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Etiqueta: Joseph Schumpeter

La obra maestra inacabada de Schumpeter

Por Samuel Gregg. El artículo La obra maestra inacabada de Schumpeter fue publicado originalmente en Lay & Liberty.

Si ha habido alguna vez un economista que merezca el manido calificativo de «brillante», ése es Joseph A. Schumpeter (1883-1950). Autor de clásicos como La teoría del desarrollo económico (1911) y Capitalismo, socialismo y democracia (1942) y popularizador de la expresión «destrucción creativa», Schumpeter ocupa un lugar asegurado entre los grandes de la economía. Pero incluso más allá de estos logros considerables, los escritos de Schumpeter también contienen mensajes importantes que informan y desafían simultáneamente a los economistas y estudiantes de economía política de nuestro tiempo.

Este legado debe mucho al hecho de que los intereses intelectuales de Schumpeter siempre se extendieron más allá de la economía. Educado en el Theresianum, una de las escuelas más prestigiosas de la Austria imperial, y luego en la Universidad de Viena, donde se doctoró en Derecho con especialización en Economía, Schumpeter era tan versado en temas como las lenguas clásicas, la literatura francesa y el derecho canónico como en teoría evolutiva, matemáticas, sociología y filosofía de la ciencia.

Más que un economista

Esta amplitud de conocimientos ayuda a explicar por qué Schumpeter se resiste a ser clasificado fácilmente como economista. Aunque había estudiado con Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser, Schumpeter rechazó la etiqueta de «economista austriaco». De hecho, algunas de sus ideas estaban influidas por la gran rival de la escuela austriaca, la Escuela Histórica de Economía. Más adelante, Schumpeter se interesó por las ideas corporativistas y criticó la influencia del utilitarismo en la economía británica. Como profesor de Harvard en la década de 1930, Schumpeter instó a sus alumnos a leer los libros de John Maynard Keynes, a pesar de sus profundas reservas sobre los compromisos ideológicos y los fundamentos teóricos de Keynes.

Tanto la complejidad como la erudición de Schumpeter están a flor de piel en su magistral libro de 1954 Historia del análisis económico (HEA). Publicado hace setenta años, cuatro después de la muerte de Schumpeter en 1950, y editado por su esposa, la economista Elizabeth Boody Schumpeter (que murió un año antes de su publicación), HEA fue el fruto de una década de trabajo sostenido por parte de Schumpeter. En la actualidad, sigue teniendo un gran peso en el estudio de la historia de las ideas económicas.

Una empresa ambiciosa

La primera parte de HEA, que consta de cinco partes y 31 capítulos que suman más de 1.200 páginas, analiza la naturaleza del análisis económico y su relación con la estadística, la historia, la sociología, la lógica, la psicología y la filosofía. En las partes siguientes, Schumpeter explica y critica el desarrollo del análisis económico. Empezando por Platón, Aristóteles y los juristas romanos, el libro concluye con una evaluación del impacto de la teoría keynesiana.

Entre Platón y Keynes, el barrido histórico de Schumpeter abarca una galaxia de personajes. Desde panfletistas económicos del siglo XVI hasta mercantilistas, fisiócratas, marxistas y marshallianos. La atención que Schumpeter presta a los individuos va acompañada de una detallada cobertura y crítica del tratamiento teórico de temas como el dinero, el crédito, la utilidad, el equilibrio, el capital y el beneficio a lo largo de más de dos milenios. Todo ello acompañado de una cuidadosa atención a la forma en que los acontecimientos políticos y económicos, como la aparición de la «civilización burguesa», y los cambios en campos como la filosofía y la física han configurado el análisis económico a lo largo de los siglos.

La crítica de Jacob Viner

Se mire por donde se mire, la HEA fue una empresa ingente. El economista de Chicago Jacob Viner acertó al describir el texto en una influyente reseña como un «libro demasiado ambicioso». Esto suele ser habitual en cualquier intento de abarcar toda la historia de un tema. Viner llegó a afirmar, de forma menos plausible, que HEA reflejaba «una vena de pretenciosidad y de arrogancia intelectual hacia el común de los economistas».

Digo «menos verosímil» porque todavía no he encontrado en HEA una afirmación que delate un auténtico engreimiento. Schumpeter era sin duda un hombre orgulloso. Sin embargo, incluso cuando discute las ideas de personas con las que está fundamentalmente en desacuerdo, Schumpeter nunca se muestra despectivo. Sin embargo, es fácil confundir las demostraciones públicas de amplitud y profundidad de conocimientos en múltiples campos con mero egoísmo.

En cierto sentido, Viner admite la distinción porque, en la siguiente frase de su reseña, reconoce que «Schumpeter poseía conocimientos y habilidades que superaban manifiestamente en alcance a los de cualquier otro economista de su época o de la nuestra». Y añade: «En este libro aplicó estas dotes a la ilustración de sus lectores con una brillantez y un virtuosismo que entusiasman y deslumbran incluso cuando no logran persuadir del todo». Sospecho que la mayoría de los economistas estarían de acuerdo en que su profesión siempre necesita más pensadores de este calibre.

Recuperaciones y polémicas

Al principio de HEA, Schumpeter afirma que una de las razones para escribir su enorme tomo fue identificar dónde experimentó crecimiento el análisis económico, pero también dónde se «perdieron en el camino o quedaron en suspenso durante siglos auténticos avances». Una de sus proposiciones centrales es que ha habido muchas ocasiones en las que esto ocurrió en el desarrollo de la economía, incluyendo «casos que son poco menos que espantosos».

