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Etiqueta: Enemigos de la libertad

Sociales a fuer de socialistas

Discrepo del presidente, aunque por poco. Los presupuestos de 2010 contemplan una previsiones de subsidios de desempleo de 30.900 millones de euros frente a los escuálidos 30.400 millones de los del próximo ejercicio. Dado que, como ya ha comenzado a descubrir el Wall Street Journal, la única política social que contempla el socialismo es la de impedir la creación de riqueza para luego disponer de una excusa con la que saquear a las clases productivas en nombre de los desarrapados a quienes impide prosperar (tó pa’l pueblo), por esta vía no cabe concluir que los presupuestos de 2011 sean más sociales que los actuales: la asignación anual a las clases que el Estado impide ser productivas se mantiene en máximos históricos pero no aumenta… al menos sobre el papel.

En cambio, sí creo que existe un motivo por el que cabría calificar a estos presupuestos como los más sociales de nuestra historia, pues tienen el honor de ser las cuentas públicas que hasta el momento más fielmente reflejan el coste de todas las previas juergas antisociales que se corrió Zapatero a nuestra costa. Vean si no el resultado de toda una legislatura de gastar más de lo que se ingresaba y de ingresar más de lo que la economía privada podía permitirse.

En 2011 destinaremos más de 45.000 millones de euros simplemente a pagar parte de los intereses y de la deuda que hemos acumulado hasta la fecha. ¿Son 45.000 millones mucho dinero? Bueno, valórelo usted mismo: 45.000 millones de euros es el 22% de todo el gasto del Estado y equivale aproximadamente a toda la recaudación por IVA y Sociedades en 2009. Pero mi dato preferido, por aterrador, es éste: el 40% de toda la recaudación prevista para 2011 –una recaudación bastante inflada por absurdas previsiones de crecimiento, por cierto– se la comerán nuestros gastos financieros.

Ésta es la herencia social que nos lega el PSOE: una montaña de deuda que, debido a su persistente déficit público, no deja de crecer y de volverse más inasumiblemente gravosa. No es difícil adivinar a dónde llegaremos de continuar por la senda social y socialista de ZP: a trabajar únicamente para devolverles el dinero a los inversores que se lo prestaron a Zapatero para que éste lo gastara en tonterías como el Plan E o en negarse a aprobar una reforma laboral de verdad. Ya pueden ir preparando sus bolsillos, los muy sociales socialistas están aquí con la factura.

¡Manos arriba! Soy ZP

Nos van a freír a impuestos, así de simple y así de trágico. Las cajas tienen claro que el Gobierno no podrá cumplir su compromiso de recortar el déficit público sin aplicar un brutal saqueo fiscal a todos los contribuyentes, sin distinción. ¿Más IVA, más IRPF, Sociedades quizás? Quién sabe con qué nos sorprenderá en el futuro este Ejecutivo de ineptos e irresponsables.

La cuestión es que todo apunta a que los socialistas están dispuestos a vaciar, aún más, las carteras de los españoles con el fin de engordar las ahora deterioradas arcas públicas. El problema es que España, tanto el sector privado como el público, ha vivido muy por encima de sus posibilidades durante los años de burbuja crediticia, alimentada al calor de los bajos tipos de interés dictados por la banca central. Sin embargo, en un alarde de chulería, propio de un inconsciente desconocedor de su ignorancia supina, Zapatero hizo lo peor que podía hacer. A saber, ponerse al timón de la economía para, siguiendo las recomendaciones de su ejército de keynesianos, apretar el botón del gasto público y el despilfarro para salir de la crisis.

¿Resultado? En lugar de registrar un déficit público próximo al 5% del PIB en 2009, el Gobierno lo disparó hasta el 11,2%. Ahora, toca reducir el desajuste ya que, en caso contrario, peligra el aval ofrecido por Bruselas (léase Alemania y Francia, nuestros acreedores) y el Fondo Monetario Internacional (léase Estados Unidos) para evitar la quiebra del país. Todo un éxito el plan del presidente, ¿no creen?

El problema es que se trata de un esfuerzo presupuestario histórico. Una reducción tan grande de la brecha fiscal carece de precedentes en la historia reciente de España. El ajuste, sin embargo, es posible, tal y como hemos demostrado aquí y aquí, pero el problema es que su ejecución dependerá de la voluntad política de Moncloa. Pese al recorte de gasto anunciado –del todo insuficiente–, la actual casta política ha demostrado sobradamente que su intención, lejos de apretarse el cinturón hasta quedarse sin cintura si es necesario, discurre por otros derroteros muy diferentes. Así, al mínimo atisbo de calma en el mercado de deuda pública, al Gobierno le ha faltado tiempo para dar marcha atrás a algunas medidas de contención fundamentales, tales como la prohibición de endeudamiento municipal o el recorte en infraestructuras –muchas de las cuales son innecesarias.

