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Etiqueta: educación

La quinta del botellón

La única diferencia es que mientras los gabachos destrozan las universidades públicas, los nuestros destrozan su hígado y algún que otro escaparate. Bien pensado, la violencia estudiantil de los franchutes, que se niegan a valerse por sí mismos en un entorno de libre competencia (lo único que han aprendido de sus mayores), puede ser un bien para el país si finalmente acaban con todos los edificios de la universidad pública y esa generación estudiantil, que frisa la cuarentena sin haber pegado un palo a l’eau, se ve obligada a estudiar por primera vez en su vida.

En el ruralicio murciano de mediados de los setenta, se apreciaba mucho el trabajo en el campo como vehículo formativo de la juventud. La azada es un instrumento pedagógico de primer orden, sobre todo el modelo 88-A, de extraordinaria eficacia educativa. Y eso por no hablar de la recolección de fruta a mediados de julio, tapado hasta el cuello para evitar la tortura provocada por el puto pellejo de los melocotones. Cuando uno ha practicado asiduamente estas actividades extraescolares, intelectualiza con más facilidad la ecuación "estudio+sacrificio= a tomar por saco el trabajo en el campo", que como todos los teoremas matemáticos no admite excepciones.

Pero no quiero hablar mal de las víctimas de la LOGSE. De hecho, a mí particularmente me viene muy bien que profundicen por esta senda hasta convertirse en una generación de analfabetos alcoholizados con propensión a la vida en rebaño, porque de esta forma, a poco que me esfuerce en su educación, mis hijos formarán parte de las elites del futuro. Como los hijos de los dirigentes socialistas, que se dejan la paga de la querida en buenos colegios privados. Padres antes que rojos, oiga.

Homeschooling: ¿Elitismo o necesidad?

Niños que estudian en casa, atendidos por los padres o por educadores contratados para la ocasión, representan un nuevo escenario de aprendizaje en libertad, un espacio ajeno a la enseñanza oficial, que es despreciado por los mandarines culturales obsesionados con la integración social y la uniformidad educativa para todos.

Más allá de la denuncia positiva del intervencionismo que impregna por completo a la escuela, la enseñanza en casa es muy importante porque alecciona desde los primeros años de la vida de una persona para el futuro autoaprendizaje en el trabajo. El niño que aprende en el hogar, él solo o junto a pocos compañeros más, un día se hará adulto y deberá seguir conociendo, pulsando por su cuenta las propias experiencias si quiere alcanzar el perfeccionamiento personal. Así va el juego de existir: un juego a veces estimulante, en ocasiones desalentador, complejo, nunca cerrado, con etapas alegres y horas mediocres. El diploma gubernamental colgado en la pared no certifica también en la maestría de salir adelante.

Numerosas carreras universitarias apenas valen, según los casos, después de comenzar un empleo. La exigencia ahoga la sabiduría estandarizada. A su vez, las especializaciones –en instituciones públicas o no– adolecen, salvo honrosas excepciones, de los mismos vicios que el pergamino generalista: masificación, visión mostrenca de la realidad, apatía ante los obstáculos. Con un flamante título en propiedad, lo único que el candidato a un empleo le está indicando al empleador es que ha tenido suficiente fuerza de voluntad para esperar durante cinco años la obtención de una habilitación administrativa y que esa perseverancia del pasado presagia la tendencia laboral del futuro. En cierta medida, todos somos autodidactas porque desde determinada fecha nuestro título era una rémora. Cada uno elige su menú preferido de conocimientos porque reconoce lo que necesita descubrir en cada momento.

Después vienen, por supuesto, las consecuencias económicas positivas que el homeschooling lleva a las familias: ahorro en burocratismos, transporte, tiempo y material formativo. La lista de costes de oportunidad podría seguir. En su ensayo Migajas políticas, elescritor Hans Magnus Enzenberger, partidario ferviente de la autoformación, animaba incluso al Estado a deshacerse de los plúmbeos edificios educativos transformándolos en asilos, centros de salud u hogar para los sin techo.

El homeschooling es trascendental porque es la vida misma. Instruirse, superar baches codo a codo, conversar cada día con el maestro, abordar las dificultades que verdaderamente importan. Con el homeschooling el niño se entrena para el porvenir. Si corresponden los vándalos del barrio como compañeros de pupitre en el próximo curso, mejor dejamos la socialización para otro siglo. El homeschooling no es cuestión exclusiva de los pequeños: los mayores deberíamos aplicarnos las cualidades socráticas de este creciente fenómeno. No es la antiescuela. No es elitismo de institutriz. Es el arte de vivir porque saber en profundidad fue siempre asunto de uno solo.

Sobre la escuela pública y el laicismo impuesto

La bandera del laicismo en la escuela pública ha sido enarbolada recientemente por varios liberales (1, 2, 3, 4) y es en este contexto que cabe reseñar la confusión en la incurren los que pretenden dar un "uso más liberal" a una propiedad pública.

Imponer una enseñanza laica no es más liberal que imponer una enseñanza religiosa. Es la no-imposición de una enseñanza determinada, sea cual sea ésta, lo único que puede considerarse acorde con los derechos individuales. En tanto exista la educación pública, arguyen algunos, desde el liberalismo debe exigirse que sea laica, como si hacerlo supusiera dar a la educación estatal un uso más liberal. Pero el debate en estos términos está mal planteado. No se trata de oponerse al avance gradual de la libertad convirtiendo lo mejor en enemigo de lo bueno. La cuestión es que la propiedad pública no tiene "usos liberales", porque un "uso liberal", un uso conforme con los principios liberales, es aquél que parte de la elección de su legítimo propietario y el Estado simplemente no es el legítimo propietario de la red de escuelas públicas.

