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Etiqueta: educación

Enrocados

Aprovechando el estreno del nuevo Diari Menorca el domingo les conté quiénes somos “los que vivimos”. Algún lector quiso malinterpretar el título y pensó que éramos unos vividores. No es el único: a menudo me llegan mensajes insultantes de alguien que no está de acuerdo con mis opiniones y que, en no pocas ocasiones, ni siquiera ha comprendido lo que quise decir. Muchas veces no hacen ni el intento. Leen con la mente cerrada. Hay palabras, expresiones y referencias que no conocen. Creen que leer es juntar letras en palabras y palabras en frases, lo de la comprensión parece que ya no se lleva.

El diálogo de besugos es habitual en los parlamentos. Se da por hecho que van (los que van) sólo a calentar la silla, a leer lo que otros escribieron en un papel y a hacer que no con la cabeza cuando hablen “los otros”. No escuchan, no argumentan, no rebaten, no reflexionan. Que el modelo se reproduzca a pie de calle es más preocupante. Ya sabemos que los políticos no nos van a sacar de esta crisis; no está entre sus prioridades, no es su función. Lo que también empieza a quedar claro es que la solución tampoco pasa por las manos de “entidades”, de “grupos ciudadanos” ni de “organizaciones”. Como dijo Mark Twain, cuando te veas en el lado de la mayoría, es hora de detenerse a reflexionar. Así que la clave está en la minoría. Y la minoría más pequeña del mundo, ya saben, es el individuo. De modo que sólo el individuo tiene la posibilidad (y la responsabilidad) de escapar del bucle que otros han creado.

Va siendo hora de reinventarse. Dejar de esperar que alguien llame a la puerta para ofrecernos un trabajo y crear uno nuevo. Dejar de esperar que se sigan encadenando las ayudas públicas y empezar a creer que somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos. En la medida de lo posible, uno debe desprenderse del Estado dejando de usar sus pésimos servicios, buscando nuevas salidas hacia la libertad y la responsabilidad individuales. Para ello, claro, es imprescindible el despertar de la conciencia, lo cual no es fácil cuando uno ha estado toda su vida a merced del Estado, adormecido gracias a su excelente sistema educativo, anestesiado por los medios de “comunicación” y envilecido, en definitiva, gracias al paternalismo estatal calladamente aceptado.

El despertar a menudo es doloroso. La madre que descubre que están adoctrinando a sus hijos; el trabajador que descubre que le están quitando más de la mitad de lo que en realidad produce; el enfermo cuyo vida peligra y debe buscar alternativas; cualquier ciudadano que consigue deshacerse del embrujo del Sistema y que, lejos de agachar la cabeza decide cuestionarse algunas cosas, buscar datos, contrastarlos, escuchar a otras voces y, finalmente, pensar y decidir por sí mismo. Cualquiera de esos ciudadanos tiene en su mano el poder de salir de este hoyo que algunos siguen cavando. Podemos cambiar las cosas si dejamos de esperar a que otros las cambien por nosotros y si dejamos de esperar que otros nos den la razón por la fuerza. Pero para ello hay que pensar, leer, comprender, argumentar, debatir. Y no hay debate posible si la mente está cerrada y los prejuicios enquistados. No hay debate posible cuando una de las partes está enrocada en su posición, algo más habitual de lo deseable y absurdo hasta el ridículo cuando se da en ambas partes. Se llega a crear un clima de guerra fría, de terror, en el que se amenaza, a veces veladamente, a quien piense de forma diferente, a quien se atreva a tener su propia opinión y a discrepar de la sacrosanta mayoría y, más aún, se atreva a decirlo en voz alta. En este contexto es donde adquiere sentido el concepto de “los que vivimos”, los que luchamos contra el Estado y las pseudo-dictaduras, oficiales o no.

Pero para eso seguimos escribiendo; para que haya voces diferentes; para que podamos dejar de hablar de “pluralidad” y “diversidad” y empecemos a vivirlas. Seguiré escribiendo a pesar de los insultos y de las críticas gratuitas. Seguiré confiando en que sí haya lectores que mantengan la mente abierta, aunque no siempre entiendan lo que digo. A veces hay lectores que sí comprenden el texto pero no están de acuerdo con el fondo, con las ideas expresadas, con las opiniones. Eso está bien, es la gracia que tiene la humanidad: que todos somos diferentes y tenemos capacidad de raciocinio, que podemos llegar a conclusiones diferentes, tener opiniones dispares y, como decimos en menorquín “entre tots feim el món”. El conflicto llega cuando se manipulan, se tergiversan o incluso se niegan los hechos. El sesgo de confirmación está a la orden del día: la tendencia a dar validez únicamente a aquella información que confirma las creencias preexistentes ignorando todo lo demás.

Conozco a varias personas que, en su día, también escribieron columnas de opinión o blogs personales (que, para el caso, es lo mismo) y dejaron de hacerlo porque se cansaron de ser malinterpretados, insultados e, incluso, de tener que aguantar que gente antes querida los dejara de saludar por la calle, en el mejor de los casos o, en el peor, los increpara. ¡Y es que es tan cómodo no pensar! Elegir a alguien como líder de opinión, creerle a pies juntillas diga lo que diga y repetir sus consignas como un papagayo. Porque muchas veces se limitan a difundir consignas, que lo de construir un argumento da demasiado trabajo; habría que poner el cerebro a trabajar y eso, quién sabe, quizás duele.

No a la universidad ‘gratuita’

Empecemos por lo obvio: no existe ni puede existir la universidad gratuita. Siempre habrá alguien que la pague; la cuestión es quién. Por ello, los que quieren universidad gratuita quieren, en realidad, que otro la pague. Es decir, derechos para unos y deberes para otros. Eso es lo que quieren los progres, porque consideran justo que paguen otros.

