Ir al contenido principal

Etiqueta: Educación superior

Autonomía universitaria, ideal perdido

Se reflexiona aquí sobre el origen de las universidades en México: ¿fueron agentes privados que arriesgaron su propio capital para fundar instituciones que respondieran a exigencias del mercado o fueron ocurrencias de políticos en turno? La importancia de su origen (mercado o política), radica en la dinámica que aplicarán: ¿tendrán un desarrollo según su capacidad de satisfacer los gustos y necesidades de la sociedad o estarán supeditadas a los vaivenes y caprichos de los políticos en turno?

Se pone especial énfasis en el tema de autonomía universitaria y su relación con el esquema de financiamiento. Aunque no se ha tenido demasiada resistencia en otorgar la autonomía a las universidades públicas y privadas tal parece que dicha autonomía no ha tenido todos los efectos planeados y esperados. Aquí se expresa una conjetura y una propuesta para recuperar el espíritu de la autonomía universitaria como requisito para lograr el desarrollo óptimo de las instituciones universitarias.

Tres posibles formas en que surge una universidad. 1. La primera universidad es la Al Karaouine, se fundó en Marruecos por la esposa de un acaudalado comerciante. 2. La segunda universidad es la de Bolonia y fue fundada, dos siglos después, por una orden religiosa. 3. La tercera se da por invasión del Estado en la educación y es relativamente reciente, no va más allá de dos siglos. Se reconoce que fue el canciller de Prusia quien, en el siglo XIX, inició una actividad sobresaliente en el tema de universidades financiadas con impuestos.

La primera universidad, fundada en 1551

La primera universidad en México fue la Real y Pontificia Universidad de México, fundada por una orden religiosa en 1551. En 1910 empieza la instromisión del Estado a nivel universitario. En efecto, Porfirio Díaz inaugura la Universidad de México. Con ello se inaugura una política activa del poder político no solo para fundar universidades, también escuelas normales, preparatorias, bachilleratos, secundarias, primarias y prescolares. Díaz nombra a Joaquín Egía Lis como primer rector de la Universidad de México. También el gobierno nombró a José Vasconcelos y Antonio Caso antes de otorgar la autonomía. Luego, los rectores  fueron nombrados por una junta directiva de funcionarios de la UNAM y hasta la fecha, así se hace.

Se le denomina “universidad pública” a las instituciones educativas creadas por el gobierno con recursos del erario. El gobierno determina el lugar, expropia o compra los terrenos, decide la arquitectura de los edificios, contrata al personal docente, decide los sueldos y salarios y diseña los planes y programas de estudio. Es una práctica estatal impulsada por el dictador austriaco Otto von Bismarck desde mediados del siglo XIX con el fin de tener el control del pensamiento de los individuos. 

El nombramiento de autoridades de parte del gobierno en turno, en las universidades públicas, creaba un ambiente de restricción,  impedía el libre desarrollo de la institución pues todo estaba sujeto a la aprobación de la autoridad impuesta por el presidente de la República. Para todo, se tenía que pedir permiso en planes y programas, los profesores se cuidaban de no contrariar a la autoridad para no perder el puesto de trabajo y muchos de los académicos eran recomendados del gobierno. Se respiraba un ambiente tóxico. Algo había que cambiar.

Lucha por la autonomía universitaria

Desde principios del siglo pasado se detectó la importancia de que las instituciones universitarias no estuvieran sujetas al poder político. En todos los renglones de la vida universitaria se comprendía que supeditarse a las órdenes o caprichos de los gobernantes impedía un desarrollo pleno, del pensamiento, teorías y discusión libre de las ideas. El hecho de que el gobernante impusiera a las autoridades administrativas daba lugar a la llegada de gente que poco interés tenía en el desarrollo de las instituciones y muchas veces se daba el puesto principal a castigados o premiados del gobierno que se comportaban como verdaderos monarcas. Las pocas voces independientes de estudiantes y profesores convencieron a la comunidad universitaria para exigir la autonomía y, en efecto, se logró después de movilizaciones, huelgas y violencia. El acuerdo, con el presidente Emilio Portes Gil se dio en los siguientes términos:

  • Autonomía Universitaria significa tres cosas:
    • Capacidad plena de la Universidad para gobernarse a sí misma: elegir a sus autoridades, determinar las formas de gobierno, organización y  toma de decisiones, así como darse la legislación que requiera.
    • Posibilidad de administrar sus recursos de acuerdo con sus necesidades;tanto los edificios de su propiedad o bajo su administración, como el inventarios y los recursos provenientes del subsidio estatal, donaciones o los propios que pueda generar.
    • Libertad de cátedra, para que los académicos puedan desarrollar sus tareas con libertad para elegir enfoques y metodología, sin directriz institucional, ni presiones del poder, siempre y cuendo cumplan con los planes de estudio1.

    La trampa

    El gobierno de Emilio Portes Gil concedió la autonomía en un 26 de julio de 1929. Fue un día de fiesta y alegría para todos los universitarios. El gobierno mostró una gran empatía con la causa que no solo se sumó a la fiesta sino que, mostrando su simpatía anunció su apoyo ofreciendo toda clase de ayuda y, sobre todo, le apoyaría financieramente con recursos del erario. Nadie podía sospechar el daño a futuro que encerraba ese apoyo. En realidad, se convertía en un “Caballito de troya”, es decir, una mano venenosa pero con guante de terciopelo que parecía imposible de causar un daño.

