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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

El malogro social de las pensiones

La rebelión contra el totalitarismo ha tratado de controlarse tradicionalmente a través de diversos mecanismos, como la represión, la censura, la corrupción y, sobre todo, el engaño. El Estado, en sus diversas formas, ha pretendido inculcar a sus súbditos que sus restricciones a la libertad resultan legítimas y convenientes para preservar otros valores, como la igualdad, la seguridad, el bienestar; o incluso la propia libertad.

Basta con apelar a una extensión de alguna supuesta libertad para aumentar la injerencia del poder político y así limitar la auténtica libertad. Se trata de una táctica que los antiliberales han interiorizado desde hace tiempo; así, han equiparado libertad con democracia, libertad de enseñanza con educación pública, libertad económica con Estado del Bienestar y libertad religiosa con anticlericalismo. La última ocurrencia liberticida consiste en reclamar la libertad para todos los animales, que disfruten de ella en las mismas condiciones que los seres humanos.

La plataforma Igualdad Animal (IA) organizó la semana pasada una serie de manifestaciones y concentraciones en la capital de España. "Todos los animales, humanos y no humanos, somos iguales en lo que al respeto que merecemos se refiere (…) no es justo que el sufrimiento o la vida de alguien sea considerada más importante simplemente porque posea capacidades cognitivas mayores", dicen los de IA.

Así pues, la vida de un ratón, una serpiente o una gallina tiene el mismo valor y debe regirse por los mismos principios que la de un ser humano. Así pues, los carnívoros venimos perpetrado el mayor holocausto de la historia y somos culpables del imprescriptible delito de genocidio. Sólo una amnistía universal podría evitar que pasáramos el resto de nuestros días en la cárcel.

Frente a lo que afirman los miembros de IA, los animales no pueden convertirse hoy por hoy en sujetos de derecho; simplemente, porque no tienen la capacidad cognitiva e intelectiva para asumir derechos y obligaciones. De nada serviría permitir que se rigieran por un conjunto de normas éticas y jurídicas, pues no serían capaces de entenderlas y de actuar en consecuencia.

Sólo los seres humanos somos capaces de insertarnos en un sistema de convivencia y reflexionar sobre la conveniencia de las normas por que nos regimos. Podemos comprender tanto nuestras acciones como la estructura por la que se desarrollan (praxeología), somos capaces de reconocer esa misma estructura en las acciones ajenas (empatía) y podemos generalizar una serie de principios comunes (ética), lo que permite la emergencia de instituciones cooperativas como el lenguaje, el derecho o el dinero.

Esta capacidad de llegar a acuerdos sobre el respeto a la libertad ajena es precisamente lo que nos convierte en sujetos de derecho, a los que se les puede conferir derechos y obligaciones. Ningún otro animal ha desarrollado hasta el momento una facultad similar. Mientras esto no suceda, los seres humanos podrán seguir dominando y apropiándose de los animales. Lo contrario sería caer en un ridículo igualitarismo primitivista que pretende olvidar y marginar la característica distintiva del ser humano: su capacidad de utilizar conscientemente la razón para lograr sus fines respetando la libertad y la propiedad privada ajenas.

Este rasgo, no la capacidad de sentir, es lo que permite respetar y ser respetado; del mismo modo que su quebranto –la iniciación de la violencia– legitima la defensa y la represalia.

Podríamos exigir a los leones que respetaran la vida de las gacelas y dejaran de cazarlas, pero de nada serviría, ya que no son capaces de entender el contenido de tal precepto ético, por lo que no tienen conciencia de estar quebrantándolo.

La situación no es distinta en el caso de los animales herbívoros, ya que su falta de instinto asesino no procede de una comprensión y asunción del respeto a la vida ajena, sino de una determinada dotación fisiológica que les imposibilita o les hace innecesario matar a otros animales.

De hecho, los herbívoros pueden perfectamente quebrantar los derechos de propiedad de otros seres humanos (los estorninos o los cuervos pueden arruinar cosechas enteras), pero no podemos exigirles que cumplan con unas normas de convivencia que no pueden entender.

Resulta, por consiguiente, un completo despropósito afirmar: "La vida de cada animal debe ser respetada por igual, ya que no hay ninguna característica que poseamos los humanos que haga que nuestra vida merezca ser considerada como más importante que la de los demás animales". Es precisamente la capacidad de comprender que nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad no pueden prevalecer por la fuerza sobre la de otros seres humanos lo que nos distingue del resto del reino animal. Como digo, omitir esta característica central supone volver a una suerte de salvajismo donde el Derecho y los sujetos de derecho están completamente ausentes.

Las premisas deformadas de IA conducen a sus miembros a conclusiones tan pintorescas como que ni podemos comer animales, ni protegernos del frío con sus pieles, ni siquiera utilizarlos en investigaciones científica. Las ratas de laboratorio deberían desaparecer; en todo caso, habría que utilizar los peligrosos medicamentos preeliminares en seres humanos (que se prestaran a ello voluntariamente).

