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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Las mentiras no son delitos

La Shoá es la culminación de dos corrientes de pensamiento que, trágicamente, han estado y siguen estando presentes en la mente de millones de europeos. La primera es una descarnada judeofobia, el odio al judío en tanto que judío. La segunda es la fe ciega en el Estado, la creencia de que toda aspiración humana es legítima en tanto se encauce a través de los mecanismos políticos. Para los nacionalsocialistas, el Estado alemán era el único capaz de ofrecer la "solución final" al problema secular europeo, la dominación judía.

El genocidio necesita de un soporte ideológico donde el individuo haya sido privado de sus derechos naturales, donde el Estado haya nacionalizado el ordenamiento jurídico. Si nuestra libertad emana de la Constitución o de las leyes y no las antecede, la Constitución o las leyes pueden derogar nuestra libertad.

La necesidad de evitar la repetición de semejante barbarie condujo a que muchas personas se replantearan su tirria antijudía y señalaran con el dedo a todos aquellos que siguieran blandiendo las opiniones racistas que sirvieron de caldo de cultivo a los nazis.

Se trata de una actitud loable y necesaria. La mentira debe de ser combatida siempre y en todos los campos. Es necesario sacar a la gente de su ignorancia, exorcizar sus supercherías, supersticiones y errores. Como sentenció acertadamente Ludwig von Mises: "Si ellos siguen repitiendo sus mentiras, nosotros tenemos que seguir repitiendo la verdad".

Sin embargo, no debería confundirse la lucha contra la mentira con el uso de la violencia para reprimir al mentiroso. La mentira sólo puede ser erradicada a través de la verdad. La represión sólo oculta las falacias: impide que se exhiban públicamente, pero no acaba con ellas.

En los últimos días hemos conocido la condena a tres años de prisión del supuesto "historiador" británico David Irving, por haber negado el Holocausto. Desde hace varias décadas se ha fraguado todo un movimiento, que incluye a los herederos ideológicos del nazismo y a socialistas tan renombrados como Noam Chomsky, dedicado a reelaborar, refinar y asentar sobre bases nuevas el ancestral odio hacia "lo judío".

La negación del Holocausto tiene como objetivo poner de relieve el victimismo judío sobre un falso genocidio, en virtud del cual se les habría concedido la prebenda del Estado de Israel. El sionismo habría planeado desde un principio la recuperación de la Tierra Prometida mediante la construcción de la Shoá. La construcción de una nueva conspiración tomaba cuerpo.

En consecuencia, Israel debe desaparecer por asentarse en la mentira. Los neonazis patrocinarán nuevos campos de concentración, y la izquierda el terrorismo palestino y los bombardeos iraníes, pero su objetivo es el mismo: alentar la aversión hacia los judíos para legitimar la violencia contra ellos.

Hemos de combatir semejantes mentiras y prejuicios; hemos de denunciar los brotes judeofóbicos cada vez que se produzcan. Pero no debemos justificar la violencia contra la mentira. No podemos permitir que los conceptos se confundan. No debemos conceder un poder sancionador para hacer prevalecer la verdad.

La condena a Irving es un error; no porque tuviera razón –que, obviamente, no la tenía–, sino porque la veracidad o la falsedad de unos hechos no pueden dar paso a la privación de la libertad. El juicio estaba viciado de origen: confundía la necesidad de refutar la mentira con la legitimidad para castigarla.

Y esto es particularmente peligroso por dos motivos. En primer lugar, porque no consigue eliminar la mentira. Como ya hemos dicho, sólo la verdad hace remitir las sombras de la ignorancia. Limitar determinadas expresiones sólo evita que se difundan por esa vía, pero no acaba con el error; es más, hace crecer una suspicacia que puede ser utilizada, de manera victimista, por quienes se ven censurados.

Pero, en segundo lugar, y sobre todo, porque refuerza la segunda de las corriente que hemos mencionado al principio. La Shoá no sólo fue posible por la judeofobia, también por la idea de que era legítimo encauzar el odio a través de la violencia, y particularmente a través de la violencia del Estado.

Considerar que una organización política tiene la obligación de sancionar a quien mienta abre el camino al control estatal del pensamiento. Si insuflamos a la ciudadanía la idea de que la libertad de expresión sólo es válida cuando se utiliza de manera correcta y responsable –cuando no se miente–, entonces estaremos enterrando la posibilidad de discrepar.

Por supuesto, la de Irving no era una discrepancia ingenua; sus mentiras se inscribían en una táctica difamatoria más amplia contra los judíos. Sin embargo, tampoco las intenciones pueden ser juzgadas: aun cuando tengamos la convicción de que Irving no era sincero en sus juicios históricos, de que mentía deliberadamente, no cabe acallarlo. Hay que ridiculizarlo y destapar sus mentiras, pero no confinarlo en prisión.

El Estado no debe subordinar la libertad de expresión a su juicio sobre la verdad ni a su opinión sobre las intenciones últimas de determinadas opiniones. La libertad no debe ser tamizada por controles administrativos. De hecho, sin libertad de expresión (de debate, de discusión y de contraste de opiniones) resulta imposible alcanzar la verdad, pues ésta queda petrificada en la forma arbitrariamente establecida por el Estado; sólo aquello que reciba el certificado público merece ser calificado como cierto.

En momento en que miles de musulmanes claman por censurar a los occidentales (recordemos la pancarta: "La libertad de expresión es el terrorismo occidental"), no podemos depositar en las manos de los políticos la capacidad para juzgar y censurar las opiniones de las personas. La tentación del uso y el abuso –la corrupción inherente al poder que detectara Lord Acton– es demasiado fuerte.

Pero hay que oponerse a cualquier género de censura no sólo porque carezcamos de garantías de que no vaya a ser utilizada en el futuro contra nosotros mismos, sino porque las ideas, en definitiva, no delinquen; lo hacen los individuos que utilizan las ideas para practicar la violencia.

