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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Sexo y libertad

La ministra-cuota de subvenciones culturales ha pasado de lucir palmito en el EuroPride a departir filosofía (siéntense)… sobre la libertad. Como habrá leído a Marx en varios idiomas y con el mismo provecho, se habrá sentido como nos imaginaba Carlos en su sociedad ideal: "cada cual puede ser hábil en cualquier área que desee". Pero, claro, el pensamiento de Marx siempre se dio de bruces con la naturaleza humana. Y como la naturaleza puede llegar a ser muy cruel, se ha cebado innecesariamente con la ministra Calvo, en esto de la filosofía. La Calvo ha dicho este sábado, con Zerolo a la izquierda, que "la principal libertad de la persona" es la sexual.

Curiosa prelación de libertades, la de la socialista. Porque si la principal libertad de la persona es la sexual será porque el principal rasgo de la persona es su sexualidad. ¿Se puede tener una idea más roma del ser humano? Es decir, que de todos los atributos de la persona el primero, según la Calvo, es el que enciende determinados humores. Si es así, ¿cómo es que no ha propuesto todavía un Ministerio del Sexo, como el Ministerio del Amor de 1984?

Además, la sexual será, para la ministra, la primera de nuestras libertades… y la última. Porque forma parte de un Gobierno que nos quiere prohibir fumar, beber vino y caer en otros vicios, anunciar hamburguesas, ver pelis extranjeras, y ya de paso educar a nuestros hijos en nuestros valores, o sencillamente informar de lo que pasa. Mucho mejor limpiar las calles de mendigos y prostitutas.

Pero es que ni primera ni última. La libertad es una, y o se quiere o se desprecia, como hacen los socialistas. La temen, la odian, la insultan en cuanto tienen ocasión. Y en el sexo como en todo lo demás. No ya porque les ha salido de dentro esta veta neoinquisidora por ejemplo con las prostitutas, sino porque abrazan con su Alianza de Civilizaciones a los regímenes islámicos más retrógrados, y con su diálogo de progreso a Castro, que también gusta de reunir a los homosexuales, pero en cárceles y campos de trabajo. ¿Por qué no celebrar un WorldPride en La Habana para que la ministra Calvo hable en la isla de libertades, allá inéditas?

Ya no importa

Un gran tema para escribir sobre él, pero Enrique Dans ya se nos ha adelantado y poco podemos decir que aporte algo nuevo a su brillante columna sobre la cuestión en estas mismas páginas digitales. Mencionado el asunto, vamos a tratar otro del que poco se ha hablado en los medios pero no resulta baladí.

Hace unos diez días el Congreso aprobaba el dictamen del proyecto de Ley de "conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones", que traducido de la neolengua político-intervencionista al idioma que hablan el común de los ciudadanos significa retención de datos. Sorprende el silencio con el que se ha acogido la noticia, tanto por parte de los medios de comunicación como por parte de la teóricamente combativa blogosfera. Resulta triste que un paso tan importante en la tramitación parlamentaria (el texto pasa ahora al Senado) de un atentado de tal gravedad contra la privacidad y, por tanto, contra la libertad sea acogido con un silencio sepulcral.

Esto no ocurría cuando gobernaba el PP. En aquel entonces, ciberactivistas de todos los colores políticos observaban con lupa cada paso que daba el Ejecutivo en materia de leyes relativas a Internet. La tramitación parlamentaria de la LSSI fue seguida por lupa por cientos o miles de personas dispuestas a montar follón por cada cambio que se producía. Tras unas acertadas rectificaciones por parte del Partido Popular (como la eliminación de la famosa "autoridad competente"), el punto álgido llegó con la introducción en la ley de la retención de datos, aunque su aplicación se postergaba para un posterior desarrollo reglamentario que no llegó. Y sin embargo, cuando esta espinosa cuestión es legislada por el PSOE y sus socios, silencio absoluto.

Está claro que quienes desde la izquierda y el nacionalismo entonces se mostraban como firmes defensores de las ciberlibertades no son tales. No creen en ellas. Simplemente buscaban desgastar al Gobierno de Aznar y al Partido Popular. El auténtico amante de la libertad y los derechos más básicos de los ciudadanos no los defiende sólo ante el rival político. También lo hace cuando quienes los atacan sin aquellos de los que uno se siente más próximo. La actitud contraria, la que mantienen los ahora ciberactivistas en silencio, es simple sectarismo y desprecio por la democracia.

