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Etiqueta: educación

El castillo de naipes educativo

Esta semana han vuelto las "oscuras golondrinas" de las revueltas universitarias a pesar de estar en febrero y no en primavera. Ni que decir tiene que tampoco son lo que eran. No hay masas de universitarios recorriendo las calles de Madrid, convencidos o simplemente divertidos, protestando por "sus derechos". Lo de "ir a la mani" parece que ha pasado de moda. Al menos hasta que los líderes sindicales así lo digan.

Tampoco es que hubiera mucho que protestar. El decreto por el que se abre la posibilidad (con intención de que se vaya imponiendo poco a poco) al 3+2 como sustituto del 4+1 tampoco es muy grave, a estas alturas del partido. Una vez que hemos tragado hasta aquí, no parece que haya mucha vuelta atrás. Y realmente parece que estamos en un partido y que se trata de determinar cuál es estrategia de defensa o de ataque. No deja de ser curioso que ciertamente hablamos de una estrategia, de la más importante de cara a la lucha contra el paro en un futuro cercano, aunque tal vez no inmediato.

Porque ese 3+2 y ese 4+1 se refiere a los años de duración del grado y del posgrado necesarios para que un joven universitario pueda trabajar de manera profesional, homologada, con sello y bendición estatal. Al parecer, la protesta surge porque dos años de master implicaría un mayor coste sobre los hombros de los alumnos y uno coste menor para la administración. Y eso, si bajaran los impuestos en la misma medida, podría tener sentido, pero después de las repetidas subidas de impuestos, de manera que el coste para cada español de los servicios públicos es mayor, la cosa cambia. No parece aceptable que, además, el estudiante (o sus padres) tenga que hacerse cargo de un porcentaje mayor de la educación pública. Es una nueva subida de impuestos encubierta. Eso, que conste, no es privatizar la educación. Lo sería si el Estado dejara de cobrar la educación pública y que los padres y los estudiantes decidieran dónde estudiar y con qué sistema.

El origen del problema es la insostenibilidad del sistema de educación pública. Lo estipulado era que, puesto que los recursos son escasos, el Estado se comprometía a garantizar una educación gratuita (o casi) a los españoles desde los 6 años hasta el final de los estudios universitarios de licenciatura (ahora llamado grado). No entro en lo que sucede en jardín de infancia porque eso es otro cantar del que se puede discutir. Esta vez me quiero centrar en el tramo superior. Lo que sucedió es que cuando la reforma propuesta y firmada del Plan de Bolonia (la creación de un Espacio Europeo de Educación Superior) estableció la homogeneidad en la duración y estructura de los estudios universitarios, los españoles, acostumbrados a cinco años de carrera como poco (en ingenierías y medicina era alguno más), tuvimos que amoldarnos. Pasar a cuatro años de estudios implicaba recomponer departamentos. En la universidad privada eso significa despedir profesores. Pero en la pública no se puede despedir a nadie. Y el coste para el Estado aumentó. Añádase a eso el descenso de la población y, por ende, del número de matrículas universitarias.

A este panorama hay que sumarle que también se impuso la necesidad de obtener un máster para poder ejercer una profesión. Era algo que los médicos ya conocían y que los abogados empezaron a sufrir con el master en práctica jurídica. Probablemente el MIR, el período de residencia médica, tiene mucho sentido. No lo sé. Pero el master en práctica jurídica sustituyendo lo que toda la vida se ha llamado "pasantía", entendiendo por esto el período de training y aprendizaje del nuevo jurista, no ha aportado nada a los futuros abogados. Eso sí, ha encarecido la factura de su formación.

De la misma forma, el cambio en la estructura de la enseñanza universitaria de 5 años de licenciatura a 4 de grado más uno de master, y ahora a 3 de grado y 2 de master, no va a suponer una mejora del aprendizaje, que es incluso peor, y sí es percibido por estudiantes y profesores como una estrategia para abaratar el coste estatal de la enseñanza. Con lo fácil que habría sido aprovechar el Plan de Bolonia para dejar que las universidades se apuntaran o no libremente, que estructuraran los estudios, para aplicar el cheque universitario, y de esa manera ir comprobando cómo la libertad educativa funciona. Sería un primer paso y ganarían los estudiantes.

Por el contrario, nuestros diferentes gobiernos, han decidido demostrar que nuestro sistema de educación universitario puede ser incluso peor y mucho más caro. Perdemos todos, no hay duda.

¡Es la educación, idiota!

No es la economía, es la educación lo que determina en muchos casos la forma en que vemos el mundo. No hay tabla rasa en la que los profesores construyan desde cero pero lo que aprendemos en los manuales escolares en nuestra infancia se graba a fuego por la autoridad de esa palabra escrita y la de los propios maestros que sobre la tarima trasladan su visión del mundo a los alumnos.

Cada uno debería elegir como educar a sus hijos pero el Estado se ha encargado desde sus primeros pasos en apropiarse el sector educativo arrebatándoselo a la sociedad. El Estado garantiza la educación de todo ciudadano siempre y cuando sea educado cuándo, cómo y dónde los políticos decidan. No se permite ninguna clase de educación alternativa y cuando uno se sale de los centros señalados por los gobernantes, utiliza libros fuera del canon pretendiendo seguir su propio camino es perseguido. No es un mal que afecte sólo a las escuelas públicas, los colegios privados tienen que seguir los currículos oficiales y someter a todos sus alumnos al mismo tipo de exámenes sean cuales sean sus cualidades, y a través del dinero público que reciben los colegios concertados el Estado exige a cambio intervenir directamente en su organización.

La ficción del Estado se enseña como verdad ineludible en los centros donde tienen que educarse obligatoriamente los más pequeños. Se educa en el pensamiento crítico siempre y cuando no se pongan en duda los cimientos ideológicos y empíricos del Estado. De ahí asignaturas como Educación para la ciudadanía que ya promovía el ideólogo del Leviatán Thomas Hobbes escribiendo que "es necesario que se establezcan períodos determinados de instrucción, en los que el pueblo pueda reunirse y (…) escuchen a quienes les digan cuáles son sus deberes y cuáles son las leyes positivas que les conciernen a todos, leyéndoselas y explicándoselas, y recordándoles quién es la autoridad que ha hecho esas leyes".

Más efectivo que este burdo adoctrinamiento es el lento martilleo de las ideas estatistas que lo impregnan todo y que se trasladan en todos los campos de conocimiento sin necesidad de hacerlo explícito. No nos damos cuenta porque asumimos esas ideas como ciertas e incuestionables, están en el ambiente y de locos sería pensar como si el Estado no fuera una realidad tangible. De hecho, como locos se trata a aquellos que osan desafiar la idea de Estado.

