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Etiqueta: Enemigos de la libertad

Mariano, por lo que más quieras, ¡deja de gastar ya!

A día de hoy por cada cien euros que el Gobierno de Mariano Rajoy pida en el extranjero tendrá que devolver 107. Este es, traducido a euros contantes y sonantes de los que cualquier hijo de vecino entiende, el coste del desaforado gasto de un aparato estatal insostenible. Y podría ser peor, podríamos tener que pagar un interés del 10%, del 15% o del 18%, como le sucede a otros Gobiernos manirrotos que será mejor no nombrar por aquello de no mentar a la bicha.

Si todo sigue como hasta ahora, si el Estado sigue devorando la mitad de la menguante riqueza nacional, lo más probable es que, a lo largo de los próximos meses por cada cien euros pedidos fuera tengamos que devolver 110, 115 o 120. Y digo tengamos porque el Gobierno pide en nuestro nombre y poniéndonos a nosotros, los magullados contribuyentes españoles, como garantía del préstamo.

Ante una situación semejante solo caben dos actitudes. La primera –y la más previsible– es que el Gobierno siga a lo suyo hasta que el barco termine de hundirse. Luego la culpa será del BCE, que no depreció la moneda lo suficiente para diluir nuestra monstruosa deuda; de Merkel, que no terminó de saquear a sus contribuyentes para salvar el trasero a los políticos españoles; de los malvados mercados al servicio de la familia Rothschild, o del sursuncorda. En ese momento ya dará todo igual. El grifo se habrá cerrado y lo que venga después, tras la bancarrota, sólo Dios lo sabe.

La otra posibilidad es que Mariano Rajoy de un golpe en la mesa y demuestre que sus muchos años consagrado al estudio del Derecho sirvieron para algo. No se puede gastar lo que no se tiene. No se puede vivir eternamente de prestado. No se puede amortizar deuda con nuevos préstamos. No se puede secar la capacidad productiva de un país mediante exacciones fiscales confiscatorias. No se puede, en definitiva, vivir en Babia a espaldas de la realidad pensando que una aspirina puede curar una neumonía en estado avanzado. Mariano, por lo que más quieras, deja de gastar ya, mañana será tarde.

El coste del bienestar

Un dogma recurrente en estos tiempos es que la austeridad mata. De acuerdo con el mismo, es de sentido común que si no se garantiza cierto nivel de gasto, la economía morirá. A esto se añade otra máxima socialdemócrata: hay determinados servicios en manos del Estado que en el mercado no serían ni tan generales ni de "tanta" calidad como hasta ahora. Es decir, que existen parcelas del gasto público cuyo recorte o supresión representa un atentado contra el bienestar de los ciudadanos, en tanto que un retroceso del Estado supondría a su vez un fuerte deterioro de dichos servicios. Si esto fuera cierto, resultaría razonable establecer severos límites políticos en virtud de un discurso moral inapelable.

El debate entre estímulo y austeridad resulta estéril si atendemos a una verdad que muy pocos se avienen a aceptar. Los gastos del Estado los soportarán, sobre todo y en cualquier caso, los contribuyentes con menor capacidad económica relativa y un acceso limitado a fórmulas de evasión.

El peso del Estado se apoya sobre impuestos presentes, deuda (que es una combinación de impuestos presentes y futuros) e inflación. Si se cumplieran íntegramente los deseos de quienes apuestan por un Estado provisor de educación y sanidad universales y generosas en los medios, no quedaría más remedio que estrangular aún más a los ciudadanos, que se verían forzados a destinar a estos servicios una cantidad creciente de su riqueza presente y futura. Es decir, que la educación y la sanidad de hoy no sólo se pagarían con impuestos presentes, sino también con impuestos aún por recaudar.

Dado que nos encontramos ante una coyuntura recesiva, la única senda para estimular la economía mediante el incremento del gasto público sería la intensificación de una o todas las fuentes de ingresos mencionadas. Subir impuestos hoy enfrenta trágicas consecuencias en la estructura productiva, provocando incluso una menor recaudación. Incrementar los impuestos del futuro, vía endeudamiento masivo, tiene el inconveniente de tener que pagar elevados tipos de interés que, a su vez, absorberán una porción creciente del presupuesto público, mermando asimismo la capacidad de gasto presente. Es por ello que el mecanismo más cómodo para los políticos (que son cortoplacistas por naturaleza), dado su carácter inicialmente subrepticio, sea envilecer la moneda por el medio que sea. Mediante la inflación, o en su caso la devaluación, se consigue trastocar los precios. Sus terribles consecuencias tratarán de ser minimizadas mediante una propaganda favorable al estímulo y sus ventajas inmediatas.