Veamos cómo funciona la justicia progre con un ejemplo muy simple: el panadero y sus trabajadores.

Si usted piensa abrir una panadería, ni se le ocurre que ponerla en marcha será gratuito, y menos aún que otro se la va a regalar. También sabe que tendrá que pedir un préstamo al banco o gastar lo que ha ahorrado tras años de mucho esfuerzo, ¿verdad? Bien. Además, ha considerado que en el mejor de los casos le irá bien y recuperará con creces su inversión, pero también sabe que corre el riesgo de perder el capital invertido y el trabajo que puso en su proyecto.

En todo esto, hasta los progres estarán de acuerdo y lo considerarán justo, si bien estando en el poder querrán quedarse con una buena tajada de las ganancias del panadero vía impuestos.

La pregunta es: ¿por qué hay algunos que no piensan de la misma manera respecto de la universidad? Es decir, ¿por qué están de acuerdo en que la universidad sea gratuita para los estudiantes, pero no en que haya también panaderías y otros emprendimientos gratuitos para la gente que quiera labrarse un futuro de esa manera?

Los progres seguramente dirán que la educación es más importante, que beneficia a toda la sociedad y que por eso es bueno que sea gratuita, para que todos puedan tener una oportunidad de llegar a la universidad. Pero ¿acaso no es importante que el panadero venda el pan que usted demanda cada día, y que además dé trabajo a aquellos que no van a la universidad? ¿No es esto bueno para la sociedad?

Puesto que el panadero decidió no ir a la universidad, hay algunos que estiman que es justo que, además de su panadería, financie vía impuestos los estudios universitarios de aquellos que deciden no invertir en una panadería, sino estudiar una carrera universitaria, gracias a lo cual no sólo terminarán ganando mucho más que el panadero, sino gozando de mejor posición social.

Este pequeño ejemplo nos muestra que la famosa gratuidad universitaria nada tiene de justa. Es una demanda que, hablando de justicia social y de derechos, sólo quiere encubrir una lucha redistributiva de esos futuros académicos en detrimento de todos aquellos que no van a la universidad. Por eso los progres rechazan, indignados, cualquier argumento que diga que la educación universitaria debe ser vista como una inversión que se hace, como en el caso del panadero, con la esperanza de obtener una retribución futura.

Sí, ya sé que todo esto es demasiado para los oídos progres. ¡Cómo comparar a un estudiante universitario con un panadero! ¡Pedir que el estudiante invierta en su futuro! ¡Que corra riesgos! Pero yo estoy convencida de que es hora de defender a los panaderos, a los tenderos, a los obreros, a los campesinos, y pedir igualdad de trato para ellos, es decir, justicia social de veras y no privilegios para algunos.

ideasyanalisis.wordpress.com

Oxfam: mentiras sobre austeridad y pobreza

Los titulares que nos brinda el último informe de Intermón Oxfam son concluyentes: “la austeridad empobrece”. Según la ONG, las inflexibles y draconianas políticas de recortes que han venido aplicando los Estados europeos durante la crisis nos condenan a que, en 2025, Europa se vea devastada por 25 millones de nuevos pobres. Escandaloso: habrá que detener semejante sangría de inmediato y regresar a la sensatez de los estímulos keynesianos. No hay otra lectura posible de los datos objetivos. ¿O sí?

Las mentiras del informe

El informe arranca con una premisa falsa: las reducciones del gasto público en el período 2010-2014 han sido salvajes. La ONG nos habla de recortes del 12% en España y Reino Unido o del 40% (sic) en Irlanda. Claro que uno no sabe muy bien de dónde se han sacado las cifras: para el período 2010-2014, Reino Unido ha programado un incremento del gasto público del 6% y España un recorte del 3%. La mención a Irlanda no deja de sorprender, pues una cuarta parte del extraordinario gasto público de 2010 (sobre el cual calculan el recorte del 40% para 2014) era el coste de rescatar a sus bancos: si lo excluimos, el gasto público apenas habrá caído un 8%.

Pero, ¿por qué tomamos el año 2010 como referencia de los recortes? Al fin y al cabo, 2010 fue el último año de apogeo desacomplejado del keynesianismo, en el que prácticamente todos los presupuestos públicos europeos registraron máximos históricos. ¿Por qué no medimos la magnitud de los recortes con respecto al último año de la burbuja y antesala de la crisis, esto es, con respecto a 2007? Si lo hiciéramos, nos llevaríamos la sorpresa de que el gasto nominal programado para España habrá aumentado un 13%, el programado para Irlanda se habrá mantenido estable y el de Reino Unido se habrá incrementado un 26%; si calculáramos la evolución del gasto real (descontando la inflación 2007-2014), veríamos que está estable salvo por un ligerísimo recorte en Irlanda. Austericidio.

Mas, una vez construida la leyenda de los (falsos) recortes europeos, el paso siguiente es atribuirle todos los males imaginables a ese (falso) ahorro: especialmente, el aumento del desempleo y de la desigualdad. Por ejemplo, según Intermón Oxfam, la elevadísima tasa de paro de España se debe a la (falsa) austeridad. Claro que si uno se mira la EPA hay algo que no encaja del todo. Incluso los más críticos con la (falsa) austeridad española, reconocerán que ésta no comenzó hasta el famoso tijeretazo de Zapatero, en mayo de 2010. En 2008 y 2009 vivimos en plena efervescencia keynesiana, en la España de los planes E. Pues bien, la mayor subida del paro se produce durante ese período: nuestro país pasa de exhibir una tasa de desempleo del 7,9% en el segundo trimestre de 2007 a una del 20,1% en el segundo trimestre de 2010. Ahora mismo, estamos en el 26,2%: es decir, en el período de la (falsa) austeridad, la tasa de paro ha aumentado la mitad que en el indudable período del despilfarro keynesiano.

