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Etiqueta: Enemigos de la libertad

No crea en el Gobierno

Según un diario de Reino Unido, la gente ha dejado de tener fe en Dios para sustituirlo por extraterrestres, fantasmas y el poder de los médiums. En España seguimos el mismo el camino. Según un sondeo del diario Público, cada vez creemos menos en la religión católica y más en médiums, extraterrestres y fantasmas.

Esta predisposición a tener fe en cualquier cosa se puede volver muy dañina cuando la trasladamos del mundo místico al político y económico.

Las medidas económicas que han tomado España, Estados Unidos, Alemania y demás países para solucionar la crisis, sólo pueden tener devotos entre aquellos que creen en la magia o en algo más absurdo, la eficiencia del Gobierno. Las medidas contradicen totalmente la férrea teoría económica. El último video publicitario del Ejecutivo nos muestra un trabajador de la construcción feliz porque el Estado le ofrece puestos de trabajo, y esto nos beneficia a los ciudadanos porque "nos arreglan el pueblo". ¿Es el momento de arreglar pueblos, edificios o parques? Piense en su economía doméstica. Si usted sufre una crisis económica, lo último que va a hacer es decorar su casa. Estas cosas se realizan cuando hay dinero. Si usted pasa por un mal momento, lo primero que hará será reducir costes y exprimir cada céntimo para sacarle la mayor productividad posible. La macroeconomía no funciona diferente a una economía doméstica. El gran secreto a voces para solucionar una crisis consiste en reducción de costes y aumento de la productividad. Esto sólo puede significar dar más libertad económica a todos los actores de la sociedad eliminando impuestos a empresas y particulares, disminuyendo el gasto público y eliminando la legislación laboral, las barreras al libre comercio o los funcionarios. Despilfarrar el dinero ajeno en cosas que no demanda la sociedad, nunca ha enriquecido a nadie.

Esto nos lleva a otro gran contrasentido de la eficiencia pública. Ya sabrá que el dinero que dilapida el Gobierno es nuestro. Si en épocas de crisis los políticos nos descapitalizan para gastarse nuestro dinero en cosas que no compraríamos por nosotros mismos, ¿dónde está el beneficio general? Simplemente no lo hay. El Gobierno no invierte, tal y como proclama en sus videos de promoción, sino que sólo se dedica a pagar favores a los votantes, actores, grupos de presión, amigos, etc. Si nos sacan el dinero y lo gastan en cosas que nadie está dispuesta a pagar de su propio bolsillo (cosas que están fuera de mercado), sólo conseguimos pérdidas netas totales.

Aquí llegamos a la tercera característica de la "inversión estatal", el Gobierno siempre es ineficiente. ¿Qué se está haciendo realmente con todo este dinero que nos está robando el Estado? A principios de diciembre, el PSOE destinó 8.000 millones de euros al Fondo de Inversión Local. Casi el 40% de ese monto ya se ha gastado. ¿Sabe en qué? En un circuito de automodelismo, otro de motocross, pistas de Scalextric, un caro parque infantil en Málaga al que nadie va, otro de monopatines… ¡Qué rápido se marcha el dinero cuando lo destruye el Estado! Desde luego, no puede decirse que aprovechen hasta el último céntimo con una mínima eficiencia.

Pero eso no es todo. En el último mes, el Ejecutivo se ha gastado 64 millones de euros de nuestro bolsillo en adquirir bombillas. Recibirá dos en febrero; nunca un par de bombillas le salieron tan caras. Defensa dilapida 700.000 euros en publicidad para el "diálogo entre civilizaciones". El Gobierno quema 26 millones de dólares para querellarse contra la empresa del Prestige. El Ministerio de Vivienda fusila 70.000 euros en una campaña de publicidad puntual. Esto último es bastante curioso porque el 70% de las personas que se acogen a esta campaña no cobran.

A todo esto, Zapatro envía a De la Vega y su séquito a la India. ¿Para qué? ¿Cuánto ha costado esto? Da igual, más publicidad. Rubalcaba ha empleado más de 3,5 millones de euros en arreglar la valla de Ceuta y Melilla. ¿Es de oro? El alcalde de un pueblo ha considerado que si no se gasta 18.000 euros en un fichador digital el mundo dejará de dar vueltas. La alcaldesa de Valencia ha aprobado un plan de austeridad que significa aumentar el gasto en un 40% —360.000 euros de más— en coches y telefonía móvil. Leire Pajín cree que si no regala 3.700 millones de euros a cualquier país que se lo pida, no es nadie. La DGT quiere despilfarrar 12 millones de euros en los anuncios de siempre. Para variar, los políticos de Cataluña apuestan por lo más surrealista: 7.000 euros en financiar un sindicato que no existe. Si eso lo hubiese hecho una empresa privada o usted para desgravarlo en su declaración, le habrían multado. En fin, la lista es demasiado larga y deprimente.

Mientras tanto, en el mundo real, cada uno de nosotros perdió el año pasado 615 euros de poder adquisitivo según FUNCAS. Cada día que pasa supone encontrarse con 2.000 parados más, y aunque el IPC baje, los alimentos suben más que el índice. El presidente del Gobierno es un mentiroso compulsivo que ya ha incumplido más de 20 compromisos electorales. Para colmo, no hay día en el que algún diario internacional no nos deje a la altura de África. Lo peor, es que no les falta razón.

Sí. La gente está ansiosa por creer en algo. Para el bien de todos, que crean en cosas que no nos dañen, como en Dios, Papa Noel, los X-Men, los marcianos o el Mago Merlín. Enfréntese a la realidad, los políticos sólo nos darán bellos eslóganes de prosperidad y paz. Las duras consecuencias serán más pobreza y frustración. Vea este duro vídeo para comprobar los efectos de la ineficiencia y las falsas promesas del Gobierno.

