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Etiqueta: Eugen von Böhm-Bawerk

El lenguaje económico (XLIII): sindicalismo

El mes pasado vimos que una ideología es un conjunto de ideas que incorpora deliberados planes de acción en el ámbito social. Según esta definición, el sindicalismo es una ideología cuya idea seminal es la teoría marxista de la explotación laboral y cuyo plan de acción es un elenco de acciones violentas dirigidas contra empresarios, la población y específicos trabajadores (esquiroles), cuyo fin último es el incremento artificial del precio del trabajo.

La justificación de la violencia sindical reside en la espuria «justicia social» y en la teoría marxista de la explotación laboral, refutada por Eugen von Böhm-Bawerk, en 1884 (Huerta de Soto, 1986). Como dice Ludwig von Mises (2011: 911): «Un exceso de verbalismo pseudohumanitario ha hundido en la confusión y el apasionamiento las cuestiones que suscita el sindicalismo obrero».

El hecho es que la violencia sindical ha sido aceptada por amplios sectores de la población y legalizada en la mayoría de países. Incluso el economista clásico David Ricardo dio alas a los sindicalistas cuando afirmó que el incremento de los salarios incrementaba también la técnica, cuando la verdadera relación causal es justo la inversa (Mises, 2011: 915). La principal seña del sindicalismo es el empleo de la violencia para alcanzar sus fines, ya sea en forma de amenaza o en el uso efectivo de la fuerza. El lenguaje, como veremos hoy, pretende enmascarar los errores éticos, económicos y jurídicos del sindicalismo.

Acción directa

Cuando los sindicatos no logran convencer pacíficamente a sus interlocutores de sus demandas, amenazan con la «acción directa», eufemismo que esconde un elenco de actos criminales: asesinato, secuestro, intimidación, sabotaje, ocupación de instalaciones, corte de comunicaciones, huelgas, manifestaciones, etc. Las víctimas de la acción directa son los capitalistas (propietarios del capital), comerciantes, agentes del orden público y la población en general, que es tomada como rehén para presionar al gobierno. La acción sindical comparte con el terrorismo la práctica de ocasionar un daño indiscriminado a la población, por ejemplo, cuando los agricultores bloquean con sus tractores las carreteras de un país entero. Solamente el boicot —persuadir a terceros para que se abstengan de comprar ciertos productos o de proveer a ciertas organizaciones— es un acto admisible y legítimo por emplear medios pacíficos.

Conquistas laborales

Es extendida la creencia de que la legislación laboral —salario mínimo, jornada máxima, días libres, vacaciones, permiso de maternidad y paternidad, subsidio de desempleo, contratación forzosa de discapacitados, prohibición del trabajo infantil, etc.— es una conquista de la lucha sindical y de las políticas progresistas. Sin embargo, todo privilegio laboral u otra forma de servidumbre empresarial impuesta por la legislación recaerá forzosamente en el trabajador mediante una reducción de su salario. La mal llamada «protección laboral» es un regalo envenenado al empleado, pues eleva el coste de su trabajo por encima de su productividad marginal. El empleado, aunque no lo sepa, deberá producir lo suficiente hasta pagar el último privilegio otorgado. Ha sido la mayor productividad del capitalismo (no los mandatos gubernamentales) la causante del incremento del nivel de vida de los trabajadores.

Derecho a la huelga

Dejar de trabajar en un derecho inalienable de toda persona. Solo un esclavo está obligado a seguir trabajando si no lo desea. La libertad de interrumpir toda relación laboral debe ser irrestricta por ambas partes, pero el espurio derecho a la huelga crea una asimetría jurídica: el huelguista puede interrumpir unilateralmente su prestación laboral sin que la otra parte —empresario— pueda actuar: «El ejercicio del derecho de huelga no extingue la relación de trabajo, ni puede dar lugar a sanción alguna, salvo que el trabajador, durante la misma, incurriera en falta laboral».[1] Tampoco, durante la huelga, se permite al empresario contratar nuevos trabajadores que sostengan la producción, viéndose obligado a sufrir pérdidas.[2]

El derecho a la huelga es como una patente de corso que el gobierno concede a los huelguistas para lesionar impunemente los derechos del empresario y, con frecuencia, causar un daño indiscriminado a la población. Así, a través de una doble coacción —sindical y gubernamental— los huelguistas obtienen mejores salarios y condiciones laborales que los obtenidos de otro modo en el libre mercado.

