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Etiqueta: Enemigos de la libertad

La dependencia psicológica y la entrega de la libertad

La legitimidad del Estado y sus gobernantes no se basa principalmente en la represión, sino en la condescendencia de sus ciudadanos. Son ellos los que hacen que sea soberano, es decir, que sus decisiones sean "finales".

El sometimiento no es físico, sino psíquico. La estabilidad social depende del hecho de que los hombres se encuentren en una situación psíquica que los arraigue a una situación social concreta.

La esfera política puede influir y fomentar esta condescendencia consiguiendo que se perpetúe en el individuo adulto la situación psíquica que experimentó en la infancia cuando no podía sobrevivir sin su familia, y cuyos impulsos vitales se adhirieron primeramente a los objetos que le daban protección y satisfacción frente al desamparo: su madre y su padre.

La dependencia psíquica infantil que se promueve hace que el Estado se imponga en el inconsciente del individuo como una figura paterna. Lo cual lleva consigo una evidente adoración y veneración hacia las políticas estatales intervencionistas. Principalmente en todo lo relativo a los derechos positivos, es decir, los derechos que supuestamente tiene una persona a que se le cubran una serie de necesidades: salud, vivienda, trabajo, alimentación e incluso una renta fija mínima.

El individuo adulto espera que el Estado, cumpliendo con su función paterna, elimine la crueldad y la incertidumbre del destino, además de compensarlo por los sufrimientos, las frustraciones y las necesidades que acarrean una vida civilizada en común.

El extremo es el hedonista político (que diría Strauss), que llega incluso a reverenciar a los representantes políticos ya que los considera sabios y cree que desean su bien y su felicidad. Entiende que es un buen ciudadano porque cumple con todo lo estipulado por la élite política sin ningún espíritu crítico, creyendo que es lo apropiado y lo justo, de la misma forma que de niño acataba sin más las afirmaciones de su padre. Su docilidad consigue un premio o recompensa: el elogio de éstos. Además, esto refuerza a la clase política y a toda la maquinaria estatal, ya que la culpabilidad de sus acciones no recaerá en ellos, sino en los propios ciudadanos, que asumirán toda la responsabilidad.

El hombre necesita darse cuenta que esta situación desemboca en una eterna infancia, en donde lo único que busca el individuo adulto es evadirse de sus responsabilidades.

El objetivo del hombre adulto es deshacerse de estas cadenas políticas. Debe romper esa dinámica para ser verdaderamente libre; debe sustituir la dependencia por autonomía; debe cortar esos vínculos primarios porque impiden su desarrollo humano completo; debe realizar su individualidad y no subordinarse a un poder exterior a sí mismo; debe, en definitiva, creer que le es posible autogobernarse y tomar sus propias decisiones, en vez de estar ansioso de entregar su libertad.

Arrimando el hombro

"Todos debemos entender que la educación, las carreteras, los servicios… no son gratis. Todos debemos arrimar el hombro". ¿No le suena esta expresión de "arrimar el hombro"? También es muy usado por el Gobierno socialista español.

Cuando alguien le pide que arrime el hombro entiende que le está solicitando ayuda y que usted, de forma voluntaria, se la da si quiere. Esta expresión recibe un sentido totalmente diferente cuando es usada por los políticos. En política, arrimar el hombro significa que aprobarán leyes obligándole a pagar más dinero al Estado. Esto no es altruismo, ni bondad, ni mucho menos un acto solidario y de civismo, simplemente es un crimen y un robo ya que usted paga los impuestos porque el Gobierno le amenaza y extorsiona con multarle, juzgarle, encarcelarle o matarle si se defiende de la agresión estatal y no cede el tributo al Gobierno de turno.

Afortunadamente, la sociedad española se está dando cuenta de qué son los impuestos y de que estos son siempre ilegítimos. Según el Ministerio de Economía, casi un 50% de la población ve con buenos ojos no declarar al fisco todas las rentas obtenidas. Estos datos contrastan con los años anteriores. En 1995 sólo el 33% de la población encontraba lícito engañar a Hacienda para no dejarse saquear por el Estado. En 2006 esta proporción ascendió al 39% y en 2008 se sitúa concretamente en el 49%.

