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Etiqueta: educación

¿Quién rapta a nuestros hijos?

Como si la idea no hubiese sido disuelta por la ciencia (Pinker), Vilaseca parte de que llegamos al mundo con una tabla rasa, libres del pecado original de nuestra civilización. Un pecado, sin embargo, impuesto por medio de sus padres: la admisión de estos valores "civilizados", occidentales, que cercenan su libertad, la de convertirse en un hombre nuevo, para una sociedad completamente nueva. Ya ven por dónde vamos.

"Cuando nacen, los niños son como una hoja en blanco: limpios, puros y sin limitaciones ni prejuicios". Nacen por un mandato de la biología, pero los padres buenos, los que aman verdaderamente a sus hijos, saben que "no les pertenecen". Sólo desean "contribuir con nuestro granito de arena en la evolución consciente de la humanidad". Los padres los plantan en este mundo, como instrumentos de esa "evolución consciente", pero no les pertenecen.

Pero se interpone nuestro egoísmo, que nos lleva a cometer el crimen de educar a nuestros hijos en los valores que nosotros elegimos para ellos, "inculcándoles creencias, normas y valores". Es un "condicionamiento" que "nos esclaviza". Nos transmite el malestar de la cultura. Este egoísmo impide la verdadera educación, que no es la transmisión de los valores de nuestra civilización, sino "liberarnos" de ella, formar "una nueva generación" con unos nuevos valores. Raptamos a nuestros propios hijos para inyectarles nuestra enferma visión del mundo.

Lo que no dice el autor es qué sustituirá a los valores de los padres, y quién se encargará de transmitirlos. Pero es claro que consistirá en inculcar la cosmovisión progresista del mundo, y por medio del Estado. Nuestra misión es "ayudarles para que ellos mismos descubran su propia forma de mirar" el mundo. Pero, abstenidos los padres, ¿quién hará de guía en esa educación? El progresismo instalado en el aparato educativo estatal. Es el viejo ropaje pretendidamente liberador del totalitarismo de siempre, desde Esparta a nuestros días. ¿Quién rapta a nuestros hijos?

La solitaria dignidad del Perroflauta

Ya no les unen tan sólo unas ansias intervencionistas brutales en lo económico, ahora también se parecen en la caradura demostrada en todo lo que tiene que ver con los derechos de autor. De hecho, si cabe, lo del francés resulta todavía peor que lo del vallisoletano con aires de leonés, y por varias razones.

Es cierto que ZP y los suyos han hecho todo lo inimaginable por contentar y forrar con el dinero ajeno a los Bardem, Bautista, Ramoncín y demás; incluso han intentado otorgarles capacidad de censura en internet sin supervisión judicial. Pero no han llegado, al menos por el momento y a pesar de la insistencia de la SGAE y similares, a aprobar una norma como la terrible Ley de los tres avisos impulsada por "Sarko" y sancionada por la Asamblea Nacional francesa sin oposición alguna.

En España las entidades de gestión se quedan, de una forma tan legal como ilegítima, con parte de nuestro dinero cada vez que compramos un CD o una impresora, entre otras muchas cosas; todo en nombre de algo cuya existencia es más que discutible como son los derechos de autor. Pero en Francia es peor: con el mismo argumento, cualquiera puede verse privado de su conexión a internet por el hecho de descargarse canciones o películas a través de redes P2P. Claro que con este presidente o con cualquier otro, eso no debería extrañar a nadie si se tiene en cuenta que en el país situado al norte de los Pirineos se aprobó hace cinco años una norma que, imitando el "Fumar es malo para la salud" de las cajetillas de tabaco, obligaba a incluir la frase "El pirateo perjudica la creación artística" en todos los anuncios de los proveedores de internet.

Pero Sarkozy no queda peor que Zapatero sólo en eso. Cuando salió a la luz la posible violación de derechos de autor por parte del Ministerio de Sanidad con el asunto del Sólo con koko, desde el Gobierno se limitaron a hacerse los despistados. Sin embargo, el presidente francés ha optado por la ofensa pura y dura. Eso de ofrecer un mísero euro por usar sin autorización y de forma masiva una canción recuerda demasiado a cuando se da un céntimo de propina a un mal camarero para mostrarle el desagrado por el trato y sabiendo que le sentará muy mal.

