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Etiqueta: Globalización

Mercosur ha fracasado. Es hora de acabar con él

Por Marcos Falcone. El artículo Mercosur ha fracasado. Es hora de acabar con él fue publicado originalmente en FEE.

En 1991, la idea de que los países sudamericanos pudieran crear un acuerdo de libre comercio era revolucionaria. El siglo XX había estado marcado por el proteccionismo y el fracaso de las políticas económicas en toda la región. Pero en un contexto mundial de liberalización, Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay crearon el Mercosur (abreviatura de Mercado común del sur) con el objetivo de establecer una zona sin aranceles cuyos miembros se integraran juntos gradualmente en la economía mundial. Todo el mundo tenía grandes esperanzas. Sin embargo, más de treinta años después, muchos están decepcionados.

¿Qué ha fallado en Mercosur? En pocas palabras, no ha conseguido integrar a sus miembros en el comercio mundial. De hecho, en lugar de ayudar a sus miembros a abrir sus economías, el bloque ha seguido siendo una unión aduanera bastante cerrada. Tras décadas de existencia, la tasa media del Arancel Exterior Común del Mercosur sigue siendo relativamente alta, del 11,5%, con aranceles que pueden llegar al 35%. De media, los aranceles del Mercosur duplican los de Chile y multiplican hasta por cuatro a los de los Estados Unidos y la Unión Europea.

El fracaso del Mercosur en su marcha hacia el libre comercio mundial es la razón por la que el gobierno de Uruguay amenazó con abandonarlo el año pasado, y por la que ahora Argentina también está considerando su salida. A menos que los miembros puedan firmar acuerdos de libre comercio con otros países sin restricciones, dicen, a sus países les conviene más irse que quedarse. La semana pasada, el presidente argentino Javier Milei declaró que Mercosur «ha terminado convirtiéndose en una cárcel» para sus miembros.

Fernando

Brasil es el país que más perdería en caso de fractura del Mercosur. Junto con una combinación de libre comercio intrazona y aranceles comunes, el gran tamaño de la economía brasileña ha hecho que su industria manufacturera goce de privilegios artificiales dentro del Mercosur en comparación con el resto del mundo. El resultado es que los no brasileños tienen que importar coches brasileños relativamente caros, por ejemplo, cuando podrían comprar vehículos más baratos en cualquier otra parte del mundo. Lo que se vendió como un paso hacia un comercio más libre en la superficie ha resultado ser más bien un comercio restringido.

Mercosur intentó ampliar el tamaño de su bloque de libre comercio, pero también ha fracasado en eso, y no está claro si hacerlo beneficiaría a sus consumidores. En sus 33 años de existencia, Mercosur sólo incorporó a Bolivia y Venezuela, pero esta última está actualmente suspendida. Tras 25 años de negociaciones, los sudamericanos llegaron por fin a un acuerdo con la Unión Europea para establecer el libre comercio entre ambas zonas. Pero actores clave como Francia e Italia han expresado su oposición al acuerdo, lo que arroja serias dudas sobre su ratificación. E incluso si todos los parlamentos de los países del Mercosur y de la UE ratifican el acuerdo, el periodo de aplicación tardaría más de una década.

Vicente

Como institución, el Mercosur no ha sido capaz de emular a la UE, ni para bien ni para mal. No se ha adoptado una moneda única común, pese a los planes de Brasil y Argentina de hacerlo. Esto, a la luz de la experiencia europea, es probablemente positivo, ya que su existencia haría aún más evidente e intolerable la hegemonía brasileña. Pero Mercosur tampoco ha logrado establecerse como una zona de libre circulación de personas, ya que los controles fronterizos siguen estando presentes. A lo largo de las décadas, se han firmado numerosos acuerdos con el objetivo de facilitar la circulación de personas dentro del Mercosur que están pendientes de aplicación o ratificación.