Este comportamiento evidencia que el Ejecutivo confía en que la recuperación económica y la "leve" subida de impuestos se materialicen en un aumento sustancial de la recaudación. Pero, ¿y si la recuperación no llega?, ¿Y si los ingresos son menores de lo previsto? En tal caso, la brecha seguirá abierta y el tiempo para curar la herida antes de que se infecte será inferior. ¿Será entonces Zapatero capaz de llevar a cabo el mayor recorte de gasto público de la España contemporánea?; ¿cerrará el grifo de la financiación a comunidades autónomas y ayuntamientos?; ¿privatizará servicios?; ¿cerrará empresas y organismos públicos? En definitiva, ¿impondrá una política de férrea austeridad en una estructura estatal sobredimensionada y acostumbrada a las vacas gordas de tiempos pasados? Sinceramente, lo dudo.

Zapatero optará por la vía fácil, la que tiene más a mano y la que, sin duda, le reportará un menor castigo electoral. Lo que menos importa al presidente es freír a impuestos a los españoles y sus nefastas consecuencias sobre la economía nacional. Así pues, ¡manos arriba!, Zapatero sigue vivo (políticamente) y no dudará en apretar esta vez el botón del expolio fiscal con tal de mantener el poder. Esto sí que merece una huelga, pero no laboral, sino tributaria

El gratis total no existe

…y sin mirar atrás ya que, en realidad, lo que dicho sujeto está anunciando es su voluntad inequívoca de robarle, aún más, a usted y a su familia. La provisión de bienes y servicios gratuitos que, en teoría, garantiza el Estado de Bienestar es el gran camelo del siglo XX. Una inteligente y cruel farsa orquestada por los poderes públicos para acrecentar su capacidad de influencia e intervención en detrimento, siempre y en todo lugar, de las libertades y riqueza de los individuos.

El gratis total no existe. La sanidad, la educación, la pensión o el subsidio de desempleo que tanto se esmera en proclamar el gobierno paternalista de turno bajo la cortina de "derechos sociales" son, efectivamente, grandes logros y conquistas, sí, pero del poder político. Todo tiene un precio, la Seguridad Social también, sólo que éste resulta prohibitivo, enormemente costoso y altamente ineficiente en manos del Estado. No obstante, la financiación de tales servicios acapara, de media, más del 30% de su salario bruto anual.

Así pues, este robo institucionalizado no sólo le restará riqueza (pagará impuestos quiera o no quiera y utilice o no dichos servicios) sino que, al efectuarse de forma coactiva y obligatoria, limitará en gran medida su capacidad de elección, ya que contará con menos recursos disponibles para contratar libremente los productos ideados por el mercado para tal fin, de precio muy inferior y calidad muy superior a los que impone la Administración.

Dicho de otro modo, todo político insiste en que trabajará para mejorar los servicios públicos, pero eso sí, ocultándole de forma maniquea que dicho esfuerzo adicional saldrá, igualmente, de su bolsillo (ya sea subiendo impuestos o aumentando la deuda pública) y a un coste muy superior al que ofertan los empresarios. En España se pueden contratar seguros médicos con amplias coberturas desde 30 euros al mes, al igual que planes de pensiones privados o seguros de desempleo (aunque éste último es un servicio relativamente reciente y poco generalizado). Por el contrario, la Seguridad Social (incluyendo la cuota que paga el empresario) cuesta cerca de 9.000 euros anuales a un trabajador de salario medio. Quiera o no quiera, insisto.

El desarrollo de las mutuas, pensiones y seguros privados son previos al Estado de Bienestar moderno, y surgieron de forma natural en el contexto del libre mercado para cubrir una determinada demanda hasta entonces insatisfecha, como es el caso de la cobertura de accidentes, enfermedades, muerte o vejez. Así, por ejemplo, las cofradías de pescadores se organizaron de forma espontánea, libre y voluntaria con el fin de ofrecer cobertura médica y pensión a estos trabajadores y a sus familiares (mujer e hijos) en caso de accidente o fallecimiento.

Sin embargo, el Estado pronto se percató a la perfección de la siguiente máxima: que para crecer y engordar financieramente debía ofrecer algo a cambio ya que, en caso contrario, sería percibido, muy acertadamente, como un ente cuya única finalidad es medrar a costa del trabajo y esfuerzo de los demás, tal y como aconteció en el Antiguo Régimen. Fue entonces cuando surgió la palabra mágica: Seguridad Social o, lo que es lo mismo, la provisión de servicios públicos destinados a contrarrestar la incertidumbre, una característica innata del ser humano. 

El canciller de Alemania, Otto von Bismarck, concibió el sistema de Seguridad Social a finales del siglo XIX y, desde entonces, la sombra del Estado no ha dejado de crecer. El éxito de este engaño masivo ha supuesto, sin duda, un gran fracaso para la libertad individual.

La España invertebrada

Los nacionalismos vasco y catalán son hoy la más grave amenaza para el estado social español tal y como lo conocemos. Esto, que podría ser una buena noticia para la libertad, es, sin embargo, un abierto desafío a la pervivencia de la unidad política de los españoles, y lo que es fundamental, un peligro para sus libertades. La presión nacionalista encarna los peores rasgos del estatismo contemporáneo.

