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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

El odio de Evo arruinará a Bolivia

Uno de los casos más ejemplares ha sido la campaña de acoso y derribo contra Repsol. En una visita que realizó a España en septiembre del año pasado, el entonces candidato a la presidencia de Bolivia manifestó estar dolido con Repsol YPF por estar apoyando a su contrincante Jorge Tuto Quiroga. Según Morales, Repsol había financiado parte de la campaña de Quiroga, hecho que negó la empresa, aunque no parece haber convencido a Morales. Morales lo tiene claro, el que no está con él está en su contra y, por lo tanto, ha de ser castigado.

Morales también siente un profundo odio a todo lo que huela a iniciativa privada y libertad individual. Los votantes de Morales acusan a Repsol, y a cualquier empresa extranjera, de explotarlos, especialmente a los indígenas. La acusación es sorprendente teniendo en cuenta que Repsol ha invertido en Bolivia más de 1.000 millones de dólares entre 1997 y 2005, sin duda, una forma muy peculiar de "explotación". Otra cuestión que alimenta el odio irracional de Morales es que la empresa española gestiona casi el 25% de las reservas de hidrocarburos del país y que en el año 2004, por ejemplo, obtuvo unos beneficios netos de 845 millones de euros. Es decir, acusa a Repsol de hacer lo que los propios bolivianos han sido incapaces conseguir en tantos años: convertir los recursos del país en riqueza real, dar un atisbo de prosperidad al país y a su gente dejando gran parte de dinero (¿español?) en empresas de marketing bolivianas, staff del país, y contribuyendo al sustento de miles de empleos. Y además al más puro estilo capitalista: sin coacciones, sin violencia y de forma contractual. ¡Qué diferentes son las medidas de Morales, que pretende conseguir "riqueza" mediante la manipulación de la ley, los juicios y la represión!

El odio a la libertad e iniciativa privada también lo vemos en los ídolos de Morales, principalmente Fidel Castro, que olvidando los asesinatos del dictador y la continua represión contra la libertad trata a Cuba de democracia ejemplar quedando en una notable evidencia ante los medios de comunicación (vea el video).

Demasiados son los ejemplos que se pueden citar del odio de Morales hacia la humanidad. Pero aún así, los true believers de la izquierda y defensores del pensamiento único seguirán proclamando banderas que no son más que una máscara para ocultar el odio que sienten hacia la libertad. Una de esas máscaras fue el objetivo proclamado por Morales en su época preelectoral: "construir una nación plebeya". ¡Qué bonito! Pero, desgraciadamente, eso sólo encubre una vuelta al dirigismo más retrógrado y a un autarquismo que convertirá a Bolivia en una auténtica nación arruinada y más resentida.

¡Ah! ¿Pero no era un disfraz?

En la sesión de control al gobierno del pasado miércoles, el portavoz del grupo popular, que al contrario que un destacado dirigente del PSOE vasco no ha sido jamás condenado por violencia doméstica, provocó las iras de las diputadas social-comunistas por un comentario sobre la afición a la moda interétnica de la vicepresidenta del Gobierno. Zaplana habló de disfraz, refiriéndose a la indumentaria de Fernández en su gira solidaria por tierras africanas, lo que al parecer colmó el vaso de la paciencia de las diputadas de izquierda. Sin embargo, salvo que la interfecta demuestre que en su juventud se dedicó a la recolección del anacardo en las llanuras de Kenia, parece evidente que el modelito "campiña fashion prêt à porter" con que apareció en todos los telediarios no era otra cosa que lo que dijo don Eduardo. En los 70, Hayek denunció que la justicia social era, además de un espejismo, un residuo de la moral tribal. En pleno siglo XXI, la izquierda reduce por fin el tribalismo de las ideas a un indigenismo de verdad, con saltos, bailes y telas vistosas.

El espectáculo de las culiparlantas abandonando los escaños en protesta por la gravísima ofensa proferida contra su líder femenina, fue realmente conmovedor. La sesión del miércoles pasado será recordada, sin duda, como otra página emocionante en la larga y vibrante lucha de las mujeres progresistas por acabar con milenios de patriarcado opresor. Lo que no quita para que se las pueda acusar de haber exagerado un poco en esta ocasión, sobre todo si comparamos el caso con otros episodios anteriores protagonizados por hombres de progreso. Como cuando al entonces ministro de Justicia, Múgica Herzog, le informaron de que por primera vez una mujer iba a formar parte del Tribunal Supremo y el bueno de don Enrique preguntó si es que habían puesto cocinas en el alto tribunal. Pues bien, que yo recuerde no hubo ninguna asonada de las diputadas ni ninguna feminista se quemó a lo bonzo a las puertas del Ministerio.

