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Etiqueta: Guerra de Ucrania

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (XCI): el misterio del PIB de Rusia en guerra

Se han publicado recientemente datos sobre el crecimiento del PIB ruso que, aparentemente, muestran cierta solidez en su economía. Muestra valores positivos en su producción, algo que ha supuesto una fuente de regocijo para los partidarios de Rusia en esta guerra. Supuestamente, manifestaría una gran solidez de la economía rusa, a pesar de las durísimas sanciones a la que ha estado expuesta en los últimos años. Unas sanciones dirigidas tanto hacia sus empresas como hacia sus líderes políticos. Creo que esta aparente paradoja puede servir perfectamente para ilustrar algunos elementos de la economía de guerra. Esto incluye las sanciones y otras formas de economic statecraft, como de las estadísticas que usan los gobiernos bien sus propias necesidades bien para legitimarse tanto en en interior como en el exterior.

Evitar la inflación

Es justo, en primer lugar, reconocer que la economía rusa no se ha derrumbado como prevían algunos analistas. Es más ni siquiera es probable que lo haga a corto plazo. A ello ha ayudado y mucho, la política económica llevada desde el comienzo de la guerra por su banquera central, Elvira Nabiúllina. Ha conseguido por lo menos evitar la inflación que las economías en guerra suelen padecer como resultado de las expansiones monetarias usadas para financiar los costes bélicos.

Normalmente en estas ocasiones se prefiere la inflación a la imposición directa, pues esta última hace más visible a la población los costes de involucrarse en conflictos y los hace, por consiguiente, mucho más impopulares de lo que ya son, sobre todo a medio plazo. Al principio las contiendas suelen tener cierto apoyo si se ha hecho previamente un uso eficaz de la propaganda. Las subidas fiscales, a diferencia de la inflación, son más difíciles de ocultar, y sobre todo son mucho más difíles de eludir buscando algún chivo expiatorio externo al que culpar de sus males.

La “vinculación” del rublo con el oro

La señora Nabiúllina básicamente llevó a cabo una subida de tipos de interés para controlar la masa monetaria, al tiempo que permitió la flotación libre del rublo. Estas medidas son clásicas y convencionales. Pero llevó a cabo otra medida que, por lo menos, consiguió que los mercados le concediesen un cierto margen de confianza. Declaró la vinculación del rublo al oro. Digo declaración, porque tal vínculo nunca se concretó en nada. Lo único que se llevó a cabo fue una compra sostenida del metal precioso por parte del estado ruso. Pero bastó con esa declaración para dar una imagen de solvencia a la moneda que le permitió capear el temporal al principio de la guerra.

Ojalá lo hubiese hecho así. Una guerra contemporánea financiada en un entorno de patrón oro sería muy difícil de llevar adelante sin tener que incrementar la fiscalidad, o sin tener que desviar recursos esenciales para la producción a la industria de guerra con el consiguiente emperoramiento de las condiciones de vida del pueblo ruso.

Oro y guerra

Lo normal es que una guerra contemporánea se financie con inflación (impuesto encubierto), con bonos de deuda patrióticos o incluso con los recursos saqueados al enemigo. Lo relata Gotz Aly en La utopía nazi: cómo Hitler compró a los alemanes; no subiendo los impuestos de forma directa, pues esto aún haría más impopular la guerra.

Un mecanismo de patrón oro no impide la guerra, como bien nos muestra la historia bélica durante los siglos en los que permaneció vigente un patrón metálico. Pero sí que dificulta mucho su financiación en entorno en los que los gobernantes están sujetos, de forma dirtecta o indirecta a la voluntad popular. Los gobiernos que se meten en guerras saben que si pierden o ésta resulta en un deterioro notable de las condiciones de la población, es muy probable se vean obligados a abandonar el poder, por las buenas o por las malas. Los propios gobernantes rusos saben que su revolución se dio en un entorno de descontento popular en un escenario de guerra, aunque no fuese este el único factor.

Te sanciono y me sanciono

Además Rusia padece sanciones muy severas por parte de la comunidad internacional. Los estudios sobre guerra económica, como el clásico de David Baldwin Economic statecraft, inciden siempre en que las sanciones, si bien debilitan a la economía sancionada, también lo hacen con la sancionadora, como todo buen austríaco sabrá. Si las relaciones comerciales benefician a ambas partes, como se afirman los economistas austríacos, impedirlas por la fuerza ocasionará daño también a otras partes, sin que pueda determinarse a priori cual de las dos partes puede ser más dañada en sus sectores vitales. La guerra económica es por tanto una señal de que una de las partes está dispuesta a sufrir penurias para alcanzar algún fin político en el ámbito de las relaciones interestatales.

Aparte de que, como se sabe, este tipo de instrumentos de presión se burlan fácilmente mediante mecanismos de triangulación. España y otros países europeos siguen adquiriendo petróleo y materias primas rusas; incluso más que antes en algún caso como el español. Sólo que se compran a algún intermediario que previamente adquirió con descuento esos bienes.

A la inversa, las empresas rusas no se encuentran para nada desabastecidas de componentes. Esto inclye a aquellos componentes que son necesarios para la industria de guerra. (El análisis de algunos drones rusos capturados recientemente reveló que la immensa mayoría de sus componentes fueron fabricados en países occidentales). Simplemente, las empresas occidentales venden a algún país aliado de los rusos, normalmente algún páis de la antigua esfera soviética y los rusos se lo compran a este.

Así en la guerra como en la paz

Como se ve se sigue comerciando igualmente, sólo que al usar intermediarios los precios acostumbran a ser más altos para ambas partes. Algunos aprovechan la ocasión y se lucran en el intercambio. Entre ellos, en numerosas ocasiones, se encuentran los más firmes y radicales defensores de las sanciones. Esto es, pueden forzar mecanismos sancionadores para beneficiarse de ellos.

Aún recuerdo cuanto me sorprendió al leer el libro de Edmund Silberner, The problem of war in nineteenth century economic thought, las referencias que se hacían en él a varios economistas liberales que recomendaban mantener los principios de libre cambio incluso con el enemigo en una guerra abierta. Sus razonamientos pueden parecer extraños, pero son lógicos. Tener que comprar más caro en una guerra nos debilita, y en el peor momento. Sin contar que, como acabamos de ver, no suele valer de nada. Además, serviría de elemento pacificador. Revelaría la estupidez de la guerra y que muchos conflictos pueden arreglarse con el comercio libre.

Supongo que algún lector, bien imbuido de los principios de las escuelas de economía nacional o del socialismo bélico, pensará que estas son fantasías utópicas del liberalismo económico. Y bien pueden serlo. Pero lo cierto es que incluso en guerras totales como la primera o la segunda guerra mundiales, existieron siempre mercaderes de la muerte que vendían y se hacían ricos con el enemigo. (Algunos de ellos de familias cercanas al poder). Lo hacían incluso vendiendo el armamento y las municiones con los que mataban a sus compatriotas. Obviamente, se beneficiaban de las interdicciones al comercio, al subir el precio que obtenían de sus bienes. Se ha reeditado hace poco el célebre Los comerciantes de la muerte de Engelbrecht y Hanighen. Y no estaría de más volver a echarle un vistazo.

¿Por qué no cae el PIB?

Pero aún así sigue llamando la atención que el PIB ruso no sólo no se haya derrumbado sino que incluso crezca algo en los años que se lleva de guerra. Pues algo tendría que haberse notado. No sólo por las sanciones, sino porque todo ese gasto improductivo en destrucción aparte de la movilización de centenares de miles de jóvenes en plena edad productiva tendría que tener algún tipo de efecto sobre el discurrir económico.

Yo creo que la clave está en los procedimientos de medición del PIB. Miden la producción bruta de bienes y servicios, pero no tienen para nada en cuenta el uso que se haga de ellos o la satisfacción que obtenga la ciudadanía. La escuela austríaca afirma que el fin de toda producción es la satisfacción de alguna necesidad por parte del ciudadano consumidor. Su carácter subjetivo hace que sea muy difícilmente estimable y mucho menos medible con precisión. Esta una de las razones por las que no acaban de convencerles las estadísticas que elaboran los gobiernos. Aparte, claro está, de que sean una herramienta imprescindible para la intervención estatal en la economía o en la vida social.

Reorganización forzosa de la economía

A efectos de estimación del producto interior bruto es indiferente que la industria rusa cambie por decreto gubernamental de producir pacíficos tractores a producir tanques y helicópteros. Y según como se valores estos últimos por su único comprador, el estado ruso, estadísticamente podría resultar en una ganancia nominal en la producción nacional. Un obús o un misil que destruyan vidas y bienes materiales del enemigo puede ser tan valorado o más a estos efectos como un medicamento o cualquier otro bien que tenga algún beneficio para el bienestar o la felicidad humana.

Y es esto lo que ha acontecido en Rusia y explica este aparente misterio. El gobierno ruso, recuperando las viejas medidas de confiscación de bienes o de reorientación forzosa de la producción usadas por los países combatientes en las guerras mundiales, ha forzado a muchas industrias de capital privado a producir los artefactos e insumos necesarios para sostener una guerra a gran escala. Por ejemplo se ha reducido la fabricación de automóviles de uso particular y se han rediseñado sus fábricas de tal forma que ahora producen tanques. Al igual que muchas factorías químicas ahora producen explosivos.