El sector educativo es uno de los más corruptos y endogámicos. No es de extrañar, los funcionarios que trabajan en colegios y universidades no son solo profesores, son propagandistas del Estado. Se trata de un sector estratégico para el Estado, en España el gasto público en educación sehaincrementadodeformasostenidadesdeelaño 1994 -frenándose únicamente en esta última crisis- impulsado por la LOGSE mientras que el número de alumnos caían de forma sostenida casi en la misma proporción. Tenemos menos alumnos y gastamos más dinero público en ellos pero su educación no ha mejorado en la misma proporción -basta consultar los informes PISA- aunque sí terminan el proceso educativo con el cerebro lavado para analizar el mundo y las relaciones humanas únicamente dentro del marco estatal.

Es prioritario liberalizar el sector educativo y terminar con el adoctrinamiento que sufrimos desde temprana edad. Por eso cuanto más socialista es un partido más pretende alargar el tiempo en el que tenemos que ir a centros estatalizados para ser educados, ya sea por la parte la parte de abajo (cuando los niños no han cumplido ni si quiera un año) o por arriba, alargando la educación obligatoria. Como han hecho siempre los políticos, envuelven el adoctrinamiento como el caramelo de una mejor educación o simplemente la alfabetización de la sociedad. Desde luego se trata de un objetivo noble pero como toda acción política esconde tras de sí otro propósito que trasciende al de un solo partido: adoctrinar en la fe del Estado.

No es casual que el gran enemigo del Estado haya sido el cristianismo y la iglesia en particular. Construido a su imagen y semejanza, el monopolio estatal está por encima de las ideologías, es una fe que ambiciona la hegemonía total. Admitir otra fuente de legitimidad sería demostrar la ilusión del Estado como realidad y por tanto con el devenir de los siglos ha procurado sustituir la fe en Dios en la fe en el Estado imitando la estructura de la iglesia e incluso contaminándola con su positivismo y confianza ciega en la razón como arché o principio de todas las cosas.

La forma en que percibimos el mundo queda enmarcada por todo cuando aprendemos, es imposible que las ideas liberales calen en una sociedad adoctrinada en el estatismo porque la libertad individual supone pensar más allá del Estado. Recuerdo que mi profesor de filosofía de Bachillerato decía que la filosofía era como una piscina en la que los pensadores se topaban siempre a Dios al nadar, poco a poco se consiguió sacar a la ballena de la piscina. Lo que nunca nos explicó es que el lugar de la ballena fue ocupado por el Estado y lejos de liberarnos de las cadenas como nos proponía Rousseau nadamos ahora en peor compañía, la del Leviatán.

Suecia: ¿el fracaso de la educación privada?

Los resultados electorales del pasado domingo en Suecia arrojaron una estrecha victoria para los socialdemócratas (43,7% de los votos) frente al supuesto centro-derecha, que obtuvo el 39,1% de los sufragios. Pese a la nimiedad de la diferencia entre ambas opciones políticas, no han sido pocos los que se han apresurado en sentenciar que esta derrota del centro-derecha sueco ilustra el fracaso de las reformas liberalizadoras y privatizadoras emprendidas por el ex primer ministro, Fredrik Reinfeldt: fracaso especialmente visible en el ámbito de la educación.

A la postre, la calidad del sistema educativo sueco —acreditada, por ejemplo, a través de sucesivos informes PISA— ha venido hundiéndose desde que a comienzos de los 90 (por ejemplo, en el año 2000, Suecia obtuvo una puntuación en matemáticas de 510 puntos, frente a los 478 de 2012), momento en el que se reformó el sistema educativo para permitir la apertura de escuelas privadas (escuelas independientes, tal como son conocidas) financiadas con cargo al presupuesto público: un modelo muy similar a las escuelas concertadas españolas. De la correlación, pues, pasamos a la causalidad: dado que el deterioro de la calidad educativa coincide temporalmente con la apertura de centros concertados, entonces la calidad educativa se ha deteriorado porque se han abierto centros concertados. No sólo eso, a juicio de muchos el fracaso de la privatización sueca ya permite demostrar indubitadamente que el modelo privado no funciona en educación: una tesis más que discutible.

¿Privatización de la educación?

De entrada, conviene aclarar los términos: Suecia no ha privatizado la educación, únicamente se ha limitado a dar cabida a las escuelas concertadas. Una escuela concertada no es una escuela privada en un entorno de libre competencia: es una escuela que el Estado sigue sufragando con cargo al dinero de los contribuyentes. Más que al capitalismo de libre mercado, la escuela concertada se aproxima al modelo de capitalismo corporativista (crony capitalism). Por tanto, como mucho la experiencia sueca ilustraría el fracaso del modelo corporativista en educación, pero no del capitalismo de libre mercado.

Sin embargo, ni siquiera ofrece suficiente evidencia de que el capitalismo corporativista fracase en educación. ¿Por qué? Pues por una razón muy simple: sólo el 14% de los estudiantes suecos acude a escuelas concertadas; el otro 86% sigue acudiendo a la enseñanza pública. Las cifras de participación en la escuela privada o concertada se hallan, de hecho, por debajo de la media de la OCDE, donde alcanzan el 20%. Y los resultados medios de la OCDE en PISA superan a los de Suecia.

Es más, los países o regiones con un mayor porcentaje de alumnos en la escuela privada son Macao, Hong Kong, Holanda e Irlanda (todos ellos, con más del 50% de alumnos en la privada y, en el caso de Macao y Hong Kong, con más del 90%); países que se encuentra en lo más alto del informe PISA: baste decir que todos obtienen más de 500 puntos en las tres disciplinas que mide PISA (frente a los 485-478 de PISA), que Hong Kong supera a Finlandia en las tres materias y que Macao y Holanda la superan en matemáticas). Por tanto, la educación privada y concertada no está ni mucho menos reñida con una excelente calidad frente a la pública (de hecho, la concertada y la pública en el fondo no son tan diferentes: contenidos regulados por el Estado y financiación obtenida coactivamente del contribuyente).

De hecho, no olvidemos que incluso la privada y concertada española, una vez se la corrige por el distinto nivel socioeconómico de sus alumnos, obtiene resultados muy similares a los de la pública finesa. Por tanto, con estos contraejemplos difícilmente el fracaso de la educación concertada de Suecia ilustra siquiera el fracaso del modelo concertado (no hablo ya del modelo verdaderamente privado y libre).

¿Ha fracasado la escuela concertada en Suecia?

Sin embargo, en realidad, ni siquiera puede afirmarse con un mínimo de seguridad que el modelo sueco de escuelas concertadas haya fracasado. De entrada, es difícil hacer naufragar todo un sistema educativo con apenas el 14% del alumnado. Pero es que el propio informe PISA, de hecho, se manifiesta en contra de esta posibilidad: “En Suecia no existe ninguna diferencia significativa entre los estudiantes que acuden a las escuelas privadas y a las escuelas públicas, una vez ajustado su situación socioeconómica. Entre 2003 y 2012, la puntuación de las escuelas pública se deterioró en 33 puntos, mientras que la de las privadas cayó en una menor pero no significativa magnitud de 25 puntos”. Es decir, que las escuelas concertadas, si acaso, han contribuido a mejorar la nota media del sistema.

