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Etiqueta: España

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXVIII): ¿Se rompe España?

Escribo con motivo del proceso de investidura como presidente del gobierno de España de Pedro Sánchez y sus aparentes cesiones a los partidos nacionalistas. Y digo aparentes, porque me gustaría saber en qué van a concretarse las negociaciones que se han emprendido en Ginebra con Junts. Y con motivo de las disputas sobre el control gubernamental sobre buena parte de los poderes judiciales. Pues se ha comenzado a difundir la impresión, sobre todo en medios de la derecha política española, de que España corre riesgo serio de ruptura.

Que una de las medidas acordadas en la investidura sea la de la posible convocatoria de un referéndum de autodeterminación, al estilo escocés o montenegrino, parece reforzar esa idea, la de que el presidente del gobierno español ha sacrificado la unidad de España por seguir disfrutando de su cargo, y que, por tanto, esta está cuando menos cuestionada. 

Por otra parte, las cesiones de Sánchez, no incluidas en su programa electoral, parecen abonar la idea de que no existen principios éticos en la política y que esta ha perdido buena parte de su prístina pureza. Se ha transformado, parece, en una actividad indigna. Cunde la idea de una degradación de la vida democrática, que de no corregirse podría derivar en una democracia iliberal. O peor aún en un despotismo más o menos abierto. En este artículo quisiera relativizar ambas propuestas sin negar la posibilidad, pues nada es imposible en el mundo de la política, de que estas derivas pudiesen en algún momento concretarse en los modelos políticos temidos por los que defienden los que difunden estas especies.

División del estado en dos o más

Comencemos por la cuestión de la deriva independentista en el marco español y analicemos la posibilidad real de una fragmentación del estado, con independencia de lo que pueda pensar cada uno acerca de si es una posibilidad deseable para España o no. Cuando hablamos de una ruptura de España nos referimos a una división de su estado en dos o más estados de dimensión menor. Nos referimos a su estado y no a otras dimensiones como una división en culturas, religiones o grupos sociales, porque esto ya se da en mayor o menor medida.

Al revés, varios estados que operasen en el espacio del actual estado podrían perfectamente estar unidos en muchos aspectos culturales, lingüísticos o interrelacionados económicamente. Incluso pudieran tener un sentido de identidad común, aún careciendo de unidad política. Macedonios y eslovenos podían tener identidades y culturas muy distintas cuando vivían bajo un mismo estado, y tan alemanes eran los habitantes de su territorio antes de su unificación, cuando vivían organizados en dos docenas de principados, que después. Cambia la forma de organización política, no su identidad. 

Una ruptura del estado español implicaría que una parte de su clase política, por seguir las ideas de Gaetano Mosca, se separaría de la actual clase española y se constituiría en una nueva entidad soberana. Pero para ello debería previamente ser capaz de establecer una posición hegemónica en su propio territorio, algo que de momento no parece ser efectivo.

PSOE, garante de la unidad de España

Es cierto que una parte de la clase política catalana manifiesta su deseo de independencia (si lo dice en serio o como una mera estrategia de negociación está también por determinar). Pero todo apunta a que esa voluntad se da sólo en parte de la élite política, sin demasiado apoyo electoral o en otros sectores del aparato del estado radicado en Cataluña. Los poderes económicos asociados al estado no parecen ser tampoco muy partidarios. Sólo tendría apoyos en parte de la elite administrativa y en buena parte del aparato de hegemonía. Podría ser suficiente, pues otros estados se constituyeron con menos, pero en el caso catalán partiría de una situación muy precaria. De ahí que no parece factible una ruptura ni a corto ni a medio plazo.

De hecho, y aunque pueda parecer extraño al lector, es el PSOE, al tener presencia política y fuerza electoral en todos los territorios españoles, uno de los principales garantes de su unidad política. Eso, en el caso de que se le concediera por parte del gobierno español la posibilidad de hacerlo a través de un proceso reglado que permitiese su ulterior  reconocimiento internacional, al estilo checoslovaco o escocés.

Los intereses de Sánchez, y los de España

Y es ahí donde me extraña que el presidente español ceda y conceda el inicio de un proceso legal. Primero, porque sería raro que un presidente en ejercicio quisiese voluntariamente ceder poder a otra entidad sin existir necesidad extrema. Y segundo, porque de concretarse el proceso en una declaración legal de independencia, la base electoral y parlamentaria del actual presidente se esfumaría y quedaría en minoría y sin el puesto de presidente. Todo ello sin contar que un proceso tal le haría perder el poder, al hacerlo a él responsable delante de buena parte del pueblo español de la ruptura de la secular unión española.

