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Etiqueta: Ludwig von Mises

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (VI): el valor de cambio

En el artículo de hoy nos vamos a desviar de la temática central de esta serie que estaba destinada a analizar la cardinalidad de Menger vs. la ordinalidad de Mises, y vamos a hablar del diferente enfoque que realizan Menger y Mises sobre el valor de cambio.

De nuevo, quiero resaltar que para bien o para mal las diferencias son significativas.  Y aunque no lo pareciera en principio, hay que tener presente que siendo la teoría del valor la base de toda teoría económica, cualquier error o imprecisión por pequeña que sea se puede transmitir y magnificar a lo largo de la teoría y acabar teniendo graves repercusiones.

Ambos autores afirman que la distinción entre valor de uso y valor de cambio no es  esencial. Mises llega a afirmar que es una distinción ya innecesaria. Para Menger son dos manifestaciones del mismo fenómeno, pero sí considera pertinente mantener esta distinción para que su teoría pueda explicar mejor la realidad.

Para Menger el valor de cambio existe cuando el sujeto valora un bien para satisfacer una necesidad de manera indirecta. Lo intercambiará por otros bienes hasta llegar por fin al bien que satisfará una necesidad directa. Mientras que el valor de uso existe cuando el sujeto valora un bien para satisfacer una necesidad de manera directa: Para usarlo o consumirlo.

Aquí es importante distinguir entre utilidad y valor de uso porque los bienes que sólo tienen valor de cambio son útiles sin ninguna duda, pues satisfacen la necesidad de intercambiar, pero al tratarse el intercambio de una necesidad indirecta, no estaríamos hablando de valor de uso sino precisamente de valor de cambio. No porque algo sea útil podemos decir automáticamente que tiene valor de uso. De ser así nos cargaríamos la distinción entre valor de uso y valor de cambio, cosa que en ningún momento quiere hacer Menger.  

Este pasaje de Mises del capítulo VII de la Teoría de la Moneda y el Crédito ilustra la diferencia importante entre Mises y Menger (las citas son traducciones de la versión original en alemán, donde utiliza el término “Ware” que es mercancía, y no “artículo” o “bien” como hace la traducción española):

Por lo que se refiere al valor de uso de una mercancía, no importa si esta mercancía tiene también valor de cambio o no, pero para que el dinero tenga valor de uso es esencial que tenga valor de cambio. […] No hay razón para entrar a discutir este punto, especialmente desde que la distinción entre valor de uso y valor de cambio no tiene ya en la teoría del valor la importancia que solía tener.

Esta gran diferencia entre Menger y Mises sobre las mercancías ya la analizamos exhaustivamente en nuestra serie anterior. Aquí lo importante es que Menger zanja muy claramente este asunto sin ningún tipo de balbuceo, pues en su teoría ninguna mercancía tiene valor de uso, y el dinero es una mercancía más. Continuamos con Mises:

Lo que más nos interesa es demostrar que la función de la economía en lo que se refiere al valor del dinero es más importante que la que tiene en el tratamiento del valor de las demás mercancías. Cuando explica el valor de las mercancías, la teoría de la mercancía [WarenKunde] puede y debe limitarse a considerar como dado el valor de uso subjetivo, dejando la investigación de sus orígenes al psicólogo;
[…]
Al revés que las mercancías, el dinero nunca puede usarse a menos que posea un objetivo valor de cambio o poder de compra. El valor subjetivo del dinero depende siempre del valor subjetivo de los otros bienes económicos que pueden obtenerse a cambio de él. 

Mises, por el contrario, juega con la posibilidad del “valor de uso” del dinero para luego descartarlo, pero no parece caer en la cuenta de que, independientemente de que su valor sea de cambio, el dinero es útil y por tanto sí qué puede “usarse” aunque no tenga valor de uso, pues satisface la necesidad de intercambiar, de ahí precisamente el concepto de valor de cambio, porque satisface la necesidad de intercambio.

En el marco teórico de Menger la utilidad de las mercancías es la misma que la del dinero, el intercambio.  Por tanto, su teoría del dinero es una continuación de la teoría de la mercancía, mientras que en Mises habría una especie de bifurcación. 

Precisamente por tratar de manera distinta a Menger los conceptos de mercancía, valor de cambio, valor de uso y utilidad, Mises se mete innecesariamente en un problema circular al establecer que el valor del dinero es su poder adquisitivo, y por ello necesita recurrir a su teorema de regresión para deshacer esa circularidad.

Menger se quejaba amargamente de la manera confusa en que la ciencia económica empleaba los términos “utilidad” y “valor de uso”. No se le hizo mucho caso en su época, ni tampoco se lo hizo Mises ochenta años después cuando escribió La Acción Humana, donde podemos corroborar el distinto empleo que hace Mises de esta misma terminología:

Para la praxeología, el término utilidad equivale a la importancia atribuida a cierta cosa en razón a su supuesta capacidad para suprimir determinada incomodidad humana.

El concepto praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la terminología de los primitivos economistas de la Escuela Austríaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la relación existente entre una cosa y el efecto que la misma puede producir.

Resulta profundamente contradictorio, por cierto, que en la primera cita que hemos expuesto Mises afirme que es innecesario discutir la distinción entre valor de uso y valor de cambio del dinero —una distinción que, según él, habría quedado superada—, cuando en realidad dicha diferenciación es absolutamente esencial para la formulación misma de su teorema de regresión.  El teorema no sólo presupone esa distinción, sino que carecería por completo de sentido sin ella: no podría articularse ni tendría razón de ser alguna si no se diferenciara entre valor de uso y valor de cambio.

En Menger, el valor del dinero se explica como el de cualquier otro intermediario, y mirando al futuro. Por eso define al dinero como el “intermediario general de los intercambios”. El intercambio en sí mismo aporta valor, pues valoramos más lo que recibimos que lo que entregamos. Por tanto, el valor de un intermediario depende del valor que se estime que aportarán en el futuro los intercambios que el intermediario posibilitará o ayudará a facilitar. Y la capacidad de intermediar intercambios depende, a su vez, de las características intrínsecas de la cosa para facilitarlos, de su intercambiabilidad (divisible, portable, fungible, verificable, difícil de falsificar, etc).

Para Menger el poder adquisitivo es una consecuencia del valor de cambio, no su definición. Mises, por el contrario, explica el valor de cambio como el valor de uso subjetivo de los bienes que se pueden obtener a cambio.  Esto ya es una definición circular en sí misma, porque explica el valor de cambio por su consecuencia, no por su causa. Presupone el valor de cambio en lugar de explicarlo. Y es que el valor de cambio de una mercancía bien puede llegar a estar constituido únicamente por los servicios que dicha mercancía presta como intermediario del intercambio, como él mismo llega a reconocer para el caso del dinero que circula sin tener ya ningún valor de uso. Y son esos servicios los que llevan al mercado a valorar esa mercancía. Y una vez tiene valor por esos servicios o potenciales servicios, llega entonces la consecuencia de su capacidad de ser intercambiada por otros bienes.

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

(IV) La escala de Mohs

(V) La escasez

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (V): La escasez

A diferencia de lo que podría parecer, las teorías del valor de Menger y de Mises no son exactamente iguales, y tampoco se podría decir que la teoría de Mises, por ser posterior, elabora en mayor detalle la de Menger. Sobre la cuestión de la escasez, Mises adopta un enfoque mucho más simple que el de Menger.

En principio si la simplificación es pertinente y correcta debería ser más que bienvenida, pues como norma general se puede considerar superior sobre las demás aquella teoría que pueda explicar la realidad de forma más general y/o más simple.

Sin embargo, en este caso la simplificación de Mises parece más bien un retroceso que un avance. Mises se refiere a los bienes económicos como medios para alcanzar un fin. Y en ese sentido, sostiene que los medios son escasos o no lo son, sin detenerse demasiado en matices intermedios. Su enfoque es dicotómico: una vez el hombre percibe que un bien es escaso, lo valora subjetivamente, guiado por su preferencia o deseo. Es, por tanto, un planteamiento cualitativo y genérico del valor, que tiende a considerar los bienes económicos “en bloque”, donde el grado de escasez tiene muy poco protagonismo en la teoría.

Menger, por el contrario, es mucho más minucioso y detallado. Su análisis es cuantitativo y totalmente enfocado en la relación concreta entre la cantidad necesitada y la cantidad disponible. Para Menger, la condición de bien económico (o “medio”, en la terminología de Mises) no es una cuestión de escasez percibida o tácita, sino que está determinada por la magnitud específica de esa relación. Cuanto mayor sea la diferencia entre cantidad necesaria y disponible, mayor será el grado de escasez y, por ende, el valor económico del bien. Menger aporta así un enfoque más granular, que permite graduar la valoración según la intensidad de la escasez. 

Este grado de escasez no es otra cosa que la base matemática de la curva de utilidad marginal. Cuantas menos vacas tiene el ganadero de Menger, mayor valor tiene la vaca marginal.

Por ejemplo, si Crusoe cuantifica que necesita dos litros de agua al día para beber y también cuantifica que puede disponer de más de diez al día sin ningún esfuerzo significativo, para Crusoe el agua no sería escasa y no tendría ningún valor, y esto sería así como consecuencia de este cálculo cuantitativo y no como consecuencia de ninguna “preferencia subjetiva” entendida en su sentido más literal de mero deseo o gusto. A Crusoe no le ha dejado de gustar el agua, ni tampoco ha dejado de necesitar agua.

Por el contrario, si Crusoe estima que solo dispone de un litro de agua fácilmente accesible y necesita dos, ya existe un grado de escasez perfectamente cuantificable: le falta un litro al día, y deberá dedicar tiempo y recursos para obtenerlo. Es razonable pensar que, si la necesidad diaria queda establecida en dos litros, el factor determinante del valor del agua no será el deseo, sino la cantidad disponible. 

Queda demostrado, entonces, que sin modificar un ápice la preferencia subjetiva, el valor puede cambiar radicalmente en función de la cantidad disponible. La teoría de Mises, al conceder un peso desproporcionado a la preferencia subjetiva sobre la escasez, desdibuja —a mi juicio— el núcleo esencial de la revolución marginalista.

Con esto no queremos afirmar en absoluto que la teoría de Menger sea puramente cuantitativa. Nada de eso. Pero su enfoque acota mucho mejor la subjetividad entendida como simple preferencia (o incluso capricho). En Menger “subjetivo” significa sobre todo cuánta cantidad necesita el sujeto, y de cuanta cantidad dispone el sujeto.

Y la preferencia subjetiva se refleja cardinalmente en el cálculo de la cantidad necesitada, como ilustra en su ejemplo del tabaco. Si ya nadie deseara fumar, la cantidad necesitada de tabaco sería cero. Aplicando esto al caso de Crusoe, es también razonable pensar que, si Crusoe valora mucho más que otros la posibilidad de asearse, estimará una necesidad de agua mayor que la que calcularía otra persona en sus mismas circunstancias.

Fijémonos que al final se acaba cuantificando una cantidad necesitada. Es decir, la preferencia subjetiva se puede plasmar perfectamente en una cantidad cardinal concreta, sin importar lo más mínimo que esa preferencia nos pueda parecer racional o irracional.

Por tanto, no resulta realista ni parece ofrecer una buena explicación de la realidad el enfoque de Mises, donde se estima más valioso aquél que se prefiere sobre otro, sin posibilidad alguna de cuantificar cuánto más valioso.

Es mucho más realista el enfoque de Menger, donde se cuantifican las cantidades necesitadas y disponibles, y a partir de ahí pueden obtenerse estimaciones cardinales del grado de escasez de unos bienes frente a otros. Por ejemplo, tras evaluar las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida, puedo estimar que en esta isla la comida es cuatro veces más escasa que el agua, y tiene pleno sentido que planifique mi tiempo y recursos según esa proporción, aunque sea aproximadamente.

Más aún, las cantidades necesitadas pueden ajustarse en función del tiempo y recursos disponibles para llegar a una planificación óptima, renunciando, por ejemplo, a alguna unidad de comida. Y todo ello constituye un cálculo cardinal, no distinto del que se realiza en el ámbito de los precios, pero aquí circunscrito al valor.

Respecto a esto último, como hemos insistido en entregas anteriores de esta serie, conviene recordar que para cuantificar cardinalmente el valor no es necesaria una exactitud total, ni una unidad de medida absoluta o constante. El valor de un bien puede expresarse en términos de otro, como hace Menger de forma sencilla en su ejemplo de las vacas y los caballos.

Sin restarle importancia a la satisfacción de una necesidad en lo que respecta al valor —independientemente de las cantidades disponibles— no debemos olvidar que la revolución marginalista consistió precisamente en identificar la escasez como elemento esencial del valor, popularmente ilustrado con la paradoja del agua (abundante) y los diamantes (escasos). Y la escasez no es otra cosa que la relación cuantitativa y cardinal entre cantidad necesitada y cantidad disponible.

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

(VI) La escala de Mohs

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

De nuevo, Mises no comprendió a Menger IV: la escala de Mohs

Hoy retomo esta serie en primer lugar para analizar si las escalas numéricas que utiliza Menger podrían interpretarse como escalas ordinales, de manera análoga a la escala de Mohs de dureza de los minerales. Y en segundo lugar haré una reflexión sobre la imposibilidad de explicar plenamente la planificación económica por parte de la teoría ordinal del valor.

La escala de Mohs es muy sencilla, ordena la dureza de los minerales de 1 a 10 de manera que el menos duro, el talco, tiene un valor uno y el más duro, el diamante, tiene un valor de 10.  La lógica de la escala de Mohs es que los minerales de mayor dureza pueden rayar a los de menor dureza, pero no al revés.  Esta escala no mide proporciones de dureza, es decir, la dureza no tiene por qué variar en la misma intensidad entre el mineral 1 y el 2, que entre el mineral 4 y 5.  No cabría, por tanto, hablar de proporciones.  Simplemente, un mineral es más duro que otro, nada más. Esta escala no nos dice cuánto más duro es uno que otro. Tampoco tendría sentido realizar operaciones de suma o resta aritmética con estos números.

La escala de Mohs

¿Podríamos interpretar las escalas de valores de Menger como ordinales aplicando la misma lógica que la escala de Mohs?  En mi opinión, rotundamente no.  Como ya hemos expuesto en las entregas anteriores de esta serie, Menger alude constantemente a expresiones como “la medida del valor”, “determinación cuantitativa de la importancia de una necesidad”, “el valor es una magnitud que puede medirse”, “diferencia del valor de los bienes y la medida de los mismos”, “la diferencia de la magnitud del valor”, “Diferencias de la magnitud de la significación de cada una de las satisfacciones de necesidades”, etc. No continúo enumerando expresiones de este tipo para no aburrir al lector. 