Los seres humanos deberíamos renunciar a nuestra alimentación, a nuestra vestimenta, a nuestra diversión y a nuestra salud por la arbitrariedad de un grupo de iluminados que pretende construir artificiales nuevos sujetos de derecho con seres absolutamente incapaces de comportarse como tales.

De hecho, aun olvidando todo lo anterior, los integrantes de IA demuestran un nulo conocimiento sobre el modo de vida y supervivencia de muchos de los animales cuyos derechos artificiales quieren imponer. Hemos de suponer que las jaulas de las granjas, los zoos y los circos deberían vaciarse por respeto a la libertad de los animales.

El problema es que los animales domesticados, acostumbrados a vivir de la manutención que les brinda su propietario, han olvidado por completo cómo sobrevivir a la intemperie (si es que no se trata de crías que han vivido siempre en cautividad). Su modo de sobrevivir ya no consiste en cazar otros animales, sino en esperar que un señor les entregue cada día la comida y la bebida.

Soltar a todos los animales provocaría tan sólo un caos monumental, que terminaría con la muerte de la mayoría en tan sólo unos días. Los animales carnívoros no sabrían cazar; otros, como los conejos, los pollos o los cerdos, no sabrían cómo orientarse, dónde buscar sustento silvestre (entre otras cosas, porque ni siquiera habría suficiente para todos), cómo esconderse de sus depredadores.

Los animales liberados morirían, y sus crías ni siquiera llegarían a nacer. Espectaculares resultados para los amigos de los animales. De hecho, las extinciones de especies se producen siempre entre animales sobre los que no recae derecho de propiedad alguno; tanto los elefantes como las ballenas han empezado a prosperar cuando se ha permitido que unos dueños los cuidaran y protegieran.

Una cosa es que los propietarios de los animales debamos mostrar cierta humanidad con seres que son capaces de experimentar dolor y otra muy distinta que debamos reconocer un estatus ético a seres incapaces de comprenderlo, renunciando a buena parte de nuestro modo de vida.

De nuevo, imponer libertades a los animales sólo constituiría una excusa para limitar la auténtica libertad de los seres humanos mediante la coacción estatal. Si los integrantes de la plataforma IA quieren luchar por expandir la libertad, tienen un largo camino por delante: que luchen contra la coacción estatal y a favor del libre mercado. ¡Será por falta de restricciones a la libertad individual donde elegir!

Aparten sus sucias manos de Internet

Esta aparente contradicción la salvan arguyendo, más o menos directamente, que para salvaguardar la libertad dentro de Internet hay que prohibir y regular cosas en las infraestructuras.

Este debate en concreto ha surgido por la propuesta de evitar por medio de una ley que, en Estados Unidos, las compañías telefónicas puedan discriminar entre los distintos tipos de datos que circulan por los cables de su propiedad para dar más prioridad a unos frente a otros. Esto ha servido para dar como principal argumento del debate la explotación demagógica de la retórica izquierdista de la "gran empresa vs. el pobre y pequeño individuo indefenso"™. Lo cierto es que la llamada neutralidad en la red no ha sido impuesta hasta ahora por ley, e Internet ha funcionado bastante bien y, sí, razonablemente neutra aunque tampoco del todo. Pero las empresas de telecomunicaciones estadounidenses han empezado a ver una oportunidad de negocio, básicamente, en el ofrecimiento de paquetes a los consumidores con o sin telefonía sobre Internet (VoIP) y quieren tener la oportunidad de dar prioridad al tráfico de Internet que provenga de ese servicio de pago sobre el resto. Además, consideran que hay empresas como Google o Yahoo ganando mucho dinero a base de usar una infraestructura de red que no han pagado, y que son ellas quienes les están subvencionando en parte sus beneficios.

Quizá quien mejor represente a ambos lados del debate sea el columnista de USA Today Andrew Kantor. En febrero tomó partido a favor de la neutralidad de la red poniendo como ejemplo un hipotético intento de acceso a su propio diario, encontrándose con un mensaje del tipo "USATODAY.com no ha suscrito ningún acuerdo de transporte de datos con AT&T para que sus contenidos puedan llegar a los clientes de AT&T. Disculpen las molestias". Sin embargo, en junio escribió de nuevo reconsiderando su postura; ninguna empresa duraría mucho en este negocio impidiendo el acceso a sitios web –porque eliminaría de hecho el atractivo de Internet–; por eso no lo han hecho hasta ahora. Es más, la prohibición de que las empresas de telecomunicaciones cobren por un acceso prioritario y más rápido no nos iguala por arriba en cuanto a calidad y velocidad, sino por abajo. Algo así como la LOGSE y su hija la LOE, pero aplicado a la red.

