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Etiqueta: Friedrich A. Hayek

Hayek y la economía de la información

Friedrich August Von Hayek fue un visionario de la ciencia económica, siendo capaz de exponer una teoría como la del orden espontáneo décadas antes de que se produjesen los grandes avances modernos en la economía de la información y sus respectivos modelos. Hayek puso de relieve cómo el orden emerge a partir de millones de acciones individuales que parten de un conocimiento limitado, localizado e individualizado, pero que se coordinan a través del sistema de precios para dar lugar a un equilibrio dinámico. La defensa del libre mercado de Hayek en el plano económico surge precisamente a partir del argumento de que la institución del mercado, sometida a mínimas restricciones, sería la más eficiente a la hora de coordinar la inmensidad de conocimiento disperso existente en la sociedad.

A través de argumentos como el expuesto, la teoría hayekiana rompe de plano con los modelos clásicos de equilibrio general que se emplean como base teórica para la construcción de los teoremas fundamentales de la economía del bienestar, los cuales derivan de la teoría de la eficiencia paretiana y el equilibrio walrasiano. A la par, Hayek pretende alejarse de las teorías de la competencia perfecta para introducir un concepto de competencia asociado a la innovación y el descubrimiento constante de nueva información afectando las acciones de los agentes y a su vez el equilibrio de mercado, siendo, por ende, dinámico. Muchas de las premisas establecidas por Hayek al respecto de los procesos de mercado han sido y son tomadas por los teóricos de la economía de la información para la creación de modelos de procesos de agregación informacional.

La definición que Hayek da al concepto de equilibrio se basa en un conjunto de planes de acción individuales capaces de ser llevados a cabo sin interferencia mutua, dando lugar a un uso eficiente de la información disponible y dispersa entre los individuos, La noción de equilibrio de Hayek es dinámica y por lo tanto muy diferente de la de los modelos de equilibrio general de precios públicos y agentes precio-aceptantes (al menos en el plano más sencillo de los modelos de equilibrio walrasiano). Por lo tanto, Hayek establece que una de las principales ventajas comparativas del libre mercado es precisamente la capacidad de este de aunar información difusa y generar un mayor conocimiento a través de un mecanismo transmisor de señales al respecto, como son los precios. En el mecanismo descrito por Hayek, la generación de nueva información es constante, siendo por naturaleza la competencia un proceso dinámico. Estas nociones han formado la base (y así ha sido reconocido por gran parte de la academia) de gran cantidad de modelos actuales de competencia estratégica, que a su vez establecen fundamentales históricos para el estudio de las acciones de los agentes económicos, junto a variables exógenas aleatorizadas que tratan de replicar las siempre cambiantes condiciones del mercado.

Asimismo, Hayek destaca la capacidad coordinadora de la función empresarial asumiendo que la función empresarial daría lugar a un proceso de descubrimiento e innovación dinámico y continuo, en el que las oportunidades de beneficio se mostrarían en momentos de desequilibrio del mercado, siendo estas aprovechadas por empresarios innovadores que estabilizarían el mercado en el corto plazo, dando lugar a un proceso constante, tal y como señaló más adelante Israel Kirzner en su teoría de la competencia y la empresarialidad.

Por otro lado, el marco teórico hayekiano en lo referente a los procesos de orden espontáneo, a la dispersión de la información y a la función de transmisión de ésta de los precios, puede ser aplicado al estudio de los mercados financieros. En los mercados financieros, la información que se obtiene de los precios da lugar en muchas ocasiones a divergencias de los fundamentales de los modelos teóricos, cuyo efecto reflejado en el mercado es una mayor volatilidad de precios en el corto plazo, causando que, en posiciones muy apalancadas, cualquier pieza de mínima información puede afectar a los precios de suficiente manera como para desestabilizar carteras de inversión completas. Tal es el poder de la información y su rol en los procesos de mercados dinámicos.

Actualmente, muchos modelos que estudian la economía como un sistema adaptativo complejo en el que las variables dependientes se hallan determinadas por procesos de interacción social y transmisión de información, beben de la teoría hayekiana para construir sus bases. Algunos autores, como es el caso de Vriend o Rosser, incluso han explicitado la deuda intelectual que tienen con Hayek. Estos autores y sus modelos han garantizado un estudio mucho más complejo y profundo de los agentes económicos, pudiendo ser optimizadores intertemporales o disponer de racionalidad limitada, como expuso Herbert Simon; uno de los pioneros de la economía conductual.

Algunos de estos modelos han sido empleados para el estudio de los mercados financieros, sobre todo en lo referente a tendencias, volatilidad, shocks intertemporales y medición de periodos de regresión a la media, tal y como mostraron, incluso antes de la Gran Recesión, estudiosos de los mercados financieros influidos por la economía de la información.

En las últimas décadas, autores como Axel Leijonhufvud han publicado papers dónde desarrollan modelos de dinámicas macroeconómicas en los cuales los agentes individuales tienen una mucha mayor relevancia que la que en muchas ocasiones se le ha dado en el corpus teórico de la macro. Esta hibridación de la macro y la micro es realmente interesante. Hayek ha sido, es y será un autor esencial para el estudio de ciertos aspectos de la economía, como son las dinámicas de cooperación, el funcionamiento y rol de los precios en el mercado y las asignaciones intertemporales de recursos, convergiendo todo ello en la teoría del orden espontáneo. Pero, la relevancia de Hayek no termina ahí. Hayek es asimismo un enorme filósofo político y combatiente intelectual de los totalitarismos de todo signo. Un verdadero defensor de la libertad. De todo ello ya hemos hablado o hablaremos en otra ocasión.

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico

Todo sistema económico tiene que resolver dos problemas: qué es lo que la gente desea y cuál es la mejor manera de producirlo. Para dar respuesta a estas cuestiones se debe recurrir al proceso de cálculo monetario, que consiste en calcular los ingresos y las pérdidas pasadas y esperadas. Aunque pudiéramos saber qué es lo que la gente quiere, eso solo resuelve parte del problema; nos quedaría saber cómo producirlo.

El hecho de que los bienes de capital—aquellos empleados en la producción de bienes de consumo—sean heterogéneos hace que según su combinación se puedan producir distintos bienes de consumo. Los mismos inputs pueden generar outputs distintos, y un output puede producirse con inputs diferentes, es decir, una combinación de madera, clavos, martillo y barniz puede fabricar una mesa o una silla y una silla puede producirse con madera, clavos, martillo y barniz o con acero, una sierra y un soldador. La esencia de la economía, pues, va más allá de conocer las preferencias de los consumidores porque éstas pueden satisfacerse de distintos modos.

Que el capital sea heterogéneo nos explica por qué hemos de decidir qué tenemos que producir y cómo ya que hay muchas cosas posibles para producir de muchas posibles maneras. Que las economías avanzadas se basen en una división del trabajo y de la información cada vez más profunda, nos plantea el problema de decidir el quién producirá qué y cómo. Si lo que queremos es un sistema económico que sea eficiente, tenemos que ver cuál es el que mejor resuelve ese problema, incluso cuando sepamos qué es lo que la gente quiere. Para eso se requiere comparar procesos de producción alternativo mediante el cálculo económico.

Karl Marx defiende que la anarquía de la producción propia del capitalismo en la que cada agente produce lo que considera como lo considera es un sistema poco eficiente, al incentivar la competencia entre proyectos y al frustrar unos planes por el éxito de otros. A diferencia de lo que se ha creído después, sí que dejó unos pequeños esbozos sobre cómo funcionaria el socialismo, siendo este el primer planteamiento formal de cómo se lograría esto como se puede observar en Marx (1891[1996]). Marx criticaba el sistema capitalista porque había un elemento de orden y otro de caos. Este elemento caótico se debe a que al competir los productores entre ellos algunos recursos sean desperdiciados porque estos solo se den cuenta de sus errores cuando es demasiado tarde, ya han hecho sus inversiones y están sufriendo por minimizar sus pérdidas. Marx (1867[1976], 667) afirmaba que:

“El modo de producción capitalista, aunque impone la economía en de cada empresa individual, también engendra, por su sistema anárquico de competencia, el despilfarro más escandaloso de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción; por no hablar de la creación de un gran número de funciones actualmente indispensables, pero en pero en sí mismas superfluas”.

El capitalismo, según Marx, no permite que toda la producción social sea racionalmente planeada con antelación porque el capitalismo incluye diseños simultáneos de planes conflictivos de productores distintos. El resultado de este choque anárquico de muchos planes intencionales es un modo de producción social que produce conflicto y despilfarro de recursos. Por tanto, para Marx la idea de la planificación central requiere la unificación de planes sociales en uno único y consistente, una estructura compleja y coherente preparada por las mentes de los arquitectos socialistas antes de ser implementada. Para Marx el socialismo reemplaza estos productores capitalistas con una voluntad única y común de todos los productores. En el capitalismo hay una lucha constante entre los productores por beneficios. Estas relaciones antagonistas eran un desperdicio para la sociedad.

Marx creía que permitir que los propietarios privados de los medios de producción experimenten con alternativas y descubran sólo a posteriori cuáles son las mejores como hace el capitalismo era un despilfarro y que esta mecánica podía mejorarse decidiendo colectivamente antes del acto lo que debía producirse y cómo, y luego simplemente ejecutando ese plan, incluyendo quién debía recibir qué bienes al final. El socialismo, según este, sería más racional y eficiente, además de más justo.

