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Etiqueta: Guerra Civil Española

Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista? (III): el Consejo de Aragón

En los anteriores capítulos de esta serie (Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista?) de artículos repasamos dos aspectos fundamentales del anarquismo en Aragón durante la Guerra Civil española. En primer lugar, hablamos de las colectividades como las formas de organización social y económica que surgen tras el colapso del Estado republicano. En segundo lugar, explicamos como se estructuraba el anarquismo a nivel militar a través de las columnas y las milicias.

En este último capítulo hablaremos del Consejo de Aragón, si algo caracteriza este periodo revolucionario en Aragón es la propia institucionalización de la revolución. Esa institucionalización se realizaría a través del Consejo de Aragón. El momento en el que se comenzó a debatir sobre su constitución fue el Pleno de Bujaraloz del 6 de octubre de 1936. Entre las filas libertarias había discrepancias sobre su constitución, los sectores más radicalizados, representados por personajes como Ortiz, Jover o Aldabaldetrecu pensaban que la creación del Consejo entorpecería la lucha contra el fascismo. Por el contrario, muchos pueblos pensaban que eran necesario dotar a las zonas conquistadas de una estabilidad institucional[1].

CNT en Alcañiz

Finalmente, su composición y configuración fue establecida en una reunión del Comité Regional de la CNT en Alcañiz. Se establecieron seis departamentos, dirigidos todos ellos por anarquistas:

  • Justicia y Orden Público: Adolfo Ballano Bueno.
  • Agricultura: José Mavilla Villa.
  • Información y Propaganda: Miguel Jiménez Herrero.
  • Transportes y Comercio: Francisco Ponzán Vidal.
  • Instrucción Pública: José Alberola.
  • Economía y Abastos: Adolfo Arnal.
  • Trabajo: Miguel Chueca Cuartero.

El presidente sería Joaquín Ascaso Budría, merece la pena que nos centremos un momento en esta figura. Ascaso nació a principios del siglo XX en el barrio de Torrero de Zaragoza. Ya en su juventud fue conocida su militancia política, lo que le llevó a entrar en prisión en la dictadura de Primo de Rivera y posteriormente tomar la vía del exilio a Francia. Con la llegada de la República, Ascaso regresó a España y se convirtió en el líder del sindicato de la construcción de la CNT en Zaragoza. Dos años después, llegaría a convertirse en el líder nacional de la CNT, en este periodo también pasaría alguna temporada en prisión.

Joaquín Ascaso

El golpe de Estado le cogió por sorpresa en Barcelona, donde se enroló primero en la Columna Durruti y posteriormente en la Columna Ortiz. Participaría como delegado en el Pleno de Bujaraloz antes mencionado, donde sería elegido presidente del Consejo de Aragón. Tal como relata en sus memorias, Ascaso fue un gran organizador y negociador, pero la vida del Consejo fue muy efímera.

Tras la disolución del Consejo el 10 de agosto de 1937, Ascaso se dirigió a Valencia, donde fue arrestado por un robo de joyas. Unos meses más tarde sería puesto en libertad y se enrolaría de nuevo en la Columna Ortiz, tras la caída del frente aragonés se vio obligado a exiliarse de nuevo a Francia. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial conseguiría trasladarse a América. Primero estaría en Caracas con sus dos hijas, sobreviviendo con trabajos tremendamente precarios. Tras pasar una temporada en Chile, volvería a Caracas, donde moriría sin apenas recursos a los 70 años el 12 de marzo de 1977[2].

La composición exclusivamente anarquista del Consejo provocó las críticas de los distintos sectores de la izquierda, socialistas, anarquistas y republicanos veían en el Consejo una dictadura anarquista. Por ello, se comenzaron a enviar delegaciones para negociar con los máximos dirigentes del bando republicano. En primer lugar, Ascaso se trasladaría a Barcelona para conversar con el presidente de la Generalitat, Companys, y con el presidente de la República, Manuel Azaña.

El papel de Largo Caballero

Ambas figuras tenían discrepancias con el anarquismo cenetista, aunque Ascaso lo intentaría maquillar en sus memorias: “Antes de salir para Madrid —agregó— nos hemos entrevistado con Azaña y Companys, los cuales acogieron complacientes la idea de creación del Consejo de Defensa de Aragón”[3]. Otra muestra de las discrepancias que tendrá el Consejo con la Generalitat la veremos en la reunión del 3 de noviembre de 1936 con Josep Tarradellas, quien afirmaba “que el territorio on pretén actuar és zona de guerra i per tant no hi pot a ver més autoritat que la militar, i per altra part té cura de la población civil la Generalitat”[4].