La postura a favor de la neutralidad se basa en una visión estática de la economía y la tecnología, que considera el estado actual de las redes de comunicaciones como algo inamovible, lo que ha llevado a economistas, activistas y pensadores de todo tipo como Roxanne Googin, Lawrence Lessig o Vinton Cerf, a plantearse incluso la opción de volver a nacionalizarlas, siquiera en parte. George Gilder denunció que dicha visión significa trasladar toda la innovación en los bordes de las redes, estatificando cualquier desarrollo de las redes mismas. Es decir, significa que las mejoras tecnológicas, el negocio y los beneficios se queden, vía ley, en el campo de juego de Google, eBay o Yahoo, y se impida a las compañías telefónicas innovar y lograr dinero por ello. Razón por la que las primeras están cabildeando a favor de la legislación de "neutralidad".

Esto no es una pelea entre grandes empresas e indefensos clientes, sino una lucha en la que unas grandes empresas desean pedir ayuda al tío de Zumosol, el Estado, para evitar que otras grandes empresas les cobren por utilizar sus servicios. A nuestra costa, naturalmente; lo que se pide es que sean sólo los consumidores quienes carguen vía factura telefónica con los costes de las redes de comunicaciones. Y si las empresas no logran rentabilizar las inversiones en redes más rápidas, simplemente no invertirán. También olvidan los defensores de las leyes favorables a la neutralidad es que siempre, en todo ámbito conocido, en cuanto se permite al Estado meter mano en un ámbito, se expande hasta ocuparlo y regularlo por completo. Curiosa manera, pues, de "salvar Internet".

Google reconoce su fracaso en el vídeo

El gigante de las búsquedas se había especializado hasta ahora en compras pequeñas, generalmente de empresas que ofrecían un producto interesante y prometedor que se complementaba bien con la gama de servicios de Google y al que hacían crecer dentro de la compañía. Así, a lo largo de los últimos años adquirió Blogger, Picasa, Writely, Deja News (ahora Google Groups), Applied Semantics (cuya tecnología aplicó a sus servicios publicitarios), Kaltix (Google Personalized Search), Keyhole  y Zipdash (Google Maps) o Urchin (Google Analytics).

Pero ya existía Google Video. De hecho, este servicio nació antes que YouTube. Según anuncian, tanto uno como otro se mantendrán activos, algo natural ya que la marca YouTube se ha convertido en una de las más atractivas y conocidas en Internet. En mayo, servía un 43% del tráfico total de los sitios web especializados en vídeos, frente al 6,5% de Google, situado en el quinto lugar. La empresa, conocida y famosa por su capacidad de innovación, fue batida por unos novatos en el negocio. ¿Por qué?

La virtud de Google, y de todas las empresas que tienen éxito en la red, es que logran solucionar necesidades de los usuarios y consiguen ganar dinero por ello. Pero hay que fijarse en el orden de prioridades: primero los internautas y luego la pasta. YouTube compartía esa filosofía. Sus creadores, Chad Hurley y Steve Chen, crearon la compañía después de una fiesta en la que varias personas llevaron sus cámaras de vídeo pero no encontraron un modo sencillo de compartir sus grabaciones con los demás asistentes. Así, tal y como ha reconocido Eric Schmidt, se convirtió en un "claro ganador en la red y en el lado social del vídeo". Google Video, en cambio, pareció nacer más bien como una plataforma en la que ganar dinero subiendo vídeos y poniéndoles un precio, del que Google se llevaba parte, que para eso los aloja. De ahí su quinta posición, un lugar harto vergonzoso para una empresa tan puntera en un mercado que se presume goloso en el futuro.

El vídeo en Internet está creciendo. Acabo de ver que uno de los primeros vídeos que subí, naturalmente a YouTube, sin ninguna publicidad aparte de una anotación en mi blog, ha sido visto casi 100.000 veces. La mayor parte de las grabaciones en este exitoso sitio web están perfectamente descritas para poder ser accesibles en las búsquedas, de modo que cualquiera que quisiera hacer publicidad contextual podría hacerlo con facilidad. Google es un gran experto en ese campo y seguramente sea ahí donde veremos grandes novedades en YouTube. Hay que reconocer a sus gestores que, al menos, han tenido la cintura de darse cuenta de su error y corregirlo lo mejor que han podido, es decir, recurriendo a la chequera. Pero resulta preocupante que el gigante californiano se haya visto superado precisamente por no haberse centrado en el usuario, algo que lo había caracterizado siempre. Puede que éste sea el primer síntoma realmente grave de debilidad de Google. Seguro que veremos muchos más en el futuro.

La eñe

Claro que acudirá su padre, también llamado William Gates, así que no sería de extrañar que no se diera cuenta de la diferencia y lo pidiera igualmente. Lo que sí es raro es que no lo haya reclamado a la UNESCO, quizá porque aún no tiene la potestad de legislar "para todos los planetas", tal y como reclamaba la ínclita tiempo ha. En fin, una frase más para el repertorio.