Plan I: Insumisión fiscal

Sin embargo, el citado proyecto consiste, en realidad, en un ambicioso paquete de medidas destinado al Endeudamiento público, el Expolio fiscal, el Exceso Económico Errático o el Empobrecimiento social, como acertadamente lo han descrito algunos de los lectores de Libertad Digital. Basta con observar una sola vez el vídeo-anuncio del jefe del Ejecutivo para percatarse de inmediato del Engaño masivo que esconde su discurso.

La intención política de Zapatero es muy clara: transmitir un mensaje de tranquilidad a la ciudadanía ante la "grave crisis económica" que, ahora sí (cuando ya no queda más remedio que admitirlo), atraviesa España. ¡Calma y sosiego!, enfatiza el presidente. El Estado está para ayudar y nos salvará de la ruina. Pero, llegados a este punto, la pregunta clave del ya famoso Plan E resulta evidente. ¿Cómo?

Nuevamente Zapatero, gran conocedor de los asuntos económicos y financieros, nos lo explica con meridiana transparencia: "Más inversión pública", dice; "ayudas a las familias y empresas"; "protección social", reitera; "apoyo financiero a bancos y cajas para garantizar los depósitos de lo ciudadanos"; "aumentando los recursos para la dependencia" y para el "acceso a la vivienda" explica; subiendo las "pensiones" y el "salario mínimo interprofesional", así como "otras" medidas que serán aprobadas por el Gobierno en los próximos meses.

¿Traducción? Más gasto público y más gasto público ¿Y después? Aún mucho más gasto público. Vaya, ¿y cómo pretende financiar el Ejecutivo tal despilfarro de recursos? La sinceridad que en esta ocasión, y de un modo excepcional, adopta Zapatero me deja incrédulo, sin palabras. El presidente solicita la "colaboración de todos". "Todos tendremos que hacer esfuerzos y sacrificios", advierte. Tras esta petición, el presidente concluye su vídeo con un mensaje de "agradecimiento", como no podía ser menos.

Y es que, el Plan E del Gobierno consiste en Esquilmar nuestros bolsillos para sufragar su ambicioso proyecto anticrisis, que incluye por ahora 82 medidas económicas y que, pese a no estar todas en vigor, ya ha abierto un agujero en las cuentas públicas superior al 3% del PIB nacional y, de hecho, amenaza con degradar en breve la calidad de la deuda pública española.

En apenas 12 meses, el Ejecutivo ha dilapidado más de 50.000 millones de euros, y ahora nos dice, sin entrever atisbo alguno de rubor, que la factura será mucho mayor en el futuro y que por eso precisa de nuestra ayuda. La "colaboración" de los contribuyentes, y de los hijos de los actuales trabajadores de este país –y, posiblemente, incluso de los nietos– para tratar de salir del atolladero en el que estamos inmersos.

Hasta ahora, Zapatero nunca se había parecido tanto al inmortal cómico Groucho Marx quien, al grito de "¡más madera! ¡más madera!", trataba de insuflar desesperadamente ánimo a sus hermanos con el fin de salvar una locomotora desbocada y sin control que se dirigía sin remedio hacia el precipicio. Por desgracia, la actual situación tiene de todo menos gracia. El drama económico de España apenas acaba de dar comienzo, y la sobrealimentación del motor productivo a base de gasto público y endeudamiento masivo, tal y como pretende el Gobierno, tan sólo agravará aún más la situación.

El suicidio colectivo está en marcha, y es evidente que nuestra clase dirigente no puede o no quiere verlo. Pues bien, ante el Plan E de Zapatero, yo contrapongo un Plan I, de Insumisión fiscal, para tratar de evitar que el ilegítimo robo gubernamental siga su curso sin oposición alguna. El Estado se alimenta y vive exclusivamente de impuestos captados coactivamente a la ciudadanía, bajo la amenaza de sanción, multa e, incluso, cárcel. Y España se enfrenta ahora al mayor programa de gasto público de su historia reciente, sin tener en cuenta las nefastas lecciones que la historia se ha encargado de imponer a aquellos países en donde el descontrol fiscal y presupuestario mediante la concesión masiva de subvenciones y ayudas ha triunfado. Es el caso de Japón, es el caso de Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador o Zimbabwe, por poner tan sólo algunos ejemplos recientes.

La insumisión fiscal está legitimada. El Gobierno va a por nuestro dinero, a por el salario que con tanto esfuerzo se ganan día a día millones de trabajadores en este país. Zapatero, con la ayuda de su brazo fiscal, Hacienda, quiere meter la mano hasta el fondo de nuestros bolsillos, ya sea vía impuestos, aumento de multas o deuda pública. Quien pueda, que coja su dinero y corra porque el Estado precisa, ahora más que nunca, recursos, y será implacable en su tarea. El Plan E, no sólo no servirá de nada para paliar la crisis, sino que además impondrá una losa a los españoles, cuya factura amenaza con batir todos los récords.

Ante el Plan E, abogo por el Plan I. El problema es que los Estados son concientes de ello y, no por casualidad, han declarado la guerra a los paraísos fiscales, sus grandes enemigos. Pese a todo, conservo la esperanza. No obstante, David logró vencer a Goliat.

El aguinaldo motorizado del PP

El pasado viernes, el PP anunció que presentaría una iniciativa parlamentaria donde se contemplaran ayudas de 1.000 euros para adquirir nuevos vehículos y, de esta manera, suavizar la crisis del sector automovilístico nacional.

Parece que está de moda, tanto en Estados Unidos como en España, rescatar a aquellos empresarios que han fracasado. La crisis se asimila a una especie de maldición divina que no es responsabilidad de nadie y donde todos, por tanto, merecen un aguinaldo estatal.

Convendría recordar, sin embargo, que la crisis se inicia porque hay empresas que han dejado de ser rentables ante el cambio de condiciones (léase, cuando los bancos centrales han perdido su capacidad para seguir expandiendo el crédito a costa de crear inflación). La crisis es un período de tiempo durante el cual esas malas inversiones deben liquidarse y reestructurarse. No sé, se me ocurre que, tal vez, los españoles no necesiten comprar 1.614.835 de vehículos nuevos cada año y que en estos momentos de penuria puedan prolongar, un poco más, la vida útil de sus turismos.