Tres cuartos de lo mismo sucede con la desigualdad. Según nos dicen, ésta se ha disparado por culpa de la (falsa) austeridad y de los recortes sociales, pero es difícil llegar a esa conclusión sin retorcer los datos. Por ejemplo, el índice Gini de España (máxima desigualdad = 1) empeora de 0,313 a 0,339 entre 2007 y 2010, pero apenas se mueve hasta 0,34 en 2011 (último año de las estadísticas y primer año de la durísima austeridad). En Reino Unido sucede algo similar: empeora de 0,326 a 0,329 entre 2007 y 2010, y apenas se mueve hasta 0,33 en 2011. En Irlanda, por el contrario, el índice Gini mejora desde 0,332 en 2010 a 0,298 en 2011 (la mayor mejora de toda la serie histórica), y se sitúa en niveles previos a la crisis. Y en Grecia y Portugal, por su parte, el índice Gini de 2011 todavía mostraba más igualdad en 2011 que el de 2006 y 2007.

A idénticos resultados llegamos fijándonos en el porcentaje del PIB que controla el 20% más pobre y el 20% más rico de cada país. En España, el 20% más pobre de la población percibía el 7,3% del PIB en 2007, el 5,8% en 2010 y el 5,9% en 2011; por su parte, el 20% más rico pasó de manejar el 38,6% del PIB en 2007 al 39,8% en 2010 y al 39,9% en 2011. El gran aumento de la desigualdad, por tanto, se produjo hasta 2010 y no durante el (falsamente) austero 2011. Para Grecia, Irlanda o Portugal puede realizarse un análisis calcado al que ya efectuamos con el Gini.

Para los de Oxfam, el aumento del desempleo y de la desigualdad provocados por la (falsa) austeridad condujeron inexorablemente al aumento de la pobreza que, por tanto y cómo no, también es plenamente atribuible a la (falsa) austeridad. Problema: los datos tampoco cuadran muy bien con su narrativa. Tal vez sí en el caso de España –donde el porcentaje de población en riesgo de exclusión social pasa del 23,1% en 2007 al 27% en 2011– o en Grecia –donde aumenta del 28,3% al 31%– pero no en otros países igualmente “austeros”: en Portugal cae del 25,3% en 2010 al 24,4% en 2011 y en Irlanda del 29,9% al 29,4%. Pero acaso la mayor sorpresa nos la llevemos al descubrir que, vaya por dónde, un país tan socialdemócrata y omniprotector como Suecia también ve aumentar su tasa de pobreza del 13,9% en 2007 al 16,1% en 2011 pese a no haber aprobado recorte alguno (el gasto público de 2012 era un 6% superior al de 2010 y el de 2014 se programa que lo sea un 15%). Algo falla: ¿quizá los malos indicadores estén relacionados con la crisis y no con la falsa austeridad?

Los paradigmas: Suecia y EEUU

Nada más sencillo que analizar qué sucede con el paro, la desigualdad y la pobreza en dos países que deberían ser ejemplares para Intermón Oxfman: Suecia, por su enorme gasto social, y EEUU, por no hacer cedido a la locura de la austeridad y haber implementado políticas keynesianas.

Empecemos con el desempleo: en Suecia aumenta del 6,1% en 2007 al 7,9% en 2012; en EEUU, del 4,6% al 8%. Sigamos con el índice Gini: en Suecia empeora de 0,234 en 2007 a 0,244 en 2011; en EEUU de 0,376 en 2007 a 0,38 en 2010. Continuemos con la relación entre el 20% más pobre y el 20% más rico: en Suecia, el 20% más pobre pasa de controlar el 10% del PIB en 2007 al 9,4% en 2011, mientras que la participación del 20% más rico crece del 33,4% al 33,8%; en EEUU, el 20% más pobre desciende del 3,4% al 3,2% y el 20% más rico aumenta del 49,7% al 51,1%. Y terminemos con la tasa de pobreza: en Suecia ya dijimos que evoluciona del 13,9% al 16,1% y en EEUU crece del 12,5% al 15%.

Todos los indicadores en negativo pese a no haber convivido con los recortes y la austeridad. Al contrario: habiendo convivido con mucho Estado social (Suecia) y muchas políticas keynesianas (EEUU). ¿Seguro que los malos índices de España, Portugal o Irlanda se deben a la (falsa) austeridad y no, simplemente, a la crisis?

¿De dónde salen los 25 millones de pobres?

Pero bueno, la letanía es que los (falsos) recortes tienen la culpa. Todo sea para respaldar la principal conclusión del informe: Intermón Oxfam pronostica que, de seguir por esta senda, en 2025 Europa acogerá a 25 millones más de pobres. Una cifra muy llamativa que, hemos de suponer, tendrá un complejo análisis econométrico detrás. Pero no: la ONG se remite a un paper que calcula que la tasa de pobreza de Reino Unido aumentará en cinco puntos entre 2010 y 2020 en caso de que sus (falsas) políticas de ajuste prosigan y asume que esa misma variación se dará para toda Europa. Así, sin más. No queda muy claro por qué la pobreza de Europa entre 2011 y 2025 tiene que aumentar lo mismo que la de Reino Unido entre 2010 y 2020, pero da igual. Minucias.

