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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

Me gusta Windows 7

Desde el momento en que se arranca da una sensación de rapidez que los usuarios de Vista seguramente ya ni recuerden cómo era. Y además incorpora todas las novedades que trajo el sistema anterior, especialmente las referidas a seguridad e interfaz de usuario.

Quizá lo más útil sea analizarlo desde el punto de vista de quien lleve una pila de años atado a Windows XP, porque serán la mayoría de quienes se actualicen a este sistema cuando cambien sus equipos. Son personas que, como mucho, sólo experimentaron un poco con Vista, les desagradó y se mantuvieron fieles a su sistema operativo. O quizá incluso se pasaron a Mac. O, si son especialmente frikis, a Ubuntu o alguna otra distribución de Linux. Desde ese punto de vista, las mejoras son innumerables, pues hay que sumar a las propias las de Vista.

Windows 7 arranca rápido, hiberna más rápido y la suspensión es casi instantánea. El interfaz gráfico de Aero es agradable a la vista e incorpora algunas mejoras a la productividad, como es el uso de miniaturas de los contenidos de cada ventana cuando cambiamos de una a otra empleando la combinación Alt+Tab o Windows+Tab o pasando el ratón por la barra de tareas. Esta última ha sufrido un cambio radical; ahora es similar al Dock de Mac OS X, de modo que tiene disponibles tanto las aplicaciones que estamos usando como aquellas que hayamos querido que permanezcan siempre ahí. La manera de localizar programas desde el menú de inicio será buscándolos, pues en cuanto tengamos dos o tres letras del nombre la aplicación deseada aparecerá en los resultados. Se acabó por tanto, la tarea de reordenar los programas para no tener un menú interminable.

Los programas de Microsoft, y es de esperar que cada vez más aplicaciones de otros fabricantes, permiten ser abiertos desde la barra de tareas y el menú de inicio con alguno de los documentos más recientes. Podemos colocar dos aplicaciones a izquierda y derecha de la pantalla ocupando todo el escritorio simplemente arrastrándolas a esas posiciones y así trabajar con ellas en paralelo. Y la principal mejora de Vista, la seguridad, aunque a priori invisible para los usuarios gracias a que el molesto UAC (la ventana que pide al usuario que apruebe cuando una aplicación va a hacer algo potencialmente peligroso) casi no aparece más que cuando instalamos un programa, supone una mejora notable respecto a XP.

Pero al margen de todo esto, la pregunta es: ¿qué tal se trabaja en Windows 7? Después de meses con la versión preliminar gratuita puedo responder que muy bien; mejor, desde luego, que con XP. De hecho, instalé esa versión para probar y a los pocos días me di cuenta de que ya no arrancaba nunca el Windows XP. Parece que Microsoft ha logrado lo que no consiguió con Vista: un sistema operativo útil para los usuarios. Durante años, daba la impresión que el gigante de Redmond pensaba principalmente en los fabricantes de ordenadores, haciendo Windows cada vez más grandes y con más requisitos. Pero con Windows Vista se pasó de frenada, exigiendo demasiado para ofrecer a cambio un sistema operativo molesto e incómodo para sus clientes reales, es decir, nosotros. Aunque le ha costado, parece haber aceptado su error. Al final, nosotros, el mercado, imponemos nuestra ley.

Los argumentos de los “creadores”

En dicha nota, los portadores de esta sopa de letras de la propiedad intelectual se quejaban, pobrecitos ellos, de que en 2008 sólo había recaudado 83,3 millones de euros. Esta minucia representa, nos contaban a los receptores del mensaje un 9,41% menos que lo obtenido en 2006 y un 8,58% menos que en 2007.

Hice un esfuerzo ímprobo por sentir pena por ellos, pero tras algo menos de un segundo de concentración desistí. Me resultaba imposible. No puedo lamentar que esas entidades ganen unos cuantos millones menos de euros que antes. Pero lo que me llamó la atención no fue la caída de la recaudación, ni el tono de lamento o el puyazo que lanzaban contra la plataforma Todos Contra el Canon (comprensible, puesto que no son precisamente sus mejores amigos).

Lo realmente llamativo del comunicado eran los argumentos y el lenguaje. Supongo que no tienen nada de novedoso, pero hace tiempo que dejé de prestar mucha atención a lo que dicen los Bautista, Borau, Sisa (es un apellido, no un chiste) y compañía. Por este motivo, supongo, volvió a llamarme la atención como ya lo hizo hace unos cuantos años. La nota que me llegó comenzaba diciendo que "las entidades de gestión son sociedades sin ánimo de lucro". Casi me caigo de la silla. Su comportamiento prueba de forma constante lo contrario.