Si al dejar de chupar del bote del crédito fácil nos hemos dado cuenta súbitamente de que somos más pobres de lo que creíamos, quizá haya llegado el momento de reciclar el parque de automóviles actual y desmotorizar a los chavales de 18 años que estrenan vehículo y carné de conducir el mismo día de su cumpleaños.

No digo que esto sea una "política pública" a seguir por todos los españoles; de hecho, considero que el coche supone un gran avance para la el progreso. Y, desde luego, si una familia de tres miembros desea tener cinco automóviles, está en su pleno derecho. Trabajan y ahorran para lograr ese objetivo, tan legítimo como cualquier otro. Ahora bien, que los políticos no deban considerar ese gasto un despilfarro no equivale a decir que deban ascenderlo a la categoría de desembolso esencial para la supervivencia de nuestra economía. Sí, si la familia de tres miembros quiere y puede comprarse cinco automóviles, que lo haga, pero no con el dinero de los demás. 

En caso de que la medida que proponen Rajoy y los suyos se aplicara, con las ventas de 2008 en la mano, supondría un coste de más de 1.000 millones de euros. No me cabe duda de que el PP puede pensar en mejores usos para ese dinero. Por ejemplo, en reducir, aunque sea de manera liviana, la salvaje tributación de las plusvalías en España; o, si es que quiere realmente favorecer la adquisición de vehículos, suprimir el impuesto de matriculación.

El problema, con todo, es la filosofía de fondo de esta y otras políticas que está presentando el principal partido de la oposición para superar la crisis. Detrás de su retórica, cada vez más escasa, de reducir el tamaño del Estado y de bajar impuestos no hay nada. Sólo un rol asumido para el cartel electoral que permita una ligera diferenciación de marca con respecto al PSOE; unos más socialistas, los otros un poquito menos.

La crisis económica es, sobre todo, una crisis política e ideológica. Una crisis del intervencionismo monetario que la causó y del intervencionismo fiscal que está siendo (y va a ser) incapaz de paliarla. En el PP todavía no se han enterado; siguen actuando bajo la inocente pero peligrosa idea de que si existe un problema económico sólo es necesario meter al Estado en el asunto. Puede que Zapatero esté fracasando en todas y cada una de sus medidas, pero el PP fracasa y además hace el ridículo ideológico. Se está mostrando como lo que siempre ha sido: un aparato burocrático sin más recursos para los problemas de los ciudadanos que el estatismo más primario. Liberalismo simpático, lo llaman.

Zapatero pitoniso

Ni el lector de esa clase de subliteratura recuerda a finales del año siguiente lo que los astros pronosticaban para ese ejercicio, ni el votante de izquierdas tiene suficiente "memoria histórica" para recordar más allá de febrero lo que decían Zapatero y Solbes al término del año anterior, solos o en compañía de Gabilondo.

En la última edición de la tutoría mensual a la que Iñaki somete al presidente, Zapatero ha ejercido nuevamente de pitoniso para reconfortar el ánimo atormentado de quienes le votaron porque iba a conseguir el pleno empleo y ahora sólo disponen de una cartilla del paro. Le faltó únicamente destripar una oca sagrada en la mesa del telediario y escrutar las vísceras junto al presentador para que la estética del momento estuviera al nivel intelectual de sus profecías económicas.

En contra de los análisis unánimes de la prensa especializada y de la propia realidad, Zapatero ha anunciado que a partir del próximo mes de marzo comenzará a crearse empleo con intensidad, mientras Gabilondo secaba una lágrima furtiva producto de la emoción del momento. Por eso se le pasó preguntar al presidente si se refería a España o a otra zona del globo terráqueo, porque en los propios presupuestos generales del Estado, elaborados por el equipo de ZP, no se contempla esa situación, sino exactamente la contraria, de tal forma que si fuéramos suspicaces diríamos que Zapatero miente a sabiendas. No lo diremos para que no nos acusen de antipatriotas y de no "apoyar", pero ahí queda la sospecha.

Y eso que los presupuestos son de un optimismo antropológico que tira de espaldas. Por ejemplo, para 2009 prevén un porcentaje de paro del 12,5%, lo que resultaría creíble si no fuera porque en octubre de este año ya estábamos a dos décimas del 13% y no parece que estos dos últimos meses hayan sido un prodigio en la creación de puestos de trabajo sino todo lo contrario.

La solución de ZP es la habitual del socialismo: convertir en funcionarios al mayor número de parados posible y financiar los sueldos con déficit público. En todo caso, el desfase lo pagarán los nietos, lo que, de paso, contribuirá a fortalecer los vínculos familiares. Sin embargo también aquí la realidad se muestra obstinada, pues en el plan zapateril para realizar obras públicas (no grandes infraestructuras, claro, sino dar un repaso de yeso y pintura a los edificios públicos, poner retretes digitales y quitar alguna placa franquista de las fachadas) se estima que dará ocupación temporal a unos 200.000 trabajadores, que es, por ejemplo, la cifra de empleo que se viene destruyendo en un solo mes durante la segunda mitad de 2008.

A pesar de todo, parece que a Zapatero le está afectando seriamente la situación de crisis económica que atravesamos, de ahí que mintiera en esa entrevista algo más de lo que en él es habitual. Pero hay un dato adicional que revela que, en efecto, el presidente está pasando por una situación difícil: en ningún momento habló del cambio climático. Este hombre, definitivamente, está muy tocado. Menos mal que está Mariano p’apoyar.

Redistribución de talentos, inteligencia y guapura

Las declaraciones de Obama hace siete años favorables a la redistribución masiva de renta han levantado polvareda en Estados Unidos. En España nos sorprende que tantos americanos pongan el grito en el cielo ante esta clase de opiniones, pero si estuviéramos menos ofuscados por eslóganes emocionales entenderíamos que ésa es la reacción más sensata.

