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Etiqueta: educación

¿Wert pone a la escuela a competir?

 El ruido de los temas políticamente sensibles (catalán, educación para la ciudadanía o religión) ha hecho que los cambios sustanciales que propone la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa que impulsa José Ignacio Wert hayan pasado prácticamente inadvertidos. Así, mientras en las tertulias se discute durante horas sobre si debe haber o no una alternativa evaluable a la enseñanza de la doctrina católica, el mejor ministro del Gobierno está intentando aprobar una ley revolucionaria, que podría cambiar por completo el modelo educativo público español y acercarlo a los mejores del mundo. No será sencillo que lo consiga, entre otras cosas porque la ley contiene elementos muy cuestionables que habría que mejorar durante su tramitación. Pero el texto del Ministerio es una magnífica primera piedra sobre la que construir un nuevo edificio, ahora que casi todos tenemos claro que el que cobija a nuestros estudiantes se está cayendo a pedazos.

En cualquier caso, sólo unos pocos comentaristas (como Mikel Buesa en este mismo medio, con una magnífica columna) se han dado cuenta de la magnitud del cambio que ha planteado el ministro. También se percató El País. El periódico del grupo Prisa ha planteado una batalla frontal a la reforma precisamente por algunos de sus aspectos más novedosos y benéficos. El pasado día 6 publicaba una pieza con el mismo título que este artículo, pero en afirmativo y con un sesgo claramente contrario al proyecto del Gobierno: "Wert pone a la escuela a competir"¿Y qué tiene de malo?

Todas las personas, incluso los profesores y sus alumnos, nos movemos siempre en función de los incentivos que se nos plantean. Cualquier economista sabe que ésta es la palabra mágica que explica el comportamiento del ser humano y, en última instancia, sus relaciones en sociedad. Los incentivos no tienen por qué ser monetarios, ni mucho menos: pueden suponer reconocimiento social, satisfacción personal, afecto familiar… Será la suma de cada una de estas variables y las posibilidades de conseguir esos objetivos lo que muevan a cada ciudadano. Y el problema que ha tenido la escuela pública española durante toda su historia es que todos los incentivos (para padres, profesores y alumnos) estaban mal diseñados. Por eso era imposible que el sistema funcionara. No es una cuestión de personas, de dinero o de leyes educativas, que retocaban la forma sin tocar el fondo: todo el modelo partía de una base errónea.

El sistema educativo español siempre se ha basado en la absurda creencia de que el ministro de turno (o el consejero autonómico) era el más adecuado para decidir cómo, cuándo y cuánto tenía que estudiar cada niño. De esta manera, las posibilidades de padres, profesores y alumnos eran mínimas: los primeros no pueden organizar las clases de acuerdo a su capacidad y criterio, los segundos no pueden escoger el colegio al que llevar a sus hijos y los terceros no pueden elegir el camino que más se adapte a sus gustos o capacidades.

A pesar de lo que apunta la corrección política que nos rodea, esto no es lo normal, ni siquiera en países de tradición intervencionista, con mucho gasto público o en los que el Estado tiene una amplia presencia en la educación. Desde Finlandia a Canadá, pasando por Holanda, los países occidentales con mejores resultados en las pruebas internacionales se caracterizan por tener sistemas que se fundamentan en tres pilares:autonomía de los centros, capacidad de elección de los padres y retribución adecuada (tanto a alumnos como a profesores) de los buenos resultados. No es ninguna sorpresa. Es sólo una cuestión de incentivos.

Con estos principios claros, cualquiera se puede hacer una idea de cómo debería ser la escuela que salga de la Ley Wert: una en la que centros, profesores y alumnos compitan por ser mejores cada día. No está nada claro que el texto final cumpla con las expectativas de aquellos que queremos un cambio claro de modelo y no un simple maquillaje pepero de una mala ley socialista. En cada aspecto de la norma, el ministro nos ha dado una de cal y otra de arena. La clave será hacia dónde se incline finalmente.

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Evaluaciones

La parte buena es que el proyecto de ley apuesta por pruebas al final de primaria y de secundaria, con lo que será sencillo hacer la foto de qué centros lo están haciendo bien y cuáles no. Pero la clave no está sólo en hacer exámenes, sino en publicar los resultados y en premiar a aquellos que lo hagan mejor (los que saquen notas más altas, los que consigan subir sus resultados de año en año o los que logren buenas calificaciones en función del tipo de alumnado que acojan).

Colegios

El ministro asegura que se permitirá a los centros decidir su manera de gestionarse; a cambio, se les exigirá que alcancen determinados resultados. Los que los consigan, mantendrán su autonomía y podrían recibir premios (incluidos económicos). Este planteamiento choca con la exhaustiva redacción del plan de estudios incluido en el articulado. Si una escuela es buena y sus alumnos obtienen grandes puntuaciones en las pruebas de control, ¿qué falta hace decirle que tiene que dedicar 6 horas semanales a la asignatura de Historia de 3º de la ESO? Dejemos que sean sus maestros los que decidan cómo organizarse.

Profesores

Wert afirma que cambiará por completo la carrera profesional de los maestros; un cambio que redundará tanto en la motivación diaria de los mismos como en una mejora de sus condiciones económicas, con incentivos que premien a aquellos que mejor lo hagan. Pero ni el sistema de selección (que seguirá siendo por oposiciones) ni la naturaleza funcionarial del puesto cambiarán. Se hace difícil pensar cómo conseguirá el ministro lo que no ha logrado nadie más: inventar un sistema de remuneración para un grupo de trabajadores públicos que premie a los más productivos y castigue a los que no obtienen resultados.

Padres

Evidentemente, si los centros tienen autonomía para organizarse y competir, los padres deben tener capacidad para escoger el que más se ajuste a sus gustos. El proyecto de ley apunta en este sentido, en la línea de lo que ya se estila en la comunidad de Madrid. Pero la aplicación de esta cuestión seguirá en manos de las autonomías, y no será sencillo que muchas de ellas admitan algo tan revolucionario como que sean los padres los que elijan el colegio de sus hijos.