Estas entidades destacan además "el carácter mutualista de las entidades de gestión, que destinan un 20% de estos ingresos a actividades sociales y asistenciales entre los asociados". Eso, así, parece muy bonito. Pero no lo es. El dinero utilizado para ello se ha obtenido de forma ilegítima, por muy de acorde a la legislación que sea. Cuentan además que el 9% de lo recaudado tiene como destino "gastos de gestión y administración". Eso corresponde a una ineficiencia total y absoluta o a unos sueldos realmente exorbitados por parte de algunas personas. Posiblemente ambas cosas.

Pero lo mejor de todo es el final, el lamento con el que se cierra el comunicado: "Las entidades de gestión reclaman seriedad a la hora de valorar los derechos de propiedad intelectual y evitar sensacionalismos que confunden a la sociedad y que pretenden, únicamente, erosionar los derechos de los titulares a favor de aquellos sectores empresariales que fabrican los equipos y soportes, que deben abonar legalmente dicha compensación". ¡Qué me digan dónde tengo que ir a cobrar mi cheque!

Reclamen lo que quieran, pero como decía aquel: "Las reclamaciones al maestro armero". Ya que me quitan el dinero al comprar un CD o una memoria para mi cámara fotográfica, al menos que no llamen sensacionalista.

Televisión por internet y sus mitos

Frente a la inseguridad de un mercado de valores que en algunos momentos de marzo llegó a perder más de un 50% desde su valor máximo, el presidente del Gobierno español defendía la estabilidad y la solvencia de las pensiones públicas.

Bueno, pues ahí lo tiene. Conforme se incrementa el número de pensionistas y cae el de cotizantes, las "solventes" pensiones públicas lo van siendo cada vez menos; de momento, ya hemos suspendido las aportaciones a ese Fondo de Reserva que se creó precisamente para retrasar un poquito el reconocimiento del déficit en la Seguridad Social y hoy Bruselas nos recuerda por enésima vez que las reformas son urgentes si no queremos que el nivel de vida de nuestros pensionistas se hunda todavía más.

Por supuesto, Zapatero no tocará ni una coma de este sistema que se desmorona poco a poco. Total, cuando estalle él probablemente ya no dormirá en La Moncloa y estará cobrando una de esas generosas y privilegiadas pensiones vitalicias de 90.000 euros anuales que perciben los ex presidentes del Gobierno… por sus invaluables servicios prestados a la Nación, se supone.

Ahí no hay quiebra a la vista ninguna. Por muy ruinosa que sea la política económica de Zapatero siempre quedará algo que rapiñar para que nuestros políticos sigan viviendo a cuerpo de reyes, que al fin y al cabo es lo que soñaron con ser y en lo que se han convertido.

Pero no creamos que la peor parte del sistema público de pensiones es que esté condenado a la quiebra y que vaya a privar a nuestros mayores del pan con que comer. Aclarémoslo: el sistema de pensiones ya está quebrado; lo está prácticamente desde el momento en que nació. Y lo está simple y llanamente porque sus activos son inferiores a los pasivos devengados. Eso es todo, que no es poco, pero no debería confundirse con que el sistema de pensiones vaya a suspender pagos. Tal escenario probablemente nunca acaecerá, por el simple motivo de que la Seguridad Social es uno de los pocos deudores que tiene la capacidad para reducir a discreción el montante de sus deudas. Cuando las cotizaciones no den para abonar las pensiones, simplemente se impondrá una reducción draconiana de las rentas de nuestros pensionistas y se acabaron los problemas. ¿Que las pensiones ya son una miseria? Pues espere a ver en qué las dejará Zapatero cuando llegue la hora de la verdad.

No, el sistema público de pensiones es un fraude con todas sus letras porque se ha convertido en uno de los mecanismos estatales más efectivos para la proletarización y el empobrecimiento de las sociedades capitalistas. Ningún economista que merezca tal calificativo pone en duda que a largo plazo la bolsa no es sólo el activo más rentable, sino también el menos arriesgado –incluso menos arriesgado en todos los sentidos que la deuda pública.

