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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

El verdadero derecho a internet

A Intereconomía le ha caído, literalmente, la del pulpo, 100.000 eurazos, por emitir un autopromocional en el que se criticaba el desfile del Orgullo Gay. No es que la multa sea totalmente desproporcionada para el presunto delito del que se acusa a la cadena, es que tal delito no existe. En un país libre cada uno puede criticar lo que y a quien le plazca siempre que, al hacerlo, no acuse a alguien de ser algo que no es. Es decir, que no se puede llamar a alguien “hijo de puta” sino estamos en condiciones de demostrar que la madre del aludido se dedica al viejo oficio de la prostitución. Punto. A partir de ahí entramos en el terreno de la opinión, santuario sagrado donde una democracia se la juega. La nuestra se la juega continuamente y suele perder.

En España como no teníamos suficiente con el engendro ese del “derecho al honor”, nos estamos inventando continuamente leyes y regulaciones nuevas que imponen lo que se puede y no se puede decir, escribir o difundir por las ondas hercianas. A Intereconomía la han cogido con un artículo perdido de una ley que, a su vez, se acoge a una directriz comunitaria. El típico caso de Leviatán legislativo que lo único que persigue es atemorizar al personal opinante para que se lo piense dos veces antes de emitir un juicio. El poderoso lo celebra y el ofendido se regodea como gato panza arriba sabiendo que desde ya mismo es inmune a la crítica.

La izquierda, que es muy arrojada y muy de llamar asesino a Aznar sin necesidad de demostrar nada, tiene una epidermis finísima, de apenas unas pocas micras de grosor. Ellos, como es lógico, tienen carta blanca para decir lo que les venga en gana, pero, ¡ay!, como los de enfrente hagan lo mismo arman la de San Quintín y se ponen a toda leche el camisón de la abuela de Caperucita. Son los dos raseros. El de unos, el suyo, es de malla gruesa que lo deja pasar todo. El de los otros, el nuestro, es de malla fina de esa que retiene hasta las impurezas microscópicas.

Esto es así porque, en su universo simbólico, ellos representan el Bien y nosotros el Mal, ellos el luminoso mañana y nosotros el pasado retrógrado. Como la gasolina que pone en marcha el motor de explosión del cerebro progre son los mantras, es fácil saber sobre quién debe caer todo el peso de una ley hecha sólo para los malos. Por eso, a igualdad de “delito”, con Intereconomía se ceban mientras que los mismos que han promovido el castigo pueden seguir desfilando vestidos de obispo blasfemo con un miembro viril de gomaespuma colgando de la sotana. Y no les pasará nada. Faltar el respeto es algo que sólo ellos se pueden permitir.        

Patentar la idiotez

Su argumento es discutible en la mayor parte de los casos, pero en otros es sencillamente estúpido. Esto es así, sobre todo, en lo referido al software y a internet. En estos supuestos lo que se patenta no es, por lo general, el modo concreto de realizar un proceso o un servicio on line determinado. El monopolio que se obtiene es sobre la idea misma de que ese proceso o servicio puede ser hecho.

El último ejemplo es la patente sobre las redes sociales que le ha sido otorgada a Amazon. El gigante de la venta minorista on line es ahora el "propietario" de la idea de que un servicio de internet permita que las personas se identifiquen unas a otras y se otorguen permisos entre sí para ver información personal de cada uno. En definitiva, las autoridades gubernamentales han transformado a una empresa en dueña de la idea sobre la que están construidas las redes sociales. Se trata de un absurdo absoluto, que permitiría a Amazon presentar demandas contra Facebook y otros servicios similares (como el fracasado Orkut de Google).

La lógica que permite este absurdo es la misma que permitiría patentar el unir por un lado muchas páginas de papel sobre las que hay palabras impresas que cuentan una historia o explican ideas o conocimientos técnicos. Esto es, producir libros. Nadie sería capaz de sostener que esto fomenta la innovación o la creatividad. Al contrario, cualquiera pensaría que supone un freno al desarrollo de la civilización. Sin embargo, en materia de internet o de software quieren hacernos creer que es positivo.

