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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

Periodismo disperso

El que iba a ser su golpe definitivo a George Bush, que los historiadores recogerían al estudiar su fracaso en la reelección, era en realidad un fraude que le había colado un fanático. Un comentarista de un blog vio algo que no cuadraba. Luego un blogger tras otro investigaron por su cuenta, dando razón del fraude periodístico. Un periodista de raza, un equipo a su servicio, toda una gran cadena de televisión, todo ello vencido por el ejercicio disperso de varios escritores en pijama.

El periodismo ha cambiado para siempre. Más que nunca ha pasado a ser una conversación policéntrica. Los roles del emisor y del receptor se entremezclan y las noticias están hoy más vivas que nunca. Los medios tienen miles de ojos escudriñándoles, como siempre. Pero ahora pueden responderles y corregirles como nunca. El itinerario de la información no acaba en el papel impreso o en su edición virtual.

Hay blogs dedicados a analizar el relato de los medios de comunicación y su ambivalente relación con lo que ocurre. Los hay especializados en medios concretos como Biased BBC o ABC Watch u observan los errores en todos ellos, como nuestros Malaprensa o El Observador.

Por otro lado las fuentes del periodista se amplían de modo exponencial. ¿Caen las bolsas mundiales? Tiene a los primeros economistas vertiendo en sus blogs sus juicios. ¿Atentado en Irak? Cuenta con un vecino de Bagdad con conexión a Internet y a la realidad de su ciudad. Es más, como las noticias son miradas a lo que ocurre y el periodismo disperso las multiplica, crean sus propias noticias, que a los medios de comunicación pasan desapercibidas. También dan la relevancia que tiene a un acontecimiento que no cabe en su agenda. Nuestra forma de informarnos ha cambiado para siempre y a mejor.

Cuba, un mundo sin Google

Acto seguido le explican que no saben qué es eso. A continuación, descubre usted que nunca han oído hablar de Gmail ni de Hotmail. A unas cuantas manzanas de donde tiene lugar esta conversación, poco tiempo después, otra persona se asombra cuando le cuentan que a través de la Red se pueden comprar billetes de tren o de avión sin moverse de casa.

Las anteriores situaciones son reales. Vividas apenas hace unos días. Tuvieron lugar en La Habana. Para la mayor parte de los cubanos, Internet es algo de lo que han oído hablar pero que no saben en qué consiste en realidad. Lo máximo a lo que puede acceder un habitante de la isla es a una intranet nacional totalmente controlada por el régimen, y siempre desde cibercafés controlados por el Estado. Esto afecta incluso a los turistas. Los ordenadores existentes en los hoteles tan sólo permiten acceder al correo electrónico, y para ello es un empleado del establecimiento el que teclea la dirección del servicio web de e-mail que uno utiliza.

Para la mayor parte de los cubanos (aquellos que no se cuentan entre los pocos privilegiados a los que el régimen autoriza a tener ordenador y conexión en casa) es todavía peor. Para poder disponer de una cuenta de correo electrónico se requiere un permiso oficial, y esta es ofrecida por el Gobierno bajo el dominio correosdecuba.cu. Por supuesto, para consultarla es necesario acudir a uno de los citados cibercafés. Hasta ahora también se permitía tener, con autorización, un correo de Yahoo. Desconocemos cómo consiguió esta empresa tal privilegio, pero lo ha perdido. El Gobierno ha anunciado su prohibición inminente.

Como en cualquier otro aspecto de la vida, en Cuba no existe libertad para el uso de Internet. Esta situación es la que llevó a Guillermo Fariñas a declararse en huelga de hambre varios meses para reclamar algo tan básico como que el régimen permitiera que los cubanos se pudieran conectar a la Red. Tuvimos el privilegio de conocer a este héroe hace unos días. Fue un encuentro casual. Todavía se está recuperando, y las secuelas que en su cuerpo han dejado la medida de protesta son impresionantes, como se puede apreciar en esta fotografía. Está bien de ánimo, y satisfecho de la repercusión que tuvo su caso, lo que permitió que todavía más personas se concienciaran de la dura realidad cubana.

