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Etiqueta: Enemigos de la libertad

La pobreza

Todos los problemas sociales proceden de la escasez. Y el principal problema de una sociedad es la atención a aquella parte que sufre la escasez de forma más acuciante.

La sociedad está cimentada sobre la producción y la oferta. La riqueza de una familia viene de lo que pueda producir, bien para consumo propio bien para intercambiarlo en el mercado. El progreso económico, el social en consecuencia, proviene de la acumulación de capital que haga el empeño económico más productivo. Puesto que la producción (es decir, el proceso de acercar los bienes al consumidor) no es un fenómeno autónomo, sino que depende del correcto esfuerzo de cada uno, ésta dependerá precisamente de esos dos aspectos. De la corrección del esfuerzo, que esté efectivamente dirigido hacia las necesidades humanas del momento y lugar, y del esfuerzo. En ambos aspectos prima un hecho último, básico, que reside en la voluntad aunque no dependa de ella de forma automática.

La pobreza es la misma condición del hombre. Nuestra existencia primaria es miserable y frágil, y solo la producción y acumulación de los medios adecuados la ha elevado sobre la mera y brutal supervivencia.

A pesar de los seculares avances en este camino, incluso las sociedades más progresivas han contado con enormes bolsas de población elevándose ligeramente sobre la terrible marca de la inanición y la carencia de lo más básico. Por otro lado, está impresa a fuego sobre el alma humana la compasión; el deseo de aliviar las penurias del próximo. La caridad, en consecuencia, ha acompañado siempre a la historia del hombre, como lo han hecho la pobreza y el deseo de aliviar la propia y la ajena. El ejemplo más antiguo que yo pueda conocer es el del pueblo judío, que contaba con una red de atención a los más desfavorecidos.

En estos varios miles de años de historia de la compasión y la caridad hay un principio que se extrae con total claridad. El camino para aliviar la pobreza es la producción y la acumulación de capital. Y puesto que ambas dependen no de los bienes materiales sino de la actitud de cada uno, la caridad ha tendido siempre a reformar las personas más que a la atención de las necesidades por la mera cesión de bienes o rentas. Las organizaciones caritativas del XIX, por coger el ejemplo más perfecto, no solían dar dinero sino bienes poco líquidos pero que sirvieran a las necesidades reales de los pobres. Y en cualquier caso se tendía a que la caridad estuviera condicionada a un trabajo (cortar leña, por ejemplo), aunque no fuera suficiente para cubrir el pago de lo recibido. Se insistía también en la necesidad de llevar una vida ordenada, y alejarse de los compañeros habituales de la pobreza: la drogadicción, el alcohol, una vida desordenada y alejada de la familia.

La moral personal, el trabajo y el ahorro, la familia, la pertenencia a una comunidad de personas en una sociedad estructurada por usos comunes… Todo ello constituye el camino por el que han salido de la pobreza millones de personas, muchas de las cuales han sido literalmente salvadas por las organizaciones de caridad. No por la atención básica e inmediata en los momentos de mayor dificultad, sino porque les han reinsertado en una vida sustentada, como decía antes, en la producción y la oferta.

Esta idea básica ha sido muy mal comprendida por muchos, que han adoptado la posición contraria: de incidir en la oferta han pasado a hacerlo sobre las necesidades. Puesto que éstas son potencialmente insaciables, todo el entramado creado sobre ese principio (el Estado de Bienestar), tiene en su razón de ser el motivo de su ruina. Solo el haberse desarrollado sobre una sociedad libre y productiva le ha permitido sostenerse. Pero a costa, eso sí, de mantener en la pobreza a millones de personas.

Una Nueva Jerusalén

Con este bagaje intelectual, nuestro presidente del Gobierno ofreció un discurso en las Naciones Unidas, expresión máxima del burocratismo estatalista, que en todo momento estuvo a la altura de los disparates precedentes.

A primera vista, el mensaje de Zapatero no pasa de un fasto demagógico, de la honda charlatanería a la que nos tiene habituados. Sin embargo, al leerlo con atención encontramos perversiones típicamente socialistas.

Uno tiene la impresión de que, entre tantos tiranos, déspotas, estatistas y antiliberales varios, ZP se sintió como en casa y sacó a relucir su rostro más sincero.

