Erik Maria Ritter von Kuehnelt-Leddihn fue un noble nacido en el Imperio Austrohúngaro a principios del siglo XX y catalogado como el hombre más interesante del mundo por William F. Buckley. Era un hombre de los antes, polímata, que escribió tanto ficción como no-ficción, y abarcó todas las áreas de las ciencias sociales. A su vez era políglota. Aprendió de manera fluida 8 idiomas, y hablaba otros 11 de manera informal. Y viajó a más de 75 países. Ferviente católico, llegó a presenciar una vez a Satanás, “tal y como aparecía en los libros primitivos.”
Asociado al National Review, al Acton Institute y al Mises Institute, entre muchos otros, su pensamiento político es muy interesante, y tiene mucho que aportar actualmente. Se definió como arch-liberal y le gustaba el liberalismo original de Lord Acton, Tocqueville y Montalembert, aristócratas conocedores de economía muy influenciados por la Iglesia Católica. No dudó en definirse como un hombre de derecha y defendió la libertad, las jerarquías, la diversidad y la monarquía, siendo un crítico del comunismo, del nazismo, del posmodernismo y de la revolución francesa, que no fueron más que la encarnación de las ideas igualitaristas, democráticas, revolucionarias, nacionalistas, relativistas e identitarias que rechazaba.
“Derecha” e “izquierda”
Como se ha mencionado, en su obra no dudo en definirse como derechista, usando un argumento etimológico que es adecuado recordar:
“En todos los idiomas europeos, la palabra “right” (derecho) está relacionada con “ius” (derecho), “rightly” (correctamente), “rightful” (legítimo). (…) En ruso, “pravo” significa “ley” y “pravda” significa “verdad”. (…) Mientras, en italiano, “sinistro” puede significar “izquierdo”, “desafortunado” o “calamitoso”. (…) En la terminología bíblica, los justos en el Día del Juicio estarán a la derecha y los condenados a la izquierda. Cristo se sienta “ad dexteram Patris” (a la derecha del Padre), como afirma el Credo de Nicea” (1974).
Erik von Kuehnelt-Leddihn
Según su obra, el término “izquierda” no solo se asocia a todo lo malo, sino que a nivel político fueron y siguen siendo los que defendieron una visión completamente distópica de la naturaleza humana, buscando “utopías” igualitarias: una sola lengua, clase social, raza, ideología y Estado. Para ello persiguen a todo aquel que se salga de la media. Como la religión se opone a su visión materialista y totalitaria del mundo, la atacan por dos frentes, aislándola al ámbito privado o creando una religión de Estado.
Ese identitarismo no es más que la explotación de la envidia, pero lucha contra la naturaleza humana: “Los seres humanos son diferentes: tienen diferentes edades, diferentes sexos, varían según su fuerza física, su intelecto, su educación y sus ambiciones. Tienen caracteres diferentes y diferentes tipos de memoria, diferentes disposiciones” (1974). La fórmula moderna del igualitarismo es “un hombre, un voto”. Por el contrario, a Kuehnelt-Leddihn le gustaba la libertad, y afirmó que es incompatible con la igualdad.
Rechazo de la democracia
Quizá lo fundamental de su obra fue el rechazo a la democracia, que es el poder de la multitud, masas ordenadas uniformemente que atacan todo aquel que fuese diferente, “esta tiranía es a la que yo me opongo” (1943). Defendió la familia: “Creo en la familia, en la jerarquía natural dentro de la familia, y en el abismo natural existente entre los sexos. (…) En una jerarquía, el miembro más bajo es funcionalmente tan importante como el más alto” (1943) y la propiedad: “Me gusta que la gente tenga su propia vivienda, sus propios terrenos, sus propios criterios que les empujen a actuar de forma independiente. Temo a la manada: al 51 por ciento que votaron a Hitler y Hugenberg; a la turba estruendosa que apoyó El Terror en Francia” (1943).
La democracia además es relativista. Fue la vox populi la que condenó a Cristo tras preguntar Poncio Pilato “¿qué es la verdad?”. El consenso también es injusto, un genocidio no pasa a ser bueno porque se reduzca a la mitad, los derechos naturales no son negociables. La democracia además es contraria a la libertad, “la represión del 49 por ciento por el 51 por ciento o del 1 por ciento por el 99 por ciento es muy lamentable, pero no es antidemocrática” (1974).
