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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

La discriminación negativa

En buena medida, los socialistas no han dudado en arrogarse la representación de determinados colectivos que dicen haber sido perseguidos y maltratados por la moral conservadora; minorías que, en este sentido, merecerían toda la protección necesaria que pueda ofrecer el Estado "social" de Derecho y que se suele plasmar en las llamadas "normas de discriminación positiva".

Uno sigue sin ver por qué tales individuos necesitan una protección específica distinta de la que merece toda persona. Es más, uno sigue sin entender los supuestos beneficios derivados de una discriminación positiva que petrifica un status diferenciado para esas personas y las separa, aún más, del pretendido objetivo de la integración.

¿Es que acaso, por referirnos a los homosexuales, mantener una relación con una persona del mismo sexo es un detalle tan sumamente relevante que requiere de unas normas diferentes y particulares? (por no hablar de las imprescindibles subvenciones destinadas a los que se proclaman portavoces legítimos del colectivo). ¿Es que hay que proteger a la mujer en tanto que supuesto eslabón secularmente débil de la sociedad occidental, y no en tanto que persona?

Ahora bien, cuando la legislación objetiviza la pertenencia de las personas a determinados grupos atendiendo a lo que considera características "relevantes" está condenándolas a que la gente siga centrando su atención en esa característica especial o extraña. Más que colaborar en que determinadas conductas sean socialmente aceptadas, la discriminación positiva sanciona normativamente la diferencia.

Entonces se produce una curiosa simbiosis entre los individuos afectados y los políticos. Si, al menos en teoría, el objetivo primigenio de la coacción política consistía en integrar "por la fuerza" a algunos individuos, en el momento en que se concede privilegios a determinados grupos sociales (por ejemplo, asegurando un 50% de las plazas de la Administración o pudiendo alegar un despido discriminatorio por razón de sexo o de orientación sexual), los mencionados beneficios, otorgados por los políticos, exceden, en mucho, el coste de la "falta de integración social".

Si la llave para continuar recibiendo ayudas y regulaciones favorables se encuentra en seguir siendo "diferentes", algunos de esos individuos (ni mucho menos todos) se encuentran abiertamente dispuestos a perpetuar el "hecho diferencial" para así asegurarse los beneficios de la "discriminación positiva".

De la misma manera, el gobernante de izquierdas –cuyo máximo objetivo es retener y ampliar su poder político– sabe que, en tanto se produzca una "efectiva" integración, la razón originaria de la discriminación positiva (y, por tanto, su capacidad para crear lazos clientelares y para hacer y deshacer las vidas ajenas) desaparecerá.

Ni unos ni otros están particularmente interesados en terminar con la discriminación. Como de costumbre, los objetivos de la intervención estatal (al transgredir las leyes económicas y los principios generales del derecho) no sólo no se cumplen, sino que agravan la situación de partida.

El PSOE y la izquierda en general han sido los abanderados de esa "discriminación positiva" durante mucho tiempo. Su propósito –al menos el declarado– era remoralizar a la sociedad rompiendo los prejuicios sociales de cientos de años. Como hemos visto, si en alguna medida estos "prejuicios" han ido cediendo en nada se ha debido a la acción política, que sólo acrecienta la animadversión hacia los "niños mimados" del Estado.

Ahora bien, tras su experiencia con la "discriminación positiva", con la moralización social a golpe de BOE, la izquierda ha adquirido una práctica sumamente nociva para la libertad: el Estado puede ser usado para que los valores morales de la sociedad, sus pautas de conducta, sus ilusiones y sus finalidades, sean moldeados a gusto del político.

Y esto, en ocasiones, supone no sólo una concesión de prebendas a ciertas personas (por supuesto, la contrapartida de todo privilegio es que otras personas salen perjudicadas; la política siempre beneficia a unos a costa de los demás), sino la persecución de otros individuos que no se ajusten al ideal moral del sabio gobernante.

El político se siente legitimado para utilizar la represión con la finalidad de adaptar las pasiones del ser humano a sus moldes de rectitud moral. Los díscolos podrán ser reprendidos, estigmatizados y perjudicados en todas aquellas actividades que, aunque legítimas, no satisfagan al burócrata de turno.

