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Etiqueta: energía

Hidrógeno, ¿volver a los viejos errores?

El 6 de mayo de 1937, a las 19.25 de la tarde, el dirigible LZ 129 Hindenburg, orgullo de la Alemania del Tercer Reich, tras su decimoséptima travesía atlántica desde Europa, largaba amarras en la Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, en una tarde bochornosa en la que el aire estaba muy cargado electrostáticamente por una tormenta eléctrica. Es posible que una de esas chispas iniciara la combustión del hidrógeno que se almacenaba en 14 de las 16 bolsas que sustentaban en el aire a una gigantesca estructura de 245 metros de largo y 41 de diámetro. En menos de un minuto, el dirigible se vino abajo en llamas, matando a 36 personas, 13 pasajeros y 22 tripulantes. Investigaciones recientes han indicado que el material del que estaba hecha la estructura aceleró el fuego. El accidente fue retransmitido por muchos medios de comunicación -incluyendo radios- y rodado por varias cámaras para el cine. Ante semejante ridículo, Adolf Hitler dio por terminado el aprovechamiento comercial de este tipo de aparatos que, por otra parte, estaban en franco retroceso, dada la versatilidad de sus competidores tecnológicos, los aviones.

84 años después, el hidrógeno se ha vuelto a poner de moda, pero esta vez no interesa que sustente ninguna estructura en el cielo, sino que se pretende quemar para aprovechar la energía de la combustión y, de esta manera, desplazar a los hidrocarburos, avanzando en el proceso de descarbonización. ¿Estamos preparados para usar este gas como combustible de manera eficiente y segura o por el contrario, estamos cayendo en los viejos vicios de la planificación político-energética que propone cosas que no puede cumplir o que lo hace a medias y con costes excesivos? Antes de contestar a esta pregunta, deberíamos entender el contexto en el que se plantea.

Un año después de que se iniciara la pandemia global del Covid-19, el mundo político español vive preocupado por cumplir una serie de objetivos que no coinciden necesariamente con las preocupaciones más acuciantes e inmediatas de los ciudadanos. Pese a que buena parte de nuestro sector turístico y hostelero, dos de las principales industrias del país, no sabe cómo va a salir de la quiebra y se plantea cierres generalizados y despidos inevitables, al Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias le preocupa más la descarbonización y la digitalización de la economía española y plantea que sean estas dos líneas las que deban cumplir algunos de los proyectos que puedan recibir una parte jugosa de las ayudas que desde Europa se repartirán. Personalmente, me cuesta imaginar lo que debe de pensar un hostelero, un hotelero, un restaurador o el dueño de cualquier otro negocio dedicado a dar este tipo de servicios, cuando otras empresas que gozan, no pocas veces, del apoyo gubernamental, se posicionan para recibir miles de millones de euros en forma de ayudas de distintos tipos. Sin embargo, es lo que tenemos y las principales empresas energéticas del país, además de un creciente número de empresas dedicadas a las energías renovables, han presentado sus proyectos a la caza de fondos europeos. La planificación es una de las características coyunturales de las grandes organizaciones como la UE y el keynesianismo imperante ayuda a que sea así. Entre estos proyectos, se incluyen los ligados al hidrógeno verde.

El hidrógeno se ha venido usando desde hace décadas en la industria química, el refinado, la metalurgia, la industria alimentaria y otros procesos industriales, pero quizá sea su uso como combustible el más interesante desde la perspectiva actual. Como pudimos ver en el Hindenburg, el hidrógeno se combina muy bien con el oxígeno para formar agua y esa reacción es muy energética, además de poco contaminante, por lo que aprovecharla es algo razonable en una sociedad tan dependiente de la energía.

Durante años, se han ido desarrollando sistemas de almacenamiento que eviten el peligro de accidentes como el ocurrido en 1937. Ha sido a finales del siglo XX y principios del XXI cuando la tecnología ha empezado a producir pilas y contenedores lo suficientemente ligeros y seguros para que coches, camiones y otros vehículos puedan moverse con niveles de eficiencia similares a los vehículos que usan combustibles fósiles habituales. Hoy en día, hay automóviles que pueden recorrer distancias de 600 o más kilómetros con su tanque lleno y camiones que llegan a 1.000 kilómetros, permitiendo los viajes a larga distancia. Esta capacidad le da ventaja sobre los coches eléctricos, que tienen una menor autonomía y el tiempo de recarga es mucho más largo, no menos de 20 minutos si se usan sistemas recarga rápida. Sin embargo, parece ser que es este último tipo de vehículo, el eléctrico, el que más apoyo político tiene, pese a tener una desventaja evidente. Es también posible que se pueda usar en aeronaves, pero de momento, los contenedores son demasiado pesados y deberá avanzar la tecnología, como también es posible que los precios de todos estos automóviles sean aún un poco caros si los comparamos con los tradicionales. Algunos ponen el horizonte en década y media.

