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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Nacida para reñir

Ella vino para decirle al mundo cómo debe conducirse y corregir de una vez la pulsión innata del ser humano a hacer con su vida lo que le parece oportuno, algo inadmisible para una mentalidad socialista como la suya.

Lo interesante del caso es que sus sermones (laicos, por supuesto) tienen un carácter selectivo, de forma que los reproches únicamente recaen en los grupos considerados como "malos", por utilizar las categorías de ideólogos del socialismo posmoderno como Peces Barba. "Los buenos", o sea, los amigos de Elena, están a salvo de la sanción ministerial así se metan entre pecho y espalda media docena diaria de hamburguesas con tocino hasta ponerse del tamaño de un ballenato que compartiera los hábitos alimenticios de Michael Moore. La ministra completa así el círculo virtuoso del relativismo ético: una acción no es buena o mala por sí misma, sino en función de quien la realiza.

Esta semana hemos visto un ejemplo muy claro de cómo interpreta la Salgado su función censora. Una amenaza de muerte a un cargo público utilizando la peor jerga terrorista es algo muy feo… salvo que sea proferida por "los buenos" contra un representante de "los malos", en cuyo caso la exigencia de un comportamiento democrático hay que dirigirla únicamente a quien recibe el ultimátum. Con esta sencilla anécdota, la ministra demuestra con nitidez que la misión del Gobierno del ingrávido no es velar por los derechos civiles de los ciudadanos sin distinción de sus ideas, sino seguir avanzando en la construcción de un nuevo mundo socialista, a cuyo éxito se sacrifica cualquier principio ético.

Como ministra de Administraciones Públicas, Elena Salgado, pueden estar tranquilos, jamás sacará a relucir su vena de amargada Rottenmeier para exigir que en los edificios de muchas administraciones ondee la bandera constitucional, tal y como establecen las leyes. Nuevamente nos encontramos ante la barrera primordial de que quienes se ciscan en la ley son "los buenos". Cuando "los malos" protesten se les aplicará la receta de la casa Salgado, según la cual su irascibilidad obedece únicamente a la presencia de un espíritu escasamente democrático.

Mientras todo se quede en el diagnóstico podemos ir tirando. Lo preocupante vendrá cuando, cansada de convivir con tanto antidemócrata, la Salgado se decida a convertir a los malos en buenos reeducándonos mediante tratamientos de choque. Tengo entendido que son muy dolorosos.

Capitalistas a la cárcel

Como todo el mundo sabe, Estados Unidos es uno de los pocos países occidentales donde los gestores y dueños de grandes empresas dan con sus huesos en la cárcel por distintos motivos. Desde Jeff Skilling, antiguo presidente del Consejo de Administración de ENRON, condenado a 24 años de prisión y pendiente de una apelación que podría reducir su sentencia, hasta la celebérrima Martha Stewart, condenada por cuatro delitos, son muchos los capitalistas norteamericanos o residentes en los EE.UU. objeto de investigaciones por parte de fiscales de distrito u organismos del Gobierno Federal.

El caso más reciente de gran empresario condenado a prisión es el de Conrad Black, el que fuera propietario entre otros del diario británico The Daily Telegraph y del Chicago Sun-Times. Encausado por diversos delitos que sumaban 100 años de cárcel, el magnate canadiense fue condenado el pasado mes de julio por cuatro de los 13 delitos que se le imputaban. En total, 35 años de cárcel y más de un millón de dólares de multa si la sentencia, que se espera sea publicada en noviembre, aplica las penas máximas.

En un artículo publicado en la revista Tatler el pasado mes de abril, Black denunciaba la existencia de una "nueva clase de abogados y expertos legales beligerantes" dotados del "poder de destruir". La posibilidad de encausar a empresas enteras y la figura del plea bargain, es decir, la reducción de la condena propia a cambio de acusar a otros, ha convertido las investigaciones sobre fraude empresarial en auténticas cazas de brujas, a menudo infundadas, y que no sólo desperdician dinero del contribuyente, sino que causan la pérdida de miles de puestos de trabajo y miles de millones en acciones sin que al final se haya probado más que una pequeña infracción fiscal que se podría haber resuelto con una multa.