El bienestar tiene un coste, y no siempre es asumido desde la racionalidad y con perspectiva. El cortoplacismo de los políticos les lleva a construir discursos incompletos y engañosos que ocultan las verdaderas consecuencias de las medidas propuestas. En primer lugar, se continúa alimentando la falacia sobre que educación y sanidad no podrían ser provistas en el mercado a un menor coste, manteniendo su generalidad y menor exclusión. En segundo lugar, estos mismos políticos mantienen el sofisma de que sólo mediante cierto nivel de gasto resistiría nuestro sistema económico, que es en realidad consecuencia de la acumulación de bienes de capital procedentes del ahorro de una parte sustancial de lo producido. Por tanto, aun para el caso en que los agentes privados no gastasen lo suficiente para mantener la estructura productiva formada durante la burbuja, el Estado no estará irremediablemente obligado a suplir la diferencia. Primero, porque es necesario ajustar, redimensionar y liquidar malas inversiones. Y segundo, porque la deuda indispensable para que el Estado cumpla con dicho propósito procede siempre de lo que, con gran esfuerzo, ahorran los individuos.

El Estado, en su obsesión por mantener cierto nivel de gasto en determinados ámbitos, incluidas educación y sanidad, además de impedir el surgimiento de mercados mucho más eficientes en dichos sectores, estará impidiendo el ajuste y la resignación de factores, y además, cargando sobre la espalda de las generaciones futuras el coste del bienestar presente.

La cuestión, por tanto, es cómo pagar nuestro bienestar de hoy ajustándolo a nuestras posibilidades reales, acudiendo preferiblemente al mercado en busca de la manera más eficiente y económica. Quienes se posicionan como defensores de ámbitos intocables son esos mismos que miran al Estado, y no al mercado, como única garantía de recuperación. Lo cierto es que quienes así piensan están terriblemente equivocados.

El Estado debe retroceder, también en educación y sanidad, para que la crisis cumpla su función catártica. De otro modo, y bajo la apariencia de estar conservando estas reliquias del "bienestar", estaremos destruyendo la posibilidad de un mejor y mayor bienestar futuro. En cualquier caso, su coste lo pagaremos todos, sea de uno u otro modo. Tomar una decisión valiente y ambiciosa sobre el factor institucional y organizativo, es lo que realmente marcará la diferencia.

@JCHerran

¿Por qué se indignan los indignados?

Se ha llegado al final de un modelo. El actual sistema o modelo de sociedad, el llamado Estado de Bienestar, está llegando a su fin tal y como lo conocemos. La presunción de este sistema es la de proporcionar a toda la población subvenciones de salud, educación, prestaciones de desempleo, pensiones, alimentación, etc., a lo largo de toda su vida. Pues bien, esta pretensión se ha demostrado totalmente inviable.

Esto es así porque es un sistema basado en la deuda y no en la riqueza creada. Es el sistema de la ilusión de riqueza. Pero al final, un sistema que gasta el doble de lo que ingresa colapsa irremediablemente.

Existe una ley económica irrefutable que muchos han descubierto en esta crisis: si gastas más de lo que tienes sistemáticamente estás inherentemente quebrado y suspenderás pagos. Y esta ley se aplica tanto a particulares como a los Estados. Es pura lógica, este modelo de sistema es insostenible y ahora se ha llegado a un límite físico.

Y esto lo han visto hasta los indignados. Han visto que a nivel estatal hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, como se suele decir de los particulares. Han visto que ningún sistema puede sostener (en el sentido amplio de la palabra) a población que no sea activa, que no trabaje, que no aporte nada a la sociedad. Han visto que el intento de prometer el paraíso en la Tierra era una falacia. Han visto que el Jardín del Edén, en la que todo es abundante y nada escaso, no existe. Ni existirá nunca. Nada está dado en el mundo real.

La situación que viene, al menos a medio plazo, es una en la que no existe la manutención estatal. Ya no se va a poder vivir a costa de "Papá Estado". Habrá que salir a la calle todos los días, pero no para reclamar más subvenciones del Estado ni cantar canciones de Mayo del 68, sino para buscar trabajo desesperadamente.