Casi el 88% de los encuestados piensan que "hay circunstancias en la vida personal o de una empresa que justifican cierto fraude para seguir adelante". Esto es muy interesante, porque contradice totalmente el argumento izquierdista de que los impuestos revierten directamente en el individuo como un efecto multiplicador al estilo keynesiano generando más rentas o bienestar para todos.

No pagar impuestos es algo más que un hecho circunstancial a la situación económica. ¿Se imagina que por ley tuviésemos que informar a un ladrón a qué horas no estaremos en casa para que él entrase a saquear nuestra propiedad? Si los impuestos son una incautación forzosa de nuestras rentas y de aquello que nos hemos ganado con nuestro esfuerzo, ¿por qué ha de ser inmoral no informar al Estado de lo que ganamos? Si caemos en la extorsión del Estado, éste nos sacará nuestro dinero para comprar más votos, repartirlo entre sus grupos de presión o emprender proyectos de ayuda inútiles que no repercuten en nuestro bienestar. Más bien al revés, lo usarán para crear más leyes que les sirvan para controlar nuestras vidas. Engañar al fisco es un acto de defensa para mantener nuestro bienestar y conservar aquello que nos hemos ganado trabajando. Nadie tiene derecho a sacárnoslo.

¿De verdad cree que la presión fiscal, que supera ligeramente el 40%, es para pagar los llamados servicios básicos del Estado? Sólo en la recaudación por tabaco y licores ya se paga todo el presupuesto de Defensa. ¿Cree que los políticos administrarán mejor su dinero que usted? Ellos no les bajarán los impuestos, así que tome usted la iniciativa.

Dependientes de Zapatero

Zapatero va a necesitar mucha "justicia social" para enmascarar su gran plan: comprarle a los archimillonarios promotores todo el suelo que no tiene salida para socializar las pérdidas de quienes se han enriquecido estos últimos años con el negocio inmobiliario. Hace bien, me siguen pareciendo pocos los Cayenne que veo en la carretera.

Su gran plan "social" es una ley para la que, por vez primera, empieza a reconocer que no tiene dinero suficiente. El nombre, eso sí, no puede ser más a propósito: "Ley de Dependencia" se llama, porque esta será, en la medida en que se implante, su verdadera realidad: la dependencia de decenas de millares de familias del dinero que haya en la caja del Estado, que es el que sale de los bolsillos de todos. Por de pronto, el que hay no es suficiente para todas las promesas que ha hecho Zapatero con el dinero de los demás.

La dependencia es un arma en manos del Estado. Recordarán que el pte. González ganó unas elecciones diciéndoles a millones de pensionistas que Aznar les iba a robar las pensiones. La dependencia económica del Gobierno es también una dependencia personal y política. Por eso la mejor política social es la de crear ciudadanos que se valgan por si mismos, que puedan sostenerse con un patrimonio propio creado con años de ahorro y juiciosas inversiones. Una sociedad de propietarios es una sociedad de hombres y mujeres libres.

Una sociedad libre tiene hueco para los pobres. De hecho, es la única en la que tienen una oportunidad real generalizada de escapar a su situación. No ya porque una sociedad libre produzca riqueza para todos; no sólo porque las grandes fortunas se hacen produciendo bienes de consumo masivo, acercando a quienes menos tienen lo que antes era exclusivo de los más ricos. Es que, incluso para quienes no tienen absolutamente nada, una sociedad en libertad es la mejor opción.

Porque la caridad privada no crea dependencia; huye de ella. A lo largo de la historia, a medida que se ha ido acumulando experiencia en este terreno (y la hay desde hace hace cuatro mil años) se ha visto claro que, en la medida de lo posible, la caridad no es una cuestión de dinero, sino de comportamiento. Que lo importante es la persona y su capacidad para salir adelante por sí misma.

