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Etiqueta: Igualdad

¿Igualdad o prosperidad?

De la mano de EPICENTER, red de think tanks europeos consagrada a la promoción de la libertad económica, política y personal, el Instituto Juan de Mariana impulsa un informe del coordinador de estudios del Instituto Juan de Mariana, Diego Sánchez de la Cruz, dedicado a la cuestión de la desigualdad económica en Europa.

Las ideas principales del documento, publicado en inglés, son las siguientes:

– La desigualdad económica se ha convertido en un tema central en la política europea, a menudo utilizado para justificar una mayor intervención del Estado.

– Sin embargo, los datos muestran que la libertad económica, y no la redistribución, es clave para reducir la pobreza y mejorar la prosperidad.

– Aquellos países con mayor libertad económica tienen más movilidad social y un mayor bienestar general.

– Subir impuestos a los ricos no reduce la desigualdad de manera efectiva y puede desincentivar la inversión y el emprendimiento.

– En lugar de políticas redistributivas que han probado ser ineficaces, se deben priorizar aquellas reformas que fomentan el crecimiento económico y la inclusión en el mercado laboral a través de una mayor flexibilidad.

– La evidencia muestra que aquellos países que han apostado por la liberalización económica han conseguido mayores niveles de desarrollo y oportunidades para todos.

Puede consultar el informe completo aquí.

Para leer una versión traducida al español, haga clic aquí.

No podemos mejorar la movilidad social sin libertad económica

Por Vincent Geloso. No podemos mejorar la movilidad social sin libertad económica fue publicado originalmente en CapX.

La movilidad social en el Reino Unido viene experimentando un declive desde los años setenta. Esto, unido al estancamiento del nivel de vida en los últimos años, ha reavivado la preocupación por la desigualdad y la equidad. ¿Cómo puede la sociedad justificar una riqueza extrema mientras se niegan oportunidades económicas a los menos favorecidos?

Una sociedad desigual corre el riesgo de desarrollar diferencias sostenidas en los resultados de una generación a otra. Esto se debe, se argumenta, a las disparidades en el acceso a las oportunidades. Las familias más ricas pueden permitirse una mejor escolarización de sus hijos que las más pobres. Estos niños también tienen conexiones sociales mayores y más influyentes, lo que conduce a una desigualdad persistente en el estatus socioeconómico. Por consiguiente, aunque la sociedad se haya enriquecido, la posición relativa de todos puede seguir siendo la misma. Los que nacen en la cima se quedan allí. Los que nacen en la parte baja, trágicamente, a menudo se quedan encerrados.

Impuestos y regulación contra la movilidad

El remedio más citado contra la desigualdad es la subida de impuestos y una mayor redistribución a través del bienestar y los servicios públicos. Estas políticas bienintencionadas pretenden crear más oportunidades de movilidad socioeconómica ascendente.

Pero si queremos impulsar eficazmente la movilidad, como analizo en un artículo reciente, debemos reconsiderar esta estrategia. Aunque unos impuestos elevados pueden financiar programas que ayuden a las personas de rentas más bajas a acceder a nuevas oportunidades, crean incentivos débiles para la creación de riqueza y un menor crecimiento económico; dos factores que repelen activamente la movilidad.

Los llamamientos a una mayor intervención estatal tampoco tienen en cuenta cómo las normativas existentes empeoran la movilidad social. Tomemos el ejemplo de nuestro sistema de planificación, que inhibe la oferta de viviendas y, a su vez, aumenta los precios de la vivienda. Éstos han sido la principal causa de la crisis inmobiliaria británica, que ha hecho que las ciudades sean inaccesibles para las personas con bajos ingresos.

Esto es obviamente problemático por muchas razones, pero lo es especialmente porque las ciudades han sido durante mucho tiempo grandes centros de oportunidades. Su densidad, dinamismo y diversidad las hacen altamente productivas, lo que se traduce en salarios e ingresos más elevados para los trabajadores. Los elevados precios de la vivienda dificultan el acceso a los empleos urbanos. Las familias con rentas más bajas, al estar geográficamente excluidas de estas oportunidades, también se ven atrapadas en sus clases sociales.