No diga diversidad cuando quiere decir otra cosa

Dice David Friedman, el hijo rebelde del Nobel de Economía, que en el mundo académico la palabra diversidad es un eufemismo de acción afirmativa y de discriminación. De manera que cuando uno tiene un diversity hire (que es como decir "empleo de diversidad", o en castizo, la cuota famosa) sabe que, en parte, le contratan exclusivamente por pertenecer a una minoría (mujer, discapacitado, negro, gay, o lo que sea).

Para Wendy McElroy, feminista individualista, la acción afirmativa no es otra cosa que una estratagema planificadora: el individuo cede su capacidad de elegir y actuar al planificador, quien se ocupa de redistribuir el poder económico canalizándolo hacia los grupos merecedores. Merecedores de privilegios según su criterio, el del planificador. Y siempre con la inestimable ayuda de la historia, ya que ¿qué mejor argumento que el agravio histórico para redistribuir?

Las supuestas bondades de la acción afirmativa tal y como las enuncia la autora son que la implicación femenina en el mundo laboral es un bien social, lo cual dependería en todo caso de las características de cada mujer, como pasa con los hombres, y también del trabajo en concreto de que se trate; la justicia compensadora, que es el motivo histórico según el cual las generaciones posteriores a las discriminadas son a las que se les compensa por lo padecido por sus antecesores; y, finalmente, el fin igualitario. Esta es la más peligrosa de las argumentaciones porque toca la moral del común de los mortales. La naturaleza nos hace diferentes, pero al ser racionales, podemos hacer algo para restablecer la igualdad entre todos. Porque eso es lo fetén ¿no? ser todos iguales y tener lo mismo.

Sin embargo, en ese caso estaríamos en una sociedad sin incentivos individuales. La desigualdad genera riqueza, como se sabe desde Adam Smith, porque promueve el intercambio.

Friedman, el anarco capitalista, defiende la idea de que, al menos en la universidad, aquellos departamentos que con más ímpetu defienden la contratación de las minorías en nombre de la diversidad son los más intolerantes y reacios a tener alrededor gente que opine diferente.

Y suele ser extrapolable a otros ámbitos. Por ejemplo, los diversos "institutos de la mujer" supranacionales, nacionales, autonómicos y locales (así se pilla más subvención) consideran que la mujer que decide quedarse en casa cuidando de su familia, independientemente de las razones que le lleven a ello, es una pobre ignorante abducida por el patriarcado, criada entre machismo e injusticia y, en definitiva, la chica no decide realmente ella sino que es una víctima más. Por eso existen ellas, las feminazis, para salvarnos a todas. Sin preguntar y con nuestros impuestos, claro. (No puedo poner un vínculo porque me lo han dicho en mi cara).

¿Se trata de discriminar para obtener la igualdad como decía Wendy McElroy? Ni siquiera eso. Se trata de predicar la igualdad para decidir a quién le transfiero poder económico y secuestrar votos. Así de simple.

El caso es que hay minorías y aún hay discriminación, siendo la más grave que no te dejen competir, que te traten como a una incapaz, porque eso realmente te incapacita en el futuro. Una de las virtudes del mercado es que al competir aprendes de tus errores y decides cada vez mejor, hay autoaprendizaje.

Esta virtud se torna abismo cuando en lugar de hablar de las mujeres de la sociedad hablamos de una raza diferente, o de otra cultura. ¿Estaría usted dispuesto a defender la libertad de entrada y salida de personas si quienes entran son más capaces que usted? ¿O más prolíficos? ¿O más entrenados para competir en el mundo laboral?

Casi que no, ¿verdad? Pongamos barreras para que nadie me quite mi puesto de trabajo (ese que lleva mi nombre y huellas digitales desde que nací porque yo lo valgo), para que nadie me "obligue" con su presencia a ser más dispuesto, a prepararme, a despabilar.