En 1920 Ludwig von Mises publica “El cálculo económico en la comunidad socialista”, artículo en el cual critica la viabilidad de una economía socialista argumentando que, si todos los medios de producción son de propiedad estatal, esa viabilidad es imposible. El motivo es que no hay forma de realizar un cálculo económico objetivo y, por tanto, de asignar los recursos a sus usos más productivos. Mises defendía que reemplazando la propiedad privada por propiedad estatal se elimina el único mecanismo para distinguir entre los planes económicamente viables y los derrochadores, aunque se asumiese información perfecta. Esto es así, aunque se asumiese que no se cumple el dicho soviético de “ellos hacían como que nos pagaban y nosotros hacíamos como que trabajamos” y los trabajadores producirán bajo su máxima eficiencia; aunque se asumiese que Friedrich Hayek estaba equivocado cuando decía que los peores llegaban al poder; y aunque se asumiese que Lord Acton también lo estaba cuando decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” y que el planificador central no terminaría corrompiéndose.

El argumento podemos presentarlo en forma de lo que llamo el silogismo miseano del cálculo económico, que afirma que sin propiedad privada de los medios de producción no se realizarán intercambios voluntarios de estos entre agentes y, por tanto, no se formará un mercado de estos. En segundo lugar, sin un mercado no podrán surgir precios que reflejen la escasez relativa de los bienes de capital. Y, por último, sin precios que reflejen la escasez relativa de los medios de producción, el planificador no podrá distribuir los recursos escasos entre los distintos fines. Por lo tanto, en un sistema socialista el cálculo económico racional es imposible.

Por otro lado, un sistema capitalista sí que permite un cálculo económico racional. En primer lugar, en el capitalismo se puede calcular en términos de precios que hacen posible hacer los cálculos según la valoración de todos los participantes en el intercambio. Como los precios reflejan las actividades económicas de todos los participantes, podemos saber si el gasto de dinero de un agente ha sido beneficioso y si la señal de beneficios y pérdidas que emite guía los recursos hacia usos mejor valorados. Un emprendedor que descubre un mejor uso de un recurso que sus rivales tenderá a desplazar recursos hacia usos más valorados. Los beneficios se logran dándose cuenta de lagunas en el sistema de preciso y tendiendo a eliminar estas lagunas con tu actividad empresarial. Aunque las estimaciones futuras de beneficios no garanticen el uso social óptimo de los recursos, esta al menos permite eliminar de la consideración las innumerables posibilidades de procesos tecnológicamente posibles, pero no económicamente rentables. Y, por último, este sistema permite reducir evaluaciones de producción a un común denominador, el dinero. El marxismo rechaza el uso del dinero, por lo que no habría una unidad de cuenta común requerida para los cálculos cuantitativos que requiere la coordinación descentralizada.

Mises inició uno de los debates más importantes del siglo pasado, que continúa hasta nuestros días. Los socialistas del momento tuvieron que modificar sus argumentos para poder contestar al economista austríaco. Los autores principales del lado socialista fueron Oscar Lange (1964), Abba Lerner (1934, 1936, 1944), Henry D. Dickinson (1933), Fred M. Taylor (1964) y Evan Frank Durbin (1936).

Los dos primeros son los principales desarrolladores del llamado socialismo de mercado. Estos concedieron a Mises, aunque fuese implícitamente, la crítica de que los precios eran esenciales para el cálculo racional de una economía por lo que idearon un sistema de planificación central con precios. Estos autores proponen un órgano de planificación central que se ocupase de seguir unas reglas como que tienen que poner los precios al coste marginal y producir bajo los costes medios mínimos. Para Mises y Hayek esto suponía aceptar haber perdido el debate por aceptar la importancia del mercado y un sistema de precios para coordinar la actividad económica y reflejaba la confusión causada por la preocupación entre economistas por estados de equilibrio en vez de por procesos de intercambio y producción que causa la coordinación de la actividad económica.

Varios socialistas de mercado, entre ellos Lange, proponían que la junta central de planificación estipulase un precio—algunos mantenían que el mismo que durante la producción capitalista ya que creían que esta se encontraba bajo una situación de equilibrio general (que, de ser así, ¿qué necesidad había de cambiar de sistema a uno más eficiente si en un equilibrio general ningún factor se puede mejorar?)—y posteriormente, mediante un método de ensayo y error, este precio podía modificarse para determinar la asignación óptima de los bienes de capital. Otros socialistas como Taylor (1964) y Dickinson (1933) proponían hacer estas modificaciones mediante fórmulas matemáticas que podían ir resolviéndose. Resulta curioso ver que, para poder funcionar, el socialismo tiene que asemejarse cada vez más al capitalismo e intentar adoptar algún mecanismo de competencia entre planes de producción, aunque diste mucho del ideal libre mercado.

Hayek continúa con la tarea miseana de demostrar el problema del cálculo económico en un sistema socialista (1948). Para ello, critica los posicionamientos de Lange y Lerner sobre el socialismo de mercado. Al igual que la crítica de Mises se centra en el socialismo puro que plantea Marx, la de Hayek lo hace en la versión adulterada de Lange. Lionel Robbins (1934, 150–54) también realiza una crítica del socialismo de mercado similar a la de Hayek, sólo que al no ser considerado este austríaco y al haber rechazado a la escuela austríaca en sus años más avanzados de carrera, no se ha generado una controversia sobre si sus argumentos son compatibles con los de Mises. Con respecto a Hayek, sí.

Joseph Salerno (1990), Hans-Hermann Hoppe (1996), Murray Rothbard (1991) y Jeffrey Herbener (1991), entre otros, critican los argumentos de Hayek respecto al debate del cálculo económico, por ser erróneos o por ser innecesarios al estar ya incluidos en los de Mises. El austrianismo de Hayek también es un tema debatido. Pero tanto si se le puede considerar como un economista austríaco, a pesar de no serlo (Blasco 2020), como si no, sólo explicaría por qué otros autores austríacos se han centrado en criticarle. Y aunque sus argumentos sí sean austríacos, eso sólo nos diría que Hayek, un economista o no austríaco, usa argumentos austríacos para criticar el socialismo, elemento el cual no es condición suficiente para ser considerado austríaco.

La crítica que se le hace a Hayek en este tema proviene de que Hayek plantea que el socialismo no es imposible de que funcione, sino altamente difícil. Hayek habla de la gran dificultad de obtener, procesar y transformar la información requerida en la creación de los precios por parte de un órgano de planificación central, por lo que concede a los socialistas de mercado que el socialismo no es imposible, o al menos según sus críticos. Pero esto no es del todo cierto. Hayek sí que critica a Mises por haber “utilizado ocasionalmente la afirmación un tanto imprecisa de que el socialismo era ‘imposible’, cuando lo que quería decir era que el socialismo hacía imposible el cálculo racional”. Porque “por supuesto, cualquier curso de acción propuesto es posible en el sentido estricto de la palabra, es decir, puede intentarse” (Hayek 1948, 145–46). Por lo tanto, vemos de sus propias palabras decir a efectos prácticos lo mismo que decía Mises cuando afirmaba que el socialismo era imposible: que el cálculo racional en este sistema lo es.

Hayek aceptaba los argumentos de Mises. El malentendido respecto a sus propios argumentos reside en ver qué contestaba cada uno. Mises (1920[1990], 21) decía que aún con información perfecta, una economía socialista sería imposible producir de una manera eficiente por la ausencia de precios. Los socialistas que le respondieron malinterpretaron el argumento de Mises, al no entender que la imposibilidad del cálculo racional que describía Mises se daba aún si hubiese información perfecta (Lavoie 1985[2015]). Por tanto, fueron varios los socialistas los que pretendieron darle una respuesta al problema planteado por Mises elaborando métodos como la respuesta matemática o la de prueba y error para alcanzar esta información perfecta de las demandas de los consumidores y poder saber así qué producir. Aquí es donde se encuadra la crítica de Hayek.

Este les responde explicando por qué esta información nunca sería perfecta. Es decir, Mises por un lado asume que ni con información perfecta el socialismo podría producir más eficientemente que el socialismo, a lo que Lange y otros le responden con formas de alcanzar un estado de información perfecta para así poder llevar a cabo el cálculo económico. Hayek intenta demostrarles por qué un órgano de planificación central no podría calcular de manera racional ni aún asumiendo información perfecta, como pretendían los socialistas a los que contestaba. Un órgano de planificación central nunca podría hacerse con la información tácita, subjetiva y dinámica que reside en las mentes de los productores y consumidores y procesarla para lograr unos objetivos de producción superiores a los del capitalismo. Hayek asume que Mises tiene razón y que el cálculo racional no sería imposible sin propiedad privada de los bienes de producción ni aún si el órgano de planificación central tuviese toda la información correcta, pero para dar respuesta a los críticos del momento baja al barro y explica por qué esa información nunca puede llegar a ser perfecta.

Hayek critica que se presuma la información como dada y que un órgano de planificación central solo necesitaría instrucciones. Esta información necesita ser generada y para eso se necesita competencia. Tiene que ser real, no puede ser ficticia en un marco donde la gente no puede quebrar realmente ni beneficiarse si triunfan. Los datos para hacer cálculos económicos sobre las propias preferencias de los consumidores y, por extensión, sobre las preferencias de los productores, residen en la mente de todo el mundo, una pequeña parte en cada una. Esta es una información dispersa. Cada persona tiene un orden con los bienes de consumo que puede desear en distintos grados en distintas circunstancias, según surjan distintas necesidades y oportunidades. Según las circunstancias, un bien de consumo puede encabezar nuestra lista y actuamos para adquirirlo. Cuando lo hacemos, surgen los precios. Pero esto son información histórica. Transmiten información valiosa a los empresarios, pero esta es imperfecta, por lo que cada empresario actúa según la misma asumiendo un riesgo.

No obstante, aunque no se le puedan achacar errores teóricos o cesión a Hayek, sí que se le puede criticar por errores estratégicos. Hayek podría haber pensado que se iba a malinterpretar su crítica y que los socialistas la retorcerían para hacer parecer que estaba reconociendo que ciertos postulados de Mises estaban incorrectos y que el socialismo no era imposible sino enormemente difícil. Quizá Hayek tendría que haberse mantenido firme en la postura miseana y no haber entrado a explicar por qué el órgano de planificación central no puede poseer información perfecta sino repetido que aun así el socialismo sería imposible.