Un ejemplo de tal olvido, argumenta Schumpeter, son los conocimientos económicos realizados por los que él llama «Doctores Escolásticos y los Filósofos del Derecho Natural». Las contribuciones de pensadores como Tomás de Aquino, Luis de Molina y Hugo Grocio, sostiene, han sido minimizadas por demasiados analistas del pensamiento económico, aduciendo que su «aceptación de la autoridad eclesiástica» inhibía indebidamente su exploración de temas con importantes dimensiones económicas, como la usura. Pero, según Schumpeter, esto ignora la insistencia de estos eruditos en que había límites a las pretensiones de tal autoridad sobre sus investigaciones. Aquí señala la afirmación de Aquino de que en la esfera de lo que llamaríamos «economía», los argumentos que se basaban en gran medida en la autoridad eran «extremadamente débiles».

Los escolásticos

Schumpeter procede a examinar los textos escolásticos desde el siglo IX hasta principios del siglo XVIII. Al estudiar cuestiones normativas y jurídicas en torno a temas como el interés, la propiedad y el dinero, los escritores escolásticos descubrieron importantes verdades económicas sobre temas como la utilidad, el capital, el interés y el valor. Schumpeter no presenta anacrónicamente a estos pensadores como protoeconomistas o liberales de mercado. Sin embargo, sostiene que produjeron «formulaciones más correctas de los fundamentos» (por ejemplo, la teoría subjetiva del valor) para un análisis económico sólido que tuvo que ser redescubierto siglos más tarde por otro economista austriaco, Carl Menger, después de haber sido eclipsado por las teorías laborales del valor.

Las posiciones de Schumpeter sobre éste y otros temas fueron rebatidas por eminentes economistas como Viner, George Stigler y Lionel Robbins. Viner afirmó la tesis de Schumpeter sobre los logros escolásticos en «doctrinas monetarias y del valor». Pero, contraatacó, Schumpeter subestimó los efectos embrutecedores de la deferencia de los escolásticos hacia la autoridad eclesiástica en sus escritos sobre temas como el interés. No fue por razones triviales, señala Viner, por lo que las leyes de usura se mantuvieron vigentes durante tanto tiempo en toda Europa. Viner llega incluso a especular que las afirmaciones de Schumpeter deben algo al hecho de que la propia «teoría del interés de Schumpeter tiene cierta afinidad con la de los escolásticos».

La pobreza de ‘La riqueza de las naciones’

El comentario de Schumpeter sobre el pensamiento económico escolástico encontró validación en trabajos anteriores realizados por uno de sus alumnos en Harvard, el economista jesuita Bernard W. Dempsey, y en investigaciones posteriores llevadas a cabo por estudiosos como Jesús Huerta de Soto. Sin embargo, la crítica de Viner al tratamiento que Schumpeter da a Adam Smith tiene más fuerza.

Aunque Schumpeter no lo dice explícitamente, uno de los objetivos de HEA era obligar a lo que él consideraba una profesión económica angloamericana altamente autorreferencial a reconocer que muchos desarrollos cruciales del pensamiento económico no se originaron en Gran Bretaña o Norteamérica. La riqueza de las naciones (RN) de Smith, sostenía Schumpeter, «no contiene ni una sola idea analítica, principio o método que fuera totalmente nuevo en 1776». De hecho, HEA deja a los lectores con la impresión de que Smith era esencialmente un maestro sintetizador de ideas ya existentes.

Ciertamente, Schumpeter contextualiza a Smith y RN en el flujo más amplio de ideas de los siglos XVII y XVIII. También destaca lagunas en la cobertura de RN que no deberían estar ahí: sobre todo la «función distintiva de los empresarios». Sin embargo, HEA no presta suficiente atención a cómo RN fundamentó el análisis económico en una teoría más amplia de la sociedad comercial, la complejidad, el cambio civilizatorio y el fenómeno de las consecuencias imprevistas que se desarrolló durante la Ilustración escocesa. Esta perspectiva impregna a RN e inyecta al libro un filo analítico particular que no tiene parangón, me atrevería a sugerir, con nada en la literatura económica precedente.

Economía e Historia

Sólo podemos especular sobre la forma en que Schumpeter habría revisado su manuscrito inacabado y en qué se habría diferenciado de las ediciones de su esposa. Sabemos, sin embargo, que HEA pretendía ser un texto de referencia exhaustivo más que un libro para leer de principio a fin. HEA sigue cumpliendo ese propósito y, en ese sentido, ha superado la prueba del tiempo.

Sin embargo, hay algo más por lo que HEA debería ser recordada. Se trata del modo en que Schumpeter enmarca la relación entre el análisis económico y el estudio histórico de las ideas económicas.

Al principio de HEA, Schumpeter subraya que considera el análisis económico como una técnica. Es lo que él denomina «conocimiento instrumental»: un conjunto de conceptos y técnicas que nos permiten comprender y, potencialmente, dar forma a la realidad económica.

No hay ciencia sin historia

La capacidad del análisis económico para realizar esta tarea en el presente, sostiene Schumpeter, se ve reforzada por el conocimiento de los «problemas y métodos anteriores a los que son una respuesta provisional». Por ejemplo, si queremos comprender plenamente el carácter y las limitaciones de la macroeconomía contemporánea, ayuda entender 1) los retos específicos que la Teoría General de Keynes trató de abordar y 2) cómo éstos configuraron la concepción de Keynes del gasto total en la economía y sus efectos sobre el empleo, la inflación y la producción económica.