Contabilidad pública y muerte

No es nada nuevo en la historia. Es más, algunos historiadores relatan que el modelo de control estatal en la industria usado en las grandes guerras fue la inspiración del comunismo de planificación central instaurado en la antigua URSS. Lo que no había en aquellos tiempos eran estadísticas de PIB, al menos como las conocemos hoy. Por lo que lo que sí es nuevo, y es buena prueba del a moral que rige en los estados, es que artefactos dedicados a la muerte y a la destrucción sean valorados de forma positiva por los encargados de contabilizar la producción. O, al menos, al mismo nivel que los que verdaderamente mejoran la vida humana.

Ver también

La economía nacionalsocialista y el supuesto milagro alemán. (Juan Navarrete).

Derrotar militarmente a Vladimir Putin es la única solución loable

A punto de cumplirse dos años desde el comienzo de la invasión rusa, el impasse en que se hallaba sumida la guerra de Ucrania parecía desolador hace apenas unas semanas. No mejoraba esta situación el hecho de que la cabeza visible del régimen de terror selectivo ruso, Vladimir Putin[1],  fuera “rectificado” por su portavoz Dimitri Peskov, cuando aclaró al mundo que la guerra – palabra prohibida hasta ese momento en Rusia – continuaba porque se libraba contra “el conjunto de Occidente”.

Antes al contrario. Observábamos que el estancamiento de los frentes – con reminiscencias del sangriento transcurso de la I Guerra Mundial – se traducía en un incesante goteo de muertes y destrucción y una ventaja relativa para el ejército invasor. Parecía que la simpatía mayoritaria en el mundo libre hacia el país invadido no forzaba al ocupante a retroceder dentro de sus fronteras reconocidas por la comunidad internacional, sino que ralentizaba su despliegue por el territorio del Donbass perteneciente a Ucrania.

La ayuda material y financiera ya desembolsada para Ucrania por parte de la Unión Europea y sus estados miembros, por un valor total de 96 mil millones de dólares[2], más los 75 mil millones de dólares del gobierno de EEUU, se antojaban como insuficientes para repeler la agresión y forzar la retirada del ejército invasor.

Pánico en el Kremlin

Repárese, no obstante, en que, paralelamente al aparente desamparo para la causa ucraniana, se emitía una entrevista pactada entre el autócrata ruso y el periodista norteamericano Tucker Carlson[3] poco después de que el Consejo Europeo acordase el 1 de febrero un plan trianual de ayuda de 50 mil millones de euros[4] para adaptar al país a su futura a adhesión a la Unión Europea. Financiación y ayuda compatibles con otras vías bilaterales emprendidas por los propios países miembros de la UE y otros como el Reino Unido[5], Japón, Australia y Corea del Sur.

Asimismo, vistas las intrigas que tienen lugar en las cámaras del Capitolio, el alegato del dictador “nacional bolchevique[6]” se anticipaba unos días a la sesión del Senado de Estados Unidos (13 de febrero) que aprobó una reforma de su Ley de Seguridad Nacional, cuyas previsiones supondrían asignar un suplemento de gasto por importe de 60 mil millones de dólares para distintas acciones de apoyo militar a Ucrania[7]

Se entiende, pues, que la continuación de la ayuda de los países más desarrollados del mundo a Ucrania produzca auténtico pánico en el Kremlin. De ahí que el dictador ruso pida árnica y emplee otros ardides en comparecencias como la mencionada. Su propósito es resquebrajar la determinación de sus enemigos.

Vanguardia MAGA y obsolescencia tecnológica

No en vano, Rusia ha triplicado su ya abultado gasto de defensa hasta llegar a un 8 por ciento del PIB. Pese al triunfalismo del gobierno, es muy probable que, en realidad, la economía, basada en la explotación de hidrocarburos, no esté creciendo, y que las estadísticas se utilicen solamente como arma de propaganda al modo soviético. La producción industrial permanece estancada. Es un país con un gravísimo problema demográfico. Se estima que 800.000 jóvenes con la mejor formación han emigrado a otros países. Otros 300.000 han muerto en la campaña bélica.

Por lo demás, la inferioridad tecnológica de la maquinaria y el armamento rusos respecto a los occidentales que van llegando a Ucrania resulta palpable. Las dificultades para alzarse con la victoria sobre el terreno se incrementan.

Ciertamente, en el esfuerzo por quebrar la consistencia del pilar americano, Vladimir Putin ha encontrado la inestimable colaboración de ciertos ideólogos del movimiento MAGA[8] que sostienen las aspiraciones presidenciales de Donald Trump como candidato del Partido Republicano en las elecciones de noviembre de este año. De momento, el plan de ayuda no está asegurado. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, ha anunciado que impedirá que la reforma de la Ley de Seguridad Nacional que lo contiene sea sometida a votación por defectos de forma.

Las piezas del dominó

Todo ello es suficiente para entender como primordial el respaldo decidido a Ucrania por parte los países democráticos y más libres del mundo. Pero ha de contemplarse, además, cuáles serían las consecuencias si el régimen ruso de Putin obtuviera la victoria en esta guerra expansionista.

Supongamos que no se repeliera la ocupación de territorio ucraniano por la pasividad de las potencias occidentales, singularmente EEUU. ¿qué le impediría al poco tiempo recurrir a la guerra para anexionarse Transnistria en Moldavia, invocando la existencia de una población rusa mayoritaria? ¿Y después? Tenhamos en cuenta en lo que insisten países bálticos pertenecientes a la OTAN como Estonia, Letonia y Lituania. Los incentivos para que un régimen autoritario en busca de un enemigo exterior continuase su expansión hacia territorios con minorías rusas no cejarían.

Derrotar a Vladimir Putin, la única opción

Como colofón se añade el asesinato bestial de Alexei Navalny, el líder de la exangüe oposición rusa, en un remedo del gulag soviético. No falta el detalle macabro de negar la entrega del cadáver a la familia hasta tanto no borren las huellas del crimen. No ha sido el primer caso, sino uno más de la lista de opositores al régimen criminal de Vladimir Putin purgados antes que él. Anna Politkovskaya, Boris Nemtsov, Alexander Litvinenko, Ravil Maganov, Denis Voronenkov, Boris Berezovsky … Todos fulminados por el capricho de un déspota que no admite irreverencias.

Apenas un mes antes de la celebración de una pantomima de elecciones presidenciales democráticas, el ensañamiento por eliminar a los disidentes cualificados por criticar al régimen demuestra que Putin no entiende otra forma de ejercer el poder.  

Es por esto por lo que conviene insistir en que la derrota militar del régimen de Putin. Y debe entregarse, si sobrevive al conflicto bélico, a la Corte Penal Internacional para ser juzgado por crímenes de guerra y de lesa humanidad. También por otros crímenes relativos a la deportación ilegal de niños ucranianos a la Federación Rusa que motivaron la orden de arresto dictada el año pasado. Todo ello debe ser una solución prioritaria.

Para la coalición de países que hasta ahora han apoyado a Ucrania además es factible.


Notas

[1] En sucesivos discursos, Vladimir Putin anunció a sus súbditos que la “operación militar especial” se justificaba en el derecho a la legítima defensa de “las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk”. Lo contrapone al “genocidio que estaba perpetrando el gobierno nazi ucraniano”.

[2] De los que 30 mil millones corresponden a suministros y gastos militares.

[3] Cualesquiera que sean las opiniones que merezcan ambos personajes, recomiendo encarecidamente la contemplación de la entrevista para aquilatar la perfidia del dictador ruso. Convendría que Tucker Carlson aclarase si Putin conoció con mucha anticipación las preguntas que le formularía. Es evidente que trató de impresionar a una audiencia mundial con el aplomo de sus respuestas, por muy insidiosas y cínicas que éstas fueran. La mano de un experimentado equipo de asesores en la manipulación y propaganda (como los que suelen trabajar en los servicios secretos) resulta perceptible en las contestaciones. Pero siempre dentro de una cosmovisión historicista pedestre, fácilmente rebatible.

[4] De los cuales 33 mil millones corresponden a préstamos a tipos de interés bonificados y 17 mil millones a subvenciones a fondo perdido.

[5] Para el bienio 2024/25 el gobierno británico ha anunciado, aparte de otros programas de instrucción y aprovisionamiento de armas y municiones, una ayuda añadida de 2500 millones de libras esterlinas.

[6] Vladimir Putin ascendió al poder como vicepresidente designado por Boris Yeltsin en 1999 y luego como presidente. Putin se ha preocupado extraordinariamente por obtener una pátina de respetabilidad para su cleptocracia. Asume doctrinas sincréticas que han destilado en Rusia intelectuales como su hagiógrafo Alexander Duguin. En cualquier caso, podría definírsele como un nacionalista supremacista ruso. Acusa a los países que quiere sojuzgar del totalitarismo y la brutalidad que le caracterizan a él y a su régimen. Su empeño en “desnazificar” Ucrania alcanza ribetes siniestros en este sentido.

