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Etiqueta: Enemigos de la libertad

Un club obligatorio de egoístas

 "Una afección tan noble [la generosidad], en lugar de hacer al hombre más apto para las sociedades de superior tamaño, es casi tan contraria a ellas como el más estrecho egoísmo."

(D. Hume, Tratado, III, ii, sec. 2ª)

El Estado del Bienestar es un club en el que no rige el principio liberal esencial de adhesión voluntaria, al decretar su incorporación obligatoria para todo el que se mueva por su jurisdicción. El espíritu obligatorio de este club es justamente lo contrario, pongamos por caso, al cooperativismo, uno de los mecanismos asistenciales más interesantes, previo al Estado Providencia y verdaderamente solidario, surgido del movimiento obrero.

El Estado del Bienestar, por su carácter esencialmente masivo y coactivo, hace a las personas ser más egoístas de lo habitual; es uno más de los numerosos efectos indeseados del mismo. Digamos que produce egoísmos y barreras artificiales que no se darían con tal intensidad de no existir dicho club "generoso". Veamos las más llamativas:

  • Barreras de entrada a los inmigrantes. Los que han sido forzados a colaborar en este supuesto club solidario resulta que no ven con buenos ojos a los recién llegados que se benefician de él pero que no han participado en sus cargas. Esta reacción es muy lógica. El recelo de muchos ante la inmigración tiene, por tanto, una de sus causas en la existencia del Estado del Bienestar.
  • Barreras de entrada a inversiones extranjeras. Se necesitan "campeones nacionales" para que las sedes de empresas "estratégicas" (léase con buenos flujos de caja) se hallen en suelo patrio y así facilitar la necesaria financiación de los gestores de dicho club. De esta manera se administra con mayor comodidad el corral fiscal y se impide que parte de los beneficios de estas corporaciones se vaya a sufragar otros clubes del Bienestar.
  • Barreras de entrada a productos extranjeros. Los aranceles, las medidas antidumping y las restricciones a las importaciones no son más que burdas medidas para impedir que ciertos productos confeccionados fuera de los costosos estándares del Estado del Bienestar puedan competir con los producidos dentro dicho club forzoso; dificultando, de paso, el deseable desarrollo de los trabajadores más pobres en el exterior.
  • Barreras de entrada al mercado laboral. Los sindicatos fuerzan la mejora de todas y cada una de las condiciones laborales de los que ya tienen trabajo a costa de hacer mucho más difícil la entrada de aquellos que no lo tienen al carecer de la productividad marginal necesaria para ser merecedores de esas "mínimas" conquistas sociales. También unos costes laborales improductivos consecuencia de excesivas regulaciones del mercado laboral de este club de egoístas detraen inversión en capital, lo que supone una barrera segura a la subida natural de los salarios que van asociados a la mejora de la productividad.
  • Barreras de entrada a los no nacidos. Constato que el pensamiento progre, el Estado del Bienestar y el aborto van de la mano. A esto habría que sumar el movimiento contrario de "salida forzosa": ciertas malas prácticas médicas de eutanasia no solicitada por el afectado o sus allegados para "aliviar" los crecientes pagos comprometidos del club del Bienestar.
  • Barreras de salida a jubilados. Las edades de jubilación y años de cotizaciones que den derecho a pensiones máximas a cargo de la Tesorería de la seguridad social se van estirando con el tiempo a medida que no les van saliendo las cuentas a los gestores del club.
  • Barreras de salida a empresas. El clan del Bienestar sale muy caro y toda salida de verdadera riqueza se intenta interesadamente frenar desde los poderes públicos, con la excusa de haberse beneficiado el asociado de ciertas exenciones fiscales o ayudas estatales. Las subvenciones, primero, y los impedimentos a las deslocalizaciones posteriores son un círculo vicioso insensato. Otra barrera de salida indirecta sería la armonización fiscal de bases o tipos de impuestos entre estados para impedir que las empresas encuentren su óptimo tributario en otro sitio y se larguen de donde están.
  • Barreras de salida a naciones de un mismo Estado. La asunción básica de todo socialdemócrata es que cuanto mayor sea el Estado mejor se garantizará la "justicia social". El Estado del Bienestar, por tanto, es uno de los frenos más importantes para la pacífica secesión o desagregación voluntaria de unidades nacionales dentro de un mismo Estado.