No se trata de una aprobación encubierta del historicismo por parte de Schumpeter. Tampoco se trata de afirmar que el desarrollo de un análisis económico sólido esté subordinado al estudio de la historia, o que de algún modo pueda ser sustituido por ella, por no hablar de la interminable complicación de los datos. Para Schumpeter, sólo la teoría puede proporcionar la estructura lógica necesaria para organizar y comprender esa información. Más bien se trata de decir que, en palabras de Schumpeter, «el estado de cualquier ciencia en un momento dado implica su historia pasada y no puede transmitirse satisfactoriamente sin hacer explícita esta historia implícita.»

Schumpeter contra Samuelson

Por eso el libro de Schumpeter puede leerse como una crítica implícita de la inmensamente influyente Foundations of Economic Analysis (1947), escrita por otro de los estudiantes de doctorado de Schumpeter, Paul A. Samuelson. Publicado siete años antes de la aparición de HEA, las palabras «Las matemáticas son un lenguaje» sirven de frontispicio al texto. El libro de Samuelson desempeñó un papel fundamental en la transformación de posguerra de gran parte de la economía, especialmente la keynesiana, en construcciones matemáticas.

En efecto, las matemáticas son un lenguaje en la medida en que emplean símbolos para comunicar y explicar conceptos a los que se puede dar una forma cuantificable. Sin embargo, ningún modo de comunicación y comprensión puede explicarlo o encapsularlo todo. Además, la dependencia excesiva de un único modo de investigación puede limitar el alcance del análisis desplegado por cualquier ciencia natural o social, incluida la economía, y a menudo hace que pasen desapercibidos puntos de referencia y datos importantes. Pocos entendieron esto tan bien como Schumpeter, descrito por Viner como «quizá el último de los grandes polímatas», que poseía una comprensión sin parangón de la historia de las ideas, como reconocen incluso las reseñas muy críticas de HEA.

Esa arrogancia

Ahí radica la importancia perdurable del texto nunca terminado de Schumpeter. Recuerda a los economistas de hoy que el crecimiento del poder explicativo del análisis económico puede producirse a veces a través de una apreciación más profunda del pasado. Las preocupaciones y tendencias intelectuales del presente no siempre son una guía fiable para una investigación fructífera de los fenómenos económicos.

La modelización económica y la econometría de la posguerra han contribuido significativamente al desarrollo del análisis económico, pero no hacen inevitablemente superfluos los logros de pensadores económicos fallecidos hace mucho tiempo. Como escribió Schumpeter, el progreso del pensamiento no es necesariamente una línea recta entre nociones primitivas del pasado hacia un futuro cada vez más ilustrado. La verdadera arrogancia reside en imaginar que no tenemos nada que aprender de las grandes mentes que nos han precedido. Ese es el mensaje de Schumpeter para nosotros hoy.

Ver también

Cinco etapas en la historia de la escuela austríaca. (Adrián Ravier).

El legado y la vigencia de Adam Smith a los 300 años de su muerte. (George Youkhadar).

La historia se mueve a ritmo de swing. (Raquél Merino).

El sistema de pérdidas y ganancias en el mercado y su vinculación con la incertidumbre: su impacto en el sistema político

El objetivo de Carl Menger era descubrir leyes en el campo de la economía y, basándose en su descubrimiento, establecer qué arreglo económico contribuiría mejor a que las personas puedan satisfacer sus necesidades siempre y cuando las condiciones económicas así lo permitieran. Afirmó claramente que su mayor preocupación era la solución de los problemas del bienestar humano, que es un interés público de la mayor importancia (1871, 46). Este empeño mengeriano es similar a la preocupación de Adam Smith, que también buscaba asegurar la “riqueza de las naciones” (1776) en lugar de dar consejos empresariales sobre cómo enriquecerse a unos pocos elegidos.

El principal punto de partida de Menger para realizar su análisis económico era que, en el ámbito de la economía, la característica fundamental inherente al ser humano es la capacidad de pensar, de descubrir nuevas conexiones y de poner en práctica novedosos descubrimientos para, mediante su trabajo, garantizar la disponibilidad de los requisitos materiales que se consideran necesarios para la vida. Así lo expuso en el capítulo “Las causas del progreso del bienestar humano” (1871, 71-73).

La tesis de los ‘Principios’

La tesis implícita más importante de los Principios de Economía es que los mercados libres competitivos son el mejor entorno institucional para garantizar los bienes considerados necesarios. La escasez en un contexto de incertidumbre y las leyes del mercado obligan a los individuos a descubrir cómo economizar e innovar, con el objetivo de satisfacer sus necesidades y deseos de la mejor manera posible con bienes, si es que estos se consideran que necesarios para su bienestar. Las leyes de los mercados son consecuencias de las acciones, los deseos y las limitaciones humanas. Las leyes económicas recompensan a quienes inventan y producen bienes que son adquiridos por los consumidores, impulsando así el progreso del bienestar humano y el avance de la civilización. La recompensa por aplicar un descubrimiento o introducir elementos innovadores y por economizar es una ganancia inusualmente alta.

La ganancia es la consecuencia de una posición de monopolio temporal del primero en mover ficha en un nicho de mercado, siempre que ofrezca bienes buscados por los consumidores. En esta cadena de causalidad, Menger no necesitó invocar el factor de la incertidumbre como razón de la recompensa empresarial, como hicieron los pensadores económicos anteriores a Menger, como Richard Cantillon o Anne Robert Jacques Turgot, o después de Menger, como Frank Knight.

No obstante, sostengo que la incertidumbre es un factor subyacente importante si se tiene en cuenta el impacto social y político más amplio del sistema de beneficios y pérdidas de los mercados y su conexión con el monopolio.