Como bien relata, posteriormente tomaría el camino de Madrid para entrevistarse con Largo Caballero, presidente del Consejo de Ministros. La delegación dirigida por Joaquín Ascaso entregó un documento donde aparecía escrita la justificación de la creación del Consejo. Los motivos eran que las milicias habían tomado el poder sin ningún tipo de control, por lo que había que supervisarlos, además era necesario un órgano rector de las actividades económicas, sociales y económicas. Al gobierno republicano no le entusiasmaba demasiado la idea por lo que creo una comisión para que estudiara el caso[5].

“Estrechez revolucionaria”

En palabras del propio Ascaso:

Es indudable que el Gobierno de Largo Caballero, en esta oportunidad, pecó de blandura ante los anhelos populares. Fue poco valedor de las ansias aragonesas. Quizá un deseo de no alarmar al otro lado de las fronteras. El hecho es que su política de estrechez revolucionaria nos trajo meses más tarde consecuencias nefastas[6].

En definitiva, la constitución del Consejo de Aragón no fue tarea fácil, las luchas internas de poder entre el Gobierno republicano, la Generalitat y el Consejo eran evidentes y ninguno quería perder influencia. Finalmente, el reconocimiento oficial del Consejo se anunciaría el 25 de diciembre de 1936 en el artículo 11 del decreto de la Gaceta de la República: “En Aragón se creará el Consejo de Aragón, que abarcará con iguales atribuciones que las que se indican en este Decreto para los Consejos provinciales a todo el territorio aragonés reconquistado y aquel que reconquiste el Ejército Popular”[7]. Esto fue posible, en gran medida, a la actuación de Joan Peiró, ministro de Industria desde el 4 de noviembre, que, junto a Juan López, Juan García Oliver y Federica Montseny, conformaban el grupo de anarquistas que constituían el gobierno de Largo Caballero.

Primera reunión del Consejo

Tras esto se recompuso los departamentos del Consejo, se ampliaron de siete a trece departamentos y se incluyó a individuos de otras fuerzas políticas del Frente Popular: dos miembros de Izquierda Republicana, dos ugetistas, dos del Partido Comunista y un miembro del Partido Sindicalista. El 12 de enero de 1937 se celebró la primera reunión del Consejo. Se establecieron tres preceptos básicos[8]:

  • Establecer un nuevo orden estructurado en la libertad y la justicia social.
  • La organización de la economía aragonesa en torno a una estructura colectivista, respetando al pequeño propietario siempre y cuando no perjudicara al interés general.
  • Terminar con las requisas y excesos en el frente cometidos por las milicias.

Como ya hemos explicado, tras el golpe de Estado fueron los comités locales y posteriormente los consejos municipales los que ocuparon el vacío de poder. Pese a los preceptos del Consejo, los militantes de la CNT que configuraban estos consejos municipales no querían perder su posición de dominio, bajo el Consejo había 375 consejos municipales. Se repartían de la siguiente manera, la mayoría de ellos estaban integrados por militantes de la CNT, un total de 175 localidades. La UGT estaba presente en 91 pueblos, Izquierda Republicana en 22, el Frente Popular en 26, y finalmente 23 localidades compartían el poder entre la UGT y la CNT. Como vemos, pese a que hay una mayoría anarquista, no tenía el completo dominio del poder, el panorama era mucho más heterogéneo y complejo[9].

Primeras medidas

El Consejo de Aragón solicitó a los consejos municipales que realizaran un inventario con todos los bienes inmuebles que habían requisado tras los primeros días de conflicto, aunque finalmente la medida no resultó ser demasiado eficaz. Otra de las medidas del Consejo fue el Decreto de municipalización de las viviendas, autorizaba a intervenir aquellas propiedades que habían sido “abandonadas” por sus propietarios, esta medida tampoco tuvo demasiada influencia por su tardía aplicación. Estas medidas muestran la voluntad del Consejo por legislar, pero abandonaba el principio anarquista de autonomía y autogobierno a nivel local, un debate doctrinal que acompañará toda la existencia del Consejo.