Esta misma conclusión se desprende de un reciente estudio del Ministerio de Trabajo sueco. Según el informe: “Hemos hallado que un aumento del porcentaje de escuelas independientes [concertadas] mejora los resultados medios en la última etapa de la escolarización obligatoria así como los resultados educativos de largo plazo. Estos hemos son muy robustos frente a otras posibles explicaciones como la inflación de notas o las tendencias previas a la reforma de 1992”. No parece demasiado verosímil que un tramo marginal de la educación sueca, que obtiene mejores resultados que el tramo público y que, en consecuencia, tiende a mejorar las calificaciones medias del sistema, sea el responsable del sostenido deterioro de su calidad.

Entonces, ¿a qué se debe este imparable hundimiento de la calidad del sistema educativo sueco? Sinceramente, carezco de una respuesta concluyente, pero hay otras explicaciones mucho más factibles que no suelen mencionarse en tanto no son tan fáciles de instrumentar políticamente.

Primero, empecemos por los factores que no parecen ser responsables: la culpa del deterioro educativo no la tiene la falta de gasto (Suecia gasta más de 95.000 dólares en formar un estudiante, el décimo país que más gasta de la OCDE y por delante de Finlandia); tampoco la aglomeración de estudiantes en las clases (las ratios de profesor-alumno y de alumno por clase están por debajo de la media de la OCDE); la tampoco la segregación curricular (todos los estudiantes siguen el mismo plan de estudios hasta los 16 años); tampoco las abusivas repeticiones de curso (solo un 4% de los suecos ha repetido alguna vez curso, frente al 12% de media en la OCDE); tampoco la inmigración (aunque la población inmigrante ha aumentado en los últimos años, caen tanto los resultados de los inmigrantes como de los nativos: es más, caen con mayor intensidad los de los nativos).

¿Qué otras explicaciones podrían explicar la diferencia? El menor número de horas escolares (un alumno de 15 años está 741 horas en clase, frente a las 942 de la media de la OCDE), la escasa disciplina que se vive en las aulas suecas (el 34% de los estudiantes comunica que sus compañeros impiden el normal desarrollo de las clases, frente al 28% de media de la OCDE), el absentismo/retraso de los alumnos (Suecia tiene el mayor porcentaje de la OCDE en retrasos de los estudiantes para llegar a clase: el 56% llegan tarde frente al 35% de media), la escasa implicación del profesorado en la formación del alumno (el 21% de las escuelas sufre de absentismo/retrasos del profesorado frente al 13% de media), los nuevos métodos pedagógicos implantados por el Estado a partir de 1992 o, sobre todo, la escasa autonomía de las escuelas suecas (sólo el 24% de las escuelas escoge el currículum frente a la media del 36% de la OCDE).

Cualquiera de las anteriores explicaciones resulta más factible que el escaso peso que exhibe la concertada: muy en particular, la menor autonomía con la que cuentan las escuelas suecas (pues la autonomía permite experimentar diversos tipos de métodos formativos y pedagógicos para comprobar cuál funciona mejor para cada estudiante o grupo de estudiantes en particular).

La educación, también cuestión de libertad y diversidad

Pese a todo lo anterior, imaginemos por un momento que una organización estatalmente castrense de la educación arrojara mejores resultados en competencias básicas como la aritmética, la lectura o la escritura que la educación privada y que además resultara más barato (en realidad, ni una cosa ni la otra: en España, por ejemplo, la educación es mala y cara). ¿Significaría ello que la educación pública es necesariamente superior a la privada? No: la educación no es sólo una cuestión de estrecha eficiencia técnica, sino también de libertad y diversidad.

Resulta en sí mismo valioso que los estudiantes (o sus tutores) puedan escoger aquellas materias curriculares y aquellos métodos pedagógicos que mejor se adapten a las necesidades de cada niño: ni todas las personas son iguales —no tienen las mismas habilidades, capacidades, gustos o aficiones— ni tiene sentido querer reducirlas proustianamente a un mínimo común denominador. Tampoco tiene sentido que se imponga a los estudiantes materias adoctrinadoras contra las que razonablemente podrían objetar en conciencia. La formación de las personas les corresponde, en primera instancia, a esas propias personas o a sus tutores: no al Estado.

Por consiguiente, si la demanda educativa exige libertad, variedad y heterogeneidad, la oferta deberá proporcionarlas. Pero una oferta diversa y libre no se consigue, por definición, planificando y encorsetando la diversidad y libertad, sino permitiendo la libre competencia de modelos de educación: es decir, privatizando la educación. Un sistema educativo libre y competitivo (con ayudas privadas y subsidariamente públicas a las familias de menor renta) es el mejor camino hacia una educación que enriquezca humana y profesionalmente a los alumnos. Suecia no es un ejemplo de esta educación libre y competitiva —no sólo porque el 86% de la educación sea pública sino porque, muy revelaradoramente, el homeschooling está enormemente restringido en Suecia— y solo por ello, al margen de los resultados de PISA, ya merecería un suspenso.

Lanzarote, capital del liberalismo

La isla de Lanzarote es la capital del liberalismo desde el viernes pasado, al albergar, por cuarto año consecutivo, la Universidad de Verano del Instituto «Juan de Mariana» con ponentes de primer nivel y estudiantes de varios lugares del mundo.

La extraordinaria lección inaugural, «Falacias sobre empresa y política», fue impartida por el catedrático de Economía Carlos Rodríguez Braun. Seguro que han oído por las calles canarias frases como «quieren acabar con lo público» o «el sector privado crece y el Estado es cada vez más pequeño». Sin embargo, eso no cuadra con una comunidad autónoma que tenía en el año 1980 un presupuesto de aproximadamente 1,5 millones de euros y hoy de 3.800.

Martín Krause, profesor de economía en la Universidad de Buenos Aires, realizó una excelente introducción de las principales aportaciones de los economistas de la escuela austriaca. La teoría subjetiva del valor, la teoría del ciclo o la imposibilidad del cálculo económico en las economías planificadas fueron algunos de los temas que explicó. Cualquiera que hubiera escuchado la charla sabría por qué en Canarias, donde el gobierno nacionalista ha ido eliminando las libertades y prohibiendo el libre ejercicio de la función empresarial para decidir si se construyen hoteles de 4 o 5 estrellas, es imposible realizar el cálculo económico correctamente y la sociedad está condenada al fracaso y a la pobreza.