Además de esto, Black señala que algunas partes de la conocida como Patriot Act, la legislación antiterrorista promulgada en 2001 y renovada en marzo de 2006, han sido usadas para confiscar su propiedad y eliminar algunos de sus derechos, como el de la acusación previa. El resultado de estas prácticas es la búsqueda por parte de algunas empresas "de medios de capitalización distintos a la bolsa o la huida a Londres". Un hecho del que poco antes de ser nombrado primer ministro se jactaba el entonces ministro de Finanzas británico, Gordon Brown, y ante el que el alcalde de Nueva York, el republicano Michael Bloomberg, mostraba su alarma hace unos meses.

Sin embargo, no parece que el asalto empresarial vaya a terminar en los EE.UU. Es más, a tenor del discurso de algunos candidatos presidenciales del Partido Demócrata, los empresarios parecen haberse convertido en el nuevo chivo expiatorio de todos los problemas económicos de ese país. Por otra parte, la elección de Andrew M. Cuomo, conocido por haber denunciado a más de 2.000 empresas por discriminación racial mientras ocupaba el puesto de secretario de Vivienda en el Gobierno de Bill Clinton, como fiscal general de Nueva York en noviembre de 2006 no augura nada bueno.

Por desgracia para los norteamericanos, su país se parece cada vez más a lo que Zygmunt Bauman denominara el "Estado jardín", una visión política que concibe la sociedad como un mero objeto de diseño, cultivo, y por supuesto erradicación de malas hierbas. En la situación actual, todo aquel que haya amasado una fortuna, o que como Conrad Black se atreva además a defender desde sus medios de comunicación conceptos como el Estado limitado o la economía de mercado, será objeto preferente de fumigación preventiva. Un triste sino para esa nación que en otros tiempos inspiró a tantos amantes de la libertad.

Capitalismo para todos

Muchos se preguntan en qué se distinguen los capitalistas modernos en España de las líneas generales del Partido Popular: somos un grupo de personas que sabemos lo que queremos y cómo buscarlo. Hace un tiempo, el Partido Socialista, siempre tan ilustrado, dijo que con ellos en el poder, las personas tienen prioridad. ¿Prioridad? Este ha sido uno de los gobiernos más liberticidas de la historia de España. En realidad, lo que quieren decir es que para ellos el Estado va primero, y eso siempre significa que nosotros, las personas, somos los de última prioridad y categoría. ¿En qué se caracteriza el PSOE y en menor medida el PP? Ambos creen en una vivienda municipal, apoyan vestigios de una industria nacionalizada, una policía politizada (caso Bono, por ejemplo), el poder judicial radicalizado, y la educación, en manos de tiranos ideológicos (educación contra la ciudadanía). Pero lo más grave de todo esto es que para ellos lo verdaderamente importante es tener a los ciudadanos neutralizados. Es decir, indefensos, anestesiados y sin recursos para defenderse. Y no hablo solamente de cargarse nuestro derecho legítimo a defendernos con armas sino de todo lo que implica el crecimiento de los tentáculos estatales.

¿Qué nos distingue, pues? Muchos nos acusan de sólo pensar en el dinero y en la eficiencia. Yo soy el primero en reconocer que la moralidad no es ni nunca debe ser monopolizada por un partido único. De hecho, eso es cosa de socialistas de todos los partidos. Pero lo que nos distingue muchas veces es la fundamentación de nuestras convicciones. ¿Por qué los capitalistas estamos radicalmente en contra de la inflación? ¿Solo porque suben los precios? No: porque destruye el valor de nuestros ahorros, y porque destroza puestos de trabajo y eso conlleva la aniquilación de las esperanzas de muchas personas. ¿Por qué debemos limitar el poder de los sindicatos en España? ¿Solo por aumentar y mejorar la productividad? No: porque los trabajadores deben tener opciones, si ellos quieren deben tener el derecho de no sufrir acoso sindical y elegir el futuro que quieran, tal y como queremos miles y miles de personas en este país sin el temor a que una banda de sindicatos totalitarios sacudan nuestras vidas. ¿Por qué defendemos los colegios y universidades privadas? ¿Ppara defender los privilegios elitistas? No: porque creemos en las personas y en la libertad de elegir el centro que ellos quieren para sus hijos. Lo que nos distingue es que queremos ampliar las oportunidades económicas para todos los ciudadanos y así incrementar la riqueza nacional. Si no somos libres para elegir, no somos ciudadanos libres y mucho menos la prioridad.