Un buen escudo es la cultura patria, hay que mantenerla, hay que defenderla de ataques extranjeros. Cómo vende la patria… ¡qué invento! Cine de barrio, versión española. Y no olviden la versión ampliada: Eurovisión, euro-cine, euro-loquesea… tenemos subvención y euro-subvención. Con nuestro dinero por la diversidad, por la cultura… por nuestro bien.

De repente, ya no sabemos si dejar que el Estado salve a las minorías (en ocasiones a su pesar) a cambio de que no me muestren que no me esfuerzo porque me he vuelto comodón, o ser coherente y que ambas cosas las solucione el mercado.

Se nos olvida que la libertad no es un medio. Es un fin. Esa es la clave.

Vuelve la censura

En realidad no va a ser una, sino ciento setenta las disposiciones que el gobierno pondrá en marcha para que el siempre esquivo cambio climático esta vez no tenga escapatoria.

En sus últimas declaraciones públicas respecto a este asunto, ZP aseguró que el cambio climático "es uno de los principales retos mundiales y el mayor riesgo que afronta la vida en La Tierra". Es una lástima que Al Gore no estuviera en primera fila para escuchar a su pupilo más aventajado, porque hubiera tenido una sublime erección cerebral al oírle recitar su mensaje utilizando casi las mismas palabras.

Sin embargo, tanta contundencia a la hora de atajar un problema imaginario choca frontalmente con la trayectoria reciente de ZP en su acción de gobierno, caracterizada por el talante y el diálogo sin condiciones. Ya en sus tiempos de líder de oposición, Zapatero mostró que lo suyo es la moderación. Al propio Iñaki Gabilondo le ha recordado más de una vez que su estrategia en la oposición a Aznar esuvo sujeta en todo momento a la más exquisita elegancia política y al rechazo constante de cualquier postura que pudiera provocar crispación. Seguramente se refería a las manifestaciones del Prestige o a las algaradas de Irak, o tal vez a los ataques a los miembros y sedes del partido en el gobierno durante las jornadas de exaltación democrática inmediatamente posteriores al 11-M, plenas de tolerancia política, exquisitez en las formas y respeto al adversario.

Pues bien, todo este bagaje de mesura democrática, que el presidente por accidente reclama como su patrimonio más valioso, se ha desvanecido con el asunto del cambio climático. Gran decepción para los que vieron en ZP la quintaesencia de las cuatro virtudes teologales de progreso: diálogo, talante, mestizaje y tolerancia.

Lo que debería hacer Zapatero es abrir un proceso de diálogo con el clima para llegar a una solución de consenso, que satisfaga a las dos partes de forma que no haya vencedores ni vencidos. Sería un camino largo y difícil, a lo largo del cual podrían ocurrir accidentes (una inundación, un par de tsunamis…), pero la sociedad democrática apoyaría sin dudarlo ese esfuerzo talantudo ZP I El Pacificador.

El único problema es que la mayor parte de los climatólogos serios está cada vez más convencida de que el origen de las fluctuaciones de temperatura del planeta no se encuentra en la acción humana, sino en los ciclos de actividad solar. O sea, que por mucho que nos riña la ministra Narbona y por más que nos vacíen el bolsillo con coacciones absurdas, el planeta se seguirá calentando y enfriando, exactamente igual que lo viene haciendo en los últimos cuatro mil millones de años. Por tanto, no estaría de más que nuestro gobierno sacara su vena autoritaria para atajar otros problemas mucho más cercanos al ciudadano de bien. ¿Qué tal 170 medidas para acabar con la ETA? Es sólo una sugerencia.

El Estado tutelar contra las apuestas online

Los españoles apostaron por Internet el año pasado 413 millones de euros y este año se estima que la cifra llegará a los 600, una cantidad "por la que el Estado no recauda ninguna cantidad" dado que los sitios web de apuestas y casinos, gracias a las ventajas de la globalización y de Internet, valga la redundancia, suelen radicarse en paraísos fiscales.