El estado del bienestar español se basa en la redistribución de la renta intraterritorial, que pervive a pesar del reconocimiento de la autonomía política y financiera a las regiones que lo componen. El caso del País Vasco y Navarra es singular, dado que su contribución al sistema general de redistribución es prácticamente nula. Semejante excepción no ha representando un obstáculo insalvable que impidiera constituir un estado social sobre el resto de territorios. Sin embargo, la aspiración catalana de obtener un estatus similar al vasco o al navarro compromete hoy más de 30 años de dependencia interregional cuya continuidad resulta imposible sin la “aportación” que desde Cataluña se hace a la redistribución centralizada.

España no es un país homogéneo. La dependencia se concentra en unas regiones, del mismo modo que la mayor riqueza se halla en otras. El artilugio conocido como “balanza fiscal” responde a una realidad innegable, puesto que estableciendo fronteras y calculando de manera agregada lo que un territorio aporta o recibe, resulta evidente el desequilibrio. Sin Cataluña aportando a la caja común, España no podría garantizar la redistribución actual, despareciendo no sólo el estado del bienestar en cuanto a las competencias centralizadas, sino también los subestados sociales en que se han querido convertir todas las autonomías.

El catalanismo no aspira a que desaparezca el expolio y la reasignación en su territorio. Lo que pretende es consolidar un estado del bienestar íntegramente catalán, donde toda la recaudación revierta en políticas de gasto decididas en Cataluña, y para los que allí residan. Los vecinos de los barrios pudientes o las clases medias catalanas seguirían siendo expoliados para mantener una red interna de dependencia entre otros conciudadanos con menos recursos. La diferencia es que los impuestos recaudados por la Generalitat dejarían de ir a parar a Andalucía, Galicia o Extremadura, para concentrarse en Tarragona, Hospitalet o Sabadell.

España no tiene otra salida que desmontar su propio estado del bienestar y tratar que las regiones dependientes dejen de serlo, bien mediante el recorte de prestaciones, bien a través de su desarrollo económico. Como lo segundo no ha funcionado, parece inevitable que andaluces o gallegos se preparen para renunciar a esa recepción de riqueza que hoy sostiene artificialmente sus respectivos sistemas de dependencia social. Si Cataluña acaba como el País Vasco o Navarra, ni el Estado central tendrá capacidad para afrontar tales prestaciones por sí mismo, ni el sistema de vertebración nacional podrá garantizar la redistribución de unas regiones a otras.

Esta situación resulta inviable, y muy tendente a generar violencia interregional. El catalanismo pretende evadir los actuales costes del estado social español, pero mantener como hasta ahora los mercados internos de los que vive, mayoritariamente, su industria. Esto es lo que llevan haciendo más de 30 años vascos y navarros, pero lo cierto es que cuando tal situación comenzó a darse, ni el estado social tenía las dimensiones que hoy tiene, ni existían estructuras de poder autonómico tan definidas como hoy. Quizá la Constitución de 1978 tendría que haber reconocido a Cataluña el mismo estatus que a los territorios forales, pero lo cierto es que este reconocimiento habría hecho imposible el desarrollo ulterior de todo el Estado autonómico tal y como hoy lo conocemos (lo cual nos podría haber ahorrado muchos problemas).

El Título VIII de la CE-1978, en concurso con la Disposición Transitoria Segunda, ha sido la fuente de todos los desajustes. Pero no en el sentido de reconocer el acceso directo a la máxima autonomía a aquellos territorios que hubieran plebiscitado afirmativamente un Estatuto en época republicana y que contasen con regímenes provisionales de autonomía previos a la Constitución, sino en el subterfugio creado por el artículo 151.1, por el que Andalucía pudo acceder (no sin irregularidades) a la máxima autonomía prevista en el 148.2. Desde ese momento el modelo autonómico dejó de ser útil para satisfacer las legítimas demandas del regionalismo vasco y catalán y pasó a convertirse en un instrumento de descomposición de la Nación española, además de la coartada para construir un estado del bienestar manifiestamente incompatible con el espíritu autonomista del texto constitucional.

En 1978 se presentó un modelo virtuoso que parecía capaz de reafirmar la unidad de España, reconocer derechos históricos, autonomía en un grado inaudito en cualquier sistema político del mundo, y a la vez ser el origen de un Estado intervencionista y de bienestar de corte europeo. La cuadratura se hizo imposible, como se ha visto, desde el momento en que una región dependiente, nada menos que la más poblada de España, se colocó al mismo nivel de autonomía política que Cataluña y País Vasco, regiones ricas y mucho más prósperas. La anomalía catalana o el privilegio vasco hicieron que Cataluña se convirtiera en una autonomía de primer rango, pero avocada a contribuir como la que más a las aventuras socialdemócratas, no sólo del Estado central, sino de las autonomías más precarias que, siguiendo la estela andaluza, también quisieron su parte del pastel.

Aun a pesar de todo lo anterior, el catalanismo no puede luchar contra 30 años de desarrollo autonómico, tampoco puede practicar el victimismo en soledad, puesto que en el Régimen común existen otras regiones que sufren, incluso con mayor intensidad, la pesada carga de la redistribución interterritorial (por ejemplo, Madrid). Lo peligroso y problemático es que España se ha definido como eso: una garantía de dependencia. Podría haberse consolidado como un espacio de encuentro, un mercado común o una realidad provechosa para todos los españoles sin distinción, pero no se quiso que así fuera.