La opresión, el totalitarismo, la mentira permanente y el aislamiento impuesto por el Gobierno en Cuba no afectan tan sólo a Internet. Impregna cada aspecto de la vida diaria de los habitantes de la Isla. Es un mundo sin Google, pero también sin derechos civiles de ningún tipo ni protección alguna de los ciudadanos frente a los abusos de las autoridades. Por eso es tan importante para los hermanos Castro que los ciudadanos no puedan acceder libremente a la Red. Si se lo permitieran abrirían una ventana al mundo por medio de la cual los cubanos descubrirían que una vida mejor y en libertad es posible. Además, les darían un medio para gritar al mundo lo que Ramonet y tantos otros palmeros del dictador caribeño niegan, que la mayor de las Antillas es el infierno en la Tierra.

Sindicatos de bloggers

En un país como Estados Unidos, puedo llegar a comprender la primera reivindicación, pese a que los bloggers de izquierdas se opusieran a la propuesta de reforma de George Bush, que hubiera eliminado la dependencia de las empresas para disponer de seguro. Pero si hay algo absurdo es una negociación colectiva en un sector cuya principal virtud es precisamente su dispersión.

Los bloggers que ganan dinero por escribir son pocos, y los que pueden ganarse la vida con ello aún menos. Excepto cuando se venden empresas especializadas en blogs por cantidades absurdas de dinero, no parece éste un sector especialmente lucrativo, aunque seguro que Julio Alonso podrá llevarme la contraria. Pero, sobre todo, como sucede en tantos otros empleos de nuestra sociedad de servicios, no hay nada más diferente de un blogger que otro blogger, y pretender homogeneizar y "negociar colectivamente" la remuneración es la vía segura al fracaso y al abandono del negocio de los blogs.

Porque, después de todo, la principal función de un sindicato no deja de ser aumentar la remuneración de sus integrantes por encima de lo que los empresarios pagarían si la organización no existiera. ¿Cómo puede conseguirlo un sindicato de bloggers? Uno de los métodos clásicos, la prohibición de incorporar nuevos trabajadores sin contar con su bendición, es evidentemente inaplicable en un sector donde las barreras de entrada son cero. Otra forma es hacer huelgas, pero parece claro que un blogger en huelga será rápidamente sustituido por uno nuevo, ya sea en el blog en el que escribe o en cualquier otro, posiblemente gratuito. No parece muy claro que pudieran, por tanto, realizar su función. Sin olvidar, claro está, que nunca podrán aumentar el dinero que ganan por encima de su productividad marginal, es decir, por encima de lo que hacen ganar al empresario. Que no creo que sea mucho.

En realidad, seguramente lo mejor que podrían hacer los bloggers que cobran por escribir es abrir una lista de correo, un foro o una web donde contaran lo que ganan, para así tener información, que es la principal arma con que pueden contar para negociar. O eso, o simplemente independizarse y encargarse de todo ellos mismos. Pero eso requiere iniciativa, esfuerzo y riesgo, algo que no parece que esté en la agenda de estos bloggers de izquierdas. Olvidan que sí que existe una asociación de bloggers, Media Bloggers Association, cuya principal función es lograr acreditaciones para ruedas de prensa y actos de todo tipo, que es quizá el único servicio útil que podría lograr un sindicato. Si excluimos, claro está, la razón de ser que parecen tener estas organizaciones, especialmente en España: obtener subvenciones y la atención de los medios aduciendo una representatividad inexistente, aunque eso sólo sea de provecho a sus promotores.

Lukashenko y Elton John, almas gemelas

Internet es para un bielorruso ávido de información una auténtica maravilla, donde puede leer informaciones que los medios tradicionales no pueden publicar. Pero el acceso está controlado por la compañía estatal Beltelekom, que ya en las vísperas de las elecciones de 2001 bloqueó el acceso a las web de los principales diarios independientes y grupos de derechos humanos del país, con la excusa de un error técnico, por lo que se ve, tremendamente selectivo.

Elton John, quizá un poco nervioso por el éxito no excesivamente rutilante que cosecha últimamente, ha afirmado esperar que "el próximo movimiento en el mundo de la música tire abajo a Internet. Salgamos a las calles, marchemos, y hagamos protestas, en lugar de sentarnos en casa y meternos en los blogs". Su idea es "cerrar por cinco años Internet". Como ven, le ha dado últimamente por hacer amigos.

La diferencia entre uno y otro es que el primero tiene la capacidad de ejecutar sus designios. Por más que Elton John sea "tecnófobo", no puede impedirnos a los demás tener un teléfono móvil o un reproductor de MP3, artefactos que aborrece. Tampoco puede cerrar Internet, naturalmente. El cantante sólo puede intentar ejercer su influencia sobre quienes tienen el poder. Sólo los gobiernos pueden censurar Internet, por más que lobbys como la SGAE influyan para lograr que se aprueben leyes de propiedad intelectual draconianas o artículos 17bis que le otorguen la capacidad de cerrar webs y desconectar usuarios de la red. Aun si hubieran tenido éxito en este último caso, la autoridad de la SGAE habría sido delegada por el Estado, que habría sido el verdadero culpable.