Como decía hace unos días el rabino Daniel Lapin: "Perseguir a la gente que cree y dice cosas ofensivas es peligroso para todos nosotros. Coloca un poder ilimitado en manos del gobierno. Al fin y al cabo, una vez el Gobierno afirma saber qué es la verdad y se atribuye el derecho a castigar en función de las ideas, estoy siendo en la práctica esclavizado".

Las personas como Irving deben ser marginadas y excluidas de las sociedad libres, pero en ningún caso deben ser objeto de encarcelamiento. La mayoría no puede alzarse como juez de la verdad para luego linchar al condenado. La violencia sólo puede utilizarse a modo de defensa; la iniciación de la violencia nunca es legítima.

Irving es un miserable y un mentiroso por sus opiniones, pero no un criminal. Conviene tener clara la diferencia.

Sin privilegios para los fumadores

El error de semejante forma de pensar es palmario. Si toda ley tiene que dirigirse conscientemente a elegir entre qué intereses conflictivos debe imponerse, el derecho se convierte en una herramienta de explotación. La cuestión por dilucidar, en última instancia, es qué fines particulares prevalecen, si los de un grupo social o los de otro.

En realidad, el liberalismo no aboga por defender los privilegios de nadie. Defiende los derechos naturales de todo ser humano; nadie está en mejor posición por una concesión exclusiva del poder político, sino porque ha aprovechado de un modo más acertado sus posibilidades de acción.

La libertad no provoca daño alguno, salvo a aquellos que se beneficiaban previamente con su cercenamiento. El capitalismo acaba con los privilegios y permite que las relaciones sociales adquieran un cariz voluntario y útil.

La Ley Antitabaco no es detestable porque suponga una redistribución de privilegios desde los fumadores hacia los no fumadores, sino porque crea unos intolerables privilegios donde antes no los había. El libre mercado no era un instrumento para que los intereses de los fumadores pudieran imponerse sobre el resto; simplemente no los convertía en parias sociales y les dejaba vivir.

Con la nueva legislación liberticida de ZP, el Estado pretende resolver unos problemas que no existían, pues las personas ya habían alcanzado soluciones pactadas y mutuamente beneficiosas. El libre mercado también imponía restricciones a los fumadores.

Bares y restaurantes

En ausencia de regulación específica, los fumadores sólo podían fumar en aquellos bares y restaurantes donde el propietario efectivamente lo permitiera. Viniendo de una situación donde prácticamente todos los bares lo permitían, la decisión dominical puede parecer irrelevante. Sin embargo, no deberíamos olvidar que el objetivo de la gran mayoría de empresarios en este sector es, claro está, ganar dinero, y para conseguirlo no les queda más remedio que ajustarse a las preferencias de los consumidores.

Si la molestia provocada por el humo sobre los no fumadores era tan grande como pretenden hacernos creer los políticos, entonces aquellos bares que permitieran fumar sufrirían una merma muy significativa de clientela en favor de los bares que no lo toleraran. De hecho, en un sector donde la mayoría de locales permitía fumar, abrir un bar donde se impidiera encender un cigarrillo debería haber sido un modo de crear una ventaja competitiva sobre el resto que atrajera a buena parte de la gente. O los empresarios eran tontos o los políticos se han pasado de listos.

El hecho de que casi ningún establecimiento optara por ello no deja de ser ilustrativo del grado de frivolidad de la Ley Antitabaco. Los no fumadores habían aceptado de buen grado que se pudiera fumar a su alrededor; el humo suponía un coste muy inferior al de dejar de acudir a su bar de toda la vida. No había ningún conflicto, salvo el que deliberadamente han creado los dirigentes neoinquisidores con su cruzada contra el fumador.

Lo cierto es que la ley no es especialmente restrictiva en el caso de los locales de menos de 100 metros cuadrados. Al margen de tratar a los clientes como estúpidos púberes incapaces de darse cuenta de si en un bar se fuma o no (de manera que todo propietario debe indicar claramente si se trata de un local de fumadores o de no fumadores), el poder de decisión sigue recayendo en el empresario.

De hecho, la libertad de elección ha provocado que más del 90% de los bares haya elegido seguir permitiendo fumar. Nueva prueba de que el conflicto es inexistente: los no fumadores ya disponen de locales donde claramente se indica que no está permitido fumar, y sin embargo siguen acudiendo a sus locales tradicionales.

Y no por casualidad la ministra de Sanidad ya ha amenazado a los propietarios de bares pequeños con arrebatarles cualquier libertad de decisión en caso de que no prohíban fumar en sus locales. Es obvio que a los políticos no les agrada la libertad ni la armonía de intereses que promueve el mercado: prefieren imponer su voluntad despótica sobre los individuos.

En caso de que la vuelta de tuerca fascistoide de la Ley Antitabaco llegue a completarse, a los fumadores se les expulsará de cualquier local de ocio. A pesar de que los no fumadores seguían teniendo opciones disponibles (acudir a los bares de no fumadores y presionar a la baja sobre los beneficios de los bares de fumadores), y de que no han hecho uso de ellas, los politicastros siguen con su obsesión de erradicar cualquier ápice de voluntariedad en las relaciones sociales.

El caso de los bares de más de 100 metros sí supone una clara violación de la propiedad privada. Quienes deseen permitir fumar en sus locales deberán habilitar una zona aparte, para segregar a los fumadores, que en ningún caso podrá superar el 30% de la superficie del local.

Imaginemos el caso de un bar de más de 100 metros cuya clientela es mayoritariamente fumadora. ¿Qué sentido tiene hacinar a todos los fumadores en un reducido 30% del recinto, mientras el resto de la superficie se encuentra inutilizada?

De nuevo, se crean problemas y conflictos donde no los había. Los consumidores ya podían elegir antes de la ley, sin necesidad de que los políticos cercenaran la libertad de los empresarios. Un local de más de 100 metros y sin ventilación hacía huir a todas aquellas personas que realmente sentían molestias por el humo. Menos mal que la caballería moralista de Salgado ha venido a salvarlos.