Licencias y planificación

Otro ejemplo son las licencias profesionales. A menudo pensamos que los empleos altamente cualificados, como médicos y abogados, son los más afectados por estas normativas. Esto es incorrecto. En los países occidentales, sobre todo en Gran Bretaña y Estados Unidos, la concesión de licencias ocupacionales ha crecido en alcance y escala hasta afectar a numerosas ocupaciones de ingresos bajos y medios.

Por ejemplo, trabajar en la construcción o la seguridad y, en algunos lugares, incluso pasear perros. En algunos sectores en los que la concesión de licencias tiene más sentido, como la abogacía y la medicina, los regímenes reguladores son extremadamente estrictos, y a menudo se limita el número de personas que pueden obtener las cualificaciones necesarias. El resultado es que una serie de ocupaciones que podrían permitir a la gente ascender en la escala social son inaccesibles para todos, salvo para unos pocos.

Estos son sólo dos ejemplos, aunque de gran envergadura. En ambos casos, un planteamiento de “primero, no hacer daño” mejoraría las cosas. La liberalización del sistema de planificación y concesión de licencias profesionales fomentaría la movilidad social al ampliar el abanico de oportunidades económicas a las que puede aspirar la gente.

Finalmente, la libertad

Podemos ampliar estos ejemplos examinando los datos internacionales sobre la movilidad intergeneracional de los ingresos de las personas nacidas en las décadas de 1970 y 1980 en más de 100 países. Cuando se combinan con datos relativos a los niveles de libertades económicas (libertad para comerciar, regulación limitada, derechos de propiedad, seguros, etc.), podemos ver que estos últimos están fuertemente asociados con los primeros. Incluso dentro del grupo de las democracias liberales, los países con mayores niveles de libertad económica disfrutan de una mayor movilidad social.

Tipos de datos similares muestran lo mismo a nivel local. Por ejemplo, en Estados Unidos, alguien nacido en el cuartil económicamente más libre de todas las áreas metropolitanas experimentará entre un 5 y un 12% más de movilidad de ingresos (en relación con sus padres) que alguien nacido en el cuartil económicamente menos libre.

De manera crucial, en toda la literatura sobre libertad económica y movilidad social, encontramos que la libertad económica mitiga los efectos de la desigualdad. De hecho, en los lugares económicamente más libres, los efectos adversos de la desigualdad de ingresos sobre la movilidad social se anulan.

Estos resultados son cruciales para informarnos sobre las formas más eficaces de impulsar la movilidad social. A veces, menos es más. En este caso, más libertad económica es mejor que menos. Antes de plantearse nuevos injertos en el disfuncional Estado del bienestar británico, quizá sea hora de considerar el planteamiento de “primero, no hacer daño”.

Ver también

Desigualdad a largo plazo. (Carlos Rodríguez Braun).

Mitos y realidades de la desigualdad en España. (Informe).

¿Qué fue antes, la desigualdad o la pobreza?

Lo importante no es que no haya ricos, lo importante es que no haya pobres.

Mijaíl Gorbachov

La desigualdad es un fenómeno que ha acompañado a la evolución humana desde sus orígenes.

Como es generalmente sabido, la pobreza entendida como la ausencia de riqueza, es el estado natural del hombre. Hasta el desarrollo de la civilización moderna, la pobreza era la norma general entre los seres humanos y continuó siéndolo hasta la llegada del capitalismo hace menos de doscientos años. La imparable creación de riqueza, y la consecuente gran disminución de pobreza dieron lugar a un efecto colateral: la desigualdad.

Actualmente, el fenómeno de la desigualdad se encuentra en el punto de mira de la sociedad, a causa de su presencia en el repetitivo discurso político e ideológico, que achaca a este fenómeno la existencia de pobreza en las economías del mundo. En el presente escrito desmontaremos el dogma de la desigualdad como causante de la pobreza.