Todas estas actitudes son signos claros de egoísmo o de recelo sobrevenido. Con un desmantelamiento importante de este club forzoso ya no nos asustarían la entrada de productos o inversiones extranjeras (las veríamos como lo que realmente son: riqueza), ni la llegada de inmigrantes o de nuevos nacidos a la sociedad (pues constataríamos con normalidad que, a su debido momento, trabajan para conseguir su sustento sin aprovecharse de nadie), ni la saludable flexibilidad del mercado laboral (con menores cargas sociales subiría la productividad y, por tanto, los salarios de todos los trabajadores), ni la salida del mercado laboral cuando a uno le venga en gana (al haber contratado un plan privado a su costa), ni nos opondríamos a la marcha de empresas al exterior (pues entenderíamos que buscan su beneficio y que el facilitar su salida implicaría allanar la llegada futura de otras), ni nos horrorizaría "la salida" pacífica de naciones de un mismo Estado (sin la existencia de un estado asistencial y teniendo los individuos aseguradas privadamente sus coberturas básicas, no existirían esos recelos tan grandes que hoy se perciben ante propuestas de secesión; siempre, claro está, que sean por vías pacíficas y sin atropello de las libertades individuales).

Las diferentes caras del socialismo y su hijo pródigo, el Estado del Bienestar, conducen fatalmente a todo tipo de proteccionismos. El que se haya interesado un poco por el liberalismo, es decir, por tomarse en serio la institución del mercado, sabrá que, desde sus inicios, viene defendiendo la desaparición de éstas y otras muchas barreras.

Y luego la sociedad cerrada y sus amigos acusan al liberalismo de dar rienda suelta al egoísmo ¡Qué sarcasmo!

Cómo terminar con el Estado de Bienestar

Esto último pasa por que cada uno exija "sus derechos", en el entendido de que esos derechos se extienden a lo que produzcan los demás. Cómo es posible que haya quien defienda el Estado Providencia hablando de ética y de moral es todo un misterio.

En cualquier caso, ni lo necesitamos, ni tenemos porqué estar atados a él para siempre. Hemos llegado, en todas las democracias, a una situación en que convertir los deseos de la gente en "derechos" ha ido tan lejos que apenas nos lo podemos permitir. Le vemos las orejas al lobo, pero los políticos, que no ven más allá de las siguientes elecciones, no quieren prestar su voz para las malas noticias.

Pero eso no quiere decir que no se pueda hacer nada desde la política. Sólo tenemos que mirar al caso de los Estados Unidos. Clinton prometió "acabar con el Estado de Bienestar tal como lo conocemos", pero seguramente jamás pensó en reformarlo muy en serio. Se vio forzado por la llamada "revolución conservadora" liderada por Newt Gingrich, que le obligó a hacer una revisión a fondo de las ayudas asistenciales. Eran tan generosas que amplios sectores se esforzaban más en entrar en la casilla correspondiente a una subvención que en ganarse la vida con su esfuerzo. Y es que el mensaje era bien claro: si usted, por ejemplo, logra quedarse embarazada y huye tanto del matrimonio como del mercado de trabajo, nosotros le aseguramos una renta. En esas condiciones, ¿quién querría salir adelante por sus propios medios? Gingrich y su "Pacto con América" querían cambiar esa situación.

Por eso forzaron al presidente a firmar Ley de la Responsabilidad Personal y la Reconciliación de las Oportunidades del Trabajo en el verano de 1996. Habría ayudas, sí, pero cada Estado podía elegir si condicionarlas a la obtención de un trabajo, o incluso de imponer un plazo máximo de cinco años viviendo del dinero de los demás. Unos pocos Estados comenzaron por llevar el sistema a la práctica, con un éxito que sólo se puede calificar de rotundo. Pronto comenzaron a seguirles otros.

En 2002, sólo seis años después de comenzado el programa, casi el 60 por ciento de las familias que vivían del dinero público pasaron a hacerlo por sus propios medios. ¿Han caído en la miseria de la que apenas les salvaban las ayudas públicas? Nada de eso. Precisamente entre las madres solteras el nivel de pobreza ha caído del 46 al 28 por ciento y, en esos seis años, pese al aumento de la población, el número de "pobres" descendió en 1,6 millones de personas.

