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Etiqueta: Luis Carlos Martín

La teoría del cierre categorial y la economía: VI Propiedad, violencia y Estado

La base de la cultura es el relato. Y, por muy manoseada que esté hoy en día la palabra, lo cierto es que el poder del relato es casi absoluto. Lo que somos y lo que pensamos se basa en un recuento ordenado, y cargado de significado, de hechos. Por eso la Historia tiene ese papel predominante en la cultura y, en última instancia, en el ser de un país. 

La Historia también tiene un papel muy importante en la construcción de la visión que tenemos de nosotros mismos. Lo que podemos llamar ideología, en términos muy generales, tiene un diálogo permanente con la reconstrucción del pasado. 

En el caso de la escuela de Gustavo Bueno, como hemos visto, la Historia no es sólo el sparring de su concepción de las ciencias sociales, sino que juega un papel axial. Es la Historia la ciencia que va a proveer a las ciencias sociales, reconstruidas con el criterio de demarcación del cierre categorial, de las categorías sobre las que operar. 

Pero como la historia no habla por sí sola, e incluso las categorías más asentadas, atrapadas en las palabras que utilizamos, tienen vida propia y mutan, el empeño es más complicado de lo que parece. 

Ademas, Luis Carlos Martín ya ha decidido que va a seguir el camino (¡método!) de la dialéctica de los Estados. De modo que se sube a los tronos y palacios, y disecciona desde ahí la realidad económica para luego analizarla. 

No tenemos más que ir a la página 44 y aprender que su punto de partida es que “la reordenación de las ideas económicas pasa por la ‘vuelta del revés’ de la metafísica humanista solidaria de la idea de dinero, y por tanto del propio marxismo. ¿Cómo? Partiendo de las necesidades de múltiples grupos o bandas de homínidas que en el ejercicio coactivo de sus derechos, es decir, en el ejercicio de su fuerza, se apropian de territorios formando Estados y posibilitando así la producción y distribución de riqueza. Tal es el fundamento materialista que exige una idea de conexiones materiales férreas como base de la fuerza de obligar de las relaciones jurídicas, políticas y económicas. No alcanzamos a ver ningún ejemplo histórico real (no ya antropológico) donde no se emplee la fuerza como última garantía de la propiedad, los contratos y la moneda. Partir de otros presupuestos es volver a la guerra de espíritus divinos o a la conciencia de seres humanos, buenos o malvados”. 

Esto exige que nos detengamos un momento. La escasez suscita el problema económico, y la violencia es un modo de procurarse lo que el otro tiene y uno necesita. Pero la violencia es de resultado harto incierto, y es el instrumento de un juego de suma cero en el mejor de los casos; negativa en la práctica totalidad. 

La propiedad delimita el ámbito de actuación de cada uno. Saber lo que yo poseo y lo que tú posees, por un lado parte del reconocimiento mutuo sobre esa delimitación de nuestro actuar, y por otro lo favorece. Bien, siempre podemos saltarnos ese reconocimiento mutuo y recurrir a los medios políticos para satisfacer nuestras necesidades (el robo, el asesinato, etc). Pero también podemos utilizar los medios económicos: la producción propia de nuestras necesidades, o la colaboración con otros (y su propiedad) por medio de la división del trabajo que, si es medianamente compleja, se acompañará de otras instituciones: el dinero, los precios, y demás. 

Seamos más precisos. Hay dos caminos de procurarse los bienes: el criminal y el económico. El primero entra en la categoría de lo político (el expolio de una parte de la sociedad para reparto al propio Estado y a otra parte de la sociedad que le apoya) cuando el crimen adquiere un alto grado de complejidad y alcance, y se reviste de alguna ideología de lo justifique o revista de otra cosa. 

Los tres modos de procura (no necesariamente de producción) conviven en la historia: el económico, el político y el criminal. El problema político consiste en plantear una relación entre los tres. Los anarquistas creen que hay una producción económica de limitar el crimen sin el concurso de los medios políticos. Desde el liberalismo o distintos grados de socialdemocracia se plantea someter la política (el latrocinio organizado) a otros fines que no le son propios. El conservadurismo cree que la política debe quedar sometida a los fines tradicionales. Y el socialismo somete todo a la política. 

La producción económica, basada en la delimitación y defensa de la propiedad y en el acuerdo entre personas, tiene que vivir necesariamente con algún grado de criminalidad. Y la respuesta ante la violencia extractiva ha de ser también la violencia, centralizada y política (el monopolio de la violencia de Max Weber), o descentralizada y económica. Dicho de otro modo: El Estado no ha sido el único que garantiza la propiedad, y no es necesario que sea así. Y, lo que es más importante, no podemos partir de que el Estado realice una labor legítima, como es la defensa de la propiedad, para restarle legitimidad a ésta. ¡Es la defensa de la propiedad la que le da legitimidad al Estado, y no al revés! Y el hecho de que también el Estado defienda la propiedad, cuando lo hace, no le otorga un papel definidor de las categorías económicas. 