A su vez, Kuehnelt-Leddihn predijo en su obra la expansión del Estado en forma de “seguridad social” o “socialdemocracia” que se había dado durante los dos últimos siglos hasta llegar al totalitarismo burocrático en el que nos encontramos: “Estos anhelos y deseos se traducen en medidas específicas, y así vemos finalmente un totalitarismo burocrático que restringe las libertades personales” (1952).
No solo eso, sino que la democracia fomenta la irresponsabilidad, la demagogia y la mentira. Las personas con peores intenciones lleguen al poder ya que la honestidad no se premia en votos. El personalismo con nombres propios es reemplazado por el uso de la primera persona del plural, que “debido a sus implicaciones colectivistas, es infinitamente más devastador en sus resultados” (1952). En ese modelo las personas pasan a ser una porción matemática de la nación (Auctoritas nihil aliud est nisi numeri et materialium suma), eliminándose toda su personalidad.
Liberalismo y monarquía
Frente a la democracia, defendió el liberalismo, que a nivel político no respondía a quién tiene que gobernar, sino cómo debía gobernar. La respuesta liberal clásica es: “Independientemente de quién gobierne, ya sea un monarca, una élite o una mayoría, el gobierno debe ejercerse de tal manera que cada ciudadano disfrute de la mayor cantidad posible de libertad personal” (1974). Por tanto, es factible aceptar la posibilidad de una monarquía liberal.
Asimismo, su defensa de la monarquía se basó en diferentes argumentos. El principio monárquico es unificador según Santo Tomás, no divisorio. Las familias reales están emparentadas entre sí y son muchas veces extranjeras, lo que evita las ideas nacionalistas y raciales. El monarca es la cabeza política y social por lo que debe gobernar por prestigio, no solo por decreto. Y estuvo en sus tiempos subordinado a la ley (Rex sub-Lege) además de “limitado por poderosos vasallos, la Iglesia, la dieta en la que estaban representadas las clases sociales, y las ciudades libres que tenían grandes privilegios” (1952), entre varios más.
Además, uno de los mitos más extendidos era que los Padres Fundadores de los EEUU eran demócratas. Más bien fueron aristócratas, una forma de gobierno mucho más liberal. Jefferson recordó el carácter aristocrático de EEUU: “la aristocracia natural la considero como el regalo más precioso de la naturaleza, para la instrucción, las responsabilidades y el gobierno de la sociedad”.
Hus y sus discípulos
La primera figura izquierdista fue para Kuehnelt-Leddihn la de Hus. Los seguidores de Hus fueron hostiles hacia las jerarquías y hacia la figura del papa, cuyos sucesores taboritas guiados por Zika defendieron el nacionalismo étnico. Otra figura importante fue Lutero, si bien fue un rigorista que se escandalizó por la perversión moral vista en Roma, su interpretación privada de la Biblia abrió la puerta al relativismo, que unido a su rechazo a la razón y su defensa del Estado omnipotente abrió la puerta al totalitarismo.
Pero la principal revuelta izquierdista fue la Revolución Francesa. Kuehnelt-Leddihn la ejemplificó mediante una biografía del marqués de Sade. Ateo y materialista, fue conocido por sus perversiones sexuales y condenado por torturar a una prostituta, azotar a una niña e ir a orgías. Su ideología ejemplificó lo ocurrido durante el Terror: “Pedantes, verdugos, escribanos, legisladores, escoria tonsurada, ¿qué van a hacer una vez que prevalezcamos?”. Otro hombre que influyó negativamente fue Rousseau, Rousseau creía que aquel que se negase a pagar obediencia a la voluntad general sería responsable de ser impulsado a ello por la fuerza, siendo obligado a ser libre.
Según Kuehnelt-Leddihn, la primera etapa de la Revolución Francesa fue una revuelta aristocrática, pero con la segunda, de la mano de Voltaire, llegó el desastre. Subvirtieron la religión, las convicciones, las tradiciones y las lealtades, empezando el proceso de arriba hacia abajo. La revolución dio a fanáticos la sensación de que no había leyes fijas, reglas eternas, estándares ni autoridades permanentes. Por tanto, la Revolución Francesa fue una revuelta contra el racionalismo de Roma y la verdadera Ilustración. El genocidio de la Vendée ejemplificó lo que iba a ocurrir en el siglo XX con armas de destrucción masiva.
Socialismo: monasticismo secular
Sobre el socialismo añadió que no era más que la vida monástica secular: “La hermandad universal, el altruismo, la ayuda mutua, la justicia social, la caridad omnipresente, la humildad en la igualdad, todas estas nociones tienen raíces cristianas, un trasfondo cristiano” (1974), pero herética: “edenismo”, es decir, buscar el Paraíso en la Tierra olvidando el pecado original. Sobre Mussolini también tuvo palabras, y recordó su admiración a Hus cuando estudiaba en Austria.