Puestos a patentar, a uno le entran ganas de registrar la idea de que alguien pueda perpetrar estupideces o actuar de manera absurda. Sería la patente de la idiotez. A quien se la concedieran podría forrarse. Para empezar, deberían pagarle aquellos que creen que Amazon tiene derecho al monopolio de la idea de las redes sociales.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

La teoría del parche

Un niño está jugando con su recién comprado balón. Una patada desafortunada hace que caiga entre zarzas, de forma que inadvertidamente se pincha. Las consecuencias del suceso no tardan en hacerse notar: a cada nuevo puntapié, la pérdida de aire es apreciable. En poco tiempo, el balón está inservible y el niño compungido acude a su padre con los restos de su juguete.

Evidentemente, el progenitor tiene que tomar alguna decisión para remediar la tragedia. ¿Cómo tomará esta decisión? La teoría económica tiene la palabra. Básicamente, se abren dos posibilidades: comprar un nuevo balón o reparar el pinchado. Cada una de las acciones supone un coste distinto para el padre, que en este caso se puede medir por la utilidad a la que renuncia al dedicar parte de su dinero a la compra o reparación. Se puede asumir que el coste es inferior en el segundo caso, ya que previsiblemente será menor el precio a pagar por el parche y posterior hinchado del balón.

Habida cuenta de que se trataba un balón nuevo, se puede asumir que, para el padre, la utilidad de repararlo es muy similar a la de otro balón nuevo. Por tanto, lo normal es que el padre en este caso opte por poner el parche. Evidentemente, la respuesta no puede ser concluyente, ya que no se han considerado factores como la diferencia de costes entre un balón nuevo y su reparación. Pero al menos se plantean los fundamentos praxeológicos de algo que parece obvio: la decisión de los sujetos de renovar sus activos no es automática, sino que depende de la relación entre costes (el parche) e ingresos (disfrute de jugar) percibidos.

Si el balón tiene ya una cierta edad o uso, los beneficios que previsiblemente se obtendrán por el nuevo balón quizá sí justifiquen a mucha gente la compra de un nuevo balón, en lugar de reparar el pinchado. “Bah, no pasa nada, ya tenía muchos años”. En términos técnicos, se puede decir que el balón está amortizado, esto es, que los servicios que hemos obtenido de él superan ya el coste que nos supuso. En este sentido, suele ser difícil encontrar balones con muchos parches.

Ésta, que podríamos llamar la teoría del parche, es por supuesto aplicable en ámbitos no tan familiares (en el doble sentido), como pueda ser el de la producción de las empresas. Sobre todo, cobra especial relevancia en el entorno de los sistemas de información. En mi experiencia, los sistemas de información de todas las empresas que he conocido, son siempre “una chapuza”, un “conjunto de parches”, que es necesario tirar abajo y volver a construir de cero. Proliferan los nuevos mapas de sistemas que “vamos a empezar a desarrollar/implantar y que ya resuelven esto que me estás diciendo”.

Lo cierto es que las decisiones relacionadas con el balón son sencillas, y hasta cierto punto de rápida ejecución. No ocurre lo mismo con las decisiones que se toman en las empresas, en particular, las referidas al departamento citado. De hecho, pueden transcurrir varios meses e incluso años desde que los requerimientos del sistema se definen hasta que éste se empieza a explotar. Y durante este tiempo lo lógico es que cambien las preferencias de los consumidores y, por tanto, las necesidades que han de resolver los citados sistemas.

Dicho de otra forma, el sistema de información nace ya “pinchado”, simplemente por los cambios a que da lugar el paso del tiempo, y sin necesidad de que suceda nada extraordinario. Tras todo el tiempo e inversión, el sistema en marcha ya no satisface adecuadamente las necesidades de sus usuarios.

Es el momento de aplicar la “teoría del parche”. Confrontado con la decisión de reparar el sistema, o comprar uno nuevo, el responsable de sistemas ha de decidir como el padre con el balón pinchado. Comparará el coste del parche con el coste del nuevo sistema. En el 99% de los costes, el parche es mucho más barato que la construcción desde cero de un nuevo sistema. Y así el sistema empieza ya parcheado.

De hecho, por aquello de que los sistemas de información son “software” (blandos), parece que son fácilmente moldeables, y muchas alteraciones en las necesidades son recogidas y aceptables debida al bajo coste relativo de los parches. A nadie se le ocurriría mantener el mismo nivel de adaptación con otros activos más “hard”, como puede ser un coche, una casa o un computador.