Referencias

Blasco, Eduardo. 2020. “Friedrich Hayek Era Un Economista Austríaco En Tanto Que Nació En Viena.” Instituto Juan de Mariana, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/friedrich-hayek-era-un-economista-austriaco-en-tanto-que-nacio-en-viena/.

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¿Es posible el ciber-comunismo?

De manera directa, me atrevo a afirmar que estamos ante una nueva ronda en el histórico debate del cálculo económico socialista. El clásico enfrentamiento que tuvo lugar en el siglo XX entre Mises, Hayek y Robbins, por un lado, y Lange, Taylor, Dickinson o Lerner, por otro, fue interpretado por el consenso científico en economía como una victoria para los socialistas neoclásicos (Bergson 1948; Schumpeter 2006; Samuelson 1948). Los socialistas demostraron que la planificación central era posible mediante un modelo competitivo de prueba y error, que emulara de alguna forma el funcionamiento del mercado. Sin embargo, los que estamos familiarizados con los trabajos del profesor Huerta de Soto (2010), sabemos que existió un nuevo análisis del debate por parte de economistas austriacos varios años después. Esta interpretación alternativa fue liderada por Don Lavoie (1985), quien planteó la idea de que el problema principal de la planificación central no es tanto la recopilación de la información sino su creación. Es decir, en tanto que la planificación central elimina la institución de la propiedad privada sobre los medios de producción, no se puede crear la información, en forma de precios, necesaria para poder asignar el capital en las líneas de producción que más lo demandan. De esta manera, Lavoie planteó que el debate no fue ganado por los socialistas sino por los austriacos. Posteriormente, el propio Huerta de Soto acuñó este argumento dinámico sobre la creación de conocimiento y la interpretación alternativa del debate.

Ni diez años después del trabajo de Lavoie, una nueva generación de socialistas quiso retomar el debate del cálculo económico y responder a los austriacos. Hablamos de Allin Cottrell y Paul Cockshott. Estos autores, en su famoso artículo Calculation, Complexity, and Planning: The Socialist Calculation Debate Once Again (1993), afirmaron que, desde Lavoie, nunca hubo una respuesta contundente a la nueva interpretación austriaca y que, por tanto, su principal cometido era intentar proveer esa respuesta. Para ello, plantearon el argumento socialista de forma distinta a cómo lo hicieron los anteriores socialistas neoclásicos. En este caso, Cottrell y Cockshott se basaron en la teoría del valor trabajo, rechazando la teoría subjetiva del valor que sí apoyaban los anteriores socialistas, y concluyeron que esta posibilita la planificación central, de la mano de los avances en la capacidad computacional de los ordenadores modernos. Es decir, que si sustituimos los precios de mercado por mediciones en horas de trabajo y nos ayudamos de computadoras, la planificación central es posible. Por tanto, dado que la planificación sería ahora cibernética, el sistema propuesto ha sido llamado ciber-comunismo.

En un reciente working paper (Moreno-Casas, Espinosa, and Wang 2022), Victor Espinosa, William H. Wang y el autor de esta pieza de opinión, analizamos la posibilidad del ciber-comunismo, tal y como ha sido planteado por Cottrell y Cockshott y, también, algunos de sus seguidores como Nieto y Mateo (2020). Lo hacemos desde la teoría de complejidad, aplicada a la economía en sus versiones dinámica y computacional (Rosser Jr. 2009).

En primer lugar, dejamos claro que la propuesta de Cottrell y Cockshott puede enmarcarse en la complejidad computacional, puesto que los autores se basan en conceptos como la tesis Church-Turing, la teoría de la información de Shannon (1948) o la teoría de la información algorítmica de Chaitin (1987), que constituyen las bases del enfoque computacional de la complejidad a la economía (Rosser Jr. 2009). En efecto, los ciber-comunistas sostienen que en su sistema socialista la planificación central es computable, por su grado de complejidad. Esto parece chocar, en principio, con algunas ideas que son ampliamente reconocidas tanto en la versión dinámica como la computacional aplicadas a la economía. Por un lado, la visión dinámica parte de la base de que no puede haber un explotador global de todas las oportunidades en un sistema complejo, que no se pueden alcanzar óptimos globales y, por tanto, la economía se encuentra siempre movida por dinámicas fuera de equilibrio (Arthur, Durlauf, and Lane 1997). Por otro lado, la visión computacional entiende directamente que el problema del cálculo económico es NP-complejo y los precios de equilibrio no son computables (Markose 2005; van den Hauwe 2011). ¿Cómo es entonces posible que Cottrell y Cockshott se posicionen en favor de la planificación central de la economía desde un enfoque de complejidad computacional?

La respuesta a la anterior pregunta la encontramos en dos partes. Primero, es lógico que Cottrell y Cockshott no compartan las características de un sistema complejo que proporciona la complejidad dinámica, puesto que ellos sostienen un enfoque computacional, que en muchas ocasiones rechaza la visión dinámica y el concepto de emergencia por ser demasiado general y poco preciso (Rosser Jr. 2009). Después, ellos mismos reconocen el problema de la computabilidad de los precios en el equilibrio Walrasiano (Cottrell and Cockshott 2007), en línea con los autores de la complejidad computacional, pero entonces demuestran que, si asumimos la medición en tiempo de trabajo, sí podríamos computar un plan central. De hecho, ponen el ejemplo del sistema nervioso de una mariposa para demostrar que un sistema de control puede computar un sistema de manera completa sin ni siquiera necesidad de recurrir a aritmética (Cottrell and Cockshott 1993). Aquí, el problema del planteamiento de Cottrell y Cockshott es que olvidan la cuestión central de la autorreferencia.

La autorreferencia se relaciona con un fenómeno por el que un elemento se refiere de manera directa a sí mismo, lo que puede conducir a paradojas. Koppl y Rosser Jr. (2002) estudian el fenómeno de la autorreferencia en economía en varios niveles. Uno de ellos es el juego Holmes-Moriarty planteado por Oskar Morgenstern, en el que la hipótesis de racionalidad perfecta lleva al juego a una paradoja “yo pienso que el otro jugador piensa que yo pienso…”. En paralelo a este razonamiento, en otro de los niveles, Koppl y Rosser Jr. concluyen que, en tanto que los planificadores tienen el mismo nivel de racionalidad y computación que los agentes en una economía, el control y la predicción es imposible puesto que conduce a paradojas derivadas de autorreferencias (“yo pienso que el otro agente piensa que yo pienso…”). Además, siguiendo la tesis de Wolpert (2001), esta paradoja no podría resolverse ni siquiera asumiendo que el problema (planificación central) es computable, incluso con la existencia de un hipercomputador, puesto que ningún computador dentro del mundo es capaz de predecir siempre de forma correcta lo que ocurrirá en el mundo antes de tiempo. Sería necesario estar fuera del sistema, como un observador con mayor grado de complejidad que el sistema observado, para poder anticipar y controlar su comportamiento.

El problema de Cottrell y Cockshott es que cuando hablan de la mariposa o su sistema de control, parecen asumir que este se encuentra fuera del sistema nervioso, como una entidad de complejidad superior que pudiera controlar y computar el sistema nervioso de la mariposa. La realidad es que no es así, y al encontrarse dentro del propio sistema, no podrá predecir ni explicar completamente su comportamiento (Hayek 1952). Aplicado a la planificación central, podemos decir que un gobierno no puede conocer ni predecir completamente la evolución de una economía que contiene el plan central dentro de ella misma (Rosser Jr. 2012). Como sugería el profesor Rallo en un comentario a nuestro working paper: “justamente un sistema ha de poder falsarse a sí mismo (¿cómo sé que estoy equivocado si he de decir yo si estoy o no equivocado?) y para eso hacen falta fuentes de falsación externas al plan [central]”.

Además de lo anterior, cabe cuestionar dos asunciones fundamentales que hacen Cottrell y Cockshott, a saber: (1) que una economía puede funcionar de acuerdo a la teoría del valor trabajo, y (2) que el bureau planificador cuenta con información sobre los coeficientes técnicos de producción o puede hacerse con la información relevante necesaria para elaborar el plan de producción. Estas dos suposiciones no las vamos a desarrollar en este artículo por motivos de extensión, pero recalcamos que también son criticadas en nuestro trabajo. Por ello, animamos a cualquier lector que se dirija a nuestro working paper, citado abajo, en caso de que quiera profundizar más en la crítica.

En conclusión, podemos decir que el ciber-comunismo diseñado por Cottrell y Cockshott no es posible, debido, entre otros motivos, al problema fundamental de la autorreferencia que hemos discutido en este artículo. También hay otros problemas, como las suposiciones acerca de la teoría del valor trabajo y la información, o también, si es posible la agregación de preferencias individuales en una preferencia social. Como nueva ronda en el debate del cálculo económico, el ciber-comunismo merece toda la atención posible por parte de los economistas, concretamente, de los economistas austriacos. Esto quiere decir que serán necesarios trabajos posteriores, cuantos más mejor, que puedan analizar la propuesta ciber-comunista desde distintos puntos de vista.

Referencias

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La teoría del cierre categorial y la economía IV: Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

Mencionábamos en el anterior artículo un párrafo que, como un óvulo polifecundado, contiene ideas que luego se van a desarrollar luego completamente, y que están vinculadas unas a otras. De modo que lo vamos a citar de nuevo: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas”.