Por eso su afirmación de la página 46 “no olvidemos nunca que la propiedad particular la garantiza cada Estado (en particular), no la naturaleza humana ni la diosa razón” queda colgada en el vacío. La razón puede llegar a la conclusión ética de que la propiedad es una institución adecuada a la naturaleza humana (a lo que el hombre es). Pero eso no empece que la defensa de los derechos concretos de propiedad deban defenderse, en ocasiones, de la violencia de otros con los medios propios o contratados, o que lo haga el Estado de forma vicaria. Ni esto último puede desmentir lo primero, como el hecho de que tenga que quitarme un bozal no desmiente que yo tenga el derecho a expresarme libremente. 

Hemos visto en la cita de la página 44 cómo Luis Carlos, por un camino diferente (cabe aventurar), que el de Hegel, llega a la conclusión de que los Estados son el estadío final de una evolución que comenzó con el violento deambular de grupos de homínidos. Debemos al materialismo de Martín que nos ahorre metáforas como la del “desdoblamiento” o “aparición” (Entzweiung), y se limita a constatar al Estado como hecho, y no como manifestación del espíritu (¿de quién?) o realización de la razón universal (¿?). Y eso se lo tenemos que agradecer.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

(IV) Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

(V) Dialéctica de los Estados e historia económica

La teoría del cierre categorial y la economía V: Dialéctica de los Estados e historia económica

Estamos en un punto interesante de este estudio de la obra de Juan Carlos Martín El mito del capitalismo. La aplicación de la teoría del cierre categorial al ámbito de la economía exige al filósofo definir esas categorías. Como rechaza la posibilidad de encontrarlas en la acción del hombre, dado que serían categorías subjetivas, las busca en la historia. 

Aunque el origen de la filosofía de la ciencia de Gustavo Bueno está en el ámbito de las ciencias físicas, sus discípulos son feraces escritores en el de las ciencias sociales, con obras notables como El mito del capitalismo. El asidero del cierre categorial con el estudio de la sociedad es la historia. Para elaborarla, un camino es el que podríamos llamar metodología, que es la elaboración de un apero de instrumentos adecuados para la recuperación del pasado del hombre, y otro es la construcción de una filosofía de la historia. Podríamos definirla como el intento de ver en el transcurso de la humanidad o bien un sentido último, o bien un mecanismo que explique los grandes movimientos históricos. La metodología y la filosofía de la historia no son incompatibles.

Un ejemplo de filosofía de la historia es la del ciclo histórico. Tucídides, Polibio o Vico quisieron observar cómo la experiencia del hombre vuelve sobre pasos ya marcados, a pesar de la dirección unívoca del tiempo. El cristianismo introdujo tanto la idea de progreso en la historia, como la de providencialismo, dos nuevas filosofías del pasado humano. La Ilustración secularizó y renovó la idea de progreso. El idealismo, con J.G. Fichte y G.W. Hegel, concibió un método dialéctico para otorgar sentido a la historia. Karl Marx asume el método dialéctico, y le otorga una base materialista.

La dialéctica de la lucha de clases es útil para obtener plazas en las Universidades, pero no para explicarse la historia. Quizás sea este el motivo de que Gustavo Bueno la haya abandonado. Pero Bueno se aferra a la dialéctica como si fuera un método científico, y al concepto de motor de la Historia, y armado con estos dos errores, llega a un tercero que es el de la dialéctica de Estados como substituto de la de la lucha de clases. 

Es importante resaltar que, aunque el materialismo de Gustavo Bueno, tal como yo lo entiendo, es más elaborado que el de Marx. Creo que debemos sumarnos a las palabras de Carlos Valverde: “Marx no se interesa para nada por la materia como es en sí, como Naturaleza, como una realidad independiente del hombre, sino que la ve siempre en función y dependencia del hombre. Para Marx, el hombre es la realidad radical, el eje y el centro de todo su interés”. Es más, “la materia no humana sólo está considerada como el término intencional, al que se dirige el hombre mediante el trabajo para saciar sus necesidades naturales, y así realizarse (…). Por lo tanto, la Naturaleza se presenta siempre mediatizada por la praxis histórico-social; es la Historia (y en la base de ella su infraestructura dominante, la Economía), la única realidad radical” (1). En definitiva, la naturaleza está en función de la historia, y ésta en función de la economía.

Sobre esa base, Marx elabora una dialéctica de clases sociales. Gustavo Bueno observa que los Estados responden a la misma lógica de apropiación de los recursos naturales, de dominio de una clase extractiva sobre otras: “El enfrentamiento entre los Estados, según esto, habría de ser ya considerado (aunque el materialismo histórico tradicional no lo haya hecho así) como un momento de la misma dialéctica determinada por la apropiación de los medios de producción (originariamente el territorio, sus recursos mineros, sus aguas, su energía fósil…) por un grupo o sociedad de hombres, excluyendo a otras sociedades o grupos congéneres”. El “marxismo vulgar” se ha limitado al arado romano de la lucha de clases, y Bueno tiene una cosechadora para hacer más feraz el terreno de la historia.