O, simplemente, como he propuesto en otro lugar, sumemos el gasto social y dividámoslo por cada español mayor de 18 años. Con ello devolveríamos a los españoles todos los años unos 5.000 dólares, que podrían ser incluso más si excluimos a las rentas más altas. Imaginemos, además, todos los recursos destinados a gestionar esta bicoca puestos a producir riqueza en el mercado en vez de redistribuirla. ¡Lo que íbamos a ganar!

Los abandonados

Aún sabiendo del amor sin límites de nuestros productores por el Arte, así, con mayúsculas, ¿No resulta extraño que se sigan haciendo películas en España? Nada menos que 150 en 2006. Un empresario, ¿no debería tener en cuenta los beneficios, aparte de hacer grandes contribuciones al legado cultural español?

No la he visto, pero es seguro que la película Los abandonados (imagino que dedicada a los cinco espectadores que la vieron el año pasado y que juntaron 25 euros de recaudación) es una gran película; de aquellas de las que presume nuestra incomparable ministra de Cultura, Carmen Calvo. Pero ¿merece la pena dedicar tantos recursos para cinco abandonados?

El asunto resulta menos misterioso cuando vemos que en 2006 Cultura otorgó 62.437 millones de pesetas en ayudas de los cuales 50.912 se destinan a "amortización a largo plazo" de largometrajes. A ello hay que sumar el dinero que destinan las televisiones, bien en concepto de derechos de emisión, bien como coproductoras.

El caso es que a los productores de cine les llega dinero a izquierda y derecha en el propio proceso de producción de las películas, antes de llegar a las pantallas. Si, además del amor al Arte, la producción en España busca ganar dinero, todos los incentivos están alojados en los despachos del Ministerio, en ganarse el favor de quienes deciden el destino final de las ayudas.

Sólo tenemos que ir a cualquier industria o rama de los servicios que no viva de las subvenciones para ver que todo el esfuerzo de los empresarios está dirigido a ganarse el favor del público. No aquí. En el cine español, los espectadores son los abandonados. El desencuentro es mutuo, como cabe esperar.

Porque ella lo vale

Dado que los cineastas muestran un entusiasmo perfectamente descriptible hacia las ideas que defiende la derecha y que la mayoría de kolektivos tienen cubierta su necesidad de succionar dinero público, a la candidata del PP le debe haber costado bastante encontrar un sector agraviado históricamente para redistribuir la riqueza que generamos los demás. Sin embargo, ¡albricias!, finalmente ha localizado un grupo social al que rescatar de su injusto olvido presupuestario: Las amas de casa.

Dejando a un lado la inmoralidad de que Cospedal le quite el dinero a unos para entregarlo a los integrantes de un kolektivo que a su juicio debe ser subvencionado, la candidata del PP a la junta manchega, sin duda obnubilada por los réditos electorales que sueña conseguir con esa propuesta demagógica, olvida que esta medida, de llevarse a cabo, supondría un grave retroceso en la larga marcha hacia el igualitarismo, objetivo primordial de los progresistas de todos los partidos.

Si se concede una pensión a todas las amas de casa jubiladas sólo por el hecho de reunir ambas condiciones, habrá mujeres trabajadoras con cuatro hijos y graves problemas para llegar a fin de mes que estarán pagando su pensión a la esposa de un notario, que ha pasado toda su vida viendo en la tele programas "de testimonio" y maltratando al servicio, y además no necesita esa paga para vivir. Eso por no mencionar a los solidarios a tiempo completo y a los luchadores por un mundo más justo, que tampoco tienen la menor intención de trabajar jamás y se ven injustamente excluidos de esta novedosa política de "pensiones para todos". En lugar de reducir las distancias entre los ricos y los pobres como pretende el progresismo, este "pensionazo doméstico" agrandará la brecha entre la rica burguesía y las clases proletarias, por usar la terminología clásica de la secta. Reflexione la candidata acerca de ello si le sobra un minuto durante esta campaña.

Pero es que además, como el sistema público de previsión social está basado en el reparto y no en la capitalización individual, el dinero que las mujeres en activo paguen indiscriminadamente a las amas de casa ya jubiladas no es garantía de que las actuales contribuyentes vayan a disfrutar de ese chollo en el momento de su retiro. Lo harán sólo si hay un número suficiente de cotizantes en activo y eso siempre que no aparezca otro político decidido a cambiar las condiciones para recibir esta pensión o a suprimirla para destinarla a otros kolectivos más de su gusto.