Alumnos

La ley permitirá adelantar los itinerarios a los 15 años. Quizás ésta sea la mejor parte de la reforma. Además, aquellos que escojan la FP podrían vivir un cambio radical si finalmente se implanta el sistema dual de Suiza o Alemania, en que los alumnos combinan la parte teórica con sus primeras prácticas en las empresas.

I Congreso de Economía y Libertad: La Gran Recesión y sus salidas

La actual crisis económica ha resquebrajado algunos de los cimientos sobre los que se asienta nuestra sociedad. En concreto, la crisis nos ha obligado a replantearnos cuál debe ser el papel del Estado y cuál es el grado de libertad económica que necesitamos para construir una sociedad próspera. Por supuesto, en este debate social ha habido respuestas de todos los colores, pero, al contrario que en otras crisis y para sorpresa de muchos liberales, una parte de la sociedad está tomando conciencia de que la salida de la crisis requiere austeridad pública, menos intervención estatal, menos impuestos y, en definitiva, más libertad económica.

Es indudable que en estos momentos pueden llegar a hacerse reformas valientes que hace unos pocos años eran políticamente inviables. En este sentido, hoy tenemos la oportunidad de refundar la sociedad en la que vivimos sobre unas bases más sólidas que permitan evitar desastres como el que estamos padeciendo. Es necesario, por tanto, organizar foros de debate para reflexionar sobre la situación en la que estamos y sobre cuál es la dirección que debemos tomar.

Este es el motivo por el que la Universidad Católica de Ávila y el Instituto Juan de Mariana celebrarán el “I Congreso de Economía y Libertad: La Gran Recesión y sus salidas” los próximos 22, 23 y 24 de noviembre en Ávila. Nuestra intención es reunir durante tres días a los mejores expertos para reflexionar sobre la Gran Recesión. Por ello, en el Congreso participarán ilustres personalidades académicas como Juan Velarde, Carlos Rodríguez Braun, Victoriano Martín, Maximino Carpio y Juan Ramón Rallo, entre otros. Asimismo, queremos elaborar un breve documento que sintetice las principales conclusiones del Congreso y, en especial, que explique cuáles son las medidas concretas que debe tomar el Gobierno para acelerar la llegada de la recuperación económica. Este documento será posteriormente facilitado a los medios de comunicación.

Como puede verse en el programa, el Congreso tendrá seis ejes temáticos o hilos conductores: en primer lugar, “antecedentes de la Gran Recesión” a través del que analizaremos cómo hemos llegado a esta situación; en segundo lugar, “crisis mundial y crisis española” donde estudiaremos la magnitud de la crisis; en tercer lugar, “crisis monetaria” donde profundizaremos en la dimensión monetaria de la crisis; en cuarto lugar, “crisis de las políticas públicas” en el que analizaremos los problemas de deuda soberana así como las políticas anti-crisis que se han aplicado; en quinto lugar, “crisis ética”, donde analizaremos las implicaciones éticas de la crisis; y, finalmente, “crisis de paradigma” donde debatiremos sobre la dirección que estamos tomando y sobre cuáles son las bases de una sociedad más libre y más próspera.

Además, queremos que en el Congreso participe toda persona interesada en presentar una breve comunicación oral de 20 minutos. Aquellos que estén interesados pueden enviar un resumen de la comunicación a lo largo del verano (julio y agosto) y seguir las normas de presentación establecidas por el Comité Científico del Congreso. Todas las comunicaciones aceptadas y presentadas serán publicadas en un Libro de Actas con su respectivo ISBN.

Por todo esto, os invitamos a todos a asistir a este Congreso, que creemos que será una oportunidad única para la reflexión y el análisis de la dramática situación que vive la economía mundial y española.

¡Os esperamos!


Para más información, https://www.ucavila.es/I_congreso_economia o directamente contactar con David Sanz (david.sanz@ucavila.es).

¿Recortes? ¿Dónde?

Desde 2003, sus gastos han aumentado más de un 50% y su endeudamiento se acrecentó alrededor de un 150%, colocándola a la cabeza de todas las autonomías por pasivos sobre el PIB. Por si lo anterior fuera poco, que no lo es, su déficit estimado para 2011 asciende a más de 3.000 millones de euros sobre un presupuesto de apenas 14.000 millones.

En este contexto, uno desearía ver recortes mucho más enérgicos en todas las materias –recortes que, en honor a la verdad, las autonomías no pueden acometer en buena parte a menos que el Gobierno central reforme mucha legislación básica que les impone unos infinanciables niveles de prestaciones mínimas– para, al final, disponer de un presupuesto equilibrado, saneado y austero que permita a las autonomías cumplir con todos sus compromisos sin exprimir al contribuyente.

Pero hete aquí que, en este contexto de cuasi-bancarrota, los imprescindibles recortes son recibidos con indignación por los grupos sociales más o menos organizados que se benefician directamente de esas insostenibles transferencias de renta. Uno de esos grupos son claramente los estudiantes y los profesores de la enseñanza pública, que inconscientes o despreocupados de la crítica situación financiera de su empleador, se sublevan en contra de la más mínima racionalización del gasto.

Y sí, digo mínima porque el gasto en educación no universitaria presupuestado por la Generalitat para 2012 apenas ha sufrido una minoración del 3% con respecto a los desembolso de 2010. ¡Del 3%! Las empresas están cerrando a ritmos alarmantes, el paro se dispara a niveles jamás vistos, los impuestos sobre la renta acaban de ser incrementados a salvajes cotas expropiadoras, y la indignación se conjura por unos muy modestos minirrecortes educativos.

Minirrecortes que, en todo caso, deberían relacionarse con la evolución experimentada por esta rúbrica en los últimos diez años: y es que, entre 2003 y 2012, los gastos de la Generalitat en enseñanzas no universitarias ha crecido más de un 70%. Ahí es nada. Corregida tal explosión de los desembolsos educativos por la inflación y el número de alumnos, llegamos a la igualmente llamativa cifra de que, incluso después de los minirrecortes de 2012, el gasto por alumno habrá aumentado cerca de un 18% con respecto a 2003. Todo lo cual permitirá financiar, en estas caninas épocas de crisis, una ratio de 11,5 alumnos por profesor y de 328 estudiantes por centro. ¿Quién dijo que necesitábamos flexibilidad interna en las empresas? ¿Los mismos que parecen olvidarse de que, a la luz de la evidencia, necesitamos mucha más flexibilidad interna en la administración?