Pero, su tesis más conocida es sobre el nacionalsocialismo. Se centró en que aquel movimiento popular no podría haberse llevado a cabo sin media Alemania no hubiese sido protestante. Por norma general, la diferencia entre católicos y protestantes, excluyendo “contaminaciones”, es que las primeros piensan en absolutos, son antagonistas de las ideologías “completas” y dudan del poder. Lutero, en cambio, creía que había que obedecer al príncipe, aunque pecase gravemente.
Nacional socialismo
Hitler fue la contraparte alemana de la revolución francesa, como él mismo admitió. Fue un identitario, una personificación de las masas, un Gran Hermano. Quería a los alemanes más uniformes, en raza y en pensamiento, a través de la eugenesia y de la deportación. Fue un revolucionario, que atacó a la Iglesia para fomentar el cristianismo positivo, ya que la ética cristiana de la compasión, caridad y misericordia era contraria a su credo. Como él se definió fue un demócrata, y el nacionalsocialismo fue, en palabras de Hitler, “la democracia alemana de la libre elección de un líder”.
Pero ¿y quién votó a los nazis? Kuehnelt-Leddihn presentó dos mapas: el primero de ellos indicaba el porcentaje de voto nazi por región, superando en 1932 el 40% en regiones mayoritariamente protestantes y siendo bastante reducido en las católicas. El segundo, un análisis de los trasvases de votos entre 1928 y 1933. Los centristas católicos y los monárquicos bávaros mantuvieron sus votos, también los nacionalistas reaccionarios, y los votos socialdemócratas pasaron a los comunistas. Los liberales demócratas y relativistas, en cambio, desaparecieron. Sugirió, por tanto, que fueron las clases medias, agnósticas, dudosas políticamente, moderadas, progresistas e ilustradas las que votaron a los nazis.
Biografía de Mises
Para finalizar su obra escribió una biografía de Mises. Explicó que nació en Lviv, “la pequeña Polonia” del Imperio Austrohúngaro en una amalgama de raíces judías, cultura polaca y marco político y lealtad austriacos. Los polacos, como nación aristocrática, defendían la libertad. Polonia era la nación del liberum veto, donde la oposición de un solo hombre del Sejm anulaba cualquier propuesta legal. Mises culturalmente era un conservador, y donde Kuehnelt-Leddihn y él se conocieron fue junto al archiduque Otto de Habsburgo.
Después de una revisión sobre el entorno cultural y académico de Mises, recalcó que fue un hombre que, “contrario a cualquier titubeo, no buscaba la popularidad, sino la verdad. (…) No era un “tipo común”, sino un caballero de la vieja escuela y, sobre todo, un gran intelectual que había redescubierto verdades permanentes olvidadas y atacado nuevas supersticiones. Nunca se rindió. Luchó hasta su último aliento” (1997).
Finalmente dejo un enlace directo a las obras principales de Erik von Kuehnelt-Leddihn, pero recomiendo profundizar mucho más en este autor
Un libertario, según se ha entendido las últimas décadas de la política estadounidense, es aquel que va a defender la sociedad libre (fundamentada en la ley natural) y va a luchar contra el poder del Estado, al igual que hicieron ciertos liberales clásicos, como Lord Acton o De Tocqueville (contra el absolutismo), o anarquistas individualistas, como Lysander Spooner (contra la institución de la esclavitud). Pero la libertad no es suficiente para una sociedad libre, como decía uno de los fundadores del movimiento libertario estadounidense, Lew Rockwell:
Los conservadores siempre han argumentado que la libertad política es necesaria pero no suficiente para una buena sociedad, y están en lo cierto. Tampoco lo es para una sociedad libre. Necesitamos instituciones sociales y estándares que fomenten la virtud, y protejan al individuo del Estado.
Lew Rockwell.
Reaccionario
Como el término conservador ha quedado en parte indefinido (se llama conservador al socialdemócrata menos progresista que el oponente), es importante acercarse hacia algo más consistente y fundamentado, el tradicionalismo. Un buen defensor de la libertad no debe rendir culto a lo “nuevo”, sino ser prudente y defender las instituciones que se han desarrollado orgánicamente a lo largo de los siglos, como la Iglesia, la familia o la patria. Es evidente que el Estado surge y crece con las revoluciones.