Por otra parte, lo que más debiera molestar a las diputadas progresistas no es el comentario inocente de Zaplana, sino la pachorra de sus compañeros varones, que las dejaron solas frente a las huestes enemigas. En efecto, todos los diputados "progresistas" permanecieron en su escaño, con la honrosísima excepción del ministro de Industria, Montilla I El Condonado, que se solidarizó, acaso accidentalmente, con sus compañeras ultrajadas. ¡Toma ya, macho alfa!

Discriminar para fastidiar

Un individuo entra en un concesionario de automóviles; se ha quedado sin coche y necesita adquirir uno nuevo. El vendedor esboza su mejor sonrisa y le enseña todas las ofertas disponibles; al final, después de mirar cada uno de los vehículos, está indeciso entre dos: uno rojo y otro azul.

El vendedor le describe la situación: "Los dos coches tienen un precio de 20.000 euros. Sin embargo, la adquisición del automóvil rojo acarrea el cumplimiento de las siguientes condiciones: hay que pagar un impuesto de 1.000 euros destinados a un centro de reciclaje de neumáticos; puedo obligarle en cualquier momento del año a que me preste su coche; y además será sancionado con dureza en caso de que su esposa tenga un coche de características similares y usted utilice para este vehículo un combustible de peor calidad".

El cliente, atónito, le pregunta:

– ¿Y si compro el coche azul?

– No, en ese caso paga los 20.000 euros y se olvida – le responde con celeridad el vendedor.

– ¿Hay algún truco? ¿Acaso el coche rojo tiene unas prestaciones superiores a las del azul y no me he dado cuenta?

– No, no, nada de eso, son exactamente iguales.

Obviamente, este y todos los clientes comprarán el coche azul; el automóvil rojo engrosará el escaparate cubierto de polvo. De hecho, el vendedor, si no está dispuesto a (o no puede) renunciar a sus estrafalarias condiciones contractuales, sólo podrá dar salida a los automóviles rojos si rebaja sustancialmente el precio de venta.

¿Tiene este pintoresco ejemplo algo que ver con la realidad? Por desgracia, más de lo que muchos habrán imaginado. Sustituyan coche azul por "hombre", coche rojo por "mujer", cliente por "empleador", impuesto de 1000 euros por "permiso de maternidad retribuido", pérdida de disponibilidad por "permisos de lactancia y por conciliación de la vida laboral y familiar" y utilizar otro combustible distinto por "discriminación salarial o funcional para categorías profesionales equivalentes".

En otras palabras, la supuesta discriminación "positiva" que el Derecho Laboral impone sobre los empresarios a favor de las mujeres genera, como en el ejemplo de los automóviles, una lógica tendencia a preferir contratar a un hombre antes que a una mujer o, en todo caso, a contratar a una mujer pero pagándole menos que a un hombre.

No quiero decir con esto que los datos de una diferencia salarial del 40% merezcan de credibilidad alguna, sino más bien que la mayor tasa de paro femenino y los casos de desventaja en el empleo contrarios a la mujer que todos conocemos, traen su causa de regulaciones estatales con la presunta voluntad de beneficiar al "sexo débil".

El derecho laboral y las torpes discriminaciones coactivas deben ser eliminados. Los salarios y los puestos de trabajo de las mujeres –y de los hombres– lo agradecerán.

Igualitarismo

ZP está dispuesto a reescribir la Historia de España y a recomponer su geografía de forma integral, pero semejante esfuerzo no le parece bastante y ahora pretende cambiar también la naturaleza según el dictado de lo políticamente correcto. En la revista de pensamiento “Marie Claire”, se postuló como liberador del sexo femenino y se mostró dispuesto a regular la vida de las mujeres. Incapaz de detectar la magnitud de sus chorradas, ZP ignora que la mujer que vale no necesita que la ley la ponga en lugar preponderante respecto al varón. No todas son como su vicepresidenta, introducida en la judicatura por el llamado cuarto turno, que es la gatera utilizada por los hombres y mujeres de progreso para fagocitar la administración sin necesidad de pasar ningún examen. Fernández, la "vice" de Rodríguez, es el único caso en la justicia española, y quizás mundial, de jueza que jamás ha puesto una sentencia o instruido una causa. Llegó, vio y al coche oficial se subió.