Por supuesto, la parquedad de los recortes es completamente compatible con el hecho de que la Generalitat esté retrasando tanto como se sea capaz los pagos de sus facturas. Una cosa es presupuestar un gasto (adquirir el compromiso de transferir una suma de dinero) y otra disponer del efectivo suficiente para realizar el correspondiente pago. Pero tengámoslo claro: que no se disponga del dinero no significa que se haya recortado demasiado el gasto, como parecen creer las turbas levantinas, sino más bien que se ha recortado demasiado poco.

Al cabo, lo que ilustra la iliquidez de una administración es que ésta ha asumido muchas más promesas de pago (ha gastado mucho más) de lo que estaba realmente a su alcance. Ni dispone de los ingresos ni nadie se fía lo suficiente de ella –por su deteriorada solvencia y su elevado déficit– como para prestarle la diferencia. Si lo que molesta es que la Generalitat no pague a tiempo, seamos coherentes y reclamemos que asuma sólo los compromisos que pueda cumplir, es decir, reclamemos más recortes del gasto. Pero acaso sea pedir demasiado a quienes pretenden convertir un problema presupuestario en una palanca primaveral para retomar la cruzada anticapitalista de los quinceeme.

UFM: excelencia, coraje y libertad

Los setenta fueron una década nefasta para la causa de la libertad. La derrota incondicional en Vietnam, los escombros del mayo parisino, el triunfo de la revolución cubana, la proliferación de guerrillas en la América hispana y de bandas terroristas en Europa, el afianzamiento y expansión del sistema soviético, que esclavizaba a cerca de la mitad de la población mundial, llevaron a que las sociedades abiertas fuesen abjurando de sus convicciones. El socialismo era algo inevitable. Más tarde o más temprano la humanidad toda terminaría rindiéndose a sus encantos. No era una casualidad. Las universidades europeas, marxistizadas hasta el tuétano, llevaban medio siglo disparando a discreción contra el edificio judeo-cristiano y liberal que guardaba las esencias de Occidente. Un edificio ya corroído por la carcoma y abandonado por la desidia de quienes decían custodiarlo.

En ese momento, cuando todo parecía perdido, sucedió lo impensable en el más insospechado lugar del globo. En 1971, un grupo de siete soñadores capitaneado por el ingeniero guatemalteco Manuel Ayau Cordón, se armaron de coraje y fundaron una universidad en su pequeña y aperreada patria. Pretendían crear un centro de centro académico muy especial, un oasis donde, aparte de formarse convenientemente, los estudiantes lo hiciesen con criterio. Con un espíritu emprendedor fuera de lo común, este español de ultramar y sus socios levantaron en mitad de un bosque tropical un templo del saber consagrado a la excelencia educativa y la difusión, en sus propias palabras, “de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables”.

Propósito ambicioso que iba preñado de un proyecto inédito, no ya en los países de habla hispana, sino en el mundo entero. Para que quedase clara su voluntad de romper con lo que existía, bautizaron a la nueva universidad con el nombre de Francisco Marroquín, un religioso montañés que llegó hasta Guatemala en el siglo XVI junto a los hombres de Alvarado. Marroquín fue el primer obispo de Guatemala y el primero de lo que entonces se conocía como “Tierra Firme”, es decir, el continente americano en todo su esplendor.

Con esa carta de presentación –el nombre de un obispo políticamente incorrecto y la libertad individual por bandera– echó a andar la Universidad Francisco Marroquín hace ya cuarenta años. En todo este tiempo, que es mucho a escala humana pero poco si lo comparamos, por ejemplo, con la intelectualmente anodina Universidad de Salamanca (fundada en 1218 por Alfonso X), la Marroquín se ha convertido en un referente mundial. Que era eso, y no otra cosa, lo que sus padres fundadores pretendían el día que anunciaron su intención de abrir una universidad en medio de un páramo a medio conquistar por la guerrilla castrista.

Algo ha tenido que ver en ello la figura del propio Ayau, fallecido recientemente. Un hombre de una pieza, de hormigón armado, inasequible al desaliento, un idealista de los pies a la cabeza, pero de ese tipo de idealistas que le hacen bien a la humanidad y no de la variedad jacobina tan del gusto de la izquierda mundial. Estaba convencido de que el mundo lo gobiernan las ideas y que, ante la “avalancha socializante abrumadora” como la que padecemos aún hoy, el progreso pacífico y la libertad de las personas sucumbiría irremediablemente. Su visión era la de evitar que las “víctimas bien intencionadas” de esa avalancha se deslizasen por el lado oscuro que no conduce más que a la servidumbre, la miseria y el colapso necesario de la civilización. Por eso una universidad y no un periódico o un canal de televisión.

El tiempo, que es juez inapelable, ha terminado dándole la razón y, sobre todo, premiando un tesón a prueba de huracanes. Hoy la Francisco Marroquín es un modelo en el que se miran otras muchas universidades de los dos hemisferios. Cuenta con diez facultades: Arquitectura, Ciencias Económicas, Ciencias Sociales, Derecho, Educación, Estudios Políticos, Medicina, Nutrición, Odontología y Psicología, a las que hay que sumarle una prestigiosa Escuela de Negocios, un Seminario de Filosofía y una Escuela de Verano dirigida a estudiantes de habla inglesa. Pero lo que la hace única no son los estudios que se imparten, sino el modo en que se esto se hace y la asignaturas transversales que todas las carreras incorporan.

En la Marroquín todos los alumnos, sin importar la carrera que hayan cursado, se llevan un buen bagaje de buenas ideas. Aprenden, por ejemplo, por qué hay sociedades que prosperan y otras se empobrecen moral y económicamente. A esta formación extraordinaria la denominan “pensum” y consiste en varios cursos en los que se estudia Economía, Filosofía e Historia… todo con mayúsculas, naturalmente. De este modo, cuando un alumno se licencia y abandona la facultad, dispone de un abanico de conocimientos muy amplio que no se limita a la materia propia de su carrera y que le ayuda, además de a desenvolverse en su profesión, a entender el mundo que le rodea.

