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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

Las fuerzas vivas del canon digital

Excluyendo a los interesados, todos disfrutamos de esta sensación cuando una pequeña tienda de informática barcelonesa venció en los tribunales a la todopoderosa SGAE al declararse ilegal en la Unión Europea la imposición indiscriminada del canon digital.

Ana María Méndez, la propietaria de Traxtore, se dejó la piel y algo más en la batalla. Perdió una de sus dos tiendas y despidió a sus ocho empleados, convirtiendo su negocio en una empresa familiar en el más puro significado de la palabra: ya sólo ella y sus familiares trabajan en ella. Pero la sentencia es clara: el canon es legal –injusto o no es otra cuestión–, pero no puede justificarse que se cobre indiscriminadamente a todos, incluyendo organismos públicos y empresas. Al fin y al cabo, este mecanismo se justifica bajo la presunción de culpabilidad, asumiendo muy probable que vayamos a usar un disco duro o un CD para guardar pelis, y no puede aplicarse allí donde presuponer tal cosa resulta más bien ridículo.

Al comienzo de su calvario, Ana María Méndez fundó Apemit, una asociación que representa a las pequeñas empresas de informática como la suya. Ahora el Gobierno, forzado por su santa cabezonería, se ve forzado a rehacer la legislación que regula el canon. Se empiezan a acumular las denuncias de ayuntamientos y otros organismos exigiendo que se les devuelva el dinero ilegalmente recaudado, y no es cuestión de dejar pudrirse demasiado el tema, no sea que le hagamos un roto a las SGAE. Pero claro, a la hora de tomar una decisión, prefiere no hacerlo solo y ha decidido negociar con los implicados. Ana María, que es la única razón por la que se ven obligados a reunirse, no estará entre ellos.

Veamos, el canon lo pagamos usted y yo. Quienes más han sentido sus efectos han sido quienes venden productos gravados con él. Por lo tanto, ni los consumidores ni la tiendas serán consultados por el Gobierno.

¿Por qué habría de ser distinto el canon de la jubilación o la legislación laboral? Usted, que seguramente no esté representado por UGT ni CCOO, irá a buscar trabajo en empresas que seguramente no estén representadas por la CEOE. Sin embargo, ahí están, negociando en su nombre. Despotismo ilustrado, que se le llama.

Entiéndase. Estamos en una democracia, más o menos. Por lo tanto, quien debe tomar las decisiones es el Gobierno o el parlamento, dependiendo de qué estemos hablando. Si a los sindicatos, la patronal, las empresas tecnológicas o las SGAE no les gustan sus decisiones, que con su ajo se lo coman. ¿Qué se quiere consultar a los interesados a ver qué opinan? Se puede entender. Pero en tal caso lo lógico sería preguntar a los interesados de verdad, los ciudadanos que pagamos las consecuencias. Y parece claro que en este caso los más representativos son Apemit, la Asociación de Internautas o incluso la OCU si nos ponemos.

Aunque quizá sea mejor así. Al fin y al cabo, González-Sinde ya hizo en su día el paripé de reunirse con unos y otros para acabar pariendo su ley de cierre administrativo de sitios web, recientemente rechazada por el Congreso. Casi mejor que no disimule.

¿La piratería es liberal?

Y así es en muchos casos, excepto cuando son contratos de compra sujetos a condiciones especificadas por el propietario original, que como tal tiene derecho a condicionar el traspaso de lo que le pertenece.

De acuerdo con los principios liberales, la propiedad se transfiere en razón del consentimiento de las partes, y los contratos son sólo una forma de expresar y formalizar ese consentimiento mutuo. Pero si el consentimiento está sujeto a alguna condición, la transferencia no puede hacerse efectiva si no se cumple. Cobramos un salario a condición de realizar una labor. Nos traspasan un apartamento a condición de someternos a los estatutos de la comunidad de vecinos. Nos conceden una beca a condición de que la empleemos en unos estudios universitarios. Donan una suma a nuestra ONG a condición de que la asignemos a un determinado proyecto. Nos venden un disco o un libro a condición de que no lo copiemos.