La vida en España es muy difícil para las personas en cuyos talentos depende el futuro de la nación: los emprendedores, los científicos, los ingenieros, los diseñadores, los inversores y los empresarios. Ellos son los únicos que tienen la capacidad para crear más empleos en el futuro.  El Partido Socialista no da prioridad a las personas…todo lo contrario, nos desemplea y nos tritura a base de impuestos. El PP y el PSOE insisten en que los problemas se resuelven con la intervención estatal. Pero los gobiernos no deben existir para dirigir los negocios. Todos sabemos cómo ha fracasado la intervención del Estado en cuestiones económicas y lo peor de todo es que no son ellos los que pagan estos errores: somos nosotros, los ciudadanos, los que pagamos la factura de esos fracasos mediante impuestos. Quizás para pagar sí que tenemos prioridad absoluta. Si hay algo grande por lo que se caracteriza el siglo XX es que muchísima más gente ha tenido acceso al voto. Ahora nuestra labor consiste, el gran reto para la España del siglo XXI es y será que mas personas tengan acceso directo a la propiedad, que sean dueños libres de su propio destino. Los intervencionistas, al no tener argumentos válidos contra nosotros, recurren a la táctica del insulto y de la acusación particular. Nos acusan de desinteresarnos por “el pueblo.” Sin embargo, son ellos los que frecuentemente apoyan las huelgas en el servicio sanitario cuando nuestras soluciones serían el remedio para las listas de espera; son ellos los que casi siempre apoyan las huelgas de profesores que indudablemente interrumpen la educación de los jóvenes; son ellos los que continuamente atacan la labor de la policía cuando lucha contra delincuentes violentos y violadores de la propiedad privada; y son ellos los que muestran un profundo rechazo para que sean los padres los que elijan la educación de sus hijos. Esos personajes, con un historial tan delictivo, no deben dar lecciones de empatía con el pueblo. Sin el Estado de Derecho, no puede haber libertad.

Ningún partido político habla de lo que verdaderamente interesa: queremos una España con más propietarios y empresarios jóvenes, con la dignidad e independencia que eso conlleva. Necesitamos propagar el espíritu de los emprendedores para paliar los efectos del paro. España y sobre todo los partidos políticos, necesitan librarse de esa actitud de “los nuestros y los suyos.” Pero lo primordial es tener un país que sea respetado por el mundo, que valore los grandes beneficios de una sociedad libre y que los defienda. Ese día llegará cuando los grandes vestigios que quedan del socialismo estatal en España desaparezcan para siempre.

Transgénicos para todos

Pero cuando dejaron de preocuparse de las especies en peligro de extinción y decidieron meterse en harina política perdieron ese halo de sensibilidad que rodeaba todas sus acciones. Hasta en Hollywood, colonia progre donde sólo se habla de dietas vegetarianas y cambio climático, empezaron a atizarles. Vean si no los tres primeros minutos de Armageddon, los más divertidos que ha producido el cine americano en los últimos veinte años.

Pues bien, la última “fazaña” de los activistas de Greenpeace ha sido volcar a la puerta del Ministerio de Medio Ambiente de Tailandia varios contenedores de papaya modificada genéticamente. Once toneladas de fruta transgénica, once (estos cuando se ponen, se ponen), inundaron las puertas de entrada del ministerio para concienciar a la población tailandesa de los peligros de este tipo de cultivo. El resultado fue que en cuestión de media hora, las toneladas de fruta desaparecieron porque la gente, sencillamente, se las llevó a casa. Hasta los conductores paraban los coches para llenar el maletero con fruta gratis, ajenos a las advertencias de los ecologistas, que no daban crédito a lo que veían. No sólo eso, los funcionarios del ministerio, al ver el revuelo, también bajaron a llenar unas bolsas de fruta que los cachondos de Greenpeace habían dejado tan a mano.

