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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

¿Por qué Google Chrome OS?

La idea que trata de vendernos Google es que ya hacemos casi todo en internet, de modo que no necesitamos que el sistema operativo sea otra cosa que un interlocutor entre la máquina y el navegador.

Al margen de las consecuencias económicas que pueda tener este movimiento para Microsoft, a corto plazo sí debería servirle de argumento frente a las autoridades antimonopolio, por más que éstas no atiendan a razones sino a conveniencias de los competidores de la empresa fundada por Bill Gates. Si Google anuncia un nuevo sistema operativo que consiste en poco más que en un navegador, ¿cómo es que Bruselas obliga a Microsoft a no atar Windows con Internet Explorer? ¿Tiene acaso bula Google, que va a tener el navegador tan integrado con el sistema operativo que incluso se llamarán igual?

Argumentaba hace unos meses que Chrome era una amenaza no para Windows, sino para Explorer, y que Google previsiblemente emplearía su capacidad como empresa para preinstalar su navegador en los ordenadores, algo que ningún otro competidor de Microsoft podía ser capaz de hacer. Enrique Dans, en cambio, lo veía como una vía para hacer perder importancia al sistema operativo hasta llegar al "me trae sin cuidado lo que corra debajo de mi navegador". Parece que Google ha llegado a la convicción de que para lograr ambos objetivos es necesario ofrecer un sistema completo a los fabricantes y enfocará inicialmente el mercado de los netbooks.

La elección es lógica. Por mucho que nos digan que ya hacemos todo en la web, en realidad eso no es cierto. Lo hacemos casi todo. Y ese casi sigue siendo bastante importante para muchos usuarios. Pero es cierto que los netbooks no tienen potencia ahora mismo para nada más que para acceder a la web, el correo y ejecutar aplicaciones ofimáticas, aunque habrá que ver qué serán capaces de hacer en 2010, cuando vengan con el sistema operativo de Google instalado.

Bing y la versión online de Office son los últimos ataques de Microsoft a las fuentes de negocio de Google. Aunque hasta ahora haya fracasado, una empresa con la capacidad financiera de Microsoft puede terminar acertando y haciendo mucho daño a Google. Además, según pasan los años y, efectivamente, vamos trasladando cada vez más nuestros datos y aplicaciones a esa "nube" abstracta que es la red, la importancia de Microsoft es menor y, con ella, la mala imagen que sigue manteniendo para muchos. De ahí que en Palo Alto hayan pensado en moverse para reducir los ingresos de su rival, que actualmente están concentrados en Windows y Office.

En cualquier caso, como siempre que la competencia es tan encarnizada, los beneficiados seremos los usuarios. Incluso si no usamos Bing, Google imitará sus mayores aciertos. Aunque no instalemos Google Chrome OS, Microsoft puede verse obligada a bajar sus precios o aligerar Windows. Esperemos que ambas empresas sobrevivan durante mucho tiempo echándose los trastos a la cabeza.

Hacia la inflación mundial

Sin embargo, para esto último hay que tener cuidado en no atentar contra derechos fundamentales, una prevención que no han tenido los legisladores alemanes a la hora de aprobar la ley por la cual se bloquearán las páginas con pornografía infantil a partir del 1 de agosto. La norma prevé que aquellos germanos que intenten acceder a webs de este tipo se toparán en su navegador con una señal de "stop". Hasta ahí no hay nada problemático.

Donde sí empieza a haber problemas es en quien entregará a los proveedores la lista de sitios que deben bloquear y en quien verificará que dichos listados son los adecuados. La encargada de elaborar dichas listas y transmitirlas es la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, por sus siglas en alemán), una especie de FBI alemán formado por algo más de 5.000 agentes y dependiente del Ministerio del Interior. Trabajará bajo la supervisión de la Oficina Federal de Protección de Datos, que establecerá un comité independiente encargado de dar el visto bueno al trabajo de la BKA. Lo problemático es que no aparece la intervención judicial por ninguna parte.