Si en España conocemos sobradamente ese "síndrome de La Moncloa" por el cual los jefes de Gobierno tienden a aislarse de la sociedad y endiosarse, es evidente (sólo hay que ver cómo se comportan siempre los presidentes galos) que existe un "síndrome del Elíseo" de efectos todavía más devastadores. El marido de Carla Bruni debería pasar por un tratamiento de humildad para superarlo, o al menos tratar de ser coherente y someterse a las mismas normas restrictivas que impone al resto de sus compatriotas.

El desajuste educativo

Cuando el Estado, legitimado por la religión, pretendía imperar sobre almas y conciencias, la obediencia al Leviatán era lo importante. Si el énfasis cambiaba y era la instrucción la que se consideraba socialmente necesaria, justificaba el control estatal en ese acto benéfico y la coacción como forma de "vencer prejuicios". En la democracia desaparece la expresión "catecismo político", utilizada en la construcción de las nacionalidades del siglo XIX por liberales tanto como por nacionalistas. En consecuencia se sustituye la expresión "Estado" por "sociedad" y se justifica en esa caja negra que es la idea de "democracia" la pugna de los partidos políticos por el control de la educación.

Muy pocos son los que cuestionan el predominio del Estado en la educación. Para evitar que aumente el número de los críticos, el Leviatán echa mano del tercer ingrediente, la instrucción, el más vivo de todos desde Lutero hasta la LOGSE, pasando por Roberpierre. ¿Cómo vamos a rechazar la instrucción? ¿Quién se atreve a mostrar un cavernario desprecio por la necesidad de cultura y formación? Los partidarios de la educación estatal han encontrado su eje argumental. Si respondemos que los intereses individuales y sanamente egoístas de los hombres les llevan a usar su inteligencia aprendiendo y desarrollando formas de difundir los conocimientos sin necesidad de que el Estado sustituya a las familias o a la iniciativa privada, el recurrente mito de la "condición perversa" del hombre acude en ayuda del Leviatán.

En este argumento coinciden tanto Calvino como Azaña, Villar Palasí, Rubalcaba o cualquier otro. Si criticamos el adoctrinamiento estatal responden hoy que no hay tal, que es "la sociedad" quien exige "valores cívicos". La regla de la mayoría en el parlamento, es decir, dos lobos y un cordero decidiendo la cena, impone hoy la "solución final".

El resultado de este devenir es que el sistema educativo es burocrático y está a salvo de ajustarse tanto a los deseos de sus usuarios como a las necesidades reales de los individuos que cooperan, la sociedad sin comillas. Se trata de un servicio que se produce mediante planificación y no mediante libre mercado. Por tanto, los que deciden qué, cómo, cuándo y dónde ha de servirse la educación lo hacen bajo criterios burocráticos, alejados de la necesidad y las preferencias. La educación estatal es un bosque de alcornoques, rígidos, inmóviles, permanentes y prácticamente ajenos a los cambios habituales del entorno.

Esos mismos políticos y burócratas dicen que planifican teniendo en cuenta las necesidades culturales y formativas del presente y del futuro. Pero esto se demuestra imposible porque no existe en la educación el mecanismo natural de los precios para guiar las decisiones. Los libros, los edificios escolares, los profesores, todo ello son capital, tierra y trabajo y sólo rinden adecuadamente si se coordinan en el mercado. ¿Cómo se arregla el Estado para aparentar estar al día en educación? Pues utilizando la información que puedan vislumbrar generada por los mercados que hay fuera del sistema educativo. Elabora estudios estadísticos y "consejos sociales" para que les informen de la evolución pasada de las necesidades formativas de las empresas y estudios inciertos de tendencias. Luego, anuncia reformas para incluir esos contenidos.