El sistema de nombres y dominios en Internet fue creado, como buena parte del resto de sistemas necesarios para que funcione la red, en Estados Unidos. Así que incluyeron el juego de caracteres básicos de los ordenadores, que no incluye la eñe, los caracteres acentuados o la cedilla, porque para ellos era más que suficiente. Para intentar solventar este problema, se propusieron varios sistemas, siendo ganador el llamado IDNA, que no exige cambios al descentralizado sistema de nombres en Internet, sino que propone un esquema para traducir un nombre con caracteres raros, es decir, no anglosajones, a otro sin esos caracteres. Así, por ejemplo, ñandú.cl se convertiría en xn--and-6ma2c.cl.

Los problemas de esta solución son básicamente dos. El primero, que cada entidad responsable de registro de dominios debe adoptarlo. Japón fue la primera en aceptar el registro de dominios con caracteres raros; España aún no lo ha hecho. El segundo, y quizá más importante, es que son las aplicaciones y no los servidores de nombre los responsables de hacer esa traducción. Eso significa que Safari, Firefox y Opera lo pueden hacer, pero no Internet Explorer, que incorporará esa capacidad en su versión 7.0. Tampoco hay muchos programas de correo que lo hagan. En definitiva, no se puede garantizar que todas las aplicaciones de Internet vayan a ser capaces de lidiar con los nombres con eñe, de modo que es difícil que se popularicen. Eso sí, la señora ministra podría dejar en paz a Bill Gates, cuya responsabilidad en esto es más bien escasa, y hablar con el señor Clos para pedirle que al menos los dominios .es puedan emplear esa letra.

Lo cierto es que CCCP ejemplifica el punto al que hemos llegado con los gobiernos hipertrofiados que padecemos. Los gobernantes han de aparecer como sabios bajados de la montaña que de todo saben, porque de todo han de legislar y regular. La ministra es evidente que no sabe nada sobre informática e Internet, pero ha sido la lacaya de la SGAE más entusiasta a la hora de hacer una ley de propiedad intelectual que afecta, y mucho, a Internet. La sociedad no puede funcionar correctamente cuando tiene por encima a personajes cuya obligación parece ser corregirnos y hacernos volver al redil, pese a que su conocimiento sobre cualquier asunto es siempre y necesariamente mucho más escaso que el que posee la misma sociedad de forma dispersa entre todos sus miembros. El único conocimiento en que pueden superarnos es en el necesario para conseguir votos. Pero ese no es útil ni justifica su existencia.

CCCP es la demostración viva de que los gobiernos deberían apartar sus sucias manos de Internet. Y de todo lo demás, si puede ser, también.

Microsoft y Apple le ganan la partida a Ubuntu

¿Lo ha conseguido? Bueno, técnicamente podría decirse que sí, pero en el mundo real me temo que no.

Desde finales de 2003 ha habido grandes contribuciones a la consecución de un Linux más apto para el usuario final. La mayor de ellas ha sido, sin duda alguna, Ubuntu. Etiquetado como el "Linux para los seres humanos", es un proyecto liderado por Mark Shuttleworth, un joven empresario sudafricano que fue famoso por ser uno de los primeros turistas espaciales. Es una versión de Linux pensada para acceder al mercado que siempre se le ha resistido: las personas normales que quieren su ordenador sólo para hacer cosas de la forma más sencilla y agradable posible y no para trastear con él. La última versión de Ubuntu es el primer Linux que he instalado en mi ordenador al que no he tenido que decirle nada. Él sólo ha configurado todos los controladores necesarios y se ha conectado a la red. Además, se puede juguetear con él sin necesidad de instalarlo por medio de un LiveCD, es decir, un sistema operativo que se arranca directamente desde el CD sin necesidad de tocar nada de nuestro disco duro. Y aunque dispone de menos aplicaciones que otros, es sencillo descargar más e instalarlas.

Sin embargo, Ubuntu es un sistema que tiene todos los requisitos que necesita un usuario medio, pero no ofrece nada que llame tanto la atención como para fomentar el cambio. Apple, en cambio, sí. Tanto su hardware como el excelente sistema operativo Mac OS X entran por los ojos, algo habitualmente desdeñado por los tecnófilos, y desde que corre bajo procesadores Intel y dispone de la salvaguarda de poder instalar Windows en ellos si algo va mal, está creciendo en cuota de mercado. Más de un columnista de esta casa escribe ahora en un MacBook.

