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Etiqueta: Libre comercio

Proteccionismo, ni para la seguridad nacional ni para los sectores estratégicos

Nacho Raggio decía este lunes que el liberalismo es una forma sofisticada de nihilismo. Que él te puede curar (si eres liberal) y que un país debe poder abastecerse por completo, especialmente ciertos sectores estratégicos. Aunque no lo diga Raggio, entiendo que el argumento es que o bien por seguridad nacional (menciona la geopolítica) o bien por las externalidades positivas que obtenemos de la producción de ciertas industrias, el proteccionismo está a veces justificado. Según Raggio, se debe “aplicar proteccionismo para defender nuestros intereses”.

Los intereses ¿de quién?

El primer problema con esto es que no están claros de quienes son los intereses que hay que defender. Si son los intereses de todos los españoles, entonces el libre mercado es lo mejor. El libre mercado puede dañar a ciertos productores. A aquellos cuya mercancía sea más barata importar que producir nacionalmente; es decir, aquellos cuyas líneas de producción son más costosas y, por tanto, los recursos utilizados estarían mejor destinados a otras líneas de producción. También es verdad que con la liberalización del mercado laboral a estos debería costarles menos de lo que les costaría en otros casos encontrar nuevos trabajos. No obstante, todos somos consumidores, pero no todos somos productores de aquello cuya producción nacional es más costosa que la importación. Por tanto, a simple vista parece que los intereses de la mayoría están mejor salvaguardados con el libre mercado.

Digamos que la solución que propone Raggio es que sea el gobierno el que decida cuáles son estos sectores estratégicos que merecen ser defendidos. Cualquiera con un mínimo de cultura política española podrá suponer lo muy diferentes que serían estos si la selección la hace el PSOE o el PP. O el PSOE con la coalición de izquierdas o el PP con Vox. ¿Cómo es posible que estos intereses estén tan claros si por un pequeño margen pueden cambiar tanto? Según las últimas encuestas, PP y Vox sumarían 179 diputados y PSOE más la coalición que les invistió en 2020, 158.

¿Patatas y mantequilla?

¿No se da cuenta Raggio que los sectores estratégicos los eligen políticos? ¿No se da cuenta de que igual que estos pueden elegir los que él cree que son necesarios, un gobierno del PSOE podría terminar defendiendo sectores que Raggio crea que no deberían defenderse? Pero es que, incluso si los políticos son los de tu color, estos se ven sometidos a incentivos perversos.

Todos los productores domésticos intentarán decir que su producto es vital para la seguridad nacional. Puede que Raggio tuviese solo en mente la producción de alimentos, ¿pero qué alimentos? Técnicamente, podemos sobrevivir a base de patatas y mantequilla. Si esto es todo lo que necesitamos, ¿por qué no defender solo las industrias nacionales de estos dos productos?

Quizá Raggio vea obvio que esto no sería suficiente y que tendríamos que asegurar la producción nacional de muchos más productos de alimentación, a fin de cuentas, es geopolítica. ¿De cuáles? ¿Tenemos que ser capaces de producir aguacates en España a pesar del gran coste de producción que eso supondría? ¿Tenemos que producir de todo sin importar el coste? ¿O solo de aquello que los políticos consideren vital para la subsistencia? Igual si tenemos un gobierno del PSOE decide que todos tenemos que poder vivir a base de langostinos y cigalas. Pero, ¿sería esto realmente necesario y una cuestión de seguridad nacional?

La protección del pelo de cabra en Angola

También habría que preguntarse que por qué solo alimentos. Raggio no lo dice explícitamente, pero ambas fotos de su hilo hablan sobre alimentación. ¿Por qué no también proteger la industria del acero? ¿No es también necesaria para la defensa nacional? O la producción de microchips. En Estados Unidos, desde 1954 hasta 1993, el gobierno consideraba que el mohair, la fibra procedente del pelo de la cabra de Angora, era vital para la defensa nacional, puesto que era usada para la producción de uniformes militares.

Durante cuatro décadas, los productores de mohair recibieron millones de dólares anuales en subsidios. Puede parecer ridículo, pero era un caso real. Y lo sigue siendo. En 2002 volvieron los subsidios a esta industria, los cuales están regulados por el Marketing Assistance Loan Program del 2014 Farm Act.