Algo que mucha gente no está acostumbrada a hacer. Quizás el parasitismo sea científica y evolutivamente normal: el ser humano tiende a adaptarse a situaciones que son más fáciles y que le conllevan menos esfuerzo para alcanzar los mismos objetivos. Es la famosa Ley del Mínimo Esfuerzo. Pero las cosas han cambiado: no somos ricos ni lo hemos sido. Toca moverse, sufrir y sudar mucho. Todo ello sin seguridades de ningún tipo. Sólo las que buenamente te puedas asegurar tú mismo. La verdad es que esto no es nuevo, siempre ha sido así. Los últimos tiempos eran simplemente una ilusión. Una borrachera, ni más ni menos. Y ahora toca lidiar con la cirrosis.

Por eso los indignados son un colectivo tan variopinto. Esta formado por todos aquellos que no aceptan esta situación de cambio de modelo. Y lamentablemente, en España, son muchos.

La lucha del Leviatán

Ahora que los ciudadanos europeos ya estábamos disfrutando de la tercera generación de derechos y caminábamos decididos a la conquista de la cuarta generación, han tenido que llegar los Mercados a reclamar lo que les debíamos a aguarnos la juerga. No es extraño que los mercados sean el enémigo número uno del pueblo, son los aguafiestas que ya no prestan dinero para mantener el pan y circo 2.0. al que nos habían acostumbrado. Sin dinero no se puede hacer política, no al menos la que depende de subvencionar toda actividad y prometer a todo ciudadano, desde electricidad barata en cualquier punto de un país hasta garantizar el derecho al paisaje.

Los hechos han arrollado las ilusiones -que no derechos- sociales y por un instinto básico de supervivencia el propio Estado procura racionalizar sus cuentas recortando aquí y allá sin llegar a profundizar en nada. El objetivo de las reformas no es cambiar la forma política sino garantizar su viabilidad. Como párasito que vive de la actividad privada incrementa los impuestos esperando recaudar más sin reparar en que la gallina de los huevos de oro que es el capitalismo dejará de poner huevos en cuanto se sienta acorralada y no quedará riqueza que expoliar. Y cuando la actividad económica deje de producir y por tanto no haya impuestos que recaudar solo quedará desplumar la gallina y comerla.

No obstante, cuando la economía real soporta un exceso de gravámenes en forma de impuestos el ingenio encuentra otros caminos en los que también tiene cabida la picaresca. No hay sector que esté sobrerregulado en el que se den formas alternativas de negocio calificadas como mercado negro. La realidad tiende a salirse de los raíles que marcan los burócratas y encontramos ejemplos de alternativas dentro de la ley no previstas o fuera de la misma que consiguen sobrepasar los límites impuestos. Son las externalidades negativas de las regulaciones las que descuadran las cuentas simples de los políticos que son incapaces de preveer las acciones complejas de los individuos.

Si no fuera por el drama que mucha gente está sufriendo podríamos frivolizar con la clase de política práctica que estamos viviendo. Tras años de expansión y endeudamiento incontrolado asistimos a un teatro inaudito en el que los actores que nos gobiernan intentan enmendar con múltiples medidas las irresponsabilidades perpetradas hasta la fecha. En el intento se acometen reformas contradictorias entre sí con la esperanza de que un cultivo de brotes verdes ofrezca una cosecha abundante que pueda saciar el apetito del monstruo. La lucha del leviatán estatal por su supervivencia no ha hecho mas que empezar; vayan tomando asiento o preparen las maletas, ustedes deciden.

Un diagnóstico erróneo

Así, por ejemplo, resulta evidente que el Plan E de "estímulo económico" puesto en marcha por Zapatero tras el estallido de la crisis fue un gran error, ya que dilapidó miles de millones de euros de dinero público en obras y proyectos del todo inútiles en el peor momento posible, agudizando así el histórico déficit fiscal que presenta España. Pese a ello, muchos fueron entonces los analistas y políticos que aplaudieron tal medida, al considerar –erróneamente– que el desplome del consumo privado debía ser corregido y compensado mediante una mayor expansión del gasto público, tal y como estipula el keynesianismo. Diagnóstico errado, solución equivocada.

El problema es que, pese a que los socialistas ya no están en el poder, el Gobierno del Partido Popular sigue cometiendo errores de base que son claves. El pasado viernes, al fin, el Ejecutivo de Mariano Rajoy se dignó a presentar el anteproyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2012, después de haber retrasado su anuncio de forma innecesaria, irresponsable y contraproducente bajo la esperanza de obtener el poder en Andalucía. Pero más allá de las cifras concretas, lo más relevante es el discurso que subyace en la política económica del PP. Y es que, durante estos días se han reiterado, principalmente, dos argumentos sobre los que justificar tales cuentas: por un lado, la subida del Impuesto de Sociedades y la polémica amnistía fiscal eran la "única alternativa" para no tener que elevar el IVA y, por tanto, dañar el consumo; y, por otro, los recortes de gasto público se han efectuado de forma cuidadosa para no lastrar en exceso el crecimiento económico.

