perfecto

La economía circular gusta, y a algunos, mucho. Es una concatenación de posibilidades que nos lleva a una utopía perfecta, de equilibrio con el medioambiente, de necesidades adecuadas y moderadas en la sociedad, que reduce y minimiza cualquier contaminación o daño al entorno, disminuyendo o, incluso, evitando el uso de nuevas materias primas (de nuevo, en beneficio para el ecosistema). Es tal el entusiasmo que, según la UE, este sistema verde será responsable de un incremento de la competitividad y una mayor innovación, que producirán un crecimiento económico que cuantifica en un 0,5 por ciento adicional del PIB y un incremento del empleo de nada menos de 700.000 trabajos solo en la UE cara a 2030. No tengo muy claro que estas cifras dadas por la UE sean especialmente brillantes y ajustadas a la realidad, pero son las que aparecen en este documento.

Además, es una economía abierta a más “palabros”, esos conceptos que con frecuencia se nos meten en el lenguaje técnico y terminan adornando cada vez más discursos ligados a las modas y a lo político y económicamente correcto. En el artículo anterior, expuse que la reducción, la reutilización y el reciclaje eran la base del sistema. Sin embargo, actualmente podemos encontrar otros cuatro conceptos que se han ido intercalando entre estos, aunque quieran decir más o menos lo mismo: reutilizar, reparar, renovar, reciclar, recuperar, rediseñar, reducir. Nada que no veamos en la web de una gran empresa, en un anuncio de televisión, que escuchemos en un mensaje de algún famoso concienciado con el medioambiente, de algún gurú o un coach que dedique su acreditada vida laboral a enseñarnos qué hacer, cómo hacerlo y qué evitar. Es tal el entusiasmo que despierta que sería bueno sacarle sus puntos oscuros, incluso sus inconvenientes.

La economía circular mimetiza los ciclos naturales, los sistemas ecológicos en los que nada parece desecharse, al menos en teoría. Siempre he tenido dudas sobre la supuesta eficiencia de la naturaleza. Esta no es un diseño inteligente en el que todo está pensado al dedillo y nada se escapa a la mente creadora. La evolución actúa sobre lo que hay en un momento dado. En un ecosistema, las relaciones entre las partes tardan cientos, miles o millones de años en crearse y el aprovechamiento de los recursos no tiene por qué ser perfecto (suponiendo que se pueda definir qué es aprovechamiento y qué es perfecto). Tampoco responden a un objetivo, pues el ecosistema surge, vive durante un tiempo y luego desaparece o es sustituido por otro; las especies aparecen y desaparecen, aunque todo esto no implica que no se desarrollen sistemas que lo reparen en cierta medida, si el daño no es excesivo. Un ecosistema está sujeto a cambios constantes, la mayoría lentos o muy lentos, a los que es fácil adaptarse, y otros rápidos, posiblemente catastróficos, o que implican respuestas más veloces que las habituales[1].

La economía circular no es un sistema que surja de manera espontánea y que crezca de una manera natural; por el contrario, es un sistema pensado y planificado, que ha buscado modelos externos para implementarse y que tiene claro qué tipo de procesos está permitido, cuál está prohibido y cuál tiene su uso condicionado por las normas que establecen sus creadores. Estamos ante un sistema que nada tiene de natural, aunque muchas veces se identifique con ello, sino más bien de artificial, entendiendo por tal lo que sale de la mente de ciertas personas, según sus conocimientos, ideas preestablecidas, objetivos y necesidades que tengan o propongan. Si buscamos algo parecido a un sistema natural, no deberíamos fijarnos en la economía circular, sino en el libre mercado, donde las relaciones son voluntarias y espontáneas, incluyendo las normas que las regulan.