Es más, si uno acude al paper, también cabe encontrar conclusiones menos amarillistas: haciendo idéntica extrapolación de datos podríamos decir que en 2025 habrá en Europa un 7% más de personas que cobren menos del 60% de la renta mediana de 2013 (indexada a la inflación). En el caso de España, diríamos que la cantidad de gente que cobrará anualmente menos de 11.500 euros(con poder adquisitivo equivalente al de 2013) crecerá un 7%. Triste, sí, pero muy alejado de la imagen de hambrunas generalizadas que pretenden transmitir los titulares.

El auténtico pauperizador: el Estado

Alcanzada esta conclusión uno esperaría que Oxfam cargara contra el verdadero fabricante de miseria: el Estado. Primero, porque es el Estado a través de su brazo armado –el banco central– el que ha generado la crisis actual de la que se deriva el aumento de la pobreza. Y, segundo, porque es el Estado quien más contribuye a pauperizar a las rentas bajas: un salario bruto de 11.500 euros está pagando unos impuestos superiores a los 6.000 euros (sólo en Seguridad Social, IRPF e IVA). Más de la mitad de su sueldo bruto expoliado para mayor gloria del Estado. Pero no, Oxfam no sólo no carga contra el Estado sino que reclama más poder para los sóviets. Sus recomendaciones no dejan de ser deplorablemente previsibles: más estímulos keynesianos y más impuestos contra “los ricos y defraudadores”, es decir, contra todos los ciudadanos que carecen de medios para escapar de la rapiña estatal.

Parecería que España no hubiese padecido ya sobradamente su ración de keynesianismo; o que el keynesianismo salvaje de EEUU sí hubiese evitado el aumento de la pobreza y de la desigualdad en mejores términos que la (falsa) austeridad europea. Poco importa la verdad. La cuestión es justificar lo injustificable: a saber, el atraco tributario a mano armada para sufragar los multidespilfarros del Estado. Ya no se trata del típico error benévolo de aquellos que prefieren repartir peces entre la población en lugar de enseñarle a pescar. No: es que directamente reclaman que el Estado les arrebate a los ciudadanos los peces que mal que bien están pescando para poder atraparlos a todos dentro de sus redes. La propaganda es sólo una herramienta adecuada para cultivar el necesario Síndrome de Estocolmo.  

Nota bene: No se dejen deslumbrar por el sello de calidad que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, le ha impreso al informe de Intermón Oxfam. En 2002 también firmó un paper patrocinado por Fannie Mae en el que afirmaba que la probabilidad de quiebra de Fannie Mae era prácticamente cero.

Universidades sin alumnos

Leí hace unos días en varios períodicos que las universidades de La Laguna y de Las Palmas de Gran Canaria han perdido cientos de alumnos con respecto a cursos anteriores.

La noticia no sería muy alarmante si el modelo educativo internacional no estuviera cambiando a pasos agigantados hacia una educación universitaria más flexible, desregulada, barata y accesible a través de internet desde cualquier lugar del mundo y nuestro país tuviera un modelo educativo más libre que permitiera competir con estas nuevas ofertas educativas.

Hasta hace unos pocos años, quien quería adquirir conocimientos avanzados no tenía otro remedio que acudir a las bibliotecas o a las grandes aulas de las universidades. Esto hoy ya no es necesario y cualquier persona puede lograr información sin necesidad de salir de casa y de forma gratuita gracias a internet.

Por esta razón, las mejores instituciones universitarias del planeta han empezado a revolucionar la oferta académica con titulaciones universitarias online de alta calidad y bajos precios. Coursera.org, khanacademy.org, edx.org, ommayau.com o udacity.org son algunas de estas nuevas iniciativas educativas.

Sin embargo, la educación superior en nuestro país sigue anclada en el pasado. Mientras los prestigiosos centros educativos a nivel internacional están innovando con nuevos programas y modelos educativos, nosotros seguimos teniendo una educación oficial estatal, público y privada, hiperregulada y de elevadísimo coste.

Los modelos educativos, la organización de las universidades y hasta los programas académicos están planificados centralmente por el Estado impidiendo de esta forma cualquier tipo de mejora de nuestra educación.

Por ello, las universidades en Canarias, tal como las conocemos hoy, tienen sus días contados. Si nuestro sistema educativo no sufre una importante liberalización que de entrada a la creatividad empresarial para poder competir con este nuevo panorama educativo, lo más probable es que nuestras universidades no pierdan cientos de alumnos sino miles, ya que estos, a iguales o incluso inferiores precios, preferirán graduarse en economía por Harvard Stanford sin salir de casa a hacerlo por la Universidad de La Laguna.

Por todas estas razones, tenemos dos panoramas para el futuro. Si mantenemos un sistema educativo obsoleto y planificado centralmentedonde la innovación no existe y sus costes son insostenibles en el tiempo, la consecuencia será el cierre de nuestras universidades.

Por el contrario, si liberalizamos la educación de nuestro país nuestras instituciones educativas podrán competir con la excelente oferta educativa que existe a nivel internacional. Tampoco esto garantizará que universidades como las canarias se mantengan abiertas, pues igual es más económico cerrarlas y dar un cheque a todos los estudiantes de las islas para que elijan si quieren estudiar en Harvard, MIT o Stanford.

Lo que sí tenemos que tener claro es lo que advirtió hace unas semanas en una revista económica el grancanario Gabriel Calzada Álvarez, rector de la Universidad Francisco Marroquín: «Ni las leyes de obligatoriedad ni las certificaciones gubernamentales ni las agencias de acreditación ni las barreras de los colegios profesionales podrán parar el tsunami educativo que ya está en marcha».