En ocasiones hay quien dice: "bien, si la propiedad es privada es el propietario quien decide si se puede fumar o no, pero si es pública, ¿qué es más liberal, que se permita fumar o que se prohíba?" La respuesta es que ninguna de los dos opciones es más liberal que la otra, que cualquier decisión del Estado en este sentido carecerá de legitimidad y la pregunta está mal formulada. En el caso de las carreteras y las calles, por ejemplo, mientras continúen siendo públicas seguirá habiendo conflictos de intereses en relación con su uso e imposición arbitraria de normas. Unos querrán que se corte la avenida principal para poder manifestarse y otros querrán que permanezca abierta para poder circular por ella. Unos desean prostituirse en la calle y otros no desean ver a las prostitutas en las esquinas de sus barrios. Unos anhelan poder correr más en la carretera y otros prefieren que haya límites de velocidad. ¿Acaso alguna de estas reivindicaciones es más legítima que su contraria? Nótese que la pregunta no es si hay reivindicaciones más razonables que otras, sino más legítimas. ¿Es más liberal, por ejemplo, que haya un límite de velocidad en la autopista? Puede que en un hipotética sociedad libre algunas autopistas privadas no instituyeran límites de velocidad, ¿acaso sería antiliberal?

Que una propiedad pública no tenga usos más legítimos que otros desde un punto de vista liberal no significa que no pueda considerarse que un uso concreto sea más razonable o juicioso que otro. Por ejemplo, no es legítimo que el ministerio imponga una asignatura de inglés como tampoco es legítimo que imponga una asignatura de costura, pero podemos aventurar que en un escenario en el que la enseñanza estuviera liberalizada los padres demandarían clases de inglés y no clases de punto. Imaginemos que virtualmente todas las familias españolas fueran muy católicas y quisieran que sus hijos tuvieran una educación religiosa. No sería legítimo que la escuela pública fuera religiosa (por ser pública, no por ser religiosa), pero indudablemente se ajustaría más a las preferencias de la mayoría de los padres, que son los que en una sociedad libre escogerían el tipo de educación que fueran a recibir sus hijos. En este sentido las medidas encaminadas, por ejemplo, a dotar a los padres de un mayor margen para que elijan el tipo de enseñanza pública que tendrán sus hijos (religiosa, laica o lo que fuera) nos acercarían un poco, aun sin ser medidas estrictamente liberales, al resultado que se hubiera producido en el libre mercado, y puede que tengan por ello cierto mérito.

Debe quedar claro, no obstante, que como liberales no podemos decir que una enseñanza pública laica sea más legítima que una enseñanza pública religiosa o viceversa. La escuela pública es ilegítima per se y debe privatizarse, y en tanto exista todo lo que emane de ella constituye, por definición, una imposición del ministerio. Algunos liberales están de acuerdo en que la privatización de la enseñanza es el objetivo último pero en nombre del gradualismo y el pragmatismo dedican esfuerzos a reivindicar que la escuela pública se amolde a sus particulares preferencias. Los que defienden la libertad pero sostienen que en tanto no se alcance debe hacerse tal o cual cosa a menudo corren el peligro de acabar dedicando más energías a la causa de redireccionar la intervención pública que a la causa de extinguirla y alcanzar la libertad.

Igualitarismo: la peor discriminación

El Wall Street Journal publicó recientemente un artículo muy interesante, reseñado por Thomas Sowell para la revista conservadora norteamericana “News Max”, sobre un instituto de segunda enseñanza en Cupertino, Estado de California.

Este instituto exhibe una de las más altas puntuaciones medias de todo el país, debido especialmente a que a él concurre un gran número de estudiantes, hijos de inmigrantes de origen asiático, cuyo rendimiento académico supera en bastante al de la población autóctona. El resultado es que los padres de los niños blancos están trasladando a sus hijos a otros institutos, y algunos de ellos incluso cambiando de vecindario. No es que la raza asiática haya desarrollado espontáneamente un gen que estimula la inteligencia, sino que mientras que los padres de los niños norteamericanos los recogen a la salida del colegio para llevarlos a su partido de fútbol o béisbol, los asiáticos prefieren que sigan un programa de estudio especial tras el horario lectivo. Cuestión de prioridades.

Los inmigrantes que vienen a España, procedentes de países en donde no se habla nuestro idioma, son, por el contrario, en gran parte responsables involuntarios de las altísimas cotas de fracaso escolar de nuestra escuela pública. No por una cuestión de inteligencia, evidentemente, ni siquiera por escaso afán de superación (lo más probable es que sean más conscientes de la necesidad de formarse para de ganarse un puesto en la vida que sus compañeros españoles), sino porque el sistema público español hace del igualitarismo su prioridad. Un niño marroquí de doce años, que no sabe hablar ni leer español, al que se pone en la clase que le corresponde por edad y no por conocimientos, probablemente se sienta muy integrado (eso dice la secta, aunque más bien será todo lo contrario, obligado a escuchar varias horas diarias a los profesores en una lengua que entienden con dificultad), pero su formación será prácticamente nula y cuando acabe la educación obligatoria tendrá serios problemas para desenvolverse en la vida real. Es la peor discriminación de la que puede ser objeto un ser humano.