La gran tragedia es que por culpa de la campaña papayera de los pacifistas verduscos, varios miles de ciudadanos inocentes están consumiendo una bomba transgénica cuyas consecuencias futuras sólo cabrá atribuir a la inconsciencia de una organización ecologista. Cuando empiecen a aparecer casos de tailandeses con un color de piel sospechosamente parecido al amarillo verdoso de esa fruta tropical o comiencen a nacer niños que en lugar de caca harán la fotosíntesis, alguien tendrá que responder de ello. No quiero ser agorero, pero las demandas judiciales contra los activistas papayeros pueden ser numerosísimas. Igual hasta se ven obligados a subastar el Rainbow Warrior para pagar las indemnizaciones de los afectados

O sea, un desastre. Se pone uno a salvar el mundo y resulta que el mundo no quiere salvarse sino que prefiere llenarse la barriga de fruta transgénica. Y es que hay mucho enemigo del planeta suelto. También en Tailandia.

Más viñetas de Mahoma

La situación podría volver a repetirse. Un diario nórdico, este sueco, publicó el pasado julio una viñeta en la que se caricaturizaba a Mahoma como un perro.

El mal gusto del dibujo es más que evidente. Además las creencias religiosas tienen una impronta vital enorme para quienes las hacen suyas. Es lógico si la fe le lleva a lo trascendente, a lo que va más allá incluso de la propia persona. Si, como es el caso, se identifica a Dios como el creador de todas las cosas. Quien insulta unos sentimientos tan íntimos y tan poderosos es revelador de su calidad humana.

Nuestra cultura es, déjeme recordar el tópico, cierto aquí, de raigambre clásica y judeocristiana. De ambas fuentes hemos destilado algunas ideas que consideramos obvias pero que para otras culturas no lo son en absoluto. La creencia judía de que estamos hechos a semejanza de Dios explica la repugnancia al castigo físico y la tortura. El cristianismo introdujo la revolucionaria idea de que todos somos iguales ante el juicio moral de Dios, lo que ha dado lugar a la idea de la igual dignidad de la persona independientemente de su condición. El humanismo clásico ha servido de contrapeso a un teocentrismo excesivo. Uno a uno, estos elementos más otras circunstancias históricas han favorecido el alumbramiento de sociedades libres y complejas, que mantienen su ser pese a cada vez más le estamos dando la espalda a la propia cultura.

La cuestión es, aquí, que el cristianismo ha alentado esa sociedad abierta que lleva sus propios símbolos a las cloacas de la cultura. No se entienda como una crítica, sino todo lo contrario. No soy un experto en las culturas musulmanas, pero hay rasgos demasiado marcados como para que se le escapen al observador atento. Y uno de ellos es que no ha dado lugar a esa complejidad, a esa tolerancia que lleve a extremos indeseables, como el de esta viñeta, sin el peligro de que la llama del odio vuelva a prenderse. Hay enfrentamientos entre distintas formas de entender el mensaje de Mahoma, pero no han forzado el compromiso de tener que tolerarse, aunque sea a desgana; un paso que nosotros comenzamos a dar hace ya muchos siglos. A ellos les quedan unos cuantos, parece, para la tolerancia.

Una nueva víctima de la conspiración machista

La echan de la Biblioteca por ser mujer. No por haber estado tocándose el incunable tres años seguidos, acusación que no se sostiene a la vista de los éxitos rutilantes de su gestión, entre los que ella misma destacó la organización de un concierto de hip-hop (¡la Virgen!) y el hecho de que a su primer ágape navideño acudieran setecientos progres gorrones en lugar de los doscientos habituales en años anteriores.

Pero no debe preocuparse la insigne escritora catalana, faro de la progresía española en su vertiente más radical. Una persona con sus conocimientos y su prestigio tiene ante sí un horizonte de posibilidades laborales de lo más variado. Permítasenos aportar alguna idea al respecto.

Cualquier cosa menos tomarse unas merecidas vacaciones después de estos tres años de actividad febril, en los que apenas ha tenido tiempo para insultar a la media España que no se resigna a progresar adecuadamente. El mundo está agonizando y sólo los intelectuales de izquierda pueden cambiarlo. Continúe en la brecha Doña Rosa. El futuro de la España plurinacional depende en gran parte de personas como usted.

