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Etiqueta: Escuela Austriaca

Mises no comprendió a Menger III

El objetivo de mi comentario en el instituto Juan de Mariana es hablar de Bitcoin desde la perspectiva de lo que puede aportar para nuestra libertad. En ocasiones anteriores he tratado cuestiones sobre teoría monetaria y sobre teoría del intercambio porque considero que son cruciales para poder entender Bitcoin.  

Más concretamente analicé el encaje de Bitcoin con la teoría monetaria dominante en la tradición austriaca, que es la teoría de Ludwig von Mises, y que la verdad, tiene un encaje bastante malo. La teoría de Mises no explica bien Bitcoin; Bitcoin es real, y una teoría que no explica bien la realidad no es una buena teoría.

Uno de los problemas de la teoría de Mises es que, como ya he comentado en ocasiones anteriores, no presta demasiada atención a la teoría de las mercancías. Es decir, a los bienes que utilizamos como medios de intercambio pero que no son dinero. Mercancía es todo lo que cada uno de nosotros producimos o adquirimos que no es para nuestro autoconsumo sino para obtener algo a cambio, que en una economía altamente especializada tiende a ser prácticamente la totalidad de nuestra producción.

Por ejemplo, un abogado puede que alguna vez se preste servicios a sí mismo, pero la mayoría de sus servicios los realiza para obtener algo a cambio. Es decir, sus servicios prestados a terceros son para él un medio de intercambio, una mercancía. 

No voy a negar que el significado popular de mercancía no cuadra demasiado con lo que digo en el párrafo anterior, pues por mercancía solemos entender un bien tangible que además puede consumirse. Y de hecho este significado es el que utiliza Mises en su teoría.

Sin embargo, Carl Menger utiliza un significado radicalmente opuesto a la acepción popular, y tiene muy buenas razones para hacerlo. Para Menger un bien es una mercancía en tanto en cuanto sólo tiene valor de cambio para su propietario. Es decir, el propietario no tiene ninguna intención de consumir el bien sino de volverlo a vender. Y en el momento que este propietario o el siguiente consumiera el bien, entonces dejaría de ser una mercancía.

Por tanto, según esta definición utilizada por Menger es fácil concluir que el dinero es siempre una mercancía, pues los propietarios no lo poseen con intención de consumirlo sino con intención de intercambiarlo más tarde o más temprano. Y los bienes que no se pueden consumir, como la moneda fiat o Bitcoin, son mercancías en estado puro. Una mercancía es además dinero cuando su vendibilidad es muy alta, cuando es generalmente aceptada para los intercambios.

Como Bitcoin es una mercancía o medio de cambio pero no es generalmente aceptado, necesitamos una buena teoría de las mercancías para poder explicarlo. Y la más rigurosa y acertada en mi opinión es la teoría de Menger que le dedicó el capítulo VII entero en sus Principios de Economía política. Cabe destacar el siguiente comentario de Menger en este mismo capítulo:

“Como en otras cuestiones, también en este punto mantiene Schmalz una teoría muy peculiar. Confunde en su obra (Staatsw. in Briefen, 1818, I, pág. 63), a consecuencia de su errónea concepción de la relación entre el dinero y las mercancías, la idea de mercancía con la de bienes de uso en el estricto sentido de la palabra y llega, por tanto, a una definición científica de las mercancías radicalmente opuesta a la que hemos ofrecido más arriba.”

Este comentario es directamente aplicable a Mises, que por mercancía entiende bien de uso o consumo, justo lo contrario que Menger. En la teoría de Mises no cabe la posibilidad de que un bien tenga valor solo por ser única y exclusivamente un medio de cambio. Para Mises, el bien tiene que ser de consumo, o al menos tiene que tener una relación de convertibilidad histórica anterior, directa o indirecta, con un bien de consumo. Por tanto la teoría de Mises no puede explicar Bitcoin, pues Bitcoin es un medio de cambio “puro” desde que se inventó.