La perversión política a la que aspira el catalanismo podría resumirse en la actual posición de los diputados y senadores procedentes de las provincias vascas o navarras: con independencia fiscal o en otras muchas materias, se integran, participan y votan en el seno de unas cámaras que deciden sobre cuestiones que no les atañen. El mercadeo político se hace insoportable, sobre todo en lo que a revisiones fiscales o presupuestarias se refiere. Cataluña pretende ahondar en ese desequilibrio. Si se cumplieran las previsiones de su actual Estatuto, los diputados y senadores catalanes se convertirían en fuerzas ajenas pero determinantes en cuestiones que ya no les concernirían directamente. La alternativa que hoy plantea el catalanismo, en términos estrictamente políticos y de modelo de Estado, resulta inviable e inaceptable por el resto de España.

O se presentan otras opciones o el modelo seguirá encallado durante años, aumentando los niveles de crispación o la excitación particularista. La España federal, como salida a este desaguisado, no puede comenzar con un abandono unilateral de Cataluña del sistema común, sino con la iniciativa y el esfuerzo de quienes así lo pretendieran por presentar un modelo general e integrador, capaz de propiciar una nueva realidad política, menos intervencionista, menos interdependiente en términos de redistribución, y mucho más proclive a la libertad de sus ciudadanos en mercados amplios, dinámicos y competitivos. Si Cataluña quiere más autonomía, incluso la independencia fiscal, no puede seguir enconándose en el intervencionismo de puertas para dentro, y hostigando al resto de España sin ofrecer una actitud mucho más liberal y modernizadora.

El liberalismo defiende el autogobierno, pero no resulta convincente, y mucho menos coherente, cuando, dejándose llevar por la visceralidad, confunde los objetivos y antepone una presunta conquista colectiva e histórica a la efectiva consecución de mayor libertad individual, dentro de sistemas políticos pacíficos y sostenibles. No se debe combatir al socialismo con más socialismo, o al Estado con una alternativa incluso más estatista que aquella que criticamos. Y esto es lo más triste, porque ni siquiera los catalanistas que dicen ser liberales son capaces de identificar y ordenar sus propias convicciones con aquello que exclusivamente son meros sentimientos colectivistas.

Realidad contra ideología

Asistimos atónitos no al fin de las ideologías pero sí al desmoronamiento del pensamiento hegemónico del Estado total del Bienestar. Las diferentes burbujas han ido explotado como si se hubiesen estrellado contra la cama de un faquir, y la burbuja estatal no iba a ser una excepción.

Si bien es cierto que mientras que el mercado y la libre información han permitido purgar las malas decisiones empresariales, la reacción del aparato estatal se ha resistido hasta el último momento a ajustar el cinturón que a todos nos aprieta.

El Estado concebido como ese gran Leviatán mecanicista tiene sus tiempos y un fin primordial que se antepone a cualquier objetivo: su supervivencia. En eso, se asemeja a un ser vivo y antes de caer y desmoronarse por pura ineficiencia busca la forma de perpetuarse. Ni presiones internacionales ni ejercicios de responsabilidad sobrevenidos de la clase política. De hecho, ahora se están dedicado a poner en práctica lo que mejor saben hacer, mantener el poder. Y en esa maniobra nos salvarán de la quiebra y de caer en el abismo. 

No sabemos hasta dónde llegaran los ajustes en la administración pero los primeros pasos apuntan en la buena dirección y aunque se podría haber elegido el camino del populismo y la pauperización somos afortunados, el país no parece haberse echado al monte a golpe de cacerola sino que ha asumido los pecados colectivos y está dispuesto a redimirlos con resignación. Tampoco podemos lanzar las campanas al vuelo pues la senda de la demagogia nunca desaparecerá y es un camino recto y fácil que desemboca en la miseria igualmente distribuida entre todos los miembros de la sociedad.

Por el momento, la realidad se ha terminado imponiendo a las ilusiones y espejismos que se habían diseminado desde la ideología del Estado que todo lo puede, las "ayudas" indiscriminadas y universales son insostenibles para los hombros de los contribuyentes en una economía que intenta ser productiva y dinámica. Continuar aumentando la presión fiscal sin disminuir el gasto terminaría dejando exhausta a la gallina de los huevos de oro, ese difícil equilibrio que Europa ha conseguido al permitir un libre mercado tutelado por el Estado gravado con unos impuestos que no hagan inviable la supervivencia empresarial.

De la necesidad virtud, con lo que al final hemos terminado viendo como los defensores del credo estatista empezaban a podar la enredadera de la burocracia y el gasto del dinero de los contribuyentes sin más límite que el del bien común, lo que equivale a decir a lo que beneficia a la clase dirigente. La crisis nos ahorrará muchos gastos y obras innecesarias programadas que ya nunca se llegarán a realizar. Aunque sea a regañadientes, y mucho más tarde de lo que se debería, se sanearán las cuentas permitiendo que el ahorro pueda ajustarse a las necesidades reales del mercado y no a las imaginadas en los despachos de los políticos.