Estoy seguro de que en el gran corazón de Dolores de Cospedal no anida ningún afán intervencionista y de que su propuesta está hecha con la voluntad de "cambiar la sociedad" a mejor. Su problema, como el de muchos otros compañeros suyos de partido, es simplemente que ella también es socialista, pero no lo sabe.

Populismo casero

La candidata del PP a la presidencia de Castilla la Mancha, María Dolores de Cospedal, se ha comprometido a conceder pensión de jubilación no contributiva para las amas de casa de su comunidad, porque son "el sostén de la economía y la familia española" y "son las grandes olvidadas de la actuación política".

Es típico del colectivismo redistribuir riqueza de forma coactiva e ilegítima. Se consigue mediante concentración de beneficios y difusión de costes: los miembros de un colectivo reciben algo y el resto de individuos pagan por ello sin aceptarlo explícitamente porque les resulta muy difícil influir en los procesos políticos para evitarlo. En ocasiones algunas personas interesadas se organizan en grupos de presión que persiguen vivir a costa de los demás (los no organizados) mediante las regulaciones intervencionistas y el asalto a los presupuestos públicos. Pero a veces los miembros de algún colectivo afortunado no necesitan organizarse, son los propios políticos los que se acuerdan de ellos y les guiñan el ojo con alguna promesa.

Los políticos son grandes especialistas en el arte de halagar a la plebe y buscar algo que parezca una justificación de sus regalos con dinero ajeno. En este caso De Cospedal nos dice que cerca de 300.000 amas de casa en su región son personas que sacrifican su salud y su vida personal y profesional diariamente para cuidar a todos los miembros de la familia y la casa sin obtener a cambio un sueldo y sin tener nunca un descanso. Conoce "los sinsabores que han tenido que pasar para que se las reconozca su labor", "personas que nos han cuidado, que han logrado que las familias estén unidas, y han hecho que un sueldo pequeño pareciera una goma elástica". No se puede hacer mejor la pelota, pero conseguir que se nos salte una lagrimilla recordando lo mucho que nuestras madres y abuelas han hecho y hacen por nosotros no justifica las subvenciones estatales.

Las amas de casa han escogido libremente su situación, sin coacción física, asumiendo un papel tradicional o negociándolo con sus maridos, quienes probablemente también han sudado algo para traer un dinero a casa; la especialización del trabajo también se da en la familia, y no todos los esfuerzos han de recibir una compensación monetaria. Además si ahora se les paga (aunque sea de forma diferida) por lo que hacen, ¿dónde queda el mérito de la entrega gratuita y altruista? Cada ama de casa ha cuidado de su hogar y de sus familiares, no de los hogares de otros y de personas extrañas; si tiene alguna reclamación debería resolverla en su propio domicilio. No queda éticamente muy claro por qué se les quiere conceder ahora este regalo a costa de otras personas que no han disfrutado de sus atenciones. Salvo que se busque su voto a cambio.

Delors, orgulloso de promover el robo y miseria

Para Delors y amigos una reducción de los impuestos significa una destrucción del bienestar de los franceses. Para el ex presidente de la Comisión, el hombre medio, las empresas, las amas de casa, los inmigrantes, los autónomos o cualquiera que respire –a excepción de él mismo– es demasiado estúpido como para manejar sus finanzas personales. Como consecuencia, la producción privada ha de ser incautada por el Estado mediante la amenaza de la fuerza para gestionar la vida este paleto francés medio. Típica mentalidad del socialista medio: falso paternalismo y uso de la fuerza, canalizada en este caso a través de la confiscación de las rentas individuales.

Imagínese que el Estado le incauta el 100% de todas sus entradas dinerarias. ¿Qué motivación van a tener las empresas o usted mismo en producir algo? Ninguna. Sólo una minoría trabaja por amor al arte; la "gente normal" trabaja para ganar dinero y vivir mejor, comprarse un coche más seguro y rápido, una casa más grande, tener mejores vacaciones o pagar una buena educación privada para sus hijos. ¿Y si la gente no tiene incentivo para trabajar ni producir, quién toma el mando de la economía? El Estado. Las consecuencias de semejante modelo económico ya lo vimos con la URSS: miseria, corrupción, carestías y un modelo de mercado subdesarrollo. Francia aún no ha llegado a este grado de "bienestar socialista", pero va por buen camino. Según la OCDE, la presión fiscal en Francia ronda el 45% del PIB. Un francés medio trabaja más de cinco meses al año para el Estado. Evidentemente, la mayor parte de este dinero incautado al ciudadano no lo podrá recuperar a lo largo de su vida. Los amigos de Delors lo usan para subvencionar el cine, enviar dinero y soldados a cualquier país, mantener lobbies o una élite burocrática que no sirve de nada, etcétera.