Nada que ver con la dependencia que busca el Gobierno de quienes necesitan ayuda.

ZP es el mayor constructor de España

Es decir, usted, ciudadano, no sólo tendrá que cumplir puntualmente con el pago mensual de su hipoteca, sino que además se verá obligado a sufragar con sus impuestos la abultada deuda crediticia que acumulan las inmobiliarias españolas.

Si no quieres lentejas, toma dos platos. Zapatero, haciendo un uso irresponsable de parte de sus ingresos como trabajador, se ha convertido de facto en el mayor constructor del país y en uno de los más importantes de Europa. ¿Cómo? Hagamos cuentas. El Instituto de Crédito Oficial (ICO), dependiente del Ministerio de Economía, ha puesto en circulación 5.000 millones de euros (casi 1 billón de las antiguas pesetas) para avalar la titulización de préstamos hipotecarios destinados a la compra de vivienda protegida (VPO). Tales créditos, que se agotaron en el mismo momento de su emisión, servirán para financiar la salida al mercado de casi 30.000 pisos públicos en el presente ejercicio.

De este modo, sus impuestos, presentes o futuros (a través de la emisión de deuda pública) servirán para pagar la casa de su vecino. Pero tal cuantía tan sólo es el comienzo. Si se descuentan los cerca de 10.000 millones de euros en préstamos que el Gobierno pretende inyectar a las pymes, Zapatero pondrá a disposición de los promotores otros 25.000 millones de euros para facilitar la compra de VPO en 2009 y 2010.

Y todo ello con el objetivo de cumplir la promesa electoral de construir 150.000 vivienda protegidas al año. Más de la mitad de los pisos que se iniciarán anualmente en España durante los próximos ejercicios, según las previsiones que manejan los expertos del sector. Así, el rescate inmobiliario de ZP esconde, en realidad, la cuasi nacionalización del parque residencial español a lo largo de la presente legislatura. Además, el Ejecutivo pretende impulsar la construcción de obra pública mediante la inyección de miles de millones de euros en la licitación de infraestructuras de toda índole.

Si a ello sumamos el denominado Plan Renove para rehabilitar viviendas e infraestructuras hoteleras, cuyo coste alcanza los 5.000 millones de euros en créditos del ICO en 2009 y 2010, así como la intención de adquirir los terrenos sobrevalorados que acumulan las constructoras, la factura de dicho plan alcanzará, sin duda, cifras desorbitadas. Y todo este despilfarro ¿para qué? ¿Para salvar a un sector en crisis que se ha enriquecido de forma artificial gracias a la burbuja inmobiliaria de la última década? ¿Para evitar la sangría de trabajadores en paro que está provocando el derrumbe de una industria improductiva? ¿Para seguir fomentando el consumo y el endeudamiento extremo cuando, precisamente, lo que necesita la economía nacional es fomentar el ahorro y saldar cuanto antes las cuentas pendientes con los bancos?

Dos apuntes a modo de conclusión. El plan de créditos e inyecciones públicas a fondo perdido ideado por el Ejecutivo no conseguirá, en ningún caso, mantener a flote el sector inmobiliario nacional, sino que, además, hundirá por muchos años el mercado de la vivienda residencial.

En su denodado esfuerzo por salvar el cuello a algunos empresarios irresponsables y poco previsores, el fomento de la VPO tan sólo servirá para depreciar, aún más, el valor de la vivienda libre, poniendo a su vez en serios aprietos a todos aquellos ciudadanos que quieran poner su piso a la venta con el objetivo de saldar deudas e incluso obtener beneficios. Es decir, degradará más, si cabe, la riqueza patrimonial de muchos españoles que gracias a su trabajo y esfuerzo han adquirido un piso en propiedad. Tales efectos también se extenderán al mercado del alquiler de la vivienda libre, puesto que la Administración también pretende impulsar el arrendamiento de VPO.

