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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

¡Mamá! ¡Google ha dicho España!

Sentarse ante la bandera de Estados Unidos en un desfile no supuso ningún "desprestigio" para nuestro país ante el gigante norteamericano; tampoco incitar a otros países a desertar de Irak. Sin embargo, que una directiva de Google nos mencione junto a China o Irán, sí.

El caso es que el gigante de internet no hizo más que referirse a un hecho, puntual, sí, pero muy significativo. Un juez de lo mercantil de Barcelona solicitó al Ministerio de Industria el bloqueo ¡cautelar! de una serie de sitios web por el imperdonable delito de incitar a un boicot contra los productos catalanes. Al margen de que nos pueda parecer justo o injusto, conveniente o no, parece claro que ni es delictivo ni justifica la suspensión de un derecho –este sí, real– como es la libertad de expresión. Google no dijo que fuera algo generalizado, pero está claro que España pidió el bloqueo de uno de sus servicios, su proveedor gratuito de blogs, en un claro desprecio a las libertades de los ciudadanos.

El asunto es significativo porque aquella decisión judicial fue recibida con un atronador silencio. Nadie protestó, a nadie le pareció mal. Muchos seguramente ni se enteraron, porque los grandes medios no dedicaron ni una línea a la noticia. Los demás, con eso de que eran gentes de derechas y contrarios a la España plural y todas esas zarandajas, pues se callaron porque, quién sabe, posiblemente en el fondo no les pareciera mal.

Es lo que sucede con Willy Toledo. El actor, en una carta en la que demuestra ser un genio de la escena en comparación con su habilidad para la pluma, venía a decir que durante la semana pasada se atacó su libertad de expresión. ¿La razón? Que otros que no son él y no opinan como él hicieron uso de su libertad para criticarlo. Eso era una "caza"; se puso en marcha una "apisonadora"; algo inadmisible, en suma, fruto del contubernio del capital y demás estupideces que suelen soltar estos cuates cuando no tienen nada inteligente que decir, algo que ocurre con bastante frecuencia.

Willy Toledo, como buena parte de la izquierda que dice defender a ultranza la libertad de expresión, en realidad no hacen otra cosa que apoyarse en la ley del embudo. Las más altas garantías deben quedar reservadas para ellos; los demás no merecen ni la hora y si sufren las consecuencias, bueno, algo habrán hecho para merecerlo. Es lo mismo que hace El País atreviéndose a criticar a Google cuando no se dignó en su momento a informar del incidente al que el gigante de internet hizo referencia en el Congreso estadounidense.

A veces tengo la impresión de que muchos de éstos sólo se diferencian de un Chávez o un Castro en que no tienen el poder suficiente para ejercerlo como quisieran. Pero recuerden: es la derecha española la radical, la que no es "uropea", la culpable sempiterna de la crispación que acosa a sus sedes. Incluso, sí, la de Arriola. Cuánto amor por las cadenas. Por ponérnoslas, digo.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

¿El principio del fin de Google?

Esta situación es especialmente pronunciada en los negocios por Iinternet, debido a la dimensión global de la red, lo que eleva a cotas casi increíbles la escala y el plazo en que se pueden conseguir éxitos espectaculares.

Google es sin duda el paradigma actual del éxito. No contento con superar a los que podríamos considerar sus competidores tradicionales (los buscadores), su ambición desborda el ámbito de internet, y parece amenazar a gigantes como Microsoft, los operadores de telecomunicaciones o los medios de comunicación. Constituye así la prueba definitiva de la convergencia del estos mundos, la constatación de llamado "hipersector" de las Tecnologías de Información y Comunicación (TICs).

Hasta aquí, el análisis no pasaría de mera constatación de hechos en el mercado, de puesta en claro de las preferencias de los ciudadanos. Sin embargo, lo malo es que, como se dijo antes, el éxito atrae a otras moscas a la miel, los gobiernos. Y estos no son tan deseables.

Comienzan a acumularse las quejas contra Google, que ya han alcanzado rango de denuncia ante la Comisión Europea en algún caso. También está la ofensiva desatada desde el sector de las telecos, y no me refiero a la legítima de los operadores, sino a la de los gobiernos pretendiendo arrogarse el derecho a "dar permisos" para que unos paguen y otros cobren. Y tampoco hay que olvidar la ofensiva sobre contenidos, lanzada desde los terceros en liza, los medios, y que tiene su base en los malhadados derechos de propiedad intelectual.