Para ello, es fundamental conocer los conceptos que forman el núcleo de este artículo: pobreza, crecimiento económico y desigualdad. Entendemos pobreza como la ausencia de riqueza, si bien es cierto, que en la actualidad este término ha adquirido multitud de “segundos nombres” ridículamente atribuidos por los ideólogos y políticos: pobreza material, pobreza rural, pobreza social, pobreza energética, pobreza menstrual, y un absurdamente extenso etcétera que no pretende más que distraer la atención del auténtico problema y de su indiscutible solución.

Por otro lado, el concepto de crecimiento económico ha sido modificado y moldeado a gusto de nuestros dirigentes y otros personajes de gran influencia, por lo que, yendo a la raíz y origen del término lo definiremos sencillamente como el aumento del PIB, PIB per cápita o la Renta nacional de un país durante un periodo de tiempo (generalmente un año).

Respecto a la idea de desigualdad, lo primero que debemos aclarar es que se trata de un concepto matemático. Existe igualdad cuando dos expresiones algebráicas tienen un mismo resultado (relacionadas por el signo =), y desigualdad cuando estas no resultan tener el mismo valor. Partiendo de esta premisa, podemos afirmar que los progresistas secuestraron este concepto, dándole un significado social. Todo ello sin sentido alguno, pues es completamente inútil intentar extender un concepto matemático exacto a la acción humana.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo, podemos establecer que hay “desigualdad social” cuando hay una falta de identidad o similitud entre dos o más individuos, es decir, que se encuentran en la condición o circunstancia de no tener una misma raza, propiedades o renta. En definitiva, este término no hace más que enunciar algo que forma parte de la esencia de la raza humana, que somos diferentes unos de otros.

En la actualidad existe gran tendencia, por un lado, a asimilar los conceptos de desigualdad y de pobreza, en tanto que ambas son, en teoría, fenómenos negativos que deben ser erradicados, y por otro, asegurar que existe una relación entre estos términos: que la desigualdad es causante de la pobreza que asola el mundo en nuestros días y que aquellos que se enriquecen son los culpables de que aún exista población en situación de pobreza. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, los conceptos de desigualdad y pobreza son completamente disímiles. La desigualdad social (retomando la definición dada anteriormente) es la «Condición o circunstancia de un ser humano de no tener una misma naturaleza, cantidad, calidad, valor o forma que otro, o de diferenciarse de él en uno o más aspectos» según Oxford Languages. Atendiendo a esta definición podemos afirmar que simplemente recuerda una condición primigenia y natural entre los individuos: que somos diferentes unos de otros. Con diferentes capacidades, debilidades y fortalezas, que llevan inevitablemente a resultados y expectativas diferentes. Y eso es lo que justamente da lugar a esa diversidad tan valorada y tan a la orden del día. Por lo tanto, es incomprensible la connotación negativa que se le ha atribuido a este concepto en la sociedad actual.

Respecto a la pobreza, como ya hemos explicado, su definición ha experimentado numerosísimas modificaciones según el interés de unos y otros a lo largo de la historia, por lo que nos limitaremos a una definición simple (a partir de la RAE): se trata de la circunstancia de carencia o escasez de lo necesario para cubrir las necesidades básicas. Como adelantamos en la introducción, la pobreza es la condición en la que surgió la humanidad, la pobreza más plena y absoluta. Sólo el avance y prosperidad de los más astutos, y posteriormente, de una gran parte de la población mundial (cada vez mayor) rompió con esta condición, gracias a la acumulación de riqueza.