Externalidades positivas

La otra razón que interpreto que da Raggio para defender el proteccionismo es que ciertas industrias generan externalidades positivas. Para este caso, no obstante, el proteccionismo no sería la mejor política, sino los subsidios. El problema con este argumento es que este proteccionismo en un área de especial interés puede ser contraproducente, pues, puede traducirse en que entren menos de esos bienes al mercado nacional y sean de peor calidad.

Si lo que te preocupa es que quieres que tus ciudadanos puedan disfrutar de ese bien, entonces querrán que tengan la mejor opción disponible. Si crees que producirlo tú te genera unas externalidades positivas al, por ejemplo, estar entrenando a tus ciudadanos en la producción de microchips, tendrás que defender por qué estas externalidades superan los beneficios de que los consumidores nacionales puedan hacerse con los microchips de una mejor calidad a un menos precio.

Otro problema es el decidir cuáles son estas industrias clave. El gobierno y los burócratas que industrian generarán spillovers positivos. Si se equivocan y deciden proteger una industria que después no tendrá demanda, lo pagamos todos. Por ejemplo, Raggio puede pensar que las nuevas gafas de Apple son el futuro y que tenemos que defender a los productores de alternativas a estas. Si se equivoca, pagamos todos, dañando así los intereses nacionales.

La ley de asociación de Ricardo

Como decía Adam Smtih:

El conceder el monopolio del mercado nacional a la producción nacional, en cualquier arte o industria, equivale en alguna medida a dictar a los ciudadanos particulares la manera en que deberían emplear sus capitales, y en todos los casos resulta una intervención inútil o perjudicial. Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial. La máxima de cualquier prudente padre de familia es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar. El sastre no fabrica sus zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no se hace sus vestidos, sino que recurre al sastre. El granjero no intenta hacer ni unos ni otros, sino que acude a esos artesanos. Todos ellos comprenden que les resulta más conveniente emplear su esfuerzo de forma de tener alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar lo que necesitan con una parte del producto de su esfuerzo, o lo que es lo mismo: con el precio de una parte. Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino.

Adam Smith, Una investigación sobre el origen y las causas de la riqueza de las naciones. Libro 4, capítulo 2.

Esto nos debe recordar a la ley de asociación de Ricardo.

Los peligros de la guerra comercial

No vivimos la mejor época para el comercio global o su desarrollo futuro. Las rivalidades geopolíticas actuales están causando una ola de populismo proteccionista que se acrecienta a pasos agigantados y que está contribuyendo a dificultar enormemente la reconstrucción de las relaciones multilaterales tras la crisis del Covid. Desde 2020 hemos observado una clara tendencia a la ralentización del comercio internacional y la inversión extranjera directa, junto a un claro viraje al nacionalismo económico por parte de varios países, desde EEUU hasta China, pasando por la Unión Europea y su renovada “política industrial”.

Todo ello, nos deja un escenario sin ningún tipo de certidumbre y con una visión crecientemente intervencionista en el ámbito económico desde ambos lados del tablero político. De lo único que podemos estar seguros es de que el actual ambiente geopolítico constituye un punto de inflexión para el comercio global y las relaciones internacionales.

Hostilidad hacia el libre comercio

Wolff et al., del Peterson Institute for International Economics (PIIE), han estudiado a fondo la cuestión del crecimiento de la hostilidad política hacia el libre comercio y las consecuencias de ello. Dichos autores remarcan como los EE. UU. actualmente se arriesgan a revertir una política -la del libre comercio- que ha resultado enormemente exitosa para el país y para el conjunto de Occidente durante los últimos 100 años. De hecho, desde la implementación del arancel Smoot-Hawley y el consecuente desastre proteccionista en los años 30 del siglo pasado, los gobiernos americanos siempre han insistido en mantener una economía abierta basada en unas reglas comunes para todos e implementadas a través de las instituciones multilaterales.

La visión favorable al libre comercio de las últimas décadas ha resultado en un mundo más próspero para todos, con una gran reducción de la pobreza desde los años 80 hasta hoy en día, y una significativa contracción de la desigualdad internacional. Además, a nivel geopolítico, el libre comercio ha permitido a los EEUU aumentar su primacía sobre la economía mundial y su capacidad de negociación frente a otras grandes potencias como China o Rusia. A nivel occidental, el comercio y la inversión internacional han actuado como pegamento entre los diferentes países y favorecido la coordinación en aspectos adicionales al económico.