El profesor de Ciencia Política de la Universidad de Santiago de Compostela Miguel Anxo Bastos habló de cómo el poder político ha ido creciendo a costa de las libertades de los ciudadanos, y prueba de ello son los impuestos que pagamos los canarios para sustentar a políticos, burócratas y amigos que llevan en el poder más de 30 años, lo cual no supone que la solución sea sustituir la casta actual por una nueva, como pretenden los de Podemos.

José Ramón Arévalo, profesor de Ecología de la Universidad de La Laguna, explicó qué ecólogo es a ecologista lo que sociólogo a socialista. Además, expuso cómo los ecologistas han hecho un daño importantísimo en los ecosistemas, especialmente en nuestras Islas, y denunció cómo usan a las universidades canarias para realizar juicios arbitrarios.

El director del Instituto «Juan de Mariana», Juan Ramón Rallo, y el periodista e historiador Fernando Díaz Villanueva expusieron su documental «Bancarrota», donde se explica el por qué las políticas de expansión crediticia y elevado gasto público nos han llevado al 32,6% de paro en Canarias.

Estamos a mitad de la Universidad de Verano, y quedan muchos temas por exponer. Es una lástima que nuestros políticos no se hayan matriculado, pues en una tarde no, pero en un curso como este de una semana de duración bastante de economía aprenderían.

Las escuelas libres derribaron el proyecto socialista

Este es el sonoro slogan de quienes dicen estar en contra de las políticas dictadas por el monstruo de tres cabezas integrado por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional a aquellos países que solicitaron el rescate total, parcial, bancario, temporal o de cualquier tipo a esas mismas instituciones. Ahora está en las entrañas mismas de la política europea liderada por Elena Valenciano. La vida siempre supera a la ficción.

El origen político del movimiento Fuck The Troika

Cuando los gobiernos de diferentes países, la mayoría mediterráneos con la excepción de Irlanda, una vez acabada la resaca de la burbuja financiera y, en nuestro caso, del doble colocón consistente en la burbuja financiera y la inmobiliaria, miraron con la luz del nuevo día el enorme roto presupuestario de sus alcancías, debieron quedarse petrificados. "No puede ser" debieron pensar uno tras otro al darse cuenta del desastre. "¿Y ahora qué?", imagino que se dirían en las reuniones del gabinete. Y, como Venus que emerge de las aguas, ahí estaba la Unión Europea, unión de hermanos en lo bueno y en lo malo, para ayudarnos.

"Pero, mira lo que os digo" añadiría la Unión Europea como virgen prudente que ha guardado aceite para alumbrar su lámpara, "que esto os lo presto con vuelta, no es un regalito, que se lo hemos sacado a los votantes europeos de los países que se han organizado mejor". Y, antes de retirarse a sus aposentos de Bruselas, giraría la cabeza y preguntaría otra vez: "El caso es que, visto lo visto, no me fío mucho, creo que lo mejor es que os dibuje la ruta por la que ha de transcurrir la recuperación de manera que me devolváis lo acordado en tiempo y forma sin que pase algo peor. ¿Os parece bien?". "¡Sí, sí me parece fenomenal, pero dame el dinero que no tengo para cubrir lo mínimo!" dijeron al unísono los países quebrados. Y la Unión Europea, asociada al FMI y al BCE, formó la troika, porque parecía justo que la UE decisora y el BCE banquero estuvieran acompañados por una institución supranacional.

Pero hete aquí que cuando los jefes de gobierno de cada uno de esos países manirrotos empezaron a aplicar las medidas acordadas voluntariamente a cambio del dinero, y los ciudadanos que les habían votado empezaron a mirarles mal porque les tocaban el bolsillo, el trabajo, las comodidades y, a veces, servicios esenciales, los presidentes, todos a una como en Fuenteovejuna, miraron a la troika, que ya no eran tres dulces doncellas prudentes dispuestas a prestar sino una hidra de tres cabezas con lengua de fuego y mirada letal. Y estos ciudadanos protestaron: "Es que nosotros no hemos pedido ese dinero, no es nuestra deuda, no tenemos nada que devolver. Fuck the troika!", sin darse cuenta de que en realidad estaban diciendo "fuck" a esos ciudadanos honrados de otros países con cuyos impuestos están prestando a mi país para salir de esta bancarrota, propiciada, eso sí, por los políticos votados por la sacrosanta mayoría.

La otra troika de Elena Valenciano

Y entonces, cuando Portugal ya no necesita tutela, cuando Irlanda tampoco, cuando el rescate bancario español se ha completado y Grecia sigue luchando, llega Elena Valenciano y a menos de un mes de las elecciones al Parlamento Europeo, para el que es candidata del PSOE, propone una "troika social" y una suerte de nuevo Plan Marshall para Europa, porque ya está bien de tanto mercado, ¡hombre! Hagamos más caso a la sociedad (como si el mercado no fuera la sociedad o pudiera existir sin ella). "Parece que el Estado de bienestar se ha convertido, de la noche a la mañana, en un lujo que no nos podemos permitir. Y no es así. No podemos ceder ante quienes quieren instalar el dogma neoliberal del fin del Estado social". Esas son las palabras de Valenciano.

Primer error, no ha sido de la noche a la mañana, se ha ido macerando la catástrofe euro a euro, gastado en beneficio de los políticos (como ella), y ganado por los ciudadanos. El tema demográfico es otro matiz que esta mujer no tiene en cuenta, como tampoco el paro generado bajo mandato socialista, su partido. Eso sí que es antisocial.

Tampoco se acuerda Elena Valenciano del apoyo de Zapatero a la flexibilización del Fondo de Rescate para permitir que sucediera exactamente lo que ha sucedido, ni el dinero puesto a disposición de la banca bajo diferentes epígrafes. Desde 2008, la banca recibió 81.000 millones en avales del Estado para liquidez y unos 30.000 millones más de ayudas públicas y privadas para fortalecer la solvencia del sector. Y a pesar de eso, España tuvo que pedir rescate bancario. Eso sí, Zapatero ya estaba retirado contando nubes y escribiendo su libro. Uno de ficción.

Las tres lecciones más importantes de PISA 2012

"La economía española ha salido de la recesión, pero no de la crisis. Para dejarla atrás es necesario abordar, a corto y a medio plazo,numerosos retos que exigen cambios de gran calado en las empresas, en la educación y en el sector público". De este modo, resume la Fundación BBVA el desafío que afronta la economía nacional de cara a los próximos años.

En su Informe 2013 Fundación BBVA-Ivie sobre Crecimiento y competitividad, presentado el miércoles, los investigadores del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie) identifican ocho grandes retos cuya superación hará más probable que la necesaria competitividad económica de España sea duradera. El objetivo global es competir y crecer mejor, tanto a medio como a largo plazo, pero para ello será necesario solventar los siguientes aspectos:

1. Más inversión en intangibles

El primer reto es aumentar la invesión en activos intangibles: información digitalizada, innovación y competencias económicas que potencien la imagen de marca, mejoras en la gestión, en la organización del trabajo y formación. Es decir, que las empresas inviertan más en I+D, en mejorar su organización interna y en la formación de trabajadores y empresarios parar elevar su productividad y generar más valor añadido.