Un uso del hidrógeno, menos comentado en los medios de comunicación pero quizá más interesante desde un punto de vista energético, es su papel como sistema de almacenamiento de energía. La teoría es que, en los momentos en que la velocidad de aire es adecuada o la insolación es intensa, pero no se requiere la energía en el sistema, se use este exceso para producir hidrógeno, que podría almacenarse y que, en momentos de carencia, podría usarse como reserva de combustible y generar la energía que no se cubre con estas renovables, reforzando así de respaldo al sistema renovable, algo que ahora cumplen las nucleares y los ciclos combinados.

Si el hidrógeno tiene tantas ventajas y es un buen sustituto de los combustibles fósiles, ¿dónde está el problema? Como en el caso del coche eléctrico, se necesitaría una red de puntos donde poder abastecer al vehículo que no existe, pero quizá se puedan aprovechar las gasolineras. El principal problema está en conseguir el gas en condiciones de calidad y cantidad. El hidrógeno libre, dado su escaso peso, tiende a irse al espacio y no tiene sentido su captura, pero está presente combinado en la materia orgánica y, sobre todo, en el agua. La electrolisis del agua, la separación del hidrógeno y del oxígeno, es un proceso habitual, conocido desde hace tiempo, que requiere energía. También existen otras fuentes, como subproducto de algunas reacciones químicas y bioquímicas y del refinado del petróleo. La idea que han tenido las industrias energéticas ha sido ligar las fuentes renovables con los procesos industriales de electrolisis, de forma que el hidrógeno obtenido sea teórica y medioambientalmente limpio. Este es el denominado hidrógeno verde. El que llaman hidrógeno azul sería el que se obtiene usando gas natural como fuente de energía, que no es tan ‘sucio’ como los combustibles fósiles (carbón, diésel, gasolina, etc.), quedando el término hidrógeno gris para el que viene usando estas fuentes de energía o viene derivado de los procesos industriales antes mencionados. De esta forma, la revolución que se pretende está ligada a la viabilidad o no de las energías renovables, no a las características del propio hidrógeno como combustible y quizá, en menor medida, a la manera de almacenarlo (pilas y depósitos).

Varias empresas han anunciado que algunas de sus centrales térmicas, que han sido cerradas o están a punto de serlo y van a ser desmanteladas, serán sustituidas, si obtienen los fondos necesarios de la UE, por grandes plantas electrolíticas, rodeadas de centrales renovables, ya sean eólicas o fotovoltaicas, que las van a abastecer para dar lugar a una novedosa y -se pretende- próspera industria del hidrógeno. Hay que reconocer que, como utopía energética, no está mal y hasta tiene visos de que podrían cumplirse algunos de los objetivos parciales, pero me cuesta creer que vaya a ser tan exitosa la cruzada medioambiental.

Hoy por hoy, las energías renovables requieren dos condiciones: el primero sería un espacio adecuado. En el caso de la fotovoltaica, hectáreas y hectáreas de superficie donde colocar las placas. En el caso de la eólica, puntos adecuados donde sople el viento. ¿Hay de ambos en el entorno de las centrales? Pudiera ser, pero el segundo requerimiento sería las centrales de apoyo que permitan que, en caso de que no haya viento o luz, se pueda seguir alimentando la planta, lo que hace que no sea tan verde el hidrógeno, más bien un verde tirando a azul. Por otra parte, hay otras razones para pensar que, tarde o temprano, los grupos ecologistas sacarán los colores al verde. Las cubas de electrolisis usan catalizadores, que no son precisamente materiales medioambientalmente neutros. Estas centrales tomarán el agua y la transformarán en oxígeno e hidrógeno, es decir, no la devuelven al río o al pantano, cosa que sí que hacen las térmicas. Esto afectará al caudal y a las actividades que requieren agua, como la agricultura, es decir, no sería demasiado viable en zonas donde no haya una pluviometría adecuada. Además, no debemos olvidar que el agua debe tener unas características concretas, así que se deberá tratar. En el caso del agua marina, se debe desalar y las desaladoras han sido también una fuente de problemas para los grupos ecologistas. El verde de nuevo se torna azul. La proliferación de centrales renovables ha generado el rechazo de los vecinos y algunos grupos ecologistas. Un ejemplo de esta polémica es la oposición del municipio de la Espluga de Francolí a la planta de hidrógeno propuesta y las renovables asociadas, y el motivo es, precisamente, la escasez de agua en la zona.