Menger, incertidumbre y escasez

Menger no discutió las implicaciones políticas de sus teorías. Siguió la tradición de la economía política británica e investigó la vida económica “pura” y las motivaciones económicas “puras” (Sobre la tradición del análisis económico puro véase: Bagehot, 1885). Menger rara vez se aventuró a hacer observaciones sobre la aplicación práctica de sus teorías y no discutió las acciones extraeconómicas de los seres humanos para garantizar sus necesidades de bienes.

En la próxima sección, partiendo de la teoría mengeriana sobre el monopolio y su relación con la ganancia, demostraré cómo la interacción entre la incertidumbre y las acciones extraeconómicas dan forma a nuestros sistemas sociales y políticos.

Para Menger, la incertidumbre y la escasez son las condiciones clave que configuran la acción económica humana con la fuerza de una ley exacta. La incertidumbre tiene dos fuentes. Una es el conocimiento imperfecto; la otra son los acontecimientos externos impredecibles, incluidas las acciones de otros seres humanos.

Incertidumbre e innovación

Una de las principales consecuencias de la incertidumbre es el esfuerzo constante de los agentes económicos por perfeccionar sus conocimientos y reducir su incertidumbre. La paradoja es que la ampliación de los conocimientos y los descubrimientos (invención e innovación) también provocan nuevas incertidumbres, y no sólo eliminan las antiguas. Traducir este efecto paradójico en la acción empresarial significa que, mientras los empresarios de éxito obtienen beneficios extraordinarios por resolver un problema, otras empresas establecidas en los nichos de mercado afectados sufren pérdidas o incluso se enfrentan a la quiebra. Así, paradójicamente, para las empresas establecidas, una de las mayores causas de incertidumbre es el descubrimiento empresarial y la consiguiente entrada de un competidor o competidores inesperados.

Así pues, un sistema económico basado en el mercado no solo permite obtener beneficios a los empresarios de éxito, sino también un sistema de pérdidas y ganancias, como señaló sucintamente Ludwig von Mises (1949). Como consecuencia, la competencia equivale a destrucción para quienes sufren la disminución de beneficios, o incluso la quiebra.

Destrucción creativa en el libre mercado

La naturaleza de doble cara de la competencia fue bien captada por el famoso término de Schumpeter “destrucción creativa“, que es el proceso incesantemente revolucionario de invención e innovación que destruye la antigua estructura económica, al tiempo que crea una nueva (Schumpeter 1943). La incertidumbre provocada por la competencia y la innovación no sólo pone en peligro a las empresas establecidas, sino también a sus empleados, a sus proveedores y a sus trabajadores, afectando así al sustento de muchas familias.

Así, mientras que una economía de libre mercado es el entorno institucional más propicio para la aparición constante de empresarios con ideas innovadoras, para las empresas establecidas la mayor fuente de incertidumbre es la innovación empresarial basada en nuevas invenciones.

En el contexto de la incertidumbre provocada por la destrucción creativa en el libre mercado, la idea mengeriana de la obtención de beneficios basada en el monopolio, conduce a la consecuencia práctica de por qué se desarrolla una interacción entre los agentes económicos y el intervencionismo estatal (o regulación comunitaria) en la vida económica: para limitar la competencia y garantizar la estabilidad y la seguridad “tradicional”. Así, una forma crucial de reducir o eliminar la incertidumbre debida a la competencia es limitar la competencia asegurando un monopolio permanente de un orden bien regulado en lugar del monopolio temporal de los mercados competitivos.

Gremios y monopolistas

Menger tenía muchos ejemplos de este tipo de acciones de limitación de la competencia en los Principios de Economía en nombre de las empresas establecidas para minimizar la incertidumbre derivada de la competencia. Señaló que es común que un monopolista defienda “su posición contra la entrada de un competidor de la manera más beligerante”. Pero, una vez que el competidor ha establecido su posición, también es habitual que intenten llegar a un entendimiento entre ellos para seguir una política monopolística modificada, repartiéndose el mercado entre ellos (1871, 221).

De forma similar, señaló a los gremios como organizaciones monopolísticas de productores locales, cuya intención es limitar la competencia en parte mediante la regulación interna de la producción por parte de sus miembros y, al mismo tiempo, impedir la entrada de nuevos competidores en el mercado (1871, 215). También mencionó que la compulsión legal puede limitar la entrada de competidores mediante la concesión de monopolios legales, la regulación de los derechos de autor y las marcas registradas (1871, 55).

Regulación y monopolio

El objetivo del monopolio regulador es proteger de la competencia a las empresas establecidas (1871, 216). En la práctica, la regulación garantiza el monopolio permanente y el flujo ininterrumpido de la posición de monopolio y del beneficio monopolístico para el empresario o grupos de empresarios privilegiados, limitando o bloqueando el acceso de nuevos empresarios con nuevas ideas en los nichos de mercado monopolizados.

Por lo tanto, existe un incentivo y, de hecho, un esfuerzo constante por parte de las empresas establecidas para limitar la competencia tanto como sea posible a través de la regulación comunitaria o estatal y para dificultar o bloquear por completo la entrada de nuevos empresarios en un nicho de mercado, y de esta manera garantizar una seguridad permanente y sin perturbaciones y el beneficio del monopolio para las empresas existentes.

Karl Polanyi

Karl Polanyi en La gran transformación (1944) argumentó que el capitalismo industrial de libre mercado del siglo XIX provocó el surgimiento de contra-movimientos populares protectores en variadas formas de varias capas de sociedad contra las fuerzas destructivas y la inseguridad del capitalismo, que destruye las comunidades humanas. Los contra-movimientos, junto con el intervencionismo estatal, pretendían limitar el libre comercio para garantizar la seguridad frente a las fuerzas destructivas de los mercados.