Piquete informativo

Se trata de otro eufemismo para designar a grupos de matones sindicales que amenazan e intimidan a terceros. Por ejemplo, los piqueteros toman las calles e «informan» a los comerciantes que deben cerrar su negocio, si no quieren verlo destrozado; toman las carreteras e «informan» a los conductores que la vía está temporalmente cortada porque el gobierno no atiende sus demandas; invaden los centros de trabajo e «informan» a los esquiroles que si no secundan la huelga recibirán una paliza. Y si los «informados» no se doblegan ante las amenazas, sufrirán agresiones físicas por parte de los «informantes». Curiosa forma de «informar». Por su parte, la Policía, siguiendo órdenes del gobierno, hace la vista gorda y exhibe cierta permisividad con los piquetes.

Bibliografía

Böhm-Bawerk, E. «La teoría de la explotación», en Huerta de Soto, J. (1986). Lecturas de economía política, Vol. III. pp. 101 a 202. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] Real decreto-ley 17/1977, de 4 de marzo, art. 6. 1.

[2] Idem, art. 6. 5.

Serie ‘El lenguaje económico’

El concepto de capital en los ‘Principios de economía’ de Carl Menger

El punto de partida típico del análisis del concepto de capital de Carl Menger en Principios de Economía (1871) es que el concepto de capital de Menger es la combinación de bienes de capital al servicio del hombre economizador con el fin de llevar a cabo un proceso de transformación de bienes de orden superior en bienes de orden inferior. Esta concepción llevó a la conclusión de que, para Carl Menger, el capital significaba bienes físicos (Braun-Lewin-Cachanovsky 2016). Sin embargo, en 1888, en un crítico artículo sobre la teoría de Eugen von Böhm-Bawerk, Menger cambió su concepto de capital y esta vez argumentó que el capital es, ante todo, sumas de dinero dedicadas a la adquisición de ingresos (Braun 2020). En este ensayo, sostengo que esta descripción es una imagen unilateral del concepto de capital de Menger en Principios de Economía.

El punto de partida de Menger para formular su visión de lo que podría considerarse capital fue el concepto de Adam Smith. El capital es un bien económico escaso que puede utilizarse para satisfacer necesidades humanas al servicio de la persona que desea utilizarlo y que produce ingresos (1871, p. 157). Sin embargo, Menger distinguía entre la concepción del capital desde un punto de vista “técnico” y desde un punto de vista “económico”.

Bien de capital desde los puntos de vista ‘técnico’ y ‘económico’

Desde el punto de vista técnico, todos los bienes económicos que se emplean para producir ingresos pueden tratarse como capital. No obstante, según Carl Menger, hay que distinguir entre un bien, como un terreno o un edificio, que se presta o se alquila para producir una renta permanente y fija, y un bien que se utiliza en un proceso de producción para producir un nuevo bien de orden inferior. Este último caso es lo que él denomina capital desde punto de visto económico. Así, el capital, en este sentido, es la cantidad de bienes económicos que se dispone en la actualidad para unos periodos de tiempos futuros.

La productividad del uso del capital es el concepto fundamental para el punto de vista económico del capital (1871, pp. 303-05). La productividad del capital significa que el uso del capital está asociado al éxito o fracaso de los esfuerzos empresariales por descubrir la oportunidad de empleo del capital para producir un bien económico de orden inferior con la esperanza de alcanzar el valor prospectivo estimado mediante la satisfacción de las necesidades humanas (1871, pp. 157-159).

