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Etiqueta: Gustavo Bueno

La teoría del cierre categorial y la economía V: Dialéctica de los Estados e historia económica

Estamos en un punto interesante de este estudio de la obra de Juan Carlos Martín El mito del capitalismo. La aplicación de la teoría del cierre categorial al ámbito de la economía exige al filósofo definir esas categorías. Como rechaza la posibilidad de encontrarlas en la acción del hombre, dado que serían categorías subjetivas, las busca en la historia. 

Aunque el origen de la filosofía de la ciencia de Gustavo Bueno está en el ámbito de las ciencias físicas, sus discípulos son feraces escritores en el de las ciencias sociales, con obras notables como El mito del capitalismo. El asidero del cierre categorial con el estudio de la sociedad es la historia. Para elaborarla, un camino es el que podríamos llamar metodología, que es la elaboración de un apero de instrumentos adecuados para la recuperación del pasado del hombre, y otro es la construcción de una filosofía de la historia. Podríamos definirla como el intento de ver en el transcurso de la humanidad o bien un sentido último, o bien un mecanismo que explique los grandes movimientos históricos. La metodología y la filosofía de la historia no son incompatibles.

Un ejemplo de filosofía de la historia es la del ciclo histórico. Tucídides, Polibio o Vico quisieron observar cómo la experiencia del hombre vuelve sobre pasos ya marcados, a pesar de la dirección unívoca del tiempo. El cristianismo introdujo tanto la idea de progreso en la historia, como la de providencialismo, dos nuevas filosofías del pasado humano. La Ilustración secularizó y renovó la idea de progreso. El idealismo, con J.G. Fichte y G.W. Hegel, concibió un método dialéctico para otorgar sentido a la historia. Karl Marx asume el método dialéctico, y le otorga una base materialista.

La dialéctica de la lucha de clases es útil para obtener plazas en las Universidades, pero no para explicarse la historia. Quizás sea este el motivo de que Gustavo Bueno la haya abandonado. Pero Bueno se aferra a la dialéctica como si fuera un método científico, y al concepto de motor de la Historia, y armado con estos dos errores, llega a un tercero que es el de la dialéctica de Estados como substituto de la de la lucha de clases. 

Es importante resaltar que, aunque el materialismo de Gustavo Bueno, tal como yo lo entiendo, es más elaborado que el de Marx. Creo que debemos sumarnos a las palabras de Carlos Valverde: “Marx no se interesa para nada por la materia como es en sí, como Naturaleza, como una realidad independiente del hombre, sino que la ve siempre en función y dependencia del hombre. Para Marx, el hombre es la realidad radical, el eje y el centro de todo su interés”. Es más, “la materia no humana sólo está considerada como el término intencional, al que se dirige el hombre mediante el trabajo para saciar sus necesidades naturales, y así realizarse (…). Por lo tanto, la Naturaleza se presenta siempre mediatizada por la praxis histórico-social; es la Historia (y en la base de ella su infraestructura dominante, la Economía), la única realidad radical” (1). En definitiva, la naturaleza está en función de la historia, y ésta en función de la economía.

Sobre esa base, Marx elabora una dialéctica de clases sociales. Gustavo Bueno observa que los Estados responden a la misma lógica de apropiación de los recursos naturales, de dominio de una clase extractiva sobre otras: “El enfrentamiento entre los Estados, según esto, habría de ser ya considerado (aunque el materialismo histórico tradicional no lo haya hecho así) como un momento de la misma dialéctica determinada por la apropiación de los medios de producción (originariamente el territorio, sus recursos mineros, sus aguas, su energía fósil…) por un grupo o sociedad de hombres, excluyendo a otras sociedades o grupos congéneres”. El “marxismo vulgar” se ha limitado al arado romano de la lucha de clases, y Bueno tiene una cosechadora para hacer más feraz el terreno de la historia.

Toda esta excursión nos sirve para decir que Luis Carlos Martín se suma a la dialéctica de Estados, pero hace algo más que me parece especialmente interesante. No son sólo las luchas de clases o los Estados, sino las categorías históricas las que basan todo el edificio de Martín. Así, dice en la página 65: “Llamaremos teoría de la esencia de la moneda a los modos en que se constituyen un tipo de relaciones cuyo campo de términos y operaciones adquieren un ‘cierre’ categorial económico, y cuya potencia ampliativa supone conflictos propios de la dialéctica histórico-política”. 