Es decir, aunque fuese el ser amoral que se describe en muchos medios de comunicación, esto es una persona que piense sólo en el poder, precisamente por eso no cedería en las pretensiones nacionalistas. Y aunque su discurso pareciese favorecer tal posibilidad, no puede ser sincero, salvo que no fuese tan amoral y pensase por idealismo en los derechos del pueblo catalán a la autodeterminación.

El mito de la decadencia

La cuestión de la degradación democrática es también muy interesante. Partamos de la base de que casi siempre tendemos a denigrar a la época en que vivimos ya mitificar épocas pasadas, que supuestamente serían mejores y más nobles que las actuales. Si hacemos un breve repaso histórico podemos constatar que la idea de decadencia y degeneración está muy presente en el imaginario occidental (recomiendo al respecto el extraordinario libro de Arthur Herman, La idea de decadencia en el pensamiento occidental). Ya Hesíodo, en su obra Los trabajos y los días, relata una mítica edad de oro de los humanos que iría degenerando en una era de plata, de bronce, hasta llegar al hierro.

Si leemos la literatura regeneracionista española de fines del siglo XIX nos encontramos con la idea de una España corrupta y degenerada a la cual hay que revitalizar. Los fascismos también usaban metáforas semejantes para volver a dar vigor a sus enflaquecidas sociedades. Porque para hablar de degradación, decadencia o degeneración hay que establecer antes un estadio en el cual la política era noble y desinteresada y seguía todos los cánones democráticos.

¿Cuándo fue la edad de oro?

Y el problema es que muy probablemente no encontremos esa situación ideal en ninguna de las etapas recientes de nuestra vida política democrática. De hecho se afirma la degradación pero nunca se dice cuándo fue exactamente la edad de oro. La política española tiene en efecto muchos problemas, algunos de ellos potencialmente muy graves. Pero lo que acontece es que muchos de ellos son problemas nuevos con los que no estamos acostumbrados a tratar, y  que no son necesariamente más graves que los viejos, pero que al revestir novedad nos parecen insolubles o cuando menos muy difíciles de afrontar.

Recordemos que la democracia española actual tuvo que afrontar un golpe de estado, casos de terrorismo de estado juzgados y condenados, un sin fin de escándalos de corrupción y numerosas alteraciones de la letra estricta de la Constitución, interpretadas de manera creativa por los sucesivos tribunales constitucionales de este periodo. Esto es nuestra democracia hace tiempo que perdió su inocencia.

La novedad del problema radica en la petición de una amnistía, teóricamente prohibida por la Constitución, y en el uso del concepto de lawfare, importado desde Latinoamérica. La amnistía viola claramente la igualdad ante la ley de los españoles, puesto que por razones de interés político, muchos imputados por crímenes graves verán eliminados sus delitos. Eso es algo que en cualquier otro delito es impensable que ocurra. Habría, pues, ciudadanos privilegiados ante la ley frente al común de los mortales que no pueden ni imaginar un trato semejante ante sus faltas.

Una clase distinta a las demás

La cuestión que se podría presentar desde nuestra postura es si constituye o no una novedad que la clase política sea tratada de forma distinta la resto de la ciudadanía. Ni históricamente ha sido así, pues nobles y gobernantes han disfrutado siempre de un status legal distinto. Distinto no quiere decir  necesariamente mejor, pues  aparte de que algunos delitos dentro de la clase política no lo son fuera y algunos que lo son fuera no lo son para las clases dominantes. Lo cierto es que algunos de ellos son castigados con más rigor, sobre todo si afectan al juego de poder interno dentro de esta clase. Otros en cambio, aún siéndolo, no son castigados. O lo son muy levemente en el aspecto penal. Ello implica solamente la expulsión de la clase.

Un caso de delito que afecta solamente a la clase política son algunos de los juzgados en el caso de la amnistía, pues solo puede cometer sedición (o rebelión) quien ya forma parte del aparato de poder. Esto se aplica también en buena medida a la malversación. Recuerden que los delitos de rebelión o sedición varían en su gradación penal según los países pero en algunos de ellos están considerados entre los delitos más graves que se pueden cometer.