El trabajo

Al igual que en los bares y restaurantes, los fumadores tampoco contaban con privilegio alguno en su puesto de trabajo. Los empresarios eran conscientes de que éstos podían crear un ambiente hostil en el trabajo, en el caso de que su humo molestara a los demás. En consecuencia, o bien les aplicaban una rebaja en su sueldo o les reducían el espacio donde podían hacerlo.

Si el empresario juzgaba que el resto de los trabajadores no se verían impedidos en sus ocupaciones por el humo, o bien que la importancia del trabajador fumador era crucial para la empresa (siendo difícil su sustitución), no surgía problema alguno. Los no fumadores no tienen un particular derecho a un puesto de trabajo libre de humos. Lo mismo puede decirse de los fumadores. Cada cual es libre de elegir entre las opciones disponibles, atendiendo a las distintas ventajas e inconvenientes.

En cambio, la Ley Antitabaco prevé la completa prohibición de fumar en el puesto de trabajo. Las opciones quedan sensiblemente reducidas: en lugar de permitir al propietario conciliar las distintas pretensiones dentro de su empresa, se elimina su autonomía.

A partir de la regulación estatal, el empresario no contrata a fumadores o bien les aplica reducciones en el salario para compensar las disminuciones de productividad que suponen los parones para fumar.

No hay término medio, no hay conciliación posible. O los fumadores abandonan tan ruin hábito o padecen las calamidades que les han preparado sádicamente los políticos.

Conclusión

El libre mercado no supone un privilegio para los fumadores, tal y como afirman los partidarios de la Ley Antitabaco; sólo cabría hablar de privilegios en el caso de que, por ejemplo, el Estado obligara a los empresarios a pagar a los fumadores el mismo salario que a los no fumadores, o intentara imponer cuotas paritarias entre fumadores y no fumadores en los Consejos de Administración (cosa que sí pretende en el caso de las mujeres).

En realidad, sin embargo, los fumadores se siguen sometiendo a la propiedad privada en los mismos términos que los no fumadores. Si fumar supusiera una auténtica afrenta a la convivencia no les quedaría más remedio que soportar las restricciones que espontáneamente surgieran. Un pirómano nunca podrá encontrar ocupación en una gasolinera; un alcohólico tendrá vedada la entrada a la barra de un bar; los que no gusten de mantener una mínima higiene no podrán trabajar de relaciones públicas; aquellos que no hayan sido instruidos en la disciplina del protocolo tendrán el paso cerrado a las fiestas o galas de alto nivel.

El mercado crea sus propias restricciones, sin necesidad de que los políticos pisoteen las relaciones voluntarias. Como siempre, la única función de los políticos consiste en crear problemas y enfrentamientos allí donde no los hay. Y es que, de otro modo, ¿cómo justificarían ante la ciudadanía la imposición de monstruosos tributos para financiar las desbocadas burocracias occidentales si no tuvieran "problemas" que resolver?

Mahoma y la libertad de expresión

Llevan décadas defendiendo a quien, como Andrés Serrano, se gana la vida ofendiendo los sentimientos de los cristianos (cubriendo la Virgen María de heces y pornografía o inundando un crucifijo en su orina), e identificando la dolida reacción de quien se siente ofendido con retrógrados intentos de limitar la libertad de expresión. Pero cuando se trata de quienes practican la ablación del clítoris, la sensibilidad progresista ante los sentimientos religiosos aparece no se sabe de dónde.

La clave es que el cristianismo, nos guste o no, es uno de los dos pilares de nuestra civilización, junto con la tradición clásica. Y como son los valores civilizados como la libertad, la propiedad y la responsabilidad individual (el liberalismo, en definitiva), el objeto de desprecio y crítica por la izquierda post-ruinas de Berlín, cualquier cosa vale contra el cristianismo. Incluso Andrés Serrano. Incluso el Islam. Aunque en un caso defiendan la libertad de expresión por encima del respeto a los sentimientos religiosos y en el otro el respeto a la religión por encima de la libertad de expresión.

En cualquier caso, ¿dónde están los límites de la libertad de expresión, y dónde queda el respeto a los valores ajenos? Ofender no es un acto unilateral, depende de cómo se sienta el otro y sobre ello no podemos tener un control total. Si prohibimos las manifestaciones que puedan ofender a terceros, dado que cualquiera puede sentirse legítimamente ofendido por cualquier cosa, les estaremos dando a todos el derecho de prohibir la libertad de expresión de cualquiera.

La libertad no es lo mismo que el uso para el bien de la misma. También se puede utilizar para lo inmoral, lo feo, lo desagradable. No tenemos más que encender la televisión para comprobarlo. O acudir a ARCO. Pero no podemos permitir la libertad a lo que consideremos bueno, porque acabaremos matándola. ¿Qué nos queda, entonces? Combatir las expresiones de ideas con más expresiones de ideas. Por ejemplo, declarando que tal viñeta u obra de arte nos parece fea o inmoral. Lo que no podemos hacer es ni prohibirla ni lanzar piedras contra embajadas extranjeras.

Una de dos, o logramos que esos valores que hemos hecho nuestros, pero que son universales, como la libertad de expresión, prevalezcan, o estamos perdidos. El triunfo del socialismo en Alemania, Rusia o China en el Siglo XX demuestra que ninguna de nuestras libertades están aseguradas, y que solo un firme apego a ellas nos puede salvar. Este cartel sostenido por una mujer con un Burka, que dice que "la libertad de expresión es el terrorismo occidental", tiene la virtud de expresar que la libertad es nuestra vía para hacer llegar nuestra civilización, y el terrorismo la del Islam de hacer llegar la suya. Pero esto último es innecesario. También tendrán que acostumbrarse a la expresión libre incluso de lo que consideren más incómodo.

Energía política

Éstas, sabedoras de su condición privilegiada y su dependencia política, tratan de tener buenas relaciones con el poder. Total, que el mercado energético es el perfecto caldo de cultivo para las más variopintas corruptelas.