La solidaridad socialista

Zapatero empezó su alocución diciendo: "La sociedad española ha mostrado tradicionalmente unos arraigados sentimientos de solidaridad internacional, que se han fortalecido en los tiempos recientes. Atendiendo a este noble sentir generalizado, mi Gobierno ha hecho de la cooperación al desarrollo una seña de su identidad, uno de los valores preferentes para guiar su gestión política".

A la izquierda le encanta llenarse la boca con la palabra "solidaridad". De hecho, el pretexto último que el socialismo utiliza para expoliar, reprimir y coaccionar al individuo es la "solidaridad"; y así, el Estado de Bienestar es la expresión máxima de la solidaridad interindividual e interterritorial. Parece que cuanto más robe y despilfarre, más solidario es un político.

En ese sentido, cuando los liberales proponen acabar con la redistribución coactiva de la renta, de inmediato son tildados de insolidarios y egoístas. Parece, pues, que la solidaridad es un valor monopolizado por la izquierda.

De hecho, es curioso que Zapatero apunte que los sentimientos de solidaridad de los españoles "se han fortalecido en los tiempos recientes". ¿Es que acaso el talismán del Gobierno socialista ha incrementado nuestros sentimientos de bondad y empatía? ¿O acaso ZP está confundiendo solidaridad con el atraco a mano armada que su Gabinete está practicando con las subidas de impuestos?

La solidaridad debe asentarse en la voluntariedad; sólo así la acción del "dar" adquiere el valor moral de la solidaridad. Si yo doy lo que no es mío no estoy siendo solidario. Si otros dan lo que es mío tampoco lo estoy siendo. Los españoles no somos solidarios porque el magnánimo ZP entregue nuestro dinero a los tiranos del Tercer Mundo; en tanto no hayamos donado el dinero voluntariamente (y los impuestos tienen poco de voluntarios), la solidaridad está del todo ausente.

Sin embargo, en la mente de Zapatero el Gobierno es el principal impulsor de la solidaridad. Los individuos y la sociedad empequeñecen y son relegados a un segundo plano. La solidaridad, para el socialismo, es otro sector de la economía que debe ser nacionalizado y planificado. El ser humano no tiene iniciativa: los políticos la tienen por él.

En definitiva, el fin de la redistribución debe venirnos impuesto. Los proyectos y aspiraciones de cada persona no importan, quedan condicionados a ese fin colectivo ideado por los socialistas. Todo –nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad– queda supeditado al fin superior de la solidaridad socialista.

Políticos omnipotentes

La concepción de ZP de la solidaridad no sólo nos indica cuál es su idea sobre la naturaleza humana (el hombre sólo puede actuar a través de la dirección y represión de otros hombres más capaces), además sirve para ilustrar la imagen que tiene de sí mismo.

Como decimos, para ZP la sociedad es un lodazal de corrupción e ineptitud que debe ser comandado y organizado por la clase política. En otras palabras, la clase política, de la que Zapatero forma parte, está conformada por una suerte de semidioses omniscientes que conseguirán cambiar la naturaleza humana y solucionar todos los problemas de la humanidad.

El entramado intervencionista que ZP esbozó en su discurso va, precisamente, dirigido a conseguir terminar con el hambre en el planeta: "El pueblo español cree que es posible construir un mundo sin miseria; cree que lograrlo en una generación no es una utopía, que existen medios para conseguirlo".

Al margen de la torpeza e inutilidad de las propuestas de Zapatero, conviene que nos detengamos un momento en la fatal arrogancia que exhalan sus palabras. Nuestro presidente se cree capaz de terminar con la pobreza en el mundo. Su desbocada inteligencia, su portentoso talento, no tiene límites: en una generación será capaz de desterrar el hambre.

No debemos sorprendernos de tamaña fanfarronería. En Camino de servidumbre Hayek se preguntaba por qué los peores individuos de la sociedad siempre llegaban al poder. El pensador liberal llegó a la conclusión de que las personas justas tendrían escrúpulos suficientes como para no pretender planificar la vida de los demás a través del Estado, por lo cual sólo los arrogantes, ignorantes y amorales pretenderían copar tales responsabilidades: "Así como hay poco que pueda inducir a los hombres que son justos, según nuestros criterios, a pretender posiciones directivas en la máquina totalitaria, y mucho para apartarlos, habrá especiales oportunidades para los brutales y los faltos de escrúpulos".