No obstante, en la era democrática los políticos quedan subordinados al llamado "interés general". Su actuación, su entera existencia, depende de la consecución de ese fin. Es necesario, pues, conciliar la moralización social con el interés general, asentar la represión en el bienestar colectivo. Y precisamente esta fusión entre moralización política e interés general da lugar a un perverso juego. El anarquista decimonónico Lysander Spooner, al comparar el Gobierno con el salteador de caminos encontró una diferencia, favorable a este último:

"Lo único que pretende es ser ladrón. No acumula desvergüenza suficiente para proclamar que es vuestro ‘protector’, y que se apodera del dinero de los ciudadanos contra su voluntad sólo para ‘proteger’ a estos fatuos viajeros (…) No insiste en seguiros por la carretera y en contra de vuestros deseos (…) No persiste en protegeros a basa de ordenaros que os inclinéis ante él y le sirváis; a base de ordenaros hacer esto y prohibiros hacer aquello (…) En una palabra: se contenta con robaros, no intenta convertiros en su bufón o su esclavo".

Siglo y medio antes de que las políticas de discriminación positiva tomaran cuerpo, Spooner ya había anticipado sus peores rasgos. El Gobierno no se limita a coaccionarnos, quiere que le reconozcamos su esfuerzo y dedicación; que disfrutemos mientras nos reprime y entendamos las causas de semejante coacción. Quiere, en pocas palabras, que amemos al Gran Hermano.

Esta peligrosa tentación que tan bien entrevió Spooner fue posteriormente desarrollada por Isaiah Berlin en su famoso ensayo Dos conceptos de libertad. Al criticar el concepto de libertad positiva, efectuó estas observaciones:

"Se han señalado en muchas ocasiones los peligros que entraña el usar metáforas orgánicas para justificar la coacción de algunos hombres sobre otros con el fin de elevarlos a un nivel ‘superior’ de libertad. Pero lo que hace que este tipo de lenguaje resulte convincente es que reconocemos que es posible, y a veces justificable, coaccionar a determinados hombres en nombre de algún fin (digamos, por ejemplo, la salud pública o la justicia), fin que ellos mismos buscarían si fueran más cultos, pero que no lo hacen por ceguera, ignorancia o corrupción".

Este modo de pensar, tan característico del intervencionismo y la planificación socialistas, da lugar a una suerte de paradoja de la represión:

"Esto facilita que me pueda concebir coaccionando a los demás por su bien, en su propio interés, no en el mío. Estaría entonces afirmando que conozco mejor que ellos cuáles son sus verdaderas necesidades. En último término, eso implica que no se resistirían a obedecerme si fueran tan racionales y sabios como yo y si comprendieran sus propios intereses como yo lo hago".

El perverso juego del que hablaba antes es esta especie de mesianismo dirigista que impregna a la izquierda. Cuando el malvado hace daño, es posible que se detenga en el linde insuperable de su moralidad; cuando el tonto hace daño y cree estar haciendo el bien, su amenaza no conoce límites.

La izquierda, que en su momento se consideró protectora de ciertos individuos (y cuyo corolario fue desprotegerlos todavía más frente a la sociedad), se está convirtiendo, en estos momentos, en un azote de "herejes", en una especie de neoinquisidor que persigue a todos aquellos individuos que se salgan del redil.

Día a día observamos cómo la persecución contra los conductores, los fumadores, los bebedores de alcohol, o los periodistas, se acrecienta. La regulación estatalista restringe cada vez más su ámbito de actuación. Hay que evitar que se fume, pues provoca cáncer; hay que evitar que la gente se emborrache, porque resulta degradante; hay que evitar que se hable por el móvil mientras se conduce, porque incrementa la posibilidad de accidente.

En cierto modo, se planifica la vida de las personas, impidiéndoles que asuman riesgos para alcanzar fines que valoran más. La cruzada contra todos aquellos que se salgan del molde socialista es ya una realidad.

Es cierto que el conservadurismo no es ajeno a esta batalla, y que comparte, en buena medida, sus objetivos. Sin embargo, una parte significativa de los conservadores siempre ha sido consciente de las limitaciones del intervencionismo estatal. Saben que la coacción estatal es del todo inútil, incluso nociva para sus intereses.