El caso de la OPA de Endesa por La Caixa-Gas Natural es la estrella de este abrevadero político en el que se mordisquea al mercado libre y a los consumidores. Créditos impagados, informes desechados, un ministro que muestra sus preferencias por las intenciones tácticas de los grupos de su tierra y de sus créditos, vuelos secretos en avión militar de todo un presidente de la Corrupción Europea para discutir sobre la operación con un presidente de gobierno, dictámenes que van a la basura y se sustituyen por conclusiones opuestas, llamadas a los opantes para informarles de lo que no se informa a los opados o la cena de un presidente de desgobierno con los coleguillas autorizados a ordeñar la energía del consumidor son sólo algunos ejemplos de lo que puede dar de sí el afán político de controlar la electricidad con que se mueve nuestra sociedad.

Pero la funesta OPA no es más que un ejemplo de lo que inevitablemente termina ocurriendo cuando aceptamos que el poder político ningunee a los individuos arrogándose todo tipo de poderes que van desde la concesión de licencias hasta el establecimiento de los precios o la no muy graciosa concesión de subvenciones a la producción de las tipos de electricidad que más les inspira. Fuera de nuestras fronteras ha habido casos megaváticos. En Estados Unidos ENRON se convirtió en la materia gris del tándem Clinton-Gore en todo lo que tocaba el campo de la energía y el medio ambiente y protagonizó escándalos casi tan sonados y no menos rocambolescos que los del sexofonista presidente demócrata. Entre otras, la reunión de sus representantes en agosto de 1997 con Al y Bill en el Despacho Oval para estudiar cómo tratar con dureza al CO2 y cómo hacer entrar al país en el juego de Kyoto para mejorar así la posición de ENRON, el mecenas político de turno. Por fortuna este fue uno de los trapicheos energético-políticos que trascendieron a la opinión pública y que no llegaron a fructificar porque el senado norteamericano rechazó por unanimidad la ratificación del Protocolo.

En estos momentos, y ya de vuelta en nuestro país, la bebida energética preferida de los políticos sigue siendo su conchabamiento con la élite energético-empresarial creada por ellos mismos. El último botón de muestra lo tenemos en Canarias, donde una alianza entre funcionarios, políticos, empresarios, autoridad portuaria y sólo Dios sabe que otros estamentos, parece haber estado amañando las licencias de nuevos campos eólicos. Poco tiene de extraño que esto ocurra, y menos en Canarias, cuando se trata de producción energética altamente regulada, con magníficas subvenciones a la inversión, venta asegurada gracias a la obligatoriedad de compra por parte de los distribuidores y precios artificialmente inflados por el poder político. Ahora sólo falta que aparezca Montilla y nos cuente que estas prácticas también son buenas para el consumidor y ayudan a liberalizar el mercado eléctrico. Mientras, el resto nos chupamos el dedo a la luz de las velas.

Inductores y provocadores

Las reacciones de una parte del islamismo a las caricaturas de Mahoma publicadas el 30 de septiembre por un diario danés sugieren una cuestión de cierta importancia, y que se refiere a la responsabilidad de quien comete un acto violento y de quien le incita, recomienda o provoca a hacerlo. ¿Qué parte de responsabilidad tienen los caricaturistas en las piedras estampadas contra las oficinas danesas en Siria, por ejemplo? O, por poner otro ejemplo, el líder espiritual que le promete a un joven sin mayor esperanza en este mundo y sin más enseñanza que la del inmenso odio que es capaz de albergar y que ha aprendido desde niño que alcanzará la gloria eterna y aliviará la situación económica de su familia si cumple con su misión divina de matar al mayor número de infieles que sea capaz. ¿Qué responsabilidad tiene en el acto final hecho en nombre de Alá? Los posibles ejemplos son infinitos.

El problema es saber de qué estamos hablando. Hay que diferenciar entre el criterio ético de lo que es legítimo o no, del moral. El criterio para determinar si un acto es legítimo es (saltándonos todas las dificultades previas hasta llegar a este punto), si viola la vida o la propiedad ajena, por el uso o la amenaza del uso de la violencia física. En estos ejemplos, quien lanza la piedra contra un edificio o quien se hace estallar henchido de emoción porque su suicidio y asesinato múltiple le llevará al cielo, rodeado de bellas huríes. Pero, además de esta responsabilidad, ¿no se le pueden sumar las de sus provocadores o inductores? Uno podría plantearse si el inductor pone las circunstancias del actor de tal forma que no puede actuar de otro modo. ¿No sería entonces también él responsable?

Desde el punto de vista de la responsabilidad última, del criterio de la legitimidad o ilegitimidad de un acto, hay un hecho que no debemos dejar de tener en cuenta: Uno siempre, insisto siempre, tiene la opción de actuar moralmente. Siempre. En cualquier situación. Por muy compleja que sea. Los llamamientos ajenos, las recomendaciones, las
sugerencias, las provocaciones. Nada justifica una acción inmoral, porque al final siempre está uno solo ante la elección de un curso u otro de acción. El islamista que he descrito con el cuerpo rodeado de bombas puede cambiar de opinión en el último momento.

El argumento de criticar a quien “va provocando” puede servir para prohibir actos que son perfectamente legítimos. Los fascistas tienen todo el derecho a entonar cánticos
patrióticos con la bandera preconstitucional en Rentería. No se les puede prohibir porque haya quien se sienta ofendido. Y si alguien responde con violencia, no puede escudarse en que los fascistas "iban provocando". Por las mismas razones por las que un juez no puede exonerar a un violador porque la víctima lleva pantalones vaqueros o minifalda.

Este límite de la responsabilidad última en el actor es un corolario de una idea muy querida de quienes comparten la visión del actuar del hombre de la Escuela Austríaca. Y es que no hay una causa externa automática del comportamiento humano. Puesto que no la hay, nadie desde fuera puede modificar de tal modo las circunstancias del actor que le lleven como máquina sin voluntad a un resultado predefinido. Ese elemento de decisión última sitúa también la última responsabilidad en el actor, y no en sus provocadores o inductores.