¿Qué consecuencias produce este tipo de política? Un desempleo juvenil del 23% o 360 nuevos exiliados fiscales cada año, por ejemplo. Su lugar de destino, cualquiera: Bélgica, Gran Bretaña, Italia y especialmente, como se puede uno imaginar, Suiza. El Ministerio de Economía francés, con estos datos, ha calculado que se han perdido como poco 10.000 millones de euros entre 1997 y 2002.

Los impuestos reducen la producción, encarecen los costes, hacen las empresas menos competitivas, aumentan el desempleo, generan mayor economía sumergida y lo peor de todo, nos arrebatan el dinero que hemos ganado con nuestro esfuerzo sin que nosotros lo queramos ni pidamos. No sólo eso, si decidimos no ceder a la extorsión el bondadoso Estado, éste nos enviará amenazas por carta diciéndonos que paguemos, asaltará nuestras cuentas y, si allí no encuentra lo que busca, enviará a la Policía a nuestra casa. Y no vendrán a felicitarnos las pascuas. Menudo modelo social el de Delors.

Lo que no es bueno para el individuo tampoco lo es para la sociedad, porque ésta es la suma de individuos. Ni más, ni menos. El bienestar o la felicidad no son variables cuantificables ni exactas que puedan ser sumadas ni restadas, son únicamente estados personales e intransferibles. La propuesta de Delors y sus camaradas no es más que la misma receta socialista de siempre, cuyas consecuencias no suponen para Francia ningún milagro salvador. Al contrario, los altos impuestos son una parte importante de sus problemas.

¡Al carajo con el Estado de Bienestar!

El consenso es amplio, o al menos tan poderoso como para que los políticos (en Europa, no fuera) no se puedan permitir discursos contra el Estado de Bienestar.

Solo que, como todo lo político, ese consenso es falso. Pagamos impuestos porque no podemos elegir otra cosa. Pero a la hora de recibir los presuntos beneficios confeccionados por la Administración con nuestro botín, los rechazamos. No nos devuelven el dinero, una vez nos quitan lo que hemos generado con trabajo y ahorro, no hay vuelta atrás. Todo lo que rechacemos de las dádivas del Estado no lo podremos recuperar por otro lado. Para mantener una conversación con amigos y demostrar a los demás lo solidario y generoso que es uno con el dinero de los demás, incluso para votar, está muy bien eso de defender el Estado Providencia.

Pero cuando le toca a cada uno, la gente prefiere pagar una segunda vez, añadida a los impuestos, y acudir al mercado para conseguir lo que realmente quiere. A la hora de elegir educación para sus hijos, la gente corre por sacar a sus hijos de los colegios públicos, si tiene la opción. Contrata seguros privados de salud, ahorra en pensiones o acciones. Aquí, además, una parte de los servicios públicos están siendo ocupados por trabajadores de otros países y, por la razón que fuere, es innegable que muchos no se sienten del todo cómodos compartiéndolos. Como dice Toni Mascaró en La teoría del desprendimiento, "cuando éste les ofrece sus servicios ‘universales y gratuitos’, ¡oh, sorpresa!, todo el que puede contesta en la práctica con un rotundo ‘¡no, gracias!’ que, de hecho, es un ‘¡no, gracias, y quédese el cambio!’". Asfixiada por impuestos y regulaciones, la empresa privada es capaz de convencer a la gente para que pague una segunda vez, ésta voluntaria, para obtener lo que desea. La gente, a la hora de la verdad, no quiere al Estado de Bienestar en su casa.

Este desinterés de la gente por los servicios del Estado se hará mayor cuanto más rica sea la gente, cuanto más pueda decidir sobre su vida con sus propios medios. Vivimos una carrera entre el Estado y la sociedad para ver quién se queda con la riqueza añadida que la parte privada de la economía crea cada año. Por eso es importante la iniciativa del Instituto Juan de Mariana de abogar por una sociedad de propietarios. El informe muestra que, sin excesivo esfuerzo añadido, sin más que ahorrar e invertir a largo plazo, con constancia y buen sentido, una familia media o incluso con escasa renta podría acumular en 20 ó 25 años el patrimonio suficiente como para seguir una vida independiente y segura. Incluso pueden bastar 15 años. Ha llegado la hora de sacar todo el partido a lo que nos queda de sociedad libre y desengancharnos, uno a uno, del Estado de Bienestar.