La pedagogía progre, que abomina de todas las medidas que atenten contra el sagrado dogma del igualitarismo, condenaría la existencia de escuelas especiales para inmigrantes de otras lenguas (no tardarían en llamarlas guetos y racista a quien propusiera la idea), pero es la única manera de que estos niños alcancen el nivel de sus compañeros en el más breve plazo, para lo cual tampoco hay que establecer ningún record, vista la LOGSE y su reciente secuela. Quizás asistiéramos entonces a escenas curiosas, como la del Instituto de Copertino, con los padres de niños españoles trasladándolos a otros colegios, porque los inmigrantes marroquíes y rumanos, cuyas circunstancias económicas suponen un fuerte estímulo de superación, empezarían a situar el nivel académico a niveles de gran exigencia. ¿O es eso quizás lo que se quiere evitar? En todo caso, no cabe mayor ejemplo de racismo que el igualitarismo forzado.

Escuelas a la carta

La educación de los jóvenes estadounidenses se adquiere en su práctica totalidad en escuelas públicas, que son más del 90% de los colegios del país. El sistema escolar, que había sido tomado crecientemente por el Estado hasta ocuparlo casi por completo, ha estado degradando la formación de sucesivas generaciones de ciudadanos de ese país. En estas condiciones, la calidad de la enseñanza se ha ido convirtiendo en un problema creciente, hasta motivar un informe oficial titulado, significativamente, Una Nación en Peligro (abril de 1983). Hacía falta una reforma, y una de las muchas que se propusieron fue la impulsada por Albert Shanker, presidente de la Federación Americana de Profesores y Ray Budde, profesor retirado.

La visión que defendieron es un buen ejemplo de la practicidad propia de los americanos y su arraigado reformismo tomó la forma de los Charter Schools, escuelas que se sustraían del entramado regulador estatal para seguir otras que los directores de los colegios consideraban más adecuadas. Ambos autores volvieron a expresar sus ideas en sendas publicaciones a finales de los 80, y en 1990 se aprobó la ley federal que concedía a los estados la capacidad de permitir las Charter Schools. El primero en hacerlo, al año siguiente, fue Minnesota, seguida de California en 1992. Desde entonces se han sumado Estado tras Estado hasta alcanzar 42 en 2004. En la actualidad funcionan más de 3.400 escuelas a la carta, según datos de 2005.

Esa concesión tiene sin embargo una condición: la obtención de mejores resultados. Las licencias se suelen otorgar por períodos de tres a cinco años y si no mejoran las escuelas comparables de la zona, la autoridad local retira la carta y cierra el colegio. El simple hecho de que en solo década y media el fenómeno de las Charter Schools se haya multiplicado es prueba de que sus resultados superan los de las escuelas públicas (más del 90 por ciento de los colegios estadounidenses). Este movimiento podría representar toda una reconversión de la educación básica pública, que ha fracasado por completo, en la medida en que sus objetivos sean la educación de los jóvenes.

Un estudio que compara los resultados en lectura y matemáticas de las Charter Schools y de las escuelas públicas revela que las primeras obtienen mejores resultados y, lo que es más significativo, que esta diferencia se amplía con el tiempo. Así, las Charter Schools que llevan funcionando de uno a cuatro años superan en lectura a los públicos en un 2,5% (no hay datos para matemáticas). De cinco a ocho años la ventaja sobre las escuelas públicas es respectivamente del 5,2% y del 4,0%. Y los que llevan de 9 a 11 años (el informe es de diciembre de 2004), aventajan a los gestionados públicamente en un 10,1% y un 10,8 %, respectivamente. Y eso que, por lo general, las Charter Schools tienen un profesorado con menos credenciales y menos experiencia. Generalmente las escuelas a la carta de carácter público cuestan menos que las que funcionan bajo la regulación prevalente.

La principal ventaja de las escuelas a la carta es que permite la libre iniciativa empresarial, la búsqueda de nuevos métodos didácticos, o simplemente de métodos distintos a los impuestos por la regulación pública. Curiosamente se observa en muchas ocasiones una vuelta a las enseñanzas básicas, a lo que se considera los fundamentos de la educación, a las famosas cuatro reglas, con una renovada importancia por la lengua, la historia y las matemáticas frente a las nuevas asignaturas. Esta vuelta a lo tradicional en los contenidos se combina con un uso más intensivo de nuevas tecnologías, como Internet, o de material audiovisual.

Otra ventaja que no se debe dejar de lado y que explica en gran parte el éxito de esta fórmula es que, más allá de los resultados académicos, los padres valoran tener alguna influencia en el tipo de educación que reciben sus hijos. Y las Charter Schools están recuperando la implicación de los padres en la gestión de los colegios. Además, este desprendimiento de la educación estatal erosiona el aspecto de adoctrinamiento que es consustancial a la educación pública.

Las Charter Schools no son un ideal, pero son una grieta en la educación pública estadounidense que cada vez se está haciendo más y más grande.