Mientras que los miembros de Mercosur se quejan de que el bloque se ha convertido en un corsé, el vecino Chile ha firmado más de 30 acuerdos de libre comercio en los últimos 30 años. La relación comercio/PIB de Chile, superior al 75%, que ha contribuido decisivamente al avance económico del país en las últimas décadas, no se puede igualar por ninguna de las economías del Mercosur, especialmente las más grandes. El comercio como porcentaje del PIB es inferior al 40% tanto en Brasil como en Argentina.

Fernando

Entretanto, Mercosur también mantiene extrañas estructuras burocráticas como el Parlasur, un parlamento que no promulga leyes sino sólo recomendaciones. Los miembros del Parlasur se eligen por los votantes en todos los países y son legalmente equivalentes a los representantes federales, con el correspondiente coste de elegirlos y mantenerlos. Pero debido a la opacidad con la que funciona, muchos políticos han «huido» de sus países al Parlasur, donde pueden disfrutar de los beneficios de estar en el Congreso sin ser miembros reales de uno. La creciente presión pública ha obligado a países como Argentina a suspender todos los pagos a los «legisladores» del Parlasur, pero la cuestión de fondo sigue presente: Para algunos, parece que el Mercosur es un fin en sí mismo.

Los sudamericanos que buscan crecimiento y prosperidad deberían reconocer que el Mercosur ha fracasado y no traerá el libre comercio a la región. A las economías abiertas les va mucho mejor que a las cerradas en términos de PIB, pero a los ciudadanos del Mercosur se les está privando de la mejora del nivel de vida que ello conlleva. Más comercio es siempre, en un momento dado, mejor.

Puede que haya llegado el momento de que países como Argentina y Uruguay sigan el consejo de Milton Friedman de «pasar al libre comercio unilateralmente» en el contexto de unas negociaciones fallidas de reducción de aranceles, aunque otros países se opongan o no correspondan. Se suponía que Mercosur iba a eliminar la jaula en la que se encontraban sus miembros, pero en lugar de eso, sólo hizo la jaula un poco más grande. Mercosur no ha funcionado. Es hora de ponerle fin.

¿Estamos volviendo a perder la batalla contra la pobreza?

Hemos repetido en infinidad de ocasiones el hecho de que la proporción poblacional viviendo por debajo del nivel de subsistencia pasó del 80% a principios del siglo XIX a menos del 10% en 2018, contando además con el hecho de que la población aumentó en este periodo cerca de un 800% hasta los 7.800 millones de habitantes globales. Junto a todo ello, y como multitud de lectores de esta columna sabrán, la esperanza de vida global durante este periodo aumentó hasta superar los 70 años de media en el mundo.

Si algo cabe destacar es el hecho de que esta mejora no se produjo de manera paulatina desde principios del siglo XIX hasta cerca de 2020, sino desde la explosión del proceso globalizador de la economía a partir de la década de 1970. Para constatar este hecho vale con señalar que en 1970 aún cerca del 50% de la población mundial vivía por debajo del umbral de la pobreza. Esto, como hemos reiterado en múltiples ocasiones, demuestra como el proceso de liberalización progresivo a nivel global a partir de 1970 benefició precisamente a los más pobres, permitiéndoles incrementar su nivel de vida y escapar del umbral de pobreza.

De hecho, el gran aumento del nivel de vida en países miembro de la Asociación Internacional de Fomento se produjo entre el año 2000 y 2021, incrementando de los 58 a los 65 años de esperanza de vida.

Asociación Internacional de Fomento

Sin embargo, durante los últimos años y debido principalmente a las tendencias económicas postpandemia, la situación de los países miembros de la Asociación Internacional de Fomento no ha sido tan positiva. Desde el inicio de la pandemia a escala global, los ingresos per cápita en el 50% de los 75 países miembro de la AIF han crecido a un menor ritmo que en las economías desarrolladas y en más del 30% de los países de la AIF los ingresos per cápita han incluso decrecido, volviéndose más pobres que en los años previos a 2020. Esta debe ser la tendencia que tratemos de revertir en los próximos años si queremos continuar con el éxito de reducción de la pobreza de las últimas décadas.