Uno de los principios rectores de la Marroquín es que allí no se enseña, allí se aprende. El aprendizaje es un proceso de descubrimiento individual y voluntario, en definitiva, es imposible enseñar a la fuerza. Eso ha de interiorizarlo el alumno y actuar en consecuencia si es que quiere seguir aprendiendo. La enseñanza tradicional abunda en exactamente lo contrario. El profesor dicta y los alumnos escuchan… o no, lo que deviene fácilmente en adoctrinamiento, y éste en prejuicios, los mismos que abarrotan las cabezas de los jóvenes egresados de las universidades de todo el mundo. Y cuando decimos prejuicios todos sabemos bien de qué tipo de prejuicios estamos hablando. 

Pero no sólo se exige al estudiante. El profesor de la Marroquín tiene que ganarse su puesto constantemente. La universidad no contrata indefinidamente a los docentes, a los directores de departamento se les exige cuadrar el presupuesto y todo el que llega al claustro lo hace por méritos contrastados en sus respectivos campos, no por enchufes, cabildeos u oposiciones. No existe nada parecido al profesor-funcionario que lastima a las universidades estatales malbaratando sus objetivos fundacionales. Los profesores tienen, asimismo, que atenerse al espíritu y la metodología de la universidad donde imparten clase. El primero se condensa en sus principios inaugurales, la segunda sigue un camino relativamente novedoso, pero que está arrojando resultados excepcionales.

En la Marroquín impera lo que denominan el “método socrático”. Las clases son una conversación entre el profesor y los alumnos. Esto consigue dos efectos muy beneficiosos: por un lado incentiva el trabajo, por otro, desincentiva la vaguería. Así de simple. El estudiante tiene que llegar leído al aula, y el profesor no las tiene todas consigo porque el alumno no vegeta adocenado y en silencio al fondo del aula, sino que dispone de voz. Se genera de este modo un círculo virtuoso cuyo único fin es el aprendizaje. Como con casi todo en esta sorprendente universidad, detrás de este método hay un hombre, su actual rector, Giancarlo Ibárgüen Segovia, que hace ya casi diez años decidió que había que progresar regresando “a la forma milenaria de educarse”, que no es otra que el diálogo socrático. La innovación de Ibárgüen, digno heredero de Ayau, es recuperar una “tecnología” de interacción humana de hace dos mil quinientos años, que sigue funcionando a las mil maravillas.

El diálogo socrático hunde sus raíces en la Grecia antigua, el nombre de la universidad en la América colonial y los principios que la rigen en la mejor tradición liberal europea. Un cóctel semejante no podía dar más que buenos resultados. La Marroquín es una universidad privada sí, que es lo que debe de ser cualquier institución que aspire a la independencia política y a la excelencia académica. Estudiar allí no es barato, pero cualquiera con talento y dispuesto a esforzarse puede hacerlo. La universidad, es decir, los estudiantes que sí pueden pagar, corren con los gastos del que no dispone de medios económicos gracias a un ambicioso programa de becas. Es, en suma, una verdadera universidad pública, que no estatal, en la que los ricos pagan la enseñanza a los pobres, y no como sucede en Europa, donde los pobres pagan, vía impuestos, la universidad a los hijos de la clase media. Justicia genuina que nos llega de Guatemala, de nuestra Guatemala, quien lo iba a decir. 

La mala educación

Este principio de curso en la Comunidad de Madrid está siendo especialmente revuelto. La consejera de Economía pide el esfuerzo a los profesores de que trabajen dos horas más a la semana. Pero eso implica muchas cosas, los profesores se rebelan, los sindicatos, como no era para menos, sacan el cuchillo de sacar tajadas, los días de huelga aumentan, y esto parece que no se soluciona.

Los profesores de la pública se quejan de las subvenciones y regalitos que la Comunidad de Madrid ofrece a los colegios de enseñanza concertada, y de las ayudas encubiertas o no a los colegios privados.

Mientras que los sindicatos y profesores dicen que son tres mil los interinos que van a desaparecer, la administración habla de mil. Mientras los profesores explican la importancia de las tutorías, las autoridades autonómicas siguen diciendo que no es así. Unos acusan a los otros de mentir, de no pensar en los niños. Y el espectáculo, visto desde fuera, es penoso.

El resultado es que no se sabe cómo van a recuperar las clases los niños, quienes, además de ser víctimas del sistema, de ser utilizados por unos y por otros, están siendo involucrados por los profesores y padres, quienes les hacen participar y les visten con las famosas camisetas verdes, vendidas por IU.

Una oye en un taxi un debate entre profesores en la Ser y no sabe qué pensar: una profesora quita importancia a la debacle que va a ser tratar de dar todo el temario de este año y argumenta que eso no es nada en comparación con lo que se roba a los niños: talleres de tecnología con 30 alumnos, los profesores de la concertada con ordenadores gratis… En fin, un conjunto de reclamaciones que casi dan ganas de hacerle la ola, invadida por un ataque de compasión, hasta que recuerdo que aquí lo que importa son los niños y su educación. Esas reclamaciones no son la raíz del problema y esos bienintencionados profesores, pero también la Consejería de Educación y la Comunidad de Madrid, están cogiendo el rábano por las hojas.

Y el problema no es si hay una clase de tutorías o dos, sino que este sistema está podrido, es nocivo y hay que cambiarlo de arriba a abajo, o de abajo a arriba. Los diferentes planes educativos de todos los partidos, por más que estén preñados de buenas intenciones, no han servido para nada bueno. La educación politizada no es buena, y usarla para comprar votos es de lo más indigno que se puede hacer, porque se usa como piolet la formación y el futuro de los niños de hoy, solamente para trepar o conservar tu sitio en la poltrona.

La educación no debería ser un tema de debate político, sino que se debería afrontar honestamente, pensando cómo mejorar los alarmantes resultados de nuestros estudiantes. No solamente se trata del fracaso escolar, es un problema sistémico que abarca la educación desde los 4 a los 23 años. Toda la cadena está emponzoñada.