Crisis económica + censura = crowdfunding

Son varias las iniciativas que vienen recurriendo al crowdfunding. Por ejemplo, en anteriores columnas analizamos la de Iñaki Arteta. Ahora le toca el turno al periodista Antonio Robles, a quien como en el caso del cineasta vasco, "el contexto" le ha obligado a decantarse por esta herramienta.

Quien firma estas líneas, no tiene el placer de conocer ni a Robles ni a Arteta. Simplemente emplea esta tribuna para enfatizar la valentía de ambos a la hora de denunciar situaciones anormales, que debido a la repetición indiscriminada de determinados mantras, gozan de absoluta normalidad actualmente.

En efecto, en Historia de la resistencia al nacionalismo en Cataluña, Antonio Robles se propone describir lo que ha sido la reciente etapa política dominada por el Pujolismo, que él ha vivido en primera persona. Por tanto, tema de rabiosa actualidad, muy necesitado de un análisis que apueste por el rigor científico y que no por la mera propaganda.

Sin embargo, aquí aparece el primer problema y es que en su Comunidad Autónoma (Cataluña), las editoriales han vetado de forma encubierta su edición. ¿El motivo? Será incómoda con el establishment. Así, dichas editoriales renuncian voluntariamente a ejercer la labor fiscalizadora del poder político que les corresponde jugar en una democracia.

Por desgracia, no es un ejemplo aislado. Por el contrario, jóvenes escritores como Javier Montilla también han sufrido en los últimos tiempos la asfixia nacionalista, orientada a ocultar obras como Los Muros de Cataluña. No lo han conseguido pues tal tarea, en la era digital en la que nos hallamos inmersos, supone poco menos que querer tapar el sol con un dedo.

La censura y estigmatizar a quien piensa de manera diferente al oficialismo, ha sido una de las herramientas predilectas de cualquier nacionalismo y el catalán no iba a ser menos. Viene empleándola de forma cada vez menos sutil desde hace décadas, lo que ha provocado que representantes de su cultura se hayan tenido que "exiliar" en otros lugares de España, principalmente en Madrid. Albert Boadella es uno de los ejemplos, aunque no el único. Igualmente, han sido los medios de la capital los que han dado voz a la disidencia catalana, lo que ha supuesto que unos y otros hayan tenido que cargar sobre sus espaldas con calificativos como el de "fachas".

El resultado es que Cataluña, que fue motor cultural de la España de la Transición, ha sido adelantada por derecha e izquierda por otras regiones las cuales conceden escasa relevancia al factor identitario y sí al producto. Igualmente, otra de las peculiaridades catalanas es que, la ventaja comparativa que supone que la mayor parte de la población maneje castellano y catalán, se haya convertido en una traba…si eres castellano parlante.

En este sentido, optar por una enseñanza en castellano se convierte en una empresa de titanes, algo a lo que se atreven sólo unos pocos porque luchar contra la burocracia implica un ingente gasto de recursos económicos y humanos, y no todo el mundo está condiciones para ello. Al respecto, uno de los logros del nacionalismo ha sido crear una masa de ciudadanos amorfos, por ejemplo a través de la política de subvenciones, anulando todo espíritu crítico pues perciben cualquier reproche a CIU (y en su día a los dos gobiernos Tripartitos) como un ataque a Cataluña. De nuevo, en la jerarquía de valores, el territorio ocupa el primero y los ciudadanos, el último.

En definitiva, la obra que prepara Antonio Robles y otras que es probable que se editen próximamente, serán bienvenidas puesto que ayudarán a entender lo que actualmente acontece en Cataluña y comprobar que no se trata de flor de un día. Por el contrario, lo que hoy presenciamos, atiende a un recorrido histórico en el cual el nacionalismo ha contado con ciertas complicidades, algunas indirectas, que han facilitado que en última instancia, la Generalidad sea protagonista más por sus recurrentes desafíos al Estado de Derecho que por mejorar la vida de los ciudadanos.

Menos proselitismo y más pedagogía

“Menos proselitismo y más pedagogía” es lo que escribió mi padre en el apartado del boletín de notas de secundaria reservado a las observaciones de los padres de alumnos. El comentario iba dirigido al profesor de catalán, que tenía por costumbre hacer exámenes con preguntas de claro contenido ideológico. Antes, por supuesto, se había encargado de falsear la historia a su conveniencia, así que había que hacer el examen mintiendo y tapándose la nariz o suspender. Yo prefería suspender. Habría preferido que, para calificar nuestras aptitudes lingüísticas, nos hubieran hecho un dictado extraído de alguna obra de Pere Calders o Mercè Rodoreda, por ejemplo; o que nos hubieran pedido una redacción sobre nuestro libro preferido, sobre lo que habíamos hecho el verano anterior o sobre cualquier otra cuestión libre del sesgo ideológico. Pero no teníamos esa opción. 

Curiosamente, cuando llegué a Barcelona resultó que mis profesores de bachillerato valoraban enormemente que escribiera usando la variante balear. Me permitían usar las expresiones y el léxico propio del menorquín, algo que siempre entendieron como una riqueza cultural. Se sorprendieron al saber que en esta isla tan pequeña existen dos sistemas vocálicos, que cada pueblo tiene su léxico específico y que en Mallorca y en Ibiza se habla de otras formas. Jamás en Cataluña me dieron una tarea o una pregunta de examen con contenido ideológico, y no dudo que mis profesores tenían sus propias ideas sobre el nacionalismo catalán y sobre el nacionalismo español. Nunca supe cuáles eran esas ideas porque esa gente se dedicaba a hacer pedagogía. No sé si a día de hoy las cosas han cambiado en la Ciudad Condal, aunque intuyo que sí. Lo que sé es que por otros lares una buena parte del cuerpo docente es más papista que el papa. Son los mismos que piden pactos por la educación cuando no gobiernan los suyos pero que imponen su limitada cosmovisión cuando tienen el poder. Los mismos que aplauden la destitución de un cargo puesto a dedo por una expresión inadecuada en las redes sociales pero que aplauden igualmente que en cierto canal de televisión se dispare contra el Rey de España o se pida la muerte de quienes no comulgan con sus ideas. Los mismos que tergiversan la historia llegando a creerla, los que han conseguido que los abuelos menorquines y que los payeses menorquines pasen por ignorantes a ojos de los niños por no hablar como los manuales dicen que hay que hablar. 