La educación de los más pobres, privada

Habrá quien se sorprenda, pero la iniciativa privada es capaz de ofrecer educación a los más pobres entre los pobres, y aún ganar dinero. Y con una calidad que supera con creces la pública. James Tooley lleva décadas investigando cómo estudian los ciudadanos en los países subdesarrollados, y ha hecho un resumen de sus hallazgos en Los fracasos de la educación pública en los países en desarrollo y la respuesta popular. Tooley nos trae el poblado del barrio marginal de Makoko, en Lagos donde habitan unos 50.000 nigerianos. Él explica que “en Makoko (como en otras comunidades pobres de todo el mundo en desarrollo) los padres abandonan en masa la educación pública, molestos por su baja calidad, y los emprendedores educativos establecen escuelas privadas para satisfacer esta demanda. En definitiva, estas escuelas privadas, a pesar de lo que sugieran sus apariencias, son de mejor calidad que la alternativa pública, y logran estándares más elevados a una fracción del costo de la educación pública”.

Los padres que han llevado a sus hijos a las escuelas públicas y a las privadas de ese barrio nigeriano saben bien la diferencia: Una mujer le dijo a Tooley: "Vemos que en la escuela pública, los libros de los niños no se tocan nunca". Otro padre dijo: "Pasamos muchas veces cerca de la escuela pública y vemos a los niños afuera, todo el tiempo, sin hacer nada. Pero en las escuelas privadas, vemos todos los días que trabajan mucho. En la escuela pública, los niños están abandonados". Pese a que la educación pública es gratuita, los padres, con ingresos que rondan los 50 dólares al mes, les pagan a sus hijos una educación en centros privados, no menos de 30 en el barrio de Makoko.

Tooley ha investigado en todos los rincones del mundo a los que no ha llegado el capitalismo, a los que no ha llegado la riqueza que nosotros disfrutamos. En algunas áreas del mundo, como China o India, las escuelas públicas cuestan una cantidad de dinero que no es alta, pero es muy superior a la que piden las escuelas privadas, a cambio de ofrecer una educación mejor. Los padres tienen un mejor control de la educación que reciben sus hijos, y los resultados se ven. En un artículo anterior, Tooley explicó que en India la puntuación media de los colegios privados es de 19,0 puntos en lengua y 17,9 en matemáticas y, mientras que en los colegios públicos es respectivamente de 17,4 y 16,3. El absentismo de los profesores y la masificación, que son dos características habituales de las escuelas públicas, no se dan en las privadas.

Si hay empresarios que ofrecen buena educación a los más pobres del mundo, y éstos se la pueden permitir, ¿habrá todavía quien diga que en un país como España no es adecuada la educación privada porque dejaría atrás a los pobres?

Estampas navideñas

Unos estudiantes preservan sus pescuezos de los rigores invernales con la famosa pañoleta arafatiana, haciendo simpática apología del terrorismo antisionista, otros forcejean desde el suelo con los agentes que intentan esposarlos, con sus pantalones de marca caídos de la cintura y mostrando la ropa interior, finalmente algunos más exhiben la estética típica del borroka, con la capucha del chandal subida. Es difícil saber cual de estas imágenes resulta más repulsiva. En todo caso, si algo representan con sus poses y conducta, es la claudicación moral a la que ha sido inducida una generación entera de españoles por parte de unos ungidos, convertidos en líderes de opinión, que un día se autoconcedieron la facultad de dirigir los destinos de la sociedad. Por supuesto que se trata de una minoría de adolescentes, pero hablamos de los vástagos de la clase media ilustrada de la capital de España, practicando actividades extraescolares que necesitan intervención policial. Todo un indicio del estado actual de nuestra educación.

Cuando en virtud del vitriolo pedagógico esparcido por la izquierda, dejó de considerarse a los niños monstruos en potencia a los que es necesario educar, para encaminarles por la senda del nihilismo, de la astenia moral y del rechazo de todo lo que tradicionalmente se ha considerado un sano esfuerzo de superación personal, el resultado es una generación desnortada de jóvenes, incapaz de tratar con su propia existencia. Los modelos de conducta en los que se mira la generación actual, diseñados a través de consignas, tópicos y prejuicios fuertemente politizados, son una mezcla de depravación y cinismo a partes iguales, fruto de varias décadas de continuo desistimiento de las voces públicas, a las que se había encomendado el papel tradicional de robustecer los principios en los que se asienta la civilización. Cuando las elites desertan de su deber, la catástrofe está asegurada.

Uno de los síntomas más evidentes de esta degradación colectiva es el pavor cerval a la independencia que muestran los adolescentes actuales. Incapaces de formarse un criterio válido para interpretar su papel en el mundo, pues sus mayores declinaron la responsabilidad de proporcionarles las herramientas lógicas necesarias para ello, buscan desesperadamente adherirse al grupo de moda para que sea la tribu la que les diga cómo deben vivir.

Con un ambiente cultural que disfraza el fenómeno terrorista con una aureola de misticismo romántico, que presenta las algaradas violentas de los revolucionarios antisistema como la máxima expresión del utopismo filantrópico y que sacrifica continuamente la esencia individual en el altar de lo colectivo, lo realmente milagroso es que no haya miles de jóvenes quemando restaurantes de comida rápida o cajeros automáticos a tiempo completo.

No deben seguir preocupándose los ideólogos de la LOE por el futuro de esa magna asignatura que nos anuncian. Estos chicos están ya educados para la ciudadanía. Ciudadanía socialista, que es de lo que se trata.