Pues bien, ambos principios, puramente socialdemócratas, demuestran que el Ejecutivo de Rajoy, por desgracia, sigue ignorando cuál es la enfermedad que aqueja a España. El país no necesita más consumo sino menos, al tiempo que las cuentas públicas no lograrán sanearse con leves recortes sino mediante drásticos ajustes en el gasto. La subida del IVA, siendo perjudicial, habría sido, sin duda, un mal menor en comparación con el brutal aumento fiscal aplicado sobre particulares (IRPF) y empresas (Impuesto de Sociedades). España es una de las economías más endeudadas del mundo, está fuertemente sobreapalancada como resultado de una enorme expansión crediticia previa que incentivó grandes errores de inversión empresarial (construcción de hasta 800.000 viviendas al año) y permitió a los españoles –durante un tiempo– vivir muy por encima de sus posibilidades reales, de ahí el abultado déficit por cuenta corriente que, pese a casi cinco años de crisis, sigue existiendo aún hoy.

La crisis no es consecuencia de un desplome del consumo, ése es tan sólo un efecto de la recesión, del inevitable ajuste o correctivo que precisa la economía y, por ello, es erróneo tratar de frenarlo. Para saldar la inmensa deuda acumulada, las familias y las empresas tienen que reducir sus costes –menos consumo e inversión– para poder afrontar los pagos. Es decir, España necesita más ahorro, no más consumo, para amortizar sus deudas, evitar la quiebra y acometer nuevos proyectos rentables, liquidando los inviables, para impulsar así el crecimiento sobre bases sólidas. La subida del IRPF y de Sociedades daña, precisamente, esta salida, pues desincentiva de forma sustancial el ahorro y deteriora la competitividad del tejido empresarial.

Asimismo, recortar sólo algunas partidas para "no dañar el crecimiento", tal y como aseveró Montoro, implica mantener en pie una estructura estatal que, simplemente, España ya no se puede permitir. Además, bajo este mismo argumento se podría afirmar que "incrementar el gasto público favorece el crecimiento", lo cual abriría la puerta de par en par a nuevos planes de "estímulo" como los aplicados por Zapatero. Curiosamente, hace escasas semanas, Rajoy afirmó en el Congreso que lo que realmente le gustaría es contar con 20.000 millones de euros más de gasto "para poder hacer muchas más cosas". Por el contrario, el conjunto del sector público sigue gastando un 24% más de lo que ingresa por vía fiscal y, por tanto, el ajuste presupuestario debe efectuarse sólo por el lado del gasto, independientemente de que el PIB caiga más o menos. La alternativa al ajuste drástico de la estructura estatal es, simplemente, el estancamiento –prolongar la agonía– o la insolvencia soberana.

Así pues, lo realmente grave de los Presupuestos no son las cifras en sí, blandas en materia de gasto y contraproducentes en cuanto a impuestos, sino el discurso teórico que los acompaña. El PP mantiene un diagnóstico erróneo sobre la crisis, y mientras esto siga así sus recetas serán insuficientes y/o equivocadas. 

Él no paga, usted sí

Cautivo y desarmado el ejército zapateresco el así llamado movimiento 15-M alcanza sus últimos objetivos callejeros.

La sucesión de los hechos es la que sigue. Un grupo de entrañables revolucionarios de mayo, es decir, de radicales de extrema izquierda, se ofende por una campaña publicitaria del Metro de Madrid. Dicen que es caro, mucho más que en otras ciudades europeas si comparamos los niveles de renta. Evidentemente esto no cierto. La comparación, para variar, la hicieron mal. Reñidos como están con el dos y dos son cuatro, tomaron la renta per cápita nacional y no la de la Comunidad de Madrid, que es sensiblemente más alta y perfectamente equiparable a la de otras capitales europeas.

Bien, hecha la cuenta del perroflauta (que es como la de la vieja pero incorrecta), burda excusa para liársela a Cristina Cifuentes, nueva delegada del Gobierno en Madrid, se pusieron en marcha; que contar no saben, pero dar la paliza se les da de perlas. Lanzaron entonces la campaña “Yo no pago”, así, con un par, porque ellos lo valen. La operación consistía en algo tan, digamos, convencional, como colarse en el Metro, viejo deporte que todo buen madrileño ha practicado alguna vez en su vida. Con la diferencia de que esa pequeña travesura no la convierte en bandera política y, a ser posible, la practica en la intimidad de un vestíbulo solitario, lejos de las miradas reprobatorias de otros viajeros.