En el verano de 1937 volverían a surgir dificultades para el Consejo, el día uno de agosto el PCE convocaría un pleno en Barbastro con la iniciativa de disolver el Consejo, que se veía como una “amenaza para la unidad antifascista”. Un ferviente comunista aragonés, Antonio Rosel, lo relataba así:

De una dictadura anarquista pasamos a otra comunista. Simplemente, porque era hostil a la CNT, se daba aliento y apoyo a gente que siempre había sido, y seguirá siéndolo, enemiga de la clase obrera, porque sus intereses se hallaban fundamentalmente opuestos[10].

Decreto de disolución

Pese a la defensa del Consejo por parte de la CNT en un pleno en Valencia, la República organizó a la 11 División, comandada por Enrique Líster, que se trasladara a Aragón. No tardaría en llegar la noticia, el 11 de agosto se anunciaba en la Gaceta de la República el decreto de disolución:

Decreto disolviendo el Consejo de Aragón y disponiendo cesen los que integran el citado organismo, así como el Delegado del Gobierno en el mismo don Joaquín Ascaso Budría, y disponiendo que el territorio de las provincias aragonesas afecto a la autoridad de la República quede bajo la jurisdicción de un Gobernador general nombrado por el Gobierno”[11].

Aquel gobernador sería el republicano José Ignacio Mantecón.

Los retos del Consejo de Aragón

Los planes del Consejo de Aragón estuvieron determinados por el contexto en el que surgieron. Podríamos establecer cuatro dificultades a las que tuvo que sobreponerse la institución. En primer lugar, las duras condiciones del conflicto bélico que se estaba viviendo en España. Por supuesto, la oposición por parte de los distintos organismos de poder del bando republicano, tanto del gobierno central como de la Generalitat.

También mencionar el breve periodo de tiempo que tuvo de actividad el Consejo, desde octubre de 1936 hasta agosto de 1937, apenas un año en el que el rango de actuación era muy limitado. Por último, señalar los enemigos internos del Consejo, en las propias filas anarquistas había voces discordantes que consideraban las actuaciones del Consejo demasiado intervencionistas.

Aquí termina nuestro breve recorrido por el anarcosindicalismo en Aragón, me he limitado a exponer las características y pilares fundamentales de este movimiento tan intenso como efímero. El siguiente paso sería discernir si verdaderamente fue una experiencia anarquista, eso es una tarea que dejo al juicio del lector y de futuros investigadores.

Notas

[1] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa (1936-1938). Barcelona, Editorial Crítica, 2006, pp. 133-134.

[2]Alejandro R., Díez Torre, “Joaquín Ascaso, primer presidente aragonés del siglo XX y gobernador libertario de Aragón”, en Angela Cenarro (ed.), Contrarrevolución y revolución: dos proyectos políticos y sociales enfrentados, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, pp. 88-89.

[3] Joaquín, Ascaso, Memorias (1936-1938) …, op. cit., p. 56.

[4] Julián, Casanova, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España. Barcelona, Crítica, 2010, p. 194.

[5] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 136.

[6] Joaquín, Ascaso, Memorias (1936-1938) …, op. cit., p. 97.

[7] Gaceta de la República, 25 de diciembre de 1936.

[8] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 143.

[9] Ibidem, pp. 155-156.

[10] Ronald, Fraser, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española. Barcelona, Crítica, 1979, p. 125.

[11] Gaceta de la República del 11 de agosto de 1937.

Serie Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista?

(I) Las colectividades

(II) Las columnas libertarias

Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista? (II): Las columnas libertarias

En el primer artículo de esta serie analizamos las colectividades anarquistas en la Guerra Civil. Cómo se llevaron a cabo, su recorrido e importancia en el conflicto, y atendiendo al título del artículo, nos preguntamos si fueron una verdadera experiencia anarquista. En este segundo artículo hablaremos del segundo de los pilares que conforman mi estudio del anarquismo en Aragón: las columnas militares.

Milicias Antifascistas

Si en una guerra la economía es importante, el aspecto militar lo es aún más. El control armado es imprescindible para estructurar cualquier revolución. Tras el golpe de Estado de julio de 1936, había aparecido un vacío de poder que habían ocupado las milicias armadas. El Estado republicano fue incapaz de controlar militarmente la situación. Las milicias, organizadas muchas veces a través de los sindicatos y partidos, acabaron haciéndose con el control de la calle.

El día 21 de julio se creó el Comité Central de Milicias Antifascistas y comenzaron a organizarse las columnas militares desde Valencia y Cataluña para liberar a Zaragoza de la “bestia fascista”. Se trataba de un organismo compuesto por las fuerzas y sindicatos leales a la república, controlado por la CNT, que se encargaría de dirigir el proceso bélico y revolucionario. Algunas de las figuras más relevantes que formaron parte del comité fueron García Oliver o Abad de Santillán.