Basándome en las ideas mengerianas, sostengo que los movimientos populares no solo surgen de una dirección que pretende lograr el proteccionismo y el control del mercado como planteaba Polanyi. En mi opinión, por lo que se refiere a la regulación de los mercados, hay dos contra-movimientos opuestos que compiten en cualquier sociedad. Uno por menos regulación, a favor de una mayor libertad, por una entrada más libre en los mercados; otro por más regulación, por la limitación de los mercados y a favor de una mayor restricción del libre comercio y, en su forma más radical, por la eliminación completa de los mercados en forma de socialismo marxista.

La razón de estos dos movimientos contrarios en pugna es la consecuencia económica y social de los dos tipos de monopolio existentes, tal como los describió Menger, en el contexto de escasez e incertidumbre.

Los riesgos del monopolio regulador

Menger sostenía que la posición de monopolio regulador o permanente garantiza la seguridad, pero también tiene desventajas. En una economía monopolizada, que carece de competencia, el productor monopolista no está interesado en la innovación tecnológica, ni en la invención de nuevos productos. Tampoco está interesado en economizar la producción, haciéndola más eficiente y producir más bienes a un precio más barato.

Su beneficio monopolístico está asegurado y no hay ninguna razón de peso para que el monopolista se esfuerce por satisfacer todas las necesidades. El elevado precio fijado en un mercado no competitivo significa que los consumidores de los estratos de renta más bajos no pueden permitirse comprar los bienes monopolizados. Los consumidores compiten por los bienes escasos, y el productor monopolista disfruta de una posición privilegiada y de unos beneficios inusualmente altos.

La consecuencia negativa más importante de la red de monopolios es la escasez generalizada, el bajo nivel de consumo muy por debajo de las necesidades, el estancamiento tecnológico y social y el arraigo de élites oligárquicas explotadoras, mientras que el resto de la población es pobre o más pobre de lo que podría ser en caso de una economía de mercado abierta y competitiva.

Mercado libre

Por otra parte, un mercado libre hace posible la entrada de competidores en cualquier nicho de mercado, lo que garantiza una economía de mercado dinámica y el progreso económico. La competencia fomenta tanto la invención y la innovación como la reducción de los residuos al forzar una producción cada vez más eficiente. La competencia obliga a las empresas a bajar sus precios, reducir sus beneficios y aumentar la producción. De este modo, permite que las personas de los estratos de renta más bajos puedan consumir aquellos bienes que antes solo consumía una reducida élite. Esto garantiza la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas individuales y de la sociedad en general, en la medida en que el bienestar puede garantizarse con una oferta de bienes.

Sin embargo, la consecuencia negativa de los mercados libres es la falta de estabilidad y seguridad, la incertidumbre y la destrucción, según la expresión de Schumpeter.

Así pues, los mercados libres y los mercados cerrados ofrecen ventajas y desventajas. En consecuencia, hay movimientos populares tanto a favor como en contra del libre mercado y del proteccionismo.

Siempre hay personas con rasgos empresariales que están a favor de la libre entrada en los mercados; gente que quiere libertad, vivir mejor, que quiere hacer realidad sus ideas y sus sueños. Pero todo orden regulado y estancado limita la prosperidad. Hay, además, personas insatisfechas que culpan de su miseria al orden oligárquico que explota los frutos de su trabajo. Incluso las propias élites atrincheradas pueden tener interés en un mercado más libre para tener acceso a lujos producidos en otros lugares y de obtener ingresos extra para cubrir sus necesidades de consumo.

Por otro lado, siempre hay personas y empresas establecidas que quieren más seguridad, orden, ingresos estables y estabilidad limitando la competencia y asegurándose una especie de posición de monopolio. Pugnan por la regulación comunitaria o la intervención estatal para limitar el caos, las injusticias del libre mercado y el poder de los capitalistas, y crear una especie de sociedad monopolizada y jerarquizada, con un orden bien establecido y con las menores perturbaciones posibles en la vida económica.

La posición de las élites

La influencia relativa de los movimientos populares promercado y proteccionistas en liza se decide en función de la posición de las élites políticas gobernantes que dominan la maquinaria estatal con su inmenso poder sobre la sociedad. Si no se alcanza un compromiso entre ambos, existe la posibilidad de que se produzca un golpe de Estado o una revolución, y de que uno de los dos se imponga al otro.

Las élites políticas están tan divididas como la propia sociedad en cuanto a adoptar un orden proteccionista, jerárquico y oligárquico u optar por un orden más libre y dinámico, que perturbe las jerarquías y la estabilidad tradicionales.

Por un lado, los gobernantes pugnan por la estabilidad del orden interno y jerárquico, que garantice un sistema oligárquico con una influencia política imperturbable. Esto empuja a la élite política a adoptar estrategias a favor de la creación de monopolios y la limitación del libre comercio y los mercados. No es de extrañar que las sociedades humanas hayan vivido en un orden social casi estático en diversas civilizaciones a lo largo de miles de años. No obstante, estos imperios fueron capaces de desarrollar fantásticos logros culturales y tuvieron algunos cambios y progresos parciales, aunque lentos y controlados por élites políticas que pugnaban por la estabilidad.

Pero los Estados no existen en el vacío. El dinamismo económico y social, el avance tecnológico y la creciente riqueza creada por una economía más libre se traducen en ventajas militares. Debido a la competencia geopolítica, ningún Estado puede permitirse permanecer congelado en el estancamiento si tiene un oponente militarmente superior por su economía dinámica y sus ventajas tecnológicas.