Nacional-populismo: ¿el último estadio de la socialdemocracia?

"En economía soy de derechas y en lo social de izquierdas, pero por encima de todo soy francés". Así se definió Jean-Marie Le Pen tras su éxito electoral en la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas de 2001.

Equívocos aparte, el cultivo de la transversalidad por parte del nacional-populista francés no es nuevo. Así, tras ser beneficiado por la reforma electoral socialista de los años ochenta, en 1987 desaconsejó a sus votantes apoyar a Chirac para luego pactar con gaullistas y "liberales" en gobiernos provinciales.

La sociología electoral confirma el éxito de esta táctica en los movimientos extremistas no marxistas. El crecimiento a costa de partidos de centro-derecha, sean conservadores o nominalmente liberales suele ser efímero. Es cuando los ultras consiguen atraer a antiguos votantes izquierdistas o consolidarse entre los nuevos votantes jóvenes, casi todos con perfiles socioeconómicos que en principio los haría proclives a votar a la izquierda, que su apoyo se "cristaliza" y logran un electorado fiel, traducido en una representación política que aumenta de forma directamente proporcional a la abstención.

El resurgimiento del nacional-populismo en Europa es a menudo erróneamente denominado "nacional-liberalismo" por aquellos que, cómo no, culpan a la globalización y a las reformas económicas liberalizadoras emprendidas en algunos países europeos, que según ellos han creado una clase de "perdedores" que se rebelan contra el sistema. Es el caso de buena parte de los análisis sobre este fenómeno aparecidos en el journal Party Politics en los últimos años, o de los comentarios del politólogo marxista y antiguo militante de organizaciones neofascistas Jorge Verstrynge, quien viene usando el término nacional-liberalismo desde principios de los años 90.

Otro error consiste en amalgamar antiguos fascistas, nuevos nacional-populistas y movimientos que se podrían llamar democrático-regeneracionistas –Lista Pin Fortuyn– bajo el epíteto "extrema derecha". Se habla de izquierda y derecha sin explicar el criterio de clasificación, aunque suele subyacer una definición ambigua de nacionalismo. Sin embargo, si en vez de eso aplicamos los criterios de intervención y comunitarismo, movimientos como el Frente Nacional francés y el British National Party no tienen nada de liberales, y su derechismo se basaría en una ideología völkisch compartida por otra parte por algunos movimientos nacionalistas denominados de izquierda, tales como ERC, HB y BNG en España, y cuyos programas difieren en muy poco de los del FN y el BNP.

Las invectivas populistas contra el capitalismo global y el libre comercio y la férrea defensa del corporativismo y de algunas funciones del Estado del Bienestar, banderas abandonadas por muchos partidos socialdemócratas, proporciona una interesante pista en la investigación del crecimiento del nacional-populismo en algunos países. ¿Se corresponde éste con una "liberalización" de la socialdemocracia? Y si así fuera, ¿qué nos dice esto sobre el fuerte anclaje de valores como la dependencia y el clientelismo en la cultura europea?

El caso británico, donde el BNP se extiende en regiones tradicionalmente laboristas, y que al contrario de lo que indicaron algunas encuestas, no está afectando al voto conservador, es particularmente interesante. El agrio debate en el seno del Partido Laborista, con propuestas de mayor intervencionismo en política social y endurecimiento de la política de inmigración como remedios contra el BNP, es un indicio de que el uso del eje izquierda-derecha tiene una validez muy limitada a la hora de analizar el nacional-populismo.

A estas variables debemos unir las tensiones creadas por el multiculturalismo como principio rector de las políticas públicas, algo promovido por una clase alojada en el sector público y que paradójicamente es el grupo social que menos contacto tiene con los trabajadores extranjeros, sobre los que ejerce un paternalismo que raya el racismo. El tono de piel, la cocina y la lengua materna de los padres como factores cuasi-genéticos, es decir, el retorno del rol adscrito sobre el adquirido, es una revuelta de las tribus comunitaristas y posmodernas contra el principal logro de las revoluciones liberales decimonónicas.