Satoshi Nakamoto intercambió su esfuerzo y su electricidad a cambio de unidades de Bitcoin, y basta observar como bautizó a su criatura, leer su whitepaper o sus comentarios en diversos foros para llegar a la conclusión más que razonable de que él valoraba más esas unidades de Bitcoin que su esfuerzo y su electricidad porque consideraba que Bitcoin podría llegar a ser demandada como medio de cambio en el futuro, y no por ninguna otra razón. 

Se podría decir que ese “podría llegar a ser” es un futurible, una utilidad especulativa y por tanto no es una utilidad real.  Creo que esto es irrelevante, pues eso pasa con cualquier otro invento nuevo, no es especial de los bienes que solo sirven como medio de cambio.  Cuando alguien inventa algo nuevo siempre lo hace de manera especulativa, no tiene la certeza de que los demás lo vayan a demandar. Y además esto pasa también con bienes que no son nuevos.  ¿Cuántas veces un comerciante se tiene que “comer” su mercancía (ropa, alimentos, etc) porque no consigue venderla?

Toda acción humana mira siempre hacia el futuro, especula con el futuro y conlleva más o menos incertidumbre. Bitcoin, por supuesto, no estuvo exenta de esa incertidumbre en su concepción, ni tampoco lo está ahora por mucho que ya se esté utilizando como medio de intercambio. 

En conclusión, observar el carácter de mercancía de Bitcoin, siempre según Menger, nos permite entenderla y explicarla mejor.  No tiene demasiado sentido pretender encajarlo en la teoría del dinero cuando todavía no lo es, y además podría no llegar a serlo nunca.  Esto no quiere decir que no pueda ser útil como mercancía, pues podría cumplir funciones complementarias a las del dinero como por ejemplo intermediar intercambios a más largo plazo, de forma análoga a como el oro las cumple actualmente a pesar de no ser dinero. 

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.”

F.A. Hayek, 1984

Mises no comprendió a Menger I

Mises no comprendió a Menger II

La metodología de Schumpeter: algunos puntos interesantes

Joseph A. Schumpeter fue un economista austriaco que perteneció a la tercera generación pensadores de la Escuela Austriaca, junto a Hans Mayer y Ludwig von Mises, los otros dos personajes más ilustres de esa generación. Al contrario que Mises o incluso Mayer, Schumpeter es considerado por muchos autores como un economista no austriaco, debido a su posición positivista en materia epistemológica, su defensa del paradigma walrasiano de equilibrio general y el empleo de matemáticas en economía, a través de los sistemas de ecuaciones simultaneas. No obstante, la metodología de Schumpeter tiene ciertos elementos que destacan y se diferencian del positivismo más común dentro de la economía. En este artículo destacaremos cuáles son estos puntos que, sin duda, acercan a Schumpeter mucho más a la economía de la Escuela Austriaca.

Instrumentalismo moderado

Estrictamente hablando, la posición metodológica de Schumpeter es el instrumentalismo. Esto quiere decir que, epistemológicamente, Schumpeter se opone al esencialismo y niega la existencia de causas o explicaciones últimas. Esto explica que rechace un enfoque causal y abogue por uno funcional, entre otras cosas. Para él, como instrumentalista, la teoría no puede ser interpretada como algo más que un instrumento que nos permite hacer predicciones sobre eventos futuros. La realidad, la verdad, la esencia o la causa última de las cosas no son objetos de investigación científica. Solo existen teorías útiles o inútiles para predecir eventos futuros, no verdaderas o falsas (Popper 1983; Shionoya 1997).

Sin embargo, a diferencia de otros instrumentalistas más puros como Milton Friedman (Friedman 1953; Caldwell 1992), Schumpeter sostiene un instrumentalismo moderado (Shionoya 1997). Esto se debe a que, para éste, la teoría no es exclusivamente un instrumento de predicción, sino que también sirve para la descripción, explicación o entendimiento del mundo, sin que esto suponga reconocer la existencia real o la esencia de los fenómenos económicos. Es más, para Schumpeter, una predicción capaz de pronosticar el curso real de los eventos es imposible de obtener (Machlup 1951). De este modo, Schumpeter ya parece distanciarse de los economistas positivistas más ortodoxos, acercándose simultáneamente a la posición austriaca. Los siguientes puntos a tratar parecen confirmar esta primera hipótesis.