Invertir en bolsa es el vehículo más seguro para alcanzar la prosperidad individual y social: supone canalizar volúmenes ingentes de ahorro a las empresas punteras de una economía para que sigan innovando y capitalizándose. Las empresas se enriquecen y nosotros, como accionistas-propietarios de las mismas, logramos amasar una fortuna que nos habría sido imposible conseguir metiendo simplemente el dinero en el banco. Por darle sólo unas cifras: la media histórica de revalorización de la bolsa (entre 1929 y 1998) es del 7% anual (ya descontada la inflación). Esto significa que invirtiendo 3.000 euros anuales en bolsa, en 30 años alcanzaríamos un patrimonio de más de 300.000 euros, lo que a su vez nos permitiría lograr como media una renta anual de 21.000 euros. ¿Se imagina cómo vivirían nuestros pensionistas –y sus futuros herederos– si tuvieran en acciones un patrimonio de 300.000 euros y cobraran mensualmente unos 1.800 euros?

Bueno, pues sepa que la Seguridad Social le arrebata unos 5.000 euros anuales a un trabajador cuyo salario sea de 15.000 euros brutos. Dicho de otra manera, si invirtiéramos en el mercado de valores el dinero que nos quita cada año el sistema público de pensiones, aplicando la sencilla renta anterior, alcanzaríamos un patrimonio de 500.000 euros y una renta mensual de 3.000. ¡Y tan sólo en 30 años!

Nos podríamos jubilar a los 50 cobrando, sin pegar un palo al agua, 3.000 euros mensuales. Y para rematar, nuestras empresas –con todo el significado del término, porque serían de nuestra propiedad– serían más productivas, innovarían más, fabricarían bienes y servicios más baratos y de mayor calidad, y por consiguiente nuestros salarios también serían más elevados. Ése es el auténtico fraude de la Seguridad Social. Ése es el escenario, el de la sociedad de propietarios, que horroriza a los socialistas. La pesadilla de Marx: un mundo donde todos fuéramos capitalistas por ser los accionistas de las empresas en las que, si quisiéramos, estaríamos trabajando.

¿Dónde se ha perdido nuestra riqueza?

Básicamente, Delong mostraba su sorpresa por que la riqueza mundial hubiese disminuido con la crisis desde 80 billones de dólares a 60, cuando la cantidad de impagos apenas representaba unos 2 billones. ¿Cómo puede ser que una pérdida de valor de dos billones de dólares en las hipotecas haya puesto en marcha un "acelerador financiero" que destruido riqueza por valor de 20 billones? Simplemente, "no lo entendemos", reconocía Delong.

Es interesante comparar esta reflexión con otra que efectuaba Krugman hace apenas unas semanas en su bitácora. Según el Premio Nobel, la crisis económica ya ha costado a Estados Unidos ocho puntos de crecimiento del PIB; o dicho de otra manera: Estados Unidos está perdiendo alrededor de un billón de dólares al año por estar crecer por debajo de su potencial.

En definitiva, Delong se preocupa por que la economía financiera haya pinchado sin motivo aparente y Krugman, por que la economía real se ha paralizado sin razón, dejando así de crear enormes cantidades de riqueza.

Son dos reflexiones bastante intuitivas que, en general, también se plantea cualquier hombre de la calle: ¿dónde ha ido a parar el dinero que teníamos antes de que estallara la crisis? ¿Por qué si hasta mediados de 2007 crecíamos a velocidad de crucero ahora, sin que prácticamente haya cambiado nada en nuestra estructura productiva, nos estamos hundiendo en la miseria?

Como digo, se trata de preocupaciones intuitivas, pero no por ello acertadas. De hecho, parece mentira que haya que explicar estas cosas a dos profesores de universidad, uno de ellos premio Nobel. Pero, en fin, dado el punto muerto en que se halla la macroeconomía, probablemente no hubiesen llegado a profesores ni al Nobel si no padecieran semejante confusión.

Antes que nada, tengamos presente que los activos financieros no son más que títulos de propiedad negociados sobre distintas partes presentes o futuras de la economía real. Por ejemplo, una acción nos da derecho, en última instancia, a una parte de los bienes y servicios que la empresa en cuestión produzca en el futuro. Del mismo modo, un bono nos da derecho a que la empresa que los emite nos entregue una parte de sus beneficios anuales hasta que nos devuelva todo lo que le hemos prestado (más los intereses). El valor de esta riqueza depende, por consiguiente, de su capacidad para generar renta en el futuro: ¿cuánto pagaría usted hoy por una renta de dinero para mañana?

Delong explica que hay cinco causas posibles para que el valor de los activos financieros, de la riqueza global, fluctúe: a] una reducción del ahorro y la inversión (esto es, de la cantidad de riqueza que se crea cada año), b] las malas noticias sobre la capacidad que tiene la riqueza para generar beneficios, c] el número de impagos (la posibilidad de que los deudores no paguen lo que deben a los acreedores), d] la iliquidez (la posibilidad de que los beneficios nos lleguen más tarde de lo que habíamos esperado) y e] el incremento de la incertidumbre (la inseguridad de no recuperar la inversión).