Si se incumple la condición que hacía efectiva la transferencia, se contraviene el consentimiento del propietario original y se produce un robo encubierto: adquirimos un bien sin el consentimiento de su propietario. El propietario original tiene derecho a recuperar la propiedad o a exigirnos responsabilidades. Así, los autores, las discográficas y las editoriales tienen derecho a perseguir legalmente a todos los que compran discos y libros y luego los copian y distribuyen incumpliendo la condición por la cual devenían suyos. Otra cuestión es que a los autores o a las empresas propietarias les salga a cuenta emprender acciones legales de este tipo, pero tienen derecho a ello.

El problema de los copyrights o los derechos reservados es que excede el ámbito contractual expuesto arriba, nítidamente liberal, para abrazar la propiedad sobre las ideas, que implica el inicio de la fuerza contra individuos que no han vulnerado ningún contrato.

Un contrato vincula a las partes contratantes, pero los derechos reservados vinculan a todos, con independencia de si se han sometido voluntariamente a un contrato o no. Su lógica es la siguiente: el autor de una obra transfiere su propiedad sin que contenga el "derecho de copia", de modo que si el comprador hace una copia, ésta es ilegítima, y si alguien copia la copia, también, y así sucesivamente. En otras palabras, el autor tiene un monopolio sobre la producción de copias. Los defensores de este monopolio arguyen que el autor debe ser el propietario de la idea artística que ha creado.

No obstante, no puede existir algo así como la "propiedad sobre una idea", pues un derecho de propiedad implica la capacidad de controlar o excluir a los demás del uso del bien en cuestión (por ejemplo, impidiendo que terceros entren o hagan uso de nuestra casa), pero cuando una idea penetra en nuestra mente (por ejemplo, una canción que escuchamos por la radio), no pueden impedirnos pensar en ella. Lo único que pueden hacer es impedir que la plasmemos físicamente en un material, pero entonces ya no se está ejerciendo un control o derecho de propiedad sobre la idea en sí (la canción) sino sobre el uso que se hace del material donde queremos plasmarla (nos impiden utilizar un disco nuestro para grabar la canción). En rigor solo puede haber propiedad sobre bienes tangibles, controlables, de uso excluyente, luego cuando se defiende la propiedad intelectual lo que en realidad se está justificando es una redistribución parcial del derecho de propiedad sobre bienes tangibles: el autor de la idea pasa a ser propietario parcial de un material que era nuestro (es decir, obtiene la potestad de impedirnos hacer lo que queramos con nuestro disco, aunque no haya mediado contrato alguno).

Esta redistribución entra en conflicto con el principio de apropiación liberal de los bienes escasos, según el cual nos apropiamos de los recursos que ocupamos o damos utilidad antes que los demás. La propiedad intelectual implica un segundo principio, que sus defensores raramente consideran o hacen explícito: para apropiarse parcialmente de la propiedad física ajena basta concebir una nueva forma de darle uso (y patentarla o protegerla intelectualmente). Este es el fondo del desacuerdo entre partidarios y detractores de la propiedad intelectual.

Por tanto, hay que distinguir la protección contractual, que solo vincula a las partes, de la protección monopolista de los derechos de autor, correspondiente a la propiedad intelectual, que no depende de la firma de ningún contrato e implica una dudosa redistribución del derecho de propiedad.

Sin embargo, si de contratos hablamos, hay severos límites a las acciones legales que autores y editores pueden emprender contra los copiadores y consumidores de copias. Básicamente, aquellos individuos que copian vulnerando su contrato de compra incurren en una agresión. Pero no todos aquellos individuos que consumen una obra original o una copia vulneran un contrato de compra. Traducido a la práctica: el que compra un disco o un libro, lo copia y lo sube a internet, viola el contrato. Pero los usuarios que descargan o copian la copia subida a internet, o el comerciante que ambienta su local con música de la radio o imágenes de televisión, no vulneran ningún contrato al que se hayan sometido. Copiar no es siempre robar.

El caso de la descarga de música nos lleva a otra reflexión: ¿debe ser un crimen consumir o copiar una copia ilegal? ¿Debe estar penado que terceros se beneficien de una acción ilegal? Si la respuesta es afirmativa, entonces muchas noticias que tienen su origen en una filtración ilegal deberían ser silenciadas, y los medios y los particulares que las difunden deberían ser penados. Wikileaks no podría publicar información confidencial obtenida ilegalmente por un tercero, la prensa no podría publicar la información de Wikileaks, y nosotros no podríamos discutir sobre lo que publica la prensa en la barra del bar. En caso contrario, todos hacemos uso de una noticia que tiene un origen ilegal.