Lo cierto es que cuando realmente incluyen esos contenidos, la lenta maquinaria estatal acaba haciéndolo con retraso. Además, dado que el sistema público es siempre colectivista –incluso en naciones descentralizadas territorialmente–, siempre hay insatisfacciones. Insatisfechas quedan las familias cuando demandan educación y reciben uniformidad. Frustradas las empresas que demandan calificación laboral y deben resolver su necesidad a su manera. Y, sobre todo, se frustra el capital creativo de quienes pasan por la educación estatal, como vimos al principio de este escrito. La empresarialidad, principio básico de una sociedad libre y característica intima de la acción humana, es constreñida por un sistema estatal. Por tanto, ¿cómo tienen los jerarcas la desfachatez de afirmar que su educación está "al día"?

Educación para la (adecuada) ciudadanía

La reciente decisión del Tribunal Supremo de rechazar la objeción de conciencia respecto de la asignatura Educación para la Ciudadanía (EpC) es una mala noticia para los partidarios de la libertad. El fallo adoptado por los jueces, que han llegado a asegurar que, pese a la sentencia, no se debe intentar imponer una moral y han abierto la posibilidad de más recursos, demuestra que la sociedad española sigue recorriendo un peligroso viaje hacia un autoritarismo disfrazado de democracia.

En primer lugar, la sentencia del Supremo pone en duda la independencia del poder judicial. La torpe maniobra de la ministra de Educación Mercedes Cabrera, colgando en YouTube unos días antes un vídeo en el que se felicitaba por una decisión judicial que todavía no se había adoptado, invita a pensar que existen muchas probabilidades de que el Ejecutivo ya hubiera intervenido y que los dos días de deliberaciones fueran más una maniobra propagandística que un serio debate. La separación de poderes es uno de los pilares básicos de cualquier régimen democrático que se denomine liberal y en España no deja de ser una utopía cada vez más lejana.

Los jueces no explican cómo se puede impedir que los legisladores no impongan una moral a los alumnos sin que los padres no puedan hacer nada más que lamentarse. De hecho, ya es una realidad que la educación pública tiene muchos ingredientes que terminan adoctrinando a infantes y adolescentes, incluso en colegios privados. El problema radica en que el sistema ya está viciado desde su origen. Los contenidos no deberían ser elegidos y controlados por los poderes públicos, sino por los padres y los centros docentes, en tanto ellos proporcionan un servicio que debe adaptarse a la demanda. Los que consideren que el Estado debe asegurar la educación de nuestras nuevas generaciones, deberían percatarse de que éste debe limitarse a no impedir la libertad de empresa, pues la educación es un servicio y no un derecho.

Por otra parte, la fuerza con la que ciertos colectivos se han opuesto a una asignatura liberticida como EpC es a la vez esperanzadora y deprimente. Es esperanzadora porque pone de manifiesto que en cuatro años y medio de Gobierno socialista la sociedad civil ha sabido generar instituciones y grupos de presión que luchan por lo que consideran legítimo y acorde a sus intereses, luchando contra el poder de un Estado que, tras una transición de la dictadura a la democracia, vuelve a infiltrarse en ciertos espacios que aparentemente pretendía abandonar. Pero es deprimente, en tanto muchos de estos grupos no saben analizar y ver cuál es el origen de este mal y no les importa que existan asignaturas como EpC o instituciones como la educación pública siempre que sirvan a sus intereses.

Pero lo más preocupante de todo no es lo que ahora está pasando, sino lo que dentro de unas décadas, cuando estos alumnos que ahora se han formado en EpC y cuyos padres en muchos casos ha renunciado a su deber de formar la moral de sus hijos, lleguen a ocupar cargos públicos, cargos con poder sobre la vida de los demás. En ese momento veremos si EpC ha tenido éxito o al final ha sido más ruido que nueces. Esperemos que en ese momento no haya un grupo de estadistas demasiado numeroso que considere, al igual de José Blanco, que explicar cómo se pone un preservativo es algo acorde a no sé qué valores. Con la filosofía de la chancleta hemos topado.

Objeción

Todos los que nos oponemos a la asignatura, todos los padres que han interpuesto su conciencia ante la ley que la impone, todos los que han acudido a los tribunales para defender la libertad de educar a sus hijos, adoptan esa actitud rebelde porque, precisamente, no han amoldado sus conciencias, cuando aún eran tiernas, por el torno de Educación para la Ciudadanía.