Comité de Guerra del Frente de Aragón

Más tarde se constituiría el Comité de Guerra del Frente de Aragón, su composición era muy heterogénea. Tenía tres cenetistas (Buenaventura Durruti, Antonio Ortiz y Cristóbal Aldabaldetrecu), un ugetista (José del Barrio), un representante del POUM (Jordi Arquer) y seis asesores militares: Franco Quinza, el coronel Villalba, el teniente coronel Joaquín Blanco, el comandante Reyes y los capitanes Medrano y Menéndez[1]. Se ha hablado mucho en torno a las cifras de los hombres que conformaron las columnas. Las fuentes anarquistas oscilan entre los 20.000 y los 30.000, lo que es una cifra del todo exagerada. El historiador Martínez Bande habla de 15.000, una cifra que puede estar más cercana a la realidad.

Entre los días 21 y 23 de julio las milicias penetraron en el territorio aragonés para intentar tomar las tres capitales de provincia, Zaragoza, Huesca y Teruel. Las tropas de la V División y miembros de la guardia civil controlaron las principales localidades de Aragón, a excepción de Barbastro. Desde mediados de agosto Aragón quedó dividido en dos zonas bien diferenciadas, el oeste, zona de mayor implantación ugetista, controlado por el bando sublevado. El este, zona mayoritariamente cenetista, controlado por las milicias y las columnas.

La miliciana

Las milicias impusieron su autoridad más fácilmente en aquellas localidades donde no había sindicatos antes de la sublevación[2]. Los milicianos realizaron una dura represión contra comerciantes, propietarios, conservadores y miembros del clero. Se quemaron iglesias y conventos a la vez que se destruían imágenes y objetos de culto religioso delante de las puertas de los centros religiosos. En Aragón fueron asesinados 549 miembros de la Iglesia, de ellos casi 400 en Huesca, con el caso especial de Barbastro, donde se asesinó al 88% de la diócesis[3].

En la situación inicial de las milicias, la mujer cobró un protagonismo que hasta ahora no había conseguido. La figura de la miliciana aparecería como algo mítico, empuñando un fusil y vistiendo un mono azul como cualquier otro hombre. Pero este sueño fue muy efímero, desde septiembre de 1936, con la llegada de Largo Caballero a la presidencia del gobierno, la mujer fue apartada del frente. Ni siquiera la asociación de Mujeres Libres pudo hacer oposición a esta situación, la mujer se vio relegada una vez más a labores de retaguardia e intendencia.

Homenaje a Cataluña

En cuanto a la organización de las columnas, durante los primeros meses fue bastante similar. El primer paso era el reclutamiento de combatientes, cada sindicato o partido político anunciaba por los distintos medios de comunicación el llamamiento a filas con una dirección a la que acudían los voluntarios. En el momento en el que se alistaba se les pagaba diez pesetas diarias y comenzaba su proceso de instrucción. El material militar que recibían los milicianos era de pésima calidad, en ocasiones incluso inservible. Orwell lo relató muy bien en su obra Homenaje a Cataluña, muchos de los fusiles y granadas que utilizaban eran del S.XIX y prácticamente no había ametralladoras y morteros.

Posteriormente veremos como dependiendo de la afinidad ideológica de cada columna se organizaban de una manera diferente. Centrándonos en el caso que nos ocupa, las milicias de la CNT-FAI se organizaban de una manera revolucionaria, evitando jerarquías típicas del ámbito castrense. La unidad básica era la centuria, divididas en grupos de 25 hombres. Cinco centurias componían una agrupación.

“Microcosmos de una sociedad sin clases”

En cuanto a la elección de delegado se hacía de manera asamblearia, cada grupo elegía a su delegado, y todos ellos, al delegado superior de la centuria. Los delegados de la centuria elegían a su vez al delegado de la agrupación que integraban el Comité de Agrupación, organismo supremo de una columna anarcosindicalista. A estos delegados se le sumaba un asesor militar, normalmente un oficial del ejército, pero que no contaba con voto. No había una vestimenta o un armamento reglado, cada miliciano tenía libertad para vestir como quería, además tanto delegados como soldados se trataban de la misma manera. En palabras de Orwell: “Las milicias españolas, mientras duraron, constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases”[4].