Capital en forma de dinero

Carl Menger sostuvo que el capital monetario es una forma especial y cómoda de capital que está disponible para adquirir bienes de capital dedicados. Esta forma de capital es singularmente adecuada a las situaciones de alta evolución comercial (1871, pp. 303-4). Así, desde un estricto punto de vista económico, el capital consiste en dinero o en factores de producción a disposición del capitalista-empresario, con el propósito de producir un nuevo bien económico con perspectivas de venta con ganancias en el mercado. Esta inversión también podría acarrear pérdidas.

Es importante destacar que Menger, ya en Principios de Economía, dejó claro que el concepto de capital incluye aquellas sumas de dinero que se destinan a adquirir bienes de capital dedicados necesarios a la producción de un bien en particular. Menger sostenía que los bienes de capital solo producen ingresos en combinación con otros bienes económicos, como el trabajo y la actividad empresarial. La rentabilidad del capital, en sentido económico, depende del cálculo empresarial; de las perspectivas de éxito y del precio del producto final. 

El papel de la productividad

Sin embargo, Menger se concentró en el proceso de producción para descubrir los vínculos de causa y efecto de la acción económica en el mercado. Así, al hacer especial énfasis en la producción, parece que solo los bienes de capital físico son los componentes del capital al servicio del hombre economizador y que el dinero es un factor ausente. No obstante, el concepto de productividad, que él consideraba factor clave en la diferenciación entre capital en sentido técnico y económico, ya señalaba que para Carl Menger el concepto del capital, en el sentido económico, es el valor de la riqueza expresada en dinero que debe ser invertido para obtener ganancias (véase Hayek 1935).

Como ya hemos analizado, el concepto de capital de Carl Menger también tiene un alcance más amplio si incluimos su concepto de capital en sentido técnico. En este sentido, el término capital se refiere a todos los activos que producen rentas. Menger subrayó que los bienes duraderos, como la tierra o los edificios, son aquellos activos que pueden utilizarse para generar rentas o interés.

La principal diferencia entre los elementos de riqueza alquilados para producir renta o interés y los bienes de capital en el sentido económico es que la naturaleza de los rendimientos producidos es diferente (1871, p.304). Los elementos de riqueza que se alquilan en el mercado para obtener ingresos suelen producir un rendimiento más estable en forma de renta y el interés en el caso del dinero prestado como crédito. Por otro lado, Adam Smith consideraba la renta o tipo de interés como un rendimiento algo inferior a la tasa natural de ganancia. Esta última incluye la compensación de los esfuerzos de gestión y el riesgo.

Los servicios laborales como capital

Philip Wicksteed (1906), que estudió economía en Viena y estuvo muy influido por Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, sostenía que el nivel relativamente estable del tipo de interés es el principal punto de referencia para evaluar la rentabilidad de un negocio arriesgado de producción de bienes para un mercado incierto.

En este sentido técnico más amplio, el concepto de capital puede ampliarse para incluir las prestaciones de trabajo o servicios laborales. Menger se refirió en Principios de Economía a una lista de distinguidos economistas alemanes de su época que incluían los servicios laborales en sus conceptos de capital. El propio Menger sostenía también que la categoría de bienes económicos incluye no solo los bienes materiales, sino también los inmateriales. Entre los bienes intangibles, los servicios laborales era la categoría más importante (1871, p. 55).

Así pues, los servicios laborales pueden clasificarse como capital humano cuya prestación tiene un valor y, en consecuencia, un precio en el mercado que produce rendimientos. De hecho, Adam Smith (1776) ya trataba la destreza y la habilidad de los trabajadores como capital y la literatura económica moderna discute ampliamente la importancia del capital humano (Becker, 1964)

Carl Menger trató la actividad empresarial como una forma especial de servicio laboral (1871, p. 172). Sostuvo que la actividad empresarial es un factor de producción tan necesario como los bienes de capital o los servicios laborales (1871, p. 161).

El papel del empresario

Así, en el concepto de capital de Menger se pueden distinguir dos tipos principales de capital: capital desde el punto de vista económico y capital desde el punto de vista técnico.