No hace mucho, el CEO de Endesa, José Bogas, se preguntaba si no estábamos asistiendo a una burbuja de renovables. Y es una buena pregunta, pues si miramos al mercado bursátil español, veremos que gran cantidad de empresas renovables, que cuentan con un capital y un proyecto lo suficientemente interesante, tienen intención de salir al parqué. Empresas como la petrolera Repsol también quieren sacar al mercado su filial renovable, que hace “dos días” no tenían. Me preocupa semejante estallido de proyectos y empresas renovables, porque nace, no de las necesidades de los ciudadanos de tener una energía más limpia, no de las inquietudes de los ciudadanos por consumir una energía menos contaminante, incluso no de los caprichos de los ciudadanos que se apuntan a las políticas verdes de ciertos iluminados, sino de la planificación energética surgida desde la política, de la ingeniería social de ciertos líderes, públicos y privados, y de las pretensiones interesadas de ciertos lobbies que viven muy bien de los dineros públicos en forma de ayudas, subvenciones y otras prebendas que se financian con el dinero de los impuestos. No es una solución de mercado a una inquietud moral o ética, sino la respuesta a una decisión que supone una planificación política. Las empresas se adaptan a lo que hay, pero algunas veces olvidan que los que terminan dándoles el pan de cada día no son los políticos, sino los clientes, y no sé si tendrán suficientes clientes para este desarrollo verde (¿o es que ya nos hemos olvidado de la Abengoa de principios de los años diez de este siglo?). Tengo que reconocer que, de todas las posibilidades que han surgido desde el Estado o de las empresas que orbitan en torno a él, esta del hidrógeno puede ser la más razonable. Aun así, creo que estamos aún lejos de salir a la calle, tomar un automóvil con el tanque lleno de hidrógeno y hacer lo mismo que ahora con uno de gasolina. No adelantemos una tecnología que puede ser rentable en un futuro porque algún inspirado tenga un capricho adolescente.

Filomena y el precio de la energía

La ola de frío provocada por el temporal «Filomena» ha ocasionado un preocupante aumento (del 30%) en el precio de la electricidad durante el pasado mes de enero. Dadas las circunstancias —la demanda crece relativamente más que la oferta—, no podía ser de otra manera. Comencemos por analizar qué ha sucedido con la oferta. Primero, las energías renovables son intermitentes, sensibles a los cambios meteorológicos y climáticos. Por ejemplo, un panel solar cubierto de nieve no produce electricidad, la formación de hielo puede afectar al funcionamiento de las instalaciones, etc. Ello hace que la generación de electricidad, durante el temporal, se haya visto reducida. Segundo, las centrales térmicas de diésel y gas no pueden incrementar su producción al ritmo que exige la demanda. Por último, las centrales nucleares y las alimentadas con carbón, cuya fiabilidad y rendimiento son altos, han sufrido moratorias y cierres por motivos políticos, medioambientales e ideológicos. Es preciso recordar aquí que la electricidad no puede acumularse pues se produce y consume de forma simultánea. Sólo las materias primas —uranio, gas, diésel, carbón, madera— son susceptibles de ser almacenadas para atender posibles contingencias.

Analicemos ahora la demanda. La bajada de temperatura aumenta las necesidades de calefacción pues se necesitan más calorías para calentar una misma cantidad de agua o volumen de aire. Por otro lado, la electricidad es un bien poco elástico: su demanda es poco sensible al aumento del precio; es decir, los consumidores no están dispuestos a pasar frío en sus hogares, ducharse con agua fría (o hacerlo menos frecuentemente) y tampoco tienen bienes sustitutivos para producir electricidad. Sólo los hogares con calefacción de carbón y las casas de campo que queman madera pueden soslayar parcialmente un mayor gasto en electricidad. En definitiva, una ola de frío polar provoca interrupciones en la producción de electricidad (renovables) y un súbito aumento de la demanda, por tanto, el incremento del precio es inevitable.