Toda esta excursión nos sirve para decir que Luis Carlos Martín se suma a la dialéctica de Estados, pero hace algo más que me parece especialmente interesante. No son sólo las luchas de clases o los Estados, sino las categorías históricas las que basan todo el edificio de Martín. Así, dice en la página 65: “Llamaremos teoría de la esencia de la moneda a los modos en que se constituyen un tipo de relaciones cuyo campo de términos y operaciones adquieren un ‘cierre’ categorial económico, y cuya potencia ampliativa supone conflictos propios de la dialéctica histórico-política”. 

Martín crea una nueva teoría de la economía, vamos a llamarla así por el momento, desde las categorías históricas. De ahí la importancia de la etimología de las palabras. Luis Carlos Martín, y esto es común a otros discípulos de Bueno, se apoya en la etimología de las palabras. Me parece un recurso muy interesante. La propia escuela ha creado un rico apero de palabras que le permiten acuñar conceptos nuevos con precisión. Pero las palabras son viajeras en el tiempo, y la realidad que denotan cambia con los siglos. Por más que me interese la etimología, su utilidad en este contexto no puede ser más que relativa. 

Es un método, quizás una filosofía de la historia, muy inseguro. Hay al menos dos motivos para ello. El primero es que con el mismo término, por ejemplo “dinero”, nos referimos a realidades económicas muy complejas y que además cambian con el tiempo. 

El segundo es que Martín utiliza esas categorías para oponerlas entre sí, como si hacerlo tuviera algo que ver con la realidad histórica, y no todo con el prejuicio de la dialéctica. 

Luis Carlos Martín vuelve a la escuela histórica alemana, a crear economía desde la historia, aunque desde unos presupuestos menos ingenuos; mucho más sólidos. Lo veremos en el próximo artículo, cuando le hagamos hablar de dinero y moneda, mercado y comercio.

(1) Carlos Valverde. El materialismo dialéctico. El pensamiento de Marx y Engels. Espasa-Calpe, Madrid, 1979. p 93.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

(IV) Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

La teoría del cierre categorial y la economía IV: Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

Mencionábamos en el anterior artículo un párrafo que, como un óvulo polifecundado, contiene ideas que luego se van a desarrollar luego completamente, y que están vinculadas unas a otras. De modo que lo vamos a citar de nuevo: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas”.

Más allá de que el materialismo entienda la idea del hombre, o no, lo pertinente aquí es que no se trata de cualquier materialismo, sino de este que se combina con el criterio de demarcación científica del cierre categorial. Un criterio que, a despecho de otros elementos, necesita categorías para construirse. Bien, cualquier ciencia, en cualquier sentido que le podamos dar al término, necesita de categorías. De otro modo no podría ni expresarse. A lo que me quiero referir es a que el materialismo de Gustavo Bueno y sus discípulos no buscan esas categorías en la acción del hombre.

Esto es lo que ha elaborado la Escuela Austríaca de economía, desde Menger. Actuar consiste en perseguir fines, y para ello recurre a medios. La consecución de los fines no es inmediata, por lo que la acción se desarrolla en el tiempo. Como la mente humana es creativa, tenemos la capacidad de proponernos nuevos fines más allá de lo que nos lo permiten los medios y el tiempo disponibles, de modo que se produce una escasez que es inerradicable. Como los medios son escasos, tenemos que elegir el curso de acción. Lo hacemos por aquéllos fines a los que otorgamos un mayor valor, que es la significación subjetiva que tienen para el actor. Ese valor que achacamos a los fines lo proyectamos sobre los medios. Como tenemos que descartar algunos fines, y estos también tienen un valor para nosotros, llamaremos coste al valor del fin descartado más apreciado. Acción, fin, medio, tiempo, escasez, valor, coste… Son categorías de la acción humana, a las que podríamos añadir otras: conocimiento, tecnología, incertidumbre, bien de capital, et al. 

El materialismo de Bueno no puede construir así la ciencia económica. Esas categorías no tienen una esencia material, sino puramente subjetiva. Es cierto que esas categorías, por medio de una de ellas, la acción, tiene implicaciones en el mundo y, por tanto, dejan una huella material. Eso es lo que parece interesarle a la escuela de Bueno. Y por eso el estudio del hombre es el de su huella, y en consecuencia el de su historia.

La Escuela Austríaca es dualista en el sentido hayekiano. Lo es necesariamente porque, aunque dentro hay posiciones filosóficas distintas, todos los autores reconocen un elemento esencialmente creativo en la mente humana. E incluso un autor que estudió en profundidad estas cuestiones, y que plantea una explicación de la mente en términos estrictamente materiales, como es Hayek, reconoce que nunca daremos con una explicación precisa de nuestras ideas en esos términos. 