[7] Puede que esta reforma no fuera aprobada en una primera lectura por la Cámara de Representantes. Así, el trámite legislativo exigiría la constitución de un comité ad hoc. Estaría compuesto por delegados de ambas cámaras para negociar y acordar un texto. De otra manera, la reforma quedaría rechazada. Es importante destacar que la redacción actual prevé partidas de 13 mil millones de dólares para que el Departamento de Defensa adquiera armamento transferible al ejército ucraniano. Son casi 14 mil millones para la Iniciativa de Ayuda a la Seguridad de Ucrania (USAI). Consistiría en instrucción, equipamiento y asesoramiento militar para fortalecer la defensa ucraniana contra la agresión rusa. A ello se suman 1600 millones de dólares para el programa de financiación militar exterior (FMF) a disposición discrecional del Presidente. Por otro lado, también se incluyen asignaciones para operaciones del Mando militar americano en Europa, con sede en Stuttgart (Alemania).

[8] Make America Great Again. En un lugar muy destacado aparece Steve Bannon, que llega a unas cotas de maniqueísmo insólitas.

Ver también

¿Por qué resiste Ucrania? Por sus instituciones descentralizadas. (José Carlos Rodríguez).

Fricciones europeas por la guerra de Ucrania. (José Antonio Baonza Díaz)

Tener a Hitler para cenar

Por Helen Dale. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Si nadie se lo dijera antes de su visita, y no tuviera internet, no sabría que la Kehlsteinhaus, en el sureste de Alemania, fue en su día la casa de Hitler. No hay nada que evoque los mitos de la guerra.

Sin embargo, se daría cuenta de que es muy extraño. Se llega a través de un largo y atmosférico túnel al que sigue el ascenso en un ascensor chillón, dorado y parecido al de Trump. La arquitectura y el diseño interior son extraños, no se parecen a ningún estilo conocido. La chimenea, hecha de un extraordinario mármol rojo, parece haber sido atacada por buscadores ambulantes decididos a arrancar algunas gemas, por lo desconchada y mellada que está. La pared trasera de la chimenea está decorada con lo que mi padre solía llamar “bajorrelieve nazi”, algo ahora poco común, pero lo bastante identificable como para que la mayoría de la gente lo distinga del socialismo-realismo soviético, el futurismo italiano y el Art Déco. La fecha del centro también ayuda: 1938.

El Nido del Águila

Conocido fuera de Alemania como el Nido del Águila, el Kehlsteinhaus sólo acogió a Hitler en 14 ocasiones, debido a su odio a las alturas, al aire enrarecido de la montaña y al ascensor. Su supervivencia tras la guerra fue una excepción: Todos los demás edificios nazis del Obersalzberg han sido destruidos. El famoso escuadrón nº 617 de la RAF (“Los Dambusters”) comenzó el trabajo el 25 de abril de 1945. Lo que ellos no terminaron, lo hizo el Estado Libre de Baviera durante la década de 1950. (Por supuesto, no es que los Dambusters no quisieran arrasar el Kehlsteinhaus junto con todo lo demás. Simplemente no lo hicieron. En una época anterior a las municiones guiadas, incluso los Dambusters fallaron).

Los gobiernos alemanes de posguerra de todos los colores estaban desesperados por asegurarse de que la montaña no se convirtiera en una especie de extraño santuario nazi. En los años inmediatamente posteriores a 1945, buscadores de recuerdos y carroñeros rebuscaron entre las ruinas bombardeadas, con la esperanza de encontrar cosas como insignias de baja numeración de miembros del Partido Nazi, uniformes militares desechados y objetos de arte. Estos objetos, junto con los que las tropas aliadas habían saqueado durante y inmediatamente después de la rendición incondicional de Alemania, pronto aparecieron en los mercados negros dedicados a las antigüedades robadas.

Un restaurante y varios guías

Sin embargo, ni siquiera la voladura de los restos del Berghof (que Hitler adoraba y utilizaba mucho, probablemente porque no estaba a dos mil metros de altura) y de su chalet cercano favorito detuvo a los turistas y buscadores. Trozos de mármol rojo de la chimenea de la Kehlsteinhaus, arrancados a martillazos por las tropas americanas en 1945, aparecieron por todo el mundo, como pedazos de la Única Cruz Verdadera en la Europa anterior a la Reforma. El gobierno de Baviera se había quedado bloqueado.

Se produjo un cambio de enfoque. El Nido del Águila no sólo se protegió -las tropas estadounidenses que fueron sorprendidas dañando la chimenea acabaron con una carga-, sino que se dejó intacto, tal y como Martin Bormann y Gerdy Troost lo diseñaron y pretendían. Ahora es un restaurante, con espectaculares vistas a las montañas y una población residente de chovas alpinas: pequeños y audaces córvidos con picos de color amarillo mirlo y un amplio repertorio de expertas acrobacias aéreas (actúan para merendar). Por supuesto, guías externos dirigen visitas no oficiales (discretas) dedicadas a su pasado nazi, y una serie de discretas imágenes de época en la pared de la terraza esbozan su historia.

Decoración nazi

Una de las fotos muestra al Führer en una tumbona, con el mismo aspecto que los turistas alemanes de los famosos anuncios de cerveza británicos. Es aquí donde uno se entera de que Hitler odiaba el ascensor dorado -es tan luminoso que resulta difícil fotografiarlo- porque lo consideraba peligroso. Decía a todo el mundo que el mecanismo de la parte superior era vulnerable a la caída de un rayo. En esto tenía razón: Bormann ocultó dos impactos directos que tuvieron lugar durante la construcción.

Mientras que el ascensor de Hitler puede parecer una Tardis brillante -en consonancia con el tropo de que los dictadores no se escatiman, aunque hoy en día prefieran los lavabos dorados-, el resto del Nido de Águila es de buen gusto, aunque un tanto peculiar, precisamente porque su estilo y sus motivos no tienen herederos. En algún universo alternativo, los Aliados unieron sus fuerzas con la Alemania de Hitler contra la URSS y los estudiantes de diseño de todo el mundo bromean sobre la “decoración nazi” en lugar de las “monstruosidades soviéticas”.

Y aun así, los turistas vienen, la mayoría de ellos no por las vistas. Aunque no es un santuario nazi, el Nido del Águila sigue siendo una pieza del oscuro patrimonio a la vez desagradable y difícil de manejar.

Generaciones dañadas

Las dificultades del gobierno bávaro para gestionar su pasado son, en mi opinión, ilustrativas de algo más amplio. Es difícil recordar bien la Segunda Guerra Mundial. La guerra rara vez es pura y nunca es sencilla. La Segunda Guerra Mundial no fue una excepción. La torpe y tacaña respuesta alemana en la hora de necesidad de Ucrania tiene sus raíces en una culpa nacional paralizante y en un fallo de la memoria histórica.

Aquí resuena la afirmación del arqueólogo e historiador Neil Oliver de que somos hijos y nietos de “generaciones dañadas”. Nadie ha “superado” los años 1914 a 1945. En algunos aspectos, ese periodo demente y sanguinario fue una segunda Guerra de los Treinta Años. “Pensar que hemos superado esos años, esas consecuencias, es un error”, sugiere Oliver, y le preocupa -porque los últimos veteranos del primer conflicto del siglo XX ya no están y los del segundo están en peligro- que “ahora y siempre el Somme y Passchendaele sean mitos como las Termópilas, o Cartago”.

Mientras tanto, si eres británico, australiano, estadounidense o canadiense, la Segunda Guerra Mundial puede parecer lo que mi padre solía llamar (con gran ironía) “la guerra buena”. Mi padre era veterano de la Royal Navy. Proteger los barcos mercantes destinados al Reino Unido en su travesía por el Atlántico -como él hacía- era un bien sin paliativos.

Menciono Canadá porque un fallo de memoria es también lo que llevó al Presidente de su Cámara de los Comunes -probablemente con el conocimiento del Primer Ministro Justin Trudeau, a pesar de sus repetidos desmentidos- a invitar a un veterano de las Waffen-SS a la Cámara y a aclamarlo como un héroe de guerra.

Yaroslav Hunka, el héroe nazi

Dicho así, parece imposible, una locura. Cuando me lo dijeron por primera vez, no les creí. Ningún gobierno es tan tonto como para hacer eso, pensé, y menos el de la Canadá woke. Aclamado como alguien que “luchó contra Rusia”, Yaroslav Hunka, de 98 años, recibió una ovación bipartidista y los elogios del Presidente ucraniano Zelenskyy. Hunka es un veterano ucraniano de la 14ª División “gallega” de las Waffen-SS. Compuesta casi en su totalidad por voluntarios ucranianos, estaba al mando de una minoría étnica conocida como Volksdeutsche, hombres de ascendencia mixta ucraniana y alemana que hablaban ambos idiomas.