Combinado con la lucha por los recursos repartidos por el Estado de forma discrecional, este choque cultural se transforma en un auténtico juego de suma cero y asegura un conflicto social irremisible, alimentado por el ultraje causado por la discriminación positiva y las expectativas frustradas de un Estado todopoderoso y dadivoso.

Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos si el nacional-populismo no será una perversión de la socialdemocracia. O dicho de otro modo, si el lepenismo no es sino el reflejo de la renuncia de muchos europeos a despertar del letargo intervencionista y a asumir que las promesas de bienestar sociales han devenido en un peligroso delirio cuya irrealidad cuesta trabajo asumir.

Sea como fuere, el mensaje liberticida del nacional-populismo y su apropiación por algunos partidos del mainstream hace urgente que la investigación sobre este fenómeno se reoriente hacia conceptos más profundos que la superficial y simplista etiqueta "extrema derecha" que poco describe y nada explica, sobre todo cuando son los votantes e incluso partidos de izquierda los que abrazan o pactan con este auténtico nacional-socialismo.

Si sólo fuera el prestigio de los politólogos que estuviera en juego…

El mundo interior de los ricos

Las personas con negocios e inversiones fraguan en su mente cada día intuiciones, planes y deseos con el fin de alcanzar la máxima libertad económica. Para ellos la independencia financiera es la clave esencial de una vida mejor. Toman numerosas decisiones, ponen en práctica estrategias, aciertan o se equivocan; cuando el error les derriba, se levantan del suelo, apartan los fallos y continúan su camino. A veces permanecen en el alero, manteniendo un difícil equilibrio entre el triunfo y la derrota. Los ricos decididamente tienen un patrón del dinero (y de la existencia) diferente de los que no lo son.

La gente próspera suele decir adiós a los padres y maestros que les aconsejaron un empleo por cuenta ajena o por cuenta del Estado. La gente que logra o anhela la riqueza pretende ser siempre dueña de su propio destino; los acontecimientos no sobrevienen, se modelan. Hay ricos por linaje y ricos por continuado esfuerzo. Robert Kiyosaki, autor de Guía para invertir, cuenta penurias tales como emplear su automóvil a modo de hogar durante meses junto a su esposa, antes de que apareciera la hora del reconocimiento profesional. ¿Cuántos lo hubieran aguantado? Los emprendedores –en su variada clase y condición– no se quejan, atraen lo que quieren, pelean nuevas oportunidades en la arena.

Cuando te acercas al mundo de los ricos sorprende su permanente afán de curiosidad. Inversores y empresarios perspicaces almuerzan cada jornada con multitud de consultores, proveedores, clientes y colaboradores para saber y conocerlo todo. Esa habilidad social para la invitación supone utilidades que permiten mayores cotas de creatividad en sus proyectos, entreverando el empresario datos y sensaciones. Hablando de creación, el músico y pintor José María Cano descubre en un reciente magazine su deslumbrante producción de retratos de magnates que adornan su casa. Dice el ex -compositor de Mecano: "Ahora el motivo esencial del arte es el dinero. Y nadie, ni artistas ni galeristas, permiten que eso sea visible. ¿Qué el dinero es tan importante y nos interesa a todos? Pues pintemos a los señores que salen en The Wall Street Journal: Bill Gates, Rupert Murdoch…, las venus afroditas de hoy en día. Esta serie está planteada como un club exclusivo de 100 miembros. Ahora van a Shanghai como si fueran a ver posibilidades de inversión".

Harv Eker es presidente de Peak Potencial Training, una de las empresas de preparación para el éxito de más rápido crecimiento en Estados Unidos, y expresa en sus artículos algunas ideas sugerentes. En opinión de Eker, los ricos eligen que se les pague según los resultados mientras que los pobres eligen que se les pague según el tiempo. Para este formador la verdadera medida de la riqueza es la fortuna neta, no los ingresos del trabajo. Sin embargo, la mayoría social incurre cotidianamente en las trampas de los horarios, la plusvalía y la productividad en claroscuro para justificarse ante sí misma.