Tomemos el escándalo del Climategate. ¿Qué culpa tiene Libertad Digital si alguien ha distribuido públicamente los correos privados de los científicos de la Universidad de East Anglia? Libertad Digital no ha sustraído esos correos. Se los encuentra sin haberlos pedido. Si hace uso de esa información, ¿qué contrato vulnera, cuando no ha firmado ninguno?

De la Ley Sinde a la censura

En este caso era una ley ómnibus porque había de todo: desde reformas administrativas hasta disposiciones impropias de un Estado de derecho y que parecen redactadas desde el Palacio de Miraflores, como es el caso de la mentada Ley Sinde.

Se trata de una disposición que prevé el cierre de páginas web por vía administrativa en el caso de que se sirvan desde ella contenidos sin la protección legal de un copyright. La "disposición final segunda" prevé que una comisión independiente (ya saben) cierre una web antes de que decida un juez, y mientras está realizando una "conducta presuntamente vulneradora". Es decir, el reino de la arbitrariedad que llega nada menos que al cierre y sólo porque presuntamente hacen lo que a ellos no les gusta. Pues no de otra cosa hablamos. La mayoría de estas webs, muchas de ellas, al menos, hacen enlaces a estos contenidos que están alojados en otros servidores. Enlazar no puede constituir una actividad delictiva y de hecho los jueces en España no lo consideran así. Por si acaso, ya se han adelantado ellos con una panoplia de presunciones. Vengan jueces y reabran las web, que para entonces se habrán quedado sin actividad.

Esta medida bolivariana, desconocedora de toda precaución jurídica, trasgresora del derecho y concebida para la prevaricación, es sólo el principio de lo que puede venir más adelante. Pues, si sale viva del Congreso, que todavía puede hacerlo, y se estrena tantas veces con cuantas web consideren que es apropiado, no van a dejar al instrumento sin aplicaciones más ambiciosas.

Pues si cabe el cierre administrativo para una actividad ilegal, ¿por qué detenerse ante cualquier otra ilegalidad? Y como aquí se está convirtiendo en ilegal desde permitir fumar en tu bar hasta lo que uno pueda imaginarse, las posibilidades son infinitas. El Gobierno va a intentar codificar como delito la homofobia. Y se considerará como tal cualquier crítica al decálogo progresista en esta materia. Si usted critica los matrimonios homosexuales, ¿no está atacando al colectivo gay? Pues a cerrar la página. La Ley Sinde no es la censura en internet, como muchos dicen. Pero es la puerta de entrada a la censura en internet, y sin control judicial. Por eso es tan importante para los socialistas.

Vandalismo contra la Ley Sinde

Sucede cuando grupos de extrema izquierda, o izquierda extrema, o como diga Pepiño que debemos llamarlos, organiza algaradas callejeras, rompe escaparates y pone silicona en las puertas de los comercios. Para ellos, muchas medidas que se aprueban en los parlamentos y se negocian en reuniones internacionales son clamorosamente injustas, y la protesta contra ellas justifica que se cometan ciertos desmanes, desde los piquetes de las huelgas hasta las algaradas extremadamente violentas que han tenido lugar cuando se ha reunido el G-8, 9, 20 o el número que sea.

Este martes puede aprobarse en el Congreso la Ley Sinde mediante un mecanismo legal pensado para acelerar los trámites legislativos a leyes que reúnen un amplio consenso. Dado que no es así, y que de hecho la Ley de Economía Sostenible lleva dando tumbos por el Consejo de Ministros y el Congreso de los Diputados hace ya más de un año, está claro que están cometiendo un fraude. La ley ataca las libertades de los ciudadanos y, por más que hayan puesto un parche, será una comisión la que, por vía administrativa, decida qué sitios web pueden cerrar y cuáles no. A la Audiencia Nacional se le deja un plazo brevísimo para decidir si se está violando o no el derecho a la libertad de expresión, y su participación es más una coartada que una salvaguarda.