De ahí el dilema de todas las élites políticas, especialmente desde el siglo XVII cuando en Inglaterra se aceleró la transición hacia un mercado más libre. El dilema es si liberalizar los mercados o bien optar por la protección y la limitación mediante la creación de un orden oligárquico atrincherado sustentado por monopolios.

Se trata de saber equilibrar los diferentes aspectos de las necesidades de poder de la élite política: la mercantilización, que responde a los retos del presente en términos de geopolítica, o el mantenimiento de situaciones monopolizadas, que garantizan la estabilidad del poder y aseguran los ingresos de la élite política con el posible peligro de ser colonizados o semi-colonizados por un poder superior.

Franz Oppenheimer

La existencia de contra-movimientos pro-mercantilización y pro-proteccionistas, cada uno de los cuales incluye a sectores de las élites empresariales y goza de un amplio apoyo social, arroja una nueva luz sobre una dicotomía ampliamente empleada en la literatura libertaria. El pensamiento de la literatura libertaria a través de Murray Rothbard estuvo muy influido por el libro de Franz Oppenheimer sobre el Estado, publicado en 1905. Oppenheimer argumentaba que uno podía adquirir los bienes deseados por “medios políticos” y por “medios económicos“. Los medios económicos son el trabajo y el intercambio de los frutos del trabajo, mientras que los medios políticos son la apropiación de los frutos del trabajo de otros.

Oppenheimer opinaba que la historia del mundo, desde los tiempos primitivos, puede describirse como “una contienda… entre los medios económicos y los medios políticos“.  Para Oppenheimer, el Estado es la encarnación institucionalizada de los medios políticos. La clase política es una clase de barones ladrones, que obtienen su riqueza mediante la expropiación coactiva del fruto del trabajo de los productores. Esta perspectiva es similar a la de los pensadores franceses de principios del siglo XIX, redescubierta por Ralph Raico. Los pensadores franceses sostenían que la clase política gobernante se apropia del fruto del trabajo a través de los impuestos de los productores (Blanqui, id by Raico, 187) y que la clase de los burócratas estatales solo existe sobre los productos de la clase industriosa (Comte, id by Raico 196.).

De las ideas embrionarias de Menger podemos deducir un panorama mucho más complicado: una sociedad profundamente dividida bajo las limitaciones de la escasez, la incertidumbre y la competencia geopolítica. En cada sociedad (estado), uno de los conflictos políticos y sociales clave es si se opta por la estabilidad, la jerarquía, el orden bien establecido no basado en el mercado (o que sólo permite un papel mínimo o secundario papel a los mercados), que tarde o temprano se convierte en un orden tradicional y bien arraigado sancionado con la bendición de los dioses o la opinión de los expertos; la segunda opción es decantarse por la economía de mercado dinámica que desata la destrucción creativa y socava la posición bien arraigada de las capas de vida tradicional de los productores y de fuentes de poder de las élites oligárquicas.

Estabilidad institucional

Las sociedades humanas vivieron durante miles de años bajo el yugo de una pequeña élite en sociedades estables, jerarquizadas y explotadoras y los productores, en una pobreza inimaginables y bajo el régimen de la servidumbre. Sin embargo, estas sociedades eran muy estables. El antiguo Egipto no se derrumbó por la revuelta de los constructores de pirámides, el imperio romano sobrevivo fácilmente a las revueltas ocasionales y locales de los esclavos; las sociedades feudales europeas florecieron durante cientos de años y el campesinado sólo se rebelaba en raros años de cosechas inusualmente malas.

Pero una vez que se produjo la transición a una economía de mercado dinámica, primero en Inglaterra, no fue posible mantener las sociedades jerárquicas cerradas tradicionales sin correr el peligro de ser colonizadas o explotadas por las potencias militares superiores de los estados “capitalistas”. Pero la transición a los mercados no sólo tuvo que ver con la potencia bélica.

La transición a la economía de mercado dinámica también trajo consigo un auge nunca experimentado de las condiciones de vida. Friedrich von Gentz, asesor del canciller conservador austriaco Metternich, que tradujo al alemán los escritos de Burke, escribió que la nueva era que comenzó con la transformación inglesa, demostraba que la anterior era un lugar de barbarie, degradación, esclavitud y mil miserias. A diferencia del pasado, la nueva era significaba el amanecer de la justicia y la libertad. 

Menger, aunque señalaba que la incertidumbre es una condición siempre presente en la vida humana, tenía una visión optimista; pensaba que la inventiva y el ingenio humanos superan las crisis causadas por acontecimientos externos. Mises también compartía su punto de vista: a pesar de que los beneficios van acompañados de pérdidas para otros, en una economía creciente, la plenitud de los bienes y la riqueza van en aumento y, en consecuencia, la suma total de los beneficios es mayor que la de las pérdidas (Mises 1949).

Capitalismo: evolución y progreso

En una línea similar, Schumpeter argumentó que el capitalismo, por su naturaleza, es un sistema económico preparado para tener un carácter evolutivo y un progreso, desarrollo y crecimiento cada vez mayores. El impulso fundamental es la innovación empresarial en las áreas de los nuevos bienes de consumo, los nuevos métodos de producción o transporte, los nuevos mercados y las nuevas formas de organización industrial (Schumpeter 1943). La metáfora de la “destrucción creativa” es engañosa: implica igualdad de creatividad y destrucción.

En la vida real, sin embargo, los beneficios de la creatividad son mayores que los impactos destructivos de una nueva idea. No obstante, también tenemos que preguntarnos si una idea de negocio puede ser más destructiva que una política gubernamental equivocada que prometa orden y certidumbre. De hecho, Mises fue el primero de los principales economistas austriacos que advirtió que, la confianza en el poder omnipotente de los gobiernos conduce a resultados contrarios a las grandes promesas.