Como hemos comentado, shocks como el Covid, la crisis inflacionaria postpandemia, el incremento de los precios de la energía y los alimentos a causa de la invasión de Ucrania o el pasado incremento de los tipos de interés afectaron sobremanera a los países emergentes. Estas tendencias han conducido a una mayor inestabilidad política, social y económica en estos países, particularmente en los localizados en África subsahariana.

El elemento financiero

Dentro de las tendencias que más negativamente están afectando a los países emergentes, las financieras se hallan a la cabeza. La movilización de recursos financieros nacionales en los países emergentes está resultando cada vez más compleja, tanto por el peso de la economía sumergida como por la reducida madurez de sus sectores financieros. Además, la reducción de ingresos por caída de exportación de materias primas o el efecto de la debilidad de sus divisas locales, han hecho que estos países se hayan vuelto cada vez más dependientes de la deuda extranjera.

Esto es enormemente negativo para los países emergentes. Al percibirse como de alto riesgo en el mercado, su coste de endeudamiento aumenta. Ello, unido a su dificultad de generar ingresos fiscales por el elevado peso de la economía sumergida, incrementa el peso del pago de vencimientos de la deuda sobre el gasto público total. Todo esto, además, incrementa la probabilidad de crisis de deuda en estos países, generando un círculo vicioso que a su vez conduce a una elevación del coste de la deuda.

La clave para que esto no ocurra se traduce en un mayor flujo de inversión extranjera hacia los países más afectados por estas dinámicas, generando así un incremento de su productividad total y del crecimiento económico, reduciendo el riesgo de impago y el coste de la deuda. Sin embargo, será muy complicado que esto ocurra exclusivamente con inversión privada en el corto plazo. Algunos analistas han remarcado la necesidad de un incremento del volumen de créditos de bajo coste hacia aquellos países emergentes que muestren unas bases sólidas para asentar el crecimiento y desarrollo futuros, previniendo así la mencionada espiral negativa de la deuda.

El riesgo del endeudamiento

Los planes actuales para ello es que el próximo paquete de financiación para países de la Asociación Internacional de Fomento se cierre a finales del presente año por parte del Banco Mundial, ante la urgente necesidad de evitar que la deuda y las dinámicas actuales terminen por revertir la tendencia de reducción de la pobreza a escala global. Por poner las necesidades actuales en perspectiva, el plan más reciente del Banco Mundial para financiación de países de la AIF se aprobó en 2021 para el periodo 2022-2025. Sumaba $93 billones en total, lo cual equivale al 0.03% del PIB global. Esto muestra la necesidad de que esta cantidad se incremente en el presente plan. Y que ponga el foco en incrementar la proporción de dichos fondos procedentes del sector privado en forma de inversión extranjera directa.

Tal y como se ha descrito, las tendencias económicas de los últimos años están conduciendo a muchos países emergentes al precipicio de una espiral de deuda que puede hacer implosionar sus sistemas económicos y hacer retroceder la tendencia de reducción masiva de la pobreza que se lleva produciendo las últimas décadas. Para evitar que esto ocurra es esencial que se diseñen programas de colaboración público-privada que incentiven la inversión extranjera directa hacia estos países, impulsando su productividad y crecimiento y, por lo tanto, reduciendo la pobreza.

Ver también

El aumento de la pobreza en España. (Álvaro Mártín).

Contra la teoría del decrecimiento. (Álvaro Martín).

Los costes de la fragmentación económica global

Términos como nearshoring, y desacoplamiento económico, ambos con un alto nivel de equivalencia y similitud, han tenido un rol preponderante dentro del proceso de fragmentación económica global que vive actualmente la economía mundial. El tema de la fragmentación económica global y sus costes asociados, han sido el lema más reiterativo en los últimos cinco años en materia económica y política a nivel internacional. También es el reflejo de un proceso de reorganización de orden geoeconómico de lo que hasta hoy se ha conocido popularmente como la globalización de la economía mundial. Es producto de la relocalización, no sólo de las cadenas de suministros, sino de producción y ensamblaje global.