En la economía circular se establece una jerarquía en cuanto a quién debe recibir el mayor beneficio. El primer mandamiento es que el medioambiente no debe salir perjudicado o, al menos, que el daño sea mínimo y reparable. Todo lo que no cumpla esta primera norma está prohibido o muy condicionado. ¿Deja eso en segunda posición las necesidades de la gente? Pues no, tampoco diría yo que ocupen ese lugar. El cómo es tan importante como el qué. Al no ser un sistema espontáneo, los que piensan, implementan y mantienen vivo el sistema son tan importantes como el propio sistema. Toda maquinaria debe tener unos técnicos que la mantengan; técnicos, funcionarios, financiadores y un largo etcétera de personas, instituciones y empresas que la hacen posible estarán por delante de las necesidades de otras personas que deberán, no sólo adaptar sus necesidades y deseos a estas normas, sino también costear su mantenimiento y posibles sobrecostes, en definitiva, su financiación. La eficiencia no será base de la economía circular, sino su supervivencia, incluyendo los que viven por y para ella.

No es casualidad que las grandes empresas participen en esta filosofía de hacer las cosas o, al menos, que dediquen bastante de su presupuesto de márquetin y publicidad a vender su actividad como una que aspira a ser circular. Sea cierto o no, la economía circular está moviendo muchos miles de millones en forma de proyectos favorecidos con subvenciones, financiación ventajosa y todo tipo de ayudas que se promueven desde instituciones estatales, supraestatales y políticas en general. De hecho, el ecosistema económico que genera estas políticas medioambientales atrae a muchos emprendedores, que no empresarios, y surgen organizaciones, que no empresas, que viven de ello y que no sé si tendrían ingresos en un sistema más libre, menos intervenido. Suelen ser las más activas en la propaganda, en fortalecer las ideas y la ideología que las mantienen vivas. No es extraño que los anuncios de reciclaje sean tan abundantes en las televisiones en abierto. La supuesta innovación estaría marcada por los límites del sistema, no por la capacidad de imaginar cosas. Podrían extraerse ideas de los ecosistemas, pero es también bastante posible que algunas de esas ideas no sean adecuadas. Acceder a algo que esté fuera del sistema cíclico será burocráticamente imposible o, al menos, muy difícil. Y los puestos de trabajo serán los ligados a dichas actividades.

La economía circular es un sistema económico “perfecto” para un sistema estatal con fuerte tendencia a la intervención, con o sin un ecosistema empresarial ligado a ella. No es por tanto extraño que, desde la UE, desde los gobiernos nacionales o desde los regionales y locales se fomente, pues son precisamente ellos, los políticos, funcionarios y técnicos del Estado, los encargados de crearla, dirigirla e implementarla. En plena crisis climática, con el apocalipsis cerca, su instalación es una necesidad moral y, por ello, su filosofía y sus conceptos vuelven a aparecer en los documentos, papers y otras gansadas oficiales, universitarias y políticas.

¿Estamos ante un engañabobos? Tampoco estoy diciendo eso. La ciencia y los desarrollos ligados a lo que se llama economía circular me parecen muy interesantes y estoy seguro de que están dando mucha información y conocimiento para hacer que nuestra economía sea mucho más eficiente y menos dañina. La economía lineal, esa que han dicho que es lo contrario de la circular, la que termina con todo en el vertedero, nunca ha sido así. La gente tiende a reutilizar de manera espontánea, cambia cosas de uso y les da más vida, vende o intercambia cosas con conocidos y desconocidos. Prácticamente toda la base de este sistema ya existía antes de que se definiera, y funcionaba. Que ciertas personas con ciertos intereses lo hayan sistematizado un poco y lo hayan bautizado con un nombre bastante llamativo no lo hace nuevo. Lo que sí es nuevo es la manera de usarlo, una herramienta de ingeniería social que conduce a un intervencionismo perfecto.


[1] Un ejemplo de ello fue la desaparición de los grandes mamíferos o la de los marsupiales, que sobrevivieron nada más que en Oceanía (y alguno en América), o la fluctuación de los niveles de oxígeno en la atmósfera, alterando el tipo de fauna y flora sin, por ello, acabar con la naturaleza.

Artículo anterior: La nueva-vieja economía circular

La nueva-vieja economía circular

La economía circular tiene ya cuatro décadas, lo que puede sorprender a muchos miembros de las nuevas generaciones y a algunos de las no tan nuevas. Es uno de esos conceptos que aparece y desaparece de los medios de comunicación o de las líneas estratégicas de acción de gobiernos y empresas, sobre todo de empresas de carácter estratégico, como las de suministros básicos: energéticas, agua o materias primas. El concepto aparece por primera vez en los años 80 del siglo pasado y es una estrategia que tiene por objetivo reducir tanto la entrada de los materiales vírgenes como la producción de desechos, cerrando los “bucles” o flujos económicos y ecológicos de los recursos.