¿Se lo imaginan? Forges sí. Una caterva de siervos siempre dispuestos a acatar las sabias indicaciones del Estado, a hacer propios los valores que les inculque. A renunciar a sus propios objetivos y ocupar ese vacío con los de nuestros gobernantes; sabios, bondadosos, fuertes. ¿Qué familia podrá compararse, en su pequeñez, con la encabezada por el pater estatal, con todos nosotros como hermanos? ¿Quién hablará de economía de mercado, de libertad personal, de autonomía, cuando todos hayan entendido que el egoísmo no tiene lugar en la sociedad del futuro? ¿Cómo albergar la odiosa pretensión de inculcar a los hijos unas ideas propias? Si para entonces ya no será necesario, ni posible, tenerlas.

¿Qué tendrá el diario El País que acoge a los progrefascistas a docenas? Será el tránsito desde el poder al poder entre el franquismo y el antifranquismo de varios de sus prohombres.

Parece, a la espera de contar con el texto del fallo del Supremo, que el tribunal no reconoce la objeción de conciencia porque ésta no está recogida por la Constitución. Pero si la conciencia de los individuos es anterior a la Constitución. Es nuestra y no hay ley que nos la pueda arrebatar. Tenemos derecho a ignorar al Estado cuando dicta normas que recaen sobre nuestra persona, nuestra familia y nuestra propiedad y que no se ajustan a nuestra conciencia, y eso va tanto por EpC como por la propia Constitución.

Es esta una lucha formidable entre la libertad y la imposición, entre la sociedad, autónoma y auténtica, y el Estado. Si se gana esta batalla, si una familia puede negarse a que sus hijos pasen por una asignatura impuesta desde el Gobierno, todo el edificio de la educación estatal estará en entredicho. El movimiento de objeción de conciencia ante la mili acabó con la conscripción por la fuerza de los hechos. Tiene que ocurrir lo mismo con la educación.

Además, ¿hay mejor educación para la ciudadanía que el ejercicio de la desobediencia civil?

Educar en casa

Es la alternativa más apropiada para determinado tipo de personas: las que piensan que la educación oficial impartida en los centros que el gobierno controla, es decir, los públicos y los concertados, es adoctrinadora; o mediocre; o uniformadora; o progre; o retro. Educar en casa es la medida más fiel de la capacidad del ser humano para hacerse a sí mismo sin someterse a la propensión monocromática del Estado. No es la única alternativa que desde la confianza en sí mismo  se puede tomar, pero sí es la única que en el estado actual de omnipresencia educativa gubernamental, con acusados rasgos coactivos, se puede tomar.
 
El homeschooling no será nunca una opción mayoritaria. La división del trabajo, fruto de la innata división del conocimiento da como resultado una sociedad abierta y cooperativa en la que la variedad de opciones es poco menos que infinita. Cuando menos, incalculable porque, habida cuenta de la innata creatividad humana, las posibilidades que se ofrecen para educar y ser educado, aprender y ser enseñado, investigar y conocer o inventar medios para ello queda fuera de toda previsión.
 
No obstante, los obstáculos que los gobiernos oponen a que los individuos y  las familias se eduquen son tantos que las posibilidades creativas están severamente limitadas y penalizadas. Hoy día no es posible crear un colegio sin pasar por el aro de la normalización de sus programas. Sólo cabe mantener un grado estimable de independencia si el colegio en cuestión es enteramente privado, no subvencionado. Siendo así las opciones complementarias para definir las creencias o ideas son bastante más altas que en otros centros.
 
Los padres que apuesten por ese tipo de enseñanza, la privada, tienen el mérito de valorar el ideario escogido y la posibilidad de desarrollo coherente en grado suficiente como para pagar por él el precio libre establecido, sabiendo que más cerca de su casa hay centros que ofrecen un  producto educativo a precios cercanos a cero euros. Eso sí, la diferencia de calidad puede, en principio, estar en relación con la de precio. Pero, sea como sea, pagan doblemente la educación. Una vez, por la de sus hijos, haciendo uso bastante eficiente de su dinero. Otra, la de los hijos de los que utilizan el sistema subvencionado o público, por la vía tributaria, de la que no es posible librarse, haciendo un uso improductivo de él.
 