El problema es que la inversión en intangibles en España es baja, apenas el 6,7% del PIB, menos del 40% de la inversión en activos tangibles (capital físico), cuando en Estados Unidos representa un 150%.

2. Aprovechar mejor la globalización

La economía española ha de orientar más sus actividades hacia las que generan más valor, teniendo presente que la economía mundial se caracteriza por una elevada fragmentación de los procesos productivos que permite a las empresas especializarse en distintas tareas. La globalización plantea el reto de reducir los costes en tareas de baja cualificación y centrarse en las más cualificadas.

3. Atraer inversión extranjera

Poner en valor las ventajas competitivas de España ante las estrategias de deslocalización de las multinacionales extranjeras. Las dotaciones de infraestructuras, la oferta de mano de obra abundante de cualificación alta y los salarios, además de los costes del suelo y alojamiento que son más bajos que los de muchas economías europeas, deben servir para que determinadas actividades se localicen en España.

4. Cambiar la estructura y gestión de las empresas

Abordar cambios en la estructura, dirección y gestión de muchas empresas, en especial de las más pequeñas. "Las estrategias empresariales dependen con frecuencia de propietarios con escasa cualificación para manejar la actual complejidad tecnológica de las organizaciones y de los mercados", según el estudio.

Mientras el 71,1% de los directivos son universitarios, ese porcentaje se reduce al 10,5% entre los empresarios con asalariados y al 10,3% entre los autónomos, pero estos dos últimos grupos son los mayoritarios. Las empresas grandes y las multinacionales, gestionadas con frecuencia por directivos profesionales, logran mayores niveles de eficiencia y productividad.

 

5. Mejorar la productividad laboral

Es necesario incrementar las ocupaciones cualificadas, que quienes ocupan estos puestos estén bien formados y sean productivos, y que las empresas gestionen esos recursos adecuadamente.

Aunque en España el porcentaje de puestos de trabajo de alta cualificación representa ya alrededor de un tercio del total, en otros países esa cifra se aproxima al 45%. Las previsiones europeas son que dos de cada tres puestos de trabajo creados en España en esta década sean cualificados, y por ello es necesario contar con abundantes recursos humanos con formación superior (universitaria o profesional), con conocimientos, competencias y actitudes adecuados para cubrir una demanda cada vez mayor de capital humano.

6. Reducir el paro

Uno de los retos más importante para el resto de esta década, según los expertos, será "absorber una gran bolsa de parados con escasa formación, pues la exclusión laboral está siendo un factor clave del mayor riesgo de pobreza".

Por ello, abogan por emplear todo "el arsenal disponible para paliar el problema que representa el desempleo", mediante una mayor flexibilidad laboral, más facilidades para crear empresas, una mejor formación para desempleados, etc.

7. Igualdad de oportunidades

Un séptimo reto es garantizar el acceso a servicios públicos fundamentales como la educación y la salud, "claves para igualar las oportunidades de los grupos sociales más amenazados por la pobreza".

Y, para ello, es necesario garantizar "la sostenibilidad financiera del gasto público a medio y largo plazo, amenazada por la tendencia expansiva de los gastos asociados al envejecimiento; la existencia de grandes diferencias de recursos por habitante entre las comunidades autónomas, responsables de la prestación de estos servicios; y la falta de instrumentos de evaluación sistemática de los resultados de las políticas educativas y sanitarias, que promueva la difusión de buenas prácticas y la eficiencia".

8. Servicios públicos más eficientes

Por último, es necesario que España cuente con unos servicios públicos eficientes, minimizando costes y maximizando el volumen y calidad de los mismos. En este sentido, el informe recomienda apostar por "la evaluación sistemática ex-ante y ex-post de las políticas, basada en sistemas de información adecuados".

Wert, la educación y la pregunta que (casi) nadie se hace

Desde hace un año, la conocida marea verde llena las calles con asiduidad con el reclamo de la paralización de los recortes en la partida presupuestaria de educación y la mejora, o al menos mantenimiento, de las condiciones laborales del profesorado. Tras la reciente aprobación en el Congreso de la reforma educativa presentada por el ministro de Educación, Cultura y Deporte José Antonio Wert, muchos han sido los que han criticado con dureza la reforma por muy distintos motivos. Hacía mucho tiempo que no estaba una parte significativa de la población con la misma preocupación en mente: la educación. Y, sin embargo, el debate no podría ser más pobre, insustancial e irrelevante ya que las medidas para mejorar el sistema educativo aún no se han abordado en profundidad. Pero ¿por qué sucede esto?

Las principales críticas de la marea verde y así como de una parte de los ciudadanos son varias, pero difieren según el grupo que las exponga. Los profesores están en contra del despido de funcionarios interinos y de cualquier otro tipo de medida que busque la reducción de personal. Además, se oponen a rebajas salariales y a un aumento de sus horas lectivas obligatorias. También critican que tengan que dar clase sobre materias que no conocen por imposición. Los alumnos (y sus padres), se quejan de tener que elegir a una edad muy temprana una rama académica, lo que condiciona las posibilidades formativas que el alumno tendrá en un futuro próximo. También critican que las tasas hayan subido de forma sustancial, ya que esto supone una gran traba para el acceso a la formación universitaria independiente del nivel económico de sus familias. Una de las mayores polémicas de la llamada "Ley Wert" de educación ha sido precisamente la propuesta de exigir una nota mínima de 6,5 para poder solicitar una beca escolar. Hasta la fecha, la nota exigida era de un 5. Junto con el endurecimiento para poder tener acceso a una beca, se une la eliminación de multitud de ayudas sobre transporte, comida y libros. Estos recortes presupuestarios han enfurecido a muchos padres, que han visto cómo sus posibilidades económicas limitan los servicios que sus hijos reciben. Tras la eliminación de la polémica asignatura Educación para la Ciudadanía impulsada por el PSOE, ahora toca adoctrinar según los cánones ideológicos del PP y la asignatura de Religión vuelve a ser obligatoria y a tener un peso muy importante a nivel curricular. Para rematar los principales puntos que critica la población sobre la polémica Ley, faltaría mencionar el tema lingüístico. Todos los partidos políticos utilizan su influencia política para favorecer o perjudicar el idioma que les interese por motivos de lo más diversos, ninguno de ellos siendo la mejor formación del alumno. Pues bien, éstos son los aspectos en los que se centra el debate que hay en este país sobre educación y su mejora, como rezan las absurdas siglas de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Enseñanza).