¿Quiere ello decir que no hay provocaciones, que no existe el apremio o la inducción? No. Una cosa es que las respuestas a las circunstancias o a los comentarios o llamamientos de otros no sean automáticas y otra que éstas no tengan influencia. Pero la condena que puedan merecer no se sitúa ya en el ámbito del derecho, sino en el mero juicio moral. Al igual que las provocaciones o inducciones pertenecen al mundo de las ideas y no llegan al uso o la amenaza del uso de la violencia física, la condena que puedan merecer sólo puede ser la expresión de una idea.

Buenas noticias para los fumadores

El 20 de enero, el Consejo de Ministros aprobó una fuerte subida de los impuestos sobre el tabaco en un intento de asfixiar a los fumadores con una nube impositiva. En respuesta a la Ley Antitabaco y al decreto sobre la fiscalidad del tabaco, la tabaquera hispano-francesa Altadis anunció la elevación del precio de sus principales marcas. Sin embargo, en un movimiento empresarial inesperado, Philip Morris informó que bajará el precio de clásicos como Marlboro o Chesterfield. Por primera vez en la historia, Fortuna pasaba a ser más cara que Marlboro. De repente, y como por arte de magia, el consumidor ha visto aparecer un rayo de competencia en uno de los mercados históricamente más intervenidos. Es triste que haya ocurrido en respuesta a sucesivas intervenciones que han dañado gravemente a la industria pero lo cierto es que, una vez agredidos los consumidores y la industria, mejor que aparezca una empresa como Philip Morris aplicando una estrategia de subsistencia a base de competir.

Los estanqueros han reaccionado con la insolencia y el desprecio hacia sus clientes que en una sociedad abierta sólo se puede permitir un grupo privilegiado. Reclaman, cómo no, que el gobierno imponga un precio mínimo de dos euros a todas las cajetillas de tabaco. El martes 31 de enero se reunirán para decidir cómo presionar en defensa de sus propuestas coactivas. Para llevarse el gato al agua a costa del consumidor no descartan negarse a vender las marcas baratas o incluso cerrar sus establecimientos. Esta actitud es realmente intolerable pues, como ya explicara en 1609 Juan de Mariana, “lo mismo es decir poner estanques que pechos (impuestos) pues todo sale a una cuenta, y por un camino y por el otro toma el príncipe la hacienda de sus vasallos”. En este caso son los estanqueros los que toman la propiedad de los consumidores en su condición de privilegiados delegados del príncipe, es decir, del Estado. Es la típica desvergüenza de quienes se creen que su robo, por ser legal, es legítimo.

Que los grupos privilegiados ataquen al consumidor puede entenderse –aunque no aceptarse– pero lo alucinante del caso es que la OCU haya decidido aplaudir la subida de impuestos del gobierno y de Altadis pidiéndole además a la administración que los vuelva a subir. Más que de consumidores la OCU parece ser una organización de palmeros del intervencionismo estatal; la peor de todas las políticas contrarias a los intereses de los consumidores. Estos farsantes han llegado a declarar estos días a través de un portavoz que “la asignatura pendiente de la Administración es subir todavía más los impuestos sobre el tabaco para que la gente deje de comprar”. Sin duda, a los de la OCU se les está cayendo la careta.

En medio de este alucinante ataque a los consumidores de tabaco por parte del estado, del gobierno y de los privilegiados estanqueros, ha surgido una fantástica noticia. La Asociación Madrileña de Consumidores y Contribuyentes, después de dar la bienvenida a la rebaja del precio realizada por Philip Morris, ha calificado la actitud de los estanqueros como de “amenaza mafiosa” por negarse a vender mientras ostentan la exclusiva de la distribución del tabaco pretendiendo utilizar a los consumidores como “rehenes en una extorsión a la tabaquera americana.” Por si su postura en defensa del consumidor y de la libertad individual no hubiera quedado clara, la AMCC ha declarado por boca de su presidente, Javier Alonso, que “todo esto no es más que la demostración palpable del daño incalculable que ocasionan sobre los consumidores las regulaciones y restricciones al libre comercio, en este caso del tabaco”. La aparición de esta organización es una gran noticia para los fumadores pero también lo es para el conjunto de los consumidores.

Ideas básicas sobre la libertad de armas

Las armas no son más que un medio, un instrumento en manos del hombre. Como cualquier otra herramienta, no tiene la capacidad de imponerse al hombre, que es quien la ha creado y quien la utiliza. Las armas por sí solas son completamente inútiles e inocuas. Solo cobran vida cuando están bajo el control de las personas. En consecuencia, lo primero que hay que tener en cuenta cuando uno se acerca al problema de las armas es que lo que estudia es el comportamiento humano.

Y al respecto hay que resaltar dos ideas antes que ninguna otra. La primera, que las armas, como cualquier otro instrumento, se pueden utilizar para el bien y para el mal. En ello no se distinguen de cualquier otro medio. Y la segunda es que, por lo general, las personas buscan fines legítimos y positivos para sus vidas, que son compatibles con los de otros ciudadanos. Son menos los usos negativos o perniciosos que hacemos de las cosas, y no tenemos más que fijarnos en nuestra vida cotidiana para darnos cuenta. Un cálculo conservador del uso defensivo de las armas en los Estados Unidos reveló que su número ronda los dos millones y medio, mientras que los usos criminales rondan el medio millón.

El uso de armas por los ciudadanos disuade a los criminales, que de hecho temen más a una víctima potencial armada que a la policía. Hay criminales que desisten de llevar a cabo ciertos delitos, otros que incluso abandonan la actividad delictuosa. Los que siguen actuando contra la vida y el patrimonio de los demás intentan evitar el contacto con las víctimas. Quienes asaltan las casas para robarlas invierten más tiempo y esfuerzo en estudiar el comportamiento de los moradores para no encontrarse con ellos. Aumenta el robo de coches, porque en principio no se encontrará al hacerlo con el dueño.