En el caso de ZP, esta tesis queda plenamente confirmada: a través de su directa acción e intervención, el hambre en el mundo terminará. Sólo necesita una cosa: los "medios para conseguirlo". Tales medios, por su parte, sólo pueden proceder de la sociedad, y, por supuesto, para obtenerlos no recurrirá al "diálogo", al "talante" o a la "persuasión", sino a la brutal fuerza impositiva del Estado. ZP sólo necesita nuestro dinero para alcanzar los fines superiores de la humanidad; por ello no va a dudar en arrebatárnoslo. Necesita nuestro dinero para ser solidario; y tiene las armas para obtenerlo.

Un mundo por construir

Hemos visto cómo Zapatero piensa, por un lado, haber descubierto el fin último de la sociedad, al que quedan subordinadas todas las demás desviaciones individuales, y, por otro, cómo se cree capaz de ejecutar y realizar semejante fin.

Obviamente, la conclusión lógica de tanta arrogancia reunida sólo puede ser el incremento del poder político y la reducción de las libertades individuales. De nuevo, fue Hayek quien analizó este fenómeno, que denominó "constructivismo".

Los socialistas creen ser capaces de planificar las sociedades y las instituciones. Desprecian las relaciones voluntarias, el orden espontáneo y las asociaciones libres. Todo debe nacer de la mente del planificador central; el político "crea" la sociedad, nos asigna nuestros planes, nos otorga nuestros medios y da sentido, por tanto, a nuestras vidas.

En otras palabras, Hayek acusaba al socialismo de querer "construir" la sociedad, como si de un ingeniero ante una máquina se tratara. Cada una de las piezas de esa máquina eran elementos susceptibles de manipulación y control político.

Zapatero es digno depositario intelectual del constructivismo. Repitamos el párrafo con que cerró su discurso: "El pueblo español cree que es posible construir un mundo sin miseria; cree que lograrlo en una generación no es una utopía, que existen medios para conseguirlo; cree que la lucha contra el hambre y contra la pobreza es la guerra más noble que la Humanidad puede librar. Den por seguro que en ese combate el Gobierno y el pueblo español quieren batirse en primera línea".

No es casualidad que en estas frases destaquen tres palabras: "construir", "guerra" y "Gobierno". La construcción de las sociedades es una guerra permanente del Gobierno contra la sociedad. Aquellos individuos que, gritando "libertad", no se sometan a los planes gubernamentales deberán ser perseguidos y reducidos.

Éste es el ideal de Zapatero en particular y del socialismo en general. Un Gobierno que controle, planifique y construya toda la sociedad; un Gobierno en continua guerra contra los díscolos; un Gobierno omnipresente.

Por ello, las recientes subidas de impuestos responden a una clara estrategia: incrementar la presencia del Estado y reducir la de la sociedad. La maquinaria estatal, a través de los impuestos, crece a costa de los individuos. Cuanto mayor sea el poder político, más menguará la sociedad civil.

Zapatero ha reiterado en la ONU sus pretensiones constructivistas, intervencionistas y socializantes. Rodeado de dictadores, déspotas y tiranos, ha recordado que el fin último de todo Estado es expandirse sin límite. La redistribución planetaria es el objetivo prioritario; las subidas de impuestos, el medio adecuado; la construcción de una Nueva Jerusalén, el resultado final.

El socialismo pretende destruir las bases morales y económicas de nuestra civilización –que giran en torno al derecho de propiedad– para erigir un nuevo orden planetario fundamentado en la dirección centralizada del Estado. Fracasaron con el comunismo genocida; ahora se esconden tras la gran mascarada de la Tercera Vía, la socialdemocracia y el progresismo. Pero los objetivos finales son los mismos: construir un mundo de esclavos del Estado.