Adoctrinando en la esclavitud

La Agencia Tributaria insta a los profesores de primaria y secundaria a que sometan a sus alumnos un aquelarre de imágenes maniqueas y frases manipuladoras. Las mentiras, los errores, las distorsiones y la farsa sin disimulo ni decoro recorren un documental animado cuyo objetivo es erradicar los sentimientos de libertad desde la misma infancia.

A través de cuatro adolescentes virtuales, conocidos como "la Generación T", el escolar puede ir interactuando en varios escenarios, donde se le van explicando las plagas bíblicas que sucederían si el Estado no recaudara impuestos. Ya se sabe: con un Gobierno menos glotón, nos indigestaríamos todos; con una clase política menos ladrona, todos seríamos más pobres. El mundo al revés; el mundo del engaño, el mundo de la mentira, el mundo de la izquierda.

Bastarán unos extractos procedentes de la versión en texto para darnos cuenta de la sucesión de falacias y grotescas tergiversaciones que el socialismo patrio pretende inculcar a los jóvenes para controlar la libertad.

La educación es gratuita

En la primera escena del documental aparece un profesor que informa a la "Generación T" de que "las administraciones públicas tienen que garantizar la gratuidad de la educación hasta los dieciséis años". "En España el Bachillerato y los ciclos formativos también son gratuitos".

Hacienda quiere vendernos la moto de que el Estado es una especie de Rey Midas que convierte todo lo que toca en oro. La educación es gratuita para los ciudadanos, no tienen que pagar nada. O bien, por arte del birlibirloque, los profesores dejarán de percibir sus salarios, las editoriales el precio de sus libros y las constructoras la remuneración por edificar los colegios, o bien Hacienda considera que el Gobierno es capaz de crear riqueza de la nada.

En cualquier caso, nos encontramos ante un disparate. La educación pública no es gratuita, todo lo contrario: los individuos tenemos que pagarla con los tributos y con nuestra libertad. Unos impuestos excesivamente sangrantes a cambio de una formación del todo inadecuada y de un adoctrinamiento desinhibido.

La Agencia Tributaria quiere hacernos creer que el Estado nos proporciona la educación de manera gratuita; en ese caso, ¿para qué son necesarios los impuestos? ¿Qué función tendría la propia Agencia Tributaria? Los costes los soportamos todos los ciudadanos, no las Administraciones Públicas o los abnegados funcionarios.

En otras palabras, si bien es cierto que la educación pública necesita del dinero incautado por Hacienda, no lo es menos que Hacienda necesita de las mentiras fabricadas por la educación pública para seguir abusando de los ciudadanos.

Pensiones públicas, miseria futura

En otro momento del reportaje animado, el abuelo de uno de los protagonistas le dice: "Los que ya no trabajamos recibimos una pensión de jubilación. Es un derecho que nos hemos ganado después de haber contribuido con una parte de nuestro sueldo a lo largo de toda una vida de trabajo. Esto es posible porque las personas que trabajan hoy contribuyen con una parte de su sueldo, los empresarios con una parte de sus ganancias y el Estado hace también una aportación a un fondo común que se llama Seguridad Social".

Puede que el diablo sepa más por viejo que por diablo, pero sin duda las mentiras de este "abuelo tributario" tienen más que ver con el que huele a azufre que con la vejez. Primero transmite la falsa imagen de que la contribución del trabajador a las pensiones públicas tiene un carácter voluntario. Después nos dice que el empresario colabora en las pensiones con una parte de las ganancias, cuando en realidad su contribución procede de una proporción descontada del salario que dejan de percibir los trabajadores. En tercer lugar, el Estado no hace ninguna aportación independiente a la Seguridad Social, entre otros motivos porque no tiene financiación propia: todo el dinero que acumula y despilfarra lo ha obtenido mediante la confiscación.

Ahora bien, la parte más retorcida del párrafo es la que pretender ocultar la inevitable quiebra del sistema público de pensiones, basado en un reparto intergeneracional insostenible. El Estado, a través de sus impuestos, impide a los ciudadanos invertir en fondos privados de capitalización, que permitirían alcanzar pensiones mucho más elevadas y, en definitiva, situarnos en una sociedad de propietarios.

Si hay algo que, precisamente, el Estado no quiere es una sociedad donde las personas tengan cada vez más propiedades. Ello implicaría un Estado más reducido y, sobre todo, una menor esclavitud de la que pretenden los políticos. Por ello necesitan adoctrinarnos y lavarnos la mente con documentales como éste.

El Estado es una fiesta

Más adelante, los cuatro jóvenes que conforman "la Generación T" visitan la Agencia Tributaria (a la sazón, la creadora de este documental ridículo e ideologizador), donde su propia madre les advierte de la irresponsabilidad que supone la evasión fiscal: "Nadie debería dejar de pagar sus impuestos, pues eso es defraudar, un comportamiento insolidario que perjudica a todos. Es como si, al organizar una fiesta, algunos compañeros no quisieran colaborar en la preparación o en los gastos y luego participaran en ella". Este mismo argumento se repite en una escena posterior, donde se compara al Estado con una comunidad de vecinos: "En la reunión de vecinos se pide opinión a todos y se decide si se aprueba o no el presupuesto. Por eso se hacen reuniones de vecinos".