Todos nos hemos familiarizado con la idea de que Ucrania no es “parte de Rusia” desde el 24 de febrero del año pasado. Sin embargo, esa situación existe desde hace al menos décadas y probablemente siglos. En la (aproximadamente) mitad del país al oeste del río Dnipro, el nacionalismo ucraniano ha sido históricamente fervoroso. En cambio, la mitad (más o menos) al este del Dnipro siempre ha estado más cerca de Rusia cultural y lingüísticamente. Cuando (en la década de 1990) investigué y escribí The hand that signed the paper -con su escenario de “Ucrania occidental durante el Holodomor/Segunda Guerra Mundial”- admito que veía partición en el futuro del país.

Fin de la etnogénesis de Ucrania

La mala administración y la incompetencia de Putin en los trozos de Ucrania que Rusia conquistó en 2014, junto con las atrocidades más recientes, han acercado la mitad oriental del país a la mitad occidental, de tal manera que creo que es seguro decir que la etnogénesis de Ucrania ya se ha completado. Esto significa que goza del derecho a la autodeterminación tal y como lo concebían los liberales clásicos del siglo XIX.

Dicho esto, ¿cómo se explica lo de Yaroslav Hunka y otros como él? Después de la metedura de pata de Canadá, el mundo buscó en Google al de Galizia del 14, pero basta con escarbar un poco para descubrir todo tipo de colaboración ucraniana en algunos de los peores planes genocidas de Hitler. Busque “Trawniki Men” u “Operación Reinhard” si se atreve, y no diga que no se lo advertí.

Dicho esto, la razón principal de la colaboración ucraniana con la Alemania nazi -como el propio Hunka ha admitido en varios artículos escritos para su asociación de veteranos [en ucraniano]- era matar rusos. Y, en consonancia con las (entonces) divisiones lingüísticas y culturales del país, la mayoría de los colaboradores procedían de la Ucrania occidental, que se distinguía religiosa y lingüísticamente. Los ucranianos al este del Dnipro (y, por supuesto, todos los judíos ucranianos, incluida la familia de Zelenskyy) lucharon por la URSS. Varios líderes nazis también se quejaron de esto.

La alianza del Diablo

Pensaban que todo el país sería como la mitad occidental y se quejaban de la “pasividad” de ciudades orientales como Donetsk y Kharkiv. La opinión que me formé cuando escribí mi primera novela era que había buenas razones para que los ucranianos lucharan contra el imperialismo ruso y comunista (y más en general contra el marxismo, que es un dislate tóxico y genocida). El problema, por supuesto, era cómo esas razones llevaban a los nacionalistas ucranianos a una colaboración nazi generalizada y destructiva. El nazismo era un disparate tóxico y genocida similar.

El error de Canadá, por tanto, tiene sus raíces en las complejidades y exigencias de la guerra: los aliados occidentales tuvieron que hacer causa común con la URSS, un gran imperio con un gobierno tan asesino y trastornado como el de Berlín.

Rusia y varias “naciones cautivas” (incluida Ucrania) fueron gobernadas por una tiranía salvaje que mató a más ciudadanos durante la década de 1930 de los que logró la Alemania nazi al amparo de la guerra. Mientras tanto, Stalin se repartió Polonia con Hitler en 1939, un acuerdo que el historiador Roger Moorhouse llamó La alianza del Diablo en su libro sobre el Pacto Molotov-Ribbentrop. Si eras polaco y luchabas contra los rusos en 1939-1940, probablemente eras un héroe de guerra.

Holodomor

Los nazis también engatusaron a los ucranianos, prometiendo a los dirigentes del país que Alemania apoyaría la independencia de Ucrania. Hitler, por supuesto, no hizo tal cosa: veía a los ucranianos como eslavos racialmente inferiores, aptos sólo para la servidumbre. Alemania ni siquiera puso fin a la monstruosa colectivización forzada de Stalin (que contribuyó significativamente al Holodomor de Ucrania en 1931-1933). Sólo cuando los subordinados de Himmler lo persuadieron de que los ucranianos occidentales eran arios, la política nazi hacia Ucrania comenzó a cambiar, y sólo en formas que facilitaron a Alemania el uso de reclutas ucranianos como carne de cañón y de civiles ucranianos como mano de obra esclava.

Más tarde, mientras los ejércitos de Stalin violaban y asesinaban a lo largo de Europa del Este en 1944-1945, las tropas soviéticas eran seguidas por todas partes por batallones de policías secretos dispuestos a fusilar a los disidentes locales, por no hablar de los aterrorizados muchachos campesinos que huían del frente.

Una espada ceremonial para Stalin

Si la guerra fue una cruzada contra la barbarie -una “buena guerra”- es difícil explicar que el Reino Unido forjara una espada larga ceremonial cubierta de joyas como regalo de guerra para José Stalin, o la observación de Churchill de que, “si Hitler invadiera el Infierno, yo haría al menos una referencia favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”. La alianza soviética sólo es inteligible y defendible en el contexto de una guerra tanto por la supervivencia nacional como por el interés nacional. Es menos aceptable si concebimos el conflicto como una gran batalla del bien contra el mal.

Por desgracia, la reconfiguración de nuestra memoria colectiva de la Segunda Guerra Mundial -es decir, la reconfiguración de los acontecimientos de la guerra para contar una simple historia de victoria sobre el fascismo en nombre del liberalismo y los derechos humanos- está ahora tan extendida que cualquiera que haya luchado contra la tiranía por cualquier motivo puede ser considerado un héroe. Y creo que eso es lo que explica la ovación que recibió Yaroslav Hunka en Ottawa.

No hay guerras buenas

Los acontecimientos históricos de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial no son unívocos. No dicen una sola cosa. Baviera sigue luchando contra esta realidad, mientras que el bochorno de Canadá se debe a una memoria popular ahistórica y politizada de ese gran conflicto. Esto, por supuesto, se une a la creencia de que la causa de Ucrania en su actual guerra de necesidad contra Rusia es siempre y en todas partes “una buena guerra”. A la Wokery, de la que Canadá está particularmente aquejada, también le gusta hacer juegos de moralidad del pasado. El pasado -en la persona de Yaroslav Hunka- se negó a cooperar.

“Espera, ¿la casa de Hitler es un lugar turístico?”, me preguntó un asombrado interlocutor en Twitter después de que compartiera fotos del llamativo ascensor del Nido del Águila, a lo que la única respuesta razonable fue “más o menos”. Baviera lleva lidiando con la incómoda realidad de albergar la casa de Hitler desde 1945, mostrando una incoherencia comprensible. Canadá fue el país que más cerca estuvo (en 2023) de invitar a Hitler a cenar a casa.

He escrito dos veces para Law & Liberty sobre por qué creo que Ucrania está del lado del bien en este conflicto. Sin embargo, lo correcto y lo bueno no son lo mismo. Es posible hacer cosas malas por una buena causa. Es posible hacer cosas buenas por una causa mala. Es posible resistir a la tiranía por malas razones y por una mala causa.

Y no hay “guerras buenas”, sino guerras malas y menos malas.

Ver también

¿Por qué Hitler invadió la URSS? (Fernando Díaz Villanueva).

¿Por qué resiste Ucrania? Por sus instituciones descentralizadas

Publicado originalmente en Disidentia.

Cumplido el primer aniversario de la invasión de Ucrania por Rusia, el país asaltado resiste. No es esto lo previsible. El presupuesto del estado euroasiático es un múltiplo del de Ucrania. Y su disposición a convertir a sus ciudadanos, especialmente a los díscolos, en carne de cañón, no conoce el adversativo. Y tiene reservas de carne casi sin límite: cerca de 68 millones de hombres; más que toda la población de Ucrania.

La economía de Rusia es más pequeña que la de Canadá o Italia, pero su Estado está dispuesto a destinar cantidades mucho mayores que la de estos países al ámbito militar. Más que dobla el presupuesto ucraniano. Rusia se llevó todo el arsenal nuclear soviético, que precisamente estaba en Ucrania. Pero este es un elemento que sólo tangencialmente tiene relación con lo que se plantea aquí.

Porque la cuestión es ¿por qué? O, más bien, ¿cómo? ¿Cómo ha hecho Ucrania para resistir el zarpazo del oso ruso, con una superioridad tan abrumadora?

Una posible explicación es la ayuda que ha recibido Ucrania procedente del exterior. Pero Ucrania sigue sin acercarse al volumen de hombres y armamento de su inamistosa vecina, a pesar de todos los medios prestados por las democracias occidentales. Y, en cualquier caso, la llegada de armamento y ayuda ha sido paulatina, y no se produjo en los primeros instantes, cuando se produjo la ofensiva, que es cuando la resistencia de Ucrania abrió los ojos al mundo. También se ha querido explicar la incapacidad de Rusia de hacer valer su superioridad militar en la rampante corrupción de sus instituciones, y en particular de su Ejército. Pero a este respecto, Ucrania no puede ofrecer una ventaja.

Cuatro autores han recurrido a una explicación diferente, y que podría ser más convincente de las que se han dado hasta ahora. Yahya Alshamy, Christopher J. Coyne, Nathan P. Goodman y Garrett Wood se han fijado en la estructura institucional ucraniana. Fruto de su investigación es su artículo conjunto Polycentric defense Ukraine style: explaining ukrainan resilience against invasion.