Aparte de las anteriores expresiones de carácter teórico, también hay otros pasajes donde Menger se pone manos a la obra con ejemplos prácticos realizando cálculos aritméticos sobre el valor como proporciones, sumas o restas. Ya comenté en entregas anteriores el ejemplo de las valoraciones cardinales de vacas y caballos por parte de los granjeros, y hoy traigo este otro pasaje donde Menger realiza cálculos sobre el valor de los bienes de orden superior:

Supongamos, para dar una expresión numérica a lo que venimos diciendo, que el valor previsible del producto disponible al cabo de un año equivale a 100 y que el valor de la disposición sobre la cantidad de los correspondientes bienes económicos de orden superior dentro del año (el valor de la utilización del capital) equivale a 10. Es claro entonces que en el momento actual el valor de la totalidad de las cantidades suplementarias de bienes de orden superior requeridas para la producción del mencionado producto, excluida la  utilización del capital correspondiente, no equivale para un sujeto económico a 100, sino sólo a 90. Si el valor de la utilización del capital fuera 15, entonces el otro valor sólo sería 85.

El valor que para cada uno de los individuos económicos concretos tienen los bienes es, como ya hemos dicho varias veces, la base principal de la formación del precio

Carl Menger. Principios de economía política, p 219.

No son magnitudes absolutas

Queda meridianamente claro que Menger habla de valores y no de precios, pues subraya que el valor de los bienes de orden superior que está calculando es la base para la formación del precio.

No debemos caer en el error de pensar que por esas expresiones numéricas de 100, 85 o 90 Menger se está refiriendo a magnitudes absolutas. Como en el ejemplo de las vacas y los caballos, las valoraciones las hacemos en términos de unos bienes con respecto a otros. Igual que la distancia la cuantificamos de una cosa, la distancia a medir, con respecto a otra que utilizamos para cuantificarla (pasos, pies, metros, etc).

Para medir, solemos utilizar como referencia el valor marginal que, en un momento concreto, para nosotros tiene el dinero. Y de nuevo, medir el valor en términos de dinero en absoluto implica que estemos hablando de precios.  Si yo voy a un mercadillo y tengo en mente que la camisa que quiero comprar vale 100 unidades monetarias para mi, solo estaré dispuesto a comprarla por 99 unidades o menos.  Es decir, para mí el valor es 100, y el precio será el más bajo posible, inferior a 99.  Podría ser 80, 20 o incluso 5, el precio más bajo posible que consiga negociar con el vendedor.

¿Era Menger cardinalista?

Para concluir con el artículo de hoy, quisiera hacer una reflexión al margen de la discusión de si Menger es cardinalista o no. Y es que no resulta concebible que podamos planificar nuestra actividad previsora sin tener, como afirma Mises, la menor noción de la diferencia de la magnitud de valor que otorgamos a cada uno de nuestros fines o necesidades.

En este sentido, también me gustaría hacer referencia al argumento de Carlos Bondone, que es quien ha inspirado todos mis artículos sobre la medida del valor. Hasta donde yo llego a entender, Bondone sostiene que sólo es medible el valor que se refleja en los bienes, pero no sería medible el valor de satisfacer necesidades. Humildemente, creo que el mismo argumento podría servir para medir la importancia de la satisfacción de necesidades, pues estamos hablando en todo caso de la misma magnitud. Tal y como explica Menger, el valor es la importancia que asignamos a nuestras necesidades que luego proyectamos en los bienes.

Si Crusoe tiene más de una necesidad, ¿cómo consigue distribuir los recursos y esfuerzo que dedica a satisfacer unas necesidades u otras? En un primer momento, e independientemente de que posteriormente pueda reajustar o no, Crusoe planifica. Sabemos que no actúa como un Ñu, que simplemente satisface la necesidad que más le urge instintivamente y, una vez satisfecha, pasa a la siguiente. No, Crusoe planifica de cara al futuro y esto sin duda lo deja muy claro el propio Mises. Planifica su necesidad de escapar de la isla, su necesidad de comer, de beber, intenta procurarse de remedios para eventuales heridas o enfermedades que pudieran surgir, etc.

Precisión y cardinalidad

Según Mises, Crusoe no podría determinar mayores cantidades concretas de recursos y esfuerzo a una necesidad que a otra porque es imposible que pueda calcular diferencias en la importancia de estas necesidades.  Cualquier plan que haga se limitaría a dedicar algo más de recursos a una necesidad que a otra por orden de importancia, pero la argumentación de Mises conduce irremediablemente a que ese “algo más” sólo podría ser arbitrario o especulativo aunque él no lo afirme expresamente, y es más que evidente que esto no es así.

Que si Crusoe dedica aproximadamente 5 veces más esfuerzo a buscar comida que a buscar agua, pues con toda seguridad será porque para él el valor de la comida es más o menos 5 veces superior al del agua en función de su estimación cuantitativa, más o menos precisa o acertada, de las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida.

Quiero subrayar que “5 veces superior” no tiene por qué ser una cuantificación exacta.  La inexactitud en absoluto niega la cardinalidad. Por poner un ejemplo, cuantificar una distancia en pasos es una cuantificación cardinal, incluso aunque se cuantifique de un vistazo sin ni siquiera molestarse en recorrer la distancia contando los pasos.  Recordemos que el argumento de Mises no es que no se pueda cuantificar por un problema de inexactitud o imprecisión.

La posición de Mises

No, Mises niega de manera tajante y rotunda cualquier posibilidad de cuantificación proporcional o aritmética del valor o la realización de cualquier cálculo, y lo hace en numerosas ocasiones a lo largo de su obra. A continuación cito uno de sus pasajes más claros y contundentes en ese sentido:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje.

Ludwig von Mises. La acción humana. p 146.

En definitiva, una teoría que no es capaz de explicar bien la realidad, no es una buena teoría. Y la teoría ordinal del valor de Mises es incapaz de explicar por qué Crusoe decide asignar y distribuir cantidades específicas de recursos o esfuerzo a cada necesidad en proporción a su importancia.

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (III): unidad de medida

Al hilo del artículo anterior de esta serie y con el objetivo de no perder de vista la relevancia de la cuestión que estamos tratando, vuelvo a insistir en la importancia política y social de este análisis. Una buena teoría del valor es esencial para minimizar las interferencias políticas que dificulten el buen funcionamiento de un mercado libre. Por el contrario, una teoría del valor que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no podrá evitar que otras teorías se impongan y puedan utilizarse para justificar regulaciones perjudiciales para la cooperación social, como es el caso de los controles de precios de alimentos o alquileres, asuntos de rabiosa actualidad.

Habíamos dejado pendiente para hoy tratar el problema de la inconstancia de la unidad de medida. No cabe duda de que tener una unidad de medida constante y universal es extremadamente conveniente a la hora de medir. Tanto es así, que una cuestión importante en la historia de las unidades de medida ha consistido en ir convergiendo hacia estándares, desde los pasos hasta el metro pasando por el codo o el pie.

Pero históricamente y hasta que llegó esa estandarización, las unidades de medida eran de lo más variadas y variables. De hecho, hasta se utilizaban unidades de medida cuya magnitud variaba de una transacción comercial a la inmediatamente siguiente, y el mayor o menor tamaño de la unidad de medida era un factor más al negociar los términos de la transacción. En ocasiones, el motivo de la variabilidad de la unidad de medida física tenía el objetivo de mantener los precios constantes, por ejemplo para camuflar la inflación, o para ocultar el interés de un préstamo (Kula, 1986 p.103).

Medición del valor: Carl Menger y Ludwig von Mises

En España tenemos el caso de las fanegas de tierra como unidad de superficie, cuya magnitud era distinta dependiendo de la región, o más inconstante aun el ferrado en Galicia que cambiaba de municipio a municipio. Por lo tanto, que la unidad de medida no sea constante no nos impide medir. Tampoco que la medición no sea muy precisa. Muy a menudo no merece la pena el esfuerzo de medir con una gran precisión y es suficiente con llegar a una precisión razonable.

Sobre la precisión o exactitud de las mediciones, cabe contrastar el siguiente ejemplo de Ludwig von Mises con el ejemplo de los granjeros de Carl Menger:

Supongamos que A posee tres peras y B dos manzanas, y que A valora la posesión de las dos manzanas más que la de las tres peras, mientras que B valora la posesión de las tres peras más que la de las dos manzanas. Sobre la base de estas valoraciones puede surgir un intercambio en el que se den tres peras por dos manzanas. Es evidente que la determinación de la numéricamente precisa relación de cambio 2:3, tomando cada fruta como unidad, no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se adquieren por el cambio a la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se entregan.

Ludwig von Mises (1997), p 13.

Aunque Mises describe primero las valoraciones, en realidad está partiendo del precio de intercambio y de ahí infiere que A valora más las manzanas que las peras, y viceversa en el caso de B. Menger, por el contrario, determina cuantitativamente en primer lugar las valoraciones de los granjeros, y en todos los intercambios el precio es una vaca por un caballo cuando las valoraciones de un bien duplican o triplican las del otro. Es decir, Menger determina cuantitativamente cuánto más vale un bien que el otro.

“Exactamente”

Pero me quiero centrar en la palabra “exactamente” en esta afirmación de Mises: “no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida”. Ninguna medición ni comparación es exacta, tampoco en las ciencias naturales tal y como explica Menger en su libro El Método de las Ciencias Sociales:

Pretender someter la teoría económica pura a la prueba de la experiencia en su plena realidad es un procedimiento análogo al del matemático que quisiera legitimar los principios de la geometría mediante la medición de objetos reales, sin tener en cuenta que estos últimos no se identifican sin más con las magnitudes que supone la geometría pura, y que toda medición contiene necesariamente elementos de imprecisión.

Carl Menger (2006), p 45.

Siendo la ciencia económica mucho más compleja no tiene ningún sentido exigirle aquello que ni siquiera las ciencias naturales pueden cumplir. Pero sobre todo, no solo se trata de que ninguna medición  pueda ser exacta, es que muchas veces ni siquiera es necesario que lo sea. De hecho, no podemos negar que a menudo puede ser suficiente con determinar una preferencia sin molestarnos en cuantificar la diferencia, si cuantificarla no nos aportase nada. Como bien explicó Bohm-Bawerk, también economizamos el proceso de valoración y apuramos al nivel de precisión suficiente, pues no tendría sentido económico que el coste de ser precisos sea mayor que lo que se pueda ganar gracias a esa precisión.

En otras palabras, cuando hablamos de que un bien vale el doble o triple que otro no es  necesario que se trate de una proporción exacta. Como tampoco es exacta, por ejemplo, la cuantificación cardinal de horas de un viaje en coche y aun así nos puede servir perfectamente para planificar un viaje para llegar al destino antes de la hora de comer o antes de que anochezca.

Unidad de medida o de referencia

En lo que respecta a los requisitos generalmente aceptados que en la actualidad debe cumplir una unidad de medida, es que sea constante en el tiempo y que sea neutral. Según lo anterior una unidad de medida inconstante no sería tal, pero eso no impide que, sin llamarla unidad de medida, podamos usar una unidad de referencia para cuantificar cardinalmente la magnitud del objeto a medir mientras esta unidad de referencia no cambie durante el acto de medición. Lo que sí es un requisito indispensable es que la unidad de medida sea neutral, es decir, que el objeto que usamos para medir no altere la magnitud del objeto que estamos midiendo. 

Un ejemplo sencillo de esta falta de neutralidad es utilizar la variación del volumen del mercurio para medir la temperatura del agua. Si la cantidad de mercurio es significativa con respecto al agua, la temperatura del mercurio podría influir en la del agua y alterar la medición. De nuevo, esta falta de neutralidad sólo es relevante si la alteración es significativa a efectos prácticos.

Expuesto lo anterior, en la medición del valor nos enfrentamos a la situación de que cada acto de valoración es distinto según cambian nuestras circunstancias, necesidades y previsiones, que de hecho cambian constantemente. Pues bien, en el marco de la teoría del valor subjetivo la vía más natural de darle consistencia teórica a la unidad de referencia para cuantificar el valor es utilizar la unidad marginal, que si bien no es constante de un acto de medición a otro, si que es neutral.

Vacas y caballos

Volviendo al ejemplo de las vacas y los caballos de Menger, la unidad de referencia sería el último caballo o vaca útil de los granjeros. En el primer intercambio, la unidad marginal de los bienes que poseen los granjeros es la quinta, que Menger representa con un valor de 10. Después de entregar las unidades sexta y quinta de valor “0” y “10” respectivamente, en el tercer intercambio la unidad marginal ya vale “20”. En esta secuencia que expone Menger podemos ir viendo que el valor de la unidad marginal es concreta y determinada en cada intercambio, pero varía después de cada intercambio, pues la escasez de vacas o caballos para cada granjero varía al intercambiar. 

Pero antes de continuar, ¿Qué magnitud implica “20” referido al valor de un caballo?  Pues no lo sabemos y es totalmente irrelevante de la misma forma que ni sabemos ni es relevante cual es la magnitud absoluta de un metro.  Lo relevante es la proporción de valor entre la unidad marginal del caballo en relación a las otras unidades de caballos, o en relación a la unidad marginal de las vacas.

Utilizar la unidad marginal como unidad de referencia es exactamente lo que hace Menger cuando dice que una vaca vale el doble o el triple que un caballo, expresando el valor de la unidad marginal de las vacas en términos de la unidad marginal de caballos desde la perspectiva subjetiva de uno de los granjeros. 

Carlos Bondone

Tal y como propone Carlos Bondone, para ni siquiera dar pie a que alguien pueda interpretar que “20” es una magnitud real de valor, es mucho más claro representar siempre el valor de la unidad marginal con un “1” (Bondone 2024 p. 62), y en cada acto de valoración ya sean las unidades del mismo bien o las unidades de otro bien las representaremos en proporción a ese 1, que es lo que hace Menger cuando habla de doble o triple.  Así, diremos que el cuarto caballo vale 2 con respecto al quinto (el doble que el quinto), o que la tercera vaca vale 3 con respecto al quinto caballo (el triple que el quinto caballo).

En su libro La Acción Humana, Mises niega tajantemente la posibilidad de hacer este tipo de operaciones aritméticas. La siguiente referencia parece un reproche velado a las proporciones aritméticas de valor que utiliza Menger en su ejemplo de las vacas y caballos:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje. El aprecio de las existencias totales de dos cosas puede diferir de la valoración de algunas de sus porciones. Un hombre aislado que posea siete vacas y siete caballos puede valorar en más un caballo que una vaca; es decir, que, puesto a optar, preferirá entregar una vaca antes que un caballo. Sin embargo, ese mismo individuo, ante la alternativa de elegir entre todos sus caballos y todas sus vacas, puede preferir quedarse con las vacas y prescindir de los caballos.

Ludwig von Mises (2011), p 146.