Luis Carlos Martín evita todo esto. Nada de creatividad de la mente humana (todas nuestras acciones están determinadas, y no nos pertenecen; nos vienen dadas). Los individuos, no tenemos nada que decir ni sobre lo que decimos, porque nuestras acciones son espasmódicas, reacciones sin propósito ni voluntad propia, o acomodaciones a normas exteriores que nosotros no hemos diseñado. 

Insisto: dice en la página 130: “Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.

En su batalla contra el subjetivismo de la Escuela Austríaca, no deja prisioneros. Y hace bien, ya que ve en ella un inmenso error. Dice en la página 54: “Son las teorías subjetivistas del valor las que más confusión ofrecen. Por su metafísica mentalista reducen las categorías económicas a convenciones de los sujetos y toda la ciencia económica a juegos imaginativos. Anmarcocapitalistas que darán un nuevo auge a la praxeología de Mises, como Murray Rothbard; utilizan ‘experimentos mentales’ para entender un campo que se levanta desde el modelo de un Robinson que ahorra, representándose un fin mental que luego ejecuta”. Como cuando en Alicia se separan las partes del gato hasta quedarse en la sonrisa. 

Dice (página 55), que Ludwig von Mises es “tal vez del caso más desenfocado de la gnoseología económica, dado que el ‘individualismo metodológico’ como base del resto de ‘leyes económicas’ es justo el proceso contrario que sigue la cientificidad de una ciencia (pues sólo el grado en que se elimina a los individuos y sus operaciones del campo alcanza algún nivel de verdad). Tal ‘praxeología’ tendrá que anclarse a posiciones mentalistas del dinero que pese a su pretendida positividad le hacen perder de vista las unidades estatales monetarias”. 

Martín recoge, así, la misma posición que expresa Hayek sobre las leyes del mundo físico: Ahí la ciencia ha avanzado a medida que ha eliminado las observaciones subjetivas del hombre. La ciencia no exige que el científico diga que un cuerpo está caliente o frío, sino que recurre a un termómetro. Tampoco dice que un color es verde, sino que realiza una colorimetría con un instrumento (1). 

Lo que no advierte Martín, o más bien no comparte, es que como objeto de estudio, el hombre y el átomo, o el hombre y las placas tectónicas, ¡o el hombre y su cuerpo!, son objetos de estudio de naturaleza distinta. El propio Hayek reconoce que todo avance significativo en la ciencia económica procede del subjetivismo como método. Es más, y esto es fundamental para comprender las pretensiones de la escuela austríaca: a diferencia de la química o de la geología, en el caso de la economía como ciencia de la acción humana, el científico participa de la naturaleza del objeto de estudio. 

Por eso el economista sabe que el hombre tiene fines y acude a medios. Es más, no podría negarlos sin buscar un fin (negar la existencia de fines) ni acudir a un medio para lograrlo (expresar un conjunto de palabras).

Si el materialismo pudiera explicar nuestras acciones, todo lo que plantean los autores de la escuela austríaca sería farfolla. Pero el materialismo tiene el decoro de no intentarlo siquiera (2). Simplemente toma nota de sus huellas, forma categorías sobre su persistente pasado, e intenta construir desde ahí un edificio. 

Lo hace de forma arbitraria, lo cual le crea unos problemas enormes. El autor de El mito del capitalismo se ve obligado a luchar contra dos profesiones, economistas e historiadores, sobre la pertinencia de conceptos como dinero, mercado o comercio. Yo comprendo su desesperación, pero no veo cómo podría no caer en ella. 

Volviendo a las palabras de Martín, donde busca las categorías con las que elaborar una nueva teoría económica es en la historia. La escuela de Bueno le dedica una enorme atención a la historia, y es feraz en la creación de grandes interpretaciones del pasado humano. Son edificios atractivos, que nos ayudan a interpretar grandes procesos históricos, pero su construcción en ocasiones es forzada, y no logra levantarse sobre el suelo. Pero eso queda para un próximo artículo.

(1) Hayek, The Sensory Order. An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. University of Chicago Press, Chicago, 1976 (1952), pp 2-8.

(2) Ibid, pp 25-30 para un demoledor ataque al behaviourismo, que comparte un mismo fondo filosófico que el determinismo del comportamiento humano que aquí se observa.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

La teoría del cierre categorial y la economía (III): El liberalismo como atomismo

La idea de que la libertad presupone libre albedrío es sólo uno de los errores que comete Martín Jiménez sobre lo que llama (y es) “ontología que acompaña al liberalismo”. Citémosle: “La ontología que subyace al marxismo es claramente monista, derivando hacia el armonismo anarquista final. La ontología que acompaña al liberalismo y al neoliberalismo protestante es principalmente atomista, pero con la misma tendencia armonista consecuencia de la idea de competencia perfecta de los mercados”i

En la página 70 vuelve a exponer la metáfora atómica, al decir: “Ya supongamos átomos libres (individuos) o a la humanidad entera en la base de la economía, el campo económico aparece siempre vinculado a los intercambios; es decir, al comercio”. Y, de hecho, en la misma página insiste y deja caer su objetivo en el libro: “Hay que ofrecer una teoría filosófica del comercio que abandone planteamientos metafísico-teológicos sobre el libre arbitrio o la libertad de pensamiento. Frente al atomismo y el holismo armónico que diluye la realidad del conflicto permanente en el campo de las relaciones económicas, nos proponemos ofrecer una ontología de las conexiones y relaciones económicas en symploké”. Y en la 129: “Es este in-dividuo (traducción de á-tomo por Boecio) humano el que hay que negar de plano, pues desde tal individuo no se puede explicar nada. El hombre siempre ha sido social, apareciendo como idea en las acepciones de la sociedad política”.  