Sucede, empero, que el número de centros enteramente privados es muy pequeño porque la capacidad de ese ámbito de mercado libre está enormemente restringida por el macro-desarrollo del sector gubernamental. La competitividad en el sector verdaderamente privado es mínima y, a pesar de su financiación autónoma, no está exenta de regulación. Los planes de estudio están intervenidos y vigilados y la LOGSE-LOE también les afecta.
 
Es por todo ello que el ámbito de libertad, la acción libre que burle al sistema y huya de sus ineficiencias queda casi exclusivamente en el área de la escuela en casa. Una familia con fuertes convicciones de cualquier tipo, muy probablemente religiosas, o meramente libertarias, o con un ideal científico, o de calidad, sólo puede educar a sus hijos de manera que abran antes éstos un campo de creatividad, descubrimiento del mundo y apertura a áreas vedadas a los "hijos del gobierno" si lo hacen en su casa. No es tan difícil. Puede hacerse. Sólo hay que aprovechar cierto vacío legal de la legislación española y cuidar que lo que enseñan a sus hijos en casa es, al menos, análogo a lo que los currículos oficiales prescriben.
 
Sobre este requisito de nivel no existe problema básicamente, porque unos padres responsables pueden, practicando el homeschooling, sobrepasar el nivel de instrucción de los escolarizados en el sistema estatal sin despeinar al niño o a la niña. Los niveles de aprovechamiento de una educación personalizada como la que ofrece la educación en el hogar son siempre mayores que los de un aula donde las familias han abandonado sus responsabilidades a unos profesores que, si no están perpetuamente cansados de su tarea, están mediatizados por unas exigencias formales y de contenido que alientan la mediocridad.
 
Piénselo y practique el homeschooling. Además de unos hijos abiertos al conocimiento y de ánimo libre, crecerá en usted una sensación sólida de orgullo por su aportación.

COPE y el nacional socialismo

En el caso de la COPE lo sabíamos desde el 27 de octubre de 2005, cuando el bachiller Montilla, entonces ministro de Industria, en un ejercicio de desahogo, decía que desde la emisora se “levantan banderas y se cavan trincheras”, algo que “no pasa en ningún país de Europa”. Él, desde luego, no estaba dispuesto a permitir que la COPE siguiese en pie contra el nacionalismo. Aprovechando el clima de odio creado por Montilla, unos bien mandados llamaron al día siguiente a la emisora avisando de la colocación de una bomba. Otro héroe, el presidente del CAC, daba el aviso el 29 de octubre de los planes de la rama goebbelsiana de la Generalidad: estaba estudiando los contenidos de la COPE para prepararse el terreno… del cierre. Nacional socialismo a pleno rendimiento.

Hace tres años de aquello, aunque los ataques contra la emisora comenzaron poco después de llegado Zapatero al poder. Luego ocurrió que quien colocase a Montilla de ministro de Industria hizo lo propio con la presidencia de la Generalidad. Y Montilla se puso a practicar el nacionalismo y el socialismo a base de bien, que es lo que sabe y lo que le toca. Por ahora son dos emisoras, la de Lérida y la de Gerona. Pero es sólo el comienzo, porque el bachiller no va a parar hasta limpiar de opiniones críticas Cataluña, esa gran nación que necesita de imposiciones y prohibiciones para construirse.

El cierre de COPE es sólo un aspecto de un proyecto más amplio, recogido en el Estatuto, y que tiene un carácter marcadamente totalitario. El cierre de la COPE es un éxito del nacional socialismo catalán. Pero es sólo el primero de muchos que vendrán. Cataluña, además, es el modelo. Le aporta al PSOE un diputado más de diferencia sobre el PP que el que obtiene en el conjunto de España. El cierre de la COPE es el camino, igual que para otros, “el camino son las estrellas”. Todo vuelve. Será la memoria histórica.