El estudio del policentrismo en las instituciones, y de su poder para dar una mejor respuesta que la preeminencia o exclusividad de una institución centralizada, lleva haciéndose un tiempo. Pero su aplicación a la defensa es relativamente escasa, dicen los autores.

El Maidán, la revuelta nacionalista, europeísta y anti rusa de 2014, dio paso a varias reformas del país de gran calado. Una afecta al Ejército ruso, y es pertinente que la recordemos aquí (no lo hace el artículo). El Ejército de los Estados Unidos ha estado adiestrando al ucraniano, que antes de ello era una réplica del de Moscú, como una muñeca de madera, ucraniana en este caso, dentro de otra muñeca igual, rusa. No sólo ha formado a mandos y tropa, sino que les ha transmitido tácticas y estrategias modernas, y ha transformado por completo sus doctrinas. Sin duda, una parte de la explicación de la resistencia ucraniana se apoya en esta realidad.

La incapacidad del Ejército ucraniano de defenderse del ruso en 2014 se debió en parte a que la corrupción lo había convertido en una burocracia especialmente inoperante. Entonces, el sistema político ucraniano decidió descentralizar al Ejército; acabar con su carácter centralista, y recalar en las instituciones regionales y locales. Un dislate, si lo miramos desde un punto de vista tradicional.

Pero esto fue lo que se hizo. La llamada democracia ucraniana era una elección, sí, entre bandas criminales que aprovechaban unas instituciones centrales corruptas para enriquecerse y hacer lo mismo con las fuerzas que les apoyaban. En fin, era como cualquier otra democracia, pero en un grado sumo. ¿Era Ucrania, pues, el summum de la democracia? Lo dejo ahí y salgo corriendo ligero, porque es otra la cuestión que debemos atender.

De modo que no se podía confiar en el gobierno central. Por eso se introdujeron cambios. Se permitió descentralizar tanto las finanzas del Ejército como la organización y la reclutación de sus fuerzas. Los gobiernos locales (hromodas) eran más transparentes y responsables que el gobierno central. Esta localización del poder no ocurrió sólo con el Ejército.

Se realizó sobre órganos de autogobierno, más participativos, que favorecieron la creación de redes comunitarias. Se estrecharon los lazos con los vecinos y con el territorio. Además, las instituciones locales, y ocurre lo mismo con los batallones locales, se han sometido a las normas de control de la corrupción. Esto es importante, porque ha permitido que la confianza de la población local, y en consecuencia su disposición a aportar medios, sea mayor.

Sobre esa base, se crearon batallones de voluntarios que recibían una formación militar. Esos batallones tenían distintos tamaños. Pero diferían entre sí también en otros aspectos importantes, como su equipación militar, su estructura organizativa, sus tácticas, o su financiación. “Los batallones de voluntarios se formaron por diversas razones. Algunos se formaron para defender ciudades concretas, como Dnipro, Kviy y Kherson. Algunos se formaron para llevar a cabo una guerra de guerrillas como forma de venganza contra Rusia, como fue el caso de los batallones chechenos proucranianos. Otros se formaron en torno a individuos que buscaban hacer carrera política, y muchos se formaron en torno a ideologías políticas y religiosas distintas, como el etnonacionalismo o el cristianismo”, señalan los autores. Se da la circunstancia de que se ha creado una auténtica competencia entre líderes y grupos por organizar batallones más efectivos o mejor preparados que los demás.

Es una realidad militar muy abigarrada, pero no es del todo un sálvese quien pueda. Para formar parte del Ejército ucraniano, necesitan estar aprobados por el gobierno central. Éste les provee de medios logísticos y militares, de modo que hay un control político, incluso operativo, aunque no sea completo.

De hecho, en enero de 2022 el gobierno creó la Ley de Fundamentos de la Resistencia Nacional, que define las Fuerzas de Defensa Territorial (FDT) como una rama de las fuerzas ucranianas, e incluye a los batallones locales en esas FDT.

De modo que no es una sarta de ejércitos de Pancho Villa, pero tampoco es una organización al servicio de unos políticos dedicados a perfeccionar el pillaje. ¿Qué ventajas ha tenido esta estructura institucional en gran parte policéntrica?

Lo que señalan los autores es la primera de las ventajas es el uso del conocimiento local, o su coordinación. Como no hay que transmitir la información a un órgano central, en ocasiones alejado del terreno, y como quienes dan las órdenes participan del conocimiento del terreno y de las circunstancias de la guerra, las decisiones se toman de forma más ágil. El artículo cita la capacidad de los batallones del Donbás de adoptar medidas más rápidas y certeras que las del Ejército ucraniano en la defensa del territorio.

Según cuentan los autores, “ante la falta de dirección y recursos centralizados, los voluntarios de estos batallones empezaron a dirigir sus propias actividades y a buscar sus propios recursos. Se autoorganizaron en grupos separados para establecer puestos de control, patrullar, realizar escaramuzas y explorar, cubriendo las lagunas dejadas por el ejército ucraniano. Para superar la falta de armas y municiones suministradas por el gobierno ucraniano, recurrieron a armas de propiedad o fabricación privada y a armas capturadas a soldados rusos, dependiendo de lo que estuviera disponible localmente para los grupos autoseleccionados”.  Por otro lado, y contrariamente a lo que cabría pensar, hay una coordinación entre los distintos grupos, que están en comunicación.

Los donantes pueden elegir no sólo con qué medios apoyar el esfuerzo bélico, sino cómo y para qué propósito. Hay incluso páginas web que facilitan información sobre los diferentes fines a los que se puede aportar dinero, y vehiculan esos medios a tales proyectos.

En segundo lugar, y este es un efecto muy conocido del policentrismo, esta estructura institucional favorece la competencia entre grupos, ya lo hemos visto, así como la experimentación y la flexibilidad. Un ejemplo de experimentación es el uso de drones. A falta tanto de armamento convencional como de preparación, una parte de la sociedad ha optado por otras vías para contribuir al esfuerzo bélico. Y el uso de drones privados es un ejemplo. El Ejército ucraniano había creado un programa para la fabricación de drones bélicos, pero naufragó en un lodazal de corrupción. Por último, señalan los autores, la competencia ha forzado a que el uso de los recursos sea más eficaz.

La descentralización tiene otras ventajas, como la de reducir la incidencia de los puntos débiles. O favorece la participación voluntaria. Pero, sobre todo, favorece la identificación de la sociedad con el Ejército, y con la defensa de la propia comunidad y del territorio. Esto es lo fundamental.

Victor Davis Hanson ha demostrado que, en términos generales, los Ejércitos que se han impuesto son los que se identifican más con sus instituciones. De modo que cuanto más respetuosas han sido esas instituciones, más han hecho los hombres que se jugaban su vida por ellas. Seguro que este éxito de Ucrania no le resulta difícil de entender al gran historiador militar.

La advertencia de David Hume sobre las guerras permanentes

Daniel Klein. Este artículo fue publicado originalmente por Law & Liberty.

La propaganda se frena con el desafío abierto y la disputa enérgica. Pero es difícil discutir sobre el propio gobierno en tiempos de guerra, porque uno puede ser tratado como un apologista del enemigo, o incluso como un enemigo declarado. La propaganda es tal vez peor que en tiempos de guerra. Es entonces cuando es más probable que el gobierno destruya las preciadas libertades nacionales.

En cuanto al gobierno de Estados Unidos en la actualidad y su conducta en las intervenciones militares y en el extranjero, me atrevo a decir que dudo bastante de su sabiduría y virtud. En cuanto a la guerra de Ucrania y otras cuestiones relacionadas, me convencen voces como John Mearsheimer, los caballeros de The Duran y los sabios del canal de YouTube de Andrew Napolitano.

“Imprudente vehemencia”

La filosofía y la erudición proporcionan un respiro de lo terrible. Boecio escribió -en prisión, a la espera de su ejecución- sobre el consuelo de la filosofía. Yo encuentro consuelo en la lectura de textos demasiado antiguos para conocer los terribles acontecimientos de hoy. Pero a veces las conexiones son inevitables.

Participo regularmente en un grupo de lectura, y en este momento nuestro texto son los Ensayos de David Hume, que contienen Del equilibrio de poder. Termina con varios párrafos sobre la “imprudente vehemencia” de Gran Bretaña en sus numerosas guerras contra la Francia absolutista. Esos párrafos son notablemente relevantes para las cosas de hoy, tal como yo las veo. Al adentrarse en esos párrafos, uno se entera del pensamiento de Hume y de una forma de ver los acontecimientos de hoy.

Escuchando a Hume en 2023

Hume presenta a Francia como una amenaza real para Gran Bretaña. Habla de ella como “esta potencia ambiciosa”, una que es “más formidable [de lo que fueron Carlos V y los Habsburgo] para las libertades de Europa”. Parecía respaldar los esfuerzos de Gran Bretaña por “protegernos contra la monarquía universal y preservar al mundo de un mal tan grande”.