Fragmentación económica global

Recientemente, el Fondo Monetario Internacional ha publicado una serie de estimaciones sobre dichos costos. Según el citado Organismo, las restricciones al comercio internacional, así como los nearshoring en proceso de ejecución, podrían reducir el PIB mundial hasta en un 7 por ciento a largo plazo, o alrededor de 7,4 billones de dólares en dólares de hoy. Eso equivale al tamaño combinado, según el citado organismo, de las economías francesa y alemana, y a tres veces la producción anual del África Subsahariana.

La siguiente gráfica de FMI, nos muestra el impacto que ha tenido principalmente desde el año 2010 hasta el 2022 las crecientes restricciones al comercio internacional producto de los conflictos geoeconómicos y políticos entre los Estados Unidos y sus respectivos aliados europeos y asiáticos con sus contrincantes chinos y rusos principalmente, en los sectores de bienes, servicios e inversiones.

Siguiendo con este orden de ideal, el FMI destaca que ciertas formas de fragmentación como el desacoplamiento tecnológico, la interrupción de los flujos de capital y las restricciones a la migración, principalmente entre otras, tendrán un impacto significativo en términos de costos globales. Además, las investigaciones del FMI muestran que los alineamientos geopolíticos influyen cada vez más tanto en la inversión extranjera directa como en los flujos de cartera.

Otros de los costes asociados al proceso arriba descrito es el referente a los costes asociados a los subsidios fiscales y económicos que los Estados Unidos y sus aliados de la Unión Europea, y sus respectivos impactos en sus niveles de deuda púbica.

Factores geoeconómicos y geopolíticos

A diferencia de los procesos de reubicación de los factores de producción de bienes y servicios, que se han dado a lo largo de la conformación del actual orden global, el presente es el producto de los imperativos geoeconómicos y geopolíticos. No lo es de los incentivos en cuanto a la localización geográfica ideal. No es fruto de las ventajas competitivas y el acceso a mano de obra más barata entre otros factores, que han solido estimular este tipo de inversión. Todo ello ha comenzado a distorsionar la dinámica natural del libre mercado de bienes y servicios.

En lo referente al impacto de esta dinámica en los países en vías de desarrollo, es importante destacar la siguiente reflexión de Daniel Ikenson al señalar que,

La liberalización del comercio no es una panacea que siempre produzca los mismos beneficios económicos y sociales positivos en todos los entornos. Sin embargo, la apertura comercial es necesaria para que los países en desarrollo sostengan el crecimiento económico y el progreso social. A pesar de los desafíos únicos del presente, las políticas de los países en desarrollo deben seguir teniendo en cuenta estos fundamentos.

15 February 2022. Trade and development in an age of crisis: Mind the fundamentals Published, Hinrich Foundation, Pág. 1-5.

Incidencia en los más pobres

Siguiendo con este mismo orden de ideas, el citado autor destaca al hacer referencia a la fragmentación económica global

que una proporción desmedida de estos desafíos seguirán recayendo en la gente de países más pobres, donde los recursos financieros son escasos, las redes de seguridad social y la infraestructura pública son débiles. Y las economías son menos diversificadas, lo que les hace menos resistentes a estos procesos de cambio.

A pesar de estos costes asociados a la fragmentación económica global, el mismo proceso en cuestión, le ha brindado la oportunidad a un pequeño grupo de países de beneficiarse de esta, al ser receptores de los procesos de relocalización empresarial. Parecería contradictorio con lo arriba expuesto. No obstante, mayores serán los costos negativos asociados a estas relocalizaciones, que los positivos a escala global en los próximos 10 años.