La intervención pública en el mercado residencial agravará las consecuencias de la profunda crisis inmobiliaria que padece España, posponiendo en tiempo y forma el deseable ajuste de precios y oferta de pisos que, por sí sólo, se está encargando de aplicar el mercado. Olvídense, pues, de las recién caídas Martinsa o Colonial. El nuevo referente del sector inmobiliario español tiene nombre y apellidos: José Luis Rodríguez Promotor.

Estado de bienestar y desarrollo económico

Es típico de los malos pensadores presentar verdades incompletas y discursos en los cuales lo que falta es muy relevante. Es menos común que ellos mismos se pongan en evidencia afirmando que dos fenómenos se refuerzan mutuamente y explicando además cómo uno fomenta al otro, pero olvidando aclarar cómo el segundo contribuye al primero. Aquí Sotelo reconoce que el estatismo antisocial (mal denominado "Estado de bienestar") depende del crecimiento económico que se produce al eliminar barreras políticas al comercio: la generación de riqueza por un mercado libre posibilita su confiscación y posterior redistribución. Pero no habla de cómo el asistencialismo estatal potencia el crecimiento económico: quizás porque no lo hace.

El Estado de bienestar es la institucionalización del parasitismo y la dependencia del Estado camufladas de solidaridad y progreso social. Un parásito intenta engañar a su huésped para no ser detectado y eliminado, y a veces consigue incluso hacerle creer que resulta beneficioso para su supervivencia. Los pseudointelectuales cortesanos y algunos economistas mediocres ven ciertas correlaciones estadísticas entre crecimiento económico y tamaño del asistencialismo estatal e infieren que el gasto público en educación, sanidad, desempleo y pensiones fomenta el desarrollo. No entienden que el intervencionismo estatal, por muy bien intencionado que sea, es un obstáculo y no una ayuda: ese dinero habría sido empleado de forma mucho más eficaz y eficiente por sus legítimos propietarios, los ciudadanos, que seguramente reclamarían esos servicios a empresas competitivas. Si las naciones más pobres no "disfrutan" del Estado de bienestar es porque no pueden permitírselo, no porque ignoren que es indispensable para salir del subdesarrollo.

Ignacio Sotelo lamenta que "la integración económica europea ha ido creando un marco supraestatal de carácter neoliberal que pone límites muy precisos al Estado social" y que "la UE ha rehusado implantar una política social comunitaria". Asimismo, se duele de que "la ampliación al Este ha reforzado aún más la debilidad social de la Unión, al adherirse unos países que han desmontado prácticamente por completo las instituciones sociales provinientes del Estado colectivista". Los socialistas pervierten por completo el concepto de lo social, que en vez de ser el resultado de relaciones espontáneas y voluntarias entre individuos libres se convierte en burocratización estatista impuesta mediante la coacción legal de la política.

Se escandaliza de que en relación con la nueva semana laboral europea se apele "a la libertad del trabajador para permitir que cada cual pacte lo que quiera" porque "lo verdaderamente grave es que con ello se quiebra uno de los logros históricos del movimiento sindical: la negociación colectiva". Luego se extrañan de ser tachados de liberticidas y colectivistas.

Recetas socialistas para la no-crisis

Increíble, sí, pero cierto. Porque ni siquiera un socialista es capaz de aparecer en la tribuna del congreso y fingir un optimismo absurdo en las circunstancias actuales como hizo Zapatero el miércoles pasado. Si el peor comienzo para solucionar un problema es negar su existencia, dibujar un contexto incompatible con la realidad es la garantía inequívoca de que todo lo que está mal va a seguir empeorando hasta llegar a la catástrofe absoluta.