Por repulsiva que resulte la pornografía infantil, el bloqueo de páginas web afecta directamente a la libertad de expresión. Por este motivo debería intervenir en todo momento un juez, dado que es algo que repercute sobre un derecho fundamental. En muchos casos resulta evidente que unas imágenes entran dentro de la categoría de pedofilia. Pero en ocasiones la frontera entre esto y el simple mal gusto no es nada nítida, y quien debe decidir en qué lado de línea divisoria se encuentran unos contenidos determinados ha de ser el poder judicial. Si no, el exceso de celo de las autoridades policiales o el abuso por parte de alguien para censurar contenidos incómodos que no tengan nada que ver con esta cuestión antes o después causarán daño a terceros.

A lo anterior se añade otro riesgo. Desde el momento en el que se limita sin control judicial la libertad de expresión por cualquier motivo, con independencia de que éste sea algo tan aparentemente justificable como combatir la pornografía infantil, se abre la puerta a mayores restricciones en esta materia en el futuro. De esta manera, se puede entrar en un proceso en el que de forma progresiva se vayan recortando las garantías ante posibles abusos por parte de las fuerzas de seguridad o el poder político.

En el pasado fue el terrorismo, desde hace unos años una de las razones es la defensa de los derechos de autor y en la actualidad, en Alemania y otros países como España, se incluye también la lucha contra la pornografía infantil. Los motivos aducidos por el poder político para reducir la libertad de expresión y otros derechos, como el de la intimidad, de los internautas no paran de crecer. Si las sociedades abiertas no quieren ir pareciéndose en la red cada vez más a China, no debe bajarse la guardia.

Prohibir los enlaces para salvar los periódicos

Tampoco es que los otros sí puedan, pero al menos es una excusa plausible. En cambio, los diarios se enfrentan a un cambio de hábitos, que ha sustituido el papel por la pantalla, y el notable incremento de competencia que ese mínimo cambio ha traído consigo.

El problema para los diarios no es el cambio de soporte. Al fin y al cabo, cuando bajamos al quiosco pagamos sólo una parte del coste de escribir, maquetar, imprimir y distribuir esos cachos de papel; el resto lo sufraga la publicidad. En internet los costes de impresión y distribución se reducen a la mínima expresión, de modo que los anuncios podrían seguir pagando lo que cuestan los contenidos. Pero claro, al haber desaparecido esos costes, las barreras de entrada a la cosa periodística son ahora ridículas y los periódicos se enfrentan a la competencia de, entre otros, ¡sus propios lectores!

Como siempre que sucede un cambio fundamental, una "destrucción creativa" de esas, las alternativas se reducen a dos grandes grupos: adaptarse o morir. Curiosamente la prensa, mayoritariamente progresista en todo Occidente, parece haber optado por olvidarse de Darwin y hacerse creacionista, con lo que se ríen de los yanquis por eso. Así, en todo el mundo se suceden demandas contra Google News por el pecado de poner a disposición de los usuarios los titulares de las principales noticias y ofrecer enlaces para leerlas en los medios que las publicaron. ¿La razón? Que Google gana dinero y "utiliza nuestros contenidos", según los editores de prensa. Sin embargo, el gigante californiano no hace nada que no hagan los propios periódicos, que se hacen eco (o deberían) de las noticias de sus competidores. Simplemente lo hace de forma automática.

En éstas estábamos cuando Richard Posner entró en juego. Para quienes no lo conozcan, que serán muchos, Posner es un jurista norteamericano de reconocido prestigio (pero de verdad, no al Bacigalupo modo) que al contrario que muchos de sus colegas algo sabe de economía, lo que por otra parte probablemente le haya cerrado las puertas del Supremo. Es un "Chicago boy", con todas las virtudes y los defectos que esa etiqueta conlleva. Tiene un blog que escribe a medias con el Nobel de Economía Gary Becker, en el que ambos exponen semanalmente su visión sobre un asunto. ¿Y cuál fue el de la semana pasada? La muerte de los periódicos.