Delong considera que la enorme reducción en el valor de los activos financieros no puede deberse a que la cantidad de ahorro e inversión se haya reducido, ni a que hayan aparecido malas noticias sobre la capacidad para generar beneficios de las empresas, ni a que los agentes estén en una posición de iliquidez (ya que los bancos centrales han inyectado todo el dinero necesario), ni al aumento de los impagos (ya que en aquel momento sólo se habían impagado dos billones de activos y la reducción de valor había sido de 20 billones); por ello, lanza como aventurada hipótesis que se haya debido a un aumento de la incertidumbre entre los agentes económicos.

Lo mismo parece pensar Krugman. ¿Por qué la economía real está paralizada?, se pregunta. Porque la incertidumbre se ha incrementado tanto que nadie consume ni invierte, parece responderse. Por eso el Gobierno tiene que restaurar la confianza despilfarrando enérgicamente el dinero de los contribuyentes. De hecho, el Nobel incluso saca cuenta: si por perpetuarnos en este estado de incertidumbre dejamos de crear alrededor de un billón de dólares en riqueza cada año, ¿por qué no destinar todo ese dinero –o incluso más– a estabilizar las expectativas y retornar a la senda de crecimiento?

Incluso podríamos prolongar un poco más esta película e incluir en este discurso a otros personajes, como Greenspan y sus viejas recetas contra la crisis en The Economist: si la economía real se recupera, el valor de los activos financieros por los que se preocupaba Delong volverá a subir, por lo que muchos bancos y familias saldrán de la situación de quiebra técnica en que se hallan, volviendo así a prestar y pedir prestado, como hacían en la etapa del boom.

Me temo, sin embargo, que todas estas argumentaciones de tan prestigiosos economistas no pasan de la categoría de cuentos de la lechera. Durante años, nuestras economías vivieron un falso auge crediticio promovido por los bancos centrales y el resto del sistema bancario. Y digo falso porque si bien toda inversión a largo plazo debe estar financiada con ahorro a largo, los préstamos a largo que concedían los bancos (por ejemplo, hipotecas) sólo lo estaban con deuda a muy corto plazo (depósitos a la vista).

Como resultado, en un primer momento los agentes económicos comenzaron a acometer inversiones que, aun siendo poco rentables, les permitían pagar los tipos de interés artificialmente bajos que les exigían los bancos. No es que estas inversiones fueran realmente rentables, pero lo parecían debido al crédito irrealmente barato que proporcionaban los bancos. El resultado fue una economía con mucha deuda y un aparato productivo adaptado para satisfacer las necesidades de unos agentes que deberían haber seguido teniendo acceso a grandes cantidades de crédito artificialmente barato.

Pero, obviamente, no podemos endeudarnos sin límite, así que cuando las familias, las empresas y los bancos decidieron que no seguirían incrementando su endeudamiento, por muy barato que se lo ofrecieran, el castillo de naipes se derrumbó.

En estos momentos, los agentes económicos están tratando de reducir su endeudamiento –y para ello consumen e invierten menos– y de reconvertir el aparato productivo sobre la base de un patrón menos dependiente de un crédito irrealmente barato. Dicho de otra manera: las mismas fábricas que hace tres años estaban a pleno funcionamiento hoy son incapaces de vender su mercancía a unas familias que ya no quieren (y no pueden) endeudarse más.

Esto es básicamente lo que Krugman no entiende: nuestro aparato productivo está caduco, desfasado y equivocado. No tiene sentido comparar lo ricos que seríamos hoy en caso de que en lugar de destinar cada año el 15% de la economía española a construir viviendas hubiésemos aprovechado ese capital para reducir el coste de nuestra energía, mejorar la formación de los trabajadores o aumentar los bienes de equipo en nuestras empresas. Esos recursos ya los hemos despilfarrado y no volverán; a partir de ahora hemos de volver atrás y transformar un aparato productivo adaptado a las nuevas necesidades y capacidades. No estamos dejando de crear ninguna riqueza con la crisis; en puridad, la estábamos dejando de crear durante el auge artificial, cuando despilfarrábamos nuestro dinero.