Y ahora viene la pregunta del millón, ¿cómo se sanea el sistema educativo? En primer lugar, no puede ser que un colegio forme en todas las disciplinas de siempre (matemáticas, lengua, ciencias naturales y sociales) y que además se atribuya (o le asignen) la educación sexual, vial, en multiculturalidad… Hay que equilibrar los objetivos con los recursos de que se disponen, y si fueran ilimitados y tuviéramos un presupuesto infinito y días de 48 horas, pues nada, pero es que no hay para todo, y el colegio, el instituto y la universidad tienen unos fines que no se están cumpliendo.

Nadie le quiere poner el cascabel al gato pero yo creo que nada como la pluralidad institucional, la libertad educativa para permitir que afloren resultados en un sistema estrangulado como el nuestro. Está claro que el volumen de gasto no implica mejores resultados, estamos ante una crisis más profunda: de actitudes, de valores. La libertad educativa permitiría que hubiera homeschoolers, que se crearan centros de estudios imaginativos que enseñen a responsabilizarse cada cual de su éxito, y dejar la palabrería y la política de lado.

La competitividad de las generaciones venideras depende de ello.

Profesores, más preocupados por su sueldo que por la enseñanza

Una de las grandes falacias que usan los lobbies para mantener sus privilegios es apelar al miedo y al “bien común”. Nadie dice: “si eliminan mi puesto de trabajo, la empresa irá mejor”, o “si privatizamos el sector donde trabajo, éste será más competitivo, económico y ofrecerá más opciones al consumidor y ciudadano”. Claro, algo así iría contra el propio “privilegiado”. Los lobbies mantienen sus privilegios con un estado de amenaza constante. Le dicen al Gobierno: “si me elimináis mi estatus, haré manifestaciones y diré lo malo que eres en la tele”. Dicen a la gente: “si permitís que el Gobierno toque mis privilegios, os quedaréis sin servicio”, o “éste degenerará”.

Esto es lo que ha ocurrido este martes en Madrid con la manifestacióndelosprofesores. Este tipo de amenazas están tan trilladas ya que difícilmente se las cree alguien ya. Seamos serios, ¿es que puede ir peor la educación en España? Los profesores hacen el horario que les da la gana y no se adaptan para nada a las necesidades de los padres. Sus enseñanzas se basan en los libros que el Estado considera “aptos”, adoctrinando a los niños, adolescentes y jóvenes en el pensamiento único. Los colegios y universidades públicos son fábricas con el único propósito de crear borregos. Votantes en masa.

Recientemente un padre me dijo que la maestra de su hijo había dicho a la clase que los reyes magos no existen, que son los padres. Toda la clase lloró y la profesora se justificó afirmando que ya tenían edad para saber esas cosas. ¡No tanta si todos lloraron! Y es que, ¿es función de un profesor decir esas cosas? Se ve que en la escuela pública, sí.

En realidad, todo lo que dicen los “profesores públicos” es falso. Viendo los estragos que causan en las mentes de los pequeños y los resultados que está dando la enseñanza de cualquier ciclo en este país (hasta Grecia está por delante nuestro en el Informe PISA), solo podemos concluir que la educación pública ha de ser abolida de forma urgente. Las principales razones:

  1. La educación pública solo crea una casta de privilegiados, los profesores, que siempre lucharán primero por sus intereses corporativistas (sus privilegios) que por los valores ligados a su trabajo al no depender del favor de los padres. No es el ciudadano quien ha de elegir, ni el Estado, sino la unidad familiar, tenga la forma que tenga ésta.
     
  2. La educación es soberanía individual, de los padres, no del Gobierno ni ningún profesor. Un mecánico nos ha de arreglar el coche, pero no tiene derecho a manipularlo como le venga en gana en pos de “una sociedad mejor, más justa, más igualitaria…”. Un profesor es un técnico y ha de estar a las órdenes de los padres y tutores. Punto.
     
  3. La educación pública es un monopolio que no deja avanzar la diversidad. Solo hay las materias que el Estado dicta. Abolir la educación pública no solo significa que se privatice el sector, sino apartar al Gobierno del todo y para siempre de la enseñanza. Ésta la eligen los padres, no burócratas.
     
  4. La educación pública nace del latrocinio y del crimen. Desde que nacemos hasta que morimos estamos pagando la educación de otra persona sin ni siquiera conocerla. Es la máxima irresponsabilidad de esta sociedad. Cada persona ha de pagar por aquellos servicios que consume. De no ser así, la complacencia, dejadez y empeoramiento de la enseñanza irá en crecimiento. España lo ha visto muy bien.
     
  5. La enseñanza no puede estar a merced de los políticos. Cada vez que cambia el Gobierno, nos encontramos con un modelo educativo diferente basado en los valores del Estado que ningunea a los padres. El Estado no crea buenos ciudadanos, el ciudadano crea buenos ciudadanos.
     
  6. La enseñanza puede ser un sector lucrativo que cree puestos de trabajo y riqueza. Todo lo que regula el Estado queda inerme y devastado. Las escuelas no son un negocio debido al efecto expulsión (crowding out). No puede haber competencia, ni diversidad de precios. En un sistema donde el Estado domina la producción en monopolio, toda alternativa siempre será carísima.
     
  7. La educación pública no es gratis. Es cara e ineficiente. Si la enseñanza fuese “gratis” significaría que los recursos son ilimitados y los profesores no tendrían que cobrar por ello, o que, al no valorarla nadie, se “regalaría”. No es así, todos los padres quieren una buena educación para sus hijos. Buena educación que el Estado, hasta ahora, no ha podido dar.
     
  8. La educación obligatoria no garantiza un futuro mejor. En este país tenemos educación obligatoria hasta los 16 años y una de las tasas más altas de desempleo juvenil del mundo. Sí, más que en Palestina, Marruecos, Egipto o Túnez. El “pleno empleo” lo da el nivel de desempeño, capacidad de autoformación y ambición, no pasarse media vida estudiando tonterías desvinculadas del mundo real que nunca usaremos.
     