Más allá de que el materialismo entienda la idea del hombre, o no, lo pertinente aquí es que no se trata de cualquier materialismo, sino de este que se combina con el criterio de demarcación científica del cierre categorial. Un criterio que, a despecho de otros elementos, necesita categorías para construirse. Bien, cualquier ciencia, en cualquier sentido que le podamos dar al término, necesita de categorías. De otro modo no podría ni expresarse. A lo que me quiero referir es a que el materialismo de Gustavo Bueno y sus discípulos no buscan esas categorías en la acción del hombre.

Esto es lo que ha elaborado la Escuela Austríaca de economía, desde Menger. Actuar consiste en perseguir fines, y para ello recurre a medios. La consecución de los fines no es inmediata, por lo que la acción se desarrolla en el tiempo. Como la mente humana es creativa, tenemos la capacidad de proponernos nuevos fines más allá de lo que nos lo permiten los medios y el tiempo disponibles, de modo que se produce una escasez que es inerradicable. Como los medios son escasos, tenemos que elegir el curso de acción. Lo hacemos por aquéllos fines a los que otorgamos un mayor valor, que es la significación subjetiva que tienen para el actor. Ese valor que achacamos a los fines lo proyectamos sobre los medios. Como tenemos que descartar algunos fines, y estos también tienen un valor para nosotros, llamaremos coste al valor del fin descartado más apreciado. Acción, fin, medio, tiempo, escasez, valor, coste… Son categorías de la acción humana, a las que podríamos añadir otras: conocimiento, tecnología, incertidumbre, bien de capital, et al. 

El materialismo de Bueno no puede construir así la ciencia económica. Esas categorías no tienen una esencia material, sino puramente subjetiva. Es cierto que esas categorías, por medio de una de ellas, la acción, tiene implicaciones en el mundo y, por tanto, dejan una huella material. Eso es lo que parece interesarle a la escuela de Bueno. Y por eso el estudio del hombre es el de su huella, y en consecuencia el de su historia.

La Escuela Austríaca es dualista en el sentido hayekiano. Lo es necesariamente porque, aunque dentro hay posiciones filosóficas distintas, todos los autores reconocen un elemento esencialmente creativo en la mente humana. E incluso un autor que estudió en profundidad estas cuestiones, y que plantea una explicación de la mente en términos estrictamente materiales, como es Hayek, reconoce que nunca daremos con una explicación precisa de nuestras ideas en esos términos. 

Luis Carlos Martín evita todo esto. Nada de creatividad de la mente humana (todas nuestras acciones están determinadas, y no nos pertenecen; nos vienen dadas). Los individuos, no tenemos nada que decir ni sobre lo que decimos, porque nuestras acciones son espasmódicas, reacciones sin propósito ni voluntad propia, o acomodaciones a normas exteriores que nosotros no hemos diseñado. 

Insisto: dice en la página 130: “Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.

En su batalla contra el subjetivismo de la Escuela Austríaca, no deja prisioneros. Y hace bien, ya que ve en ella un inmenso error. Dice en la página 54: “Son las teorías subjetivistas del valor las que más confusión ofrecen. Por su metafísica mentalista reducen las categorías económicas a convenciones de los sujetos y toda la ciencia económica a juegos imaginativos. Anmarcocapitalistas que darán un nuevo auge a la praxeología de Mises, como Murray Rothbard; utilizan ‘experimentos mentales’ para entender un campo que se levanta desde el modelo de un Robinson que ahorra, representándose un fin mental que luego ejecuta”. Como cuando en Alicia se separan las partes del gato hasta quedarse en la sonrisa. 

Dice (página 55), que Ludwig von Mises es “tal vez del caso más desenfocado de la gnoseología económica, dado que el ‘individualismo metodológico’ como base del resto de ‘leyes económicas’ es justo el proceso contrario que sigue la cientificidad de una ciencia (pues sólo el grado en que se elimina a los individuos y sus operaciones del campo alcanza algún nivel de verdad). Tal ‘praxeología’ tendrá que anclarse a posiciones mentalistas del dinero que pese a su pretendida positividad le hacen perder de vista las unidades estatales monetarias”. 

Martín recoge, así, la misma posición que expresa Hayek sobre las leyes del mundo físico: Ahí la ciencia ha avanzado a medida que ha eliminado las observaciones subjetivas del hombre. La ciencia no exige que el científico diga que un cuerpo está caliente o frío, sino que recurre a un termómetro. Tampoco dice que un color es verde, sino que realiza una colorimetría con un instrumento (1). 

Lo que no advierte Martín, o más bien no comparte, es que como objeto de estudio, el hombre y el átomo, o el hombre y las placas tectónicas, ¡o el hombre y su cuerpo!, son objetos de estudio de naturaleza distinta. El propio Hayek reconoce que todo avance significativo en la ciencia económica procede del subjetivismo como método. Es más, y esto es fundamental para comprender las pretensiones de la escuela austríaca: a diferencia de la química o de la geología, en el caso de la economía como ciencia de la acción humana, el científico participa de la naturaleza del objeto de estudio. 

Por eso el economista sabe que el hombre tiene fines y acude a medios. Es más, no podría negarlos sin buscar un fin (negar la existencia de fines) ni acudir a un medio para lograrlo (expresar un conjunto de palabras).

Si el materialismo pudiera explicar nuestras acciones, todo lo que plantean los autores de la escuela austríaca sería farfolla. Pero el materialismo tiene el decoro de no intentarlo siquiera (2). Simplemente toma nota de sus huellas, forma categorías sobre su persistente pasado, e intenta construir desde ahí un edificio. 

Lo hace de forma arbitraria, lo cual le crea unos problemas enormes. El autor de El mito del capitalismo se ve obligado a luchar contra dos profesiones, economistas e historiadores, sobre la pertinencia de conceptos como dinero, mercado o comercio. Yo comprendo su desesperación, pero no veo cómo podría no caer en ella. 

Volviendo a las palabras de Martín, donde busca las categorías con las que elaborar una nueva teoría económica es en la historia. La escuela de Bueno le dedica una enorme atención a la historia, y es feraz en la creación de grandes interpretaciones del pasado humano. Son edificios atractivos, que nos ayudan a interpretar grandes procesos históricos, pero su construcción en ocasiones es forzada, y no logra levantarse sobre el suelo. Pero eso queda para un próximo artículo.

(1) Hayek, The Sensory Order. An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. University of Chicago Press, Chicago, 1976 (1952), pp 2-8.

(2) Ibid, pp 25-30 para un demoledor ataque al behaviourismo, que comparte un mismo fondo filosófico que el determinismo del comportamiento humano que aquí se observa.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

Cinco etapas en la historia de la Escuela Austríaca

La Escuela Austriaca de Economía parece estar ganando espacio en la opinión pública. Esta nota ofrece un repaso histórico para conocer sus etapas, identificar a los personajes más importantes de su historia, y conocer algunas de sus contribuciones al pensamiento económico. Cierre con una reflexión sobre el presente de esta tradición.

Primera etapa: La fundación (1871-1911)

La Escuela Austriaca se funda en 1871 con los Principios de Economía de Carl Menger, quien tuvo un importante debate con los historicistas alemanes pidiendo abandonar la búsqueda de regularidades y más bien buscando desarrollar leyes económicas de aplicación universal. También Menger fue crítico de la teoría del valor trabajo en la que se fundaba el pensamiento clásico, siendo parte de la revolución marginal.

Eugen Böhm Bawerk, por su parte, fue un estudioso de los aportes de Menger, pero llevó sus investigaciones más lejos, las que se pueden ver en su libro en tres tomos Capital e interés. Böhm Bawerk comprendió rápidamente que estas ideas podían utilizarse para mostrar las contradicciones del marxismo.

Segunda etapa: La consolidación (1912-1945)

En 1912 la Escuela Austriaca ingresa en su segunda etapa, la de consolidación. Allí aparecen los aportes de Ludwig von Mises, primero con su Teoría del dinero y del crédito, y luego con la conformación de un seminario privado donde forma importantes alumnos. En 1922 Mises publica Socialismo, un libro que anticipa el fracaso de este sistema alternativo.

Su más brillante discípulo, Friedrich Hayek es quien extiende las investigaciones de Mises. Sobre el socialismo, Hayek desarrolla su teoría del conocimiento; en la macroeconomía, agrega a la teoría austriaca del ciclo económico, una mayor profundización de la teoría del capital. Estas ideas resultan centrales en el debate de aquellos años sobre el cálculo económico frente a socialistas como Taylor y Lange, mientras que en el área macro, Hayek viaja a Londres para debatir con John Maynard Keynes y la Escuela de Cambridge.

Tercera etapa: El aislamiento (1945-1973)

Una sucesión de hechos rompe con el predominio de la Escuela Austriaca. 1. Los nazis atacan Viena y los miembros de la Escuela Austriaca deben dispersarse. Mises se establece aislado en Ginebra, mientras que Hayek lo hace en Londres. Poco tiempo después Mises tiene que abandonar Europa y toma un barco a Nueva York. Hayek poco tiempo después se establece en la Escuela de Chicago. 2. La economía se vuelve anglo-parlante en un momento en que todas las publicaciones austriacas estaban escritas en alemán. Mises y Hayek recién entonces empiezan a publicar sus contribuciones en inglés. 3. La economía también abandona la lógica verbal para fundarse en modelos matemáticos y de equilibrio que estaban muy lejos de la metodología austriaca. Destacados economistas mencionan lo difícil que era modelizar las ideas austriacas. 4. La revolución keynesiana genera un cambio ideológico que choca con ciertas ideas liberales austriacas.

En esta etapa de aislamiento, sin embargo, la Escuela Austriaca logra reconstruirse, de nuevo, sobre la base de los esfuerzos de Mises y Hayek. Mises publica en 1949 La Acción Humana, su Tratado de Economía, además de formar un nuevo seminario privado en la Universidad de Nueva York donde forma nuevos alumnos.