Lo mismo cabe reprocharle a Delong. Si el valor de los activos financieros depende de la renta que sean capaces de generar en el futuro, parece claro que –cuando nos damos cuenta de que nuestro aparato productivo no sirve, porque estamos demasiado endeudados– los activos financieros se tendrán que depreciar. De acuerdo con las posibilidades que plantea Delong, estaríamos en los escenarios b) y d). Sí ha habido toda una serie de malas noticias que explican una menor capacidad para generar beneficios de nuestras compañías (la recesión lo acredita), y sí tenemos un problema de liquidez (exceso de endeudamiento), que no puede corregirse, por mucho que los bancos centrales ofrezcan a los agentes económicos la posibilidad de endeudarse todavía más.

No niego que la incertidumbre haya tenido algo que ver en la debacle, pero desde luego la parte esencial se explica por las malas inversiones efectuadas durante el boom crediticio. Que Krugman y Delong no lo entiendan sólo demuestra, una vez más, que no saben qué es un ciclo económico. Probablemente porque hayan dedicado más tiempo a criticar a los teóricos de la resaca o a los liquidacionistas que a leerlos y comprenderlos.

En el nombre de internet

En el nombre de todas estas cosas propone el citado alto cargo una regulación más avanzada para las redes de telecomunicaciones. Más avanzada quiere decir, por supuesto, con más intervención. Para asegurar la apertura de internet y la innovación y riqueza que la misma ha aportado y que se sigan generando oportunidades sobre ella, es necesario obligar a los propietarios de las redes de telecomunicaciones, sin las cuales no existiría internet, a unas cuantas cosillas.

Impávido al hecho de que dicha innovación y enriquecimiento se ha producido sin necesidad de la citada intervención (y seguramente gracias a su ausencia), propone que se obligue normativamente a los operadores a la neutralidad de red, la no discriminación y la transparencia en la gestión del tráfico. Eso, para ir entrando en calor.

Es curiosa la fijación que tienen estos defensores del bien público por impedir que los operadores bloqueen determinados contenidos o servicios a sus clientes. Así, la obligación de no discriminación "significa que no pueden bloquear o degradar tráfico legal en sus redes". Obsérvese que el tráfico que no se puede bloquear es el legal, del otro no se dice nada.

Digo que es curioso porque no se entiende tal preocupación. Los casos de bloqueo de tráfico por operadores de redes en más de 100 años son completamente anecdóticos. Puede haberlos habido y son posibles, pero lógicamente son contrarios a los intereses de los operadores, cuyo negocio es precisamente transportar tráfico. ¿Por qué se empeñan los gobiernos en hablarnos de esta amenaza?

La solución al enigma quizá tenga que ver con eso de que se puedan bloquear contenidos ilegales. Porque, no se olvide, las únicas entidades que consta que sí ordenan el bloqueo de tráfico son, lo han adivinado, los gobiernos. Entre ellos, destaca el Gobierno chino, pero no es el único.

Y casualmente son los gobiernos los encargados de decidir qué contenidos son legales o ilegales. Así que, en el nombre de internet, se pretende que el operador no pueda bloquear más contenidos que aquellos que le ordena el Gobierno. En el nombre de la innovación y de la prosperidad, será el Gobierno quien decida qué y qué no puede circular por la red de redes. En el nombre de la apertura de internet, el Gobierno decreta su cierre.

EEUU contra los blogs

Existirán en Estados Unidos cientos de miles de blogs: toda una fuente de trabajo para la FTC, la Comisión Federal de Comercio, que tendrá que aumentar su plantilla si quiere revisarlos. Policía del blog, nueva ocupación en Washington.

Por supuesto, nunca podrán revisar todos por más que se empeñen. De modo que sólo lo harán con algunos, lo cual traerá sospechas del posible sesgo en el que puedan incurrir. Aquellos que sean considerados culpables recibirán multas de hasta 11.000 dólares. Y tampoco servirá de mucho, a no ser que también se pongan a regular foros, sitios especializados y, en breve, redes sociales, que son otros lugares donde se habla de productos a la venta susceptibles de ser evaluados.

El problema no es que la FTC haya adoptado esta medida, sino que no produzca indignación; parece incluso que a muchos no les parece mal. En parte es debido a que a la mayoría ve con buenos ojos que empresarios y empresas carezcan de algunos derechos, empezando por el de la libertad de expresión. Las restricciones draconianas a la publicidad son moneda común, cuando regulaciones similares para la prensa o la política nos parecerían intromisiones intolerables en nuestros derechos.