  1. El capital desde el punto de vista económico consiste en los bienes de orden superior o en el dinero al servicio de un emprendedor para producir un bien económico de orden inferior. La rentabilidad del capital en sentido económico depende del cálculo empresarial, de las perspectivas de éxito y del precio del producto final.
  2. El capital desde el punto de vista técnico tiene tres subcategorías:
    • Bienes económicos, incluido el dinero, utilizados para producir un rendimiento relativamente estable en forma de renta o interés.
    • El capital humano, que incluye la destreza en el trabajo, las habilidades y la competencia que pueden adquirirse invirtiendo en las capacidades humanas mediante el aprendizaje y la adquisición de nuevas habilidades. Parte de este proceso de «inversión» es el buen desempeño laboral que crea prestigio social y conexiones en el mundo del trabajo (Tóth 2017).
    • Actividad empresarial o rasgos empresariales, que son versiones especiales del capital humano.

Una sociedad que aspire a alcanzar el máximo nivel de riqueza y que quiera garantizar la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas debería preocuparse por disponer de todas las formas de capital, ya que la falta de cualquiera de ellas es perjudicial para el bienestar económico.

Es importante señalar que la necesidad de alcanzar un nivel adecuado de bienes de capital y de capital humano bien formado es una premisa aceptada por todos. Sin embargo, a pesar de esta opinión generalizada, la actividad empresarial es vista por muchos como una actividad sospechosa. Es esencial entender que la actividad empresarial es una forma de capital humano y que una sociedad necesita ese tipo de capital para garantizar la productividad del capital físico.

Bibliografía

Becker, Gery. 1964. Human Capital : A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education. The University of Chicago Press.

Braun, Eduard. 2020. “Carl Menger: Contribution to the Theory of Capital (1888).” Journal of Institutional Economics 16 (4): 557–68. https://doi.org/10.1017/S1744137420000132.

Braun, Eduard, Peter Lewin, and Nicolas Cachanosky. 2016. “Ludwig Von Mises’s Approach to Capital as a Bridge between Austrian and Institutional Economics.” SSRN Electronic Journal. https://doi.org/10.2139/ssrn.2748937.

Hayek, Friedrich A. von. 1935. “Introduction.” In Menger, Carl: Principles of Economics, 2007th ed., 11–37. Auburn (Alabama): Mises Institute.

Menger, Carl. 1871. Principles of Economics. 2007th ed. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

Smith, Adam. 1776. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Elecbook Classics.

Tóth, András. 2017. “Workers as Life-Entrepreneurs.” Intersections 3 (1). https://doi.org/10.17356/ieejsp.v3i1.245.

Wicksell, Knut. 1906. “The Influence of the Rate of Interest on Prices.” Economic Journal XVII:213–20.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (I)

Al hilo de un artículo anterior sobre la medida del valor, hoy inicio una nueva serie sobre otra gran discrepancia entre dos de los autores más importantes de la escuela austriaca.  Esta discrepancia versa nada más y nada menos que sobre la teoría del valor.  En concreto, sobre el enfoque estrictamente ordinal por parte de Mises en contraposición a la visión cardinal por parte de Menger en lo que se refiere a la magnitud del valor y a la posibilidad de medirlo.

Quisiera resaltar, en primer lugar, el hecho evidente de que en nuestra experiencia individual del día a día no necesitamos que los economistas nos proporcionen una teoría del valor para poder valorar.  De la misma manera que los arqueros del neolítico no tuvieron que esperar a Newton para poder lanzar flechas con el ángulo y la fuerza precisa para acertar su objetivo, el consumidor, el contable o los empresarios realizan valoraciones continuamente independientemente de lo que teoricen o dejen de teorizar las distintas escuelas de pensamiento económico sobre el fenómeno del valor. 

Entonces, ¿Por qué es importante una buena teoría del valor? Si en el día a día nos las arreglamos perfectamente sin estas teorías, ¿Qué relevancia tiene si el valor son preferencias ordinales, o si es una magnitud cardinal, o si se determina subjetivamente u objetivamente según la cantidad de trabajo socialmente necesario? ¿Se trata acaso de una discusión bizantina para ratones de biblioteca sin ningún aporte práctico a nuestra vida cotidiana?