En cierto modo, Zapatero tiene una excusa para insultar a la inteligencia del español medio con su empeño en negar la evidencia de la recesión actual. Y es que el grueso de los referentes intelectuales y mediáticos que manejan la voluntad de los votantes socialistas va a poder sobrellevar esta crisis de forma confortable, pues en la inmensa mayoría de los casos sus sueldos no dependen de las decisiones comerciales de los ciudadanos en régimen de competencia. Profesores universitarios, altos cargos del PSOE, liberados sindicales, funcionarios del canon y artistas subvencionados tienen las habichuelas garantizadas así acabemos como Argentina y su corralito. Sus sueldos dependen exclusivamente de la voluntad del Gobierno y no van a ser ellos quienes pongan en duda las consignas del PSOE.

El Partido Socialista Obrero Español se mantiene como referente de la clase obrera simplemente porque ésta odia más a la derecha de lo que desprecia a los dirigentes socialistas y, en muchos casos, prefiere hundirse con los suyos a remontar el vuelo de la mano del adversario. Pero hasta ellos saben que el PSOE actual no es más que una organización pequeño-burguesa destinada a defender el negocio de los instalados en el presupuesto y el favor estatal, a cambio de subvencionar a los ociosos y los lobbys de izquierdas para callarles la boca.

En el inminente congreso socialista tampoco se hablará de crisis. A cambio, los temas que suscitan el mayor interés de los delegados y que centrarán la mayor parte de los debates van a ser la eutanasia, el aborto y, pásmense, la lucha contra el mobbing. Al menos en esto último son consecuentes. Al ritmo actual de destrucción de nuestra economía, en unos meses no habrá apenas empleados a los que acosar.

El fin de la era Aznar

Aznar llevó al PP a un liberalismo tamizado, pero que le dio una base ideológica razonable y que le ponía en sintonía con lo mejor del centro derecha europeo. La defensa de la libertad y de los derechos civiles, aunque nunca ha sido abrazada hasta el final, le ha dado al PP la oportunidad de tener un discurso coherente y que, frente al discurso de privilegios de los nacionalistas, le ha permitido hacer suyo un discurso verdadero de solidaridad. Todo ello engarzado en la defensa de la nación española. Aznar apostó también por el atlantismo  y una proyección importante de España en el exterior. Súmese a ello la convicción de que se debe y se puede derrotar a ETA policialmente dentro del Estado de Derecho, así como moral, ideológica y socialmente, y tenemos los elementos principales del PP aznarí.

Rajoy no reniega de todo ello. Simplemente ha llegado a la convicción de que no es suficiente. Además de ser bueno hay que parecerlo, y por ello incide en la necesidad de ser aceptado por los demás partidos y por la sociedad. Por eso habla de pactos antes de tiempo, como le ha reprochado Aznar. Por eso centra su discurso en la economía, vuelve a la derecha garbancil, de perfil bajo, que mitiga las diferencias del PP respecto de otros partidos.

Ese es el verdadero significado del XVI Congreso del PP: la ruptura de la era Aznar. Las ideas, que con Aznar se convirtieron en el principal reclamo para ganar elecciones, se postergan frente a la necesidad imperiosa de hacerse querer. Me da la impresión de que Mariano Rajoy, a quien tengo por una persona honesta, pese a sus 30 años en la política, pese a la manipulación de los atentados del 11-M que él sufrió el primero, no acaba de comprender a la izquierda con la que quiere tender puentes. Su vocación es constructiva, pero no se da cuenta de que la izquierda no transige y no permitirá que el PP forme parte del paisaje. Tampoco se percata de que no tiene por qué aceptar que ese paisaje lo pinten otros, especialmente cuando tenemos el marco de la Constitución. No se da cuenta de que la firmeza en las ideas de libertad y derechos civiles, aunque sea en solitario, es su única salvación. Y la nuestra.

