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Etiqueta: Judíos

América y las diez tribus perdidas de Israel

En una escueta mención en La Sinagoga Vacía (Premio Nacional de Ensayo de 1988), Gabriel Albiac daba cuenta de una insólita teoría sobre el origen de los nativos americanos. La tesis, comúnmente aceptada como historia verdadera en la Europa de los siglos XVI Y XVII, consistía en afirmar la ascendencia judáica de los amerindios, a los que se consideró los descendientes de las Diez Tribus Perdidas de Israel. Los indios habían considerado dioses a los españoles y los españoles, a cambio, asignaron a los indios una genealogía hebraica, en justa reciprocidad.

En tiempos recientes, el mexicano Enrique Krauze ha escrito algunas páginas acerca de esta singular historia, en varias de sus obras. Una historia que permite aproximarse y conocer mejor la mentalidad con que los españoles se acercaron a los amerindios para cristianizarlos e incorporarlos a la civilización, como súbditos de la Corona de España. 

Un enigma milenario

Al morir el Rey Salomón (1030-930 a. C.), su reino se dividió en dos: el Reino de Israel, con capital en Samaria, y el Reino de Judá, con capital en Jerusalén. En el de Israel vivieron las tribus de Rubén, Simeón, Leví, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón y José. En el de Judá lo hicieron las tribus de Judá y Benjamín, y una gens de la tribu de Leví, que quedó en Jerusalén por razón de que los “levitas” eran los responsables de atender el culto y el cuidado del Templo, que quedó en el reino de Judá. Ambos reinos serían finalmente destruidos y sus habitantes deportados.

El reino de Israel, cayó en el año 722 (a. C.), y su población fue llevada a Nínive; el reino de Judá despareció en el año 586 (a. C.), conquistado por el Imperio Babilónico, y su población conducida a Babilonia. Al caer el Imperio Babilónico, en el 539 (a. C.), ante los persas de Ciro el Grande (600-530 a. C.) los judíos de Babilonia, tribus de Judá, Benjamín y parte de los levitas, pudieron retornar a Israel. Pero los judíos deportados a Nínive, cuando ésta fue destruida en el 612 (a. de C.), se esfumaron para siempre dejando en el aire el enigma de su destino final.         

El descubrimiento de América abrió grandes debates en Europa. Los más importantes fueron los relativos a la condición de los habitantes del Nuevo Mundo: si eran humanos y, en caso afirmativo, cuáles eran sus derechos y cuál su condición de súbditos de la Corona. Cuestiones que abrieron el camino al moderno Derecho de Gentes y están en la base de la doctrina de los derechos humanos. Francisco de Vitoria (1483-1546), Bartolomé de las Casas (1474-1566) y Ginés de Sepúlveda (1490-1573), entre otros muchos, protagonizaron el inicio de estos debates. Pero no todo fue teología, derecho y filosofía. También se plantearon problemas antropológicos, lingüísticos, de ciencias naturales, etc.

El origen de los amerindios

El gran problema antropológico fue determinar la procedencia u origen de las poblaciones amerindias. Las informaciones sobre sí mismos de los indígenas no eran muy fiables. Los aborígenes, cuando eran interrogados sobre esas cuestiones, manifestaban ser descendientes del Sol, surgidos de la tierra por generación espontánea u otras explicaciones poco verosímiles. Pero la pregunta acerca de su origen pronto encontraría una primera respuesta.

En la época, los textos bíblicos gozaban de total autoridad, razón por la que los primeros autores buscaron explicaciones en la Sagrada Escritura. Las primeras hipótesis se abrieron rápidamente paso y se difundieron ampliamente. En 1535, se publicó en Sevilla la Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra, Firme del Mar Océano, de Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), Primer Cronista Oficial de Indias, nombrado como tal por Carlos I de España. Oviedo fue el introductor de la tesis extra-americana, para explicar el origen de los pobladores americanos, idea finalmente acertada, aunque su acreditación definitiva requirió siglos de estudio.

La obra de Fernández de Oviedo disparó las hipótesis. Se consideró a los amerindios descendientes de los pobladores de la mítica Atlántida, o de los troyanos huidos de los griegos, o de los cartagineses, que así serían los primeros descubridores de América. Incluso se les hizo descender de los navegantes egipcios, hipótesis apoyada en las construcciones piramidales de mexicas, mayas y olmecas, que recordaban las pirámides de Egipto. Pero la hipótesis que se impuso durante los primeros ciento cincuenta años, tras la conquista, fue la que hacía de los indios americanos los descendientes de las diez tribus perdidas de Israel.

La hipótesis de los dominicos: el Códice Durán

El dominico Bartolomé de las Casas (1484-1566) alcanzó notoriedad por su polémica con Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), a propósito de la conquista de América. Fue la llamada Controversia de Valladolid (1550-1551), sobre los derechos de los indígenas, en la que se debatieron los títulos de España para la conquista. Un debate algo tardío, pues los dos grandes imperios americanos, el Azteca y el Inca ya habían sido conquistados. También se atribuye a las Casas la autoría de la hipótesis hebraica para explicar el origen de los nativos amerindios.

La fama de las Casas, procede sobre todo de su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, publicada en 1553 y pieza fundamental de la Leyenda Negra anti-española. Obra llena de exageraciones, cuando no de datos erróneos y falsedades, dedicada al Príncipe Felipe (Felipe II), para el mejor gobierno de las Indias. La mayor parte de los datos de su obra son falsos o muy exagerados. Mas su gran autoridad -“apóstol” de los indios-, facilitó la difusión de la tesis del origen hebraico de los aborígenes, como refuerzo en defensa de los nativos. Aunque hay quien cuestiona que fuese Bartolomé de las Casas el principal inspirador de la hipótesis.