Tenemos el derecho, y casi diría el deber, de protestar contra esta salvajada. Debemos hacer ruido, quejarnos a nuestros mal llamados representantes, aparecer en todos los medios de comunicación para que nuestra voz se oiga, castigar a estos impresentables en las urnas… pero lo que no podemos hacer es lo mismo que hacen esos grupos violentos de extrema izquierda, por más que el campo de batalla sea la red y no la vía pública.

Si los piquetes son malos, y lo son, hay que estar contra ellos sea cual sea la causa que defiendan. Ataquen a la casta política o, Dios no lo quiera, este mismo diario, que más de una vez y de dos ha sufrido este tipo de sabotajes. En caso contrario no seríamos ciudadanos responsables, sino hooligans de la política. Lo que se está haciendo estos días con diversos sitios web, desde los pertenecientes a partidos políticos hasta la SGAE, es un piquete. Todo lo virtual que se quiera, pero un piquete. Con su acción, están poniendo silicona en las vías de acceso a la web y están impidiendo que tanto los partidos políticos como los ciudadanos que quieren acceder a sus web puedan disfrutar de la libertad de hacerlo.

De hecho, tan grave me parece lo que está pasando que empiezo a verme empujado a defender que hoy se apruebe la malhadada Ley Sinde. Porque en caso contrario estaríamos enviando un mensaje muy peligroso: que la casta política ignora las razones y las protestas como Dios manda, pero hace caso cuando un grupo de vándalos se dedica al piquete y el sabotaje. Cuando se empieza a recorrer ese camino, puede que el primer paso sea un triunfo para las libertades, pero los siguientes nos llevan derechitos al infierno.

25 años de ventanucos

El fecundo laboratorio Xerox PARC había mostrado el camino: los ordenadores debían adoptar la metáfora del escritorio, emplear un ratón y usar iconos y ventanas. Apple había sido el primero y Microsoft anunció que pronto lanzaría un entorno gráfico similar. Pero pasaron dos largos años hasta que en noviembre de 1985 presentó Windows 1.0. Fue la primera versión del producto más exitoso de la compañía y fracasó miserablemente.

No fue el único, todo hay que decirlo. Por aquel entonces varias empresas intentaron hacer lo mismo. Digital Research lanzó GEM, IBM sacó TopView y otras compañías lanzaron productos similares como Visi On o Desqview/X. Todos intentaban ser el entorno gráfico de referencia y ninguno lo fue, más que nada porque con los PC de entonces iban a pedales. Pero Microsoft perseveró, y a la tercera fue la vencida. Windows 3.0 no era más rápido que la versión original, pero los ordenadores en los que se ejecutaba sí. Habían cambiado mucho en cinco años.

Es difícil minusvalorar la importancia de Windows en la historia de la informática. Fue el principal responsable de extender la informática a todos los hogares de la clase media de los países desarrollados. Mis compañeros de profesión –los informáticos, no los periodistas– seguramente se lleven las manos a la cabeza ante esa afirmación, pero el mejor producto no es necesariamente el mejor hecho, el más rápido, el más fácil de usar. Es el que mejor responde a las necesidades de la gente. Y eso hizo Windows.

En realidad, ni siquiera Microsoft tenía mucha fe en que aquella fuera la vía. Mientras trabajaba en él mantenía una colaboración con IBM para desarrollar un nuevo sistema operativo, llamado OS/2, escrito desde cero, tecnológicamente mucho mejor que Windows… pero incompatible con el software creado para MS-DOS. No llegó a tirar del todo, pero hasta el sorprendente éxito de Windows 3.0 en 1990 –sorprendente sobre todo para Bill Gates y los suyos– Microsoft siguió colaborando con el invento.

Pese al empuje que han recibido las ventas de ordenadores Apple estos últimos años, lo cierto es que más del 90% de los ordenadores que se conectan a internet lo hacen con Windows. Ahora vivimos una época en que cada vez hacemos más cosas en la red y nuestro navegador parece tener más importancia que nuestro sistema operativo, porque tanto Windows como Mac OS X como Linux cubren las necesidades básicas de los usuarios. De hecho, es un grave problema para Microsoft, porque la mayoría de sus clientes están más que satisfechos con XP.