Mientras Gary Becker lamentaba, básicamente por motivos sentimentales, la suerte funesta de la letra impresa, pero admitía que no había riesgos de muerte de la prensa dada la vitalidad que ofrecía internet, Posner parecía no creer que pudiera existir forma alguna de que pudiéramos tener periodismo sin periódicos. Convencido de que hacerse eco y enlazar a las noticias de otro medio es pernicioso para esos grandes diarios que son los únicos que crean contenidos relevantes, exponía dos soluciones, que mostraban su ignorancia del negocio: prohibir el enlace y la cita a los diarios o prohibir el acceso a contenidos protegidos por derechos de autor sin permiso de eso, del autor.

Seamos serios, todos los medios en internet quieren que la gente los enlace, porque es la manera de que se los lea más y, por tanto, ganar más dinero con la publicidad y tener suficiente para crear esos "contenidos diferenciales" que tanto le preocupan a Posner. Además, ya está prohibido acceder a las noticias que los medios quieran proteger, como demuestra el Wall Street Journal; otra cosa es que quieran, porque el diario neoyorquino es el único que ha tenido cierto éxito cobrando por parte de sus contenidos.

Pero el problema de Posner es algo más profundo. Al fin y al cabo, podría haber propuesto la obligatoriedad de enlazar con la fuente del contenido, que sería una medida más razonable dentro del entorno de la web, y que podría evitar casos de vampirismo que todos conocemos. Lo malo es que todas estas medidas son un ataque a derechos fundamentales, para cuya violación las conveniencias económicas no deberían ser razón suficiente. Y perder eso de vista parece ser desgraciadamente habitual para demasiados de los Chicago Boys. Es lo que tiene ser "experto" y "tecnócrata", que a veces se pierde de vista lo más importante.

Internet comunista

No se trataba de una broma o un banner del Movimiento Stalin Vive. Me encontraba ante la campaña publicitaria de una compañía de telefonía móvil que ha tenido la desafortunada idea de utilizar un slogan tan provocador como equivocado. Para esta empresa y sus publicistas, eso significa una red "para todos". Resulta tremendo que cuando apenas han pasado veinte años de la caída del muro de Berlín, y mientras países como Cuba o Corea del Norte siguen sometidos al totalitarismo de inspiración marxista, haya quien pretenda identificar al comunismo con algo positivo.

Sabemos de sobra como es la red en países sometidos a una dictadura de ese tipo: en todos ellos, censura y monitorización más o menos generalizada de los internautas; en algunos, prohibición de navegar sin permiso del Gobierno; y en la totalidad de los casos, prácticas similares a éstas. Lo que no conocemos, más allá de la absurda fantasía de un publicista sin conocimiento alguno del comunismo, es cómo sería en realidad ese "internet comunista". He tratado de hacer un ejercicio mental (trasladando de forma imaginaria al mundo online las prácticas propias de ese totalitarismo y sus efectos sobre los países en los que se llevó a cabo) para describir en qué consistiría.

Un internet comunista sería terriblemente lento, puesto que sería un funcionario político el que decidiría en todo momento qué tecnología debe utilizarse en las redes y dónde se deberían situar los nodos. Eso sí, existirían unas cuantas redes paralelas muy rápidas para uso y disfrute de los altos cargos del partido único que gobernara sobre esa república soviética virtual. Habría muy pocas páginas web, puesto que algún burócrata sería el encargado de definir qué hacer en este sentido; y lo haría hasta el punto de ordenar en qué servidores deberían alojarse. Eso sin tener en cuenta que dichos servidores se caerían constantemente debido a que ningún empresario tendría incentivo alguno a mejorar la tecnología empleada o en hacer que se adaptaran a los gustos y necesidades de quienes los utilizarían.