La crucial importancia de la cuestión del valor

Pues desde un punto de vista social y político tiene una importancia absolutamente crucial. En esta primera entrega voy a tratar de justificar la vital importancia que tiene una teoría que explique lo mejor posible el fenómeno del valor. Suscribo al cien por cien a Carlos Bondone que a su vez se adhiere a las palabras de Jevons, y que a su vez suscribía las palabras de J.S. Mill:

Casi toda la especulación relativa a los intereses económicos de una sociedad así constituida implica alguna teoría del valor: el más mínimo error en este tema inocula el correspondiente error en todas nuestras conclusiones restantes, y cualquier vaguedad o nebulosidad en nuestra concepción del mismo crea confusión e incertidumbre en todo lo demás.

John Stuart Mill

Es un hecho incontestable que los políticos utilizan la ciencia como justificación para legislar en un sentido u otro. Ejemplos de actualidad tenemos muchos, como por ejemplo las regulaciones relativas al cambio climático, que supuestamente están basadas en un amplio consenso científico. Este consenso científico se utiliza como argumento para determinar políticas fiscales de extracción de recursos a determinados individuos para dedicarlos a determinadas partidas presupuestarias, y no a otras. Es decir, se toma la decisión de dedicar recursos para prevenir el cambio climático que no se dedican, por ejemplo, a combatir la primera causa de muerte en el mundo como son las enfermedades cardiovasculares. Más nos vale, por tanto, que el consenso científico esté en lo cierto y se acaben salvando muchas vidas con estas decisiones.

Manipulación política del concepto de valor

No quiero caer tampoco en la ingenuidad de que, por muy buenas teorías que tengamos, los políticos no vayan a retorcerlas igualmente en función de sus intereses, o incluso influir en el ámbito académico para manipular el “consenso” científico hacia lo que les conviene. Pero esto no es excusa para dejar de trabajar en la dirección de tener la mejor teoría posible que dificulte al máximo la manipulación política. Por poner un ejemplo extremo, ya será difícil que los políticos decreten regulaciones sobre el tráfico aéreo basadas en que la tierra es plana. Hay teorías científicas que están tan establecidas que son ya prácticamente imposibles de cuestionar.

Aun así, el político aprovechará el más mínimo resquicio para introducir sus sesgos a la hora de legislar. En este sentido, otro ejemplo muy claro y de rabiosa actualidad es el control de precios de los alquileres en las grandes ciudades, que en mi opinión se asienta en una errónea concepción del valor. La “responsabilidad” académica de este error está en la teoría más ampliamente aceptada de la oferta y la demanda, pues si bien es cierto que según esta teoría los precios altos de la vivienda no se deben a la especulación, sino a la falta de oferta, hay que reconocer humildemente que la teoría está muy lejos de ser lo suficientemente clara y contundente como para que ningún político se atreva a cuestionarla.

Diferencia entre Alfred Marshall y Carl Menger

No debemos perder de vista qué múltiples teorías pueden explicar la realidad, e incluso ser útiles para hacer predicciones razonablemente precisas. Por ejemplo, la teoría geocentrista era capaz de predecir satisfactoriamente los movimientos de los planetas recurriendo a los epiciclos.  Es decir, por la misma razón que los arqueros del neolítico lanzaban flechas con bastante precisión sin necesidad de ninguna teoría, el economista puede formular teorías débiles o ad hoc, pero que explican la realidad con muy razonable precisión. Pero no por ello hemos de concluir que esa teoría no es susceptible de mejora. Esto último es aplicable al modelo de la oferta y la demanda establecido por Alfred Marshall, que es el predominante a día de hoy en lo que se refiere a la explicación de los precios.  