Este es un ejemplo del tan alabado consenso entre todos los partidos; podrán llevarse a matar por asuntos como la idea de España y el proceso de rendición, pero en lo que se refiere a regular el libre mercado y sacar impuestos de cualquier actividad se ponen todos de acuerdo. Incluso hacen carreritas ridículas a ver quién llega antes. Luego ponen excusas absurdas, como que "apostar online es fácil para cualquier usuario de Internet", sin necesidad de desplazarse y "durante las 24 horas del día", como si semejantes características fueran un desdoro para una empresa, en lugar de una virtud que ya quisiéramos que tuvieran, por ejemplo, los organismos públicos a la hora de dar atención a sus obligados clientes.

Pero quizá la excusa más llamativa y falsa que se han buscado es la protección a la infancia. Ciertamente, un niño armado con un ordenador conectado a Internet puede entrar en una página de apuestas y mentir sobre sus datos para registrarse. Pero para poder jugar necesita una cosa más: dinero. Y no unas monedas, sino una tarjeta de crédito o acceso a un talonario de cheques; cosas que tiene vedadas en cualquier hogar mínimamente responsable. No es, por tanto, un problema que vaya a quitar el sueño a los españoles, aunque no dudo que se vayan a dar casos. Pero la anécdota no es categoría.

El caso es que los españoles se suben tarde al carro. Ya el Senado estadounidense prohibió las apuestas y casinos online exactamente por el mismo método que emplearía un padre: impidiendo el uso de tarjetas de crédito, cheques y giros electrónicos para apostar vía Internet. El problema de esta medida es el que atisbara la sabiduría de Tocqueville en 1835, cuando conjeturó que el peligro que podría conllevar la democracia a largo plazo sería la aparición de "un inmenso poder tutelar" cuya autoridad sería como la de un padre "si su objetivo fuera, como aquella, preparar a los hombres para la edad adulta", pero que, sin embargo, lo que buscaba era "mantenerlos en una perpetua infancia". A un Estado así, que garantizara la seguridad de los hombres, previera y atendiera a sus necesidades, facilitara sus placeres y se ocupara de sus principales preocupaciones, "¿qué le queda sino ahorrarles a todos la preocupación de pensar y la angustia de vivir?"

Ciertamente, el Estado tiene un papel que jugar y que, como es lógico, no está cumpliendo. Buena parte de la publicidad de los casinos online en España es fraudulenta. Pagan a sitios web para que aseguren haber encontrado un método matemático infalible con el que cual siempre se gana, tras lo cual ofrecen un enlace al casino que les ha puesto la pasta encima de la mesa. El hecho de que alguien afirme que existe una forma sencilla, matemática y universal de ganar debería hacer dudar a cualquier persona sensata: si así fuera no lo dirían sino que lo usarían para forrarse, pues al contar su secreto a todo el mundo sólo conseguirían que su fuente de ingresos, los casinos, se arruinaran. Se puede creer a gente como "los Pelayo", pues su secreto simplemente consistía en estudiar las ruletas para averiguar los defectos físicos que pudieran tener y que se reflejaran en apuestas que salían más a menudo; lo difícil era averiguar esos fallos, no tener esa idea. Las matemáticas, claro, hacen caso al sentido común y demuestran que el sistema de doblar la apuesta al perder, o martingala, no funciona.

Pero esto no tiene nada de particular; un timo es un timo en Internet y fuera de Internet, y debe perseguirse en ambos casos. Eso no es excusa para montarse a crear leyes cuyo único objetivo es recaudar impuestos y ahogar a quienes osan amenazar el monopolio estatal sobre el juego.

Los mangoneos de ZP

A estos sí, pero no a Pizarro; quita, quita. No al empresario que ha dicho no a las maniobras de Zapatero para repartir Endesa a precio de saldo entre los amigos de sus apoyos políticos, aquél por quien ZP ha estado dispuesto a echarse encima a la Comisión Europea. Justo a ese no le están vigilando. Ni ahora ni cuando le seguían dos guardias civiles (fuera de servicio, eh), ni cuando dos ladrones quieren hacerse con unos buenos ordenadores y van a sisarlos al área de auditoría de la empresa, ni cuando dos agentes privados fueron sorprendidos vigilándole. Juan Carlos Girauta se explica esta súbita atención a su persona como una inopinada pulsión de algunos por dedicar su tiempo libre a mirar con ojitos tímidos a Pizarro, sin atreverse a acercarse demasiado. Se ve que el presidente de Endesa levanta pasiones.