Windows ya no está en el candelabro, que diría aquella, pero es el producto informático más importante de este cuarto de siglo junto al navegador web. Aunque nos duela cada vez que sale la maldita pantalla azul.

¿Algo se mueve?

Hicieran lo que hicieran, que generalmente era o malo o nada, los políticos siempre hablaban en el mismo sentido: había que proteger a los autores, esto de la piratería estaba muy mal, había que tomar medidas, etc.

Pero esta última semana parecen haber cambiado las tornas. David Cameron fue el primero en disparar, anunciando que el próximo año se revisará la legislación sobre derechos de autor. Al parecer, el premier británico quedó impresionado por una conversación con los fundadores de Google en la que éstos aseguraron que, de haberse regido por las leyes británicas, nunca podrían haber creado el buscador. La razón: las leyes de propiedad intelectual en el Reino Unido son muy estrictas, y los casos de "uso legítimo" muy limitados.

Lo más probable es que tras la revisión las leyes sean más parecidas a las de otros países, respetando la posibilidad de citar o hacer parodias sin enfrentarte a una demanda por violación de derechos de autor. Pero el cambio de tendencia sí es significativo. Cameron sigue escuchando a los lobbys, mas no sólo a los de siempre.

El bombazo, no obstante, venía de Bruselas. La vicepresidente de la Comisión Europea y responsable de esa cosa pomposa llamada Agenda Digital, Neelie Kroes, aseguró que el "copyright no es un fin en sí mismo" sino un medio para incentivar la creación y que deja la capacidad de decisión en manos de intermediarios, impidiendo en muchos casos al público acceder a las obras artísticas y dejando "un vacío que es cubierto por contenidos ilegales". Incluso rechazó "enmarcar el debate sobre los derechos de autor en términos moralistas satanizando a millones de ciudadanos".

¿Se traducirán estas opiniones en medidas concretas? Pues previsiblemente no, al menos a corto plazo. Pero parecen indicar que los lobbys culturetas ya no lo tendrán tan fácil en Europa y deberán remar contracorriente.

¿En toda Europa? No. Aquí, naturalmente, la ley Sinde que permite a la administración cerrar sitios web a las órdenes de las esgaes sigue su curso y será aprobada con los votos de PSOE, PNV y CC. Volveremos a llegar tarde, naturalmente.

Santa Rita, Rita

Lo primero fue felicitarse porque les daban la razón. Sí, como lo oyen. Pese a que lo único que se dirimía en el tribunal era si cobrar indiscriminadamente el canon era legal o no, la noticia desde su punto de vista debía ser que no habían declarado ilegal el canon, algo que nunca estuvo en el debate. Desgraciadamente, el canon es legal, por más injusto que sea: eso no estaba en discusión. Lo que se dirimía es si podía cobrarse a todo quisqui.

Todo el chiringuito del canon se basa en la presunción de culpabilidad: si te compras un CD o un DVD virgen, o si compras un disco duro de un tera de capacidad, se asume muy pero que muy probable que lo vas a usar para guardar música o pelis, peazo sinvergüenza. Pero aún dentro de esa aberración que, dicho sea de paso, cada vez es más común en nuestro ordenamiento jurídico –o qué otra cosa son la mayoría de las regulaciones–, resulta imprescindible justificar esa presunción. De ahí que incluso en España existan límites al canon. Por ejemplo, si el disco duro que te compras va destinado a ser el principal del ordenador, no se cobra este tributo porque no se puede asumir que lo vayas a utilizar con fines malévolos.

Pero claro, hay muchísimo material informático que se pasó por alto, y del que puede afirmarse que casi nunca será utilizado para hacer copias privadas de material protegido por derechos de autor. Sin duda, algún funcionario o trabajador habrá que coja un CD de la empresa al que haya podido echar mano para grabar lo último de Ramoncín. Pero en su mayor parte esos soportes serán empleados para los fines legítimos de las administraciones públicas, profesionales o empresas. Aún así, pagaban canon. Y a eso es a lo que en Europa han dicho que nanai de la China.