Así pues, nace con la idea de, primero, reducir el impacto de los sistemas económicos y sociales sobre el medioambiente; segundo, reutilizar, de forma que se dé una mayor vida útil a un producto y, tercero, reciclar[1], de manera que se pueda encontrar nuevos fines a lo que ya no es útil, evitando de esta manera esquilmar el medio en busca de materias primas. La economía circular usa la naturaleza y los procesos naturales como modelo para buscar alternativas a los procesos existentes, usando modelos mecánicos o químicos que sustituirían a los que no han tenido esta inspiración y que se supone que son dañinos. Esto daría como consecuencia una especie de ecología industrial, en la que los sistemas económicos se mimetizarían en ‘ecosistemas’, reduciendo o incluso eliminando cualquier daño, como los residuos o la contaminación. El fin de todo ello sería la economía verde, una economía perfectamente equilibrada entre las necesidades y las acciones humanas y la sostenibilidad del ecosistema global, del planeta Tierra… de Gaia, si nos ponemos un poco esotéricos.

No es casualidad que la economía circular tomara forma y nombre al finalizar los años 70. Esa década fue complicada en muchos aspectos, no sólo económicos, sino también políticos. A finales de los años 60, el Club de Roma había adelantado un futuro de sobreexplotación de recursos, exceso de población, hambres y muchas calamidades, incluidas las medioambientales, aunque en esa época estaba de moda el enfriamiento global, una nueva versión extrema del maltusianismo. El recrudecimiento de la Guerra Fría y el aparente avance del comunismo, sobre todo a través de los procesos de descolonización, pusieron en jaque el sistema capitalista que flaqueó, adaptándose y apostando por planificación, por el intervencionismo económico y social.  La crisis del petróleo encareció de manera significativa la energía y, en el contexto de una energía cara y una planificación político-económica, muchos occidentales vieron que, efectivamente, estaba habiendo un retroceso, incluso una respuesta de la naturaleza a los excesos humanos. Los ‘expertos’ del Club de Roma tenían razón: la crisis era un hecho y el apocalipsis nuestro destino. Si el ser humano había llegado a un estado tan lamentable, quizá fuera mejor reflejarnos en el modelo de la propia Naturaleza, tan idealizada, tan perfecta. Sólo era cuestión de ponerle un nombre, un nombre nuevo para… ¿unos conceptos viejos?

Realmente, el ser humano ha usado la mal llamada economía circular con mucha frecuencia, aunque adaptada a las circunstancias, siempre y cuando haya sido el sistema más eficiente posible. Chatarreros ha habido toda la vida. Personas que, sin necesidad de tener un certificado expedido por la autoridad, han recorrido ciudades y pueblos tomando los restos metálicos y llevándolos a fábricas donde les pagaban por ellos. Tan importante ha sido esa labor que, cuando Estados Unidos y Japón se miraban mal en el Pacífico, antes de que entraran en guerra a finales de 1941, los americanos pusieron una serie de embargos a los japoneses y, entre ellos, además de los del petróleo, estaba el de la chatarra[2].

A un nivel más doméstico, hace no tantas décadas, los hermanos pequeños heredaban la ropa de los mayores[3], quizá a disgusto, pero las familias con pocos medios no podían pagar la ropa porque, fíjate qué cosas, hasta hace poco, ésta era relativamente cara y un zurcido era mucho mejor que una nueva camisa. Hoy en día, el precio del textil y del calzado, siempre y cuando la marca no lo encarezca, es lo suficientemente bajo como para que los ciudadanos se planteen cambiar con frecuencia. Una consecuencia de este sistema ha sido que la calidad de los tejidos, incluso de los tejidos caros, se ha reducido, siendo las telas menos resistentes que las de hace 30 o más años, capaces de aguantar mejor el uso intenso. Al fin y al cabo, si vas a cambiar de prenda con la temporada, no merece la pena gastar recursos en investigar tejidos más resistentes.