Curvas de utilidad discretas (pero cardinales)

Creo que cualquiera de nosotros puede refutar a Mises por simple introspección, realizando el sencillo ejercicio de calcular cuánto más valen dos monedas de oro con respecto a una. Todos podríamos calcular de inmediato que dos monedas de oro tienen un valor del doble que una moneda de oro a efectos prácticos, bajo la premisa de que la utilidad marginal del oro decae muy lentamente y lo natural es pensar en dos y no en un enrevesado e inútil decimal muy próximo a dos. Se excede sobremanera Mises al negar de manera tan tajante que el ser humano no realiza operaciones aritméticas para calcular valores.

Sobre el dilema de preferir todas las vacas a todos los caballos, esto se explica de manera muy sencilla con matemáticas. Si el área que encierra la curva de utilidad marginal de las siete vacas (la utilidad total) es mayor a la de los caballos, es lógico que el granjero prefiera todas las vacas. Pero esto no entra en contradicción con que el séptimo caballo sea más valioso que la séptima vaca, ya que la utilidad marginal de las vacas puede decaer más rápido que la de los caballos.

Cabe señalar que en línea con lo explicado anteriormente sobre la exactitud, las curvas de utilidad no tienen porqué ser continuas. Pueden ser continuas desde un punto de vista ilustrativo y aportar una mayor claridad teórica, pero podemos asumir que en la práctica estas curvas son discretas. Es decir, que aun siguiendo el modelo continuo, en la práctica sólo existirían en la curva los valores que son económicamente significativos para el sujeto que valora. Seguiríamos dentro del contexto de lo cardinal. Discreto, pero cardinal.

Las matemáticas

Visto todo lo anterior, el andamiaje teórico que nos legó Menger no tiene por qué implicar renunciar a la aritmética cardinal ni a un modelo matemático simplificado de curvas de utilidad marginal que representen las valoraciones. Ahora bien, cabe preguntarse si  semejante modelo es útil teóricamente, porque suavizando un poco la posición de Mises podríamos admitir que el valor es una magnitud cardinal, pero que es suficiente con el orden.

Un mero orden de preferencias puede explicar intercambios de poca importancia donde no vale la pena cuantificar la diferencia entre las preferencias. Pero una buena teoría debe ser capaz de explicar la generalidad de los intercambios y sus precios, y una mera  preferencia que no da cuenta de la diferencia en la intensidad de valor no explica los precios. Diferencias de intensidad que Mises reconoce que existen. Crusoe puede necesitar más un litro de agua que un kilo de pescado, y necesitar mucho más un kilo de pescado que un kilo de resina. Pero el mero orden de necesidades no explica por qué la diferencia de valor entre el pescado y la resina es mucho mayor que entre el agua y el pescado, en términos del esfuerzo que Crusoe está dispuesto a entregar a cambio (precio). 

La realidad es que Crusoe es perfectamente consciente de estas diferencias, pues él  mismo las ha determinado. Y si estas diferencias son importantes para él, las puede cuantificar cardinalmente con mayor o menor precisión para planificar cuanto tiempo está dispuesto a entregar a cambio de obtener cada uno de esos bienes.

El ejemplo de McCulloch

Una posible forma de explicar estas diferencias en el ámbito de lo ordinal es la que analiza McCulloch modelando cambios incrementales que ilustraré de la siguiente manera (McCulloch 1977, p. 275): 

Crusoe prefiere un litro (o kilo) de agua a un kilo de pescado, y también prefiere un kilo de agua a 1,1 kilos de pescado. Sin embargo prefiere 1,2 kilos de pescado a 1 kilo de agua. Esto implica que para Crusoe el valor de un kilo de agua se encuentra entre 1,1 y 1,2 kilos de pescado.

Pero McCulloch concluye que este modelo no corrobora la ordinalidad. Todo lo contrario, el modelo demostraría que las preferencias son realmente cardinales e incluso cuantificables con bastante precisión, pues somos capaces de determinar una proporción aritmética bastante exacta entre el valor del agua y del pescado. Y a la conclusión de McCulloch yo añado que como el acto de medición es siempre relativo de una cosa con respecto a otra, el caso de los bienes poco divisibles como un automóvil no es un problema porque su valor siempre puede expresarse en términos de bienes divisibles.

Habrá notado el lector que he evitado utilizar el término “unidad de medida” para referirme a la unidad marginal, por el hecho de no ser constante. Ahora bien, si dispusieramos de un bien cuyo valor fuera razonablemente estable a efectos prácticos, entonces sí podríamos utilizarlo como unidad de medida del valor en el sentido de lo que hoy día entendemos por unidad de medida (constante y neutral). El candidato obvio para esta función sería el dinero, pero esto ya sería una cuestión para otro artículo.

Medición relativa, no absoluta

En conclusión, hemos podido ver como constreñir la teoría del valor a un modelo estrictamente ordinal no permite explicar la variabilidad de los precios. Y admitir que el valor es una magnitud intensiva, una cualidad del bien, para luego afirmar tajantemente que dicha magnitud no puede cuantificarse no ayuda en nada para salir de este marco tan restrictivo. No debemos perder de vista que el fenómeno del valor es de una importancia crucial en la ciencia económica. Tanto es así que podemos decir que el objeto de la ciencia económica es el estudio del valor (Bondone 2024, p.16), esto es, de los recursos escasos. La teoría estrictamente ordinal del valor se sabotea innecesariamente a sí misma al renunciar a cuantificar el valor y arrinconarlo en la oscuridad como una magnitud inescrutable.

Hemos explicado también que todo proceso de medición es siempre relativo. No existen las magnitudes absolutas. Y que para el proceso de medición si bien es indudablemente muy conveniente disponer de un patrón objetivo o unidad de medida constante, no es en absoluto un elemento imprescindible para poder medir. También hemos explicado que ningún proceso de medición es exacto y que a menudo nos basta con una precisión razonable. Tanto la falta de un patrón objetivo como la imprecisión no son problemas exclusivos de la ciencia económica. Se pueden dar igualmente, y se dan o se han dado, en el ámbito de las ciencias naturales, y en ninguno de los dos casos son argumentos que permitan concluir que una magnitud no es cardinal.  

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

El lenguaje económico (XLIII): sindicalismo

El mes pasado vimos que una ideología es un conjunto de ideas que incorpora deliberados planes de acción en el ámbito social. Según esta definición, el sindicalismo es una ideología cuya idea seminal es la teoría marxista de la explotación laboral y cuyo plan de acción es un elenco de acciones violentas dirigidas contra empresarios, la población y específicos trabajadores (esquiroles), cuyo fin último es el incremento artificial del precio del trabajo.

La justificación de la violencia sindical reside en la espuria «justicia social» y en la teoría marxista de la explotación laboral, refutada por Eugen von Böhm-Bawerk, en 1884 (Huerta de Soto, 1986). Como dice Ludwig von Mises (2011: 911): «Un exceso de verbalismo pseudohumanitario ha hundido en la confusión y el apasionamiento las cuestiones que suscita el sindicalismo obrero».

El hecho es que la violencia sindical ha sido aceptada por amplios sectores de la población y legalizada en la mayoría de países. Incluso el economista clásico David Ricardo dio alas a los sindicalistas cuando afirmó que el incremento de los salarios incrementaba también la técnica, cuando la verdadera relación causal es justo la inversa (Mises, 2011: 915). La principal seña del sindicalismo es el empleo de la violencia para alcanzar sus fines, ya sea en forma de amenaza o en el uso efectivo de la fuerza. El lenguaje, como veremos hoy, pretende enmascarar los errores éticos, económicos y jurídicos del sindicalismo.

Acción directa

Cuando los sindicatos no logran convencer pacíficamente a sus interlocutores de sus demandas, amenazan con la «acción directa», eufemismo que esconde un elenco de actos criminales: asesinato, secuestro, intimidación, sabotaje, ocupación de instalaciones, corte de comunicaciones, huelgas, manifestaciones, etc. Las víctimas de la acción directa son los capitalistas (propietarios del capital), comerciantes, agentes del orden público y la población en general, que es tomada como rehén para presionar al gobierno. La acción sindical comparte con el terrorismo la práctica de ocasionar un daño indiscriminado a la población, por ejemplo, cuando los agricultores bloquean con sus tractores las carreteras de un país entero. Solamente el boicot —persuadir a terceros para que se abstengan de comprar ciertos productos o de proveer a ciertas organizaciones— es un acto admisible y legítimo por emplear medios pacíficos.

Conquistas laborales

Es extendida la creencia de que la legislación laboral —salario mínimo, jornada máxima, días libres, vacaciones, permiso de maternidad y paternidad, subsidio de desempleo, contratación forzosa de discapacitados, prohibición del trabajo infantil, etc.— es una conquista de la lucha sindical y de las políticas progresistas. Sin embargo, todo privilegio laboral u otra forma de servidumbre empresarial impuesta por la legislación recaerá forzosamente en el trabajador mediante una reducción de su salario. La mal llamada «protección laboral» es un regalo envenenado al empleado, pues eleva el coste de su trabajo por encima de su productividad marginal. El empleado, aunque no lo sepa, deberá producir lo suficiente hasta pagar el último privilegio otorgado. Ha sido la mayor productividad del capitalismo (no los mandatos gubernamentales) la causante del incremento del nivel de vida de los trabajadores.

Derecho a la huelga

Dejar de trabajar en un derecho inalienable de toda persona. Solo un esclavo está obligado a seguir trabajando si no lo desea. La libertad de interrumpir toda relación laboral debe ser irrestricta por ambas partes, pero el espurio derecho a la huelga crea una asimetría jurídica: el huelguista puede interrumpir unilateralmente su prestación laboral sin que la otra parte —empresario— pueda actuar: «El ejercicio del derecho de huelga no extingue la relación de trabajo, ni puede dar lugar a sanción alguna, salvo que el trabajador, durante la misma, incurriera en falta laboral».[1] Tampoco, durante la huelga, se permite al empresario contratar nuevos trabajadores que sostengan la producción, viéndose obligado a sufrir pérdidas.[2]

El derecho a la huelga es como una patente de corso que el gobierno concede a los huelguistas para lesionar impunemente los derechos del empresario y, con frecuencia, causar un daño indiscriminado a la población. Así, a través de una doble coacción —sindical y gubernamental— los huelguistas obtienen mejores salarios y condiciones laborales que los obtenidos de otro modo en el libre mercado.

Piquete informativo

Se trata de otro eufemismo para designar a grupos de matones sindicales que amenazan e intimidan a terceros. Por ejemplo, los piqueteros toman las calles e «informan» a los comerciantes que deben cerrar su negocio, si no quieren verlo destrozado; toman las carreteras e «informan» a los conductores que la vía está temporalmente cortada porque el gobierno no atiende sus demandas; invaden los centros de trabajo e «informan» a los esquiroles que si no secundan la huelga recibirán una paliza. Y si los «informados» no se doblegan ante las amenazas, sufrirán agresiones físicas por parte de los «informantes». Curiosa forma de «informar». Por su parte, la Policía, siguiendo órdenes del gobierno, hace la vista gorda y exhibe cierta permisividad con los piquetes.

Bibliografía

Böhm-Bawerk, E. «La teoría de la explotación», en Huerta de Soto, J. (1986). Lecturas de economía política, Vol. III. pp. 101 a 202. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] Real decreto-ley 17/1977, de 4 de marzo, art. 6. 1.

[2] Idem, art. 6. 5.

Serie ‘El lenguaje económico’

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (II): tampoco Hayek

Continuando con el artículo anterior de esta serie, en primer lugar quisiera recordar la importancia política y social de este análisis. Tener una buena teoría del valor que explique los precios es crucial para minimizar las injerencias políticas que dificulten la cooperación social. Una teoría que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no será lo suficientemente contundente y dejará vía libre a que otras teorías se utilicen para justificar intervenciones dañinas y así puedan imponerse legislativamente.  

En este sentido, la teoría del valor defendida por los autores austriacos más modernos como Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek o Murray Rothbard, tiene muy serios problemas al sostener tajantemente que la naturaleza del valor es ordinal. Pues en la “batalla” científica creo que este enfoque es atarse las manos a la espalda y ponerse grilletes en los pies al oscurecer innecesariamente la teoría afirmando que es imposible medir el valor. Y además no explica bien la realidad al negar, por ejemplo, que podamos hacer operaciones aritméticas relativas al valor. 

Afortunadamente no todos los autores austriacos tenían una visión ordinal del valor. Es el caso clarísimo de Eugene von Böhm-Bawerk a quien Mises le reprocha defender que el valor es cardinal y medible. Y aunque en este reproche Mises no incluye expresamente a Menger, también apunta a los “fundadores de la teoría subjetiva del valor”. Y por esta razón me he tomado la libertad de volver a utilizar el provocador título de “Mises no comprendió a Menger”. 

La crítica de Mises a Böhm-Bawerk

A continuación citamos la crítica que realiza Mises a los pioneros de la teoría del valor subjetivo y más específicamente a Eugene von Böhm-Bawerk:

No es raro que aquellos auténticos pioneros que no dudaron en abrir nuevos caminos para ellos mismos y para sus seguidores, rechazando decididamente anticuadas tradiciones y modos de pensar, retrocedieran ante las implicaciones de la rígida aplicación de sus propios principios. Cuando esto ocurre, los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Tal es el caso que nos ocupa.

Sobre el tema de la medida del valor, así como sobre otros varios estrechamente relacionados con él, los fundadores de la teoría subjetiva del valor se abstuvieron de desarrollar coherentemente sus propias doctrinas. Esto es especialmente aplicable a Bóhm-Bawerk. Por lo menos es particularmente sorprendente en él, ya que sus argumentos, de los que vamos a ocuparnos, pertenecen a un sistema que tiene todos los elementos de otra solución del problema, en mi opinión, más acertada, con tal de que su autor hubiera sacado de él las últimas consecuencias. (Mises, 1997)

Teoría del valor de Böhm-Bawerk

Uno de los objetivos de mi crítica a Mises y sus seguidores en esta serie, es dejar claro que las ideas de Mises no son necesariamente las de sus predecesores. Percibo muy a menudo que dentro de la escuela austriaca se tiende a asumir que Mises no contradice a sus antecesores, sino que los desarrolla siguiendo su misma línea sin contradicción alguna. Y no, esto no es así.

Y dice muy bien Mises que los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Si Mises cree que sus maestros estaban equivocados, la honestidad intelectual le debe llevar a cuestionarlos y ofrecer otra solución alternativa. Impecable actitud por su parte. Ahora bien, siguiendo ese razonamiento es labor de los que vienen detrás de Mises cuestionarlo a él también, ya sea para retomar el camino señalado por los pioneros anteriores a Mises, o para proponer otras alternativas distintas.

Como el cardinalismo de Böhm-Bawerk ya lo expone Mises claramente, aunque sea para criticarlo, no me voy a detener ahí. Böhm-Bawerk era sin ninguna duda cardinalista, así que en esta entrega vamos a centrarnos en demostrar que también Menger utilizó un enfoque indudablemente cardinalista en su obra principal Principios de Economía Política. Otros autores como Carlos Bondone, Ivan Moscati o anteriormente J. H. McCulloch ya señalaron la cardinalidad de Menger.