Cuando al fin Microsoft lance Windows Vista, en Linux existirán alternativas que dispongan de buena parte de sus características. Sin embargo, el sistema Linux más popular por ser el más sencillo y práctico no dispondrá de algunas de las más importantes, especialmente el ya famoso –dentro del mundillo Linux, claro– XGL/Compiz, un escritorio que se aprovecha de las tarjetas gráficas modernas para ofrecer soluciones muy al estilo Mac. Ubuntu publicará su última versión antes del lanzamiento de Vista en octubre y no parece que vaya a integrar estas mejoras. Por supuesto, como casi todo en Linux, se puede acabar instalando tras consultar diversas guías y trastear un rato pero, claro, así no podrá competir con dos sistemas operativos que ya vienen embellecidos de serie.

Seguro que muchos linuxeros desdeñan esta carencia por no tratarse de algo realmente útil. Olvidan que para muchos el poder trabajar de forma más agradable todas las horas que debe pasarse al día delante de un ordenador es una de las características más importantes que le piden a éste. El propio Shuttleworth incluía esta novedad como una de las que debiera ir en la nueva versión de Ubuntu. Y aunque otros Linux como Fedora incorporarán este nuevo escritorio con efectos en 3D, ninguno de ellos tiene el atractivo que presenta Ubuntu no sólo para los neófitos en Linux sino incluso para quienes conociéndolo no quieren dolores de cabeza en el sistema que usan a diario. Una pena.

Stallman: lo mejor es enemigo de lo bueno

El objetivo es reducir el número de patentes idiotas que se dedican a apropiarse de innovaciones hechas por otros, aprovechándose tanto de la posibilidad de patentar ideas en Estados Unidos como de los perversos incentivos que tienen los examinadores, y que provocan que no dediquen mucho tiempo a examinar cada propuesta.

Richard Stallman, quién si no, ha arremetido contra esta iniciativa. Para el padre del software libre la única solución es la abolición de las patentes y cualquier proyecto que se quede a medio camino puede "aliviar la presión" necesaria para alcanzar este objetivo. El mayor peligro son "las patentes que no son absurdas, para las que no existe ‘arte previo’". Sin embargo, el OSDL reconoce que el objetivo a largo plazo es acabar con las patentes de software, pero que pretenden "trabajar en una solución práctica hoy que no espere a una abolición genérica de las patentes de software".

Esta polémica refleja las dos visiones existentes sobre el software libre, dos visiones que reflejan en cierta medida las que existen en general sobre la manera de ver al hombre y al mundo. Una estima que el hombre y el mundo son imperfectos por su propia naturaleza, y que por tanto las soluciones a los problemas sociales nunca son completas, siempre tienen defectos y lo que debe evaluarse es si las ventajas de adoptarlas superan a éstos. La otra considera que tanto el hombre como el mundo son perfectibles, y que esas soluciones parciales son en realidad obstáculos que nos distraen en el camino hacia esa perfección, que se alcanzará cuando la gente comprenda de verdad la necesidad de adoptar soluciones completas y la apoye con todas sus consecuencias.

Para ser justos con Stallman, él también hace uso de la primera clase de argumentos, al indicar que en las oficinas de patentes interpretan los ejemplos previos de la forma más débil posible y que en los juzgados tienden a no reexaminar los casos de arte previo que ya fueron evaluados en la petición de patente, por lo que el proyecto podría ser incluso contraproducente. Diane Peters, del OSDL, no está de acuerdo en eso, porque durante el examen aún no existe la patente y es más sencillo ofrecer pruebas para que se eche para atrás o se limite su ámbito, mientras que cuando el caso llega a los juzgados quienes deben probar que tienen razón son aquellos que plantean que la patente es inválida, porque se asume que es válida a priori. Y eso sin contar los costes que defenderse en uno de estos casos, inasumibles para desarrolladores individuales de software libre.

Ese es el tipo de argumentos que me gustaría ver más en Stallman, aunque sean equivocados. Sin embargo, sospecho que ni son su fuerte ni lo serán nunca. Las discusiones en torno a la nueva versión de la licencia GPL, a cargo de la fundación de Stallman y que emplea en su encarnación actual un gran número de desarrollos de software libre, Linux incluido, así lo parecen indicar. Empresas comprometidas con el mismo y hasta Linus Torvalds expresan sus reticencias porque mientras la versión anterior "nos permitía a todos simplemente trabajar juntos sin hacer de ello una religión", ésta no lo hace, por lo que no la adoptarán.

Es posible que muchos proyectos se dividan en dos (uno con la licencia actual y otro con la nueva, cuando la aprueben), dividiendo los esfuerzos de la comunidad del software libre. Sin embargo, esa nueva licencia corresponde a la visión de Stallman, que desea impidir que el software libre se emplee para determinados fines que considera equivocados. Pero no se corresponde con la visión de quienes piensan que las propuestas deberían aliviar más problemas de los que crean. Normal que el creador de Linux no se apunte al carro.