Martín crea una nueva teoría de la economía, vamos a llamarla así por el momento, desde las categorías históricas. De ahí la importancia de la etimología de las palabras. Luis Carlos Martín, y esto es común a otros discípulos de Bueno, se apoya en la etimología de las palabras. Me parece un recurso muy interesante. La propia escuela ha creado un rico apero de palabras que le permiten acuñar conceptos nuevos con precisión. Pero las palabras son viajeras en el tiempo, y la realidad que denotan cambia con los siglos. Por más que me interese la etimología, su utilidad en este contexto no puede ser más que relativa. 

Es un método, quizás una filosofía de la historia, muy inseguro. Hay al menos dos motivos para ello. El primero es que con el mismo término, por ejemplo “dinero”, nos referimos a realidades económicas muy complejas y que además cambian con el tiempo. 

El segundo es que Martín utiliza esas categorías para oponerlas entre sí, como si hacerlo tuviera algo que ver con la realidad histórica, y no todo con el prejuicio de la dialéctica. 

Luis Carlos Martín vuelve a la escuela histórica alemana, a crear economía desde la historia, aunque desde unos presupuestos menos ingenuos; mucho más sólidos. Lo veremos en el próximo artículo, cuando le hagamos hablar de dinero y moneda, mercado y comercio.

(1) Carlos Valverde. El materialismo dialéctico. El pensamiento de Marx y Engels. Espasa-Calpe, Madrid, 1979. p 93.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

(IV) Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

La teoría del cierre categorial y la economía (III): El liberalismo como atomismo

La idea de que la libertad presupone libre albedrío es sólo uno de los errores que comete Martín Jiménez sobre lo que llama (y es) “ontología que acompaña al liberalismo”. Citémosle: “La ontología que subyace al marxismo es claramente monista, derivando hacia el armonismo anarquista final. La ontología que acompaña al liberalismo y al neoliberalismo protestante es principalmente atomista, pero con la misma tendencia armonista consecuencia de la idea de competencia perfecta de los mercados”i

En la página 70 vuelve a exponer la metáfora atómica, al decir: “Ya supongamos átomos libres (individuos) o a la humanidad entera en la base de la economía, el campo económico aparece siempre vinculado a los intercambios; es decir, al comercio”. Y, de hecho, en la misma página insiste y deja caer su objetivo en el libro: “Hay que ofrecer una teoría filosófica del comercio que abandone planteamientos metafísico-teológicos sobre el libre arbitrio o la libertad de pensamiento. Frente al atomismo y el holismo armónico que diluye la realidad del conflicto permanente en el campo de las relaciones económicas, nos proponemos ofrecer una ontología de las conexiones y relaciones económicas en symploké”. Y en la 129: “Es este in-dividuo (traducción de á-tomo por Boecio) humano el que hay que negar de plano, pues desde tal individuo no se puede explicar nada. El hombre siempre ha sido social, apareciendo como idea en las acepciones de la sociedad política”.  

Contra lo que me aconseja el decoro, pero obligado por el deber de ser preciso en la exposición, me veo obligado a decir que la idea de que el individuo puede ser un átomo es una tontería. Item plus: el liberalismo jamás ha entendido al individuo como un átomo. Ni el filósofo más individualista, y hablamos de Max Striner, albergaría una idea tan estúpida. 

Si me permiten la broma, la idea es tan tonta que sólo se la he escuchado a socialistas. Bien es cierto que, como es el caso de Martín, la expresan para criticarla. Hay una excepción, y es tan destacada que no puedo dejar de mencionarla: Karl Marx, luego veremos por qué. 

El liberalismo parte del elemento que considera esencial, o primigenio, que es el individuo, pero no pretende que sean entes sui géneris, auto afirmados e independientes del resto. El liberalismo describe, y celebra, que los individuos no están aislados, sino que colaboran entre ellos por medio de la división del trabajo. Adam Smith le otorgó una importancia suprema. Ludwig von Mises, a quien cita Martín, convertirá la ley de ventaja competitiva de David Ricardo en lo que llama Ley de asociación: una ley que muestra que la colaboración por medio de la división del trabajo hace a todos más ricos y no deja a nadie, por poco que tenga que aportar, fuera de ella. Hayek llega a decir que los adversarios intelectuales del liberalismo le habían quitado una palabra que debía ser propia: socialismo.  