En la Historia de las Indias de Nueva España, o Códice Durán, del también dominico fray Diego Durán (1537-1588), se formuló expresamente esta hipótesis. La historia de Durán abundó en referencias a la Biblia en relación con los pobladores de México. Pero no trató de establecer una relación simbólica, metafórica o alegórica, sino histórica. Durán creyó que los indios de México eran de linaje hebráico. Durán llegó a México de niño en 1542, cuando aún estaban muy recientes las apariciones de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego, en el cerro de Tepeyac, en 1531, hecho que acredita la conversión en masa de los nativos: Hernán Cortés conquistó México, en 1521, y 10 años después, los indios conversos tenían, apariciones de la Virgen.

Dificultades de la hipótesis hebraica

Análogo planteamiento se encuentra en el Origen de los Indios del Nuevo Mundo, obra del también dominico Gregorio García (1575-1627). Impresa por primera vez en 1607, la obra conoció varias ediciones. Aunque su estudio se dedicó a los indios del Perú, mencionó también la cultura mexica y agrupó a todos los pueblos precolombinos en una tesis unificadora. El Libro Tercero de su obra se dedica a probar “cómo los indios proceden de los hebreos de las diez tribus que se perdieron”. García estableció además las posibles rutas de acceso de las tribus perdidas, comparado su viaje a América con Moisés y el éxodo de los judíos de Egipto.

Durán y García no fueron los únicos autores que acudieron al Viejo Testamento para responder al misterio del origen de los indios. Con base en el libro I de los Reyes, alguno identificó a América con Ofir, el lugar bíblico del oro y las piedras preciosas. En 1656, en el Perú, el teólogo y jurista Antonio de León Pinelo (1595-1660), considerado precursor del “indigenismo”, abundó en el concepto al sostener que el Edén bíblico, el Paraíso Terrenal, se localizaba en las selvas peruanas, cuna de Adán y Eva. Surgía así una nueva hipótesis explicativa, pues el origen de la humanidad se situaría de este modo en América, y no en otros continentes, como hasta entonces. Una hipótesis que daría mucho de sí, al llegar los siglos XIX y XX, en el arranque del indigenismo.

Por el contrario, Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), misionero franciscano, en su rigurosa y fundamental obra sobre el México precolombino, Historia General de las cosas de la Nueva España, ni siquiera mencionó la hipótesis del origen hebráico de los indios. Frente a los dominicos, la genealogía histórica franciscana pasó en este punto de la duda a la refutación. En su Historia Eclesiástica Indiana, el franciscano Jerónimo de Mendieta (1525-1604), planteó la refutación de las tesis de los dominicos. Y los continuadores de la obra de Mendieta terminaron por refutarla.

Últimos fulgores y final del ensueño

La hipótesis del origen judío de los indios americanos se fue apagando durante el Barroco y empezó a decaer en el siglo XVIII, con la Ilustración. En su Idea de una historia general de la América Septentrional (1746), Lorenzo Boturini (1702-1755) sostuvo todavía que los indios eran descendientes de Noé, pero eso era muy genérico. Y en su Historia antigua de México (1780), el ilustrado jesuita novohispano Francisco Javier Clavijero (1731-1787), ni siquiera mencionó la hipótesis. Con todo, esta peculiar teoría llegó a plantearse hasta en los siglos XIX y XX, pues los mormones norteamericanos la retomaron, con éxito análogo al de los dominicos españoles.

Hoy, nadie sostiene la teoría del origen israelita de los indios americanos. La hipótesis “hebraica” ya sólo se manifiesta de vez en cuando en internet, con ocasión de la aparición de alguna nueva “pista” o “noticia” sobre el destino final de los judíos de las Diez Tribus Perdidas. Un asunto que, por el momento, parece que tendrá que seguir en el ámbito de lo enigmático del que quizá nunca debió haber salido.

Por qué los progresistas odian a Israel

Por Richard Samuelson. El artículo Por qué los progresistas odian a Israel fue publicado originalmente en Law & Liberty.

El odio a los judíos, al judaísmo y a Israel no es un fenómeno nuevo. Hay una razón por la que el odio a los judíos se llama a veces el «odio más antiguo».

Para el progresista, por tanto, el odio conservador o tradicional a los judíos necesita poca explicación. Un conservador es partidario de la tradición, y el odio a los judíos tiene una larga historia. Haga usted las cuentas. Desde la perspectiva de la mente progresista moderna, en cambio, el antisemitismo progresista se presenta como una paradoja. A los progresistas les gusta pensar que están a favor, bueno, del «progreso». Y el progreso tiene que ver con el amor, no con el odio, con la liberalidad, no con la intolerancia. De ahí que los progresistas, según su propia autodefinición, no puedan ser odiosos. Dada esa autoimagen, muchos progresistas, en particular los judíos con inclinaciones progresistas, se han sorprendido por el aumento, o más bien el retorno, del odio progresista de alto nivel hacia los judíos, el judaísmo e Israel. No debería ser así.

La premisa profunda, y rara vez discutida, de la ideología progresista es la creencia en el progreso integral. Desde el punto de vista progresista, existe, es más, debe existir un «arco de la historia» que lo abarque todo. Es lo que significa «progreso» en sentido enfático, ya que toda la humanidad avanza de lo inferior a lo superior. La diversidad no puede existir fuera de ese arco. Cualquier diversidad de este tipo es, por definición, errónea, está en el «lado equivocado de la historia».

Los judíos como problema de la Historia

Esta visión de la historia no es nueva en nuestra época. La versión actual se basa en la de la Ilustración. Aunque nunca pudieron ponerse de acuerdo sobre los detalles exactos de la historia, muchos filósofos no dejaron que esa realidad se interpusiera en la premisa de que existe tal historia. La versión de Condorcet de las etapas de la historia fue sólo una versión creada por un philosophe. Algunos desacuerdos sobre la verdadera dirección de la historia están permitidos en esta perspectiva, siempre y cuando la existencia de muchas visiones diferentes no se considere una prueba de que la premisa es errónea.