Ahora resulta que el Estado es un club de amigos, una fiesta de estudiantes, donde cada cual paga sus impuestos de manera voluntaria. ¿Se puede ser más manipulador? ¿Acaso no resulta escandaloso que ideas tan falsas se instilen en la mente de todos los adolescentes españoles? El Estado se basa en la coacción y en la fuerza sobre los individuos; nadie puede escapar a su potestad absolutista. A todo aquel que pretende conservar su propiedad se le estigmatiza primero como "insolidario", "egoísta" y "antisocial", y después se le persigue y reprime con los medios policiales públicos.

El Estado no tiene nada que ver con un club o una comunidad de vecinos, donde cada cual se somete voluntariamente a sus estatutos y, sobre todo, tiene la posibilidad de separarse y cancelar su filiación. A nosotros se nos extraen los impuestos "por ministerio de la ley", no por voluntad propia.

Más que de fiesta, deberíamos hablar de un festejo demoníaco, donde el sumo sacerdote ofrece sacrificios humanos al todopoderoso Estado; más que de comunidad de vecinos, de comunidad de presos en un centro penitenciario; más que de bien común, de farsa adoctrinadora al servicio de los espurios intereses estatales.

Nada fuera del Estado

La apoteosis del estatalismo cerril la encontramos en el último capítulo. Después de haber interiorizado todas las enseñanzas servidas por el profesor, el abuelo y la madre, dos de los adolescentes entablan una conversación en la que dan muestras de haber asimilado a la perfección el catecismo estatalista:

"Los niños siguen en la sala del museo, escuchando a su profesor. Imaginan una ciudad sin impuestos. Junto a sus cabezas un bocadillo muestra un lugar con basura en el suelo, las calles sin asfaltar, un anciano pidiendo limosna, un campo de fútbol con las porterías rotas… Mientras imaginan, hablan entre ellos.

Laura: Si no hubiera impuestos, nada sería como es ahora. No tendríamos museos ni bibliotecas ni institutos ni hospitales; no habría policías ni bomberos ni estaciones de tren ni carreteras; no existirían barrenderos que limpiaran las calles…

Dani: Mi abuelo no podría ir al de centro de día, no tendría pensión y las medicinas costarían tan caras que no podría comprarlas".

Este cúmulo de despropósitos, de servidumbres inducidas, de socialismo redomado, es toda una declaración de las intenciones de la campaña de la Agencia Tributaria: ésta es la conclusión que todos los individuos deben alcanzar.

Sin impuestos, las calles se llenarían de basura (la gente no podría contratar las mismas compañías privadas que ahora se encargan de recogerlas), los ancianos vagarían por las calles muertos de hambre (serían incapaces de constituir un fondo de inversión con rentas muy superiores a las actuales pensiones públicas), los hospitales no llegarían a existir (como si no existiera en la actualidad una sanidad privada más barata que la pública, y de la que, por cierto, sólo pueden disfrutar los funcionarios) y las medicinas no podrían ser adquiridas por nadie (si nadie comprara ninguna medicina las farmacéuticas estarían abocadas a la quiebra).

El Estado necesita de ciudadanos necios y adormilados para incautar cantidades crecientes de impuestos; esto es, necesita manipularnos para hacernos creer que los impuestos no son lo que realmente son: un robo. Ahora bien, la naturaleza de los tributos estatales no es la de un robo cualquiera; no estamos ante simples chorizos o carteristas de poca monta: los impuestos son el mayor robo jamás perpetrado, un robo masivo y escandaloso, cuya cuantía y perjuicio supera en mucho la de cualquier otro.

Así pues, no resulta casual que el brazo ejecutor de este sistemático expolio a todos los españoles, la Agencia Tributaria, necesite de este tipo de campañas para autolegitimarse: el mejor ciudadano es el más sumiso, el que más impuestos paga, el más "solidario", el más izquierdista. Estos son los valores que se ensañan a los españoles en las escuelas públicas: la fidelidad hacia el Estado, hacia su burocracia y hacia los políticos.

Con todo, lo más escandaloso del asunto es que tengamos que seguir pagando de nuestro dinero incautado esta insultante campaña de adoctrinamiento a las generaciones futuras. Nunca una comunidad de vecinos resultó tan cara y demagoga.

Por una educación privada y libre

La semana pasada comentamos los orígenes totalitarios de la educación pública. Desde un principio fue una enseñanza reglada por y para el Estado; el poder político esperaba –y espera– construir súbditos que le rindan pleitesía. El socialismo necesita alimentar la mentira, la farsa y la ignorancia para sobrevivir. La educación pública es una colosal lavadora de cerebros que insufla valores colectivistas, antirreligiosos y anticapitalistas.

Mucho se ha criticado –y con razón– el abuso adoctrinador que los partidos nacionalistas han hecho del sistema de educación público, especialmente en Cataluña y el País Vasco. Pero no deberíamos olvidar que el mismo proceso, si bien con mucho mayor disimulo, se está llevando a cabo en el resto de España. Los nacionalistas adoctrinan en la raza, y los socialistas de todos los partidos adoctrinan en el antiliberalismo.

El sistema público horada las bases de nuestra convivencia y de nuestra libertad. Semejante maquinaria de control social debería desaparecer de inmediato: tanto por el intolerable saqueo fiscal practicado por el Estado como por las mentiras e insidias que inyecta a los alumnos.