  9. La educación pública no ha hecho que los pobres dejen de serlo por sus profesores. Quien no quiere estudiar no lo va a hacer aunque lo metan siete horas en un aula. Una escuela no es un correccional. La sociedad ha de crear incentivos para que los jóvenes vean útil estudiar. Otro gran fracaso del Estado al tomar esta responsabilidad bajo su mandato. ¿Para qué estudiar si luego pasamos de curso, no encontraremos trabajo o podemos vivir de ayudas?
     
  10. En estas épocas de crisis, Cáritas ha dado de comer a más de un millón de personas. La iniciativa y empuje privado es millones de veces más fuerte que las burdas promesas y leyes del Estado. Si apartamos para siempre a los políticos de la enseñanza, cientos y miles de organizaciones, mecenas y empresas que promocionen el talento pagarán los estudios de niños, adolescentes y jóvenes.
     
  11. Los profesores no son un fin, sino una herramienta. El actual sistema estatal de educación protege al lobby de los maestros para recaudar votos. Los niños y padres son instrumentos que sufren cada día los desvaríos de este colectivo. El profesor es un técnico. Trabaja por un sueldo, como todos hacemos; y ha de depender de los padres, de sus clientes. Si depende del Estado, la sociedad está desamparada.

La educación pública es muy conveniente para los funcionarios que la ejercen, los profesores con amplios privilegios sociales y dinerarios; pero nada tiene que ver con el bienestar y nivel de excelencia que buscan los padres. Sospeche del “profesor público”, no quiere ningún bien para su hijo ni para usted, solo pretende vivir de usted disfrazando sus privilegios de “bien común”.

Mercado y Humanidades Clásicas

En una de las páginas web que suelo visitar, encontré una noticia sobre una carta enviada por el decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Lérida al Consejero de Salud de la Generalidad de Cataluña, el Sr. Boi Ruiz. Éste, en un arrebato (poco usual en los políticos) de sinceridad exigía más enfermeros que licenciados en Filología Clásica, porque aquéllos vienen exigidos por el mercado y éstos, sin embargo, no podrán ser absorbidos por ese mismo mercado. La carta del Sr. Joan Busqueta, decano de la mencionada Facultad, mostró su indignación. El decano alegaba que el estudio tradicional del Griego y el Latín aporta unos valores que están en el fundamento de nuestra cultura (no sé si especificará "Occidental") y nuestro país (no creo que se refiera a España, sino a Cataluña, obviamente). En suma, quien se acerque a las Humanidades Clásicas (HHCC) "adquirirá la capacidad de romper con la tiranía del mercado y mejorar las condiciones sociales de nuestra existencia personal y colectiva". De nuevo, la tradicional cantinela que opone la mejora de las condiciones sociales de nuestra existencia personal y colectiva al mercado. Bicho tiránico, claro está.

Esta es la anécdota. Pero es una de las muchas que podría exponer. El hecho es que entre los profesionales de las HHCC el desprecio al mercado es un tinte de honor. O un tópico. En mi experiencia profesional, no recuerdo haber encontrado a ningún colega que mencione la palabra "mercado" como un factor que debe ser considerado esencial en el futuro de su profesión. El mercado es símbolo de la decadencia que nos rodea, de la pérdida de valores, del desprecio por la cultura y demás estigmas que cualquiera pueda imaginar.

Y así nos va. Aulas vacías y consideración social de ser una especie de antiguallas andantes.

La cuestión es otra, a mi parecer. Hay que buscar en el mercado lo que las viejas vías de presencia de las HHCC ya no permiten porque su tiempo ha pasado. Esas viejas vías eran exclusivamente el mundo de la docencia, fuera en el Bachillerato o en la Universidad.

A mi juicio, del mismo modo que se habla de disciplinas "aplicadas", se podría hablar de HHCC aplicadas. Hay algunos sectores en los que la presencia de los especialistas en HHCC se ha hecho un hueco diferente al tradicional y cuya presencia resulta valorada y rentable. Se trata de profesionales de la cultura. Hay clasicistas que trabajan en editoriales y fundaciones. Aunque en este aspecto, se debe constatar que el mundo de la gestión cultural en España es casi un monopolio estatal y su relevancia desde el punto de vista del mercado es escasa. En su inmensa mayoría, esas instituciones no son más que una muestra de competencia desleal. Si algún día la cultura en España fuera un asunto de la sociedad, no del estado, podríamos hablar del valor que los especialistas en HHCC poseen para rentabilizar la actividad cultural.

Lo más apasionante en esta materia surge cuando dirigimos la mirada, como siempre en nuestra época, a la luz que viene del otro lado del Atlántico. En los EEUU, hace tiempo que han sabido sacarle a las HHCC partido para el mercado. Los especialistas (majors) en HHCC tienen un campo de trabajo nuevo en ese ámbito. Y es el más prometedor. Hay libros, estudios, personas dedicadas a sacar partido de las enseñanzas eternas de los antiguos para aplicarlas a la empresa y a los negocios. Y lejos de ser un baldón para un clasicista, es una vía nueva que abre perspectivas amplias, sugerentes y esperanzadoras. En los EEUU contar con un major en HHCC es un tinte de prestigio para muchas empresas. Por supuesto, para que este contexto se dé hace falta que tanto el ejecutivo como el especialista en clásicas estén abiertos a nuevas perspectivas. Algo que en España es complicado, por hablar de algún modo.

Estas nuevas vías no anulan la antigua. Para que haya buenos aplicadores al mundo moderno del legado clásico, tiene que haber quienes los preparen. Ésta es la labor imprescindible de los Institutos y de la Universidad. Pero el número y presencia de sus profesionales debe ser acorde con las exigencias modernas. Luego, debe haber quienes estudien y sepan ofrecer a la sociedad aquellos aspectos útiles presentes en el legado clásico. Y qué mayor utilidad en la sociedad moderna que el mercado.

Lo peor es que me temo que si alguno de mis colegas lee estas líneas, pase un servidor a formar parte del clan de los apóstatas.