Desde al menos esa época hasta la nuestra, la perspectiva de que los judíos sigan siendo judíos dificulta ese argumento. Los judíos como pueblo antiguo eran fáciles de encajar en esa historia. Formaban parte de la historia antes de nuestra era. Pero los judíos como pueblo que aún camina por ahí, al menos si son más que un pequeño remanente, son un problema. ¿Qué hacen todavía aquí? Esa incómoda pregunta explica probablemente parte de la antigua animadversión secular contra los judíos y/o el judaísmo. En la cultura europea, esto podría verse como una variante de la creencia cristiana común de que los judíos estaban detrás del arco de la historia por no aceptar el nuevo Evangelio.

Odio ilustrado a los judíos

En la Ilustración, es notorio el odio de Voltaire hacia los judíos y el judaísmo. Otros destacados pensadores ilustrados, como Diderot, D’Holbach y Kant, expresaron opiniones igualmente hostiles hacia los judíos y/o el judaísmo. Algunos pensadores ilustrados que expresaron tales opiniones también se opusieron a la opresión de los judíos. Su esperanza, o tal vez su expectativa, era que una vez que los judíos dejaran de estar aislados de la corriente principal de la cultura europea, dejarían de estar deformados por el judaísmo; se volverían menos judíos y, en su opinión, más decentes.

Este antisemitismo ilustrado no era desconocido en Estados Unidos. Aunque nuestro tercer presidente simpatizaba personalmente con los judíos, era hostil al judaísmo. Las opiniones de Jefferson se hacían eco de las de Voltaire. Los judíos, según Jefferson:

presentaban como objeto de su culto a un ser de carácter terrible, cruel, vengativo, caprichoso e injusto. … Moisés había atado a los judíos a muchas ceremonias ociosas, mimos y observancias, sin ningún efecto para producir las utilidades sociales que constituyen la esencia de la virtud … [e] inculcó en su pueblo el espíritu más antisocial hacia otras naciones. … [Jesús contendió con] los sacerdotes de la superstición, una raza sanguinaria, tan cruel y despiadada como el ser a quien representaban como el Dios familiar de Abraham, de Isaac y de Jacob, y el Dios local de Israel. Además, no cesaban de tenderle trampas para enredarle en la red de la ley.

Jefferson podía ser personalmente amistoso con los judíos, y simpatizaba con su difícil situación. Después de todo, Jefferson era un firme defensor de la libertad religiosa. Pero es casi seguro que Jefferson creía que el progreso implicaría que los judíos abandonaran el judaísmo. Nótese su enfoque en los judíos que rechazaban a Jesús. Eran moralmente atrasados porque eran históricamente atrasados.

Thomas Paine

Thomas Paine, que llegó a las colonias poco antes de 1776, expresó creencias similares. De vuelta en Europa a principios de la década de 1790 para trabajar con los revolucionarios franceses, escribió La edad de la razón, en la que expresaba sentimientos similares a los de Jefferson: «Los judíos no hicieron conversos: masacraron a todos». El principal objetivo de Paine era utilizar el judaísmo para atacar al cristianismo. Continuó: «La Biblia es el padre del [Nuevo] Testamento, y ambos son llamados la palabra de Dios. Los cristianos leen ambos libros; los ministros predican de ambos libros; y esta cosa llamada cristianismo se compone de ambos. Para Paine y muchos otros, la rabia era contra la religión en general, y el judaísmo en particular, culpando al judaísmo de lo que odiaban del cristianismo.

En otras palabras, estos ataques ilustrados contra el judaísmo no fueron ajenos a los ataques de Paine, Jefferson, Voltaire y otros contra el cristianismo tal como se lo conocía. El antijudaísmo de Jefferson, como el de otros pensadores ilustrados, probablemente estaba conectado con un gran proyecto de liberación de la religión tal como se había conocido en Europa y América antes de la Ilustración. Ecrasez L’infame (aplastad lo repugnante) era el lema de Voltaire al respecto. Condorcet lo había afirmado en una época anterior: «El triunfo del cristianismo fue, pues, la señal de toda la decadencia tanto de las ciencias como de la filosofía». El progreso sería, por tanto, un progreso alejado tanto del cristianismo como del judaísmo, y hacia un conjunto de creencias y un modo de vida más ilustrados.

Thomas Jefferson

Particularmente a medida que envejecía, Jefferson abrazaba cada vez más el Unitarismo que él creía que era la verdadera enseñanza de Jesús, y se convenció a sí mismo de que eso era lo que la historia pretendía. Y la historia, el creía, estaba de su lado. «Es demasiado tarde para que los hombres sinceros pretendan creer en los misticismos platónicos de que tres son uno y uno es tres; y sin embargo, el uno no es tres y los tres no son uno», escribió a John Adams en 1813.

Es importante destacar que el contexto de ese comentario es una discusión sobre un proyecto de ley que legalizaba la enseñanza antitrinitaria en Inglaterra. «Recuerdo haber oído decir al Dr. Priestly que si toda Inglaterra se examinara cándidamente a sí misma, y confesara, encontraría que el Unitarismo era realmente la religión de todos». De vuelta en los EE.UU., Jefferson afirmaría, gracias al disestablishment, «Confío en que no haya un joven que viva ahora en los EE.UU. que no muera siendo unitario».

En otras palabras, Jefferson creía que las verdaderas, suaves y unitarias enseñanzas de Jesús se habrían convertido en casi universales si los establecimientos y las corrupciones de sus enseñanzas no se hubieran interpuesto en su camino, un cambio que él esperaba que se produjera a medida que se eliminaran los establecimientos en Estados Unidos. En un mercado religioso libre, las buenas enseñanzas expulsarían a las malas, creando unos Estados Unidos en los que, en la práctica, todos serían unitarios. Esto abriría un mundo en el que la ciencia y la razón podrían contribuir al verdadero progreso global.