A todo esto habría que sumar la falta de libertad e intimidad a las que estarían sometidos los internautas. Para conectarse haría falta identificarse en todo momento y la navegación estaría limitada a algunos pocos sitios, pues se trataría de una red fragmentada. Para poder acceder a otras webs dentro del internet comunista habría que pedir permiso a las autoridades políticas, mientras que el mero intento de acceder a la otra red (la capitalista) supondría pena de prisión automática. Las salas de chat y los servicios de mensajería instantánea serían terriblemente tristes y aburridos. Nadie se atrevería a decir lo que piensa, puesto que todo el mundo desconfiaría de aquellos con los que se estuviera conversando. Y haría bien. El espionaje y la delación estarían a la orden del día.

Un internet comunista estaría, por tanto, condenado al rápido fracaso en cualquier país que no tuviera un gobierno de ese tipo, porque los internautas se darían de baja enseguida y se pasarían a la otra red: ésa que permite unas conexiones más o menos decentes y unos mínimos de libertad e intimidad aceptables.

La soledad de los revolucionarios

Deténganse en el segundo 45. Podrán ver al menos a tres personas grabando lo que sucede en su teléfono móvil, además, claro está, del responsable de habernos hecho llegar estas imágenes. Algo parecido sucedió con Neda, la joven que se ha convertido en mártir de esta revuelta y cuya muerte hemos visto en dos grabaciones distintas e incluso momentos antes de ser asesinada.

El caso es que se supone que no deberíamos ver esto. Irán había expulsado o detenido a los periodistas extranjeros. La represión habitual debía tener lugar en la más estricta intimidad, como siempre había sucedido. Internet está férreamente controlado y no se puede subir nada a YouTube o Facebook, o al menos no sin que el Gobierno sepa quién lo ha hecho y actúe en consecuencia. El autor del vídeo lo sabía, así que envió el vídeo por e-mail a varios amigos europeos y un par de medios. Un iraní exiliado en Holanda lo colgó en YouTube, y ahora el mundo entero conoce a Neda.

El proveedor estatal y único de telecomunicaciones ha restringido el acceso a sitios como YouTube, que ha visto reducirse en un 90% el tráfico desde Irán, o Facebook, que ha perdido la mitad. Pero los iraníes han podido sortearlo de diversos modos, incluyendo el uso de proxys, una suerte de intermediarios que permiten canalizar el tráfico a través suyo, ocultando a terceros qué estamos viendo realmente. La única vía para impedir que las protestas lleguen al mundo es cortar internet, como hizo Birmania con un éxito notable. Pero intentar ponerle trabas nunca es suficiente, porque basta y sobra con un pequeño porcentaje de usuarios avanzados para que el mensaje llegue al mundo.

El problema está, precisamente, en el mundo, que no parece estar haciendo nada al respecto. ¿Qué les importa a los obamas de todos los países que los iraníes se jueguen la vida en las calles por un poco más, seguramente muy poco más, de libertad? ¿Qué van a hacer cuando ni siquiera han hecho nada para detener el programa nuclear de los ayatolás, que pone en juego su propia seguridad? Las manifestaciones podrán tener éxito si logran el apoyo de parte del régimen, porque está claro que no van a recibir ninguna ayuda de quienes promueven insultos a la inteligencia y a la libertad como la alianza de las civilizaciones.

Internet es, sí, un invento maravilloso. Pero ya sea para lo bueno o para lo malo no deja de ser un instrumento. No crea pedófilos ni revoluciones contra tiranos islámicos. Y probablemente no pueda hacer triunfar a la marea verde, aunque pueda darle una oportunidad que de otra forma no tendría. Ojalá la puedan aprovechar, porque por mucha comunicación que haya están completamente solos.

Internet contra teocracia

Ha estado bien Pachi Lopez en su papel de lehendakari, mostrando a los autores del crimen y sus compañeros el camino a la cárcel (trayecto que recorrerán sin duda como ha ocurrido con todos sus antecesores), salvo por su definición de los asesinos como "violentos". Hombre, violentos son, claro, pero también son algo más, por ejemplo asesinos fanatizados por una ideología totalitaria de raíz marxistoetnicista. No obstante, la imagen de un presidente de la comunidad autónoma vasca condenando un atentado sin adversativas es, por novedosa, digna de ser destacada.