El argumento práctico en contra de la redistribución de rentas es simple y contundente: la redistribución implica que unas personas reciben un volumen de riqueza superior al que generan como productores a expensas de otras personas a quienes se confisca parte de lo que como productores les corresponde. De este modo deviene relativamente más gravoso obtener renta produciendo y relativamente menos gravoso obtenerla a través del Estado, por lo que se incentiva lo segundo en detrimento de lo primero.

Los igualitaristas a menudo arguyen que estas consideraciones prácticas son secundarias, pues la ética exige que sacrifiquemos algo de "eficiencia" en ayuda de los más necesitados. En concreto, el progresismo más ilustrado (Rawls, Dworkin) plantea argumentos como éste: la desigualdad que es fruto del esfuerzo y las decisiones personales es legítima, la desigualdad que es fruto del azar y los talentos innatos es ilegítima y debe intentar corregirse. Este planteamiento equipara justicia con mérito.

Más allá de la dificultad de separar las decisiones personales del azar o el talento innato (¿es Rafael Nadal rico porque se ha esforzado o porque nació con talento?) cabe cuestionar la premisa: ¿por qué es injusto aprovecharnos de los talentos, características, circunstancias, etc. que la naturaleza ha puesto a nuestro alcance? No es cierto que nuestras intuiciones morales apunten en esa dirección. La gente vincula el mérito con la justicia en muchos casos, pero no lo hace en muchos otros. También cree que el azar juega un papel importante y legítimo en la vida, y procura sacar partido a sus atributos, talentos y circunstancias sin sentir remordimientos por ello. De hecho es difícil reconciliar nuestra individualidad y sentido de la existencia con la idea de que nuestros talentos y características innatas son en cierto modo indignas y necesitan de represión y correctivos.

Con todo, no está claro que la equiparación de justicia con mérito lleve a conclusiones redistribucionistas, pues el beneficiario del aparato redistributivo aún ha hecho menos méritos para recibir subsidios. Si despojamos el argumento de florituras se reduce a lo siguiente: un individuo con menos talento o en circunstancias precarias puede amenazar con violencia a otro individuo inmerecidamente más rico (como consecuencia de su talento, suerte, etc.) para quitarle parte de su riqueza, aunque aquél haya hecho aún menospara merecerla.

La defensa meritocrática de la redistribución tiene otras implicaciones incómodas para sus proponentes. Imaginemos un mundo en el que podemos transferir nuestros componentes físicos a otras personas mediante procesos quirúrgicos. En este mundo, de acuerdo con el principio de que la desigualdad innata es injusta y debe corregirse, deberíamos redistribuir los atributos físicos de nuestro cuerpo: los guapos deberían transferir, bajo coacción, parte de su belleza a los feos; los atletas deberían transferir parte de su agilidad y fortaleza a los minusválidos. En definitiva, en ese mundo los progresistas deberían estar a favor del igualitarismo físico.

Corregir la desigualdad física, genética y psíquica, debería ser en realidad su política preferida en un mundo donde tal cosa fuera posible, pues la desigualdad física es el origen de la desigualdad de rentas que pretenden corregir. Si un individuo ha obtenido una gran fortuna como resultado de su innato talento e inteligencia, podemos redistribuir parte de su fortuna a quienes tienen menos, o podemos atacar la fuente y redistribuir parte de su talento e inteligencia a alguien sin talento y con un IQ bajo.

Los progresistas pueden consolarse pensando que el igualitarismo físico es hoy en día ciencia ficción (aunque con el desarrollo de la eugenesia quizás deje de serlo pronto). Pero el propósito de este experimento mental es averiguar si el igualitarismo físico, con independencia de su viabilidad, es moralmente deseable. O, más específicamente, si el argumento meritocrático a favor de la redistribución implica la deseabilidad del igualitarismo físico. Encerrar en un gulag a todo el que crea que Dios existe también es materialmente irrealizable, pero considerar esta idea deseable o que tu razonamiento conduzca lógicamente a ella ya es lo bastante preocupante.

La próxima vez que un progresista defienda la redistribución de rentas deberíamos preguntarle si estaría dispuesto a renunciar a su talento, guapura o inteligencia en favor de quienes no tienen esos atributos. Se encontraría entonces en la tesitura de abrazar el igualitarismo físico o rechazar el igualitarismo material. Y con un poco de suerte vencería el sentido común.

Justicia, eficiencia y Estado de bienestar

Félix Ovejero y José V. Rodríguez Mora pretenden que la igualdad de oportunidades conseguida mediante la redistribución coactiva de riqueza por el Estado de bienestar es eficaz. Pero va a ser que no. Llaman la atención sobre el hecho de que "cuando llegan las recesiones algunos aprovechan para atizarle al Estado de bienestar". Pues resulta que algunos otros le atizamos ayer, hoy y mañana, y lo hacemos porque es fraudulento, ineficiente y contrario a principios éticos fundamentales como la libertad (o su contrapartida el derecho de propiedad) y la responsabilidad personales.

Comienzan estos dos profesores criticando la visión anarcoliberal del Estado como "ladrón y prepotente". Según ellos es "una ingenuidad" porque "el único paisaje sin instituciones, el paisaje natural, si es que algo así tiene sentido, es el que llevaría a que los energúmenos, solos o en bandería, impusiesen su voluntad". Se trata de argumentos viejos y pobres. Confunden las instituciones, que surgen espontáneamente de la sociedad (lenguaje, derecho, dinero) con el Estado (la sistematización monopolística de la violencia). Y asumen que sólo hay dos opciones: o individuos sueltos, desorganizados y sometidos por un lado; o estados que garanticen la defensa contra los "energúmenos" por otro. Lo cierto es que una asociación defensiva que se construya desde abajo mediante contratos libremente pactados de forma voluntaria e individual es muy diferente de una entidad estatal que reclama para sí misma el poder final sobre un territorio y unos súbditos, y que o resulta ineficiente en sus tareas o incluso suele estar controlada por esos mismos "energúmenos" a quienes dice combatir.