El progresismo

¿Qué significaban las ideas de Jefferson para los judíos? Podían asimilarse como estadounidenses si reconstituían el judaísmo siguiendo las líneas que algunos pensadores judíos ilustrados estaban empezando a describir. Y en cierto modo, el judaísmo reformista avanzó en esa dirección en el siglo XIX, con su rechazo de las leyes dietéticas y del sionismo y, lo que casi inevitablemente se derivó de ello, un debilitamiento del tabú contra los matrimonios mixtos.

Hoy la Reforma parece estar en el lado equivocado de la historia judía. Más del 60% de los niños judíos de la zona de Nueva York, por ejemplo, son ortodoxos. No es así como se supone que debe transcurrir la historia, según los progresistas. Entre los cristianos, se supone que el unitarismo sustituye al trinitarismo, y entre los judíos, una Reforma suave y cosmopolita (esencialmente un unitarismo judío), sustituye al judaísmo tradicional. Esta visión progresista está, en parte, detrás de la alianza que a menudo vemos hoy entre judíos y cristianos tradicionales. ¿Es esa alianza parte de un giro general o es temporal? Podría ser cualquiera de las dos cosas. Por ahora, parece ser una alianza sólida. Pero si existe un arco de la historia, sólo Dios conoce todos sus giros.

El giro progresista contra el judaísmo tradicional tiene un complemento internacional porque el judaísmo no es simplemente una religión. Es la religión de un pueblo concreto, el pueblo judío. Ser judío es formar parte de una antigua nación, o tribu, que tiene una patria particular de la que fue exiliada por los romanos. Esto también supuso un problema para la Europa ilustrada, ya que el sueño de la Ilustración era la paz universal. Incluso un pensador tan sobrio como James Madison mantenía la esperanza en ese objetivo visionario.

Moisés es culpable

En este contexto, obsérvese cómo Jefferson caracterizó a los judíos, culpando a Moisés de haber «inculcado a su pueblo el espíritu más antisocial hacia otras naciones». En otras palabras, los judíos se negaban a asimilarse; en la época de Jefferson, estaban dispersos entre las naciones. Dada su visión del judaísmo, es razonable concluir que cuando Paine dijo, en Common Sense, que «todos los europeos que se reúnen en América, o en cualquier otra parte del globo, son compatriotas» no tenía en mente a los judíos de Europa. En otras palabras, los judíos habían insistido en seguir siendo judíos durante unos cuantos miles de años, y esto era un problema para los partidarios del progreso y la emancipación universal.

El erudito Peter Onuf señala que, en la apología de Jefferson de los excesos de la Revolución Francesa, se ve la dimensión nacional en su visión del progreso: «La libertad de toda la tierra dependía del resultado de la contienda, y ¿alguna vez se ganó un premio semejante con tan poca sangre? Mis propios afectos se han visto profundamente heridos por algunos de los mártires de esta causa, pero antes de que fracasara, habría visto la mitad de la tierra desolada. Si sólo quedaran un Adán y una Eva en cada país, y fueran libres, sería mejor que como es ahora».

Un Adán y una Eva por cada país

Nótese que Jefferson habla de «un Adán y una Eva dejados en cada país», y asume que habrá países. Una pareja por país, no dos. Dos o más parejas rivales crearían precisamente el problema que preocupaba a Jefferson. Cierto sionismo estadounidense reflejaba una versión de esa idea. Los judíos pertenecen a su propio país, y no deben permanecer dispersos entre las naciones. Pero una vez que ese proyecto comenzó a convertirse en una realidad práctica, de judíos que realmente regresaban a Israel, se convirtió en un problema, ya que la tierra estaba entonces ocupada por descendientes de personas que a su vez se habían trasladado a la tierra y/o la habían invadido después de que los judíos hubieran sido exiliados.

Desde un punto de vista histórico que acepte que siempre existirán trágicas compensaciones, este problema no es ninguna sorpresa, sino uno más en una serie interminable de problemas humanos. El palimpsesto de pueblos en Israel no es inusual. Pero que un pueblo, una vez exiliado (al menos durante un tiempo), siga manteniendo que su verdadero hogar es su antiguo hogar, dificulta el progreso de quienes creen que la historia va de menos a más, ya que crea conflictos masivos y probablemente violentos.

“Colonialismo de colonos”

Y eso nos devuelve al odio progresista actual contra los judíos e Israel. La crítica actual a Israel es que representa el «colonialismo de colonos», una acusación mantenida por personas que no creen que todos los blancos deban abandonar las Américas, que debamos eliminar la herencia española que ahora es omnipresente en Sudamérica y Centroamérica, que los chinos continentales deban abandonar lo que solía llamarse Formosa o, para el caso, que los árabes deban abandonar Israel, que colonizaron hace siglos. Incluso los recientes movimientos tribales en Oriente Próximo se consideran legítimos. Parece que sólo el regreso de los judíos a nuestra patria es un problema. Que la mayoría de los residentes actuales sean descendientes de judíos y árabes que se trasladaron a la tierra después de 1800, también es irrelevante para esta narrativa que los progresistas pretenden imponer a la historia moderna.

Tanto en el aspecto nacional como en el religioso, la ideología progresista tiene muy poco espacio para que los judíos sigan siendo judíos. Que los judíos son un pueblo antiguo con el judaísmo como religión y, en cierto sentido, la Torá como su Constitución e Israel como su patria, no encaja en las cajas convencionales del análisis político y religioso. Dado que la mayoría de los actuales residentes judíos de Israel descienden de otras naciones de Oriente Próximo, no de Europa, decirles que «vuelvan a Europa» no tiene sentido. Y difícilmente pueden volver a los asentamientos de la diáspora que les echaron o, como mínimo, les trataron como ciudadanos de segunda clase.