Pero la Humanidad no es estática y el fin de la Historia nunca llegará, se creyó que con la caída del muro y del comunismo las utopías no volverían a desafiar la realidad con metas inalcanzables pero cuando no se habían terminado de derrumbar ya se estaban erigiendo sobre sus escombros las ideas que proveerían al progresismo de bazas con las que ilusionar a unos votantes siempre deseosos de sustituir su confianza en el paraíso del más allá con el de más de acá, mucho más próximo y, por tanto, enfervorizante.

Ahora más que nunca es el ocasión perfecta para dar la batalla de las ideas. El socialismo, además de un  error intelectual, siempre conlleva la ruina y es por ello que debería aprovecharse este momento de baño de realidad generalizada para sustituir semejante ideología dominante en el pensamiento de nuestra época por otra que se ajuste a la realidad de la lógica de la acción humana.

El festín de nuestro Leviatán

Añade el ministro del Interior que los españoles "son gente trabajadora" que "cuando tiene que hacer sacrificios los saben hacer" y que es "rotundamente falso" que el Gobierno haya sacrificado su política social" dado que gasta 200.000 millones de euros entre sanidad, educación y pensiones, otros 17.000 en desempleo y 5.000 en dependencia.           

La verdad es que los comentarios de Rubalcaba no tienen desperdicio. Si España es un país serio o no será una cuestión bastante subjetiva que en todo caso determinarán quienes no forman parte del conjunto de los españoles a través de la imagen que se forman de nuestro país. Pero el juego de palabras intenta plantear al público (los españoles) la idea de que alguien duda de la seriedad y del crédito que tenemos los ciudadanos españoles. En realidad, esa no es la cuestión. El Gobierno ha incurrido en un déficit público superior al 10% del PIB y la duda de los inversores internacionales es si esta política manirrota del Ejecutivo puede sostenerse. En especial, los inversores extranjeros se preguntan si este Gobierno o los que le sigan serán capaces de cumplir con unos durísimos compromisos en el marco de una economía desequilibrada y rígida por exceso de intervencionismo en la que el crecimiento sostenido no se prevé en el medio plazo. En otras palabras, los compradores potenciales de bonos se preguntan si el Gobierno no estará ahogando a los españoles, esos a los que tendrá que sacarles el jugo impositivo para pagar las deudas a las que se ha comprometido en su nombre. La honorabilidad que está en juego es la del Ejecutivo. En el pasado ha habido gobiernos españoles que se la han jugado a los inversores suspendiendo pagos o devaluando la moneda. Lo segundo ya no es posible pero lo primero está por ver.

Rubalcaba pasa de la demagogia a la provocación en un abrir y cerrar de ojos. ¿En qué sentido los españoles somos gente trabajadora cuando un 20% de la población se encuentra en paro? Los más de cuatro millones de desempleados deberían explicarle a este señor que la humanidad está compuesta de gente trabajadora. El problema es que en unos pocos países una inmensa minoría compuesta por millones de personas no pueden trabajar por culpa de las absurdas rigideces defendidas por gobiernos como el de Zapatero y trabas establecidas por los lobbies sindicales y patronales. Claro que lo de que "sabemos hacer sacrificios cuando tenemos que hacerlos" ya es de traca. Los españoles estaban realizando el sacrificio que supone apretarse el cinturón dejando de consumir y ahorrando mucho más. Pero en esto llegó el Gobierno de ZP y se lo desabrochó al empezar a gastar en todo tipo de asuntos absurdos tirando el dinero bueno detrás del malo. De esta manera, lo que podía haber sido el comienzo de la solución a la crisis económica no sirvió de mucho porque el Gobierno se fundía todo lo que ahorrábamos y los bancos compraban deuda española en vez de prestar los ahorros a los proyectos empresariales sólidos con necesidad de refinanciación.

Para ponerle una guinda a este pastel empalagoso pastel, Rubalcada niega que el Gobierno haya sacrificado su política y lo justifica argumentando que sigue sacando muchos millones de euros del bolsillo de unos para meterlo en el bolsillo de otros. Por ahora sí han tenido que traicionar su políticas (a)sociales. Pero lo que dice Rubalcaba apunta a lo que pretenden hacer mediante una nueva tanda de medidas anticrisis: que los recortes en el gasto vengan ahora acompañados de nuevas subidas impositivas que den al Estado el espacio perdido y aún más. Como dice Robert Higgs, las crisis económicas y militares son el alimento que más hace crecer al Estado. De nosotros depende que esta vez el festín se le indigeste a nuestro Leviatán.

El ciudadano descapitalizado contra la crisis

…y que los votantes nos han elegido para que les dirijamos y les cobremos un montón de dinero por ello.

Tenemos una crisis como pocas encima y hemos de solucionarla. Como nos acaban de poner en el cargo y no tenemos ni idea de qué hacer, recurrimos a cosas cotidianas que conocemos. Somos padres de familia que debemos al banco mucho dinero (igual que España). Como tenemos un perfil de riesgo alto, nos piden más garantías para nuevos créditos (igual que le ocurre a la deuda española). Además, padre y madre están en paro. El niño no está en edad laboral. La única que trabaja es la niña. Es el único foco por donde entra el dinero a la familia (la gama entera de la clase media).