Ahora bien, para que una teoría sea superada no basta con señalar sus debilidades. Hay que proporcionar otra que explique mejor la realidad, y/o que lo haga de manera más general y simple, y que sea corroborable. Volviendo a la analogía del geocentrismo, ¿Qué acogida tendría frente al geocentrismo una nueva “teoría” heliocéntrica, está fuera imposible de corroborar ni fuera capaz de predecir nada tal y como está planteada? Pues posiblemente nula porque se quedaría en mera hipótesis.

Alfred Marshall criticó el enfoque marginalista de Carl Menger, W. S. Jevons y Lèon Walras, y rescata el modelo basado en el valor objetivo de oferta y demanda de Smith y Ricardo, pero reintroduciendo el marginalismo en la curva de demanda. Muy resumidamente viene a decir que el demandante compara la utilidad marginal del bien con su precio de mercado. Es decir, para explicar los precios necesita recurrir circularmente a los precios.

La tijera de Marshall… y la tijera de Menger

Menger, sin embargo, explicaba los precios basándose exclusivamente en valores. En el famoso ejemplo de las vacas y los caballos, los granjeros intercambiaban porque otorgaban un valor mayor a lo que recibían que a lo que entregaban, y de esas distintas valoraciones surgen los precios.  

En este sentido, Carlos Bondone propone rescatar a Menger sustituyendo la tijera de Marshall por la tijera de Menger, donde lo que se enfrentan no son las curvas de oferta y demanda (cantidades de bienes), sino las curvas de valor (utilidades marginales) de los bienes a intercambiar. Fijémonos en lo peligroso de la tijera de Marshall. Cito palabras del propio Marshall en sus Principios de Economía:

Podríamos con la misma sensatez discutir acerca de si es la hoja superior o la inferior de una tijera la que corta un pedazo de papel que si el valor está controlado por la utilidad o por el coste de producción. (el énfasis es mío).

A la vista de esta cita, quiero recordar las palabras anteriormente citadas de Mill: “el más mínimo error” “cualquier vaguedad o nebulosidad”. Pues aquí lo tenemos. Por mucho que queramos hacer una interpretación generosa, o que el economista defensor de esta teoría matice y explique posteriormente, un político se aferrará a la literalidad de estas palabras como a un clavo ardiendo para justificar científicamente sus sesgos utilizando a Marshall, y argumentar que el coste puede ser determinante del valor, y, por tanto, justificar científicamente la regulación de los precios de los alquileres en función de lo que el político considere costes objetivamente razonables. 

Menger era cardinalista, Mises era ordinalista

Explicada la vital importancia política y social de la teoría del valor, en las siguientes entregas de esta serie expondré en primer lugar por qué Menger era claramente cardinalista y en segundo lugar como Eugen von Böhm-Bawerk, y de manera más precisa Bondone, demuestran que los precios se pueden explicar enteramente por valoraciones subjetivas, sin recurrir circularmente a precios de mercado o agregados como hace Marshall. Y que estas valoraciones subjetivas tienen una naturaleza cardinal y no ordinal, como afirma Ludwig von Mises. 

Determinar si la naturaleza del valor es ordinal o cardinal no es en absoluto una cuestión menor. Mises criticaba el planteamiento de oferta y demanda de Marshall, pero al desviarse de Menger y Bohm Bawerk y sostener que el valor tiene naturaleza ordinal, su planteamiento no es corroborable, no ofrece una alternativa convincente que mejore la propuesta de Marshall. Nos guste o no, y análogamente a la hipótesis heliocentrista referida anteriormente, desde fuera de la escuela austriaca, la propuesta de Mises se ve en el mejor de los casos como una prometedora hipótesis.

En definitiva, no es lo mismo defender que sólo ordenamos valores afirmando tajantemente que es imposible medirlos, siendo en consecuencia deliberadamente “vago” o “nebuloso” en lo que se refiere a la magnitud de los valores, que defender y conseguir demostrar que la magnitud del valor se puede cuantificar y medir. Tal y como hemos insistido a lo largo de este artículo, cualquier vaguedad o nebulosidad será explotada por el político para tergiversar y manipular.

Serie sobre Carl Menger y Ludwig von Mises