Luego está la cuestión del fracaso de las intervenciones públicas, probado una y otra vez en distintos ámbitos, y que se ha puesto de manifiesto de nuevo en el control de armas. Los datos lo muestran claramente, pero aquí nos quedaremos con la razón de porqué es así. Cuando se prohíbe el uso privado de armas, ¿quién hará caso de la ley? Los ciudadanos que por lo general cumplen las leyes, aunque como ésta sean manifiestamente injustas. Y los usos que harán estos ciudadanos será, aparte del decorativo y recreativo, el de defenderse frente a los peligros de la naturaleza y a los criminales. ¿Y qué harán estos? Ya se comportan fuera de la ley, por lo que seguir armándose ilegalmente no les supone ningún problema. Es más, incluso cuando el uso privado de armas es legal, los criminales acuden al mercado negro para conseguir armas. Los costes de más que pueda suponerles una medida de control de armas no son nada con los beneficios asociados a la tenencia de las mismas, cuando de hecho son una herramienta necesaria para su actividad criminal.

El resultado es que los ciudadanos, que harán usos defensivos de las armas, quedan indefensos frente a los criminales. El crimen aumenta. Pero, ¿y los accidentes? ¿No será que éstos también crecen y que el número de ellos compensa sobradamente lo que ganan los ciudadanos en libertad y seguridad? En absoluto. El avance de la tecnología hace que el uso de las armas sea cada vez más seguro. Y hay un elemento que no se debe dejar de lado. El uso, la experimentación en libertad hace que se adquiera y transmita el conocimiento necesario para aprender a utilizar bien los instrumentos, también las armas. Éstas serán más peligrosas cuando estén prohibidas que cuando se pueda aprender su uso y manejo desde la juventud, en un entorno en el que los usos sociales y el conocimiento compartido, adquiridos en libertad. Valga como ilustración que en Estados Unidos, en 1988, el número de muertes causadas por accidentes fue de 200; 22 en estados con leyes que permiten llevar armas ocultas y 178 en el resto.

El mal gobierno que promueve el Estado

Todos esos papeles pueden ser desempeñados en régimen de monopolio por el Estado. Las agencias burocráticas y los comités de planificación serían los encargados de descubrir y dar respuesta a las necesidades de las personas. El individuo, para ser feliz, sólo tendría que someterse a las leyes históricas que los planificadores hayan descubierto de manera científica. La única misión de cada ser humano consistiría en obedecer y acatar los mandatos del Estado.

De hecho, las personas creativas, innovadoras e independientes representan un peligro y un obstáculo para los planes unívocos. Cada individuo debe mantenerse, como en un campo de batalla, en la posición determinada por el Estado: cualquier disensión del plan general constituye un acto de sabotaje. No debe haber alternativa para el individuo.

Y es que, cuando el socialismo saca a relucir su tirria contra los empresarios, no deberíamos reducir la definición de empresario a ocupante del escalafón más alto de una gran corporación. Todos nosotros, en distinta medida, ejercemos la función empresarial, esto es, utilizamos nuestra capacidad innata para descubrir las oportunidades de ganancia.

Al buscar ofertas o buenos productos, al ayudar a un amigo, al dar consejos o al informarnos sobre las previsibles consecuencias de nuestras acciones estamos tratando de anticipar el futuro y solucionar los eventuales problemas de coordinación social: estamos actuando como empresarios. La figura del empresario es, por tanto, central para la convivencia humana.

La socialdemocracia, aun cuando afirme haber rechazado el comunismo, mantiene esta desconfianza hacia los individuos y la sociedad, esto es, hacia los empresarios. El Estado sigue siendo considerado un mecanismo adecuado para solucionar los problemas y los conflictos entre las personas; la educación, la sanidad, la seguridad, las catástrofes, el mercado de trabajo, incluso los medios de comunicación, son ámbitos donde los socialistas afirman que la regulación y el control público deviene imprescindible.

Al igual que en la URSS, la obsesiva regulación del Estado limita el ejercicio de la función empresarial. Los sectores donde el Gobierno aplasta a los empresarios con su pesada bota sufren un fuerte retroceso en su capacidad para satisfacer a los individuos. Allí donde el Estado interviene la empresarialidad no puede ejercitarse, de manera que la innovación, las mejoras y las adaptaciones a las necesidades de las personas se paralizan casi por completo.

Así, por ejemplo, Mariano Rajoy estuvo bastante acertado esta semana cuando criticó el Estatut de Cataluña por arrebatar el poder "a los ciudadanos de Cataluña, a los empresarios y a la sociedad dinámica". Lástima que una cosa sea predicar y otra dar trigo.

Pero, en efecto, las peores consecuencias de leyes intervencionistas como el Estatut es que traspasan la capacidad de elección de las personas a los políticos, esto es, nacionalizan nuestra libertad. El poder de los empresarios consiste en ofrecer a los consumidores mejores productos y servicios, en solucionar los problemas de la gente y en dar ejemplo de cooperación al resto de las personas. El poder de los políticos, en cambio, pasa por imponer coactivamente sus decisiones a la ciudadanía; los problemas, en lugar de solucionarse, se crean, y el ejemplo ofrecido al resto de la humanidad consiste en expoliar al prójimo. Si el ideal del empresario es el genio creador, el ideal de político es la garrapata: uno enseña a servir a los demás; el otro, a vivir a costa del resto.

Con poco más de un tercio de todos los recursos, los empresarios son capaces de sostener económicamente todo el ineficiente y mastodóntico sector público (no olvidemos que el Estado no tiene recursos propios y que toda su financiación procede de la sociedad) y, además, producir todo aquello por lo que juzgamos que vale la pena vivir. Piense que todo lo que tiene a su alrededor, desde los elementos más insignificantes hasta los bienes más importantes, ha sido producido por empresarios inteligentes que anticiparon sus necesidades.

El contraste es demasiado evidente como para que incluso la ceguera socialista pueda negarlo. De ahí que el Estado necesite engañar a la ciudadanía para que no se dé cuenta del horroroso atropello que está cometiendo. El pueblo necesita seguir creyendo que el Estado es el sustrato de la sociedad, el requisito de la seguridad y el bienestar.