Eso sí, la influencia de quienes desean cercenar las libertades en Internet puede tener resultados nefastos si no se la contrarresta. De ahí la importancia de altavoces como la plataforma Todos contra el canon, que obliga a los lobbys a ponerse a la defensiva en lugar de pasar a buscar nuevas fuentes de financiación, como el cobro del canon en las conexiones a Internet, o de control, como sus repetidos intentos de censurar Internet. La opinión pública, aunque muchas veces parezca irrelevante en las democracias liberales, tiene un peso importante y es lo único que puede llegar a impedir que los políticos terminen eventualmente siguiendo los pasos de Lukashenko, vista la escasa solidez de nuestro Estado de Derecho, siempre tan dispuesto a mancharse la toga en el polvo del camino.

Que no, Google, que no hace falta regular Internet

El peligro que quieren evitar es que una compañía telefónica cualquiera pueda cobrar, por ejemplo, a Google a cambio de no poner sus datos como de baja prioridad, lo que haría que sus usuarios accedieran más lentamente a los servicios del gigante de Internet, o incluso llegar al extremo de impedir el acceso si la empresa californiana no paga.

Frente a ellos, quienes deseamos al Estado lo más lejos posible de Internet, de sus infraestructuras y, más en general, de todo, vemos este peligro como una posibilidad bastante remota. La competencia lo impide. En el caso hipotético de que a algún proveedor de acceso a Internet se le ocurriera hacer algo así, vería como sus clientes le abandonarían. Es cierto que mediante la exigencia de pagos a los grandes de Internet podrían sacar dinero, pero a costa de arriesgar su propio negocio. Pero ni siquiera hace falta estar de acuerdo con este razonamiento: basta con mirar los hechos. Y los hechos demuestran que el escenario apocalíptico de una Internet balcanizada no ha tenido lugar pese a la ausencia de regulación al respecto.

Durante el debate que está teniendo lugar, el regulador estadounidense de las telecomunicaciones (FCC) pidió que le enviaran documentación con casos en que las compañías que proveen banda ancha estuvieran discriminando entre unos datos y otros, que es lo que quieren prohibir quienes desean regular Internet. Se le enviaron 10.000, de los cuales casi todos son lo que se denomina "comentarios breves", muchos de ellos meros envíos de formularios desde las páginas que apoyan la regulación. De los 143 que quedan, sólo 66 tienen más de dos páginas y de éstos sólo 20 están a favor de regular más. Y ninguno de los 20 incluye lo que el FCC pedía: pruebas de que se esté haciendo algo malo que le obligue a regular. Es decir, que los temores con los que quieren asustarnos parecen tan fantásticos como el hombre del saco, más o menos.

En realidad, lo que quieren Google, Yahoo y demás es convertir la red en un servicio que sólo pueda diferenciarse por velocidad y precio; que sea indiferente qué compañía te lo ofrezca. Y lo que quieren los operadores norteamericanos de telecomunicaciones es poder diferenciarse entre sí, dar servicios de valor añadido. Y lo quieren hacer, entre otros caminos, cobrando más a cambio de que ciertos datos viajen más deprisa y con más fiabilidad por sus redes. Por el momento piensan en VoIP o vídeo en directo, dos aplicaciones que necesitan circular en tiempo real para que el usuario las disfrute a la perfección, pero cualquier aplicación que necesitara de esa priorización podría pagar para obtenerla.

Eso es lo que rompería la "neutralidad", según quienes apoyan la regulación. Sin embargo, es una queja similar a quienes protestan por la existencia de las autopistas radiales de pago; parece que tenga que estar prohibido pagar por tener un servicio mejor. Y la alternativa no son estupendas autopistas gratuitas de diez carriles, sino esa carretera atascada de toda la vida.

Ahora Google ha pedido, y parece que conseguido, que en la subasta de un fragmento del espectro organizada por la FCC para cuando tenga lugar el apagón analógico de las televisiones se garantice el acceso abierto, es decir, que las operadoras no puedan restringir con qué aparatos accedemos a él. Algo que está muy bien, pero que tiene un precio. Y es que si no pueden poner restricciones, de modo que tengamos que usar productos de la compañía "capados" para que no podamos hacer ciertas cosas, como VoIP, nos subirán el precio, porque así no hay quien rentabilice el acceso a ese fragmento del espectro cobrándonos por minuto de conversación.