Así que rápidamente el sistema se llena de parches para dar solución a los constantes cambios requeridos: parece que los beneficios de la nueva adaptación superan siempre los costes de implementarla. Y los sistemas de información se transforman en la “chapuza” a que estamos acostumbrados.

Poco a poco, la cosa involuciona, hasta que los parches incrementan su coste de tal forma, posiblemente por la existencia de parches previos, que el responsable empieza a pensar que es el momento de reconstruir aquello desde cero otra vez. Lo que se producirá en el momento en que la diferencia entre el coste del parche y del nuevo sistema sea inferior a los beneficios incrementales previstos para este. En ese momento, se podrá decir que el sistema antiguo está amortizado.

Y empezará la construcción de una futura chapuza. Que, eso sí, parecerá limpia y espléndida en los primeros papeles que la definan, no quepa duda.

Internet, cada vez menos libre

Sostenía en 2006 que ocurría precisamente eso, que en dicha jornada "no había nada que celebrar, sólo que condenar: la falta de libertad en internet". Por desgracia, y sin que resulte sorprendente, todo sigue igual. En aquel entonces hablé de la situación de la red en lugares como Cuba, Egipto o China. En la actualidad podría decir justo mismo. En esos países, y en otros, se mantiene la censura, las prohibiciones y los ciberdisidentes en prisión.

A pesar de ello, el resto del mundo sigue celebrando el Día Mundial de internet. Al menos, eso sí, ahora hay quien aprovecha la fecha para denunciar la represión de la libertad online practicada por muchos gobiernos. Entre los denunciantes tiene un lugar destacado Reporteros Sin Fronteras, que recordaba su informe anual sobre la cuestión presentado unos días antes. En el resumen se desenmascara a los gobiernos que ejercen un mayor control sobre la red. No sorprende que, como siempre, estén entre ellos los regímenes comunistas que siguen existiendo en la actualidad (Cuba, China, Vietnam, Corea del Norte o Birmania, país bajo el control de una junta militar marxista) y una buena parte de ejecutivos de países musulmanes (nada extraño si se tiene en cuenta que la mayor parte de estas naciones están sometidas a dictaduras).

Reporteros Sin Fronteras denuncia otra amenaza a la libertad de expresión en la red de la que sabemos mucho en España: las leyes que se aprueban con la excusa de proteger la propiedad intelectual. Es cierto que esto no crea situaciones tan dramáticas para los ciudadanos como la represión de las dictaduras, pero también impone recortes que deberían resultar intolerables en un sistema democrático. Denuncia RSF otro fenómeno más: las leyes abusivas con motivo de la lucha (combate, por otra parte legítimo y necesario) contra la pornografía infantil.

Efectivamente, en estos cuatro años internet dista mucho de haberse vuelto más libre. Mientras las dictaduras siguen reprimiendo a los internautas con todo tipo de censuras, controles, prohibiciones y penas de cárcel, en las democracias no paran de crecer los controles sin ningún tipo de garantías para los ciudadanos. Esto ocurre bien para combatir, eligiendo la vía equivocada, fenómenos terribles como la pornografía infantil, bien para proteger los privilegios de sectores concretos de la sociedad especialmente mimados por los políticos.

En 2010, como en 2006, no había nada que celebrar durante el Día Mundial de internet.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

¿Un alto en el camino?

…para ver si de esa forma mantenía el servicio de la mayoría de sus clientes. En concreto, decidió dar menos prioridad al tráfico P2P (descargas tipo Emule, para entendernos).

Hizo esto sin decir nada a sus clientes. Pero, para su desgracia, alguno de ellos se percató y denunció la situación a la FCC, que es el vigilante de las telecomunicaciones en Estados Unidos. De esta forma, resurgió con fuerza el debate sobre la neutralidad de red, que tanto vigor ha cobrado las últimas semanas, y qué básicamente pone en cuestión el derecho de los operadores y dueños de las redes a gestionar el recurso escaso que poseen, en aras de las protección de unos supuestos derechos de los usuarios.