La moda no tiene dueño

El Congreso de Estados Unidos está considerando proteger mediante copyright los diseños de moda, desde los vestidos a los zapatos pasando por los cinturones y las monturas de las gafas. Los diseñadores arguyen que el plagio de sus diseños, antes incluso de que aparezcan en el mercado, amenaza su modelo de negocio, y reclaman un monopolio legal de tres años sobre estas invenciones.

Un argumento similar, no obstante, podrían esgrimir los filósofos o los economistas para reivindicar un copyright sobre sus ideas. ¿Por qué un diseñador tendría que poder patentar su diseño y un científico no puede patentar su nueva teoría de la evolución? ¿Cuál es la diferencia entre patentar un diseño de moda y patentar el teorema de Pitágoras, la teoría de la relatividad o el argumento de la última película de Shyamalan? Si el inventor del supermercado, de la rueda o de la escalera hubiera patentado esta idea, ¿hubiéramos dicho que sólo estaba protegiendo una idea de su propiedad o más bien le hubiéramos acusado de protegerse de la competencia? ¿Aspira el lobby de los diseñadores a defender su legítima propiedad o a lucrarse injustamente protegiéndose de la competencia? De hecho, la legislación de patentes y copyrights está tan alejada de su propósito oficial que hay compañías que simplemente se dedican a patentar "invenciones" y a cobrar royalties sin producir nada, o lo que es lo mismo, a lucrarse extorsionando a las empresas que sí producen en base a esas ideas.

Desde una perspectiva liberal se entiende que un individuo deviene propietario de un recurso cuando lo ocupa o le da uso en primer lugar (o cuando lo recibe voluntariamente de un tercero), teniendo entonces derecho a hacer con él lo que quiera en tanto no invada la propiedad ajena. De acuerdo con la lógica del copyright, sin embargo, basta con concebir un modo distinto de emplear un recurso para que un individuo cualquiera devenga propietario parcial del mismo, sin necesidad de haberlo ocupado o usado en primer lugar ni recibido de un tercero. Veámoslo con un ejemplo: imaginemos que Miguel ocupa una parcela yerma de tierra y la cultiva; deviene propietario de esa parcela. Sin embargo, un individuo en la otra punta del país, Pedro, que jamás ha puesto los pies en esa parcela, concibe el cultivo de regadío. La lógica implícita en el copyright sugiere que Pedro, en virtud de su invención, adquiere un derecho de propiedad parcial sobre la parcela de tierra de Miguel, esto es, un derecho a impedir que Miguel aplique esta técnica de cultivo en su parcela de tierra. Con respecto a la acción de utilizar un sistema de riego Miguel ya no es propietario de su parcela, pues no puede aplicar este sistema sin el permiso de Pedro. Pedro puede impedir a Miguel (y a todos los propietarios de parcelas de tierra) la aplicación de su idea a pesar de que Miguel ha sido el primer ocupante de la parcela y Pedro nunca ha puesto los pies en ella. ¿Acaso no está invadiendo Pedro la propiedad de Miguel, al impedirle que haga lo que quiera con la parcela que ocupó en primer lugar?

Imaginemos, aunque sea inverosímil, que Pedro llegase a concebir todos los usos posibles del hierro o del acero y patentara estas ideas. En semejante escenario nadie que tuviera estos metales podría darles ningún uso sin el permiso de Pedro, luego de facto Pedro se habría apropiado de todo el hierro o el acero del mundo sin siquiera tocarlo. ¿O deberíamos decir expropiado? Lo mismo, a pequeña escala, sucede con las patentes y los copyrights sobre un uso concreto de un recurso.

¿Por qué la propiedad intelectual entra en conflicto con la propiedad privada tradicional? Porque estos conceptos se refieren a bienes de distinta naturaleza: bienes no-escasos (ideas) y bienes escasos (recursos tangibles), y puesto que las ideas se plasman en recursos tangibles, la propiedad sobre las ideas implica un derecho de propiedad sobre los recursos en los que se plasman. Dicho de otro modo, el propietario de los recursos tangibles ya no es su primer ocupante, tal y como estipula el concepto tradicional de propiedad, sino el que concibe un modo distinto de utilizar ese recurso.

En el caso de la moda, ¿qué tiene de ilegítimo que, tras ver el diseño de un vestido en una pasarela, en un escaparate o por la calle, lo reproduzca luego con telas de mi propiedad? ¿Los derechos de quién infrinjo al plasmar en telas de mi propiedad esa información que ya está en mi cabeza? Zara o H&M hacen eso mismo cuando reproducen los diseños de otras marcas más caras. ¿Debe un diseñador convertirse en propietario parcial de todas las telas del mundo por el mero hecho de idear una forma distinta para una tela? Por otro lado, los inventos rara vez son cien por cien originales, sólo una pequeña fracción de una idea es original, el resto se toma prestado de ideas anteriores. El diseñador, por tanto, estaría patentando una idea como si hubiera surgido entera y nítidamente de su intelecto, cuando en su mayor parte bebe de diseños anteriores, así como del arte, la historia y aquello que le rodea.