Las Islas Baleares son las nuevas colonias, pero no por méritos propios de una Cataluña imperialista sino por la traición de quienes supuestamente habían de defender otras ideas. Esa aberración llamada “normalización lingüística” se la debemos al Partido Popular de Gabriel Cañellas y a la pasmosa pasividad de quienes les han seguido votando. Porque nada hace tanto daño a una cultura y a una lengua como la combinación explosiva de la cobardía de quienes imponen a golpe de decreto y la vileza de quienes se erigen en únicos y legítimos defensores de una noble causa por la que cincelan los tiernos cerebros de nuestros niños.

La izquierda balear, catalanista por definición, pelea en las redes sociales con los populares, supuestamente españolistas pero ignorantes de que la catalanización de las islas la oficializó su propio partido. Unos y otros evidencian su bajeza moral al caer en la descalificación personal y el insulto gratuito. Los datos y los argumentos brillan por su ausencia. En las aulas, mientras tanto, se sigue sustituyendo a la pedagogía por el proselitismo.

El sistema anti-niños

La conclusión sólo puede ser una: nos toman por imbéciles. Los apoltronados de la Carrera de San Jerónimo y similares se están riendo de nosotros. Vomitan leyes, reglamentos, decretos, órdenes ministeriales a tutiplén, supuestamente para protegernos y para proteger a nuestros hijos. Pero después resulta que forman un sistema que es incapaz de conseguir que Miguel Carcaño diga la verdad sobre dónde está el cuerpo de su víctima. El mismo sistema que persigue a los homeschoolers como si fueran delincuentes (sólo a algunos, que a Carmen Thyssen no le han dicho nada que yo sepa) pero que no actuó cuando en Galicia un niño faltó a clase durante dos años seguidos. Después, cuando lo encontraron descuartizado en una maleta tirada en una cuneta en Menorca, sólo se hablaba de la descerebrada de su madre. De los que tenían la responsabilidad de abrirle un expediente de absentismo escolar nadie habla.

Es el mismo sistema que consigue hacernos tragar y callar cuando la consejera de Bienestar Social de la Generalitat nos dice que “el gobierno catalán no ha cometido ningún error” en el caso del educador social que acogía a niños tutelados y que resultó ser pederasta. Quienes se encargaron de los 34 controles que tuvo que pasar se han cubierto de gloria. A lo mejor redactaron los informes sin haber pasado realmente el control. No sería la primera vez. Yo he visto informes de servicios sociales relativos a familias que educan en casa y redactados por asistentes sociales que nunca visitaron a esas familias y que nunca vieron a esos niños. Por suerte en esos casos los niños sí estaban bien atendidos, pero podría no haber sido así. Podría haber sucedido que los niños no hubieran estado bien educados, ni bien alimentados, podrían haber sido víctimas de abusos o podrían incluso haber estado muertos. Pero, mientras tanto, unos asistentes sociales firmaron un informe donde aseguraban que todo estaba bien.

Y así nos luce el pelo. Creemos que es correcto, incluso bueno, que haya un gobierno que vele por nuestros hijos. Que prohíban los refrescos gigantes, que decidan qué alimentos pueden ofrecerse en los comedores escolares, que no les dejen ver según qué películas o jugar a según qué videojuegos. Y luego pasan cosas como éstas. Como lo del pederasta de Castelldans, los veinte niños muertos en la India debido al mal estado de la comida que les dio el gobierno local, o los niños detenidos en los Estados Unidos por los actos más inocentes que uno se pueda imaginar, como eructar en clase, tirarse leche en el transcurso de una pelea, lanzar aviones de papel dentro del aula, llevar un cuchillo de plástico o dibujar a Jesús en la cruz. Eso por no hablar del secuestro legal de niños, algo que está a la orden del día en países como Suecia, donde el sacrosanto Estado del Bienestar ha cruzado todos los límites de lo humanamente aceptable.

El riesgo cero no existe, por supuesto. Puede haber accidentes y descuidos imperdonables con consecuencias terribles. Como los niños ahogados por falta de una adecuada vigilancia y de una adecuada formación. Nueve en once días en lo que va de verano es una cifra excesiva que debería haber hecho saltar alguna alarma, pero no. O como los niños que fallecen asfixiados tras ser incomprensiblemente olvidados dentro del coche. También hay mujeres dementes que paren a sus hijos y acto seguido los echan por el desagüe o los meten en el congelador. “No tenía dinero para abortar”, dijo una. Bien, alguien debería haberle contado que existe algo llamado “adopción”.

Me pregunto qué futuro tiene una sociedad tan enferma en la que unos observan pasivamente estas atrocidades como quien ve una película de superhéroes en la tele, con la convicción de que nada tiene que ver con sus propias vidas, mientras otros prefieren ni mirar porque ojos que no ven, corazón que no siente. Nos toman por imbéciles y puede que lo seamos.

¿Qué quieres, en realidad?