El problema de quienes defendemos la libertad, en este como en otros casos, es que no defendemos un resultado concreto. Ignoro qué pueden llegar a hacer las compañías de telecomunicaciones tanto con ese espectro subastado como con sus propias redes si no se las regula, como tampoco lo saben, dicho sea de paso, ni Google ni Yahoo ni nadie. Lo único cierto es que habrá más opciones, mayor creatividad y más inversiones. No creo que sea muy descabellado pensar que terminaremos disponiendo de mejores servicios y más baratos en ese caso. Pero es difícil ofrecer a ese argumento contra quienes lo único que pretenden es congelar el status quo y prohibir la innovación en el mercado de las telecomunicaciones.

Bloggeando en vivo

Quien les escribe fue el encargado de cubrir la primera semana de dicho Campus, en la cual se celebraron los cursos Reinventar Occidente, dirigido por el responsable del Área Internacional de FAES, Alberto Carnero; y La democracia frente al terrorismo, al frente del cual estuvo el director tanto del Área de Constitución e Instituciones de FAES como de su muy recomendable revista Cuadernos de pensamiento político, Javier Zarzalejos. Los dos cursos de la siguiente semana fueron cubiertos por las bitácoras editadas por Álvaro Vermoet y Víctor Gago.

La experiencia fue fascinante. No sólo por lo interesante de la cita que tuve que cubrir (los ponentes eran de un alto nivel y los contenidos realmente interesantes). También lo fue por el formato. Editar una bitácora en vivo para un medio de comunicación es muy diferente a escribir informaciones tradicionales o un artículo de opinión como el presente. Eso hace, entre otras cosas, que el estilo personal del autor se note mucho más que en textos de información clara, y es algo que pudo notar quien siguiera los tres blogs con los que este periódico cubrió el encuentro político-académico.

Con independencia del toque personal de cada autor, la bitácora en vivo se diferencia también de otros modos de hacer periodismo en que el autor está más apegado a la inmediatez que en otros formatos. Las cosas no se cuentan después de que sucedan, sino que se narran según tienen lugar. Al mismo tiempo, se proporciona al lector una cercanía con lo hechos y con quien los narra (esto último es algo propio de una bitácora) que no se consiguen con otros estilos informativos. Todo ello obliga a una adaptación del periodista para que su blog no se convierta en un simple soporte diferente para escribir noticias tradicionales.

También es fundamental la buena disposición de los organizadores del acto que se cubre. Todavía existe por parte de muchos directores de comunicación cierta desconfianza hacia las bitácoras, puesto que al tratarse de algo tan nuevo no saben como enfrentarse a ellas. Sin embargo, como ya ha ocurrido en Estados Unidos, tendrán que terminar aceptándolas. En este sentido los responsables de esta materia en FAES han demostrado una gran visión y valor, al aceptar tener a tres sucesivos bloggers "incrustados" en su Campus. Esperemos que cunda el ejemplo.

Las bitácoras en directo, sean en el marco de un periódico digital o fuera de él, no podrán sustituir a la información tradicional, pero sin duda son un perfecto e interesante complemento. Tanto los medios como quienes son objeto de la atención de estos tendrán que aceptar esta realidad.

Michael Moore, sic(k)ofante

Busca la empatía facilona del espectador presentando abundantes anécdotas calamitosas (cánceres, accidentes, amputaciones de miembros) de clientes que se sienten maltratados o estafados por las aseguradoras privadas. Pero no muestra a ninguno de los cientos de millones de clientes satisfechos, y tampoco ofrece datos estadísticos significativos respecto a los precios y la calidad de los servicios. Le parece mal que los individuos tengan que preocuparse por contratar seguros médicos: mejor que Papá Estado se encargue de todo y solucione mágicamente los problemas, sin importar el coste.

Presenta a personas sin seguro médico que afirman tener miedo de que les suceda algo malo, pero no les recomienda que contraten uno, ni se ofrece a ayudarles a pagarlo si es que no pueden. Un matrimonio mayor tiene que enfrentarse a grandes pagos no cubiertos por su seguro (suelen tener límites respecto a los tratamientos, los medicamentos o los costes), por lo cual quedan arruinados y tienen que mudarse a vivir con su hija: declaran llorosos que creían que en su país no se permitiría algo así. Tal vez deberían haber pagado antes más dinero por un seguro con mejor cobertura; ahora que descubren que han tenido mala suerte, protestan porque el sistema no les ayuda de forma automática: es fácil culpar a los demás en lugar de reconocer los propios errores.