Y es que "la compleja trama que garantiza las transacciones y los derechos en el mercado" no es lo mismo que un Estado, y a menudo son opuestos: existe ley sin Estado (véase la historia de la ley mercantil, por ejemplo), y no hay que buscar mucho para encontrar las abundantes agresiones legislativas de los gobiernos contra el auténtico derecho. Los intercambios, los derechos de propiedad y la libertad misma resultan perfectamente imaginables sin intromisiones públicas estatales.

Estos autores ponen un ejemplo de justificación del Estado que en realidad sólo refleja que el derecho de propiedad (en este caso sobre el propio cuerpo) es inviolable y legitima represalias contra los agresores: "una trama que en ningún caso nos permite hacer lo que queramos con lo nuestro, como lo puede comprobar cualquiera que intente alojar su cuchillo jamonero (incluso el legítimamente adquirido) en el espinazo de algún conciudadano". En lugar de hacer la triste gracieta de referirse a la legítima posesión del arma del crimen, quizás podrían también aclarar qué pasa con los no conciudadanos, dónde empieza y dónde acaba un Estado y por qué: ese es un problema más profundo que quizás no han podido o querido ver.

Tras tropezar torpemente en su defensa del estado mínimo no dudan en enredarse aún más intentando agrandarlo. Según ellos no hay dilema entre eficiencia (se hacen un lío y en ocasiones la llaman eficacia) y equidad, porque se puede y se debe conseguir la igualdad sin renunciar a bienestar material. Para defenderse de las críticas liberales a la redistribución estatal construyen un fantasioso hombre de paja: "Esta cosmovisión entiende la vida como la ascensión a una montaña y la eficiencia como el tiempo empleado. El Estado, en su afán igualador, establecería unas reglas absurdas: lastrar a los veloces y librar de peso a los lentos. Con tales incentivos nadie daría un palo al agua".

En primer lugar, las leyes económicas son de tendencia: si se castigan los esfuerzos, la gente se esforzará menos (que no es lo mismo que no hacer nada en absoluto). Pero el error más importante es lo que falta en su irreal modelo: en el mercado libre los participantes no trepan ignorándose unos a otros, sino que cooperan constantemente en su progresión, de modo que los que son más ricos lo logran sirviendo adecuadamente a los demás.

No se trata de que "el coste de la igualdad es demasiado alto". ¿Demasiado alto para quién? A algunos les parecerá inasumible, otros creerán que merece la pena. Claro que "pudiera suceder que muchos individuos, incluso una mayoría, estuviesen mejor si se redistribuye: aun si el pastel resulta más pequeño, muchos pedazos serán más grandes. Se puede juzgar valioso mitigar las disparidades a costa de cierta riqueza". Efectivamente "no es insensato preferir un Estado redistribuidor", sobre todo cuando uno está del lado receptor de la redistribución; o si uno es un ingeniero social que desde su presunta superioridad moral no duda en destrozar la libertad y legitimar la violencia para conseguir su sociedad ideal, en la cual se imponen las preferencias de la mayoría pobre subsidiada sobre la minoría rica expoliada.

Naturalmente los seres humanos son diferentes, guste o no, en sus preferencias y sus capacidades, y parte de estas diferencias es heredada por transmisión genética, cultural o patrimonial. Los individuos construyen sus vidas partiendo de situaciones diferentes: al que no le guste puede reclamar a sus progenitores. Es problemático afirmar que "no se elige ser poco productivo"; a veces sí, a veces no, y los incentivos institucionales importan, y mucho.

Cuando se afirma que "no parece decente penalizar por lo que no se es responsable, por el mal fario de venir al mundo en la orilla inconveniente" se está confundiendo "penalizar" (algo negativo) con "no subvencionar" (algo neutro). Y miren qué interesantes son las argumentaciones que se consiguen mediante cambios por simetría: "no parece decente penalizar por lo que no se es responsable, por la buena suerte de venir al mundo en la orilla conveniente".

Estos dos igualitaristas engañan a saltos: comienzan con que "no es obvio que los costes económicos de la redistribución sean altos", luego proponen que "el saldo neto es difícil de ponderar, pero resulta improbable que los efectos positivos de la redistribución sean despreciables" y acaban con que "asegurar igualdad de oportunidades no es sólo justo, sino que además es enormemente eficiente". Así por la cara: primero distorsionan el concepto de justicia para equipararlo a igualdad (incluso hablan de "corregir desigualdades" como si estas fueran un error o imperfección) y luego olvidan explicar por qué si la redistribución es tan fantástica hay que imponerla por la fuerza y no puede uno negarse a participar. De hecho su cuidadoso olvido del análisis de la violencia en la redistribución es tan clamoroso que sólo se refieren a la fuerza para decir que "la debilidad del Estado de bienestar lo único que asegura es la fuerza de los privilegiados".

Le tienen bastante manía a lo heredado, sobre todo a la riqueza recibida, y nos avisan de que "son cartas ganadoras que ayudan a algunos a llegar los primeros, pero que no hay que esperar que estén en manos de los mejores jugadores" e "inducen a gente sin particulares talentos a ser líderes de la cordada". Y es que están muy preocupados porque quizás no sean los más hábiles los que tiren de todo el grupo que marcha unido en su fantasía colectivista. Podemos tranquilizarles sugiriéndoles que en una sociedad libre no están obligados a seguir a ningún líder, así que no serán tan tontos de ir detrás de quienes saben que son incompetentes. Y por otro lado en un mercado competitivo uno puede heredar la empresa de papá (o mamá, faltaría más) pero para permanecer al frente necesita continuar sirviendo a los consumidores, o sea demostrando constantemente la competencia para estar arriba y al mando. Las sociedades con mercados libres son muy dinámicas, premian el talento y se esfuerzan por descubrirlo: se trata de dar más oportunidades a quienes mejor puedan aprovecharlas; un emprendedor avispado y motivado no necesita ser rico sino convencer a los capitalistas para que inviertan en su proyecto.