Cuarta etapa: El resurgimiento (1974-2000)

Con la estanflación de los años 1970, y siendo evidente el desenlace de la revolución keynesiana, la Escuela Austriaca logra su resurgimiento en paralelo con la contrarrevolución monetarista. La Academia Sueca advierte que Hayek había anticipado en los años 1930 los problemas de las políticas keynesianas y le otorga el Premio Nobel en 1974 por sus aportes a la teoría del capital y los ciclos económicos, y también por ofrecer un estudio multidisciplinar que enriquece los estudios económicos.

Un año antes, en 1973, el Institute for Human Studies organiza un seminario con la presencia de tres destacados autores austriacos: 1. Israel Kirzner, quien se doctoró bajo la tutela de Mises en Nueva York y desarrolló contribuciones a la empresarialidad; 2. Murray Rothbard, quien desarrolló un nuevo tratado de economía, una moderna explicación de lo ocurrido en la crisis del treinta y sus contribuciones a la ética de la libertad; 3. Ludwig Lachmann, quien amplió el estudio macro de Hayek conectando la teoría del capital con las expectativas subjetivas y nuevos aportes a los ciclos económicos.

Quinta etapa: Las oportunidades de la especialización (2000-hoy)

En el año 2000 la Escuela Austriaca entra en su quinta etapa, con oportunidades para la especialización. Fritz Machlup, o en Argentina Gabriel Zanotti ofrecen contribuciones con una nueva metodología para la economía política; Peter Klein y Nicolai Foss ofrecen aportes a la microeconomía que extienden los aportes de Kirzner sobre el proceso de mercado y desarrollan una nueva teoría austriaca de la empresa. Juan Sebastián Landoni es en Argentina el especialista en la materia; Peter Lewin amplía los aportes de Hayek sobre la teoría austriaca del capital, ofreciendo sus aportes a una teoría del capital en desequilibrio. El economista argentino Nicolás Cachanosky ha escrito trabajos en coautoría con Lewin en esta materia. Steven Horwitz ofrece contribuciones a los microfundamentos de la macroeconomía. Roger Garrison desarrolló aportes a la macroeconomía basada en el capital, la que se enfrenta a los modelos keynesianos, monetaristas e incluso a la nueva macroeconomía clásica. Aun en el área de pobreza y desigualdad, pueden verse los trabajos de William Easterly, consistentes con la línea austriaca, colocando a Hayek como un experto. Lo cierto es que cualquiera sea el área en la que los austriacos se introducen sus aportes parecen ser novedosos y reciben espacio en las revistas especializadas.

La Escuela Austriaca, sus compañeros de camino, y el ‘mainline economics’

La Escuela Austriaca, sin embargo, parece haber muerto, al menos en la forma en que existía décadas atrás. Ya no existe como un movimiento independiente en el que han contribuido Mises y Hayek y se enfrenta al resto de la profesión. Más bien, a partir del aporte de Peter Boettke, profesor en la George Mason University, los austriacos modernos comprendieron que pueden dialogar con otros teóricos de la economía y presentar un todo coherente para enfrentar a la economía neoclásica y sus modelos de estáticos de equilibrio.

¿Quiénes serían entonces estos compañeros de camino? Varios premios Nobel que por sus aportes multidisciplinares consistentes con la línea Hayek han ampliado los conocimientos de la nueva economía. Nos referimos a James M. Buchanan y la Escuela de la Elección Pública, quien junto a Gorgon Tullock y Jeffrey Brennan, entre otros, estudian la conexión entre la economía y la política; Ronald Coase y el análisis económico del derecho; Douglass North y la Nueva Economía Institucional; Elinor Ostrom y la Escuela de Bloomington; Vernon Smith y la economía experimental, que integra la economía con la psicología.

El ‘mainline economics’ es entonces la nueva economía de la que participa la Escuela Austriaca y que se propone hoy como un nuevo paradigma para dar respuestas a los problemas de siempre.

Es en este marco que la Argentina parece estar siguiendo un patrón a nivel mundial en defensa de la propiedad privada, la libertad individual, la economía de libre mercado y el gobierno limitado. Esta nueva manera de ver la economía enfrentará en lo que viene a las distintas formas de la economía dirigida, tanto socialista como intervencionista y populista.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LXI: Afganistán

Al viejo Murray Rothbard le gustaba mucho analizar las descomposiciones de estados. Esto es el proceso en que rápidamente se disuelven y quedan en nada. Es un proceso que normalmente acontece cuando está próxima la derrota frente a algún enemigo, interno o externo, y acostumbra a durar muy poco tiempo; el que tarda el rival en hacerse cargo del poder. Pero este proceso de descomposición se da antes de que exista un nuevo poder, por eso eso le era de tanto interés. Su análisis de la descomposición del gobierno de Vietnam del Sur antes de su control por los comunistas y la retirada de las últimas tropas norteamericanas sigue siendo de gran interés para entender el fenómeno del poder estatal. Por desgracia ya no está Rothbard entre nosotros para intentar explicar el fenómeno de la toma del poder por los Taliban, que sin duda le hubiese interesado mucho.

En efecto es un tema muy interesante. Pensemos en propio origen del grupo, que muestra muchas analogías con las teorías sociológicas del origen del Estado. Según relatan los historiadores de los Taliban, como Ahmed Rashid,  este movimiento nació de un profesor de religión islámica de la escuela Deobandi que, alterado por la falta de orden derivada de las guerras civiles que siguieron al abandono de los soviéticos, convenció a un grupo de sus alumnos para formar un grupo armado que protegiese a sus convencinos. De ahí el nombre de Taliban o estudiantes. Obviamente, y dado el tipo de educación que recibían, podíamos decir que seguían un Islam bastante ortodoxo, pero que no difería mucho en sus costumbres del practicado por sus vecinos pashtunes, tribu esta con merecida fama de ultraconservadora en la moral y en el tratamiento de las mujeres.

Pero como vemos nacen en anarquía bajo el liderazgo de un carismático líder y profesor. Estos estudiantes, animados por la cultura guerrera pashtun y movidos de celo religioso pelearon bien y pronto se hicieron un nombre entre los distintos grupos combatientes del Afganistan de finales del siglo XX. Este prestigio les hizo en primer lugar atractivos para muchos otros combatientes desencantados de sus propios ejércitos tribales y muy popular en muchos sectores rurales del Afganistán profundo, descontentos del gobierno central, de orientación soviética pero ya no apoyado militarmente por la extinta URSS.

Esta capacidad de organización y combate llamó la atención de Benazir Bhutto, a la a sazón primera ministra de Pakistán, quien ordenó a sus servicios de inteligencia que financiasen y armasen a este grupo. Aquí me gustaría hacer un inciso. Sé que se podría argumentar que los Taliban son fruto de las operaciones de inteligencia de otras potencias, y que son estas las que organizan al grupo, que surgiría así fruto de una decisión estatal.

No lo entiendo correcto porque el grupo ya existía antes del apoyo estatal, y porque si esto fuese tan fácil no se porqué las potencias que operaron históricamente en el Afganistán no optaron por la solución de armar sus propios insurgentes en vez de combatir directamente. Será probablemente porque no baste con armar un grupo para que este sea operativo, como muy bien se vió en el caso del ejército regular que se desbandó sin luchar a pesar de estar bien armado y entrenado. Cualquier grupo armado necesita algún tipo de cohesión, sea esta ideológica o religiosa, sea una muy elevada disciplina o organización, conseguida a través de algún sentimiento de honor o reputación profesional. Esta cohesión interna del grupo es especialmente relevante que se dé en el seno de sus dirigentes, pues son ellos los que constituyen el grupo que después se constituirá en Estado. En la tropa también es importante, pues da buena moral de combate, pero por lo menos en la teoría podría ser sustituida por disciplina o interés económico.

Una vez constituido como grupo militar bien organizado, buscó establecer alianzas. No sólo las estableció con otros Estados, sino también con particulares ricos o resultado del tributo cobrado en las tierras que fueron ocupando. Pronto fueron capaces de imponerse a buena parte de los grupos que combatían con fines semejantes en el territorio afgano, hasta que lograron conquistar Kabul.

Es curioso porque en nuestro imaginario estatal un país cae o se instaura un nuevo estado cuando su capital es dominada. En el caso de los primitivos Talibán, estos la conquistaron pero no pudieron hacerlo con amplias porciones del territorio, que estaban bajo la férula del más prooccidental Frente del Norte. Estos habían mostrado gran capacidad de resistencia primero durante la invasión soviética y segundo frente a los Taliban y otras bandas semejantes.  De hecho el ejército norteamericano, al invadir el país, delegó en ellos buena parte de las operaciones de combate y fueron ellos los que consiguieron expulsar a los Taliban de buena parte de los lugares que estos controlaban.

El error consistió en hacerlos formar parte del nuevo gobierno establecido tras la toma del control de país. Al estar estos asociados al invasor y a las prácticas corruptas y extorsiones del nuevo gobierno “democrático” y proocidental, perdieron la legitimidad de la que disfrutaban entre numerosos sectores de la sociedad afgana. Ante muchos afganos aparecían como una suerte de lacayos del imperialismo norteamericano, y quedaron en una situación muy delicada. De ahí que no hayan sido capaces de oponer esta vez na resistencia seria al ejercito Talibán y que esta vez la conquista no sólo les haya resultado más fácil sino que esta ha sido de la práctica totalidad del territorio afgano. Por no hablar del comportamiento del gobierno prooccidental, que se comportó al parecer, como lo hacen muchos gobiernos de la zona, malgastando el dinero en proyectos absurdos que en muchos casos sólo servían a los intereses corruptos de sus dirigentes. La imagen del último presidente escapando en helicóptero con maletas llenas de billetes de dólar no parece ser muy edificante para la sociedad ni parece ser un modelo de lo que significa la democracia para sus sufridos habitantes.