Hagamos por un instante un ejercicio mental. Imaginemos por un momento que absolutamente todas las exigencias del colectivo de la marea verde se cumplen por arte de magia. Imaginemos que no se recorta un solo euro y que se gasta por alumno lo mismo que antes de la crisis. Imaginemos que ni un solo profesor es despedido. Imaginemos que no ven aumentadas sus horas lectivas, que tan sólo dan clases sobre las materias que son de su competencia. Imaginemos también que los niños no ven recortadas las ayudas que reciben. Comedor, libros y transporte, según el caso, igual que antes de la crisis. Las clases de religión eliminadas del curriculum. Y los padres eligen los idiomas en los que sus hijos son educados. Y ahora, hagámonos esta pregunta, ¿dejaría de haber un serio problema con el sistema educativo en este hipotético escenario? En mi humilde opinión, no. El problema de fondo seguiría estando sin resolver.

Entonces, ¿cuál es el verdadero problema, qué es lo que falla en el sistema educativo español? Lo que falla puede que moleste a los amigos de lo público y defensores a ultranza del mal llamado sistema de bienestar: el sector público controla de forma salvaje la educación. Sin entrar en consideraciones históricas de cómo hemos llegado al sistema actual y cuál fue su origen, conviene simplemente recordar que nace como un poderoso instrumento adoctrinador y homogeneizante, en donde la diversidad no tiene cabida y la uniformidad es un objetivo. El problema fundamental del control de la educación por parte del Estado es doble. Por un lado, la legislación educativa persigue satisfacer los particulares intereses del Estado y no las necesidades concretas de los alumnos. En segundo lugar, el férreo control estatal y la maraña legislativa en esta materia impide todo atisbo de innovación educativa de cualquier índole. Ya sea un rejuvenecimiento de las materias, incluyendo temas tan interesantes como emprendimiento, desarrollo personal, educación emocional, educación financiera, habilidades sociales y profesionales como la oratoria, la comunicación, la persuasión o la mejora de la productividad en el trabajo; ya sea introducir igualmente cambios sustanciales a nivel metodológico, explicando las materias de forma transversal, fomentando la colaboración y el trabajo en grupo de los alumnos, intentando hacer las materias atractivas para despertar la curiosidad intelectual de los alumnos, poniendo un mayor énfasis en lo práctico sobre lo teórico, reduciendo la importancia de la memorización en el proceso de aprendizaje y dando un mayor peso a la comprensión y combinación que posibilite la integración de los nuevos conocimientos con los ya existentes.

El alumno debe ser el centro de todo este debate y queda siempre relegado a un tercer plano. Al igual que en la prestación de cualquier servicio en cualquier ámbito de la economía, el cliente es el que manda, el mercado debe esmerarse por darle al cliente lo que desea al mejor precio posible. Todos estos deseables cambios son una utopía si el Estado no se aparta por completo y permite que padres, alumnos y pedagogos sean total y absolutamente libres de decidir cómo, cuándo y a qué precio desean educar y ser educados. Toda la innovación necesaria necesita ser legal, como es lógico, pero también precisa algo tan importante como es el ánimo de lucro. Mientras el Estado subvencione la educación a toda la población tiene la sartén por el mango. Su poder es total, ya que los ciudadanos no tienen, salvo que paguen dos veces, otra alternativa. Y uno se pregunta ante esta situación, ¿quién es Wert -o el ministro de turno- y el Estado en general para decirle a los padres de un niño cómo debe de ser educado su hijo?, ¿por qué no son totalmente libres de educar a sus hijos de la forma que ellos deseen sin que tenga que cumplir con una extensa, torpe y limitante regulación impuesta por el Estado?

Decía Nelson Mandela que la mejor forma para cambiar el mundo es a través de la educación. No podría estar más de acuerdo. En lo que queda de siglo vamos a ver grandes avances en cuanto a aprendizaje y conocimiento se refiere. Pero la educación estatal será un mero obstáculo de este progreso y no lo habrá facilitado de ninguna manera. Internet está suponiendo una auténtica revolución en temas educativos. Iniciativas como Khan Academy, iTunes University, coursera, edX y multitud de MOOC (clases online abiertas masivas) son sólo el principio. Los costes de la educación van a caer de forma dramática para aquellos que decidan educarse lejos del control del Estado. Pero en España nos cuesta mucho ver esto. Aquí seguimos hablando de las notas de corte para recibir una beca o de si los docentes deben tener 18 horas lectivas y no 20. Si nada cambia en el debate sobre educación en España, si no se empiezan a tratar las cuestiones importantes y dejamos de lado lo superfluo del debate, si los ciudadanos no logramos tener el control de la educación en detrimento del Estado, nos espera un futuro ciertamente incierto con un sistema educativo de tercera división y del siglo pasado para el competitivo mercado global en el que las nuevas generaciones tendrán que competir. ¿A qué esperamos entonces para exigir al Estado que no se entrometa en la educación de nuestros hijos?

La funesta manía de pensar

Si mañana un cataclismo, o un virus racista, destruyera todas las universidades de América Latina y España, la cultura planetaria apenas sufriría un imperceptible arañazo, especialmente en el terreno de la ciencia y la técnica, pero también en el de las humanidades y los estudios sociales.

El asunto es muy triste. Las universidades latinoamericanas e iberoamericanas no están entre las 150 mejores del planeta. Aunque son varios millares, son muy escasas las que figuran entre las 500 mejores del mundo. Las menos malas son algunas brasileras, chilenas, colombianas, argentinas, mexicanas y españolas. Las caribeñas y centroamericanas apenas comparecen en la lista, con la excepción de la costarricense en alguna facultad privilegiada.

¿Cómo lo sabemos? Porque anualmente se compilan varios índices de calidad universitaria en distintas latitudes y todos concuerdan en las conclusiones. Los más conocidos son los que confecciona el diario The Times de Londres, la Universidad Jiao Tong de Shanghái, la revista U.S. News and World Report de Estados Unidos y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid.

Para medir la excelencia de las instituciones tienen en cuenta las publicaciones en revistas acreditadas, la presencia en internet, las veces que los artículos, libros o autores son citados, el número de profesores con premios Nobel o medallas Fields (matemáticas), el desempeño de los graduados y las opiniones de expertos. No se trata de ensalzar a algunos países y denigrar a otros. Intentan establecer cierta jerarquía. Sólo eso.

Es una pena, porque la primera universidad que se fundó en el Nuevo Mundo fue la de Santo Domingo en 1538, prácticamente un siglo antes de Harvard. Poco después se crearon las de México y Lima, en 1551. La de La Habana tiene casi 300 años y antecede en 20 a la de Princeton. Esa tradición ha servido de muy poco. Tal vez, incluso, ha sido una rémora.

Cuando comenzaron nuestras universidades en Hispanoamérica, todas legitimadas por la Corona española y operadas por frailes, el método de enseñanza y la filosofía que lo animaba se basaban en la escolástica. Todas las verdades ya habían sido descubiertas por las autoridades religiosas. La labor del docente y del alumno (literalmente, "el nutrido") era llegar a ese conocimiento mediante ejercicios memorísticos o juegos retóricos.