A los animosos jóvenes de la Spanish Revolution, en cambio, les pierde la publicidad y salir en la tele. El día de autos la armaron en las estaciones designadas para la “acción” dotándose de un nutrido aparato gráfico para dejar constancia de la gesta. A falta del Palacio de Invierno no está mal la estación de Callao, o la de Sol, donde, además, después de protestar uno se puede tomar un piscolabis tan ricamente. Como se dieron tanto autobombo, la policía acudió a su encuentro y detuvo a nueve de ellos. Porque, aunque colarse en el Metro sea algo relativamente habitual, no está bien hacerlo y, además, es ilegal.

Era exactamente lo que buscaban. Ya saben, el viejo adagio acción-represión-acción. No importa que la acción sea una tontería infantil y que la “represión” no satisfaga plenamente los sueños húmedos del perroflauta en jefe, poblados de tenebrosos calabozos de la DGS y comisarios fascistas con bigotito que aplican electrodos en salva sea la parte. La historia es simple: unos se cuelan en el Metro, viene un poli y les detiene. ¿Normal, no? Pues eso.

Pero las detenciones eran necesarias, ya que la “represión” es la materia prima que alimenta su fecunda y sublevada imaginación. Al día siguiente tocaba la manifestación de repulsa por las detenciones bajo un lema muy, pero que muy de izquierdas: “si nos tocan a uno, nos tocan a todos”. Obviamente no es así, han “tocado” a nueve, no a todos, y si les han “tocado” ha sido por colarse en el Metro, no por protestar. Parece mentira, pero cosas tan elementales hay que explicarlas.

Pero el fondo de la protesta no era la previsible “represión”, sino los presuntamente abusivos precios del Metro. Dicen que no piensan pagar. Pues bien, la ecuación es sencilla, lo que ellos dejen de pagar lo hará usted, que sí que paga. Cuanta más gente deje de pagar por motivos de conciencia tarifaria, más grande será el agujero en las cuentas de la empresa y más subirán los billetes. Como el Metro no suele ser el transporte habitual de millonarios tipo el Gran Wyoming o Juan Luis Cebrián, sino de la gente de menos recursos, al final la ocurrencia perroflauta la pagarán los pobres, que es algo como muy de progreso. Claro, que la policía podría empezar a hacer su trabajo, que no es otro que velar por el cumplimiento de la ley. En eso parece que están, y que nos dure.

Déficit público: ¿culpa de los ingresos o de los gastos?

O dicho de otro modo, el problema del sector público no es que gaste demasiado, sino que ingrese demasiado poco; en consecuencia, lo que toca ahora no es adelgazarlo, sino crujir un poco más al ya de por sí debilitado sector privado para que sostenga cuanto pueda los despilfarros estatales.

El argumento no es del todo falaz. En efecto, de 2008 a 2009 (año de nuestro máximo déficit público) los ingresos tributarios cayeron en casi 57.000 millones de euros y los gastos aumentaron en 70.000 millones. Dejémoslo, pues, en tablas: tanto lo uno como lo otro explican decisivamente el enorme desequilibrio en nuestro saldo presupuestario.

¿Significa ello que hay que atajar el gasto en la misma medida en que se suben los impuestos? ¡No! La mentira yace en otra parte: durante la burbuja inmobiliaria (2002-2007), la recaudación fiscal aumentó a un ritmo vertiginoso al socaire del propio crecimiento artificial de la economía. Lo prudente en aquel entonces habría sido tomar esos ingresos públicos como lo que eran: regalías extraordinarias y no recurrentes que en ningún caso podían servir de base para consolidar gastos permanentes a largo plazo. Pero no se hizo: no sólo los ingresos aumentaron espectacularmente (un 54% entre 2002 y 2007) durante ese período burbujil, sino que también lo hicieron los gastos (un 45%).

Que sí, que se me dirá que en 2006 tuvimos un superávit del 2% del PIB, mas la realidad es que, como se ha visto luego, ese superávit era demasiado pequeño para absorber la caída de ingresos ulterior. La estampa me recuerda a la de un señor que ganara en la lotería 10 millones de euros y que decidiera elevar sus gastos anuales con carácter permanente hasta los 9 millones de euros: para algunos, tal individuo pasaría por un ser extremadamente austero al lograr amasar el holgado superávit de un millón de euros; para otros, en cambio, sería un completo irresponsable que habría hipotecado su futuro, pues al año siguiente, ayuno de ingresos extraordinarios por lotería, no tendría manera de hacer frente a sus millonarios desembolsos. De hecho, a partir de entonces padecería un déficit de 9 millones de euros aun cuando congelara sus gastos. ¿Diríamos en tal caso que su déficit es consecuencia del aumento de sus gastos tras la crisis (tras no ganar de nuevo la lotería) o de la caída de los ingresos con la crisis? Pues, claro está, sería responsabilidad del aumento permanente de los gastos durante la percepción de sus ingresos extraordinarios.