    Sin embargo, esa mano gubernamental que ha otorgado generosos recursos dinerarios “para el buen desarrollo de la institución” terminó por destrozar la autonomía universitaria (“el que paga, manda). Hoy en día las universidades públicas autónomas se encuentran en una crisis profunda: Hay poco desarrollo de ciencia, no se generan patentes, la deserción llega al 90% de los jóvenes que ingresan, los profesores están desmotivados, los costos por formar a un títulado son excesivos, se generan largas huelgas de casi un año con las pérdidas de recursos y la mayoría de los nuevos profesionistas solo aspiran a encontrar un empleo que les garantice las quincenas, con sueldos bajos y sujetos a incrementos anuales del 3 o 4%  ordenados por el gobierno. Y lo peor es que se pierden miles de jóvenes que pudieron haber sido generadores de empresas, creadores de nuevos puestos de trabajo, nuevos negocios, etc.

    Subsidio a la oferta

    Se puede observar que nuestras instituciones, UNAM, IPN, UAM y todas las universidades de los Estados tienen poco efecto en la sociedad, en realidad, están divorciadas de la sociedad, del sector empresarial, comercial y financiero. Las universidades públicas no se interesan en que los alumnos dominen perfectamente otros idiomas, por lo menos el inglés. La mayoría de los académicos no saben inglés, no leen artículos cientificos escritos en inglés, no se les fomenta un espíritu de emprendurismo y tal pareciera que están enemistados con un sistema económico competitivo. De hecho, alumnos y profesores ven con desden al sistema empresarial, al mercado y, en general, al capitalismo.

    Automáticamente se genera fenómeno ideológico. Se desarrolla una cultura sesgada hacia la izquierda y no solo se observa en la Ciudad de México, sino en todas las universidades públicas y privadas de provincia. Los fenómenos de corrupción, nepotismo, gigantismo, estancamiento y burocratismo y sindicalismo se deben principalmente a una sola variable: Esta es, el esquema de financiamiento de “subsidio a la oferta” es decir al flujo de dinero que va del gobierno hacia la institución. Así lo construyó el canciller Otto Bismark y así generó ese hilo fino de control estatal.

    Entidades privadas sin autonomía universitaria

    Por ahora, se pondrá toda la atención en el efecto natural que causa el subsidio a la oferta sobre la autonomía de la Institución. Como dice el refrán popular: “el que paga, manda”. Es casi una ley de la economía. En efecto, todo se supedita a la cantidad de recursos que el gobierno destine a la institución. No se puede construir un nuevo edificio si no se autoriza por el gobierno y no destina recursos para ese fin, no se puede comprar un reactor si no lo aprueba el gobierno, ¿Entonces, dónde quedó la autonomía universitaria? Se puede observar que cualquier universidad pública, que vive del erario, se convierte en una burocracia, sin cerebro, sin interés por innovar, ni tomar decisiones propias. El personal que la conforma no necesita pensar sino sólo cumplir las órdenes del jefe o cumplir los programas diseñados por alguna oficina gubernamental. 

    Este fenómeno también se observa en universidades privadas, que no están financiadas con dinero del erario. Por ejemplo, el ITESM (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey) se ha convertido en una burocracia privada con 26 campus, sin autonomía universitaria, pues están gobernados desde la central en Monterrey.

    Las universidades públicas, creadas de esta manera, naturalmente se transforman en  instituciones burocráticas propicias para el despilfarro de recursos, robo y saqueo donde los más beneficiados son los que alcanzan los altos  puestos directivos y las mafias sindicales; florece el nepotismo pues hay la facilidad de colocar a los parientes,  amantes, amigos, etc. Los recursos que recibe la autoridad universitaria se desperdician en  gastos inútiles  o innecesarios. Los alumnos se convierten en el pretexto para seguir recibiendo recursos “ad infinitum”; los sindicatos aprovechan la oportunidad de inflar la plantilla con personal innecesario. 

    ¡No importan las pérdidas!

    Las universidades públicas no sienten la necesidad de preocuparse por la rentabilidad, pues se jactan de no ser negocios, y por tanto, no se preocupan por las pérdidas. Otro fenómeno notable es que se convierten en nido propicio para las corrientes de izquierda. Se difunde extensamente la línea marxista como pensamiento único, rechazando u hostilizando al pensamiento liberal, ignoran a los pensadores de la Escuela Austriaca de Economía a pesar de tener grandes académicos de Premio Nobel.También se puede observar los altos niveles de deserción. De cada 100 alumnos que ingresan, solo llegan a titularse el 10 o 15% a pesar de que en varias se ha abolido el requisito de hacer una tesis y se les otorga el título con sólo aprobar todas sus asignaturas.

    Si estos fenómenos solo se observaran en una determinada universidad pública bastaría, quizás, cambiar a los directivos, despedir a algunos o a todos los profesores, aumentarles el salario al doble para que se preocuparan por hacer bien su trabajo, pero nada de esto funciona. El fenómeno es bastante generalizado. De hecho, no se conoce de una sola universidad subsidiada que realmente sea autónoma y eficiente.

    Las autoridades universitarias  prometen cumplir bien, rendir cuentas, gastar sin despilfarros para que el gobierno las siga subsidiando. El Estado les sigue dando recursos y les da el derecho de elegir a sus autoridades, seleccionar a sus docentes, establecer sus sueldos, determinar prestaciones y servicios, etc.  pero tampoco ha servido, ya que siguen sin tenereficiencia terminal y/o avancas significativos. 