Las guerras, las persecuciones de las minorías, el hambre, las destrucciones más devastadoras de la vida humana, todas fueron consecuencias de acciones gubernamentales omnipotentes, equivocadas. Por ello, Mises nos advirtió de que, mientras que en el discurso público la principal preocupación es la incertidumbre y el caos de los mercados en los discursos populistas, el verdadero peligro para la vida humana es el gobierno omnipotente, que hace caso omiso de las preocupaciones humanas y reordena la economía y la sociedad de acuerdo con el plan maestro del super-planificador, ya sea un dictador megalómano o un planificador tecnocrático altamente educado y bienintencionado.

La metodología de Schumpeter: algunos puntos interesantes

Joseph A. Schumpeter fue un economista austriaco que perteneció a la tercera generación pensadores de la Escuela Austriaca, junto a Hans Mayer y Ludwig von Mises, los otros dos personajes más ilustres de esa generación. Al contrario que Mises o incluso Mayer, Schumpeter es considerado por muchos autores como un economista no austriaco, debido a su posición positivista en materia epistemológica, su defensa del paradigma walrasiano de equilibrio general y el empleo de matemáticas en economía, a través de los sistemas de ecuaciones simultaneas. No obstante, la metodología de Schumpeter tiene ciertos elementos que destacan y se diferencian del positivismo más común dentro de la economía. En este artículo destacaremos cuáles son estos puntos que, sin duda, acercan a Schumpeter mucho más a la economía de la Escuela Austriaca.

Instrumentalismo moderado

Estrictamente hablando, la posición metodológica de Schumpeter es el instrumentalismo. Esto quiere decir que, epistemológicamente, Schumpeter se opone al esencialismo y niega la existencia de causas o explicaciones últimas. Esto explica que rechace un enfoque causal y abogue por uno funcional, entre otras cosas. Para él, como instrumentalista, la teoría no puede ser interpretada como algo más que un instrumento que nos permite hacer predicciones sobre eventos futuros. La realidad, la verdad, la esencia o la causa última de las cosas no son objetos de investigación científica. Solo existen teorías útiles o inútiles para predecir eventos futuros, no verdaderas o falsas (Popper 1983; Shionoya 1997).

Sin embargo, a diferencia de otros instrumentalistas más puros como Milton Friedman (Friedman 1953; Caldwell 1992), Schumpeter sostiene un instrumentalismo moderado (Shionoya 1997). Esto se debe a que, para éste, la teoría no es exclusivamente un instrumento de predicción, sino que también sirve para la descripción, explicación o entendimiento del mundo, sin que esto suponga reconocer la existencia real o la esencia de los fenómenos económicos. Es más, para Schumpeter, una predicción capaz de pronosticar el curso real de los eventos es imposible de obtener (Machlup 1951). De este modo, Schumpeter ya parece distanciarse de los economistas positivistas más ortodoxos, acercándose simultáneamente a la posición austriaca. Los siguientes puntos a tratar parecen confirmar esta primera hipótesis.

Apriorismo

Aunque no debemos olvidar que Schumpeter es positivista, hay ciertos momentos en los que parece apoyar un razonamiento más apriorista.  A pesar de creer en la verificación de la teoría mediante la evidencia o que las suposiciones básicas de las que parte la teoría pura se basan en la observación de hechos, Schumpeter deja claro que ningún hallazgo estadístico puede probar o rechazar una proposición para la que se tienen motivos para creer debido a hechos más simples o fundamentales que tienen que ver con la experiencia del día a día o histórica (Machlup 1951). De este modo, algo como la acción humana misma, que recibe la categoría de autoevidente y que reconocemos como un hecho fundamental que tiene que ver con una experiencia más amplia, como diría Rothbard (1957; 1976), podría ser reconocido dentro del esquema schumpeteriano como una proposición exenta de verificación. En tanto que todas las leyes praxeológicas están implícitas en el axioma de la acción, podríamos deducir que éstas tampoco pueden verse sometidas al principio de verificación, siguiendo el razonamiento de Schumpeter. Con ello, es posible entender la existencia de teoría a priori, que no depende de la verificación, dentro de la metodología de Schumpeter.

Más aún, se puede interpretar la metodología de Schumpeter en términos lakatosianos (Shionoya 1997), esto es, como un programa de investigación científica donde las proposiciones teóricas que conforman el núcleo duro son irrefutables o inmunes al testeo empírico, mientras que las hipótesis auxiliares que componen el cinturón protector no presentan tal inmunidad (Lakatos 1999). Esto es muy similar a la interpretación que Zanotti (2013) ha hecho de Machlup, también en términos lakatosianos. Con ello, podemos afirmar que existe un paralelismo a nivel metodológico entre Schumpeter y Machlup, que Shionoya (1997) enfatiza en primer lugar. Sabiendo también que Zanotti y Cachanosky (2015) consideran apriorista la interpretación de Machlup de la epistemología de Mises, e incluso más fiel y adecuada que la extremo apriorista de Rothbard, el hecho de reconocer un paralelismo entre Schumpeter y Machlup refuerza la idea de que la metodología de Schumpeter contiene algunos elementos aprioristas. De hecho, Schumpeter hace una distinción entre teoría e historia, muy similar a la que hace Mises o a la que también hizo Menger entre las ciencias teóricas y ciencias históricas.