Un sistema a eliminar para siempre

Como le sucede a todo régimen o partido comunista, al gobierno chino le sienta la libre expresión de ideas contrarias a las oficiales como a un gremlin comer después de medianoche. Esa bondadosa y generosa preocupación por el género humano que dicen que es el comunismo se ha tornado siempre en gulag y lao gai, campos de concentración para el pensamiento libre. Pero eso es algo conocido, aunque Europa se niegue a ver sus consecuencias lógicas y prohíba organizaciones nazis mientras permite a las comunistas presentarse a las elecciones. Lo que no es, o no debería, ser considerado como normal es la colaboración de empresas occidentales en el esfuerzo de la represión. Y menos aún cuando se trata de empresas cuyo modo de vida depende tanto de dicha libertad, y que han logrado crecer y enriquecerse gracias a su existencia.

Los tres grandes de Internet tienen alguna restricción en sus operaciones en China. Es sabido que los bloggers que empleen la herramienta de Microsoft MSN Spaces no podrán escribir nada que contenga palabras como libertad o democracia, esas que tantos salpullidos provocan al comunismo gobernante. Yahoo firmó un acuerdo en 2002 en el que se comprometía a ejercer la autodisciplina. Google News excluye en China aquellas fuentes que el gobierno de Pekín ha decidido censurar. Mientras el líder de los buscadores justifica sus acciones por el hecho de que resultaría incluso incómodo mostrar noticias que luego los internautas chinos no podrían leer por los controles impuestos por el Estado –aunque no menciona nada del saludable efecto de poder ver titulares no censurados–, los dos primeros se justifican en el cumplimiento de la ley. Y es que tras décadas de intentar sustituir la moral por la ley, empieza a resultar difícil encontrar empresarios que se restrinjan más allá de la letra de la misma.

El recientemente fallecido Rafael Termes recordaba que las organizaciones podían seguir tres tipos de comportamiento ético: guiarse por el qué dirán, por la ley o por la calidad humana de las personas que la componen. En el caso del periodista condenado a diez años por difundir “secretos de estado”, que supone un salto cualitativo notable en la historia de colaboracionismo con Pekín, Yahoo no tenía demasiadas opciones, especialmente si es cierto que no se le comunicó la razón por la que se le pedían datos del disidente. Podía cooperar, exigir derechos de veto en la cooperación con la policía en materia de derechos básicos, negarse en redondo a colaborar o renunciar a tener negocios en China. Es probable que, en la práctica, dichas opciones se reduzcan a la primera o la última. ¿Deben las compañías extranjeras negarse a trabajar en países donde puedan verse obligadas a colaborar en la violación de los derechos humanos? Se puede aducir que su presencia, aún colaborando con el régimen, evita que el país se cierre a toda influencia exterior. Pero es difícil sostener una argumentación utilitarista cuando de derechos humanos se trata.

Sin embargo, por más que sea éticamente reprobable el comportamiento de las empresas de Internet en China, no se debe olvidar jamás que la responsabilidad real de la condena recae en el régimen comunista. Son los dirigentes chinos los que dictan las leyes, ordenan la persecución de la disidencia y mandan a la policía a buscar los datos incriminatorios. Pero estaría bien que las grandes multinacionales de Internet dieran una lección negándose a colaborar con las autoridades, aunque parece difícil que eso se produzca una vez ya han invertido en ese país. Es probable que la censura finalmente se muestra inútil para impedir que las ideas de libertad lleguen a los chinos, y que la disidencia sobreviva a la colaboración de empresas occidentales contra ella. Pero los directivos, trabajadores y usuarios de Yahoo podrían entonces mirarse al espejo sabiendo que nunca colaboraron.

Arde el Estado

Juan Francisco Martín Seco escribió esta semana un artículo titulado “Arde el Estado”. En el artículo se quejaba que el estado ya no es lo que era. Venia a decir que éste se ha convertido en un organismo simbólico e ineficiente. La culpa de la ineficiencia, ¿sabe usted a quien se la atribuía? Exacto, a la “ideología liberal” (sic).

Efectivamente, el estado es un órgano ineficiente, pero no desde ahora sino desde siempre. Es por eso que los países con menos estado son los que más prosperidad tienen. Por otra parte, sorprende mucho lo que afirma Martín Seco al decir que el “gobierno central apenas tiene ya competencias” cuando su gasto ronda el 40% del PIB español.