Después de mostrar tan poca capacidad para las ideas, no sorprende que tampoco sean muy hábiles con la realidad empírica: "Sabemos sin sombra de duda que la movilidad social es notoriamente más baja en EE UU que en los países del Norte de Europa"; "las sociedades del Norte de Europa, donde el papel del Estado es notorio, alcanzan sistemáticamente un mayor nivel de vida". Sin sombra de duda repiten el topicazo habitual de los países escandinavos, que en realidad son más pobres, más homogéneos y más estáticos que los Estados Unidos.

El apasionante mundo del tunning

Aznar se construyó una pista en La Moncloa, los ayuntamientos del PP construyeron varios miles más para que los contribuyentes jugaran los sábados a políticos y las raquetas de paddle tenían que reponerse a diario en las secciones de deportes de las grandes superficies.

Los progresistas van más a lo bestia, aunque forzoso es reconocer que en lo tocante al ejercicio físico demuestran mayor inteligencia que sus rivales políticos. En lugar de desriñonarse corriendo estúpidamente detrás de una pelota que rebota hasta en la pared trasera de la pista y te puede golpear traicioneramente hasta en el mismísimo centro de la retaguardia, ellos prefieren el tunning, que es algo como más del pueblo.

Pero como en todo hay clases, los políticos progresistas no cogen un utilitario desvencijado para convertirlo en un lamborghini cateto, con un tigre dibujado en el capó y unos altavoces como los que lleva en sus giras Pink Floyd, para que los otros conductores escuchen cómodamente a ochocientos metros a la redonda el último éxito de Camela. Los dirigentes progresistas, como Gallardón, prefieren tunear lo que tienen más a mano, que es el coche oficial. Benach, a la sazón presidente del parlamento catalán, se ha hecho colocar en su supercochazo unas pocholadas de lo más útil para alguien cuya producción intelectual no se detiene ni cuando hace el trayecto desde su casa al lugar de trabajo. Ahora dice que va a retirar los artefactos instalados, pero quizás sería mejor que lo dejara estar, porque retirar los accesorios probablemente cueste bastante más que la instalación y los cacharros propiamente dichos. Touriño en cambio, más sedentario, ha decidido tunear su residencia, en cuyo salón seguramente habrá instalado un buen par de subwoofers, que es lo que según el Neng de Castefa no debe faltar en ningún habitáculo moderno.

Preguntado José Blanco por el particular, afirma que se trata de pura demagogia y que, en todo caso, los políticos españoles ganan mucho menos que sus colegas europeos. Sólo él debe saber qué coño tiene que ver una cosa con otra, porque la comparación no es pertinente. Lo correcto, si a eso vamos, sería cotejar el sueldo actual de, por ejemplo, el mismo José Blanco y Benach, con lo que percibirían si no se dedicaran a la política. Un estudiante de primero de derecho y un barrendero de la bonita ciudad de Reus, seguramente ganan algo menos que un diputado con un alto cargo orgánico en un partido nacional y un presidente de un parlamento autonómico. ¿Están ambos dispuestos a ejercer su vocación política cobrando lo mismo que en la vida civil? Esta es la pregunta que deberían responder en lugar de dar lecciones de moral a los contribuyentes haciéndose pasar por víctimas.

Laureano López Rodó tenía una grabadora en casa en la que dictaba cartas por las noches para adelantar trabajo en el ministerio. Cuando fue cesado, con los follones del traslado, la grabadora se quedó en su casa, por lo que avisó al ministerio de que enviaran a alguien a recogerla. Como quiera que, pese a su insistencia, nadie venía a retirarla, él mismo se presentó una mañana a devolverla, exigiendo el oportuno recibo. El hombre más poderoso de la España del desarrollo se jubiló poco más que como cualquier otro funcionario. En la actualidad, al concejal de urbanismo de la aldea más recóndita de nuestra piel de toro le bastan dos años en el cargo para retirarse a vivir de las rentas.

Ya sé que desde el 78 está prohibido hablar de los políticos del franquismo, salvo para tacharlos de asesinos y corruptos. Pero la realidad en cuanto al decoro de los hombres públicos de antes y ahora es precisamente la que ejemplifican los casos de López Rodó y Ernest Benach. Y al que le moleste…

Argentina: espejo del mundo

Todo el mundo sabe que la única explicación es que Kirchner usará el dinero de los partícipes de los planes de pensiones para pagar las deudas del Estado; algo que aviva un nuevo default y malestar económico para el ciudadano otra vez.

A este respecto, Joaquín Morales Solá, hace una reflexión interesante en La Nación. Básicamente, se plantea que el Gobierno argentino tenía dos opciones: reducir su abultado gasto o robar al ciudadano. Evidentemente, la segunda opción siempre es la preferida de cualquier Gobierno.

Por el momento, podemos ver la acción del Gobierno argentino como una anécdota grotesca de un país que no es el nuestro, pero muchos países van a tener que elegir en un futuro entre la disyuntiva que comenta Morales, ¿reducir gasto o aumentar el saqueo? De hecho, se lo están planteando continuamente.

Miremos dentro de nuestro país. Alberto Ruiz-Gallardón ha decidido en plena crisis que los madrileños han de pagar un 20% más de impuestos municipales para el 2009. El alcalde, junto a más de 100 altos cargos, se ha elevado el sueldo casi un 12%. Si nos vamos a la costa mediterránea, vemos como el Ayuntamiento de Barcelona, sin darse cuenta de la crisis tampoco, ha elevado el gasto para el 2009 en casi un 9%. Como si fuera poco, un teniente alcalde barcelonés ha añadido "que no es un presupuesto expansivo". Lo de Madrid y Barcelona no es una anécdota. Los municipios en general se están lanzando al saqueo indiscriminado del ciudadano para seguir recaudando ante la crisis. Más multas, más impuestos, más nuevas sanciones de todo tipo (750€ por tirar un chicle en la calle, 3.000€ por orinar en la calle, 900€ por tender la ropa…).