La FCC analizó el caso, y emitió una orden diciéndole a Comcast que eso no se podía hacer. Comcast no quiso meterse en más líos, la acató, pero planteó ante un tribunal de apelación si la FCC era quién para andar diciendo a los operadores cómo tenían que gestionar su red.

El tiempo pasó, Obama ganó las elecciones en aquel país, y cambió el presidente de la FCC. El nuevo inquilino acometió como primera tarea de su nuevo mandato la regulación de la neutralidad de red, que él llamó aseguramiento de la apertura de internet, en él que decía a los operadores de telecomunicaciones cómo se podía, y cómo no, gestionar sus redes. Esta propuesta se emitió a primeros de año, y lleva desde entonces sujeta a consulta con los interesados.

Pero hete aquí que el tribunal de apelación antes aludido, en un tiempo record de dos años (inimaginable para un tribunal español sobre un tema de estas características), resolvió sobre la petición de Comcast. Y le ha dicho a la FCC que nanay, que no es quien para meterse en cómo los operadores gestionan sus redes, y que se cante otra. Además, lo ha hecho por unanimidad de los tres jueces.

Así que Mr. Genachowski, que a este nombre responde el presidente de la FCC y promotor de la propuesta de regulación sobre neutralidad de red, ha visto como se le caían todos los palos del sombrajo. Pues toda su supuesta capacidad para regular la gestión de las redes descansaba en los supuestos que uno por uno le ha tumbado el tribunal de apelación. En fin, que se augura un negro futuro para su propuesta y, en consecuencia, para la "apertura de internet" (dicho esto último con toda la ironía posible).

Esta sentencia, con poca repercusión mediática, es una excelente noticia para todos, aunque muchos no lo crean: es buena para los operadores, que recuperan su libertad para gestionar sus recursos de la forma que consideren conveniente y que inevitablemente será para servir mejor a sus clientes, contra el riesgo de perderlos. Y es buena para los clientes, aún aquellos que ahora estén echando pestes, pues les asegura un mejor servicio en el futuro.

Ahora bien, tampoco hay que ser iluso. Aunque la situación de Obama no es la mejor tras la reciente reforma de la sanidad, el tema de la neutralidad de red fue una de sus banderas electorales. Por eso, no se puede desdeñar algún nuevo ataque contra la libertad desde este flanco.

Por el momento, disfrutemos de este alto en el camino hacia la planificación central de las telecomunicaciones.

Copiar es copiar

Sostres había equiparado la descarga de música con el robo, y en mi artículo sintetizo los principales argumentos teóricos y prácticos contra la propiedad intelectual: un bien intangible no es de uso excluyente y la función del derecho de propiedad es evitar el conflicto en torno a los usos excluyentes de un recurso, un monopolio legal sobre un bien intangible está en conflicto con el uso de tu propiedad tangible (el uso de mi ordenador, el uso de mis CDs, el uso de mis instrumentos o de mis cuerdas vocales), las patentes y copyrights a menudo desincentivan la innovación al proteger ciertas ideas de la competencia por un lapso de tiempo.

La respuesta de Sostres es bastante retórica, oscila entre el ataque ad hominem y la reiteración. Me atribuye la opinión de que la literatura, la música y las demás disciplinas artísticas se han desarrollado a través de la copia, pero lo más que he llegado a decir es que la imitación y la emulación son consustanciales al progreso, y la competencia en el mercado a menudo consiste en hacer modificaciones marginales a bienes y servicios existentes: producir lo mismo que otro un poco más rápido, vender lo mismo un poco más barato, vender al mismo precio algo un poco distinto.

Sostres esquiva convenientemente algunos interrogantes: ¿debe modificarse la legislación para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus dibujos, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza? Lo que defiende Sostres no es meritocracia, es proteccionismo. Si de los ingresos del músico se trata, pues tendrá que adaptar su modelo de negocio lo mismo que tuvo que hacer el librero. Más conciertos en directo, más valor añadido atado a la música, más publicidad, más suscripciones. El mundo digital ha sacudido a los dinosaurios pero ha facilitado la entrada a muchos artistas, reduciendo extraordinariamente los costes de producir y distribuir música.