Es posible que esas declaraciones fueran sinceras, y es posible que fueran acertadas. Pero Hume era un escritor cauteloso, y sin duda escribía para persuadir a la clase dominante. Sin embargo, lo más notable de Del equilibrio de poder es cómo concluye. Hume dice que Gran Bretaña ha hecho la guerra “en exceso”, pide “moderación” y da sus razones. Si aplicamos esos párrafos a la actualidad, podríamos pensar en Estados Unidos en lugar de Gran Bretaña, y en Rusia o China (o ambas) en lugar de Francia. Ucrania, Alemania y otros países de la OTAN ocuparían hoy el lugar de los aliados de la Gran Bretaña de Hume.

El ensayo, que apareció por primera vez en los Discursos Políticos de Hume de 1752, comienza señalando que la frase “el equilibrio de poder” es nueva y ahora muy utilizada, y hoy en 2023 podemos confirmarlo (ver aquí). Hume se pregunta si es sólo la frase lo que es nuevo, o si el propio concepto de equilibrio de poder es nuevo.

El imperio romano y el de los Estados Unidos

La respuesta es clara: “En toda la política de Grecia, la ansiedad, con respecto al equilibrio de poder, es evidente, y se nos señala expresamente, incluso por los historiadores antiguos”. La gente en la antigüedad estaba realmente preocupada por el surgimiento de potencias rivales, y actuaban para preservar un equilibrio de poder. “Tucídides representa la liga, que se formó contra Atenas, y que produjo la guerra del Peloponeso, como debida enteramente a este principio”. Los atenienses eran entonces “el pueblo más bullicioso, intrigante y belicoso de Grecia”, que encontraba “su error en meterse en todas las disputas”.

Si eso no le hace pensar en Estados Unidos, quizá lo hagan las observaciones de Hume sobre Roma. El Imperio Romano se había vuelto tan dominante, como la antigua unipolaridad de Estados Unidos, que la idea del equilibrio de poder se volvió algo inapropiada. Los líderes de fuera de Roma percibían la creciente hegemonía romana, y consentían o apoyaban activamente a Roma. Hume menciona a Massinissa de Numidia, Atalo de Pérgamo y Prusias de Bitinia, hombres que, “al satisfacer sus pasiones privadas, fueron, todos ellos, los instrumentos de la grandeza romana; y nunca parecen haber sospechado que estaban forjando sus propias cadenas, mientras avanzaban en las conquistas de su aliado”. (Pienso en el actual Canciller alemán, Olaf “Actuaremos juntos” Scholz).

El equilibrio del poder

Hume destaca a un hombre atrapado en medio, en Sicilia, entre Roma y Cartago, Hiero de Siracusa, que actuó en ayuda de Cartago para preservar el equilibrio entre esas dos potencias. Hume cita al historiador griego, Polibio, diciendo que Hiero ayudó a Cartago “para que por la caída [de Cartago] el poder restante [Roma] pudiera, sin contraste ni oposición, ejecutar todo propósito y empresa. La [F]orza [nunca debe] ser arrojada en una sola mano, como para incapacitar a los estados vecinos de defender sus derechos contra ella”. Es raro que una gran potencia se parezca a un déspota benevolente.

Hume resume:

En resumen, la máxima de preservar el equilibrio de poder se basa tanto en el sentido común y el razonamiento obvio, que es imposible que haya escapado por completo a la antigüedad, donde encontramos, en otros particulares, tantas marcas de profunda penetración y discernimiento.

David Hume

Moderación

Llevando la discusión de vuelta a su propio tiempo, Hume pasa entonces a la principal preocupación de Gran Bretaña, que es Francia. Felicita a Gran Bretaña por estar “a la cabeza” contra Francia en una serie de guerras, diciendo que los británicos “están animados con tal espíritu nacional, y son tan plenamente conscientes de las bendiciones de su gobierno, que podemos esperar que su vigor nunca languidezca en una causa tan necesaria y tan justa”.

Pero la siguiente frase da un giro:

Por el contrario, si podemos juzgar por el pasado, su ardor apasionado [es decir, el de los británicos] parece requerir más bien cierta moderación; y se han equivocado más a menudo por un exceso loable que por una deficiencia censurable.

David Hume

Que el vigor de Gran Bretaña nunca languidezca, pero requiere moderación.

Tres argumentos

A continuación, Hume enumera tres argumentos a favor de moderar la belicosidad británica hacia Francia. En primer lugar, Gran Bretaña ha estado demasiado poseída por el “espíritu de celosa emulación, [más que] actuada por las prudentes opiniones de la política moderna”. El desafortunado espíritu de emulación se produce cuando “cada estado parece haber tenido más en cuenta el honor de liderar al resto, que cualquier esperanza bien fundada de autoridad y dominio.”

“Nuestras guerras con Francia”, escribe Hume, “se han iniciado con justicia, e incluso, tal vez, por necesidad; pero siempre han sido demasiado empujadas por la obstinación y la pasión.” A continuación, Hume enumera tres casos de hostilidades infructuosamente prolongadas:

  • “La misma paz, que después se hizo en Ryswick en 1697, se ofreció ya en [1692];”
  • “la concluida en Utrecht en 1712 podría haber sido terminada en tan buenas condiciones en Gertruytenberg en [1708];”
  • “y podríamos haber ofrecido en Frankfort, en 1743, las mismas condiciones que aceptamos con gusto en Aix-la-Chapelle en [1748]”.

Guerra de Ucrania

Hoy, ¿cuál es el objetivo realista en Ucrania? ¿Por qué aplazar las negociaciones y la resolución? Hume escribe que es “debido más a nuestra propia vehemencia imprudente, que a la ambición de nuestros vecinos” que hemos sostenido “la mitad de nuestras guerras con Francia, y todas nuestras deudas públicas.”

En segundo lugar, Gran Bretaña, siendo “tan declarada en nuestra oposición al poder francés,” se ha mostrado también “tan alerta en defensa de nuestros aliados.” ¿Cómo responden entonces los aliados de Gran Bretaña?

Siempre cuentan con nuestra fuerza como con la suya propia; y esperando continuar la guerra a nuestra costa, rechazan todos los términos razonables de acomodación.

David Hume

Si eso no le recuerda a Ucrania, considere lo siguiente sobre la aliada Hungría, frente a Prusia:

Todo el mundo sabe, que el voto faccioso de la Cámara de los Comunes, al principio del último parlamento, con el humor profeso de la nación, hizo a la reina de Hungría inflexible en sus términos, e impidió ese acuerdo con Prusia, que habría restaurado inmediatamente la tranquilidad general de Europa.

David Hume

En tercer lugar, “somos tan verdaderos combatientes, que, una vez comprometidos, perdemos toda preocupación por nosotros mismos y nuestra posteridad, y sólo consideramos cómo podemos molestar mejor al enemigo”. Hoy en día, molestar al enemigo llega hasta el punto de cambiar de régimen.

La deuda pública

Una preocupación para la posteridad -entonces como ahora- es la deuda pública: “Hipotecar nuestros ingresos a un ritmo tan alto, en guerras en las que sólo éramos cómplices, fue sin duda el engaño más fatal del que jamás haya sido culpable una nación con pretensiones de política y prudencia. Ese remedio de la financiación [deuda pública], si es un remedio, y no más bien un veneno, debería, con toda razón, reservarse hasta el último extremo; y ningún mal, salvo el mayor y más urgente, debería inducirnos jamás a adoptar un expediente tan peligroso”.

En el volumen de Hume de 1752 (al igual que en el volumen moderno), el ensayo Del equilibrio de poder fue seguido inmediatamente por De los impuestos y Del crédito público. En este último, Hume denuncia la acumulación irresponsable de deuda pública, escribiendo:

Cuando veo a los príncipes y a los estados peleando y riñendo, entre sus deudas, fondos e hipotecas públicas, siempre me trae a la mente un partido de garrotazos librado en una tienda de chinos.

David Hume

Deuda y dependencia

La deuda pública, explica Hume, se ha disparado como consecuencia de la guerra. Con una advertencia que prefigura las de Alexis de Tocqueville, escribe en Del crédito público:

Pero nuestros hijos, cansados de la lucha y encadenados por las cargas, pueden sentarse seguros y ver a sus vecinos oprimidos y conquistados, hasta que, al final, tanto ellos como sus acreedores queden a merced del conquistador.

David Hume

Pienso en el comentario de Adam Smith en sus Lecturas sobre Jurisprudencia: “Un país conquistado, en cierto modo, sólo cambia de amos”. En otro ensayo, Hume dice que “el pueblo” en los estados absolutistas europeos “eligió confiar a su príncipe ejércitos mercenarios, que fácilmente volvió contra sí mismo.”

El destino de las “monarquías enormes”

Volvamos a Del equilibrio de poder: Es en el espíritu de presentimiento tocquevilliano que Hume concluye. Hume invita a los británicos a pensar en sí mismos como oponentes necesarios de la imperial y despótica Francia, pero no de forma excesiva. En el último párrafo, lanza otra bola curva, sugiriendo que la propia Gran Bretaña está derivando hacia la arrogancia de Atenas antes de la Guerra del Peloponeso y del Imperio Romano. “Las guerras se desarrollan a gran distancia e interesan a una parte tan pequeña del Estado”. Hoy, muchos estadounidenses se preguntan: ¿Por qué nuestro gobierno está librando una guerra por poderes contra Rusia?