Israel

¿Adónde pueden ir si no es a Israel? Pero eso también es inaceptable porque significa que dos pueblos tienen reivindicaciones históricas de larga data sobre el mismo pedazo de tierra, una realidad que se burla de los sueños progresistas de progreso y paz perpetua. Significa que siempre habrá conflictos políticos insuperables aquí en la Tierra.

En medio de las esperanzas de paz universal y perpetua, quizá siga siendo cierto que lo mejor que podemos hacer es minimizar la guerra reconociendo que la paz es un don que sólo puede mantenerse con dificultad, y que la justicia para uno será a veces injusticia para otro. La paz significará aceptar algunas injusticias como mejores que la guerra, y a veces los hombres, comprensiblemente, encontrarán ese intercambio inaceptable. Pero siempre habrá opciones trágicas. Como decía el Pobre Ricardo de Benjamin Franklin, «quien vive de esperanzas muere ayunando».

Desde esta perspectiva, el enfoque progresista sobre Israel es, en parte, un chivo expiatorio. No es que Israel/Palestina sea el único lugar con un conflicto extremadamente desordenado en la tierra. Pero es más fácil culpar a los judíos que reconocer que el progreso tiene límites radicales; si conflictos imposibles como el judeo-árabe en Israel no son atípicos, y nunca lo serán, el progresismo es un engaño. Es más fácil culpar a los judíos, recurriendo a menudo a viejos libelos de sangre y estereotipos de judíos codiciosos, que cuestionar la premisa central de la política progresista. Esta necesidad de que el progreso sea posible es uno de los factores que explican el auge de grupos de otro modo inexplicables como «Queers for Palestine». Se centra la atención en Israel por impedir el progreso en lugar de en el gobierno de Hamás que ejecuta a homosexuales.

Los judíos contra la ruptura radical entre pueblo y religión

Dicho esto, los judíos y el judaísmo presentan un problema distinto para la mente progresista postcristiana. Juzgado desde una perspectiva política, el cristianismo representó una ruptura radical entre pueblo y religión. Y eso es algo que los judíos, qua judíos, siempre han rechazado. En otras palabras, las enseñanzas religiosas de los judíos, a diferencia de las de los cristianos y los progresistas, representan concepciones inconmensurables del bien. Tanto cristianos como judíos buscan hacer el bien en el mundo. A veces, inevitablemente, esas ideas contrapuestas del bien entran en conflicto.

A veces parece haber múltiples arcos de la historia independientes, o aparentemente independientes. Cuando Leo Strauss dijo que los judíos «representan el problema humano», probablemente se refería en parte a este problema. Nuestra existencia continuada como pueblo distinto pone en tela de juicio la cuestión del progreso integral. Una vez introducida en la política práctica, la idea de una historia universal se convierte en un problema insuperable, a menos que, tal vez, exista realmente un progreso unificado y global que agrupe a todas las civilizaciones del mundo, y que podamos reconocerlo lo suficientemente bien como para que sirva de guía a la política. Si eso puede lograrse mediante un acto de voluntad humana, es un rechazo de Dios y de Su Providencia. Si es lo que Dios quiere de nosotros, se impone una cierta humildad en la forma en que la historia llegará hasta allí.

El papel de la idea de progreso

El gran estudioso de la Filosofía de la Ilustración, Ernst Cassirer, (asesor de tesis de Leo Strauss, según recoge la historia), señaló que para la Ilustración la teodicea se convirtió en un problema político. Clásicamente, el problema consistía en explicar cómo, a la luz de las tragedias y los males del mundo, puede haber un Dios justo que sea el Creador. En la Ilustración, se presentó un desafío cuando los pensadores trataron de explicar por qué es posible el progreso integral, dados los antecedentes históricos.

¿Qué explica, si no la naturaleza humana o la condición humana, el sangriento registro de la historia? ¿Podemos diseñar un progreso integral? ¿Debe la guerra seguir formando parte de la existencia terrenal del hombre? Para los creyentes religiosos, la llegada o el regreso de un mesías podría ser necesaria para alcanzar ese fin. Pero los filósofos no pueden abrazar esa esperanza. Creen, en cambio, en medios de progreso meramente humanos. De ahí surgió la Cuestión Judía o el Problema Judío: ¿qué hacer con los judíos a medida que Europa se emancipaba? La opinión predominante entre los ilustrados era que los judíos debían dejar de serlo en un sentido robusto del término.

La intervención divina en la Historia

Para un progresista, el arco de la historia se toma como un universal empírico, aunque sea, de hecho, una cuestión de fe. Desde la perspectiva de Dios, es muy posible que exista tal arco, pero también es probable que cualquier pretensión humana de ver un arco universal de la historia sea, de hecho, un engaño. Lo que a uno le parece «avanzar» a otro le parece opresión. De ahí que la política siga ocupando un lugar central en nuestras vidas en la Tierra, ya que buscamos lo mejor posible, dada la inevitabilidad de las opciones trágicas. El lado sobrio de la Ilustración lo reconocía; el lado milenario, mucho menos. En ese sentido, la creencia moderna en el progreso no es más que otra de las interminables creencias religiosas que tratan de sustituir al judaísmo y a otras religiones.

La mera acción humana puede mejorar algo las cosas en una época, pero eso no es progreso en el sentido robusto del término. Los progresistas odian a Israel porque los judíos representan la realidad de que el verdadero progreso global sólo es posible con la intervención divina. Puede que haya algo bueno en esa limitación, ya que también significa que las buenas obras siempre serán posibles. Siempre habrá problemas reales que abordar, más que resolver, y trabajo importante que hacer. Mientras haya judíos sobre la tierra, no habrá una solución definitiva al problema humano.