Probablemente, señor Martín Seco, a usted le encante decir que el libre mercado es la “ley de la jungla”, o que crea un darwinismo social que hace ganar sólo al más fuerte, y que bajo el capitalismo todos estamos explotados. Pero precisamente el libre mercado es todo lo contrario. En la jungla sobrevive el más fuerte a expensas del más débil, en cambio en un sistema puramente capitalista todos se benefician de todos, y aquel que triunfa no es por su brutalidad contra el resto, sino por su pericia y habilidad para servir a los demás. Así pues, en un sistema capitalista destaca el que mejor sirve al resto.

En el libre mercado todas las acciones son contractuales, libres y voluntarias. Cuando usted compra algo es porque quiere, sino no lo hace. Si usted entra a trabajar en una empresa es porque quiere, se puede ir cuando quiera a otra, o incluso, puede montar su propia comuna socialista viviendo de espaldas al resto de la sociedad; nadie le pedirá cuentas. En cambio en un sistema socialista basado en la supremacía del estado, haga lo que haga, usted siempre tendrá que rendir cuentas, acatar las órdenes y hacer engordar a los políticos y gobernantes.

Más bien la “ley de la jungla”, o sistema donde una minoría vive a expensa de la mayoría, es el sistema al que usted aspira. Usted propone la existencia de un aparato represor dominado por un jerarca social y económico que imponga a punta de pistola al resto de la sociedad cómo comportarse, qué costumbres ha de seguir, con quién ha de negociar y cómo hacerlo. Pero eso ya lo tiene, se llama estado del bienestar. ¿Y además pretende robarnos más mediante impuestos y multas para mantener su inútil sistema de extorsión y favores? Por favor. ¿O es que acaso cree que la gente paga impuestos por la elevada finalidad que tienen (a saber, enriquecer al político)? No, los particulares y empresas pagan impuestos por miedo a las represalias del estado. En el libre mercado esta situación jamás se puede producir, una vez más: en un sistema totalmente capitalista usted es libre de hacer lo que quiera sin rendir cuentas a nadie.

Más estado, más leyes, más prohibiciones y menos capitalismo no significan ni mucho menos más igualdad ni riqueza. El estatismo es la mayor de las barbaries. Es todo lo contrario a la civilización y a la paz. Son los estados quienes crean regulaciones que no sirven de nada, es el estado y sindicatos quienes crean desempleo, son los estados quienes aumentan los ejércitos y entran en guerras matando inocentes no las personas civilizadas que prefieren intercambiar bienes y servicios voluntariamente para ganar algo a cambio.

Señor Martín Seco, si este país aún le parece poco represivo, siempre puede irse a Cuba, Venezuela o Corea. No se preocupe, ahí el estado le dirá todo lo que ha de hacer. Pero cuidado al escribir libros o artículos oponiéndose a ellos, porque las consecuencias podrían ser catastróficas para usted.

Renta básica, errores capitales

Los políticos tienen una capacidad única para convertir sus fracasos en oportunidades para lograr nuevos y más ambiciosos fracasos. Es el caso de los líderes mundiales reunidos en Londres el pasado 11 de junio. Salieron diciendo que perdonarían 40.000 millones de dólares a los 18 países más pobres de África, que más tarde podrían convertirse en 55.000. De este modo, dicen, y con una sola firma, empieza el principio del fin del hambre en ese continente.

La realidad es muy otra. Hay 38 países considerados pobres y muy endeudados. Sobre ellos se han volcado 114.000 millones de dólares en préstamos concedidos por organismos públicos. Y hoy su renta per cápita es un 25% más pobre de lo que era en 1980. En estas dos décadas y media en que los pueblos que se han incorporado a la globalización se han desarrollado de forma notable, los países que han apostado por otro camino, el de los créditos del Banco Mundial o del FMI a los gobiernos, se han hecho más pobres. Que las deudas sean impagables porque en lugar de destinar los fondos a actividades productivas se han destinado al reparto y a la consolidación del poder de los regímenes locales es una prueba del fracaso del sistema actual. Resulta sorprendente que los líderes mundiales utilicen el reconocimiento de este fracaso como la obtención de un nuevo éxito.