Contra lo que me aconseja el decoro, pero obligado por el deber de ser preciso en la exposición, me veo obligado a decir que la idea de que el individuo puede ser un átomo es una tontería. Item plus: el liberalismo jamás ha entendido al individuo como un átomo. Ni el filósofo más individualista, y hablamos de Max Striner, albergaría una idea tan estúpida. 

Si me permiten la broma, la idea es tan tonta que sólo se la he escuchado a socialistas. Bien es cierto que, como es el caso de Martín, la expresan para criticarla. Hay una excepción, y es tan destacada que no puedo dejar de mencionarla: Karl Marx, luego veremos por qué. 

El liberalismo parte del elemento que considera esencial, o primigenio, que es el individuo, pero no pretende que sean entes sui géneris, auto afirmados e independientes del resto. El liberalismo describe, y celebra, que los individuos no están aislados, sino que colaboran entre ellos por medio de la división del trabajo. Adam Smith le otorgó una importancia suprema. Ludwig von Mises, a quien cita Martín, convertirá la ley de ventaja competitiva de David Ricardo en lo que llama Ley de asociación: una ley que muestra que la colaboración por medio de la división del trabajo hace a todos más ricos y no deja a nadie, por poco que tenga que aportar, fuera de ella. Hayek llega a decir que los adversarios intelectuales del liberalismo le habían quitado una palabra que debía ser propia: socialismo.  

Mises, en su gran obra, se ve compelido a explicarse la figura del asceta que se aísla de la sociedad. A los eremitas que huyen de la sociedad para que el ruido del tráfago humano no enturbie su búsqueda de Dios les dice que “el número de aquéllos que de forma consistente e inquebrantable siguen los principios del ascetismo es tan exiguo que no es fácil de mencionar apenas unos pocos nombres”ii. Lo dice con orgullo, haciendo ver el gran poder que tiene la vida en sociedad frente a la existencia aislada.  

El único autor al que he leído una propuesta de vida atómica, con individuos que no tienen vinculación alguna con el resto es Karl Marx, como decía. Aunque Marx es parco en su descripción de lo que sería la sociedad ideal como culminación del devenir histórico del hombre, creo que dice claramente que será una sociedad sin división del trabajo. Marx propone, sí, el ideal opuesto al liberalismo. Para Karl Marx la división del trabajo aliena al trabajador del fruto de su trabajo, porque ese fruto se desvincula de su creador y se distribuye por el circuito económico. 

Lo que él propone es una sociedad en la que cualquier individuo “no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar al ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”iii. Marx, en esta obra y en otras anteriores y posteriores habla de terminar con la división del trabajo. Ese es el “armonismo anarquista final” del que habla Martín. 

El liberalismo no pretende que esos individuos estén aislados, ni vital ni culturalmente. Si escribo en este idioma y expreso estas ideas, y tengo tales anhelos o cuales expectativas es porque estoy en la sociedad en que he nacido, y me impregno de todas las ideas, nuevas y heredadas, que tiene ella.  

Desde el punto de vista antropológico, lo único que observa el liberalismo, o que exige, si se quiere, es que cada individuo tiene una cierta capacidad autónoma para decidir. Es decir, que cada uno de nosotros es capaz de adoptar decisiones que no son perfectamente explicables por sus circunstancias. Desde el punto de vista ético y legal, político incluso, ni siquiera exige eso, como decía en el anterior artículo. Basta con que no se utilice la violencia física contra nadie para obligarle a asumir objetivos ajenos y renunciar a los propios.  

Pero Martín no se limita a criticar el atomismo liberal que, como vemos, no existe. No. Nos propone su propia visión de lo que es el hombre. Para ello, acudimos a la página 130: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas. Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.  

Es sólo un párrafo, pero encierra muchas ideas que son importantes para la construcción de la economía desde el materialismo y la demarcación científica del cierre categorial. Nos guardamos algunas de ellas para futuros artículos, y nos quedamos con la visión vacía del individuo que trasluce de sus palabras. 
 

El individuo es un ser operativo, práctico, que “hace cosas”, pero que no son fruto de una idea propia ni responde a lo que Ludwig von Mises llama “acción”, es decir, el comportamiento deliberado, sino que reacciona, muestra como un espejo, sin voluntad o propósito. Su “actuar” no le pertenece, está determinada, le viene impuesta desde fuera. Si la visión de individuo como átomo es absurda, ¿no lo es esta en el mismo grado?  