J. H. McCulloch sobre Menger

Dice McCulloch:

Un pasaje muy citado en Menger a menudo se utiliza como evidencia de que él era ordinalista, pero su significado es claramente cardinalista si lo leemos en contexto. Solo los economistas de la escuela austríaca posterior, como Mises, Bilimovic y Rothbard, pueden ser considerados como defensores firmes de una posición ordinal. (Traducción libre. McCulloch, 1977)

(Traducción libre. McCulloch, 1977)

Comencemos precisamente con ese tan citado pasaje de Menger, al que el mismísimo Hayek hace referencia en la introducción a Principios de Economía Política como prueba de que Menger era ordinalista:

No es necesario insistir en que las anteriores cifras no persiguen la finalidad de expresar numéricamente la magnitud absoluta, sino sólo la relativa de las correspondientes satisfacciones de necesidades. Si, por ejemplo, designamos con las cifras 40 y 20, respectivamente, la significación de la satisfacción de dos necesidades diferentes, con ello queremos decir simplemente que la primera tiene para el sujeto económico de referencia, doble significación que la segunda.

(Énfasis nuestro, Menger 2012)

Friedrich A. Hayek

Y esta es la interpretación de Hayek de este pasaje:

Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones sedesprende claramente que lo único que pretende decir es que el valor de una mercancía cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancía del mismo valor. A propósito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significación absoluta, sino sólo la relativa de las necesidades (Capítulo V – 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no está pensando en números cardinales, sino en ordinales (Capítulo III – 2) (Menger 2012)

Friedrich A. Hayek. Introducción a Principios de Economía de Carl Menger.

En primer lugar, no tiene ningún sentido afirmar que Menger no mide porque sólo pretende expresar el valor de una mercancía en términos de otra, cuando medir consiste precisamente en eso: en expresar la magnitud de una cosa en términos de otra. Y en segundo lugar, que una magnitud no sea absoluta no implica que no sea cardinal. Cuando Menger se refiere a las cifras 40 y 20 no se refiere a su orden relativo, es decir, que 40 es ordinalmente más importante que 20. Lo que dice, ¡literalmente!, es que 40 es el doble que 20. Es una relación proporcional y cardinal de magnitud, no de orden.  Lo que aquí trata de aclarar Menger es que la cifra 40 en sí misma no mide nada, que su propósito es únicamente representativo para poder compararla aritméticamente con otra cifra.

Vacas y caballos

Por si el lector pensara que se trata de un lapsus o una mera informalidad aislada a la hora de expresarse por parte de Menger, el anterior no es el único pasaje donde Menger utiliza la aritmética cardinal. En el ejemplo de las vacas y los caballos también dice lo siguiente:

Para mayor claridad, daremos una expresión numérica a la anterior relación. Podremos entonces expresar la significación escalonada de la satisfacción de las necesidades antes mencionadas mediante una serie de cifras, que van descendiendo en proporción aritmética, por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0

[..]

En efecto, para A un caballo sigue teniendo menor valor que la posesión de una nueva vaca (10 el caballo, 30 la vaca), mientras que para B la situación es la opuesta: una vaca valdría 10, un caballo 30 (es decir, tres veces más).

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Aritmética cardinal

Como muy bien reitera Mises, en lo ordinal no cabe la aritmética cardinal. No tiene sentido hablar ni de proporción aritmética, ni del triple, ni de sumar ni de multiplicar (la aritmética ordinal también existe, pero no tiene nada que ver con la cardinal). Y vemos cómo Menger si que trabaja claramente con aritmética cardinal, véase también este otro pasaje donde Menger suma los incrementos de valor que obtienen las partes al intercambiar:

Llamemos A y B a las personas de referencia y designemos por 10a la cantidad del primer bien de que dispone A y 10b a la cantidad del segundo bien, de que dispone B. Llamemos W al valor que la cantidad 1a tiene para A. El valor que tendría 1b para A, caso de que pudiera disponer de él, equivaldría a W + x; llamaremos w al valor que 1b tiene para B y designaremos por w + y al valor que tendría 1a para B. Se ve entonces claro que mediante el traspaso de 1a de la disposición de A a la de B, y a inversa, de 1b de la disposición de B a la de A, éste ganaría el valor x, en tanto que B ganaría el valor y.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Quisiera resaltar que en absoluto cabe interpretar que cuando Menger habla de valorar un bien en términos de otro bien, es decir, que un caballo vale 3 vacas, esté hablando de precios. De ninguna manera. Cuando los granjeros valoran el triple el caballo que la vaca (o viceversa), no proceden a intercambiar tres a uno, sino uno a uno. El precio al que intercambian es un caballo por una vaca, que surge de las valoraciones totalmente distintas de tres a uno. No corresponde concluir que por el simple hecho de valorar un bien en términos de otro bien, sea alguno de los bienes dinero o no, estemos hablando de precios y no de valor.

No hay magnitudes absolutas 

Que las magnitudes de valor a las que se refiere Menger en el primer pasaje que hemos citado sean relativas y no absolutas no es nada distinto, por cierto, a lo que sucede en las ciencias naturales. Si por ejemplo la primera unidad de medida que se le ocurre utilizar al ser humano para medir distancias es un codo o un pie, ¿cuál es la magnitud absoluta de un pie? Ninguna. Podríamos cuantificar el pie en pulgadas, si, pero no salimos del problema ¿cuál es la magnitud absoluta de una pulgada? De nuevo, ninguna. 

Es muy cierto que en economía no existen las magnitudes absolutas de valor, pero es que tampoco existen las magnitudes absolutas en las ciencias naturales. Todo acto de medición es relativo por definición. La medición es una relación entre dos magnitudes: La magnitud a medir y la unidad de medida, y esta última puede ser cualquiera que consideremos conveniente. Cuestión diferente es la constancia de la unidad de medida, que si bien es indudablemente muy conveniente, no es un requisito necesario para poder medir.  El problema de la inconstancia de la unidad de medida lo abordaremos detalladamente en la siguiente entrega.

Una ilustración cardinal

Menger quiere aclarar que eligió, y vuelvo a citar literalmente: “por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0 ”, como podía haber elegido 0, 2, 4, 6, 8 y 10.  Advierte que no pretende afirmar que existan esas cifras en las mentes de los granjeros que intercambian vacas y caballos, de la misma forma que no existe ningún número absoluto en nuestra mente que represente la magnitud absoluta de un metro, lo que manejamos en nuestras mentes son vacas, caballos o metros. Menger solo pretende ilustrar proporciones cardinales relativas. Un caballo puede valer el doble que una vaca igual que una persona puede tener una altura del doble de un metro. Ni en el caso de la altura ni en el caso del valor manejamos magnitudes absolutas, la medida es siempre relativa de una cosa respecto a otra.

Esto lo aclara perfectamente Menger en otro pasaje donde nos explica que la medida del valor, y de cualquier otra magnitud, no es algo que pertenezca a la esencia de la cosa que queremos medir. La medida es un acto humano externo a las cosas, no está en las cosas. De la misma forma que un campo de fútbol no contiene metros ni yardas, el caballo tampoco contiene una utilidad de 2 vacas, sino que nosotros estimamos que en un momento concreto tiene para nosotros un valor relativo del doble con respecto a una vaca. Que lo expresemos a meros efectos ilustrativos como 2 a 1, 40 a 20, o 100 a 50 es, eso, una manera de ilustrar esta relación cardinal.

Determinación cuantitativa

Dice así el pasaje:

Knies reconoce —al igual que muchos de sus predecesores–  que el valor es el grado de utilidad de un bien para alcanzar los fines humanos. No puedo aceptar esta opinión tal como se la plantea, porque aunque es cierto que el valor es una magnitud que puede medirse, la medida no pertenece a su esencia, como tampoco forma parte de la esencia del tiempo o del espacio la circunstancia de que se les pueda medir

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Y en el siguiente pasaje Menger nos explica que la medida de la significación de la satisfacción de nuestras necesidades es la importancia de dicha significación, y que dicha importancia se determina ¡cuantitativamente!  ¿Se puede ser más cardinal que esto?

En principio, y de forma directa, la satisfacción de nuestras necesidades sólo tiene para nosotros una significación que, en cada caso concreto, encuentra su medida en la importancia que para nuestra vida o nuestro bienestar tiene la correspondiente necesidad satisfecha. En un momento posterior trasladamos esta importancia —dentro de su determinación cuantitativa— a aquellos bienes concretos de los que sabemos que dependemos inmediatamente para la satisfacción de las necesidades de referencia, es decir, a los económicos del primer orden, a tenor de los principios expuestos en la sección anterior.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Lo cardinal incluye lo ordinal

Con respecto a todo lo anterior es importante tener en cuenta que lo cardinal incluye, lógicamente, a lo ordinal. Es decir, los números cardinales son un conjunto ordenado. Es evidente que de una valoración cardinal de distintos bienes podemos deducir  automáticamente un orden. De más importante a menos importante, y esto es lo que hace Menger en su famosa tabla. Pero de ahí no procede concluir que su exposición es estrictamente ordinal. Más bien todo lo contrario: La exposición es ordinal ¡porque es cardinal!  

Nótese además, que la implicación cardinal -> ordinal es de una sola dirección. Todo lo cardinal es ordinal por definición, pero no necesariamente al revés. En el turno de la cola de la pescadería no hay relación cardinal entre los ordinales “1º” y “2º”, solo hay orden. No cabe medir la diferencia de ninguna magnitud entre estos ordinales. Ni siquiera la diferencia de tiempo de llegada de los clientes, o la distancia física entre ellos, o que la intensidad de la prisa del segundo sea superior al del primero. Esta diferencias son nociones totalmente ajenas al concepto ordinal del turno. Al pescadero le dan exactamente igual esas diferencias, simplemente atenderá antes al primero que al segundo, nada más. En lo ordinal no hay magnitud ni intensidad, y si no hay magnitud no puede haber diferencia entre las magnitudes.

Magnitud intensiva

De hecho cabe decir que incluso Mises, que aboga radicalmente por el valor ordinal, reconoce claramente que el valor sí es una magnitud. Una magnitud intensiva no cuantitativa, pero magnitud al fin y al cabo. Cuando Mises dice magnitud intensiva se refiere a que dicha magnitud es una cualidad de la cosa, no una cantidad. Pero admite sin ningún problema que puedan existir diferencias de intensidad entre las valoraciones, y que son esas diferencias las que determinan su clasificación ordinal.

Lo que Mises niega es que dicha diferencia de intensidad pueda medirse y que por tanto sólo puede manifestarse al exterior de manera ordinal (prefiero el bien A al bien B). Por tanto, incluso Mises admite cierta cardinalidad “inmedible”, cardinalidad que simplemente no existe en el caso del primer y segundo turno de la cola de la pescadería, donde de ninguna manera cabe hablar de magnitud o intensidad, ni cardinal, ni medible, ni inmedible, ni cuantitativa, ni intensiva.

Dicho en otras palabras, para Mises es totalmente válido afirmar que un bien se valora muchísimo más que otro, aunque no pueda determinarse la diferencia. Que por ejemplo la diferencia de valoración entre el oro y la plata es menor que la diferencia de valoración entre el oro y el plomo. El plomo sería “mucho más Segundo” con respecto al oro que la plata, y estas diferencias de valor son relevantes e influyen a la hora de determinar los precios.

No hay magnitud ordinal

Pero insisto en que en lo estrictamente ordinal no cabe hablar de magnitud o intensidad alguna. No importa que quien te precede en el turno de la pescadería llegue un minuto o una hora antes que tú, o que tenga una prisa más intensa que la tuya. Tu segunda posición en la cola no guarda proporción o relación con ninguna magnitud ni intensidad, una vez eres segundo, eres segundo y ya está. Sin embargo, Mises sí contempla magnitudes de distinta intensidad, por tanto fracasa en su defensa de una estricta ordinalidad del valor y es incoherente al negar tajantemente la cardinalidad, porque en el marco de lo ordinal es totalmente improcedente hablar de magnitudes. Insisto de nuevo:  No existen las “magnitudes ordinales”, ni intensivas ni cuantitativas. 

Quisiera destacar que en la segunda edición de Principios de Economía Política que Menger estuvo revisando cuidadosamente durante décadas, los anteriores pasajes que hemos citado quedan inalterados. Es decir, después de presenciar aún en vida el debate entre Bohm-Bawerk y Cuhel, no modificó ni puntualizó ninguno de todas estos pasajes claramente cardinalistas. Incluso incorpora una nueva nota para aclarar el doble significado que en casi todos los idiomas atribuimos a la palabra valor. Utilizamos este término indistintamente tanto para referirnos al valor (subjetivo) como para referirnos al precio de un bien. Esta nota, es, en mi opinión un clarísimo apoyo a la postura de Bohm-Bawerk en el debate con Franz Cuhel sobre la medición cardinal del valor de un bien en términos de otros bienes.

Teoría del valor: comparación con otros bienes

Dicha nota dice así:

No podríamos entendernos con otros tratando cuestiones económicas si no pudiéramos distinguir la importancia a la que llamamos valor según su extensión y especificar su medida de una manera comprensible para los demás. Un medio inmediato (un tipo de medida) para medir el valor presupone un alto grado de abstracción, aunque el valor sea un fenómeno muy familiar; dado su carácter subjetivo, esta medida no sería absoluta y válida para todas las manifestaciones del valor y, por lo tanto, no serviría al propósito práctico que hemos definido.

Es natural, por lo tanto, que los seres humanos hayan intentado hacer comprender a los demás la significación de la importancia que ciertos bienes tienen para ellos, no a través de unidades de medida, sino mediante el valor que otros bienes tienen para ellos. Por lo tanto, en lugar de describir a una tercera persona la magnitud de la importancia que un bien tiene para nosotros, preferimos indicar otros bienes que ellos conocen y cuyo valor es igual, para nosotros, al de los bienes mencionados. De esta manera, los demás pueden entender la magnitud de la importancia que tiene para nosotros el bien del cual se quiere establecer el valor. Decimos así que un bien determinado vale para nosotros tanto como diez fanegas de trigo o treinta táleros.

(Traducción libre. Menger, 2013)

Unos bienes comparados con otros

Menger nos explica que cuando nos referimos al valor subjetivo, no al precio, lo hacemos también en términos de otros bienes. Esta cuestión la analizaremos con detalle en la siguiente entrega. Pero es importante darse cuenta que cuando pensamos que un bien vale para nosotros treinta táleros (“vale” en un sentido de valor subjetivo) no se trataría de un precio porque a igualdad de valor no hay ganancia en el intercambio. No tiene sentido económico intercambiar y por tanto nunca se llegaría a dar ese precio. En todo caso, si yo soy el dueño de ese bien, el precio resultante que podría resultar de esa valoración sería 31 táleros o más, pero nunca 30.