Pues cuando los imperativos geopolíticos y geoeconómicos distorsionan el libre juego de la oferta y la demanda y la consiguiente eficiencia del libre mercado, producto de las pretensiones de expansión política de algunos de los jugadores del sistema internacional en cuestión, suele producir una especie de competencia estratégica de corte geopolítico y geoeconómico donde imperan principios como el de la seguridad nacional, o la reducción de la dependencia económica frente a los adversarios, entre otros. Estas consideraciones terminan minando los fundamentos básicos del libre mercado global.   

Ver más

Los peligros de la guerra comercial. (Álvaro Martín).

El lenguaje económico (XI): el lenguaje. (José Hernández Cabrera).

El coste económico de “desvincularse” de China

Kerry Liu. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

La creciente desconfianza hacia China en Estados Unidos se ha asociado a los temores sobre la propiedad intelectual, a las amenazas de China a Taiwán y a su falta de transparencia respecto a Covid-19. Esto ha dado lugar a demandas de “desvinculación”. Esto ha dado lugar a demandas de “desvinculación”. Bajo Donald Trump, este debate alcanzó su punto álgido en el verano de 2020. Aunque bajo la Administración Biden el tono ha sido menos estridente, se está produciendo un proceso de desacoplamiento en el ámbito tecnológico y en las cadenas de suministro clave.

El coste de desacoplarse de China

Los economistas han argumentado que, al igual que los vínculos comerciales y de inversión con China generaron beneficios, la desvinculación tendrá un coste. Algunos analistas han construido complicados modelos econométricos para predecir las posibles consecuencias económicas basándose en el análisis de escenarios. Sin embargo, dada la complejidad de las relaciones económicas entre Estados Unidos y China, el análisis coste-beneficio es muy subjetivo. Recientemente he intentado ofrecer un enfoque alternativo para estimar el coste potencial del desacoplamiento examinando las respuestas de los mercados bursátiles.

Mi artículo en el nuevo número de Economic Affairs utiliza los resultados de búsqueda de Google Trends para medir el sentimiento de los inversores hacia la desvinculación de China. Se creó un conjunto de datos semanales de alta frecuencia de estos resultados, desde el 5 de enero de 2020 hasta el 20 de junio de 2021. A continuación, se vinculó al Dow Jones Industrial Average (compuesto por 30 empresas destacadas que cotizan en las bolsas de EE.UU.), al S&P500 (las 500 mayores empresas que cotizan en las bolsas de EE.UU.) y al NASDAQ Composite (principalmente del sector de las tecnologías de la información), empleando modelos de heteroscedasticidad condicional autorregresiva generalizada (GARCH). Dada la elevada eficiencia de los mercados bursátiles a la hora de reflejar la información disponible, sus respuestas a la desvinculación entre EE.UU. y China son importantes indicadores de las repercusiones económicas.

Google Trends

Unas palabras sobre Google Trends: se trata de un producto de Google que analiza la popularidad de las consultas de búsqueda en Google en varios países e idiomas. Sus propiedades incluyen el anonimato, la categorización por temas y la agregación. Se ha aplicado a través de cientos de estudios en diversos campos como los sistemas de información y la informática, la sanidad, las ciencias políticas y las relaciones internacionales, así como la economía, los negocios y las finanzas.

En concreto, en finanzas, está ampliamente aceptado que los datos de Google Trends pueden utilizarse para predecir la rentabilidad de las acciones. Sin embargo, la forma de interpretar los datos varía. La mayoría de estos estudios interpretan Google Trends como una medida del sentimiento de los inversores, es decir, el factor comportamiento. Otros pocos interpretaron Google Trends como una combinación de factores fundamentales y de comportamiento.

Desde el punto de vista de la comunicación, Google Trends puede interpretarse como una medida de la agenda pública, es decir, de los asuntos que el público considera más importantes.