La primitiva envidia

Hace unos meses llegó a mis manos una de esas típicas guías de hacer dinero que pueblan las estanterías de todas las librerías de los EEUU y que apenas se dejan ver en muchas homólogas europeas. Esto no es más que un reflejo de la importancia que otorgan los lectores de ambos continentes a los asuntos prácticos de la vida. Se trata de una guía muy útil sobre los conceptos básicos para tomar o comprender decisiones de inversión.

Las sencillas explicaciones de dicho libro se intercalan con gráficas, tablas de rigor y viñetas con algunos chistes. Una de ellas consistía en dos dibujos básicamente idénticos. En el primero (titulado Capitalismo) se ve a un ricachón llevado en descomunal limusina y observado por un peatón desde la acera acompañado por su pensamiento: "Algún día conseguiré uno de ésos". Le sigue una segunda viñeta (titulada Socialismo) en la que se ve a nuestro mismo peatón observando, mohíno, al ocupante del cochazo pero con este otro pensamiento: "Algún día se lo arrebataré".

Es obvio que en esta última viñeta la envidia ha entrado en juego. Una de las razones por la que pienso que el socialismo sigue gozando de una buena salud (pese al decepcionante balance que nos ofrece la experiencia histórica contrastada) es debido a que la envidia está muy arraigada en nuestras pautas mentales ancestrales y su presencia es tenaz.

Durante las larguísimas etapas de carestía que nuestros antepasados homínidos tuvieron que soportar –nolens volens– hasta que el raciocinio y la aparición de la civilización empezaron a liberarles de las ataduras de las sociedades primitivas, probablemente nuestro cerebro hubo de codificar evolutivamente un mecanismo mental que rechazase, a modo de supervivencia cohesionadora, toda manifestación de abundancia sin ser repartida de inmediato entre los miembros del clan.

Los enormes beneficios que nos proporcionan la moderna división del trabajo y del conocimiento en una sociedad abierta debe llevarnos, contraintuitivamente, al respeto de los derechos de los demás a sus mayores ganancias (cuando así lo permita el mercado en cada entorno y en cada momento). Los colectivistas de todos los partidos, cuando nos hablan de la deseable moral pública del repartir –coactivamente, por supuesto–, no se imaginan lo tribal que es este pensamiento y de cuán lejos viene esa cruzada.

El paradigma actual de la sociología y antropología (muy escorado hacia babor) está basado en un modelo de conducta humano en el que da por hecho que nuestro cerebro es una "tabula rasa" y que todo está relleno de cultura; por tanto, se podría (y debería) educar al ser humano para que tenga las conductas que planifiquen los ingenieros sociales.

Pues bien, las investigaciones de la psicología evolucionista (1,2,3,4) niegan este paradigma: existirían, por el contrario, unos mecanismos innatos de la mente humana adquiridos por evolución que serían genéricos para todos los seres humanos y que nos harían tener comportamientos básicos comunes y previsibles (una especie de meta-cultura) aunque modulados –puesto que no son determinantes– por nuestra cultura, educación y entorno.

Mises acertó al denunciar la envidia como uno de los mayores obstáculos para la existencia de una sociedad libre. Es más, sus razonamientos sobre la importancia de la acumulación del capital para la creación de riqueza, así como del lujo como catalizador de la emulación e innovación, todavía hoy son incomprendidos por muchos. Si viviéramos en una sociedad totalmente despoblada de ricos, es más que seguro que padeceríamos todos serias penurias: la envidia igualitaria y anuladora del mérito habría, sin duda alguna, generalizado la escasez. El buen observador que fue David Hume apuntó en sus ensayos políticos que "la riqueza de los miembros de mi comunidad contribuye a aumentar la mía, cualquiera que sea mi trabajo."

Aquellos poderes públicos que obliguen menos a sus ciudadanos a ser "solidarios" y les dejen más espacio libre para sus mutuos intercambios voluntarios y hagan menos campañas de "sensibilización" pública que incidan en ciertas tendencias atávicas de nuestro cerebro, permitirán el desarrollo de entramados interpersonales mucho más prósperos que aquellos otros coaccionados y adoctrinados desde el poder.