Ante esto queda la gran pregunta: ¿y lo que se ha cobrado ya? Pues según un lumbrera de EGEDA "no tiene sentido" devolverlo" porque "no conozco ninguna ley fiscal que diga: me cargo la desgravación de la vivienda y lo aplico a los cinco años últimos y que esa retribución se le pida a los contribuyentes". Curiosa la analogía cuando las entidades de gestión se han pasado años negando lo evidente: que el canon es un impuesto que, eso sí, cobran asociaciones privadas. Pero tiene razón: si el Estado intentara hacer eso, sería ilegal.

El problema, claro, es que la analogía es absurda, porque coloca a EGEDA y SGAE como contribuyentes, víctimas de la voracidad del Estado, cuando en realidad son ellos los que recaudan. La analogía correcta sería que, después de haberse cargado la desgravación de la vivienda y haberla aplicado retroactivamente, los tribunales declararan ilegal ese cambio: evidentemente, los ciudadanos afectados tendrían derecho a reclamar a Hacienda el dinero que ilegalmente les quitaron. Eso es lo que dice la sentencia.

No cabe duda de que Zapatero y Sinde procurarán cambiar la ley para que los ciudadanos paguemos más para compensar lo que dejen de cobrar ilegalmente a empresas y administraciones públicas. Pero tampoco sería de extrañar un aluvión de reclamaciones. Ambas cosas llevarán tiempo. La primera porque resulta difícil que un Gobierno ya muy impopular obligue a los españoles a pagar unas cantidades que, por lo visto, no son las justas en sí: están puestas para que le cuadren las cuentas a Teddy. La segunda porque los tribunales en España son como son. Pero mientras tanto nos vamos a reír. Después de tantos años de injusticia, nos lo merecemos, ¿no?

Sarkozy subvenciona a Carla Bruni

El sistema será muy simple. Durante dos ejercicios consecutivos cada persona que esté dentro de la franja de edad antes citada puede comprar una tarjeta de prepago de validez anual por valor de 50 euros pagando sólo la mitad de esta cantidad. El resto de su coste lo pone el Estado.

Tanto los eurócratas como el Gobierno de Sarkozy sostienen que se trata de una medida que ayudará a combatir las descargas "ilegales" y permitirá que los jóvenes puedan acceder a música más barata de lo que les cuesta normalmente. Dicho así puede sonar aceptable para muchos; pero no lo es tanto. Para empezar, los millones de euros que esto puede suponer para las arcas del Estado francés tienen que salir de algún sitio. Y dicho lugar no es otro que las cuentas corrientes de los ciudadanos a través de los impuestos. Pero hay algo todavía peor.

Por mucho que las autoridades francesas y europeas quieran hacer creer que esta medida está destinada a favorecer a los jóvenes, ellos no son los principales beneficiados por este nuevo saqueo a las cuentas públicas. Quienes mayores provecho van a sacar de estas subvenciones son quienes viven del negocio de vender música, desde los intérpretes hasta las grandes discográficas, pasando por las tiendas de música online que participan en este "invento".

Si quisiéramos creer en la bondad de los gobernantes, pensaríamos que es sólo una casualidad que entre los muchos beneficiarios de las subvenciones estén la esposa de Sarkozy y cantante Carla Bruni (aunque, reconozcámoslo, podemos decir a favor de ella que los ingresos de sus discos los dedica a causas benéficas), así como la discográfica con la que trabaja. Si deseáramos confiar en que quienes ejercen el poder nunca tienen en cuenta sus propios intereses, los de su familia y los de los sectores económicos con los que se relacionan, sostendríamos que la defensa a ultranza de los intereses de la industria musical que ejerce el Ejecutivo francés se debe al convencimiento de que es lo que se debe hacer. Por desgracia, nuestra opinión no es esa.

Pero incluso aunque creyéramos en esa bondad, los ciudadanos no tienen por qué mantener con sus impuestos a un sector musical que no sabe adaptarse a internet.

Obama te quiere espiar

No contento con querer otorgar a Obama el poder para ordenar la desconexión total o parcial de la red en EEUU, ahora pretende sacar adelante una norma que multiplicaría casi hasta el infinito la capacidad de las autoridades norteamericanas para espiar a cualquier persona en sus comunicaciones online.