Uno de los progenitores gestiona con mano de hierro la economía doméstica. Los créditos que pide son para tapar deudas anteriores (igualito que el Gobierno de España). Esto no añade producción, sino que lo empeora todo. Nuestro hijo (que no puede trabajar por tener menos de 16 años), no para de quejarse de su bajo nivel de vida. No se puede dedicar holgadamente a sus aficiones, como hacer teatro y tocar la guitarra en el parque. Para no oír cada día las quejas del nene, el gestor de la familia obliga a la hija (la única que trabaja) a que le dé una "pensión mínima" a su hermano para que haga el holgazán todo el día (como hacen los lobbies rentistas del Estado, tales como actores, amigos de políticos, ecologistas, etc.). Uno de los padres, que está en paro, reclama más dinero para mantener su nivel de vida y una vez tras otra rechaza trabajos por "no ser dignos". El otro progenitor, el que dirige la economía familiar, obliga a la hija a que le pague las entradas del fútbol, las cervezas, los viajes que se pega los fines de semana, las salidas que monta… incluso le pide más dinero para invitar a sus amigos cuando se va a cenar fuera (como hace España con el dinero que regala a Venezuela, Cuba, dictadores africanos, Alianza de Civilizaciones, etc.).

A esta situación, algunos le llaman Estado del Bienestar (familiar, en este caso). Los economistas le llamamos estado de ruina inminente. ¿Cómo cree que se siente la hija? La crisis se refuerza y el responsable de la gestión doméstica obliga a su descendiente a dar más dinero a la familia en concepto de "solidaridad", quedándose ella sin nada para sus quehaceres diarios (situación en la que está ahora la clase media). Incluso el gestor se inventa una serie de normas con multas asociadas. Si llegas tarde a casa, te multo por romper la estructura de la familia y barbaridades así (las multas están tomando una parte destacable en la financiación de las administraciones locales).

Esta chica va odiar a su familia. A la mínima que pueda, o le pongan más restricciones, abandona a los tiranos con los que malvive.

Esta es la situación que se produce ahora en España. De forma institucional, el Gobierno y las administraciones locales han empezado una campaña de acoso y derribo contra los ricos. También afectará a las clases medias e incluso a las bajas con subidas de IVA, IRPF, carburantes, etc. Los ricos van a hacer lo mismo que la hija maltratada de la historia. Se irán, o al menos lo hará su dinero. La clase media que no se puedan ir, pasará a clase pobre.

Una crisis económica –ya sea familiar, empresarial o de una nación– no se arregla matando a la gallina de los huevos de oro, ni creando chivos expiatorios, ni asumiendo el rol de dictador de la producción. Se arregla dando libertad a los que trabajan para que produzcan más, suprimiendo de forma drástica el Estado y diciendo claramente a los parásitos y vividores que el rentismo estatal sólo lleva a la ruina de todos. No es difícil de entender. Hemos de crear producción y capital. Un distribuidor de rentas que sólo sabe malgastar no puede producir la riqueza que necesita el país. Esa es la responsabilidad del ciudadano –del mercado– trabajando. Y el trabajo sólo se desarrolla sin tributos para el señor feudal.

Los socialistas y resto de vagos institucionales odian que alguien destaque, ofrezca en el mercado aquello que la gente quiere y, muy especialmente, que todos se relacionen voluntariamente. Por eso a los socialistas les encantan los impuestos. Es una medida de fuerza y coacción para saquear legalmente a la gente productiva. Con medidas tan absurdas como poner multas por todo, crear barreras al trabajo, al comercio, subir impuestos a ricos, a los no tan ricos y a todos en definitiva, este país está condenado a su fracaso. Un ciudadano descapitalizado es un país en ruina. Si no es de la SGAE, político, miembro de un lobby o actor, vaya pensando en emigrar. Aquí no le espera ningún futuro.

Los ricos somos nosotros

Esos ricos… si por fin consiguiésemos encontrar a ese político valiente, justo, solidario; a ese elegido que fuese capaz de quitar a los ricos esas riquezas que han atesorado y repartirlas entre el pueblo, viviríamos felices, con todas nuestras necesidades cubiertas…

Y todo, repito todo,  sería gratis. La educación, la sanidad, la cultura, el deporte…Todo. El gobierno, con el dinero que quitaría a los ricos, nos daría al resto todo tipo de  “ayudas”, cheques bebe, cheques de emancipación, subvenciones de viaje, becas, créditos sin interés para montar negocios, negocios que nunca quebrarían pues siempre podrían contar con el respaldo del estado…

Se crearían empresas en las cuales no se pudiese echar a nadie, con los puestos de trabajo garantizados de por vida. Pero el dinero de los ricos no solo ayudaría al trabajador. También al empresario. Con el dinero de los ricos se podrían subvencionar todo tipo de actividades que diesen trabajo a las empresas. Y éstas trabajarían para el bien de la sociedad. Desde plantas solares y molino eólicos a coches eléctricos, uno para cada ciudadano, lo que haga falta para combatir el cambio climático.