    Eliminar el modelo de subsidio a la oferta

    Realmente se necesita analizar a fondo el modelo de universidad pública que se aplica desde décadas atrás. Hace 200 años o más, el gobierno no se metía en el campo educativo. Eran los particulares, es decir, los que no pertenecían al aparato estatal, quienes educaban a los niños y jóvenes. El potentado contrataba a un letrado para educar a sus hijos, o bien, alguna orden religiosa o una asociación privada se disponía a fundar escuelas y universidades. En realidad, se estaba dejando que el mercado, se manifestara para saber cuantas escuelas faltaban, cuántas normales o universidades se rquerían y de que tipo.

    Si el canciller Otto von Bismarck realmente se hubiera preocupado por construir un buen sistema educativo, solo tenía que invitar a los agentes privados a fundar escuelas y universidades; a la banca u otros organismos con recursos podría haberlos incentivado, no obligado, para que otorgaran créditos a largo plazo para personas o asociaciones que tuvieran interés en crear instituciones educativas de todo tipo. Así se habría formado un mercado competitivo de educación en todos los niveles.

    Abajo las instituciones incompetentes

    Las instituciones capaces de satisfacer los gustos, necesidades o anhelos de los alumnos sobrevivirían y desaparecerían las incompetentes. Bismarck pudo haber influido para la creación de instituciones que otorgarán financiamiento a todo joven o ciudadano que quisiera instruirse. Así es como nadie tendría la excusa de no estudiar por falta de recursos. El banco le prestaría lo suficiente para pagar la colegiatura, sus gastos de alimentación, viajes, habitación, etc. y cuando ya estuviera ejerciendo su profesión empezaría a regresar el crédito. 

    Pero Bismarck estaba más preocupado por construir un gobierno que tuviera el control total de la sociedad. No pensó el dictador que el mercado podía resolver el tema educativo. No solo Bismarck adoptó el modelo de control estatal de la educación, también lo hizo Adolfo Hitler, Lenin, Stalin, Fidel Castro y desaparecieron las escuelas privadas. Pero, aún en la Alemania de hoy día, casi todas las escuelas y universidades están en manos del Estado, con directivos de izquierda, como en los viejos tiempos del Führer. Es un mal ejemplo de sistema educativo de un país que se precia de no ser comunista.

    La tarea es transformar el sistema estatista de educación en un sistema educativo competitivo, dinámico y que pueda brindar formación profesional a cualquier jóven que desee instruirse.

    La clave está en el esquema de financiación

    El primer paso es cambiar su sistema de financiamiento. En lugar de que el gobierno le envíe los recursos monetarios a la institución, eso debe desaparecer totalmente. La idea es que el subsidio se envíe a la demanda, es decir, al alumno. Se hace mediante un cheque o voucher a nombre del alumno, intransferible y que únicamente sirve para pagar la colegiatura en la escuela o universidad que el alumno elija para recibir instrucción. 

    No se estaría gastando más dinero. El presupuesto que está destinado a una escuela se divide entre el número de alumnos y luego entre doce. Así se determina el monto de cada voucher que el alumno recibe cada mes. Es importante que sea la mano del alumno quien coloca el cheque en la escuela donde está matriculado. Y debe ser con periodicidad mensual, para garantizar que funcione. 

    El fundamento de esta propuesta radica en que se introduce la disciplina del mercado en el sistema educativo. En efecto, desde el momento en que las escuelas viven de las colegiaturas, es decir, del cliente, se empiezan a preocupar por dar un buen servicio con la esperanza de que ese cliente esté dispuesto a seguir pagando, mes a mes. Es decir, se introduce la variable RIESGO, que es el motor que obliga a una empresa o institución a dar un buen servicio al cliente. Como consecuencia, las otras escuelas también estarán deseosas de recibir vouchers, luego, tendrán que competir, ofreciendo mejores planes de estudio, mejores profesores, etc. Por supuesto, aquellas instituciones que no sean capaces de dar excelentes servicios desaparecerán por su propia incompetencia. Lo cual es perfectamente sano para la población estudiantil y para toda la sociedad.

    ¿Y la gratuidad de la educación?

    Nòtese que no se está hablando de eliminar la gratuidad de la educación ni de privatizar las instituciones, temas que deberán discutirse posteriormente. Introducir el sistema de subsidio a la demanda para eliminar el sistema de subsidio a la oferta es el primer paso necesario para lograr la autonomía de escuelas y universidades. Los profesores, investigadores, administradores y trabajadores de la institución podrán reunirse para decidir libremente, es decir, sin intervención del gobierno, cómo distribuir el dinero ingresado por los vouchers. Determinarán el salario de cada docente, de cada trabajador, del rector y lo suficiente para mantenimiento o ampliación del plantel. Aprenderán así a administrar su propia institución.

    Con toda seguridad las escuelas empezarán a cambiar su visión de futuro, su filosofía para volverse más afines a un mundo de libertad donde el individuo sea el centro del universo. En otras palabras, con el subsidio a la demanda es más probable que abandonen esa visión izquierdista que anula el valor de la persona.

    Sacar las manos del gobierno

    Aunque el cambio en el sistema de financiamiento es un gran paso, no es suficiente para lograr la autonomía universitaria tan anhelada, es necesario un punto más; se requiere sacar las manos del gobierno. Quiere decir que es necesario eliminar todo tipo de control por parte del Estado. Esto incluye evitar el control o supervisión del gobierno mediante alguna institución burocrática. Pero todo movimiento de dinero, ingresos y gastos deben subirse a la red para que todos estén informados. Al final, los títulos o grados académicos deben ser otorgados por la institución educativa y no por el gobierno. 