Hemos demostrado que la teoría del valor de Menger es cardinalista, y que para Menger el valor es medible. Así lo expone a lo largo de su obra, y además así lo afirma explícitamente. En la siguiente entrega abordaremos el problema de la inconstancia de la unidad de medida y trataremos de demostrar que el enfoque cardinalista explica mejor la realidad y que en lugar de arrinconar la magnitud del valor como algo oscuro e incognoscible, nos aporta luz a la hora de explicar la causalidad de los precios desde un punto de vista totalmente subjetivista y siguiendo fielmente el camino iniciado por Carl Menger.

Con este enfoque podremos superar el modelo dominante de oferta y demanda basado en costes para explicar los precios y abrimos además la posibilidad de corroborar matemáticamente la teoría del valor subjetivo, corroboración que en mi opinión lleva a cabo con gran éxito Carlos Bondone en su trabajo Teoría Económica Subjetiva Solidaria.

Bibliografía
Ver también

El lenguaje económico (II): las matemáticas. (José Hernández Cabrera).

Ordinalidad, cardinalidad, e intensidad de las preferencias. (Fernando Herrera).

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIII, IV

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (I)

Al hilo de un artículo anterior sobre la medida del valor, hoy inicio una nueva serie sobre otra gran discrepancia entre dos de los autores más importantes de la escuela austriaca.  Esta discrepancia versa nada más y nada menos que sobre la teoría del valor.  En concreto, sobre el enfoque estrictamente ordinal por parte de Mises en contraposición a la visión cardinal por parte de Menger en lo que se refiere a la magnitud del valor y a la posibilidad de medirlo.

Quisiera resaltar, en primer lugar, el hecho evidente de que en nuestra experiencia individual del día a día no necesitamos que los economistas nos proporcionen una teoría del valor para poder valorar.  De la misma manera que los arqueros del neolítico no tuvieron que esperar a Newton para poder lanzar flechas con el ángulo y la fuerza precisa para acertar su objetivo, el consumidor, el contable o los empresarios realizan valoraciones continuamente independientemente de lo que teoricen o dejen de teorizar las distintas escuelas de pensamiento económico sobre el fenómeno del valor. 

Entonces, ¿Por qué es importante una buena teoría del valor? Si en el día a día nos las arreglamos perfectamente sin estas teorías, ¿Qué relevancia tiene si el valor son preferencias ordinales, o si es una magnitud cardinal, o si se determina subjetivamente u objetivamente según la cantidad de trabajo socialmente necesario? ¿Se trata acaso de una discusión bizantina para ratones de biblioteca sin ningún aporte práctico a nuestra vida cotidiana?

La crucial importancia de la cuestión del valor

Pues desde un punto de vista social y político tiene una importancia absolutamente crucial. En esta primera entrega voy a tratar de justificar la vital importancia que tiene una teoría que explique lo mejor posible el fenómeno del valor. Suscribo al cien por cien a Carlos Bondone que a su vez se adhiere a las palabras de Jevons, y que a su vez suscribía las palabras de J.S. Mill:

Casi toda la especulación relativa a los intereses económicos de una sociedad así constituida implica alguna teoría del valor: el más mínimo error en este tema inocula el correspondiente error en todas nuestras conclusiones restantes, y cualquier vaguedad o nebulosidad en nuestra concepción del mismo crea confusión e incertidumbre en todo lo demás.

John Stuart Mill

Es un hecho incontestable que los políticos utilizan la ciencia como justificación para legislar en un sentido u otro. Ejemplos de actualidad tenemos muchos, como por ejemplo las regulaciones relativas al cambio climático, que supuestamente están basadas en un amplio consenso científico. Este consenso científico se utiliza como argumento para determinar políticas fiscales de extracción de recursos a determinados individuos para dedicarlos a determinadas partidas presupuestarias, y no a otras. Es decir, se toma la decisión de dedicar recursos para prevenir el cambio climático que no se dedican, por ejemplo, a combatir la primera causa de muerte en el mundo como son las enfermedades cardiovasculares. Más nos vale, por tanto, que el consenso científico esté en lo cierto y se acaben salvando muchas vidas con estas decisiones.

Manipulación política del concepto de valor

No quiero caer tampoco en la ingenuidad de que, por muy buenas teorías que tengamos, los políticos no vayan a retorcerlas igualmente en función de sus intereses, o incluso influir en el ámbito académico para manipular el “consenso” científico hacia lo que les conviene. Pero esto no es excusa para dejar de trabajar en la dirección de tener la mejor teoría posible que dificulte al máximo la manipulación política. Por poner un ejemplo extremo, ya será difícil que los políticos decreten regulaciones sobre el tráfico aéreo basadas en que la tierra es plana. Hay teorías científicas que están tan establecidas que son ya prácticamente imposibles de cuestionar.

Aun así, el político aprovechará el más mínimo resquicio para introducir sus sesgos a la hora de legislar. En este sentido, otro ejemplo muy claro y de rabiosa actualidad es el control de precios de los alquileres en las grandes ciudades, que en mi opinión se asienta en una errónea concepción del valor. La “responsabilidad” académica de este error está en la teoría más ampliamente aceptada de la oferta y la demanda, pues si bien es cierto que según esta teoría los precios altos de la vivienda no se deben a la especulación, sino a la falta de oferta, hay que reconocer humildemente que la teoría está muy lejos de ser lo suficientemente clara y contundente como para que ningún político se atreva a cuestionarla.

Diferencia entre Alfred Marshall y Carl Menger

No debemos perder de vista qué múltiples teorías pueden explicar la realidad, e incluso ser útiles para hacer predicciones razonablemente precisas. Por ejemplo, la teoría geocentrista era capaz de predecir satisfactoriamente los movimientos de los planetas recurriendo a los epiciclos.  Es decir, por la misma razón que los arqueros del neolítico lanzaban flechas con bastante precisión sin necesidad de ninguna teoría, el economista puede formular teorías débiles o ad hoc, pero que explican la realidad con muy razonable precisión. Pero no por ello hemos de concluir que esa teoría no es susceptible de mejora. Esto último es aplicable al modelo de la oferta y la demanda establecido por Alfred Marshall, que es el predominante a día de hoy en lo que se refiere a la explicación de los precios.  

Ahora bien, para que una teoría sea superada no basta con señalar sus debilidades. Hay que proporcionar otra que explique mejor la realidad, y/o que lo haga de manera más general y simple, y que sea corroborable. Volviendo a la analogía del geocentrismo, ¿Qué acogida tendría frente al geocentrismo una nueva “teoría” heliocéntrica, está fuera imposible de corroborar ni fuera capaz de predecir nada tal y como está planteada? Pues posiblemente nula porque se quedaría en mera hipótesis.

Alfred Marshall criticó el enfoque marginalista de Carl Menger, W. S. Jevons y Lèon Walras, y rescata el modelo basado en el valor objetivo de oferta y demanda de Smith y Ricardo, pero reintroduciendo el marginalismo en la curva de demanda. Muy resumidamente viene a decir que el demandante compara la utilidad marginal del bien con su precio de mercado. Es decir, para explicar los precios necesita recurrir circularmente a los precios.

La tijera de Marshall… y la tijera de Menger

Menger, sin embargo, explicaba los precios basándose exclusivamente en valores. En el famoso ejemplo de las vacas y los caballos, los granjeros intercambiaban porque otorgaban un valor mayor a lo que recibían que a lo que entregaban, y de esas distintas valoraciones surgen los precios.  

En este sentido, Carlos Bondone propone rescatar a Menger sustituyendo la tijera de Marshall por la tijera de Menger, donde lo que se enfrentan no son las curvas de oferta y demanda (cantidades de bienes), sino las curvas de valor (utilidades marginales) de los bienes a intercambiar. Fijémonos en lo peligroso de la tijera de Marshall. Cito palabras del propio Marshall en sus Principios de Economía:

Podríamos con la misma sensatez discutir acerca de si es la hoja superior o la inferior de una tijera la que corta un pedazo de papel que si el valor está controlado por la utilidad o por el coste de producción. (el énfasis es mío).

A la vista de esta cita, quiero recordar las palabras anteriormente citadas de Mill: “el más mínimo error” “cualquier vaguedad o nebulosidad”. Pues aquí lo tenemos. Por mucho que queramos hacer una interpretación generosa, o que el economista defensor de esta teoría matice y explique posteriormente, un político se aferrará a la literalidad de estas palabras como a un clavo ardiendo para justificar científicamente sus sesgos utilizando a Marshall, y argumentar que el coste puede ser determinante del valor, y, por tanto, justificar científicamente la regulación de los precios de los alquileres en función de lo que el político considere costes objetivamente razonables. 

Menger era cardinalista, Mises era ordinalista

Explicada la vital importancia política y social de la teoría del valor, en las siguientes entregas de esta serie expondré en primer lugar por qué Menger era claramente cardinalista y en segundo lugar como Eugen von Böhm-Bawerk, y de manera más precisa Bondone, demuestran que los precios se pueden explicar enteramente por valoraciones subjetivas, sin recurrir circularmente a precios de mercado o agregados como hace Marshall. Y que estas valoraciones subjetivas tienen una naturaleza cardinal y no ordinal, como afirma Ludwig von Mises. 

Determinar si la naturaleza del valor es ordinal o cardinal no es en absoluto una cuestión menor. Mises criticaba el planteamiento de oferta y demanda de Marshall, pero al desviarse de Menger y Bohm Bawerk y sostener que el valor tiene naturaleza ordinal, su planteamiento no es corroborable, no ofrece una alternativa convincente que mejore la propuesta de Marshall. Nos guste o no, y análogamente a la hipótesis heliocentrista referida anteriormente, desde fuera de la escuela austriaca, la propuesta de Mises se ve en el mejor de los casos como una prometedora hipótesis.

En definitiva, no es lo mismo defender que sólo ordenamos valores afirmando tajantemente que es imposible medirlos, siendo en consecuencia deliberadamente “vago” o “nebuloso” en lo que se refiere a la magnitud de los valores, que defender y conseguir demostrar que la magnitud del valor se puede cuantificar y medir. Tal y como hemos insistido a lo largo de este artículo, cualquier vaguedad o nebulosidad será explotada por el político para tergiversar y manipular.

Serie sobre Carl Menger y Ludwig von Mises

Mises, el origen del dinero y el subjetivismo

En tres de mis artículos anteriores, he abordado muchos de los argumentos que, en la actualidad, esgrimen los herederos intelectuales de la Escuela Monetaria en contra de la banca libre con reserva fraccionaria en la Escuela Austriaca. Tanto a la hora de criticar su teoría del valor de los sustitutos monetarios, su teoría del ciclo económico y sus implicaciones sobre la política bancaria con el caso de Henry Simons, me percaté de que todos estos errores procedían de la raíz de cualquier teoría monetaria: la teoría sobre el origen del dinero. Esto puede observarse claramente con las dos tendencias predominantes en la historia del pensamiento económico: el metalismo y el chartalismo.

La relación entre el metalismo y la teoría cuantitativa

El metalismo consideraba que todo activo monetario debía ser, necesariamente, un activo real y, en caso de no serlo –es decir, que fuera un activo financiero–, actuaría de forma homóloga a este. O, en términos de Ludwig von Mises (2012), estos activos financieros que actuaran como medios de pago en la economía serían sustitutos monetarios perfectos.

Aunque aparentemente trivial, este marco analítico que concibe a todo activo monetario como un activo real cometió el grave error de aplicar la misma teoría del valor a los activos reales y financieros, desembocando en el error teórico del cuantitativismo. Si todo incremento de la oferta de un activo financiero tiende a reducir su utilidad marginal –como sería el caso de los activos reales–, entonces la oferta monetaria es lo único que nos debería concernir desde un punto de vista económico. Pues de esta provendrían todas las fluctuaciones en el poder adquisitivo del dinero. En este caso, podemos observar cómo la teoría del origen del dinero de los metalistas condiciona decisivamente su modo de entender los patrones monetarios y sus errores teóricos al no diferenciar entre activos financieros y reales.

La teoría cuantitativa y la demanda de sustitutos monetarios

La realidad económica, empero, reacciona de manera distinta ante el incremento (o la disminución) de la oferta de un activo real y un activo financiero. Si bien el valor del activo real depende de los servicios que le pueda proporcionar a su propietario –en el caso de que este activo real deviniera dinero, estos serían los servicios de liquidez a lo largo del tiempo y el espacio (Rallo, 2019)–, el de un activo financiero estará condicionado por el flujo esperado de servicios o activos reales que provea. Y, si este se incrementa y es demandado por el público, entonces no existe ninguna razón por la cual una mayor oferta de activos financieros pueda causar un decrecimiento de su utilidad marginal si los servicios de liquidez que proporcionan no se degradan.

Dicho de otra manera, el flujo de activos financieros que actúan como sustitutos monetarios y que circulan en una economía a lo largo del tiempo no es homogéneo, pues la solvencia y la credibilidad del deudor puede incrementarse. Esto posibilita que el valor de un activo financiero pueda aumentar tras un incremento de su oferta.

El chartalismo y la Teoría Monetaria Moderna

Así mismo, en la Teoría Monetaria Moderna se vuelven a producir errores como consecuencia de una teoría incompleta sobre el origen del dinero: el neochartalismo. Pero, antes de todo, ¿cuáles son los orígenes de esta doctrina? Para ello, habremos de retrotraernos al origen del chartalismo en la obra de Georg Friedrich Knapp, A State Theory of Money.

Para los chartalistas, el dinero surge de las obligaciones que uno mantiene con la comunidad o, dicho de otro modo, de la deuda que un individuo tiene sobre terceros, y viceversa. Desde esta doctrina, el dinero solo podría surgir como un activo financiero, no como un activo real. De hecho, muchos autores chartalistas han recalcado que el surgimiento de los activos reales en los patrones monetarios surge en la búsqueda de un denominador común para saldar estas deudas.

El dinero es una “criatura del mercado”

Siguiendo la evolución lógica del chartalismo, si el dinero solo puede emerger como obligaciones contra otros integrantes de la comunidad, y estas suelen estar regidas por un Estado, entonces el dinero surgiría de las obligaciones fiscales que el individuo mantiene con este, siendo el dinero una criatura de la Ley. De ahí la evolución al neochartalismo del que bebe la Teoría Monetaria Moderna.

Se ha de recalcar que este salto lógico invalida una teoría que podría haber encajado en una visión evolutiva y subjetivista del origen del dinero, pues describe una posibilidad de selección espontánea de activos financieros como dinero. Pero, como hemos apuntado previamente, el dinero puede, pero no ha de ser necesariamente un activo financiero. Sin embargo, incluso si todo lo anterior fuera cierto, concebir al Estado como la fuente última de la demanda monetaria es un error teórico, pues los individuos no mantienen el dinero en sus saldos de tesorería únicamente para saldar sus obligaciones fiscales.