La austeridad se consigue con menos Estado

Una de las principales críticas que recibe recurrentemente España es la fuerte rigidez burocrática que impide hacer nada. Si la solución a los problemas económicos está en la reducción de leyes absurdas contra el libre comercio y el descenso en el número de funcionarios, el Estado ha hecho lo contrario. En España hemos pasado de 1,2 millones de funcionarios en 1990 a casi 2,6 millones en 2008, y quienes trabajan en el sector público no pueden emplearse a la vez en el privado. Esto significa una menor producción, más impuestos y un fuerte lobby que no para de absorber privilegios como el poder trabajar desde casa o recibir primas por no faltar al trabajo. En la economía privada, si no trabajas, te despiden. Los funcionarios son una casta privilegiada. ¿Cree que Gobierno y administraciones locales van a recortar cargos públicos arriesgándose a huelgas de todo tipo?

Todas las reacciones que ha tenido Zapatero para hacer frente al actual "problema de dificultades", esto es, crisis con atisbos de recesión, se han centrado en gastar más: más obra pública, más subsidios de desempleo, más funcionarios para crear cosas como el "observatorio de precios" y más subvenciones para los lobbies sociales y empresariales. Si el Gobierno ya está recaudando menos debido a la contracción económica y sigue gastando como un ludópata en un bingo, ¿de dónde sacará el dinero para su despilfarro? La respuesta es evidente: de nuestra cartera. Padeceremos una presión fiscal mayor y el peso de la deuda pública sobre el PIB crecerá, lo que significa que pagaremos aún más impuestos en el futuro.

Por definición, el Estado sólo sabe aplicar la fuerza. Es función de los medios de producción privados servir a la sociedad adaptándose constantemente a nosotros, independientemente de la situación económica en la que estemos. No lo hacen por amor, como dice el establishment socialista que hace el Gobierno, sino porque en ello les va su bienestar material.

Si el Gobierno se decida a llenar los bolsillos de las empresas con subvenciones y ayudas, éstas dejarán de esforzarse en crear empleo y servir al consumidor y al accionista. El principal benefactor de las empresas privadas será el Estado, no nosotros. Si de igual forma Zapatero considera, como ya ha hecho, que los subsidios de desempleo han de crecer, lo único que hará será premiar la baja productividad y el no trabajo. La sociedad y economía funcionan cuando se retroalimentan de forma natural y autónoma, no con transferencias de los actores económicos productivos hacia los no productivos. Esto sólo nos llevará a acentuar la crisis e invertir el proceso natural.

Entonces, si el bienestar material nos viene a través de los intereses de cada uno de los actores económicos que interactúan entre ellos demandando y ofreciendo productos y servicios, lo mejor será fomentar la empresarialidad y el esfuerzo personal. En este terreno, lo mejor que puede hacer el Gobierno es empezar a permitirles más libertad a la sociedad y al mercado para que cada uno use los mejores métodos de producción posibles para satisfacer al resto de la sociedad. Si el Gobierno actúa como un dictador de la producción controlando los medios de forma arbitraria por el simple hecho que no le gustan, como por ejemplo cuando se niega a que se emplee la energía nuclear, sólo conseguiremos menos innovación, menos bienestar y un mercado autárquico y cerrado a las necesidades reales del ciudadano.

Las crisis se deben a los falsos incentivos de los medios políticos, ya vengan de los bancos centrales –que crean ilusiones de crecimiento respaldadas por inflación– o del propio Estado. Los que han provocado esta situación sólo nos pueden ayudar disminuyendo sus funciones o desapareciendo de nuestras vidas. El número de funcionarios ha de disminuir drásticamente. Las subvenciones han de ser reducidas o incluso abolidas. Las leyes medioambientales no generan ningún beneficio que el mercado pueda valorar y nos acarrean un sinfín de costes, por lo que deben ser derogadas. Que elija el consumidor y no un burócrata en la Moncloa que vive de nuestro dinero. Y todo para que encima tampoco cumplamos nuestros compromisos ecológicos. Si lo que nos importa es nuestro bienestar material y no el de los burócratas, los impuestos han ser fáciles de recaudar y transparentes, lo que significa, en el corto plazo, crear un solo impuesto directo al consumo y bajo.

En fin, la mejor manera para superar la crisis es que el Estado se siga una estricta dieta y empiece a recortar sus funciones cediéndonoslas a nosotros, la sociedad civil.