Los políticos llevan más de treinta años intentando acabar con ETA. Digo en su mayoría; otros se han dedicado a recoger nueces con el resultado conocido. Por probar lo han probado todo, incluida la humillación a las víctimas con el último "proceso de paz", en el que López, por cierto, tuvo una importante participación.

Precisamente ahora tiene el flamante lehendakari la oportunidad de demostrar con hechos su decisión de acabar con la ETA, pero para eso no basta con convocar concentraciones y manifestaciones ciudadanas. Habrá que hacer algo más, aunque eso suponga un coste político en otras instituciones gobernadas por su partido. Si estuvo dispuesto a pagar la factura de reunirse con el brazo ilegalizado de la ETA, ahora tiene la ocasión de hacer lo mismo en el sentido contrario. Es decir, el correcto.

Tener un videoblog… no tiene precio

Ahora es el heredero de la alcaldía de Barcelona quien se gasta 315.000 euros al año en mantener un videoblog. Del éxito de la iniciativa no cabe dudar: ni buscando con lupa se encuentra un solo comentario y su ránking en Alexa, con el que nos tendremos que conformar a falta de estadísticas más oficiales, lo sitúa en el puesto 1.403.790 de las páginas más vistas del mundo.

El precio que se paga por este videoblog, pese a las apariencias, parece menos exagerado que el de Maragall. Al fin y al cabo, hay que grabar a gente con cámara todos los días, montarlo, ajustar el sonido… vamos, que el vídeo profesional es caro. Sin embargo, dada la inexistente utilidad de este invento incluso como herramienta de propaganda para Hereu –que es en lo que parece consistir todo–, y por mucho que su coste pueda estar más ajustado que el del fabuloso blog de Maragall, parece claro que es un derroche aún mayor que el de aquél.

Este caso pone de relieve hasta qué punto resulta absurdo pretender salir de esta crisis a través de enormes programas de gasto público. Las sociedades prosperan según van cubriendo más necesidades y deseos de sus ciudadanos. En eso consiste la riqueza. Sin embargo, iniciativas como éstas no responden a los intereses de los ciudadanos, que las administraciones públicas siempre van a ser menos capaces de percibir y atender que las empresas que se juegan en ello su supervivencia todos los días. Son, en definitiva, un gasto de dinero que se traduce en una pérdida neta de riqueza: todos somos más pobres por culpa de ese blog, ya que los recursos que despilfarramos en él habrían sido de mayor provecho en otra parte de la economía.

Los políticos carecen de mecanismos precisos para establecer el valor de lo que ofrecen. No actúan en el mercado, carecen de competencia y sus "clientes" no pueden dejar de pagar por sus servicios, por lo que falta la necesaria retroalimentación que permita hacer una evaluación. El valor del videblog de Hereu es literalmente incalculable, aunque por la respuesta popular que ha tenido quepa deducir que es más bien bajito. Quitar recursos de la sociedad para financiar planes E, Avanza y demás faramalla nos hace a todos más pobres. Y eso que se supone que son los políticos los que nos van a sacar de esta crisis provocada por el "neoliberalismo", los "neocon" y demás neomalvados.

Piratas suecos en Estrasburgo

La llegada de este joven partido en aguas de Estrasburgo y Bruselas, siempre turbulentas para quienes quieren navegar libremente por internet, es un buen toque de atención a unos políticos que en demasiadas ocasiones viven de espaldas a la realidad y los intereses de los ciudadanos. Una situación que resulta especialmente evidente en toda la estructura de la Unión Europea.