De la sociedad civil a la sociedad unitaria

En contra de lo que se presupone, la Gestapo no era una policía especialmente eficiente. No tenía los medios adecuados, ni humanos ni técnicos, para vigilar a toda la población alemana como la propaganda y en gran medida el cine nos ha dado a entender. Esto no quiere decir que no tuviera resultados satisfactorios para los gerifaltes nazis. La Gestapo, como muchas fuerzas de represión dependía de dos elementos esenciales, por una parte los confidentes, personas que, de forma voluntaria o coaccionados, investigaban para ella. Pero su mayor fuente de información provenía de la sociedad, de personas anónimas que por diversas razones, desde la fe ciega a la simple animadversión, denunciaban a sus vecinos, amigos e incluso familia. Este modelo se repetía en mayor o menor medida en la dictadura estalinista y a lo largo de la historia en todos regímenes totalitarios. Podemos pensar que se circunscribe a las sociedades totalitarias, pero estaríamos equivocados.

Es evidente que ninguna sociedad occidental va a tener un régimen represor parecido a los descritos, pero sí que es posible que las instituciones que forman el Estado articulen normas, protocolos y leyes que eviten que la sociedad civil desarrolle actividades e incluso ideas que puedan perjudicarles. Los gobiernos y los estados bregan mucho mejor con una sociedad civil inactiva y apática que con una que tenga sus propias inquietudes, opiniones y que a través de mecanismos institucionales y sociales, vigile, corrija o incluso derribe gobiernos y estados que se extralimitan en las funciones que se les han encomendado.

La coacción a través de la ley sería la manera más evidente, pero esto, aunque plausible y usado de vez en cuando, genera un descontento evidente y peligroso para los gobernantes. Dentro de esta idea, lo más práctico es la creación de una Constitución que sirva como marco para las leyes, instaurando así una justificación básica. Tal es el caso de los regímenes de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Pero si se viene de una dictadura, esta norma intervencionista es fácilmente aceptada, como en el caso de la Constitución española que tiene puntos muy discutibles desde el punto de vista de una sociedad libre.

Sin embargo, existen otros medios más eficaces para cambiar el paradigma, para alterar la base que permitirá que los ciudadanos terminen aceptando sistemáticamente una situación que limita su propia libertad. El control de la cultura, a través de subvenciones, apoyo a ciertos movimientos culturales o la creación de una cultura "oficial", pero sobre todo de la educación es esencial para que los futuros ciudadanos se hinquen de rodillas voluntariamente ante el poderoso.

La educación es un derecho que se viene justificando desde hace décadas, su control político una realidad evidente. La necesidad de una educación pública y "gratuita" se traduce en la creación de un gran instrumento de adoctrinamiento colectivo. Resulta significativo como aquellos que deploraban en España la educación pública franquista, con sus principios morales y éticos, alaben ahora la educación pública democrática, con sus distintos pero únicos principios morales y éticos; se ve que sólo son partidarios de que el monstruo trabaje para sus fines.

Una moral oficial es un elemento esencial en el trayecto que va de la sociedad civil a la sociedad unitaria y una moral oficial es la única justificación necesaria para hacer aceptable cualquier medida. Los propios ciudadanos se encargarán de hacer la labor sucia al Estado, criticando e incluso persiguiendo a aquellos que no quieren aceptar el estatus quo. Y todo ello dentro de una sociedad democrática, legal y occidental.

El fascismo educativo en materia lingüística

El debate sobre la imposición de las lenguas cooficiales en el sistema educativo español está vigente desde que tuvo lugar la transferencia de las competencias educativas a las comunidades autónomas. A partir de entonces, el uso obligatorio del catalán, el gallego y el euskera se ha ido extendiendo progresivamente en la enseñanza de determinadas regiones, hasta el punto de que un creciente número de familias denuncia la marginación que sufre el castellano en este ámbito, y reclama su derecho a elegir libremente el idioma en el que desean educar a sus hijos.

El problema es que, si bien identifican correctamente la causa que ha originado esta situación, tanto las autoridades políticas como los medios de comunicación fallan estrepitosamente en la solución a aplicar. Es evidente que el auge de los nacionalismos regionales y el ejercicio de su potestad política han terminado por imponer un modelo educativo basado en la marginación del castellano como lengua vehicular. Un sistema que, sin duda, es equiparable al que desarrolló Franco durante su dictadura con respecto a la enseñanza y difusión de las lenguas autóctonas presentes en España desde hace siglos.