Hubo gran cantidad de columnas, pero sin duda las más relevantes fueron las que partieron desde Barcelona: La Columna Lenin (organizada por el POUM), Ascaso, Carlos Marx, Ortiz, Durruti y Macià-Companys. La Columna Ortiz fue una de las primeras en estructurarse en Barcelona, alrededor de 800 combatientes salieron de Barcelona hasta llegara Caspe. Allí absorbió a gran parte de las milicias que estaban combatiendo desde los primeros días de la guerra, llegando a acumular alrededor de 2.000 hombres.

Las columnas

La Columna Ortiz era una de las más efectivas a nivel militar y logístico, fue el contingente que más se adentró en el territorio aragonés, aunque tuvo que replegarse. Antonio Ortiz fijaría su cuartel general en Caspe y, posteriormente, en Híjar. La Columna Ascaso saldría de Barcelona un día más tarde, el 25 de julio, y tomaría su nombre del recién fallecido anarquista, Francisco Ascaso. Estaba compuesta por alrededor de 1500 hombres y establecieron el cuartel general en la localidad de Vicién, protagonizaría enfrentamientos en las inmediaciones de Huesca[5].

Cabe destacar también la acción de la Columna Pirenaica, compuesta por milicianos aragoneses y catalanes comandados por Mariano Bueno, que tomaron la posición más septentrional del frente. La única columna compuesta en su totalidad por combatientes aragoneses fue la denominada Milicias de Barbastro, estaba comandada por el coronel Villalba. Recordemos que Barbastro fue la única gran localidad de Aragón donde no triunfó el golpe de Estado en primera instancia.

El PSUC y la UGT también tuvieron su propia columna, más tarde se denominaría Carlos Marx, estaba compuesta por alrededor de 3.000 milicianos. Su aportación militar más relevante fue la toma de Almudévar. El POUM también contaba con su propia columna, la Columna Lenin, integrada por 1.500 hombres dirigidos por Jordi Arquer y Manuel Grossi, procedente de Asturias.

El frente aragonés

Tras el fracaso de la toma de la isla de Mallorca, parte de las tropas destinadas a las Islas Baleares fueron enviadas al frente aragonés, creándose la columna Roja y Negra. También se constituyó en el mes de agosto la columna de ERC, Maciá-Companys, cuya área de actuación fundamental será Montalbán. Las columnas procedentes de Valencia tardaron unos días más en organizarse, hasta agosto no salieron las dos grandes columnas valencianas. La Torres-Benito, compuesta por milicianos de distintos sindicatos y partidos políticos, y la Columna de Hierro, con un claro carácter revolucionario. Ya en septiembre tendremos la columna valenciana con mayor influencia comunista, la Eixea-Uribe, comandada por Juan Antonio Uribe, diputado del PCE.

A principios de octubre se organizará la que seguramente fue la columna valenciana con mayor eficacia en el campo de combate, la Columna Peire, compuesta por militares entrenados y con buen material[6]. Los enfrentamientos entre las columnas y los militares sublevados se dieron a lo largo y ancho de todo el frente. La falta de preparación, experiencia y material de las columnas hizo que partieran con una gran desventaja. 

Largo Caballero llega al poder

Con la llegada de Largo Caballero al poder y sobre todo tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona, se produjo un proceso de militarización de las columnas. Como indica Julián Casanova, no seriamos honestos si dijéramos que no hubo un debate interno dentro de las filas del anarquismo en torno a la militarización. Son necesarias nuevas investigaciones que estudien las posibles contradicciones entre el ideario anarquista y las actuaciones que llevaron a cabo, no sólo a nivel militar, sino también a nivel político.

Entre enero y febrero de 1937, prácticamente todas las columnas de milicianos fueron integradas en el nuevo Ejército Popular de la República (EPR), encuadrando a los soldados en una tradicional jerarquización militar. Únicamente quedaron excluidas de la militarización dos columnas, la Macia-Companys y la Pirenaica, que se quedaron como dos brigadas autónomas, la 131 y la 130 respectivamente.

La Columna Ortiz quedó integrada en la División 25, compuesta por las brigadas 116, 117 y 118. La Columna Durruti pasará a ser la División 26, compuestas por las brigadas 119, 120 y 121. Su jefe será Ricardo Sanz, recordemos que Buenaventura Durruti había fallecido el 20 de noviembre. El comunista Antonio Trueba será el encargado de dirigir las brigadas 122, 123 y 124, que componían la División 28, antigua Columna Ascaso. Finalmente, la Columna Lenin quedará restituida como la División 29, con únicamente dos brigadas, la 128 y la 129.