Tiene en común con otras fuerzas minoritarias, o incluso con un jefe de Estado como el presidente checo, Václav Klaus, una profunda desconfianza hacia el poco democrático funcionamiento de la UE. Pero algo les distingue del resto. Los dos puntos fundamentales de su programa son un cambio radical en el modelo actual de propiedad intelectual y una firme denuncia de los atentados que cada día cometen los gobiernos y parlamentos contra la intimidad y la libertad de los internautas. Y gracias a estos tres ejes se han convertido en el tercer partido por número de afiliados en Suecia, 43.250 miembros sobre una población total de unos 9,2 millones de personas, y en la quinta fuerza con mayor apoyo del país: se lo ha dado un 7,1% de los electores (en España, la tercera lista más votada ha sido la concentración de nacionalistas ‘Coalición por Europa’, con un 5,1% de los votos).

El ex diputado sueco de origen chileno Mauricio Rojas explicaba hace unas semanas a los sorprendidos asistentes al Seminario Lucas Beltrán, dirigido por Pedro Schwartz, que en el país escandinavo no existe la figura del funcionario tan común en lugares como España y que, además, sus habitantes son herederos de una larga tradición de campesinos libres. Estas dos características suecas chocan, sin duda alguna, con una estructura profundamente burocratizada como la de la UE y con la creciente normativa europea de control de internet. Si bien esto puede haber influido en el buen resultado del Partido Pirata, hay una razón más fuerte que lo explica.

La normativa española sobre propiedad intelectual, imposición por ley del canon digital incluida, resulta indignante. Lo mismo ocurre con algunas actuaciones de ciertos jueces referidas a esta materia, en concreto a las páginas con enlaces a redes P2P. Sin embargo, todo ello resulta una broma si se lo compara con Suecia. La ley impone multas draconianas por el intercambio de archivos, hasta el punto de que alguien puede ser condenado a pagar la friolera de 2.124 euros por descargarse cuatro canciones (531 euros por tema). Y en cuanto a los tribunales, todavía peor. El hecho de que el juez que condenara a los responsables de The Pirate Bay sea miembro de entidades de gestión de derechos de autor indignó a muchos suecos. Una indignación que creció al saberse que la primera magistrada a la que se le encargó la repetición del proceso pertenece a las mismas organizaciones.

Este último escándalo judicial ha dado un fuerte impulso durante los últimos meses al Partido Pirata. Cuando se pone la maquinaria de todos los poderes del Estado al servicio de los intereses particulares de unos pocos –en este caso discográficas y similares– no resulta extraño que parte de la ciudadanía se rebele. Esperemos que el desembarco pirata en Estrasburgo sirva para que los políticos de toda Europa reflexionen y pongan fin a las demenciales legislaciones sobre propiedad intelectual.

Decepcionante iPhone 3GS

Letonia no ha logrado colocar su última emisión entre los inversores; la agencia de calificación Standard & Poor´s acaba de rebajar la calidad (rating) de la deuda pública de Irlanda; tras esta degradación, Francia, Italia, España, Reino Unido, Austria y Estados Unidos, entre otros, sufrirán el mismo proceso. Tales rebajas se traducirán en un mayor coste de financiación para las arcas públicas. Es decir, los ciudadanos tendrán que pagar más dinero de sus bolsillos vía impuestos para sufragar el enorme gasto público en el que están incurriendo los Estados.

Bill Gross, el mayor gestor de bonos del mundo, explica a la perfección los riesgos que conlleva este fenómeno en su última carta a los inversores. Y es que los rescates económicos y financieros amenazan con elevar el nivel de deuda pública hasta el 100% del PIB en numerosos países del G-20 a medio plazo, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Sin duda, esta ingente emisión de bonos presionará al alza el rendimiento de los mismos. De este modo, en caso de que llegue la ansiada recuperación económica, la deuda pública se tragará el crecimiento del PIB. Gross, por ejemplo, estima que el Gobierno de Estados Unidos tendrá que pagar un interés de entre el 5% ó 6% anual por sus letras. Si la deuda pública alcanza el 100% del PIB, esto implica que el 5% de la riqueza que genere cada año el país se irá directamente a sufragar los compromisos financieros de la Administración.