Lo mismo le sucedió a España: si entre 2002 y 2007 hubiésemos congelado los gastos del Estado, habríamos tenido margen para que, a partir de 2008, actuaran los desestabilizadores automáticos sin generar un colosal déficit. Y, de hecho, aunque en 2006 tuvimos un superávit presupuestario del 2%, el FMI nos informaba por esas fechas de que, en realidad, presentábamos un déficit estructural del 1,2%. A saber, en ningún momento de la década experimentamos un déficit estructural inferior al 1%: las presuntamente superavitarias Administraciones Públicas españolas de mediados de la década pasada habrían incumplido todos los años el laxo criterio aprobado recientemente por Merkel y Sarkozy para limitar el déficit estructural al 0,5% del PIB.

A la postre, no hay que ser un lince para descubrir que los Estados que se encaramaron con más entusiasmo a la ola de gastar a manos llenas conforme los ingresos entraban a carretadas entre 2002 y 2006 son los mismos que ahora presentan problemas de viabilidad: fueron Grecia, Irlanda, Portugal y España los Estados europeos que más aumentaron sus gastos durante ese período. Comparen si no las cifras de crecimiento de los desembolsos públicos (que oscilan entre el 32 y el 60%) con las de la austera Alemania, quien apenas incrementó sus gastos un 2% en seis años:

En definitiva, la Administración española, ahorrar ahorró poco: más bien comprometió su viabilidad financiera futura haciendo explotar los gastos sobre la base de unos endebles e insostenibles niveles de ingresos públicos. La borrachera de la burbuja sacudió a todo el país; también, como no podía ser de otro modo, a los políticos. En este sentido, afirmar que la recaudación tributaria se ha hundido desde 2008 no es un argumento a favor de la subida de impuestos, sino más bien de la reducción del gasto: la marea ha bajado y ha demostrado que el adiposo Estado español se estaba sufragando con unas entradas de caja que eran puro humo. Y por eso, la única salida posible para no estrangular al renqueante sector privado español es reducir con decisión nuestro hipertrofiado gasto público.

El sueño español

Uno de los motores de la historia, a pesar de que el amigo Marx diga que la exclusividad la tiene la lucha de clases, han sido las ambiciones y deseos de una nación, los sueños nacionales que hacen que toda la energía de un pueblo se dirija hacia una meta común, ampliamente compartida por todos los sectores sociales… Desde un emperador a un jornalero, desde un almirante a un grumete.

Energías liberadas que han dado nacimiento a naciones, han creado y destruido imperios, provocado guerras, derrocado gobiernos…

Así, la España Imperial se forjó por el sueño de gloria, de oro, de un pueblo que, recién salido de un larga Reconquista, creía en su destino y que llevó a valientes hidalgos extremeños, a recios marinos vascos, a duros campesinos castellanos, a cruzar los mares y crear una nueva sociedad en tierras americanas…

Dicho sea de paso, los aztecas tenían unos sueños bastante parecidos y, gracias a una serie de razones explicadas por Jared Diamond en Armas, Gérmenes y Acero, este artículo que compongo no está escrito en ‘naualt’.

Y qué decir del Imperio Británico. La Puerta de Bombay aún se yergue como mudo testigo del paso de miles de jóvenes británicos que llegaron a la India a vivir el sueño imperial. Muchos regresaron, pero muchos otros dejaron allí sus huesos, cubiertos por una preciosa casaca roja, en las polvorientas llanuras del Deccán o en las tórridas junglas bengalíes.

Por supuesto, hay sueños nacionales que mejor nunca se hubiesen soñado… El sueño de una Germania "Uber Alles", del "Der morgige Tag ist mein", el sueño nacional socialista que, vendido por un cabo austriaco que se reveló como uno de los más efectivos vendedores de sueños de la historia, acabó con la mayor guerra conocida por la humanidad y con el Holocausto.
 
Como su primo hermano, otro sueño prescindible, el sueño de la sociedad sin clases, de la utopía socialista comunista, sueño que desembocó en unos regímenes totalitarios con más de cien millones de muertos como legado… pero que a diferencia del sueño nazi aún sigue teniendo buena prensa.