Somos seres civilizados y libres muy a nuestro pesar, a contracorriente de nuestros impulsos ancestrales repetidamente imitados desde mucho antes del Holoceno (era geológica que tuvo, por cierto, su propio cambio climático y que puso el germen de las primeras civilizaciones humanas en nuestro planeta).

Lecciones de ecumenismo

Para la directora de la Casa Árabe no existen diferencias sustanciales entre el islam y la religión católica, como dejó claro en la entrevista que le hizo hace unos días El Periódico de Cataluña sobre esta cuestión capital para el entendimiento entre las civilizaciones. Sin ánimo de enmendar la plana a la insigne arabista, lo cierto es que hay algunos matices, que esmaltan las discrepancias entre ambas culturas no ya en el plano teológico (eso es lo de menos hasta para la Iglesia Católica, presa de una fiebre ecuménica del carajo), sino en el orden político y social.

Por ejemplo, las mujeres adúlteras, en los países islámicos, son enterradas en el suelo hasta la cintura y apedreadas hasta la muerte. En España van a los platós de televisión a contar sus infidelidades y de paso llevarse una buena pasta. En lugar de apedrearlas aquí les pedimos autógrafos.

Dice Doña Gema también que el velo en el islam no es un símbolo de discriminación y que muchas mujeres lo llevan por una cuestión de "afirmación de su identidad". Hombre, el hecho de que haya una policía especial sacudiendo garrotazos a la desvergonzada que vaya por la calle sin ir tapada de los pies a la cabeza también ayuda a esta concienciación identitaria, aunque la entrevistada omita el detalle. En Occidente, por el contrario, las señoras y señoritas visten como les da la gana, faltaría más, y últimamente enseñando "el tirachinas", algo que los varones agradecemos especialmente. No tenemos policías especializados en la represión de la impiedad pública.

En los juicios de los tribunales occidentales la declaración de un testigo vale exactamente lo mismo sea cual sea su sexo. En los países islámicos tienen la curiosa costumbre de dividir por dos si el testigo es una mujer. Para la señora Martín será una expresión pintoresca de la rica cultura árabe. Las implicadas, probablemente, tengan una opinión distinta sobre esta "excepción cultural".

En las sociedades islámicas los homosexuales suelen estar elevados a lo más alto en la escena pública. El problema es que lo están firmemente agarrados por el cuello con una maroma. En Occidente no se persigue esa conducta sexual por una cuestión elemental de dignidad colectiva, y además porque, en tal caso, el periodismo del corazón se quedaría sin representantes masculinos y ese es un precio que la sociedad española no está dispuesta a pagar bajo ningún concepto. Si se prescinde de esos y otros muchos pequeños detalles se puede aceptar que las dos culturas son iguales. Se trata tan sólo de cambiar las hostias por ruedas de molino y hacer ejercicios diarios de ingurgitación. Por ejemplo leyendo el diario en el que, casualmente, escribe de forma habitual nuestra protagonista.

La victoria de José Padilla

Pa(n)dilla ha ido escalando en el escalafón antiamericano desde un simple pandillero a todo un activista, como lo llamarían en muchos medios de comunicación. Tenemos suerte de que esté en la cárcel.

Pero el proceso que ha llevado al veredicto no ha podido ser más dañino para lo que resta de democracia liberal en los Estados Unidos, que sigue siendo mucho, pero en decadencia. La simple sucesión de hechos resulta escalofriante. Hace cinco años se le detuvo bajo el cargo de ir a los Estados Unidos, desde Pakistán, para hacer estallar una "bomba sucia". Bush le llamó un "enemigo en combate" y el Fiscal General le encerró en una cárcel militar sin comunicación con su familia o un abogado ni acceso al sistema judicial civil. Bush se arrogó el derecho a arrestar a cualquier ciudadano sin orden judicial ni juicio. Lincoln tiene escrito su nombre en las páginas más negras de la libertad en Estados Unidos por haber suspendido el hábeas corpus. Bush ha ido por el mismo camino.