Y si esta es la factura para Estados Unidos, primera potencia mundial, imagínese por un momento el precio que tendrá que asumir un país como España para que el Tesoro logre colocar sus bonos. Simplemente insostenible desde todos los puntos de vista. Tan sólo existen tres vías para asumir tales desafíos: aumentar impuestos, recortar drásticamente el gasto público o confiar en que una inflación elevada suavice la carga de la deuda.

Puesto que el desmantelamiento del Estado de Bienestar al estilo californiano es muy improbable en un país gobernado por socialistas e incluso populares, los españolitos de a pie se enfrentan a un nuevo expolio fiscal (la inflación también es un impuesto, el peor de todos). Y ello, sin contar que el endeudamiento público es el principal culpable de la restricción del crédito a ciudadanos y empresas, y que la degradación crediticia del Estado forzará, tarde o temprano, a subir los tipos de interés de los préstamos hipotecarios y de consumo. En definitiva, todo ventajas, ¿verdad? Menos mal que los políticos saben lo que hacen y trabajan siempre en el beneficio e interés de los ciudadanos. Insisto… ¡Menos mal!

El paraíso de la libertad

Mientras paseábamos por las hermosas calles del casco histórico de Tallin, o por los deprimentes barrios construidos en esa misma ciudad durante la época soviética, había algo que no sabíamos. Estábamos caminando por la capital del país del mundo donde la red es la más libre.

Años después, hice un viaje muy distinto junto con otro liberal español. A diferencia de las repúblicas bálticas, el país al que nos dirigimos no se había liberado de la opresión comunista. Luis Margol, colaborador de este mismo periódico, y yo fuimos a Cuba a conocer en persona a quienes luchan de forma pacífica por la instauración de la democracia en la isla. Visitábamos, y en esta ocasión sí lo sabíamos, el lugar del mundo donde internet es menos libre. Nada de extrañar en un país donde la libertad en general es algo de lo que se oye hablar pero que les es robada a los ciudadanos por una dictadura totalitaria que ya se prolonga medio siglo.

Un magnífico estudio de la organización independiente Freedom House identifica las amenazas existentes sobre la libertad en la red y presenta además un análisis comparativo de un total de quince países. Cada uno de ellos es clasificado como "libre", "parcialmente libre" y "no libre". A la cabeza de la primera y la tercera categoría, siendo los dos extremos opuestos, se encuentran los países de los que hablaba al principio de este artículo. Justo a medio camino está Malasia. Este país, donde es relativamente frecuente el arresto arbitrario de bloggers, periodistas online y otros usuarios de tecnologías de la información, demuestra la falacia de que la virtud se encuentra en el punto medio.

El paraíso de la libertad online se encuentra en un pequeño rincón de Europa cuyos habitantes sufrieron durante décadas el comunismo y, durante un breve periodo en la II Guerra Mundial, el nazismo de los invasores alemanes. Viven en él apenas 1,3 millones de personas, vecinas de una Rusia cuyos dirigentes parecen añorar a partes iguales el zarismo y el imperio soviético. Y de ese país dirigido con mano firme y poco democrática desde Moscú ha procedido precisamente la principal amenaza contra la libertad de internet en Estonia: los ataques a páginas web que ha sufrido en el pasado. De hecho, las sospechas de que los atacantes estaban vinculados de alguna manera al Kremlin parecen estar bastante fundadas.

Sin embargo, la amenaza de un vecino gigantesco con ansias de controlar lo que antaño fuera parte de su imperio no supone que los estonios renuncien a su libertad en la red o fuera de ella. Se demuestra así el error de quienes consideran que una dictadura se justifica por la presencia de un poderoso vecino o por devolver, supuestamente, la "dignidad" a un pequeño pueblo. Dicha dignidad tan sólo se encuentra en la libertad de los seres humanos y en no cederla ante amenazas reales o ficticias. Estonia es un buen ejemplo de ello.