También es evidente que el Estado intenta destruir los cuerpos sociales y las tradiciones, apropiándose de las religiones para perpetuarse: los matrimonios civiles, las procesiones a la libertad en la Francia jacobina o la insistencia en que los hijos denunciasen a sus propios padres en la URSS. Erik von Kuehnelt-Leddihn explicaba qué era para él ser reaccionario (no es el mejor término, pero quiere expresar lo mismo que los tradicionalistas), y no creo que ningún liberal clásico o libertario le pueda replicar nada:
(…) rechazo en esencia el nazismo, el fascismo, el comunismo y todas las demás ideologías relacionadas que son, en verdad, la «reductio ad absurdum» de las denominadas democracia y poder de la multitud. Me aparto de disparatadas suposiciones como el gobierno de la mayoría y el «hocus pocus» parlamentario; del falso liberalismo materialista de la Escuela de Manchester y del también falso conservadurismo de los grandes banqueros e industriales.
La importancia del cristianismo
Y el factor más importante para defender la libertad es el cristianismo. No es necesario explicar las ideas cristianas sobre la dignidad humana, que vienen de que somos todos hijos de Dios, o sobre el poder político, que dejaba de ser legítimo si se alejaba de la ley natural. Liberales clásicos como Lord Acton reconocían que la libertad no existía fuera de la Cristiandad y que ningún país (en sentido orgánico) podía ser libre sin religión. El propio fundador del libertarismo, Murray Rothbard, dijo:
Todo lo bueno de la civilización Occidental, desde la libertad individual hasta las artes, es debido a la Cristiandad.
Murray N. Rothbard.
Anarcosindicalismo y carlismo
Trasladándonos a nuestra patria hispana, hay bastantes pensadores tradicionalistas, y todos ellos defienden una fuerte descentralización de la administración pública, cuya justificación histórica se debe al principio de subsidiariedad católico. No hay que confundir tradicionalismo con carlismo; el carlismo se puede definir como un tradicionalismo político que sirvió como reacción contra las élites liberales de 1812.
El carlismo como movimiento político siempre se ha definido como el partido católico, yendo muy ligado al integrismo católico, aunque ha sufrido bastantes escisiones y disputas internas. Sus intelectuales, todos ellos tradicionalistas, han sido casi siempre teólogos. Pero no todos los tradicionalistas estuvieron ligados al carlismo. Los principales autores tradicionalistas por destacar son Jaime Balmes, Donoso Cortés, Antonio Aparisi y Guijarro y Vázquez de Mella. Se puede decir que Balmes estuvo un tiempo alejado de la cuestión dinástica, Vázquez de Mella fundó el “mellismo” en disputa con los carlistas y Donoso Cortés pasó de ser un liberal conservador a un tradicionalista, sin entrar nunca en círculos carlistas.
En el siglo pasado destacaron Álvaro D’Ors y Elías de Tejada, entre otros, y actualmente quedan algunos como Miguel Ayuso o Javier Barraycoa. Los cuatro primeros construyeron los cimientos del corpus teórico tradicionalista, y los posteriores lo fueron completando con críticas al Estado, a la democracia, al relativismo o sus defensas de los fueros, de la aristocracia, de la ley natural o del tiranicidio
Teología aplicada a la política
Para justificar su doctrina no partían desde el racionalismo, sino desde la teología. Vázquez de Mella buscaría la definición teleológica del hombre, el hombre es el efecto final de una causa creadora, asimismo dividiéndose en dos dependencias, la causa eficiente y la final. De ahí se puede trazar un triángulo que parte de Dios, el motor creador de todas las causas en donde causalidad y finalidad se identifican, que se unen al hombre mediante una escala de derechos y deberes, con una base igual de justicia. De ahí, redundantemente se extraen todos los derechos y deberes del ser humano, siendo el fundamento de aquel sistema de principios que para Vázquez de Mella exigiría todo orden social en su principio.
Todas estas relaciones corresponden al plan preexistente de la mente divina. De esa ley divina nace la ley natural, que es la parte del plan que le corresponde realizar al hombre. Vázquez de Mella seguía explicando las diferentes relaciones: de la relación de dependencia nacen los deberes teológicos de culto a la vez que el derecho de conciencia, de la relación de finalidad nacen los deberes de perfección y conservación a la vez que los derechos de propiedad y dignidad, de la relación de igualdad nacen los deberes de cooperación y mutuo auxilio a la vez que los derechos de independencia, pacto y asociación y de la relación de superioridad los fundamentos objetivos de la propiedad. Aparisi añadía
(…) de los deberes con Dios nacen sus derechos respecto del hombre… Autoridad, familia, propiedad, justicia y libertad son los elementos constitutivos del orden social.