Gracias a todo ello, los gobiernos empiezan a tomar protagonismo en un asunto en el que no deberían tener cabida, y encima promocionados desde determinados ámbitos, típicamente desde el de aquellos que no encuentran cómo plantar cara en el mercado la capacidad de innovación de Google.

Para ser justos, hay que reconocer que parte de la culpa de la situación es del propio Google, que no ha dudado en tratar de usar a su conveniencia esas mismas armas que ahora se vuelven contra él. Me refiero al debate de la neutralidad de red, que sobre todo en los Estados Unidos ha sido impulsado por el buscador con la clara intención de atar de pies y manos a los operadores de telecomunicaciones, que percibe como posibles competidores en el medio plazo.

Lo cierto es que lo peor que le puede pasar a Google es que los gobiernos empiecen a inmiscuirse en sus asuntos. Incluso en el tema de la neutralidad de red, aunque en el corto plazo obtuviera beneficios.

No sólo es lo peor para Google, sino también para sus rivales del hipersector (aunque parezca paradójico) y, en esencia, para los ciudadanos y la sociedad. Si estos agentes siguen dirimiendo sus cuitas en frente de los gobiernos, su destino quedará en esas manos, que serán las que arbitren los destinos de unos y otros.

Pero son precisamente los gobiernos los que menos saben de las preferencias de los consumidores. Y es sobre éstas donde ha construido su fortuna Google (como cualquier otro emprendedor). Por ello, el interés que, en parte buscado por él mismo, suscita Google entre reguladores y demás organismos augura el principio de su fin.

¿Qué diferencia a Google de Telefónica?

…para proteger la innovación en lo que podrían llamarse los extremos de la red, es decir, aquello que se conecta a ella. Por ejemplo, los servicios y aplicaciones web o herramientas como Skype.

El problema de esta aproximación, que a primera vista suena tan razonable, es que olvida que para poder fomentar esa innovación en los extremos de internet debemos eliminarla en buena medida dentro de la propia red. La imposición de la neutralidad impediría cambiar muchas cosas en las redes de telecomunicaciones: sin duda, muchas de ellas serían negativas para los usuarios, y por tanto terminarían siendo desechadas por éstos mediante el viejo método de votar con los pies y llamar a la puerta de la competencia. Pero algunas podrían ser beneficiosas, e imponiendo la neutralidad impediríamos que pudieran desarrollarse.

Desgraciadamente, muchos no entienden este problema, porque es mucho más sencillo apreciar la innovación en productos finales, como son los sitios web, antes que en bienes más intermedios como puedan ser las redes. De ahí que venga tan bien la denuncia de tres sitios web, uno de ellos propiedad de Microsoft, contra Google por abuso de posición dominante. Lo que quieren es que sea público y transparente el modo en que se ordenan los resultados de las búsquedas en Google ya que éste tiene alrededor del 90% del mercado en Europa, y un pequeño cambio en el algoritmo puede significar para una empresa que dependa de la web perder un porcentaje brutal de sus visitantes.

El razonamiento de quienes proponen lo que han llamado "neutralidad en la búsqueda" es tremendamente familiar. Los buscadores deberían seguir principios imparciales que dependieran solamente de la relevancia, principios que deberían ser públicos. Además, se debería prohibir que pusieran sus propios servicios en posiciones relevantes de las búsquedas, como ha hecho Google con su función "Universal Search", que coloca su servicio de mapas cuando buscas una dirección o su comparador de precios cuando se escribe cualquier producto. ¿La razón? Pues que no estar en los buscadores es casi lo mismo que desaparecer de internet. En la práctica, es casi lo mismo que esa posibilidad con la que nos asustan quienes quieren regular la red, la de que puedan desconectar a sitios web que no paguen un extra a las operadoras.