Apriorismo

Aunque no debemos olvidar que Schumpeter es positivista, hay ciertos momentos en los que parece apoyar un razonamiento más apriorista.  A pesar de creer en la verificación de la teoría mediante la evidencia o que las suposiciones básicas de las que parte la teoría pura se basan en la observación de hechos, Schumpeter deja claro que ningún hallazgo estadístico puede probar o rechazar una proposición para la que se tienen motivos para creer debido a hechos más simples o fundamentales que tienen que ver con la experiencia del día a día o histórica (Machlup 1951). De este modo, algo como la acción humana misma, que recibe la categoría de autoevidente y que reconocemos como un hecho fundamental que tiene que ver con una experiencia más amplia, como diría Rothbard (1957; 1976), podría ser reconocido dentro del esquema schumpeteriano como una proposición exenta de verificación. En tanto que todas las leyes praxeológicas están implícitas en el axioma de la acción, podríamos deducir que éstas tampoco pueden verse sometidas al principio de verificación, siguiendo el razonamiento de Schumpeter. Con ello, es posible entender la existencia de teoría a priori, que no depende de la verificación, dentro de la metodología de Schumpeter.

Más aún, se puede interpretar la metodología de Schumpeter en términos lakatosianos (Shionoya 1997), esto es, como un programa de investigación científica donde las proposiciones teóricas que conforman el núcleo duro son irrefutables o inmunes al testeo empírico, mientras que las hipótesis auxiliares que componen el cinturón protector no presentan tal inmunidad (Lakatos 1999). Esto es muy similar a la interpretación que Zanotti (2013) ha hecho de Machlup, también en términos lakatosianos. Con ello, podemos afirmar que existe un paralelismo a nivel metodológico entre Schumpeter y Machlup, que Shionoya (1997) enfatiza en primer lugar. Sabiendo también que Zanotti y Cachanosky (2015) consideran apriorista la interpretación de Machlup de la epistemología de Mises, e incluso más fiel y adecuada que la extremo apriorista de Rothbard, el hecho de reconocer un paralelismo entre Schumpeter y Machlup refuerza la idea de que la metodología de Schumpeter contiene algunos elementos aprioristas. De hecho, Schumpeter hace una distinción entre teoría e historia, muy similar a la que hace Mises o a la que también hizo Menger entre las ciencias teóricas y ciencias históricas.

Lo estático y lo dinámico

Por otro lado, Schumpeter establece una distinción fundamental entre lo que él llama estática y dinámica (Machlup 1951). Aunque su visión mecanicista de la economía y su devoción por el paradigma walrasiano pudiera limitar su análisis a una visión estática de la economía, su estudio del desarrollo económico y del papel del empresario le introdujo directamente en una visión dinámica de los asuntos económicos.

Para Schumpeter, lo estático y lo dinámico son campos distintos de la economía. Mientras que el primero se encarga de estudiar los sistemas en equilibrio, asumiendo una información dada y constante, donde solo ocurren pequeños cambios en la información, el análisis dinámico es un método que estudia cambios grandes y discontinuos, que rompen con el equilibrio económico (Machlup 1951; 1959). Esto es completamente coherente con el análisis dinámico que introduce Mises (1998). Además, también es similar a la idea de economía de giro uniforme, donde la información ya está dada y las preferencias son constantes, y el sistema tiende al equilibrio o estado final de reposo, que nunca es alcanzado (Mises 1998). Para Mises, la economía se centra en el análisis del proceso de mercado, de lo dinámico, aunque recurre como método, como herramienta, a construcciones imaginarias como la economía de giro uniforme o el estado final de reposo, que se centran en lo estático, para poder entender de manera simple los procesos dinámicos de mercado.