Mises, en su gran obra, se ve compelido a explicarse la figura del asceta que se aísla de la sociedad. A los eremitas que huyen de la sociedad para que el ruido del tráfago humano no enturbie su búsqueda de Dios les dice que “el número de aquéllos que de forma consistente e inquebrantable siguen los principios del ascetismo es tan exiguo que no es fácil de mencionar apenas unos pocos nombres”ii. Lo dice con orgullo, haciendo ver el gran poder que tiene la vida en sociedad frente a la existencia aislada.  

El único autor al que he leído una propuesta de vida atómica, con individuos que no tienen vinculación alguna con el resto es Karl Marx, como decía. Aunque Marx es parco en su descripción de lo que sería la sociedad ideal como culminación del devenir histórico del hombre, creo que dice claramente que será una sociedad sin división del trabajo. Marx propone, sí, el ideal opuesto al liberalismo. Para Karl Marx la división del trabajo aliena al trabajador del fruto de su trabajo, porque ese fruto se desvincula de su creador y se distribuye por el circuito económico. 

Lo que él propone es una sociedad en la que cualquier individuo “no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar al ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”iii. Marx, en esta obra y en otras anteriores y posteriores habla de terminar con la división del trabajo. Ese es el “armonismo anarquista final” del que habla Martín. 

El liberalismo no pretende que esos individuos estén aislados, ni vital ni culturalmente. Si escribo en este idioma y expreso estas ideas, y tengo tales anhelos o cuales expectativas es porque estoy en la sociedad en que he nacido, y me impregno de todas las ideas, nuevas y heredadas, que tiene ella.  

Desde el punto de vista antropológico, lo único que observa el liberalismo, o que exige, si se quiere, es que cada individuo tiene una cierta capacidad autónoma para decidir. Es decir, que cada uno de nosotros es capaz de adoptar decisiones que no son perfectamente explicables por sus circunstancias. Desde el punto de vista ético y legal, político incluso, ni siquiera exige eso, como decía en el anterior artículo. Basta con que no se utilice la violencia física contra nadie para obligarle a asumir objetivos ajenos y renunciar a los propios.  

Pero Martín no se limita a criticar el atomismo liberal que, como vemos, no existe. No. Nos propone su propia visión de lo que es el hombre. Para ello, acudimos a la página 130: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas. Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.  

Es sólo un párrafo, pero encierra muchas ideas que son importantes para la construcción de la economía desde el materialismo y la demarcación científica del cierre categorial. Nos guardamos algunas de ellas para futuros artículos, y nos quedamos con la visión vacía del individuo que trasluce de sus palabras. 
 

El individuo es un ser operativo, práctico, que “hace cosas”, pero que no son fruto de una idea propia ni responde a lo que Ludwig von Mises llama “acción”, es decir, el comportamiento deliberado, sino que reacciona, muestra como un espejo, sin voluntad o propósito. Su “actuar” no le pertenece, está determinada, le viene impuesta desde fuera. Si la visión de individuo como átomo es absurda, ¿no lo es esta en el mismo grado?  

Dice que el actuar es finalístico (finalista parece una palabra demasiado usual), pero esos fines no le pertenecen a la persona, sino a la sociedad a la que pertenece. Es proléptico porque su actuar no está movido por una idea propia que quiera llevar a cabo, sino por el mero perfeccionamiento de lo recibido. El comportamiento es apotético porque se limita a la imitación de lo que le rodea. El individuo es un vacío rodeado por otros vacíos, pero determinado por ellos también; todos marcados por una entidad que no podremos llamar sobre humana, por no hablar de Dios o del deicida. Pero casi entramos en terrenos que tendrán que tratarse con la debida atención en próximos artículos. 

i Luis Carlos Martín Jiménez. El mito del capitalismo. Filosofía de la moneda y del comercio. Pentalfa ediciones, Oviedo, 2020, p 70.

ii Ludwig von Mises. Human Action. A treatise on economics, scholar’s edition. Ludwig von Mises Institute, Auburn (Alabama), 1998, p 179.

iii Karl Marx, La ideología alemana. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1974, p 34. Ver también Donald D. Weiss, Marx versus Smith en la división del trabajo, Problemas del Desarrollo Vol. 7, No. 28 (Noviembre 1976-Enero 1977), pp. 191-205.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

La teoría del cierre categorial y la economía (I): El cierre categorial

Comienzo, con estas palabras, un empeño que supera mis fuerzas. Consiste en recoger el contenido del libro El mito del capitalismo, de Luis Carlos Martín Jiménez, que es un intento de llevar la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno al ámbito de la economía. Mi dificultad, claro está, parte de que las ideas de Bueno sobre la delimitación de la ciencia y su método es un terreno apenas explorado por mí, y en el que no me extrañaría que diese algún paso en falso. 