    En el caso de universidades privadas también aplica la necesidad de fomentar la autonomía universitaria. Cada campus de Tecnológico de Monterrey debería comportarse como una universidad independiente, autónoma y libre de contratar a los profesores y empleados, poner sus propias colegiaturas, diseñar sus propios planes y programas de estudio sin estar sujetos o incorporados a la UNAM ,SEP y otras instituciones del gobierno.

    Es de justicia reconocer que el ITESM ha generado resultados significativos y diferentes que la universidad pública. Por ejemplo, el ITESM es la universidad que ha generado más patentes que cualquier otra universidad. Pero han fracasado en cuanto a la formación de empresarios porque adolecen del mismo problema estructural que las universidades públicas: los profesores son , fundamentalmente, burócratas de quincena. Dicho de otra manera, no son dueños, copropietarios ni accionistas de la institución.

    El valor de la autonomía universitaria

    Una vez que se entiende el valor de la autonomía universitariay que ésta no se logra con incluir el nombre de “autónoma”, sino que está asociado a la forma de vivir de una institución.  En realidad, para que una institución disfrute de autonomía administrativa y académica solo puede ser sobre la base de “Autonomía financiera”, es decir, que no reciba fondos públicos. Si la UNAM sigue viviendo del subsidio que le da el gobierno, es imposible que disfrute de autonomía. Lo mismo para el Tec de Monterrey, si los dineros llegan de la central de Monterrey, es imposible que cada campus disfrute de autonomía.

    Entender esto significa aceptar que las instituciones deben vivir del cliente, no del gobierno, y vale para la UNAM o el Tec de Monterrey. Cuando un gobierno entiende la necesidad y el valor de la autonomía universitaria, puede hacer el cambio de manera rápida en las escuelas y universidades públicas. En efecto, bastaría decirle al alumno que acuda a un banco cercano donde la darán un cheque que solo sirve para pagar en la escuela o universidad donde está inscrito.

    La escuela le extiende un recibo con el cual el alumno acude, al siguiente mes por otro cheque y asi va pagando la colegiatura. Al Estado no le costaría prácticamente nada hacer este cambio. Si no se tiene toda la confianza, se puede aplicar en cualquier Estado de la República, por ejemplo en el Estado de Veracruz, O bien, aplicarlo a una universidad, digamos a la Universidad Veracruzana, o a nivel de secundarias, o tan solo de una secundaría y observar el comportamiento de los directivos, profesores y trabajadores, los cuales, con toda seguridad desempeñarán mejor sus funciones.

    El caso UAM

    Suponiendo, en el peor de los casos, que el gobierno no estuviera interesado en introducir este cambio de financiamiento, la UAM la puede aplicar, en uso de la autonomía que según disfruta. En efecto, los recursos los recibe rectoría y en lugar de asignarlos a cada unidad, rectoría se transforma en la distribuidora de vouchers para los alumnos. El alumno de la Unidad Azcapotzalco, Iztapalapa, Xochimilco, Cuajimalpa o Lerma, acude a la rectoria para recibir el voucher y pagar en la unidad de su preferencia. Esto lo haría cada mes. Cualquiera de las unidades empezaría a mejorar sabiendo que vive del pago del alumno.

    Pero aún se puede profundizar más el tema de autonomía. En efecto, se le puede dar autonomía a cada división de, digamos, la Unidad Azcapotzalco. Es decir, el alumno paga a la división donde está inscrito (DCBI, DCSH, DCAD),

    ¿Se puede dar más autonomía?

    En efecto, se puede llevar a nivel de Departamento. Éste, a su vez, actuaría como una institución autónoma dentro de la universidad. Los profesores adscritos decidirían allí sus sueldos, el número de asistentes, los contratos, etc. Estoy seguro que esto causaría un dinamismo, y todos ganaríamos.

    La primera vez que se aplicó el sistema de vouchers fue en Milwaukee en 1990, se vio que era bueno y se extendió para todo el Estado de Wisconsin; luego se implantó a nivel universitarios en Suecia. Actualmente se aplica ya en Argentina con el gobierno de Javier Milei2 y se está extendiendo en muchos lugares del mundo

    Cambiar el flujo de financiamiento es condición sine qua non para iniciar la reforma del sistema educativo, no es suficiente pero es la base para darle mejor autonomía a las universidades, para aprovechar el talento de académicos e investigadores, para formar profesionistas con el perfil que necesita nuestro país, capaces de tomar riesgos, de fundar nuevas empresas, generar fuentes de empleo, etc. El subsidio a la oferta ha sido un sistema que ha dañado a las universidades, pero que se puede cambiar si se tiene la voluntad, coraje y decisión de crear algo mejor para nuestro pueblo.

    Bibliografía
    1. Friedman Milton. Libertad de Elegir. Editorial Planeta. 1978
    2. West E.G. La educación y el Estado. Union Editorial. 1994
    3. Mises von Ludwig. La acción humana. Union Editorial 1980
    4. Boragina. La educación. Editorial Argentina. 2010
    5. 4. Mercado Reyes Santos. El fin de la educación pública. 2012.
    Ver también

    El origen perverso de las universidades públicas. (Santos Mercado).

    El difícil camino a la autonomía universitaria. (Santos Mercado).