Si quienes apoyan la neutralidad en la red se creyeran realmente sus argumentos, tendrían que estar también a favor de la neutralidad en la búsqueda. Pero el problema aquí es que resulta mucho más sencillo verle el truco al razonamiento. Si Google dijera públicamente cómo ordena los resultados y no pudiera cambiar esa orden, ni integrar otros servicios suyos, sería un producto mucho menos útil. Miles de creadores de sitios web los modificarían para aparecer los primeros en determinadas búsquedas, que quedarían ahogadas en resultados basura haciéndonos regresar a los días en que encontrar algo en internet resultaba una misión imposible. Encontrar respuesta a nuestras preguntas nos llevaría mucho más tiempo. Y Google (o Bing) carecerían de libertad para mejorar su servicio como han hecho hasta ahora.

Esencialmente, Google y Telefónica son lo mismo: intermediarios entre nosotros y ese vasto océano de información y servicios que es internet. Si se quiere regular a uno, inevitablemente se terminará regulando al otro. Y si no, al tiempo.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

La censura rutinaria y eficiente de ZP

…se ha mostrado "confiada" en una rápida tramitación de la Ley de Economía Sostenible que permita empezar lo antes posible a clausurar páginas web en beneficio de las grandes discográficas, las entidades de gestión de derechos de autor, numerosos artistas "de la ceja" y demás.

Tras el revuelo inicial con la popularmente mal llamada "Ley Sinde", apenas se habla ya de ella. Poco a poco el tema va pasando a segundo plano y, piano piano si va lontano; en muy poco tiempo nos encontraremos con que se ha culminado un grave atentado contra la libertad de expresión en la red. El Gobierno se siente seguro en esta cuestión. Todo parece indicar que confía en poder sacar adelante la normativa censora.

Por una parte, incluso antes de que se apruebe en España, Zapatero pretende llevar su modelo a toda la Unión Europea. El objetivo presidencial es que entre en la agenda de los Veintisiete el bloqueo (y no debería extrañar que también el cierre) de sitios web. Los "males" que se dice querer combatir con esta medida serían la pornografía infantil, el racismo y la violación de la propiedad intelectual.

Resulta lamentable que se pretenda poner en pie de igualdad la "violación de la propiedad intelectual" con el fomento del odio a otras personas o algo tan especialmente repulsivo como la pornografía infantil. Sin embargo ZP, en defensa de grupos amigos de su Gobierno, lo hace. Sabe que así será más fácil hacer aceptable un recorte de la libertad de los ciudadanos.

Por otra parte, el grupo de presión de la industria de los contenidos en Estados Unidos se muestra optimista con el futuro de sus intereses bajo el Gobierno de Zapatero. La Alianza Internacional de la Propiedad Intelectual (IIPA, por sus siglas en inglés) ha hecho patente su satisfacción por el hecho de que el cierre de webs en España será "rutinario y eficiente". Lo mínimo que podemos hacer es preguntarnos qué información, que no ha sido proporcionada a los ciudadanos, y qué garantías han recibido desde La Moncloa o algún ministerio.

El Gobierno español pretende imponer una censura rutinaria y eficiente en internet. Lo peor de todo es que, tras un amplio y generalizado enfado inicial, casi nadie parece dispuesto a luchar por impedirlo.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Un amo temible

… (tal y como se nos decía desde el Gobierno para justificar el despilfarro de alrededor de 30.000 millones de euros hasta 2008), lo que ayudaría a colocar a España en el panteón de las economías del futuro, entonces no se entiende que Miguel Sebastián, ese ministro de Industria amigo de la mentira, proclame ahora que España está "en el tope" del desarrollo de estas fuentes de energía.

A menos que me haya perdido alguna nota de prensa del INE o del Inem, tengo la impresión de que nuestra economía ni ha regresado a la Champions League en la que supuestamente se encontraba ni ha bajado de los 4,5 millones de parados. Y, sin embargo, Sebastián ya está viniendo con las rebajas de este maná celestial bajo argumentos tan irritantes como que las energías renovables tienen "limitaciones económicas", a saber, que hay que pagarlas y son mucho más caras que el resto.

¡Habrase visto que a algún miembro de este Gobierno le preocupe mínimamente la realidad! Tan caras son que algunos ya avisamos de que, con datos de cierre de 2008, los 30.000 millones de euros que habrán ayudado a maquillar las finanzas privadas de algún empresario del ladrillo mediante su reconversión verde destruían 2,2 empleos por cada uno que decían crear.