Ver también

Claves para distinguir al antisemita actual. (Antonio José Chinchetru).

Antisemitismo, un odio profundamente antiliberal. (Antonio José Chinchetru).

Marx fue precursor del antisemitismo nazi. (Antonio José Chinchetru).

Israel es culpable

Hablar sin tapujos de este pequeño país situado en la costa Levantina significa meterse en uno de los jardines más laberínticos que puedan imaginarse, y es que, Israel polariza, y mucho. El título incendiario que he escogido ha sido por acordarme de las palabras vociferadas por la joven neonazi, o musa falangista, como la llamó El Español, Isabel Peralta a principios del año pasado. ¿Y qué tendrá que ver el antisemitismo campante y rampante de una joven desnortada pregonando el vetusto libelo de los Sabios de Sion con el tema que nos atañe?1 Su casposo antisemitismo es compartido por sus homólogos en el otro espectro político.

Como he mencionado, este reducido país2 rodeado de una constelación de enemigos es sobre el que recaen las críticas más duras de toda la intelligentsia occidental y buena parte del mainstream ideológico actual3. Quien diría que en una zona donde imperan los emires4, los alatoyás (como la teocracia chií de Irán) o monarquías autoritarias de corte wahabita (como la sunita Arabia Saudita), entre otras formas de gobiernos totalitarios, el blanco de todas las críticas iba a ser hacia la única democracia parlamentaria de carácter liberal. Este pequeño refugio para el pueblo más perseguido de la historia de la humanidad, se ha convertido en la Caja de Pandora de todo lo que ocurre en la región.

Cada vez que hay tensiones políticas, territoriales o religiosas, la maraña de intelectuales que circundan por las facultades y medios de comunicación, no dudan un instante en dictaminar quién es el culpable. Cuando se menciona el “conflicto en Medio Oriente” suele venir a la mente la cuestión israelí-palestina, como si en una zona donde la correlación de fuerzas se dirime por la violencia y la coerción, fuere el único conflicto que ha habido y que hay. Se pasa por alto la guerra civil en Yemen y la confrontación con Arabia Saudita, la guerra civil en Siria que dura desde hace 11 años, u otros históricos como las tensiones del septiembre negro en Jordania (1970), la guerra del Dhofar (1962-1975) en Omán, la situación del pueblo kurdo (localizado entre Turquía, Irán e Irak mayoritariamente), o los catorce siglos de animadversión entre las dos ramas principales del islam (a la que también habría que añadir el jariyismo). Además, a esto hay que sumarle el resurgimiento del Daesh (2014) y todos los grupos terroristas que han aparecido en estos países. Por supuesto que, algunos de ellos, alimentados por la nefasta política exterior que Estados Unidos ha tenido siempre a causa de la rivalidad bipolar con la URSS durante la Guerra Fría, y posteriormente.

Sea como fuere, Israel es el culpable. Da igual que ya desde su independencia, en mayo del 1948, Egipto, Siria, Transjordania, Líbano, el Reino Hachemita de Irak, Arabia Saudita, el Reino de Yemen y la Liga Árabe le declarasen la guerra. A una gente que, vale la pena recordarlo, provenía en muchos casos de los campos de exterminio nazis y que, sin comerlo ni beberlo, tuvieron que enfrentarse a estados y ejércitos muy superiores numérica y armamentísticamente. Todo ello por el restablecimiento del estado judío en el sitio donde estos llevaban habitando, de forma ininterrumpida, desde hacía más de 3 milenios, a pesar de las numerosas guerras y expulsiones ocurridas en la región. Una de las más señaladas fue la I guerra judeo-romana que tuvo lugar en Judea, también conocido como West Bank (1950), y que finalizaron con la entrada de las legiones romanas de Tito y la destrucción de Jerusalén, su capital eterna, lo que conllevó una masiva expulsión judía. Sin embargo, aún quedaron judíos en la región renombrada por Tito bajo el neolatinismo Palaestina.

Delante de todas estas vicisitudes, el retorno de los judíos en masa a su tierra ancestral vino con una respuesta inmediata de repulsa por parte de sus vecinos. El día después de declararse su independencia, uno de sus líderes, Ben-Gurion, sabía que no estaban para celebraciones y que les tocaría defenderse de fuerzas muy superiores a ellos. El 15 de mayo los aviones egipcios surcaban el cielo del nuevo estado y se iniciaba un conato de invasión y bombardeo de Tel Aviv. Se estima que Israel perdió al 1% de su población en dicha guerra, unos 6.000 habitantes (el 6% de su población entre 17-20 años pereció) (Stein, 2009, pág. 66).

Las derrotas del ejército israelí a los ejércitos árabes, en la mayoría de los casos, han sido humillantes, ya desde 1948, pero también en el 1967 con la célebre Guerra de los Seis Días. No es menos cierto que en muchos casos, después de las experiencias y la destacada imposibilidad de hallar paz en dicho conflicto, Israel se ha defendido preventivamente. A mi juicio, el gran problema en la región es de reconocimiento; jamás han aceptado la presencia de dicho estado, cosa que Israel sí hizo y, esto intrínsecamente, significaba la creación de un estado árabe (Resolución 181 de 1947). La situación se fue agravando y ese nulo reconocimiento se hizo más explícito, si cabe, con la Resolución de Jartum (1967), la cual, en su artículo tercero, incluía los célebres “tres no”: no a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel, no a las negociaciones con Israel.

Luego, no importa lo que suceda, tampoco que la Franja de Gaza esté gobernada por un grupo terrorista5 que oprime sistemáticamente a su población y que practica el democidio6, tampoco que Israel se haya mostrado abierto a ceder territorios para lograr la paz (cosa que ha hecho en varias ocasiones), ni que en los países enemigos las mujeres sean meros objetos de sus maridos, que en muchos casos impere la Sharía, y que, para más inri, en una sociedad occidental en donde buena parte de la izquierda arguye y repite ad nauseam que la mujer está sometida por el hombre, se dediquen a atacar y desprestigiar a un país que ya en 1969 tuvo una mujer como primer ministro, Golda Meir (nunca recordada por dichos sectores) y que sin duda, es un ejemplo de tolerancia cívica, religiosa, política, económica y humana.