Para ello no sólo precisa adoctrinar a las personas en las bondades del estatismo, también necesita corromper, adormecer y absorber a la clase empresarial. Si éstos se vuelven tan torpes e ineficientes como el Gobierno no habrá peligro de que los ciudadanos despierten de su ilusión socialista. Los empresarios tienen que comportarse como el Estado para que éste pueda respirar tranquilo.

El Código del Buen Gobierno que la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha preparado para las empresas españoles que cotizan en Bolsa parece dirigirse decididamente hacia semejante objetivo. Ya de entrada sorprende que el Estado, paradigma del caos y la ineficiencia, tenga que imponer a las empresas conductas que aseguren su buen gobierno: un paralítico llevando en brazos a un atleta, un ciego ejerciendo de oftalmólogo.

Pero es que, además, las empresas no necesitan que nadie les imponga coactivamente ningún código de conducta. ¿Acaso su buen gobierno no se revalida diariamente ante sus consumidores y accionistas? ¿Acaso el mal gobierno no va acompañado –a diferencia de lo que sucede con el Estado– de la aparición de pérdidas empresariales y del riesgo cierto de desaparecer del mercado? ¿Qué misión puede tener, por tanto, este Código del Buen Gobierno salvo enredar hasta lo indecible?

Si bien es cierto que, en buena medida, el Código no resulta de aplicación coactiva, su no acatamiento deberá justificarse ante la CNMV, como si de un redentor se tratara: "El principio de ‘cumplir o explicar’ deja a la responsabilidad de la sociedad cotizada seguir o no las recomendaciones del Código, pero le exige que, cuando no las cumpla, explique el motivo pública y razonadamente, para que los accionistas y mercados puedan juzgarlos".

En otras palabras, cuando una empresa no se someta a los arbitrarios dictados de la CNMV deberá autoflagelarse, ante al escarnio y el griterío público. La imagen que pretende transmitir el Estado es que todas las empresas que no acepten su código de buen gobierno se están comportando de un modo incorrecto (su gobierno es malo); la sociedad debe mirarlas con recelo y rechazo.

Así, por ejemplo, una de las recomendaciones más conocidas es la de incrementar el número de mujeres en los Consejos de Administración de las empresas ("Cuando sea escaso o nulo el número de consejeras, el Consejo deberá explicar los motivos y las iniciativas adoptadas para corregir tal situación"). Claramente, la CNMV pretende endosar el sambenito de la misoginia a toda compañía cuyo Consejo sea mayoritariamente masculino.

La propuesta, como el resto del Código, no tiene ni pies ni cabeza. La misión del empresario es servir al consumidor y maximizar, de esta manera, el valor del accionista; el empresario no es un rentista ni un funcionario, su puesto no es un privilegio ni una concesión política, sino una posición sujeta a su correcta actuación. Los Consejos de Administración tienen que estar compuestos por las personas más habilidosas y perspicaces, sean éstos hombre o mujeres.

La recomendación de la CNMV presiona para que haya mujeres en el Consejo aun cuando no sean las más adecuadas para ocupar ese puesto; en otras palabras, el Estado pretende reducir el bienestar del consumidor y el valor del accionista por consideraciones meramente sexuales.

Si una mujer o un hombre quiere ocupar un puesto en un Consejo de Administración deberá demostrar su valía y su capacidad. Las empresas no deben ser el campo de operaciones de la progresía patria: ningún empresario tiene derecho a ocupar su puesto al margen de la voluntad soberana de consumidores y accionistas. Tampoco las mujeres.

Con este código la CNMV pretende corromper a las grandes empresas españolas, para que se burocraticen y se conviertan en pequeños apéndices del Estado. A la CNMV no le importan lo más mínimo los consumidores y accionistas: es un matón político al servicio del Estado. Su labor supervisora resucita la vieja tradición totalitaria de los tribunales políticos, cuyos jueces son nombrados a dedo por el Ejecutivo; un organismo inquisitorial que nunca debería haberse creado y cuyo mejor destino sería el vertedero municipal.

En una ocasión, Murray Rothbard le preguntó al gran economista liberal Ludwig von Mises a partir de qué momento podríamos afirmar que un país ha abandonado el capitalismo y ha adoptado un sistema socialista de planificación centralizada. Mises, sin dudarlo, le contestó que una economía podía considerarse socialista cuando la Bolsa hubiera sido nacionalizada por el Gobierno.

En España uno de los brazos del Estado, la CNMV, se encarga de supervisar y controlar la actividad empresarial de las empresas que cotizan en Bolsa, esto es, tiene como misión indicar quiénes pueden ser empresarios y cuál debe ser su comportamiento. Desde luego, no podemos hablar de nacionalización, pero sí de intensa vigilancia e intervención estatal.

El Estado necesita tapar su mal gobierno, sus vergüenzas e ineficiencias; nada mejor para ello que corromper a toda la sociedad, comenzando por las empresas, a las que, hipócritamente, les impone un Código del Buen Gobierno.

No deberíamos pensar que este tipo de medidas no nos afectan en absoluto a los individuos de a pie: como ya hemos visto al principio, todos somos en buena medida empresarios. Los Códigos de Buen Gobierno de hoy pueden convertirse en las leyes de buena ciudadanía de mañana. Basta con dejar que el Estado prosiga caminando en su senda totalitaria, con seguir creyendo ingenuamente en la bondad de los organismos socialistas como la CNMV.

El apetito voraz del estado

Esto lo dice el mismo que afirmaba que la guerra de Irak era innecesaria, injusta e ilegal al tiempo que su ejército llevaba a cabo bombardeos en Costa de Marfil. En fin, todo un hombre de estado.