Tenemos lo que queremos. Tenemos la educación que queremos, la sanidad que queremos, el trabajo que queremos y el gobierno que queremos. Es más cómodo pensar que no es así, que lo que tenemos son imposiciones de sistemas disfuncionales y que, a pesar de que queremos otra cosa, no podemos elegirla.

El “yo quisiera, pero no puedo” es uno de los peores pensamientos con los que podemos intoxicar nuestra mente. Si quieres, puedes. Punto. Otra cosa es que decidas que tu querer siga siendo sólo un ideal y no hacer nada al respecto. Es mucho más fácil pensar que en realidad no puedes, que admitir que en realidad no quieres. Es más fácil quejarse en la barra del bar y compartir frases grandilocuentes en el muro de Facebook, que levantarse de la silla y hacer algo.

Si eres tan solidario como quieres hacer ver, no te unas a quince grupos de Facebook. Sal a la calle y haz algo por alguien; ayuda a tus vecinos; hazte voluntario en alguna organización; dona tu tiempo o tu dinero. Si no te gusta el gobierno, no te dediques a compartir memes con insultos al presidente y a los ministros. Reflexiona, argumenta, despréndete del gobierno en la medida que quieras y no vuelvas a votar. Si votas, eres cómplice. Si el profesor de tus hijos es tan malo, no se lo cuentes a los demás a la puerta del colegio. Muévete y habla con la autoridad educativa correspondiente; para eso están los jefes de estudios, los directores y los inspectores educativos. Colabora con la asociación de padres y con el consejo escolar. Matricula a tu hijo en otro centro. Monta una escuela libre. Desescolarízalo.

Le pasó a Nicko Nogués con su proyecto “Vete”. Gente que dijo que se quería ir y cuando él les dijo “vete, yo te pago el billete” dijeron que no podían. Fueron incapaces de decir que, en realidad, no querían. Me pasó a mi cuando estuve dos meses viajando por América con mi hijo. “Qué envidia”, me decían. Pero aquí nadie coge la maleta para irse. Me pasa con la educación en casa. “Me encantaría hacerlo, pero yo no puedo”.  Tienen razón, no pueden porque no quieren. Es así de simple. El listado de excusas es larguísimo, algunas casi te las crees: no tengo formación, no tengo paciencia, no tengo tiempo, no tengo dinero, no tengo apoyos. No tengo ganas, es lo que deberían decir. 

Asumir y reconocer que, en realidad, no queremos lo que decíamos querer puede resultar un difícil ejercicio de coherencia. Difícil pero liberador. Si prefieres dejar a tus hijos en manos de un pésimo sistema escolar antes que asumir la responsabilidad de hacer algo por cambiarlo o por sacar a tu hijo de ahí, está bien, pero no te quejes más. Si prefieres pasar las horas delante de la pantalla jugando a los granjeros en la red social, está bien, pero deja de lanzar mensajes diciendo lo comprometido que estás con la pobreza y la injusticia. Si prefieres quedarte en la comodidad de tu casa, está bien, pero deja de envidiar a los que se van a dar la vuelta al mundo. Deja de decir que quieres pero no puedes.

Pero si prefieres posicionarte como víctima, culpando a otros por lo que tú no te atreves a hacer, eso no está bien. No cargues a otros con la responsabilidad de tus acciones y de tus omisiones, esto es, de tus decisiones. No cargues tampoco con la responsabilidad por las acciones y omisiones de otros. Pero si tienes un deseo, trabaja para conseguirlo. Si no estás dispuesto a moverte para conseguirlo, a salir de la comodidad de tu casa y de tu rutina, tal vez es que el deseo no era tal. Puede que el deseo no fuera tuyo sino de otros. Así que la pregunta es ¿qué quieres, en realidad?

La buena educación

Menudo lío. Escribí que me parecía cínico que los estudiantes chilenos, gentes mayores de edad y presumiblemente responsables, se empeñaran en que otras personas les pagaran los estudios universitarios y, encima, pidieran la clausura de las universidades creadas con fines de lucro, y mucha gente no estuvo de acuerdo.

Al margen de los insultos y las descalificaciones personales, que nada añaden al debate, el mejor argumento de quienes rechazan mi criterio tiene que ver con el bien público. Al conjunto de la sociedad, dicen, le conviene tener buenos profesionales. Así todos progresamos. Es una inversión, opinan, no un gasto.

De acuerdo. Creo que la educación a veces es una inversión y no un gasto. En todo caso, no estoy seguro, exactamente, de cuál es la ventaja social de graduar teólogos o filósofos, dos ocupaciones muy respetables, mas escasamente productivas, pero hay varios asuntos que deben abordarse.

El primero es de carácter moral. El Estado, insisto, no debe otorgar privilegios a los adultos responsables. Las ventajas en calidad de empleo y nivel de salario de los graduados universitarios son muy notables. La gratuidad de la enseñanza universitaria consiste en meter la mano en el bolsillo a todos para favorecer a unos cuantos de manera permanente.

El Estado, en cambio, puede avalar los préstamos de los universitarios y estimularlos para que estudien. También puede otorgar becas a los mejores. La meritocracia es un factor clave en los sistemas en los que no se busca la igualdad de resultados, sino de punto de partida.

Los padres, naturalmente, también deben responsabilizarse. Si los que los trajeron al mundo, y las personas que los conocen de cerca, no creen en ellos, ¿por qué el resto de los ciudadanos debe pechar con el riesgo de prestar a quienes acaso no van a cumplir sus compromisos?

Los universitarios que pagan sus estudios tienden a esforzarse con mayor interés y a exigir más a sus profesores. Tienen más incentivos para trabajar y crear riquezas cuando terminan. Los fondos que devuelven sirven para educar a quienes vienen detrás. Es más justo.