Esa debe ser la insostenibilidad a la que se refiere Sebastián: mientras éramos ricos nos podíamos permitir el lujo de tirar el dinero público –ése que no es de nadie– por el retrete de La Moncloa, pero ahora que ya no cabe ningún parado más en España y para que más inri nos miran con desconfianza desde el extranjero, hay que empezar a disciplinarse un poquito.

Bien está. Por cierto, que su compañero de partido Jesús Caldera va pregonando desde ese think tank de partido llamado Fundación Ideas que esas renovables tan caras e ineficientes que ya han desbordado todos los límites técnicos y económicos de España van a impulsar la creación de millones de puestos de trabajo en unos pocos años.

Ver para creer: un castillo de naipes incapaz de sobrevivir en el mercado sirviendo al consumidor y al que ya ni un manirroto Gobierno puede sostener será el futuro de nuestra economía. Será que esperan que cuando todo se haya desmoronado, los molinitos se mantengan en pie en medio de la devastación e impulsados por la principal fuente de riqueza de España, a la sazón propietario único del planeta Tierra: el viento.

Menos mal que la credibilidad y fiabilidad de algunos siguen a la misma altura a la que están dejando nuestra economía. Si no, sería para echarse a temblar.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Más sobre las discográficas “indies”

No es que me arrepienta de las críticas en ella contenidas. Muy al contrario, las mantengo en su totalidad, pero están expresadas de tal manera que pueden parecer dirigidas a discográficas, músicos y personas a las que no me quería referir. No buscaba criticar a la totalidad de las personas o empresas implicadas en la música independiente, muy al contrario. Tan sólo pretendía hacer referencia a las compañías que firmaron el manifiesto exigiendo que el Estado se haga cargo de su caída de ventas.

Para el resto de implicados en la música independiente, todo mi respeto. Esto se aplica a compositores, cantantes, músicos y empresas, tanto discográficas como distribuidoras. Tiene razón Ricardo Texidó, que fuera fundador de Danza Invisible, cuando me recuerda en un mensaje que "mucha de la música que después se vuelve comercial y popular y todo el mundo conoce ha salido de compañías y sellos independientes". Pero incluso aunque no fuera así, también lo "indie" es digno de respeto y muchas veces de elogio y admiración.

Frente a quienes piden el cobijo del Estado, existe una inmensa constelación de grupos, solistas, compositores y pequeñas compañías que tratan de hacerse un hueco en el mercado musical apostando por la calidad (en algunos casos la tienen y en otros no, pasa como en cualquier actividad humana), la creatividad y la innovación. Pelean por conseguir su espacio en un sector dominado por unos gigantes poco amigos de la competencia y de ofrecer productos musicales novedosos. De ese ambiente realmente independiente es de donde surge la calidad y la creatividad.

Las grandes discográficas se muestran reacias a innovar, no sólo en estilos musicales, también en formas de afrontar los imparables cambios que han afectado profundamente el mercado musical. Sin duda alguna, será de los pequeños emprendedores, tanto músicos como empresarios, de donde surja un cambio profundo con nuevas formas de distribución y promoción adaptadas a los tiempos actuales. Internet puede ser un gran aliado en su camino. A todos ellos les quiero mostrar respeto y desearles suerte.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Un peligroso precedente

…para los países miembros de la Unión Monetaria e, incluso, para la futura viabilidad de toda la Unión Europea. El edificio de la moneda única, que vio la luz hace apenas una década, se sustenta sobre el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que impone un déficit público máximo del 3% del PIB y una deuda que, en ningún caso, debe superar el 60%.

Pues bien, las políticas de estímulo aplicadas por los gobiernos comunitarios para solventar la crisis económica han hecho saltar por los aires estas líneas rojas a nivel presupuestario. Todos los países de la zona euro, sin excepción, incumplen el Tratado que hace posible la moneda única. De hecho, algunos países, como es el caso de Grecia, Irlanda y España, lideran el desequilibrio fiscal, con déficits superiores al 10% del PIB.

Ahora, sin embargo, tal y como advertimos en estas páginas, se ha demostrado que el Estado, al igual que una empresa o familia, también puede quebrar. El problema no es sólo de Grecia, sino de toda la Unión. Las necesidades de financiación de la zona euro en su conjunto están batiendo todos los récord conocidos hasta la fecha. En concreto, los dieciséis países miembros precisarán créditos por valor de 2,2 billones de euros, tan sólo en 2010, para cubrir sus necesidades de financiación (deuda pública), lo que equivale al 19% del PIB de la eurozona.