CNT y FAI no aceptan la militarización

Esta sería la estructura militar básica hasta la caída del frente de Aragón en marzo de 1938[7]. Aunque había sectores anarquistas que no apoyaban esta militarización, había grandes personalidades como Joaquín Ascaso que sí que la vieron con buenos ojos. En una entrevista de Lucien Hausard decía lo siguiente: “En las presentes circunstancias, la militarización es absolutamente precisa, indispensable […] Es evidente que, de acuerdo con ello, la CNT y la FAI no pueden aceptar la militarización y el mando único más que bajo el control de las organizaciones revolucionarias”[8].

A pesar de la innovación y el furor revolucionario de las milicias, a nivel estrictamente militar podemos decir que fue un fracaso. Su objetivo principal era tomar las tres capitales de provincia de la región aragonesa, especialmente Zaragoza. Pese a que tuvieron sitiadas a Huesca y Teruel, no pudieron conseguirlo. Paola Lo Cascio explica este fracaso por varios factores, en primer lugar, la falta de organización y coordinación. La improvisación de los propios milicianos hizo que no se estableciera ningún plan concreto a nivel estratégico, además del continuo debate sobre si hacer primero la revolución y después la guerra o al contrario[9].

Una corta experiencia anarquista

Por otro lado, la gran cantidad de sindicatos y partidos políticos que organizaron las milicias provocó una gran atomización del poder. La falta de un organismo central hizo que cada columna hiciera la guerra por su cuenta, sin conformar un plan operacional y táctico entre las distintas milicias. Por último, un tema tremendamente relevante en un conflicto bélico, el material militar. La mala calidad y antigüedad del armamento que utilizaban las milicias era enorme, sin contar con la falta de municiones, armamento pesado y artillería.

De nuevo, al igual que con las colectividades, nos encontramos con una experiencia anarquista muy corta. El conflicto interno dentro de las filas anarquistas entre el ideario anarcosindicalista y su actuación dentro del campo de batalla era evidente. Con esta información podríamos entrar en un largo debate sobre la defensa y la seguridad descentralizada. ¿Es realmente efectivo un ejército sin una autoridad jerárquica y central? ¿Fueron las milicias anarquistas un fracaso a nivel militar por no estar sujetas a una estructura castrense?


[1] Julián, Casanova, De la calle al frente…, op. cit., p. 166.

[2] Ibidem, pp. 170-171.

[3] Ibidem, p. 174.

[4] George, Orwell, Homenaje a Cataluña…, op. cit., p. 133.

[5] Paola, Lo Cascio, “las columnas hacia el frente de Aragón”, en José Luís Ledesma (ed.), El estallido de la guerra. La sublevación militar y la llegada de las milicias, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, pp. 70-80.

[6] Ibidem, pp. 81-90.

[7] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 114.

[8] Joaquín, Ascaso, Memorias (1936-1938) Hacia un nuevo Aragón. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2006, p. 138.

[9] Paola, Lo Cascio, “las columnas…”, op. cit., p. 90.

Serie Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista?

(I) Las colectividades

Aragón en la Guerra Civil, ¿una verdadera experiencia anarquista? (I): las colectividades

Vamos a analizar, en varios artículos, las características principales de la experiencia anarcosindicalista en la Guerra Civil en Aragón. Estudiaremos si en algún momento entró en conflicto el ideario político anarquista con las actuaciones de los propios militantes. Por supuesto, intentaremos responder a la pregunta de cómo fue posible que surgiera en Aragón una experiencia anarquista y se pusiera en práctica en un contexto bélico. También nos plantearemos si realmente podemos hablar de verdadero anarquismo o simplemente fue la antesala a una verdadera revolución. Para ello, centraremos nuestro análisis en tres pilares fundamentales: las colectividades, las columnas militares, y el Consejo de Aragón.

La estructura de la tierra

Antes de comenzar a hablar sobre el colectivismo en Aragón, es necesario detallar una serie de puntos indispensables para nuestro análisis. La primera observación está relacionada con la estructura de la propiedad de la tierra. Hemos de tener en cuenta que, pese a lo que se ha solido exponer, el campo aragonés no vivía una situación prerrevolucionaria antes del golpe de Estado.

El sindicalismo en Aragón estaba en un proceso de restructuración y la conflictividad social distaba mucho de una situación revolucionaria. Otro factor relevante es que en Aragón predominaba la pequeña y la mediana propiedad, por lo que hubo muy poca incidencia del Instituto de Reforma Agraria.