    El origen perverso de las universidades públicas

    Antes no había escuelas ni universidades públicas, la educación estaba en manos del sector privado, aquel hombre culto era alquilado para enseñar a los hijos de un comerciante, artesanos o de algún monarca. El filósofo Sócrates tenía a un grupo de jóvenes que recibían clases de filosofía, matemáticas, botánica y se mantenía con las cuotas de sus educandos. Lo mismo hacía Platón, Aristóteles, Pitágoras, que también eran contratados para educar a los hijos del Rey.

    En aquellos tiempos, los reyes o gobernantes se dedicaban a dirimir conflictos entre particulares, como el Rey Salomón, o para avasallar a sus vecinos, invadir tierras, saquear pueblos, como lo hacían los vikingos. Pero no se dedicaban a la educación del pueblo.

    La primera universidad del mundo fue fundada en Fez Marruecos en el año 859 por la esposa de un gran comerciante; luego la universidad de Bologna en 1088 por el monje Irnerius, y así se siguieron fundando escuelas y universidades por órdenes religiosas y por organizaciones privadas interesadas por la educación o por el negocio que significaban.

    En 1551 se funda la Real y Pontificia Universidad de México promovida por religiosos y ciudadanos. El gobierno no la subsidiaba, vivía de colegiaturas y de las cátedras que impartían los monjes y sacerdotes.

    Otto von Bismarck

    El protagonismo del gobierno, en el campo educativo prácticamente es nuevo, tiene su origen en el dictador prusiano Otto von Bismarck. Como todos los autarcas de su tiempo, se encargaba de mantener la paz en su territorio y de lanzar la guerra para ampliar sus dominios. Después de dirimir conflictos con sus vecinos, tenía que afrontar los de sus propios ciudadanos que no estaban tan a gusto de perder hijos, maridos o tíos para los ejércitos del dictador. ¿Cómo apagar el descontento y ganar la simpatía del pueblo? Tal era la preocupación de Bismarck.

    Se le ocurre fundar grandes escuelas para que la gente enviara a sus hijos a estudiar gratuitamente. En efecto, la gente le aplaudió la idea. Así se originaron las escuelas públicas. Se solventarían los gastos con los impuestos, el gobierno contrataría a los profesores, les destinaría un sueldo, haría los planes y programas, otorgaría los títulos o diplomas oficiales. Logró apaciguar al pueblo.

    Extensión por el resto del mundo

    El modelo Bismarck se exportó a los Estados Unidos de América y luego a toda Latinoamérica. Así nació la intervención casi completa del Estado en la educación. Pero fue en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Corea del Norte y en Cuba, donde se implantó de manera absoluta, como un monopolio del Estado, no sobrevivió ninguna escuela privada.

    Se inicia así una etapa de gran protagonismo del Estado en educación, salud, petróleo, ferrocarriles, etc.  Es una especie de ola que vive la Humanidad y que tardará varias décadas en corregirse.

    A principios del siglo XX, la comunidad universitaria ya se percataba que la intervención del gobierno en las instituciones universitarias no era del todo buena: El señor presidente imponía a los rectores, generalmente eran sus amigos o parientes; imponía los planes y programas de estudio; decidía qué profesores podían dar clases; otorgaba medallas, títulos o diplomas oficiales y decidía los sueldos de los docentes y directivos. Se imponía así un control gubernamental casi absoluto sobre la vida universitaria.

    Una camisa de fuerza

    Los universitarios sentían una especie de camisa de fuerza que impedía el desarrollo de la institución. No se podían expresar nuevas ideas, no se podía cuestionar al señor presidente o a los gobernadores, no se podían introducir ciencias o disciplinas novedosas.  Quedaba la educación estancada y divorciada de la sociedad.

    A los altos puestos directivos llegaban políticos que no sabían de ciencia, investigación o cultura, ni tenían intenciones de aprender, solo tener presencia mientras contara con la simpatía del gobernante. El modelo se replicaba en todas las nuevas universidades de las entidades estatales.

    La lucha por cambiar esa situación estaba más que justificada. Los estudiantes platicaron, reflexionaron y se unieron para luchar por un objetivo claro: la autonomía universitaria. Recibieron la simpatía del pueblo, estaban claros los argumentos, pero incluso el gobierno manifestó su simpatía por ese movimiento, aunque sabía que perder el control de la vida universitaria no era del todo agradable para el Estado.

    La Universidad en México

    Fue así que el presidente Emilio Portes Gil, hombre inteligente y sagaz, ideó una estratagema. Les manifestó a los jefes del movimiento que simpatizaba tanto con su causa, que no sólo les iba a conceder la autonomía para que se autogobernaran, nombraran a sus propias autoridades, diseñaran sus planes y programas, contrataran a sus profesores, aplicaran sus propias políticas de investigación, ciencia y cultura.

    Todo eso iba a ser permitido gracias a la autonomía universitaria que les iba a conceder en el año 1929. Y para mostrar su gran simpatía, les ofreció que el Estado les proporcionaría todos los recursos económicos y financieros para construir un gran proyecto de universidad mexicana. La comunidad universitaria saltó de alegría, nadie se daba cuento del perverso plan: que el subsidio gubernamental era el “caballo de Troya” que anularía la autonomía universitaria. Desde entonces, las universidades públicas fueron integradas al gasto gubernamental sin percatarse que con eso estaban destruyendo la autonomía por la que tanto habían luchado.

    En efecto, el subsidio gubernamental, seguro y generoso, les provocó un aletargado y somnoliento desarrollo y crecimiento: cayeron en la trampa y pocos se han dado cuenta de ello. Los que se dan cuenta, prefieren callar por haber alcanzado un buen nivel de sueldo seguro, una zona de confort que no desean poner en riesgo.