El nacionalismo, de toda índole y condición, precisa para su desarrollo de un oponente ideológico al que identificar como enemigo. De ahí, precisamente, la necesidad imperiosa de contar con una serie de rasgos diferenciales sobre los que construir su esencia. En este sentido, la raza, el territorio, la lengua o la religión suelen constituir elementos básicos de la identidad nacionalista. De este modo, tratan de reivindicar su pertenencia a una determinada comunidad (nación) en oposición a otras.

En el caso concreto de España, los gobiernos nacionalistas emplean la imposición de las lenguas autóctonas en sus respectivos territorios para reforzar dicha identidad. Sin embargo, dicha estrategia vulnera el ejercicio de determinados derechos y libertades individuales como, por ejemplo, la libre elección del idioma en el ámbito educativo e, incluso, empresarial. Véase la ley que obliga a los comercios a rotular en catalán o la reciente polémica entre Air Berlin y el Gobierno balear.

Ante tales atropellos, se suele abogar por la búsqueda de un "equilibrio" entre la enseñanza del castellano y el resto de lenguas cooficiales en el seno de la educación pública, o por el ejercicio de un bilingüismo estricto a nivel empresarial. Sin embargo, tales reivindicaciones conllevarían en todo caso un resultado injusto para la libertad de los individuos. Y ello, por el simple hecho de que son impuestas de un modo arbitrario por la autoridad política de turno, ya sea a nivel autonómico o estatal.

Una auténtica política liberal en materia lingüística en ningún caso puede surgir del poder público, sino justo al contrario. Es decir, en su ausencia. Así, son los propios individuos, y no las autoridades, los que deben determinar la extensión y predominio en el uso de una u otra lengua sobre el resto. La solución radica, pues, en la privatización de la enseñanza y no en la instauración de un determinado modelo educativo que, en última instancia, siempre dependerá de una imposición política.

Imagínese por un momento un sistema en el que cada centro pueda establecer libremente tanto el programa educativo como los distintos idiomas en los que impartir las materias. En este caso, muchos colegios optarían por el conocimiento de diversas lenguas. Sobre todo, por aquellas que resulten más útiles para el futuro desarrollo profesional de sus alumnos (castellano e inglés, por ejemplo).

Además, la extensión en la enseñanza de un determinado idioma siempre estaría determinado por la demanda real que manifieste la sociedad, y no por la ideología arbitraria de los distintos partidos. De este modo, las familias y los alumnos podrían elegir libremente entre un amplio abanico de centros y ofertas educativas que mejor se ajusten a sus valores y principios culturales. La clave radica, pues, en la privatización absoluta de la educación y su libertad plena en el establecimiento de itinerarios. Las becas y los cheques escolares podrían suplir, en última instancia, el acceso a la educación privada de las familias con escasos recursos económicos.

Y es que, al igual que en el resto de ámbitos, tan sólo un sistema educativo basado en la libertad de individuos y empresas puede satisfacer de un modo correcto los múltiples y variados intereses que están en juego. Por el contrario, las alternativas que parten del poder público, además de resultar ineficientes, siempre correrían el riesgo de culminar en un modelo fascista en el que la voluntad política termine por anular los derechos inalienables de las personas.

La economía liberal en la universidad: E pur è buona

Corría el año 1844, cuando el Comité Mimerel propuso destituir a los profesores de Economía Política y suspender sus cátedras en Francia. Mimerel era un empresario textil, líder de la patronal de entonces y un intervencionista converso. Defendió la libertad comercial hasta que se dio cuenta de que su negocio era más próspero al amparo del paraguas proteccionista, a golpe de privilegio, y por solidaridad decidió que toda la industria francesa debía ser protegida como medio de aumentar su “riqueza” (al menos la aparente). Una de sus batallas fue la mantenida contra los profesores liberales de su país Jean-Baptiste Say, Blanqui, Rossi y Garnier, quienes defendían el librecambio contra viento y marea.