No obstante, aparecen por estos pagos mensajes clarificadores para quien tenga entendederas. El reciente estudio del Instituto Juan de Mariana Una sociedad de propietarios es un valioso itinerario de orientaciones hacia la libertad económica. Su lectura no es período desaprovechado. El estudio formula sugerencias para la holgura en las finanzas personales y refuta tópicos acerca del ahorro, el trabajo y el mercado de valores, entre otras cuestiones. Una sociedad de propietarios confirma lo que algunos ya practican y otros –no una muchedumbre hoy, desafortunadamente– confían en emular.

El Estado del Bienestar produce inmadurez

El Estado del Bienestar no fomenta la responsabilidad de las personas, todo lo contrario, favorece su inmadurez psicológica (aunque dicho fin, como es lógico, no se persiga intencionadamente). Veamos por qué hago semejante afirmación; tomemos varios campos vitales del ser humano cubiertos por "lo social":

Pensiones de jubilación: El actual sistema público de pensiones fomenta la despreocupación sobre la planificación, búsqueda y comparación de fondos o planes de pensiones/jubilaciones para cuando ya no estemos activos laboralmente. Como la cotización al régimen general es obligatoria, fomenta la inhibición de la propia búsqueda de complementos o alternativas al plan en el que estamos incorporados coactivamente (salvo en aquellas personas conscientes de su importancia dado el sistema suicida actual de reparto y no de capitalización que nos llevará a la muy probable quiebra del sistema actual de seguridad social). Además se desincentiva la necesaria disciplina de ahorro e inversión futura propia de toda persona madura.

Cuidados médicos y consumo de fármacos: Como los gastos sanitarios y farmacológicos son "gratis" o fuertemente subsidiados en el sistema de la seguridad social, no se tiene una idea clara de lo que verdaderamente cuestan y se abusa de ellos (visitas, pruebas médicas u operaciones innecesarias, consumo irresponsable de fármacos, etc.). Para empeorar aún la situación, con objeto de "paliar" un consumo excesivo de medicamentos a la UE (Directiva 2001/83/CE) no se le ha ocurrido mejor idea que restringir nuestro derecho de ser informados directamente sobre los mismos (¡justo lo que se hace con los menores de edad!).

Educación pública:Aquello que no se paga no se valora en sus justos términos, por tanto, el sistema de formación pública no incentiva el debido control de los padres hacia sus hijos en materia de estudios, ni favorece la activa participación parental en dicha formación pública ofrecida a sus hijos. El fomento de la excelencia y el esfuerzo decrece en aquello que sentimos que no nos cuesta.

Subsidios por desempleo y salarios mínimos: Aquellos afectados, en un cierto momento, por el desempleo y tengan derecho, según las leyes laborales, a un subsidio de "paro" estarán irremediablemente desincentivados para la búsqueda o la aceptación de otro empleo hasta que no finalice su prestación "ganada". La asunción de riesgos, por tanto, se demora. "Pararse" laboralmente y disfrutar de sus subsidios por desempleo hace perder oportunidades o, peor aún, puede impedir seriamente el enganche laboral a un mundo en permanente cambio. En cuanto al salario mínimo decretado desde el gobierno, hace más daño a los menos preparados o productivos que cualquier otra cosa, impidiendo su saludable paso a la madurez.

Todas estas actitudes son signos claros de inmadurez, y el Estado Providencia colabora innegablemente a ello, pese a que sus intenciones sean otras. Por supuesto que habrá personas que mostrarán siempre madurez en sus cuestiones vitales pese la "cobertura" social de las mismas, pero admitamos que otros muchos se dejarán llevar por la "seguridad" proporcionada por el "Estado Providencia", lo que supone una permanente negación de la responsabilidad individual al mermar su incentivo (y su capacidad) para la planificación responsable de su vida y de su futuro.

Habría que reducir drásticamente el Estado del Bienestar y, a lo sumo, mantener el mismo especialmente para casos de asistencia subsidiaria a inmaduros temporales (infantes) o a inmaduros definitivos o sobrevenidos (dementes o incapacitados mentales de cualquier tipo) cuando la familia del afectado o la actividad privada no haya podido dar una asistencia mínima satisfactoria.

El extender, por el contrario, el Estado del Bienestar coactivamente a todas las personas es un disparate. Uno de los numerosos efectos indeseados de este "déspota benevolente" (como lo llama James Buchanan) es éste: fomenta actitudes irresponsables e inmaduras entre los adultos. Parafraseando la ilustrada divisa kantiana, podríamos pedir: "¡Adolecere aude!".