Pero quizá la principal causa es que seguimos sin saber diferenciar entre los conceptos de bueno y malo y los de legal e ilegal. Alabar en un blog los productos de una compañía que nos regala algo sin avisar de ese posible conflicto de intereses, sin duda, es malo. ¿Pero por qué tendría que ser ilegal? ¿Acaso es ilegal engañar a la novia o, ya que estamos, a los votantes? No existe razón alguna por la que una cosa deba ser regulada y las otras no, salvo que quizá en el segundo caso habría demasiada gente –o gente demasiado importante e influyente– que se daría cuenta de que el Estado está metiendo la nariz demasiado en nuestras vidas.

Algunos querrán ver prohibido todo engaño, tanto a lectores como a la pareja o a los ciudadanos. Son quienes siguen sin ver que la principal diferencia entre lo malo y lo ilegal es que lo segundo implica emplear la coacción, la fuerza, para evitarlo. Quienes verían con horror –y con razón– que un novio despechado pegara a su pareja por haberlo engañado, parecen no tener problema en meter a la Policía a obligarnos a hacer lo que es correcto.

Y todo esto sin tener siquiera en cuenta que la mayor parte de las regulaciones no cuidan de que hagamos lo correcto, sino lo que le parece correcto en un momento dado a algún político o funcionario. Resulta absurdamente incoherente que los mismos que violan cada dos por tres disposiciones estúpidas del código de circulación y hacen gala de ello animen a ampliar las prohibiciones en otros ámbitos. Cuanto más amplio es el campo que regulan las leyes, menor es nuestra libertad y menor el respeto que sentimos hacia la Justicia en su conjunto. Que tengan cuidado, pues, los aprendices de brujo, porque pueden terminar con una sociedad que pase olímpicamente de lo que los políticos han decidido que es lo bueno.

¡Paren internet!, gritó ZP

La instantánea cuya retirada de internet pidió La Moncloa a la Casa Blanca es una foto oficial en la que ZP decidió posar junto a toda su familia, tomada en el marco de una recepción también oficial que tuvo lugar dentro de un viaje oficial. Si todo es tan oficial, difícil resulta reclamar el ámbito de lo privado.

Aún así tiene derecho a hacerlo, por mucho que resulte ética y estéticamente reprobable la apelación a la intimidad cuando todo se produce dentro de sus funciones como jefe de Gobierno y con coste al erario público. Lo que sí demuestra es falta de inteligencia. Cuando, a diferencia de los más de 130 mandatarios que posaron junto a Obama y su mujer para tomarse una foto similar, decidió colocar a sus hijas menores delante del fotógrafo debería haber sido consciente del tipo de imagen de la que se trataba. Debería saber que el fin de esas fotografías no era adornar la mesilla de noche en el dormitorio presidencial de la Casa Blanca o tener un recuerdo que uno puede comprar a la salida como si se tratara de la montaña rusa de un parque de atracciones.

Si no tuvo en cuenta la naturaleza de la imagen es culpa exclusivamente suya, por lo que sostener que se ha roto un "pacto tácito" con los medios para que no se sepa cómo son sus hijas es un absurdo. La instantánea se publicó en una colección de fotos oficiales destinadas a la prensa de todo el mundo, después de que él no advirtiera al Gobierno de Estados Unidos de que no quería que se difundiera. ¿Acaso pretende que el público español no acceda a una imagen que pudieron ver durante hora y media los internautas de cualquier país en el que haya acceso libre a la red? De hecho, lo publicado por los periódicos de España respeta la intimidad de las adolescentes en cuestión, puesto que han tapado sus caras.

Si a Zapatero le molesta que se vea el cuerpo de sus hijas, así como su evidente falta de gusto con la vestimenta para asistir a una recepción oficial, el problema es suyo. Lo único que logra es que muchos ciudadanos se planteen si el presidente del Gobierno se avergüenza de su descendencia. Si esto es así, sólo él sabrá los motivos. Por mucho que otras personas puedan, acertando o equivocándose, imaginarlos.

Para rematar su falta de habilidad, su intento de parar la difusión de la foto ha logrado lo contrario de lo que buscaba. ZP gritó, simbólicamente, "¡que paren internet!". Y el tiro le salió por la culata. Desde el momento en que la foto sale en un sitio web, ya no puede impedir su difusión por mucho que se retire a la hora y media. Ha habido tiempo suficiente para que unos cuantos internautas se la guarden y la cuelguen en servidores de todo el mundo accesibles desde cualquier ordenador con conexión a internet. Con su patético intento de censurar una foto oficial destinada a la prensa, para la que posó su familia al completo, lo único que ha logrado es que se hable más de ella y que se multipliquen los montajes riéndose de los retratados.