Cuando una empresa pide un préstamo, es porque cree que el uso que hará de él le permitirá desarrollar proyectos productivos que le permitirán devolverlo, con sus intereses, y aún ganar un beneficio. ¿Qué hace un gobierno de un país pobre, sojuzgado bajo un régimen corrupto y cleptocrático, con los créditos concedidos? Utilizarlos para aumentar su poder, destinarlos a sectores y áreas amigas. Repartírselo. Fijémonos en  Yoweri Museveni, autoimpuesto presidente de Uganda. Según un reciente informe “la ayuda extranjera y los recursos naturales han sido despilfarrados desperdiciados e invertidos en empresas privadas de líderes corruptos”. Take Idi Amin, que se asienta en el poder sobre 300.000 cadáveres de compatriotas, y sus amigos, están de enhorabuena, porque cuentan con la solidaridad mundial. ¿De qué le serviría a Zimbabwe condonar la deuda de su gobierno?

Condonar la deuda es una medida inútil e hipócrita. Esas deudas no se iban a pagar jamás. Cancelarlas es un mero gesto, que además sugiere la idea de que la pobreza de África se mantiene a causa de la racanería de los países ricos. En realidad las causas son otras. Mientras que grandes teóricos del desarrollo, como Bono o Bob Geldof dicen que las ayudas y la condonación de la deuda es el camino al desarrollo, los países más pobres hace tiempo ya no se dejan engañar por profetas y salvapatrias. En la reunion de Naciones Unidas en Johanesburgo lo que demandaban los más pobres era que los ricos abrieran sus fronteras a los productos que ellos producían. Pedían más comercio, más capitalismo, más globalización. Si tenemos algún interés por liberar a ese continente de la lacerante pobreza que le aflige, el camino no es apuntalar el poder de sus regímenes, sino contribuir a que sean sustituidos por democracias y estados de derecho y abrir nuestras fronteras a sus productos. Esta es una deuda real, que tenemos nosotros con África.

El Estado no sale a cuenta

El crecimiento para Europa no es muy halagüeño. Recientemente la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha rebajado en siete décimas la previsión de crecimiento para la zona euro en 2005, y en cinco para el 2006.

En la misma línea va la competitividad en España. Según un estudio del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), la competitividad ha caído un 12,5% con respecto a la eurozona en los últimos seis años. La patronal CEOE declaró hace unas semanas el "serio problema de competitividad que sufre la economía española” que han causado las "cargas fiscales, laborales y sociales". Como solución el gobierno socialista está estudiando rebajar las cotizaciones sociales de todos los contratos indefinidos en medio punto. Como si tal medadita fuese a servir de algo sobre el 38% de lo que pagan las empresas por sus empleados al gobierno.

Cuando se trata de expandir la libertad, el gobierno siempre es moderado y pragmático para conservar el socialismo. Pero cuando se trata de ampliar los costes sociales todo estado siempre se muestra radical. Y ese, es el anunciado declive de Europa: más privilegios y dinero para los burócratas y grupos de presión (agricultores, ONGs con dudosos “fines sociales”, sindicatos, funcionarios…), y todo a cargo del dinero ganado honradamente por las empresas y trabajadores. No hace falta que haga donaciones, el estado ya se encarga de quitarle el dinero y hacerlas por usted a él mismo.

El auténtico problema económico de España y Europa, sin duda alguna, es el estado. Éste es la única organización que, por ley, puede sacarle al ciudadano su dinero mediante la fuerza y la amenaza. A tal forma de actuar siempre se le ha llamado robo y extorsión; y es que bajo las palabras de “estado del bienestar”, pragmatismo y moderación se esconde un sistema económico basado en la agresión, la arbitrariedad de un puñado de políticos, el dirigismo y la planificación central. No es de extrañar que la “producción” huya de un país cimentado con esos valores.

La solución al problema de la competitividad y crecimiento, entonces, serán las medidas opuestas. Si dirigismo y omnipotencia estatal es igual a continuo declive económico, libre mercado es igual a prosperidad y riqueza:

– ¿Qué sentido tienen las licencias? No necesita una licencia para ser un buen taxista. Si sabe conducir, sabe llevar a la gente de una parte a otra con la misma calidad, tenga licencia para hacerlo o no.