Pero no todos los sueños son imperiales, raciales, expansionistas…

Estados Unidos, la nación más rica, libre y poderosa de la historia, fue creada a partir de un sueño, un sueño de libertad, de igualdad, de búsqueda de la felicidad, que, partiendo del Mayflower, fue recogido por los Padres Fundadores en la Declaración de Independencia y sigue vivo en el "American Dream" que hace que miles de emigrantes lleguen cada año a sus puertas, que hace que dos chavales en un garaje creen una revolución informática y que hace que muchos de vosotros hayáis llegado a este artículo a través de una red social creada por un tipo de no acabó la carrera…

Y por supuesto, aquí y ahora, en España, también hemos vivido nuestro propio sueño (en determinadas regiones compartido con otros sueños más cercanos a " El Mañana nos pertenece" nazi).

Pero el nuestro ha sido un sueño cutre, gris, anodino. Hemos vivido el sueño de la mediocridad, de hacer lo justito, el sueño de que teníamos derecho a todo, de que para cualquier problema, reto o exigencia que nos plantease la vida, ahí estaba el Estado para solucionarlo…

En todo, desde la educación para nuestros hijos hasta el ocio que disfrutaríamos, desde la pensión hasta la vivienda, desde nuestro trabajo y nuestro sueldo hasta nuestra salud, pasando por asuntos tan personales como compatibilizar el trabajo y la familia, los españoles hemos soñado con que el Estado nos resolvería la papeleta.

Así, nos iban a dar una casa de protección oficial, con un colegio público cercano para nuestros niños, con un polideportivo también público donde nos darían clases de aerobic o jugaríamos al pádel, con un centro cultural, por supuesto también gratuito, donde veríamos pelis, obras de teatros…y por supuesto un transporte público en la puerta.

Soñábamos con ser funcionarios o tener un trabajo garantizado de por vida, con el "no te pueden echar" o como mínimo con seguros de paro indefinidos. Responsabilidades, ninguna. Objetivos, ninguno… Vivir, ser felices, disfrutar de los amigos…

La democracia era la herramienta para lograrlo. Solo había que votar al político adecuado, al partido correcto y lo teníamos hecho. Ellos proveerían por todas nuestras necesidades…

Pero el sueño se ha acabado, el Sueño Español ha acabado siendo una pesadilla y ahora nos toca volver a la realidad… ¡Feliz 2012!

Tres Palabras Mágicas

"Escuelas, Hospitales y Pensiones", tres palabras mágicas, que al oírlas convierten al español medio en sumiso contribuyente, en pagano obligatorio, pero feliz y esperanzado… Tres palabras que al ser pronunciadas disparan un resorte en la mente del ciudadano que le deja inerte y anula su capacidad crítica.

Porque ¿qué alma desalmada puede estar en contra de que haya más hospitales para nuestros enfermos, más escuelas para los niños, más pensiones para nuestros mayores?

Así, una gran parte del fruto de nuestro trabajo nos es requisado y si por un casual alguien no está de acuerdo, si alguien replica que es su dinero, que es su propiedad, que le ha costado mucho esfuerzo ganarlo, allí están las tres palabras, "Escuelas, Hospitales y Pensiones", que caen como una maza sobre el insolidario discrepante.

Realmente, estos tres elementos, los "Pilares del Estado del Bienestar", se han convertido en una fuerza autónoma, en un ente con vida propia que cada vez crece más, consume más recursos y se desarrolla e hipertrofia por cuestiones absolutamente ajenas a sus funciones originales, educar, curar y mantenerse en la vejez. Tres funciones que puede y de hecho hace la iniciativa privada con mucha mayor eficacia y menor coste que la burocracia estatal. Siempre que le dejan, como bien saben los políticos, especialmente los socialistas, grandes usuarios del sector privado y fervientes defensores del sector público para los demás.

Básicamente, la clave del "Estado del Bienestar", la razón de su existencia, es que constituye la excusa perfecta, "Escuelas, hospitales y pensiones", para que haya dinero público a disposición de los políticos, un dinero que es usado para muchísimas otras cuestiones, desde construir y mantener una red de hoteles de lujo como son los Paradores hasta dar de comer (bastante bien por cierto) a unos artistas afines. Pero, eso sí, con un único y exclusivo fin, mantener sus privilegios y su control sobre la sociedad.

Llegan las elecciones. Y allí están las tres palabras. Todos los políticos "apuestan", con el dinero de los demás, por la educación -"la educación es el futuro"-, por la sanidad -"es un derecho de todos"-, por las pensiones -"que estarán garantizadas"-.