Dice que el actuar es finalístico (finalista parece una palabra demasiado usual), pero esos fines no le pertenecen a la persona, sino a la sociedad a la que pertenece. Es proléptico porque su actuar no está movido por una idea propia que quiera llevar a cabo, sino por el mero perfeccionamiento de lo recibido. El comportamiento es apotético porque se limita a la imitación de lo que le rodea. El individuo es un vacío rodeado por otros vacíos, pero determinado por ellos también; todos marcados por una entidad que no podremos llamar sobre humana, por no hablar de Dios o del deicida. Pero casi entramos en terrenos que tendrán que tratarse con la debida atención en próximos artículos. 

i Luis Carlos Martín Jiménez. El mito del capitalismo. Filosofía de la moneda y del comercio. Pentalfa ediciones, Oviedo, 2020, p 70.

ii Ludwig von Mises. Human Action. A treatise on economics, scholar’s edition. Ludwig von Mises Institute, Auburn (Alabama), 1998, p 179.

iii Karl Marx, La ideología alemana. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1974, p 34. Ver también Donald D. Weiss, Marx versus Smith en la división del trabajo, Problemas del Desarrollo Vol. 7, No. 28 (Noviembre 1976-Enero 1977), pp. 191-205.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

La teoría del cierre categorial y la economía (II): Monismo, dualismo y pluralismo

Una de las críticas que me veo obligada a hacer a Luis Carlos Martín Jiménez en su libro El mito del capitalismo es que no haya expuesto la teoría de la demarcación científica de Gustavo Bueno, para a continuación repasar aunque fuera someramente las principales ideas sobre cuál es el papel de la economía en la ciencia, y comenzar, de inmediato, con lo que es en su libro la primera página. Lo primero lo da por sabido, lo cual me hace pensar que es un libro de consumo interno dentro de la comunidad buenista. Pero creo que facilitaría que se entendiese mejor dentro del ámbito de la teoría económica. Por mi parte, he intentado formular, seguro que con escaso éxito, una descripción de la teoría de demarcación científica del cierre categorial, que podrá servir al menos para comprender los siguientes artículos. 

Una vez dado ese paso, el siguiente creo que es el debate monismo-dualismo. Gustavo Bueno, y su escuela, es materialista. El materialismo de Bueno es una proposición negativa sobre la realidad: La negación de que existen sustancias espirituales. Y, por ser más precisos y por citar al propio autor, lo que él defiende es lo que sigue: “El materialismo, en general, podría definirse como la negación de la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas”.

Esta postura lleva naturalmente al monismo, es decir, a la posición filosófica de retrotraer todos los fenómenos, y también el pensamiento humano, a un único principio, que es el material. Gustavo Bueno, sin embargo, no es monista. Lo cierto es que el materialismo así entendido conduce a desesperantes caminos sin salida, y quizás Bueno fuera consciente de ello. Y por eso él es materialista pluralista. Sólo queda saber qué quiere decir eso.

El materialismo monista lo reduce todo a un único principio, que es el material. O, digamos, el corpóreo. Bueno propone un materialismo pluralista basándose en la constatación de que hay realidades materiales que no son corpóreas. La distancia entre A y B, por ejemplo. O las ondas electromagnéticas. 

Aunque ampliásemos el concepto de materia para incluir todas esas realidades no corpóreas, el materialismo de Bueno sigue siendo pluralista. Y para entenderlo, tenemos que recurrir al concepto de symploké. El symploké es un principio por el cual los fenómenos del mundo están relacionados entre sí, pero no de una forma contínua y total, sino discontinua y parcial. Esto lleva a negar la posibilidad de dar una explicación única a todos los fenómenos del mundo. No es monista, tampoco reduce los fenómenos a dos principios (cuerpo-alma o materia-Dios), por lo que es pluralista. Ese pluralismo conduce a la necesidad de cohonestar en un cuerpo teórico aspectos relacionados, pero no por completo, de la realidad. Y es aquí donde se hace necesario un cierre categorial.

Pero vamos al curso que le da Martín Jiménez a esas ideas. Martín entiende que la libertad es, en realidad, libre albedrío. Y que el libre albedrío es la consecuencia lógica del dualismo. Ese dualismo proclama que el determinismo de la materia no afecta al pensamiento, porque éste responde a un principio propio; al alma. 

Dice Luis Carlos Martín (p130): “Desde el materialismo filosófico no aceptamos la idea del yo libre como fundamento actual o futuro de la política o de los mercados, porque si el libre arbitrio es un concepto incompatible con el determinismo materialista, entonces la libertad económica no podrá hacerse consistir en la libertad individual de elección en el mercado, sino en la realidad del mercado pletórico mismo, que hace posible la formación de elecciones determinadas”.