“Comuna libertaria”

En segundo lugar, el golpe de Estado de julio provocó un colapso en la administración de gran parte de las localidades aragonesas. Los ayuntamientos, regentados en su mayoría por socialistas, fueron controlados por la Guardia Civil, apoyada por caciques y propietarios locales. Todo ello provocó la paralización de la industria, el transporte y el comercio al por mayor. Un aspecto importante es si las colectivizaciones tuvieron un carácter voluntario o forzoso. El conflicto entre colectivistas y propietarios irá de la mano del poder militar y político en todo Aragón[1].

El último aspecto por señalar es terminológico, Julián Casanova expone que el término colectivismo puede llegar a ser demasiado amplio y abstracto. Por ello, defiende que es mejor referirnos al término “comuna libertaria”. Es una organización social que se caracteriza por ser un ideal económico basado en el autogobierno de las comunidades, el federalismo y, en definitiva, la supresión de la autoridad.

Destitución del “poder económico”

Tras la derrota de las tropas insurgentes, se formaron en los municipios comités de defensa o revolucionarios. El origen de estas colectividades estará estrechamente relacionado con estos comités, aunque sigue habiendo muchas dudas a su alrededor. La historiografía anarquista ha tratado de dar respuesta al origen de las colectividades. Dentro del anarquismo hay distintas perspectivas en torno a este debate. Una de las figuras más relevantes es Souchy Bauer, delegado de la AIT, en 1938 se refería a las colectividades aragonesas de la siguiente manera:

La colectivización fue una consecuencia directa de la conquista del poder político y social por la clase obrera, después del aniquilamiento de la sublevación militar. Los obreros vencedores quisieron destruir también el poder económico de aquellos que se habían aliado en la traición: los terratenientes y su séquito en las ciudades.[2]

La espontaneidad de la revolución

Defendía que Aragón era el origen de las colectivizaciones en toda España y donde la justicia social se ponía en práctica por primera vez. Solucionaba por primera vez el problema de la distribución de las tierras y campos de pasto entre los diferentes municipios[3]. En la misma línea estará el anarcosindicalista francés Gaston Leval, para él, la revolución se había dado “espontánea y naturalmente”, ya que existía una vanguardia con un ideal que continuaba a través de la historia[4].

Por otro lado, tenemos la visión del Comité Nacional de la CNT, para ellos las colectividades no fueron algo espontáneo que emergió gracias a un contexto determinado. Para el historiador y militante anarcosindicalista, las colectividades fueron un “proceso de maduración revolucionario” y que gracias a la nueva coyuntura que aparece tras el golpe de Estado tuvo la capacidad de conformarse[5].

El programa de Caspe

El primer documento de la CNT sobre las colectividades del que tenemos constancia es el informe del primer Pleno de Sindicatos de la CNT, celebrado en Caspe el 29 de agosto de 1936.  Se establecían cuatro puntos esenciales en torno a las colectividades[6]:

  • “Abolición de la propiedad privada de los medios de producción y del trabajo asalariado.”
  • “Aceptación libre de la colectividad (se excluía a los considerados facciosos, a quienes se les incautaba las tierras) por los campesinos.”
  • “Reconocimiento de la opción “individualista”, a los que únicamente se les privaría de la producción si las necesidades de la guerra así lo dictasen.”
  • “Libertad para todos los pueblos aragoneses de intercambiar o vender sus productos con las demás regiones.”

Hemos de añadir que parte de las colectivizaciones se pudieron realizar gracias a las expropiaciones de tierras pertenecientes a elementos considerados como facciosos. Es por ello por lo que la excepcionalidad de la situación bélica es esencial para entender el proceso. La CNT fue la gran impulsora de estas colectividades, gracias al amparo de las columnas de milicianos. Aunque es cierto que la UGT también constituyó sus propias colectividades: “En algunos pueblos de la comarca existen también colectividades de la UGT; pero éstas se han adherido igualmente a la Federación Comarcal de la CNT”[7].

Individualistas vs. colectivistas

Tenemos que señalar la problemática entre los individualistas y los colectivistas. Tanto el Consejo de Aragón como la CNT, al menos en teoría, respetaban la pequeña propiedad y las soluciones individuales. En agosto de 1937, la federación comarcal de Binefar-Monzón, celebró una asamblea en la que se ratificó el derecho de los campesinos que estaban insertos en las colectividades a volver a su propiedad individual, devolviéndole su parte correspondiente.