En los colegios, un ordenador para cada niño, clases multimedia con todo tipo de avances tecnológicos para preparar a los más jóvenes para la universidad, por supuesto gratuita, en la que aprenderían a ser médicos, ingenieros, arquitectos o licenciados en estudios de genero… o, si lo prefieren, artistas, liberados sindicales, animadores culturales, perroflautas o técnicos en medio ambiente. Que estudien lo que quieran, o que no estudien, pues con el dinero de los ricos tendrían garantizado un sueldo digno… y una vivienda social.

Unos servicios médicos de primer nivel, sin colas, sin esperas, por supuesto sin copago, en los cuales nos sentiríamos todos como reyes (sin necesidad de que nos cambiasen el logo de las sábanas).

Unos medios de comunicación generosamente subvencionados, que no dependiesen ni del dinero de los anunciantes, ni de la dictadura de la audiencia. Información social, solidaria.

Y por supuesto se acabaría con la pobreza y la explotación en el tercer mundo. Con el dinero de los ricos innumerables, las ONG podrían desarrollar miles de programas de ayuda, con nuestros jóvenes solidarios visitando países exóticos, construyendo escuelas, hospitales, dando conciertos solidarios, construyendo ese “otro mundo posible”…

Es fácil. El paraíso está la vuelta de la esquina. Solo hay que quitar el dinero a los ricos, a los que más tienen…

Pero hay un problema.

Los ricos somos nosotros, todos y cada uno de nosotros. Es nuestro dinero el que nos están quitando…

Y en el momento que se acabe, se acabó la fiesta.

ZP es un caballero Jedi

Y vaya si lo trae, como que se carga a todos sus colegas de trabajo. A nivel político y económico, tal vez acabamos de asistir a lo mismo.

Me explicaré. La semana pasada el presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero, anunció una serie de medidas sorprendentes que significan recortes de derechos sociales importantes (rebaja del sueldo de los funcionarios, congelación de las pensiones, reducción de los gastos farmacéuticos, etc.). Evidentemente, todos nos preguntamos: ¿y por qué este hombre no ha empezado con los gastos pueriles? Por ejemplo, el Gobierno acaba de tirar 74 millones de euros en la Expo de Shanghai. Eliminar el dineral regalado a sindicatos y políticos reduciría el gasto en 20.400 millones de euros. El mismo día del anunciado recorte, la administración tiró otro dineral a la danza, la lírica y la música. Al día siguiente regaló 270 millones de euros a payasos (los de verdad, no los del parlamento), a domadores y a mineros.

Así como en una empresa la forma más rápida de reducir coste es eliminar personal, ZP ha aplicado lo mismo; medidas que de entrada son inmediatas y fáciles de tomar unilateralmente. El Gobierno necesita dinero ya, ahora. No tiene tiempo para hacer un plan racional ni ordenado. La situación es muy grave. Si esto no da los resultados deseados –que no los dará–, el segundo paso es subir impuestos. Cosa que ya han insinuado y harán sin duda. Si tampoco resulta, entraremos en la fase tres: recortes en la sanidad. Ya se pueden ir concienciando, el copago en la Seguridad Social vendrá tarde o temprano. Por ahí se va una cantidad inimaginable de dinero y es una medida rápida de aplicar.

De hecho, el Gobierno ha afirmado de forma tajante que no tocará educación ni sanidad. Lo ha dicho con la misma contundencia con la que afirmó que no estábamos en crisis hace un par de años, que lograríamos el pleno empleo, o que no tocaría ningún derecho social hace un par de semanas. Una de las diez leyes del liberalismo es que si el Gobierno dice algo, hará lo contrario.

Zapatero, al igual que Obama, son como el joven Anakin Skywalker. Son tipos a los que el ciudadano votó porque tenían que traer el equilibrio a la fuerza, al estado del bienestar. Por el contrario, serán quienes lo dinamiten. Están haciendo el trabajo sucio al liberalismo con el consentimiento de sus mayores detractores: conservadores y socialistas.

Estos meses vamos a ser sufridos espectadores (pero que muy sufridos) de cómo evolucionará el experimento de ZP. Los sindicatos ya han dicho que aplazan la huelga general y que posponen la de funcionarios. No saben qué hacer. Los actores, lobby del movimiento zapateril donde los haya, no han dicho ni "mu". Si estas medidas las hubiera tomado Aznar… en fin, ya se pueden imaginar lo que habría pasado.

Ahora que el Gobierno y los políticos se han quitado la careta, podemos contemplar su auténtico rostro. Nos hemos de preguntar: ¿por qué pagar tantísimos impuestos si prácticamente no recibimos nada? Sólo unos oligarcas políticos, lobbies sociales y económicos se enriquecen con lo que pagamos. ¿Por qué pagar forzosamente una jubilación si el Gobierno la recorta cuando le viene en gana y las expectativas de cobrarla se reducen día a día? ¿Por qué pagar elevadísimos impuestos a la sanidad, si al final la vamos a tener que sufragar por partida doble con el copago, o triple mediante mutuas para ahorrarnos las colas? ¿Por qué pagar impuestos sobre la educación, si lo primero que están haciendo algunos ayuntamientos es reducir esta partida? ¿Por qué confiar en los políticos cuando se aprovechan de sus privilegios, roban como nadie, despilfarran y sus mentiras podrían entrar en el Guinness?