Una viuda se queja, sin ofrecer prueba alguna, de que su marido no fue tratado a tiempo porque era negro. Una mujer lleva su hija a un hospital no aprobado por el seguro y la niña fallece por el retraso. No se entera de lo que ha contratado, pero exige a los demás que satisfagan sus necesidades según sus condiciones. Una paciente es expulsada de un hospital porque no puede pagar: parece espantoso, pero quien quiera practicar la caridad puede ayudar a los demás y asumir sus facturas, en lugar de pretender que lo hagan otros a la fuerza.

Las aseguradoras no son hermanitas de la caridad, sino empresas con accionistas que buscan ganar dinero proporcionando un servicio a consumidores potenciales en un mercado relativamente libre y competitivo. Por principios actuariales, rechazan a gente con ciertas enfermedades o probabilidades de ocasionar grandes costes. Una trabajadora encargada de tramitar solicitudes llora porque sabe que algunas serán rechazadas; un médico reconoce arrepentido que negó a un paciente una operación que le habría salvado la vida porque ahorró muchísimo dinero a la compañía (y él también ganó mucho dinero haciéndolo).

Los contratos de seguros médicos pueden ser bastante complejos, y las aseguradoras buscan posibilidades de exclusión de responsabilidad para no tener que compensar los gastos que reclaman algunos clientes. Puede parecer inhumano, pero los contratos tienen cláusulas para cumplirlas, para aclarar a qué se compromete cada parte, y ambas pueden disputar su interpretación. Si un cliente no queda satisfecho, puede reclamar ante los tribunales o exponer públicamente su caso, para que otras personas conozcan la reputación de la compañía. Pero los individuos a veces también hacen trampas e intentan estafar a las aseguradoras…

El sistema público de salud se presenta como de cobertura universal, pero se omite que la participación en el mismo es obligatoria, coactiva, no voluntaria: medicina socialista. Para evitar el afán de lucro de una aseguradora privada sería posible organizarse como una mutua cooperativa de seguros, pero esto ni se propone como solución ni se muestra ningún ejemplo: tal vez porque las cooperativas tienden a ser menos eficientes que las empresas privadas. Resulta curioso que los funcionarios españoles, en su inmensa mayoría, eligen libremente abandonar el sistema público a favor de opciones privadas.

Que las aseguradoras privadas tengan enormes beneficios no es una inmoralidad: es una señal y un incentivo para que otras empresas se introduzcan en el sector e incrementen la competencia. Quienes creen que un sistema universal público es maravilloso pueden demostrarlo no obligando a nadie a participar en él. Pero entonces nos contarán que es por los pobres, que no pueden pagárselo, que hay que redistribuir la riqueza por criterios de solidaridad y justicia social: obligar violentamente a la gente a que ayude a los demás les parece perfectamente aceptable.

La Organización Mundial de la Salud coloca muy mal al sistema sanitario de Estados Unidos: lo que la gente seguramente no sabe es que el baremo utilizado para puntuar sólo considera la calidad de los servicios médicos en un 25%, y el resto son indicadores que favorecen automáticamente a los sistemas estatistas colectivizados (equidad, gratuidad, universalización de la cobertura).
 
Moore critica de forma indiferenciada a compañías de seguros, farmacéuticas y políticos: las empresas hacen generosas contribuciones para las campañas electorales de los políticos, y los contratan como asesores o ejecutivos cuando abandonan la política. Pero el problema está en el poder coactivo de los políticos para regular a favor de algunas empresas, comprar sus productos (recetas gratuitas para los ancianos) y cargarlos al bolsillo de los contribuyentes. La solución es privatizar completamente el sistema de salud.

Una ciudadana estadounidense enferma de cáncer intenta engañar al sistema público canadiense haciéndose pasar por residente local (lo de la cobertura estatal universal parece que no es para todo el mundo, sólo para los locales). En Canadá, el sistema es tan liberticida que está prácticamente prohibida la medicina privada y hay largas listas de espera (bastantes canadienses viajan a Estados Unidos para recibir asistencia privada). En la Unión Europea ya hay países, como España, que reciben turismo sanitario.