 La segunda lección que se podría extraer es la de la caída del régimen respaldado por las fuerzas occidentales. Este estaba bien armado con un ejército profesionalizado y entrenado por ejércitos de gran nivel. Contaba con aparente legitimidad interna y sobre todo externa, al ser reconocido por la gran mayoría de los países del mundo. El régimen títere que habían dejado los soviéticos, al retirarse, aún aguantó cinco o seis años antes de colapsar frente a los Taliban, y aún así estos sólo consiguieron dominar parcialmente el territorio. Sólo puede explicarse por la descompocición de su clase dirigente, que bien escapó o bien pacto con los que presumían iban a ser los nuevos gobernantes.

Como ya apuntamos muchas veces los Estados funcionan en anarquía y no existen relaciones de poder estricto en su propio seno. Están unidos y cohesionados por intereses económicos, por ideologías fuertes o, lo más frecuente, por ambas cosas a la vez. Los gobernantes no pueden ejercer el dominio por la fuerza sobre sus propios miembros. Esto es existe un núcleo irreductible que tiene que estar unido al gobernante por lazos distintos de los de la fuerza. Los autócratas deben poder dormir tranquilos sin que nadie pretenda asesinarlos mientras duermen o estén solos o en situación de inferioridad física. Si esta lealtad mutua entre los dirigentes se rompe, el Estado literalmente se disuelve antes de que otro grupo organizado ocupe su lugar.

Como esto ocurre al poco tiempo de la disolución, lo más frecuente es que no reparemos en este hecho. El viejo Estado ya está disuelto y en desbandada antes de que otro ocupe el poder. Esto fue lo que aconteció en Afganistan. Cuando los Taliban ocupan las grandes ciudades, y sobre todo la simbólica capital, ya no existe Estado digno de tal nombre. Cuando llegan a Kabul, los principales jerarcas ya la habían abandonado unas horas antes. La falta de fé en la victoria y la carencia de una ideología que los mueva a resistir ya habían hecho su trabajo antes de la llegada de los nuevos ocupantes. La cohesión de los Estados que, como no nos cansamos de recordar, son anárquicos internamente, es más psicológica que basada en medios de fuerza. Y cualquier Estado precisa de un mínimo de lealtad y solidaridad no basada en la fuerza para poder ejercer su función de dominio sobre la sociedad. Que un Estado es un grupo de personas superestratificado sobre el conjunto de la población creo que aquí y en el caso de los talibán, nuevo grupo, puede verse perfectamente.

La tercera lección tiene que ver con el intervencionismo y con cómo las pretensiones de ordenar la “anarquía” social con medios violentos tiene pocos visos de prosperar. Muchos liberales, y por eso lo son, entienden perfectamente las consecuencias que tiene el intervencionismo estatal sobre el discurrir de la vida económica y social, y cómo en muchas ocasiones no sólo no consiguen sus objetivos sino que traen consigo consecuencias no previstas sobre esos mismos ámbitos o  sobre terceros que no tienen nada que ver sobre el aspecto objeto de la intervención.

Es el caso de las regulaciones laborales o los controles de precios, por ejemplo. Cualquiera que haya leído la Critica del Intervencionismo de Von Mises o La economía en una lección de Henry Hazlitt  o el mítico Poder y ley económica de Eugen von Bohm-Bawerk es consciente de que el uso del poder no puede derrotar a la ley económica. Y que la práctica totalidad de las intervenciones, si no son fútiles, son dañinas o agravan lo que pretendían remediar. Esto es regular el precio de la patata provocará escasez, mercados negros o un deterioro de la calidad de las patatas ofrecidas a la venta.

Que las intervenciones en política exterior son caso análogo, y probablemente ampliado para mal, de las intervenciones exteriores es algo que muchos liberales se niegan a ver. Y no entiendo los motivos. Dejando aparte el caso de las guerras convencionales, de defensa del propio territorio, las intervenciones en el exterior sin agresión previa directa de otra entidad estatal no suelen traer buenos resultados y más si la intervención se amplia hasta el extremo de constituir un proceso de nation building que implica remodelar no sólo las instituciones sino las propias costumbres y tradiciones de la población.

Si bien no se puede negar el papel que el uso de la fuerza puede influir en el cambio social y político lo es de manera limitada y siempre y cuando exista cierta similitud de costumbres o una experiencia previa extendida a ciertos grupos de población. El caso de la desnazificación alemana es un buen ejemplo. La población alemana contaba con una larga experiencia en elecciones y en hábitos parlamentarios previa al nazismo. Buena parte de su población estaba educada en valores democráticos y existía un elevado nivel de educación en los valores culturales y políticos propios de los países occidentales. Además, la experiencia del nazismo duró sólo doce años y los resultados fueron catastróficos. Y aún teniendo éxito el esfuerzo fue muy grande y se tardó cierto tiempo en conseguir los objetivos.

Un país como Afganistán no tenía experiencia consolidada de participación demócratica y sus costumbres y valores sociales son muy distintas de las de las potencias ocupantes. Buena parte de la población de allá con certeza no entiende los principios que se le quieren imponer pues estos requieren de cierta experiencia histórica y por tanto lo más probable es que no sólo no los acepte sino que los rechaze con fuerza, al percibirlos como una imposición extranjera. Antes de querer cambiar sus costumbres deben entender las razones por las que deben hacerlo, algo que nosotros podemos tener muy claro pero ellos no.

Por otra parte la democratización o occidentalización de un país implicaría no sólo un número enorme de intervenciones, sino saber cuales de entre ellas son las más relevantes. La democracia requiere de derechos de propiedad, cierto nivel de renta, educación política, costumbres de resolver pacíficamente los conflictos y cierto grado de individualismo que una sociedad aún tribal no posee. Si el voto no es individual sino que todos los miembros de un clan votan al del suyo la democracia no es una forma pacífica de optar entre opciones o programas sino una imposición de los clanes mayoritarios sobre los minoritarios. 

En mi ciudad aún se celebra el día en que expulsamos a tiros a los franceses que quisieron democratizarnos y modernizarnos siguiendo a Napoleón. No dudo que e Código civil y la Constitución republicana fuesen elementos de “progreso” en aquella época pero a a mis convecinos no les convencieron las formas y los echaron fuera, y eso que se parecía más a nosostros que los afganos. A veces hay que aplicar las ideas de Hayek sobre “La fatal arrogancia” al ámbito de la política exterior y ser un poco más humildes en nuestro fatal y arrogante constructivismo.

La teoría del cierre categorial y la economía (II): Monismo, dualismo y pluralismo

Una de las críticas que me veo obligada a hacer a Luis Carlos Martín Jiménez en su libro El mito del capitalismo es que no haya expuesto la teoría de la demarcación científica de Gustavo Bueno, para a continuación repasar aunque fuera someramente las principales ideas sobre cuál es el papel de la economía en la ciencia, y comenzar, de inmediato, con lo que es en su libro la primera página. Lo primero lo da por sabido, lo cual me hace pensar que es un libro de consumo interno dentro de la comunidad buenista. Pero creo que facilitaría que se entendiese mejor dentro del ámbito de la teoría económica. Por mi parte, he intentado formular, seguro que con escaso éxito, una descripción de la teoría de demarcación científica del cierre categorial, que podrá servir al menos para comprender los siguientes artículos. 

Una vez dado ese paso, el siguiente creo que es el debate monismo-dualismo. Gustavo Bueno, y su escuela, es materialista. El materialismo de Bueno es una proposición negativa sobre la realidad: La negación de que existen sustancias espirituales. Y, por ser más precisos y por citar al propio autor, lo que él defiende es lo que sigue: “El materialismo, en general, podría definirse como la negación de la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas”.

Esta postura lleva naturalmente al monismo, es decir, a la posición filosófica de retrotraer todos los fenómenos, y también el pensamiento humano, a un único principio, que es el material. Gustavo Bueno, sin embargo, no es monista. Lo cierto es que el materialismo así entendido conduce a desesperantes caminos sin salida, y quizás Bueno fuera consciente de ello. Y por eso él es materialista pluralista. Sólo queda saber qué quiere decir eso.

El materialismo monista lo reduce todo a un único principio, que es el material. O, digamos, el corpóreo. Bueno propone un materialismo pluralista basándose en la constatación de que hay realidades materiales que no son corpóreas. La distancia entre A y B, por ejemplo. O las ondas electromagnéticas. 

Aunque ampliásemos el concepto de materia para incluir todas esas realidades no corpóreas, el materialismo de Bueno sigue siendo pluralista. Y para entenderlo, tenemos que recurrir al concepto de symploké. El symploké es un principio por el cual los fenómenos del mundo están relacionados entre sí, pero no de una forma contínua y total, sino discontinua y parcial. Esto lleva a negar la posibilidad de dar una explicación única a todos los fenómenos del mundo. No es monista, tampoco reduce los fenómenos a dos principios (cuerpo-alma o materia-Dios), por lo que es pluralista. Ese pluralismo conduce a la necesidad de cohonestar en un cuerpo teórico aspectos relacionados, pero no por completo, de la realidad. Y es aquí donde se hace necesario un cierre categorial.

Pero vamos al curso que le da Martín Jiménez a esas ideas. Martín entiende que la libertad es, en realidad, libre albedrío. Y que el libre albedrío es la consecuencia lógica del dualismo. Ese dualismo proclama que el determinismo de la materia no afecta al pensamiento, porque éste responde a un principio propio; al alma. 

Dice Luis Carlos Martín (p130): “Desde el materialismo filosófico no aceptamos la idea del yo libre como fundamento actual o futuro de la política o de los mercados, porque si el libre arbitrio es un concepto incompatible con el determinismo materialista, entonces la libertad económica no podrá hacerse consistir en la libertad individual de elección en el mercado, sino en la realidad del mercado pletórico mismo, que hace posible la formación de elecciones determinadas”.