Insiste Sostres en que copiar una canción y pasársela a otra persona es robar. Algunos lo han comparado con el fraude: si después de una consulta con el médico nos marchamos sin pagar, habiéndonos aprovechado de su diagnóstico, ¿no le estamos “robando”? Claro que sí, pero eso es porque hemos suscrito un contrato que nos obliga a pagar a cambio del servicio. Cuando copiamos una idea o nos aprovechamos de una obra artística, no estamos necesariamente sujetos a ningún contrato con el autor.

En primer lugar, porque a menudo pueden asimilarse ideas sin necesidad de entablar ninguna relación contractual (vemos una obra o invención, escuchamos una canción por la radio). En segundo lugar, porque el primero en copiar puede haber cometido un fraude (si el contrato de venta del producto original estipula que el comprador no puede hacer una copia), pero las terceras personas que no están vinculadas al vendedor mediante un contrato de compra no son culpables de fraude si obtienen lo que otros ponen a su disposición. Es como si, una vez filtrados los correos de los calentólogos de la Universidad de East Anglia, tuviéramos que taparnos los ojos o eliminar esa información de “origen fraudulento”. En cualquier caso la legislación actual permite copiar una obra para regalársela a un amigo, y eso es básicamente lo que sucede en la red, solo que quien descarga la copia puede ser un desconocido.

Por último, un disclaimer, ¡no sea que Sostres me acuse de ladrón! No me descargo música de internet (ni siquiera sé cómo funciona el emule). Eso sí, a veces canto en la ducha sin permiso del autor.

Nuestra intimidad, con el culo al aire

Otros, en cambio, dejaron al descubierto en su web los datos personales de millones de personas. No pagarán ni un duro.

¿A qué se debe esta diferencia entre un caso y otro? Sencillamente, a que el primero es una empresa privada, Iberia, y el segundo un organismo público, el INEM. La Ley Orgánica de Protección de Datos incluye dos regímenes completamente separados de sanciones, uno para empresas y otro para las administraciones públicas. En el primer caso, puede imponer sanciones de hasta un millón de euros. En el segundo, un tirón de orejas.

La lógica detrás de este doble rasero es el llamado criterio de caja única. Dado que todo el dinero que reciben todas las administraciones viene de un mismo bolsillo, el nuestro, no tiene mucho sentido mover la pasta de un departamento a otro. Mejor que se quede donde está y nos ahorramos los costes de transferirlos, rehacer presupuestos, etc. Suena lógico, y hasta cierto punto lo es. Pero crea un incentivo perverso: mientras que las empresas se han ido poniendo las pilas en cuanto a la protección de sus datos, las administraciones se lo toman con una pachorra que pa qué.

Vean si no el caso del INEM. Tenían noticia desde diciembre de 2008 de un error que permitía obtener los datos de todas las personas que hubieran estado alguna vez apuntadas a las listas del paro. Un error, además, que todo el que sepa un poco de programación web sabe que es debido a un descuido y que cuesta bien poco corregirlo. ¿Hicieron algo? Naturalmente que no. Cuando fueron "condenados" por la Agencia Española de Protección de Datos finalmente movieron un dedo, o dos. Y ya está. No se tienen noticias de que nadie haya perdido su trabajo por esto.

De hecho, ni siquiera políticamente han sufrido daño alguno por esto. Resulta que cuando se emitió la resolución, la misma agencia que mueve Roma con Santiago para informarnos de los más mínimos detalles de las reuniones de su director, Artemi Rallo, con la red social de moteros de Cuenca para asegurarse de que los menores de 14 años no pueden entrar en ella no tuvo a bien sacar una nota de prensa para informar a los periodistas, y a través de ellos a los españoles, del caso más grave de desprotección de datos que ha tenido lugar en España. ¿Por qué? No se consideró noticia, parece ser. Yo por mi parte pienso mal. ¿Y ustedes?

Dado que es un problema de incentivos, no es sólo el INEM el que se toma con cierta tranquilidad este problema, naturalmente. Samuel Parra, el mismo experto que descubrió y denunció el caso, ha criticado la inacción de la DGT ante una reciente "condena" de Protección de Datos. Resulta que la web nos permitiría con cierta facilidad averiguar los puntos que tiene en el carnet cualquier conductor que conozcamos. Basta con tener el NIF y la fecha de expedición del primer carnet, y aún sin saber lo segundo la cosa es relativamente fácil, pues no hay límite de intentos, así que puede probar todas las fechas que estimo oportuno automáticamente. Suponga que es usted una compañía de seguros. ¿Verdad que es una noticia como para frotarse las manos?