La jueza Teresa Palacios, en cambio, lleva sobre su toga el peso instructor de algunos de los procesos más destacados en los últimos años, con cientos de damnificados y muchos miles de millones de euros en juego. Ella no necesita que "Maritere" la enchufe por delante de sus colegas masculinos; se basta sola para pasarles como un cohete y dejarles en la cuneta. Y como ella miles de ejemplos más que todos conocemos en nuestra vida cotidiana. En la administración pública, sin ninguna medida de discriminación a favor del sexo femenino, las mujeres representan el 52 % de los empleados.

Pero es que además, estas medidas rompen el principio de igualdad ante la ley, estimulando la creación de grupos que compiten entre sí por el favor estatal y la mayor cuota de depredación presupuestaria. Las consecuencias son la desincentivación de los capaces y la retracción económica como han demostrado todas las evidencias empíricas a lo largo de la Historia. El igualitarismo impuesto a través de la coacción estatal es sólo demagogia barata. El gobierno debe promover la igualdad en origen, no en resultados.¿Cómo va a explicar ZP a cualquiera de las empresarias, que las hay y muy brillantes, que tienen que contratar un mínimo de mujeres, aunque sean unas perfectas ceporras, para cumplir la estúpida ley que ahora se anuncia? ¿Y qué me dicen de las excelentes profesionales femeninas que hay en todos los sectores?, ¿Cómo cree nuestra casta de inútiles legisladores que van a recibir a sus nuevas compañeras, puestas a su lado sólo por ser mujeres mientras ellas tuvieron que ganarse el puesto en razón de su valía?

Lo peor de todo es que la derecha política, incapaz de defender los principios que supuestamente representa, en estas políticas demagógicas sigue a pies juntillas el dictado socialista por miedo a no parecer políticamente correcta. En Murcia, por ejemplo, se ha aprobado una Ley de Igualdad regional, que incluye todos los tópicos de la progresía piafante en la materia, incluidos la creación de un "observatorio de la igualdad" (sic) y de varios cientos de plazas de "agentes de la igualdad" (resic), que vigilarán el cumplimiento de la ley en todos sus extremos, suponemos que cachiporra en mano para sancionar las herejías antiigualitarias.

Si las feministas no estuvieran hiperpolitizadas, denunciarían la tropelía por lo que tiene de ofensa a la propia mujer, tratada por el Estado como una especie en peligro de extinción a la que conviene proteger de la fauna depredadora. Por usar la propias palabras del presidente por accidente, "ni él podría llegar a más, ni las mujeres a menos".

Razones para cerrar la televisión pública

Pero además benefician indirectamente a otros muchos individuos en un proceso social que tiende a elevar la productividad y el nivel de vida de todos. En un mundo como el nuestro en el que los recursos son escasos y los fines infinitos, cualquier otro modelo de sociedad conduce inexorablemente a la violencia continua o a la pobreza más extrema y generalizada.

En este sentido la historia del occidente y más concretamente del capitalismo puede entenderse como una sucesión inagotable de externalidades positivas realizadas por millones de personas en todo momento y en todas las áreas geográficas del mundo donde se respeta la propiedad privada y el libre intercambio. Pero el hecho de que el modelo de libertad y cooperación social permita que toda la sociedad participe de los resultados exitosos de otros individuos no significa que todos los individuos que persiguen satisfacer una necesidad por medios pacíficos generen iguales efectos positivos sobre el resto de la sociedad. De hecho, los mayores avances de la sociedad se deben a grandes hombres y mujeres que con su inteligencia, esfuerzo y perseverancia tiran sobremanera de toda la sociedad.

Son los héroes de nuestro tiempo, los héroes de cada día. Están empeñados en usar su ingenio para transformar el estado del mundo con el que se han encontrado en uno mucho mejor. A menudo son unos incomprendidos. Suelen ser difamados o menospreciados por quienes tienen miedo a los nuevos fines que persiguen o a los cambios en los métodos para alcanzar viejos objetivos y, con frecuencia, por los envidiosos. Son el Tucker de Francis Ford Coppola. A menudo se hacen ricos debido a la elevación que provocan en el nivel de vida de sus congéneres, pero el enriquecimiento no suele ser el motor de sus acciones sino el resultado natural en el marco del mercado libre. De hecho, no me cabe duda de que estas personas serían héroes fuera del ámbito de una economía (relativamente) libre y monetaria. Sólo que, en ese ámbito, sus acciones no ayudarían a tantas personas porque el cálculo económico que permite el uso socialmente más provechoso de los recursos no es posible fuera de una economía monetaria o en la que no se respeta la propiedad privada.