Vuelta a la desconfianza

Sin embargo, hoy en día, la mayoría de los líderes políticos parecen haber olvidado todo esto y se dejan embaucar fácilmente por los cantos de sirena del proteccionismo. Un claro ejemplo de ello es que, prácticamente el único tema en el que Joe Biden y Donald Trump estén de acuerdo sea en la supuesta necesidad de aumentar aranceles y subsidios a las empresas norteamericanas, en pro de una artificial defensa de la clase trabajadora. Es por ello por lo que, aparte de haber mantenido las medidas proteccionistas implementadas por Trump durante su mandato, Biden ha optado por desarrollar e introducir una política industrial contraria a multitud de acuerdos comerciales de EEUU y a las propias reglas de la OMC en muchos aspectos.

Hay varios motivos que se pueden dilucidar como causa de dichos cambios en la política comercial e industrial de EEUU, pero hay dos que cabría destacar como principales a raíz de los eventos del último año.

El rechazo al “neoliberalismo”

El primer motivo es puramente político y/o ideológico, siendo este el rechazo al “neoliberalismo” o liberalismo económico a nivel global, que se ha consolidado desde el inicio de la crisis del Covid. Se ha tratado de vender -tanto a izquierda como a derecha- que ha sido el liberalismo económico el principal causante del incremento de la desigualdad en los países desarrollados o el que ha dejado atrás a la clase obrera occidental en favor de trabajadores provenientes de otros países. Todo ello es soberanamente falso, empezando por el hecho de que el causante de la reducción del peso de la industria o el número de empleos industriales en las economías desarrolladas ha sido el incremento de la productividad. Las mejoras tecnológicas han conllevado – ¡bravo!- a que hoy en día se pueda producir lo mismo o más con un menor volumen de recursos industriales, incrementando el bienestar agregado de la población.

Respecto a los efectos del libre comercio sobre el empleo, tal y como han demostrado David Autor et al. en su paper On the Persistence of the China Shock, mientras que entre el año 2000 y 2020 en EEUU se perdieron cerca de 6 millones de empleos en el sector manufacturero, menos de 1 millón de ellos se pueden achacar a la entrada de China en las cadenas globales de valor y su competencia con EEUU. Es decir, menos de un 16% de la pérdida de empleos industriales en EEUU se puede achacar a la mayor competencia global por parte de China permitida por el libre comercio.

Contra China y contra otros

Por otra parte, además, fue precisamente la entrada de China en la OMC y la mayor competencia por exportación de bienes industriales lo que ha actuado como fuerza deflacionaria hasta hace un par de años, permitiendo un incremento constante del poder adquisitivo de las clases más desfavorecidas.

Llegados a este punto, es discutible si en los países occidentales, a lo largo de los últimos 20 años, los gobiernos han desarrollado o no una política social suficientemente compensatoria para aquellos trabajadores que se han visto desplazados del mercado por la competencia global. Puede ser el caso de que una mayor inversión en reskilling o políticas de transferencias sociales más dirigidas a estos grupos poblacionales hubieran prevenido el descontento generalizado de las clases industriales que hoy en día se experimenta en Occidente.

Una explicación adicional al cambio de visión en EE. UU., Europa y sus aliados respecto al libre comercio puede ser la creciente suspicacia hacia potencias como China o Rusia a raíz de su actitud durante los últimos años. Esto podría haber causado la actual tendencia a la repatriación de gran parte de las cadenas de valor y el retorno a una focalización excesiva en la producción nacional frente a las importaciones. Además, no debemos pensar que esta sea una política que EEUU o la UE estén llevando a cabo únicamente contra China, sino asimismo contra países aliados, lo que puede suponer un riesgo sistémico global a nivel geopolítico si escalan las presentes tensiones comerciales.

Un nuevo acuerdo de libre comercio

Ya que cada vez parece más difícil retornar a un escenario geopolítico favorable al libre comercio global -similar al de principios del presente milenio- cabe proponer algunas soluciones pragmáticas para salvar el máximo posible de las estructuras multilaterales actuales a escala mundial.

Una solución simple, pero efectiva, sería proceder a la creación de un nuevo acuerdo de libre comercio sostenido sobre los principios fundacionales de la Organización Mundial del Comercio. A la par, dicho acuerdo debería incluir nuevas reglas para el comercio mundial pactadas previamente por todos los países firmantes de este.

Sin alguna solución similar, nos arriesgamos a que las actuales tensiones geopolíticas acaben por implosionar las estructuras multilaterales y las cadenas de valor globales, colapsando el comercio internacional y sumiendo al mundo en una nueva época autárquica.