    Del subdidio a la pobreza… universitaria

    Se observa en todas las universidades subsidiadas que el desarrollo científico es pobre, no hay patentes, la cultura está sesgada a la izquierda y se promueve una formación anticapitalista. Además, la deserción es grande lo que provoca que el costo que paga la sociedad por formar a un titulado carece de justificación; las universidades públicas se encerraron en su esfera de cristal quedando divorciadas del sector productivo, reacias a la cultura empresarial, formando egresados que no tienen demanda y olvidándose de los profesionistas que demanda el mercado.

    Porfirio Díaz, consciente o inconscientemente, aplicó el Modelo Bismarck en el campo educativo. Expropió terrenos, construyó edificios, contrató profesores, elaboró los planes y programas, determinó quién tenía el derecho de estudiar y de otorgársele un título profesional. Todo bajo el control y subsidio del Estado. Llegó la Revolución Mexicana y el modelo no se elimina, al contrario, se expande y se profundiza en todos los niveles. Aún cuando existía cierto número de “escuelas privadas” ninguna podía establecer sus propios planes y programas, todas tenían que estar bajo el control y supervisión del Estado, seguir los planes y programas oficiales bajo la amenaza de perder la licencia de funcionamiento a quienes se salieran de las reglas, pero podían cobrar colegiaturas para no recibir subsidios del Estado.

    La educación será ¡socialista!

    En 1932, el general Lázaro Cárdenas se radicaliza para declarar que toda la educación en México tenía que ser socialista. En 1936 el gobierno inaugura el Instituto Politécnico Nacional para formar a los cuadros técnicos que requerían los grandes proyectos estatales.

    La iglesia y el sector privado ven con preocupación el camino que estaba tomando México, un camino similar al que toman los países comunistas y reaccionan creando el ITESM por un grupo de empresarios y la Universidad Iberoamericana por el sector religioso, todo con la intención de evitar que México se fuera por la senda socialista. No logran demasiados resultados dado que se ven sometidos por el poder político para obedecer los lineamientos estatales. El papel del Estado se hace avasallador con las escuelas públicas y representaba más del 80 % de participación, contra el sector privado con menos del 20% pero sometido al control del gobierno. Ya estábamos cercanos a Cuba y URSS en educación.

    Como es natural, la educación manejada por el gobierno genera conflictos propios. Nada había avanzado con la supuesta autonomía lograda antes, ahora la educación sufría de sindicalismo, luchas por los puestos directivos, huelgas paros, violencia, etc. Así, se llega al movimiento estudiantil de 1968, lidereado por el Partido Comunista Mexicano y se produce una matanza de estudiantes en Tlatelolco orquestada por Luis Echeverría Álvarez y otra en 1971.

    Nace la UAM

    Al gobierno izquierdista de Luis Echeverría se le ocurre que puede controlar a los jóvenes, al estilo prusiano de Otto Bismarck. Ordena construir la UAM, CIDE, Universidad pedagógica Nacional, el Colegio de Bachilleres, el Colegio de Ciencias y Humanidades y otras instituciones del Estado, todas creadas por decreto presidencial.

    Los alumnos ingresan por examen. El resultado es que los alumnos con mejor estado económico son los que terminan con título y los demás serían desechados por el sistema. Los alumnos son formados para ser empleados, no empresarios.

    La UAM no nació como una Institución totalmente gratuita. En sus primeros años había una colegiatura aproximada de tres salarios mínimos por el trimestre. Mucha gente llegó a pensar que la UAM era una institución privada. Pero nadie podía quejarse que con esa colegiatura no podría estudiar en esta institución ya que había un novedoso sistema de crédito, de tal manera que el alumno podía diferir el pago para después de que terminara sus estudios. Pero este sistema se perdió debido a que ese dinero “no era necesario” ya que el subsidio del gobierno era bastante generoso, se perdió el sistema.

    Sindicalismo

    Los trabajadores. Muchos entran primero como ayudantes, luego llegan a conseguir la base para ser trabajadores de tiempo definitivo y con ello ya tienen trabajo de por vida, sin riesgo de perder, con salario seguro, se tiene así una zona de confort nada despreciable. Hay trabajadores sindicalizados y no sindicalizados. Los sindicalizados tienen el derecho de meter a un trabajador a la UAM. De esta manera, ahora puede haber una familia completa en la nómina universitaria. Cada trabajador tiene el sueldo seguro de por vida. Es muy difícil despedir a un jardinero, vigilante, profesor, administrativo o directivo. Además, los directivos prefieren evitar conflictos, después de todo, no son propietarios de la Universidad y conceden para “llevar la fiesta tranquila”.

    Sindicalismo. Este es uno de los renglones más absurdos dentro de la institución. Dado que el gobierno arroja una gran bolsa de dinero a la UAM para que lo administren con total autonomía, sería suficiente que académicos, administrativos y trabajadores comunes se reunieran para decidir el uso de la bolsa de dinero, esto en uso de la autonomía decretada para la Institución. Pero no, un gran sector de trabajadores trae la cultura de luchas proletarias contra el burgués explotador, y buscan desesperadamente al dueño de la universidad.

    ¿De quién es la Universidad?