Los últimos éxitos del periodismo disperso

John Nolte hace notar una contradicción sólo aparente: no ha sido la flagrante parcialidad de los principales medios norteamericanos lo que los está llevando a la ruina, ha sido la aparición de internet, la blogosfera y sus altavoces radiofónicos y televisivos (Fox News, prácticamente en exclusiva) los que están destruyendo la credibilidad de la prensa. Walter Duranty podía alabar a Stalin en las páginas del New York Times y recibir un Pulitzer; hoy posiblemente terminaría despedido y el director del diario habría dimitido para afrontar nuevos retos en cierto puesto burocrático de la compañía editora. La diferencia entre entonces y ahora es que existe un quinto poder con capacidad para ejercer de contrapeso al cuarto y denunciar sus abusos: el periodismo disperso.

No obstante, hay que hacer notar que por sí sola la blogosfera no puede hacer nada. Necesita de altavoces mayores. Dispone en muchos casos de información extraordinaria, de gran valor, pero perdida entre un mar de datos falsos, opiniones y poca capacidad de llegar al gran público. Sigue siendo necesario que un medio tradicional ejerza de altavoz; en concreto, una televisión nacional, que siguen siendo las principales fuentes informativas del ciudadano medio. Esa es la principal diferencia entre Estados Unidos y España: allí existe Fox News, aquí no; los posibles candidatos a convertirse en la Fox española son demasiado pequeños, tienen poco dinero y escasa audiencia. Mientras, la gente se sigue informando en TVE, Antena 3, Telecinco, Cuatro y La Sexta. No son precisamente los sitios donde uno esperaría encontrarse en horario de máxima audiencia a alguien como Glenn Beck.

Ha sido este periodista, quien por cierto entrevistó hace unos meses a Gabriel Calzada, quien parece haber encontrado la fórmula perfecta. En cierto modo se parece al mecanismo descrito por Eric S. Raymond en su ensayo La catedral y el bazar mediante el cual se desarrolla el software libre. Beck acude a su programa con información de interés que afecta negativamente al Gobierno o a los demócratas y pide colaboración; personas de todo el país se ponen a buscar con ahínco y terminan encontrando cosas que Beck jamás habría podido hallar por sí mismo.

Es lo que ha provocado la caída de Van Jones, el "zar" de Obama para impulsar la llamada economía verde y las energías renovables. Mientras la prensa hablaba más bien poco de él, como no fuera para ponerlo como una de las 100 personas más influyentes del mundo en la lista de Time y con artículo apologético del gran intelectual Leonardo DiCaprio, Beck lo denunció por ser comunista. Algo que aquí le daría caché, pero es que en Estados Unidos son raros y miran mal a quienes comparten ideas con los asesinos de más de 100 millones de seres humanos. A partir de ahí el periodismo disperso comenzó a actuar y pronto pudo poner un vídeo donde llamaba gilipollas a los republicanos e informar de que en 2004 firmó una petición donde se exigía una investigación a fondo del 11-S y en la que se acusaba a Bush de haber permitido a propósito los ataques.

El resultado fue la dimisión de Jones, algo impensable, por cierto, por estos lares. En vista del éxito, Beck ha repetido un par de veces más la jugada. Primero, emitiendo un reportaje con cámara oculta hecho por dos aficionados veinteañeros ataviados de chulo y puta, respectivamente, en el que se demostraba que en las oficinas de ACORN se incitaba al fraude fiscal y se hacía la vista gorda incluso ante la trata de blancas. Consecuencia: el Senado ha votado retirarles los fondos públicos a esta organización con la que trabajó Obama.

En segundo lugar, Beck publicó un vídeo sacado a la luz en un blog en el que la directora del National Endowment for the Arts –la agencia que subvenciona el arte en EEUU– animaba a los artistas a hacer propaganda a favor de Obama. Consecuencia: Yosi Sergant fue "recolocada".

Mientras tanto, la prensa se dedicaba a buscar todo lo posible sobre el yerno de Sarah Palin, que ya no tiene ningún cargo público. No es de extrañar que la confianza del público en la profesión haya bajado al 29 por cierto, la peor cifra desde que comenzaron a medirla. La culpa, sí, es de la blogosfera y Glenn Beck y el periodismo disperso todo. Pero especialmente de unos periodistas que, ante la certeza de que no podrían seguir saliéndose con la suya haciendo lo de siempre, decidieron intentarlo unos años más.