El Estado sigue teniendo cierto prestigio. Se dice, con toda razón, que está mal esto de dedicar los recursos del Estado a vigilar a los enemigos (ZP tiene claro quiénes son), a repartir las empresas privadas entre los amigos, a premiar a los empresarios aliados con cambios en la regulación, yo que sé, de las energías renovables, o subiendo el precio del gas natural (que está a la vuelta de la esquina). Se supone que ese poder en manos de los políticos debía utilizarse para mejorar la situación de nosotros los súbditos y que el abuso del mismo es, simplemente, que hemos tenido la mala suerte de elegir a un político intervencionista y corrupto. Pero se mantiene esa imagen inmaculada del poder como si estuviera esperando (eternamente, eso sí), a que llegue el presidente que sólo mire por el ciudadano común, sin dejarse seducir por ningún interés organizado.

Pero me temo que es un error. El poder no es un invento, una creación ideada para cuidar de la ciudadanía, sino la desnuda realidad de que, simplemente, unos se imponen sobre otros. Una vez montado el engranaje del poder, la eterna lucha con la sociedad le ha obligado a pactar aquí y allá, para ceder una parte a cambio de ganar legitimidad, y para eso ha tenido que someterse a ciertas normas. Pero la política, como dice Bruce Benson, consiste en que "las autoridades públicas intentan aumentar su propio bienestar a través de transferencias dirigidas a sí mismas y a otros que son lo suficientemente poderosos como para afectar al bienestar de quienes toman las decisiones". Es decir, el mangoneo, pero con el BOE en la mano.

Los socialistas lo tienen claro, y por eso no pierden el tiempo en cuanto llegan al poder. Por eso es tan urgente limitarlo.

La T.I.A.

Sin embargo, su principal aportación a nuestra identidad colectiva es recuperar, como lo está haciendo, el legado del inolvidable Ibáñez, nuestro mejor dibujante de tebeos, que con gran visión de futuro reflejó en sus historietas las características que debería tener un cuerpo de agentes secretos verdadera y racialmente español.

A los que crecimos devorando las aventuras de Mortadelo y Filemón no nos sorprende la última fazaña de nuestro servicio secreto. Me refiero a la persecución motorizada con los papeles de acosador y sospechoso intercambiándose continuamente y especialmente a la inteligentísima forma de disimular del primer Anacleto cuando es descubierto por el escolta de Manuel Pizarro. Eso de que te pillen espiando y en lugar de fingir una angina de pecho ponerte a hablar cinco minutos por el móvil gesticulando como un poseso es, desde luego, lo más original que se ha visto nunca en materia de espionaje. Los guionistas de la saga de James Bond habrán tomado buena nota para incluir la escena en la próxima película. Imagínenla: Bond, James Bond, vigilando desde su cochazo las actividades del malo que quiere conquistar el mundo y cuando es descubierto por sus escoltas, en lugar de utilizar el spray de la invisibilidad o cualquier otro supergadget, tira de móvil y se pone a hablar con su churri con el codo en la ventanilla y un mondadientes en la comisura de la boca. Y así cinco minutos oiga, para que los guionistas aprendan de una vez cómo se realiza una maniobra de evasión.

Ahora bien, la T.I.A. ("Técnicos de Investigación Aeroterráquea", recuerden) no espiaba a las personas decentes, aunque estuvieran al frente de una de las principales empresas europeas. De hecho, se dedicaban a neutralizar a los malos con la discutible ayuda de los inventos del profesor Bacterio. Es más, el superintendente Vicente jamás hubiera redactado una nota de disculpa tan chorra como la del CNI sobre su seguimiento a Manuel Pizarro. Porque eso de que el CNI "nunca ha realizado vigilancia alguna sobre personas cuyas actividades no sean objetivo del CNI" no es serio ni siquiera como argumento de un tebeo. Precisamente por eso no es descartable que a partir de ahora lo utilice Zapatero para justificar sus fechorías. "No he dialogado ni mantenido reuniones con nadie cuyas actividades no sean de interés para el Gobierno". Y a ver quien le dice lo contrario.