– No necesitamos burocracia. Si usted quiere crear una peluquería en Aragón, por ejemplo, necesitará de 180 a 200 días para abrirla. Firmar y acumular papeles no hará que sepa cortar mejor el pelo a sus clientes.

– ¿Qué hemos conseguido con tantos impuestos? Que el estado se enriquezca a costa de nuestro trabajo cuando a nosotros nos cuesta llegar a final de mes. Eliminémoslos todos.

– ¿Qué hemos conseguido con el salario mínimo? Que los jóvenes no tengan trabajo y un sin fin de contratos altamente precarios.

– ¿Por qué obligar a las empresas a pagar al estado? Menos dinero para el empresario es menos capacidad de producción y de creación de empleo. Que más del 20% de la economía esté sumergida no es un capricho de los empresarios.

– ¿Por qué mantener un obstruido y obsoleto sistema de medicina público? El lema "todo tratamiento debe ser gratis" sólo ha creado la realidad “todo tratamiento necesita varios años de espera”. A pesar del fuerte monopolio del estado en salud, los seguros médicos privados son mucho más eficientes.

– ¿Por qué hacer aportaciones forzosas a su vejez sino las va a cobrar? El estado no financia el dinero de su pensión, sino el de un anciano de ahora. El estado no puede garantízarle su futuro.

Y en fin, ¿por qué mantener a una organización inútil (estado) que nos empobrece día a día? Sobran argumentos. El estado no sale a cuenta.

El modelo europeo del paro

Hubo algo llamado “milagro económico alemán”. El país estaba arruinado por la economía de guerra y el socialismo. Y por la propia guerra. Alguna de sus ciudades conservaban poco más que el nombre y la parte de Alemania no entregada vergonzosamente al totalitarismo deseaba recuperarse moral y económicamente. En 1949, a la edad de setenta años, Konrad Adenauer logró ambas. Con las directrices económicas de Ludwig Erhard, respaldado por un grupo de economistas que constituían lo que se conoce como ordoliberalismo y entre los que podemos destacar a Wilhem Röpke, Walter Euken y Alfred Müller-Armack, Erhard simplemente devolvió el peso de las decisiones económicas sobre los hombros de los ciudadanos. Restituyó el sistema monetario e instauró una economía de mercado. De este modo Alemania pasó de tener más del 60% de la industria destruida a ser una primera potencia industrial. Eran otros tiempos, porque a partir de los 60 el germano se convertiría en líder de lo que luego se ha llamado el “modelo europeo”. Es decir, la socialización, la decadencia, el desempleo.

Hoy, cuando oímos hablar de la economía alemana no son los éxitos lo que se destaca en su descripción, sino sus fracasos. El número de desempleados supera ya los 5,2 millones de personas, el 12,5% de la población activa. Nunca tantos alemanes han estado sin empleo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Alemania ha tenido la peor tasa de crecimiento de Europa por casi una década, y las previsiones para este año rondan el punto porcentual. El resto de Europa no tiene mucho de qué presumir. Francia alcanza ya el 10% de paro, con 2,72 millones de franceses sin poder hacer aportaciones a la riqueza por medio de su trabajo. Estos datos son la cara de la expresión “justicia social”.

Francia y Alemania representan como pocos el “modelo europeo”, que es como se llama con no oculta voluntad totalitaria al socialismo que prevalece en nuestro continente, frente al liberalismo que subsiste en los Estados Unidos. Se habla de modelo europeo como si en Europa no hubiera habido otro o como si no se pudiera cambiar. Como si los europeos no valiéramos para actuar en libertad y necesitáramos del amparo, es decir del estrangulamiento, del Estado. Esta totalitaria pretensión no casa ni con la historia de esos dos países ni con la realidad de hoy. Gran Bretaña mantiene el modelo conseguido por Margaret Thatcher. No digamos Irlanda, que es uno de los países más liberales del mundo, lo que le ha permitido superar en renta per cápita a Francia o Alemania, cuando en el momento de entrar España en la CEE era su miembro más pobre. Estonia es aún más liberal y sus resultados son también espectaculares.