Moore alaba los sistemas canadiense, británico y francés, y entrevista a personas (pacientes y médicos) que comparten sus mismos prejuicios socialistas. No ofrece crítica alguna, ni analiza sus graves problemas de financiación, listas de espera o falta de profesionales cualificados. En Francia hay servicio de urgencias a domicilio: conviene recordar que cualquier sistema puede tener cierta calidad si se gasta suficiente dinero, pero enseñar sólo lo obvio y lo bonito sin indicar los costes es trampa.

Europa parece maravillosa: a la gente le gusta todo lo que recibe aparentemente gratis o fuertemente subvencionado (educación, guarderías, asistentes sociales, vacaciones pagadas, permiso por boda, por mudanza). No ve las ineficiencias, el déficit presupuestario, la deuda estatal, el estancamiento económico, los desincentivos al trabajo. Vemos a un enfermo que recibe su sueldo aunque no trabaje: parece que no puede trabajar, pero sí disfrutar de unas vacaciones en la playa a costa de los demás. La familia media europea es más pobre que la americana, pero Moore intenta hace creer que el francés vive mejor.

Se hace el tonto sorprendido cuando descubre que los pacientes no pagan sus tratamientos (incluso les reembolsan el transporte), que no hay facturas: el sistema parece gratis si no se muestran los impuestos confiscados a los ciudadanos productivos. Igual que compran productos o reciben ideas de otros países (coches, vinos), los estadounidenses deberían adoptar sus sistemas de salud: es tan inepto que no ve la diferencia entre múltiples decisiones individuales en un mercado libre y decisiones políticas desacertadas impuestas a todos.

Moore elogia los servicios estatizados, como la policía, los bomberos, la enseñanza y el correo. Todos ellos, de peor calidad que los que puede proporcionar un mercado libre competitivo. La enseñanza pública en Estados Unidos es patética, y el monopolio de correos, una vergüenza ridículamente ineficiente. Es tan ignorante en asuntos económicos que sugiere que su modelo crearía empleos curando a la gente: no ve los que se destruirían en otros sectores. Afirma que en la guerra no había desempleo, pero no explora las consecuencias lógicas de tan atrevida afirmación.

Moore critica el mercado y alaba la democracia, donde los pobres votan. Para él, la solidaridad es comunismo puro: que te den lo que necesites y que pagues según lo que puedas. No le gustan las decisiones individuales libres, y olvida mencionar cómo las mayorías imponen por la fuerza sus criterios a las minorías en desacuerdo. Siempre habla de cómo el país debe cuidar a su gente, nunca de personas libres relacionándose (o no) voluntariamente: "Nadamos juntos o nos hundimos juntos".

En el colmo de su desfachatez, Moore intenta ayudar a cinco trabajadores de la Zona Cero presuntamente afectados por los gases tóxicos durante las tareas de desescombro y que no están cubiertos por seguro alguno. Primero los lleva a la prisión de Guantánamo (intenta acceder de forma ridícula en barco, sin seguir ningún procedimiento oficial), porque parece que los presuntos terroristas ahí presos reciben muy buen tratamiento médico (esto tiene que doler a toda la progresía que denuncia lo inhumana que es dicha cárcel). Como no le hacen caso, recurre a la aparentemente maravillosa sanidad de la dictadura castrista, que los trata maravillosamente y gratis.

Moore pretende que el espectador es tan tonto que va a creer que no hay ninguna propaganda política tras estos hechos, que a todos los cubanos les tratan igual de bien (por eso mueren al intentar escapar de la isla-cárcel), que no se trata de un montaje bendecido por las autoridades, que ellos simplemente pasaban por allí y no pidieron un trato especial. Se esperan avalanchas de turistas enfermos en Cuba, a ver si les reciben igual de bien (e igual de gratis, que enfermos extranjeros de pago ya hay muchos en la Isla). Aleida Guevara, hija del Che Guevara, aparece entrevistada como comentarista objetiva e imparcial.

Moore es tan generoso que manda un cheque anónimo a su principal crítico para que pueda pagar un tratamiento médico a su mujer y no tenga que cerrar el portal a través del cual lo critica; y ahora lo hace público. ¡Qué bueno es, y qué poco discreta su caridad!

Rolling Stone y la muerte de las discográficas

Pues bien, acaban de publicar una devastadora crítica de la actitud de la industria discográfica frente al reto que supusieron Napster y sus secuelas, una fiel descripción del lastimoso estado en que se encuentra como consecuencia de la decisión de enfrentarse a sus clientes y una enumeración de algunas de las posibles vías de transformación, que pasan todas por renunciar a su papel hegemónico en el negocio. Eso debe doler.