El coste económico de “desvincularse” de China

Kerry Liu. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

La creciente desconfianza hacia China en Estados Unidos se ha asociado a los temores sobre la propiedad intelectual, a las amenazas de China a Taiwán y a su falta de transparencia respecto a Covid-19. Esto ha dado lugar a demandas de “desvinculación”. Esto ha dado lugar a demandas de “desvinculación”. Bajo Donald Trump, este debate alcanzó su punto álgido en el verano de 2020. Aunque bajo la Administración Biden el tono ha sido menos estridente, se está produciendo un proceso de desacoplamiento en el ámbito tecnológico y en las cadenas de suministro clave.

El coste de desacoplarse de China

Los economistas han argumentado que, al igual que los vínculos comerciales y de inversión con China generaron beneficios, la desvinculación tendrá un coste. Algunos analistas han construido complicados modelos econométricos para predecir las posibles consecuencias económicas basándose en el análisis de escenarios. Sin embargo, dada la complejidad de las relaciones económicas entre Estados Unidos y China, el análisis coste-beneficio es muy subjetivo. Recientemente he intentado ofrecer un enfoque alternativo para estimar el coste potencial del desacoplamiento examinando las respuestas de los mercados bursátiles.

Mi artículo en el nuevo número de Economic Affairs utiliza los resultados de búsqueda de Google Trends para medir el sentimiento de los inversores hacia la desvinculación de China. Se creó un conjunto de datos semanales de alta frecuencia de estos resultados, desde el 5 de enero de 2020 hasta el 20 de junio de 2021. A continuación, se vinculó al Dow Jones Industrial Average (compuesto por 30 empresas destacadas que cotizan en las bolsas de EE.UU.), al S&P500 (las 500 mayores empresas que cotizan en las bolsas de EE.UU.) y al NASDAQ Composite (principalmente del sector de las tecnologías de la información), empleando modelos de heteroscedasticidad condicional autorregresiva generalizada (GARCH). Dada la elevada eficiencia de los mercados bursátiles a la hora de reflejar la información disponible, sus respuestas a la desvinculación entre EE.UU. y China son importantes indicadores de las repercusiones económicas.

Google Trends

Unas palabras sobre Google Trends: se trata de un producto de Google que analiza la popularidad de las consultas de búsqueda en Google en varios países e idiomas. Sus propiedades incluyen el anonimato, la categorización por temas y la agregación. Se ha aplicado a través de cientos de estudios en diversos campos como los sistemas de información y la informática, la sanidad, las ciencias políticas y las relaciones internacionales, así como la economía, los negocios y las finanzas.

En concreto, en finanzas, está ampliamente aceptado que los datos de Google Trends pueden utilizarse para predecir la rentabilidad de las acciones. Sin embargo, la forma de interpretar los datos varía. La mayoría de estos estudios interpretan Google Trends como una medida del sentimiento de los inversores, es decir, el factor comportamiento. Otros pocos interpretaron Google Trends como una combinación de factores fundamentales y de comportamiento.

Desde el punto de vista de la comunicación, Google Trends puede interpretarse como una medida de la agenda pública, es decir, de los asuntos que el público considera más importantes.

Sentimiento inversor

Mi estudio creó un índice semanal en Estados Unidos utilizando la frase clave “decoupling China”. Este índice muestra el volumen normalizado de la narrativa sobre la desvinculación de China en EE.UU. y se utiliza como indicador para medir el sentimiento de los inversores. El término “sentimiento inversor” se interpreta principalmente como una variable fundamental -es decir, basada en los costes económicos reales- más que como un indicador de comportamiento. El índice muestra que el mayor pico en la narrativa de la desvinculación de China se produjo en agosto de 2020, cuando el entonces presidente Trump habló públicamente de una posible desvinculación total de China.

Los resultados basados en modelos GARCH muestran que todos los índices compuestos respondieron negativamente al índice de desacoplamiento. Mientras que el Promedio Industrial Dow Jones solo representa a un número muy reducido de empresas estadounidenses, los índices S&P 500 y NASDAQ son más representativos de la economía estadounidense.

Mercados eficientes

La consecuencia es que es probable que el efecto negativo de la desvinculación de China en la economía estadounidense sea muy considerable. Los resultados también muestran que la desvinculación puede causar una mayor volatilidad en los índices bursátiles compuestos. En cuanto al nivel sectorial, en general se mantienen las mismas conclusiones. Las pruebas de robustez realizadas con datos diarios de Google Trends corroboran estos resultados.