Esto tampoco quiere decir que una prenda termine necesariamente en el vertedero de un año para otro. Una camiseta puede pasar por diferentes fases, desde prenda de paseo a la de estar por casa o dormir con ella, terminando en forma de trapo que se usa para limpiar. Aun así, han surgido negocios de ropa de segunda mano, algunos auspiciados por las ONG, que fomentan la reutilización de prendas para que no terminen en el vertedero (a precios que sinceramente me parecen exagerados). Tampoco estamos hablando de novedosos negocios, siempre han existido. Antes de la Revolución Industrial, eran un negocio necesario; después, según en qué épocas de mayor o menor escasez o abundancia, una posibilidad rentable. En resumen, dos de los tres conceptos básicos que usa la economía circular no eran novedosos; el tercero, el que implicaba que las actividades humanas no crearan un daño excesivo al medioambiente, tampoco, pero con matices.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos ha permitido ser conscientes de que ciertas prácticas podían ser perjudiciales, no sólo para el ser humano, sino también para su entorno y, como consecuencia de ello, poner remedio cambiando la manera de hacerlo o, incluso, eliminándolas. Hoy en día, un minero tiene una serie de medidas de seguridad para realizar su labor y preservar su salud, de las que, no hace mucho, sus compañeros carecían[4]. Hasta no hace demasiado tiempo, talar un bosque entero era una obra titánica que ponía a la naturaleza en su sitio, a los pies del ser humano, la cumbre de la Creación. Y pocos se molestaban por ello. Quizá los que vivían del bosque, pero porque desaparecía su modo de vida, no porque estuviera mal. Hoy en día, ni el humano más medioambientalmente malvado es capaz de acabar con un bosque, no porque lo respete, sino porque es mucho más eficiente hacer otras cosas para conseguir lo mismo o más; sin ir más lejos, plantar bosques y luego ir talándolos, según se necesiten (quizá arrebatando los terrenos de manera malvada compinchados con las autoridades locales). La contaminación o los desechos son, además de una externalidad negativa, un aviso para hacer más eficiente el proceso, como, por ejemplo, hace ya muchos siglos, usar el estiércol del ganado para abonar los campos donde se cultivaba y obtener mejores cosechas.

Sin embargo, la economía circular más moderna es para sus defensores y promotores, mucho más. Es una economía que tiene un objetivo: la sostenibilidad del planeta. Es hacer ciclos de reutilización de todo, de forma que un mismo componente tenga muchas vidas económicas… qué digo muchas, infinitas; alejarnos de las economías lineales de “usar y tirar”, en las que todo termina en un vertedero -contaminando y dañando- o quemado -provocando emisiones peligrosas-. Las razones por las que se impulsa son entusiastas, pero confusas. La UE dice en su página que se debe al aumento de la demanda y a la escasez de los recursos. ¿Estamos volviendo al espíritu del Club de Roma? ¿Hemos salido alguna vez de él? ¿Vamos a poder satisfacer nuestras necesidades en las siguientes décadas reutilizando recursos una y otra vez, pero siempre los mismos? En tal caso, ¿qué sentido tiene para esos otros países con materias primas, que no van a poder vender para otros o incluso para sí mismos, ya que no estarían en el ciclo y extraerlas sería un crimen contra el medioambiente? ¿Volvemos a una especie de autarquía? ¿Tiene sentido el diseño ecológico que se pretende? Eso lo dejo para el siguiente artículo.


[1] Reducir, reutilizar y reciclar era lo que llamaban las Tres Erres, la tabla de la ley del sistema. Con el tiempo, se llegó a siete conceptos, todos muy parecidos.

[2] Japón es un país con mucha población y poco terreno y aún menos recursos naturales, de forma que, en esa época, la chatarra era una de las principales fuentes de materia para conseguir acero.

[3] Antes de que cada curso escolar supusiera un libro nuevo para la misma asignatura, o una asignatura similar, los hermanos pequeños, si iban al mismo colegio o instituto, también heredaban los libros de sus hermanos mayores. Ahora, estos cambios continuos propiciados por las autoridades educativas son un negocio para las editoriales, a costa de los ciudadanos.

[4] Incluso en la antigüedad, los presos eran condenados a las minas donde terminaban muriendo, aunque esa no fuera la condena.