Dinero y evolución

Evidentemente, el Estado y la imposición de obligaciones fiscales pueden facilitar el proceso espontáneo de descubrimiento que ya recalcó Carl Menger en su obra El Dinero, pero esto no es condición necesaria ni suficiente para que el dinero surja en una comunidad. En todo caso, podríamos decir que un Estado que no facilite la libre competencia de monedas y que promueva leyes de curso forzoso provoca que ciertas redes –entendidas estas en su sentido monetario– se vuelvan incompatibles y dificulten el proceso de selección de aquel dinero con mejores servicios de liquidez.

De no ser un Estado tan intervencionista en el ámbito monetario, también podríamos explicarlo desde la teoría evolutiva, ya que convierte a una mercancía concreta en más negociable con respecto a otras, en el sentido de que a otros individuos les será útil, como mínimo, para pagar impuestos, aunque esta no sea la fuente última de la demanda monetaria. De hecho, actualmente encontramos muchos casos, especialmente en países con inflaciones galopantes como Venezuela, donde los ciudadanos huyen de la moneda gubernamental a pesar de tener obligaciones fiscales con ese Estado.

La utilidad monetaria no está constituida por las obligaciones fiscales

Sea como fuere, los errores teóricos de la teoría del origen del dinero que defiende la Teoría Monetaria Moderna acaban impregnando toda su teoría monetaria y sus propuestas de política económica. Si se presume, como con el neochartalismo, que la utilidad monetaria parte de las obligaciones fiscales que los integrantes de la comunidad política tienen con el Estado, entonces sería posible llevar a cabo todo tipo de expansiones monetarias para garantizar el pleno empleo sin que se redujera el poder adquisitivo de la moneda fiat.

A pesar del atractivo de estas proposiciones teóricas, la demanda monetaria no se destina únicamente a saldar obligaciones fiscales con el Estado. Por esta razón, puede decrecer el valor de cambio objetivo del dinero incluso si se incrementan los impuestos, si es que los agentes económicos perciben subjetivamente que los servicios de liquidez del dinero se han deteriorado. En suma, tal y como sucedía con la homogeneización de activos reales y financieros de la que parte el metalismo, defender que el origen del dinero es una causa de la coacción estatal explica muchos de los errores de la Teoría Monetaria Moderna.

Sobre el dinero ideal

Una vez observemos cómo históricamente se han constituido los patrones monetarios, se manifestarán 1) las equivocaciones de los chartalistas y los metalistas que no distinguieron entre activos reales y financieros; y 2) las virtudes de una teoría subjetivista y evolucionista del origen del dinero, como la que planteó Menger en su obra El Dinero y descartó implícitamente Mises en su Teoría del Dinero y el Crédito. Para ello, retrocederemos al patrón oro clásico, ya que es un ejemplo perfecto de las virtudes de la combinación entre activos reales y financieros para construir un sistema que imponga el principio de disciplina o de elasticidad allí donde sea necesario.

Si acaso lo planteáramos desde un punto de vista estático e ideal, huelga decir que no existiría ninguna razón para la disciplina en el sistema monetario. Al fin y al cabo, este principio supone la eliminación de parte de los sustitutos monetarios emitidos previamente, lo cual no sería explicable desde una visión estática de los procesos económicos. Sin embargo, dado que la incertidumbre y el error son dos componentes inherentes a estos, es vital que existan mecanismos que contribuyan a evitar o solventar los desajustes que surgen en el mismo. Entre estos, podemos destacar la competencia, la convertibilidad y la Ley del Reflujo de Fullarton, los cuales ya pudimos abordar en un artículo anterior.

El principio de disciplina

El patrón oro clásico supuso, en parte, la plasmación de los principios de disciplina y elasticidad en el sistema monetario. Este sistema se fundamentaba en activos reales –en este caso el oro– sobre el cual se emitían los sustitutos monetarios, con una oferta completamente elástica. El principio de disciplina descrito anteriormente se vería caracterizado por los activos reales, a los cuales los ciudadanos y los bancos siempre podían recurrir en caso de que uno de estos últimos degradara la liquidez de sus pasivos, principalmente los depósitos a la vista y los billetes de banco.

Esto, a su vez, imponía un límite exógeno para la emisión de sustitutos monetarios, dado que, en el caso de que las instituciones financieras decidieran expandir su balance indefinidamente, perderían sus reservas y se verían abocadas a la quiebra.

No todos los activos financieros son sustitutos monetarios

Hasta aquí, hemos explicado el elemento de disciplina que poseía el patrón oro. El principio de elasticidad, por su parte, se ve plasmado a través de los sustitutos monetarios. Pero antes, es imprescindible destacar el elemento intrínsecamente subjetivo del sustituto monetario. No todo activo financiero actúa como un sustituto monetario, sino solo aquellos que son percibidos por los agentes económicos como un medio de transferencia temporal y espacial de liquidez adecuado.

O, dicho de otra manera, un activo financiero devendrá sustituto monetario si el público lo emplea tanto para adquirir mercancías como para preservar su riqueza patrimonial en el tiempo, y a su vez otros agentes lo perciben de la misma manera. Resulta esencial resaltar que la cuestión de qué activos reales y financieros son dinero no es una cuestión cualitativa sino de grado, porque habrá bienes económicos que cumplan mejor o peor con estas funciones, o solo desempeñen una de estas. A esta propiedad la llamaremos dinerabilidad.

Activos reales y financieros

Hecha esta aclaración, existen importantes diferencias entre los activos financieros y reales. En primer lugar, al contrario que con estos últimos, la oferta de los activos financieros que actúan como sustitutos monetarios es totalmente elástica, es decir, que, debido a que los costes de emisión de estos sustitutos monetarios son cercanos a cero, su cantidad varía proporcionalmente con el aumento de la demanda de atesorar dinero en sentido amplio (Rallo, 2019).

En segundo lugar, la determinación del valor de los activos reales y financieros es bien distinta, pues los activos reales no tienen riesgo de contraparte –esto es, que no dependen de la solvencia de un tercero– y sus unidades son homogéneas, mientras que la composición de un activo financiero puede variar en función del flujo de activos reales al que estos dan derecho y de la esperada solvencia del deudor.

Como hemos resaltado previamente, estas importantes diferencias entre ambos tipos de activos monetarios invalidan en gran parte muchas de las premisas chartalistas y metalistas, que presumen que todo estos son o se comportan como activos financieros –en el caso de los primeros– o activos reales –en el caso de los segundos. De nuevo, podemos observar como la concepción última del activo monetario, presente en la teoría del origen del dinero, tiene importantes implicaciones sobre toda la teoría monetaria que parte de esta.

Menger y la teoría evolutiva del origen del dinero

La existencia de un patrón monetario que combine activos reales de oferta inelástica con activos financieros de oferta elástica pone de manifiesto la validez teórica de la teoría evolutiva del origen del dinero, y que no consiguieron igualar ni el chartalismo ni el metalismo por su concepción restringida de los activos monetarios. Esta teoría fue inicialmente enunciada por Carl Menger en su obra El Dinero, donde el economista austriaco demuestra que el dinero es una criatura del mercado, y no de la ley. Para Menger, el dinero surge como una modernización de los intercambios mediante el trueque en un proceso descentralizado de descubrimiento de aquellas mercancías con mayor negociabilidad, es decir, aquellas que todas las personas deseen adquirir. En palabras de Menger (2013):

«Recurriendo al camino más largo de un intercambio intermedio –es decir, cediendo sus mercancías menos negociables a cambio de otras que lo son más–, tiene la probabilidad de conseguir su objetivo de manera más segura y económica que limitándose al trueque directo.»

El subjetivismo monetario de Carl Menger

A priori, podríamos pensar que Menger se inserta en la tradición metalista previamente enunciada, en función de la cual solo los activos reales podían convertirse en activos monetarios. Sin embargo, para Menger, las mercancías son los bienes económicos de todo tipo destinados al intercambio (Menger, 2020). Teniendo en cuenta esta definición tan amplia, un activo financiero también podría devenir dinero bajo la teoría evolutiva del origen del dinero.

Al fin y al cabo, las deudas con un tercero de confianza, ya sea un banco, el gobierno o cualquier otra institución, podrían convertirse en dinero si poseen un alto grado de negociabilidad, y cumplen con las propiedades que designa Menger en su obra, como la transferencia patrimonial de valor en el tiempo o, en la nomenclatura de este artículo, la liquidez.

Si bien es cierto que todos los pensadores austriacos identificaron la distinción entre el dinero-base y los sustitutos monetarios pagaderos en el mismo, la teoría del origen del dinero que sostiene la ortodoxia en la Escuela Austriaca es incompatible tanto con el surgimiento de un patrón monetario basado enteramente en activos financieros –como es el caso del patrón fiat–, como con las bases subjetivistas de la escuela.

El teorema regresivo de Mises

Ahora bien, ¿cuál es esa teoría del origen del dinero en la Escuela Austriaca a la que nos estamos refiriendo? En 1912, con su Teoría del Dinero y el Crédito, Mises enunció el llamado teorema regresivo del dinero, que daba una solución a la incógnita del surgimiento del poder adquisitivo del dinero. Esta paradoja se explica con el distinto comportamiento que Mises les atribuye a las mercancías en función de si son, o no, un activo monetario o no monetario.

En una mercancía que no deviene dinero, su valor de cambio proviene del valor de uso que los agentes económicos le atribuyen subjetivamente a la unidad marginal de esa mercancía. Sin embargo, para Mises, la utilidad marginal del dinero viene determinada por su valor de cambio en t-1, a la inversa de lo que sucede con bienes económicos no monetarios.

¿De dónde surge, entonces, el poder adquisitivo del dinero en t si este depende del que tenía en t-1? Mises parece tener una solución a este problema: de la utilidad no monetaria de la mercancía en t-1. Por ello, para que un bien devenga un activo monetario será necesario que ese bien tenga un valor de uso no monetario previo.

El metalismo de Mises

Podemos observar, entonces, que Mises adopta una visión metalista del origen del dinero y, por tanto, errónea dentro de la tradición de la teoría evolutiva de Menger. Esto es, porque el autor austriaco no contempla que un activo financiero o un activo real sin una utilidad no monetaria previa puedan convertirse en dinero, aun si no tenía una utilidad no monetaria previa.

Como se ha apuntado previamente, existen ejemplos históricos, como el dinero fiat actual o la emergencia de Bitcoin, que debilitan teóricamente la postura de Mises sobre el origen del dinero. No obstante, y más relevante incluso, la paradoja que enunciábamos con anterioridad parte de la premisa de que la utilidad de un activo monetario –comprendida en el sentido amplio y mengeriano del término– depende de su valor de cambio en t-1.

Tanto la liquidez presente como esperada

Esta suposición sobre la que se basa la incógnita que parece resolver Mises es errónea porque un bien puede convertirse en dinero sin que haya tenido una utilidad no monetaria en el pasado. De la misma manera que hay numerosos factores relativos a la oferta y a la demanda de dinero que afectan a las variaciones de su poder adquisitivo, también los hay que afectan a si esa mercancía se convierte –o no– en dinero. Estos factores pueden agruparse en dos: la liquidez tanto presente y esperada.

En cuanto a la primera, la capacidad de ese bien económico de transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio puede influir en que determinados agentes económicos le atribuyan utilidades exclusivamente monetarias. Cabe afirmar, empero, que si existe una mercancía que deviene dinero en su origen o en el momento el que le confieren cierta utilidad, es harto improbable que la mantengan en sus saldos de tesorería por su liquidez actual, ya que esta suele manifestarse una vez el mercado del bien se ha expandido lo suficiente como para evitar la volatilidad inicial que es inherente a un spread elevado y no próximo a cero (Rallo, 2019).

Por esta razón, es más probable que los agentes económicos comiencen a imputar utilidades monetarias a ese bien en función de la liquidez esperada debido a las propiedades que pueda tener ese activo monetario. Y esta liquidez esperada también puede venir determinada tanto por el poder adquisitivo pasado de la mercancía como por su negociabilidad, como apuntábamos refiriéndonos a las aportaciones monetarias de Carl Menger.

Una mercancía sin utilidad previa puede convertirse en dinero

Fijémonos que, aunque una mercancía que se convierta en dinero haya tenido utilidades no monetarias previas –lo cual ha sido frecuente históricamente (Ammous, 2018)–, esto no demuestra la validez teórica del teorema regresivo porque no hace alusión a todos los factores que influyen en esta acción. Evidentemente, los agentes económicos tienen en cuenta el valor de cambio objetivo de la mercancía a la hora de comenzar a emplearla como dinero, pero no es condición ni necesaria ni suficiente para que se convierta en tal, pues las expectativas forman parte de la utilidad que se le da a un bien en particular.

En parte, este factor determinante de la demanda de dinero desmiente la premisa de la regresión sobre la que Mises sostiene su teorema, pues un agente económico puede imputar utilidad monetaria a un bien sin que este haya tenido poder adquisitivo en el pasado, si espera que vaya a otorgarle servicios de liquidez adecuados.

¿Es la teoría monetaria de Mises verdaderamente austriaca?

Y, ¿por qué hemos afirmado previamente que el teorema regresivo del dinero no obedece a la tradición austriaca subjetivista? Al restringir los factores determinantes de la demanda monetaria originaria al valor histórico, Mises desprecia que los agentes económicos puedan decidir, en base a sus expectativas, que un bien económico pueda cumplir las funciones de transferencia espacial y temporal de liquidez, tal y como la teoría evolutiva de Menger describe.

Con todo, no es aquí donde más se aprecian las raíces ricardianas de la teoría monetaria de Mises, pero sí podemos observar cómo, al considerar a los bienes económicos y a los medios de cambio como dos categorías distintas, cae en el error de describir la valoración subjetiva del activo monetario a partir de una única condición como es la del valor de cambio objetivo. En contraposición, un teorema del origen del dinero enteramente subjetivista debería abordar: la distinción entre activos reales y financieros; el origen del dinero como un proceso de descubrimiento descentralizado; y la variación de la dinerabilidad a lo largo del proceso de monetización.

La distinción entre activos reales y financieros

En base a la teoría evolutiva del origen del dinero, se debe comprender la posibilidad de que pueda surgir un dinero que sea un activo financiero o un activo real en base a la utilidad monetaria que se le conceda a ese bien en un determinado momento en base a las expectativas o al valor histórico, verbigracia. De este modo, es esencial que se comprenda el origen de un activo monetario como un fenómeno autónomo: ni los activos reales necesariamente han de emerger en el sistema monetario para saldar las deudas entre individuos ni los activos financieros han de partir exclusivamente de los activos reales.

Dicho de otro modo, puede haber patrones monetarios donde se empleen únicamente activos reales o financieros, sin necesidad de que exista una combinación entre ambos, porque el dinero elegido depende, en última instancia, de las preferencias de los agentes económicos.