Ante esta enorme demanda de créditos, sin contar las necesidades de financiación de otras grandes potencias como Japón, Reino Unido o Estados Unidos, resulta evidente que los mercados (esto es, los inversores) discriminarán entre unos y otros a la hora de conceder los préstamos requeridos. Así, si una empresa atraviesa por graves problemas económicos y, en lugar de ajustar plantilla y reducir costes, apuesta por gastar lo que no tiene, es muy probable que ningún banco o inversor se arriesgue a concederle un crédito. Y, en caso de hacerlo, resulta del todo lógico que a cambio exija un tipo de interés muy superior respecto a otras empresas solventes y saneadas, debido al mayor riesgo de impago.

Esto mismo es lo que sucede con los países. Los mercados no están dispuestos a seguir manteniendo una línea de crédito a tipos bajos de forma ilimitada y a todos por igual. Grecia, con un déficit próximo al 14% del PIB –tras falsear sus cuentas– y una larga historia de evasión fiscal, es el típico deudor de baja calidad crediticia (subprime) y, por lo tanto, está obligado a pagar unos intereses muy superiores al de otros países más solventes y sólidos. De ahí, precisamente, que en las últimas semanas haya tenido que ofrecer a los inversores una rentabilidad superior a la de la deuda alemana para lograr colocar sus bonos en el mercado (es lo que se conoce como spread o diferencial).

Si a un familia muy endeudada y con escasos ingresos le triplican de repente los tipos de interés, su situación financiera se vuelve dramática e insostenible por momentos. Esto mismo es lo que le ha sucedido al Gobierno heleno y, de hecho, es justo lo que está empezando a experimentar en sus propias carnes el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, pese a que se excuse en "conspiraciones universales" de tipo judeo masónico.

El rescate, sin embargo, es una inmoralidad. En esencia, Bruselas pretende que los contribuyentes europeos (sobre todo, alemanes y franceses) se hagan cargo de los disparates cometidos por el Gobierno de Atenas. Todo ello se materializará, sin duda, en más impuestos para todos.

Habrá que ver si lo alemanes, que conocen a la perfección los terribles efectos que conlleva una creciente deuda pública, aceptarán el citado plan en caso de que la canciller Angela Merkel dé finalmente su brazo a torcer. No obstante, la broma le podría salir muy cara electoralmente. Además, tras Grecia, posiblemente, irán otros (España y Portugal son firmes candidatos).

Además, salvar a los gobiernos que han hecho mal los deberes impedirá el necesario ajuste que precisan la mayoría de balances presupuestarios en el seno de la Unión. El rescate tan sólo será un parche a corto plazo para prolongar la agonía en caso de que los países más débiles y con mayores desequilibrios fiscales no pongan en marcha de forma urgente drásticos planes de austeridad en el gasto público. Y cuando me refiero a drásticos, me refiero a recortes presupuestarios mínimos del 30% ó 40% en un período de dos o tres años. Tan sólo así se podrá solventar la crisis de deuda pública que acaba de comenzar.

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

Carta de una discográfica ‘indie’

Mi empresa es de esas que se hacen llamar "independientes" o de música "indie". Como eso indica, soy una persona muy cool, moderna, totalmente a la última y vanguardista. Por esa misma razón no comprendo cómo mi empresa (que también es cool, moderna, a la última y vanguardista) está resultando un fracaso estos últimos años. Dudo de que tenga algo que ver el hecho de que me empeñe en mantener un modelo de negocio totalmente anticuado.

Da igual que me empeñe en seguir vendiendo en un formato ya superado y según las reglas que imperaban en el mercado hace décadas. Yo soy indie y eso me convierte de forma automática en alguien cool, moderno, a la última y vanguardista. Da igual que la modernidad vaya por una senda muy diferente al sendero en el que yo me empeño en seguir transitando. Yo tengo razón y es el resto de la sociedad quien debe ceder a mis deseos y caprichos. Y si no lo hace, que acuda la fuerza represiva del Estado a obligarle a renunciar a la evolución para que yo me siga sintiendo cool, moderno, a la última y vanguardista.