    Pero la Universidad no tiene dueños, no hay propietarios, es una “tierra de nadie”. Entonces a esos “proletarios” se le ocurre identificar al rector y sus colaboradores cercanos (los rectores de Unidad) como los burgueses a vencer. Pero los rectores no son accionistas, ejercen el papel de directivos solo por un rato, son trabajadores asalariados igual que el jardinero o profesor. Con esta visión distorsionada de clases y lucha de clases, los proletarios, organizados en el sindicato, lanzan cada año una lucha contra los “burgueses”. Que son los directivos del momento.

    De esta forma se generan los emplazamientos y amenazas de huelga y se estallan durando dos o tres meses sin actividades, al final, cuando ya no hay recursos para mantener la huelga, terminan firmando casi en la misma oferta original de “la Patronal”. Este juego absurdo perverso inútil y destructivo ayuda a eliminar el escaso prestigio que logran nuestras universidades, cosa que no le preocupa al sindicato. Se destruyen también los laboratorios, los experimentos, se pierden computadoras y aparatos costosos y los alumnos pierden el tiempo. Por supuesto, esto no le importa a “la patronal” ni al sindicato ni a los no sindicalizados, pues nada en la UAM es propiedad de ellos.

    La deserción

    De cada cien alumnos que intentan ingresar a la UAM solo son admitidos 10, pero de estos diez solo tres logran titularse; los demás abandonan. En otras palabras, la deserción es superior al 70 %. Y de estos tres titulados, solo uno ejerce en lo que estudió. Si hacemos el cálculo de cuánto cuesta formar a ese profesionista de la UAM que ejerce en lo que estudió, el costo es grande, que si se le hubiera enviado a estudiar a la universidad más cara de los Estados Unidos, aun pagándoles todos sus gastos, habría salido más barato. Ya titulado, el nuevo profesionista solo se le ocurre buscar quien le garantice las quincenas. Pocos encuentran un trabajo acorde y muchos se dedican a ganarse la vida en lo que sea.

    ¿Por qué tanta deserción? Nuestros analistas buscan las causas de la deserción. Algunos dicen que se debe a la falta de recursos de los estudiantes, y lo tratan de resolver regalándoles dinero en becas mensuales, pero no se ve una diferencia significativa que cuando no se les regalaba dinero. Otros dicen que traen problemas sicológicos en la familia o en el medio donde viven, es muy posible, pero gastando en sicólogos de la universidad tampoco ha dado solución; también se dice que traen mala alimentación y entonces se les da comida casi regalada. Pero nada de estas medidas han mostrado mejores resultados. En mi opinión, se dan palos de ciego por falta de diagnóstico correcto.

    Los docentes

    La mayoría siguen el mismo patrón. Terminan los estudios, solicitan trabajo en la UAM, se consigue una plaza de tiempo parcial, luego una definitiva. Ningún aspirante a profesor leyó antes la Ley Orgánica de la UAM, ni se puso a reflexionar sobre el modelo de universidad, ni cuestionó la idoneidad para realizar su vida profesional, simplemente llegan por hambre, buscando la paga segura. No es difícil encontrar profesores con buenas ideas, pero la estructura de la universidad no les permite hacer cambios relevantes, de esta manera, se desperdician los talentos. Y es que la Institución no siente la necesidad de hacer cambios, ya que el presupuesto gubernamental está seguro, sin importar la contingencia que viva el país.

    Si los vicios, corrupción, displicencia se observasen en una sola universidad, la solución sería más fácil, simplemente se cambia a los directivos, se cambian a los profesores y trabajadores y queda el problema solucionado. Pero no, ocurre en todas las universidades del gobierno. Entonces es un fenómeno digno de estudio para encontrar la variable o la razón por la que se echan a perder las instituciones educativas.

    ¿Dónde estuvo el error?

    La UAM adoptó el modelo Bismarck: Todo lo hizo el gobierno y todo bajo el control del Estado. Los resultados, necesariamente, tenían que ser malos, deficientes, perversos. Pero ya estamos aquí. ¿Qué se puede hacer para corregir el modelo?

    La historia habría sido diferente si se hubiera dejado libre a la iniciativa privada que construyera las universidades. Aquellos que tenían recursos para construir edificios universitarios deberían, si acaso, ser invitados, estimulados e incentivados para que fundaran universidades privadas. Entendemos por universidades privadas aquellas que tienen propietario. El dueño reclutaría a los mejores profesores, negociaría sus sueldos con cada uno de ellos, supervisaría los programas para ver si eran atractivos para los alumnos o padres de familia.

    Universidades privadas

    Se permitiría que surgieran dos, diez o muchas universidades, todas con sus propias reglas y programas de estudio y todas viviendo del cliente, es decir, del estudiante. Estas universidades no pagarían impuestos a fin de impulsar su crecimiento. Todo alumno pagaría la colegiatura, los que no tuvieran recursos propios contarían con créditos bancarios o bien, con el apoyo de asociaciones particulares que les ayudarían con becas parciales o totales. En el peor de los casos, el gobierno apoyaría a estudiantes regalándoles recursos para que pagaran en la universidad de su preferencia. La garantía de que se estuviera construyendo un buen sistema educativo o universitario radica en la competencia entre instituciones.

    Pero no fue así. La gente estaba acostumbrada a las decisiones del jefe, monarca o rey, nadie cuestionaba. Además, en esos tiempos estaba poco desarrollada la teoría económica para dar una respuesta cabal al problema de la educación y de otros renglones donde el Estado ha intervenido y monopolizado: Electricidad, telefonía, agua, salud, moneda… y en todos ellos ha fracasado. A pesar de que Adam Smith había ya publicado su obra La riqueza de las naciones, que sirvió de inspiración para pueblos como los EEUU. Agréguese las teorías marxistas, socialistas, comunistas y socialdemócratas que se desarrollaron desde mediados del siglo XIX, donde promueven dejar todo en manos del Estado. En fin, lo hecho, hecho está. ¿Hay remedio?