El origen del dinero como un proceso de mercado

Si por algo destaca la Escuela Austriaca es por su análisis dinámico y multidisciplinar de los procesos de mercado, partiendo siempre desde el individualismo y el subjetivismo metodológico. Estos procesos no están constituidos por individuos que meramente reaccionan ante los cambios en su entorno, a pesar de que la acción humana tiene un claro componente reactivo y de imitación. Más bien, el ser humano está en la constante búsqueda de nuevas oportunidades de ganancia que surgen en todos los ámbitos, incluyendo el monetario.

En este sentido, los procesos económicos se caracterizan principalmente por el descubrimiento de nueva información que previamente no existía, fruto de la creatividad humana. Siendo el origen del dinero un proceso de mercado más resulta imprescindible explicar, como consiguió Menger en su obra monetaria, que este es un proceso descentralizado de descubrimiento en el que cualquier mercancía puede convertirse en dinero, aunque haya algunas con mayor dinerabilidad que otras.

La variación de la dinerabilidad a lo largo del proceso de monetización

Aunque esto no es algo que entre en conflicto con ninguna de las teorías estudiadas, resulta de un enorme interés económico observar cómo las mercancías que experimentan el proceso de monetización –fundamentado en la experimentación descentralizada de estas en el intercambio– van adquiriendo más propiedades inherentes al dinero, es decir, que van perfeccionando los servicios de liquidez que proveen.

Esto no solo enriquece cualquier teoría sobre el origen del dinero, sino que también elimina cualquier arbitrariedad implícita en la designación de dinero, siendo este un concepto de grado y no cualitativo. Bitcoin es, de hecho, un ejemplo perfecto de una mercancía cuya volatilidad se está reduciendo –mejorando su liquidez temporal– y comienza a ser empleada en cada vez más intercambios, incrementando su dinerabilidad y su liquidez espacial y temporal.

Conclusiones

Toda teoría monetaria tiene su base en la teoría del origen del dinero, y ya hemos visto cómo, en el caso del chartalismo, el metalismo y el teorema regresivo, muchas de las tesis subsecuentes se ven comprometidas debido a errores en este campo. No pretendo defender, en ninguno de los casos, que los errores señalados invalidan toda la teoría monetaria restante, aunque sí tenga implicaciones sobre estas, condicionando las políticas económicas propuestas. En todo caso, para demostrar todos los errores teóricos de la Teoría Monetaria Moderna o del cuantitativismo se necesitará una crítica dirigida ante cada una de las premisas de estas teorías, por mucho que la concepción del dinero que se encuentra implícita en estas condicione de forma severa sus postulados.

En el caso de la Escuela Austriaca, ya hemos analizado cómo el teorema regresivo se ha desplazado de muchas de las bases subjetivistas de la teoría evolutiva del dinero sobre la que debería basarse una teoría monetaria compatible con el marco teórico de la escuela y con la realidad económica. El objetivo del presente artículo no es demoler los cimientos teóricos de la escuela, sino de resaltar los errores que restringen la sofisticación de la teoría monetaria austriaca. Aunque es evidente que los errores del teorema regresivo de Mises reclaman un cambio en ciertos paradigmas monetarios de la Escuela Austriaca, es necesario que estos se lleven a cabo si se pretende construir una teoría monetaria más completa de la que ahora posee.

Bibliografía

Ammous, S. (2018). El Patrón Bitcoin: La alternativa descentralizada a los bancos centrales. Ediciones Deusto.

Menger, C. (2013). El Dinero. Unión Editorial.

Menger, C. (2020). Principios de Economía Política. Unión Editorial.

Mises, L. von (2012). Una Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí que la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Viviendo en Ancapia

Este pequeño ensayo, trata de aclarar de forma resumida como una sociedad anarcocapitalista ofrecería los servicios que actualmente monopoliza el Estado.

Primero, se va a tratar de hacer una revisión rápida sobre qué es el anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo es un sistema de organización social que se basa en la propiedad privada y el principio de no agresión. Dicha utopía no trata de evitar los problemas como el robo o la violencia, que por desgracia son algo intrínseco al ser humano, sino que busca formas de lidiar con ello en ausencia del Estado.

Como su propio nombre indica, anarcocapitalismo, es la ausencia de un Estado como ente regulador de la vida en sociedad. Al basarse en la propiedad privada, cada individuo es libre de hacer lo que quiera con su vida y con su cuerpo, siempre que dichas acciones que el individuo quiera realizar no atenten contra la propiedad privada de otros individuos.

Parece apropiado en este momento, decir que dentro de la propiedad privada se encuentra la propiedad del cuerpo de cada uno. Por lo que agredir a una persona físicamente significa agredir su propiedad, o, forzarla mediante la fuerza y la coacción a hacer algo que no desea también atenta contra su propiedad privada. Sin embargo, surge la pregunta de ¿Quién prestaría los servicios que actualmente presta el Estado?

El Estado no puede controlar la vida de las personas

Primero se realizará un inciso para explicar por qué el Estado no puede controlar la vida de las personas que viven en un territorio.

El principal argumento contra esto, lo da el premio Nobel de economía F.A. Hayek, con lo que se conoce como el problema de la información. Hayek, sostenía que ningún individuo o grupo de individuos posee toda la información económica necesaria para planificar centralmente un sistema económico (o potencialmente cualquier sistema social). Asumir esta pretensión de conocimientos, cometer la fatal arrogancia del constructivismo racionalista. Para funcionar de forma eficiente, los sistemas requieren de descentralización, en términos económicos, esto significa que los individuos tomen decisiones por si mimos y por su propio interés, intercambiando entre si productos y servicios para obtener un beneficio mutuo, en palabras de Adam Smith:

No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de quien esperamos nuestra cena, sino porque atienden a su propio interés. Nos dirigimos, no a su humanidad, sino al amor de sí mismos, y nunca les hablamos de nuestra necesidad, sino de sus ganancias.

Y dicho intercambio da lugar a los precios de mercado, que son una de las cosas que permiten el cálculo económico.

¿Servicios propios o exclusivos del Estado?

Bien, dichos servicios serían prestados por empresas privadas o particulares. Y se contratarían mediante la firma de contratos, contratos que se tendrían que firmar de manera voluntaria en ausencia de fuerza y coacción. Pues como se ha indicado previamente, el uso de la fuerza y la coacción van en contra de la propiedad privada y el principio de no agresión.

Ahora, se procederá a mostrar algunos ejemplos de cómo el libre mercado, mediante empresarios que utilizan su función empresarial creativa, podrían sustituir al Estado en la prestación de los servicios públicos.

Los servicios por los que se piensa que el Estado es imprescindible, y que no puede ser sustituido por el mercado son los siguientes: Seguridad, defensa del país, sanidad, justicia e infraestructuras.

Seguridad…

Vamos con el servicio de seguridad, con seguridad, se hace referencia a la policía. Actualmente, este servicio lo proporciona el Estado, y lo proporciona mediante las rentas que obtiene de los impuestos. Sin embargo, la seguridad que proporciona el Estado es arbitraria y deficiente. Para demostrar esto, véase el ejemplo que da Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Parte de la respuesta se hace evidente si consideramos un mundo en el que la propiedad de la tierra y de las calles es totalmente privada. Pensemos en la zona de Times Square, en Nueva York, una zona con mucha delincuencia en la que la protección policial de las autoridades municipales es escasa. Todo neoyorquino sabe que vive y camina por las calles, y no solo por Times Square, casi en un estado de «anarquía», dependiendo de la normalidad pacífica y la buena voluntad de sus conciudadanos. La protección policial en Nueva York es mínima, un hecho dramáticamente revelado en una reciente huelga policial de una semana cuando, ¡he aquí!, la delincuencia no aumentó en absoluto con respecto a su estado normal cuando la policía está supuestamente alerta y trabajando.

… privada

Ahora veamos que solución privada nos plantea Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Los comerciantes sabrían muy bien, por supuesto, que, si la delincuencia fuera galopante en su zona, si abundaran los atracos y los asaltos, entonces sus clientes se desvanecerían y frecuentarían zonas y barrios de la competencia. Por lo tanto, a la asociación de comerciantes le interesaría económicamente ofrecer una protección policial eficaz y abundante, para que los clientes se sientan atraídos por su barrio, en lugar de ser repelidos. Los negocios privados, después de todo, siempre intentan atraer y mantener a sus clientes.

Como vemos, el propio interés de los comerciantes o de las personas que viven en una zona es que dicha zona sea segura, para así poder desarrollar su vida con normalidad. Obviamente, surge la pregunta de quién proporcionaría este servicio. La respuesta a la pregunta es simple, una empresa de seguridad privada contratada por la asociación de vendedores, en el ejemplo de Rothbard, o los habitantes de una zona en concreto.

Con esto podemos concluir el apartado dedicado al servicio de seguridad.

Defensa nacional

El siguiente servicio que monopoliza el Estado y suele pensarse que no se podría suministrar de forma privada es la defensa del país. Actualmente la defensa del país está en manos del Estado. Estos servicios los proporciona, al igual que todos, gracias a las rentas que extrae a los ciudadanos mediante los impuestos. El tema de la defensa nacional es algo que se nos plantea desde el Estado como algo fundamental. Pero como todos los servicios que proporciona el Estado puede ser sustituido y suministrado por el mercado. Además, como dice el profesor Bastos, la defensa es un bien subjetivo. Es decir, para algunos puede haber mucha provisión de defensa y para otras personas hay muy poca. Por lo que en cuanto a la cantidad no es un bien público.

Por otra parte, no es un bien público en el sentido de que no todos los ciudadanos están igual de defendidos. Esto se debe a que la defensa es un bien geográfico. Por ejemplo, una persona que viva en primera línea del frente está peor defendida que una que viva más alejada del frente. Cuando se habla de frente, se habla de las zonas fronterizas del país.

De qué vale que el Estado provea defensa si hay sujetos que no están satisfechos con la cantidad de defensa que reciben. El mercado podría suministrar este servicio mediante mercenarios, que si hay conflicto bélico con un país que no es anarcocapitalista podría servir para la defensa del territorio anarcocapitalista.

Invadir un territorio anarquista

Sin embargo, conquistar militarmente un territorio anarquista es imposible, véase el ejemplo de Polonia en el siglo XVII (Tibor Machan, “anarchism minarchism”), cuando se encontraba en anarquía. Los suecos invadieron Polonia, cuando había aquella especie de anarquía, y no tuvieron nada que conquistar, simplemente vagaban por el país, nadie se les enfrentaba.

Un ejército entero no puede ocupar un país, lo que puede hacer es derrotar una cabeza. Por ejemplo, los nazis conquistaron Francia, conquistaron la cabeza y ellos se pusieron a la cabeza y ya dominan el país. Porque los Estados tienen una estructura muy jerárquica, por lo que basta con poner la cabeza, conservar a los funcionarios. Porque los funcionarios rápidamente cambian de bando. Solo depuran la cabeza y, policía, jueces, etc. Se mantienen los mismos.

Pero qué pasó en Polonia, que no pudieron conquistarla, daban vueltas por el país porque no había nada que conquistar. Y los civiles armados en guerrillas los iba hostigando.

Cuando se trata de conquistar un territorio anarquista por parte de un Estado, éste tiene que ir uno por uno, por lo que la conquista es larga y muy agonizante, en cambio cuando un Estado conquista a otro solo tiene que quitarle la cabeza y sustituirla por una nueva, la del invasor.

Como se ha mostrado, la defensa nacional de un territorio anarquista puede ser hecha por entidades privadas, ya sea mediante el contrato de mercenarios o por medio de la organización de guerrillas. Además, se ha dejado claro, que no se puede conquistar un territorio anarquista de otra manera que no sea yendo uno por uno, pues no hay nada que conquistar, no hay ningún poder que se robar u obtener.

Sanidad

El servicio de sanidad, generalmente se encuentra monopolizado por el Estado hoy en día. Y en los casos en los que no lo está, está muy regulado y controlado por el Estado. Al igual que todos los demás servicios esté es financiado mediante impuestos. Como todos los servicios públicos, se prestan de forma desigual y arbitraria, normalmente coincidiendo con los intereses de políticos o de lobbies que ejercen presión sobre los políticos para obtener ciertos privilegios, esto es lo que se conoce como captura de rentas.

Estos servicios podrían ser prestado por entidades privadas perfectamente, es más, sería prestado de una forma más eficiente y se adaptaría a las demandas subjetivas de los individuos. En un mundo sin Estado, este servicio se obtendría mediante la contratación de seguros de salud privados, en los cuales, el individuo contratante elegiría la póliza que más se adapte a sus necesidades y valoraciones subjetiva.

¿Y quienes no pueden pagarlo?

Pero ahora es cuando surge la pregunta; ¿Y qué pasa con las personas que no pueden permitírselo?

Pues en el caso de estas personas, podrían recurrir a sociedades de ayuda mutua. Dichas sociedades obtienen financiación de sus miembros y de donantes privados. Su función es la de ayudar económicamente a todos sus miembros en caso de necesidad. Un ejemplo sería el de dar subsidios por desempleo durante un tiempo limitado hasta que el beneficiario del subsidio encontrase trabajo, otro ejemplo podría ser el de pagar una cirugía necesaria a uno de sus miembros.

Se ha dicho que esto sería más eficiente que el servicio prestado por el Estado. Esto se debe a que al ser empresas privadas buscan su propio beneficio y para obtener dicho beneficio lo que tienen que hacer es ofrecer a los clientes un buen servicio. Además, debido a la competencia que se da en el libre mercado, los precios de los seguros y de los servicios sanitarios tenderían a bajar.

Justicia

La provisión del servicio de justica es otro de los tantos monopolios que capará el Estado. Y lo hace con la excusa de que es una justicia equitativa, pero la verdad es que hay personas que obtienen tratos de favor en los juicios, por ejemplo, los políticos y grandes empresarios. En muchos países, los políticos no son juzgados por tribunales civiles, sino que son juzgados por tribunales especiales. Lo cual ya rompe la equidad que se hablaba anteriormente. La justicia en un territorio sin Estado se aplicaría de forma privada, como ya se hizo en el mal denominado salvaje oeste. Allí se establecieron policía y jueces privados. (Para más información sobre el Oeste, véase el libro “El no tan salvaje oeste” de Anderson & Hill”).

La policía privada defiende unas leyes, detienen al delincuente y le aplican el castigo o sanción pertinente. Normalmente los castigos que se ponían era la expulsión del criminal del sitio y no permitirle la entrada en ese lugar. Actualmente, nuestra sociedad se basa en dos tipos de pena, la prisión o la multa. Pero el abanico de penas de estas sociedades es mucho más amplio.

El control por parte de la sociedad

Por ejemplo, la idea de la vergüenza, todos los escritos que hay sobre el orden en sociedades tipo favela, donde las leyes del Estado no rigen, aunque se esté dentro de un Estado. Para los delincuentes emplean la vergüenza. Por ejemplo, se empluma al delincuente y se le pasea en burro por la calle, con el objetivo de que éste sea avergonzado.