Hay universidades públicas y gratuitas en América Latina en las que el promedio de años de estudio por alumno duplica al de las universidades privadas. Ya se sabe que la única ley inalterable de la economía es la que asegura que cuando la oferta es gratis, la demanda es infinita y el consumidor, además, no la valora.

Por otra parte, los recursos disponibles por el Estado son siempre escasos y hay que emplearlos más inteligentemente. Si se quiere adultos responsables que sean buenos universitarios y mejores ciudadanos, donde hay que poner el acento es en la enseñanza preescolar, primaria y secundaria.

Es en las primeras etapas de la vida donde se forman el carácter y los hábitos, y donde se adquieren lo valores. Ahí, además, comparece casi la totalidad de los niños y jóvenes. Para que la búsqueda de igualdad de oportunidades no sea un fraude, la función del Estado, por medios públicos o privados, es preparar a los niños para que puedan competir y sobresalir en la vida. Un niño de origen humilde, bien nutrido y bien educado, tendrá entonces la oportunidad real de abrirse paso.

La manera de contar con buenos universitarios es formar buenos alumnos en los primeros grados. Es en esa época donde hay que suministrarles alimentación adecuada y magníficos maestros, bien remunerados y dotados de buenos métodos pedagógicos, de manera que, cuando lleguen a la edad adulta, puedan tomar las primeras decisiones vitales que en gran medida definirán su destino: cómo se van a ganar la vida, qué estudiarán, qué actividad emprenderán, cómo y cuándo constituirán sus familias.

Quienes hemos tenido la experiencia docente universitaria sabemos la enorme diferencia que existe entre los estudiantes formados en buenas escuelas durante los primeros grados y los que provienen de pésimas instituciones, casi siempre públicas, donde los maestros no tienen buena preparación, no están motivados o no están decentemente remunerados.

Una última e inteligente observación, hecha por el profesor Alberto Benegas Lynch desde Argentina: le parece curioso que esos universitarios que se oponen al lucro, cuando se convierten en profesionales, rara vez emplean su tiempo en ayudar gratuitamente al prójimo.

Lo dicho: el lucro que les molesta es el de los otros.

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La decadencia universitaria

En la impresionante fachada plateresca de la Universidad de Salamanca resalta el medallón dedicado a los Reyes Católicos en el que se puede leer en griego "Los Reyes a la Universidad y ésta a los Reyes". No se trata de un símbolo de pleitesía hacia los monarcas sino de todo lo contrario, un pequeño homenaje de buena voluntad por parte de la Universidad para contentar a sus católicas majestades. En aquel tiempo Universidad y Monarquía tenían distintas legitimidades, se enfrentaban y cada una intentaba influir sobre la otra. Los reyes tuvieron que consultar a la Universidad sobre el modo en el que debía proceder la conquista del Nuevo Mundo y no dudaron en perseguir a aquellos pensadores que criticaban las políticas regias. Una Universidad que fue real y pontificia, de referencia universal pero que descabalgó de la listas de las mejores y de cuya antigua gloria tan solo quedan las magníficas fachadas.

A día de hoy las universidades españoles son cascarones vacíos dependientes del poder político que todo lo inunda gracias a los tentáculos estatales. La funcionarización de sus trabajadores los ha convertido en defensores de sus privilegios y del propio sistema, eliminando todo sentido crítico. La izquierda que pide más Estado y los nacionalistas, allí donde controlan los resortes de poder, se han infiltrado convirtiendo las aulas en altavoces partidistas en lugar de centros de saber. Paul Johnson escribía ya en 1991 "de todas las calamidades que ha sufrido el siglo veinte, aparte de las dos guerras mundiales, la expansión de la educación superior, en los años 50 y 60, fue la más duradera". Añadía que las universidades son ahora "invernáculos donde florece el extremismo, la irracionalidad, la intolerancia y el prejuicio, donde el esnobismo social e intelectual se cultiva casi deliberadamente y donde los profesores procuran contagiar a sus estudiantes su propio pecado de orgullo".

Las Facultades en las que se imparten ingenierías son algo más serias pero también han caído en esa defensa vacía de los privilegios. Por ejemplo, al reordenar el mapa de estudios para adaptarlo al sistema de grados, cada facultad y departamento ha primado su supervivencia manteniendo las antiguas titulaciones en lugar de permitir una especialización razonable posterior. Es lógico que quieran defender sus puestos de trabajo para que muchos de los edificios construidos en cada provincia no queden vacíos. La organización universitaria no debería depender de ellos.

La última polémica ha sobrevenido porque el gobierno proponía aumentar la nota mínima para la concesión de becas. Quienes se oponen dicen cosas como que "cualquier tiene derecho a pasar por la Universidad", como si se tratara de un viaje iniciático por el que todo el mundo tiene derecho a pasar aunque al final no consiga terminar los estudios, como muchos ministros del Reino de España. Olvidan que el Estado financia el 80 % de las carreras a todos los universitarios, las becas entonces sirven para financiarles también ese 20 % que falta.

El problema de la baja calidad universitaria no es una cuestión de porcentajes sino de dependencia, dependencia del Estado. El sistema está diseñado desde, por y para el Estado, de espaldas al mercado. Las universidades deberían ser centros totalmente independientes y privados, con una legitimidad diferente a la estatal para que puedan contribuir libremente al saber y formar con verdadero espíritu crítico a los futuros universitarios. No para que "pasen" por la Universidad, sino para que aporten algo a la sociedad. Y este modelo no es incompatible con un sistema de becas, públicas -para los socialdemócratas- o privadas, que financie hasta el 100 % de aquellos que universitarios que no pasen por la Universidad, sino que se impregnen de ella.