En general, ya digo, les mueve una visión, un ansia de combinar su inteligencia con la materia para mejorar el mundo. Unos ponen en marcha sistemas de producción de muebles que permiten a toda la población disfrutar de productos baratos y con estilo. Otros cambian la forma de producir o distribuir alimentos logrando una reducción en el gasto familiar en alimentos o una significativa mejora en la calidad de nuestra alimentación. También hay quien mejora la forma de gestionar los ahorros de millones de familias. Este último es el caso de los responsables de la gestora de fondos de inversión Bestinver, con Francisco García Paramés a la cabeza. Paramés fue elegido recientemente como el mejor gestor de Europa por la consultora especializada Citywire. Gracias a su labor y la de su equipo, millones de personas han logrado esquivar los perversos efectos que sobre el nivel de vida tiene la adulteración a la que los sucesivos gobiernos han sometido a nuestra moneda.

El pasado martes 7 de marzo, una avioneta en la que viajaban cuatro miembros de Bestinver se estrelló en la Sierra de Tajonar. Un miembro de Bestinver y uno de los dos pilotos de la aeronave perdieron la vida en el accidente. Sin duda, se trata de una terrible pérdida tanto para sus familiares y amigos como para toda la sociedad. Desconcertado y malherido, Francisco García Paramés, uno de los cuatro supervivientes, se echó a andar monte a través apartando la maleza hasta alcanzar la carretera. Gracias a su acción los servicios de rescate pudieron localizarle a él y a sus compañeros antes de la caída del sol. Esta hazaña no es más que un ejemplo que muestra lo que ya sabíamos: que los grandes hombres lo son generalmente bajo cualquier circunstancia. Lo que hace que sus acciones sirvan a unos pocos o a millones de personas es el entorno en el que se llevan a cabo. Los múltiples mensajes de ánimo recibidos en WebInversor, en la Asociación Madrileña de Consumidores y Contribuyentes y en el Instituto Juan de Mariana para Paramés y sus compañeros muestran que son muchas las personas que son conscientes de todo lo que la sociedad debe a los grandes individuos.

El mito del 40%

Ya Thomas Sowell en Civil Rights, Rhetoric or Reality?, escrito en 1984, denunciaba el "cliché" del 59%. Los medios norteamericanos repetían entonces, incesantemente, que una mujer cobraba sólo un 59% de lo que cobraba un hombre por hacer el mismo trabajo. Un par de décadas después, en España, hemos estado una semana escuchando que las mujeres cobran un 40% menos que los hombres por hacer el mismo trabajo. Entonces era mentira. Hoy, también.

Cualquier conocedor de los mecanismos de mercado libre sabe que en él no puede permanecer una situación de discriminación. Ningún colectivo, y más cuando éste es la mitad de la fuerza laboral, puede cobrar permanentemente menos de lo que vale por mucha discriminación que exista en la sociedad, porque siempre habrá empleadores que prefieran los beneficios contantes y sonantes a los prejuicios, contratando a miembros de ese grupo discriminado y haciendo subir los sueldos del mismo al aumentar la demanda. En Sudáfrica, por ejemplo, los empresarios blancos burlaban la ley para contratar a negros, porque de no hacerlo no podían competir contra quienes sí lo hacían, al trabajar por menos dinero que los blancos. Y no tenemos razón alguna para pensar que fueran menos racistas que el resto de la sociedad del apartheid. La discriminación sólo puede pervivir si se está aislado de las consecuencias negativas de la misma en el mercado; en monopolios públicos, por ejemplo.

A cualquiera que no vaya con los ojos tapados ante la realidad, no le puede sorprender que Sowell se encontrara con que las mujeres trabajaban menos horas al año, en parte porque eran muchas más las que tenían contratos a tiempo parcial, y que de media se mantenían menos años en un mismo empleo. Dado que la mayor parte de estas diferencias se explican por la maternidad, ¿qué sucede si estudiamos las diferencias entre hombres y mujeres solteros? Que aparece algo distinto; el 59% se transforma en un 91%. Y aún así, la diferencia que aún se mantiene no puede explicarse automáticamente por discriminación. El crecimiento en el número de madres solteras no puede eliminar del todo la explicación de la maternidad en esa diferencia, además de que los hombres optan por estudiar y trabajar en campos más remunerados como ingeniería o matemáticas.