Pues bien, el responsable de informática de la DGT, un tal Luis de Eusebio, ha dicho que como hasta ahora no han detectado ningún intento de aprovecharse del sistema, pues que no lo cambian. ¡Y que no lo cambian, oiga! Naturalmente, el mes que viene cobrará íntegro su sueldo, y el que viene, y al otro. De nuestro dinero. Luego habrá quien se pregunte por qué soy liberal.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

Vagos y juerguistas

Si añado que es vicepresidente de Grecia, se esfuma, con el misterio, el interés que pudiera suscitar el nombre de este caballero. Pero, ¿y si le digo que es un faltón, un filósofo y un político de raza?

Grecia está mendigando los euros sellados en Alemania y no sabe a qué recurrir. Unos han mencionado la deuda que adquirió Alemania con Grecia en la II Guerra Mundial, olvidando que Alemania la satisfizo en 1960. Ahora Pangalos se duele de que Alemania no afloje el bolsillo. Y lo explica porque, en lugar de actuar por solidaridad, Alemania “ha adoptado una visión moral de nuestro problema”, pues se señala que los males griegos provienen de que éstos “no trabajan lo suficiente. ¿Y por qué? Por que tienen buen clima, buena música, beben, y no son tan serios como los alemanes”. Conclusión de nuestro héroe: después de ellos vamos los portugueses y los españoles. ¿Será que él mismo nos considera vagos y juerguistas? Valga ello por lo de faltón.

Lo de filósofo va por la oposición entre la solidaridad y la moral. ¡Por supuesto! No hay nada más inmoral que la solidaridad. Al menos, tal como la entienden los políticos, es decir, vía impuestos. El reparto del coste del expolio es lo que conocemos habitualmente como solidaridad. Y en el caso que nos ocupa, el dinero va desde los Estados que han manejado bien sus cuentas públicas hacia los que han despilfarrado a espuertas. ¿Puede haber algo más contrario a la moral? Un filósofo, este Pangalos. Y un político de raza porque encuentra el argumento del momento para reclamar el dinero ajeno.

Pero, así como la solidaridad y la moral no se pueden ni ver, moral y economía son dos caras de la misma… sí, de la misma moneda. Porque la moral, es decir, el refrendo de las buenas costumbres, sanciona aquellos comportamientos que son más exitosos a largo plazo, como son el trabajo, el ahorro, cumplir con los compromisos adquiridos y demás. De modo que si Pangalos tuviera razón y Alemania se guardase sus euros por motivos morales, Alemania probablemente también tendría razón, pero no por vagos, como bien puntaliza Pangalos, sino por manirrotos.

La ley Sinde, un modelo de izquierdas

Pero este antiguo jefe de campaña de Jordi Sevilla, el lobista encargado de que el Gobierno aprobara lo que los de la ceja querían que aprobara, tiene razón en algo: la ley Sinde es un "modelo español y de izquierdas" para lidiar con las descargas en internet.

Existen actualmente dos ideologías que cabe identificar como líderes indiscutibles en censura en internet. La extrema izquierda, el comunismo, con ejemplos clásicos como Cuba, Vietnam o China y algunos que se apuntan con gran interés como Venezuela. Las teocracias y autocracias islámicas, con Irán como estandarte, también tienen su lista de enemigos de internet, entre los que se encuentran países como Túnez o Arabia Saudí. No son los únicos; enemigos de la libertad los hay en todos los regímenes con ansias de gobernar a perpetuidad al margen del consentimiento de sus súbditos. Pero sorprende que haya entre ellos tantos amigos de este Gobierno, dedicado a la Alianza de Civilizaciones y el apoyo al socialismo del siglo XXI.