Lo sorprendente del caso no es tanto lo que se dice, que no se separa casi nada de lo que muchos les venimos contando desde hace años, sino la publicación que lo dice, que al fin y al cabo no deja de ser parte del establishment musical, y los testimonios que recoge de personas de dentro de la industria o sus aledaños. Un ejecutivo anónimo de la industria asegura que ésta "se está muriendo". El abogado de Metallica y otros músicos afirma que "las discográficas disponen de maravillosos activos, pero no pueden ganar dinero con ellos". Hillary Rosen, que fuera la cabecilla de la RIAA (la SGAE norteamericana) reconoce que entre los años 2001 y 2003 las discográficas perdieron su clientela demandando a Napster en lugar de llegar a un acuerdo con el servicio en el momento en que era la única red P2P y fracasando a la hora de proponer una alternativa de pago. Cuando ésta llegó, gracias a Apple, era demasiado cara y, sobre todo, demasiado tarde. Y encima, poco después comenzaron las demandas de la RIAA contra quienes se descargaban música de Internet. Ese fue el punto de no retorno, pues eliminó de las mentes de muchos la mucha o poca vergüenza que les pudiera provocar descargar canciones en lugar de comprarlas.

Sin duda, Shawn Fanninge, el creador de Napster, puede poner en su currículum el mérito de haber convertido en obsoleto un modelo de negocio que proporcionaba miles de millones de dólares a entonces cinco (ahora cuatro) grandes empresas y que nunca se basó en el arte, sino en la distribución de piezas de plástico. Pero son los ejecutivos que gestionaban esas compañías los que pueden ponerse la medalla de la destrucción de sus empresas. Ahora están empezando a cambiar su comportamiento, aunque puede que sea tarde. Han llegado a acuerdos con YouTube para permitir que los vídeos musicales estén disponibles gratuitamente, EMI ha empezado a vender música sin protección y, sobre todo, están empezando a firmar contratos con los artistas en los que la discográfica se lleva parte del dinero de las giras, conciertos, merchandising, etcétera.

Seguramente el camino que sigan las compañías sea precisamente su conversión en empresas de servicios a los músicos, nuevos y viejos, que gestionen las grabaciones, las vendan por Internet o en soporte físico, las promocionen, negocien conciertos, etcétera; algo así como capitalistas de riesgo de la música, tal y como opina Rob Glaser, de la tienda online Rhapsody. Las canciones se seguirán vendiendo, pero no a un dólar o un euro, como ahora sucede en iTunes, sino por unos pocos céntimos. Es posible que se proponga a los proveedores de acceso a Internet un acuerdo de modo que éstos puedan ofrecer a sus clientes conexiones algo más caras pero con permiso para descargarse lo que se desee; no sería un canon porque lo pagaría quien realmente lo usara. Pero lo único que está claro es que el negocio de las discográficas, tal y como se entiende desde los años 60, no seguirá siendo la próxima década como hasta ahora.

531 euros por canción

Entre ellos destaca el legislativo sueco, autor de una ley que ha permitido condenar al pago de una multa de 2.124 euros a un pobre hombre por el gravísimo delito de descargarse cuatro canciones. Nada menos que 531 euros por tema. Es el sueño dorado de Teddy Bautista y Pedro Farré.

Afortunadamente para los españoles, la SGAE descarta por el momento presentar este tipo de demandas. Más que nada debido a que les resulta técnicamente imposible conseguir las pruebas de forma legal. Sin embargo, ya tenemos en España quien intenta que sí sea factible. Las discográficas, agrupadas en Promusicae, pretenden que Telefónica les revele la identidad y dirección de internautas que se han descargado música en redes de pares. La operadora, que ahora está del mismo bando que los internautas, se niega debido a que esos datos no son para una investigación criminal. Efectivamente, los derechos de autor nada tienen que ver con la seguridad nacional.

De todos modos no tiene nada de extraño la pretensión de Promusicae, sobre todo si tenemos en cuenta que ya en noviembre de 2005 un grupo europeo de discográficas que respondía a las siglas de CMBA propuso que la información almacenada por medio de la terrible retención de datos sirviera para combatir la "piratería" online. Pero a no ser que los tribunales europeos digan lo contrario, los españoles nos libramos por ahora de esta absurda pretensión. Lo mismo podrán decir los suecos tras la citada sentencia, pues en el país escandinavo los datos almacenados sólo pueden ser usados en casos de crímenes castigados con cárcel.