Si acudimos a la prensa de la época podemos verlo claramente, concretamente en el diario Cultura y Acción: “El individuo que trate a los individualistas de forma despectiva y violenta y quiera imponer el colectivismo de forma que no sea la libre determinación, debe correr la misma suerte”[8]. El individuo que estaba en contra de los individualistas era considerado como faccioso. Los anarquistas en Aragón no fueron partidarios de la colectivización completa debido al fuerte arraigo de la pequeña propiedad en la región.

El papel de la CNT

Por lo tanto, de este estudio preliminar podríamos destacar dos características principales del origen de las colectividades en Aragón. En primer lugar, la CNT fue el principal impulsor del surgimiento de las colectividades en la región aragonesa, aunque no tenemos que olvidar que muchas otras colectividades fueron constituidas en lugares donde ni la CNT ni ninguna otra fuerza del Frente Popular tenía presencia. Por ejemplo, Graham Kelsey relata como en la localidad oscense de Alcampel, los vecinos del pueblo se reunieron en la plaza y organizaron la colectividad.

En segundo lugar, tenemos que señalar y a la vez desmentir, que en Aragón no se implantó el comunismo libertario, podríamos hablar, como indican los propios dirigentes cenetistas, de un paso previo, que sería la colectivización[9]. Julián Floristán defendía lo siguiente: “Lo que sí sé es que, en todo el Bajo y Alto Aragón, por propia voluntad, por deseo unánime, se organiza la vida en comunidad y dentro de la mayor libertad posible. Y ello sin hablar para nada del comunismo libertario”[10].

Pese a todo, las colectividades se encontraron con gran cantidad de dificultades. Frank Mintz señala cinco principalmente. En primer lugar, el surgimiento de una especie de “neocapitalismo” en el que algunos individuos comenzaron a repartirse los beneficios de las colectividades, olvidándose de la situación bélica. Otra traba fue la falta de personal cualificado, sobre todo de contabilidad, ya que la mayoría de ellos habían marchado al frente. Mintz también señala el abandono de la autogestión por parte de la dirección de la CNT-FAI y la falta de ayuda institucional por parte del gobierno de la República y la Generalitat. Por último, el ataque y represión final a las colectividades tras mayo de 1937.

Autogestión

Como conclusión, podríamos establecer varios aspectos. A nivel económico podríamos señalar que teniendo en cuenta la difícil situación bélica en la que se encontraba España mantener la producción anterior fue un éxito. Debemos señalar también que, pese al relato militante, no se implantó el comunismo libertario o la revolución, es posible que el objetivo fuera ese, pero únicamente se llegó al paso previo[11].

Las colectividades han sido uno de los mayores ejemplos de autogestión en la historia, uno de los pocos ejemplos donde se ha puesto en práctica el anarcosindicalismo. Si bien es cierto, tuvieron una vida muy corta por lo que no podemos hacer un balance general en condiciones. Si hubieran continuado tras la guerra seguramente se hubieran encontrado con infinidad de problemas a nivel burocrático y administrativo. Por no mencionar los problemas de autoridad y poder, siempre presentes en cualquier comunidad humana. En definitiva, un suceso histórico breve pero intenso que todavía tiene mucho por ofrecernos.


[1] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa (1936-1938). Barcelona, Editorial Crítica, 2006, pp. 116-117.

[2] Ibidem, pp. 121.

[3] Agustín, Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón. El comunismo libertario en las comarcas liberadas. Barcelona, Tusquets Editor, 1977, p. 73.

[4] Gaston, Leval, Colectividades libertarias en España, Madrid, Aguilera, 1977, pp. 90 y 106-107.

[5] Frank, Mintz, La autogestión de la España revolucionaria. Madrid, las Ediciones de la Piqueta, 1977, p. 115.

[6] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., pp. 123.

[7] Agustín, Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón…, op. cit., p. 77.

[8] Raimundo, Soriano, “¿Socialismo federal o autoritarismo constitucional?, Cultura y Acción, (Alcañiz, 6/VIII/1937), p. 2.

[9] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 217.

[10] Víctor, Lucea Ayala, “El Aragón republicano: guerra y revolución”, en Angela Cenarro (ed.), Contrarrevolución y revolución: dos proyectos políticos y sociales enfrentados, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, p. 69.

[11] Pablo, García Colmenares, “Las colectividades libertarias en la Guerra Civil (1936-1939), la necesidad de recuperar su memoria”. Académico Numérico. 89, (2018), pp. 115-128.