Hablan de que incluso en estos tiempos de crisis harán "esfuerzos inversores" en estos tres sectores y se arrojarán a la cabeza unos a otros la palabra prohibida "recortes" ante una opinión pública hipnotizada por las tres palabras mágicas.

"Escuelas, hospitales y pensiones"… Prueben a discutir con un progre sobre límites del estado, sobre libertad individual, sobre déficit público y ya verán cuánto tardan en aparecer, como un mantra, las tres palabras mágicas…

Una ocasión para la caída de “lo social”

La crisis financiera de los estados es una ocasión para los liberales. Es cierto que la inercia de una opinión pública parcialmente favorable a la restitución de las competencias políticas sobre la crisis económica sigue actuando con cierta fuerza, pero es aún más cierto que los discursos emitidos en 2009 acerca de que la crisis de las entidades financieras habrían de iniciar una etapa de suspensión de la iniciativa de los mercados (Rodrigo Rato dixit) ha dejado paso a que la actual, relativa a las finanzas de los gobiernos, suspendan la suspensión. Lo más tóxico, ahora, es la deuda soberana. Esa misma deuda que era la solución es el mayor de los problemas.

La única alternativa a todo ello es la restitución de una franja, más amplia aún que la preexistente, de libre mercado, pues, aunque se vea como provisional, se sabe bien que si la creación de riqueza se obtura, no quedará estado que la succione ni, por tanto, subvenciones que sostengan el falso mito de "lo social".

Puede que se vea como lamentable y provisional esta situación, esta necesidad imperiosa e ineludible de reducir el tamaño de las administraciones. Sin duda la opinión pública, hoy difusamente partidaria de poner fin a los dispendios, será mayoritariamente propensa a exigir nuevas políticas de gasto público para volver a financiar la vida loca disfrutada en la década precedente. Pero esta dosis de realismo a la que nadie puede ya escaparse favorece la intrepidez política de quienes conservan todavía algún ideal liberal.

Pero sí es cierto que nada es seguro y no hay garantías de que un mínimo repunte del PIB en cualquier economía no genere una recaudación fiscal y un incremento en la penuria deudora que libere la imaginación delirante de que se puede volver a gastar. Por eso es determinante la capacidad de los políticos que supuestamente renovarán la dirección de las políticas públicas para exponer sin complejos la verdad. Y si no tienen esa valentía aún queda el recurso de que desde instancias supranacionales les hagan percibirla. Incluso culpar a éstas de la reducción del Estado del Bienestar llega a ser positivo para una adecuada pedagogía a favor de los mercados.

Ninguna reforma constitucional puede sustituir a la voluntad política de dar una oportunidad a la sociedad abierta de restituir su crecimiento económico. Lo importante es saber que este "parque temático" en que Europa se está convirtiendo (como José Borrell, en el único alarde de lucidez que se le conoce, dijo) sólo se sostiene decentemente si la economía más productiva de Europa, la alemana, sigue manteniéndolo. El problema para los socialistas de todos los partidos es que Alemania considera un lastre, por fin, esta situación. Es más, aunque han puesto ya amplios sectores de su opinión pública la necesidad de dejar de pagar a los improductivos de Europa, lo más crudo para éstos está aún por llegar.

De todo observador avispado es sabido que una buena parte de los gastos del Estado alemán está, aún hoy, subvenido indirectamente por los Estados Unidos. No solamente en forma de apoyo financiero a los rescates bancarios y soberanos europeos, sino por la simple geopolítica. Alemania puede hacer que su innegable productividad mantenga la improductiva maquinaria "social" de sus vecinos por la simple razón de que su protección militar disuasoria frente al eterno enemigo del este, Rusia, está esencialmente cargada al presupuesto norteamericano. Alemania ha podido financiar el sueño europeo porque los intereses geopolíticos siguen haciendo necesario que los EEUU mantengan un poderoso ejército en la locomotora económica continental. Y no es en absoluto seguro que el amigo norteamericano vaya a poder sufragar sus gastos militares al nivel actual.

Sean cuales sean las razones (crisis de las deudas soberanas y/o capacidad estadounidense para sufragar la seguridad alemana y, por ende, europea) el realismo se impone. Es aquí donde los liberales pueden hacer pedagogía. Unas reformas en la buena dirección pueden reactivar los mercados. Un renovado vigor de éstos puede mostrar que las fiestas siempre hay que pagarlas y que menos fiesta significa mayor bienestar.