Este esquema de derechos y obligaciones no es que sea compatible con la posición libertaria que fundamentó Murray Rothbard basándose en la ley natural, sino que es deseable.
Individualismo y cuerpos intermedios
Pero Vázquez de Mella no era individualista, el individualismo es una idea de origen protestante, él explicaba que la persona humana es el arquetipo de las personas colectivas. Las personas colectivas son los diferentes colectivos en los que se engloba el individuo: Iglesia, familia, municipio, región y nación. La Iglesia es una sociedad divina y su fin es sobrenatural, pero como no es un ensayo teológico solo hace falta mencionar lo escrito por Vázquez de Mella: que es una sociedad independiente que debe limitar al Estado y, por tanto, en sus relaciones tener total independencia económica, postura una vez más defendida por los libertarios.
Se puede decir que más que individualista era “familiarista”, declarando que el matrimonio es un vínculo de amor racional frente a los instintos zoológicos y que es la célula de toda sociedad en donde el individuo empieza a ejercer su personalidad, derivándose las demás sociedades civiles e infrasoberanas: universidades, empresas, escuelas, corporaciones, municipios… Puede ser discutible el aspecto jurídico, pero lo que no es discutible es que sea el matrimonio sea la célula principal de la sociedad, necesario para un funcionamiento ordenado, creando vínculos que debilitan al Estado y que aumentan la solidaridad, ese concepto defendido por Donoso Cortés, y disminuyen la preferencia temporal.
Principio de no agresión
También añadía que todas aquellas personas colectivas tienen el derecho de realizar su fin natural, por lo que el resto tienen la obligación de no interferir, de lo que se deduce algo similar al principio de no agresión. El principio de no agresión únicamente consiste en que ningún individuo puede iniciar una agresión contra otro sin haber sido agredido antes, solo que los tradicionalistas lo defienden en principio en diferentes órdenes, no solo el individual como Rothbard. Aun así, esto no queda lejos de la idea de la persona jurídica, solo que extrapolado a otros niveles.
Pero es que tampoco es contrario al libertarismo la idea de que un grupo de individuos se asocien y formen un nuevo sujeto de derecho que interaccione con otros tipos de unidades jurídicas. Muchos libertarios estadounidenses defienden la idea de los “states rights” frente al gobierno federal, o se podría también plantear de manera temporal limitar el derecho a voto a las unidades familiares constituidas para eliminar el voto de hedonistas y cortoplacistas en las democracias actuales.
Fueros
A un mayor nivel se encuentra la región, que no deja de ser una ampliación de la familia y del municipio. Los tradicionalistas defendían la descentralización administrativa de los Austrias y se oponían a la centralización de los Borbones, fundamentándolo en el principio de subsidiariedad católico, que dice que cada región conoce mejor sus problemas y tiene más interés por resolverlos. La ley debe ajustarse al carácter del pueblo, oponiéndose claramente, por ejemplo, a que un vasco imponga su costumbre a un valenciano, o viceversa, defendiendo así la descentralización legal a un nivel superior al de los cantones suizos.
Los tradicionalistas eran conscientes de la existencia del Estado-nación, por lo que explicaban que las regiones debían estar totalmente descentralizadas para evitar el crecimiento de ese poder central mediante derechos y privilegios históricos, originándose su férrea defensa de los “fueros”. Los fueros eran normas jurídicas que contenían las costumbres, los usos y otros privilegios otorgados por el rey o por el señor feudal para un determinado territorio o lugar. Aportaban autonomía legislativa, de gobierno y el reconocimiento a los habitantes de sus propias instituciones histórico-culturales.
Uno de los más interesantes para los libertarios fue el del Coto Mixto, que se puede llegar a considerar que fue anárquico. Los liberales fueron los que eliminaron en la Constitución de Cádiz en 1812 los fueros, para favorecer la igualdad de los españoles. El libertario Hans-Hermann Hoppe recordó que el igualitarismo, en toda forma y tamaño, era incompatible con la propiedad privada. Por tanto, en España han sido mayoritariamente los liberales influenciados por el jacobinismo francés los liberticidas, y los tradicionalistas los defensores de la libertad. Respecto a los fueros, Jesús Huerta de Soto dijo sobre Rothbard
(Murray Rothbard) tenía un amplio conocimiento de la historia de España y el papel que jugaron los fueros y todo lo asociado en la formación de nuestra ley y en nuestra historia política.