Sentimiento inversor

Mi estudio creó un índice semanal en Estados Unidos utilizando la frase clave “decoupling China”. Este índice muestra el volumen normalizado de la narrativa sobre la desvinculación de China en EE.UU. y se utiliza como indicador para medir el sentimiento de los inversores. El término “sentimiento inversor” se interpreta principalmente como una variable fundamental -es decir, basada en los costes económicos reales- más que como un indicador de comportamiento. El índice muestra que el mayor pico en la narrativa de la desvinculación de China se produjo en agosto de 2020, cuando el entonces presidente Trump habló públicamente de una posible desvinculación total de China.

Los resultados basados en modelos GARCH muestran que todos los índices compuestos respondieron negativamente al índice de desacoplamiento. Mientras que el Promedio Industrial Dow Jones solo representa a un número muy reducido de empresas estadounidenses, los índices S&P 500 y NASDAQ son más representativos de la economía estadounidense.

Mercados eficientes

La consecuencia es que es probable que el efecto negativo de la desvinculación de China en la economía estadounidense sea muy considerable. Los resultados también muestran que la desvinculación puede causar una mayor volatilidad en los índices bursátiles compuestos. En cuanto al nivel sectorial, en general se mantienen las mismas conclusiones. Las pruebas de robustez realizadas con datos diarios de Google Trends corroboran estos resultados.

Los mercados de valores son eficientes en el sentido de que casi siempre reflejan todos los datos accesibles. Aunque es posible que los modelos más complicados no tengan en cuenta todas las variables, el poder de los mercados bursátiles reside en que proporcionan un valor esperado para todos los escenarios posibles. Mi estudio ofrece un enfoque alternativo para estimar el coste potencial del desacoplamiento entre EE.UU. y China y contribuye al debate en curso en EE.UU.

Los enemigos de la globalización

No es ninguna novedad que nuestro modelo de globalización se encuentre amenazado por los sospechosos habituales. Desde hace varias décadas son muchas las fuerzas político-institucionales que han tratado, sin mucho éxito, de retraer la expansión de la globalización y atacar sus principales estandartes. Si algo hemos observado a lo largo de los últimos años es una intensificación del movimiento antiglobalización, tanto por las tendencias políticas posteriores a la Gran Recesión como, más recientemente, por el incipiente reordenamiento geopolítico y de poder a escala global. Fue la geopolítica la que dio paso a la globalización moderna -con el derrumbe del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética- y puede ser la geopolítica la que destruya el modelo de globalización al que estamos acostumbrados -tanto a raíz de la pandemia, como de la guerra de Ucrania o las severas fricciones entre China y EEUU-.

Como siempre he pensado y repetido en múltiples ocasiones, los enemigos de la globalización no se confinan en una esquina del espectro político, sino que ocupan ambas alas de este, yendo desde la izquierda postmoderna y anticapitalista hasta la derecha nacionalista y aislacionista. Aunque el ideario y el argumentario de ambos grupos sean distintos, uno de sus fines es común: acabar con la globalización tal y como la conocemos hoy en día para imponer un modelo alternativo de comercio a escala global.

Aún así, no debemos ser excesivamente pesimistas con el panorama actual, ya que, aunque durante el último par de años no haya cesado la conversación sobre la posible desglobalización, dicha tendencia no se refleja en las cifras de comercio a escala global. De hecho, los datos de flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital e incluso personas se encuentran en máximos históricos en multitud de países. Esto no significa que no debamos preocuparnos por las amenazas existentes a la globalización, sino que el sistema actual está tan consolidado y las redes comerciales a escala global son tan sólidas que el coste de retraerlas sería muchísimo mayor que optar por la continuación del presente modelo.