Los datos no mienten, un 21.1% de su población es árabe (la cual tiene representación en la Knesset), en 2008 un 44.06% de los habitantes habían nacido en Israel, un 26.6% en Europa y la antigua URSS, casi un 15% en África, más de un 10% Asia, y casi un 5% Oceanía7. Además de estas procedencias heterogéneas, los palestinos deben ser la única población en todo el mundo que puede apelar a la Corte Suprema de otro país en caso de necesitarlo, esto sería como si los sirios se pudieran acoger a la corte suprema del Líbano durante la guerra civil. Y a todo lo mencionado es a lo que algunos tildan de país “racista” o incluso, de Apartheid (este argumento lo han repetido hasta la saciedad autores como Ilan Pappé o activistas de primer nivel como Noam Chomsky, el cual, de joven, había estado incluso en los Kibutz israelíes). Más allá de eso, estamos hablando de una zona que tiene ínfimos recursos naturales y que cuando empezaron las Aliot coordinadas (del verbo hebreo subir o ascender, es decir, el retorno judío a su tierra, iniciadas en 1881) era un páramo desértico sin rastro de agua8, y a día de hoy han conseguido que sobre.

Un país líder en Start Ups, de ahí que se le conozca como la Start-up Nation (término popularizado por Dan Senor y Saul Singer), con un mercado interior muy reducido, con un bloqueo sistemático de sus vecinos, con amenazas de bomba constantes, con grupos terroristas asolando sus fronteras como Hezbollah, con una mala prensa que blanquea a las dictaduras de Medio Oriente, con todo esto y mucho más, Israel es un milagro hecho realidad. No solo en términos físicos, sino culturales, el empeño encomiable de supervivencia de dicho pueblo los llevó a recuperar una lengua prácticamente muerta como era el hebreo.

Así pues, sin ánimo de alargarme mucho más, hay una izquierda que vocifera que Israel es culpable, pero que ellos no odian a los judíos a diferencia de la extrema derecha, sino que odian el sionismo9. Dicho concepto es poliédrico y tiene muchas acepciones, eligen escoger la que les interesa: sionismo como sinónimo de racismo. Se parapetan en la Resolución 3379 – no vinculante- de la ONU de 1975, donde se manifestó que se trataba de racismo y, para más inri, se equiparó al régimen sudafricano (casualidades de la vida, cuando se realizaron las votaciones, Sudáfrica se encontraba ausente en el hemiciclo). Todo ello con el aplauso de grandes democracias como: Afganistán, Arabia Saudí, Argelia, Baréin, Catar, Cuba, la URSS, Egipto, entre otras. Finalmente, en 1991, la Resolución 4686, aprobada por 111 miembros, revocaba aquella malintencionada pretensión que buscaba atacar deliberadamente a Israel.

Lo más curioso de todas estas difamaciones es que, en buena medida, no solo provienen del mundo árabe, sino que es una lacra heredada de la Guerra Fría, y especialmente, de la URSS. Esta tuvo un papel decisivo en la creación del estado de Israel, de ahí que el periodista ruso, Leonid Mlečin, pusiera de título para su libro “Por qué Stalin creó Israel”. Esto cambió ya a principios de los 50s y empezó una propaganda acérrima contra el sionismo tachándolo de burgués. Cientos de miles de medios de comunicación soviéticos representaron a los judíos como conspiradores mundiales buscando imponer su dominio global (solo 20 años antes, un tal Adolf Hitler vociferaba lo mismo, pero, los extremos no se tocan, eso lo dicen los cuñados); “Hundreds of articles, in magazines and newspapers all over the Soviet Union, portrayed Zionists (i.e. Jews) and Israeli leaders as engaged in a world-wide conspiracy, along the lines of the old Protocols of Zion” (Johnson, 1988, pág. 575).

El hecho que haya calado tan hondo en el imaginario colectivo que el sionismo es racismo y no un movimiento político que buscaba la creación de un estado para el pueblo judío a finales del s.XIX, es decir, en un contexto de auge de los nacionalismos y de antisemitismo acuciante en Europa, constituye un buen ejemplo de neolengua. Como postuló Goronwy Rees, la asociación internacional del sionismo con el racismo hubiera sido aplaudida con entusiasmo en los mítines nacionalsocialistas en Nuremberg durante los años 30s10.

Así pues, substituyamos “Israel es el culpable” por “el judío es el culpable”, como vemos, el sujeto cambia, pero el trasfondo es el mismo. De los 195 estados que hay en el mundo, resulta que, el más polémico y el que más molesta es el único que es judío. Eso no quiere decir que en las IDF se hayan cometido excesos deplorables, que en una guerra haya habido crímenes, que haya individuos que sobrepasen cualquier código moral (muchos de ellos juzgados en los tribunales israelíes) y que, en definitiva, sea agradable una situación de tensión permanente. Aun así, hay que tener en cuenta que la mayoría de imágenes que nos llegan del conflicto son precisamente de la Franja de Gaza, de la cual, no sale ninguna información sin la autorización del grupo terrorista que la gobierna manu militari. Son doctos en la creación de contenidos audiovisuales y ya se encargan muchos de sus estólidos en darle difusión en occidente, estoy pensando en Mehdi Hasan que, desde Al Jazeera, es decir, de un canal fundado en Catar y financiado por el gobierno catarí, se dedica a predicar sobre la falta de derechos humanos de los palestinos. Ver para creer.