Los admiradores del gran humorista gráfico sabrán perdonar la licencia de comparar a sus personajes con el CNI de Zapatero. Ibáñez siempre tuvo un gran respeto por la inteligencia de sus lectores.

Enemigos del jazz

El jazz es uno de los acontecimientos musicales más importantes del pasado siglo XX. Su feliz nacimiento se produjo a finales del XIX a lo largo del delta del río Mississippi (con especial relevancia en la ciudad de Nueva Orleans). Maduró en las décadas siguientes y se extendió primero por Estados Unidos y, más tarde, por el resto del mundo occidental. También tuvo sus enemigos políticos bien precisos: el nazismo y el comunismo.

La espontaneidad, la alegría de vivir y la radical expresión individual del arte (o de cualquier otra actividad humana) casan muy mal con los totalitarismos. Por un lado, los nazis la calificaron de música degenerada y, por otro, los comunistas (más imaginativos) de música decadente, burguesa e imperialista. Cómo se acaban pareciendo los regímenes liberticidas.

Tras la traumática experiencia del crack del 29 y los trece años de distorsión que supuso la estúpida Ley seca (derogada en 1933), la gente empezó a regresar a los pequeños cafés, cabarets y salas de baile, donde los músicos de jazz podían ya ganarse mejor la vida. Para mediados de los años 30 el jazz se popularizó en su variante swing al convertirse en la música de baile preferida por la juventud del momento por su ritmo e insinuante balanceo. Surgieron entonces las big bands. Nunca antes, ni después, el jazz tuvo tanta aceptación. La radio, el fonógrafo y los primeros discos propagaron el jazz por doquier. Fueron famosas las bandas dirigidas por Duke Ellington, Count Basie (negros ambos) y Benny Goodman (apodado el "rey del swing" y judío): ¡hasta ahí podían llegar las tragaderas nazis! Sus jerarcas culturales hicieron ridículos intentos por controlar el jazz.

Allá por 1941 el enemigo se encontraba también en casa: una restricción horaria y la cabaret tax (nueva tasa federal del 30%) impuestas a todos y cada uno de los locales que empleaban cantantes y orquestas de baile causó el cierre de grandes salones y la disolución de muchas bandas de jazz en los Estados Unidos. Para eludir dicha tasa los propietarios de clubs y cabarets empezaron a contratar con preferencia a pequeñas formaciones instrumentales. Esto supuso el final de la era del swing, abriéndose paso la etapa del bob jazzístico (a pesar de las agresiones fiscales, el ingenio humano no se detiene).

Tras la guerra, el jazz dio definitivamente la espalda al gran público y se hizo más hosco, complejo y polirrítmico; era el be-bop. Despuntaron en esto cinco cumbres de verdadero culto: Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Bud Powell y Kenny Clarke.

En las dictaduras comunistas, a su vez, los amantes del jazz que tuvieron que padecerlas vieron cómo se decretaba la prohibición de su música preferida (como tantas otras cosas). Esta música, según los guardianes del Partido, era el símbolo de la subversión y de la decadencia capitalista y, por tanto, muy inconveniente para la sana cultura del Pueblo. Stalin incluso identificó el sonido del saxofón con la mayor aberración en música y, cual diligente padre moralista, confiscó todos los que pudo. No obstante, hubo permanentes sesiones clandestinas en el bloque del Este entre sus incondicionales. Los más aficionados al jazz resultaron ser los checos y los polacos (incluso hoy día, una de las dos revistas jazzísticas más importantes del mundo se edita, no en Estados Unidos, sino en Varsovia, Jazz Forum; la otra es japonesa, cosas de la globalización…).

La aparición en 1948 del disco de vinilo LP de 78 r.p.m., nueva invención (otra más) del perverso capitalismo consumista, supuso un hito para difundir masivamente la música. A partir de entonces, permitió a los jazzófilos escuchar las actuaciones completas de jazz en cualquier momento desde casa (y no sólo los fragmentos ocasionales emitidos por radio).