Eso sí, en el caso de que los tribunales situados en Bruselas dieran la razón a Promusicae, los usuarios españoles de redes de intercambio de archivos pueden ir preparándose. Muchos de ellos vivirán situaciones dantescas como las sufridas por numerosos estadounidenses por culpa de la RIAA o nuestro nórdico amigo al que nos referíamos más arriba. Muchos recordarán todavía cuando Javier Ribas, del despacho de abogados Landwell-PwC, se inventó la presentación de una demanda masiva contra usuarios de redes de pares en 2003. Entonces se trató de una vulgar mentira, tal vez con el objetivo de asustar. Pero si a un juez pagado con los impuestos de los europeos se le cruzan los cables, podría convertirse en realidad.

Con independencia de la deriva que tome el asunto, que las discográficas pretendan que los proveedores de Internet les entreguen una delicada información que los eurócratas les obligan a almacenar no es nada sorprendente. De hecho, aunque ahora no se salgan con la suya seguirán insistiendo. Y antes o después se les sumarán la SGAE y el resto de entidades de gestión de derechos de autor. Ya han dado muestras sobradas de su desprecio por los derechos más sagrados de los ciudadanos. Por eso mismo, no debemos bajar la guardia. Se trata de algo mucho más importante incluso que la absurda cifra de 531 euros por canción.

Al final tendremos que apoyar a Telefónica

Bueno, lo cierto es que en esta ocasión no ha sido la SGAE sino Promusicae, pero para el caso es lo mismo, para qué engañarnos. Al fin y al cabo, SGAE es Sociedad General de Autores y Editores, y los de Promusicae son los Editores, es decir, las discográficas. La única diferencia es que la foto para tirar dardos no sería la de Teddy Bautista sino la de Antonio Guisasola.

Así pues, los internautas rezamos para que Telefónica gane el pleito. Sí, la Telefónica contra la que montamos la antediluviana Plataforma Tarifa Plana, germen de la futura Asociación de Internautas, el operador dominante, el Mal, en suma. En realidad, una empresa que fue monopolio público y que al liberalizar no se dividió para evitar que se convirtiera en una empresa con precios controlados por la CMT y con la obligación de vender su servicio mayorista a terceros. Eso sí, ahora podemos tener el orgullo de que una empresa española tenga negocios por todo el mundo y sea una de las más grandes del sector. Es la teoría del "campeón nacional" que nos quisieron vender desde el Gobierno en el caso Endesa hasta que contrataron a la italiana Enel para hacer el trabajo sucio con E.On y se pusieran a silbar y mirar hacia otra parte cuando se les recordaba aquello.

En principio, lo lógico es que Bruselas se niegue a las pretensiones de Promusicae, en cuyo caso veremos como Guisasola abandona el juzgado indignado, como ya hiciera cuando el Gobierno rechazó incluir el artículo 17bis por la puerta de atrás. La Comisión Europea ya ha establecido que los operadores deben negarse a dar esa información salvo en procedimientos penales o en los casos en que esté en riesgo la defensa nacional. Y no, por mucho que se enfaden, dar de comer a Teddy no tiene nada que ver con la seguridad de España, ni "defensa nacional" significa subvención garantizada para los cantautores patrios. Sin embargo, siempre cabe el riesgo de que el Tribunal de Justicia de la UE opine algo distinto, lo cual abriría el camino al peor de los mundos: un canon digital entre los más caros de Europa y pleitos por doquier como en Estados Unidos.

Aunque en principio los internautas que se descargan ficheros no deberían temer la Ley, los jueces en nuestro país no son en general especialmente duchos en nuevos tecnologías. Es más, aquellos que tengan interés en reciclarse recibirán unos cursos muy completos organizados… por la SGAE. Hay razones para temerse lo peor. Sin embargo, eso no detendrá ni probablemente reducirá el volumen de descargas P2P.

El problema de Promusicae es el de las discográficas de todo el mundo. No hacen caso de las sabias palabras de George Gilder: "Cuando un ladrón te roba tu producto, tienes un problema policial. Cuando lo roban millones de consumidores honestos, lo que tienes es un problema de marketing". Lo demostró su propio presidente en un artículo en el que elogió el acuerdo entre Apple y EMI para ofrecer canciones sin DRM a un precio aún más alto que el ya carísimo que ofrece iTunes, calificándolo de "francamente módico". Guisasola, convenza a los suyos de que bajen los precios de una puñetera vez; cuánto más tarden, menos probabilidades tendrán de sobrevivir.