El empleo de matemáticas

Schumpeter defiende las matemáticas como herramienta en economía de manera explícita y contundente. Argumenta que el uso de sistemas de ecuaciones simultaneas para la representación de las interrelaciones económicas facilita una comprensión de las mismas que no puede alcanzarse de otra manera con la misma claridad (Machlup 1951). Considera las matemáticas necesarias para conseguir la formalidad del pensamiento, algo fundamental para el rigor y para tener amplias posibilidades de deducción. De hecho, ve en ellas la posibilidad de convertir a la economía en una ciencia exacta. Según Schumpeter, las matemáticas pueden emplearse en economía porque existen conceptos económicos como trabajo, materias primas, tiempo, dinero o interés, que son cuantitativos. Además, entiende que el pensamiento matemático va más allá de ser una mera herramienta técnica y lo concibe como una actitud fundamental de los científicos (Shionoya 1997).

Sin embargo, como apunta Shionoya (1997), Schumpeter no cree que toda lógica de la teoría económica tenga que estar representada matemáticamente (Schumpeter 1933). Es más, sostiene que el método matemático es incapaz de revelar los contenidos sustantivos de determinados objetos de estudio de la economía. En ese caso, cuando las matemáticas no pueden comprender las relaciones o regularidades más importantes, se debe confiar en el lenguaje común.

Con esas afirmaciones, Schumpeter parece acercarse a la crítica de Menger al lenguaje matemático en economía. Menger afirma que el lenguaje matemático es incapaz de descubrir las esencias de los fenómenos económicos (Jaffé 1976). Con esto, se puede decir que Schumpeter comparte esta idea cuando establece que las matemáticas son incapaces de revelar los contenidos sustantivos de los objetos de estudio de la economía. No obstante, no podemos decir que a lo que Menger llama esencia sea lo mismo que lo que Schumpeter denomina contenido sustantivo, debido a las diferencias epistemológicas entre ambos. Aun así, podemos concluir que la afirmación de Schumpeter sobre las limitaciones de las matemáticas es parecida a la de Menger.

Conclusión

A modo de conclusión, podemos decir que, aun reconociendo las distancias epistemológicas entre Schumpeter y la de economistas austriacos como Mises o Rothbard, existen algunos puntos dentro de la metodología de Schumpeter que son muy similares a las defendidas por austriacos más puros e, incluso, algunas ideas que permitirían seguir avanzando y construyendo metodología austriaca de la formas más pura y fiel al planteamiento de Menger y Mises. No obstante, esto es una cuestión de futuros artículos.

Referencias

Caldwell, Bruce J. 1992. “Friedman’s Predictivist Instrumentalism: A Modification.” Research in the History of Economic Thought and Methodology 10: 119–28.

Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.

Jaffé, William. 1976. “Menger, Jevons and Walras De-Homogenized.” Economic Inquiry 14 (4): 511–24. https://doi.org/10.1111/j.1465-7295.1976.tb00439.x.

Lakatos, Imre. 1999. The Methodology of Scientific Research Programmes. Edited by J. Worral and G. Currie. Volume I. Cambridge: Cambridge University Press.

Machlup, Fritz. 1951. “Schumpeter’s Economic Methodology.” The Review of Economics and Statistics 33 (2): 151. https://doi.org/10.2307/1925877.

———. 1959. “Statics and Dynamics: Kaleidoscopic Words.” Southern Economic Journal 26 (2): 110. https://doi.org/10.2307/1055009.

Mises, Ludwig von. 1998. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Popper, Karl. 1983. Realism and the Aim of Science. Edited by William W. Bartley III. London: Hutchinson.

Rothbard, Murray N. 1957. “In Defense of ‘Extreme Apriorism.’” Southern Economic Journal 23 (3): 320. https://doi.org/10.2307/1054221.

———. 1976. “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics.” In The Foundations of Modern Austrian Economics, edited by Edwin G. Dolan, 19–39. Kansas City: Sheed & Ward.

Schumpeter, Joseph A. 1933. “The Common Sense of Econometrics.” Econometrica 1 (1): 12. https://doi.org/10.2307/1912225.

Shionoya, Yuichi. 1997. Schumpeter and the Idea of Social Science: A Metatheoretical Study. New York: Cambridge University Press.

Zanotti, Gabriel J. 2013. Caminos Abiertos: Un Análisis Filosófico de La Historia de La Epistemología de La Economía, Desde Fines de Siglo XIX Hasta 1982. Madrid: Unión Editorial.