El argumento de que el copyright incentivaría la creación no parece tener mucho fundamento. La industria de la moda es una de las más innovadoras, probablemente debido esta práctica de trabajar sobre la ideas de otros y reinventar diseños de forma constante. Un copyright de tres años quizás incentivara a los diseñadores antes de registrar sus diseños (para hacerse con el pastel), pero desincentivaría la creación durante esos tres años (pues tendrían el pastel garantizado). Lo cual sugiere que los diseñadores apelan al Estado, no para incentivar la innovación, sino para conseguir prebendas y lucrarse restringiendo la competencia.

La ley actúa, pero contra la SGAE

La juez no ha visto dolo y por eso no lo ha condenado, explicitando además que, según la antigua Ley de Propiedad Intelectual, el acusado estaba ejerciendo el derecho de copia privada reconocido por la ley. "Entender lo contrario implicaría la criminalización de comportamientos socialmente admitidos y además muy extendidos", argumenta. No creo que a la SGAE le haga mucha gracia leer esto.

El caso es que esto no es lo que se nos decía en verano de 2004, pocos meses después de llegar el PSOE al poder, en una campaña en que se decía que "ahora la ley actúa". La excusa era la modificación del Código Penal que entraba en vigor en octubre, por el que se establecía que "la difusión de contenidos ilegales en Internet es un delito castigado incluso con la cárcel", tal y como indicaba la campaña. Claro que ésta se había realizado con la ambigüedad suficiente como para que todo el mundo entendiera que eso de "contenidos ilegales" se refería a música y películas. Esta sentencia nos recuerda que no era así, al menos en aquel momento.

El problema es que la Ley de Propiedad Intelectual ha cambiado, con el apoyo de todos los grupos políticos, dejando el derecho de copia privada con una formulación tremendamente ambigua. Las conclusiones que cabe extraer de la misma son, según David Bravo, que se permite la copia privada siempre y cuando no se rompan las protecciones anticopia que incorpore el soporte original, porque en tal caso no se habría tenido "acceso legal a la obra". Pero eso, claro, sería la interpretación benigna. Un juez podría llegar a fallar que sólo se pueden realizar copias de originales, que sería otro modo de entender eso del acceso legal.

Lo curioso es que esta ley amplía el canon por copia privada a multitud de soportes que, hasta ese momento, se gravaban a algunos comerciantes minoristas por un acuerdo entre mayoristas y sociedades de derechos de autor. También permite a los productores proteger los originales con mecanismos anticopia. El Código Penal considera delictivas la creación, distribución y posesión de programas de ordenador que puedan servir para eliminar las protecciones a programas de ordenador u obras artísticas. Y la nueva ley, según la interpretación más benigna de un redactado sospechosamente ambiguo, impide ejercer la copia privada si se saltan esos mecanismos.

En definitiva, que la ley aprobada con los votos a favor del PP (que no se nos olvide) nos obliga a pagar un impuesto revolucionario a la SGAE y sus cuates a cambio de un derecho que en esa misma ley, en colaboración con el Código Penal, se prohíbe en la práctica. ¿A alguien le puede extrañar entonces que aparezca en España un "partido pirata"?

Crear virus ahora da pasta

¿Qué fue de aquellas epidemias de curiosos nombres como Sasser, Blaster, Melissa o ILoveYou? ¿Acaso los hijos de mala madre que los creaban han decidido reformarse e ingresar en un convento? Pues, desgraciadamente, me temo que no.

La razón de semejante participación es que los creadores de virus se han dado cuenta de que pueden ganar dinero a nuestra costa, y eso se consigue mejor silbando y mirando hacia otro lado que apareciendo en los papeles, que era su motivación anterior. Con esto no me refiero a esa vieja teoría conspiranoica de que los virus los crean las empresas de antivirus. Suficiente mala gente hay, creando centenares de malas hierbas todos los días, como para que lo necesiten, arriesgándose además a la ruina si cosa tal se supiera. No, las fuentes de financiación son otras, principalmente una que de por sí ya merece el odio eterno de la humanidad: el spam.

No es la única, claro, evidentemente también les da por el famoso phising, que son esos correos que muchas veces parecen traducidos del inglés con un programa automático, bastante malo por cierto, en el que te piden encarecidamente que escribas el usuario y contraseña del acceso por Internet a tu banco en una dirección muy rara. Pero comoquiera que con eso no se gana lo suficiente, también se están poniendo al servicio de los spammers de diferentes maneras. Todas ellas requieren introducirse en nuestros ordenadores, lo más silenciosamente posible, y en cuantos más se puedan meter, mejor.