De ahí que los procesos inquisidores se desarrollen, especialmente, bajo gobiernos de la izquierda. Su mesianismo y su fe en el Estado son la combinación más peligrosa que quepa imaginar. No sólo creen que deben reprimir al ser humano, sino que pueden hacerlo. Estas medidas inquisitoriales son lo que podríamos llamar el inicio de la "discriminación negativa". El nuevo juguete coercitivo de la izquierda.

No es mi defensor

No hay figura más absurda y prescindible en todo nuestro ordenamiento constitucional que la del Defensor del Pueblo. Pero como tan sólo molesta a los que pagamos su mantenimiento por obligación, y no a los políticos, nadie ha propuesto eliminarla en ninguna de las futuras propuestas de reforma de la Constitución. Para poder salir en los periódicos y hacer como que justifica su sueldo, ha decidido proponer una serie de medidas que, pretendiendo ayudar a luchar contra la pornografía infantil, encarecen el uso de Internet y violan el derecho al secreto en las comunicaciones.

La LSSI-CE obliga a los proveedores de servicios de Internet a guardar durante un año los datos de tráfico de sus usuarios, pero al no desarrollarse en reglamento qué datos debían almacenarse la disposición no entró en vigor. El Defensor del Pueblo considera que se queda corta, y que un año es lo mínimo que deberían guardarse. Es posible que la policía no tenga medios para investigar con más rapidez, pero la culpa no es de los internautas si no de quien prefiere invertir nuestros impuestos en brigadas de ayuda a la SGAE. A cambio de más titulares que demonicen el uso de la red, nos veríamos obligados a pagar, además de nuestros impuestos, cantidades mucho mayores por disponer de una conexión a Internet, una cuenta de correo y un alojamiento para nuestra web, debido a los costes de guardar esos datos.

También pretende exigir a los proveedores de servicios de chat que controlen a sus usuarios y vigilen sus actividades; algo parecido a lo que pretende exigir el gobierno, a propuesta del sindicato vertical de editores y autores, a las compañías que ofrecen acceso a Internet para controlar si nos bajamos canciones de Ramoncín. Seguramente muchos de los que ofrecen ese servicio preferirán cerrarlo, incluyendonos seguramente a nosotros mismos, ya que el Defensor del Pueblo no va a pagar el sueldo de nadie para hacer esa vigilancia.

No obstante, lo más grave es que desea que esos datos de tráfico estén a disposición de la policía sin necesidad de autorización judicial previa. Cualquiera policía o guardia civil de, pongamos, Avilés, podría obtener los datos de todas las andanzas por Internet de, por ejemplo, Antonio Rubio y Fernando Múgica, ya que las correrías de Toro y Trashorras no les resultan de tanto interés. Y lo podrían hacer sin ningún problema legal, como si estuviéramos en los tiempos de la estatua ecuestre.

Es frecuente que en los estados dictatoriales haya menos delitos y más seguridad ciudadana. Los medios empleados para la represión política son muy útiles para la represión del delito. En este mismo país hay gente que añora a Franco porque con él "se podía andar tranquilamente por la calle". Enrique Múgica parece hallarse entre ellos, pues está proponiendo una serie de medidas con intención de luchar contra un delito repugnante pero, la verdad, sin demasiada incidencia en España en comparación con otros, a cambio de renunciar a libertades básicas. No me defienda más, por favor.

Internet como estado policial

El gobierno del partido que prometió retirar la famosa LSSI-CE o "ley de Internet" ahora se ha puesto como objetivo ampliarla para atender a las peticiones de los artistas comprometidos con el dinero de los demás, que encima han cometido la indignidad de comparar la red de redes con un tsunami, explotando la desgracia ajena para su propio interés. El mayor problema de la redacción aprobada en el parlamento de esa ley era la obligación de los proveedores de guardar datos de tráfico durante seis meses (aún no en vigor, por no haberse desarrollado el reglamento), debido sobre todo a los costes que esta medida iba a provocar y que pagaríamos los usuarios. Ahora se pretende hacer responsables a los intermediarios, es decir, a los proveedores de acceso a Internet, de las descargas de música y películas.