Lo estático y lo dinámico

Por otro lado, Schumpeter establece una distinción fundamental entre lo que él llama estática y dinámica (Machlup 1951). Aunque su visión mecanicista de la economía y su devoción por el paradigma walrasiano pudiera limitar su análisis a una visión estática de la economía, su estudio del desarrollo económico y del papel del empresario le introdujo directamente en una visión dinámica de los asuntos económicos.

Para Schumpeter, lo estático y lo dinámico son campos distintos de la economía. Mientras que el primero se encarga de estudiar los sistemas en equilibrio, asumiendo una información dada y constante, donde solo ocurren pequeños cambios en la información, el análisis dinámico es un método que estudia cambios grandes y discontinuos, que rompen con el equilibrio económico (Machlup 1951; 1959). Esto es completamente coherente con el análisis dinámico que introduce Mises (1998). Además, también es similar a la idea de economía de giro uniforme, donde la información ya está dada y las preferencias son constantes, y el sistema tiende al equilibrio o estado final de reposo, que nunca es alcanzado (Mises 1998). Para Mises, la economía se centra en el análisis del proceso de mercado, de lo dinámico, aunque recurre como método, como herramienta, a construcciones imaginarias como la economía de giro uniforme o el estado final de reposo, que se centran en lo estático, para poder entender de manera simple los procesos dinámicos de mercado.

El empleo de matemáticas

Schumpeter defiende las matemáticas como herramienta en economía de manera explícita y contundente. Argumenta que el uso de sistemas de ecuaciones simultaneas para la representación de las interrelaciones económicas facilita una comprensión de las mismas que no puede alcanzarse de otra manera con la misma claridad (Machlup 1951). Considera las matemáticas necesarias para conseguir la formalidad del pensamiento, algo fundamental para el rigor y para tener amplias posibilidades de deducción. De hecho, ve en ellas la posibilidad de convertir a la economía en una ciencia exacta. Según Schumpeter, las matemáticas pueden emplearse en economía porque existen conceptos económicos como trabajo, materias primas, tiempo, dinero o interés, que son cuantitativos. Además, entiende que el pensamiento matemático va más allá de ser una mera herramienta técnica y lo concibe como una actitud fundamental de los científicos (Shionoya 1997).

Sin embargo, como apunta Shionoya (1997), Schumpeter no cree que toda lógica de la teoría económica tenga que estar representada matemáticamente (Schumpeter 1933). Es más, sostiene que el método matemático es incapaz de revelar los contenidos sustantivos de determinados objetos de estudio de la economía. En ese caso, cuando las matemáticas no pueden comprender las relaciones o regularidades más importantes, se debe confiar en el lenguaje común.

Con esas afirmaciones, Schumpeter parece acercarse a la crítica de Menger al lenguaje matemático en economía. Menger afirma que el lenguaje matemático es incapaz de descubrir las esencias de los fenómenos económicos (Jaffé 1976). Con esto, se puede decir que Schumpeter comparte esta idea cuando establece que las matemáticas son incapaces de revelar los contenidos sustantivos de los objetos de estudio de la economía. No obstante, no podemos decir que a lo que Menger llama esencia sea lo mismo que lo que Schumpeter denomina contenido sustantivo, debido a las diferencias epistemológicas entre ambos. Aun así, podemos concluir que la afirmación de Schumpeter sobre las limitaciones de las matemáticas es parecida a la de Menger.

Conclusión

A modo de conclusión, podemos decir que, aun reconociendo las distancias epistemológicas entre Schumpeter y la de economistas austriacos como Mises o Rothbard, existen algunos puntos dentro de la metodología de Schumpeter que son muy similares a las defendidas por austriacos más puros e, incluso, algunas ideas que permitirían seguir avanzando y construyendo metodología austriaca de la formas más pura y fiel al planteamiento de Menger y Mises. No obstante, esto es una cuestión de futuros artículos.

Referencias

Caldwell, Bruce J. 1992. “Friedman’s Predictivist Instrumentalism: A Modification.” Research in the History of Economic Thought and Methodology 10: 119–28.

Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.

Jaffé, William. 1976. “Menger, Jevons and Walras De-Homogenized.” Economic Inquiry 14 (4): 511–24. https://doi.org/10.1111/j.1465-7295.1976.tb00439.x.

Lakatos, Imre. 1999. The Methodology of Scientific Research Programmes. Edited by J. Worral and G. Currie. Volume I. Cambridge: Cambridge University Press.

Machlup, Fritz. 1951. “Schumpeter’s Economic Methodology.” The Review of Economics and Statistics 33 (2): 151. https://doi.org/10.2307/1925877.

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Mises, Ludwig von. 1998. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Popper, Karl. 1983. Realism and the Aim of Science. Edited by William W. Bartley III. London: Hutchinson.

Rothbard, Murray N. 1957. “In Defense of ‘Extreme Apriorism.’” Southern Economic Journal 23 (3): 320. https://doi.org/10.2307/1054221.

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Schumpeter, Joseph A. 1933. “The Common Sense of Econometrics.” Econometrica 1 (1): 12. https://doi.org/10.2307/1912225.

Shionoya, Yuichi. 1997. Schumpeter and the Idea of Social Science: A Metatheoretical Study. New York: Cambridge University Press.

Zanotti, Gabriel J. 2013. Caminos Abiertos: Un Análisis Filosófico de La Historia de La Epistemología de La Economía, Desde Fines de Siglo XIX Hasta 1982. Madrid: Unión Editorial.

Zanotti, Gabriel J., and Nicolás Cachanosky. 2015. “Implications of Machlup’s Interpretation of Mises’s Epistemology.” Journal of the History of Economic Thought 37 (1): 111–38. https://doi.org/10.1017/S1053837214000777.