La figura del juez privado existió en muchas sociedades, en el islam, por ejemplo, tenían la figura del cadí. El cadí no es un juez que tenga el monopolio territorial como ocurre hoy en día. En estas sociedades había hombres santos, basados en leyes, que, en el caso de un conflicto entre dos partes, las partes escogían al cadí. Es decir, las dos partes escogerían de común acuerdo al juez que tenga mejor reputación. Por lo que hay un incentivo al juez a ser santo o a no ser corrupto.

Obviamente el juez puede ser corrupto, pero si el juez es corrupto, pierde fama, pierde el negocio ya que no lo quieren contratar después. Básicamente, en una sociedad sin Estado el papel de un juez sería el de arbitro, y dictaría la sentencia de acuerdo con la ley. Y la sentencia es acatada por la comunidad bajo pena de exclusión del que no cumpla con esa norma.

Infraestructuras

El primer punto que hay que platear es que la planificación central del transporte, al igual que todo tipo de planificación central, se encuentra con el problema de la información descrito al principio.

Las personas directamente responsables y afectadas por los proyectos deberían ser quienes los planificarán, no una entidad burocrática vertical y distante. Los costes de adquirir toda la información local necesaria para calcular una empresa tan complicada son insuperables. Tampoco debería permitirse que quienes invierten en el desarrollo de infraestructuras obliguen a todos los habitantes de una zona geográfica arbitraria (como Estados Unidos) a subvencionar su construcción y mantenimiento. ¿Por qué tienes que pagar por una carretera que nunca verás en San Agustín, Florida? ¿Un puerto en Galveston, Texas? Las personas que desean tal desarrollo deberían asumir el coste total de sus acciones y permitir a los consumidores apoyar o no sus planes en el punto de consumo (es decir, votar con el propio dinero).

Un ejemplo de construcción y financiación de las infraestructuras como las carreteras con inversión privada son las corporaciones de peajes que hubo en Estados Unidos. Los inversores siempre estaban dispuestos a invertir en ellas, aunque no recibiesen beneficios directos, pues recibían gran cantidad de beneficios indirectos como el aumento del valor de su propiedad.

John Majewski

Véase el siguiente ejemplo del historiador John Majewski:

Los accionistas esperaban obtener recompensas por su inversión no tanto a través de los rendimientos directos (como los dividendos y la revalorización de las acciones), sino de los beneficios indirectos (el aumento del comercio y el mayor valor de la tierra)”. Lo que es crucial señalar aquí es que la teoría moderna de los bienes públicos sugiere que sólo el Estado, en su obligación de proporcionar el “bien público” (la piedra angular de la teoría de la primera república de la que se deriva la teoría económica moderna), tiene algún motivo para construir cualquier cosa que proporcione sólo “beneficios indirectos” a una comunidad. El grueso de los economistas ignora abrumadoramente los hechos de la historia, que sugieren lo contrario.

La teoría misesiana de la razón

Sin embargo, el interés propio no era el único motivador detrás de la inversión privada en corporaciones de peajes no rentables. La gente también estaba incentivada por un interés en su comunidad. Es lo que Alexis de Tocqueville denominó “interés propio correctamente entendido”. La racionalidad económica perfecta puede exigir a los inversores que eviten suscribir corporaciones no rentables (como hicieron cada vez más los gobiernos estatales y locales, independientemente del “bien público” que proporcionaban las carreteras). Pero la visión de Mises de la racionalidad explica lo que la racionalidad neoclásica no puede. Para Mises, la “racionalidad” se refería al uso de la razón —o “raciocinio”— para decidir los medios más adecuados para un fin deseado, y el “fin deseado” no tiene por qué ser el beneficio económico.

Si el propósito de la teoría es explicar los fenómenos observables, la teoría misesiana de la racionalidad parece muy superior a la que se enseña en los cursos estándar de economía. A la pregunta de “¿Por qué la gente invirtió en empresas de peajes no rentables?” podemos deducir la respuesta que daría Mises: valoraban más los beneficios personales y comunales que proporcionaban las carreteras que los dividendos de una empresa rentable.

Conclusión

En resumen, el anarcocapitalismo propone una sociedad sin un Estado centralizado, donde la propiedad privada y el principio de no agresión son fundamentales. En esta sociedad, los servicios actualmente provistos por el Estado, como seguridad, defensa nacional, sanidad, justicia e infraestructuras, serían proporcionados por entidades privadas de manera voluntaria y competitiva en el libre mercado.

La seguridad se gestionaría mediante empresas privadas contratadas por asociaciones de individuos o comunidades. La defensa nacional podría realizarse a través de mercenarios o la organización de guerrillas, siendo más difícil conquistar un territorio anarquista. La sanidad se basaría en seguros de salud privados y sociedades de ayuda mutua para aquellos que no puedan pagarlos. La justicia sería administrada por jueces privados y las infraestructuras serían planificadas y financiadas por quienes se benefician de ellas, evitando la imposición de costos a quienes no las utilizan. En una sociedad anarcocapitalista, se buscaría la eficiencia y la adaptación a las necesidades individuales a través de la libre competencia y la cooperación voluntaria, sin la intervención coercitiva del Estado.

Ver también

Anarcocapitalismo y anarcocomunismo, las diferencias fundamentales. (Juan Navarrete).

Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. (Francisco Capella).

Más problemas del anarcocapitalismo. (Francisco Capella).

El anarcocapitalismo de Miguel Anxo Bastos. (José Augusto Domínguez).

El anarcocapitalismo pragmático: por qué Rallo y Capella tampoco tienen razón. (Eladio García).

“Si te importa tu país, lee a Ludwig von Mises”

Por Kristian Niemietz. “Si te importa tu país, lee a Ludwig von Mises” fue publicado originalmente por CapX.

La semana pasada, Renato Moicano, un artista marcial profesional que compite en el Ultimate Fighting Championship (UFC), hizo un anuncio bastante inusual después de un combate:

Amo la propiedad privada, y déjenme decirles algo: si les importa su […] país, lean a Ludwig von Mises y las seis lecciones de la Escuela Económica Austriaca […]”.

Renato Moicano

¡Sabias palabras! La Escuela Austriaca de Economía, que surgió en Viena en la década de 1870, fue una de las principales escuelas de pensamiento económico del mundo a finales del siglo XIX y principios del XX, y aunque desde entonces ha caído un poco en desgracia, todavía tenemos mucho que aprender de ella. No sé muy bien a qué se refiere el Sr. Moicano con “las seis lecciones” (se especula que se refería al libro “Economic Policy: Pensamientos para hoy y mañana” publicado por el Instituto Mises, que se compone de seis conferencias), pero en cualquier caso, en este artículo destacaré seis importantes ideas que debemos a la Escuela Austriaca.

El valor es subjetivo

El valor de un bien no es una propiedad del bien en sí. Es algo que nosotros, los consumidores, vemos en él. Como explicó Carl Menger, padre fundador de la Escuela Austriaca, el valor existe en nuestra mente, no en el mundo físico.

Cinco etapas en la historia de la Escuela Austríaca

Como muchas ideas importantes, esto parece muy obvio -incluso trivial- una vez que alguien lo ha explicado. Pero no lo es en absoluto hasta que alguien lo hace. Durante mucho tiempo, los economistas creyeron en la llamada “Teoría del Trabajo del Valor”, la idea de que el valor de un bien viene determinado por el número de horas de trabajo necesarias para fabricarlo. Eso convertiría al “valor” en una propiedad física objetiva de un bien, como su peso, su volumen o, en el caso de los alimentos, su contenido calórico.

Pero es evidente que el valor no es nada de eso. Podemos verlo en el hecho de que las cosas suben y bajan de valor a medida que cambian las preferencias de los consumidores, aunque el número de horas de trabajo que contienen permanezca constante.

El valor se determina al margen

La primera pinta de cerveza de la noche es una delicia. La segunda sigue siendo muy agradable, pero no llega a reproducir la magia de la primera. Cada pinta posterior es un poco menos agradable que la anterior. Los economistas lo llaman “utilidad marginal decreciente”.

De nuevo, parece obvio cuando alguien lo explica, pero no lo fue en absoluto hasta la “Revolución Marginal” de finales del siglo XIX, de la que formó parte la Escuela Austriaca. Los economistas se enfrentaban a lo que más tarde se llamó la “paradoja diamante-agua”: ¿no es extraño que valoremos tanto los diamantes y tan poco el agua, dado que los diamantes no tienen ninguna utilidad práctica, mientras que no podemos sobrevivir más de tres días sin agua?

Pero esto no tiene nada de paradójico si pensamos en términos de valor marginal y no absoluto. Si estamos perdidos en el desierto, pagaríamos cualquier precio por una botella de agua. Sin embargo, la mayoría de las veces no estamos perdidos en el desierto. La mayoría de las veces tenemos agua suficiente. Y una unidad adicional no nos haría mucho mejor.

Si alguien inventara una impresora 3D que pudiera “imprimir” diamantes, el valor marginal de los diamantes también descendería. Pero con el número limitado de diamantes que circulan actualmente, ni siquiera se llega a esa situación.

Los beneficios no son explotación

Los marxistas ven a los capitalistas como explotadores parasitarios. Los ven como el equivalente de un terrateniente feudal, que no produce nada: sólo posee la tierra y cobra rentas.

Eugen von Böhm-Bawerk, figura destacada de la segunda generación de la Escuela Austriaca, explicó que el papel del capitalista en una economía de mercado no tiene nada que ver con eso. Los beneficios son una recompensa legítima a la asunción de riesgos y a la paciencia.

Si eres asalariado, estás, en gran medida, aislado de los altibajos de la empresa para la que trabajas. Cuando la empresa atraviesa una mala racha, no es tu problema: sigues teniendo derecho al mismo salario. También cobras desde el primer mes, aunque pueden pasar muchos años hasta que una nueva empresa, o una nueva línea de productos, genere algún beneficio.

Pero la otra cara de la moneda es que cuando una empresa genera grandes beneficios, no tienes derecho automáticamente a una parte de ellos. Los contratos de trabajo son como un contrato de seguro entre los que asumen riesgos y los que tienen aversión al riesgo. No hay nada de “explotación” en ello.

No hay cálculo económico sin precios de mercado

Cuando decimos que el bien X vale tres veces, cinco veces o diez veces más que el bien Y, ¿qué queremos decir con eso?

Queremos decir que esa es la proporción a la que la gente suele intercambiar X por Y. Cuando X e Y no son intercambiables, no podemos saber cuál es esa proporción. Sin intercambio de mercado, no puede haber relaciones de intercambio de mercado. Sin mercados, no puede haber precios de mercado.

Ludwig von Mises, la figura más destacada de la tercera generación de la Escuela Austriaca, señaló que, por lo tanto, no puede haber precios de mercado en una economía socialista. O más exactamente: Ludwig von Mises suponía que, incluso en una economía socialista, podía seguir existiendo un mercado (secundario) de bienes de consumo. Lo que no puede haber es un mercado para los bienes de capital y los factores de producción, como las materias primas, la tierra, la mano de obra, la maquinaria, etcétera.

¿Por qué es importante? Porque sin precios no puede haber cálculo económico racional. Los marxistas siempre han sostenido que el capitalismo era caótico: “anarquía en la producción”, como lo llamaba Friedrich Engels. Una economía socialista sería una economía más racional. Mises dio la vuelta a esta lógica. Dijo que la llamada economía “planificada” del socialismo sería, en realidad, caótica y no planificada. En ausencia de señales de precios, los planificadores no sabrían qué hacer. Esto dio inicio a lo que más tarde se conoció como el Debate sobre el Cálculo Socialista.

El conocimiento es tácito y disperso

Todos poseemos algún conocimiento económicamente relevante, normalmente específico de nuestras propias circunstancias, tiempo y lugar. Al menos, todos conocemos mejor que nadie nuestras propias necesidades y preferencias. Este tipo de conocimiento suele ser “tácito”: lo poseemos, pero nos costaría articularlo.

En una economía de mercado, no necesitamos expresarlo. Basta con actuar en consecuencia. Nuestras acciones influyen en los precios del mercado y, de este modo, nuestro conocimiento se comunica a otros agentes económicos. Ningún planificador central podría sustituir ese proceso, ni siquiera hoy, con toda la potencia informática de que disponemos.

Estas importantes aclaraciones fueron añadidas en la segunda ronda del Debate sobre el Cálculo Socialista por el hombre que se convertiría en el alumno más destacado de Ludwig von Mises, y en el futuro Padrino del Instituto de Asuntos Económicos: Friedrich August von Hayek.

Los bajos tipos de interés provocan ciclos de auge y caída

Mises y Hayek también desarrollaron una teoría del ciclo económico que, a grandes rasgos, funciona de la siguiente manera. Imaginemos dos sociedades, por lo demás idénticas, que sólo difieren en un aspecto: en una de ellas, la gente es paciente y previsora, en la otra, la gente busca la gratificación instantánea. Esto daría lugar a estructuras económicas muy diferentes. La sociedad paciente tendría una elevada tasa de ahorro. En esa economía, sería posible tener sectores con largos plazos de producción, que tardan mucho en madurar. Estos no serían viables en la sociedad impaciente.

Ahora bien, ¿qué ocurre si el banco central de la sociedad impaciente manipula los tipos de interés a la baja? Esto crearía la impresión de que esta sociedad se ha vuelto más paciente, y que los proyectos de inversión a largo plazo que antes eran inviables ahora son viables.

Pero esto sería una ilusión, y si se engaña a los inversores para que inicien esos proyectos de inversión a largo plazo, tarde o temprano descubrirán que están construidos sobre arena. A un auge ilusorio de la inversión le sigue una quiebra.

A diferencia de los keynesianos, los austriacos no creen que los gobiernos puedan hacer mucho para combatir una recesión. La mala inversión ya se ha producido y hay que liquidarla. La economía tiene que pasar por un doloroso proceso de ajuste.

Conclusión

En la segunda mitad del siglo XX, la Escuela Austriaca cayó en desgracia. Esto se debió en parte a una cuestión de metodología. La economía dominante se convirtió en una ciencia eminentemente matemática, imitando a la física, un enfoque que la Escuela Austriaca rechaza. Tampoco ayudó el hecho de que los economistas austriacos tienden a ser muy puristas e intransigentes, lo que dificultó la aplicación de sus recomendaciones políticas en un mundo que se había alejado mucho del liberalismo del laissez-faire.

Pero las ideas de su época dorada son intemporales, y aún hoy se pueden encontrar pensadores interesantes en la tradición austriaca. Renato Moicano tiene razón. Lean algo de economía austriaca.

Ver también

Ludwig von Mises: el debate sobre el cálculo socialista entonces y ahora. (Kristian Niemietz).

70 años de ´La Acción Humana’. (José Carlos Rodríguez)