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Etiqueta: José Ortega y Gasset

Sin salto generacional

Decía Ortega que el de “generación” es un concepto fundamental para el estudio de la historia. Las personas, en cada periodo, están influidas por las creencias de cada tiempo, por los símbolos y elementos culturales compartidos que determinan la forma de posicionarse y entender el mundo  por parte de los coetáneos -distintos de los contemporáneos, que comparten, sólo, tiempo y atmósfera-. Cada “actualidad histórica” está conformada por tres dimensiones vitales, la de quienes viven el hoy desde sus veinte años, desde sus cuarenta y desde sus sesenta, y “eso, que siendo tres modos de vida tan distintos tengan que ser el mismo “hoy”, declara sobradamente el dinámico dramatismo, el conflicto y colisión que constituye el fondo de la materia histórica, de toda convivencia actual”.

Pero también dice Ortega que “el descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer”. Y es que tomar conciencia -aunque sea sólo en parte- del conjunto de condicionantes externos que inevitablemente nos influyen, y que asimilan nuestro comportamiento al del resto de coetáneos, es un muy duro golpe para aquel a quien le han hecho creerse libre y original. Permanecer en la ignorancia evita el sufrimiento, tomar conciencia de esa realidad, desde la alta atalaya en la creíamos estar instalados, supone un costalazo brutal altamente deprimente y desmotivador.

En el pasado cada individuo todavía veía el mundo desde la porción de terreno en que le había tocado nacer, con una latitud y una longitud concretas, unas “circunstancias” ambientales, en definitiva, distintas de las del resto. Hoy en día, sin embargo, hasta con eso se está acabando. Los adelantos técnicos nos permiten vivir casi del todo ajenos a la realidad natural que nos circunda, y comer y desarrollarnos en urnas de cristal y acero iguales a lo largo del planeta, desde el ártico hasta las arenas del desierto.

La formación reglada, altamente estandarizada, protocolizada y formalista lima cualquier tipo de influencia del docente, que tiende a ser un bien fungible, sin apenas trascendencia. Hasta en el cuidado de la salud se utilizan protocolos implementados desde divinas instancias supranacionales, que ignoran cualquier tipo de condicionante espaciotemporal, sin dejar espacio para una disidencia proscrita y silenciada.

El ocio y el entretenimiento tienden a ser, cada vez más, los mismos, desde Oceanía hasta África, pasando por la Antártida o Europa. E igual pasa con la información, y las modas, y tantas y tantas otras cosas. Hasta las diferencias generacionales entre contemporáneos parecen quererse disipar, y el bombo y los platillos con los que se jalea, machaconamente, a las Gretas inclusivas, imbuyen del mismo pensamiento único, de los mismos valores, tanto a la señora de 65 -de cualquier parte del mundo- a quien los cada vez más extendidos avances médicos y estéticos hacen sentirse terriblemente joven, como al crío de 16, inoculado con ínfulas de adulto, desde el poder que cree que le dan el teclado y la pantalla de su móvil.

Decía también Ortega que todo cambio del mundo, del horizonte, trae consigo un cambio en la estructura del drama vital; y que aunque el cuerpo y el alma del hombre no cambien, cambia su vida porque ha cambiado el mundo en el que vive. El problema es si conseguimos aislarnos para vivir al margen de ese mundo, como si no cambiase. A eso es a lo que vamos, sin saber en qué quedará entonces la palabra libertad.

Y o no nos enteramos, o lo que vemos nos parece tan inevitable que para qué…

El despertador del hombre masa

Decía Ortega, en su “La rebelión de las masas”, que el hombre de vida vulgar, el hombre-masa de su época -muy similar al actual- es un ser que no se siente con ninguna obligación (a las masas “no les preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo son insolidarias de las causas de ese bienestar”), que se recluye en sí mismo, condenado a permanecer encerrado en sí mismo si una fuerza exterior no le obliga a salir. Pero la vida, gracias a Dios, está llena de elementos y circunstancias que nos impiden permanecer en esa perpetua inmanencia.

Es cierto, como definía Ortega, que el hombre de nuestro tiempo es un ser que no se valora a sí mismo por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo”, sin angustiarse por creerse -y quererse- idéntico a los demás; con fabulosas capacidades para realizar, pero que no sabe realizarlas, ya que carece de proyecto vital y del sentido de la responsabilidad y de la utilidad del esfuerzo: “se le han dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes deberes históricos; se le han inoculado atropelladamente el orgullo y el poder de los medios modernos, pero no el espíritu”. “Ahora todo el mundo es sólo la masa”, y a pesar de disfrutar de más medios, más saber y más técnica que nunca, resultamos seres desdichados que sólo saben caminar a la deriva, se lamentaba.

En el fondo es una cuestión de orgullo, de habernos creído infalibles, omnipotentes, indestructibles. Como decía Ortega, “no vemos en las ventajas de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo con grandes esfuerzos y cautelas se puede sostener”: consideramos esos logros como derechos casi innatos e inalienables, derivados de nuestra personal y humana majestad. Detestamos todo aquello que amenace el palacio de cristal desde el que creemos regir nuestros destinos como dioses. El esfuerzo y el sudor nos repugnan como una plaga bíblica, ya que nos recuerdan que nuestros pies son de barro; y de tanto evitar el sufrimiento que nos recuerda nuestra pobre condición, no sabemos soportarlo. Somos una masa (porque, como decía Ortega, “ahora todo el mundo es sólo la masa”, o, al menos, casi todo), más fuerte que la de ninguna época, pero, a diferencia de la tradicional, ahora está hermetizada en sí misma y es incapaz de atender a nada ni a nadie, creyendo que se basta; una masa, en suma, “indócil”, no dispuesto a escuchar, ni a someterse a instancias superiores. Es el de hoy un hombre que está habituado a “no apelar de sí mismo a ninguna instancia fuera de él”. O eso nos creemos.

Es verdad que no queremos someternos a instancias superiores, sino a lo propio que hace, siente y piensa “todo el mundo”, sin ambición, sin fuerza, vigor, tesón o empeño. La vida regalada nos ha enseñado a vivir, en el mejor de los casos, a ráfagas; nuestra vida se ha convertido en una sucesión de destellos distanciados, fuegos de artificio carentes de energía y constancia, basados en una cosmovisión incoherente -construida a base de retales mal ligados- fácilmente manipulable.

Para Ortega, el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Pero domina el hombre masa y en la sociedad actual mandar es ejercer la autoridad, una autoridad supuestamente fundada en la opinión pública, opinión de una masa desnortada, voluble y maleable.

Pero, como decíamos al principio, la vida, gracias a Dios, está llena de fuerzas exteriores que nos obligan a salir de la tibieza indolente en la que queremos refugiarnos. Es verdad que carecemos, hoy por hoy, tanto de los medios (criterio, decisión, fuerza, perseverancia y capacidad de sufrimiento), como de los fines trascendentes -deber histórico, lo llamaba Ortega- que puedan regir de verdad nuestras vidas con sentido. Pero los golpes del “destino” nos obligarán a tomar conciencia de que somos casas construidas sin cimientos en la arena… y, antes o después, tendremos que ponernos manos a la obra; a lo que parece, más pronto que tarde, pues parece que estamos cerca ya de tocar fondo.

Algunos no cejarán en el empeño, aunque les cueste la vida; otros bajarán los brazos más o menos pronto; y otros, lamentablemente, se empeñarán en persistir en el error de querer ser como dioses.