Frente a estos hechos encontramos diversas reacciones. Unos se lamentan de que el incremento del precio de la electricidad haya sido inoportuno: «ahora, precisamente, cuando hay más necesidad». Evidentemente, todos los temporales son «inoportunos» y producen inevitablemente alteraciones en los precios de ciertos bienes; por ejemplo, en Madrid ha habido una «inoportuna» escasez de palas para quitar la nieve de las calles.

Otros, que exhiben una mayor «sensibilidad social», afirman que la electricidad es un bien de primera necesidad y que no «debería» ser considerada una mercancía más. Estos antimercado, los del eslogan «otro mundo mejor es posible», creen que las leyes económicas pueden alterarse en función de sus deseos.

Finalmente están los demagogos, colectivistas, comunistas y adictos al poder político que quieren sacar tajada de la situación y piden la nacionalización de las empresas eléctricas. Sus eslóganes favoritos son: «hay que democratizar la electricidad» o «es preciso combatir la pobreza energética» y otras sandeces por el estilo. Estos enemigos de la realidad actúan mal: unos por ignorancia, otros por ceguera ideológica y otros porque pretenden expropiar los bienes ajenos. Veamos por qué todos ellos se equivocan.

En primer lugar, aceptemos a efectos dialécticos que la electricidad —como los alimentos, el vestido o la vivienda— sea un bien de primera necesidad, sin embargo, las leyes económicas son universales (Menger, 2013: 67) y operan al margen de cualquier categoría —esencial, básico— que establezcamos. Este mismo error lo hemos visto durante la pandemia de Covid-19, cuando las autoridades cierran negocios apelando a una distinción arbitraria de actividades esenciales y no esenciales.

En segundo lugar, la economía no es una ciencia normativa, sino descriptiva; es decir, intenta explicar cómo «es» y no cómo «debería ser» la realidad. El precio de la electricidad sube en invierno por el mismo motivo que lo hace el del marisco en Navidad o el de los equipos de aire acondicionado en verano. Como digo en Hernández 2019, p 104: «Creer que determinados bienes, por relevantes que estos puedan ser, deben permanecer fuera del cálculo económico es ignorar que la acción humana no obra sobre conceptos sino sobre bienes tangibles e intangibles sobre los cuales hay que hacer elecciones».

En tercer lugar, nacionalizar las empresas que generan energía no sólo es una inmoral violación de la propiedad privada, sino que provocaría un empeoramiento de la situación. Ahí tenemos el ejemplo de Venezuela, un país con enormes reservas de petróleo y que debe importar la gasolina porque su gobierno ha arruinado a las refinerías. Nacionalizar una industria, no lo olvidemos, es pasar del capitalismo al socialismo y el resultado inevitable será una menor producción, cuando no su total colapso. La escasez será aún mayor y para colmo de males ya no será el sistema de precios quien asigne los escasos bienes disponibles, sino el autócrata o el funcionario de turno actuando de forma discrecional. Bajo el socialismo, la corrupción y la ruina están servidas.

Durante una ola de frío, la subida del precio de la electricidad es temporal (tal vez, varias semanas) e inevitable. En España, esto sólo afecta al 35% del coste final que paga el consumidor, el resto es saqueo puro y duro: a) Transporte de electricidad, cobrado por Red Eléctrica Española (REE) a precio monopólico. b) Impuesto a la electricidad (5,1127%), al que se le añade el IVA (21%, tipo más elevado). c) Amortización de la deuda del sistema eléctrico. d) Primas a las renovables, cogeneración y residuos.

En conclusión, es el Estado el que incrementa de forma abusiva el precio de la factura eléctrica. No en vano, España es el tercer país de la UE con la electricidad más cara. Son los políticos, esos que presumen de tener una mayor «sensibilidad social», quienes inflan abusivamente el precio del recibo de la luz para luego culpar al mercado de una subida circunstancial que está plenamente justificada y prevista por las leyes económicas. Reducir el precio de la energía es posible, siempre que nos opongamos al intervencionismo y al saqueo fiscal: 1) Privatizar REE para introducir competencia y abaratar los costes de transporte y distribución. 2) Liberalizar el precio de la bombona de gas butano. 3) Bajar el IVA de la electricidad al 4% (tipo superreducido). 4) Eliminar las subvenciones a las renovables. 5) Sacar de la factura eléctrica otros costes del sistema (amortizaciones e indemnizaciones).

Bibliografía
Hernández, J. (2019). Defensa y Seguridad. ¿Estatal o privada? Madrid: Unión Editorial.
Menger, C. (2013) [1871]: Principios de economía política. [Versión Kindle]. Amazon.