Si nos lo miramos desde más lejos, a nivel nacional, Zapatero tampoco sabe que hay crisis. Sigue aumentando los gastos y plantea unos Presupuestos Generales del Estado totalmente irreales para 2009. Traducción: más deuda del Estado, más déficit y más impuestos.

Si nos fijamos en la evolución de todos los Gobiernos occidentales en los últimos cien años, es indiscutible que todos tienden a aumentar la presión fiscal sobre el ciudadano y empresas para obtener más dinero. En un futuro inmediato, antes del 2020, el gasto del Gobierno se va a disparar sólo en pensiones y dependencia. Lo alarmante no es que el Gobierno va a llegar a esos compromisos sin dinero, sino la actitud irresponsable de ofrecer siempre más dinero a cambio de un voto.

A medida que se empiece a acercar ese momento, ¿qué cree que harán los Zapatero y Gallardón de turno? ¿Reducirse el sueldo? ¿Recortar gasto social? ¿Bajar impuestos a particulares y empresas? La historia nos enseña lo contrario. Tomarán la opción de Argentina: saqueo masivo a todo el mundo. Algo así sólo provocará fugas de capitales, cierre de proyectos empresariales ante la falta de seguridad jurídica, más desempleo, más inestabilidad, etc. De hecho ya está ocurriendo desde hace años, no es nada nuevo, pero el proceso podría acelerarse considerablemente.

Henry Thoreau decía que vivir en libertad tiene sus costes porque te has de esconder de la opresión del Gobierno continuamente. La disyuntiva está en cuán elevado es el coste. Los políticos nos están lanzando un mensaje claro. Somos sus huchas y cualquier cosa que nos hayamos ganado produciendo o tengamos ahorrado en diferentes activos es susceptible de sernos arrebatado tal y como ha ocurrido en Argentina. La única forma para que no nos roben más es ocultándolo de su extorsión fiscal y legislativa. El dinero donde mejor está es en nuestras manos, no en las del Gobierno que sólo sabe quemarlo en su propio beneficio. Evitar que nuestro dinero caiga en el bolsillo del Estado es garantizar nuestro bienestar futuro, de lo contrario, nunca más lo volveremos a ver.

Otros que quieren chupar del bote

Y lo hacen en un momento en el que sus resultados no dejan de mejorar mientras que las dificultades de los ciudadanos para llegar a fin de mes son cada vez mayores.

Durante la presentación de unos resultados del sector que sólo pueden ser calificados de excelentes, la Asociación Española de Distribuidores y Editores de Software de Entretenimiento (Adese) ha lamentado la falta de apoyo del Gobierno al sector y ha pedido subvenciones. Para rematar la faena, el presidente de Adese, Alberto González Lorca, ha pedido un marco regulatorio que les favorezca con el argumento de que "ninguna industria se crea por generación espontánea". Esto es cierto, pero la alternativa a dicha "generación espontánea" es la iniciativa privada, no el apoyo del poder político.

Por cierto, que lo que se ha olvidado decir González es que el sector ya puede sacar tajada de los contribuyentes por medio de las subvenciones de la Unión Europea. Los eurócratas tienen a bien regalar a estos señores cantidades que van de los 10.000 a los 100.000 euros por prototipo de videojuego. Y este dinero no se crea por generación espontánea. Surge de las cuentas corrientes de todos los habitantes de la Unión Europea, que los impuestos reducen de forma constante.

Los lamentos de González Lorca son un insulto a los ciudadanos en un momento de grave crisis económica en la que el riesgo de recesión es muy serio. Y más si se tiene en cuenta la evolución del sector. Mientras que cada vez más españoles van al paro y quienes no lo hacen ven como disminuye el poder adquisitivo de sus sueldos, el sector del videojuego creció en un 50% en 2007 y en un 16% en el primer semestre de este año. De hecho, en la misma presentación en la que Adese pide subvenciones, esta asociación anuncia que espera que los resultados del sector mejoren a buen ritmo con independencia de la situación económica.

No les han reconocido como parte del sector cultural, pero ya se portan como si pertenecieran al mismo. Su discurso en el mismo que el de la SGAE, DAMA y similares. Mucho lamento (incluyendo uno por las pérdidas reales o imaginarias causadas por la piratería), reclamación de endurecimiento de las normas contra el intercambio de archivos y solicitud de dinero público (que, insistimos, procede de unos ciudadanos que afrontan una crisis económica grave) para mejorar sus cuentas. El respeto que pudiera sentir por ellos se ha extinguido. Game Over.

El dinero, el ocio y la felicidad

La moralina anticapitalista suele proclamar que "el dinero no da la felicidad". No por ser más ricos y tener más bienes, nos dicen, lograremos ser más felices. Por tanto, la organización política, social y económica no debe orientarse a la creación de riqueza, sino a alcanzar otros fines de cariz social. No importa que los ricos sean sistemáticamente expoliados por el sistema fiscal, ya que, en realidad, no necesitan todo lo que tienen para ser felices.

El éxito de la letanía anterior (especialmente entre la gente pobre) se debe, en buena medida, a que generar riqueza es un proceso más complicado que autoconvencerse de que no es necesario crearla para ser felices. Dicho de otra manera, en la inmensa mayoría de los casos, se convierte en una justificación de la pasividad y el fracaso de los más pobres.

Además es una frase que resulta difícil de refutar en pocas líneas, ya que todos conocemos casos de gente rica e infeliz y de gente austera y con una vida plena.

Mi propósito no es afirmar que el dinero necesariamente da la felicidad, sino más bien que en la mayoría de los casos facilita lograrla. Para ello comenzaremos dando una definición praxeológica de felicidad.

Todo ser humano actúa deliberadamente para lograr sus fines, esto es, para pasar de una posición menos satisfactoria a otra más satisfactoria. Para lograr estos fines necesita proveerse de unos medios que le permitan reducir la distancia entre la situación actual menos satisfactoria y la situación futura más satisfactoria.