Además de las cuentas bancarias, existen otros datos que pueden ser de utilidad a terceros, como tus hábitos de navegación o tus direcciones de correo, para las que un gusano que se quede silenciosamente instalado enviando informes es más útil que uno que revele su identidad y se contagie demasiado rápido. Existe también un tipo de códigos maliciosos llamados ransomware, que encriptan los ficheros del ordenador al que atacan y les piden dinero a cambio de la clave para recuperarlos. Por otro lado, cada vez está más extendida la "costumbre" de secuestrar equipos para enviar correos masivos. Los virus adoptan la forma de caballos de Troya, que se introducen en el ordenador y otorgan a su creador el mismo control que el propietario de la computadora; las máquinas así controladas se denominan "zombies".

Así pues, quien sabe si su propio ordenador está secuestrado sin que usted lo sepa. Las medidas de seguridad que debemos tomar son las de siempre: tener un antivirus actualizado, un cortafuegos o firewall activado, tener tanto el Windows como los demás programas a la última y no dedicarse a abrir adjuntos a los correos sin ton ni son. El que haya dejado de haber grandes epidemias en los titulares no significa que estemos fuera de peligro.

La blogosfera o de cómo mentir ya no sale tan barato

La irrupción de las bitácoras en el panorama informativo, primero tímidamente y a partir de 2004 con fuerza imparable, ha puesto a los medios de comunicación tradicionales en un aprieto que no se esperaban. Ahora, cualquiera con medios muy modestos, puede poner en línea y mantener actualizada informaciones cuya audiencia potencial es de cientos de millones de personas. Nunca antes en la historia se había dado un fenómeno semejante.

Tal descentralización ha posibilitado, por ejemplo, que ciertos bloggers tengan más peso en cierta opinión pública que muchos columnistas consagrados o que, y esto es bastante usual, si uno quiere mantenerse informado de un acontecimiento concreto, busque los blogs relacionados y les dé preferencia sobre los periódicos o, no digamos ya, las televisiones. Los periodistas, que a fin de cuentas presumimos de ser las personas mejor informadas del planeta, lo hacemos; aunque algunos practiquen el vicio en la intimidad, sin que trascienda demasiado a la redacción y mientras ningunean la labor de estos voluntarios en pijama que no tienen horario y sólo se deben a ellos mismos.

Durante la campaña electoral norteamericana de 2004 Dan Rather difundió unos informes que demostraron ser falsos. Lo demostró un blogger y Rather, uno de los periodistas más célebres y respetados de América, hubo de presentar su dimisión. Aquel fue el bautismo del que han dado en llamar periodismo disperso. Desde entonces las bitácoras se han convertido en una fuente inagotable de información en la que cabe de todo y en la que cabemos todos. Una suerte de altavoz planetario, el mundo escuchándose a sí mismo. La información va de un punto a otro de la red, se cruzan los enlaces, las fotografías, los vídeos y, naturalmente, las ideas, que es el caramelo más sabroso en todo este asunto.

Algo que, por ejemplo, nace en Nueva Zelanda, se transforma mil veces hasta salir a la superficie en el otro extremo del globo. En el camino se enriquece y se modela en un orden espontáneo y frenético. Una versión posmoderna del "entre todos lo sabemos todo" que le dijo a mi padre en cierta ocasión un pastor de la provincia de Burgos.

Esto, que tan buenos servicios está prestando a la libertad de expresión y a su prima hermana, la de opinión, tiene su lado negativo para los que se esconden tras el velamen de los medios tradicionales, centralizados, jerarquizados y, sobre todo, limitados en número. Un corresponsal que escribe las crónicas de guerra encerrado en la habitación del hotel tiene ahora competencia en la calle. Un reportero de televisión, amigo de grabar sólo lo que a él le interesa, ha de saber que hay otras cámaras, indiscretas y, posiblemente, con intereses opuestos a los suyos. Un fotógrafo deshonesto, aficionado al Photoshop y propenso a prepararse las fotos, no debe olvidar que, ahí fuera, hay millones de ojos que escudriñarán hasta el último píxel de su trabajo.

Desde el escándalo de Rather, que pasará a la historia no por dedicarse tres décadas a presentar un programa de televisión sino por mentir como un bellaco, muchos han sido víctimas de una blogosfera inclemente, que no tiene vacaciones y que, por lo general, está enamorada de la verdad. El último incauto en caer ha sido un fotógrafo de Reuters en el Líbano que se ha labrado la ruina de por vida. Retocó una foto para que un bombardeo pareciese más bombardeo todavía. Un blogger curioso sospechó al ver que el humo era demasiado igual y voilà, descubrió la estafa.

La historia del infortunado y caradura fotógrafo libanés promete repetirse. Las normas han sufrido un ligero pero decisivo cambio: ahora todos tenemos quien nos escuche. La mentira periodística seguirá existiendo porque, como bien decía Revel, es un arma demasiado poderosa. Eso sí, desde ahora no saldrá tan barata o, al menos, no quedará impune.