Jesús Huerta de Soto
Una teoría de la secesión
Lo que no llegaron a formular los tradicionalistas fue una teoría sobre la secesión ya que pensaban que no tendría lugar en un sistema totalmente descentralizado. Por último, hablaban de la nación, que sería la unión política y cultural de las diferentes regiones, y de un Estado, pero no en el sentido liberal, sino como lo que Vázquez de Mella entendía como la representación de la nación sobre los intereses internacionales que mantiene el orden frente a injerencias externas. Aun así, defendían un gobierno orgánico encabezado por un monarca, mucho menos dañino que el concepto actual de Estado democrático. Erik von Kuehnelt-Leddihn citó explícitamente esa idea mientras defendía en 30 puntos la monarquía frente a la democracia:
Solo debido a que la monarquía enfatiza los elementos de continuidad, solidaridad y religión, es más fácil otorgar a la monarquía un estatus “orgánico” más que a cualquier otra variedad de gobierno.
Pilares: monarquía, aristocracia y catolicismo
Según los tradicionalistas, la cultura española se basaba en tres pilares: monarquía, aristocracia y catolicismo. Para explicarlo, Balmes empezaba diciendo que la base de la doctrina tradicionalista era la preponderancia de lo social sobre lo político, ya que la doctrina tenía que ir de abajo a arriba, siendo lo social lo esencial y lo político lo accidental. Para él lo social contemplaba esos tres pilares. Respecto al catolicismo, le atribuye los valores positivos de la civilización europea.
En referencia a la aristocracia, ponía de ejemplo sus beneficios como élite natural, ya que no disfrutaban de ningún privilegio ni había barreras sociales o políticas que les separasen del pueblo, además de haberse caracterizado siempre por su moralidad y alto nivel social y cultural. Respecto a la monarquía, explicaba que era el gobierno del pueblo, ya que las sociedades que primaban lo político sobre lo social, es decir, repúblicas y democracias, siempre tenían los ojos en el gobierno, igual sería que un empresario se dedicase únicamente a retocar la maquinaria en vez de cuidar las manufacturas.
Aparisi añadía que era la monarquía la única forma natural de gobierno, mediante la cual el pueblo había desplegado todas sus virtudes y desenvuelto todas sus grandezas. Lo único importante era sanear la institución, buscando a la persona adecuada, problema presente en nuestros tiempos. Seguía explicando cuál era la ventaja práctica:
(…) en una monarquía tengo un rey, en un gobierno parlamentario, siete, en una república, setecientos.
Ministerio real subordinado al pueblo
Y seguía añadiendo que el rey sabía que la realeza no era beneficio, sino ministerio, esa condición le imponía la obligación de respetar las leyes fundamentales del pueblo, que eran anteriores a él precisamente porque eran obra mixta de Dios y de los hombres. Aquí encaja todo lo desarrollado por Álvaro D’Ors sobre el tiranicidio. Cabe añadir que Aparisi, como todos los tradicionalistas, se oponía al absolutismo monárquico al igual que a la monarquía parlamentaria, ya que servir no era obrar por capricho, por eso defendía el Consejo castellano diciendo que un rey sin Consejo no era rey. Vázquez de Mella explicaba que la monarquía absoluta nacida con la reforma luterana era un error, y que ellos propugnaban la monarquía socialmente responsable:
Yo pido que el poder armónico se ejerza sin responsabilidad legal, pero con responsabilidad social… Es verdad que entre los reyes también se han dado monstruos… A los cuales la sociedad concluye por llamar al orden por medio de una revolución.
Por último, Vázquez de Mella mencionaba la democracia cristiana como algo positivo, que para él significaba únicamente la igualdad de nivel y la soberanía social de todos sus órganos. Esta democracia jerárquica era la antítesis de la democracia igualitaria, que no podía ni puede existir por las diferencias entre los individuos. No es que la monarquía sea ideal para un libertario, sigue siendo una forma de dominio, pero autores de esta escuela como Hans-Hermann Hoppe han recordado que se asemeja mucho más al orden natural que la democracia. Por norma general, el monarca va a ser más responsable y pensar más a largo plazo ya que responde con su patrimonio de la mal gestión política de la nación, al ser esencialmente un gobierno de propiedad privada.
Críticas hacia el liberalismo y socialismo
Después de introducir la doctrina, toca presentar sus críticas muy adecuadas en el momento histórico hacia el liberalismo (esencialmente se referían al democrático y jacobino, que era el predominante en España), el socialismo, el comunismo, al relativismo y al ateísmo. Balmes empezaba con una crítica demoledora a ese liberalismo explicando qué es el progreso social. Él definía el progreso social como el camino hacia la perfección del individuo, perfeccionando la armonía entre los valores de la inteligencia, del bienestar y de la moralidad.