Me dirán que esto no es necesariamente la izquierda, al igual que Pinochet no es la derecha, y tendrán razón. Pero desgraciadamente sí que es la izquierda realmente existente hoy aquí en España. Una izquierda que se ha aliado con los regímenes de Cuba y Venezuela y que ha promovido el entendimiento con países como Irán o Turquía bajo la premisa de que debemos suprimir la libertad de expresión para no incomodar a los musulmanes, como dejó claro Zapatero en su famosa carta escrita al alimón con el primer ministro turco Erdogan; un texto infame que deberían recordar todos aquellos que ahora se escandalizan con la ley Sinde.

Durante todo este tiempo, la izquierda supuestamente moderada que puebla internet no ha protestado; para ella, todo aquello que fuese en contra de Estados Unidos era bueno por definición. Había que desertar de Irak, sentarse ante la bandera; promover una política exterior distinta, más europea, que no viese todo en blanco y negro. No se podía mirar el mundo como si una peli de buenos y malos se tratara. Al fin y al cabo, lo peor del mundo es Guantánamo. Y no, no se referían a Cuba, esa patria de quienes mueren de hambre por la libertad, sino a ese pequeño pedazo de tierra donde se asienta una base militar norteamericana.

Mal que les pese reconocerlo, y no lo reconocerán, de aquellos polvos vienen estos lodos. Si Zapatero y su Gobierno se han amigado con toda dictadura y régimen abominable que han tenido a mano no era porque creyesen en la libertad. El problema es que sospecho que algunos de quienes se tiran de los pelos por la ley Sinde tampoco lo hacen porque les preocupe la censura, siempre y cuando lo que se censure sea a esa gentuza de la derecha. No, lo hacen porque, al fin y al cabo, el asunto este de las descargas es algo a lo que el Gobierno estadounidense quiere que pongamos coto y, como dijo Revel, a estas alturas ser de izquierdas se ha convertido en sinónimo de ser antiamericano.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

Chávez y Zapatero, tal para cual incluso en internet

Cada poco tiempo tenemos algún ejemplo de la simpatía que el inquilino de La Moncloa y buena parte de los suyos, en especial Moratinos, sienten por el ex militar golpista metido a presidente caribeño. Tampoco tiene nada de extraordinario si se tiene en cuenta la relación de afinidad que, un día sí y otro también, el Ejecutivo español demuestra tener con el régimen dictatorial cubano.

La complacencia de Zapatero, Moratinos y buena parte del resto del Gobierno español (esperemos que, aunque lo haga en silencio, algún ministro no la comparta) puede venir dada en buena medida de una identificación ideológica. No soy de los que creen que en España estamos como en Venezuela o en Cuba –de hecho creo que esa equiparación es profundamente injusta con venezolanos y cubanos– pero resulta innegable que el jefe del Ejecutivo español se siente ideológicamente identificado con los tiranos que martirizan a ambos países caribeños. Quizás por eso la suerte ha querido que el régimen de Chávez ponga fin a la libertad de expresión en la red venezolana la misma semana en la que el Consejo de Ministros español aprueba la mal llamada "Ley Sinde".

Para ser justos, también en esto lo de Venezuela es mucho peor que lo de España. Sin embargo, lo aprobado en ambos lados del Atlántico es lo mismo en su esencia, puesto que en los dos casos se trata de recortar la libertad de expresión en la red. El chavismo pretende silenciar a quienes se oponen al caudillo que habita en el caraqueño Palacio de Miraflores, el socialismo español se limita a atentar contra los derechos más elementales para proteger los intereses del lobby de los derechos de autor. Además, si lo que pretende imponer ZP apenas deja recursos en defensa del censurado, lo impuesto por el presentador de Aló presidente no deja ninguno.

Zapatero y Chávez avanzan en el recorte de la libertad de expresión en internet. Lo hacen a ritmos diferentes y por causas distintas, pero ambos lo hacen.

Es cierto que lo del venezolano es más preocupante que lo del español, pero no por eso hay que bajar la guardia en la "piel de toro". Cuando se comienza a limitar el derecho a expresarse se abre una vía que no hace más que ensancharse. En cuanto se acepta que caben excepciones a la libertad de expresión, cualquiera puede presentar argumentos que podrían justificar más limitaciones y lograr nuevos recortes. Lo que está en juego es mucho más que unas páginas de enlaces a películas o canciones.

Lo que nos jugamos en esta apuesta de ZP es lo mismo que perdieron los venezolanos en una de las muchas de Chávez: la libertad de expresión.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.