Vacas flacas sólo para el sector privado

Ya sabe, todo por culpa de esa crisis que según Zapatero no existe. Pero evidentemente, el Estado no es el único que se resiente por las consecuencias de esta "desaceleración transitoria ahora más intensa", también sufren las empresas privadas. Comparemos esta situación por separado.

El único fin social que tiene una empresa es obtener beneficios. A diferencia de las obligaciones del Estado, la empresa no ha de mantener la paz ni bienestar social. Las empresas dependen del plebiscito del consumidor. En condiciones de libre mercado no pueden abusar de él porque en caso contrario el cliente se irá a la competencia. Muchas empresas ahora están pasando por un mal momento y no han trasladado los aumentos de costes al cliente hasta que la situación les ha sido insostenible. Uno de los ejemplos que más han estado sonando estas semanas son las compañías aéreas, que han empezado a subir precios ante la imparable subida del crudo. Todo y así, aerolíneas como Iberia ya han anunciado que si su demanda baja mucho, bajará precios, es decir, se comerá más costes aún. Las empresas se amoldan a las necesidades de la gente para que todos, mundo empresarial y sociedad, podamos convivir. Los dos nos necesitamos y los dos nos consentimos mutuamente de forma libre. Pero la relación Estado–ciudadano no es la misma.

Estos días hemos oído la negativa del Gobierno a rebajar los impuestos a los combustibles. Solución que habría sido la más fácil y transparente para todos, tanto para empresarios como para trabajadores y ciudadanos. Las razones que han esgrimido los gobernantes para negarse a la rebaja fiscal han sido básicamente técnicas, pero también económicas. Hace dos semanas ocurrió lo mismo en Francia cuando Nicolás Sarkozy planteó suspender el IVA a los carburantes. Bruselas calificó las declaraciones de "error" y la propuesta se guardó en un cajón.

Con esta crisis estamos viendo que los estados, al no necesitar nuestro plebiscito para nada, se sacan la máscara comportándose como unos tiranos. Curiosamente, los que viven de la economía privada hacen todo lo contrario apretándose el cinturón y así podernos servir. ¿No sería más razonable, en la lógica actual, que fuesen los gobiernos y no las empresas los más comprensivos y flexibles con el ciudadano? Es decir, que recortasen costes, partidas innecesarias y de escaso valor para el ciudadano. En este panorama no tiene demasiado sentido pagar a actores ociosos que viven de cánones privado-estatales, empresas que están fuera del mercado y sólo se alimentan de subvenciones, tiranos de otros países o lobbies. El Gobierno también tendría que hacer una reducción de costes interno como todas las empresas en estado de crisis. Parece haber olvidado todo el mundo que el Estado no es un fin, sino un medio y muy poco eficiente a la luz de los acontecimientos.

Se nos viene encima una situación que está haciendo que nuestro poder adquisitivo se deteriore a una velocidad de vértigo, pero antes prefieren los gobernantes ver una huelga durísima con escasez de alimentos, de combustible, violencia, intentos de asesinato y hasta un muerto que no perder ni un sólo céntimo en recaudación. Nos dicen que no pueden hacer nada por problemas formales y por la enorme burocracia, obligándonos un día detrás de otro a apretarnos el cinturón. Para los políticos las cosas sólo son difíciles e imposibles si repercuten negativamente en los ingresos del Estado. Para ellos no es una cuestión de defender el bien común, sino de mantener y aumentar el dinero y el poder.

Si una empresa se comportase así con sus clientes cerraría a los dos días, epro al Gobierno no le ocurrirá. ¿Cree que le importa lo más mínimo esta situación a los burócratas? ¿Cree que alguien se va a acordar de todo esto en las próximas elecciones de aquí a cuatro años? ¿Qué incentivos tiene el Gobierno en cumplir con sus responsabilidades de proporcionar seguridad y bienestar al ciudadano en un sistema en el que se prima la avaricia gubernamental y ni siquiera hay leyes para castigar la irresponsabilidad política? ¿Es necesario que los gobiernos tengan tanto poder sobre nuestras vidas? Por si alguien lo ha olvidado, son ellos quienes nos han de servir a nosotros, y no al revés.