Con la excusa de combatir el terrorismo y la delincuencia por internet, las autoridades federales están promoviendo una nueva normativa destinada a obligar a las empresas de internet y de telefonía móvil a facilitar la interceptación de las comunicaciones de sus clientes. El Gobierno de Obama no quiere, simplemente, que las personas puedan utilizar tecnologías de encriptación que resulten seguras incluso frente a las agencias de seguridad de EEUU. Imitar a las petromonarquías feudales de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, imponiendo fuertes limitaciones al uso de la Blackberry y similares debido a su sistema de cifrado, habría resultado demasiado descarado. En Washington han encontrado una salida más imaginativa.

Pretende el Gobierno de Obama que todos los servicios de comunicaciones online (desde los de voz como Skype a las redes sociales como Facebook, pasando a las aplicaciones de mensajería de las Blackberry o el iPhone) dispongan de una especie de puerta trasera para facilitar los "pinchazos" por parte de las fuerzas de seguridad de EEUU. Aunque desde la administración se sostiene que el espionaje se haría con las debidas garantían judiciales, desde las organizaciones defensoras de los derechos civiles se ha denunciado que la norma no es tan garantista como pretende hacer creer el Ejecutivo.

Aún cuando finalmente el "pinchazo" estuviera sometido a control judicial, la norma que pretende sacar adelante la Casa Blanca resulta peligrosa para los ciudadanos, y no sólo para los de EEUU. No es un secreto que las fuerzas de seguridad y los servicios secretos caen en demasiadas ocasiones en la tentación de romper sus límites legales. Las "puertas traseras" que quiere imponer la Administración Obama facilitaría este tipo de abusos. Además debe tenerse en cuenta que por bien programadas que estuvieran dichas medidas para facilitar el espionaje oficial aumentarían el riesgo de generar agujeros de seguridad susceptibles de ser utilizados por todo tipo de ciberdelincuentes (pensemos que los cifrados de los pagos con tarjeta por internet se volverían menos seguros) o por gobiernos poco democráticos de todo el mundo.

Una vez más, con la excusa de combatir el terrorismo y la delincuencia se ponen en juego derechos fundamentales de los ciudadanos. Esperemos que Obama fracase en su intento.

Estúpida regulación sobre Facebook

El legislativo germano considera que establecer perfiles de los trabajadores presentes o potenciales con los datos proporcionados por ellos mismos en dichas redes atenta contra su derecho a la intimidad. Quedarían al margen de la futura legislación aquellas plataformas que, como Xing o LinkedIn, tienen como razón de ser el establecimiento de contactos profesionales y la búsqueda de empleo.

La lógica de la denominada "Ley Facebook" hace aguas por todas partes. Para empezar, no proscribe que los responsables de las empresas visiten los perfiles de empleados y candidatos. Eso seguiría siendo legal. Lo que se prohíbe es que, a la hora de tomar una decisión sobre la persona en cuestión, se pueda tener en cuenta la información así obtenida. Dicho de otro modo, pretende que los directivos y responsables de recursos humanos tengan que hacerse los tontos y los ciegos ante unos datos que pueden obtener legalmente.

Pero eso no es lo peor. Los promotores del proyecto de ley pretenden que atenta contra la intimidad de alguien el obtener una información sobre una persona que ella misma ha hecho pública. Si un trabajador berlinés se pide la baja por enfermedad y después sube a su perfil una foto en la que se le ve tomando una cerveza en un hotel de Mallorca es él quien ha hecho el idiota enseñando al mundo (incluido a ese jefe al que previamente ha incluido entre sus contactos) como intentaba engañar a sus empleadores. Cualquier reclamación al derecho a la privacidad resulta absurda en este tipo de supuestos.

Si los usuarios de las redes sociales tienen un enemigo de su intimidad son ellos mismos. En Facebook, Twitter y similares hay un exhibicionismo en muchos casos desmedido. Muchas personas han encontrado en estos servicios un modo de jugar a ser famosos. Ellos mismos se convierten en las "estrellas" de su propia "revista del corazón", su propio perfil en la red social, en la que cuentan al resto de la humanidad dónde están, que hicieron la noche anterior o lo que piensan sobre un asunto en concreto. Su forma de actuar es libre, por lo que nadie debe protegerles de su propia indiscreción. Y mucho menos, el Estado.