Sin entrar a considerar si se debe a una suerte de rol impuesto por la sociedad o a que, simplemente, la evolución ha concedido a las mujeres una mayor dedicación a los suyos, lo cierto es que el matrimonio y los hijos tienen efectos completamente opuestos sobre hombres y mujeres en el trabajo. Ellos aumentan el número de horas que dedican a ganar dinero y ellas lo disminuyen. Sowell encontró una correlación durante el siglo XX entre la natalidad y la presencia de mujeres en puestos altos en la universidad; cuanto mayor era la primera, menor la segunda.

Los datos en España no son tan exhaustivos, pero ofrecen algunos indicios en esa dirección. El 78% de los contratados a tiempo parcial son mujeres. Además, a lo largo de 2004, se retiraron del mercado laboral 379.500 mujeres frente a 14.500 hombres, es decir, el 96% del total. Habría que investigar si se encuentran diferencias parecidas a las halladas en Estados Unidos entre casados y solteros, tanto en hombres como mujeres.

Lo que debemos aprender de estos datos es que una parte importante, si no toda, de la diferencia salarial atribuida a la discriminación se debe a las elecciones que libremente tomamos hombres y mujeres. Y que la ley de igualdad es un intento de sustituir esas decisiones libres por las que el Estado ha decidido que debemos decantarnos, siempre, claro, "por nuestro bien". Si en el futuro crece la desconfianza hacia las mujeres que ocupan altos cargos, ante la imposibilidad de conocer si están por imperativo legal o por sus méritos, si renacen prejuicios que estaban para muchos olvidados, no echemos entonces la culpa al machismo sino al "justiciero de las mujeres".

Arreglando el mundo a golpe de cadera

Con toda seguridad, la primera exigencia del mundo subdesarrollado es que se le permita seguir el camino que hace doscientos años inició Europa. El problema es que si, en vez de organizar saraos tercermundistas, los políticos europeos comienzan a facilitar el comercio libre de los productos de los países pobres y a estimular la llegada de capital extranjero, la izquierda se queda sin oprimidos a los que liberar.

La absurda superioridad moral que aún conserva "la vulgata marxista" (Raymond Aron dixit, ministra), se basa en un diabólico juego de intereses. Para la izquierda caviar, es inadmisible cualquier mejora en las condiciones de vida de los pobres obtenida sin seguir sus preceptos, fracasados una y otra vez en el siglo XX, el "siglo socialista". El objetivo no es incorporar a la masa depauperada al primer mundo, sino asegurarse de que su tragedia pueda seguir utilizándose como coartada anticapitalista para mantener su dudosa prerrogativa intelectual en el mundo desarrollado. Como la urraca de las pampas, el socialismo, para despistar, canta en un sitio, pero pone sus huevos en otro.

No hay que ser muy "solemne" para darse cuenta de que la ayuda internacional es la mejor forma de trasvasar dinero de los pobres del primer mundo a los ricos del tercero. De hecho, esto es algo que la izquierda debería percibir de forma intuitiva, pues en materia de trasvase monetario entre bolsillos ajenos, con destino final en el propio, los socialistas son una autoridad. Al contrario, la ayuda internacional no sólo no soluciona el problema sino que lo agrava, pues si al mejorar las condiciones económicas aquélla se reduce, los países beneficiarios carecen de incentivos para progresar.

Pero más allá de estas cuestiones elementales de economía básica, que la derecha ignora y la izquierda desprecia, hay una cuestión que conviene destacar dado el sentido cósmico de la moral que el progresismo sitúa en el epicentro del discurso postmoderno. Porque repartir migajas entre los necesitados con dinero ajeno, es cualquier cosa menos un ejemplo de virtud. En esto, el sentido tradicional de la caridad es también mucho más digno que la solidaridad subvencionada y el turismo tercermundista. Y encima obligamos a los pobres hombres y mujeres negros y negras a tragarse el espectáculo hortera del dichoso bailecito. ¿Qué nos han hecho?

Vendaval liberticida

Si confiar el preciado valor de la libertad a las afiladas garras del Estado suele provocar su asfixia y marchitamiento, confiárselo a un psicótico Estado supraeuropeo sólo podía dar pie a una portentosa degeneración social y política.