El fracaso, cada vez más visible, del modelo europeo, no impide a sus valedores a ofrecerlo como alternativa al que prevalece en los Estados Unidos, un país que es más rico, crece más, y crea más empleo. Un reciente estudio realizado por el Think Tank sueco Timbro revelaba datos muy significativos. Si la economía estadounidense se hubiera congelado en el año 2000, Irlanda tendría que esperar a este 2005 para alcanzar a los Estados Unidos en renta real per cápita, con su actual nivel de crecimiento. Y hablamos de la economía europea que más ha avanzado en los últimos años. La espera se tendría que hacer más larga para el resto de las economías europeas ya que tendría que prolongarse hasta 2007 para Suiza, 2008 para Gran Bretaña, 2013 para Dinamarca o 2015 para España, con los actuales niveles de crecimiento. Desde los medios europeos, acostumbrados a mentir hasta el paroxismo sobre la situación social en Europa y en los Estados Unidos, se nos hace creer que la situación allí es mucho peor que aquí. Es todo lo contrario. A excepción de Luxemburgo, todos los Estados Europeos quedarían entre los cuatro estados más pobres de USA, o por debajo de ellos. Y sin embargo somos nosotros quienes miramos por encima del hombro a los Estados Unidos.

No corren buenos tiempos para el mal llamado modelo europeo. Las cosas no van por ahí, precisamente, ya que los propios Estados Unidos están en un proceso de profundización del liberalismo económico que puede llevar a sustituir lo que les queda de Estado Providencia por soluciones que surjan de la libre elección de sus ciudadanos, con la Seguridad Social como estandarte. Nosotros tendremos que cambiar. Y lo acabaremos haciendo.

Llamazares contra el SCH

El empleo del sentido común y la lógica más elemental le han valido a Alfredo Sáenz los calificativos más alucinantes. Y eso que es vicepresidente segundo y consejero de uno de los grandes bancos españoles y, por lo tanto, persona poco sospechosa de querer cambiar el estado actual de las cosas si no es por motivos de imperiosa necesidad. Gaspar Llamazares ha exigido a Emilio Botín que rectifique las declaraciones de Sáenz, cosa que previsiblemente hará, y le ha acusado de declararles la guerra y querer destruir a la izquierda. Para rematar la faena, Llamazares pide a ZP que saque del baúl aquellas infames prácticas felipistas de boicotear a los empresarios que no coincidan con el pensamiento único de izquierdas. Es “indecente” y propio de “hooligans del liberalismo”, dice el secretario de comunicación de CCOO.

¿Y qué ha dicho exactamente Sáenz para merecer esta reacción totalitaria en el gallinero socio-comunista? Pues que al igual que piensa todo aquel que usa el sentido común, cree que es imprescindible "desmontar el estado de bienestar europeo" y que "no tenemos demasiado tiempo para hacerlo". Porque o bien mejoramos nuestros mercados y acomodamos los impuestos y regulaciones a conceptos "mucho más liberales" o realmente "vamos a tener un problema".

No es que el consejero del SCH haya alertado de esa enfermedad mortal que padece Europa que no es otra que el triunfo del relativismo moral y el desprecio por los derechos de los individuos. Sáenz le ha visto las orejas al lobo. Ese mega estado intervencionista europeo que, al igual que ocurriese durante la época de decadencia del imperio romano, no respeta la propiedad ni el mercado y se niega a valorar a sus individuos más productivos. Por el contrario se dedica a subvencionar el pan, el circo y todo aquello que sea considerado como progre y social; todo aquello que quiera recibir la mayoría del pueblo siempre y cuando se les prometa que será costeado por otros. Ese estado mastodóntico que precisa cada vez mayores incautaciones de impuestos, que no puede entender que exista diversidad fiscal entre los distintos países y áreas geográficas y que hace gala de la doble moral más rampante en su visión del resto del mundo. Ese estado que ha sembrado las causas de su decadencia y deja que el moral hazard y la podredumbre moral terminen la faena.

Y es que como dice Sáenz, no nos queda mucho tiempo para aprender la lección y actuar en consecuencia. Mucho tendrían que cambiar las cosas para que no asistamos en pocos años a la caída del imperio europeo. Aquel que ya cayera en época romana, provocado por los mismos errores fruto de políticos pobres de espíritu y conocimiento y grandiosos en planes colectivistas.