En este punto es necesario recurrir a Friedrich A. Hayek. No por su definición de coacción, que es insuficiente, sino porque por un lado es indudable que fue un defensor de la libertad en términos amplios, y también de la libertad económica, pero por otro lado tiene una obra sobre el origen de las ideas que hace referencia precisamente a estas cuestiones. Me refiero, claro está, a El orden sensorial

Hayek explica la mente como un orden, como un conjunto de relaciones dentro del cuerpo humano, cuya estructura se corresponde de algún modo con la del mundo exterior. La función de la mente no es tener un conocimiento exhaustivo de ese mundo, sino permitir al sujeto, y a la especie, reaccionar de manera adecuada a los fenómenos externos; también a la interacción con otros sujetos. Del mismo modo, ese conjunto de relaciones, ese orden, es el que nos permite ver y entender el mundo, de tal modo que “La tesis central de la teoría que aquí se expone es que no sólo una parte, sino todo el conjunto de las cualidades sensoriales es, en este sentido, una ‘interpretación’ basada en la experiencia del individuo o de la especie”. En otra ocasión iré a la relación entre estas ideas de Hayek y las de Immanuel Kant. 

De modo que Hayek no plantea la existencia de de una sustancia que sea el pensamiento. Es más, la critica en su libro: “Las teorías dualistas son producto de la costumbre, adquirida por el hombre en su más primitiva observación de la naturaleza, de suponer que en todos los casos en que ha podido observar un proceso específico y distinto, éste tiene que deberse a la presencia de una correspondente sustancia, específica y distinta”. Pero considera que “concebir la mente como una sustancia significa atribuir a los acontecimientos mentales ciertos atributos de cuya existencia no tenemos prueba alguna, y que postulamos únicamente basándonos en la analogía con lo que sabemos de los fenómenos materiales”. 

Pero negar el dualismo, una posición que concuerda con su filosofía de la mente, no le impide hacer esta consideración: “Mientras que nuestra teoría nos lleva a negar cualquier dualismo en las fuerzas que rigen los ámbitos de la mente y del mundo físico, respectivamente, al mismo tiempo nos fuerza a reconocer que, a efectos prácticos, siempre habremos de adoptar un punto de vista dualista”. 

¿Por qué? Porque no podemos dar una explicación material específica a las ideas específicas (Mises, 1949). O, como dice Hayek, “cualquier explicación de los fenómenos mentales que podamos esperar conseguir alguna vez no podría ser suficiente para unificar todo nuestro conocimiento, en el sentido de que fuéramos capaces de sustituir enunciados sobre acontecimientos físicos concretos (o clases de acontecimientos) por enunciados sobre acontecimientos mentales, sin cambiar así el significado del enunciado”. Es decir, que “nunca seremos capaces de salvar la distancia entre los fenómenos físicos y los mentales; y a efectos prácticos, incluido el procedimiento apropiado para las ciencias sociales, hablaremos de contentarnos permanentemente con una visión dualista del mundo”. De modo que nos quedamos con el dualismo como posición permanentemente provisional.

Dualismo significa aquí no que haya una sustancia espiritual, sino simplemente que nunca podremos llegar a conocer cómo se forman las ideas de modo específico, y por tanto tenemos que actuar como si el mundo fenomenológico no estuviese causado por fenómenos estrictamente materiales. Es decir, que la teoría de Hayek restituye el principio del libre albedrío, al menos a efectos prácticos.

Vamos ahora a la crítica a las palabras de Luis Carlos Martín. La libertad no exige el libre albedrío. La libertad, en términos políticos, lo que exige es la ausencia del uso, o la amenaza del uso, de la violencia física. La libertad política no se refiere ni a la explicación del origen de las ideas, ni a fenómenos psicológicos, ni a la fortaleza del carácter o al número de opciones que se encuentre uno en su camino. Se refiere a la capacidad de someter la voluntad de otro a la propia, por medio de la violencia física. 

El elemento de la violencia física es muy importante, pues independientemente de la posición filosófica que uno asuma, el cuerpo es propio de cada persona. Y el daño físico sobre él es un medio que puede resultar muy eficaz a la hora de torcer su voluntad, y someterla a la de otra persona. Además, ese daño es delimitable e identificable, mientras que la mera capacidad de convencer a la otra persona no supone un menoscabo de su libertad. Es más, cambiar de parecer sin una amenaza física forma parte de la misma. En este punto, ningún materialismo puede desmentir la idea liberal de libertad, pues lo que la define es uso del elemento material de la persona

Ahora podemos volver sobre las palabras de Martín con algún escepticismo. En la página anterior a la citada, incide el autor sobre la idea de libertad como fundamento de la economía de mercado. Y la niega; lo hace en nombre del determinismo: “El colmo de la ‘idiotez’ (de idiocia) será atribuir la decisión libre al sujeto, ya sea por su juicio (una vez que se atreve a pensar), ya porque ‘haga lo que le dé la gana’, donde ganas y gustos están absolutamente determinados y no se eligen; le vienen a cada cual dados y tiene que asumirlos como pueda”. Defender lo contrario es la “apoteosis de la defensa de las cadenas que expresa el fundamentalismo democrático y el fundamentalismo de mercado; a saber, la idea del sujeto que basa sus decisiones en una voluntad y un entendimiento propio y libre”. 