Los mercados de valores son eficientes en el sentido de que casi siempre reflejan todos los datos accesibles. Aunque es posible que los modelos más complicados no tengan en cuenta todas las variables, el poder de los mercados bursátiles reside en que proporcionan un valor esperado para todos los escenarios posibles. Mi estudio ofrece un enfoque alternativo para estimar el coste potencial del desacoplamiento entre EE.UU. y China y contribuye al debate en curso en EE.UU.

Europa le da la espalda al libre comercio

Robert Tyler. Este artículo fue publicado originalmente en CapX.

El libre comercio fue en su día el centro del proyecto europeo. De hecho, el Reino Unido, Dinamarca y muchas otras naciones del norte de Europa se unieron a la Comunidad Europea por esa misma razón. La visión de un bloque comercial unido más fuerte y abierto al mundo gozaba de gran aceptación. Sin embargo, los economistas liberales y los euroescépticos políticos llevan mucho tiempo dudando de los verdaderos motivos de la UE a la hora de promover el libre comercio, y la semana pasada por fin se les cayó la máscara.

En un discurso pronunciado en el Colegio de Europa de Brujas, la Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, esbozó lo que algunos han denominado su enfoque del comercio “Europa primero”. Al tiempo que criticaba a Estados Unidos por su generoso programa de subvenciones ecológicas, que concederá a las familias y empresas estadounidenses dinero para invertir en tecnologías limpias emergentes, afirmó que Europa tendría que replantearse su relación comercial con Estados Unidos.

Proteccionismo para la élite burocrática

En su discurso a los estudiantes de la escuela de élite para eurócratas, Von der Leyen dijo:

La nueva política industrial asertiva de nuestros competidores requiere una respuesta estructural. Nuestros marcos de ayudas estatales existen para preservar nuestro precioso mercado único. Pero si las inversiones en sectores estratégicos se escapan de Europa, esto no haría sino socavar el Mercado Único. Por eso estamos reflexionando sobre cómo simplificar y adaptar nuestras normas sobre ayudas estatales.

Ursula von der Leyen

En efecto, el Presidente de la Comisión ha dado a entender que la UE va a dar la espalda al libre comercio y ha inaugurado una nueva era de aranceles elevados y subvenciones estatales. Si la Unión Europea quiere competir, debe actuar como sus competidores. Hace tiempo que en Bruselas se opina que, en la era de las empresas estatales chinas y el proteccionismo estadounidense, es hora de que la UE actúe con más dureza frente a terceros países.

Todo ello tras un reciente enfrentamiento con el Reino Unido por el reconocimiento mutuo de normas. En lugar de aceptar que el Reino Unido es capaz de crear por sí mismo normas fiables, la Comisión exigió la adopción de las mismas.

Esto coincide con la visión de muchos en Bruselas de convertir a la Unión Europea en una “superpotencia reguladora”. A los críticos de esta propuesta se les acusa de poner en peligro a los ciudadanos europeos, pero la realidad es que la idea de ser una “superpotencia reguladora” es una defensa preventiva de nuevas medidas proteccionistas. Lo que los defensores de la UE como “superpotencia reguladora” suponen ingenuamente es que todas las demás normas y reglamentos no establecidos por la Unión Europea son automáticamente inferiores, como si Japón, Canadá o Nueva Zelanda fueran naciones especialmente inseguras.

El libre mercado tras el Brexit

El ataque de Von der Leyen a EE.UU. y la aparición de una política comercial de “Europa primero” no ha tenido una acogida universal en Bruselas. La Presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, eurodiputada por Malta, contraatacó con la idea de una guerra comercial con Estados Unidos. “¿Estamos entrando en una guerra de subvenciones? Yo sería muy prudente al respecto, pero me entra miedo cuando veo un aumento de los ángulos proteccionistas…”, dijo en una cena con Politico.

Sin embargo, las voces a favor de un verdadero libre comercio en Bruselas están disminuyendo rápidamente. Desde la salida del Reino Unido, el debate sobre ambiciosos acuerdos de libre comercio y la reducción de la regulación ha quedado relegado a un segundo plano. Incluso el tradicionalmente liberal “Grupo Renovador” del Parlamento Europeo se ha visto invadido por voces proteccionistas, con el propio partido del presidente francés Macron a la cabeza. El libre comercio liberal y las políticas económicas han caído en desgracia, y es difícil ver un camino de vuelta.