Zanotti, Gabriel J., and Nicolás Cachanosky. 2015. “Implications of Machlup’s Interpretation of Mises’s Epistemology.” Journal of the History of Economic Thought 37 (1): 111–38. https://doi.org/10.1017/S1053837214000777.

El lenguaje económico (II): Las matemáticas

Otro de los ámbitos de nuestra crítica al lenguaje económico es el referido al uso de la matemática y la geometría como sustitutos del lenguaje verbal. En efecto, la matemática es omnipresente en los currículos universitarios: econometría, álgebra lineal, cálculo diferencial e integral, optimización matemática, estadística descriptiva, cálculo de probabilidad e inferencia, etc. Hoy expondremos las posibles razones de esta matematización y justificaremos que su uso es tan innecesario como detrimental para la ciencia económica.

La disputa sobre el método

En primer lugar, nuestra crítica se enmarca dentro de un problema más amplio de carácter epistemológico, a saber: ¿Cuál es el método apropiado en la economía? El paradigma dominante en la actualidad es el positivismo: el «único» medio de conocimiento científico es la experiencia comprobada o verificada a través de los sentidos: «La ciencia es medida». Tomemos como ejemplo la astronomía: los planetas describen órbitas precisas y regulares que, tras observación, permite a los científicos establecer hipótesis y someterlas a verificación experimental. En este caso, «las matemáticas son adecuadas para recoger los estados repetitivos y en equilibrio que se dan en el mundo de la mecánica» (Huerta de Soto, 2014: 29). Denominar «mecánica celeste» al movimiento regular de los astros, por tanto, es una metáfora admisible.

El gran prestigio de la física se debe a su elevada capacidad predictiva y por ello los astrónomos, por ejemplo, predicen con exactitud un eclipse con muchos años de antelación. Sin embargo, los hombres no son entes inanimados y no se comportan mecánicamente, tienen voluntad propia y persiguen fines variados. Las ciencias humanas estudian fenómenos praxeológicos[1] donde no existen relaciones constantes entre las variables y, por tanto, el concepto de medición carece totalmente de sentido (Mises, 2011: 271; Huerta de Soto, 2014: 27).

Para poder medir una categoría —espacio, tiempo, superficie, volumen, tensión eléctrica, temperatura— necesitamos una unidad de medida que sea constante —metro, segundo, área, litro, voltio, grado Kelvin—, pero en economía «no hay parámetros: todos son variables» (Huerta de Soto, 2014: 17). Los economistas matemáticos deseaban imitar los logros de las ciencias «duras» empleando sus mismos métodos. El propio Schumpeter (2012: 906) afirmaba que León Walras —el primer economista matemático— era el más grande porque su sistema del equilibrio económico soportaba una «comparación con los logros de la física teórica». Los economistas austriacos denominan cientismo a este «intento profundamente acientífico de transferir acríticamente la metodología de las ciencias físicas al estudio de la acción humana» (Rothbard, 2011: 3). Por desgracia, la disputa sobre el método en la ciencia económica es el origen de otros tantos desacuerdos en el plano teórico, tal y como apunta Moreno (2021):


La metodología es uno de los campos donde más disputa hay dentro de la ciencia económica. Es decir, si hay disputa por el propio método, sabiendo que este constituye la propia base sobre la que desarrollar cualquier edificio teórico posterior, difícil será encontrar consenso en las teorías más básicas o aplicadas a la realidad. Sin duda, esto constituye uno de los problemas más graves de la ciencia económica actual y explica, en parte, la cantidad de divergentes corrientes que hay en ella.

     Concluyendo, obtener conocimiento verdadero[2] exige un método correcto y el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias físicas.