Contra el cheque escolar

El actual sistema escolar del estado del bienestar se financia quitándoles recursos a unos para dárselos a otros, de manera que todos tengan igual acceso. Algunos proponen reformar este sistema estableciendo un cheque con el que la administración pública entregaría a cada familia o alumno los recursos recaudados, de modo que el usuario pudiese elegir a quien confía su escolarización.

Una de las propuestas más conocidas del cheque escolar fue la presentada en un panfleto titulado "El papel del gobierno en la educación", en el que Milton Friedman justificó la intervención estatal (como ha hecho tantas veces).

Pero ¿qué tiene la escolarización que la hace tan especial, tan importante, que pueda justificarse la coacción sobre algunos individuos para obligarles a financiar la escolarización de los hijos de otros?

Aparentemente, el cheque escolar daría una mayor libertad, pero sólo a corto plazo. En realidad, sigue siendo un sistema de redistribución de la riqueza: quitar a unos para dárselo a otros, pasando por las manos del gobierno. Y la administración pública, ya se sabe, siempre que parte y reparte, se queda la mejor parte. Pero ¿qué podría esperar la administración pública a cambio de financiar la escolarización de los niños? Control, por supuesto. Control sobre los centros y sobre el currículum; sobre los padres y sobre los niños. Y, por tanto, sobre la familia. ¿Es ésa una medida auténticamente liberal o sólo es una ilusión? ¿Elegir entre lo malo y lo menos malo es libertad? ¿Dónde quedan lo bueno y lo deseable?

Lo que no nos cuentan los promotores del sistema del cheque escolar es cuál sería su aplicación práctica. ¿Quién los financiaría? Probablemente sólo unos cuantos, en función de su riqueza, aunque no tuvieran hijos, o aunque eligieran escuelas privadas, o aunque no los tuvieran escolarizados. ¿Y quién los recibiría? ¿Habría cheques para todos los niños? ¿También para los homeschoolers? ¿O sólo los recibiría un grupito selecto en función de su situación familiar y económica? ¿Se atendería a méritos académicos? ¿Cuáles serían los requisitos? ¿Podría un beneficiario del cheque acudir a cualquier escuela de su elección, o podrían los centros escolares decidir si se unen o no a este programa de financiación?

Cuanto más importante es un valor, más crucial es que podamos desarrollarlo en libertad. Que la escolarización sea importante no implica que necesitemos recurrir a la coacción sino todo lo contrario. Si el razonamiento "es tan importante que requiere coacción" tuviese sentido, entonces lo aplicaríamos con éxito a la alimentación, la felicidad, el amor, etc.

El sistema del cheque escolar sería, en el mejor de los casos, un parche chapucero, un mal sistema para intentar arreglar un sistema aún peor, el escolar, que resulta ser un fracaso estrepitoso (si aceptamos la dudosa premisa de que su objetivo es educar y formar). Y, sin embargo, el problema de la educación no es un problema económico sino estructural, es decir, de principios, valores y de cómo aplicarlos. Hay que devolverle el control a los padres; y esa devolución no pasa por cambiar de un sistema de financiación pésimo a uno sencillamente malo. Aunque lo diga Milton Friedman (cuyo hijo David, por cierto, educó a sus hijos Becca y Bill en casa).

El origen de las fortunas no está en la miseria de los pobres

El viernes 3 de junio se le entregó un premio humilde a un hombre humilde: el Premio Juan de Mariana a toda una vida dedicada a la defensa de la libertad fue a parar a Giancarlo Ibargüen. La corbata de color “rojo Marroquín” delataba, no sólo a él sino a todos los que vinieron desde Guatemala para festejarle, su procedencia: la Universidad Francisco Marroquín.

Su humildad, una de las trazas de su categoría personal, le llevó a interpretar la concesión del premio como un homenaje a la institución que lidera y dirige, y en realidad no era así, el Premio era para él. Pero eso nos permitió a los asistentes a la Cena de la Libertad y a todos los que lo deseen (el vídeo ya está disponible) disfrutar de una lección magistral de pedagogía.

No me llamó la atención solamente que la Universidad Francisco Marroquín (UFM) sea una organización sin ánimo de lucro que, sin embargo, funciona siguiendo los dictados de la oferta y la demanda; ni que sea dirigida por un consejo de empresarios y emprendedores, sin subvenciones ni ataduras estatales, que no participa en temas políticos sino que educa en las cuestiones trascendentales. Giancarlo explicó cómo su tarea es luchar contra ideas como la que precisamente vio en este viaje, en un cartel de la plaza invadida por indignados en Gandía: el origen de las fortunas está en la miseria de los pobres.

Lo que más me llamó la atención es la metodología de la educación que practican en La UFM: cómo, a la luz de los cambios en la informática, han incorporado los avances a sus enseñanzas, dando valor a la creación de conocimiento por los alumnos. El profesor, en vez de dictar (como un dictador), se convierte en tutor de una enseñanza co-lectiva, lanzando preguntas, estimulando el carácter liberal y la inteligencia propia de los individuos. La idea de fondo es potenciar las posibilidades de acción de los individuos. Los alumnos son responsables de su proceso de aprendizaje y son independientes desde el punto de vista intelectual. Hay una similitud, explicaba Giancarlo Ibargüen, entre este proceso de aprendizaje socrático y el proceso de mercado en competencia hayekiano. Las ideas compiten entre ellas y se da un proceso de descubrimiento, surge un orden espontáneo en las ideas que emergen de los alumnos.

El profesor sabe más que los alumnos individualmente, pero no puede aprehender el conocimiento disperso de las mentes de los alumnos honestamente interesados en aprender y descubrir. El profesor es un facilitador y… un alumno más.

Cuando tuve ocasión de charlar un ratito con Giancarlo le dije: “Si yo hago eso en cualquier universidad española me echan del país”.

La lección es doble porque, como señaló Carlos Rodríguez Braun, nos llega de un país pobre, de América Latina, esa parte del mundo que caricaturizamos por su falta de libertades, sus dictaduras liberticidas… como si la Vieja Europa estuviera a salvo de todo ello.