Como no podía ser menos, uno de los activistas defensores del mantenimiento de las cátedras de Economía Política fue Frédéric Bastiat, en concreto, en su artículo Guerre aux chaires d’économie politique (Guerra a las cátedras de Economía Política). En esta publicación, cargada del sarcasmo acostumbrado, Bastiat ofrece una serie de supuestos argumentos de los proteccionistas para acabar con la enseñanza de la economía en Francia excepto si se adoctrinaba a los universitarios en la “santa” doctrina intervencionista.

Explica Bastiat emulando a sus oponentes cómo los hombres estamos dotados de una tendencia a vivir de los demás y despojar al prójimo de sus bienes y su trabajo, y que los tres principales medios para conseguirlo han sido la guerra, la esclavitud y, finalmente, la protección. Por tanto es una locura acabar con estas tres instituciones, y luchar contra ellas ha traído más mal que bien. Pero de todas ellas, la alternativa de la protección es la mejor, entre otras cosas porque el nombre confunde, esconde lo pernicioso de esa práctica.

Se pregunta (siempre sarcásticamente, como si fuera miembro del Comité Mimerel), para qué sirven los sabios sino para “hacer” ciencia, y en consecuencia, qué impide a los científicos inventar una teoría económica a medida para ellos, los proteccionistas. Y sugiere que los economistas liberales se arrodillen como hizo Galileo, y declaren públicamente que la libertad no vale nada, aunque al levantarse murmuren E pur è buona.

Y, dado que se define la economía como la ciencia que enseña al trabajador a conservar lo que le pertenece, lo mejor sería proscribir y eliminar las cátedras de economía que aún subsistan, para evitar las funestas consecuencias de la libertad comercial.

Leyendo estos párrafos, con la inauguración del curso académico a la vuelta de la esquina, no puedo evitar traer a nuestros días las reflexiones de Bastiat y preguntarme cuál es el estado de nuestra enseñanza universitaria de economía. No será una sorpresa para nadie si digo que está como todo lo demás, hecho un desastre.

Lo que enseñamos en las facultades de economía y administración de empresas son básicamente teorías keynesianas obsoletas y un poco de monetarismo para tener algo que haga de diana. Se enseña la justificación económica de la socialdemocracia, y las maravillas del Estado del Bienestar. Como en los cómics de Astérix hay un pequeño grupito que se resiste, a pesar de ser bastante heterogéneo, y que se centra en explicar por qué las teorías keynesianas son una falacia, por qué la Escuela de Salamanca es tan rica, por qué la Escuela Austriaca de Economía a pesar de ser heterodoxia ofrece mucho más que las demás escuelas a la ciencia económica, y qué explica que la libertad económica es el único camino para salir de la pobreza de manera sólida (no con “tiritas” de quita y pon, como son las medidas estatales).

Pero, en general, y desde los manuales infectos de Economía de Bachillerato, lo que se enseña es lo que defendía el Comité Mimerel, las ideas que denostaba Bastiat y que tanto daño han hecho en el pasado siglo XX. No es de extrañar que ante la crisis actual, la solución keynesiana es la que a muchos estudiantes les parece “la natural”, a pesar de ser al revés, como Juan Ramón Rallo y otros autores se empeñan en seguir demostrando. Ni es sorprendente que en la remodelación de los planes de estudios que se implementará en pocos años, el tufillo político cuente mucho más que la racionalidad. Efectivamente se puede hacer una pseudo-ciencia a medida del político, de cualquier político. Se puede demostrar “científicamente” que el Sol gira alrededor de la Tierra, y no al revés, y que si inyectas dinero en la economía la gente tiene más para gastar y la economía “mejora”. Se ha olvidado eso de que la economía enseña al trabajador a conservar o a hacer lo que quiera con lo que le pertenece, hemos delegado la capacidad de decidir sobre lo individual en unos gobernantes que han dinamitado el sistema educativo para ganar votantes. El precio es la poca calidad del trabajador del mañana, la inmadurez de la población adulta del futuro, y la degradación a que nos conduce esta ciudadanía en actitud permanente de brazos caídos.

Si Bastiat levantara la cabeza…