Asimismo, en los años 50 el jazz tuvo que competir con otro de los acontecimientos más relevantes de la música moderna: el Rock’n’roll (censurado también desde sus inicios en los diversos paraísos comunistas). Espoleados por este ambiente musical, aparecieron en las décadas siguientes nuevos estilos protagonizados por otra pléyade verdaderamente genial de músicos de jazz: John Coltrane, Charles Mingus, Max Roach, Miles Davis, Bill Evans, Dexter Gordon, Sonny Rollins, Art Blakey, Sara Vaughan, Chet Baker, etc.

Todavía hoy el jazz sigue vivo y en permanente evolución. Se transmuta y se funde con otros estilos, dando nuevas formas musicales. En concreto, el jazz latino es una de sus variantes más fascinantes. Confieso una especial predilección por Paquito D’Rivera, genial saxofonista cubano que, por descontado, sufrió las injerencias de los planificadores oficiales de vidas ajenas y que, finalmente, optó por huir de la vigilada isla caribeña.

Los disidentes, locos por el jazz, hicieron y harán siempre caso omiso de las directrices de sus particulares enemigos políticos. Si la música ha de ajustarse a sus imposiciones culturales, dejará de ser jazz, y si ésta es una música decadente pues, qué quieren que les diga, ¡qué magnífica decadencia!

Ni libertad ni seguridad

La ley más importante de las últimas décadas de los Estados Unidos se ha aprobado sin más: una simple directiva firmada por el presidente del país, en un lenguaje incomprensible para el ciudadano medio. Los grandes medios lo han ignorado. Desnuda de cualquier bienvenida oficial, un reciente 9 de mayo aparecía en la web de la Casa Blanca la National Security and Homeland Security Presidential Directive; o al menos la parte desclasificada, porque todavía hay una parte sobre la que aún hay más secretismo.

¿Qué prevé este decreto que lo hace tan importante y tan peligroso? Nada menos que dar poderes cuasidictatoriales al presidente de los Estados Unidos en caso de emergencia. Una declaración presidencial de que su país está ante un inminente ataque exterior, una catástrofe natural en un momento propicio, y pondrá bajo su mando "los gobiernos de los estados, locales, territoriales y tribales y los propietarios privados y operadores de las infraestructuras críticas" para "permitir una respuesta y una recuperación más rápida y efectiva de una emergencia nacional".

Si algo caracteriza al totalitarismo es la costumbre, denunciada por Orwell, de trastocar el significado de las palabras y dar a las cosas nombres opuestos. Como el Ministerio de la Verdad o el de la Paz de 1984, este decreto se aprueba para "defender al Gobierno constitucional". ¿Qué gobierno omnipotente está previsto en la Constitución de los Estados Unidos? ¿Quién defenderá a la Constitución de un Gobierno con tales poderes?

Robert Higgs explica que el Estado crece a base de buenas crisis en las que erigirse como salvador. Muchas de ellas (guerras, crisis económicas…) las crea él mismo. Cuando todo el país parece amenazado, cuando la naturaleza se produce con una violencia sobrehumana, cuando la economía no ofrece ninguna esperanza y sí muchas inseguridades, ¿cómo nos vamos a negar si quien tiene el poder nos viene con un plan para defendernos, para salvarnos, para sacarnos del hoyo? Eso sí, todos los poderes excepcionales, especiales, provisionales, llegan para quedarse. Y no son necesarios. Soy de los pocos que creen que la libertad es lo más seguro.

Quienes admiramos aquél país y le defendemos de tantas invectivas es porque aún mantiene, bien que mermada y en permanente amenaza, la libertad con que nació. Porque en su concepción está lo mejor de los ideales liberales concebidos en Europa y porque vemos en Estados Unidos una esperanza para el mundo. Chavezazos como éste nos deben hacer temer lo peor.

El poder de la prensa

A finales de la década de los años sesenta del siglo XX, Jane Fonda, Tom Hayden, Susan Sontag y otras personalidades del mundillo intelectual de izquierdas de los Estados Unidos apoyaron una campaña totalmente sectaria en contra de la Guerra de Vietnam. El Gobierno norteamericano llevaba años embarcado en un escenario bélico en el que la mentira y la manipulación, pero sobre todo la falta de una estrategia clara, con una política basada en ciertos principios, corrompían una lucha que moralmente era entendible e incluso necesaria, la lucha contra el totalitarismo comunista.