La amistad y el Estado

Adela Cortina insiste, la amistad cívica o civil, a la que Aristóteles dedicara especialmente el capítulo X del Libro Séptimo de la Moral a Eudemo, es la mano intangible, la argamasa con la que los ciudadanos dan consistencia a una vida común. Claro que, cabe preguntarse, como hacía Mises en Teoría e Historia, si Aristóteles habría "aprobado el uso que de sus ideas se ha hecho en épocas posteriores". Y es que para Cortina la civil es la amistad sobre la que se edifica el moderno Estado del Bienestar; las metas comunes que los ciudadanos se comprometen a perseguir por pertenecer a un Estado, tal y como las enumera la catedrática, constituyen la agenda de las modernas burocracias occidentales, agenda que poco tiene que ver, creo yo, con la república que imaginara el Estagirita.

Tal vez, en lugar de a Aristóteles, hubiera resultado más convincente, por actual, recuperar la lógica de la acción colectiva de Mancur Olson y su corolario regulatorio, o, en sentido contrario y por dar mayor protagonismo a la dimensión moral del ciudadano, ya que de moral se trata, recurrir a Herbert Gintis y compañía, antaño marxistas, quienes, oponiéndose a la antropología del Homo economicus, afirman, entre otras cosas, que el moderno Estado del Bienestar es el caso más significativo de redistribución voluntaria de ingresos entre desconocidos, sugiriendo que tal cosa es posible, es decir, que goza de semejante apoyo voluntario (sic) porque se acomoda a normas de reciprocidad profundamente enraizadas en el ser humano.

Se trata de un ataque al Homo economicus que conceptualmente no se distancia mucho del punto de vista estratégico de la propuesta de Huerta de Soto para el desarrollo de una fundamentación ética para la teoría de la libertad:

Son las consideraciones de tipo moral las que mueven el comportamiento reformista de los seres humanos, que en muchas ocasiones están dispuestos a realizar importantes sacrificios para perseguir lo que estiman bueno y justo desde el punto de vista moral, comportamiento que es mucho más difícil de asegurar sobre la base de fríos cálculos de costes y beneficios, que poseen además una virtualidad científica muy dudosa.

La distancia, lógicamente, se hace oceánica en tanto en cuanto Huerta rechaza de plano el concepto de "justicia social", implícito en la exposición de Gintis, por considerarlo, precisamente, "inmoral en tres sentidos distintos" de entre los que destaco uno, el "punto de vista teórico":

Es imposible organizar la sociedad en base al principio de la "justicia social", ya que la coacción sistemática que exige imponer un objetivo de redistribución de la renta imposibilita el libre ejercicio de la función empresarial y, por tanto, la creatividad y coordinación que hacen posible el desarrollo de la civilización

Volviendo al artículo, vemos que se trata de una exhortación a los españoles para que recuperen ese vínculo amistoso, la argamasa civil triturada por la división de la ciudadanía en bandos irreconciliables, como quedó patente durante la endurecida (sic) campaña para las pasadas elecciones generales. Sin embargo, doña Adela no se moja; desde su atalaya moralizante no señala como debiera a los verdaderos responsables, a los auténticos beneficiados del resquebrajamiento del interés común, los políticos, y muy particularmente el presidente del Gobierno en funciones, quien a escasos días de celebrarse las elecciones reconocía cuanto le convenía, precisamente, que la mano intangible que dice la catedrática, se liara a tortas con unos y con otros.

Finalmente habría que recordar a doña Adela que para Aristóteles, en cualquier caso, "el hombre es un ser formado para asociarse con todos aquellos que la naturaleza ha creado de la misma familia que él, y habría para él asociación y justicia, aun cuando el Estado no existiese".