Ya hemos visto que podríamos ser materialistas monistas y deterministas, y ello no afectaría a nuestra libertad política, por el simple hecho de que no podemos conocer qué es lo que determina exactamente nuestras ideas, y a efectos prácticos es como si no estuviesen determinadas. Dada esa ignorancia, podríamos decir que un daimón, una fuerza insondable y externa, guía nuestras decisiones. Nada de ello afecta al principio de la libertad política (ausencia de coacción).

Serie La teoría del cierre categorial y la economía.

I El cierre categorial

La teoría del cierre categorial y la economía (I): El cierre categorial

Comienzo, con estas palabras, un empeño que supera mis fuerzas. Consiste en recoger el contenido del libro El mito del capitalismo, de Luis Carlos Martín Jiménez, que es un intento de llevar la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno al ámbito de la economía. Mi dificultad, claro está, parte de que las ideas de Bueno sobre la delimitación de la ciencia y su método es un terreno apenas explorado por mí, y en el que no me extrañaría que diese algún paso en falso. 

La teoría del cierre categorial es una teoría de delimitación de la ciencia. La ciencia es un conjunto de teoremas sistemático, abierto e ilimitado. Gustavo Bueno entiende la ciencia como el saber que “define el campo gnoseológico de cada ciencia como un conjunto de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas”. Y, en particular, la ciencia es una construcción intelectual, en la cual los teoremas se articulan de forma progresiva. Se relacionan unos con otros, se sistematizan y reorganizan, de modo que definen la inmanencia de lo que los seguidores de Bueno llaman un campo cerrado. 

Los teoremas son como elementos de un lego, y juntos van conformando un corpus teórico que se refuerza, en la confluencia de unos con otros, hasta formar un conjunto que tiende a ser coherente. Dicho de otro modo, los teoremas son construcciones intelectuales formales construidas a partir de una realidad material. El objetivo de esas figuras gnoseológicas es establecer una identidad sintética con esa realidad. La ciencia, como digo, es la construcción de un conjunto sistematizado y relacionado de esos teoremas. 

Su elaboración es un proceso histórico. No responde a un propósito previo, pues sus perfiles se van descubriendo con el tiempo, pero esos perfiles van definiendo una figura reconocible, por así decirlo. Revelan un conjunto coherente de saberes sistemáticos sobre el mundo. 

Vamos ahora con la expresión cierre categorial. La ciencia se elabora sobre categorías, porque no es posible elaborar una ciencia del todo. De modo que la ciencia tiene que crear categorías en las que, por así decir, compartimentar la realidad para poder estudiarla formalmente. Si la ciencia es un conjunto de operaciones que entrelaza los teoremas para construir un edificio coherente, el cierre es la definición de un campo inmanente en el que se desarrollan esas operaciones. 

Esta posición tiene varias implicaciones. La primera de ellas es que no existe una ciencia unificada, sino distintas ciencias, definidas cada una de ellas por su propio conjunto cerrado de categorías. 

La segunda es que esas categorías no son anteriores al propio proceso operatorio de la ciencia. Al revés, son el resultado del proceso operatorio de la ciencia, al menos según Jesús García Maestro. De modo que nos encontramos con la primera gran contradicción de la teoría categorial: La ciencia está definida por las categorías sobre las que se mueve, pero esas mismas categorías están definidas por la ciencia. Es un razonamiento en círculo.

Otra implicación es la siguiente: Define el trabajo de la ciencia no como el conocimiento del mundo, sino como una construcción del mundo. Es la ciencia la que constituye las categorías del mundo, y en tal sentido la construye. La ciencia no es una duplicación del mundo real en el mundo de las ideas, ni es una descripción de ese mundo exterior. Lo cual me lleva a plantearme qué concepto de verdad alberga la teoría del cierre categorial. La verdad es una correspondencia entre las ideas y el mundo exterior.

Entiendo que la posición de Gustavo Bueno es que, dado que es materialista, el mundo de las ideas no es más que una forma del mundo material. Y de ahí la expresión “identidad sintética”: hay una correspondencia sintética, estructural, entre las ideas y el mundo material. Una posición quizás cercana a las ideas de Friedrich A. Hayek sobre cómo funciona la mente.

Hayek ofrece una explicación puramente material, biológica, del origen y del funcionamiento de la mente. Y en determinado momento llega a decir (año 1952) que si se pudieran conectar entre sí un conjunto de piedras, se podría generar una mente.

Estas ideas sobre la demarcación de la ciencia tienen implicaciones sobre la metodología de la Economía, y Luis Carlos Martín realiza un notable esfuerzo por construir un camino hacia el conocimiento de la historia económica desde los postulados de Gustavo Bueno.