Los medios de comunicación, dominados por una visión progre, liberal desde la perspectiva estadounidense, ayudaron a crear buena parte de la mitología del Vietnam, ocultando hechos como las fosas comunes donde los norvietnamitas apilaban a miles de ciudadanos asesinados por el Vietcong y retransmitiendo ciertas acciones del ejército de su país que, sin el debido contexto, sólo parecían actos de barbarie de una nación que se decía democrática pero bombardeaba con napalm a niñas inocentes, con unos aliados corruptos capaces de ejecutar en la calle y de un tiro a un supuesto traidor. Y así, mientras Jane Fonda visitaba Hanoi y desde la radio enemiga instaba a sus soldados compatriotas a abandonar la lucha, mientras Peter Arnett creaba su propia leyenda a base de contar sólo lo que le interesaba, en Vietnam del Norte nadie se atrevía a criticar la forma de llevar la guerra de Ho Chi Min, nadie instaba al pacifismo a los soldados y guerrilleros, nadie llamaba la atención por el elevado número de muertos que se producían entre sus propios compañeros en cargas suicidas y batallas perdidas de antemano.

Culpar a la prensa de la derrota norteamericana en Vietnam sería un ejercicio de cinismo por mi parte; la culpa la tuvieron una sucesión de gobiernos que no se atrevieron a ser contundentes, sino que crearon una especie de sangría que duró décadas. Sin embargo, sí se puede asegurar que los periodistas contribuyeron a este desenlace. Este ejemplo del poder de la prensa en un país con un elevado grado de libertad es interesante en dos sentidos.

Cuando existe una división de poderes, cuando existen unas instituciones que favorecen la libertad y protegen la propiedad de las personas se generan corrientes de opinión dentro de la prensa libre que pueden hacer tambalearse al Gobierno más duro, se invita al análisis y a la crítica de forma que se mejoran, al menos en teoría, las políticas que se desempeñarán en una situación similar en el futuro. La pluralidad de opiniones críticas favorece la pluralidad de soluciones. Sin embargo, la visión progresista imperante en los medios de comunicación ayudó a crear una paradoja: mientras en las encuestas la mayoría del pueblo americano era favorable a la intervención contra el comunismo, en los medios imperaba una línea editorial muy diferente, lo que obligaba a los políticos a tomar decisiones estúpidas desde la perspectiva política, presupuestaria y militar. Los medios de comunicación ocultaron información al ciudadano y es posible que si todas las versiones hubieran tenido la suficiente cobertura mediática, los gobernantes norteamericanos, tan dependientes de la reputación en los medios audiovisuales, podrían haber considerado otras opciones y los resultados desde luego hubieran sido diferentes.

Dos ejemplos recientes pueden ilustrar este comentario y demostrar que cuando una sociedad es libre la crítica al gobierno la hace más fuerte y cuando, por el contrario, el Gobierno y el Estado impiden esta libertad, la sociedad se empobrece. El papel del Gobierno de Ehud Olmert en la última guerra que ha librado Israel en el Líbano ha sido objeto de las críticas de la prensa y de los israelíes. Lo han calificado de ineficiente y peligroso para las tropas que allí intervinieron, que los objetivos fijados no se alcanzaron y que de alguna manera todo sigue igual, lo que ha obligado al primer ministro a rendir cuentas y defenderse. Esta actitud crítica, que ya se dio en otros conflictos entre Israel y los estados musulmanes circundantes, es la que ha permitido al primero ganar todas las guerras, obtener el apoyo mayoritario de su pueblo y convertir este estado en el abanderado de Occidente en Oriente Medio.

Muy diferente es la situación en la cada vez más bolivariana Venezuela donde el sátrapa Hugo Chávez ha decidido eufemísticamente no renovar la concesión a la cadena Radio Caracas Televisión (RCTV) reduciendo así la cantidad y la calidad de la información a los venezolanos, eliminando la última cadena importante que mantenía una actitud crítica al régimen, demostrando de una manera trágica y extrema que el Estado no puede tener ninguna capacidad para imponer, quitar y poner medios, controlar los contenidos o aliarse con determinados grupos de información cercanos a sus ideas, y que la democracia puede degenerar en un totalitarismo fortalecido por las urnas.