12, 18, Tuenti

Viene a cuento de la noticia de que el Partido Popular, en esa carrera sin frenos para perder las próximas elecciones, quiere prohibir el uso de redes sociales a los menores de 18 años, mientras que propone rebajar la edad penal a los doce años. Aquí se avecinan, en infeliz ayuntamiento, varios errores.

El primero es del diario El País. Una cosa es la consideración de que un comportamiento es delictivo para una persona de 12 años y otra muy distinta es la cuestión de la pena que se le deba imponer por su comportamiento delictivo. Un homicidio podría ser un delito para un chaval de 12 años y para un ministro. Pero ello no quiere decir que, por el mismo delito, tengan que cumplir la misma pena. Es decir, que a los menores de determinada edad se les puede enviar a centros especializados en personas de esas edades sin necesidad de que compartan patio con los mayores de edad.

El Partido Popular, quizá porque no es un diario global en español, que eso condiciona mucho, es capaz de entender esta distinción tan inmediata. Pero comete otros errores. El primero de ellos es no ponerle la correa al perro que llevan dentro. Se les escapa de la caseta, y claro, se pone a ladrar moralinas a izquierda y derecha. ¡Qué paternalismo! ¿Era PP o Papá? No quieren que nuestros menores se salgan del buen camino por unos minutos de ver fotos indecentes en Tuenti o responder encuestas estúpidas en el Facebook.

Quizá haya algún espíritu sensible que, no cumplidos los 18 años, necesite cierto control para no caer a un oscuro pozo de bits, pero quien debe tomar esa decisión no es el PP y el Estado cuando lo ocupen. ¡Son sus padres! La propuesta del PP consiste en exigir, precisamente, una autorización paterna. Pero dentro del derecho de los padres está también el de decidir si ejercen ese control o no, y en caso de que lo hagan, el modo de hacerlo.

Llevan años ya defendiendo el derecho de los padres a objetar por el contenido de la asignatura Educación para la Ciudadanía y ahora abandonan los derechos de los púberes y de sus progenitores para cambiar de bando: quien toma aquí la decisión es el Estado.

Por no creer, esta derecha descreída no se cree ni a sí misma.

Un privilegio de Google

Sin duda alguna, en su sede central están orgullosos de que el Gobierno de los Estados Unidos –y, en virtud de numerosos acuerdos, los de muchos otros países– reconozca a esta empresa como la legítima propietaria de una idea concreta. La "genialidad" en cuestión de la que ahora son amos y señores no es otra que poner una caja para introducir texto y dos botones debajo sobre un fondo blanco.

Al margen de ese "orgullo y satisfacción", que diría el suegro de la hermana de la nueva enchufada por el PSC-PSOE de Barcelona, poco más han logrado con todo ese esfuerzo. Un esfuerzo que seguramente les ha costado además buenas cifras de dinero para pagar abogados y otros profesionales. En términos de beneficio reales para Google, es difícil imaginar alguno. Han logrado que algunos buscadores de menor importancia vayan a dejar de copiar su formato, pero eso no tiene ninguna importancia real. Nadie, o casi nadie, iba a confundir a esos pequeños rivales con el gigante de las búsquedas.

Lo que sí encuentro son problemas a este empeño. Cada vez quedaban menos internautas que se creyeran el Don’t be evil del que hace gala el mayor buscador del mundo. Los motivos son múltiples. En mi caso, como con muchos otros gigantes de internet, su disposición a colaborar con la censura de la dictadura china. Ahora dan una razón más. Han demostrado ser tan voraces como otros, por ejemplo Microsoft, en la cuestión de las patentes. Y esto es algo que disgusta a millones de personas muy implicadas en asuntos de internet o de informática en general.

Mientras tecleo estas líneas me rebelo mentalmente, una vez más, contra esa ficción jurídica llamada propiedad intelectual y todos sus derivados. En nombre de la supuesta posesión por parte de Google de una idea, se priva a cualquier diseñador de sitios web de usar libremente su propiedad. Nadie podrá crear, con su propio ordenador, una página similar para alojarla en un servidor que sea suyo. En este caso no es realmente grave, seguro que con una mínima modificación (tal vez un tercer botón) ya no se viola la patente. Sin embargo, es un buen ejemplo.

La propiedad intelectual no sólo es un lastre al desarrollo humano, al dificultar la difusión de ideas o conocimientos. Es, además, un atentado contra la propiedad privada y la libertad de terceros. Resulta triste que algo inventado hace cuatro siglos como un privilegio para favorecer a los mimados por reyes y similares se haya terminado aceptando como algo justo.