Cuando los socialistas de todos los partidos hayan minado la confianza del clásico pijo-progre adicto a series yanquis, telediarios manipulados y programas basura (la clase media de este país), y por fin vea que el idílico sueño del socialismo no es más que una pesadilla de represión, robo y tiranía, a los liberales nos quedará el camino fácil. Proclamar que la mayor minoría es el individuo y no grupos sociales que sólo saben cobrar subvenciones. Que esta minoría no necesita la autoritaria vara del Estado; y que el mejor Gobierno es el que menos gobierna. Y mientras este radical cambio de mentalidad llegue, vaya preparando el bolsillo. La transición va a ser muy dura para todos.

Pero, ¿qué pasaría con los pobres?

Es también el argumento socialista más habitual contra las tesis liberales, casi siempre aderezado con alardes de compasión e insinuaciones de insensibilidad.

Los liberales, como si hiciera falta aclararlo, no defendemos que se deje morir de hambre a los pobres ni somos indiferentes a su suerte. Esto son cuentos progres para espantar a los incautos. Lo que nos distingue de los estatistas es que, aparte de hacer menos demagogia, apoyamos la ayuda voluntaria, la solidaridad genuina, por encima de la redistribución forzosa. Consideramos que la función asistencial corresponde a la familia, los amigos, las fundaciones, las ONGs, la Iglesia, los programas de responsabilidad social de las empresas… Los intervencionistas, en una muestra de poca imaginación, parecen quedarse en blanco si les quitas el comodín de los "derechos sociales".

Pero vamos a conceder, a efectos dialécticos, que el cuidado de los pobres necesita de la intervención pública. De ahí no se sigue en absoluto la necesidad o conveniencia del Estado del Bienestar. La objeción de los pobres no es un argumento en contra de la privatización de la sanidad, la educación o las pensiones, en todo caso es un argumento a favor de un sistema de deducciones o cheques para la minoría con menos recursos.

La auténtica tragedia del Estado del Bienestar no es que le quite dinero a Pedro para dárselo a Juan, sino que se lo quite a Pedro para dárselo otra vez a Pedro en forma de servicios públicos de los que, si puede, huye. Si se tratara de subsidiar a los pobres, la factura sería modesta. Es la redistribución horizontal, que no tiene ninguna justificación de equidad ni de eficiencia, la que conforma el grueso del Estado del Bienestar. Con la excusa de atender a los más pobres, el Estado nacionaliza el sector entero, imponiendo sanidad, enseñanza y pensiones públicas a toda la sociedad.

Tomemos la educación, por ejemplo. Si estuviera privatizada y desregulada, la competencia entre escuelas para conseguir el favor de los padres abarataría los precios y mejoraría la calidad. "¿Pero no habría que garantizar unos estándares mínimos?"; "¿Qué sucede con las familias con pocos recursos?". A lo sumo, la respuesta a estas preguntas sería unos controles de calidad que excluyeran modelos educativos muy controvertidos y un sistema de cheques o deducciones para las familias menos pudientes.

En ningún caso se sigue la necesidad de establecer un Ministerio de Educación que imponga a todo el alumnado del país un sistema uniforme sufragado con impuestos, no-competitivo, con un mismo currículum y modelo docente. Es la diferencia entre un libre mercado de alimentos con controles de calidad mínimos, como el que tenemos hoy en día, y una industria alimenticia nacionalizada con un Ministerio de la Alimentación que impone la misma dieta a todos.

Los estatistas hablan del "derecho a la comida" o el "derecho a la sanidad"" como si pudieran comerse o curarte, pero lo que cuenta no son las declaraciones de intenciones impresas en papel (de estas hay muchas en la Constitución cubana) sino comer y tener buena salud. Y es el mercado el que produce comida de forma más eficiente para el mayor número de personas, y lo mismo ocurriría con la sanidad si el Estado lo permitiera.

Es extraordinaria la credulidad de algunos. El Estado afirma que "ayuda a los pobres" y se lo creen sin dudar. La prueba de sus bondades no son los resultados de un decreto sino su mera promulgación. Pero, ¿por qué tendrían los gobernantes que preocuparse de los más pobres, que carecen de peso político, en lugar de fingir hacerlo y servir en realidad a otros grupos de presión?

El salario mínimo y las regulaciones laborales elevan el coste de emplear a alguien, reduciendo los salarios de los trabajadores y condenando al paro a los menos productivos. Las licencias y los permisos para entrar en un sector restringen la competencia y encarecen servicios como la sanidad o los transportes metropolitanos. La regulación del suelo encarece la vivienda y el proteccionismo encarece la comida. Los impuestos indirectos, que cada vez tienen un peso mayor en el organigrama fiscal, son regresivos y se ceban en los más pobres. La subida de los precios provocada por la expansión crediticia es asimétrica y afecta especialmente a las personas de rentas más bajas, que ven subir los precios de los bienes que compran antes de que hayan subido sus salarios. Las regulaciones y los impuestos en general socavan la acumulación de capital y el florecimiento de nuevas oportunidades de negocio y de empleo.

Dicen que el mayor logro del diablo fue convencer a la gente de que no existe. El éxito del Estado del Bienestar ha sido convencerla de que sirve a los pobres.