Una vez más, hay que exigir la completa separación de la escuela y el Estado, hay que defender la libertad de elegir de los padres. Pero ¿en qué consiste esa libertad de elegir? ¿Realmente existe alguna alternativa viable al sistema público de educación? En este artículo vamos a hablar de dos alternativas: la escuela privada y la educación en casa (homeschooling).

La escuela privada

La alternativa más obvia a la escuela pública es la privada. Por escuela privada entiendo aquella institución absolutamente separada del Estado, tanto en el aspecto financiero como programático. La concertada, aunque en muchos casos presenta un grado de apertura y libertad mayor que la pública, sigue en la práctica subordinada a la regulación pública, en tanto buena parte de sus fondos los obtiene del Estado.

La escuela privada es superior a la pública tanto en libertad como en calidad. Los padres pueden elegir los colegios privados que mejor representen y difundan los valores en que quieren educar a sus hijos. No hay necesidad de homogeneizar e igualar a todos los alumnos. Cada familia tiene la opción y la libertad de elegir la formación de sus hijos.

Así mismo, poca gente discute –ni siquiera los izquierdistas– que la calidad de la escuela privada es superior a la de la pública. Generalmente, la izquierda suele explicar esta diferencia por la mayor dotación de medios de las privadas: si la escuela pública dispusiera de la misma cantidad de fondos, sostienen, obtendría resultados equivalentes a los de la privada.

Olvidan, claro está, que el gasto en educación no ha dejado de incrementarse durante las últimas décadas, parejo al radical empeoramiento de la calidad en la escuela pública. En realidad, la diferencia fundamental entre la escuela pública y la privada no es la cuantía de los recursos, sino el origen de los mismos. Cuando un empresario quiere obtener dinero debe ofrecer un producto de calidad que sirva al consumidor. Cuando el Estado quiere obtener dinero, le basta con subir los impuestos.

Un empresario privado está siempre buscando mejores profesores, mejores materiales y mejores métodos docentes. Los profesores, a su vez, se ven compelidos a mejorar y a aprender continuamente. En este proceso competitivo, los padres van seleccionando aquellos colegios que, a su juicio, tienen mayor calidad. Los peores empresarios y profesores quiebran, liberando medios y recursos que serán aprovechados por los mejores empresarios y profesores. En el mercado opera un círculo virtuoso que va mejorando día a día la educación de los individuos.

Por el contrario, la educación pública se preocupa más por granjearse el apoyo de los políticos. Sus clientes no son los padres, sino los burócratas. Es más: lejos de perseguir la superación, las escuelas públicas tienen obvios incentivos para empeorar. Si un colegio público es eficiente, automáticamente verá recortados sus fondos, que irán a parar a otros centros "más necesitados". En el sistema público conviene emprender grandes e improductivas inversiones para recibir ingentes sumas de dinero. Los directores que reducen costes ven disminuida su financiación.

Los profesores, por su parte, son funcionarios que tienen asegurado el puesto de por vida. No necesitan realizar un buen trabajo, ni mejorar su formación continuamente. Al profesor funcionario le basta aparentar que enseña a los alumnos, no necesita hacerlo realmente. Tal y como decían en los obreros de la URSS: "Ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos".

La educación pública padece un círculo vicioso de degeneración: control político, despilfarro gestor y contratos vitalicios. Todos los componentes para minimizar el esfuerzo y maximizar la financiación. Cuanto menos se trabaja, más excusas hay para pedir fondos. La quiebra en el sistema público es imposible, por muy malo que sea un colegio y su administración.

A pesar de las indudables ventajas de la escuela privada sobre la pública, los izquierdistas suelen justificar a ésta aduciendo razones de equidad. Sin la escuela pública, aseguran, no hay igualdad de oportunidades. Los pobres sólo podrían optar, en todo caso, a escuelas privadas de muy baja calidad.

Por desgracia para su verborrea, el profesor James Tooley se ha encargado de derrumbar estos mitos, que no por muy divulgados son menos falsos. Tras varios años de investigación en el Tercer Mundo, Tooley ha concluido que incluso los habitantes más pobres de los países más pobres tienen acceso a una educación privada de calidad, al menos, tan alta como la de la pública.

En concreto, en estos países más de dos terceras partes de los alumnos acuden a escuelas privadas. El gasto de dichas escuelas para pobres oscila entre el 7 y el 12% de la renta familiar mensual. En la mayoría de los casos, además, la calidad de las escuelas es superior a la ofrecida por la educación pública.

Si en el Tercer Mundo incluso los más pobres tienen acceso a educación privada de calidad, ¿acaso alguien duda de que en España, una vez se nos hubieran devuelto los impuestos que dedicamos a financiar una educación pública manirrota, también los más desfavorecidos (que, en todo caso, son más ricos que los ricos de esos países) tendrían acceso a una educación privada de calidad? La respuesta es evidente para todo el mundo salvo para aquellos que están empeñados en utilizar el sistema público de educación para adoctrinar a los españoles.

Educación en casa

Si bien la escuela privada es una mejora muy sustanciosa con respecto a la pública, la alternativa real se encuentra en el homeschooling, o educación en casa. Las escuelas privadas siguen basándose en esquemas gregarios donde una pluralidad de alumnos atiende colectivamente a un mismo profesor. Este modelo puede ser válido para las clases "magistrales" y especializadas de las universidades, pero se muestra claramente ineficiente en los niveles primarios y medios.