En este punto es necesario recurrir a Friedrich A. Hayek. No por su definición de coacción, que es insuficiente, sino porque por un lado es indudable que fue un defensor de la libertad en términos amplios, y también de la libertad económica, pero por otro lado tiene una obra sobre el origen de las ideas que hace referencia precisamente a estas cuestiones. Me refiero, claro está, a El orden sensorial

Hayek explica la mente como un orden, como un conjunto de relaciones dentro del cuerpo humano, cuya estructura se corresponde de algún modo con la del mundo exterior. La función de la mente no es tener un conocimiento exhaustivo de ese mundo, sino permitir al sujeto, y a la especie, reaccionar de manera adecuada a los fenómenos externos; también a la interacción con otros sujetos. Del mismo modo, ese conjunto de relaciones, ese orden, es el que nos permite ver y entender el mundo, de tal modo que “La tesis central de la teoría que aquí se expone es que no sólo una parte, sino todo el conjunto de las cualidades sensoriales es, en este sentido, una ‘interpretación’ basada en la experiencia del individuo o de la especie”. En otra ocasión iré a la relación entre estas ideas de Hayek y las de Immanuel Kant. 

De modo que Hayek no plantea la existencia de de una sustancia que sea el pensamiento. Es más, la critica en su libro: “Las teorías dualistas son producto de la costumbre, adquirida por el hombre en su más primitiva observación de la naturaleza, de suponer que en todos los casos en que ha podido observar un proceso específico y distinto, éste tiene que deberse a la presencia de una correspondente sustancia, específica y distinta”. Pero considera que “concebir la mente como una sustancia significa atribuir a los acontecimientos mentales ciertos atributos de cuya existencia no tenemos prueba alguna, y que postulamos únicamente basándonos en la analogía con lo que sabemos de los fenómenos materiales”. 

Pero negar el dualismo, una posición que concuerda con su filosofía de la mente, no le impide hacer esta consideración: “Mientras que nuestra teoría nos lleva a negar cualquier dualismo en las fuerzas que rigen los ámbitos de la mente y del mundo físico, respectivamente, al mismo tiempo nos fuerza a reconocer que, a efectos prácticos, siempre habremos de adoptar un punto de vista dualista”. 

¿Por qué? Porque no podemos dar una explicación material específica a las ideas específicas (Mises, 1949). O, como dice Hayek, “cualquier explicación de los fenómenos mentales que podamos esperar conseguir alguna vez no podría ser suficiente para unificar todo nuestro conocimiento, en el sentido de que fuéramos capaces de sustituir enunciados sobre acontecimientos físicos concretos (o clases de acontecimientos) por enunciados sobre acontecimientos mentales, sin cambiar así el significado del enunciado”. Es decir, que “nunca seremos capaces de salvar la distancia entre los fenómenos físicos y los mentales; y a efectos prácticos, incluido el procedimiento apropiado para las ciencias sociales, hablaremos de contentarnos permanentemente con una visión dualista del mundo”. De modo que nos quedamos con el dualismo como posición permanentemente provisional.

Dualismo significa aquí no que haya una sustancia espiritual, sino simplemente que nunca podremos llegar a conocer cómo se forman las ideas de modo específico, y por tanto tenemos que actuar como si el mundo fenomenológico no estuviese causado por fenómenos estrictamente materiales. Es decir, que la teoría de Hayek restituye el principio del libre albedrío, al menos a efectos prácticos.

Vamos ahora a la crítica a las palabras de Luis Carlos Martín. La libertad no exige el libre albedrío. La libertad, en términos políticos, lo que exige es la ausencia del uso, o la amenaza del uso, de la violencia física. La libertad política no se refiere ni a la explicación del origen de las ideas, ni a fenómenos psicológicos, ni a la fortaleza del carácter o al número de opciones que se encuentre uno en su camino. Se refiere a la capacidad de someter la voluntad de otro a la propia, por medio de la violencia física. 

El elemento de la violencia física es muy importante, pues independientemente de la posición filosófica que uno asuma, el cuerpo es propio de cada persona. Y el daño físico sobre él es un medio que puede resultar muy eficaz a la hora de torcer su voluntad, y someterla a la de otra persona. Además, ese daño es delimitable e identificable, mientras que la mera capacidad de convencer a la otra persona no supone un menoscabo de su libertad. Es más, cambiar de parecer sin una amenaza física forma parte de la misma. En este punto, ningún materialismo puede desmentir la idea liberal de libertad, pues lo que la define es uso del elemento material de la persona

Ahora podemos volver sobre las palabras de Martín con algún escepticismo. En la página anterior a la citada, incide el autor sobre la idea de libertad como fundamento de la economía de mercado. Y la niega; lo hace en nombre del determinismo: “El colmo de la ‘idiotez’ (de idiocia) será atribuir la decisión libre al sujeto, ya sea por su juicio (una vez que se atreve a pensar), ya porque ‘haga lo que le dé la gana’, donde ganas y gustos están absolutamente determinados y no se eligen; le vienen a cada cual dados y tiene que asumirlos como pueda”. Defender lo contrario es la “apoteosis de la defensa de las cadenas que expresa el fundamentalismo democrático y el fundamentalismo de mercado; a saber, la idea del sujeto que basa sus decisiones en una voluntad y un entendimiento propio y libre”. 

Ya hemos visto que podríamos ser materialistas monistas y deterministas, y ello no afectaría a nuestra libertad política, por el simple hecho de que no podemos conocer qué es lo que determina exactamente nuestras ideas, y a efectos prácticos es como si no estuviesen determinadas. Dada esa ignorancia, podríamos decir que un daimón, una fuerza insondable y externa, guía nuestras decisiones. Nada de ello afecta al principio de la libertad política (ausencia de coacción).

Serie La teoría del cierre categorial y la economía.

I El cierre categorial

Lakatos, Hayek y Menger

Entre los filósofos de la ciencia más conocidos del siglo XX destacan autores como Karl Popper, Thomas Kuhn, Paul Feyerabend o Mario Bunge. Entre ellos también se encuentra Imre Lakatos, que es conocido por sus programas de investigación científica (Lakatos 1999). Aunque en origen Lakatos se adscribe a la escuela popperiana del falsacionismo, que es alternativa al empirismo lógico positivista del Circulo de Viena, con el tiempo se vuelve crítico de este falsacionismo popperiano, al que tilda de ingenuo, y propone un falsacionismo sofisticado.

Para Lakatos, el falsacionismo original de Popper (2002) no tiene en cuenta la historia de la filosofía de la ciencia, con lo que no termina de ser correcto para analizarla y explicarla. Alguno de los fallos que encuentra, por ejemplo, es que muchas teorías históricamente ya nacieron refutadas, como la teoría de gravitación de Newton, que originariamente apareció con anomalías teóricas que no impidieron su difusión y establecimiento como idea paradigmática. Desde el falsacionismo ingenuo más estricto, es inconcebible que tal teoría pudiese haber triunfado, pues debería haber sido falsada en su propio origen. Esta idea de introducir un análisis histórico, cultural o sociológico, más allá del puramente lógico, se debe a la influencia de Thomas Kuhn y su idea de paradigma científico (Kuhn 1970), aunque también sea objeto de crítica por parte de Lakatos.

Como alternativa, el falsacionismo más sofisticado plantea que la ciencia funciona en base a programas de investigación científica, algo parecido a lo que se entiende por paradigma. Según Lakatos, la ciencia no analiza teorías aisladas en exclusivo, sino conjuntos de teorías. De esta manera, los programas de investigación son alternativos; unos chocan con otros. Al final, son rechazados aquellos que proveen una explicación más pobre que otro sustituto con un poder de explicación superior, que es capaz de explicar de manera más completa la realidad y evidenciarla. Entonces, podemos encontrar programas de investigación progresivos, que están en auge, y degenerativos, que empiezan a estancarse porque producen explicaciones insuficientes. Así es el funcionamiento de la ciencia para Lakatos.

Concretamente, eso que Lakatos llama programa de investigación científica tiene una estructura compuesta de un núcleo firme y un cinturón protector. El primero contiene proposiciones irrefutables, que se asumen universales y necesarias, y que no pueden ser contrastadas mediante la evidencia empírica. Sobre este núcleo se sustentan el resto de teorías que, por el contrario, si están sujetas a evidencia, siendo así hipótesis auxiliares. Estas hipótesis auxiliares conforman el cinturón protector, que rodea y se sostiene en el núcleo firme. A su vez, existen heurísticos, positivas y negativos, que son métodos que nos permiten operar con las proposiciones que se establecen tanto en el núcleo duro como en el cinturón protector.

Esta sería, de manera muy breve y esquemática, la teoría de Imre Lakatos. En este artículo vamos a analizar precisamente la idea de programa de investigación científica y su estructura desde una perspectiva austriaca, por lo que será interesante recordar su composición de ahora en adelante.

Lakatos y la Escuela Austriaca

Debido a la relevancia de la teoría de Lakatos, esta también ha sido objeto de análisis por pensadores de la Escuela Austriaca (Rizzo 1982; Zanotti 2013; Zanotti and Cachanosky 2015). De ellas me gustaría destacar la de Gabriel Zanotti.

En Caminos abiertos (2013), Zanotti plantea una reestructuración de toda la metodología de la Escuela Austriaca, presentándola como un programa de investigación científica (ver Moreno (2020) para una breve explicación de la propuesta de Zanotti). El núcleo central de este programa de investigación realista está representado por la praxeología, mientras que el cinturón protector estaría conformado por hipótesis auxiliares como: maximización monetaria, alertness, división del trabajo, coordinación social, instituciones, etc. Este cinturón protector está lleno de teorías empíricas, falsables, que tratan en muchos casos de órdenes espontáneos. En este caso, con el objetivo de tenerlo más claro para este artículo, permítanme exponerlo de la siguiente manera: el núcleo duro es la metodología de Mises, praxeológica, y el cinturón protector es la metodología de Hayek, estudio empírico de órdenes espontáneos.