El servilismo voluntario, la sumisión ante la represión y la claudicación permanente van floreciendo con despiadada crudeza, al calor de la burocracia bruselense. No hay semana en que las noticias antiliberales no emerjan como hongos venenosos en el lodazal politiquero; no hay administración que se libre: el Estado lo corrompe todo. Veamos algunas de las últimas perlas.

Ley para la desigualdad

 

Si bien en otro artículo nos ocuparemos más detenidamente de la Ley de Igualdad, debemos destacar su filosofía subyacente. El Gobierno, en su fatalísima arrogancia, considera que la libertad no puede ser tolerada, ya que pare monstruos. La igualdad –el moldeamiento estatal de la sociedad– es un argumento suficiente para cercenar las libertades individuales.

La mujer –toda mujer, sin distinción alguna–, como eslabón secularmente más débil, tiene derecho a utilizar las armas represivas del Estado para alcanzar determinadas posiciones, entre ellas la dirección de las empresas.

Estamos ante un flagrante atentado contra la propiedad privada y la función empresarial; una pandilla de neomarxistas embriagados por la soberbia del poder ha decidido nombrar a los empresarios nacionales. Como si de una economía fascista se tratara, los políticos podrán decidir quién entra y quién sale de los Consejos de Administración. El ariete, como ya hemos dicho, no es más que una mal entendida igualdad, cuyo acento recae sobre el sexo del candidato.

La palabrería de la igualdad de oportunidades debe ser enterrada por la libertad de oportunidades. Son los seres humanos quienes, haciendo uso de su perspicacia y de su libertad, crean las oportunidades. Los políticos ni pueden ni tienen que garantizar nada a nadie: cada individuo tiene derecho a apropiarse de lo que descubre, de las oportunidades que él mismo ha fabricado.

La típica misoginia izquierdista no sólo institucionaliza los complejos y las mentiras; en realidad, se carga la idea misma de igualdad. No hay nada que genere más desigualdad que los favores políticos, que las castas de privilegiados, que las prebendas concedidas en función de la cuna y no de los méritos.

En el capitalismo, como ya nos recordara Mises, no hay privilegiados, pues todos, hombres y mujeres, están subordinados al consumidor. La primera desigualdad es la que surge de la potestad política para crear desigualdades: los buitres socialistas no sirven a nadie, sólo a sus propios intereses de clase. Esa es la primera de las desigualdades.

El dedo del Ministro

 

El Antiguo Testamento (Ex., 31,18) nos relata cómo Dios escribió los Diez Mandamientos con el dedo. Parece que algunos deicidas modernos –esa casta de buitres que pretende vivir a costa del esfuerzo ajeno–, después de matar a Dios y de expulsarlo de la sociedad con los trabucos laicistas, pretenden ocupar su puesto.

La semana pasada nos enteramos de cómo Montilla, el Condonado, ampliaba las competencias de la Comisión Nacional de la Energía "a dedo". Por lo visto, el liberticidio ejecutado por el Consejo de Ministros era insuficiente para que la operación politiquera bloqueara la operación empresarial.

Zapateando sobre el Real Decreto Ley, el cordobés no dudó en enterrar la escasa seguridad jurídica que puede proporcionar un Estado, especialmente un Estado dirigido a través de la chulería inconsciente y barriobajera.

La Unión Europea, el garante de la libertad de movimientos de personas, capitales y mercancías, no deja de ser un atrezzo más en la opereta caciquil de cada viernes. Si alguna vez existió un proyecto real para abolir las fronteras entre los Estados europeos, ese proyecto está muerto y enterrado desde hace tiempo. Cuanto queda ahora es un brindis al sol financiado con los impuestos de todos los europeos; una parodia para que sigamos creyendo que somos libres, que Uropa nos cuida de las barbaridades patrias.

Si alguien sigue considerando que vivimos en una economía capitalista y de libre mercado, debería replantearse qué parte del capitalismo sigue vigente cuando el poder político tiene la capacidad para nombrar a los empresarios nacionales y para impedir que se compre y se venda libremente en el interior de nuestro mercado.

Un seguro para crear inseguridad

 

También asistimos la semana pasada a la creación, por parte de la Comisión Europea, de un supuesto seguro contra el desempleo, destinado a todos aquellos trabajadores que perdieran su ocupación como consecuencia de la globalización.

Como ya vimos, nuestro continente sufre de un incesante goteo de empresas que abandonan la Unión de Repúblicas Socialistas Europeas buscando zonas menos intervencionistas. La brillante solución que han pergeñado las privilegiadas mentes de los eurócratas no ha sido otra que incrementar el intervencionismo y el parasitismo laboral.