Se nos llena la boca hablando de libertad pero no existen universidades verdaderamente a salvo de los dictados del Estado. Al menos de momento. Estamos en un país sin separación de poderes, en el que tras una dictadura que acabó por muerte natural del dictador, ha sobrevenido otro tipo de dictadura, la de un sistema partitocrático hermético y podrido que no tiene mucha pinta de cambiar. Simplemente porque quienes perderían más son los que deberían cambiar las reglas del juego y airear la democracia.

Nuestra prepotencia europea nos impide muchas veces prestar atención al ejemplo de quienes, desde la humildad, nos muestran un camino de libertad. Y por eso, mientras en Guatemala se forman generaciones de jóvenes libres e independientes, los nuestros acampan en las plazas y exhiben lemas tan errados como dañinos.

Universitarios… ¿emprendedores?

Uno de los tópicos más al uso cuando se habla de desarrollar la economía y generar riqueza es el de destacar el papel que desempeñan la formación y, más en concreto, la universidad. Se tiende a pensar que son necesarias buenas universidades para que la economía se desarrolle, y, por tanto, la formación de alto nivel debe de ser una prioridad en la agenda económica de los gobiernos.

Y, sin embargo, cuando uno mira alrededor, se encuentra con que la mayor parte de los emprendedores no son universitarios; es más, la mayor parte de los principales emprendedores de nuestro tiempo no pasaron por la universidad o, si lo hicieron, no concluyeron sus estudios.

Sin hacer un estudio exhaustivo, ni Bill Gates (Microsoft), Steve Jobs (Apple) o Mark Zuckerberg (Facebook) tienen un título universitario. Más cerca de nosotros, Ramón Areces (El Corte Inglés) o Amancio Ortega (Inditex) no visitaron las universidades hasta que fueron a contar sus historias de éxito. El arquetipo de emprendedor lo constituye el empleado que empieza como ascensorista o botones, y termina dirigiendo la empresa.

No parece que la preparación universitaria sea un requerimiento para ser emprendedor. Es más, la breve evidencia empírica aportada parece apuntar en la dirección contraria. Y quizá esta aparente contradicción podría tener explicación en la teoría económica austriaca. En concreto, en el concepto de conocimiento empresarial (entrepreneurial knowledge).  

Es difícil definir con precisión este concepto, pero constituye el punto de partida del proceso de emprendimiento. Es la típica “idea feliz”, algo que de repente se le ocurre al individuo. Por ejemplo, la idea de Steve Jobs de comercializar el iPhone es conocimiento empresarial.

Huerta de Soto lo define en base a seis características básicas:

  1. Es subjetivo y práctico, no científico.
  2. Es exclusivo, solo se le ocurre al actor.
  3. Está disperso por las mentes de todos los individuos; cada individuo tiende a descubrir la información que le interesa, sobre lo que le preocupa.
  4. Es tácito, no estructurado. El actor sabe cómo hacer algunas acciones, pero normalmente no identifica sus elementos o si son ciertos.
  5. Se crea de la nada, precisamente a través del emprendimiento; no se puede buscar sistemáticamente.
  6. Se puede transmitir a través de procesos sociales complejos, normalmente de forma inconsciente y no sistemática.

Como se observa, son características prácticamente opuestas a las del que podríamos llamar “conocimiento universitario”, el que adquieren los estudiantes durante sus años de carrera. El conocimiento universitario tiende a ser científico y teórico; es común a todos los receptores (aunque el grado de comprensión y su interpretación varía de unos individuos a otros); es estructurado; se puede obtener sistemáticamente (mediante la investigación o la deducción) y se transmite de forma consciente, por ejemplo, en las clases.

Del puro conocimiento universitario, no salen ideas para los negocios. Aunque también es cierto que dicho conocimiento enriquecerá al individuo, permitiéndole la creación de conocimiento empresarial en ámbitos que previamente no le eran alcanzables.

Así pues, son compatibles el conocimiento universitario y el conocimiento empresarial. El problema es el coste de oportunidad que supone la adquisición del primero, y que dificulta a los universitarios la obtención del segundo. En efecto, la formación universitaria exige unos cuantos años de nuestras vidas, y un grado de ocupación importante en las mismas para obtener el codiciado título. Durante ese tiempo, la atención del individuo se dirige, normalmente, a sus estudios (bueno, y a otros aspectos de su vida social…).

Esto no significa que no esté generando “conocimiento empresarial”. Pero se está generando sobre aquello que preocupa al individuo en ese momento: cómo aprobar las asignaturas, cómo soslayar la vigilancia del profesor en ese examen tan difícil, qué hacer la noche del viernes o cómo conseguir la atención de la chica o chico de enfrente.

Mientras tanto, el recadero de los almacenes “El Encanto”, el sastre de batas para bebé, el programador de instituto y el ascensorista están aprendiendo de su negocio. Están generando el conocimiento empresarial que a ellos les preocupa y que será el fértil suelo del que surgirán ideas para cambiar la forma en que las empresas hacen negocios. Y para ello no se necesita ninguna preparación especial, más que atención e imaginación.

Son como los niños que montan en bicicleta. Ninguno de ellos es capaz de explicar por qué la bici no se cae cuando da pedales y sí cuando deja de darlos. Pero saben dar pedales y saben que si dan, llegarán a su destino. Un universitario será capaz de explicar (espero) el movimiento y estabilidad de la bicicleta aplicando las leyes físicas que tan duramente ha estudiado. Pero sería terrible que uno no pudiera montar en bici sin conocer dichas bases teóricas: ¿quién podría montar en bici antes de los 20 años?

Así pues, no nos engañemos. Los emprendedores no salen de la universidad; la creación de riqueza no tiene allí sus mimbres. De la universidad salen instrumentos de gran productividad, pero que siguen necesitando la orientación del emprendedor para ser útiles. Es más, el tiempo que los universitarios invierten en formarse lo pierden de conocer las necesidades de la gente y de emprender. En fin, la historia demuestra que son compatibles la pobreza de un país y la alta cualificación de sus universitarios.

En resumen, la enseñanza universitaria no es la solución para que un país salga de la crisis y comience a crear riqueza. Menos aún, cuando dicha enseñanza es pública y ni siquiera viene guiada por las necesidades del mercado. De la crisis no nos sacarán ni universitarios ni políticos. Habrá que buscar en otro sitio.