El lenguaje matemático

Tras la obligada introducción epistemológica, pasamos a analizar los problemas del lenguaje matemático y su representación gráfica. Por ejemplo, veamos como se matematiza un contrato de telefonía cuya cuota mensual es un fijo de 10€ más 10 céntimos por minuto (T) hablado. La factura (F) mensual se expresaría así: F = 10€ + 0,1 T; lo que a su vez se representa en un gráfico donde el eje de ordenadas es el precio de la factura (F, variable dependiente) y el eje de abscisas es el tiempo hablado (T, variable independiente). La ecuación tiene la forma de una línea recta que arranca en la posición 10 de la ordenada (F), cuya pendiente (altura/base) es 0,1.[3] Cabe preguntarnos si esta «traducción» sirve para algo o «no es más que vana manipulación de símbolos matemáticos, inútil pasatiempo que no proporciona conocimiento alguno» (Mises, 2011: 305). En efecto: F (T) o «F es función de T» no es distinto de algo ya sabido: que el monto de la factura depende de cuanto tiempo hablemos por teléfono. Podríamos relatar infinidad de ejemplos. Si el precio (P) del bien A es mayor que el de B, lo matematizamos así: PA > PB. O también, si el precio de una Pepsi es 5€ y el de una pizza 10€, la pendiente de la «restricción presupuestaria» es 10€/5€ = 2 (Mankiw, 2007: 315). Como advierte Huerta de Soto (2014:28): «Los economistas matemáticos primero han de construir lógicamente sus teorías y luego traducir sus resultados al formulismo matemático», esta innecesaria complicación choca frontalmente con el principio de sencillez o parsimonia atribuido al escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349). A continuación, veremos que su «navaja» está mucho más afilada que la «tijera» de Marshall.

La Tijera de Alfred Marshall

Otra representación criticable es la famosa «Tijera» de Alfred Marshall (1842-1924), expresión gráfica de las curvas de oferta (ascendente) y demanda (descendente) que se cortan en el punto de equilibrio (E) que determina el precio (P) y la cantidad de producto (Q) de un intercambio. Los economistas austriacos han presentado numerosas objeciones a este gráfico (Mises, 2011: 402):

Podemos representar esta interacción de la oferta y la demanda mediante dos curvas cuyo punto de intersección nos daría el precio. También se puede expresar lo mismo con símbolos matemáticos. Pero conviene advertir que tales representaciones para nada afectan a la esencia de la teoría y ni amplían lo más mínimo nuestros conocimien­tos. No debemos olvidar que nada, mental ni experimentalmente, sa­bemos de la configuración de dichas curvas. Solo conocemos precios de mercado, es decir, el punto de intersección de esas hipotéticas cur­vas; de ellas mismas, nada sabemos. Tales representaciones tal vez puedan tener interés docente para aclararles las ideas a jóvenes prin­cipiantes. En cambio, para la auténtica investigación cataláctica no son más que un mero pasatiempo.

El matemático Mario Zuluaga (2012) realiza una prolija crítica a la tijera de Marshall: «Es un instrumento demasiado simplificado, rígido y desarticulado para explicar la formación de precios; considera la demanda y la oferta como fenómenos independientes sin entender que son fenómenos que se entrelazan y autorregulan». Por otro lado, las curvas de oferta y demanda se pintan de forma continua, cuando

«todas las cantidades en economía vienen cuantificadas de forma discreta» (Zuluaga, 2012). Pero el error más grave es filosófico, porque la «Tijera» presupone que oferta y demanda son conocidas con anterioridad al intercambio, pero las «expectativas del comprador y el vendedor se basan en informaciones dispersas, intenciones personales, intimidades ocultas…etc., que resulta imposible de representarlas por una expresión matemática y con antelación al hecho real de un acuerdo transaccional» (Zuluaga, 2012). El razonamiento correcto es el inverso: solo una vez que se produce el intercambio, fijando precio y cantidad, podemos hacernos una idea retrospectiva sobre la oferta y la demanda.