El homeschooling es un movimiento en expansión en EEUU, donde ya hay más de un millón y medio de niños que están siendo educados en casa. De hecho, en España todos los padres se dedican, en cierta medida, al homeschooling hasta que endosan sus hijos a un jardín de infancia o la escuela primaria. Los niños aprenden con los padres a caminar, a hablar, a leer y, en buena medida, a escribir.

La educación en casa parte, pues, de la idea de que extender esa formación hasta edades más avanzadas es sumamente beneficioso para los niños. De hecho, en EEUU la formación, tanto cultural como moral, de los homeschooled es infinitamente superior a la de los alumnos de la escuela pública o privada. Como nos explica Pablo Molina en su excelente análisis del tema, "en una de las investigaciones más exhaustivas realizadas al respecto, los escolares educados a través del Homeschooling en el Estado de Pennsylvania acreditaron una media de percentil 86 en lectura y un percentil 73 en matemáticas, tomando como percentil 50 la media nacional del sistema estatal". En la práctica es bastante frecuente encontrar a homeschooled recibiendo galardones nacionales por su inteligencia, preparación y cultura.

Recientemente, Kelly Kuerstein ofreció en nuestro país una serie de charlas en las que animaba a los padres disconformes con el adoctrinamiento de la LOE a practicar el homeschooling. Kuerstein relató alguna de las hazañas de la enseñanza en casa: "En EEUU, universidades como Harvard, Yale, etcétera, buscan a sus alumnos para que ingresen (…) a edades más tempranas, entre 15 y 16 años (…) Uno [de sus hijos] tradujo La Eneida a los 12 años, mientras que otro, a los 15, estudia Biología a nivel universitario".

El homeschooling es, por otro lado, mucho más barato que las escuelas públicas o privadas. La mayoría de los materiales necesarios se encuentra disponible gratuitamente en la Red –los recursos son innumerables: basten tres ejemplos en inglés (I, II y III) y uno en español–, y los padres pueden combinar el trabajo con la educación de sus hijos. Es habitual que varias familias con unos mismos valores morales establezcan sistemas rotatorios para dar las clases.

La crítica más habitual que suele hacerse a este método de enseñanza es la falta de socialización de los hijos. ¿Dónde encontrarán amigos si no acuden en manada a la escuela? Sin embargo, la objeción carece de fundamento. Algunos estudios recientes, como el del National Home Education Research Institute, han descubierto que los homeschooled son más sociables, entusiastas y extravertidos que los alumnos de las escuelas convencionales.

La educación pública segrega a los niños por edad, y el abuso escolar es harto habitual. Los alumnos están obligados a acudir a unas aulas donde pueden ser maltratados e insultados por grupos de jóvenes excluyentes. Si de algo no puede presumir la educación pública es de ser un espacio de concordia, integración y amistad.

El homeschooling permite combinar una excelente formación académica con un entero desarrollo moral. Los niños no sólo aprenden más y mejor, sino que son educados a la luz de las convicciones morales de sus padres. Una sociedad libre requiere de individuos libres, y la libertad pasa por reforzar los vínculos voluntarios y naturales, como la familia, frente a las cadenas totalizadoras del Estado.

Tras la LOE, quedan incluso más patentes las pretensiones absolutistas de nuestros políticos. Ya sea a través de la escuela privada o, preferentemente, de la enseñanza en casa, hemos de evitar que el Estado, tal y como pretendía el partido comunista ruso, nacionalice a nuestros hijos.

LOE: de entrada, no

Son muchas las apasionantes novedades que la reforma educativa en ciernes permite atisbar, pero yo me quedo con el reconocimiento del sagrado derecho de los educandos a hacer novillos colectivos, siempre que la decisión ostente el marchamo democrático de haber sido adoptada por mayoría, aunque no se aclara si ésta deberá ser absoluta, cualificada o simple. Desde que nos gobierna el señor ese que sonríe tanto, todas las minorías secularmente oprimidas ven por fin reconocidos sus derechos fundamentales. Gracias al socialismo de "derechos", también los ceporros estructurales, liberados del yugo académico, podrán por fin gozar de su burricie al aire libre con sólo levantar la manita a la hora del voto (y pobre del que no la levante, claro).

La cuestión adquiere tintes de tragedia cuando a los padres no se les permite ejercer su derecho constitucional a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos. De ser así huirían de estampida de la educación pública, y los psicopedagodos y demás logsócratas tendrían que empezar a ganarse la vida honradamente. Ahí están las listas de espera en los centros concertados, de dimensiones castristas, para demostrarlo. Lo peor es que el mal está tan extendido, que ni siquiera en las comunidades gobernadas por el PP uno puede elegir el tipo de educación que quiere que se le proporcione a sus hijos con sus impuestos. Hace unos tres años, por ejemplo, cuando buscábamos infructuosamente colegio para nuestro primer hijo, un alto cargo de la Consejería de Educación afirmaba textualmente en la prensa regional que “la misión de la Consejería no es aumentar las plazas concertadas sino fomentar la educación pública”. Ningún marxista lo hubiera expresado ni mejor ni con más contundencia.

"Hay motivo", por tanto, para acudir en masa a la manifestación del próximo sábado en contra de la LOE y vociferar lo que sea menester. Los altos cargos de la Consejería no hace falta que vayan; su opinión en este asunto ya la conocemos.