Si no se desarrolla todo, no se obtiene un individuo perfecto, sino un monstruo. Por tanto, el verdadero progreso social es alcanzar el orden natural, que sería lo más parecido posible al orden divino y nunca podría ser igual por la existencia del pecado original. Lógicamente alcanzar la perfección poco tiene que ver con la democracia, y ese era el primer gran error de los liberales. Y obviamente la perfección se alejaba también de las soluciones represivas para combatir el liberalismo.
Para demostrar que los tres valores deben ir unidos, Balmes explicaba cómo el excesivo desarrollo industrial, es decir, bienestar, sin desarrollo moral e intelectual, acabó provocando la división de clases que mantenemos ahora. Se puede concluir que la ciencia y el libre mercado son beneficiosos, pero tienen que ir unidos al desarrollo moral. Vázquez de Mella anotaba correctamente que el capitalismo excesivo, en nuestro caso conocemos que es el consumismo fomentado directamente desde el Estado, se dirigía al vicio, a la inmoralidad, a la corrupción, al goce personal, con el desprecio de los necesitados, y estaba en oposición con los fundamentos de la propiedad y de la solidaridad.
Negación del pecado original
Para ese desarrollo moral Balmes se apoyaba en el catolicismo, que para él había sido el gran favorecedor de la civilización inoculando en las leyes y en las costumbres sus principios de amor y fraternidad universal.
El segundo error de los liberales es que negaron el pecado original, una herejía, colocando la fuente del mal en la ilegitimidad de los gobiernos y dando lugar al socialismo. Esta crítica se puede extrapolar a todos los liberales clásicos, no solo los demócratas jacobinos, que contribuyeron, de manera ingenua, a justificar la idea del Estado. Donoso Cortés explicaba:
(…) todas las cuestiones relativas al mal o al bien se resuelven en una cuestión de gobierno, y toda cuestión de gobierno en una cuestión de legitimidad.
Su optimismo en la razón hizo que la fe no fuese importante y la razón soberana, desembocando en que los progresos de la verdad dependiesen de los progresos de la razón, llegando a la inviolabilidad y la soberanía real de las asambleas deliberantes, es decir, de los parlamentos y gabinetes. Esas contradicciones hacen que el liberalismo acabe abdicando necesariamente en las escuelas católicas o socialistas, ya que el equilibrio entre socialismo y catolicismo es imposible. Donoso seguía:
(…) el socialismo no es fuerte sino porque es una teología satánica.
El liberalismo desemboca en socialismo
El socialismo llevó a las últimas conclusiones las premisas indecisas del liberalismo en donde Dios dejó de tener autoridad. Mientras que el liberalismo solo negaba el pecado original, el socialismo negaba la posibilidad de cometerlo, negando la libertad humana. Negada la libertad, se negaba la responsabilidad y, por un lado, la pena, llegando a parar en la negación del gobierno divino. Por el otro, la negación de la responsabilidad individual y social negaba la solidaridad en el individuo, en la familia y en la comunidad. Negada la solidaridad, únicamente se acababa en el nihilismo.
Ese nihilismo acababa tratando al hombre como un punto matemático llegando al intento de resolución de un problema que nunca va a tener solución, saber la distribución de la riqueza más equitativa. Como no lo podían ni pueden saber, el sistema socialista va siempre a parar en el monopolio más injusto y cruel posible por medio de la confiscación universal y el depósito de la riqueza pública en manos del Estado. Conocieron a Stalin medio siglo antes desde la teología. Donoso Cortés explicaba que la fatal arrogancia de los socialistas fue, y sigue siendo, buscar la distribución equitativa de la riqueza eliminando la caridad y la limosna cristiana. No eran austríacos, únicamente estaban influenciados por la teología de la Escuela de Salamanca.
Balmes volvía a explicar que el socialismo era la consecuencia lógica del liberalismo, siendo el primero una aberración de la mente humana, que ocurría cuando no estaba iluminada por la fe. Balmes explicaba:
(…) sin las luces de la revelación… No es posible explicar el cuento de verdad y de error, de bien y de mal, de grandeza y de pequeñez, de elevación y de vileza.