Las consecuencias de esta medida socialista, en el sentido más cubano del término, podrían consistir en cargar con los costes de vigilancia a las empresas, que se verían en la necesidad de espiar a sus usuarios para cumplir la ley, y hacerles pagar por ello aumentando los costes del acceso. Si, lo he escrito bien; Telefónica y sus cuates tendrían la obligación de espiarnos para cumplir la ley. Tendrían que colocar sniffers, pequeñas aplicaciones que vigilan la red donde se instalan en busca de aquellos datos que se les ha ordenado observar, en toda su infraestructura para que saltaran las alarmas cuando alguno de sus usuarios hace algo sospechoso como bajarse canciones desde un servicio legal, además de restringir las características de nuestras conexiones para intentar impedirnos la posibildad de hacerlo en primer lugar.

Ni siquiera en Estados Unidos, donde los lobbys del entretenimiento han llegado más lejos, existen medidas similares. De hecho, una ley tan controvertida como la Patriot Act obliga a limitar la actuación de los sniffers para proteger la privacidad de usuarios que no están sujetos a investigación. El FBI llegó a crear un sniffer propio llamado Carnivore porque las aplicaciones comerciales captaban demasiados datos de otros usuarios, retirándolo cuando ya se pusieron en el mercado herramientas suficientemente respetuosas.

Una vez que estemos convenientemente vigilados, la infraestructura necesaria para ampliar esa vigilancia ya estará instalada en la Internet española. No todos los países totalitarios disponen de tantas facilidades para controlar lo que se dice y se hace en Internet. Es de suponer que el derecho fundamental al secreto de las comunicaciones garantizado en nuestra Constitución, la propia LSSI que exonera a los intermediarios de responsabilidad y la directiva en que esta ley se basa terminarán imponiéndose. Pero ya se les habrá visto el plumero y las intenciones.

Ley, tabaco y pitorreo

El Gobierno sigue adelante con su cruzada política contra el tabaquismo, y la ministra de Sanidad Celia Villalobos pretende prohibir el tabaco en los lugares de trabajo. No se cumple la ley anterior y ya están pensando en sacar otra para que tampoco se respete. El Congreso está casi siempre vacío, pero sus señorías sufren de incontinencia legislativa, tal vez para que parezca que hacen algo. ¿Es que quieren desprestigiar la legislación aún más de lo que ya está? Con la ley actual en vigor se supone que está prohibido fumar en hospitales, colegios, dependencias públicas con ventanillas de atención al público, ascensores, locales comerciales cerrados y salas y transportes públicos. Y digo que se supone, porque el cumplimiento de esta ley es un cachondeo, como puede observarse en los pasillos del metro, en las terminales de aeropuertos, y especialmente en los edificios de instituciones públicas repletos de funcionarios y demás civiles con pitillo encendido en la boca.

Como dice la picaresca española, es que esa ley es de las que no hay que cumplir. ¿Alguien ha sido denunciado y multado por transgredirla? ¿Alguien ha visto alguna vez a algún policía, guardia civil o responsable de seguridad llamar la atención a un infractor? No es mi caso, y eso que me fijo mucho.

A mí me molesta mucho el humo del tabaco en un lugar cerrado, pero no me parece mal que los fumadores se atufen unos a otros libremente en mi ausencia. Si un solo trabajador es agredido por el humo ajeno tiene perfecto derecho a exigir a sus compañeros que dejen de fumar: con los derechos no valen votaciones ni mayorías. Pero ¿por qué prohibir fumar en un lugar si a nadie le molesta, si todos desean hacerlo? El dueño de una empresa puede éticamente proponer las condiciones laborales que desee a sus trabajadores: son los propietarios de un espacio físico quienes en última instancia están legitimados para decidir si allí se puede fumar o no. Quienes no estén de acuerdo pueden marcharse o no acercarse a ese sitio. El Estado no tiene derecho a imponer sus criterios a ciudadanos particulares y a regular el funcionamiento de las empresas. Para defender a los no fumadores lo que es necesario es que se tomen en serio las denuncias de los auténticamente agredidos.

Dicen que este gobierno tiene algo de "liberal": es que pretenden excluir el tabaco del cálculo del IPC para poder subir sus impuestos especiales con total "libertad". Paradojas del lenguaje. Y respecto a los mensajes que deben aparecer en las cajetillas de tabaco, como que fumar mata, si son ciertos pronto gran parte de los propios legisladores pasará a mejor vida. Aunque es difícil vivir mejor que como viven ahora.