Tribunales especiales

Lo cierto es que es frecuente encontrar en casi todos los países del mundo a políticos condenados, que por una razón u otra no cumplen sus penas o si las cumplen no las cumplen en las mismas condiciones que el resto. También es frecuente encontrar que esos mismos políticos gozan de algún tipo de fuero o inmunidad, al menos mientras están en el ejercicio de su cargo, y algunos cuentan con el privilegio de indultar a sus pares. En el caso de ser juzgados tampoco es raro que lo sean por tribunales especiales. Tribunales distintos de los del resto de la población, que en muchas ocasiones los juzgados han contribuido a conformar.

La novedad que llama la atención en nuestro entorno político la forma en que aborda a respecto del caso del proceso independentista catalán. Este se hace de forma abierta y descarada, no sólo eliminando la pena sino el propio delito. Lo usual es hacerlo de forma más disimulada, a través de industos parciales, gradación de penas, usos estratégicos de la prescripción o uso recurrente del derecho de recurso. Así no es raro encontrar, como algún caso reciente en España, a políticos de alto nivel que no llegan por una razón u otra aentrar en prisión. O que, de hacerlo, lo hacen en condiciones muy favorables y salen relativamente pronto. La degradación de haberla está en la propia política y no es privativa de este gobierno. Lo asombroso puede ser el descaro con que se hace, no el hecho mismo, que cuenta con antecedentes en todo tiempo y lugar.

Ver también

Sobre la declaración de algunos representantes en Cataluña. (Francisco Cabrillo).

El Motín de Esquilache

En 1763 finalizaba la Guerra de los Siete Años de la que España había salido muy perjudicada. El monarca que reinaba en aquella época era Carlos III, hijo de Felipe V, que sucedió a su hermano Fernando VI en el trono en 1759. 

Motín de Esquilache, atribuido a Francisco de Goya 
(ca. 1766, colección privada, París)

Carlos tenía la firme decisión de implementar las ideas ilustradas que recorrían toda Europa a la monarquía hispánica, quería una reforma política, económica y social del país. Aunque si bien es cierto, la crítica francesa ilustrada a las instituciones del Antiguo Régimen encontró poco apoyo en España ya que tanto los gobernantes como el pueblo español seguían siendo profundamente católicos y fieles al absolutismo. Se buscaba, por lo tanto, un cambio en la administración, en la economía y en la educación, y no tanto de filosofía. 

Para esta tarea de modernización Carlos III optó por nombrar a ministros extranjeros, a los que tenía mucha simpatía, en particular a los italianos debido a su reinado en Nápoles y Sicilia. Los dos principales fueron el marqués de Grimaldi como Secretario de Estado, y nuestro protagonista, Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, como ministro de Hacienda. 

Como hemos señalado anteriormente, la Guerra de los Siete Años había dejado una situación económica muy complicada a la monarquía hispánica, produciendo una alta inflación, que sumada a las malas cosechas provocó una subida generalizada de los precios. Sumado a todo ello, Esquilache elevó gran cantidad de impuestos, estas medidas provocaron un malestar generalizado en los súbditos de la Corona. 

La gota que colmó el vaso fue el intento de Esquilache de hacer cumplir una antigua ley que prohibía a los hombres llevar en Madrid sus chambergos de ala ancha y sus largas capas so pretexto de que eran una tapadera para el crimen ya que se podía esconder fácilmente un arma. Esto se vio como un ataque a una manera de vestir de pura tradición española, aunque paradójicamente esta moda había sido introducida apenas cien años atrás por el duque Schomberg y popularizada por Mariana de Austria en la capital. Esto provocó un episodio de revueltas y motines entre el 23 y el 26 de marzo de 1766 al grito de “¡Viva el rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache!

En la capital se asaltaron las viviendas de los ministros italianos e incluso el propio rey se vio forzado a trasladarse a Aranjuez, tras varios días Carlos aceptó las condiciones impuestas por los insurrectos en humillantes condiciones, entre ellas estaba el destierro del marqués de Esquilache, revocación de la medida de los atuendos y la bajada de los precios de los alimentos. 

Según la versión oficial, estas revueltas no solo fueron un movimiento en contra de la imposición de Esquilache sino un intento de alterar la estabilidad del gobierno por vía insurreccional. La verdadera causa de las revueltas fue, como en casi todas las ocasiones, el hambre. Hay algunos historiadores que defienden que este motín fue motivado por grupos de nobles y eclesiásticos que deseaban expulsar a los ministros extranjeros y paralizar las reformas que querían imponer. Las dos versiones siguen hoy día a debate, V. Rodríguez Casado sostiene que las revueltas fueron planeadas con el consentimiento de los jesuitas, esta acusación pudo ser utilizada por el gobierno para expulsar a la orden un año después, en 1767. En cambio, también hay otros historiadores como C. Eguía en su obra Los Jesuitas y el Motín de Esquilache, que defiende que fue un movimiento espontáneo por parte de la población. 