Podemos concluir entonces que lo único que tienen en común estos dos conceptos es que ambos son difíciles, por no decir imposibles, de erradicar. En el caso de la desigualdad, siguiendo la definición dada anteriormente, los seres humanos, por naturaleza, somos diferentes unos de otros. Acabar con la desigualdad supondría adulterar la naturaleza humana, pretendiendo igualar las capacidades de cada individuo (lo cual es imposible) o los resultados de los mismos (lo cual es injusto). Sería necesario para ello violentar la propiedad privada de las personas, igualando la riqueza de todas ellas siempre en el nivel más bajo. Porque la igualación de la riqueza de los individuos solo puede producirse de dos maneras: o bien igualando por arriba, para lo cual sería necesaria una aportación de riqueza que no existe. O bien igualando por abajo, lo que significaría, por una parte, sustraer rentas a quienes las han ganado honradamente, y por otra regalar esas rentas a cambio de nada, a quienes no las han obtenido con su propio esfuerzo. Ambas cosas serían igualmente injustas.

Un ejemplo de ello es el sistema educativo español, donde los alumnos sobresalientes son castigados por el sistema y los alumnos más atrasados premiados, condenando a todos por igual (eso sí) a la mediocridad.

En el caso de la pobreza, se trata de un fenómeno que siempre estará presente en el mundo, por tres razones principalmente: 1) los recursos de los que disponemos son limitados. A pesar de que es posible crear riqueza, los medios para ello no son ilimitados. 2) las necesidades a cubrir siempre tienden a aumentar. Es decir, conforme progresa una sociedad y son cubiertas las primeras necesidades, aparecen otras nuevas. Por consiguiente, también aumentan las necesidades que se consideran “básicas”. Ejemplos son: el teléfono móvil, que con el paso de los años se ha convertido en un elemento fundamental para mantenerse comunicado, o el acceso a internet, que la reciente pandemia por el Covid-19 ha convertido en algo imprescindible. Estos dos primeros puntos, quedan resumidos en una simple frase: recursos limitados, necesidades ilimitadas. 3) Alguien puede querer verse en esa situación, vivir sin posesiones materiales ¿y quiénes somos nosotros para obligar a ese individuo abandonar la circunstancia deseada? ¿a decirle cómo debe vivir?

En lo que se refiere a la relación entre la desigualdad y pobreza, pese a que pueda parecer algo obvio, no es la desigualdad la culpable de la pobreza, es la salida masiva de la pobreza la que da lugar a desigualdad. Si hilamos todo lo explicado anteriormente podemos deducir, que la desigualdad es natural, positiva, y permanente. Luchar contra ella sólo resultaría en un panorama peor que el que se pretende “resolver”.

Finalmente, es interesante mencionar la cuestión de la igualdad de oportunidades. Se trata de una garantía/mecanismo muy útil para el aumento de riqueza, y por ende para que la población salga de la pobreza. No obstante, también hay una confusión generalizada en torno a este término. Ya nos hablaba de ello Amartya Sen, con su teoría de la capacidad: la mayoría habla de garantizar la igualdad de oportunidades, refiriéndose en realidad, a la igualdad de resultados. Me explico: se debe tratar de garantizar el mayor número de oportunidades que un mercado libre pueda ofrecer, para que, de esta forma, el individuo tenga más posibilidades de desarrollo académico, futuro profesional y enriquecimiento. No obstante, no debemos inmiscuirnos en los resultados obtenidos, pues cada persona a través de sus deseos, de sus capacidades, pero sobretodo a través del trabajo duro y el esfuerzo, alcanzará un resultado diferente. Intentar igualar esos resultados nos sumiría en el conformismo y la mediocridad, los enemigos del enriquecimiento y el progreso.

Tras todo lo aventurado, nos reafirmamos en tres cuestiones: que la connotación negativa que se le ha atribuido al concepto de desigualdad no tiene sentido, en tanto que se trata de un fenómeno que aparece con la salida masiva de la pobreza de gran parte de la población mundial; que la desigualdad y la pobreza guardan una relación inversa, en contraposición a lo que tiende a creer la sociedad actual; y que lo verdaderamente fundamental es garantizar el número máximo de oportunidades, las que permite el mercado libre. Los errores de comprensión o definición de los términos: desigualdad, pobreza y crecimiento económico pueden llevar a catástrofes de gran magnitud en las economías del mundo, y por consiguiente en del desarrollo de la humanidad.