Chaves y el tabaco

 El presidente de la Junta de Andalucía, el socialista Manuel Chaves, ha anunciado en el Congreso Nacional sobre Prevención y Tratamiento del Tabaquismo que demandará a las tabacaleras si éstas se niegan a sufragar parte de los elevados costes sanitarios que suponen las enfermedades que tienen su origen en el hábito de fumar. No resulta sorprendente que los asistentes a este congreso, cuyos trabajos y sueldos dependen de que exista una política oficial contra el tabaquismo, no hayan llevado la contraria a un político que les alimenta.

Según Chaves, "Los datos legales y científicos confirman que el lucro del negocio del tabaco proviene del daño que se le infringe a las personas, muchas de ellas menores de edad". Como es completamente imposible que la ciencia confirme algo falso (las leyes que hacen los políticos son tan absurdas que pueden afirmar cualquier disparate), Chaves miente y lo hace con descaro.

Su frase analizada lógicamente significa que dañar a las personas es causa y condición necesaria (y tal vez suficiente) para que haya beneficios en el negocio del tabaco: sin daños antecedentes no habría ganancias consecuentes. Si el daño se considerara causa suficiente de beneficio, entonces no sería necesario producir tabaco, ni distribuirlo, ni venderlo, bastaría con causar directamente el daño y embolsarse el dinero. En realidad el daño a la salud es independiente de los beneficios de las tabaqueras: puede haber beneficios sin daño y puede haber daños con pérdidas. Si Chaves supiera en qué consiste una empresa se daría cuenta de que matar o dañar al cliente no es una estrategia comercial recomendable.

Típico de los políticos sin escrúpulos es mencionar la protección de los menores en todos los asuntos, vengan o no a cuento, para ver si cuela y se ganan las simpatías del personal. ¿Han tratado los servicios médicos andaluces a muchos jóvenes con patologías derivadas del tabaco? Sería una noticia de gran alcance, un record mundial de precocidad. Fíjese además en que todo el que quiere denunciar un beneficio lo llama lucro, palabra malsonante y con connotaciones emocionales negativas.

En el negocio del tabaco participa el propio Estado, que subvenciona a agricultores de tabaco, otorga arbitrariamente concesiones de estancos, y hasta hace muy poco era dueño absoluto de empresas monopolísticas para su producción y distribución. Como los daños sanitarios del tabaquismo tardan tiempo en producirse, es el Estado el responsable de los males actuales. Como Chaves tiene poder político desde hace bastante tiempo, ¿va a denunciarse a sí mismo como participante en este crimen o simplemente como cómplice o encubridor? ¿Y si se reclama a los estanqueros o incluso a los propios fumadores, que han sido advertidos hasta la saciedad sobre los problemas sanitarios del tabaco?

"Los poderes públicos no pueden permanecer más tiempo impasibles". Los políticos se otorgan a sí mismos con total desparpajo deberes y obligaciones que siempre consisten en agredir la libertad de los ciudadanos. Afirman que están legalmente obligados a actuar, y así se eximen de cualquier responsabilidad. Pobres sacrificados, son simples autómatas inconscientes que sólo cumplen órdenes. Si Chaves es consecuente, pronto denunciará a los fabricantes de automóviles por los gastos sanitarios originados por los accidentes de circulación, y a los productores de alimentos por los daños provocados por una dieta inadecuada, por la obesidad, el colesterol y las indigestiones. No hay límite para las denuncias imaginables.

¿No existen ya elevadísimos impuestos sobre el tabaco mediante los cuales el Estado ingresa enormes cantidades de dinero? ¿Para qué se utilizan? ¿Se ha tenido en cuenta lo que el Estado se ahorra en sanidad y otros gastos sociales, como las pensiones, porque los fumadores mueren antes? Habría grandes sorpresas.

La solución al problema es muy simple: que el fumador, como cualquier otra persona, pague él mismo sus gastos médicos y no obligue a los demás a participar en problemas de los cuales no son responsables. Pero claro, el tabaco está demonizado y se utiliza como chivo expiatorio, de modo que esta idea no es políticamente correcta y no obtendría muchos votos de un electorado de mentalidad colectivista. El fumador es un pobre enfermo manipulado por las multinacionales, y nadie se atreve a mencionar la estulticia de quienes fuman para parecer más interesantes (ocultando su inmadurez y su falta de carácter), ni la falta de voluntad y de capacidad de autocontrol de los adictos al tabaco.