Sea como fuere lo cierto es que este suceso es uno de los acontecimientos más significativos dentro de la política interior del reinado de Carlos III y deja vislumbrar la resistencia que había en el pueblo español a las ideas ilustradas y que cimentaría la resistencia contra los franceses en 1808.

El demoledor informe de la London School of Economics sobre el auge madrileño y el declive catalán

El contraste entre Madrid y Cataluña está a la orden del día. Desde que la región gobernada por Isabel Díaz Ayuso logró el “sorpasso” y superó los niveles de producción observados en la autonomía gestionada por Pere Aragonés, cada vez se habla más del auge madrileño y del declive catalán.

La pasada semana, sin ir más lejos, el empresario y futbolista del FC Barcelona, Gerard Piqué, reconoció “sentir envidia sana de Madrid, de todo lo que está haciendo, puesto que es un ejemplo para Europa y todo el mundo”. Piqué fue más allá y declaró que le gustaría “que Barcelona estuviese a ese nivel”. La alcaldesa de la Ciudad Condal, Ada Colau, se dio por aludida pero negó la mayor.

Los indicadores son claros. Madrid capta cada vez más empresas y personas, lidera también en los indicadores de crecimiento, empleo e inversión, ofrece mejores servicios sanitarios y educativos, y todo ello con muchos menos impuestos. Pero, además de las acertadas políticas económicas de corte liberal que han hecho posible ese desarrollo, ya se puede hablar también de una serie de factores socio-culturales que están influyendo favorablemente en todo este proceso.

Barcelona (arriba) y Madrid (abajo).

En este sentido, un artículo académico publicado por Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy explora los niveles de confianza interpersonal y colectiva existentes en ambos territorios. Tomando ese criterio como referencia, estos dos profesores de la London School of Economics plantean que el auge de Madrid y el declive de Cataluña tiene mucho que ver con la fractura social y la desconfianza que experimenta el segundo territorio, en marcado contraste con el satisfactorio modelo de cohesión que ha propiciado el sistema abierto y plural de la primera autonomía.

La confianza, factor clave

El estudio de ambos autores “analiza las trayectorias económicas divergentes de Barcelona y Madrid desde la transición de España a la democracia”. Su propósito es estudiar “cómo es posible que Barcelona, la ciudad que hace cuatro décadas estaba mejor posicionada para emerger como el principal centro económico del país, haya perdido frente a Madrid”.

De acuerdo con ambos autores, “las trayectorias divergentes de las dos capitales tienen menos que ver con el tirón de Madrid como capital de España, con el desarrollo de nuevas infraestructuras en una u otra región o con economías de aglomeración, y se explican más bien a partir de factores institucionales”. Así, Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy detectan “una creciente fractura social en Cataluña, a lo largo de líneas económicas, sociales y de identidad, lo que ha llevado a una mayor ruptura de la confianza y al desarrollo de grupos fuertes que tienen una capacidad limitada para tender puentes entre sí”.

Dicho de otro modo, la politización asociada al proceso independentista estaría contribuyendo a debilitar los niveles de confianza interpersonal y supone “la aparición de externalidades negativas que han limitado el potencial económico de crecimiento de Barcelona”. En cambio, Madrid se ha erigido en la locomotora de la producción nacional precisamente porque presenta las condiciones opuestas y su sistema social se ve influenciado de forma mucho menos intensa y divisiva por parte de la política, que además está ajena a las diferencias de corte separatista o al discurso identitario propio del nacionalismo.

Los dos autores subrayan las diferencias entre las sociedades madrileña y catalana del siguiente modo:

– Madrid presenta niveles más altos de participación comunitaria en asociaciones, proyectos cívicos, etc. La identidad madrileña se ha revalorizado y demuestra que, en su esencia, es abierta y pluralista. Además, el foco político está claramente en la consolidación de un modelo liberal, volcado en el desarrollo, en la integración con Europa y la consolidación de Madrid como una gran capital global.

– Cataluña presenta una comunidad fragmentada. Sus grupos presentan costes de entrada/asimilación más altos. El modelo socioeconómico está marcado por la “captura de rentas” y la distribución sectaria de los bienes públicos. Las instituciones están capturadas por las élites políticas regionales y los lazos sociales se empiezan a desarrollar entre grupos cada vez más separados entre sí. Hay cada vez menos participación en asociaciones, proyectos cívicos, etc.