Una de las principales características de las armas nucleares es que no pueden discriminar. Se llevan por delante a todos. Tanto a culpables como a inocentes. La teoría de la guerra justa desarrollada por los pensadores escolásticos españoles del Siglo de Oro entendía la posibilidad de discriminación como una condición necesaria para que una acción bélica pueda ser considerada como justa. Cuestión de disputa es si se comete un error utilizando medios que permiten la discriminación y mueren personas inocentes. Pero el caso de Chirac no tiene discusión porque lo que plantea es acabar con gobiernos terroristas a través del exterminio de su población civil. Y no sería muy descabellado aventurar que en ese caso serían precisamente los gobernantes quienes sobrevivirían. Ante los problemas de la maquinaria militar estatal para frenar el fenómeno del terrorismo internacional, el gobierno francés ha decidido dar un paso más en su particular interpretación de la justicia y amenazar a toda la población de los países cuyos gobiernos apoyen el terrorismo.

¿Por qué no se limita el gobierno francés a amenazar a esos gobernantes con lanzarles un misil convencional en plena reunión ministerial? ¿Existe una especie de acuerdo tácito por el cual los gobernantes se respetan mutuamente hasta en la guerra y juegan la partida con los recursos y la vida de su población? ¿Qué sentido tiene amenazar a millones de inocentes con la justificación de que sus gobernantes apoyan el terrorismo?

Responder a estas cuestiones es responder a la razón por la que el mundo pasó de asistir a guerras de guerreros a horrorizarse y sufrir con la guerra total. Con anterioridad a la revolución francesa las guerras podían durar décadas o siglos y la población civil casi no se enteraba. Es con el surgimiento del estado moderno y su capacidad para detraer recursos de los individuos mediante fórmulas coactivas cuando surge la guerra total.

A partir de finales del siglo XVIII la población de un país enemigo que ha instaurado la conscripción pasa a ser objetivo militar. Al fin y al cabo con la aparición del reclutamiento forzoso todos los varones se convertían automáticamente en un recurso militar. En el siglo XX, el avance tanto del impuesto sobre la renta como, sobre todo, la inflación sin frenos como medios para financiar las guerras reforzarían la idea de la población civil como objetivo militar. Después de todo, si el estado enemigo se financia mediante el robo de poder adquisitivo a de todos sus habitantes a través de la inflación, todas las personas que vivan bajo esas leyes de curso forzoso se convierten en parte de quienes nos agreden.

En definitiva, es el estatismo el que ha puesto a los inocentes en el punto de mira de la guerra. Desde el levée en masse del Comité para la Salvación Pública de Robespierre hasta la amenaza de Chirac de usar armas nucleares contra el terrorismo, la justicia y el respeto por la libertad individual no han hecho más que disolverse en el ácido del estatismo.

Una sociedad de precaristas

El derecho de propiedad concede a su titular una capacidad de decisión última sobre el objeto de la jurisdicción dominical. El propietario puede poseer, usar, consumir, destruir o enajenar el objeto sin que ningún otro sujeto tenga poder para revocar su decisión.

Los socialistas argumentan que, en realidad, el derecho de propiedad no contiene todas esas facultades, sino que viene limitado por consideraciones de bienestar general instrumentadas mediante el imperium estatal. Como en tantas otras cosas, sin embargo, los socialistas se confunden. Una cosa es que los individuos tengan prohibido ejercer el derecho de propiedad y otra, muy distinta, es que este derecho de propiedad absoluto no sea ostentado por nadie.

Por necesidad fáctica, siempre existirá un poder de decisión última sobre los recursos. De hecho, los socialistas atribuyen esa facultad al Estado y sus órganos administrativos. No se trata, pues, de que el derecho de propiedad esté limitado, sino de que el Estado ha nacionalizado las facultades del propietario.

Esta afirmación es perfectamente compatible con el hecho de que casi todas las constituciones occidentales reconocen el derecho de propiedad privada. Por un lado porque sigue siendo el Estado quien tasa los modos de adquisición y mantenimiento de esa propiedad. Por otro, porque todas las constituciones establecen el interés general o la utilidad pública como límite a los poderes dominicales.

La Constitución española es clara en este sentido: Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general. (art. 128.1).

Los Estados siguen ejerciendo como auténticos propietarios; son ellos los que retienen los poderes de decisión últimos a través de los impuestos y las expropiaciones. Los ciudadanos sólo podemos poseer, usar, consumir, destruir o enajenar nuestras supuestas “propiedades” en tanto el Estado nos permita hacerlo. Quien realmente tiene un poder decisión último es el Estado, no los propietarios nominales.

Los ciudadanos tenemos facultades toleradas por el poder político. Todo acto individual es susceptible de revisión administrativa o judicial, aun cuando sea para declararlo adecuado al derecho que el Estado nos ha impuesto a modo de Carta Otorgada.

Jurídicamente, al individuo que posee por tolerancia o inadvertencia del propietario se le conoce como precarista. El adjetivo procede, obviamente, de que carece de derechos para poseer y, por tanto, su situación es precaria. En cualquier momento el propietario puede revocar su tolerancia anterior y despojar al precarista de su posesión.

Los liberales decimonónicos consideraron que la mejor forma de garantizar la libertad del individuo consistía en dificultar el ejercicio de los poderes dominicales por parte del Estado. Había que colocar cortapisas a su actuación (separación de poderes) y lograr que firmara una declaración de buenas intenciones para con los individuos (Carta de Derechos Fundamentales). Esta ha sido la dual estructura de las Constituciones modernas. Una parte dogmática que recoge unos supuestos derechos tolerados por el Estado y otra parte orgánica que estructura su funcionamiento.

En todo caso, el objetivo de los liberales ha fracasado. El Estado no ha dejado de expandirse en virtud de sus nacionalizadas potestades dominicales. El motivo del fiasco es evidente: el Estado continúa reteniendo las facultades del propietario, por mucho que se trabe su funcionamiento; mientras que los individuos siguen siendo precaristas, por mucho que se alargue y proteja su situación.

La auténtica reforma liberal pasa por enterrar nuestra sociedad de precaristas, alcanzando una sociedad de propietarios, donde el poder de decisión último recaiga sobre el individuo que adquirió pacíficamente los recursos y no sobre los que se atribuyan esos títulos gracias a su arsenal militar.