El mensaje de Hume en el último párrafo se resume en sus frases primera y última:

Las monarquías enormes son, probablemente, destructivas para la naturaleza humana; en su progreso, en su permanencia, e incluso en su caída, que nunca puede estar muy distante de su establecimiento. … Y el melancólico destino de los emperadores romanos, por la misma causa, se renueva una y otra vez, hasta la disolución final de la monarquía.

David Hume

Hume, dirigiéndose a la clase dirigente, les incita a preguntarse si se están convirtiendo en emperadores romanos arrogantes. Los gobernantes estadounidenses podrían preguntarse si su belicosidad se parece a la de la Gran Bretaña de Hume y, por tanto, a la arrogancia de Roma.

La Casa Blanca y el Pentágono están cerca del Monumento a Washington, pero ahora lejos de George Washington.

Fricciones europeas por la guerra de Ucrania

Desde enero de 2014, año en el que Rusia se anexionó ilegalmente la península de Crimea, Ucrania y los países de la Unión Europea se hallan ligados por un Convenio de asociación y libre comercio. En el momento que el gobierno ruso desató la guerra abierta el 24 de febrero de 2022, con la invasión de distintas partes de su país vecino, y reconoció como entidades independientes las regiones de Donetsk y Lugansk – parcialmente dominadas por  aliados armados suyos – aún no se habían desplegado plenamente sus efectos.

Libre comercio y libre movimiento

De forma consecuente, como parte de la natural respuesta de solidaridad ante una agresión tan injustificada, Parlamento y Consejo Europeo aprobaron un reglamento para levantar durante un año[1]casi todas las barreras aduaneras y contingentes a la importación que todavía se mantenían del lado comunitario. Por lo que vamos a comentar más adelante, reténgase que esas medidas precluirán el próximo 5 de junio, a no ser que las instituciones que las adoptaron prorroguen su vigencia o decidan anticipar los efectos del acuerdo comercial mencionado en primer lugar. Nótese, asimismo, que el complicado entramado de toma de decisiones permitiría a cuatro estados (de los 27 miembros) formar una minoría de bloqueo en el Consejo Europeo, dados los mecanismos de mayoría cualificada necesarios para manifestar su posición.

En paralelo, durante los primeros compases de la guerra se produjo también una decisión sin precedentes. A instancias de la Comisión de la Unión Europea, la mayoría de los países eliminó para los ciudadanos ucranianos los requisitos exigidos a los nacionales de países terceros para desplazarse por los países de la Unión Europea y los visados para la obtención de permisos de trabajo o residencia durante un periodo inicial de 3 años. Decisión muy acertada, pues facilitó la dispersión por Europa de estas personas según sus preferencias. En especial de ancianos, mujeres y niños, ya que el estado de guerra declarado y la ley de movilización forzosa, impiden, en principio, a los varones comprendidos entre los 18 y los 60 años salir de Ucrania, salvo si ocupan determinadas profesiones o concurren causas de exención del deber de alistamiento forzoso, como, por ejemplo, contar con más de 3 hijos dependientes o ser responsable único del cuidado de uno.

Irredentismo húngaro

Los iniciales cuellos de botella en el transporte hicieron pensar en un alojamiento prolongado en campamentos de refugiados en países fronterizos. A pesar de ello, lo cierto es que una parte apreciable de las personas desplazadas trabajan en empresas residentes en los países de acogida[2] o en otras que se han trasladado total o parcialmente de Ucrania.

Dicho lo anterior, la prolongación de la guerra en una situación de estancamiento de posiciones en los frentes de batalla, pone de manifiesto numerosas contradicciones en los países fronterizos de la Unión Europea. Conocida es la desconcertante equidistancia del gobierno húngaro de Viktor Orban, cuando no su afinidad con el régimen de Vladimir Putin anterior al conflicto, así como las trabas opuestas a ayudar al país agredido. Una posición estratégica que parece en parte relacionada con las apetencias territoriales sobre la zona fronteriza de Ucrania en los Cárpatos, donde se asienta una minoría húngara.  

Fronteras abiertas al cereal ucraniano

Menos conocida y, por lo tanto más sorprendente, ha sido la coordinada prohibición, a salvo, se dijo, de las operaciones en tránsito, de las importaciones de cereales y oleaginosas ucranianos por parte de los gobiernos polaco, eslovaco, húngaro, rumano y búlgaro, la cual comenzó el pasado Viernes Santo el primero de ellos, solo dos días después de la visita del presidente ucraniano Volodimir Żeleński a Varsovia.

Asumían, aparentemente, las reclamaciones de agricultores que denunciaban la afluencia masiva de cereales de esa procedencia que provocarían una competencia imbatible y el hundimiento de los precios. A la elección de la ruta europea no son ajenas las dificultades al transporte marítimo en el Mar Negro por el régimen ruso, pese al acuerdo tripartito de Estambul del verano pasado para desbloquear la exportación de cereales ucranianos a través del Mar Negro a países africanos y del Medio Oriente.

Pasión turca por Rusia

De hecho, el 25 de abril el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, ejerciendo como presidente rotatorio del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, planteó crudamente que su país incumplirá esos acuerdos si las sanciones impuestas contra Rusia no se levantan. Por si los gobiernos europeos no se hubieran enterado todavía del tipo de aliado que tienen en la OTAN, el gobierno turco ya ha anunciado que, a partir del 1 de mayo, el arancel sobre las importaciones de cereales de Ucrania a Turquía será del 130 por ciento, en lugar de la exención actual.

La torpeza de los países orientales de la UE[3] contradice flagrantemente las competencias de la Unión para decidir la adopción de medidas excepcionales en contra de reglamentos comunitarios en vigor y la pretendida solidaridad a Ucrania de la mayoría de estos países. No en vano, a mayor aprovechamiento de la producción agrícola del país invadido, menor será teóricamente la ayuda presente y futura que deberán prestar los países europeos.

Política agraria común

Las reuniones que han convocado el vicepresidente de la Comisión y el comisario del ramo para disuadir a los cinco países mencionados de continuar con las sanciones a los productos agrícolas y ganaderos ucranianos, al tiempo que se ofrecen compensaciones de urgencia para los sectores afectados, e, incluso, equivocadamente, puntuales contingentes para la importación, no han concluido con los resultados apetecidos hasta el momento.

En conclusión, cualesquiera que sean las soluciones parciales y de compromiso a las que lleguen los países de la Unión Europea, y el devenir de la guerra, las miserias de la política agraria común y de los grupos de presión europeos han quedado expuestos a la luz. Obviamente, los agresores y dictadores circundantes las conocen e intentan sacar el máximo provecho de ellas.


[1] Desde el 4 de junio de 2022 hasta el 5 de junio de este año. Reglamento (UE) 2022/870 del Parlamento Europeo y del Consejo de 30 de mayo de 2022.

[2] Según la Seguridad Social polaca (ZUS) en febrero de este año cotizaban en Polonia 746.000 refugiados, aparte de otros ucranianos que ya lo hacían antes del estallido de la guerra.

[3] Nótese, por otro lado, que en este caso echar la culpa a la burocracia de Bruselas tiene un difícil encaje en la retórica victimista habitual, cuando el comisario de agricultura, Janusz Wojciechowski, fue designado precisamente por el gobierno polaco.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXVII): Sobre la guerra en Ucrania (I)

Raro es que en esta columna se comenten eventos de actualidad, pero creo que no se puede dejar pasar la oportunidad de comentar una guerra entre estados vecinos. La mayor parte de las guerras de este siglo han sido bien guerras civiles, esto entre facciones dentro de un mismo Estado que aspiran al dominio del mismo, bien intervenciones de alguna superpotencia o poder regional sobre otro Estado mucho más débil o en apoyo de alguno de los bandos en lucha en algún conflicto civil.

De hecho, hace mucho tiempo que no se puede observar una guerra convencional entre dos estados modernos con ejércitos organizados.  Aún con evidentes asimetrías entre los mismos, el conflicto sigue las pautas de los viejos conflictos que ya creíamos olvidados. Ambos cuentan con representación en la ONU, co cuerpo diplomático y con estructuras de Estado avanzadas. También cuentan con ejércitos regulares y en principio parece que ambos acatan más o menos las convenciones en cuanto al tratamiento de prisioneros y combaten con uniforme y bandera y salvo excepciones parece que no buscan deliberadamente (o por lo menos no lo reconocen abiertamente) el ataque a la población civil.

No estamos acostumbrados a estos conflictos porque la famosa anarquía internacional a la que se refieren los teóricos de las relaciones internacionales ha permitido durante mucho tiempo que estos conflictos no hayan tenido lugar. En efecto el incremento de las relaciones comerciales y culturales parecía haber conseguido que las guerras directas entre estados pasasen a mejor vida. Norman Angell nos había advertido de que la densidad de relaciones económicas implicaba que una guerra implicase pérdidas económicas tan grandes en un mundo interrelacionado que la mera posibilidad de la misma quedase descartada. Empresas multinacionales, flujos migratorios o el turismo habían conseguido que los diferentes pueblos de la tierra hubiesen reducido sustancialmente sus tensiones y que la guerra causase daños severos a los países en conflicto.