Por su parte, los economistas neoclásicos contraatacan acusando a los austriacos de carecer del «instrumental matemático adecuado». Lo cierto es que la elaboración de ecuaciones y gráficos no exige tener habilidades matemáticas más allá de los rudimentos de álgebra y geometría que se estudian en el bachiller (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).[4]

La Teoría de la Elección Racional

Para terminar, relataré una experiencia personal que ilustra el error de matematizar las ciencias humanas y, en particular, la economía. En 2011, durante la realización de un máster universitario en filosofía de la ciencia, una catedrática (Universidad de La Laguna) expuso la Teoría de la Elección Racional (TER). Según la TER, cuyo origen es la microeconomía clásica, para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas. Sólo el axioma de transitividad resulta problemático: En un conjunto de elecciones S, si un agente prefiere X a X´ y X´ a X´´, entonces prefiere X a X´´. Dicho en matematiqués: Para todos los x, x’, x” en S, si xPx’ y x’Px”, entonces xPx”. Y dicho en román paladino: Si Juan prefiere un té a un café y un café a un chocolate, entonces prefiere un té a un chocolate. Los economistas matemáticos consideran que un orden de preferencias puede representarse como una función ordinal de utilidad: u(x)> u(x´) >u(x”) y que la elección racional coincide con su maximización.

Como pueden suponer los lectores, semejante «teoría» es ajena a la realidad, cuestión que este autor (a la sazón alumno) expuso así: un consumidor puede preferir un café por la mañana, un té por la tarde y un chocolate por la noche; e incluso alterar ese orden al día siguiente sin dejar por ello de ser racional. La profesora, un tanto acorralada por el motín que se formó en el aula, tiró de galones y resolvió la disputa diciendo que se trataba de una teoría «normativa» y que un supuesto era la «continuidad de las preferencias» del agente. La TER, por tanto, no se refiere a cómo elige un ser humano, sino a cómo lo haría un robot cuyos gustos son inalterables. Efectivamente, la transitividad sólo puede darse en un mundo irreal donde los hombres son máquinas o donde el tiempo no existe. Schumpeter (2012:1060) se dio cuenta que los economistas matemáticos estaban forzados a introducir supuestos irreales:

Que las cantidades de servicios productivos que entran en la unidad de cada producto (coeficiente de producción) son datos tecnológicos constantes; que no existen costes fijos; que todas las firmas de una rama de industria producen el mismo producto por el mismo método y en cantidades iguales; que el proceso productivo no consume tiempo; que es posible despreciar los problemas de localización espacial.

En conclusión, el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias experimentales; por tanto, utilizar un lenguaje matemático es un error epistemológico —postivismo— y una práctica tan innecesaria como detrimental porque no añade conocimiento al proporcionado por el uso de la palabra. Toda la parafernalia matemática sólo consigue dos cosas: a) Convertir a la economía en un arcano: una ciencia misteriosa sólo accesible a los iniciados en esta neolengua llamada «matematiqués». b) Extender innecesariamente el currículo con materias que sólo ocasionan pérdida de tiempo y energía a los sufridos alumnos.

Bibliografía

Bernanke, B; Olekalns, N. y Frank, R. (2005). Principles of Macroeconomics. Australia: McGraw-Hill.

Hayek, F. A. (1952). The Counter-Revolution of Science. Illinois: The Free Press.

Huerta de Soto, J. (2014). Lecturas de Economía Política (I). Madrid: Unión Editorial.

Mankiw, G. (2007). Principios de Economía. Madrid: Thomson

Menger, C. (2013) [1871]. Principios de Economía Política. [Versión Kindle]. Amazon.

Mises, L. (2011). La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial.

Moreno, V. (2021). «Una pregunta al positivismo en economía». Recuperado de: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/una-pregunta-al-positivismo-en-economia.

Huerta de Soto, J. (2014). Lecturas de Economía Política (I). Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2011). Economic Controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Schumpeter, J. (2012). Historia del Análisis Económico. Barcelona: Ariel.

Zuluaga, M. (2012). «Oferta y demanda: Una crítica a la Tijera de Marshall». Recuperado de: https://mzuluaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/


[1] Del griego, praxis: acción o práctica.

[2]  Episteme, en griego; scientia, en latín.

[3] En cualquier libro de texto académico se enseña cómo traducir una determinada realidad económica en fórmulas, ecuaciones, funciones, tablas y curvas que se cortan dentro de planos cartesianos (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).

[4] “Although many of the examples and most of the end-of-chapter problems in this book are quantitative, none requires mathematical skills beyond rudimentary high school algebra and geometry”.

El lenguaje económico (I): Dinero, precio y valor