La universidad era para repetir, no para innovar. Recuérdese que uno de los delitos perseguidos por la Inquisición era la innovación. Todavía a menudo se cita la increíble frase del rector de la Universidad de Cervera, en Cataluña, al rey Fernando VII:

Lejos de nosotros, majestad, la funesta manía de pensar.

Naturalmente, se trata de un problema cultural. En nuestro mundillo iberoamericano no abunda, como en otras latitudes, la voluntad de cambiar, de innovar, de progresar, de encontrar nuevas y mejores formas de hacer las cosas. Vivimos en una cultura reiterativa, no transformativa.

Para nosotros una persona culta no es la que es capaz de modificar nuestro presente, sino la que retiene una asombrosa cantidad de información sobre el pasado. Vivimos dándole vueltas a lo que ocurrió hace mucho tiempo, lo que, por cierto, no nos ha salvado de cometer los mismos o parecidos errores una y otra vez, desmintiendo la inútil advertencia de Jorge Santayana ("Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo"). Los latinoamericanos lo recordamos y lo repetimos.

No quiero decir, por supuesto, que las universidades latinoamericanas son inservibles. Eso sería una estupidez. Muchas de ellas son excelentes graduando personas competentes. De algunas egresan magníficos médicos, abogados, dentistas, periodistas, economistas, ingenieros, expertos en cuestiones empresariales, y así hasta el medio centenar de profesionales valiosos, absolutamente indispensables para el buen funcionamiento de las sociedades.

Ese no es el problema. La nefasta consecuencia del fenómeno de las culturas reiterativas es que viven parasitariamente a remolque de centros creativos radicados fuera de su perímetro. En gran medida, la extensión de nuestra vida y cómo la vamos a vivir, se dicta en esos sitios intelectualmente densos y generadores de ideas. De una forma perversa, sin darnos cuenta, continuamos calificando de "funesta manía" la actividad de pensar con nuestra propia cabeza. Y así nos va.

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¿Necesitamos más educación?

La educación es uno de los pocos asuntos en los que hay unanimidad: necesitamos más educación. Da igual a quién preguntes. Todos los días hay alguien en los medios, de cualquier partido o corriente ideológica, señalando que la solución a nuestros problemas pasa por "más educación". ¿Pero es esto cierto?

Todos somos, de alguna manera, expertos en el sistema educativo. Al fin y al cabo hemos pasado buena parte de nuestra vida metidos en una clase, escuchando las lecciones del profesor y memorizando libros de texto al llegar a casa. Nadie duda de que la educación es fundamental. Pero al mismo tiempo hay un hecho que admitimos en privado, pero que en público no se suele mencionar. Y es que, si echamos la vista atrás y pensamos en las miles de horas que hemos pasado en el sistema educativo, la mayor parte del tiempo no estábamos aprendiendo cosas prácticas ni adquiriendo habilidades productivas. En general damos pocos contenidos realmente útiles para nuestro futuro profesional. Cuando nos ponemos a trabajar, caemos en la cuenta de que como se aprende no es memorizando textos sino haciendo cosas.

Entonces, ¿hemos estado perdiendo masivamente el tiempo? En absoluto. Pese a que parece que buena parte del contenido educativo es inútil, al salir al mundo laboral nos encontramos con lo que intuíamos: cuantos más y mejores títulos tenemos, mayores son nuestras probabilidades de encontrar trabajo y mayor tiende a ser nuestro salario. Las empresas prefieren a los titulados. Estudiar una carrera universitaria, incluso sin subsidios, es una inversión muy rentable. En Estados Unidos es típico tener en cuenta el retorno sobre la inversión a la hora de elegir una universidad o un máster. Una carrera permite, con facilidad, multiplicar la inversión inicial realizada por cinco o seis a lo largo de tu vida profesional.

¿A qué se debe este aparente contrasentido? El economista americano Bryan Caplan está escribiendo un libro, The Case Against Education, sobre esta paradoja, del que ya ha expuesto sus ideas principales en varios artículos y conferencias. Y es que, explica Caplan, las empresas se enfrentan a un gran problema cuando entrevistan a un potencial empleado: no tienen ni idea de cómo trabaja ni saben si dice la verdad. Así que una forma muy efectiva de ver si el candidato es trabajador, inteligente y capaz de realizar un trabajo aburrido y repetitivo sin quejarse, que es lo que buscan, es tener la prueba de que el candidato ya ha realizado con éxito cosas aburridas y repetitivas que exigen esfuerzo e inteligencia. Le piden que tenga una carrera. El contenido tiene su importancia, sí, pero no es lo fundamental. Los bancos de inversión y las consultoras de élite, por poner un ejemplo, están llenas de ingenieros y físicos que cuando entran no saben lo que es un balance o cómo funciona un negocio.

Supongamos que queremos contratar a alguien y nos llegan dos candidatos. El primero, un listillo, afirma que lleva cinco años aprendiendo por su cuenta lo que considera que es útil, ha asistido a clases sueltas en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, que suelen ser abiertas, y ha ayudado voluntariamente a profesionales de sector a hacer su trabajo, complementando su aprendizaje con una formación práctica. Por supuesto, no tiene título. El segundo trae en la mano un título de Harvard. Como empresarios, pensamos dos cosas. El primero parece listo, pero también es muy posible que sea inconformista, poco constante, indisciplinado y puede que vago. No lo sabemos. Pero podemos tener bastante certeza de que el de Harvard, aunque haya estudiado algo que nada tenga que ver con el trabajo, no es un paquete. Entrar en una gran universidad es difícil, con lo que ellos ya han hecho el filtrado. Le han seleccionado de entre muchos y le han exigido disciplina y muy buenas calificaciones. Así que nos quedamos con el segundo. Puede que no acertemos siempre y tal vez se nos escape algún genio. Pero en general funciona.

El "modelo de señalización" que explica Caplan tiene todo el sentido. Pero choca con dos intuiciones que tenemos muy arraigadas. La primera es que nos resistimos a pensar que la mayor parte de ese tiempo en el sistema educativo no nos ha aportado gran cosa para nuestra vida profesional. Esto no quiere decir, en absoluto, que educarse no enriquezca nuestra vida, que no podamos disfrutar leyendo ciencia, filosofía o historia. Pero la gente que disfruta yendo a clase, a conferencias o leyendo libros y artículos, aunque abundemos en el Instituto Juan de Mariana, no es la mayoría. Lo normal no es que la educación se considere un bien de consumo, sino una inversión. Por eso nos cuesta admitir que tras todo el esfuerzo realizado podremos ser más cultos, pero no mucho más productivos. No es fácil pensar que el objetivo actual del sistema educativo, en buena parte, no es el de formarnos, sino el de ponernos un sello fácil de entender por los empresarios.