Finalmente, el mito del palestino lanzando piedras hacia tanques israelíes (la propaganda soviética se encargó de popularizarlo11), es precisamente una forma de apelar a los sentimientos occidentales. Si la tónica dominante hubiera sido la de lanzar piedras, no hubiera hecho falta el desarrollo de la Cúpula de Hierro. Si lanzaran piedras y no se inmolaran indiscriminadamente contra población civil, tampoco harían falta los check-points ni los muros de contención (según Claudio Vercelli, estos han reducido en un 90% los atentados terroristas y los actos de violencia12), si Hamas no colocara sus bases de operaciones en hospitales, colegios, residencias o incluso guarderías, se evitarían muchas muertes de inocentes, como también lo haría el hecho de usar los recursos internacionales para cuidar a su población y no para lanzar cohetes a ciudades israelíes y excavar túneles con los que poder atacar al país vecino. Llegados a este punto hay que remarcar que no todo el que critica a Israel es antisemita, pero todo antisemita ataca a Israel.

Bibliografía

Beller, S. (2007). Antisemitism: A Very Short Introduction. Oxford: Oxford University Press.

Johnson, P. (1988). A History of the Jews. New York: Harper & Row .

Korey, W. (1995). Russian Antisemitism, Pamyat, and the Demonology of Zionism. New York: Routledge.

Pla, J. (2002). Israel, 1957. Barcelona: Destino.

Stein, L. (2009). The making of Modern Israel, 1948-1967. Cambridge: Polity Press.

Twain, M. (2007). The innocents abroad. New York: The modern library.

Vercelli, C. (2020). Storia del conflitto israelo-palestinese. Urbino: Editori Laterza.

1 Los protocolos de los sabios de Sion se publicaron en 1902 y buscaban justificar los pogromos recurrentes que se producían en la Rusia Zarista. Este texto sirvió de inspiración al propio Hitler, el cual, en su libro insignia, no solo los citó, sino que en buena medida muchas de sus premisas estaban en consonancia con los mismos. Uno de los postulados del Protocolo era que los judíos iban a usar el capitalismo y el socialismo para enfrentar al mundo y conquistarlo. Antes de la I Guerra Mundial, el libelo sólo estaba enfocado hacia una audiencia rusa, especialmente por el idioma, pero eso no fue problema para Occidente y la Europa Central a la hora de desarrollar sus propios alegatos antisemitas, por ejemplo, el célebre “Victory of Jewry over Germandom” (1879) de Wilhelm Marr, también tenía la misma pretensión de propagar la idea que vivían bajo una conspiración internacional judía (Beller, 2007, págs. 72-73).

2 De 20.770 km2, es el centésimo cuadragésimo noveno estado en superficie de 195.

3 Esto no quiere decir que por las dimensiones de un país no pueda ser criticado por sus acciones.

4 Arabia Saudita, Baréin, Catar, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Irán, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Siria, Yemen, Turquía y Chipre. El concepto de Oriente Medio es confuso, por ende, hay países como Chipre que podrían estar fuera.

5 Y no es que lo diga yo, o Israel, o Estados Unidos, sino que la Unión Europea lo califica de ese modo. Es decir, no se trata de una burda etiqueta, por el contrario, es la definición exacta de lo que es Hamas. El problema, a mi juicio, es que occidente rara vez tiene en cuenta este hecho. Cuando Israel responde a los ataques de dicha organización, muchos se horrorizan. La vara de medir es exigirle a Israel un trato a sus vecinos como si de un estado europeo se tratara (en el sentido físico y geográfico), es decir, un país que lidiase con democracias como: Luxemburgo, Italia, Francia o Portugal, y no con quien realmente debe lidiar: Hamas, Hezbollah, Daesh, Irán, etc. Como no puede ser de otra forma, cuando hay abusos y crímenes injustificados por parte de las IDF, no solo son condenados por la mayoría de la población israelí, sino que existen procesos legales para poner coto a esos actos que ruborizan a cualquier ser humano.

6 Término desarrollado por R.J. Rummel, el cual se refiere a los asesinatos gubernamentales de opositores políticos y otros crimines de este estilo, siempre intencionados.

7 Datos extraídos del gobierno. Israel in Figures Selected Data From the Statistical Abstract of Israel: https://www.cbs.gov.il/he/publications/DocLib/isr_in_n/sr_in_n21e.pdf

8 En 1869, el escritor norteamericano, Mark Twain describió la zona de Palestina de la siguiente manera; “the further we went the hotter the sun got, and the more rocky and bare, repulsive and dreary the landscape became […]. There was hardly a tree or a shrub any where […], a worthless soil, had almost deserted the country” (Twain 2007, 731-732). Otro tanto sucede con el ilustre periodista palafrugellense, Josep Pla, quien a mitad de los años 50 del siglo pasado se preguntaba lo siguiente, “¿Cómo es posible que puedan vivir dos millones de hombres y mujeres en un espacio de tierra que durante dos mil años -y más- ha sido un desierto? (Pla 2002, 22).

9 Una cuestión que podría incurrir en contradicciones de todo tipo, puesto que es paradójico odiar el derecho del pueblo judío al autogobierno.

10 “There were ghosts haunting the Third Committee that day; the ghosts of Hitler and Goebbels and Julius Streicher, grinning with delight, to hear not only Israel, but Jews as such denounced in language which would have provoked hysterical applause at any Nuremberg rally” (Korey, 1995, pág. 31).

11 Véase, por ejemplo, el cartel de la PLO en el decimotercero World Festival of Youth and Students de julio de 1989 celebrado en Pyongyang, y diseñado por Emad Abdel Wahhab.

12 “L’intento dichiarato era quello de impedire l’ingresso di terroristi nello Stato ebraico, obiettivo raggiunto con una secca riduzione del 90% degli atti di violenza (Vercelli, 2020, pág. 205).