Como nadie en el Gobierno, ni tan siquiera González-Sinde ha encontrado la manera de obligar a la gente a comprar mis discos, alguien tiene que hacer algo. Yo quiero seguir siendo "independiente". Me gusta sentirme cool, moderno, a la última y vanguardista sin tener que evolucionar. Esto último va con otros, que sí se esfuerzan por hacer cosas nuevas en el mercado musical. La solución para mí es la más antigua del mundo. Como el Estado no puede obligar a los ciudadanos a comprar esos discos que me empeño en vender sin éxito alguno, que al menos utilice sus impuestos para pagarme por no poder venderlos.

Estimado lector, cómo me gusta ser cool, moderno, a la última y vanguardista. Deme usted su dinero para que pueda seguir sintiéndome así, aunque a usted no le interese en absoluto lo que hago.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Una editorial para atarlos a todos

En primer lugar, la banca ya se ha caído del guindo. La mayoría de entidades, otrora adalid de la "solidez" y "solvencia" del sistema financiero español, acaban de reconocer abiertamente lo que hasta hace dos días se negaban a aceptar. Esto es, que el mercado inmobiliario ha quebrado y, por lo tanto, los promotores no pueden afrontar el pago de su deuda, próxima a los 325.000 millones de euros.

La propia Asociación Hipotecaria Española advierte de que "el sistema no puede asumir la deuda inmobiliaria" y "las refinanciaciones posteriores (proceso conocido como roll-over) estarán comprometidas". ¿Qué está pasando? Bancos y cajas son concientes de que el crédito concedido a los promotores es incobrable y, como resultado, tendrán que acabar incorporando a sus balances gran parte del stock inmobiliario –pisos y, sobre todo, suelo–, cuyo precio de mercado es muy inferior al que consta en sus balances contables, lo cual se traduce en suculentas pérdidas que, por el momento, ocultan.

Si a mediados de 2009 la banca acumulaba cerca de 100.000 pisos embargados, ésta acabará absorbiendo, como mínimo, medio millón en manos de los promotores hasta 2012, por no decir casi todo –entre 1 y 1,6 millones, según los cálculos–, sin contar con una abultada cartera de suelo que, hoy por hoy, carece de salida en el mercado. En resumen, la crisis financiera nacional está a punto de comenzar.

Segundo punto. Ante tal panorama, como no podía ser menos, el sector pide ayuda al Gobierno. En concreto, emplear dinero público (el de los contribuyentes), ya sea a través del Instituto de Crédito Oficial (ICO), Banco de España o Estado, para "financiar" al sector del ladrillo. Y es aquí donde está la clave. ¿Qué reclama la Asociación Hipotecaria? Muy simple: que los contribuyentes desembolsen los 325.000 millones de euros en créditos que los promotores adeudan a bancos y cajas y que, en su mayor parte, son incobrables. De este modo, el sector financiero no tendrá que absorber el citado stock. ¡Fantástico!

Y es que las primeras medidas destinadas al rescate público del sector inmobiliario han obtenido un rotundo fracaso. En 2008, el Gobierno anunció que el ICO avalaría la concesión de créditos por valor de 25.000 millones de euros (2,5% del PIB) destinados a la compra de VPO y préstamos a los promotores de vivienda protegida. ¿Problema? Ni los promotores pueden construir, dada la parálisis que sufre el sector, ni los ciudadanos quieren seguir endeudándose aún más para comprar unos pisos que están sobrevalorados.

Y puesto que las medidas destinadas a estimular la demanda no han dado sus frutos, ahora lo que se plantea es intervenir por el lado de la oferta. Que el Gobierno compre el stock, cosa que ya están haciendo múltiples comunidades autónomas, o que, directamente, se rescate el ladrillo mediante la concesión de ayudas, tal y como reclama ahora el ex ministro socialista Jordi Sevilla.

El problema es que cualquiera de estas medidas implicará, en todo caso, un incremento disparatado del endeudamiento público, con todo lo que ello implica: nula recuperación económica, descuadre aún mayor de las cuentas públicas, aumento de la presión fiscal y riesgo de quiebra soberana. Cubrir el enorme agujero que ha dejado la burbuja inmobiliaria con impuestos presentes y futuros es, a todas luces, inaceptable, inmoral, vergonzoso e ilegal. Es un robo, un atraco a mano armada que no podemos ni debemos consentir.