Aparte de que los políticos llaman "seguro" a un montante de dinero que no sigue los principios actuariales (ya que el fenómeno del desempleo no es asegurable), resulta irónico que pretendan vendernos una mayor seguridad frente a la pobreza, cuando en realidad sus tejemanejes sólo promueven la ruina de la economía y la huida de Europa.

Como si de una pesadilla orwelliana se tratara, bajo el nombre de la seguridad se esconden los bandidos estatistas de toda cepa, cuyo único objetivo es multiplicar nuestra inseguridad.

 

La censura fallera

 

Por último, y para que veamos que el liberticidio no es patrimonio exclusivo ni de la Administración española ni de la burocracia bruselense, sino más bien obra y pecado de la clase política en su conjunto, no puedo dejar de mencionar la bravuconada antiliberal que el Consistorio valenciano ha venido practicando durante los últimos días en relación a las Fallas.

Como sabrán, la fiesta fallera siempre se ha caracterizado por una ácida crítica hacia todas las situaciones sociales. Ni políticos, ni religiones, ni personajillos rosas o amarillos se han librado del sarcasmo hecho cartón. Sin embargo, el Ayuntamiento valenciano, en su cruzada alianzocivilizadora (véase, en una desbocada obsesión por censurar toda opinión que no se adapte a su estrecho paradigma de la corrección y de la moralidad), ha presionado a los artistas y a la Junta Local Fallera para que autocensuren todas aquellas referencias al Islam.

Incluso en medio de este papanatismo dirigista, los concejales del PSOE han mostrado su mejor cara –lo cual parece una especie de prodigio de Alá–, al criticar la pérdida del "sentido de la realidad" de los populares. Quizá más de un Zerolo debería hacérselo mirar.

Conclusión

 

Los políticos siguen vendiéndonos la moto de la Europa de las libertades. Mientras creamos que todos sus dislates son propios de la flexibilidad de la democracia, seguiremos tragando y padeciendo una mayor opresión política.

La Unión Europea es un artificio inútil, un mastodonte que adormece a los empresarios, corrompe a los trabajadores y censura a los elocuentes. Lejos de protegernos de nuestros propios políticos, ha estimulado la reproducción de los liberticidios.

Una sociedad libre no puede reposar sobre estos mimbres; la cesta de canalladas está cada día más repleta. Sólo el capitalismo, la ampliación de nuestra libertad en todos los ámbitos, puede desembarazarnos del cada día más pesado yugo burocrático; sólo en el mercado nuestra libertad no dependerá de la arbitrariedad privilegia de una manada de lobos hambrientos. Mientras tanto, el poder político sigue alimentándose a nuestra costa.

Orwell y Caldera

Lo hace, en teoría, para acabar con lo que llama discriminación y que es el resultado de la libre elección de cada uno. Y para acabar con las diferencias y la diversidad real toma medidas que sí son discriminatorias. Discriminar en nombre de la igualdad es una de esas distorsiones orwellianas tan propias de nuestro socialismo.

Más allá de los grandes números, que pudieran sugerir una realidad discriminatoria hacia las mujeres, lo que hay que observar son las decisiones y los comportamientos reales de las personas sobre su vida. Por ejemplo, el matrimonio y los hijos tienen una impronta sobre la vida laboral de las personas que es opuesta si es mujer u hombre. Mientras que ellos trabajan más horas tras haberse casado o con cada hijo, el caso de las mujeres es exactamente el contrario. Prefieren dedicar una mayor parte de su tiempo a la casa. La experiencia laboral de la mujer tiene más interrupciones que la del hombre, que suelen coincidir con los primeros años de sus hijos. Este Gobierno puede despreciar las decisiones reales de los españoles, e intentar cambiarlas por decreto; pero lógicamente la gente se resiste y tiende a hacer lo que considera más conveniente dentro de sus posibilidades.

Por ejemplo. En previsión de que en algún momento de su vida decidirán abandonar total o parcialmente el mercado de trabajo por un tiempo, las mujeres eligen con mayor frecuencia que los hombres carreras profesionales en las que la pérdida de productividad por haber estado sin trabajar es menor. Suelen evitar los trabajos que requieren una preparación más específica y actualizada, o una dedicación continuada, que quedan prácticamente en manos de hombres. Y entre las mujeres que los eligen no abundan las que están casadas y tienen hijos. Muchos de estos trabajos tienen una remuneración por encima de la media. Por otro lado, Thomas Sowell ha observado que en su país, en 1971 (antes de que comenzaran las políticas de discriminación positiva), las diferencias en remuneración entre hombres y mujeres solteros y sin hijos que habían desarrollado sus carreras sin interrupciones desde al menos los 25 años, prácticamente desaparecían.