El asunto llegó al Tribunal Supremo, que se lavó las manos diciendo que aquello no era asunto suyo. Se abrió de nuevo el caso contra Padilla y cuando parecía que volvería a la sala del Supremo y que, forzado a entrar en materia, declararía ilegal la pretensión de Bush de tener derecho a encarcelar a quien quiera y sin garantías, el Gobierno cambió de estrategia y llevó el caso a los tribunales civiles. Finalmente estos han resuelto su culpabilidad. Pero mientras, durante cinco largos años, ha tenido encerrado a una persona cuya culpa no se había probado en un juicio contradictorio. "Soy ciudadano americano", y Padilla lo era con todos sus derechos, es una frase que ha perdido gran parte de su atractivo.

Se ha visto todo este asunto como una victoria política de Bush. Lo es, pero el hecho de que consista en haberle negado a un ciudadano todos sus derechos durante tantos años sin el refrendo de una decisión judicial debería ser utilizado por sus detractores, no por quienes le defienden.

Pero más paradójico aún es que quien más ha salido ganando en este asunto es el propio José Padilla. Él es la auténtica "bomba sucia" contra la democracia estadounidense y su caso ha dañado a su país más de lo que él mismo habría soñado o está dispuesto a entender. Cada paso atrás en nuestras libertades es una victoria para el terrorismo. No seré yo quien felicite a Padilla, pero sin duda habrá quien lo haga.

Chávez, demócrata hasta la muerte (y más allá)

"La nueva experiencia democrática venezolana"; así se referían los cómicos españoles al régimen alumbrado por el mandatario caribeño, de profesión ex golpista. Coño, y tan nueva. Como que a la democracia en Venezuela ya no la conoce ni la madre que la parió, que diría aquél.

En realidad, lo único que ha hecho Chávez es fundamentar su sistema político en el viejo axioma socialista: la democracia sólo es buena si mandamos nosotros. Constatada esta realidad elemental, lo siguiente es sentar las bases que impidan cualquier retroceso en la senda progresista iniciada. Pues si la democracia es buena cuando mandamos "nosotros", si nos quedamos en el Gobierno para siempre tendremos entonces una democracia cojonuda. Es un razonamiento tan primario que resulta extraño que a Tocqueville se le pasara por alto cuando escribió su famosa monografía sobre la moderna democracia republicana.

Con la nueva constitución que Chávez va a imponer a su pueblo (sin apenas medios de comunicación libres y con amenazas flagrantes a quienes voten contra el líder, no cabe hablar de un referéndum legítimo), el faro de los demócratas progresistas europeos va a sentar sus posaderas en la cúspide del Gobierno hasta que la naturaleza provoque el "hecho sucesorio", que decían los franquistas en el ocaso del régimen. Entre otras innovaciones de indudable calado democrático, se prevé la posibilidad de detener a ciudadanos libres bajo la fórmula jurídica del "clamor popular". Es decir, que si una manada de gorilas al servicio del Gobierno se pone a vociferar frente a la casa de un periodista o un político desafecto pidiendo su cabeza, el Estado tendrá la obligación de llevarlo a comisaría para que dé las debidas explicaciones, probablemente tras un "hábil interrogatorio". Se trata de lo que el Montesquieu caribeño denomina el "poder popular" que, junto al "poder moral" (sic), constituye la base del futuro sistema constitucional chavista.

Con esa exquisitez en el respeto a la libertad de los ciudadanos, es lógico que el régimen político de Hugo Chávez tenga fascinada a la farándula europea. Hay intelectuales e intelectualas que se ponen a escribir las glorias del chavismo y es que se hacen pipí, pues el ex golpista venezolano quintaesencia como nadie los valores que la izquierda caviar defiende con pasión. Con pasión y a una distancia prudencial, claro, porque los mismos que a este lado del Atlántico se alborozan con las cacicadas de su héroe, prefieren mil veces sufrir en la vieja democracia burguesa a degustar las mieles socialistas del Coronel Chávez. Este tío acabará pulverizando el record de longevidad "democrática" que ostenta Fidel Castro, ya lo verán.