El modelo autárquico que proponen como alternativa la mayoría de los enemigos de la globalización simplemente conllevaría a una mayor miseria, pobreza y sufrimiento; no solo en Occidente, sino, asimismo, y de manera más importante, en los países emergentes, ya que muchos de ellos son notablemente dependientes del comercio internacional. Por ello, aunque actualmente observemos cierta solidez en las cifras de comercio internacional, no debemos olvidar que las cadenas de valor globales son muy frágiles y pueden verse fácilmente afectadas por shocks externos. Ejemplo de ello han sido o son la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania. Mientras el primero supuso un freno en seco a los flujos internacionales de personas y multitud de bienes, la segunda ha supuesto la ruptura definitiva de los vínculos diplomáticos y comerciales de Occidente con Rusia y su círculo de influencia. A todo ello hay que añadirle el factor de las actuales tendencias políticas, con la izquierda anticapitalista y la derecha nacionalista campando a sus anchas, y ya tendríamos el cocktail perfecto para desestabilizar el modelo económico actual.

No debemos pensar en el movimiento antiglobalización y sus tendencias como algo que siempre ha existido o estado ahí, ya que hace 15-20 años, con la construcción y consolidación de algunas de las principales instituciones de apoyo al comercio internacional, los movimientos políticos contrarios a la globalización eran cuasi marginales.  En EEUU, por ejemplo, tras la Gran Recesión, prácticamente nadie se atrevía a hablar de desglobalización en público. Pero eso ha cambiado, y probablemente para siempre, ya que, hoy en día, la oposición a la globalización no es ya un tema puramente ideológico. El caso más claro es el de EEUU, donde tras el incremento de aranceles e implementación de medidas proteccionistas durante la Administración Trump, el presidente Biden no ha hecho nada especial por reducirlos ni revigorizar las relaciones comerciales del gigante americano. De hecho, parece que en la actualidad existe prácticamente un consenso político en torno a la idea de repatriar empresas pertenecientes a industrias consideradas estratégicas, para reducir la dependencia de terceros países como China.

Cabe resaltar que esta no es una tendencia unilateral de Occidente, ya que, por ejemplo, China ha contribuido enormemente a ello promoviendo e incluso forzando la producción nacional de tecnologías estratégicas y componentes clave a través del programa Made in China 2025, el cual fue lanzado previamente a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

La economía y la geopolítica presentan diferentes lógicas y argumentos en el asunto de la globalización y en el estado del debate actual. Mientras desde el punto de vista económico sigue siendo mucho más eficiente deslocalizar la producción de la gran mayoría de bienes y servicios, desde el punto de vista geopolítico o estratégico, dicha deslocalización productiva puede suponer numerosos riesgos a nivel de seguridad nacional. Por ejemplo, la invasión de Ucrania ha mostrado el riesgo de depender de países autoritarios para el suministro de materias primas o bienes esenciales, como es el caso del gas ruso. Por ello, actualmente multitud de organismos e instituciones se plantean una remodelación de las relaciones de Occidente con China, ante los elevados riesgos que supone depender de este país.

Esto último se observa muy claramente con el asunto de los semiconductores. Estos componentes son esenciales para la producción de casi todos los productos tecnológicos, desde móviles hasta misiles, pasando por cualquier tipo de equipo informático. Lo preocupante es que el 90% de la producción global de semiconductores se halla localizada en Taiwán, lo que significa que si China invadiera Taiwán podría paralizar la exportación de semiconductores y causaría una debacle productiva y comercial nunca antes vista. Es por ello por lo que en EEUU se aprobó recientemente el Chips Act, que pretende que EEUU sea un jugador relevante en el mercado de los semiconductores, garantizando así su suministro ante el elevado riesgo geopolítico. A pesar de que los motivos que subyacen dicha Ley son sólidos, no deja de representar un freno muy importante a la globalización, ya que el Chips Act restringe la inversión americana en algunos países y limita seriamente la capacidad de las empresas americanas de producir semiconductores en China.

Aunque la globalización de las últimas décadas haya podido presentar algunos errores o haya generado tensiones políticas, el beneficio que la sociedad ha obtenido de ella es mucho mayor que sus costes, digan lo que digan anticapitalistas y nacionalistas. Oponerse a la globalización no es solo ineficiente a nivel económico, sino que da alas a aquellos que quieren destruir el actual modelo económico y político.