Resulta especialmente interesante comprobar los niveles divergentes de confianza interpersonal existentes en Madrid y Cataluña. Por ejemplo, el 31,5% de los madrileños cree que se puede confiar en la mayoría de las personas, frente al 13,8% que tiene esta opinión en Cataluña. De igual modo, la confianza de los madrileños en personas de otra nacionalidad es cuatro veces mayor que la de los catalanes.

Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy citan la opinión de un directivo empresarial para resumir la situación actual: “a la hora de decidir dónde invertir en España, Barcelona ha sido tradicionalmente el punto de entrada natural, por su imagen como ciudad luminosa, abierta y llena de talento. Sin embargo, cada vez es más evidente que las cosas allí no son tan fáciles como habíamos imaginado”. En cambio, ese mismo directivo recalca que “Madrid es hoy mucho más abierta, aquí nos dejan en paz y no interfieren en nuestra actividad”.

Las conclusiones de los autores

Las conclusiones a las que llegan ambos autores son esclarecedoras y merecen ser leídas al completo:

“Madrid y Barcelona han sido durante mucho tiempo las dos grandes potencias económicas de España. Sin embargo, durante las últimas tres décadas, Madrid ha adelantado a Barcelona en prácticamente todos los indicadores económicos, convirtiéndose en una ciudad mucho más grande y en el centro de la actividad económica de España”

“La principal explicación de la divergencia económica entre ambas ciudades se encuentra en los diferentes marcos institucionales que prevalecen en las sociedades de una y otra capital. Madrid ha estado dominada durante mucho tiempo por una constelación de grupos sociales, económicos y culturales pequeños, que son relativamente débiles, en la medida en que son incapaces de moldear por sí mismos el rumbo del colectivo, lo que, por tanto, los obliga a interactuar entre sí. Esto ha dado pie a un ecosistema en el que la vinculación entre pequeños grupos es la norma, lo que conduce a la formación de una sociedad abierta e inclusiva, facilitando la transformación de ideas y talento en actividad económica

“Barcelona, ​​por el contrario, presenta grupos mucho más cerrados de partida, grupos a menudo divididos por líneas identitarias, económicas y políticas que, si bien fueron capaces de transformar la ciudad durante la transición a la democracia, luego han dado pie a importantes problemas internos/externos y han generado problemas de exclusión. La consolidación de grupos muy cerrados en campos como la identidad o la economía ha osificado las instituciones de Barcelona y ha tenido consecuencias económicas negativas

Como en el caso de Montreal, la existencia un entorno comunitario divisivo ha generado bajos niveles de confianza en las relaciones interpersonales y comunitarias. Esto ha llevado a una falta de participación constructiva en las actividades económicas, lo que ayuda a explicar la vacilación de individuos y grupos a la hora de desarrollar y colaborar en nuevas iniciativas”

“Vemos una sociedad cada vez más dividida en Barcelona, ​​devastada por divisiones profundas y crecientes, y donde la falta de confianza ha impedido la construcción de puentes entre los distintos grupos, lo que ha proporcionado la semilla para una trayectoria económica general mucho peor que la que habríamos podido predecir hace décadas, dadas las características de partida de la Ciudad Condal”

Madrid, aunque no está exenta de problemas, ha logrado construir una sociedad más flexible, lo que ha facilitado un logro nada despreciable, como es la creación de una ciudad más abierta, interconectada, internacional y económicamente dinámica. De ahí que las diferencias en los arreglos institucionales hayan provocado un revés económico mediante el cual el Madrid caricaturizado como “lento” ha acabado siendo mucho más pujante que la Barcelona a la que se presuponía más “activa”.

“Según Andrew Dowling, “Barcelona y Cataluña no han aceptado este estatus cada vez más secundario y tampoco han aceptado el papel cambiante que juegan en la dinámica comparada entre las dos ciudades más importantes de España”. En su opinión, esto “ha alimentado el giro a la secesión dentro de Cataluña”, casi como una válvula de escape”.

“Nuestros entrevistados en Barcelona insisten en que Cataluña ha acabado tan fragmentada que se está paralizando todo y se están provocando conflictos, cuando lo necesario sería tender puentes y “coser” una sociedad que ahora mismo está desgarrada. La capacidad para generar consenso y prestar atención a la dimensión institucional es, por tanto, tan importante desde una perspectiva económica como la mayoría de los demás factores que han dominado, hasta ahora, la conversación sobre estos temas”