Puesto que el famoso Fondo de Rescate Bancario (FROB) sigue paralizado en Bruselas, ante el temor de que se salve indiscriminada y arbitrariamente al sector de las cajas de ahorros (en manos de los políticos), las entidades aspiran a que seamos nosotros quienes tengamos que cargar con la factura. ¡Y se quedan tan anchos, oiga!

Pues bien, ni rescate inmobiliario ni rescate bancario. Que cada palo aguante su vela. Los promotores han quebrado, ya que con rebajas del 15% o 20% optan por declararse en concurso y entregar los pisos a sus acreedores para saldar la deuda. Y puesto que el mercado sigue sobrevalorado en un 30% de media, serían bancos y cajas los encargados de liquidar el stock a pérdidas. Sin rebajas sustanciales no habrá ajuste.

¿Que eso va a comprometer la solvencia de numerosas entidades? No cabe duda. Entonces, ¿qué hacer? Analizar caso por caso y proceder a una dura y transparente reestructuración e, incluso liquidación ordenada, del sector mediante privatizaciones y apoyos públicos puntuales que, en todo caso, deberán ser devueltos con intereses una vez saneado el sistema. Lo contrario sería, simplemente, injusto, además de desastroso.

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

Misión: acabar con el eMule

Hace unas semanas, en este mismo medio aparecía una noticia con este titular: "Nuestra misión es acabar con el eMule". eMule constituye uno de los programas más populares para compartir ficheros por internet, que es una forma eufemística de llamar a las descargas de contenidos, como películas o canciones. ¡Creo que incluso se dan casos de gente descargándose libros!

Así pues, nada de extraño hubiera tenido que dicha frase proviniera de la SGAE o de sus acólitos en el gobierno de España (o viceversa). En la medida en que alguna de las descargar con el eMule quizá se corresponda con contenidos protegidos, sería muy razonable que uno de los objetivos de la SGAE fuera acabar con esta aplicación. Ahí tienen el BOE y demás medios de represión para tratar de impedir las descargas, y nadie es ajeno a sus múltiples intentos por conseguir tal fin. En frente, de momento, tienen a la opinión pública y especialmente al colectivo de internautas.

Si el emisor de este mensaje fuera el Gobierno, probablemente sería rechazado y rechazable por la sociedad. ¿Quién podía entonces ser el emisor para no suscitar el rechazo? Observen cómo cambia la cosa.

Se trataba de Lutz Emmerich, de Spotify España, en una entrevista que le hacía Fernando Díaz Villanueva. Estas declaraciones, realizadas por un representante de una empresa privada, no suscitan temor ni rechazo, sino todo lo contrario, expectación y deseos de que se consume el fin anunciado.

¿Por qué ocurre esto? Porque Spotify no tiene policía ni ejército a su disposición para "acabar con el eMule", que es lo que utilizaría el Gobierno en la misma tesitura. Y, por tanto, la única forma en que Spotify puede acabar con eMule es ofreciendo a la gente un producto mejor: más útil, más rápido, más barato, más versátil o más lo que sea. Pero que convenza a la gente de que es mejor utilizarlo a seguir con eMule.

En el mercado libre sin injerencias gubernamentales, cualquier individuo emprendedor puede afirmar legítimamente que su misión es acabar con un producto de la competencia. Y los demás deberemos alegrarnos, pues tanto su victoria como su derrota en el empeño mejorarán nuestro bienestar. Incluso los trabajadores del eMule se deberían alegrar, pues, en caso de que pierdan la batalla, también ellos contarán con un producto mejor para descargarse contenidos, y encima quedarán liberados para dedicar su talento a otras cosas en las que puedan desempeñarse más eficientemente.

El contraste es abrumador con el caso en que sea el Gobierno o la SGAE quien lo diga: con este emisor del mensaje, todos saldríamos perdiendo. La desaparición de eMule se sustentaría en el uso de la violencia y no en el de las mejores ideas.

Mucho ánimo, señor Emmeritch. Muéstrele a la SGAE cómo acabar con el eMule, a ver si aprenden.