    La financiación es clave

    Para el caso específico de la UAM se puede decir que hay solución interna, sin necesidad de esperar cambios impuestos por el gobierno. No es necesario tirar los edificios y hacer nuevos, ni despedir a todo el personal y contratar nuevos, ni expulsar a todos los alumnos y meter nuevos, ni eliminar al sindicato, eso no soluciona nada y, con el tiempo, llegaríamos a lo mismo. Se necesita tocar el punto clave. La clave está en cambiar el sistema de financiamiento a las unidades. Es posible modificar aprovechando la propiedad de autonomía concedida por el gobierno. Los recursos llegan a la rectoría y la rectoría elabora cheques o vouchers para entregarlos cada mes a los alumnos; luego, los alumnos pagan la colegiatura en la Unidad de la UAM donde estén estudiando. Es decir, los recursos con los cuales funcionaría la Unidad Azcapotzalco, Ixtapalapa, y las demás ya no llegan por rectoría, sino por la mano del alumno.

    Anomalías democráticas (y V)

    El sistema universitario, por su forma de ser, constituye una anomalía que debe ser analizada desde un punto de vista independiente del sistema educativo. Para empezar, no se trata del sistema educativo propiamente dicho, esto es, los alumnos que alcanzan un grado universitario se presumen que ya han alcanzado un nivel suficiente de conocimientos. Los alumnos no van a las universidades a educarse, sino más bien a aprender una profesión de alta remuneración.

    Pues bien, la primera salvedad sería por qué el sistema universitario debe estar estatalizado. Si las justificaciones para un sistema educativo básico regido por el Estado de forma directa ya son cuanto menos discutibles, no termina de entender por qué el Estado tiene que organizar y gestionar directamente la enseñanza posobligatoria. Una vez que los niños hayan recibido la instrucción básica, el Estado no cuenta con ningún incentivo para seguir el proceso educativo de los estudiantes. La democratización de la universidad ha llevado a la proliferación de estas, a la existencia de campus en prácticamente todas las ciudades de tamaño pequeño y, como consecuencia de ello, a la minusvaloración de los títulos por parte del mercado de trabajo.

    Sin embargo, una vez que se conoce el sistema educativo desde dentro, la cuestión comienza a cobrar sentido. El sistema universitario estatal, como todos los servicios públicos, son un fin en sí mismos. No se trata de ofrecer una educación de calidad, sino la constatación de la cantidad de personas que viven del sector. Ahí tenemos los ránquines internacionales en los que las universidades españolas no es que queden mal, es que directamente ni aparecen. Claustros y alumnado luchan a capa y espada para que cualquier tipo de innovación educativa, especialmente el acercamiento de la realidad empresarial a las aulas quede totalmente al margen.

    Pero existe una cuestión aún más perniciosa respecto de la enseñanza universitaria: su regresión. Frente a unos Estados modernos que claman la redistribución de la renta como uno de sus principales papeles (aunque esto viole el principio de igualdad ante la ley), las universidades toman su financiación de los contribuyentes (léase, las clases medias) para financiar los estudios de unos pocos estudiantes (más de los que deberían, en realidad). Al subvencionar los estudios universitarios, los estudiantes no asumen el coste íntegro de su acción, por lo que arrojan sobre la espalda de los contribuyentes parte de sus costes. Un joven que comience a trabajar lo antes posible, por ejemplo, estará financiando con sus impuestos los estudios de otros jóvenes de su edad que decidan continuar estudiando.

    Pero no sólo eso. La universidad es un tipo de sector en el que se vuelve a competir deslealmente entre el Estado y los entes privados, al igual que sucedía con los medios de comunicación. Así, mientras las universidades privadas viven de las matrículas de sus alumnos y los derechos sobre patentes que puedan obtener de sus investigaciones, las universidades públicas siempre contarán con la financiación estatal, con el perverso incentivo sobre la productividad que ello supone.

    Sin embargo, en el debate entre universidades públicas y privadas, los defensores del estatismo argumentan que la enseñanza pública cuenta con mayor calidad precisamente por situarse en mayores niveles de sexenios, acreditaciones y todo tipo de beneplácitos administrativos de la propia administración. Esto es, las universidades estatales cuentan con mejores certificaciones estatales. Pero, es debido a esa liberación de horas y de carga de trabajo que puede sustentarse sobre las espaldas de los contribuyentes la razón principal por la que un profesor de la universidad estatal puede dedicar parte de su jornada laboral a la investigación, mientras que los profesores de la enseñanza privada tienen la necesidad de impartir más docencia para justificar los beneficios de sus universidades.

    Pero la última cuestión, y puede que la más hiriente, sea cómo la universidad estatal se convierte en correa de transmisión del poder político. No es infrecuente ver cómo catedráticos, decanos o rectores van y vuelven de la universidad estatal a la política y viceversa. Las promociones estatales de estudiantes son cantera del sector público, tanto en funcionariado como de cargos públicos. Pese a tratarse, en teoría, de entes autónomos, lo cierto es que las universidades viven en una matrimonio de conveniencia con el poder político, en cierto modo parecido a la banca o las compañías eléctricas.

    Serie ‘Anomalías democráticas’ I, II, III, IV