Algo de eso hay. Si nos fijamos aparte del daño militar, podemos observar cómo la guerra está causando daños terribles a la economía de la potencia atacante, Rusia. Es la primera vez que puedo observar como una potencia atacante, presumiblemente poderosa, comienza una guerra con un corralito bancario y con amenaza clara de impago de deuda. Esos fenómenos antes se daban, pero al finalizar la guerra y con una derrota, no antes. Aunque Angell parece equivocado en su valoración de que la interconexión comercial y la globalización económica imposibilitarían las guerras futuras si que acierta en las consecuencias de la misma en un mundo económico interconectado. Las pérdidas con mucha probabilidad van a ser superiores a cualquier beneficio que pudiese obtener la economía rusa con la anexión de territorios ucranianos, por muchas minas o recursos con los que puedan contar.

En efecto, los beneficios de cualquier posible conquista ya no son los mismos que antes (en el caos improbable de que antes los hubiese). Más allá del prestigio político que Putin y sus oligarcas pudiesen obtener, no acabo de ver claro qué es lo que pueden ganar u ofrecer a su población como recompensa por los costes y sacrificios de la invasión. En teoría pueden obtener recursos naturales como el carbón, o tierras de cultivo, pero sin una población capacitada y cooperativa de poco les van a valer. Los costes de la ocupación y la coerción superarían con creces los hipotéticos beneficios de la conquista. La propia Rusia es un ejemplo de país que cuenta con enormes depósitos de metales y materias primas y grandes extensiones de tierras de cultivo, sin que la hayan reportado más que un mediocre provecho.

Putin y su oligarquía parecen estar anclados en las viejas doctrinas geopolíticas que lo fían todo a la posesión del espacio, sin darse cuenta de que lo relevante a día de hoy es el capital, sea físico o humano, bien insertado en un mercado capitalista mundial. Algún teórico ha estudiado el caso de una hipotética invasión de Silicon Valley, una de las zonas más ricas del mundo, por una potencia extranjera. Su conclusión es que bien poco se llevarían más allá de edificios y tierras, lo que para nada compensaría los costes de la conquista, pues la riqueza de ese territorio se basa en la capacidad creativa e industrial de su gente y para casi nada en los recursos con que esta cuente. Y a esa gente no se le puede obligar a trabajar creativamente par aun invasor, dado que la creatividad y el ingenio no pueden ser impuestos. Algo semejante ocurriría con la invasión de Japón o Singapur, por poner otros ejemplos.

A esto hay que sumar que una hipotética anexión de esos territorios implicaría asumir espacios devastados físicamente por la guerra y una población poco cooperativa, a la que habría que forzar, si es que se puede, a cooperar con el invasor. Esto último también puede sorprender a los habituados a pensar con marcos antiguo de pensamiento, pues se nos dirá que muchos de ellos son ética o culturalmente rusos. En siglos pasados, imbuidos de ideas nacionalistas clásicas la composición étnica o lingüística de un territorio tenía mucho que ver con las guerras de invasión. Sólo hay que recordar los intentos de la Alemania nacional-socialista de reunificar a todos los pueblos de cultura germana en un sólo Estado, lo que dio lugar a reclamaciones y conflictos sin fin. Otros estados europeos llevaron, a menor escala, tentativas semejantes con mayor o menor éxito. Pero a día de hoy el nacionalismo, erosionado por ideologías de la posmodernidad, no es más que uno entre muchos de los factores de identificación de la población. Y probablemente no el principal. Muchos habitantes del sudoeste de los Estados Unidos, por ejemplo, son mexicanos étnica o culturalmente, pero dudo mucho de que se apuntasen a la idea del gran Aztlan y de reunificarse políticamente con sus vecinos del sur. O muchos marroquís de Melilla, también por poner ejemplos próximos.

Pues en la Ucrania rusófona parece acontecer tres cuartos de los mismos. Muchos rusos de Ucrania, en la disyuntiva de volver a la Gran Rusia, con todo lo que ello conlleva, o permanecer en una Ucrania con mejores perspectivas de alcanzar un mejor nivel de vida o de disfrutar de mayores libertades en el ámbito político o personal no parecen tener dudas. Optan por unas mejores expectativas antes que por la unificación con tan poco amorosos hermanos y presentan por lo tanto fiera resistencia a la agresión. De ahí que sorprenda a muchos que sea en estas zonas aparentemente más proclives donde se esté dando una mayor resistencia y donde los avances rusos sean menores. Quizás porque saben lo que les espera y no le apetezca mucho.

También esta guerra parece hacer buenas las previsiones de transformación de la guerra y del Estado planteadas por el genial analista militar israelí Martin van Creveld, muy admirado en círculos anarcocapitalistas, a pesar de que él no lo es. Este en una serie de libros, especialmente “Rise and fall of the state” y “Transformation of war” planteó hace unos años la posibilidad de que los ejércitos estatales convencionales no fuesen la mejor opción de defensa en nuestros tiempos. La tesis de este autor es que los Estados están concebidos para la guerra y sus mecanismos de defensa y ataque estarían, por tanto, pensados para confrontar a otros Estados. Los cambios en la forma de operar la guerra tendrían su correlato en el cambio en las formas del Estado. Grandes ejércitos requerirían grandes ejércitos para confrontarlos y por tanto grandes estados que los puedan sustentar. Pero van Creveld afirma que la nuestra ya no es una época de luchas entre grandes unidades militares, sino de grandes unidades contra pequeñas, muchas de ellas extraestatales, como guerrillas, mafias, maras, piratas o redes terroristas sin continuidad territorial, como pueda ser Al Qaeda, por ejemplo. Frente a estas nuevas realidades los viejos ejércitos están desproporcionados e incurren en unos costes enormes en relación a los desafíos. Pensemos en el coste de enviar grandes buques de guerra al Índico para combatir a los piratas de Somalia. No compensa enviar una fragata para combatir lanchas rápidas armadas con armamento ligero, y de hecho la solución que se propuso fue la de modular la defensa al ataque y se optó por embarcar mercenarios en buques comerciales, bien armados pero adaptadas a la dimensión de la amenaza. Su tesis relativa al Estado es que si la forma y el espacio de la defensa cambia también lo hará la forma y el espacio del Estado.

Cuando acabe la guerra de Ucrania, esperemos que pronto, podría servir perfectamente para contrastar esta tesis. En principio, como antes apuntamos, parece una guerra convencional entre dos Estados con sendos ejércitos, aparatos de inteligencia y servicios diplomáticos. Por lo tanto, debería ganar aquel que cuente con una mayor destreza en el arte de la guerra y una mejor capacidad operativa, algo que en principio parece favorecer al ejército ruso. Pero la guerra no se está desarrollando (por lo menos a día de hoy) como una guerra típica entre Estados, sino como lo que se acostumbra a denominar como conflicto asimétrico.

Una de las partes, la rusa, cuenta con abrumadora superioridad militar. Su ejército tiene más armamento y más sofisticado y cuenta con un número mayor de hombres entrenados para la guerra. La otra parte, la ucraniana, en cambio parece enfrentar el conflicto al estilo de lo que aconteció en la guerra española contra el francés de comienzos del siglo XIX. Esto es: combina un debilitado ejército regular con la acción de partisanos y grupos paramilitares (al estilo del tan denostado batallón de Azov), que emboscan a las unidades rusas e impiden o dificultan con éxito su avance. Armados con armas ligeras y de relativamente bajo coste como Stingers, anticarros Javelin o drones baratos de fabricación turca, parecen ser sumamente eficaces en su objetivo de encarecer los costes de la conquista rusa.

Los rusos, por su parte, operan principalmente con su ejército regular, compuesto de reclutas y soldados profesionales y con la colaboración de contingentes de mercenarios y voluntarios de las repúblicas fantasma reconocidas por Rusia (quizás también sean conscientes de la necesidad de operar con fuerzas con algún grado de autonomía. Pero por la propia dinámica de la guerra parece que estos últimos operan como un ejército estatal convencional a la hora de seguir una estrategia marcada por el mando central (que según parece está siendo purgado por incompetente). Esta forma más o menos centralizada de combate tiene la ventaja de concentrar fuerzas pero el inconveniente de que si se da una equivocación estratégica quien yerra es todo el ejército. Y esto es lo que parece que está ocurriendo. La aparente estrategia rusa de guerra relámpago ha fracasado y ahora viene una guerra de desgaste. Veremos pronto si las profecías de Van Creveld y los nuevos teóricos de la guerra se cumplen y si se van dando cambios en la forma del Estado. De momento alguna innovación si hay, pequeña, pero la hay, como la aparición de las nuevas repúblicas títere del Dombás, la posible entrada en guerra de la Transnistria y la pintoresca aparición de soldados osetios y abjasios. Pero continuaremos con este análisis en ulteriores artículos.