Recordemos que la metodología apriorista de Mises rechaza la verificación empírica y entiende que la teoría es válida sin necesidad de contrastación. Además, adquiere un carácter de universal y necesario, por lo que las proposiciones son independientes de tiempo y espacio. Esto es compatible con la idea de núcleo firme. Por el contrario, Hayek está abierto a la observación empírica. Tras Economics and Knowledge (1937), Hayek entiende que la economía es una ciencia empírica puesto que la lógica de la elección o praxeología no puede explicar por sí sola la coordinación entre los individuos. Así, Hayek se acerca al falsacionismo de Popper en obras posteriores (Caldwell 2004). Esto es consistente con la idea de cinturón protector.

Volviendo a la propuesta de Zanotti, hemos de decir que a priori parece una reconstrucción bastante lógica. Sin duda alguna, lo es. Además, está fundamentada epistemológicamente de forma brillante por el autor. Sin embargo, tras leer algunos trabajos de Hayek sobre teoría de complejidad (Hayek 1967), que es una sofisticación epistemológica de su idea de órdenes espontáneos, salta ante mí una aparente contradicción que tiene que ver con la idea de contrastación de hipótesis que, en paralelo, afecta también a la conceptualización de cinturón protector de Lakatos. Veámoslo a continuación.

Complejidad, Hayek, Menger y el método analítico-compositivo

En su teoría sobre los fenómenos complejos, Hayek (1967) trata las implicaciones que una concepción compleja de la realidad tienen para la explicación científica. De esta forma, afirma que, a medida que entramos en el campo de los fenómenos complejos, el grado de falsabilidad necesariamente decrece. Esto se debe a que, según sea más complejo el fenómeno, más abstracta y general será su explicación. Puesto en términos matemáticos, como dice Hayek, la explicación de un fenómeno complejo permanece en su forma algebraica; los parámetros no pueden sustituirse por valores concretos. En ese sentido, al tratar enunciados generales y abstractos, estos pasan a tener poco contenido empírico (Popper 2002), puesto que son capaces de predecir solo características generales compatibles con una gran cantidad de circunstancias particulares. En este caso, el rango de fenómenos compatibles con una teoría será muy amplio, mientras que la posibilidad de falsarlo será pequeña.

La principal conclusión de lo que acabamos de mencionar es que cuanto más complejos son los fenómenos que explicamos, menor es la posibilidad de falsación de esa teoría. ¿Cómo afecta esto a la filosofía de Lakatos? Veámoslo a continuación.

Sabemos por Gabriel Zanotti que el cinturón protector lakatosiano se puede identificar con la metodología de Hayek. Una metodología más empirista, incluso falsacionista, que se posiciona a favor del método hipotético deductivo y de la inclusión de conjeturas. Como ya hemos dicho, el cinturón protector está lleno de hipótesis auxiliares que son falsables. Sin embargo, la metodología de Hayek, como acabamos de ver, aspira a la comprensión de fenómenos complejos. Para él, una vez que asumimos la interacción entre individuos y el estudio de la coordinación, entramos en el terreno de lo empírico y, al mismo tiempo, en el campo de lo complejo, de los órdenes espontáneos. En este sentido, a la luz de la teoría de Hayek, lo que me parece contradictorio es que el cinturón protector lakatosiano se asuma falsable cuando precisamente trata fenómenos complejos. Lo que de la teoría hayekiana se desprende es que, en realidad, el cinturón protector no es falsable en la medida en la que se conforma de teorías sobre fenómenos complejos.

Esto no es una crítica completa a la teoría de Lakatos. Más bien, estamos añadiendo un pequeño matiz. El problema aquí no se encuentra en el empirismo de Lakatos o Hayek, sino en la idea de verificación o falsación. El principio de verificación/falsación tiene grandes problemas lógicos como no ser un principio propiamente verificable o falsable (Gordon 1993). Además, como acabamos de ver, el principio parece descartado en tanto que asumimos la complejidad de la realidad. Este método de verificación/falsación se deriva de entender la realidad de forma simple y estática. Surge de la dicotomía positivista entre apriorismo y empirismo, lo analítico y sintético, realidad y tautología. En realidad, la teoría no es contrastable, sino aplicable (White 1985). Las teorías aplican en un momento determinado para explicar una realidad. Esto implica que la teoría puede ser contingente, es decir, que opera solo en determinadas circunstancias. Y es que, realmente, la dicotomía más importante a nivel epistemológico es la de necesidad/contingencia. Una teoría puede ser universal y necesaria, es decir, aplicar en todo momento y circunstancia, o puede no hacerlo y aplicar en determinados casos, por lo que será contingente. En ese sentido, el núcleo firme, representado por la praxeología en el caso de la Escuela Austriaca, se compone de proposiciones universales y necesarias. Como tal, al asumir que son proposiciones que se cumplen siempre, resulta inútil verificarlas. Por otro lado, el cinturón protector lo conforman teorías contingentes, que aplican en determinadas circunstancias. Entonces, la labor del científico no sería verificar o falsar estas teorías complejas, puesto que no se puede, sino comprobar si estas teorías del cinturón protector se corresponden con la realidad y aplican a ella, cubriendo así el hueco entre teoría e historia, para lo que seguramente tendría que recurrir a la hermenéutica: la interpretación de la historia desde la teoría (Mises 2007; Selgin 1990).

Este matiz a la teoría de Lakatos, que consiste simplemente en eliminar el falsacionismo para introducir al aplicabilidad de la teoría, puede entenderse mucho mejor desde la metodología de Menger. Las ciencias teóricas de Menger se dividen en una orientación exacta y otra empírico-realista. La primera trata fenómenos estrictos, universales y necesarios. Él mismo especifica que son fenómenos simples que ocurren siempre, de manera atomística. Por su parte, la orientación empírico-realista comprende los fenómenos en toda su complejidad y realidad, siendo estos contingentes y no estrictos ni atomísticos. Ambas orientaciones son fundamentales para conseguir una explicación completa de la realidad. De esta manera, el método que une ambas orientaciones es el que se denomina analítico-compositivo. Al final, este consiste en entender los fenómenos complejos y reales desde su formación y emergencia a través de las interacciones individuales de los agentes. En ese sentido, es un método que va de lo individual, atomista y universal, a lo complejo y realista que es resultado de la interacción humana entendida en un orden espontáneo.

Esta metodología es compatible con Lakatos. Si nos fijamos, la orientación exacta representa el núcleo firme, mientras que la empírico-realista representa el cinturón protector. Además, ya incluye también el análisis de fenómenos complejos en la orientación empírico-realista, implicando el matiz sobre la cuestión de la falsabilidad resaltada por Hayek. Esta orientación también se compone de teorías contingentes. Es más, Menger introduce el método analítico-compositivo, que se puede entender como un heurístico para ir de lo exacto a lo empírico-realista, de lo simple a lo complejo, en definitiva, del núcleo firme al cinturón protector y viceversa. Con ello, aquí podríamos incluso encontrar una aportación de Menger a la metodología de Lakatos. Entonces, en este punto, cabe hacerse varias preguntas: ¿puede la metodología de Menger entenderse al completo como un programa de investigación científica? Es más, ¿pudo concebir Menger un programa de investigación científica en términos metodológicos antes que Lakatos? Sería interesante que las respuestas a estas preguntas pudieran desarrollarse en futuros trabajos académicos. Por el momento, solo hemos esbozado un pequeño matiz; a saber, que la idea de falsabilidad en el cinturón protector de Lakatos es contradictoria a la luz de una compresión compleja de la realidad.

Referencias

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Gordon, David. 1993. The Philosophical Origins of Austrian Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Hayek, Friedrich August. 1937. “Economics and Knowledge.” Economica 4 (13): 33–54. https://doi.org/10.2307/2548786.

———. 1967. “The Theory of Complex Phenomena.” In Studies in Philosophy, Politics and Economics, 22–42. London: Routledge & Kegan Paul.

Kuhn, Thomas S. 1970. The Structure of Scientific Revolutions. Chicago: University of Chicago Press.

Lakatos, Imre. 1999. The Methodology of Scientific Research Programmes. Edited by J. Worral and G. Currie. Volume I. Cambridge: Cambridge University Press.

Mises, Ludwig von. 2007. Theory and History: An Interpretation of Social and Economic Evolution. 3rd ed. Auburn: Ludwig von Mises Institute. www.mises.org.

Moreno, Vicente. 2020. “Caminos Abiertos.” Instituto Juan de Mariana. September 22, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/caminos-abiertos/.

Popper, Karl. 2002. The Logic of Scientific Discovery. London and New York: Routledge.

Rizzo, Mario J. 1982. “Mises and Lakatos : A Reformulation of Austrian Methodology.” In Method, Process, and Austrian Economics : Essays in Honor of Ludwig von Mises, edited by Israel M. Kirzner, 53–74. Toronto: D.C. Heath and Company.

Selgin, George A. 1990. Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

White, Lawrence H. 1985. “Introduction to the New York University Press Edition.” In Investigations into the Method of the Social Sciences with Special Reference to Economics, vii–xviii. London and New York: New York University Press.

Zanotti, Gabriel J. 2013. Caminos Abiertos: Un Análisis Filosófico de La Historia de La Epistemología de La Economía, Desde Fines de Siglo XIX Hasta 1982. Madrid: Unión Editorial.

Zanotti, Gabriel J., and Nicolás Cachanosky. 2015. “Implications of Machlup’s Interpretation of Mises’s Epistemology.” Journal of the History of Economic Thought 37 (1): 111–38. https://doi.org/10.1017/S1053837214000777.