La segunda intuición con la que esta teoría choca es con la idea de que si todos aumentamos nuestros años en el sistema educativo, todos estaremos mejor. Caplan dice que no. Si los políticos, con toda su buena intención, incentivan a todo el mundo a sacar un título universitario, el empresario dejará de fijarse en quién tiene una carrera y empezará a fijarse en quién tiene dos, un máster o un doctorado. El título se devalúa. Y esto obliga a todo el mundo a pasar aún más años en clase, cuando podrían estar haciendo prácticas o trabajando, que es como se aprende de verdad. Al final, al que más se perjudica es al que en un principio se pretendía ayudar.

¿Necesitamos, como sugiere Bryan Caplan, menos educación? En mi opinión lo que necesitamos no es ni más ni menos, sino mejor educación. El hecho de que los títulos sirvan para señalizar no tiene por qué obligar a que no enseñen cosas productivas. Se necesitan programas con contenidos más adecuados, más prácticos, mejor adaptados a la vida profesional. Programas que no sólo sirvan para trabajar, sino también para emprender. Y la solución pasa por quitar de las manos de los políticos algo tan importante como es la educación. Se necesita, en definitiva, libertad. Con mayor libertad educativa los centros podrán competir en proporcionar mejores planes de estudios. Así podrá funcionar el mecanismo adaptativo por el que tenderá a prosperar lo que los alumnos y padres elijan, y no lo que dicte el ministro de Educación. No es casualidad que las escuelas de negocios y ciertas universidades privadas, con algo más de margen para diseñar sus contenidos, sean actualmente las que tienen materias más útiles, la que usan el inglés, traen profesionales para que impartan clase e incluyen prácticas laborales como parte fundamental del programa. En conclusión, no necesitamos más, sino mejor educación. Y para ello hace falta más libertad.

El inequívoco éxito del sistema escolar

Es sorprendente que los resultados del llamado informe PISA de adultos le sorprendan a alguien. Somos los últimos en matemáticas y los penúltimos en comprensión lectora, sólo superados por Italia. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. Pero como el que no se consuela es porque no quiere, ya ha salido la derecha (si podemos seguir llamando “derecha” al partido de Rajoy) culpando a la izquierda, y la izquierda culpando a Franco. Porque en escurrir el bulto sí somos altamente competentes en España. Leer y calcular, no, pero pasarle la pelota a otros y lavarnos las manos, eso se nos da de maravilla. Y puestos a seguir consolándonos, una de las autoras del informe ha afirmado que el resultado no ha sido tan malo como se esperaba. Lo justifica diciendo que competíamos con los países mejor preparados del mundo, como si ser los peores de los 23 primeros sea alguna buena noticia. Remata su argumentación con el dato de que en equidad sí superamos a la media: “La igualdad de género es total, no existe desigualdad entre los jóvenes”. O sea, que hombres y mujeres somos igual de ignorantes e igual de incompetentes lo cual, al parecer, es algo bueno.

Leo en internet, sobre las matemáticas: “Según el informe la gran mayoría de los españoles, que sólo alcanzan el nivel dos, tienen dificultades para extraer información matemática de situaciones reales, como comparar paquetes de ofertas turísticas; para resolver problemas de varios pasos, como calcular el precio final de una compra o calcular lo que puede costarnos una oferta de 3×2; y para interpretar estadísticas, como puede ser valorar el gráfico que aparece en los recibos de la luz.” Y sobre la comprensión lectora: “pueden comprender textos sencillos, pero les cuesta mucho extraer conclusiones de una lectura y se pierden en un texto de cierta profundidad y riqueza, como puede ser cualquier novela más o menos extensa.”  Supongo que esto explica muchas cosas, porque difícilmente vamos a poder gestionar un patrimonio o dirigir un negocio con semejante nivel. No sabemos calcular cuánto nos costará una oferta de 3×2 y no somos capaces de comprender una novela extensa pero podemos firmar hipotecas y préstamos alegremente. Algunos incluso están sentados en el parlamento redactando y aprobando leyes y presupuestos.

Como era de esperar, ya ha salido quien pide más de lo mismo, más fuego para apagar el incendio: Más leyes, más requisitos, más controles y más dinero. Es la demostración de que el sistema funciona perfectamente. Deberíamos hablar más sobre la relación del sistema escolar con la economía. Deberíamos conocer mejor (y reflexionar sobre) el origen de la escolarización obligatoria. Deberíamos preocuparnos por la extensión artificial de la infancia y la adolescencia. Deberíamos analizar las causas del exceso de diagnósticos psicológicos hechos a los niños. Pero, básicamente, deberíamos hacer una sola cosa: dejar de mentir a los niños sobre lo que importa en la vida y, sobre todo, dejar de creernos nuestra propia mentira. 

Subyace al sistema escolar obligatorio la idea de que la gente es peligrosa para el orden social si aprende a pensar y su imaginación permanece intacta con el paso de los años; la idea de que no hay forma de curar el “gen de la desobediencia” en la gente que piensa por si misma. Si Fichte levantara la cabeza se sentiría realmente orgulloso de ver en qué se ha convertido Europa.

Hace algunos años se emitió en televisión un concurso titulado “¿Sabes más que un niño de primaria?” en el que los concursantes debían contestar preguntas del currículum oficial de educación primaria. Normalmente los concursantes eran jóvenes menores de 40 años, con titulación universitaria y en activo profesional. Normalmente, además, no tenían ni idea de qué se les estaba preguntando, lo cual demuestra que lo que supuestamente se enseña en la escuela sirve de bien poco en la vida real. Pero casi nadie se cuestiona el currículum. Casi nadie se cuestiona la legitimidad de los políticos para imponer su modelo escolar cuando ésta es la única cuestión que importa: ¿quién tiene legitimidad para decidir qué cosas debe aprender un niño y cuándo y cómo debe aprenderlas? Si ustedes siguen respondiendo que el Estado es quien la tiene, entonces estarán poniendo de manifiesto que mi tesis es cierta: el sistema escolar funciona de maravilla.

Porque lo cómodo es seguir culpando al gobierno del color que no nos guste y volver a votar en las siguientes elecciones. Lo fácil es culpar a tal o cual ley, a la supuestamente insuficiente financiación o a cualquier otra minucia que poco tiene que ver con la cuestión. Lo serio y deseable, aunque menos cómodo, sería investigar cuál es el origen y el objetivo real del sistema, a cuestionarlo todo, a proponer alternativas y empezar a cambiar lo que esté en nuestras manos. Quedarse en casa esperando que alguien nos de una solución mágica (porque es nuestro “derecho”) es un acto de suma irresponsabilidad. Que vivimos en la era de las comunicaciones y la excusa de la falta de oportunidades ya no es creíble.