La teoría del cierre categorial es una teoría de delimitación de la ciencia. La ciencia es un conjunto de teoremas sistemático, abierto e ilimitado. Gustavo Bueno entiende la ciencia como el saber que “define el campo gnoseológico de cada ciencia como un conjunto de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas”. Y, en particular, la ciencia es una construcción intelectual, en la cual los teoremas se articulan de forma progresiva. Se relacionan unos con otros, se sistematizan y reorganizan, de modo que definen la inmanencia de lo que los seguidores de Bueno llaman un campo cerrado. 

Los teoremas son como elementos de un lego, y juntos van conformando un corpus teórico que se refuerza, en la confluencia de unos con otros, hasta formar un conjunto que tiende a ser coherente. Dicho de otro modo, los teoremas son construcciones intelectuales formales construidas a partir de una realidad material. El objetivo de esas figuras gnoseológicas es establecer una identidad sintética con esa realidad. La ciencia, como digo, es la construcción de un conjunto sistematizado y relacionado de esos teoremas. 

Su elaboración es un proceso histórico. No responde a un propósito previo, pues sus perfiles se van descubriendo con el tiempo, pero esos perfiles van definiendo una figura reconocible, por así decirlo. Revelan un conjunto coherente de saberes sistemáticos sobre el mundo. 

Vamos ahora con la expresión cierre categorial. La ciencia se elabora sobre categorías, porque no es posible elaborar una ciencia del todo. De modo que la ciencia tiene que crear categorías en las que, por así decir, compartimentar la realidad para poder estudiarla formalmente. Si la ciencia es un conjunto de operaciones que entrelaza los teoremas para construir un edificio coherente, el cierre es la definición de un campo inmanente en el que se desarrollan esas operaciones. 

Esta posición tiene varias implicaciones. La primera de ellas es que no existe una ciencia unificada, sino distintas ciencias, definidas cada una de ellas por su propio conjunto cerrado de categorías. 

La segunda es que esas categorías no son anteriores al propio proceso operatorio de la ciencia. Al revés, son el resultado del proceso operatorio de la ciencia, al menos según Jesús García Maestro. De modo que nos encontramos con la primera gran contradicción de la teoría categorial: La ciencia está definida por las categorías sobre las que se mueve, pero esas mismas categorías están definidas por la ciencia. Es un razonamiento en círculo.

Otra implicación es la siguiente: Define el trabajo de la ciencia no como el conocimiento del mundo, sino como una construcción del mundo. Es la ciencia la que constituye las categorías del mundo, y en tal sentido la construye. La ciencia no es una duplicación del mundo real en el mundo de las ideas, ni es una descripción de ese mundo exterior. Lo cual me lleva a plantearme qué concepto de verdad alberga la teoría del cierre categorial. La verdad es una correspondencia entre las ideas y el mundo exterior.

Entiendo que la posición de Gustavo Bueno es que, dado que es materialista, el mundo de las ideas no es más que una forma del mundo material. Y de ahí la expresión “identidad sintética”: hay una correspondencia sintética, estructural, entre las ideas y el mundo material. Una posición quizás cercana a las ideas de Friedrich A. Hayek sobre cómo funciona la mente.

Hayek ofrece una explicación puramente material, biológica, del origen y del funcionamiento de la mente. Y en determinado momento llega a decir (año 1952) que si se pudieran conectar entre sí un conjunto de piedras, se podría generar una mente.

Estas ideas sobre la demarcación de la ciencia tienen implicaciones sobre la metodología de la Economía, y Luis Carlos Martín realiza un notable esfuerzo por construir un camino hacia el conocimiento de la historia económica desde los postulados de Gustavo Bueno.