Cristianismo contra democracia
Solo el cristianismo, con su doctrina de la Redención y de la fraternidad de todos los hombres en Cristo, ofrecía una visión coherente de la situación real del hombre. Esa visión escolástica de Balmes le hacía criticar, por ejemplo, la teoría del valor trabajo diciendo que el valor de las cosas no dependía del trabajo, sino de la satisfacción subjetiva de nuestras necesidades. Con ello explicaba que el sentido común era lo que rechazaba toda clase de materialismo. Aparisi criticaba el concepto de libertad de los liberales demócratas, explicando que solo la religión había hecho iguales a todos los hombres, y que las desigualdades físicas e intelectuales eran de derecho natural. Explicaba:
La teoría democrática se estrellará contra este hecho porque lucha contra la naturaleza. Mentira es, por tanto, el sufragio universal como fuente de derecho o de gobierno, mentira la llamada ley de mayorías parlamentarias como criterio de verdad, mentira que la libertad del bien y del mal asegure la paz y favorezca el progreso en sociedades humanas…
Por el contrario, el catolicismo solo defendía la libertad absoluta para el bien, mientras que la libertad de los liberales era licencia, que traería de la mano la impiedad, engendrando brutales tiranías.
Optimismo político liberal
Respecto al optimismo político del liberalismo Vázquez de Mella hizo una crítica demoledora que sigue siendo válida actualmente. La Revolución francesa comenzó suprimiendo las instituciones mediadoras entre el individuo y el Estado, proclamando la emancipación social y religiosa del individuo, pero también la emancipación del Estado sobre la ley natural. Ya existente ese Estado absoluto en diversas partes de Europa, se emancipó del orden superior, convirtiéndose en el definidor supremo del derecho, regulador único de la sociedad y absoluto poder moderador de todas las fuerzas. Afirmando la autonomía del individuo y del Estado toda entidad colectiva solo existiría por concesión, por autorización o por tolerancia, como ocurre en el presente.
Ilegitimidad del Estado democrático
La escuela individualista después sostenía el derecho y la soberanía colectiva, siendo un tránsito que jamás pudo demostrar demócrata alguno. Y aun admitiendo la soberanía colectiva como agrupación de las soberanías individuales, jamás iba a poder justificarse la representación pública, la inventada transustanciación jurídica de los servidores del Estado. Y aunque se admitiese eso, menos iba a poder justificarse la legitimidad de las elecciones por su método de elección, votando confundidos los miembros de todas las clases, como si no existiesen categorías diferentes de intereses o todos pudiesen representarlos indistintamente.
La ilegitimidad de las elecciones suponía la ilegitimidad del parlamento, del gobierno y del Estado. El fallo fue mezclar la soberanía política con la social, juntándolas en una única Constitución y único poder, el Estado. Esa centralización iba a desembocar en la oligarquía de partidos, la corrupción administrativa, la desorientación de vocaciones y la inversión de la pirámide social. Respecto a lo último, el Estado liberal y democrático sacó al individuo de donde le correspondía, de su municipio, para convertirle en un número más de la maquinaria estatal. Finalmente decía Vázquez de Mella:
El municipio, la libre institución en que se deben congregar familias para administrar con independencia relativa, en el círculo de sus funciones, sus propios intereses, se ha convertido en una oficina, en una sucursal más de la administración pública.
Contra el relativismo
En conclusión, los autores tradicionalistas españoles, muchos de ellos carlistas en lo político, han aportado ideas que cualquier defensor de la libertad debe tomar por bandera. Muchos libertarios han entendido que la libertad no es suficiente para un orden pacífico y duradero en el tiempo y, para ello, se deben defender las instituciones sociales y las virtudes que lo hacen posible. Por último, todas las libertades que conocemos parten de una justificación objetiva de la ley natural, y eso no se debe a la Ilustración sino a algo más grande, el cristianismo. Joseph Ratzinger, difunto Papa Benedicto XVI, recordó:
Cuando el relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo.
En honor al profesor Miguel Anxo Bastos, premio Juan de Mariana 2023, que me recomendó leer a estos autores y profundizar en su obra.
Fuentes
Credo of a Reactionary. Erik von Kuehnelt-Leddihn.
Bastos, Miguel Anxo. 2013. Libertarismo y conservadurismo. Instituto Juan de Mariana.
Hoppe, Hans-Hermann. 2001. Democracy: The God that Failed.
Von Kuehnelt-Leddihn, Erik Ritter. 2007. Liberty or Equality. Mises Institute.
Santamaría, Benjamín y Velasco, Sergio. 2021. Tradicionalismo y libertad, ¿son compatibles? Instituto Juan de Mariana.
Vázquez de Mella, Juan. 1931. Obras Completas.
De Encinas, Joaquín. 1958. La tradición española y la revolución. Rialp.
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