Vamos, que lo que el Gobierno considera discriminación no es más que nuestras vidas, como las queremos y las elegimos. Mientras nos deje el Gobierno. Pero esta ley es algo más que otro intento de Rodríguez de hacer de nuestra sociedad lo que a él le pete. Como la ley del tabaco, poner fuera de la ley comportamientos habituales y que son decisiones de cada uno sobre sus propias vidas, le otorga al Gobierno un enorme poder de control social. En el caso de la Ley de Igualdad, para que nada se le escape, cuando se produzca una denuncia el acusado será culpable hasta que no demuestre lo contrario. Otra distorsión orwelliana: convertir a todos en potenciales culpables en nombre de la justicia.

En defensa de la mujer

El texto supone una afrenta porque el establecimiento de medidas de discriminación positiva demuestra que el ministro social y el presidente feminista de este país minusvaloran a la mujer. Además, situará a los cargos femeninos de responsabilidad públicos y privados en una posición de sospecha continua por parte de hombres y mujeres.

El Anteproyecto arrebata la libertad de organización de la empresa privada mediante la imposición de formas igualitaristas de contratación, ordenación del tiempo de trabajo o clasificación que dañan irreparablemente la libertad de acción. Tampoco respeta los derechos de aquellos hombres que dejen de obtener un puesto de trabajo que merecían debido a la ciega distribución laboral de un sistema fundamentado en la cuota. Además, el texto trata de forzar a los medios de comunicación privados a realizar una arbitraria igualación sexual en materias como la venta o la publicidad que resulta tan oscura como inquietante. Por si estas intromisiones en las libertades individuales fueran pocas, nos anuncian el desembarco del estado en la educación en materia de discriminación. En adelante la responsabilidad de los padres en la educación sobre estas cuestiones éticas quedará hipotecada por la incorporación al sistema educativo de la "formación en materia de igualdad".

Pero los socialistas han ido mucho más allá. Ya no sólo es que se prohíba preferir elegir más a hombres que mujeres o más mujeres que hombres para el desempeño de determinados trabajos sino que en caso de que alguien alegue haber sido objeto de una discriminación, la carga de la prueba queda invertida. Es decir, se presume la culpabilidad del acusado hasta que demuestre la falsedad de la acusación. Demostración, dicho sea de paso, imposible donde las haya.

A la economía de este país no la van a hundir desde el ministerio de economía (al menos no mucho más de lo que lo hacía el gobierno anterior) sino, más bien, a base de pesados lastres regulatorios en todos los campos socio-económicos imaginables. En este sentido, y por poner sólo tres ejemplos, la igualación coactiva que planea el gobierno incentivará la reducción de tamaño de muchas empresas porque es a partir de 250 trabajadores cuando más interfieren en las decisiones de los propietarios y gestores, elevará el coste por empleado debido al establecimiento de un desproporcionado y errado "derecho" a la conciliación de la vida personal y laboral y, por último, provocará un terremoto en el mundo actuarial al prohibir la discriminación sexual para el cálculo de primas.

Para colmo de males, la ley no conseguirá igualar a la mujer. Ya no sólo porque sustituirá el reconocimiento social por la suspicacia sino porque en aquellos trabajos en los que actualmente se discrimina a su favor (debido a la mayor productividad relativa de la mujer en ese ámbito) la nueva norma le perjudicará directamente mientras que en aquellos áreas donde (por el motivo opuesto) se discrimina a favor del hombre será pernicioso para la empresa y, de manera indirecta, para la mujer.

El anteproyecto de Ley Orgánica de Igualdad entre Mujeres y Hombres es un insulto a la condición de mujer, una intrusión intolerable en el ámbito de las libertades individuales, un lastre económico, un atentado contra un principio jurídico fundamental y un grave error en la medida que perjudicará notablemente al conjunto de las mujeres. No me cabe duda de que la inmensa mayoría de las mujeres se revelará contra este despropósito humillante en defensa de su género. Recuerden que, en general, los hombres no minusvaloramos su sexo como lo hacen Caldera y Rodríguez.