Definiremos el tiempo durante el que el ser humano satisface sus fines como "ocio", mientras que "trabajo" será el tiempo durante el cual el individuo se provee de los medios necesarios para conseguir sus fines. Dicho de otra manera, las acciones realizadas durante el tiempo de ocio se desean por sí mismas (proporcionan utilidad directa), mientras que las realizadas durante el tiempo de trabajo se desean por acercarnos hacia el ocio (utilidad derivada). Si un determinado trabajo fuera improductivo (no nos acercara al ocio) dejaría de ejecutarse de inmediato.

Obviamente, todo el mundo preferiría vivir en un ocio permanente y no trabajar nunca. Sin embargo, si el individuo minimiza su tiempo de trabajo, sólo podrá lograr fines muy simples. El tiempo de ocio presente tiene su coste de oportunidad: renunciar a un ocio futuro más intenso. Por ejemplo, una persona puede disfrutar echado en la cama todo el día, aunque disfrutaría más si pudiese ser astronauta. Sin embargo, ambos fines son en buena medida incompatibles: si se limita a reposar en la cama, no podrá trabajar en alcanzar su puesto de astronauta y viceversa.

Por consiguiente, el ser humano será tanto más feliz cuanto más duradero e intenso sea su ocio. El paradigma de felicidad sería, precisamente, que un individuo sólo llevara a cabo en cada momento aquellos que son sus fines más valorados.

En este sentido, el dinero es un instrumento muy útil para alcanzar esta permanente felicidad, ya que nos permite alcanzar sin necesidad de trabajar los medios que requerimos para lograr esos fines.

Ciertamente, el dinero no es imprescindible para ser feliz, pero aun en el caso en que las máximas aspiraciones de una persona consistieran en fines muy simples y básicos (comer, dormir y mantener relaciones sexuales), el individuo tendría que trabajar para proveerse del sustento necesario para sobrevivir y poder ejecutar esos fines.

El dinero (o más generalmente la riqueza), por tanto, no sería necesario para alcanzar la felicidad sólo en el caso en el fin prioritario del individuo fuera a su vez una actividad que le proporcionara los medios necesarios para alcanzar otros eventuales fines futuros. Pensemos en el cazador que va a cazar porque es su mayor afición y, además, obtiene carne para cenar o en el profesor universitario que va a dar clase porque es su prioridad en ese momento (y con independencia del salario percibido).

En el resto de los casos, el dinero (o la riqueza) es condición necesaria (pero no suficiente) para seguir incrementando nuestra felicidad, ya que evita que tengamos que perder el tiempo en otras actividades que no nos proporcionan directamente utilidad.

Por supuesto, la mentalidad anticapitalista suele relacionar la necesidad de dinero con una suerte de avaricia ilimitada y de atesoramiento de bienes. El ser humano, nos dicen, no es capaz de consumir tanta riqueza como la que tienen las grandes fortunas. Por este motivo, los anticapitalistas vienen justificando la redistribución de la renta y de la riqueza: los bienes que los ricos despilfarran en sus excesos pueden incrementar mucho la felicidad de los pobres más necesitados.

El economista neoclásico Pigou fue el primero en sugerir que los ricos derivaban menos utilidad de un dólar que los pobres, de modo que la redistribución de la renta aumentaba la utilidad social. Más tarde, Kaldor y Hicks sugirieron que tal redistribución era eficiente, ya que el pobre podía compensar al rico y aun así salir ganando.

Sin embargo, ambas consideraciones desconocen el papel que los ricos conceden a su patrimonio. En primer lugar, los ricos en general no tienen la intención de consumir y despilfarrar compulsivamente su riqueza, ya que probablemente con esos hábitos nunca habrían logrado amasarla (y por eso mismo, los "nuevos ricos" sí suelen arruinarse con celeridad). Lo que les permite la riqueza es vivir sin trabajar y dedicar su existencia a aquello que más les satisface. Por ejemplo, Warren Buffett, el hombre más rico del mundo, apenas ha modificado sus hábitos a lo largo de su vida (sigue viviendo en la misma casa y usando el mismo coche que hace 40 años). Poseer grandes cantidades de dinero no equivale a ser una persona vacía, sin principios o aficiones, sino tener la oportunidad de autorrealizarse y focalizar su vida en aquello que más le satisface.

Es más, los ricos pueden conceder ese "privilegio" a las personas que quieren y aprecian. Y eso nos lleva al segundo punto de por qué ninguna cantidad de riqueza tiene por qué ser suficiente. Las grandes dinastías permiten al patriarca transferir su riqueza (y la oportunidad de no tener que trabajar) a sus hijos, nietos o bisnietos y, en muchos casos, sólo ese gesto y esa expectativa ya son fuente de ocio y felicidad para el patriarca.

Cuanto más dinero amase un individuo, no sólo podrá extender esa oportunidad a mayores y más amplias generaciones (no es lo mismo facilitar el ocio a un nieto que a cien), sino que podrá extenderlo con menor incertidumbre.

Se atribuye al Barón de Rothschild la frase de que "estaría contento si pudiera legar a mis descendientes una cuarta parte de mi riqueza". Con este comentario, Rothschild ponía de manifiesto las dificultades de transferir el capital intergeneracionalmente (inflación, nacionalizaciones, impuestos sobre ganancias y sucesiones y la necesidad permanente de ajustarse a las necesidades de los consumidores). Si sólo iba a poder transferir una cuarta parte (siendo optimistas) del pastel, era necesario que el pastel fuera muy grande.

En definitiva, no es cierto que el dinero no dé la felicidad. En la inmensa mayoría de los casos será una condición necesaria (aunque no suficiente) para ser más felices. Y tampoco es cierto que las redistribuciones de la renta generen incrementos en la utilidad social: no se trata sólo de que las comparaciones intersubjetivas de utilidad sean imposibles, sino que existen razones de peso para creer que con las redistribuciones se condena a una menor felicidad a muchas generaciones presentes y futuras.